Seres de la noche

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Seres de la noche. 

Hay muchas leyendas en torno a los seres que nos refugiamos en la oscuridad: hombres lobo, vampiros, brujas y nigromantes, espíritus, fantasmas y demonios.

Sé que te han enseñado a temernos, que te han advertido de que somos maléficos y si te encuentras con uno de nosotros de forma fortuita, en plena noche, probablemente tu vida llegará a su fin. Eso no es del todo cierto, al menos no en todos los casos. Reconozco que los hombres lobo pierden la capacidad de controlar sus instintos en las noches de luna llena, y son como animales salvajes que despedazan sin compasión alguna a quien se encuentre a su paso, transmitiendo su enfermedad a los supervivientes. Sí, porque si dejamos los prejuicios a un lado podríamos considerar la licantropía como una infección vírica que se contagia de un sujeto a otro a través de la saliva. Bueno, quizás esta sea la primera infección históricamente reconocida que se transmite a través de un fluido corporal, pero solamente es una más de las muchas a las que estamos expuestos hoy en día, algunas de ellas incluso más peligrosas.

Por otro lado, no sé de ningún caso en el que alguien, en un encontronazo nocturno con una bruja o un nigromante, haya sufrido mal alguno si no era ya antes objeto de la persecución y maleficio de esa bruja o nigromante. La magia tiene esas cosas: uno no puede escaparse de su alcance, esté donde esté y vaya donde vaya, ni refugiándose en la oscuridad ni bajo los rayos deslumbrantes del sol. Y sus efectos demoledores te pueden alcanzar en el momento más inesperado.

En cuanto a los espíritus y los fantasmas, ¡por Dios, son seres incorpóreos! ¿Qué pueden hacerte? Sí, pueden mover objetos (si ponen mucho empeño y energía en ello), pero normalmente son objetos ya móviles de fácil arrastre, como es una puerta que se cierra de repente, una persiana que se enrolla sola o un pórtico que se bate sin una brizna de viento. Pero ¿has visto alguna veza un fantasma o un alma en pena mover algo que pese, pongamos una roca, un banco del parque o un barril? No, no hay energía suficiente en un ser hecho de emanaciones (en realidad, la sustancia de la que están hechos estos seres se llama ectoplasma, y en su máximo espesor puede llegar a tener la consistencia de un moco viscoso) para mover grandes sólidos, así que no hay que preocuparse mucho de ellos. A no ser, claro está, que estés en una estancia repleta de pequeños objetos punzantes que puedan ser lanzados como dardos, tú ya me entiendes.

Y sí, sé que los fantasmas os asustan mucho, con esos alaridos y ruidos inexplicables, pero tener una casa encantada en la que habita uno de ellos, en definitiva, vendría a tener los mismos efectos que provocaría el típico vecino ruidoso viviendo en el piso de arriba: muchas molestias pero ningún problema grave. Ya te digo que los fantasmas y espíritus son usualmente inofensivos. Claro que hay excepciones, como en todo, pero los entes difuntos verdaderamente peligrosos no pululan por la noche o se instalan en viviendas comunes. No, ellos viven en castillos donde fueron emparedados, antiguos psiquiátricos en los que fueron mutilados, cárceles medievales en los que fueron torturados y centros de exterminio en los que fueron aniquilados en masa. Es decir, son entes que en sus vivas carnes vivieron todo el terror y dolor del mundo, y desde entonces buscan su eterna venganza en el mismo lugar en el que perecieron.

Los demonios, en cambio, sí son algo serio y a tener en cuenta, pero solamente afectan a los creyentes de verdad, que siguen las doctrinas. Es decir, si no eres un alma pura de Dios, bendecida con su luz, y eres un ser especial, los demonios van a pasar de ti como de la mierda, con perdón, porque ni te van a ver. En la lucha que se desata desde hace milenios entre las fuerzas del bien y del mal, entre los ángeles y los demonios, ningún ser humano tiene cabida a no ser que forme parte activa de una de las huestes: o sea, un devoto satánico o un santo angelical. Todos los demás permanecen ajenos a ello, curas y monjas incluidos. Otro cantar son aquellos que padecen los estigmas en sus carnes (síntoma inequívoco de beatitud), obran milagros o tienen visiones celestiales.

Ilustración de Rafa Mir

Y luego estamos los vampiros, que quizás somos los más temidos de todos, ¿verdad? Por nuestro porte pálido, nuestras maneras aristocráticas, nuestros afilados colmillos y nuestra sed de sangre… ¿Te estoy asustando? No lo estés, que esta noche, como ves, ya he cenado. Estoy de acuerdo en que somos peligrosos, porque somos unos depredadores natos, ágiles y sigilosos, como los felinos. Nuestra vista está perfectamente adaptada para ver en la oscuridad y nuestro olfato es como el del tiburón, que puede oler la sangre a kilómetro y medio de distancia. Y sí, no tenemos reparo en quitar la vida de aquellos de los que nos alimentamos pero, a cambio, de vez en cuando, concedemos la vida eterna.

A mí los siglos de experiencia me han enseñado que es mejor dar a escoger ese poder y no otorgarlo sin permiso, porque las consecuencias, para bien o para mal, son eternas. Siempre he creído que uno tiene derecho a escoger si quiere vivir, quiere morir o quiere experimentar una noche eterna, de igual forma que yo elijo a mis víctimas en cada incursión nocturna. Y hoy he escogido a tus violadores.

Eso sí que no lo viste venir, ¿verdad? Te han enseñado a temer a los monstruos, pero no a tus propios congéneres, y mucho menos a ese chaval con buena pinta que en las redes sociales parece inofensivo y con el que probablemente has quedado por WhatsApp, aunque una vez en la cita aparece con esos cuatro amigotes dispuestos a destrozar en manada la vida de una chica joven que tenía todo el futuro por delante. Ellos son el verdadero peligro, los verdaderos depredadores que acechan en la oscuridad de la noche. 

Y me da pena no haber salido antes a cenar, chica. Tras el despertar, me entretuve visitando unas mazmorras tras mi usual paseo por el cementerio, y ahora me arrepiento. Me habría gustado pararlos antes de que te destrozaran la vagina, pero como consuelo te queda que al menos sigues con vida y ninguno de los cinco tiene ya ni una sola gota de sangre en sus cuerpos.

Lo que sí puedo hacer es darte a elegir. Escucha atentamente.

La primera opción es que te dejo a las puertas del hospital, y seguirás viva, pero con graves secuelas. Tu vida y tu vida sexual nunca volverán a ser como antes. Tras años de terapia seguirás sintiendo miedo a estar sola y a la oscuridad, y cada vez que veas más de dos o tres chavales jóvenes juntos se te erizará el vello y quizás entres en pánico. No sé si podrás tener hijos, eso te lo dirán los médicos, pero por los destrozos que veo te auguro que no. Y quizás puedas rehacer tu vida, encontrar una pareja y casarte, incluso adoptar niños, pero nunca se borrará de tu mente la imagen de lo ocurrido. Seguirá ahí, royéndote por dentro e impidiendo que seas feliz.

La segunda opción es acabar con este dolor que te quema las entrañas. Puedo hacerlo rápido, como una eutanasia en la que te adormecen. Solamente tengo que chupar hasta la última gota de sangre (y no es mucha la que te queda ya en el cuerpo). Yo ya he cenado, pero siempre dejo un pequeño espacio por si aparece algún aperitivo suculento. Y te prometo que no notarás nada, solo un pequeño pinchazo en el cuello porque te adormecerás para no despertarte jamás. Esa opción te dará la paz y el descanso eterno que quizás ansías en estos momentos.

La tercera es otorgarte la vida eterna. Sentirás el mismo pinchazo en el cuello, y notarás que te mueres, pero no lo harás. Tu cuerpo combatirá y se desatará una lucha feroz entre la vida y la muerte dentro de ti, que terminará con un empate que desembocará en la no muerte. Sentirás dolor y quemazón, y el trago no es agradable, pero tras eso tu cuerpo se sanará a sí mismo y podrás levantarte por tu propio pie. Eso sí, no podrás volver a ver a los tuyos ni tampoco la luz del sol. Vendrás conmigo y yo te enseñaré a alimentarte y otros placeres de la vida inmortal. Eso no quiere decir que llegues a experimentar eso a lo que llaman felicidad, porque el recuerdo de lo sucedido te acompañará, pero sí podrás vengarte en alguna forma. ¿Cómo? Pues escogiendo bien la cena y librando a este mundo de violadores, rateros y otra inmundicia, por ponerte un ejemplo.

Pero la decisión es tuya… ¿Qué eliges?

Olga Besolí
Julio 2022

 

52ª Convocatoria: Lluvia

Lluvia.

El niño de hojalata

Ilustración de Rafa Mir

Antes de nada creo que debo presentarme. Me llamo Hipólito y una vez fui un niño de hojalata.

