Promesas incumplidas

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas incumplidas.

 

Ilustración de Rafa Mir

Bueno, he de ser sincera, Paula va muy bien, pero para lo que les he hecho venir expresamente es para decirles que la chica debería seguir estudiando. Yo entiendo que tenga que faltar algunos días a clase para ayudar a la familia, pero tiene mucho potencial. Yo creo que …

Usted lo que tiene que hacer es irse a fregar a su casa y no comerle el tarro a una niña de dieciséis años.

––Vamos a ver, señor Muñoz, no es necesario faltar al respeto y mi intención no es ofenderle. Yo…

––¡¿Ofenderme?! ¡¿Con qué, con tus palabras?! ¡No me hagas reír, me ofende tu sola presencia y la presencia de todas aquellas mujeres —le dijo el hombre torciendo el gesto de la boca con visible desagrado mientras escupía las palabras— que, como tú, le han estado quitándoles el puesto de trabajo a los hombres con la tontería feminista esa de la igualdad. Y total para no saber hacerlo como toca. A ver si os metéis en la puta cabeza de una vez que las mujeres solo servís pa estar en la casa y pa críar, y punto pelota, como hacen las vacas y el resto de hembras en la naturaleza. Así están ahora las cosas… pero no, a mi Paula no le vas a lavar el celebro como que me llamo Antonio García.

La profesora lo miró con los ojos muy abiertos sin poder creer el rumbo que estaba tomando la conversación mientras el padre de la alumna se deshacía en improperios e insultos machistas. Antes de que pudiera reaccionar, el director de colegio, que estaba paseando por el pasillo, se detuvo en la puerta del aula con su gran corpachón ocupando todo el marco de la puerta.

¿Qué es lo que está ocurriendo aquí? Se oyen las voces desde la escalera —dijo.

A pesar de que el director y ella no tenían lo que se dice una buena relación, pues era un hombre con un alto ego, Laura se sintió en cierto modo aliviada al ver que tenía el apoyo de un compañero de profesión, así que cogiendo aire y tomando algo de valor le contestó:

––Joaquín, yo solo estaba diciéndole al señor Antonio… —comenzó a explicar Laura, pero el director le dedicó esa típica mirada suya de superioridad y desprecio a la vez, y acto seguido se dirigió al padre de la alumna, haciendo caso omiso de la intervención que Laura acababa de iniciar.

Dime, Antonio, ¿qué es lo que ha pasado?

Y al poco tiempo ambos hombres se ponían a despotricar sobre lo mala profesora que era y el hecho de que el trabajo que estaba desempeñando le quedaba demasiado grande, y todo esto ante la atónita mirada de Laura que no pudo articular ni media palabra. Finalmente, el director, tras despedirse del padre de la alumna en una conversación mucho más distendida, se dirigió a Laura y antes de que ella ni siquiera pudiera abrir la boca le dijo:

Te advertí que era la última vez que te dejaría pasar una. Te he salvado el culo con este padre, pero no me crearás más problemas, porque probablemente no acabes el curso.

¡Joaquín, ¿qué ha querido decir con eso?! —gritó entonces la muchacha, desesperada, mientras el director se alejaba entonando una cancioncilla, bastante satisfecho, sin darle ninguna respuesta. Laura se hundió mucho más en su silla, si es que eso era posible, y entonces las lágrimas comenzaron a brotar.

Cuando el director llegó a su despacho abrió la puerta con gran pasimonia. Dentro había dos niñas esperando, que lo miraron sobresaltadas al reconocerlo. El director sonrió ampliamente y mientras cerraba la puerta les dijo:

¿Estáis preparadas para nuestro juego?

Y en los ojos de las niñas se desató el terror…

¡¿Qué cabrón?!, ¡no hay derecho! ¿Ese es el mismo que te dijo que te taparas los brazos cuando te pusiste manga corta?

¡Entiéndelo! —empezó a decirle Laura con cierta ironía a su amiga—. ¡Es que si voy así en primavera, cómo voy a presentarme en clase en verano! ¡Igual enseño los hombros!

¡Pero si tu clase es una sauna!, le está dando todo el día el sol, y encima se os había estropeado el aire acondicionado, ¿no?

Pero eso le da igual. Es un poco…

¿Retrógrado?

Iba a decir misógino, pero sí, en cierto modo también se le podría llamar así. Lo que más me fastidia es que me quedé como una idiota sin decir ni una palabra mientras esos dos… Pero es que hay algo en los ojos de Joaquín que me da escalofríos y me bloquea, no sé cómo explicarlo…

No te machaques, Laura, tu reacción es normal, sobre todo si te pillan desprevenida. Lo que te ha pasado es totalmente surrealista. Además, se aprovechan de que eres un trozo de pan.

Ya, pero seguro que tú lo hubieses mandado a la mierda, tienes mucho más coraje que yo, Alba.

¿Coraje o mala leche?

Llámalo como quieras, pero te envidio, no dejas que te pisoteen.

Alba sonrió amargamente:

¿Tú crees?, yo no estoy tan segura, y además a veces desearía no tener tanto coraje como tú dices, ¡pues para lo que me sirve!…

¿Qué ha pasado esta vez con Marc?

Pues nada, llevamos un mes sin parar de discutir y empiezo a estar un poco harta. Ambos decidimos que yo aceptaría este trabajo porque nos hacía falta, con la condición de que él tendría que hacerse cargo de la casa y de los niños mientras encontraba otro empleo. Sabes que le fue mal en el negocio, ¿no? —apuntó la chica.

Laura asintió.

Recuerdo que tú no estabas conforme, pero aun así, se metió y al final habrá tenido que darte la razón.

Pues no, y además hemos perdido mucho dinero, por eso me tuve que meter en donde estoy. Por eso cuando llego a casa y veo que está todo patas arriba y que los niños hacen vida en casa de sus abuelos me cabreo mogollón, porque él a lo único que se dedica es a pasarse el día delante del ordenador o a salir con los amigotes ideando no sé qué nueva locura en la que invertir. Pero lo peor de todo es que después de una discusión puede tirarse días sin venir a casa.

Alba, me sabe mal decirte esto, pero ¿seguro que está con los amigotes?

Sí, Laura, esa fase terminó. Me prometió que nunca más lo haría, aunque ya no sé si te digo esto para no preocuparte a ti o tan solo para convencerme a mí misma.

Laura le puso una mano tranquilizadora en el hombro mientras le decía:

Deberías empezar a pensar en ti, una persona así no te hace ningún favor. Y si realmente lo está volviendo a hacer y no es lo suficientemente valiente como para terminar la relación, tendrías que…

Laura, para, que viene Quique…

Mamá, dame diez euros, que quiero invitar a Paula al cine.

¿Ha vuelto ya Paula de casa de su madre?

Sí, volvió ayer. ¿Me das la pasta?

Claro que sí, pero dale recuerdos de mi parte y dile que a ver cuándo se pasa por casa, que la echo de menos.

Vale, máma, pero dámelo ya que llegamos tarde.

¡Oye, Quique, ¿qué pasa? ¿Que desde que soy profe tuya ni saludas?!, ¿me das un beso?

Laura, es que están ahí mis colegas y me da palo, no quiero que piensen que soy el pelota de clase.

¡Ah, claro, ahora ya no soy la tía Laura guay con la que solías jugar a pillar y con la que te querías casar…!

