La Bella y la Bestia

Autor@: 

Ilustrador@: Pilar Puyana

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Cuento para adultos

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. Las ilustraciones son propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La Bella y la Bestia.

Noticia en un periódico: …Se encuentra a un bebé con cinco días dentro de una tubería, los vecinos se quejaron de los extraños maullidos que se repetían cada noche, cuando los bomberos sacaron al bebé quedaron asombrados, la madre una joven…

–¿Por qué lo hiciste? Una chica bella, joven como tú y con un brillante porvenir podría haberse apañado con el bebé.

 

Ilustración de Pilar Puyana

–La bestia despertó.
–¿Qué bestia?
–La que todos escondemos dentro, todo el mundo alardea de fijarse en el interior de las personas y no en su físico y todos ellos se engañan, pretenden ser personas que no son, se hacen los interesantes, los humildes, los buenos; creyéndose los protagonistas del cuento la bella y la bestia. ¿Me sigue? Ese cuento que predica que la belleza está en el interior. Pues bien, déjeme decirle una cosa, en el interior solo hay oscuridad y, dentro de esa oscuridad duerme una bestia que nos alcanza a todos tarde o temprano.
–Y esa bestia… ¿Es quién te dijo lo que tenías que hacer?
–¡No, por Dios! Creo, doctor, que se ha equivocado en su diagnóstico. Yo no oigo voces, solo intento ser coherente.
–¿A qué te refieres?
–A que cada uno ha de ser consciente de la bestia que lleva en su interior y, saber si será capaz de dominarla o no. Una vez lo tengas claro, aceptarlo sin más.
–Y en tu caso ganó la bestia, ¿verdad?
–Permítame que le ofrezca esta sonrisa un tanto cínica, pero la verdad es que la bestia nunca se marchó.
–Creo que está usted algo aturdida, tal vez esté viviendo en una fantasía y crea ser alguien que nunca fue; un personaje de un cuento, de una película o quizás, algún asesino del que haya oído hablar. Puede que sea un trastorno de su personalidad producido por alguna crisis durante el embarazo, o incluso una depresión post parto. .
–¿Y qué le hace pensar eso?
–Pues que jamás tuvo ningún episodio como este, su vida es intachable.
–Le vuelvo a dedicar otra de mis sonrisas, se la ha ganado otra vez, aunque esta es de simpatía. Creía que no podía haber nadie tan inocente y, mucho menos, siendo psicólogo de profesión.
–¿Qué quieres decir con ser psicólogo de profesión?
–Pues que ustedes son los peores, los más cínicos, los más reprimidos, y sus bestias son las más crueles cuando salen al exterior. He conocido muchos así. Y de nuevo se equivoca, ha habido más muertes en mi vida.
–Pero no hay ningún antecedente policial, ni consta en su vida personal ningún caso que pueda hacernos llegar a tales conclusiones.
–Digamos que he sido hábil.
–¿Y por qué decidió reconocer sin más que es usted la parricida de su bebé?
–La verdad, me sorprendió que el bebé sobreviviera. Tengo curiosidad por llegar a ver la bestia en la que se va a transformar. Ningún bebé normal hubiese soportado estar cinco días sin comer, tal vez haya heredado mi verdadera naturaleza, por eso lo admiro.
–¿Lo admiras o lo quieres?
–Solo soy capaz de querer a una persona, siempre ha sido así, si no hubiese sido de esa manera jamás hubiese llegado hasta esta situación.

Pero contestaré a su pregunta, digamos que lo admiro porque en cierta manera es como si yo fuese la misma muerte y, mi engendro, eso que llevé en mi vientre, la peor de las pesadillas que sufrirá la humanidad.

Ilustración de Pilar Puyana

–¿Se arrepiente?
–¿De lo que hice? Jamás. Disfrute con todas y cada una de las muertes que produje, aunque me da rabia no haber consumado esta última, me resultó la más dulce de todas, la verdad. Cuando lo creí muerto sentí un placer especial.
–Intento seguirla, pero no encuentro su móvil, a lo largo de la historia la belleza ha sido motivo de cuentos, leyendas y crímenes. Es obvio que su belleza es poco habitual, además usted ha insinuado que solo se quiere a sí misma, y dando por hecho que con la belleza hoy en día se puede llegar a cualquier lugar, incluso como usted muy bien apuntó, hasta el punto de esconder sus crímenes, todo esto apuntaría a que es la misma belleza la causa de toda su discapacidad funcional. Pero, me resulta increíble que la causa real pueda ser algo tan simple y tan efímero.
–Sigue siendo usted un ingenuo. Claro que podría ser, el placer es el arma más poderosa que existe y la belleza el mayor regalo que te puedan conceder; con ella alcanzas la invisibilidad, y te ofrece la oportunidad de poder vivir tu verdadero yo.
–Seguimos hablando de la bestia, ¿verdad?
–De la misma. La belleza es la fachada perfecta. Con ella eres libre, te creen tan superficial que piensan que más allá de la misma no hay nada más que te pueda interesar. No se molestan en buscar al ser real, si lo hicieran, descubrirían a esa bestia que hace y deshace a su voluntad, que es libre, que no tiene miedo y que derrocha maldad.
–Entonces, ¿se confiesa usted culpable de este y otros crímenes?
–Sabe bien que sí, ya les puede decir a los que hay detrás del espejo que vengan a por mí.
–Sigo sin comprender. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
–Ya le contesté, curiosidad, tal vez…
La muchacha le dedicó otra de sus maliciosas sonrisas y esta vez, al psicólogo se le heló la sangre en las venas. .
–Dígame, ¿a que conclusión le ha hecho llegar? –le preguntó uno de los detectives cuando el psicólogo abandonó la sala de interrogatorios.
–No sé cómo explicárselo, detective. Estoy tan aturdido como usted, déjeme que le exponga mis conjeturas de una manera sencilla.
>>Érase una vez una niña tan bella que era agasajada por todos aquellos que tenía alrededor. Acostumbrada a conseguir todo aquello que quería, el dulce espíritu de la niña se fue desmaterializando hasta transformarse en un negro carbón. Al no encontrar placer en nada, comenzó a torturar la mente de los desafortunados que la creyeron buena. Pero nunca tenía bastante y, empezó a experimentar hasta que finalmente emergió la bestia y la arrastró a su interior. Cuentan que un día esa misma fealdad llegó a exteriorizarse y fue repudiada por todos los que una vez la amaron. La encerraron en un castillo y esperaron a que la tierna flor de su juventud se fuera deshojando en la más oscura intimidad. Era la única manera de mantener a todo el mundo a salvo de sus atrocidades. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
–¿Acaso me acaba de contar un cuento? ¿Piensa usted que soy estúpido?
–No, por supuesto que no. Pero, ¿lo entendió? –el detective asintió.
–No entendí muy bien la idea, pero sí el contexto.
–Justo eso es lo que nos mostraban los cuentos, la manera de captar ese ápice de maldad suficiente para poder alejarse uno a tiempo. Digamos que siempre hubo pacientes psiquiátricos a lo largo de la historia y que los diagnósticos han evolucionado. Los cuentos siempre se han usado para decir o denunciar de una manera metafórica algo que ocurría en la realidad, incluso de manera didáctica para prevenir a la gente contra el mal. Por desgracia, siempre ha habido bestias y siempre las habrá. Por eso hay cosas que no se pueden explicar y que simplemente hay que aceptar, aunque no tengan cabida en tu forma de pensar. En eso, desgraciadamente, aquella “bestia” tenía razón.

Inmaculada Ostos Sobrino

Dos coronas murales por Carthago Nova

Autor@: Conchita Ferrando de la Lama

Ilustrador@:

Corrector@:

Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dos coronas murales por Carthago Nova.

Un joven de veinticinco años se levantó en medio de la Asamblea de Roma y exclamó con arrogante acento: “Yo soy Escipión. Pido ser nombrado Procónsul en la Hispania. Seré el vengador de mi familia y del nombre de Roma. Ante las tumbas de Publio, mi padre, y Cneo, mi tío, prometo que sabré ganar victorias. Tengo todo lo que se necesita para vencer”

Y Publio Cornelio Escipión fue nombrado Procónsul.

¿Quién era ese orgulloso y prepotente joven?

¿Era tan solo un miembro de una prestigiosa e influyente familia que forjó sus laureles militares muriendo en batallas en suelo hispano?

¿Había algo más en él?

A lo largo de la historia y la leyenda, los grandes personajes lo han sido siempre por ese “algo más”.

Ese “algo más” es lo que, quien persigue la leyenda, debe tratar de descifrar, puesto que siempre deja una huella en la que están el porqué y el cómo que explican por qué  logró lo que nadie habría imaginado.

Todo personaje de leyenda se mueve en el mismo terreno que la mayoría de mortales, pero no de la misma manera ni con los mismos recursos.

Ellos lo aprovechan todo por su gran capacidad, intuición, perseverancia y un don especial para “la puesta en escena” que supera todo lo concebible.

En esta historia-leyenda coinciden dos grandes personajes, parecidos, contemporáneos y enemigos a muerte: Publio Cornelio Escipión y Aníbal Barca. Uno de los dos debía vencer al otro.

Ambos vivían en un convulso mundo en crisis de poder.

Aníbal en la cumbre de poder de una Carthago que había logrado extenderse a ambos lados del Mare Nostrum y que pretendía, desde ambos lados, hacer una tenaza para asfixiar a Roma, su gran competidora, desde su nueva base en la península Ibérica: Quart Hadast, tan bien fortificada por Asdrúbal, convertida en “taller de guerra” para Aníbal, que había jurado “odio eterno a los romanos”.

Comenta Polibio que Escipión tenía fama de una gran madurez en sus decisiones desde muy joven.

Pertenecía a una familia políticamente  muy influyente y adoptaba poses de gran personaje allí donde iba.