En la ciudad donde vivía todos y cada uno de los habitantes estaban hechos de hojalata y carecían de corazón. -¡Yo ni siquiera sabía lo que era un corazón!-. Aquella ciudad podía ser hermosa o siniestra, o ambas cosas, o ninguna de las dos para un hombre de hojalata. Siempre desprendía ese olor ferroso y chirriaba como si las carreteras fueran rabos de ratas gigantes que chillan cuando se camina sobre ellas. Los edificios parecían árboles muertos que aún se deshojan o se deshojalatan y dejaban caer con estruendoso gemido las láminas sobre el asfalto. Pero era hermosa nuestra ciudad, como un juego de acrobacias luminosas, como una caja de música vieja y estridente; los ocasos en ella hacían magia con las latas escarchadas; todo, pintado ya como estaba del cobrizo óxido, se encendía en una llamarada incandescente. Y cuando llovía… Ay, la lluvia… Entended que estábamos hechos de hojalata, temíamos al agua más que los gatos, una ducha nos lisiaba por días, nos corroía las extremidades como un veneno. Y, sin embargo, cuando una tromba de agua asolaba las calles vacías todo retumbaba con la exquisita belleza de una orquesta gigantesca en el momento más dramático de la ópera. Yo, sentado junto a la ventana, fruncía el ceño con rabia mientras mi tambor enlatado latía al ritmo del aguacero. La lluvia era una de las cosas más fascinantes que había visto en mi vida, todo en ella generaba emoción en mí: la primera gota, con la que el avisador de tormentas daba la alarma, esa alarma y su espeso zumbido como el de la bocina de un transatlántico; el bullir de los rumores inquietos que emergían con prisa desde el silencio hasta hacerse ensordecedores; y de pronto, la calle quieta y el cierre orquestal. Todo como una ópera pánica.

Fue en una de esas tempestuosas lluvias cuando el resto de mi vida se deshiló definitivamente de la bobina prieta y ordenada que había sido.

Dije que todos eran de hojalata, pero no era así; había una niña, una de carne y hueso; se llamaba Estela. Estela despertaba en mí una atracción que no sabía descrifrar, “Tendrá algún imán escondido; quizás bajo su vestido; quizás a sus espaldas”, pensaba yo. Aquella tarde, Estela estaba sentada en un adoquín deslizando un palo sobre la carretera, haciendo caso omiso a los seres de latón que iban y venían pues para ella no éramos más que una farola o una rueda. Ni siquiera parecía escucharnos. Sin esperarlo, un niño de hojalata comenzó a gritar estremecido “¡agua, agua!”, inmediatamente después el avisador de tormentas hizo retumbar la alarma. Durante unos segundos la histeria colmó las calles y todos corrían rechinando unos con otros como las entrañas de una máquina. Estela continuó sentada, tan sólo levantó la vista y contemplaba el alboroto sin esbozar mueca alguna. Pero tampoco yo me moví. Me quedé allí, de pie, en medio de la calle, sin poder dejar de mirarla, de tal manera que todo a mi alrededor resultó estar disuelto en una nebulosa onírica ajena a mis sentidos.

Todos se fueron y la lluvia me estaba empapando. Entonces ella se levantó con un movimiento pausado y se acercó a mí lentamente; con una expresión de extrañeza y algo soberbia me dijo “¿Tú no tienes miedo?”. Y yo, que no sabía lo que era un corazón, noté de pronto el percutir rotundo bajo la coraza derrumbando el muro que me contenía. Estela puso su mano pálida sobre mi pecho con curiosidad y en su cara afloró al instante una sonrisa enorme, ancha y generosa; pues descubrió que a partir de aquel momento ya no estaría sola. Y yo, en lo que concernía a Estela, ya no sería jamás un niño de hojalata.

Pilar Leandro

Saboreando la lluvia

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Saboreando la lluvia. 

Desde una ventana una joven contemplaba el cielo oscuro preparado para descargar el agua tan deseada ya que hacía mucha falta para los campos iban a agradecer que lloviera durante unos cuantos días.

El sentimiento de alivio era generalizado entre los habitantes de la aldea que miraban al cielo implorando el momento mágico de la bendición de los campos por medio de la lluvia que iba a devolver el frescor y la vitalidad a los árboles, las viñas, los huertos y la tierra.

La chica tomaba una taza de café y seguía con la vista fija en las nubes que se acumulaban y que eran de un color gris azulado oscuro amenazante pero muy prometedor.

Los lejanos ecos del trueno, el aire que se volvía más húmedo y la sensación de frescor hizo que se emocionaba. Su deseo de lluvia era muy intenso. Había esperado mucho para el momento en el que comenzaran a caer las primeras gotas.

Desde pequeña había sentido una especial fascinación por la lluvia y por lo que significaba, no sólo para ella sino para su familia, vecinos y para los habitantes de la comarca.

La muchacha fue a buscar un chal y lo colocó sobre los hombros.

 Un pequeño gatito negro estaba junto a ella y observaba. Era curioso. Deseaba asomarse a la ventana.

La chica acarició al animalito y besó la frente en forma de perfecto antifaz. El minino subió a la repisa y se acurrucó entre los brazos de ella.

Conformaban una bella estampa de la tranquilidad, la dulzura y la felicidad. Eran inseparables.

Los truenos y relámpagos se hicieron más y más persistentes y el gatito se aferró a los brazos de la joven. Ella acarició la carita y colocó el chal sobre el cuerpecillo.

La deseada lluvia comenzó a caer. Los vecinos abrieron las puertas y ventanas para contemplar el espectáculo maravilloso que aparecía ante sus ojos y que proporcionaba una sensación sinigual de vitalidad, de alegría y de esperanza.

La chica continuaba extasiada observando el cielo e inundando sus sentidos de frescor y de olor a tierra mojada, el olor más maravilloso que existe para un ser humano.

Así permaneció la joven abrazada al gatito durante un buen rato.

La intensidad de la luz fue desapareciendo. La chica se acercó a encender unas velas y candiles y a prepararse una taza de café. El pequeño gato se aferraba entre sus brazos. Después volvió a la ventana a seguir disfrutando de la lluvia y el aroma inconfundible de la tierra que se moja y se siente bendecida por el milagro de la lluvia.

Algunos aldeanos que estaban acostumbrados a rogar por la lluvia a los santos y as vírgenes encendían velas en la entrada de las casas. También colocaban pequeños altares con flores y platitos en los que habían depositado hojas y ramitas.

Era un homenaje o un reconocimiento al dios cristiano o a los dioses del cielo que habían escuchado las súplicas de las buenas gentes que tanto deseaban la lluvia y ahora veían como caía generosamente haciendo respirar a los árboles, los campos, los huertos y las plantas.

La tierra estaba preparada para que en las próximas semanas ofreciera el ansiado fruto y el sustento en la comarca.

 La primavera era una bendición antes de la llegada del sofocante calor.

Las cosechas se beneficiaban del agua que caía sin ruido ni estorbo.  Generosa y limpia.

Esa generosidad es lo que necesitaban. Una generosidad de la naturaleza que riega el campo y renace la vida sin destrozos, sin esterilidad. Todo lo contrario: produce el milagro que ha continuado a través de los siglos y de las épocas para mantener el equilibrio necesario que produce la vida y el bienestar en humanos y animales.

La muchacha y su gatito, juntos, disfrutando de la lluvia, saboreándola, sintiendo la fuerza de la vida y de la naturaleza. Una sensación perdurable y única.

La primavera es lo que tiene. Es una estación que anima el espíritu antes de la llegada del pesado y constante calor. Por eso tiene que llover.

Tiene que llover mucho. Todos dependemos de esa lluvia tan ansiada. Todos nos alegramos del milagro de la vida, del milagro de la naturaleza.

Esperemos que sea así por siempre.

Paloma Muñoz

18 de mayo 2022

Ilustración de Rafa Mir

 

 

 

 

A través del cristal

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Raquel Esteban. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

A través del cristal. 

Aquellas tardes de primavera, cuando el cielo se ennegrecía y se desataba la tormenta,  Germán se sentaba en la butaca de terciopelo verde junto al gran ventanal del salón, el que daba al jardín. Desde ahí podía apreciarse toda la extensión del valle y las sombras que, sobre él, proyectaban las nubes. 

Ilustración de Rafa Mir

Descorchaba una botella de vino tinto y, con una copa entre sus manos, permanecía allí, en silencio. Deslizaba el líquido denso en círculos sobre el cristal, hipnotizado con el movimiento repetitivo, mientras escuchaba  el repiqueteo constante de las gotas, que, tras golpear, caían deslizándose por la ventana.

Entonces solo la acercaba  a los labios y bebía a pequeños sorbos, deseando que el ardor del alcohol quemara los recuerdos a medida que descendía por su garganta.

Las mismas gotas, la misma lluvia y las mismas copas  que aquella otra tarde, en las que le habría gustado poder beber junto a ella,  para dar pie así a la ansiada reconciliación…

La había querido de verdad, con pasión y entrega. Habían vivido juntos años muy felices. Se habían conocido  por casualidad, curiosamente también un  día de lluvia. Ambos coincidieron al refugiarse del aguacero bajo el toldo de un antiguo café del centro. Empezaron a comentar lo inoportuno de esas tormentas inesperadas y,  tras un rato de espera, al comprobar que no parecía que fuera a escampar en breve, decidieron entrar a la cafetería a tomar algo.