No, me temo que hemos pasado de ser la tía y la mamá enrolladas a ser las viejas cascarrabias que avergüenzan.

Eso creo yo también.

Dejadlo ya, que me están mirando —dijo, y fijando la mirada en su madre añadió—: ¡Venga!, ¿me lo das?

Toma veinte y pásatelo bien.

Gracias, máma, eres la mejor.

Pero sin beso, ¿verdad?

¿Lo dudabas? Venga, Laura, me las piro…

Adiós, bombón, y… ¡pásatelo bien!

Bueno, Quique, ¿te vienes al centro o qué?

No, ya os he dicho que voy a quedar con Paula.

¡Venga ya, tío! ¿Vas a pasar de nosotros por ella?

Es que está mucho más buena.

Eso es verdad, pero sabes que no te vas a comer ni una rosca, ¿verdad? Es la tía dura de clase, sobre todo desde que la colega de tu madre empezó a comerle la cabeza en el insti con eso de que te tienes que hacer respetar y tal.

Sí, ya lo recuerdo. ¡Puta Laura! La chapa que nos dio con lo de que las tías eran algo más que una cara bonita. ¡Pues claro que sí, también son un buen par de tetas!

¡Qué mala leche tienes, cabrón, pero sí, eso es así! —le contestó el otro muchacho entre risas.

Pero que sepas que sí, me la voy a comer, la rosca digo, gilipollas —le contestó Quique al ver la confusión en la cara de su amigo.

Pues yo diría que no. ¿Qué decís, tíos?

Los demás muchachos empezaron a asentir y hacerle gestos burlones.

¿Pero por qué dices eso, chaval?

Pues porque si después de ir juntos casi un año y no os habéis enrollado es o porque es lesbiana, o porque pasa de tu cara.

De mi cara no puede pasar, gilipollas, lo que pasa es que nunca se lo he pedido. Y además estaba saliendo con un pavo.

Pues mejor me lo pones aún. ¡Pasa de tu jeta, chaval!

¡Que no, coño! Que lo tengo controlado y de esta noche no va a pasar.

Tú sigue viviendo en tu mundo de fantasía. Ella pasa de tu cara. Acepta que solo eres el amigo guay. Nunca te la vas a follar.

¡Joder, que te digo que sí! Acaba de cortar con ese tío y voy a ir a saco, ¡chaval!

¡Qué cabrón! ¡Y yo que pensaba que te caía bien y que la apreciabas de verdad!

¡Qué dices, tío! Si he aguantando tanta mierda de supercolega es porque a una tía buena como la Paula hay que sabérsela trabajar.

¿Y todos los rollos esos que os llevábais del feminismo y de la sensibilización y demás…?

Chorradas para podérmela tirar. Venga, largo de aquí que está a punto de llegar.

¡Qué cabrón! Bueno, ya me contarás. ¡Venga, au!

Au.

¡Hola, Quique, qué ganas tenía de verte, chiquiii!

Y yo, preciosa. Un abrazo, ¿no?

¡Claro! —le dijo la muchacha con alegría mientras Quique la estrechaba con más fuerza de lo normal.

Uff, sí que tenías ganas de verme —le dijo la muchacha intentando soltarse de su abrazo. Quique deslizó la mano por su trasero. Paula dio un pequeño respingo sorprendida por aquel contacto inusual, pero en una milésima de segundo lo achacó a algo casual e inocente. Así que separándose miró a la cara de su amigo emocionada y le dijo:

No sabes lo mucho que te he echado de menos, de verdad.

Y después le dio dos besos y lo volvió a abrazar.

Quique era un tío genial, empezó a pensar la muchacha, siempre la escuchaba, y su casa había sido como un refugio para ella. Su madre era encantadora, y aunque su relación de amistad se había afianzado desde hacía tan solo un año, había surgido entre ellos un feeling especial. No era como ella pensaba, como el resto de tíos de su clase que solo la habían querido para enrollarse con ella y vacilar. Quique parecía apreciarla de verdad, pues al menos se había tomado la molestia de conocerla y escucharla. A veces se preguntaba qué era lo que le paraba a la hora de iniciar una relación con aquel chico con el que no discutía nunca y con el que jamás hubiese creído que compartiría tantos gustos y aficiones. Y pensar que se habían empezado a hablar por un estúpido trabajo de clase.

Ahora me toca a mí, ¿no? —le dijo Quique cogiéndola por los hombros, y antes de que ella pudiera evitarlo, el muchacho le había plantado un beso en los labios.

¡Perdona, ha sido el ímpetu! Y como te has girado en el último momento… —Se disculpó.

No, tranqui —le dijo Paula aún en estado de shock.

Por un lado se sentía algo violenta, como si hubieran profanado su espacio vital, mientras que por otro se sentía idiota por pensar tan mal de su querido amigo. Igual era verdad que se había movido inconscientemente cuando Quique la fue a besar, aunque ella creyera que se había mantenido en la misma postura.

¿Vamos tirando? Si no, empezará la peli sin nosotros —le dijo Quique rompiendo sus pensamientos, y se la llevó a rastras calle abajo, cogida de la mano, y aunque se habían cogido así muchas veces, Paula esta vez sintió un pequeño escalofrío.

Una vez en el cine, los muchachos se dieron cuenta de que eran los únicos que ocupaban la sala y estuvieron bromeando acerca de que hasta el cine quería celebrar su reencuentro, pero cuando las luces se apagaron el comportamiento de Quique empezó a empeorar. Paula ya no sabía qué hacer. Le había retirado la mano de sus muslos disimuladamente en un par de ocasiones, y ya empezaba a pensar que aquello no era inocente de ninguna de las maneras, pero no entendía o no podía entender ese cambio tan radical de su mejor amigo. Cuando se conocieron, se prometieron que si alguna vez a alguno le llegaba a gustar el otro se lo dirían, y que si alguno no sentía lo mismo, que quedarían como amigos y en paz. Pero esto en ninguna manera era forma de decírselo. Quique estaba actuando muy mal porque ella no había dejado ningún indicio de que él le gustara…

¡Quique, para! —le dijo la muchacha en el último intento que tuvo este de tocarle el entremuslo.

¿Por qué? Me dijiste que una de las cosas que te ponía del cine era la oscuridad y que con Paco te moló enrollarte porque era directo y muy original a la hora de buscar el lugar…

Pero Paco me dijo que le gustaba antes de intentar meterme mano –—le contestó esta molesta—. Y además me pidió de salir.

Vale, me gustas porque estás muy buena. ¿Quieres que salgamos? —le dijo este de forma burlona sin apartar la mano que Paula tenía férreamente sujeta sobre su pierna para que no fuera más allá.

¿Pero qué mierda estás haciendo?

––Tomar la iniciativa. El otro día me dijiste que ojalá ese tío, el vecino de tu madre de toda la vida, hubiera sido más lanzado a la hora de salir.

Y también te dije que justo por eso me encantaba ese chico, por su timidez. Que aunque no fuera lanzado…

Mientras ella hablaba el chico lo intentó de nuevo.

¿Pero qué coño te pasa, Quique? ¡Me estás asustando! —le dijo de nuevo Paula apartándolo de ella.

¡Joder, te lo acabo de decir! Me molas, tía. ¿Podemos follar ya?

Paula lo miró atónita mientras unas lágrimas se escapaban de sus ojos.

En serio, Quique, ¿qué mierda te has tomado hoy? —le dijo apartando la mano de un manotazo.