Su voz era uno de sus fuertes cuando hablaba en público. Era de un tono profundo y llamaba la atención por su gravedad y fuerza.

Le gustaba fomentar ciertas leyendas que corrían sobre las excepcionales circunstancias de su nacimiento, referentes a que nueve meses antes de nacer, se vio a un gran dragón en casa de su madre.

Era muy introvertido y mantenía las distancias en su modo de actuar.

Subía con frecuencia al Capitolio, haciendo creer que conversaba con Júpiter.

Respetaba las leyes… o se reía de ellas según conviniera a sus propósitos.

¿Cómo iba a desaprovechar el poder utilizar todo este ambiente de culto a su persona, unido a su inteligencia, en la misión más importante de su vida?

Sabía que, para vencer a Aníbal, tendría que apoderarse antes de su base fuerte de Quart Hadast (Carthago Nova).

El momento justo llegó cuando Aníbal, para vencer definitivamente a Roma a la que tenía ya a su merced, se alejó de su gran fortaleza, donde tenía todo su arsenal de guerra, sus grandes riquezas a buen recaudo, los rehenes de todos los caudillos iberos sometidos y una ciudad inexpugnable rodeada de mar por todas partes, excepto por un pequeño istmo fortificado.

No imaginaba Aníbal que Escipión estaba muy bien informado de toda esta situación, a través de los nativos que debían pacto a Roma.

Solo había una forma de vencer a Aníbal: que se alejase de su ciudad fortificada de Quart Hadast confiado en que nadie la atacaría, en un momento en que los otros tres ejércitos cartagineses estaban distantes, en misiones distintas a más de diez días de camino, y no llegarían a tiempo de ayudar a los que quedaban en Quart Hadast.

Esto requería una enorme paciencia, una planificación minuciosa y fría, y una rapidez de ejecución perfecta y medida para caer sobre la gran metrópoli de Carthago Nova sin que Aníbal lo sospechase y en tiempo record para que no diese tiempo a ninguno de sus ejércitos alejados a correr en su auxilio.

Para eso tenía que descubrir el “talón de Aquiles” de la inexpugnable Quart Hadast, la ciudad de Aníbal.

Se jugaría el todo por el todo ya que, si no conseguía conquistarla en ese tiempo, por sorpresa,  sin que pudieran reaccionar con suficiente fuerza sus defensores, la batalla final por el poder entre Roma y Carthago habría terminado con la victoria total de Carthago sobre Roma.

La historia juzgaría.

Ilustración de Pilar Puyana

Escipión, con un ejército bastante numeroso, desembarcó en Tarraco.

Allí esperó a la primavera en la que sabía que los ejércitos de Aníbal se alejarían de la base para solucionar asuntos de supervisión de los territorios.

En su plan, totalmente secreto, solamente contaba su gran amigo y almirante de la flota, Lelio, pues la complicidad entre ambos era vital para la victoria.

Nadie debía sospechar lo que realmente se proponía Escipión, pues nunca se sabe quien podría dar el aviso a las tropas de Aníbal y eso desbarataría totalmente el plan de ataque y supondría la terrible reacción del mismo y de sus ejércitos cercanos, quedando cercado de espaldas al mar por un ejército mucho mayor al suyo y derrotados para siempre.

Trazó un itinerario desde Tarraco hasta Quart Hadast que debería recorrer él con su ejército por tierra, en jornadas rápidas, casi en paralelo al  que seguiría la flota mandada por Lelio en días posteriores, para confluir ambos ejércitos al tiempo, frente a Quart Hadast (Carthago Nova).

Tenía, Escipión, un buen servicio de informadores nativos que le habían puesto al corriente de las mareas y reflujos de la zona donde se encontraba la ciudad, parecidos a los que los pescadores de zonas cercanas, como Sagunto  y el delta del Ebro, conocían con detalle.

Había una época en que esos reflujos se hacían más intensos combinados con ciertos vientos que los pescadores conocían, pues en esos momentos el Lago o Almarjal se podía vadear por ciertos lugares.

Escipión solo tuvo que atar cabos y reunir la máxima información sobre la zona pantanosa del Almarjal, que guardaba la espalda de Quart Hadast (Carthago Nova) por el norte.

Su puerto era el mejor de todo el Mare Nostrum, envidiado por todos los pueblos de entonces, y a eso se unía la gran riqueza mineral de toda esa zona, básica para la maquinaria de guerra.

Además, allí había reunido Asdrúbal toda la riqueza de sus botines de guerras triunfantes en la península ibérica, y había construido en lo alto de una colina un gran palacio o ciudadela donde reunió a varios cientos de caciques nativos como rehenes políticos de gran categoría, en prenda de pactos de paz. Había también 15 senadores de Carthago

El arsenal de guerra del ejército cartaginés se guardaba también en la ciudadela de Quart Hadast.

Era la más codiciada joya. Lo reunía todo, incluso unos campos fértiles que la rodeaban, capaces de abastecer de alimentos a las ciudades aledañas y al ejército.

Guarnecían la ciudad en esos momentos 1.000  soldados, confiados en su inexpugnabilidad, que Aníbal había confiado a su general Magón.

También se armó a muchos artesanos de los que trabajaban en la ciudad, al menos con armas suficientes para su defensa en caso de gran peligro. El resto de la populosa ciudad debería estar como refuerzo en los lugares donde se les necesitara si llegaba el momento, pero no estaban adiestrados para la guerra. En total en la ciudad había unas 2.000 personas

Aníbal había dejado todo bien preparado para que su ausencia no fuese un reclamo para el enemigo.

Lelio era, además de almirante de la flota, un guerrero muy inteligente, maduro  y dominador de técnicas en el mar y en tierra.

Su amistad con Escipión formaba un equipo que funcionó en secreto y con eficacia

Lelio admiraba en el joven Escipión la combinación de la inteligencia aplicada que aprovechaba el elemento teatral para sus planes.

Cuando Escipión llegó delante de Quart Hadast, situó su ejército cerca de sus altas y fuertes murallas frente al mar, en el lateral donde estaba el istmo, junto a la colina de Ares, para tener más terreno donde poder montar el campamento y tener más movilidad con sus tropas.

Escipión reunió a sus soldados, antes de la batalla, y les habló en tono profético anunciando que los dioses Neptuno y Boreas habían prometido su ayuda  con un prodigio que abriría aquellas aguas para que ellos pasaran.

El rumor se extendió entre la tropa. Todos consideraban a Escipión como un gran militar y en cierto modo cercano a los dioses que siempre le protegían y con los que se comunicaba.

Se porte, su inteligencia, su voz grave y poderosa, su valentía y estrategia en el combate, le hacían parecer un elegido.

Escipión formó un destacamento con 500 hombres de su confianza y lo reservó para el final de su plan secreto.

El día era claro, radiante. Parecía una locura un ataque con esas condiciones.

Las naves de Lelio ya habían llegado y estaban dispuestas y bloqueaban la bahía frente a la muralla principal de la ciudad, alta e imponente.

Escipión dirigía el ataque desde una zona apartada, dominando la escena  desde una colina cercana a la de Ares.

En su mente dos opciones: una, la de ganar esa complicadísima batalla que había diseñado con ataques terribles a las murallas, por mar y por tierra, y la baza secreta del ataque oculto por el Almarjal o lago de la zona posterior, si era posible.

Otra, la de que la superioridad de la fortaleza, a pesar de estar con poca guarnición, fuera tan eficaz que ellos no pudieran abrir ninguna brecha, y por tanto se encontrasen en una ratonera con el mar a su espalda,  atacados por otros aliados cartagineses cercanos que les encerrarían. Entonces las naves de Lelio serían su salvación para embarcar lo que pudiese de su ejército y salvarlo.

Lelio comenzó un ataque frontal desde el mar, al tiempo que Escipión mandó a 2.000 soldados contra la puerta principal de la muralla, la más cercana al istmo.

La altura de las murallas era enorme, pero la fuerza del ataque de los romanos lo era también.

Los defensores se concentraron en esa zona de muralla, mientras Magón se quedó con 500 soldados para defender la ciudadela donde se guardaban los tesoros, los rehenes, los senadores y las armas.

No esperaban los cartagineses de Quart Hadast un ataque en esos momentos.

El gobernador Magón mandó a sus mejores soldados salir por la puerta para impedir que toda esa tropa lograse asaltarla y entrar a la ciudad.

Las escalas que usaban los soldados romanos para trepar la muralla, por largas que fueran, no llegaban a lo alto y se rompían con el peso de varios soldados subiendo.

Las que lograban colocarse bien, por la verticalidad, eran empujadas desde arriba y caían fácilmente.

Los soldados de Magón salieron por esa puerta atacada, con furia, y persiguieron a los soldados de Escipión logrando que huyesen y se replegaran en su campamento.

Un error, pues Escipión sacó tropa de refresco y los cartagineses tuvieron que retroceder hacia la muralla, lejos de la puerta de la ciudad,  con grandes bajas y en desorden.

Se atropellaban para entrar por tan estrecho lugar. Muchos murieron aplastados.

Ilustración de Pilar Puyana

Escipión tenía prisa: volvió a ordenar un nuevo ataque a lo largo de toda la muralla principal.

Parecía increíble que mandara a tantos soldados por un sitio tan inexpugnable y fortificado, pero  tenía en su mente un plan muy concreto, solo conocido por él y por Lelio, que con su escuadra mantenía bloqueado el puerto y disparaba en altura contra la fortaleza.

Al atardecer, tal y como Escipión había pronosticado a sus soldados, se levantó un viento racheado “maestral”.

Era el momento esperado. Si salía bien, entrarían en la Leyenda.

Escipión dio orden a sus 500 soldados elegidos para que se dirigiesen al lado opuesto de la muralla, a espaldas de la ciudad, en la orilla del lago, frente a dos de las colinas que cercaban la ciudad, Hephaistos y Asklepios y que se internasen en el agua sin temor, pues el dios Boréas estaba soplando para que las aguas retrocedieran y ellos pudieran vadearlo y llegar a la parte de atrás de la muralla, que estaba poco protegida al no esperar ningún ataque por esa zona.

Los soldados obedecieron ciegamente a su general y se introdujeron en el lago, caminando con el agua hasta el pecho hacia las murallas posteriores de la ciudad sin ser vistos, a través del Almarjal.

Pudieron colocar las escalas sin que les descubrieran y escalar la muralla sin apenas encontrar defensores en ella.

En esos momentos, por el lado opuesto, Escipión ordenó un nuevo ataque aun más fuerte contra las puertas de la muralla central, ayudado por los disparos de la flota, y con sus legiones en formación de tortuga cubiertos por sus escudos.

A ellos se unieron las fuerzas de los barcos del almirante Leilo, con él al frente, que reforzaron a los que trataban de abrir brecha en la muralla.

A hachazos, furiosos, intentaban romper y derribar la puerta que se les resistía.

Los defensores, que ahora eran escasos en comparación con la fuerza que les atacaba, acudían a toda la zona delantera en desorden, y se encontraron con que ya, por la muralla trasera, habían entrado soldados romanos y estaban intentando abrir las puertas a los invasores de fuera.

Todo se precipitó. Los soldados se mezclaron unos con otros en una lucha atroz, sin cuartel.

La matanza, una vez que lograron entrar en tropel los soldados romanos, fue sangrienta, cruel, sin misericordia para los defensores, que en su mayoría eran ciudadanos civiles, pero que intervinieron en la forma que podían para impedir el asalto.

Magón intentó defender la ciudadela, con menos de 1.000 soldados, pero ya era imposible. La masacre se había extendido por toda la ciudad y decidió rendirse.

Escipión había ganado para Roma la supremacía en el Mare Nostrum, a través de Hispania, en Quart Hadast, que desde ese momento los romanos llamarán Carthago Nova.

La matanza propia de las leyes de la guerra de entonces, cesó por orden de Escipión al serle entregada la ciudadela, donde se había refugiado el gobernador Magón y en cuya fortaleza se hallaban, entre otros notables, las hijas de Indivil y la joven esposa de Mandonio, caudillos enemigos suyos a las que respetó y liberó junto a otros nativos allí refugiados.

Su deseo, en la hora de la victoria, era ganarse el favor de los notables hispanos que estaban en la fortaleza, y en lugar de hacerles sus esclavos, los liberó  restituyéndoles sus bienes.

Ya era dueño de la ciudad-fortaleza de Aníbal, de su emporio comercial, su almacén de provisiones, su arsenal, sus rehenes y su cofre de fabulosos tesoros.

Llegado el momento de los honores a los soldados que destacaron en la batalla, como era costumbre, se dio la circunstancia de que un marino y un centurión rivalizaron en el honor de ser el primero en la toma de la ciudad. El primero en el asalto final desde la muralla del mar; el segundo en haber escalado la muralla por la parte de detrás.

Escipión mandó que se dieran, de manera excepcional, sendas coronas murales, símbolo del triunfo, una a cada  uno de los combatientes, delante de todo el ejército. Hecho insólito que no se volvió a repetir jamás.

Carthago Nova bien valía dos coronas murales

El dominio de Roma sobre Carthago se firmaba al dejar a Aníbal, sin su plaza fuerte, aislado en Italia.

Original de Conchita Ferrando de la Lama  (Jaloque)

Aguijón.

Autora: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradora: Pilar Puyana

Género: Relato negro

Este relato es propiedad de  Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aguijón.

“Probablemente esté muerto cuando leas esto, quizás por tu mano como justa venganza. Pero por eso mismo creo que nos encontraremos y que no podré ni me dejarás explicarme. Lógicamente no te lo reprocharé, mi cinismo no es tan absurdo aunque reconozco que la desmedida confianza en mí mismo siempre ha sido mi mayor fallo. Tampoco podré poner la excusa del escorpión —conoces la fábula, ¿verdad?—, pero es la última o, mejor dicho, la única que tengo. Así que no deberé lamentarlo ni puedo arrepentirme porque nunca me ha importado algo o alguien de verdad. El tiempo tampoco me ha dado esa facultad.

Vaya, James, estar escribiéndote es más que una sorpresa. Tuve que haberme asegurado mejor, pero ¿cómo dudar del lugar oscuro y desierto, tres disparos y el mar? Si no las balas, te mataría el agua negra que te tragó. Eran circunstancias perfectas. Eso y el tiempo que ya llevaba pensándolo, aunque simplemente fue ese momento en el que uno sabe que hará algo definitivo para intentar controlar lo que no puede. Y yo ya no podía controlarte.

Sabías y me habías hablado demasiado, y mi conciencia o mis ambiciones no tenían nada que ver con las tuyas. También eras ingenuo y sincero, y te dabas cuenta de lo peor de quienes tenías alrededor pero te negabas a aceptarlo o te cegaba la fe en encontrar razones. Esas eran tus debilidades. Si me hubieses escuchado un minuto, sólo uno minúsculo escrúpulo de menos, una finísima grieta en tu superficie impoluta, Jamie… Esas grietas son inapreciables o se pueden esconder, seguro que ya lo has aprendido y la, digamos, decepción que yo te supuse ya sólo será una más, aunque indudablemente la más importante. O si hubieras seguido con el trato que hicimos de no inmiscuirnos en los asuntos propios… Pero quisiste ser una conciencia que yo no quería ni te pedí nunca. La amistad también consiste en rechazar lo que no se desea aunque, en mi opinión, es un concepto sobrevalorado. También lo sabes ya porque creo que sólo se te conocen relaciones profesionales y apenas con occidentales. De hecho, te has labrado una reputación digamos cuanto menos… particular, y acepta que también te hayas servido del engaño y la mentira o, si suena demasiado rotundo, de la ambigüedad. Lo entiendo perfectamente, pero en aquellos días… ¡Por Dios, éramos muy jóvenes, se nos presuponía el riesgo, la aventura, el desafío por traspasar las reglas o pisar sus bordes! No quisiste. Pues bien, sólo debías permanecer apartado de mi camino y jamás hubiéramos llegado a aquella noche.

Ahora, fíjate, casi agradezco escribir estas palabras por saber de cierto que estás vivo. No llevo intención de hacerte daño otra vez, pero no puedo jurarlo. En fin, confieso que me asombré al enterarme. Nunca he creído en nada, pero desde luego tu supervivencia fue un milagro, o eso que llaman destino.

Es curioso. Si salgo bien parado del motivo que me lleva a Hong Kong, espero que no leas esta carta y estaré haciendo un imprevisto ejercicio en tu casi olvidada memoria. Pero si no, ahora tendrás en las manos la mejor prueba para condenarme y recuperar tu existencia plenamente. En cualquier caso quedaré impune y, sobre todo, me libraré de este miedo.

Sí, debe de sorprenderte, ¿verdad?, pero sólo conozco el miedo gracias a ti, posiblemente porque también es la única sensación que no se puede controlar más que con sangre fría o poder. Nunca soporté sentirlo, ni entonces ni mucho menos ahora que ya he conseguido más poder del que hubiese imaginado. No sé las razones ya y tampoco importan. Siempre he aceptado cómo soy. La coherencia es más honesta que la hipocresía, aunque sea para la peor alimaña, y yo soy un maestro manejando las dos.

Que vuelvas a ser un cabo suelto me ha producido un gran trastorno, y las únicas consecuencias que me importan son las que me amenazan, aunque tú mejor que nadie comprobaste mi método más eficaz de anularlas. Supongo que esas mismas consecuencias fueron el motivo para crearte una identidad nueva. Así que, ya ves, el miedo es mutuo aunque vuelvas a creerme cínico. Pero reconoceré que admiro lo duro y difícil que debió de ser sacrificarte el nombre y las ganas de venganza porque, con razón, no fue para protegerte tú, sino a los tuyos. Vivir estando muerto, eso sí que es perfecto y no el crimen mejor ideado.

Sin embargo, piénsalo un poco, sé que es retorcido, pero piénsalo: sobrevives y no tienes nada, pero eres prudente, que no cobarde, porque debes creerlo… bien, no, lógicamente no creerás ninguna de mis palabras, pero es totalmente cierto que nunca te consideré cobarde. En fin, consigues construirte otra vida que quizás es mejor. Según sé, vives por y para ti mismo, con tus reglas, con libertad absoluta y sin convenciones sociales ni sus falsedades, con las necesidades cubiertas y los mínimos riesgos, sin las duras imposiciones que conllevaba servir en la Armada. China te gustaba, la forma de negociar, ir de un sitio a otro y conocer a gente. Recuerdo que hablabas de realizar, o intentarlo, un puñado de sueños infantiles de un hermano menor que perdiste.

Eso también te hacía peligroso por vulnerable. Los sentimientos requieren mucha energía y hay que saber dominarlos, y lo has hecho porque me consta que vives libre de ataduras así. Pero no. Me equivoco. Sigues teniendo la única, ¿verdad? Pues esa es la que me ha permitido descubrirte. Te daré más detalles.

Como sabías, mi intención sólo era cumplir las expectativas paternas de llegar a capitán y, después, pedí destino en tierra que me concedieron gracias a mi tío en Whitehall. Pero pronto regresé a Londres para un puesto con él. Fue unos tres o cuatro años después de que te hubieran declarado desaparecido al no encontrar tu cadáver. Al principio barajaron varias hipótesis: desde un ataque en el que te hubieran herido o que hubieras perdido la memoria, hasta la deserción, aunque eso no querían ni pensarlo, sobre todo aquel bueno de Francis Constable. Yo, sinceramente, no había vuelto a pensar en ti: estaba seguro de tu muerte, o de que si alguien hubiese encontrado tu cuerpo, no habría querido meterse en ningún lío. Así que me olvidé, pero supongo que no del todo. La primera vez que se dispara a alguien no se olvida.

Estuve bastante ocupado en fijarme en cómo mi tío manejaba hilos y en hacerme con la hija de uno de sus amigos del Parlamento. Era la mejor, la que más me convenció de las muchas que tanteé. Lo tenía todo: nombre, posición, belleza inmensa, la fabulosa dote del lord que era su padre y una lujuria ilimitada. ¿Qué más podía pedir? Así que me casé con ella.

Después empezaron a correr malos vientos por Europa. Esos alemanes engreídos perdiendo la cabeza por ese fantoche de ridículo bigote que luego a poco nos borra a todos del mapa; y no tuve ninguna intención de verme en una guerra. Mi matrimonio y mi puesto en Whitehall fueron la excusa perfecta, así que seguí en Londres y entré en el servicio de inteligencia. Pero lo que en realidad se convirtió en un verdadero problema fue que Eleanor, mi esposa, no se quedaba embarazada.

Pensarás por supuesto que el mundo está mejor sin hijos míos o, más precisamente, sin más hijos míos, pero por lo visto no, y ese es mi mayor asombro. No sólo resucitaste, sino que un día se te ocurrió buscarlo y quedarte con él. Bien, no, debo decir con ella. Pero en aquel momento me pareció una broma pesada que ese asunto volviera a afectarme precisamente por lo contrario. Y sí, recordé a Mai Lin.


Ilustración de Pilar Puyana

Antes he mentido. Si hay algo que no se olvida jamás es haber tenido a una diosa de seda como ella. Ni Eleanor ni ninguna otra habrán logrado acercarse a mil millas de su sombra y su cuerpo de porcelana y olor a jazmines. También recuerdo que te conté los pormenores y me pusiste aquel ceño fruncido, no despreciativo a mi poca caballerosidad, sino triste.

Vamos, James, la caballerosidad es otro concepto vago y mal aplicado con frecuencia. Te lo dije entonces. ¿No lo contarías si hubieras entrado en el cielo? Esa pregunta no es una metáfora para ti. ¿No quisieras gritar a los cuatro vientos esa vuelta de entre los muertos?, ¿acusarme directamente aunque te resultara bastante difícil probarlo? Es increíble que no lo hayas hecho en tantos años. ¿Ves cuál es el poder del miedo y cuánto tengo yo ahora? Aunque no debería porque mira mi inconsciencia al estar escribiéndote y dando esa prueba, mi extraña locura por imaginar, y desear, que me leas. Pero vaya… entiende que es todo un acontecimiento poder dirigirme a quien pensé haber matado, diría incluso que es un honor, una fabulosa segunda oportunidad y, por tanto, un logro más en mi haber. Pero volvamos a Mai Lin. Siempre es hermoso volver a ella, ¿verdad?

Sí, conseguirla fue como entrar en el cielo y pensar que a la vez era el infierno donde querrías arder siempre por el infinito placer obtenido. Mereció la pena todo lo que pagué, aunque fue lo más miserable: que la guardara esa codiciosa familia y aprovechados de su entorno. Esos estúpidos prejuicios, tan fáciles de usar como pretextos… también los conoces, los inventamos nosotros, pero todo el mundo los tiene y, sin embargo, todo se reduce a dinero. Y esos idiotas sólo conseguían que pareciera que la prostituían.

Ella era demasiado perfecta para darse cuenta, o si fue consciente, entonces sí que era una profesional y me engañó a mí o a cualquiera con dinero que se hubiera acercado. Y tú también lo habrías tenido si hubieses participado en algo de lo que te propuse. Pero no hubieras pagado por ella, ¿no lo ves? Además, ahora te lo puedo decir. Entonces no, porque eras previsible pero impetuoso y habrías reaccionado antes o yo tendría que haber improvisado más deprisa. También te miró, y hasta me atrevo a decir que si no hubieras tirado la toalla tan pronto, te me habrías adelantado. Pero sin duda te miró con ganas, y si la hubieses conseguido, seguro que yo no habría tenido nada que hacer. Era muy joven e impresionable y también quería transgredir, pero no debió enamorarse del hombre equivocado. En fin, el resto lo sabes, su embarazo lo complicó todo.

Ya ves, las malditas convenciones. Las he despreciado siempre pero siempre las he seguido porque me han servido para mis ambiciones. Por eso, en un matrimonio como el mío se nos presuponían todos los hijos posibles, pero no venían. Y ya sabes, esos problemas no se nos atribuyen a nosotros por muchos inútiles que haya. Siempre son ellas. Y en mi caso era así realmente, con tan mala suerte además de que Eleanor era tan descarada y salvaje al principio como nerviosa y frustrada después. Así que la convivencia se volvió un caos. Por una parte, yo no quería repudiarla, por más que pudo acusarme en los peores momentos de su desesperación, pero tampoco podía responderle con una prueba de una historia de juventud en China. No me interesaba en absoluto, quizás no tanto por ella como por el nombre de las familias, y además estábamos a las puertas de una guerra. Por otra parte, el divorcio era un escándalo mayor.

Por tanto, llegamos a un acuerdo: seguiríamos juntos pero haríamos nuestras vidas por separado. Y si te digo la verdad, creo que es el estado ideal. No nos interferimos, sólo nos utilizamos. Eleanor lo ha entendido y aceptado, así que sí que estamos hechos el uno para el otro. La única condición fue olvidarnos de hijos o, en el caso de que pudiera haberlos fuera del matrimonio, no serían reconocidos. Me pareció bien, aunque hace tiempo que aprendí a controlar ese espinoso tema. Simplemente nunca me resultó oportuno.

No obstante, a raíz de eso, sentí una curiosidad que, más que nada, era incómoda. Había hecho muchos contactos, sobre todo durante la guerra, y no me resultó difícil recuperarlos y ampliarlos. Así supe de la temprana muerte de Mai Lin. Al principio creí que había sido por haber querido tener al niño. ¿Por qué se empeñaría? Se jugó la carrera y la reputación, aunque probablemente quiso demostrarles a todos aquellos parásitos —y seguro que también a mí— que ella estaba por encima de cualquier control o despecho. Tenía clase para eso y más. Pero también, al parecer, se jugó la salud.

Cuando quise saber del niño, me informaron de que había sido una niña y entendí que la familia se habría deshecho de ella sin dudarlo. Ahí se perdió la pista. Esa gente es única para ocultar secretos o destruirlos. Y después de ¿cuántos?, ¿diecinueve, veinte años?, había muchas lagunas y falsos rastros. Además, mis pesquisas tuvieron que ser muy indirectas, por no hablar de caras; pero cuando ya iba a interrumpirlas, mis contactos encontraron a un pariente de alguien del servicio de la familia, que dio el nombre de un orfanato perdido cerca ya de Guangzhou. La suerte quiso que uno de los responsables de entonces aún siguiera trabajando allí, y aunque primero dijo no recordar mucho, recobró rápidamente la memoria gracias a un generoso donativo para la ruinosa institución.

Contó que un día había aparecido un hombre occidental, con acento inglés, joven pero de aspecto duro, que buscaba a una niña blanca con rasgos orientales. Era la única que había y no le impidieron llevársela puesto que ya la habían desahuciado, aislada con más niños enfermos por una epidemia. Por lo visto, sólo quedaban ella y otro pero ya estaban moribundos, así que no pensaron que la urgencia del hombre por sacarla de allí fuera a servir de algo. Así que se marchó con ella y no volvieron a saber nada más, ni tampoco nadie después había venido para interesarse sobre aquello hasta ese momento.

Evidentemente me intrigó lo del occidental con acento inglés aunque ni en sueños hubiera imaginado que fueses tú. Pero, claro, entonces la curiosidad se hizo mayor y quise averiguar quién más habría podido saber de esa niña precisamente y además llevársela. Estaba seguro de que el asunto de Mai Lin había quedado entre nosotros y, a no ser que tú lo hubieses comentado antes con alguien para cubrirte las espaldas porque en realidad no hubieras sido tan ingenuo, no podía pensar en nadie dentro de la Armada. Entonces me preocupé más porque, fuera, se me perdían las posibilidades.

Me tranquilizó un poco que, en estos años, si mi nombre hubiera salido a la luz por aquello, nunca me habían chantajeado. La clave estaba en la niña y, desde que su familia la había hecho desaparecer, todo apuntaba a mi entorno. Tendría que seguir por colegas que se habían quedado allí de servicio y, si no, ampliar la búsqueda entre el personal civil. Ya no era curiosidad sino mucho interés y algo parecido a una imposible sospecha.

Así que consulté roles antiguos y actuales. Aparecieron nombres pero eran demasiados y no había conexiones claras. Entonces, a la vez, llegó la información pedida a la prefectura de Hong Kong sobre el nuevo control tras la guerra de nuestro tráfico marítimo en la zona, el de la Armada y la flota civil. Y ahí surgió el dato.

Un marino que, aunque con muy poca frecuencia, tocaba Hong Kong con un mercante con bandera de conveniencia. No comerciaba con occidentales, su tripulación era sólo china y, al parecer, tenía una hija, blanca pero de rasgos chinos. La coincidencia de que se llamara James podría ser sólo eso ya que no cuadraba la descripción física adjunta en el informe, pero era lógico, no sólo por los años pasados, sino por el interés en mantenerte irreconocible. Entonces revisé los registros especiales. También encontré a un tal James Lung. Cuando investigué más a fondo a tu familia en Bristol y descubrí aquel casi imperceptible aumento de rentas de origen desconocido, sí que empecé a asustarme. Todo encajaba pero era imposible. De modo que quise tener la prueba más certera: hace dos meses me llegaron las fotografías.

Dios santo… Eras tú, un fantasma completamente transformado, pero tú sin duda. Volví a recrear el momento un millón de veces, pero no encontraba explicación. Te vi caer y hundirte al agua con tres balas en el cuerpo. Me admití un fallo y quizás se pueda sobrevivir a dos disparos, pero el agua te remataría. Estaba totalmente seguro. No conté con que el destino se puso de tu lado.

Y después, sólo tú hubieras actuado así. Por Mai Lin, por supuesto, aunque quizás también por mí. No sólo buscas y encuentras a esa niña, si no que le salvas la vida in extremis y te la quedas. Es una clase de venganza también. A Mai Lin le cobras su ceguera y a mí mi supuesto crimen perfecto. No está mal. Y no sé si la chica ya conoce la verdad, pero si es así, imagino su rencor más que justificado. No la culpo y aún menos si sólo es la mitad de bella que su madre. Además, estarás de acuerdo en que, en esta historia, la única víctima real fue Mai Lin y por ella… sí, sólo tú podías haberlo hecho todo para resarcirte por no intentarlo en su momento.

Bien, James, nos acercamos a Hong Kong. Supondrás que retomé antiguos negocios. Los tengo en muchos sitios, pero los de aquí siempre me han proporcionado los mayores beneficios. Sin embargo, últimamente se me han complicado y me veo obligado a intervenir en persona. Pero desde luego mi mayor interés es encontrarte. He dado con otro nombre conectado a ti, un amigo o socio, creo, y espero que coopere para localizarte.

Por último, ya ves que esta carta lleva mi nombre y mi sello oficial para que, si llega a tus manos, hagas uso de ella como mejor te parezca. Suena a declaración testamentaria, ¿verdad? Bueno, ya puse al principio que es probable que lo sea. No me absuelve pero tampoco lo pretendo.

En cuanto a la chica, lo único que puedo decirle es que no estaba en mis planes pero que, aunque no fuera con amor —porque quizás ya nací sin él—, sí la hice con el mayor deseo que inspirara una mujer alguna vez.

Vaya, ¿cómo puedo acabar? Lo dejaré en un hasta pronto…

Anthony David Highmore.”

El sol entraba a raudales por la ventana de mi dormitorio. Me sentí desorientada unos instantes pero enseguida sonreí. Habíamos vuelto a casa después de mucho tiempo y los últimos meses más intensos y peligrosos que recordaba.

Arribamos la tarde anterior y el Old Oak se quedó atracado en el muelle más alejado del puerto, con la mínima tripulación de guardia. Habíamos desembarcado a la hermana Isabelle con Xue y los niños en Shantou, la última escala tras una travesía lenta con mal tiempo. Allí había una prefectura francesa y las habían acogido. Nos despedimos con pena porque no supimos si volveríamos a vernos, pero trataríamos de mantener el contacto.

Entonces borré la sonrisa. El tío Tejón. Ya no estaba. Ni allí ni en Lantau, donde siguió conservando la vivienda de su familia y yo pasé mis primeros años con él y el capitán Lung. Así que íbamos y veníamos, sobre todo al establecernos en Sanya cuando dejamos Shanghai la primera vez.

Yo me había quedado con él en Lantau cuando el capitán viajó a la India. Le costaba andar por haber enfermado de los huesos y por eso no quiso acompañarme para recibir al capitán. Sólo pasó una hora. Lo más triste fue pensar que habían imaginado su violenta muerte. Los graves acontecimientos seguidos desde entonces nos habían mantenido con un escudo que ahora sentí desplomarse. Y entonces supe de verdad cuánto lo echaríamos de menos, pero desaté el nudo en la garganta. No permitiría que se nublara aquel esplendoroso primer día de nuevo en casa. Así que me levanté recuperando el ánimo.

La casa todavía olía al incienso que la señora Jun, la vecina, había puesto el día anterior. Los Jun se ocupaban de echar un vistazo en nuestras largas ausencias. El capitán les había enviado un cable desde Shantou y fue el señor Jun quien nos recibió cuando aparecimos a última hora de la tarde. También fue él quien nos entregó el correo que había llegado en esos meses al apartado del capitán en la oficina postal. Los sobres se habían quedado desparramados en la mesa al regreso de la cena a la que nos invitaron los afectuosos Jun, muy apenados por la pérdida del tío Tejón.

Al entrar en la salita la sonrisa se me apagó otra vez.

Sentado en una butaca, el capitán sujetaba unos papeles con la vista perdida en el ventanal enfrente, por donde el radiante sol inundaba la estancia y calentaba el entarimado del suelo. Tenía el pelo mojado y se había afeitado pero estaba medio vestido y descalzo. Tardó unos segundos en reaccionar al oírme y quiso plegar los papeles, pero al instante suspiraba y los dejaba despacio sobre la mesa. Entonces sí giró la cabeza. Sus ojos estaban vidriosos.

— ¿Qué pasa? —pregunté acercándome.

— ¿No hay un buenos días? —Trató de sonreír.

— ¿Qué es?

— Anda, vístete y desayunemos. Después…

Pero yo ya había cogido aquellos folios. Él no me lo impidió y se quedó en silencio, observándome. Yo leí todo, hasta la nota adjunta aparte: “Estaba en el traje de ese ladrón. La dejo en el Mokai, donde tienes más contactos que yo para hacerte llegar cualquier cosa. Algún día deberías explicarme cómo lo has conseguido, aunque ahora ya sé por qué y no espero que vuelvas. Ah, y sí, ese canalla pagó una fortuna por localizarte, pero mereció la pena para cazarlo a él por los grandes prejuicios que nos estaba causando. Todos los Tíos lamentan lo de Tejón, pero ya está vengado. Te desean lo mejor a ti y a tu perla”. Firmaba Chen Xian.

Cuando acabé, los dejé en la mesa, le dije al capitán que estaba bien, que enseguida volvía, y regresé a mi cuarto.

Allí entorné la puerta y me miré al espejo colgado al lado. Me desnudé. Mi madre quiso devolverme el reflejo pero se lo negué. Era yo quien tenía aquella frente alta, el pelo negro cayéndome por la espalda hasta la cintura, los oscuros ojos almendrados, la nariz pequeña y la boca redonda de labios rosados, el cuello fino, los pechos con grandes pezones marrones, el vientre plano, las caderas ligeramente anchas y los muslos firmes, toda la piel de seda, también la más íntima. Entonces, el aguijón tenía que estar dentro.

Era muy joven e impresionable y también quería transgredir, pero no debió enamorarse del hombre equivocado…

Me cubrí y regresé a la salita. Canalla, miserable y asesino. Anthony Highmore no pagó por sus víctimas y buscarse la muerte no fue ningún castigo. Maldito fuera siempre ya. Pero entonces me di cuenta. El veneno… Y me quedé parada en el umbral. Sólo acerté a distinguir cómo el capitán se levantaba y venía hacia mí inmediatamente antes de que se me emborronara su cara. No sé cuánto tiempo me tuvo abrazada pero el calor de su cuerpo y el del sol lograron tranquilizarme poco a poco. Cuando recuperé la serenidad, me aparté y me abrí la fina bata.

— ¿Pero qué…?

Se interrumpió más asustado cuando le cogí una mano y me la puse sobre el pecho izquierdo.

— ¿Está aquí? Mírame. Tú sí lo ves, sabes que lo tengo. Si me lo arrancas, no te podré herir, pero… no, ya lo he hecho, ¿verdad? Por eso me tienes miedo.

Entonces su gesto alarmado se relajó, comprendiendo, y los ojos se le licuaron derramándose por mi cuerpo. Yo le supliqué:

— Contéstame, por favor…

— No puedo, Yi, no hay palabras.

La voz le tembló y yo le apreté más la mano para que no la apartase.

— Pues entonces busca el aguijón y quítamelo. Lo encontrarás. Pero necesito debértelo. Si no, tuviste que dejarme morir. Entonces él sí hubiera cometido el crimen perfecto.

— No me debes nada…

— Sí, y por eso tampoco estoy equivocada, así que ¡no me rechaces, por favor! ¡No llevo tu sangre y no la quiero! ¡Llevo tu corazón! ¡Si me lo arrancas, también te lo arrancarás tú!

Volví a echarme a llorar y sus palabras me acariciaron el pelo.

— ¿Cómo voy a hacer eso? ¿No lo entiendes? Mírame tú ahora. —Me retiró la mano del pecho y me alzó la barbilla, sonriendo—. Así no hay condiciones, y tú tendrás tu vida y volverás a mí siempre que quieras o me necesites.

— Es ella entonces… Me parezco demasiado y… —Probé a usar el veneno—. Claro, ya te habías quitado el corazón para no sentir más. Sí que eres cobarde y también cruel, porque me lo das y me enseñas a confiar y a quererte, me sigues salvando la vida una y otra vez, pero tú no te fías de nadie, te niegas lo que das y ahora me lo quieres negar a mí.

Funcionó.

            — Entonces me equivoqué —el capitán frunció el ceño— porque también te he dado todos los caprichos y te he consentido aún más.

— ¿Como esto o es otra lección que debo aprender?

— No, ya no hay más lecciones —suspiró—. Sólo se trata de que te he criado, te he visto crecer, Yi… Te he tenido en los brazos tantas veces que ya no las recuerdo, ni tampoco puedo contar los besos, ni las caricias, ni los arrullos. Y todo eso ya no sería igual ni podría reclamarlo, ni me lo pedirías porque ya habría cambiado sin remedio.

— Pero no sería peor.

— Es verdad. Podría ser lo mejor, lo más hermoso, porque tú lo eres —y volvió a mirarme sin pudor—, pero también sería lo más difícil.

— ¿Y cuántas cosas difíciles hemos pasado ya? ¿No podríamos con ésta?

Me rozó la mejilla suavemente con los dedos.

— Desde luego tienes todas las respuestas.

Me atreví a mirarlo también sin pudor y, aunque no lo fuera, no pude evitar sentirme responsable de todas las heridas en su cuerpo, desde la piel arrugada del dragón rampante en su cuello hasta la marca pálida en su costado, la que había en su pierna y la última, la aún rosada cicatriz del hombro por la bala que se lo atravesó.

— También tengo que ver con esto —murmuré, tocándosela levemente —, pero ¿ves?, lo superaste, eres más fuerte que mi veneno. Lo que temes es que yo también pudiera traicionarte, soy una maldición de dos fantasmas que lo hicieron, pero entonces debiste seguir ocultándome la verdad o no haberte quedado conmigo.

Entonces se le oscureció la mirada y fue como si también el sol se volviera gris.

— Lo único que temo es que posiblemente me volví loco hace mucho, Yi. Sí, todavía me pregunto por qué me quedé contigo pero, a la vez, siempre me contesto lo mismo: serías la única razón para poder comprender y, sobre todo, para no destruirme escondiéndome u odiando. Yo me convertiría en quien soy y tú serías quien pusiera el límite en las dos fronteras y no dejaría que James Thomas Bates desapareciera de verdad. Pero ahora ya no puedo atarte más a mí, no así. No sabes cómo puede ser y no voy a enseñártelo.

— No quieres.

— Tampoco.

— Entonces temes tu propia traición y eres un mentiroso.

Hubo un silencio que espesó el aura que lo envolvía.

— Así que vas en serio.

— Yo no me engaño a mí misma.

— ¿Ya te crees suficientemente madura?

— ¿No lo soy?

— ¿Me lo quieres demostrar?

— ¿Quién provoca a quién ahora?

— Maldita sea —siseó en un gesto de rabia rendida—. Claro que te malcrié. Siempre queriendo salirte con la tuya.

— No, sólo dime que no te confundes, que me ves a mí… Yo sólo te conozco a ti.

Sus ojos recuperaron aquella luz única. Luego dijo sin voz:

— Me arrepentiré de esto…

— Pues cúlpame ya siempre. Esa será tu venganza.

Cuento de Navidad

Autora: Carme Sanchís

Ilustradora: Pilar Puyana

Corrección: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: cuento (para mayores de 4 años)

Este cuento es propiedad de Carme Sanchís, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cuento de Navidad

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana


Cuentan los osos más sabios el día de Navidad la historia de tres familias a los más pequeños del lugar. Se sientan haciendo un círculo y empiezan a explicar, y los pequeños escuchan inquietos el cuento de Navidad.
– La primera de las familias estaba formada por una madre, un padre y un hijito ratón. Vivían en la casita para roedores más grande que existió.
Vestían todos los días con trajes de seda que Mamá ratona cosía aprovechando retales de telas.
Papá ratón se sentaba en su cómodo sofá, fabricado con una cajita de terciopelo que en algún tiempo guardó un collar.
En un lado del comedor tenían una rosa blanca cubierta con purpurina, y ese era su árbol, más grande no les cabía.
Y debajo de la rosita, decenas de regalos esperaban ser abiertos. Algunos eran enormes y otros muy pequeños.
Y así vivían la fiesta nuestros amigos ratoncitos, rodeados de regalos, amor y mucho cariño.

– Nuestra segunda familia estaba formada por una gran pareja de monos y sus pequeños monitos. Vivían en una gran selva, disfrutando día a día de la naturaleza que veían.
Pero, cuando llegaba la Navidad, hacían las maletas y al Tíbet iban a descansar.
La familia de monitos era budista y viajaban durante días para reunirse con el resto de su familia.
Allí meditaban todos juntos y hablaban de sus vidas durante el día. Cantaban, bailaban y reían toda la noche hasta que amanecía.
Sus túnicas eran brillantes, pasaban de padres a hijos. No necesitaban regalos, pues el viaje ya les hacía felices.
Y de este modo pasaban las fiestas los monitos budistas y toda su familia.

– Y por último, la familia de pingüinos, que como eran los dos machos adoptaron una foquita para darle un hogar y una familia.
Los pingüinos y su hija se reunían con sus amigos, celebraban esta fiesta juntos y cantaban villancicos.
Iban a un gran restaurante, en una cueva iluminada por la luna, y reían todos nadando en el agua oscura.
Regalaban cada uno un regalo a sus hijos para que viesen la Navidad como una fiesta de amor y cariño infinito.
Los pingüinos se vestían con corbatas de seda, y ellas decoraban su cuerpo con margaritas y estrellas.
Así termina el cuento de navidad, y los viejos osos señalan a un abeto, lleno de regalos para los oseznos.
Cada familia celebra de diferente modo la Navidad, pero todos desean vivirla junto a sus seres más queridos.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

Bosquejando Ediciona. ¿Al bosque?, encantado

Autora: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Pilar Puyana

Correctora: Elsa Martínez

Género: microrrelato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

BOSQUEJANDO EDICIONA

¿Al bosque?, encantado

¿Te vienes conmigo? ¿Adónde? Al bosque. ¿Al bosque? Sí, al bosque. Y ¿qué hay en el bosque? Pues de todo. Hombre, de todo no habrá. Que sí, mira: encinas y pinos; nogales y helechos; musgos y setas; caminos, recodos y hasta el curso del río. ¡Qué bonito suena! Es que lo es. ¿El qué? Bonito, el bosque es bonito. ¡Ah, claro! Entonces, ¿te vienes? Espera… y ¿qué más? ¿Qué más qué? Pues que qué más hay en tu bosque bonito. En mi bosque bonito hay de todo, ya te digo. ¿Por ejemplo? Pues por ejemplo: nos aguardan mandrágoras y muérdagos; casas de duendes y hechizos; las noches estrelladas salpicando al cielo dormido, bañado en luna y licor de frío. ¡Qué mágico suena! Es que lo es. ¿El qué? Mágico, el bosque es mágico. ¡Oh, por supuesto! Y bonito, también. ¡Ah, claro! Entonces, supongo que ahora ya sí, ¿te vienes conmigo? ¿Por qué? ¿Por qué qué? ¿Que por qué quieres que vaya contigo a tu bosque mágico y bonito? Verás, es que a pesar de las setas, los musgos, los nogales y los pinos; aun en las noches estrelladas, los duendes y los hechizos no bastan. ¿Para qué? Para completar su belleza y su magia. ¿Y qué es lo que le falta a tu bosque bonito y mágico para resultar un bosque mágico y bonito? Tú. ¿Yo? Sí, tú le faltas. ¿Y le falta algo más? Yo. ¿Tú? Sí, yo le falto también. Entonces faltamos los dos para completarlo del todo, para que tu bosque sea verdaderamente mágico y bonito. Eso es, tú y yo. Tú y yo y nuestros besos, querrás decir. Bueno, sí, a eso me refería también. Tú, yo, nuestros besos y amarte y que me ames sobre un lecho de sotobosque hasta que la noche estrellada se estrelle contra el nuevo día y nos salpique la luz que allí, en tu bosque tan mágico y tan bonito, se hace verde. Sí, exacto, yo no lo habría expresado mejor. Vaya, qué mágico y qué bonito es todo esto que me cuentas. Ya te lo decía yo, ¿te vienes? Pues iría, porque el cuento mola, pero es que ahora mismo no me va bien.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

A medio camino del paraiso

Autor: Olga Besolí

Ilustrador: Pilar Puyana

Corrector: Elsa Martínez

Género: relato ( a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y su ilustración es propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

“Había llegado tan cerca, tan cerca, que por un instante casi había podido husmear el aroma dulce de la tierra prometida, de la costa dorada por el sol, de las tierras fértiles bañadas por la brisa marina.”

A MEDIO CAMINO DEL PARAÍSO

De nuevo aquella vieja historia pasó fugazmente por su cabeza. Todavía no atinaba a recordar con exactitud ni quien se la contó ni cuando. Ni porqué quería aflorar entre la amalgama de sus pensamientos en ese preciso instante. Pero allí estaba, flotando entre sus recuerdos dispares al igual que lo hacían los cuerpos vencidos sobre las aguas. Un cuento. No, una leyenda. Una vieja leyenda sobre una casa. ¿Casa? La imagen se desdibujaba en el interior de su mente aún unos segundos antes de volverse nítida, al igual que hizo el horizonte nocturno momentos antes, al replegarse bajo aquella gran ola rompiente. ¿Casa? No. Él ya no tenía casa. La había vendido. Por un sueño. El mismo que acababa de volcarse con la ruinosa embarcación. Pero eso carecía de importancia ahora. Por fin se sentía aliviado. Ya no le abrasaba aquella quemazón en sus pulmones, ni le herían las punzadas palpitantes de calor en la brecha de su cabeza. El dolor parecía haber ido desalojando su cuerpo poco a poco, sigilosamente, como el huésped que abandona un hotel de noche y a escondidas, dejando únicamente, tras su paso, un pequeño rastro de cosquilleos en las puntas de los dedos: los largos y huesudos de sus manos y los achatados, deformes y curtidos de sus pies descalzos, que ya no se movían. Las convulsiones habían ido cesando paulatinamente. Sus miembros ya no se resistían al vaivén, balanceándose mecidos por el oleaje, pesados e inertes, ausentes de todo arrebato o signo de rebelión. Su cuerpo se había ido relajando mientras él observaba atónito su propia y resignada aceptación de los funestos designios que le deparaba el destino. ¿Destino? No, nunca fue ese su destino, sino el paraíso. Un reino de lujo y porvenir. Un mundo nuevo que le recibiría con las puertas abiertas y donde le esperaba un futuro sin hambrunas. Y un trabajo. Según primo, a ese lado del estrecho llovían más ofertas de trabajo que agua caía del cielo en toda África durante la estación de lluvias. Y abundaba la comida. Y los objetos. Cosas de todo tipo. Útiles y utensilios inservibles; adornos y aparatos. Ropas. Joyas. De todas clases. Todo esperando su llegada.

Había llegado tan cerca, tan cerca, que por un instante casi había podido husmear el aroma dulce de la tierra prometida, de la costa dorada por el sol, de las tierras fértiles bañadas por la brisa marina. Las que se escondían tras aquella espantosa tormenta que tiró su sueño por la borda. Aquellas que no pisaría jamás. “Primo, allí donde yo he estado ganarás tanto dinero que podrás comprar todo lo que quieras, aunque no lo necesites. Y cuando vuelvas aquí serás rico. Como yo.”

Al principio pensó que primo mentía, como otras muchas veces, pero se dejó engatusar por aquellos destellos dorados. “Mírame bien. ¿Ves el reloj que llevo? Pues tengo dos más. Además, dice la hora. Tú no tienes nada. Así que tampoco tienes nada que perder. No sé a qué esperas. Vete.”

La última sequía había evaporado hasta la última gota de agua potable en quince kilómetros a la redonda. Estando los pozos y charcas infestados de podredumbre, convertidos en tierra árida y requemada por el sol, acabando su última y famélica res muerta por deshidratación, todas sus posesiones se habían ido al garete. Por no tener, no le quedaban ya ni soluciones para afrontar los duros meses invernales que se avecinaban. No le quedaba nada. Nada en absoluto. Salvo un techo. El de su casa. Él era dueño de una casa. La que vendió por ese maldito pasaje al paraíso. Pero él no era como primo; nunca lo fue. No quería enriquecerse como él; solo sobrevivir. O como las gentes de esa historia con esos… hombres ricos… viviendo… alejados del paraíso… ¿Por qué no podía recordar los detalles? ¿Por qué tenía la sensación de que algo le unía a ellos? No. Imposible. No se parecían en nada a él. Él no había alcanzado el paraíso. Ni siquiera había llegado a verlo. Él solo compró un hueco en un trozo de madera flotante al que llamaban “patera”. Tiró todo su dinero al adquirir ese minúsculo vacío negro y apestoso en el que apenas cabía, con el dinero que le dieron por malvender su única posesión: su casa. ¿O quizás fuera un castillo? Sí. Ahora creía recordar… eran viejos caserones… eso era… casas como castillos. Por eso no lograba fijar una imagen. Entonces lo supo. Era la razón por la que se deshacían en su cabeza como el barro mojado. Nunca antes había visto un castillo, ni otra construcción semejante. En el pueblo todas las casas estaban hechas de adobe; el único edificio construido con ladrillos era la escuela, recuerdo de los antiguos misioneros, que enseñaban a leer a los niños y a confiar en Dios mientras se morían de hambre o eran reclutados para la guerra. ¿Cómo serían en realidad los castillos? ¿Quién viviría dentro? Intentó fijar sus ojos vidriosos en un punto, para grabar una imagen en sus retinas, pero solo distinguió formas oscuras, bultos humanos agitándose entre brotes de espuma, luchando contra las aguas para evitar ser engullidos, moviendo desesperadamente piernas y brazos. Debatiéndose por ascender a la superficie. Intentando respirar. Boqueando. Muriendo. Nunca antes tuvieron la oportunidad de acercarse a las inmensas aguas marinas. La fascinación se trucó en horror mientras agonizaban engullidos por ellas, ahogándose en su interior, sorprendidos por su sabor salobre que abrasaba las gargantas y escocía en los ojos. Esos ojos desorbitados que reflejaban el pánico en más de un centenar de rostros desencajados. Demasiados hombres para una embarcación tan pequeña, tan frágil, que en cuanto partió mar adentro ya parecía destinada a hundirse bajo las aguas, con todos sus ocupantes, cual Titánic al extremo de la pobreza.

Algunos cuerpos serían encontrados y, aún sin vida, llevados a puerto para que sus restos descansaran sobre el paraíso. Pero otros muchos yacerían perdidos en el fondo marino por siempre, a merced de las corrientes. Solo unos pocos supervivientes, que los aduaneros de la costa podrían contar con los dedos de una mano, serían rescatados y devueltos a su lugar de origen. Deportados, decían. “De regreso al infierno, deberían de haberlo llamado”, pensaba él. “Eso sí, primo, tienes que evitar que te pillen los hombres de la costa. Si logras llegar sin que te vean, lo habrás logrado. Si no, ellos mismos te traerán de vuelta a casa.” ¿Qué casa? Él ya no tenía casa.

Ni falta que le hacía. Para él no existía la opción de vuelta. Solo quedaba alguna oportunidad para aquellos que se agarraban fuertemente a las maderas flotantes; que peleaban por ellas con uñas y dientes. Aquellos que eran capaces de matar por no morir. Él no lo fue. Demasiado débil. El hambre y la sed que arrastraba desde hacía meses hicieron flaquear sus pocas fuerzas. Y no pudo resistirse. Otros lograron arrebatarle el tablón al que se amarraba desesperadamente. Aquel que le hubiese salvado la vida. Se le resbaló de entre las manos cuando sintió el golpe de aquella patada en la cabeza. Inmediatamente notó el hilo de sangre caliente que brotaba y resbalaba sobre su cara, vertiéndose sobre las aguas, formando una mancha oscura. Luego, su visión empezó a nublarse. Entonces fue cuando distinguió claramente que el viaje para él había concluido. Nunca saldría de allí. No llegaría a ninguna parte. Fin del trayecto, a medio camino del paraíso.

Y murió. Lo hizo apaciblemente, yaciendo sumergido e inerte bajo las frías aguas atlánticas. Falleció dentro la calma mortuoria que imperaba unos pocos metros bajo la superficie turbulenta y salpicada por el temporal. Allí donde ya no se sentía el frío, ni el agotamiento, ni la desesperación de no poder sorber una bocanada de aire más. Donde los latidos del corazón se espaciaban y el cuerpo se precipitaba hacia las profundidades que lo reclamaban, ajeno a lo que ocurría por encima de su cabeza, aquel movimiento frenético de esos seres convulsos agitándose en la desesperación que le inspiraban una profunda ternura y compasión, mientras pensaba “no luchéis, dejaros llevar, aquí abajo no se está tan mal”.

Fue extrañamente consciente que ya había fallecido al escuchar el silencio absoluto que se cernía sobre él. El miedo había abandonado por completo su ser. La oscuridad impenetrable lo envolvía mientras seguía su imparable descenso hacia las profundidades marinas. Entonces contempló, quizás con el último hálito de luz que sus retinas captaron remotamente, a su abuelo paterno cuando no era tan viejo, con el primo de chico en su regazo. Y junto a ellos estaba él mismo siendo un niño, casi un bebé, escuchando atentamente como el abuelo les contaba una historia. Un cuento. Era una vieja leyenda de otro continente, situado al norte, al otro lado de un estrecho que separaba dos tierras y dos mares. Y ese continente estaba poblado de grandes señores antiguos que vivían en paraísos de caseríos señoriales. Se vio a sí mismo escuchando aquel relato atentamente, mientras el abuelo explicaba, con todo lujo de detalles, que tal era la riqueza con el que se rodeaban esos hombres en vida, y con las que adornaban sus preciosos hogares, que cuando morían, se negaban a apartarse de ellos, permaneciendo allí hasta el fin de los tiempos; habitando en aquellas casas donde habían vivido cuando aún tenían un hálito de vida, pues ahora eran solo espectros que se aparecían por la noche. Fantasmas.

La luz se disipó en sus retinas y la profundidad penetró en sus ojos. Había logrado recordar. Y ahora, por fin, entendía. Su cuerpo había muerto, pero dentro de él sentía que en su ser anidaba todavía mucha vida. Quizá él era ahora uno de esos espectros. Un fantasma. Así que hizo un pequeño esfuerzo y, a empujones, se desprendió de ese cuerpo muerto que lo envolvía. Al quedar el cuerpo hueco pronto empezó su ascenso hacia la superficie, como una bolsa de plástico vacía. Él se apartó y siguió camino abajo. Hacia la negrura. Hasta tocar el lodo del fondo marino. Y empezó a andar, sumido en una gran sensación de soledad y vacío. ¿Qué iba a hacer ahora sin cuerpo y sin nada? Había vendido su casa. ¿Vagaría, entonces, por toda la eternidad, sin hogar y sin destino, bajo las aguas, a medio camino del paraíso?

Olga Besolí

La metamorfosis de Quito

Autor: Irene Moreno Jara

IlustradoresJordi Ponce y Pilar Puyana

Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico (a partir de 7 años)
Este relato es propiedad de Irene Moreno Jara y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Pilar Puyana y Jordi Ponce, respectivamente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La metamorfosis de Quito

 

Érase una vez, en un charquito sucio y pequeño, un mosquito inconformista que soñaba con convertirse en no sabía bien quién.

Quito, pues ese era su nombre, nació queriendo ser un león, creció esperando ser un elefante y ahora, casi en los últimos días de su vida, envejecía añorando ser un humano. Su madre, Moscaela, siempre le había reñido por querer ir a contracorriente, pero él había hecho trompetillas sordas y, aunque nada le había salido como había deseado, aún tenía esperanzas de hacer realidad su sueño.

Una noche, desobedeció las señales del destino y desplegó sus pequeñas alitas rumbo a lo desconocido. Lo importante para Quito no era el fin, sino el propio camino. Siempre le habían dicho que las encargadas de chupar la sangre eran las hembras, pero él se había negado a aceptar tal restricción. Tal vez su pincho no fuera lo suficientemente fuerte como para atravesar la piel, pero nunca subestimó sus poderes.

Así, con las ideas fijas y sus ansias de morder, se propuso demostrar al mundo que podría conseguir lo que se propusiera.

Su primera presa fue la más difícil. Quito sabía que para poder convertirse en vampiro lo primero que tenía que hacer era picotear el cuello de alguien que ya lo fuera. Pensó que nadie podría tener una sangre tan pura y sana como la de la bella Kita, una mosquita a la que sorprendió en el cristal de una ventana y pinchó casi sin que ella se enterara. Fue un mosquibeso, una muestra de pasión interesada propia de damas y dráculas y que hasta un minúsculo ser sabe realizar sin tener experiencia.

Quito ya tenía el poder.

Con un gatito negro topó nada más alejarse del charco. Como Quito apenas podía ver, no le asustaron los ojos amarillos del minino, que apenas se inmutó cuando el mosquito se posó en su oreja.

Con la suavidad propia de un inexperto, introdujo su pincho sin que el felino se inmutara.

Quito ya podía ver.

En su deambular volador por las calles oscuras, el mosquito se aburrió. Decidió alejarse al bosque, donde tuvo que elegir entre dos presas: un búho y un lobo. Fue este último el que ganó. A Quito le costó clavar su pincho en la piel peluda del lobo, pero con agresividad y coraje pronto lo consiguió. El lobo apenas sintió el bocado, aunque se mostró incómodo cuando al mosquito le crecieron, como por arte de magia, unos colmillos gigantes que desprendían un desagradable olor a hocico de perro.

Quito ya podía morder.

Ahora, con su nuevo estado, al mosquito le costaba más volar. Su peso había aumentado y, aunque ya casi tenía inutilizado su pincho, mover sus alitas se convertía en una tarea difícil de desempeñar. Sin embargo, y haciendo un gran esfuerzo, consiguió llegar a un gran lago. Allí, decenas de pájaros con patas gigantes mojaban su pico y se dormían a la luz de la luna.

Unas patas largas y fuertes eran lo que necesitaba Quito para poder continuar con su metamorfosis. Por eso, casi arrastrándose por la hierba, ocultando su dentadura y plegando sus alitas, llegó a los pies de uno de los flamencos y le hincó uno de sus colmillos. Rápidamente, el mosquito creció.

Quito ya podía correr.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

Y como ya podía correr le pareció oportuno regresar a su lugar de origen, a la ciudad, para estrenar su nueva condición. Ahora, nada ni nadie se le resistiría.

Lo que más le extrañó es que, a pesar de su extraña apariencia, nadie le prestaba atención. Andaba por la acera con sus largas y flacas patas y nadie lo miraba. Se chocaban con sus alas y nadie se volvía. Encandilaba con su mirada amarillenta y nadie se tapaba. Chirriaban sus colmillos con el asfalto y nadie se sorprendía.

Por la cabeza de Quito rondó la posibilidad de haberse vuelto invisible, pero aquello era imposible. El cristal de los escaparates le iba proyectando la realidad, su nueva realidad. Poco a poco iba adquiriendo lo que él quería ser, algo aún sin calificación, pero que le fascinaba.

La autoestima del mosquito creció. Quería más: presas más difíciles, desconocidas, poderosas… Peligrosas.

De repente, se cruzó con alguien que llamó su atención. No por sus gafas oscuras en la mitad de la noche, sino por su olor a ira. Tampoco llamó la atención de Quito el gesto enfadado del puño de aquel hombre. Él fijó su mirada felina en los movimientos. Nunca había visto un cuerpo moverse en búsqueda del desastre, de la destrucción.

Aquel hombre fue una tentación para el insecto mutante. Temía los efectos de la sangre que pudiera correr por sus venas, pero sentía una llamada extraña hacia lo que sabía que estaba prohibido para él. Una vez más, iba a contracorriente y hacía trompetillas sordas a su conciencia.

Ilustración de Jordi Ponce

Ilustración de Jordi Ponce

Así, sin pensárselo más porque los nuevos pensamientos lo alejaban de su objetivo, Quito quiso demostrar que era un mosquito valiente, que nadie ni nada podían pararlo. Para él no había un NO. Tampoco existía el miedo.

Con la cordura propia de un mosquito y los autoconvencimientos propios de un insecto, Quito apuñaló con sus colmillos a aquel hombre a la altura del pecho.

Ahora sí, ahora había conseguido el festín sangriento con el que tanto había soñado. Nunca pensó que tanta sangre junta supiera a vinagre y doliera al tragar, pero de lo que verdaderamente se extrañó fue que sus alitas, sus colmillos, sus largas y estrechas patas y sus ojos desaparecieran.

Quito no sabía qué había ocurrido. Se sentía extraño, inquieto. Algo en él le recordaba a aquel hombre que yacía en el suelo, pero no sabía el qué. La gente seguía paseando por la calle sin inmutarse. Todo seguía sucediendo con una rutina impropia. ¿O tal vez propia? Para Quito todo era un desconcierto.

Con una frialdad ajena a su ser original, el mosquito continuó su camino hasta que se topó con un charquito sucio y pequeño. A pesar del color marrón del agua, pudo ver su reflejo en él.

Por fin.

Por fin Quito era un monstruo.

Un monstruo humano más.

Draco Paper

Autor: Begoña Callejón
Ilustradores: Fernando Halcón y Pilar Puyana
Corrección: Elsa Martínez
Género: Poema en Prosa (a partir de 9 años)
Este poema es propiedad de Begoña Callejón, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Fernando Halcón y Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

DRACO PAPER

No son reptiles, no son de sangre fría, ni dulces, ni perversos, ni todos arrojan fuego. Cabeza de lobo y cola de serpiente. Un pulso entre el intelecto y la fuerza. No sé si pasan años sin comer ni si yacen en el fango los sábados. No veo ni cuernos ni espinazo que se erice, pero hablan. Hablan. Hablan. A veces son de papel, lentos e inmóviles como los cocodrilos. Cállate. Sé que hace tiempo que no los veo. Si volvieran los dragones a poblar las avenidas de un planeta que se suicida. Si volvieran los dragones. Si volvieran. Dicen que se ocultan en volcanes submarinos. Se alían y hacen contratos de paz. Observo los huesos en el suelo que marcan la antigüedad, los ritos, la arrogancia del hombre, las visiones colectivas, los relatos inventados. La luna escupe balas. Las esquivas. Vuelas. Un emblema militar para los griegos, un símbolo de destrucción para los hebreos, garras con cuatro uñas para los cazadores, escamas para mí. Buscaré sus colillas tras los géiseres. He soñado que en el cuello de un dragón está la piedra de los deseos. Yo tengo una perla en la garganta. O un huevo. Una última petición: Qué nadie lo compruebe.

Quiero a la Luna Viajar

Autor: Raquel Bonilla

Ilustradores: Pilar Puyana y Verónica López

Corrección: Federico G Witt

Género: poesía infantil

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla y sus ilustraciones pertenecen a  Pilar Puyana y Verónica López. Todos los derechos reservados.

Quiero a la Luna Viajar

Quiero a la luna viajar

para poderla tocar.

La veo desde mi cama

cuando el cielo se calma.

Ilustración de Pilar Puyana

¿Cómo llegaré tan lejos?,

¡mis patines están viejos!

En un globo montaré,

¡no sé yo si llegaré!

El tren queda descartado,

a volar aún no ha llegado.

Busco algo con grandes alas

que traspase nubes blancas;

una avioneta ruidosa,

rápida y de color rosa.

La gasolina no dura,

aún no llego a la luna.

¿Y si en un barco gigante

viajo como ­­­­­­­­­­un navegante?

Surcaría yo los mares

con pulseras y collares.

El barco no llegaría,

aunque mucho correría.

Tengo yo un patinete,

le echaré un poco de aceite,

pero solo con tres ruedas

no se llega ni a Bruselas.

¿Y viajar en submarino?,

¡ay qué sueño tan divino!

En el agua su reflejo,

de la luna el espejo.

Quiero llegar a la luna

antes de llegar la una.

Quiero de cerca mirarla

y por fin así tocarla.

Es un sueño muy difícil,

pues cumplirlo no es tan fácil.

¡Una idea he tenido!,

será muy entretenido:

construir una avioneta,

grande y de color violeta.

Podré llegar a las nubes,

esponjosas y azules,

pero ¿llegaré a la luna?

Ni montado en aceituna.

¿Una avioneta tan alta?,

ni aunque fuese de plata.

¿Qué vehículo utilizar?,

quiero mi sueño realizar.

Ilustración de Verónica López

¿Un cohete llegaría?

¿Crees que se pararía?

Un tractor surca la tierra,

pero a la luna no llega.

Una moto es muy ligera,

corre mucho y no pesa,

pero creo que no vuela,

aunque lo diga la abuela.

Antes viajaban en carros,

pero dicen que son tarros.

El caballito galopa,

corre y come mucha sopa,

pero a la luna no puede

llegar pronto aunque quiere.

La cigüeña tiene alas,

blancas, negras y muy largas,

¿Querrá llevarme a la luna,

o se quedara sin plumas?

Yo conozco a una gaviota,

pero es muy cabezota.

En el coche de mi abuelo

puedo llegar solo al pueblo.

Es tan blanca y reluciente

que parece un pendiente;

me gustaría cogerla

y en mi habitación tenerla.

Ni en tren ni en autobús llego,

ni siquiera por los pelos.

Probaré con una nave.

¿Alguien encontrarla sabe?

Tiene luces y es redonda,

gira como una peonza.

Tanto pensar me dio sueño,

pues aún soy algo pequeño.

Dormiré tranquilamente

con mi peluche clemente.

Oh, mi sueño he realizado,

a la luna he llegado.

Soñando puedo tocarla

y por fin acariciarla.

Conseguirlo era muy fácil

pues dormir no es difícil.