Casi desde el primer momento, se había enamorado de ella. Diferente al resto, atípica con su pelo tan corto y su estilo descuidado, tan delgada, pero a la vez  con una apariencia tan segura, irradiando tanta fuerza, había captado de tal manera su interés, que no paró hasta conseguir que volvieran a encontrarse. Y desde entonces, no se habían separado.

No habían tenido hijos, aunque lo habían intentado sin éxito. Pero, una vez asumida la situación, lejos de distanciarles, habían mantenido una relación íntima, madura, respetuosa… De hecho, eran la envidia de muchos, que alababan su independencia, tanto como pareja, como por separado, en sus trabajos, aficiones… Su posición acomodada, les daba la oportunidad de permitirse viajes y caprichos.

Y derivado de esa libertad, cayó él en aquel terrible error…

Cuando quiso darse cuenta, ya no hubo vuelta atrás. Trató de ocultarlo, pero ella acabó por descubrirlo.

Se había destapado el engaño por un cambio de planes de última hora. Una invitación no comentada para asistir a una exposición en la que coincidieron sin esperarlo, ellos dos, pero también la joven que le acompañaba, a la que él rodeaba por la cintura en una actitud sonriente y complaciente en exceso, como quien muestra públicamente un trofeo. Aunque sin ninguna conducta demasiado comprometedora, ella lo supo en cuanto les vio.

Era tal la complicidad que había existido entre ellos, que le bastaba con mirarle para saber si le estaba diciendo la verdad. Por eso, cuando ella le interrogó directamente, fue incapaz de negarlo.

“¿Desde cuándo?” le había preguntado apenas con un hilo de voz, con las lágrimas rodando por sus mejillas, los brazos cruzados sobre su pecho,  tratando de contener el desgarro de un alma rota.

Y fue tan cobarde, consciente entonces del tremendo daño ocasionado, que no pudo contestar. Todo por un egocentrismo casi pueril, por sucumbir a las debilidades de una autoestima menguada por el paso de los años, por el avance de la rutina, por un capricho, ante la tentación de sensaciones ya olvidadas…

Fue entonces cuando ella se marchó. Y  cuando Germán se dio cuenta de verdad de lo que eso significaba. Perderla.

La buscó, intentó hablar con ella, esperarla a la salida del trabajo, asegurarle que todo había acabado… Pero ella le evitaba por completo.

De hecho, pasaron meses hasta que, para su sorpresa, contestó a una de sus llamadas.

“¿Qué quieres? ¿Qué pretendes?”, le había preguntado. Él había respondido que solo poder darle la explicación que se merecía, verla una vez más, poder disculparse, cerrar un capítulo de tantos años, con una despedida… No le dijo, sin embargo, que tal vez estrecharla de nuevo entre sus brazos, besar sus labios como tantas veces, llorar su culpa y sus remordimientos, confesarle que ningún otro cuerpo, ni siendo más joven, había podido ofrecerle la plenitud serena y segura que con ella encontraba, y sin la cual ahora, se sentía perdido…

Tras un silencio tenso, accedió. Y acordaron la hora aquella tarde, en la misma casa que habían compartido tantos años, que había decorado ella con tanto esmero, de la que se había marchado meses atrás.

Él, nervioso, buscó la mejor botella de vino, pues juntos disfrutaban a menudo de brindar a la caída de la tarde, dejándose embriagar por los aromas y el bouquet de un buen tinto, en copa de cristal grande y de boca abierta. Y un ramo de tulipanes, sus flores preferida, los primeros de la temporada…

Llegada la hora y todo dispuesto, aquella otra tarde de primavera, empezó a llover. Y lo que parecía una lluvia fina, acabó en una fuerte tormenta. El cielo se oscureció de repente. El agua, como ahora, golpeaba con fuerza los cristales, y se acumulaba en grandes charcos frente al porche de la casa.

La llamó por teléfono, pero no contestó. “Debe ir ya conduciendo hacia aquí”, pensó. Pero las manillas del reloj fueron avanzando, sin que la fuerte tormenta amainara, y ella no apareció. Borracho tras ahogar su dolor en el líquido ingerido y quedar por dentro tan vacío como la botella, pensó que se habría arrepentido, que  habría cambiado de idea.

Solo horas después le avisaron de la desgarradora noticia sobre el accidente del vehículo, aún a su nombre, que se había precipitado por la pendiente de aquella curva, que tal vez ella tomó a excesiva velocidad para la cantidad de agua acumulada en la carretera.

Aquella otra tarde, como hoy, como todas las tardes de lluvia, él se refugiaba de nuevo en el color oscuro del alcohol, que le hacían volver a imaginar la sangre de ella sangre derramada, de su cuerpo ya sin vida. Ése que con su muerte, le mató también a él, dejándole prisionero del sufrimiento de su ausencia.

Desde entonces, las gotas de lluvia que golpean el cristal, que serpentean  por las hojas de las ventanas de ese mismo salón, sirven para ocultar sus propias lágrimas, si bien no para borrar las huellas de la pesadilla. Ésa, la pesadilla, intenta dormirla bajo los efluvios de la bebida, intentando no pensar, no sentir… Dormir para solo despertar cuando el sol asome de nuevo, dejando que penetre en sus sentidos el olor a tierra mojada. E intentar sobrevivir, hasta que una vez más le torture el aterrador sonido que anticipe una nueva tormenta.

Raquel Esteban Hernández

 

 

 

Puntos cardinales

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Puntos cardinales. 

Sus ojos grises de arena, del Pacífico revuelto entre espumas y algas, a veces escombros y oscuridad volcánica, a veces traslúcidas esquirlas donde explosiona la vida.

Este es solo un fragmento de historia de un hombre cualquiera, o de una mujer, de y en cierto lugar del mundo, de una edad que se comprende a sí misma, de un recorrido perdido, en una hoja desprendida de un árbol enraizado en las creencias: «Que si a mí me enseñaron…», «que todos lo hacen de tal o cual manera…», «que el tiempo se me ha ido…», «que mejor es el silencio…», «que solo he nacido para esto». Un trozo de papel pisoteado donde las palabras fueron escritas intentando de alguna manera enlazarse en frases conexas.

Es este un trozo de materia viva, dotada de aparente sentido y sentimiento, de cerebro combatiente y recuerdos del alma. Son los pies de zapatos de hierro, la constancia en el camino, las manos firmes sosteniendo un cuello, el propio, el ajeno, el merecimiento de la muerte, la moral curtida que abarca lo necesario para ensalzarle en verdad absoluta.

Sí, la historia de un nacimiento y de una muerte, el absurdo del Pacífico revuelto entre espumas y algas, del Mediterráneo azul esmeralda cuando el sol de primavera lo atraviesa, de la risa y el ánimo, la esperanza, el beso y el abrazo entre infinitas intenciones. Es una historia cualquiera de un hombre o una mujer en cualquier lugar del mundo, impregnada la esencia de un saber social extendido por los siglos, de una sabiduría derramada que encamina sin cuestionamiento, porque se Es, como un dogmatismo, dejando muda la inquietud de la existencia.

Ilustración de Rafa Mir

Los ojos grises cobijados por los párpados, en el punto infinito sobre el cual la atención se centra, del trabajo, el pan, el vino, las necesidades de supervivencia, la cuestión de la angustia de vivir sin descubrir ya más nada, porque todo ha sido dicho por los padres, porque siempre se ha hecho de la misma manera.

Es tal vez un trozo de materia viva, la carne inerte desechada por la guerra, una herida, la del entorno, la familia, la indignación que se representa, es el cuerpo cansado y el sudor de las palabras que no logran descifrar los laberintos y encrucijadas, la mirada desde fuera con los artificios del juicio, que se imponen a la injusticia de quien repite miles de veces aquello que no comprende.

Son los delgados párpados que retienen la inocencia, son las manos, es el vientre, la intuición y «un algo» que no tiene cómo explicarse. Es la cabeza gacha, la resiliencia, es lo que posa sobre la mente las ideas suicidas cuando aborda el abatimiento, y la lágrima que toca los labios entre el beso, el perdón, Es, es el perdón y la conciencia.

La historia parece empezar sin terminar nunca, en un bucle sin tiempo ni medida del espacio, un vaso con agua, la copa repleta de vino, el lápiz nunca usado, el recuerdo, el flácido recuerdo de quien apuesta fehacientemente a aquello que ha visto, porque le enclava el sufrimiento que le carcome el pensamiento, despierto, mucho más sumergido entre sus sueños.

 Carolina Cohen
Marzo 2022

 

50ª Convocatoria: El presente

El presente.