¡Nada, hostia! ¡Que estoy harto de que me calientes y en paz!

¿Que qué?

El otro día me dijiste que yo estaba muy follable y que si Ana no lo quería ver era su problema. Y hoy te has abalanzado sobre mí y me has dado dos besos.

Pero solo te quería animar porque en teoría te sentías mal porque te llamó cardo. En ningún momento insinué que me pusieras a mí, y lo de los besos ha sido como siempre, y si he corrido hacia ti es porque estaba feliz de verte…

Y no te has apartado cuando te he tocado el culo.

¡¿Lo habías hecho a posta?! Pero, tío, ¡qué cerdo eres!

Y ahora dirás que no te ha gustado el pico.

¡Pues claro que no! Y encima te disculpas cuando lo has hecho aposta. Me parece muy fuerte… No entiendo…

Pues yo sí entiendo. Te estás haciendo la dura. Me dices que no, pero yo sé que es un sí. Sé que te pongo cachonda. Venga, no lo nieges —le dijo entonces Quique, y se abalanzó sobre la muchacha intentando forzar sus labios. Pero Paula fue más rápida y pudo reaccionar apartándose de él, después le dio un gran empujón que lo tiró al suelo. Consiguió escabullirse y se fue corriendo escaleras arriba hacia la salida de la sala. Y no dejó de correr mientras la rabia, la impotencia, la ira y la decepción iban corroyendo sus venas. Solo cuando acabó de atravesar el parque se paró y vomitó, y después se puso a llorar desconsoladamente. Una señora que pasaba en ese momento por allí con sus perritos se acercó a preguntar:

Muchacha… ¿Te encuentras bien?

No, ¿me podría usted ayudar?

¿Quieres que llamemos a tus padres?

No, solo necesito ir a la policía, pero me da miedo ir sola. ¿Me podría llevar?

Por supuesto, bonica, hay una comisaría en aquella esquina de allá. Vamos, te acompañaremos —le dijo la mujer. Y dicho esto, ambas, junto con los perros, se encaminaron hacia allá.

Después de una semana que le había parecido una locura, Paula por fin se pudo acercar al instituto. Tenía un trabajo que entregar. En su cabeza aún resonaban las desagradables insinuaciones de Quique, el cual, por supuesto, no la había vuelto a llamar. Además, el día que ella fue a denunciarlo a la comisaría se encontró con el marido de su profesora de literatura que, destrozado en un banco en una especie de ataque de histeria, no hacía nada más que decir: «Me prometió que no iba a tardar».

Al día siguiente Paula se enteró de que Laura, su profesora de literatura, había salido a correr por el parque como de costumbre, aunque esa vez salió un poco más tarde de lo normal. Según los rumores que corrían, estaba pasando una mala racha profesional y aquel día había tenido una discusión grande en el trabajo, así que para desahogarse se fue a correr, pero ya no volvió jamás.

Un desalmado la había violado y le había arrebatado su vida, alguien que, como Quique, no sabía aceptar lo que significaba decir NO o luchar por la injusticia social. Y lo que más la asustaba era que, ese mismo día, ella podría haber corrido la misma suerte, tal vez no hasta el punto de ser asesinada, pero sí del de estar muerta en vida. ¿Pues cómo puede alguien recuperarse después de una violación? Además, en esa misma semana su madre había ido a posta desde la ciudad para acompañarla personalmente a hablar con Alba, la madre de Quique, ya que a su propio padre ni siquiera se lo había comentado. Era un energúmeno que había amargado a su madre durante muchos años hasta que se pudo divorciar. Paula estaba deseando cumplir los dieciocho años para poder marcharse de su casa ya.

Al principio la muchacha creyó que se encontraría con una Alba enfadada y dolida con ella porque había traicionado su confianza hablando mal de su hijo. Sin embargo, se encontró a una mujer triste, desolada y avergonzada, porque no solo había perdido a su mejor amiga por culpa de un desalmado, sino que su marido le había sido infiel con otra mujer y se había marchado de casa sin decir palabra, y además había descubierto que uno de sus hijos era un degenerado. Pero cuando la tuvo delante, lo único que esta le pidió realmente afectada fue que la perdonara y que sentía mucho por lo que Quique la había hecho pasar, que se sentía mal por no haber sospechado que su hijo tuviera esos pensamientos tan sucios y desagradables hacia ella. De hecho, Alba, cuando se enteró de lo que había pasado con su hijo, le revisó el móvil en un descuido y encontró algunas conversaciones relacionadas con Paula que ella misma se encargó de entregar a la policía para que pudieran actuar al respecto. Paula no se imaginaba lo mucho que debería haberle costado hacer eso y agradeció profundamente que en el mundo aún hubiese gente tan valiente y leal. Lo que más le dolía y la apenaba e incluso la enfurecía de toda aquella pesadilla que tan solo en una semana se había podido desarrollar, eran todas esas promesas rotas que se habían ido solapando en contra de la verdad.

Y esas promesas incumplidas no habían sido aquella que Laura le dijo a su marido: «Te prometo que no voy a tardar»; o la que el marido de Alba le dijo en su día: «te prometo que no volverá a pasar»; ni siquiera la que Quique le había prometido a ella misma: «Si algún día alguno siente algo por el otro y este sentimiento no es compartido seguiremos siendo amigos y en paz». No, las verdaderas promesas incumplidas estaban relacionada con cada una de nosotras y con todas a la vez. Y con todas nos referimos al resto de mujeres a las que se nos promete la igualdad, la libertad de expresión, la seguridad y el respeto. Ya que si siguen ocurriendo estas barbaries, realmente lo que se nos dice es una mera quimera. Se nos engaña para mantenernos calladitas, para hacernos creer que algo hemos conseguido cuando en realidad no hemos avanzado nada. Y la cruda realidad es que, lo único que se ha conseguido es echar más lastre a nuestra ya pesada carga, y hacer que sigamos muriéndonos de miedo cuando vamos solas por una calle poco iluminada y se sienten pasos a nuestra espalda. Y también se ha conseguido que midamos nuestras palabras cuando nos encontramos en una situación de minoría; y que nos retraigamos, que no nos expresemos como deseamos porque siempre hay alguna excusa par echarnos la culpa de todo lo que pasa. Y tristemente seguimos escuchando en las noticias comentarios tan insolentes y patéticos como que en cierto modo el vestir de forma femenina incita a los ataques en masa. ¿Qué es lo que ha sucedido para que se desprestigien esas palabras que tan bien suenan en las bocas de los perpetradores cuando quieren vendernos su discurso? Pues no olvidemos que también son culpables aquellos que ven pasar las cosas delante de sus narices y no hacen nada; ¿Qué es lo que ha pasado con la igualdad y la libertad?¿Dónde quedan sus verdaderas acepciones? Y sobre todo…¿qué más barbaries tendremos que sufrir las mujeres para que esto se solucione de una vez por todas?

Todo esto pensaba Paula abrumada mientras entregaba su trabajo, una novela corta para presentar a un concurso literario, en la cual reflejaba todos sus sentimientos, temores, desilusiones y esperanzas, lejanas esperanzas de que alguien pudiese llegar a leer todo lo que ella había denunciado e hiciera algo para paliarlo…

Inmaculada Ostos

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Gato tóxico

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Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Ainoha Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato tóxico.