Mañana empieza ayer

Ilustración de Rafa Mir

Esta mañana recordaba un día de hace muchos años. Era uno de enero y yo estaba en la cocina de la casa de mis abuelos, con ellos y mi hermana. Yo era pequeño, tendría siete u ocho años. La noche anterior me había quedado dormido antes de las campanadas y esa mañana mi abuela acababa de dejar delante de mí un plato con doce uvas y mi abuelo sujetaba una cuchara con la mano.  La movió deprisa golpeando un vaso. Se detuvo y dio cuatro golpes mucho más despacio. Paró de nuevo. Los demás mirábamos expectantes la cuchara, concentrados, como si no hubiese nada más en el mundo, atentos a adivinar el más mínimo movimiento. Mientras lo hacía acariciaba con el índice y el pulgar una de las uvas. Y esta se movió. Mi abuelo la desplazó hasta golpear el vaso con un golpe seco. Mi hermana gritó: «¡Ahora!».

Apreté la uva, tanto que podía haberla hecho estallar, y me la llevé a la boca, mastiqué deprisa a la vez que agarraba otra uva y miraba atento la cuchara.

Otro golpe y otra uva en la boca. Y una más, y otra, hasta doce.

Mi abuela reía, mi abuelo reía, mi hermana reía. Yo intentaba no reír para no atragantarme.

«¡Feliz año nuevo!», me gritaron cuando terminé. En un instante había viajado desde el pasado en el que me había quedado la noche anterior al dormirme al presente del año nuevo en el que estaban los demás.

Esta mañana lo recordé y me sentí feliz.

En aquel pasado seguramente me ilusionaban muchas cosas, que llegara el día de Reyes para abrir mis regalos, volver a clase para jugar al fútbol con mis amigos en el recreo, crecer, y en un futuro más lejano ser escritor o astronauta, ya lo decidiría más adelante. Pero lo que es seguro es que no imaginaba que mi vida hoy es como es, ni todo lo que ha pasado por el camino, ni todo lo que se ha quedado en él, ni cómo iba a ser la alegría más grande que se puede tener, ni el dolor más desgarrador que se puede llegar a sentir.

Hoy pienso en el futuro. Cómo quiero que sea y lo que no quiero que pase. Surgirán cosas que no pienso que nunca puedan ocurrir, pero otras dependerán de mí. Pienso en si me arrepentiré de no haber hecho algo.

El presente es recordar el pasado y desear un futuro. Pero ese futuro depende de lo que haga hoy.

El presente es ahora. No es empiezo el día uno, ni mañana, ni siquiera media hora más y luego me pongo. No. Lo que quieras hazlo ahora. Lo que quieras conseguir en el futuro empieza a sembrarlo ahora. Cuando en el futuro mires atrás seguro que te arrepientes de lo que no hiciste, pero no de lo que hiciste.

Empieza ya. Hazlo ahora.

Aunque solo sea para que en tu presente del futuro tengas recuerdos felices del pasado.

Jorge Moreno

Todo es relativo

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Todo es relativo. 

En el presente, todo es relativo, incluido el propio presente.

¿Cuál es el verdadero? ¿Es el mío sentada en un portal, vigilando la plaza con una vieja cámara analógica en mano, esperando? ¿O es el mío cuando estoy a punto de aparecer en la plaza, vestida de institutriz, llevando cogida de la mano a mi tatarabuela de niña, tan mona ella con su vestidito parisino y el sombrerito a juego? ¿O quizás es el mío, usando un dispositivo intangible para tomar una instantánea de mí misma revisando esa antigua cámara mientras el café sigue humeante en su taza?

Ilustración de Rafa Mir

Ese es el paradigma de los bucles temporales. Desde que los viajes espaciotemporales se pusieron de moda gracias a —aunque algunos dirían que por culpa de— las redes sociales, el mundo ha pegado tal vuelco que ha terminado por dar la razón al dogma de ese viejo científico loco del siglo XX llamado Einstein.

Ahora sí que todo, absolutamente todo, es relativo. O casi todo.

Fue a finales de ese siglo, con la llegada de la primera red de transmisión comunitaria, llamada por esos tiempos Internet —qué nombre tan curioso para algo que solo muestra lo exterior y superficial de los demás— cuando nació un concepto nuevo que cambiaría la manera de vernos a nosotros mismos y de mostrarnos a los demás: el postureo.

Lo primero fueron las redes sociales: que si la tortilla de patatas me ha quedado rica, mira qué pinta tiene; que si me he comprado una casa nueva y  mi jardín es más grande que el tuyo. ¡Ah! ¿Que no tienes? ¡Ay, qué peeena!

Luego vinieron los selfies, un monumental encumbramiento del ego personal: Yo en las Bahamas y tú en casa; yo en mi chalet y tú en tu mierda de casa; yo en el restaurante más caro que tú nunca podrías pagar…Después, con las empresas espaciales privadas, los espacies pasaron a sustituir a los selfies: yo flotando en la nave, disimulando con una sonrisa que estoy a punto de potar, pero en el espacio, y tú en tu puta casa; yo en la Luna y tú, pequeño idiota, sigues atrapado en la Tierra…

Y luego aparecieron los trasportadores temporales y con ellos llegó el caos. Todo empezó a ser relativo.

Ahora ya no existe una línea temporal ininterrumpida, sino que uno va dando tumbos —un purista diría que dando saltos— en el tiempo de forma que va hacia adelante o atrás a placer —no el suyo propio, sino el de los demás—. ¿Para curar y prevenir al mundo de enfermedades pasadas, presentes o futuras? Pues no. ¿Para adquirir cultura y conocimientos que nos enriquezcan como sociedad? ¡Nada de nada! ¿Para hacer el bien en el mundo? ¿Pero qué me estás contando? ¿Estás de coña?

Entonces ¿para qué? Pues para poder subir las fotos a Externet —y sí, ahora se llama con el nombre que debería haber tenido desde un principio—ni más ni menos. Es decir, para practicar el postureo extremo. ¡Qué le vamos a hacer, es el mundo en el que nos ha tocado vivir!

Desde que se puede viajar en el tiempo ahora ya no basta con visitar la Capilla Sixtina, o irse a la Antártida. ¡Eso lo puede hacer cualquiera! Lo cool hasta hace relativamente nada es hacerse una timefie —que así se llama— con Miguel Ángel, pincel en mano, frente a la cúpula a medio pintar.

Pero las modas son tan relativas como el tiempo.

Si hoy en día quieres ser una verdadera influencer y tener una montaña de seguidores, hay que ir a por más, y además de mostrar tu capacidad económica para sufragar los gastos del viaje temporal —que no es precisamente económico— y una retahíla de genealogistas que rebusquen en tu árbol genealógico y encuentren tus ancestros. Porque fotografiarse con un antepasado en algún lugar significativo es lo más.

Así que ya puedes buscarte la vida para irte al pasado y pasar un tiempo convenciendo al padre de tu tatarabuela que serás la mejor institutriz de esa niña adorable y, de paso, prepararte la foto.

Pero ¡cuidado! Si provocas un shock en tu ancestro, y por cosas del destino la palma, dejas de existir instantáneamente. ElviraTas3 se fotografió junto con su bisabuela usando un móvil con flash integrado. Ese flash le provocó a la bisabuela, que no pudo asimilar tanta luz de golpe, un infarto. Hasta aquí todo bien, pero resulta que tenía solamente trece años en ese momento, por lo que toda su línea familiar descendiente se extinguió al instante. La imagen conseguida por Elvira subió y desapareció con la misma velocidad con la que se esfumó su perfil en las redes y se borró todo rastro de su existencia. RIP, descanse en paz. Aunque no sé si es lo apropiado, porque en teoría no llegó nunca a nacer. Como he dicho, todo es relativo.

Y los encuentros con los ancestros también entrañan sus peligros. Es lo que le ocurrió, por ejemplo, a Staton2280, que fue a sacar su cámara de su bolsillo frente a su tatarabuelo forajido y este le incrustó una bala en el cerebro antes de que pudiera decir ni pío. Supongo que lo enterraron al estilo cowboy.

Es que son muchas las cosas que pueden salir mal en un timefie, por eso hay que extremar las precauciones. Aunque supongo que si gustan tanto es precisamente por eso, porque no son fáciles de conseguir y entrañan riesgos, ¿no? ¿No hubo también una época en la que se hacían fotos subidos a lugares imposibles desde los que muchos se despeñaban?

Y si no hay riesgos, tampoco hay recompensa. Y todos buscamos convertirnos en la bomba en las redes, la nueva estrella. El récord lo tiene el hindú Khalah49, con sus 103 instantáneas, que se remontan hasta el siglo XII, cuando su más antiguo ancestro conocido sirvió al maharajá Karikala Chola en persona. Y hay una timefie en las redes que así lo demuestra.

Aunque es sabido que la fama de Khalah también sucumbirá pronto —o tarde, porque todo es relativo—, pues yo y otros influencers ya estamos practicando una nueva modalidad de timefie, la de los bucles temporales, creando presentes continuos. Es decir, instantáneas de viajes superpuestos. Todavía no le hemos puesto nombre a esta modalidad, pero estamos en ello.

Yo escogí la calle que da a la Place du Concorde, en París, porque es un lugar estrechamente relacionado con mi familia y contiene un pedazo de historia, empezando por el obelisco egipcio procedente de Luxor que lo corona. Ese es mi foco principal. Y mi primer objetivo es mi tatarabuela, la niña a la que acompaño como institutriz y cuyo puesto es resultado de la larga estancia de tres semanas en el París de 1910, que me costó un ojo de la cara, pero que pude sufragar gracias a mis seguidores.

Y colgué esa timefie en las redes.

Hice mi primera timefie con bucle al tomar una foto de la plaza y de mí misma acompañando a mi tatarabuela desde un portal, de lejos, con una buena cámara antigua, analógica y un buen objetivo, que le dio un aspecto artístico magnífico. ¡Foto a las redes!

Pero no me he parado aquí. Ahora acabo de hacer un tercer viaje al mismo sitio y lugar, llevando conmigo un dispositivo intangible conmigo, y me he fotografiado a mí misma, cámara en mano y café, unos segundos después de haber hecho  esa instantánea de mí misma en la plaza. ¡Y subida a las redes!

¿La próxima cuál va a ser? Pues quizás una en la que aparezca con mi equipo intangible y vestida de camarera de la época detrás de mí versión tomando café y revisando la cámara analógica. O quizás lo pare aquí, porque  los presentes continuados también entrañan riesgos.

Cada vez que vuelvo a ese momento, todos los presentes se ponen en marcha de nuevo otra vez, instantáneamente.

Si un día llego demasiado pronto, o me descubro, o sucede un imprevisto a algunos de mis yos, quizás decida no hacer esa primera instantánea —o no haya oportunidad de hacerla— y toda mi montaña de bucles caerá como un castillo de naipes. Porque si uno de mis presentes desaparece, todos los que haya creado superpuestos también lo harán.

Y es que, como he dicho, todo es relativo, hasta el presente. O casi, porque esa plaza coronada por el obelisco parece inmune al paso y los saltos del tiempo.

 

Olga Besolí
Enero 2022

 

Cincel y martillo

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Prosa Poética
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Carolina Cohen. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cincel y martillo. 

En cada pliegue derramado, color de oro, de plata y luna llena, sobre la piel conversa que sin motivo le acompaña, en un sentido que solo le inspira transparencia, se vislumbra apenas la vibración de onda que se deja percibir caída, en el agua. Acompasada entre los párpados, la curva de los senos, los glúteos, la cintura, el declive en la barbilla, y los lóbulos rotos por donde la danza se perpetúa y esgrime su momento en majestuosidad suprema. 

Mientras el líquido se deja correr por el rostro, su propio sendero marcado en diminutos surcos, las piernas se extienden ingrávidas en tensión máxima y los músculos se ensalzan con los ligamentos, en el vínculo de la tierra con el cielo, en su distancia inacabada. Las luces se proyectan en un crisol de colores recayendo sobre los pies encorvados. Sobre la espalda espejismos recreados, y vertidos poemas sobre los hombros, dejan ver los brazos en un intento de aprehender el horizonte en feminidad evidente. 

Ilustración de Rafa Mir

Las zapatillas rozan con ligereza el suelo, en toda su pasión sensible, al tiempo que la música le cobija el vientre, y el tutú se sacude como si buscara herirle el polen. Porque el trasfondo de la nevada que fascina y congela le brinda el entorno, y le sugiere el sueño enredado entre los labios, los del beso amado, las tibias palabras, en inimaginables relieves de formas matutinas, entre tonos que arrojan movimiento en un despertar que no termina de formarse. 

Se define la figura bajo la precisión del cincel y el martillo. Mezclada en la madera, estremecida por los dedos, de caricias fugaces que no niegan permanencia, se impregna el residuo que aflora las nostalgias, y le encuentra, permitiéndole presencia. La inspiración invade nutrida en el recuerdo, y una idea transforma todo, aun cuando la sílaba la convierte en acción en aras de la gloria, y se va manifestando, en el pensamiento, en el acto creativo. 

Un manto granate perfila sus contornos y le versiona hasta el instante de regalarle vida, cuando las miradas le retornan a quien siempre ha sido, porque jamás podría decirse que se hubiese marchado su existencia. Y le abraza, quien con su pincel le transmuta en sus colores, y un murmullo le desciende los cabellos, terciopelo en primavera, de las hojas y las flores, el sonido de las aves, crepitar de los insectos. 

Y se funde en un ensueño, en un auténtico delirio… 

Carolina Cohen

Versión original

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Humor
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Vicente Mateo Serra. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Versión original. 

A través de las letras que forman el letrero que daba nombre a la librería se podía observar la calle mojada tras la lluvia. También la niebla se dejaba ver, espesa niebla que, por contra, impedía distinguir algo del exterior del local, pues allí fuera la luz de las farolas era débil y solo el brillo de la luna iluminaba la noche sin mucha convicción. Eran las sombras, pues, las que gobernaban la calle y pronto se aliarían con la noche, protectora de malhechores.

De súbito, una de las sombras cambió de forma, se movió y adoptó la corpulenta silueta de un hombre junto al cual apareció otra figura, más frágil. La primera sombra se unió a la segunda en un rápido movimiento y ambas se fundieron con las otras que oscurecían el ambiente. Todo fue un suspiro. Un pensamiento. Tan rápido como a Alba le costó recrearlo mentalmente. Su imaginación la transportó a Londres y no tardó un instante en hacerse una idea de la situación: «Dos ladrones buscando la complicidad de la noche», pensó. 

Pero el hechizo se desvaneció cuando las dos sombras se adentraron en la librería, dejando atrás la espesa niebla y las gotas de lluvia, adheridas al cristal borroso de los sueños empañados de Alba, al ver claramente que las siluetas pertenecían a un rechoncho hombre de mediana edad y a un espigado (y altivo, como más tarde se comprobará) joven. Se había perdido el duende.

Tan pronto traspasaron el umbral de la puerta los dos hombres fueron absorbidos por una pequeña multitud de ensordecedores murmullos, susurros y siseos suspendidos en el aire. Alba se encontraba allí por trabajo, el cual adoraba, ya que hacer reportajes y cubrir eventos culturales para el semanal de un periódico nacional le permitía estar en contacto con autores y al día de las últimas novedades literarias y artísticas. 

Era una mujer joven con un buen empleo como periodista y con gran afición a la lectura. Hacía sus pinitos en la literatura, pero solo por afición, escribiendo relatos en un fanzine online llamado Surcando Ediciona. Todo era normal en su vida excepto por un “pequeño” detalle, y es que a veces descarrilaba de la realidad, tenía sus pequeños lapsus, desconexiones mentales en las que su cuerpo andaba presente pero su mente iba por otros derroteros, vamos, que se le iba la ollita, pero poco, lo justo. Esto no le suponía ningún contratiempo, ya que era debido a su amplio registro literario y cultural: había leído tanto que su cabeza se hallaba repleta de referencias y le bastaban pocos datos para relacionar de inmediato elementos reales con imaginarios, lo mismo que al hidalgo caballero por todos conocido. De ahí que le costara poco recrear en su mente diferentes escenas, interpretaciones reales, leídas, vividas o ficticias, sueños o futuros apuntes para sus relatos. Pero nada grave. Fue lo que le acababa de ocurrir en la librería donde se encontraba, a la que había acudido para cubrir la presentación de una novela.

Ilustración de Rafa Mir

—Buenas tardes. ¿Qué quieres tomar? —le preguntó el camarero-librero con la mejor de sus sonrisas—. ¿Una birrita con pistachos? Es la especialidad de la casa.

—Mejor un té con pastas —dijo Alba sin mucho entusiasmo, volviendo la mirada con desdén, pues no le hizo gracia que interrumpiera sus pensamientos de esa forma tan brusca.  

Ante tal derroche de amabilidad el camarero-librero giró sobre sus talones para volver a sus quehaceres tras el mostrador, que al mismo tiempo era barra de bar, donde vendía y prestaba libros a la vez que servía bebidas, que estaban bautizadas con nombres famosos de autores, novelas o personajes, todo relacionado con la literatura. Y realmente aquella estratagema tenía su repercusión y cierto tirón, pues allí, y solo allí, se podían consumir bebidas extraordinarias con nombres de lo más pintoresco, lo cual hacía las delicias de los asistentes. Ejemplo de ello era un brebaje conocido como Crimen y Castigo, que hacía subir al cielo al primer trago y, de la misma forma, bajar a los infiernos con el segundo; o un chupito de genuino y patrio tintorro elaborado a partir de las mismísimas tintas que escribieron el Lazarillo, según contaba la leyenda reducida exclusivamente a la carta del local; o un Suspiro de Lovecraft, especie de pócima manchada con lágrimas de sangre de Cthulhu. O el peor, o mejor, de todos: un kafkiano bebedizo que nublaba las entendederas, transformaba y ponía del revés al valiente consumidor que lo probase. Su nombre:

Metamorfosis.

—¡Un momento! —dijo Alba dirigiéndose al camarerolibrero—. ¿Ese es el tipo que ha venido a presentar su novela?