Ilustración de Rafa Mir

 

El gato tóxico llegó a mi vida una mañana de diciembre, ese mes en que algunos querríamos que se nos tragara la tierra para no tener que dar explicaciones sobre nuestros fracasos profesionales y/o sentimentales a una horda de familiares tan bienintencionados, o no, como entrometidos. En diciembre, el papel de regalo se convierte en nuestra segunda piel y las sintonías edulcoradas se instalan en nuestros cerebros como tenias hambrientas de las que nos costará desprendernos sangre, sudor y lágrimas, aunque no tanto como habremos de sudar para drenar los excesos de nuestros saturados estómagos e hígados. Solo unos pocos años me han separado de la visión idílica a la cínica, de las navidades de ensueño a las navidades de miedo, esos días en los que preferiría estar tranquilamente sentada delante del mar, en vez de responder a eso de “¿Y los niños, para cuándo? Que se te va a pasar el arroz..”.

El gato tóxico no era tan venenoso como algunas opiniones no solicitadas sobre cómo vivo mi vida. Tampoco era radiactivo, pero casi: estaba flaco y sucio y padecía una diarrea galopante, fruto de la vejez y de una colección de achaques que haría las delicias del hipocondríaco más pertinaz. Cuando un saco de huesos de color naranja se instala en tu porche de entrada, lo lógico es que lo ignores hasta que se marche. O, como mucho, que le saques un poco de comida, no muy sabrosa no vaya a ser que el bicho se encuentre a gusto y se instale ahí per saecula saeculorum, amén. Pero yo, poseída por un ramalazo de amor muy poco higiénico, tras comprobar que el felino estaba por la labor de intentar una convivencia pacífica conmigo, lo dejé entrar, le preparé una camita y un piscolabis, tan acorde con el espíritu de las fechas, y me harté de limpiar pelos de un color naranja sucio y caca de gato, de desinfectar cojines y baldosas y de disfrutar de sus miradas oblicuas cargadas de adoración.

Durante la cena de Nochebuena, ante el horror de alguna de mis tías más finas, el gato tóxico se aposentó en mi falda, ronroneando, tirándose pedos y haciéndome sentir la persona más especial del mundo. El muy tunante se metió de tapadillo algún que otro langostino. Meses después, cuando ya la primavera estaba en pleno apogeo, se despidió de mí rozándome las pantorrillas con la cola. Se marchó tan campante por la misma puerta por la que había entrado y ya no regresó.

Ainoha Ollero Naval

Arreglos de costura

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Arreglos de costura.

Los lunes y los miércoles por la tarde de siete a ocho damos la vuelta al valle. Es un recorrido de hora y cuarto, pero si aprietas el paso en una hora puedes hacerlo.  En ese camino ves el río Tajo, los árboles, mogollón de gente deportista, los patos, el parque, aprecias Toledo desde fuera de la ciudad, puedes disfrutar de uno de los atardeceres más bonitos del mundo y respiras. Pero lo que siempre nos pone los pelos de punta es acercarnos a la casa de los arreglos de costura. María y yo no tenemos miedo a casi nada. Vamos, creo que somos unas mujeres bastante valientes en general. Pero esta casa es una de esas casi nadas que se salen de nuestro entendimiento.

Hablaré de María primero. Ella es TTV (que significa que es de Toledo de toda la vida y a mucho orgullo). Conoce a otros muchos TTV y muchas leyendas de la ciudad. Es jovial, vivaracha y muy leal. Con ella doy esos dos paseos a la semana llueve o nieve, y son una buena dosis de alegría. Yo, por el contrario, soy de fuera, pero tengo un carácter extrovertido y curioso y me resultó muy fácil adaptarme al medio.

Para centrar la historia, explicaré que todo empezó hace un año o así. Uno de esos  días ella me obligó a fijarme en una casa que antes había pasado inadvertida. Era de piedra, de una sola planta, con una puerta central y dos ventanas ridículas a ambos lados, casi siempre cerradas a cal y canto y en un estado ruinoso de las cubiertas que cualquier día iban a vencerse. Estaba ubicada cerca del Puente de Alcántara, un poco camuflada a los pies de la muralla. María la señaló y me animó:

—Venga, tía, acércate ahí —dijo apuntando a la puerta que tenía unas contraventanas de madera abiertas hacia dentro.

Desde fuera se podía ver un pequeño cartel blanco con el título: Arreglos de costura. Pero no ponía ni un teléfono, ni un horario, sólo eso. Un cartel hecho de madera, pintado con pintura Titán blanca y serigrafiado en negro, adosado al cristal de la ventana por dentro.

—Voy —le contesté obedientemente. Pero ante su distancia, le pregunté—: ¿Pero qué te pasa?

—Nada… —pronunció un tanto nerviosa—. Acércate y pega la cabeza al cristal —me ordenó. ¿Qué ves?

Y yo, nada prudente, me arrimé y posé la nariz en el cristal para acomodar la vista al interior que estaba más oscuro que la realidad exterior. Contesté relajada:

— Pues veo un salón.

—¿Qué más ves? ¡Carajo! —dijo alzando la voz y con un tono malhumorado.

—Pues un espacio antiguo. A la izquierda de la estancia hay una máquina de coser Singer con una silla de enea y un cojín de lunares desgastado. Al fondo veo un sillón de madera con tapicería de flores y delante una mesa camilla con una faldilla verde oscura y un tapete de ganchillo. En las paredes unos cuadros de ángeles, poca cosa. Al fondo a la derecha, también una cortina de rayas de acabado castellano sensiblemente recogida sobre una silla.

Ilustración de Rafa Mir

—¿Sólo eso? Y la mujer… ¿no hay una mujer?

—No. Sólo un espacio digno de una película de Almodóvar de una casa manchega de los años sesenta. —Y me retiré—. Venga, ¡mira tú! —La animé.

—Yo la vi muchas veces cuando era pequeña.

—Pero ¿a quién?

—A la costurera, ¡coña! No te enteras. Siempre me arreglaba los uniformes del colegio.

—¡Ostras!, pero de eso ya ha pasado mucho tiempo. Que ya vas camino de los cincuenta.

—Y tanto… Lo curioso es que siempre que paso miro por si la viese, pero soy incapaz de arrimar la cabeza como has hecho tú. Tenía un moño blanco y llevaba batas negras de luto riguroso. Era menuda y casi transparente. O al menos así la recuerdo.

—Y ¿por qué no llamas y la saludas?

—Me da miedo.

—¡Ah, venga! Arrima aquí la cabeza. No está. —La animé señalando el cristal.

—¡Te he dicho que no! —puntualizó molesta—. Es que no puedo…

—Pues sigamos entonces.

Llegamos al final del recorrido y cada una se marchó a su casa. No sé por qué se había puesto tan tensa. Ya no éramos niñas para películas de terror. Pero por alguna razón, ella vivía aquello con cierto respeto y miedo. En el tiempo que llevaba en la ciudad nunca había oído nada de esa casa, ni siquiera recordaba haber leído nada en periódicos locales o revistas de barrio, ningún suceso que me hiciera pensar que aquella casa estaba encantada o guardaba algún secreto. Entonces, se disparó algo dentro, como una necesidad de saber más al respecto. Una curiosidad malsana sobre una vida ajena.

Pasaron los días y los meses y siempre que pasábamos al lado de la casa era como si un silencio se hiciera a propósito y se produjese un efecto de eso que llaman una bajada de temperatura. No me gustaba mucho pasar por esa acera de piedra y sentir la humedad de las paredes y la sombra de las dudas.

Una tarde, cuando estábamos casi a la altura de la vivienda, vimos a una mujer entrar con una bolsa de plástico. Llamó a la puerta y la abrieron desde dentro. Ya tuvimos el primer indicio de que alguien habitaba allí todavía. Estuvimos fuera esperando a que saliese, pero pasaban los minutos y aquella mujer de camisa rosa de rayas y pantalones vaqueros de unos treinta años no salió. Entonces pensamos que si había ido a dejar un arreglo de costura tardaba mucho en salir. Pero no nos importó porque en ese tiempo estuvimos hablando de la vida y cómo mejorar el mundo. Pero tuvimos que marcharnos, no merecía la pena esperar tanto.

Imaginamos cómo sería la vida de aquella mujer, si vivía sola, si la ayudaban, si realmente recibía alguna pensión, si malvivía con los arreglos de costura, en fin…

Un día se me ocurrió la brillante idea de coger una falda y decirle a María que iba a llamar a la puerta con la excusa de que me arreglase el bajo, que prefería hacerla más corta. Ella se puso furiosa. No podía soportarlo. Dijo que bajo ningún concepto iba a ver a esa mujer mayor cuyo recuerdo le horripilaba. Y que si quería, que ella me la arreglaba y gratis. Así que se me cortó la ilusión de plan.

Otro día estuve buscando en la guía de teléfonos local por si fuera capaz de saber si tenía fijo y llamarla para ofrecerle algún tipo servicio a domicilio, comida, acompañamiento, etc. Sí, sí, era una excusa, pero es que me moría de ganas de saber quién vivía allí. Pero no tuve suerte. No aparecía en la guía amarilla nadie en esa dirección.

A finales de septiembre me pasé por el archivo regional en busca de algún periódico o alguna noticia antigua que tuviera que ver con esa casa. Pero tampoco encontré nada realmente vinculante. Una licencia de obras para construirla y poco más.

Así que, por más que me esforcé, no conseguí nada al respecto. Y María, pese a mi necesidad de conocer, no tenía la misma necesidad compartida, y no colaboraba dando luz a mis elucubraciones, con lo que desistí en el intento. Dejamos pasar los días y los meses. Siempre con un respeto extraño al pasar por la puerta de esa casa y con una curiosidad todavía más insana de mirar por la ventana. Era imposible no caer en la tentación de hacerlo. Vimos su casa en primavera, verano y otoño, a veces con las puertas entreabiertas, otras con todo cerrado.

Soñé incluso que una mujer menuda sacaba el brazo y nos pedía explicaciones de por qué observábamos su casa y qué pretendíamos con eso. Y es que, lo reconozco, se había convertido en una obsesión.

Una tarde me llamó María. Estaba en el tanatorio. Me dijo que fuera allí, que se encontraba muy triste y que no podía ni hablar por teléfono. Era un día soleado de principios de noviembre y yo acababa de salir del trabajo. Recuerdo perfectamente este detalle absolutamente intrascendente porque contesté a la llamada desde el bluetooth del coche y aproveché el camino que casi era el camino a casa, para acerarme a verla. Cuando llegué no podía creérmelo. Me presentó a su abuela fallecida. Estaba en el ataúd, con el cartelito de los arreglos de costura delante.

Me quedé pensando por un rato y en silencio. Luego me dirigí a ella furiosamente y le increpé:

—Me has estado tomando el pelo todo este tiempo. Eres una mala persona.

Y ella me contestó:

—No. Era la única forma de que contaras esta historia. Hazlo por ella. En su memoria. No tuvo una vida de película, pero gracias a ti, su recuerdo permanecerá entre nosotras.

Respiré, reflexioné y la abracé.

—¡Dios, eres la bomba en verso! Tienes razón, María. Nunca habría escrito esta historia. Lo siento por tu abuela, ya me darás detalles, o no… pero seguiremos pasando por esa casa cuando demos la vuelta al valle, y pensaré en lo capulla que fuiste por el engaño y en cómo activaste mi imaginación casi a partes iguales.

—Perdóname. Sé que lo entenderás.

—Te acompaño en el sentimiento, amiga. Lo entiendo.

Y aquí estoy contando esta historia: una historia de mujeres llena de empatía y complicidad. Y porque también hay en mí una necesidad de recordar mi  infancia entre ceras, pinturas y telas. Una infancia en la que vi a mi madre compartir horas de costura con sus vecinas y reír. Y ellas sí cambiaban el mundo con sus dedales.

Olga Ruiz

¿Puedes hacerlo tú?

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Puedes hacerlo tú?

Esto no es un relato de mujeres, sino un relato donde hay mujeres y para todo tipo de lectores.

Nunca me gustaron los “apartados”, ni de mujeres, ni de hombres, ni de nada… Para mí el mundo es variado y ese es su principal atractivo.

Seas quien seas, SI SUEÑAS, SE PUEDE CUMPLIR.

Esta historia va de subir escaloncito por escaloncito, sin pretender metas inalcanzables, de una ilusión que un grupo de amigas, con formación, cultura y mucha decisión, pusieron un día sobre la mesa, sin saber muy bien dónde llegarían o dónde se quedarían: publicar una revista, de ámbito local, en la zona donde vivían. Algo inalcanzable en teoría, sin mecenas, sin apoyos de instituciones, sin una financiación segura. Todo un reto, pero sin dramas si no lo conseguían. ¡Tranquilas! ¡Un intento es bueno y si no sale a la primera, ya se verá!

No tenían ni local como sede de sus reuniones para armar el proyecto, pero se las arreglaron para que les prestasen un despacho en una Caja de Ahorros mientras se organizaban.

Iban contra reloj, pero con una energía enorme.

Lo primero fue crear las secciones básicas:  Arte, Actualidad, Cultura, Literaria, Anécdotas, Historia y Cocina Internacional. Todas a medida de cada una de las organizadoras y creadoras, en las que eran expertas de algún modo.

Diseño de una bonita portada, a cargo de una de ellas que era pintora con exposiciones.

Un nombre sonoro y de amplio espectro.

Una imprenta de amigos que maquetaba, ponía papel cuché y los pagos con facilidades.

Todo listo y… ¡A escribir!

Todo era actividad desbordante en aquellas reuniones en el despacho prestado, que daba una enorme impresión de “profesionales importantes”.

La primera revista iba a salir con muy pocas páginas porque no había para más. Los acuerdos se hacían como pactos entre todas y, a pesar de algunos contrastes de pareceres, siempre íbamos avanzando “en grupo”.

Mi página sería la dedicada a Literatura: comentario de libros, anécdotas sobre escritores, fotos, algunas poesías de las que yo escribía y, si tenía material para apoyar las secciones de mis compañeras, se los pasaría.

Ya estaba la portada y era una preciosidad. Aquello crecía y nos empujaba a todas.

De repente, en una de las reuniones, cuando ya estaba cerca el plazo de lanzar la primera revista, alguien sugirió la conveniencia de poner una entrevista a alguien conocido de aquella zona para darle más atractivo.

A todas nos encantó esa idea, pero la mayoría no se atrevían, o no tenían muchos contactos, o no tenían tanto empuje y tanto tiempo para dedicarle, ya que eso lleva muchos enlaces, llamadas, etc. Y se me quedaron mirando ante mi horror.