—Sí, es Mike Jiménez, el escritor de moda que nunca deja indiferenteZ. 

—¿IndiferenteZ? 

—No lo digo yo. Así reza la coletilla con la que firma sus novelas.

—¿Incluida la Z? 

—Así es, incluida la Z. 

—Ni el mismísimo Saul Goodman hubiese ideado un eslogan tan… ¡brillante!

—¡BrillanteZZZ! —apostilló el camarero-librero con sorna.

Alba hizo una mueca como desaprobación al chascarrillo del día.

—¡Qué se le va a hacer! —continuó el librero en tono de excusa—. Vende ejemplares a cascoporro y hay que dorarle la píldora. Por eso está aquí hoy, para presentar su nueva novela. Además, también guitarrea, pero se come los mocos con eso, ni flowers. El otro tipo es su agente, pero no pinta nada. Oye, tronca, disculpa por la gracia de antes, ha sido una estupideZZZ —y se marchó riendo a carcajadas como solo un idiota ríe sus propios chistes, aun conociendo la pésima calidad de estos.

Alba sintió en su cabeza el eco de las últimas palabras del camarero-librero-humorista, no las del chiste pésimo recién ejecutado ni las risas alejándose de ella. Lo que recordó eran las palabras referentes a Mike Jiménez, y fue en ese momento cuando, a través del escaparate, la cegó la luz de los faros de un automóvil, que por el sonido se adivinaba un vehículo potente, a más velocidad de la permitida, estaba claro. Y le pareció escuchar también el retumbar cercano de armas disparándose y casquillos que caían. Pero lo cierto es que todo provenía de un grupo de asalto compuesto de fotógrafos cuyas cámaras disparaban hacia Mike Jiménez, quien posaba altanero antes de la presentación, y los flashes fueron los que deslumbraron a Alba al reflejarse contra el cristal del escaparate. De nuevo su imaginación le jugó una mala pasada. Y huelga decir, aunque se deje por escrito de nuevo, que el duende no solo se había perdido definitivamente, ahora, además, se había escondido. Quizás por el tiroteo, quién sabe.

Al salir de su ensoñación, Alba vio gente a su alrededor que no alzaba la mirada de sus libros mientras disfrutaban de la lectura, miradas que se perdían entre renglones. Una variedad de personal de lo más dispar poblaba la librería, debatiendo sobre qué ejemplar leer o charlando amigablemente en torno a un tintorro y un plato de aceitunas. Nada de tés con pastas, ni birritas con pistachos, y mucho menos morro. En definitiva, de no ser por el estruendo de la marabunta que Mike Jiménez arrastraba al pasar, diríase que era una librería como otra cualquiera, repleta de libros y con sus actividades habituales. 

Aunque también era conocida la Librería de los Libros Vivos, por las revolucionarias novedades implantadas por el dueño del local, al que apodaban Pol por su polifacética actividad desarrollada en varios campos: camarero, librero, bibliotecario, pésimo humorista y vendedor de humo. Algunos, con retranca, le llamaban Pal, por los palillos con que siempre se le veía juguetear entre dientes e incluso haciendo piruetas con la lengua, a lo Torrente. Todo glamour.

Pol, o Pal, lejos de irse al carajo y arruinarse en uno de los tantos momentos de crisis que le tocó vivir años atrás, se la jugó y sacó adelante la citada librería con su novedoso y revolucionario (e inútil) sistema de negocio. Entre las novedades con las que pensó revolucionar el mundo de las bibliotecas y librerías estaba la de no dejar sacar los libros fuera de los locales, ya que era de la opinión que estos son en su mayoría como ancianos a los que hay que cuidar, y que cuanto menos se trasiegue con ellos, mejor, pues pretendía mantenerlos vivos de por vida, de ahí el nombre de la librería. La premisa era esa, lo siguiente era que los clientes llegaran al local donde ocuparían una zona individual, o en grupo, para abandonarse al relajante acto de leer, previo alquiler o préstamo del ejemplar literario a elegir. Todo por un precio que dependía de diversas variables como el género y tamaño del libro; la edad del lector, ya que no era lo mismo, por ejemplo, una muchacha universitaria de dieciocho años leyendo los peores éxitos de la novela romántica del momento; que un anciano de ochenta y tres años con cataratas decantándose por el diario El corresponsal de Alcobendas, sección Deportes. 

Todo tenía su porqué y estaba estudiado al milímetro: los palillos, las aceitunas, el morro… y la grasa o aceite que desprendían las tapas empapaba los dedos de los lectores dejando marcadas las páginas, las últimas páginas por donde se habían quedado al finalizar la lectura. ¿Cómo saber si la huella grasienta de morro de cerdo que decoraba la esquina superior derecha de la página 42 pertenecía a Marisa, la profesora de primaria, o a Puri, la de la pelu, o si el cerco aceitoso de la página 167 era de un tal Roberto? Muy sencillo: el local disponía de un aparato capaz de leer huellas. Pasando la página en cuestión por el citado cachivache y cotejando el resultado con el registro de las huellas de los DNI de la clientela, diría al interesado por dónde debía continuar leyendo. Eran marcapáginas digitales, lo más actual y novedoso del momento adquirido en una web oriental de compras. También lo más ruinoso. Pol lo sabía de buena tinta. De ahí que hubiera querido dar un vuelco a la situación con la presencia de Mike Jiménez y, de hecho, lo consiguió, ya que aquella tarde la librería estaba a rebosar. 

Y es que Mike Jiménez era un joven escritor de gran talento que, pocos años atrás, tuvo éxito, relativamente, con un relato largo que la crítica había calificado como conato de novela pero que había entusiasmado a los lectores. Se había autopublicado la novela y creado la portada él mismo, dándose a conocer haciendo spam con píldoras publicitarias en las redes sociales. Tras su éxito inesperado fichó por una editorial de renombre y ahora se dedicaba a escribir una novela cada seis meses. Los otros seis meses los mataba callando. 

Había llegado a Alcobendas para promocionar su último libro después de su exitoso Cartas de amor en pasiva, un recopilatorio de epístolas a su ex, de ahí lo de pasiva, que no eran más que un montón de páginas agrupadas en las que reivindicaba que cualquier tiempo pasado fue mejor. A partir de ahí, las críticas le auguraron un éxito arrollador y un futuro prometedor. Mike no dejaba de asombrarse por la contradicción. La paradoja de Jiménez, tal vez.

Al primer contacto, en sus modales y gestos, pero sobre todo al momento de hablar se presentaba como una persona tímida a la par que arrogante, ya que las más de las veces, no siempre, se refería a sí mismo en tercera persona y soltaba perlas como «huid de los lugares comunes» cuando le preguntaban sobre su secreto a la hora de escribir. También le preguntaban por su estilo indirecto libre, a lo que respondía en pasiva. 

«A veces le da por juntar letras que forman palabras que construyen frases con sentido. Esas frases forman párrafos que, unidos, crean historias en las que viven sus personajes. Ellos viven sus propias vidas. Al final, Mike se limita a poner un título y entregar el manuscrito a la editorial. Eso es todo».

Como escritor no había duda de su arte. Su dominio de la pluma lo colocaba entre la flor y nata de los escritores de relumbrón a pesar de su edad. El número de sus ventas lo aupó al pedestal de la fama y su ego aumentó igual que el odio que sentía hacia los revisores de trama, grupo secreto de élite especializado en buscar hilos argumentales rotos, atar cabos sueltos y desenredar madejas en cualquier texto que se les presentase. Se mantenían ocultos, no entre la oscuridad y las sombras de la noche, aquellas que Alba imaginó antes, sino en los grupos secretos de las redes sociales a los que Mike se suscribió en un fatídico día. Eran los únicos que le decían las verdades a la cara, aun admitiendo su calidad literaria. Verdades como que un alto porcentaje de sus historias se desvanecían como el hielo en un vaso de agua. En su interior, Mike lograba admitirlo y era algo que le martirizaba. Sus historias atrapaban desde la primera línea y eso le convertía en un hombre de principios. De grandes principios, diría él. Pero de ahí no pasaba. No acertaba a continuar con la trama para mantenerla al dente hasta el final. Entonces, ¿cómo había conseguido tanto éxito? Ese era otro misterio en el mundo de la literatura y el motivo por el que sus presentaciones causaran tanta expectación.

—Buenas tardes ¿Qué hay de usted en este libro? —comenzó preguntando Alba.

—Todo. Desde el título hasta la firma —respondió Mike tras dar un trago al San Francisco Umbral que Pol le había preparado con esmero. 

—Obvio, me refería a algo más.

—Pues le puedo decir que rotundamente nada, ya que es una copia.

—¡Qué cara más dura!

—Ya que saca el tema de los duros, ¿sabe que mi novela está a un módico precio en ese estante, ese que tiene usted a la izquierda? —señaló Mike, apuntando con sus largos dedos.

—Su actitud no está siendo la más adecuada. Diría que parece un personaje de sus novelas.

—Eso a Mike le halaga. Se ha hecho a sí mismo.

—Ahora me vendrá con el cuento de que se ha reinventado…

—Siendo escritor lo de cuento es razonable, pero… diría que ahora parece usted un revisor de trama, o revisora.

—Solo soy una periodista intentando cubrir un evento.

—Eso, cúbrase no vaya a pasar frío. ¿Puede dormir por la noche?

—Del tirón. Acostumbro a hacerlo con cualquiera de sus libros —contraatacó Alba. 

—Tenga cuidado con lo que se lleva a la cama. Podría llegar a pasarlo bien.

Mike se había hecho a sí mismo, creando su propio personaje. ¿Con qué fin: forrarse a su costa, esconder tras él sus propios miedos, sus pasiones secretas? En su caso fue por afán de protagonismo. Y es que albergaba tanto amor propio que decidió pasar a la fama y convertirse en personaje de sus propias novelas. Una delgada línea fácilmente franqueable separaba al autor del personaje. Solo sus más allegados, que no tenía, aunque su ego los inventara, podían arrojar luz al asunto, que era turbio, tanto como sus pasados.

—Cuéntenos algo de su novela. ¿Le costó mucho meterse en la piel del protagonista para escribirlo? —insistió Alba intentando reconstruir la situación.

—Jovencita, está usted haciendo el ridículo. —Alba enrojeció de vergüenza—. ¿El título Yo, autor no le da una pista? —Disculpe, pensaba que usted solo era el autor.

—Y también el protagonista. En este caso es lo mismo. No ha leído el libro, ¿verdad? Todos los escritores deberían dejar de escribir hasta que los lectores leyeran todos los libros que se acumulan en las bibliotecas.

—Pero eso es imposible.

—Se equivoca, en realidad todos los libros han sido leídos al menos una vez.

—Sí, pero no en la misma época ni por la misma persona.

—Ah, mi pequeña periolistilla, su ignorancia es supina. Una vez más lo demuestra.

—A ver, explíquese, Gran Maestro.

—Verá, lo que quiero decirle es que ya está todo escrito. Pero es un cambio constante: los lectores olvidan y los escritores reescriben. Si investiga usted sobre cualquier libro, sobre su contenido quiero decir, se dará cuenta de que todo lo que propone, o un alto porcentaje de lo que proponen sus páginas, está ya ideado, debatido, conjeturado, desarrollado en infinidad de ocasiones, muchas veces descartado, y otras muchas, por supuesto, puesto en negro sobre blanco en cientos de textos diferentes ya sean novelas, ensayos, poemas… De forma involuntaria muchas veces, pero también intencionadamente. Hay quien ha llegado a copiar la biografía de la de aquellos a quienes admiran para hacerla suya solo por vivir las mismas vivencias y tener unas memorias similares. 

—¡Qué disparate!

—En eso estamos de acuerdo. Tamaña gilipolleZZZ solo se le puede ocurrir a un necio. 

—¡Ja, ja, ja! GilipolleZZZzzz… otra veZZZ ZZZZ ¡Ja, ja, ja! —Una estruendosa carcajada proveniente de lo más adentro de Pol hizo que este perdiera el control y el dominio de la bandeja que transportaba repleta por igual de libros que de copas, con la que hacía malabares para no perder el equilibrio ni que cayese al suelo su contenido, cosa inútil tras el estrépito, no menos estruendoso que la carcajada anterior, que provocó al dar todo contra el suelo y rodar más allá de sus pies, hasta los de Alba concretamente—. Perdón, ha sido un desliZ… un tropeZón… Vamos, que la he liado parda, quería decir —se excusó ante el personal evitando hacer más gracias con la zeta.

Tras el altercado y una vez todo en orden de nuevo, Mike prosiguió con su intervención dirigiéndose a Alba.

—Verá, lo que le estaba contando es que ya hay multitud de libros y otros tantos autores olvidados. Y muchos de estos libros son repetitivos, abordan los mismos temas, idénticas tramas, similares personajes, los mismos finales. Lo que ocurre es que son desconocidos para la gran mayoría. 

»Por eso le decía antes que mi obra ha sido copiada, plagiada si prefiere el término más crudo y cruel. No digo que sea yo la víctima, sino que he sido yo quien ha copiado. Y le digo esto, ya que estoy seguro de que en alguna ocasión, en esta época o en anteriores, existió un autor con las mismas ideas que yo y que también lo dejó por escrito. Y su libro, o sus libros, pertenecen ahora, quizá, a una pequeña biblioteca en los confines de la Tierra, o quién sabe, se encuentren en la Biblioteca Central de Nueva York o de Cerdanyola, vaya usted a saber.

»¿Acaso alguien es capaz de centrar sus esfuerzos y encontrar el tiempo y la paciencia necesarios para recorrer, cual rata de biblioteca, cual periodista de investigación, todas las páginas escritas de todas las bibliotecas del mundo para comprobar que ya existen en otro libro retazos de esa obra de la que tan orgulloso se siente? ¡Eso es imposible! Pero de poder llevarse a cabo, ¿debería abortar sus pensamientos, rechazar sus ideas y no publicarlas, anular su imaginación? Obviamente no.

»Digamos ahora que tanto la editorial como el autor hicieron los deberes de comprobación y rastreo hasta donde buenamente sus capacidades les permitieron, y tras esto se lanzaron a publicar su última obra. Pasado un tiempo, alguien descubre que sus ideas, sus teorías o sus textos se hallan expuestos en otros libros escritos ya con anterioridad, demostrando que el autor ha copiado y carece de originalidad. ¿Podrían acusarle de plagio?

—Si lo demuestran sí. Todo depende de si lo escribió conscientemente o si citó al autor original, es decir, en este caso no es copia, ya que era imposible citarlo porque desconocía la existencia de ese antiguo ejemplar, digo yo.

—Algo así. En docencia se admite el derecho de cita, no así en una novela o relato, donde es muy difícil encontrar obras plagiadas de principio a fin, generalmente se refiere a frases o párrafos o escenas concretas. Y sobre el subconsciente no vamos a entrar ahora porque nos llevaría al surrealismo y ese es otro cantar.

»La cuestión de determinar si algo es original o no es una tarea ardua para el juez de turno que quiera demostrar que un autor halló sus ideas por pura revelación, que son originales.

La conversación continuaba en torno al tema de la versión original y poco, o más bien nada, se hablaba de Yo, autor; la novela que Mike Jiménez había ido a presentar.

—Mi teoría es que la inspiración se encuentra en cualquier situación, en cualquier circunstancia. Flotando en el aire está la iluminación que guía al artista para crear su obra, ya sea escritor, músico, escultor, etc. Todo artista tiene una percepción diferente y cada cual coge su parte del pastel y lo transforma en arte según su disciplina, pero, en el origen, todos parten del mismo punto. 

»Lo que para un poeta podrían ser unos versos, para un músico unos acordes, o unos trazos para el pintor, etc., y todos habrían partido de la misma referencia, pasada por el tamiz de la inspiración de cada cual. De algún modo las características de su disciplina habrían dado frutos diferentes, pero la esencia de su originalidad sería la misma.

»La versión original es, a mi modo de ver, una gran playa en la que cada individuo deja sus huellas sobre la arena. Los habrá que anden con paso moderado dejando un ligero rastro tras de sí, estarán los que den zancadas largas, los que corran haciendo su pisada honda, o los que anden en círculos, e incluso los que caminen de rodillas. Y también estarán los que anden paralelos a la orilla, creando caminos que serán borrados por el ir y venir de las olas del mar, mar que es la memoria y también el tiempo que avanza inescrutable, borrará las huellas y cuando estas no sean más que un recuerdo, o ni eso, mucho después, otros caminos y otros autores andarán sobre aquellas que fueron huellas en su día sin ser conscientes de estar repitiendo el proceso, hasta que las pisadas sean borradas de nuevo por el mar, y esto pasará una y otra vez, por siempre. 

»Por toda la playa habrá caminos que se entrecrucen, huellas pisoteadas por otras. ¿Esas pisadas en común significan que alguien encontró y siguió, parcialmente o por completo, el camino de otro; o se entrecruzaron por puro capricho del destino ya que cada cual eligió su camino y modo? That’s the question.

—Muy interesante su teoría. Sin embargo, usted por un lado defiende la libre inspiración del autor pero también afirma, si no le he entendido mal, que no es necesario escribir más ya que no hay originalidad, que todo está inventado, digámoslo así.

—No le negaré que es contradictorio —la paradoja de Jiménez, de nuevo—. ¿Sabe que se dice que todo está escrito ya en el Quijote y que a partir de ahí se ha creado toda la literatura que conocemos? 

—Pero no se puede dejar de escribir así por las buenas. Además, eso va en contra de sus intereses. ¿De qué iba a vivir entonces?

—De mi próxima novela: Versión original. Me alegra que me lo pregunte porque aquí ha habido mucha cháchara, pero yo he venido aquí a hablar de mi libro, ¿sabe usted?

—Eso no es original. Esa frase no es suya, y además es usted muy raro, con perdón.

—Francamente querida, me importa un bledo. Y tiene razón en que no es original, lo cual me da la razón. ¿Lo ve, periolistilla? Todos copiamos, aunque sea con una cita de la que no he mencionado al autor.

—Bueno, nadie es perfecto.

Una hora después acabó el acto y en un tono más íntimo y relajado, sin focos ni periodistas de por medio Mike se acercó a Alba.

—¿Tiene un minuto, periolistilla? Me ha parecido un tema muy interesante y creo que nos ha faltado tiempo. ¿Qué le parece si la invito a cenar y seguimos debatiendo?

—Aceptaría gustosa si no fuera porque ahora tiene que firmar ejemplares —respondió sarcástica Alba.

—Podemos obviar la sesión de firmas. Creo que esta novela pasará sin pena ni gloria —respondió Mike ante la multitud multiplicada por cero que aguardaba a tener el libro firmado.  

Ante la previsible reacción de Alba, Mike pasó al plan B y alzó la mirada buscando a Pol, quien tomó la guitarra que escondía bajo el mostrador.

—Tócala otra vez, Pol —le indicó con un guiño. Y fue entonces cuando comenzaron a sonar los míticos primeros acordes de Sweet Child O’Mine, la canción favorita de Alba. Mike había hecho los deberes.

Alba ya había salido a la calle cuando la música llegó a sus oídos. Y tras ella llegó Mike, a lo Bogart, engalanado con la gabardina del todo a cien, y agarrando a Alba del brazo la invitó a caminar traspasando la niebla, que nuevamente hacía acto de presencia y no permitía ver nada a su alrededor más que sus propias sombras, y ante ellos los dos focos deslumbradores de una avioneta que, por el ruido, parecía comenzar a despegar transportando quizá a dos amantes con sus respectivos salvoconductos hacia la libertad. Pero, en realidad, el ruido de motor y las luces pertenecían al coche del agente de Mike, que no pintaba nada, tenía entradas para el partido de aquella noche y salía a toda prisa para no llegar tarde.

Alba había vuelto a soñar despierta, aunque en ocasiones como aquella era difícil discernir entre sueño y realidad.

—¿Sabe, Mike? Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad.

Y tras estas palabras ambos se adentraron cogidos del brazo en esa atmósfera pintada de gris niebla, regada de humedad por la lluvia y con el telón musical idílico de fondo hasta la próxima escena, original o no, quizá en casa de alguno de los dos, visionando pelis de serie ZZZ y brindando con un gaZZZzzpacho andaluZZZzz.

Vicente Mateo Serra
14/11/2021

Grimmorio

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato fantástico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Grimmorio. 

Paseando por las calles estrechas de una ciudad antigua encontré un curioso establecimiento de libros antiguos y entré. El lugar estaba desierto y el ambiente cargado del polvillo tan característico que poseen las viejas librerías. No sabía lo que estaba buscando. Me sentía absolutamente fascinada entre los libros antiguos que reposaban sobre una lustrosa mesa de madera. En las estanterías de madera, unos libros con hojas amarillentas y sueltas asomaban como reclamo para que alguien curioseara.  Me llamó la atención un libro colocado entre dos vetustos ejemplares de atlas del siglo XVIII. El libro era un bestiario de mediados del siglo XIX, concretamente de la segunda mitad del siglo XIX con unas maravillosas ilustraciones de seres extraños y criaturas fabulosas.

Sin embargo, había algo muy especial en el libro: ofrecía recetas, hechizos y conjuros para conseguir el favor de ciertos seres mitológicos; defenderse de poderosos monstruos que acechaban entre las sombras de la noche, y obtener beneficios tanto físicos como espirituales. Era un Grimmorio y las letras estaban impresas en la la tapa ricamente ornamentada con detalles de hojas, plantas y flores extrañas. Este detalle me subyugó desde el primer momento. Hasta las manos me temblaban cuando lo tomé y deposité en una mesilla contigua a uno de los mostradores. Mientras contemplaba y devoraba con los ojos el ejemplar percibí unos pasos ligeros a mi espalda. Un anciano con un curioso gorro de punta a modo de un gnomo me sonrió afablemente y con el dedo índice arrugado señaló el libro y me hizo entender que continuara hojeando mientras él se dedicaba a otros menesteres. De pronto me sentí sola en la librería. No me importaba. Estaba tan alucinada con el Grimmorio que continué contemplando las láminas,los dibujos, los colores, las letras exquisitamente situadas bajo la ilustración de un grifo, un dragón, una gárgola, un demonio, una bruja realizando hechizos, un basilisco, unos raros recipientes de aspecto medieval, calderos, probetas, frascos y muchas otras cosas más. Estaba tan fascinada que me olvidé del tiempo.

Toda la tarde estuve maravillándome de las coloridas ilustraciones, de los impresionantes detalles de las criaturas, de las recetas que exponían curas, sanaciones, remedios tanto para el cuerpo como para el alma. Supe que había dragones buenos que acompañaban a los héroes en sus aventuras. Doncellas malvadas que engañaban a criaturas bienintencionadas atraídas por la belleza de las muchachas, gnomos malvados, engañosos y crueles que tenían aviesas intenciones con los niños. Muchos detalles de las ilustraciones y de la historia que las complementaban los conocía porque había leído sobre los cuentos de los Hermanos Grimm. Eran cuentos sádicos, crueles y terroríficos que habían poblado las pesadillas de los niños de todo el mundo. Los cuentos estaban endulzados por argumentistas y novelistas modernos. Los psiquiatras y psicólogos que ofrecían una explicación psicoanalítica sobre los personajes, la historia y el desenlace habían intentado dar una explicación racional a dichas narraciones. Los dragones, grifos, mantícoras, quimeras, pájaros de fuego, gorgonas, serpientes gigantes, diablos, seres de ultratumba y otros poseían una característica común: tenían una receta para el lector al final de la historia.

Todos los seres y criaturas ofrecían la posibilidad de salir de los problemas o de evitarlos. No parecían que fueran especialmente terroríficos, pero advertían de ciertas acciones. No sabía si el Grimmorio estaba en venta. Imaginé que sería un libro muy costoso y  la intención de preguntárselo al extraño ancianito del gorro de gnomo. A pesar de tocar un timbre de bronce que encontré en el mostrador principal varias veces, el hombrecillo no aparecía. Juro que se me pasó por la cabeza llevarme el libro y desaparecer. Pero no era honesto. Jamás había robado un libro por muchas ganas que sintiera. Aunque la tentación era muy fuerte. Comprobé si había cámaras de seguridad en el establecimiento.

Pero no había cámara alguna. El anciano había desaparecido detrás de unas cortinas viejas y deshilachadas de terciopelo de color rojo carmesí. Volví al grimorio y abrí por una página. En letras góticas apareció una frase: La curiosidad es buena y deseable. La codicia es mala y reprobable. Has obrado bien porque en tu interior hay una pureza única ya que posees curiosidad, pero también dignidad. Detrás mío, el anciano me sonreía asintiendo. Indicó que dejara el libro sobre el mostrador y me acercara. Me entregó una llave de oro. Me dijo en voz muy baja que podía venir cuando quisiera a la librería y aunque él no estuviera dispusiera de los libros a mi antojo. Y que si entraba algún cliente o algún curioso que controlara a los visitantes y llamara al timbre si alguno se comportaba de forma inadecuada. Preguntó sobre mi disposición a convertirme en la guardiana del Grimmorio y de los viejos libros que­ se guardaban en la librería del barrio antiguo.

No podía imaginar que me sucediera algo semejante y contesté que aceptaba el cargo y la responsabilidad. Lo cierto es que estar entre libros de criaturas fantásticas y curiosidades legendarias era algo que siempre me había fascinado. Me dijo que podía venir cuando quisiera. No había horario. Incluso después del cierre de la librería. No se me ocurrió pensar en que algo siniestro podría ocultarse tras el rostro del extraño ancianito con aspecto de gnomo bondadoso. No había que temer nada. Yo era el relevo para convertirme en la nueva guardiana de la librería, aunque no apareciera con un gorro puntiagudo y llevara gafas como un enanito de Blancanieves. Era la guardiana del Grimmorio como en otras novelas o películas había guardianes del Santo Grial o del Tesoro de los Nibelungos. El tesoro del Grimmorio estaba bien protegido porque después de mí vendrían otros guardianes. Las manos me temblaban cuando volví a tomar el libro. Me senté en una butaca junto a una chimenea de hierro y comencé a leer la historia del hada Melusina y su secreto.

Después leí sobre los ingredientes para conservar el amor apasionado de un hombre en un recetario interior que poseía el fascinante libro. Así fue pasando el tiempo hasta que supe que era de noche. Escribí una nota para que el anciano librero supiera al día siguiente regresaría. Llevaba la llave de oro fuertemente sujeta en la mano. No me desprendería de ella. Era la llave de los sueños. Era la llave de las leyendas. Era la llave del Grimmorio.

grimmorio (1)

Ilustración de Rafa Mir

                                                                                                                                        Paloma Muñoz
Madrid, 25 de agosto 2021