—¡Podrías hacerlo tú! Todas te ayudaremos para los contactos, buscaremos información, amistades, familiares, lo que sea. Lo lograremos y la entrevista la harás tú, que dominas muy bien la comunicación con la gente.

Dicho y hecho. Ese día salí nombrada para hacer entrevistas.

Nuestras amistades comunes nos sugirieron nada menos que la visita de la directora de la revista Telva, que vendría a nuestra ciudad a un evento.

Había que lograr llegar hasta ella y una buena amiga hizo de intermediaria, llevándole  la pequeña presentación del proyecto que redacté: una Revista hecha por un grupo de mujeres-amigas que fuese muy atractiva a todo el mundo sin casi medios para publicarla: UN RETO.

Siempre he agradecido la generosidad de Covadonga O’Shea que aceptó que la entrevistase, con fotos y todo, y que me ayudó a encontrar los titulares de más impacto.

Y salió nuestra primera revista, con poquitas páginas, pero muy bien presentada y con una distribución a cargo de otras amigas que tenían modo de llevarlas a muchísima gente de la zona. Una ilusión que ya era realidad puesta en marcha.

Mi sección de entrevistas se llamó GENIO Y FIGURA, en recuerdo al refrán español.

Llegó a manos del Papa, a quien se la presentó Covadonga O’Shea en el avión en que viajaba como directora de Telva acompañando el viaje papal. ¡Ya habíamos saltado fronteras desde el número uno de publicación!

Ilustración de Rafa Mir

Había que seguir con los escaloncitos, y ahora con una seguridad enorme en nuestro proyecto. Nuevas reuniones en aquel despacho prestado, incluso con felicitaciones de la Caja de Ahorros que nos lo facilitó. Y ahora con el propósito de aumentar alguna página, más fotos y ampliación de todos los temas.

Mi obsesión cada día era buscar a quién entrevistar, con mayor tirón si era posible, para la siguiente revista que era mensual. El teléfono de casa echaba humo. Comprendo que abusaba descaradamente de mis amistades, familiares e incluso inventaba modos de llegar a alguien interesante casi al asalto.

Y así fue.  Casi al asalto telefónico pude contactar con una gran persona, mujer culta, importante periodista y autora de una serie de televisión, que era Natalia Figueroa. ¡Sí, la famosa periodista que hizo los guiones de la serie Si las piedras hablasen!

No nos conocíamos de nada, pero mi explicación por teléfono del proyecto de nuestra recién nacida revista le gustó y accedió a que la entrevistase. Aquello fue para mí como entrar al Paraíso. Grabé la conversación durante una hora, y ella fue encantadora. Al final, cuando le di las gracias, me dijo algo: “Yo le agradezco a usted que me haya hecho una entrevista muy completa SIN preguntarme en ningún momento por Raphael, mi marido. Eso ha sido lo mejor”.

Aquel número dos de nuestra querida revista nos puso ya en circulación con un éxito que nunca imaginamos. La radio nos llamó para entrevistarnos, la gente por la calle me preguntaba por Natalia y por Covadonga. Todo el mundo quería tener nuestra revista. Y no sabíamos cómo atender tanta demanda porque no teníamos distribuidor.

Para la siguiente entrevista logré contactar con el Cronista Oficial de la ciudad, gracias a que era compañero de uno de mis tíos, y me dio un material interesantísimo sobre dichos y habla de la zona, costumbres curiosas, tradiciones, y además cintas magnetofónicas con publicaciones suyas que podría usar en las secciones de Local.

Aquello gustó mucho. La radio se hizo eco de aquella entrevista con el Cronista, que era muy valorado allí.

La gente ya nos conocía y había demanda de revistas que no lograba cubrir la tirada de la imprenta amiga.

Esa misma semana recibimos una llamada de una empresa de publicidad, que nos ofrecía hacerse cargo de todos los gastos de edición y distribución, y la ampliación a más páginas, si aceptábamos que ellos pusieran algunos anuncios en la revista.

Lo sopesamos bien, con la seguridad de que podría ser algo estupendo, y aceptamos con la única condición de que supervisaríamos los anuncios, por si alguno no lo considerásemos adecuado. Y aceptamos.

Así, pasito a pasito, avanzábamos y llegábamos más lejos. Ahora teníamos ya presupuesto, ¡dinero!, y los medios nos hacían caso, relativamente, pero sobre todo, teníamos un distribuidor que no nos cobraba nada y llevaba nuestra revista a todos sus clientes.

Era tiempo de Navidad, así que incluimos una sección especial con trabajos sobre la Navidad, de todo tipo, con muchas fotos, incluso con ideas que nos daban a pie de calle, como el concurso de Belenes, cuyo ganador fotografié para sacarlo en primer plano y que estaba hecho todo con herramientas vestidas con chapa metálica. Muy original.

El Destino iba a nuestro favor, y otro imposible se puso ante nuestra vista: el nombramiento de la primera mujer Académica de la Lengua de España. Carmen Conde, nacida en la ciudad donde nosotras estábamos, aunque lejana en distancia, ya que vivía en Madrid. ¡Aquello sería más que difícil! Pero nada nos parecía imposible. Movimos cielo y tierra para acceder a ella, que tenía fama de un carácter terrible y estaba tan solicitada, pero el Destino quiso que tuviese un evento importante cerca, y sin tener cita previa, casi a puerta gayola, me presenté en su hotel con el único mérito de venir de su tierra con un proyecto humilde, hecho por mujeres, para poder llevar a nuestra revista sus opiniones sobre su tierra y algunas preguntas. Di en el blanco porque me recibió esa tarde en el hotel, en exclusiva, y grabé más de hora y media de conversación agradabilísima con aquella gran escritora. Me contó anécdotas de su infancia, sus preferencias navideñas, sus miedos, sus salidas de su tierra, sus recuerdos más preciados… Mujeres en comunicación que llegaría muy lejos.

De esa conversación salieron tres entrevistas que llevé a los tres periódicos más importantes de la zona, con fotos regaladas por la propia Carmen Conde, y la más entrañable fue para nuestra revista.

Esa fue la guinda del pastel de nuestra querida revista. Los directores de los periódicos de la zona ya me conocían. Sabían que éramos capaces de muchas cosas y de gustar a muchos lectores.

Nueva ampliación con nuevas secciones, una de las cuales también fue mía y la titulé  Cartagena de los mil nombres, con ocho capítulos que salían mensualmente, para lo que me documenté intensamente con la ayuda de muchos conocidos sobre historia antigua, arqueología y riquezas mineras de más de dos mil años de aquella zona.

Cada día sacaba más horas de las que tenía la jornada, pero con unas fuerzas que desconocía tener. Era la ilusión que se hacía real para todas nosotras.

De allí para adelante todo fue crecer, soñar, cumplir sueños y disfrutar.

¡Ojo! ¡Si sueñas, se puede cumplir!

Conchita Ferrando (Jaloque)

31ª Convocatoria: El Circo

Con tu vida de circo.

 

Ilustración de Rafa Mir

Se me olvidó que eres salvaje
y me has dado un zarpazo
cuando solo quise darte
mimos y comida.
Por eso he decidido no compadecerte
al verte en tu jaula cansado
con tu vida de circo y bambalinas;
león viejo que saltas el aro de fuego
cuando el domador lo solicita.
Hay heridas que no las justifica
ni la condición salvaje.

Milagros Morales

 

Un circo en la ciudad

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un circo en la ciudad.

Ilustración de Rafa Mir

 

¡Mamá, mamá!
Un gran circo ha llegado a la ciudad.
Seguro que tienen animales.
¿Veremos un elefante de verdad?

Nos saludará un divertido payaso,
con su nariz colorada
y seguro que con sus bromas,
reinos a carcajadas.

¡Mamá quiero ir al circo!
Me gustan los malabares,
que sin parar lazan al aire,
sus bolas de mil colores.

Si miras hacia arriba,
verás al equilibrista,
que para no caerse,
tiene que tener muy buena vista.

¡Qué nervios!
¡Qué emoción!
Tengo muchas ganas,
de que empiece la función.

¡Corre,corre mamá !
Compremos palomitas
y vayamos a la puerta
que las luces ya están encendidas.

Raquel Bonilla Santander

Circo y Fantasía

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Circo y fantasía.

 Nunca me gustó el circo en mi infancia.
Mi abuela siempre nos llevaba porque, en su opinión, era un espectáculo infantil y era bueno para los niños.
Tal vez a ella le gustaba pero a mí, la verdad, nada. No me parecía apropiado para los niños: miedo, bromas de casi maltrato, peligro…
Lloraba porque me daba pena que le pegasen al pobre payaso. Tampoco me gustaba aquel “gracioso” disfrazado de lobo que venía a la grada a asustar a los niños, al que yo hubiera disparado seguro si hubiese tenido una escopeta.
Me angustiaba ver a los equilibristas sobre el alambre, por si se caían; o a los trapecistas… ¡Qué gente más loca! Saltando y dando volteretas en el aire, sin red. Pensaba que cualquier día se matarían.
Y no digamos cuando armaban las jaulas para las fieras… ¡Uf! Es que apestaba a fiera todo el circo y, para mí, ese era el olor del miedo. En medio de aquel círculo, el domador, pequeñito e indefenso, vestido de raso bordado, tal vez para que aquellos “bichitos” pensaran que si se lo comían, se les podía indigestar.
Cuando salían los caballos ya me atrevía a mirar a la pista sin taparme los ojos. Ellos eran bonitos, elegantes, nobles y obedientes. Me gustaban.
Ahora, al recordar todo esto, siento que me voy alejando de esa realidad de mi infancia, donde no logré que el circo me hiciese feliz.
Un pequeño movimiento me llama la atención. Miro a mi lado y veo con sorpresa y alegría la carita azul de mi querido dragoncito Dragüi.
¡Caramba! Ha salido de mi cuento Dragüi, el dragoncito ilustrado y me mira recordándome lo bien que lo pasamos en la Torre de la princesita de los “calentadores de colores”, subiendo y bajando por la tirolina para poder ayudarle.
Realmente aquella Torre del cuento era casi un circo… Sonreímos y me coge de la mano.

Ilustración de Rafa Mir

De pronto, nos encontramos bailando en lo alto de las almenas, llenos de alegría, dando vueltas por el cielo rojo y malva del atardecer. Bajo mis pies veo el alambre del equilibrista, y los trapecistas que ahora están muy abajo y también bailan en sus trapecios.
Miro al dragoncito y ¡ha crecido! Ahora es aquel aventurero “lobo de mar” que me contaba mil historias de viajes en el Café del Faro del Fin del Mundo. Lleva su pipa y su gorra de marino y baila conmigo sonriente, hacia el horizonte, sobre las olas azul oscuro.
Debajo sigo viendo el circo, muy pequeñito.
Un caballo se sitúa en el centro tras un salto y lo reconozco: es Furia, el caballo cárdeno, noble, esbelto y obediente en el que siempre monté de joven. ¡Por eso me gustaban los caballos! Monto sobre Furia y me va trayendo, impulsado por el viento del atardecer que lleva a los barcos a tierra firme.
Comprendo ahora que todo aquello es mío. Forma parte de mi ilusión. Es bonito y no está lejos.
Noto en el brazo que alguien me toca…
¡Niña! ¡Cierra la boca y los ojos que los tienes como platos, que la función va a terminar! ¡Menudo te lo has pasado hoy en el circo! ¡Y eso que no te gustaba!
Es mi abuela, que se ríe al ver la cara que tengo desde hace un rato. Y es que ella no sabe toda la magia que he vivido esta tarde: ¡la ilusión y la magia del circo!

  Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

 

El primogénito

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Género: Relato gótico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz y la ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El primogénito.

I
Abrí los ojos, y una claridad gris, pesada y decepcionante invadió mi mente y mis sentidos: otro día sin poder contemplar los rayos del sol. ¡Maldito Londres!

Sí, maldito Londres. Desde que llegué no he encontrado más que miseria, tristeza, pobreza y desolación. Las calles cubiertas eternamente de la espesa niebla que se adueña de todos y cada uno de los rincones de la ciudad y sobre todo, los intensos ─y cada vez más desagradables─ olores que inundan mi olfato me producen una repugnancia que debo disimular cada vez que salgo al exterior.

He vagado mucho por el mundo, pero mi destino es Londres y encontrar a ese hombre que me hizo como me hizo y que me abandonó de la forma más cruel y miserable que nadie pueda imaginar.

Su cobardía ha ido siempre pareja a su genio.

Pero eso a mí no me sirve.

Si encuentro a mi creador, me encontraré a mí mismo. Porque sus miedos son mis miedos y sus anhelos son también los míos.

He leído todo cuanto he encontrado en su laboratorio ginebrino. He podido constatar cómo sus experimentos han trascendido mucho más que el hecho de dar vida a cadáveres compuestos de restos humanos.

Sus experimentos no son famosos universalmente.

No ha podido publicar nada de lo que ha estado haciendo en ese laboratorio maldito durante aquellos años porque con toda seguridad hubiera sido arrestado y condenado a la cárcel para toda la vida.

Sin embargo, su secreto está a salvo conmigo a menos que lo haya contado a algún otro colega. Cuestión que dudo claramente.

La constatación de lo que hizo entonces, la sufro todos y cada uno de los tristes y miserables momentos de mi vida arrancada de huesos, órganos, músculos, tendones, carne y sangre de cadáveres con los que compuso mi blanquecino y desagradable cuerpo.

Mi creador quiso dar la vida a partir de la muerte. Yo soy el resultado.

Yo, Kaliyan, el nombre que me he dado a mí mismo ya que mi creador ni siquiera se preocupó de darme uno.

Kaliyan, el primer varón que apareció en la tierra en el Kali Yukam de nuestra era según la mitología hindú.

Os preguntaréis como conozco este dato.

Sonrío al pensar en vuestras reacciones.

He leído mucho y me instruido. Soy un auténtico autodidacta.

Mi creador me abandonó.

No imaginó que mi cerebro respondería a todos y cada uno de los edificantes estímulos que hacen que la vida (si esto que vivo puede llamarse así) sea más agradable.

Mi aspecto es turbador. Lo sé. La gente me rehúye. Se sienten incómodos ante mi presencia. Pero he aprendido a vivir en esta soledad día a día.

Me conformo con poca cosa: un pequeño rayo de luz, ver volar un pájaro hacia el cielo, ver crecer una flor, la sonrisa de un niño, la hermosura de una joven.

En esta horrible y odiosa ciudad he aprendido muchas cosas.

II
Me he preguntado muchas veces en lo que trabaja Victor Von Frankenstein.

Se me ocurrió imaginar que estaría inmerso en un nuevo experimento con el cadáver de algún desdichado y, que al haber conseguido dar vida anteriormente como hizo conmigo, repetiría su proeza.

Espero y deseo que se haya superado a sí mismo ─si es así─ y que cree un ser perfecto en cuerpo y alma.

Mi venganza entonces será aún más deliciosa.

Mientras estuve encerrado en el laboratorio de su castillo en Ginebra pude disfrutar a través de una de las ventanas del maravilloso espectáculo que se ofrecía a mis ojos.

Entonces supe que quería vivir siempre en ese lugar teniendo tan cerca las inmensas montañas evocadoras del poder de Dios.

Mi creador me hizo y me abandonó como si fuera un monstruo repugnante y contaminado de impurezas y putrefacción.

Más tarde, cuando fui algo consciente de la terrible realidad que me rodeaba, hice acopio de valor y me preparé para resistir esa espantosa soledad, ese miedo a lo que desconocía, y comencé a aprender.

Aprendí a ver en los libros que Frankenstein había dejado en el laboratorio muchas cosas del mundo y de los humanos.

Me fui familiarizando con lo más elemental. Mi cerebro funcionaba como una esponja. Después de todo ¿no era yo un recién nacido?

Ni siquiera tenía un nombre. Hasta los animales como los perros, gatos o los pájaros enjaulados lo tienen.

Yo ni siquiera poseía un nombre que me diera un sentido de identidad y de pertenencia a algo.

No te lo perdonaré jamás Victor Von Frankenstein.

Aún tengo pesadillas, y me despierto en medio de la noche aullando como un animal desesperado cubierto de sudor; temblando, sintiendo el miedo sobre mis hombros, deseando que se haga la luz.

Por eso duermo con algunas velas encendidas.

Sin embargo, confiaba en mi suerte.

Cualquier cosa era mejor que el estar solo en el lugar en el que desperté a la vida por primera vez chorreando sangre y atrozmente atormentado por el miedo, el dolor, la incertidumbre y lo desconocido.

Desde ese momento me propuse encontrar a mi creador y ajustar las cuentas con él.

III
Victor Von Frankenstein poseía una casa en Hillingham cerca de Hampstead Heath, una zona no muy alejada del centro de Londres.

Así que una fría tarde de invierno, y al amparo de la poca luz que había en las calles, tomé un carruaje y me dirigí a Hillingham. Encontré la casa y esperé.

Las luces de las ventanas del tercer piso estaban encendidas. Mi creador estaría trabajando, sin duda.

No sabía si vivía sólo.  De modo que esperé para comprobar sus movimientos.

Me coloqué junto a la puerta. Había escuchado pasos.

Era él. Era Frankenstein.

Apenas había introducido la llave, se dio cuenta de que algo andaba mal. De un violento tirón lo empujé hacia el centro de la habitación y cerré la puerta obstruyendo el paso con una mesa que arrastré con inusitada rapidez.

Lo miré con una fiereza que lo hizo retroceder, amedrantado.

Le hice la señal de silencio poniendo el dedo índice en mis labios.

Ilustración de Rafa Mir

― He vuelto, padre. Tu primogénito ha regresado para  saldar una vieja deuda.

Me miró con una absoluta sorpresa e incredulidad.

—Sí, creador mío. Pude sobrevivir a tantas calamidades y me hice con un bagaje cultural que me negaste junto con tantas otras cosas desde el mismo instante en que abrí los ojos a este mundo condenado.

Por cierto, ¿No sientes curiosidad por conocer mi nombre? Ni te molestaste en buscar un nombre para mí.

Calló. Su silencio me irritaba tan profundamente como el desprecio que seguía sintiendo por mí.

— ¿Qu… qué nombre tienes?

— Kaliyan— Dije sin más.

— ¿Qué quieres de mí, Kaliyan?

— ¿No tienes curiosidad por saber lo que significa tal nombre, padre?

― Dime lo que significa y terminemos con esto.

Sentí unas irremediables ganas de abofetearlo y arrojarlo al suelo propinándole las mismas patadas que unos energúmenos medio borrachos me propinaron cuando llegué a Londres.

— Significa <<El primer varón creado>> en un estadio concreto de la mitología hindú.

— Eres instruido.

No pareció muy emocionado o sorprendido.

Me acerqué a unos milímetros de su cara.

— Quiero cobrar mi venganza por tu abandono, tu crueldad conmigo y lo desdichado que me hiciste.

— ¿Y qué vas a hacer? ¿Vas a matarme?

Me aparté de él. Me acerqué a un aparador sobre el que reposaba el maletín del Dr. Frankenstein y extraje un delicado y reluciente escalpelo de plata.

— No. No voy a matarte.

Moví el escalpelo ante sus brillantes y enfebrecidos ojos.

― Voy a ser tu sombra todos los días de tu maldita vida. No voy a dejarte un respiro. Seré el peso amargo de tu conciencia y cada día que pase, cada noche que pase será aún más devastadora que la anterior.

Tiré al suelo el escalpelo y me cubrí con el gabán.

Salí al exterior.

La luna iluminó mi camino y mi sombra se perdió en medio de la oscuridad de la noche.

IV
Un nuevo día en la maldita ciudad de Londres.

Alguna vez llegué a pensar ─al principio─ que podría visitar lugares tan hermosos e idílicos como los jardines que rodeaban a los palacios reales o el gran invernadero. Pero no me atrevía a dejarme ver por el día.

Cuando llegué por primera vez y contemplé la miseria y suciedad de las calles, la pobreza y la desesperación, deseé con toda mi alma ser fuerte y poderoso para fulminar con un rayo de fuego a todos aquellos que se lucran de la sangre y el sudor de las gentes, de sus necesidades, rebajando sus dignidades a la condición de seres miserables que no merecen más que el castigo, la opresión y el dolor.

Veía de lejos las mansiones de los ricos. Observaba sus movimientos al entrar en los teatros, la ópera, los bailes, las fiestas. Y renacía en mí un asesino instinto que me provocaba un gran malestar y sobre todo una gran impotencia.

De buena gana los hubiera matado con mis propias manos.

Allí estaban: risueños, satisfechos, orgullosos. Viviendo en un mundo totalmente distinto al que vivían cientos, miles de personas que luchaban por sobrevivir a una noche infernal de frío y nieve sin tener apenas con qué abrigarse, sin tener que llevarse a la boca, sin poder cuidar y proteger a sus hijos.

Si algún día yo pudiera tener una familia. Tengo que volver a ver a Frankenstein.

Es preciso que sepa lo que deseo.

No quiero estar más tiempo solo.

Dedicado a Mary W. Shelley y a su inmortal creación
Dedicado a Rory Kinnear y a la maravillosa serie Penny Dreadful

Paloma Muñoz
Madrid, 22 de enero 2018

Donde viven los monstruos

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Donde viven los monstruos.

Ilustración de Rafa Mir

Los monstruos no viven en las pesadillas
ni en cuevas oscuras,
no son productos de cinematografía
ni divertidos personajes de cuento.
Viven entre nosotros como corderos disfrazados.

No respiran una atmósfera insana
ni está distorsionada su genética:
nadan como los peces, vuelan como los pájaros…
Nada ni nadie puede controlarlos.
Solo podemos generar bondad por ver si los aleja.

Milagros Morales

La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana