36ª convocatoria: El Futuro

El futuro.

Ilustración de Paloma Muñoz

Futuro es…

Había noches en las que no dormíamos del ansia que teníamos de escucharnos y sentirnos. En la cama, o en el sofá, imaginábamos millones de historias. Esta fue una de ellas.

—¿Qué te sugiere la palabra futuro? —me preguntó.

—No sé, es algo que no me preocupa mucho. He aprendido a vivir el presente —respondí.

—¿Pero no tienes metas, no te interesa trabajar para llegar a algún sitio?

—Yo ya estoy en el mejor de los paraísos posibles cuando estoy en tus brazos, me sobran todos los futuros.

—Venga, va, tesoro, hablemos en serio…

—¿Te vendrías a vivir conmigo, querrías que nos casáramos, que tuviéramos hijos y formásemos una familia maravillosa?

—Pues no sé… A veces creo que todo eso está tan valorado y estereotipado que me da mucho vértigo no estar a la altura de lo que se espera y me parece más cómodo ni siquiera intentarlo.

—¿Pero a la altura de qué? No arriesgar, no ganar… Resignarse con lo que tienes es un sentimiento de cobardes o de víctimas del sistema.

—No, simplemente me salgo de los moldes, de lo que la sociedad espera de nosotros.

—Bueno, en realidad somos seres libres, no casarse es una opción como otra cualquiera, no tener hijos es otra opción. Dicen que las personas más inteligentes ni se casan ni tienen hijos. A mí la verdad es que me hacía ilusión… —dijo resignado.

—Anda, pon algo de música y tráeme un gin-tonic. ¡Esto no lo podríamos hacer si tuviéramos hijos!, o tendríamos que esperar a que estuvieran dormiditos —le animé sonriente—. Oye, de todos modos, ahora que lo pienso, tú no estás feliz, ¿no estás bien, así, conmigo, ahora?, me sorprende un poco tu pregunta.

—Me sorprende también tu respuesta. No te creas. Creía que me amabas.

—Y te amo, solo que no quiero casarme, me sentiría atada, como en una cárcel.

—No es atadura ni cárcel. Es compartir con respeto un compromiso de querernos y cuidarnos. Siento que todo lo nuestro es un castillo en el aire. Me gustaría crear una cimentación dura, sobre roca, donde edificarnos juntos. Solo eso, tampoco pido tanto, creo. ¿Sabes, cariño?, he soñado una cosa. De ahí la pregunta del futuro. He soñado que si hubiera un nuevo desastre natural, Noé nos metería en su gran arca como ejemplo del mejor hombre y la más inteligente mujer para ser los fundadores de la nueva Humanidad. Pero ahora entiendo que no estaríamos preparados para una empresa así.

—No creo que haya nadie preparado para algo así. Anda, ven, abrázame, tú eres mi mejor invento y el único recreo posible de mi inmensa humanidad.

—Ya… sí… pero estamos hablando idiomas diferentes. nena. Y creo que no estoy para perder el tiempo.  Me gustaría que te marchases.

Así que se despidieron como dos absolutos desconocidos y se abrazaron por última vez.

Enseguida él abrió su ordenador y se puso  buscar otro amor en una página de contactos. Todo ahora es muy fácil. El amor se encuentra a golpe de clic. Y no sirve porque la gente no se cuida, ni se compromete, ni se valora.

Ese es nuestro futuro: un clic adecuado en el momento correcto.

Olga Ruiz

Navidad de maldad

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Corrector@:  

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Navidad de maldad.

Navidad de maldad, navidad asquerosa. Es el mensaje infeliz de La Muñeca Apestosa.

Sí, la Muñeca Apestosa.

Una invención de mi calenturienta mente que no deja de trajinar como joder la navidad al personal.

Pero no creáis que le deseo una navidad maldita y desagradable a toda la Humanidad.

No.

Deseo una navidad catastróficamente chunga a ciertos seres que caminan a dos patas y que se han dedicado durante todo el año a hacer que este mundo sea cada vez más abyecto y pernicioso.

Ilustración de Rosa García

La Muñeca Apestosa es mi último recurso. Un recurso literario y metafórico. Es una muñeca como Pandora, pero en horrible, en nauseabundo, en repelente.

Todo  aquello que deseamos que le ocurra al alguien que te cae como una patada en el culo, te ha puteado, y sabes que lo ha hecho con otras personas a las que aprecias, todo aquel que está –cada día─ haciendo que este mundo sea más indeseable para vivir y que se apoya sobre una tarima o un atril; habla en público para soltar espumarajos de mierda y que se revuelca en su ignorancia y en su ignominia, tiene que sentir el repelente contacto de la Muñeca Apestosa. Oler su podrido aliento. Seguro que muchos de esos mequetrefes que viven en el mundo público (y de lo público) son halitósicos. Por lo tanto se sentirán en familia y bien acompañados.

Pandora era una bella creación hecha para la destrucción y la desgracia de los hombres y, por extensión, del género humano. La Muñeca Apestosa es fea y repelente y está hecha para construir, en vez de destruir, para arreglar en vez de destrozar, y ─sobre todo─ para  borrar el mal gusto y la iniquidad de los que se creen impunes e intocables.

Es una Pandora pero en el sentido contrario en fondo y en forma.

No tiene nombre. Es la Muñeca Apestosa que desea unas infeliz y maldita navidad a todos aquellos que no se la merecen.

A todos esos malditos roedores  y malditas roedoras que no hacen otra cosa que levantarse y maquinar a quién le va a tocar la tómbola del infortunio  aportando su granito de arena de hiena  para ver quién va tener un mal día, una desgracia, un susto.

A  todos ellos, la vengativa Muñeca  Apestosa se encargará de hacerles pasar unas navidades nefastas. Las peores de sus miserables vidas.

No lo dudéis. Compradla. Llevadla a vuestras casas. Regaladla de mil amores.

Es el mejor regalo para tan señaladas fiestas.

Qué paséis unas felices navidades.

Paloma Muñoz

4 de noviembre 2018

 

No me gusta el circo

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Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

No me gusta el circo.

Nunca me ha gustado el circo.

Siempre me ha parecido un lugar triste y desdichado.

Desde pequeña he tenido la sensación de que los que trabajaban en el circo eran desgraciados, y no podían sobrellevar su tristeza en otro lugar que no fuera el jodido circo.

Porque ―al fin y al cabo― en el circo, los artistas adoptaban un personaje, una ficción, una máscara.

Cuando veía una película ambientada en el circo siempre me encontraba con una tragedia griega, con una historia tremebunda, con unas vidas desesperadas.

En la película “El mayor espectáculo del mundo” del año 1952 hay una historia muy triste, la de un payaso encantador y muy risueño que esconde tras su maquillaje el inmenso dolor de tener que abandonar a su queridísima madre para esconderse de la justicia ya que antes de payaso fue un reputado médico que por una negligencia causó la muerte de un paciente y la policía lo busca para enchironarlo.

James Stewart daba vida al payaso-médico o al médico-payaso que salía haciendo sus gracias entre número y número circense.

Pero lo que verdaderamente me hacía llorar y que se me saltaran las lágrimas era cuando el pobre payaso se acercaba a las gradas y se sentaba junto a una encantadora ancianita con sombrerito y la abrazaba y besaba con gran ternura mientras  la señora se secaba las lágrimas.

Claro, era su madre que  seguía al circo  de ciudad en ciudad para poder  ver a su querido hijo  y estar junto a él aunque sólo fuera unos momentos.

James Stewart estaba sublime en esa película.

Y más sublime aún estaba cuando durante  un terrible accidente de tren  el circo queda destrozado,  y  tiene que atender a los heridos viéndose su pericia como cirujano descubriéndose el pastel.

Los amores contrariados y trágicos y los “menage a trois”, en esa película también ofrecen su espectáculo de tristeza y lágrimas.

Total, que la película es maravillosa pero sigo pensando que el circo me resulta detestable.

Un circo en plena meseta castellana con la trágica historia de amor entre Puck, el payaso, y Cecilia, guapa y ambiciosa también me hizo llorar mucho.

No por las artimañas de la zorra de Cecilia que le tiene al pobre Puck al borde del colapso mental y del otro sino por el papelón de la pobre Lina, la buena muchacha, que siempre ha amado a Puck y ve como Cecilia intenta arrebatárselo.

Se trata de la célebre zarzuela Las golondrinas.

De nuevo a llorar y a acordarme de los ancestros de los que inventaron el circo.

Es muy posible que exagere.

El circo tiene sus cosas buenas también.

Pero los payasos siempre me han dado pavor. Y no hablo de los payasos psicópatas y asesinos que tan de moda están ahora, sino por las trazas de los susodichos.

Cuando era  muy niña, mi padre me llevaba al famoso Circo Price a una gala de Reyes y me hacían fotografías con los payasos ― que serían muy buenas personas― pero a mí me daban mucho miedo.

Precisamente, tengo una fotografía en la que se me ve pequeña, muy mona, con una carita de susto impresionante junto a un payaso sonriente y paciente que está intentando hacerme reír pero que no lo consigue del todo.

Ilustración de Olga Ruiz

Volviendo a la actualidad de mi vida, los célebres Payasos de la tele me caían bastante mal.

Las canciones que cantaban como La gallina Turuleta, Susanita tiene un ratón, Mi barba tiene tres pelos, Feliz, feliz en tu día, etc, se me atragantaban.

Bueno, tal vez las canciones, no, pero ellos sí.

Ni Fofó, ni Miliki, ni Milikito, ni Gaby,  ni ninguno.

No era una niña porque ya tenía más años que el hilo negro cuando televisaban a los dichosos payasos, pero  no los tragaba. ¡Qué le vamos a hacer!

Cuando escuchaba a Fofó preguntar  ¿cómo están ustedes? me piraba.

Hay otras películas, historias, novelas y cuentos.

Uno de ellos era Martita en el circo, uno de mis preferidos.

Siempre que iba con mi padre a la biblioteca de la Telefónica en  el Centro Cultural Deportivo que la Compañía poseía en la Gran Vía de Madrid pasaba las horas muertas leyendo los libros de la colección de la cursi de Martita.

Entonces, tal vez, no odiaba tanto el circo, jajajajajaja.

En el fascinante y “espeso” mundo de la ópera, Pagliacci se lleva mi aplauso soberano porque es un dramón muy mediterráneo.

El lugar de la acción es un pueblecito de la Calabria italiana durante una fiesta religiosa, La Asunción, y a mediados del siglo XIX.

Total, drama asegurado por celos y cuernos.

No voy a contar la historia de celos, pasión y muerte de esta afamada ópera porque parece algo repetitivo pero el momento, momentazo del tenor lírico cantando y llorando Vesti la giubba es algo sublime y llorar se llora como un descosido.

Yo siempre he llorado al escuchar esta aria tan trágica.

Un pobre payaso que sólo sirven para que se rían de él como su mujer, Nedda, que se la pega con Silvio.

En fin que  aparte de los dramas, las tragedias, las lágrimas, y las emociones que despierta el circo y las alegrías de los payasos, los malabaristas, trapecistas y domadores, a pesar de que los circos con animales están en el entredicho y están empezando a prohibirlos, el circo es el mayor espectáculo del mundo.

Y no porque lo diga Cecil B. De Mille, es que lo digo yo aunque no me guste.

Paloma Muñoz
Dedicado al Circo Price
Madrid, 9 de abril 2018

El nombre de la Cosa

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El nombre de la Cosa.

Hace muchos años que vi una película horripilante cuyo título, La Cosa, me produjo una sensación de terror, asco, desasosiego y mal rollo impresionantes.

Nunca antes me había sentido tan mal. Bueno, me ocurrió algo parecido cuando vi Alien, el octavo pasajero, aunque no salí de la sala tan afectada.

Recuerdo que salí con las piernas que no me sostenían como Rambo.

Cuando vi Alien iba con unos amigos.

Durante  la proyección de La Cosa iba acompañada del que hoy es mi marido.

¡Pobre hombre, vaya tardecita que pasó!

Los dos salimos cagándonos en todo lo inimaginable después de asistir a ese espectáculo abominable de efectos especiales a cada cual más grotesco, espantoso, repulsivo y abyecto.

El director de esa “película de culto” según los expertos en la materia,  John Carpenter, dio el do de pecho con esa asquerosa película que copiaba la historia de la célebre El enigma del otro mundo de los años cincuenta.

Para nada se parecía.

Muy al contrario: el terror más deleznable y vomitivo se adueñaba de la historia que no escatimaba en escenas tan sumamente desagradables que herían cada dos por tres la sensibilidad del más pintado.

No voy a entrar en describir tales escenitas, basta con decir que en una ocasión me enviaron por el Facebook una publicación en la que, precisamente, se exhibían escenas de tan horrenda película pero hechas con ¡plastilina!

Pues aunque estuvieran hechas con plastilina seguían produciéndome un mal rollo indescriptible.

Recuerdo al presentador Florencio Solchaga presentando en la tele la película y diciendo muy serio y profesional:

‹‹ Las imágenes que van a presenciar son altamente violentas y terroríficas y pueden herir la sensibilidad de los telespectadores››  o algo así.

El bueno de Florencio Solchaga le hizo un gran favor a La Cosa porque la gente fue a verla a mansalva.

Además se presentó en el Festival de Sitges en el año 1982.

Pero a lo que voy, esta película me produjo mucho miedo y mucho asco.

Recuerdo que hubo gente que se salía de la sala. No me extraña. Yo casi salgo corriendo despavorida y ¡mira que me gustan las películas de terror y ciencia ficción! pero esta espeluznante “Cosa” me hizo odiar a John Carpenter.

No se trataba de lo que me hizo sentir Alien y su claustrofobia de peligrosos giros con esos pasillos y rincones tenebrosos de la nave Nostromo a la espera de que salga el jodido extraterrestre.

Porque  a pesar de lo repelente que era el  bicho, era eso… un bicho.

Pero esta cosa era un ser proteico que adoptaba  forma o formas terroríficas de pesadilla.

Y no quiero seguir dando más explicaciones que mala de la muerte me pongo.

Mucho miedo y mucho asco.

No volví a verla.

Eso me ahorré.

Por cierto, casi me alegro de que mi relato no tenga ilustración.

Gracias.

Paloma Muñoz

Madrid, 4 Octubre 2017

El silencio se paga: pacto de sangre

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Relato corto

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz.

Quedan reservados todos los derechos de autor.

El silencio se paga: pacto de sangre.

En la planta novena de un edificio ubicado al norte de Madrid, dedicado a la gestión del grupo Trip Hotels Blue, la mañana del diez de febrero de 2017 va a determinar el futuro de varios hombres malos. Y el que avisa no es traidor.

Define malo:

Adjetivo. De valor negativo, falto de las cualidades que cabe atribuirle por su naturaleza, función o destino// nocivo para la salud//que se opone a la lógica o a la moral, de mala vida y comportamiento//desagradable, doloroso// dicho de una cosa deteriorada o estropeada// Inhábil, torpe, especialmente  dirigido a su profesión// desfavorable// coloquialmente malvado.

—¿Algún nombre propio?:

—Muchos. Por ejemplo, el señor J., mi cuñado.

—¿Qué piensas hacer?

—No lo sé, dame un whisky doble y por el camino lo pienso.

—Aquí lo tienes.

*****************

—Señor  J. Donaldson, acaba de llegar su cuñado. —Avisa por el intercomunicador la eficiente secretaria Marisa. Una mujer de rictus serio, cetrino, extremadamente pálida con la piel transparente que muestra el lado más terrible en las venas de las manos. Allí está la fiel secretaria portando cincuenta primaveras tristísimas al Servicio de la Compañía.

—Cinco minutos. Termino de preparar unos papeles —apunta con voz tranquila desde el otro lado del intercomunicador el señor J.

—Perfecto.  Bueno, ya le ha escuchado —indica la secretaria dirigiéndose al familiar para añadir con un tono más conciliador—: Espere ahí un momento. Si le apetece puede sentarse en ese sofá, señor Nobody.

Son las siete y cinco y se abre la puerta del despacho principal.

—Adelante, puede pasar ya.

—¿Qué tal? ¿ Cómo se encuentra hoy mi cuñado preferido? —dice el señor Donaldson—. Venga, pasa…

El cuñado está desaliñado y huele a tabaco, alcohol y sudor en una mezcla insoportable. Ese olor hediondo de los mendigos que llevan días sin lavarse. Aunque lleve una camisa de Armani y un traje de Valentino impecable su aspecto es inmundo.

—Me siento muy mal —confirma.

—Ya, ya te veo… ¿Pero qué te pasa? —pregunta el señor Donalson.

—¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa? ¿Qué me pasa…? —grita in crescendo.

—¡Ey! ¡Ey! Relax… —El señor Donalson le invita a calmarse con un gesto de palmas hacia el suelo y una sonrisa. Añade—: Con esa pinta no puedes ir a casa. Menuda se pondría mi hermana. Además, ahora mismo te pasas por el hotel del grupo, duermes, te aseas, te afeitas y vuelves a casa como si hoy hubiéramos estado todo el día juntos. Yo te cubro. Que para eso somos cuñados. Venga, arriba ese corazón y esa cabeza. —Anima a su cuñado dándole palmaditas en el hombro izquierdo y apretándole la mano con firmeza—: Pero, macho, ¿por qué estás así?

—Han reabierto el caso. Han aparecido nuevas pruebas. Creo que la Guardia Civil me está pinchando el teléfono. Me vigilan.

—Pero ¿de qué hablas? ¿Estás neurótico o qué?

—No, no estoy neurótico. Estoy agotado. No puedo quitarme toda esta mierda de la cabeza.

—Venga, hombre del norte. ¿Qué coño te está pasando? Tú eres el señor Nobody, no existes. ¿Sabes? No tengo que recordarte nada. Nobody else, nobody knows, nobody cares.

—Aquello fue una mierda. No estuvo bien. No tenía que haber participado en la barbarie.

—Oye, venga, ya, tío, ¡cállate! —le grita—. Este no es el sitio ni la hora. Estás empezando a preocuparme. Hay que mantener el pico cerrado. Tú deberías saberlo. No me comprometas, ¿eh?

El señor J. maneja perfectamente las situaciones de estrés, se levanta, se acerca al mueble bar y retira un vaso con hielos para servirse un café solo. A continuación saca un cigarrillo y lo enciende.

—¿Quieres uno? —Le ofrece.

—No, gracias. Estoy saturado de nicotina. He fumado más en este mes que en el último año —dice el cuñado, y con bastante enojo le reprocha—: Tú estás muy tranquilo… Tú sí. Siempre estás tranquilo. Controlando toda la situación.

—No me jodas. ¿Pero a ti qué te pasa?

—Los avances científicos han mejorado las técnicas de identificación por huella. No teníamos que haber dejado los guantes allí. Todos los tiramos encima de las chicas. Me han filtrado que están trabajando con ellos en Criminalística. Que a través de un pequeño fragmento incrustado en la parte interior de los guantes pueden identificarnos a todos. Nuestras huellas palmares ensangrentadas también están en las puertas, en las sillas, por todas partes del escenario del crimen. Sin contar el ADN. Están usando otra vez cámaras de alta resolución con no se qué productos químicos. Se lo llevaron todo. Tú lo sabes… Puertas, mesas, sillas, hay huellas por todas partes.

—¿Pero de qué coño hablas?

—Eres un cacho cabrón. Un cacho cabrón hijo de puta. Si tus empleados supieran lo que has hecho, si supieran quién eres realmente, te vomitarían en la cara. Y tu mujer, y tus encantadoras hijas.

—Y cállate ya que me estás poniendo negro.

El acaudalado empresario se acerca al cuñado y le propina un puñetazo en la cara, más o menos entre el pómulo derecho y el labio. El cuñado aterriza en el sofá de cuero azul. Le mira aterrorizado. Siente el miedo. Siente la ira del asesino, pero saca una pequeña sonrisa maliciosa y se dirige nuevamente a él.

—No me vas a acobardar… ya no.

—Mira, macho… —El señor J. se sienta a su lado, y en tono conciliador le dice—:  Aquello fue en un invernadero. Tú deberías saber ya que aunque las huellas permanecen en el tiempo, las condiciones medioambientales determinan su grado de conservación. La cresta en la humedad se expande y se pierde información. Deberías estar tranquilo. Y callado. El poder y el silencio se pagan. Deberías saberlo. 

Ilustración de Paloma Muñoz

—No. No lo sabía cuando llegué a esta familia. Yo era un hombre de pueblo, un tío normal y feliz con sus galgos y su ganado. Y me has convertido en una marioneta de tu empresa. No estoy tranquilo. Todo me supera.

—¡Venga ya! ¡Vas a comparar tu vida de mierda con la vida que tienes ahora! Puedes viajar todo lo que quieras, tienes a tu disposición todas las putas que quieras, tienes dinero, hoteles, coches, motos, casas por medio mundo, amigos, y la seguridad del poder. Ahora ya perteneces a un clan donde nos ayudamos y nos protegemos todos. Nunca lo olvides.

—Pero es que han vuelto a interrogarme. Han vuelto. Y han salido en las noticias nuevas pruebas. La sargento Juanito no para de salir en las noticias apuntando el tema de las huellas, que si hay muchísimas, que si todos los muertos hablan, que si su equipo está procesando nuevamente los datos y cotejándolos con las nuevas bases del SAID (un sistema automático de identificación dactilar). Y un tal sargento Domínguez, que asegura que se conseguirá la reconstrucción total de las huellas de las chicas. Y otro tal brigada Raúl que trabaja con los objetos y lo coteja con las palmares.

—No tienen ni idea. La Guardia Civil sabe que no hay nada de dónde tirar. Ninguno de nosotros está en su base de datos. No somos delincuentes. Por eso queman los cartuchos e intentan cerrar el cerco y lo publican en la prensa, para acojonar, para que alguno se vaya de la lengua, pero nadie se va a ir de la lengua. Estate seguro.

—Y eso del tratado Prum… Comparten huellas con otros catorce países…

—Ya está bien. Le das demasiadas vueltas a las cosas. Relájate ya de una puta vez.

—No estuvo bien. Cada vez que veo a mis hijas me acuerdo de aquello. De aquellas dos chicas, de lo que les hicimos. No era necesario.

—Sí, sí lo era. Era una prueba de lealtad. Era una prueba para que tú hicieras lo que nosotros te dijimos. Para que lo hicieras, sin rechistar. Para saber hasta dónde podrías llegar para estar a nuestro lado. Las chicas fueron daños colaterales. Hay miles de chicas.

—Sí, pero eran chicas normales, como tus hijas, con toda una vida por delante.

—No digas majaderías. Eran unas pequeñas delincuentes. Carne de cañón. Carnaza de embarazos prematuros y vida entre drogas y churumbeles.

—Ya nunca lo sabremos.

—Oye, de verdad, o te callas de una vez o voy a tener que tomar medidas.

Entonces el señor J. se levanta, se dirige a su mesa de trabajo, pulsa el intercomunicador y dice:

—Marisa, por favor, dígale al doctor Perezuela, de la Clínica Mistral, el responsable de la vigilancia de la salud de nuestra empresa, que tengo una urgencia código 1, y que tiene que venir lo más rápido posible con el equipo.

Al otro lado se escucha:

—De acuerdo. Ahora mismo le digo que venga.

El señor J. se dirige a su cuñado, se pone a su altura, le mira a la cara y con cierto aire paternal le comenta:

—Mira, en serio, no estás bien. No puedes estar diciendo tantas tonterías a estas horas de la mañana. Te inventas cosas, te estás empezando a volver loco…

—No, no me invento nada. Tú sabes que no.

—De acuerdo. Vamos a hacer una cosa. Ahora cuando llegue el doctor Perezuela, te vas a ir con él unos días, a su casa, al campo, a respirar aire puro, ¿de acuerdo? Y después, a la vuelta, ya veremos si cursamos una baja laboral o seguimos adelante con tu internamiento.

—¿A mí?

—Sí, a ti. Es por tu bien —puntualiza el señor J.—. No debes hablar con nadie. No debes hablar simplemente…

El hombre delgado, el señor Nobody, casi cadavérico, se levanta, se quita la chaqueta, se remanga, se afloja aún más el nudo de la corbata, se desabrocha los dos botones superiores de la camisa, comienza a sudar, un sudor frío, un sudor de mierda que le corta la nuca… Algo va mal. Y apunta:

—Esto no es lo que esperaba de ti. ¿Me vas a internar en un manicomio? ¿En serio?

—Sí. No cabe otra… O eso, o te tiras ahora mismo por la ventana. O puede que mañana aparezcas muerto en tu Porsche descapotable por sobredosis. Pero no podemos permitir que un panoli como tú nos denuncie a todos. Porque eres un flojo de mente y de corazón. Y me avergüenzo. No debería haber contado contigo. No tienes cojones.

—¿Puedo irme? Necesito respirar, me ahogo —pregunta el señor Nobody dirigiéndose a la puerta. Entonces el gran hombre se interpone en su camino y le frena en seco.

—No. De aquí ya no sales a no ser acompañado y bajo supervisión médica. Siéntate en el sofá, abre las piernas, coloca la cabeza entre ellas, respira. Y si te mareas, túmbate.

—Pareces una buena persona pero eres un monstruo —bufa el señor Nobody y recula hacia el sofá nuevamente. Muy triste, con la mirada perdida en el gran ventanal desde la que se divisa todo Madrid añade—: Todavía puedo verte devorando los dedos de los pies de esas chicas, uno a uno, mientras lloraban desesperadas y gritaban de dolor, todavía vivas. Las chicas de Socuellamos, ¿lo recuerdas? Y a tu gran amigo, el Perezuela, arrancándole los pezones, y a todos los bárbaros destrozándolas por dentro y por fuera. De eso no me voy a olvidar nunca.

—No sé qué te has tomado, de verdad, cabrón, pero deja de decir todas esas gilipolleces o te daré otro puñetazo.

—Voy al baño, necesito lavarme la cara.

—Sí, por supuesto, pasa aquí, al aseo, y si quieres, en la estantería hay un poco de coca. Creo que necesitas relajarte. Tómate una rayita.

Entonces, el flojo, el débil, el poca cosa, el señor Nobody se arrastra hacia ese minúsculo cubículo llamado aseo, se mira en el espejo, observa lo poco que queda de aquel hombre que fue, no puede ni sonreír a su reflejo, saca su teléfono móvil Samsung S7 y pulsa la tecla roja con un cuadrado negro. Stop. Y para la grabación. Acto seguido la comparte en su Facebook. Millones de usuarios en red la escuchan y la comparten. Su mujer, sus hijas, sus amigos, sus empleados, todos perplejos.

Y después, después abre la ventana de aquel aseo minimalista y se tira al vacío.

*********

*Esta historia es pura ficción. Cualquier coincidencia con la realidad será un despropósito del  azar.

Olga Ruiz Trinidad.

Otro día mas

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Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Otro día mas.

Otro día más, sentado junto a la ventana esperando la inevitable visita de la parca. Monotonía, aburrimiento y desespero acompañados por un café con leche frío, con sacarina, que el azúcar lo tengo prohibido.

El sol se levanta y se acuesta, pero yo sigo aquí, sin nada mejor que hacer. Y lo peor es que siempre ha sido así, o al menos, yo no recuerdo nada antes de esto.

Tengo setenta y cinco años y hace unos meses me diagnosticaron una demencia neurodegenerativa, una de esas noticias que asusta y desmorona. Al principio me obsesioné, me horrorizaba pensar que esas pequeñas lagunas se convertirían en mi día a día. Pero en el fondo sabía que no podría hacer nada por evitarlo. Escribí mis momentos más especiales en libros en blanco. Qué difícil es resumir toda una vida… El problema es que ya no soy capaz de distinguir lo que realmente viví de lo que mi imaginación creó.

Hay días que todo se ve claro, la neblina desaparece y, de un momento a otro, simplemente ya no soy capaz de hacer las cosas más sencillas.

Lo peor es cuando estoy con mi nieto… Me habla cada día de sus amigos, de las clases, de las actividades extraescolares que ha elegido este curso, pero no consigo acordarme de todo lo que me ha ido explicado. Siempre que puedo intento que no se note, pero sé que llegará el día en que no seré capaz de fingir.

Como os decía, paso la mayor parte del día sentado en mi viejo sillón, escuchando el bullicio de esta increíble ciudad. A veces, siento que los años no han pasado, que soy joven de nuevo y que algo me llama. Miro por la ventana a la espera de una señal, de algún signo que desvele el misterio que mi memoria no es capaz de resolver. Pero no hay nada. Solo esos extraños pajarracos oscuros, que vuelan alrededor de la farola de mi calle al anochecer.

–¡Abuelo! –grita una voz infantil, que se acerca corriendo desde la puerta.

–María, ¿eres tú? ¿Por qué llevas el pelo tan corto?

–No, abuelo… Soy yo, Dani.

Así es mi vida. Ni siquiera puedo reconocer a mi propio nieto, confundiéndole constantemente con mi hija cuando tenía seis años.

–Pásale al abuelo su café y la pastilla roja, ¿quieres? Estas malditas piernas hoy no quieren trabajar.

Con una mueca engullo la pastilla, parece que mi garganta está de vacaciones.

–Hoy he tenido clase de pintura y te he hecho un dibujo. ¿Te gusta? –me pregunta, mientras me ofrece con los ojos brillantes un papel.

–Es muy bonito, Daniel. Es un… ese pájaro negro, no me sale el nombre… Ayúdame, hijo…

–Es un murciélago, abuelo. Siempre te han gustado, ¿lo recuerdas?

–¡Murciélagos! Como el de mi taza, y los de la ventana. Parece que me persiguen, ¿verdad?

Mi nieto suelta una carcajada sonora, mientras me mira con asombro. Siempre pasa por mi casa a esa misma hora, y al parecer, siempre tenemos conversaciones muy similares. Pero a él no le importa, le gusta pasar el tiempo a mi lado, y a mí todavía más.

Así que, esta es mi vida. Aburrida, ¿verdad? En el fondo, al llegar a cierta edad, a todos nos hacen a un lado, y debemos buscar la manera de entretenernos. Yo seguiré mirando por la ventana, con la tele de fondo, tomando pastillas para sobrevivir un día más, y con esa sensación chispeante de que alguna vez fui alguien que ya no recuerdo.

Carme Sanchis

Ilustración de Jordi Ponce

Nunca jamás

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Corto

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nunca jamás.

Ilustración de Verónica Lopez

Como cada mañana, Clarisse se levantaba temprano y preparaba el desayuno para los tres, el suyo, el de su marido, Mark, y el de su hijo, James.

Se frotaba las manos en el blanco delantal y se recolocaba el escote de su vestido de cuadros rojos y blancos de vichy. Tenía que estar preciosa para su marido.

Él hacía lo mismo todas las mañanas. Se peinaba, se afeitaba y suspiraba justo antes de entrar a la cocina.

–¿Vamos a tener la misma escena todos los días? –Preguntaba Mark, con el semblante asqueado frente a los huevos fritos con beicon–. ¿Cada día lo mismo?

–Querido, tienes que coger fuerzas. Hoy va a ser un duro día en la oficina, tienes que comer bien.

Él volvía a suspirar, boqueaba, intentando decir algo que siempre moría en el camino entre sus pensamientos y sus labios. Cada día lo mismo.

Y como siempre, después de suspirar, cogía las llaves de su flamante automóvil y se marchaba al trabajo.

Mientras canturreaba una canción, Clarisse despertaba al niño.

–Buenos días cielo, ¿cómo has dormido? –le besaba la frente y le ayudaba a incorporarse.

–Hoy he viajado al país de los cuentos otra vez, mamá. Ese que aparece en el libro que me lees antes de ir a dormir; el de los niños perdidos y los piratas.

–¿Nunca Jamás? –preguntó ella, divertida–. Así, ¡has estado con Peter Pan!

–¡Cómo todas las noches, mamá!

Lo ayudaba a vestirse y a acicalarse. Le encantaba sentir como sus tiernos bracitos se escurrían por las mangas de la camiseta interior y ese olor a niño, siempre tan dulce. Le peinaba y fijaba el pelo, le abotonaba la camisa y le ponía los zapatitos.

Cuando el niño llegaba al comedor tenía el aún humeante desayuno servido, y comía con voracidad bajo la atenta mirada de su amante madre.

Después salía a jugar al jardín. Nunca le habían obligado a ir al colegio, por lo que disfrutaba del canto de los pájaros y el olor de las flores bajo la suave brisa estival.

Después que ella acabara sus quehaceres matutinos, salían a comprar al mercado, siempre productos frescos, pues su marido no toleraba otros. El pequeño, siempre atento a los cuchicheos de aburridas amas de casa, era el perfecto confidente con el que tener charlas chismosas de camino de vuelta al hogar.

–He oído que los O’Neil están pasando por una mala situación –comentaba él, esperando la aprobación de su madre.

–Esos siempre están pasando apuros, jamás creas nada de lo que dicen –sonreía ella–. Sin embargo, los Davidson tienen problemas con su asistenta…

Y así discurrían las mañanas, con ambos cuchicheando en la cocina mientras ella preparaba el suculento almuerzo.

La hora de la comida era una delicia, aunque no estaba establecida como un festín, sino más bien un tentempié, ella vivía, a partes iguales, para cocinar y cuidar de su familia.

A su hijo le encantaba el pollo al horno y por eso era lo que cocinaba prácticamente a diario, variando un poco las recetas.

Por la tarde ella le dejaba dormir la siesta y lo observaba embelesada, sintiendo dentro de sí esa mezcla de inocencia y propiedad que le producía un gran sosiego. Su hijo, su pequeño, por tanto tiempo deseado, dormía con la tranquilidad de los ángeles.

En cuanto despertaba merendaban leche con galletas y se preparaban para salir a dar una vuelta por el parque.

El sitio era enorme y contaba con infinidad de distracciones para los pequeños. Siempre se acercaban al lago, donde unos solícitos patos les saludaban cuál perritos, esperando su ración diaria de pan duro. Notaba las miradas de soslayo de los paseantes al escuchar el tintineo de la risa infantil de su pequeño, y ella se erguía con el orgullo que le proporcionaba el ser la mejor madre del mundo.

Pasaban juntos todo el día, era su pequeño, su tesoro, su ángel.

A menudo, al volver a casa y si aún era temprano para el regreso de Mark, preparaban tartas o galletas para el postre. Posteriormente, había que empezar a cocinar la cena, intentaba hacer menús variados y equilibrados, de modo que no repetía casi nunca.

El pequeño no solía estar despierto cuando su padre llegaba, no podía permitir que se acostara tan tarde. Así que sobre las 6 de la tarde, las 7 como muy tarde, le daba la cena y el postre, lo bañaba con agua caliente y le ponía el pijama limpio con sus iniciales. Le abría la cama, siempre con la temperatura perfecta, y le leía un libro para que se durmiera, siempre el mismo; Peter Pan.

–Mamá, ¿dónde está exactamente Nunca Jamás? –preguntaba James, bostezando, justo antes de dormirse.

–La segunda estrella a la derecha, y luego recto hasta el alba.

–¿Podré ir algún día? –murmuraba en sus sueños.

–Ya estás allí.

Le besaba la frente y le acariciaba el pelo, después lo arropaba y bajaba al comedor, oyendo la suave respiración de su hijo aun cuando estaba demasiado lejos para hacerlo.

Cuando su marido llegaba ya le tenía el baño preparado. Él aparcaba el automóvil, entraba en casa suspirando, se quitaba los zapatos y se metía en el cuarto de baño.

Ella aprovechaba ese rato que le quedaba libre para ensimismarse en sus pensamientos mientras arreglaba la colada y planchaba la ropa para el día siguiente.

Cuando él salía del baño cenaban entre suspiros. Él boqueaba, siempre al borde de decir algo, pero ella no le dejaba hablar, concentrada como estaba en contarle su fantástico día con el pequeño, que cada día se parecía más a él.

–Clarisse –decía él de vez en cuando, para pedir turno de palabra.

–¡Deberías haber visto los patos, desesperados por un trozo de pan! –reía ella–. Las carcajadas de James han atraído las miradas de todos los que estaban por allí.

–Clarisse…

–Y después, ese que está más gordo, el marrón, se ha subido encima de uno de los pequeños, ¡y lo ha hundido!

–¡Clarisse! –gritó finalmente.

–¡Dime, Mark! –respondió ella, irritada.

–Ya está bien, Clarisse… Esto que estás haciendo con el niño no es normal.

–¿Por qué no es normal? –estalló – ¿Ya estamos otra vez con que no puede pasar tanto tiempo conmigo? ¿Me vas a decir que tiene que ir a la escuela? ¿Me quieres decir que lo estoy malcriando?

–No es eso…

–Entonces, ¿qué es? ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? –lloró.

–Clarisse, tienes que aceptarlo…

–¿Aceptar el qué?

–Ya no está aquí.

El silencio cayó sobre ellos más pesado que una losa. Ya no estaba allí. Su pequeñito ya no estaba con ella.

Lo recordaba. Recordaba que un día habían ido a pasear, que habían estado jugando con los patos y habían estado cocinando. Recordaba que lo había bañado y que lo había acostado, y que después ella y su marido habían cenado. Recordaba que había apagado todas las luces de la casa y se había acercado a la habitación de James a verlo dormir. Recordaba que se había acercado a él y lo había oído respirar. Recordaba que había pensado en la fragilidad de la vida y en cómo de delgado era el hilo del destino. Recordaba que había querido comprobarlo, que, como ya había hecho otras veces, había sentido la necesidad de cuidar de su tesoro más preciado. Recordó cómo le había acercado las manos a la garganta y había apretado, sin ninguna mala intención, solamente para comprobar como de delgados eran esos huesecitos. Y apretó, y oyó que el aire dejaba de salir por la boca y la naricita de su pequeño querubín. Recordó que pensó en dejarlo y notó que el pequeño convulsionaba, pero seguía con las dudas. Ella era la mejor madre del mundo, debía serlo y, por eso, siguió apretando hasta que el pequeño dejó de moverse y la miró, con su profundo azul, que se había ido apagando a medida que dejaba este mundo para viajar, para siempre, a Nunca Jamás.

–¿Por qué, Clarisse? ¿Por qué? –preguntó él, mirándola fijamente por primera vez en mucho tiempo.

–Porque soy la mejor madre del mundo, Mark –sonrió ella, secándose una solitaria lágrima silenciosa que le recorría la mejilla.

Se levantó y recogió la mesa, lavó los platos y fue a acostarse.

Antes de apagar la luz, ambos tumbados en la cama, Clarisse dijo, después de un profundo suspiro:

–James aún está esperando que le des su beso de buenas noches.

María Cristina Salvans

Sé lo que hicisteis el último verano

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sé lo que hicisteis el último verano.

Con el ánimo bajo, después de unas semanas de inactividad que le habían dejado demasiado tiempo para pensar, Vincent intentaba hacer frente a un nuevo día de papeleo. Desde que el comisario le había informado del retraso de los informes, había destinado a dos de los agentes más veteranos a realizar los trámites más simples, a cambio de la comodidad de no tener que salir a vigilar las calles. Por eso motivo, pasaba el día corrigiendo y confirmando datos, y grabando su firma en cientos de hojas mecanografiadas.

Dormía poco, pues al permanecer todo el día sentado en su cómoda butaca, apenas tenía sueño cuando llegaba a la cama. Se acarició su corta barba con la mano derecha, notando como ya raspaba un poco.

–Ha llegado un hombre bastante inquieto que pide ayuda –indicó Javier abriendo la puerta del despacho–. Tartamudeaba tanto que el pobre Ramón me ha llamado desesperado. –El inspector trazó en su rostro una risa torcida, por fin había llegado la acción–. Creo que debería hablar directamente contigo. Parece que está un poco trastornado.

–¿Has conseguido entenderle algo?

–Habla de una sombra que lo observa. En serio, ve con cuidado que está muy alterado.

–Venga, no te preocupes tanto. Hazle pasar y sigue con tus cosas. Ya me encargo yo.

Retiró los documentos ya terminados, listos para viajar hasta otras manos. Los depositó dentro de una caja y le dio permiso para entrar a su visitante, que golpeaba levemente la puerta entreabierta. El aspecto de aquel hombre era deplorable. Se veía a simple vista que llevaba la misma ropa desde hacía tiempo, que no se había aseado desde el mismo y que necesitaba muchas horas de sueño. Un olor intenso, mezcla de colonia fresca y sudor, inundó la habitación.

–Siéntese, por favor –ordenó, una vez el señor cerró la puerta–. Soy el inspector Vincent Barrett. Mi compañero me ha comentado que solicita nuestra ayuda. Así que, me gustaría que se calmase, respirase hondo y me explicase todo lo que usted crea necesario.

–Muchas gracias por atenderme, inspector –respondió precipitadamente, sentándose en la silla vacía, mirando fijamente al sombrero que llevaba en la mano–. Yo, yo no quiero molestar a nadie, a nadie, pero ya, ya no soporto más está situación.

–Bueno, haga lo que le pido. Cuanto antes empiece antes terminará. Preséntese, explíqueme qué le ha pasado y cómo puedo ayudarle.

–Está bien –afirmó, levantando la vista–. Me llamo Iván Saldaña, tengo ya cuarenta y siete años y trabajo en la misma fábrica desde los treinta. Vivo solo, en el bloque de pisos de la calle de la Cruz, en el 4º A. –Guardó silencio por unos segundos, intentando organizar sus ideas antes de seguir–. Sé que lo que le explicaré le resultará… bueno, difícil de creer. Pero le aseguro, le juro, que todo es cierto –inspiró profundamente, y continuó–. Hace un par de semanas, me levanté por la noche a beber un vaso de agua, hacía mucho calor. Cuando entré en la cocina, lo hice a oscuras, nunca enciendo la luz por la noche, para no desvelarme. Cogí la botella fría del frigorífico, un vaso del fregadero y… allí estaba él…

–¿Quién? –preguntó Vincent, intrigado.

–Una sombra, justo en la ventana de delante, inmóvil, observándome. –La voz le volvió a titubear, pero se recuperó para lanzar su acusación–. El señor Julio Moran, mi vecino de enfrente, más conocido como el vigilante. Esa fue la primera vez que lo vi, pero no ha sido la única. Desde entonces, cada vez que paso por la cocina allí está él, su sombra inerte mirándome fijamente, esperando… ¡pero no sé qué quiere de mí!

–¿Está seguro que es su vecino? Si se trata de una sombra, ¿cómo sabe que le está mirando?

Iván empezó a temblar. Sentía la mirada acusadora del inspector, que le observaba juzgando su historia, como si no creyese lo que le estaba contando. Tenía que demostrar que lo que decía era verdad, que estaba viviendo en una pesadilla.

–Ese hombre está loco, lo juro. Antes, ¡antes gritaba continuamente! –exclamó, y cambió el tono de voz para imitarle, gesticulando estrambóticamente–: ¡Niños! ¡Ya está bien, niños! ¡Callaos ya! ¡Me estáis volviendo loco! –Los gritos llamaron la atención de los agentes de la comisaria. Siguió imitándole y, cuando terminó, permaneció en silencio, a la espera de una réplica.

–Me ha parecido escuchar que su vecino gritaba… En pasado. Es decir, que ya no lo hace –señaló Vincent.

–¡Exacto! Ya no grita, ya no se le oye nunca. Excesivamente silencioso…

–Y, ¿qué podemos hacer por usted?

–Investigar la verdad.

–Entiendo… –Parpadeó un par de veces, mientras intentaba comprender el motivo por el que aquel hombre estaba en su despacho–. A ver si me ha quedado claro. Su vecino le molestaba con los gritos, pero ya no lo hace y, usted, quiere que investigue por qué ya no grita y, por qué se queda parado delante de la ventana.

–Sí, por favor. Tiene que ayudarme.

El silencio invadió de nuevo la habitación, hasta que el inspector se echó a reír.

–Lo siento, señor Saldaña, pero su vecino no está haciendo nada malo. No puedo entrar en su casa porque esté todo el día en silencio. ¿Qué hago? ¿Abro su puerta y le acuso de ser demasiado silencioso? –Abrió su pitillera y se puso un cigarrillo entre los labios–. Y en cuanto a la sombra, seguramente tiene una buena explicación.

–¡Usted no lo entiende! ¡Él me observa desde su casa, inmóvil, en silencio, juzgando cada uno de mis actos! ¡Él! –Las palabras se le amontonaban en la garganta, pero el recuerdo de aquella figura lo enmudeció. Empalideció en el acto, segregando aquel sudor frío que Vincent observaba tanto en su despacho. Todo su cuerpo temblaba, y solo podía repetir una y otra vez aquella palabra: ¡Él!

El inspector Barrett se levantó después de un largo suspiro. Dejó el cigarro sobre la mesa, se acercó al pequeño mueble que había tras él y sacó dos vasos y una jarra de agua. Si aquel hombre seguía por aquel camino terminaría sufriendo un infarto. Resultaba evidente que algo le perturbaba, una idea iba creciendo en su interior, y su obligación, en cierto modo, era ayudarle.

Le ofreció el vaso repleto de agua a su visitante y se bebió el suyo de un trago.

–Sus luces están siempre apagadas. Menos cuando aparece esa figura. Sé que lo hace para asustarme, me observa desde su casa –hablaba sin apenas mover los labios, como delirante, con los ojos cerrados–. Se queda mirándome, en silencio, esperando que lo admita. Lo sabe, él lo sabe todo. Por eso está allí. ¡Quiere que me vuelva loco!

–Está bien, cálmese. Le diré lo que vamos a hacer –empezó, dejándose caer en su butaca. Apoyó los codos en la mesa y entrelazó sus manos. Iván levantó la mirada y selló sus labios–. Mi compañero y yo nos pasaremos por su bloque de pisos. Visitaremos a su vecino con alguna excusa relacionada con la nueva ley ciudadana, y después le visitaremos a usted, para explicarle lo que hayamos podido averiguar. –Cogió una hoja de su bloc de notas y se la entregó al señor, junto con un lápiz–. Aunque le advierto que si no está haciendo nada malo, daremos el misterio por finalizado, ¿está claro?

–Muchas gracias, inspector –respondió, mientras escribía con una letra cursiva, producida por su temblores–. De verdad, gracias por ayudarme, me siento tan desesperado…

–Espérenos en su casa, pasaremos esta tarde. Y no haga ninguna tontería –advirtió Vincent, levantándose de su butaca, invitando a su visitante a que hiciese lo mismo–. Gracias por su visita.

–Gracias, gracias a usted por su atención. Buenos días.

El hombre menudo salió del despacho después de hacer una corta reverencia, con el sombrero en la mano. Parecía satisfecho con la propuesta de Vincent pero, ¿cuánto le duraría la tranquilidad? El inspector se encendió el cigarrillo mientras su compañero regresaba a la habitación con ojos curiosos.

–¿Qué? ¿Has conseguido entender algo? –preguntó Javier, de pie frente a la mesa.

–Pues sí, hombre; si no, no se hubiese ido con esa sonrisa en la cara –respondió entre risas. Expulsó el humo despacio, observando cómo se expandía por toda la habitación, matando el olor de sudor de aquel hombre angustiado–. Al parecer se ha obsesionado con su vecino, dice que le observa. No sé si tendrá motivos para hacerlo o si sufre algún tipo de delirio, pero le he dicho que pasaremos esta tarde.

–¿En serio? Y, ¿qué se supone que vamos a hacer?

–Visitamos al vecino, vemos si es un tipo normal, y si no vemos nada sospechoso, nos vamos de allí. No nos cuesta nada, Javi.

–Está bien, pero hoy invitas tú a comer.

–Espero que este caso valga la pena –bromeó el inspector–, no quiero haberte invitado por las alucinaciones de un chiflado.

Los dos compañeros se echaron a reír, mientras la comisaria seguía su curso, llena de agentes asistiendo a ciudadanos, acusados y culpables. El verano avanzaba sin llamar demasiado la atención, pero pronto llegarían las altas temperaturas.

~***~

La calle de la Cruz estaba repleta de edificios altos, todos con tonos entre el blanco y el crudo. Era una de las zonas más ricas de la ciudad. Un hombre pasó por el lado de los dos agentes y los observó con asombro, saludándoles cortésmente. Justo al lado del edificio que deberían visitar, encontraron un pequeño jardín coronado con una diminuta cruz, aquella que le daba nombre a la calle.

Vincent se acercó hasta el portal y golpeó la puerta, a la que acudió inmediatamente un hombre curvado con la barba blanquecina y los ojos grisáceos. Sonrió con el encanto de un chiquillo, y les dio pasó con palabras de admiración:

–Estoy a su servicio, mis señores. Es un honor recibir una visita tan memorable. Sus hazañas son bien conocidas, señor Barrett.

–Encantado de conocerle, señor –respondió Vincent, con alegría. Era difícil encontrar a personas tan amables por el mundo, y había que aprovechar aquellos encuentros–. Somos nosotros los que estamos al servicio de los ciudadanos. Venimos a visitar al señor Moran.

–Oh, por supuesto. Está ahora mismo en su casa. Les acompañaré hasta su puerta.

–No, no será necesario. Quédese usted en el portal, continúe con su trabajo –añadió el inspector.

–Como guste, señor.

El hombre agachó la cabeza con gesto obediente y se dirigió hacía su silla de madera, encendiendo antes de sentarse la radio que tenía a su lado. La música viajó por las ondas hertzianas hasta aquel edificio, invadiendo la habitación con el sonido de un saxofón. Subieron hasta el cuarto piso acompañados por los jadeos de Javier, que sentía sus piernas temblar con cada nuevo peldaño de madera.

Vincent golpeó la puerta con los nudillos y esperó una respuesta. Pasados unos minutos, insistió. A pesar de que el portero había afirmado que debía estar en casa, nadie les abría la puerta.

–Puede que esté en el baño –resopló Javier–. Quizá no nos puede atender en este momento.

–Tal vez… Visitaremos primero a nuestro amigo…

El señor Iván Saldaña abrió inmediatamente la puerta, asomando la cabeza primero para confirmar que no había nadie más en el rellano esperando para poder colarse en su hogar. Parecía tan nervioso como cuando acudió a la comisaria, pero al ver cómo tenía la casa, se incrementó la preocupación de los agentes.

El olor a comida en mal estado y basura en general penetró en los poros de los dos hombres, que se llevaron la mano a la nariz, al borde de las náuseas. Desde la puerta se podía ver una pequeña parte del salón, gracias a la poca luz que se adentraba en la oscuridad de aquella casa. Algo iba mal, no esperaban una situación como aquella.

–Pasen, pasen, ¡rápido! –Tenía un tic en el ojo que hacía que le temblase cada pocos segundos–. Debo cerrar la puerta, él está ahí…

Cuando la cerró tras ellos, la oscuridad absoluta les rodeó. Javier llevó una mano a la pistola mientras buscaba a Vincent con la izquierda, apretando con fuerza su brazo al encontrarlo. El inspector siguió caminando, en busca de un interruptor, mientras sentía temblar a su compañero asustado. Bajo sus pies crujían a cada paso lo que parecían montones de papeles. Escuchaba la respiración entrecortada de su compañero, y el respiro profundo de Iván.

–Encienda la luz –ordenó el inspector, con un tono brusco. Pero nadie cumplió su petición.

–Él está ahí, ahí, mirándome, ahí…

–Señor Saldaña, si no hace lo que le pido tendré que detenerle, y no creo que quiera pasar la noche en una celda.

–Él me verá. Quiere que le mire a los ojos, ¡quiere que lo cuente! –gritó, junto a Javier. Cuando esté intentó atraparle, ya no estaba allí–. ¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!

Tenían que ser más rápidos que él, la situación era peligrosa. Si aquel hombre sentía que podían ser una amenaza, ¿quién sabe cómo reaccionaría? Vincent sacó su pitillera del bolsillo y encendió su mechero, llenando de luz la estancia. Al principio solo veía sombras, pero rápidamente comprobó que Iván no estaba allí. Saltó para cubrir a Javier y sacó su arma con agilidad.

–Intenta abrir la puerta, Javi. Tenemos que salir de aquí.

–Está cerrada, ¡no consigo abrirla! –chilló con nerviosismo, después de probarlo varias veces–. Tampoco se enciende la luz, Vincent.

–Tranquilo, compañero. Podemos hacerlo, lo hemos hecho otras veces. Saca tu arma y sígueme.

Sobre uno de los muebles encontraron velas medio consumidas. Vincent encendió una de ellas con su mechero y permaneció en silencio, a la espera del mínimo sonido que revelase la posición de aquel hombre. Recordó la historia que le había contado, la silueta en la ventana de la cocina, y decidió buscarla. Tal vez estaría allí, mirándola.

Avanzaron con cuidado por el corto pasillo, con la vela en una mano y la pistola en la otra, directos hasta la única habitación que albergaba un poco de luz. Y allí estaba aquella sombra, parada en la ventana del vecino.

–¡Se lo dije! –gritó Iván–. ¡Le dije, le dije que la sombra me observaba! Ahí la tienen…

Señaló a la figura inmóvil, que seguía impasible en su sitio habitual. Resultaba absurdo que no se moviese a pesar de los gritos, a pesar de haber llamado a su puerta minutos antes. Era imposible ver más que una mancha negra, una forma humana rígida, pero nada más. Las dos pistolas señalaban al señor Saldaña, iluminado por la tenue luz que desprendía la vela. Las gotas de cera resbalaban por ella hasta la mano de Vincent, derritiéndose precipitadamente, quemando levemente su piel.

–No es más que una sombra, ¿acaso no lo ve? No tiene ojos que le observen ni dedos que le señalen –espetó el inspector, intentando hacer entrar en razón al hombre delirante–. Debe entenderlo, esto es obra de su imaginación.

–¡No! Sé perfectamente lo que quiere. Quiere, quiere, quiere que admita la verdad.

–¿Qué verdad? –preguntó Vincent, siguiendo su juego.

–Él sabe lo que hice, lo que quise hacer. En realidad no llegué a hacerlo, pero –Miraba hacia los agentes un segundo y redirigía la mirada hacia la sombra, continuamente, con el tic en su ojo–, pero lo iba a hacer. Pensarlo es igual que hacerlo, eso dicen. Soy igual de culpable.

Ilustración de Daniel Camargo

Se acercó hacia la ventana y estiró en brazo, como si pudiese llegar hasta la casa del vecino. Algunas personas asomaban su cabeza por la galería, que daba a las cocinas de todo el edificio. Los gritos habían llamado la atención de unos pocos, que susurraban de una parte a otra preguntas sin respuesta.

–Si es usted culpable –expuso Javier–, declare como un hombre, exponga los hechos.

–¿Hechos? Todos conocen los hechos. El hecho es, es que ese hombre nos vuelve a todos locos. Siempre con gritos, siempre con los niños correteando por la casa. Tengo suerte de no vivir bajo su piso, me volvería loco.

–El señor Moran gritaba, pero, ¿por qué le hace eso culpable? –preguntó Vincent.

–Llevaba días sin poder dormir… Trabajo por la noche, empiezo, empezaba a trabajar a las once y, cuando llegaba a las siete de la mañana me acostaba. Pero esos niños, ese desgraciado, empezaban a gritar de inmediato. –Agitaba las manos erráticamente, como si no controlase los movimientos–. Aquel día no había podido dormir. Después de horas dando vueltas en la cama, me levanté. Los niños jugaban aquí mismo, donde está la sombra. Les grité, llamé su atención, les enseñé unos caramelos… y vinieron corriendo a mi casa. Pensé en secuestrarles, envenenarles, matarles, hacerlos desaparecer, venderlos… Pensé cientos de manera de deshacerme de ellos para conseguir el silencio, pero eran, eran niños. Solo eran niños que querían jugar.

La galería estaba repleta de cabezas que intentaban escuchar la historia, con medio cuerpo asomado por la ventana.

–¿Qué les hizo? –exigió el inspector, enfurecido–. ¿Qué les hizo a esos niños?

–Yo, yo… No les hice nada, no, no pude hacerles nada –respondió entre lágrimas–. Ellos me, me miraban con esos ojos tan grandes, tan oscuros. Y yo, les di los caramelos y les dejé marchar. No puede hacerles daño pero, pero lo tenía planeado, lo había pensado tantas veces. Y él lo sabe, por eso me observa cada segundo, ahí, desde la ventana donde les llamé.

–Nadie le observa, Iván. Es usted quien juzga sus actos, nadie más. Si ese señor conociese esa historia, hubiese venido directamente a la comisaria, le hubiese denunciado y le hubiésemos encerrado por secuestro.

–¡Prefiere torturarme! Y, ¡me lo merezco! –sollozó, apoyándose sobre el marco de la ventana, dándoles la espalda.

Vincent aprovechó el momento para lazarse sobre él e inmovilizarle, colocando los brazos del hombre en la espalda para ponerle las esposas. Opuso resistencia entre gritos de socorro, pero estaba tan débil que no hizo falta mucho esfuerzo para bloquearlo.

Con la vela todavía en la mano, a punto de consumirse, Vincent observó que uno de los cerrojos de la puerta estaba cerrado, por eso su compañero no había podido abrirla antes, en la oscuridad. Una vez fuera, con la luz de las ventanas de la escalera iluminando de nuevo sus vidas, el inspector sopló la vela y la dejó caer al suelo.

–Llévale al portal, Javi. Llama a la comisaria y que vengan dos agentes para tomarle declaración a los vecinos que puedan decirnos algo. Este hombre necesitará estar en observación hasta que deje de ser un peligro. Yo intentaré de nuevo entrar en casa del señor Moran, debemos saber qué sabe él de todo esto.

–Sí, señor –respondió, empujando al detenido hacia las escaleras.

~***~

Nadie sabía nada del horrible plan de aquel hombre. Todos coincidían en que habían escuchado los gritos de los niños, incluso de su abuelo, sus juegos se expandían por todo el edificio, pero eran buenos y muy educados.

El señor Moran no podía creer lo que Vincent le explicaba. No tenía ni idea de que Iván había tenido a sus nietos encerrados en casa, ni mucho menos con la intención de hacerles nada malo. Lo único que él hacía era pasar las horas escuchando la radio, esperando que pasasen los días para que sus nietos volviesen del campamento de verano, para volver a alegrar la casa con sus sonrisas.

–Permanecía allí sentado –le explicó a Javier, mientras conducía–, justo bajo la ventana por la que le entraba un poco de fresco, para luchar contra el calor del verano. Llevaba puesto unos auriculares, un aparato que se pone en la cabeza para escuchar la radio… Por eso no nos escuchaba.

–Lo que hay que ver. Este hombre se ha vuelto loco porque unos niños gritaban, es absurdo.

–Bueno, dicen que todos necesitamos dormir unas horas mínimas al día, y si no cumplimos con esas condiciones, las consecuencias son evidentes. Pasará una temporada encerrado, hasta que recupere la cordura.

–Gracias, Vincent –susurró el agente, mirando el perfil de su compañero. Su nariz estilizada, sus labios carnosos, su barba incipiente–. Si no hubiese sido por ti, quién sabe qué hubiese pasado allí dentro.

–Venga, amigo. No le des más vueltas. Ahora relájate, iremos al bar La Morena a tomar algo. Hace tiempo que no paso por allí.

Carme Sanchis

E10-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E10-El fantasma de los libros.

Los pájaros empezaban a cantar por la llegada de un nuevo día. La brisa que acariciaba la piel de Vincent se tornaba, poco a poco, más cálida. Sentía sus ojos secos, cansados por una noche más en vela. Parpadeó varias veces, intentando enfocar mejor las letras de sus archivos, que bailaban ante él, riéndose de su cansancio.

Estiró sus brazos, al mismo tiempo que movía las piernas, desperezándose. Una lágrima cayó por su mejilla mientras bostezaba. Cuando intentó rellenar su taza, comprobó que la cafetera estaba vacía, igual que su pitillera.

Resopló indignado, demasiado cansado para emitir palabra, demasiado agotado para maldecir.

Su compañero siempre decía que todos los casos eran pesados pero reconfortantes, pero se le olvidaba añadir que algunos te llegan tan hondo, que te acaban destruyendo por dentro.

Con el paso de los años había reunido una gran colección de libros repletos de casos. Allí tenía copias de los datos más básicos, pero también añadía todo aquello que al resto se le escapaba. Los pequeños detalles que realmente llevan a revelar un misterio.

Aquella noche le había tocado el turno a un pequeño caso, resuelto hacía ya dos meses, que la policía había considerado insignificante. Pero, el inspector era incapaz de aceptar que la tortura, el engaño y el asesinato estuviesen aceptados, que la sociedad continuase tranquilamente sus vidas mientras en las calles del mundo cientos de personas eran asesinadas cada día.

Empezó con la colección tan pronto entró a formar parte de la policía, cuando solo era un pequeño recadero que preparaba cafés, empujado por sus ganas de aventuras y su entusiasmo. Al principio solo escribía detalles generales en su libreta, pero poco a poco empezó a perfeccionar la técnica, pasando a limpio esos datos en un libro en blanco. Era asombroso como la mayoría de los casos tenían aspectos que siempre coincidían. Y, cuando empezó a llegar a la escena del crimen como policía, a pesar de ser novato, lo veía todo mucho más claro.

Menudos tiempos, cuando el paso de los años todavía no había afectado a su entusiasmo, cuando un nuevo caso era una nueva aventura, y no un nuevo golpe, una muerte más en aquella larga lista.

Contempló la estantería a sus espaldas, con las manos entrelazadas detrás de su cabeza. Esa habitación albergaba tantos casos, que algunos días le hacían temblar de impotencia.

«¿Se podrían haber evitado? ¿Podríamos adelantarnos a los hechos? ¿Algún día terminaran los asesinatos a sangre fría, las venganzas, las mentiras, la tortura y los engaños?»

Pero todas esas preguntas tenían la misma respuesta, el mismo monosílabo devastador. No. El ser humano era cruel, lo había sido y lo seguiría siendo. Por más que una parte de la sociedad se esfuerce por conseguir la paz, la otra parte siempre buscará la guerra. Por más que uno ceda, el otro siempre pedirá más.

Y así, día a día, la estantería se llenará con nuevos casos. Nuevos fantasmas que suplicaran que se les recuerde, que se guarde su historia, para no pasar a ser otro caso insignificante.

Carme Sanchis

Ilustración de Paloma Muñoz

Colette

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: +13

Este relato es propiedad de Sandra Cuervo. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colette.

Mientras se llevaba la taza de café bien cargado a los labios, M. ojeó el calendario. Pronto se cumplirían tres meses desde su llegada a la ciudad. Recordó su alegría cuando encontró aquel pequeño local a pie de calle, frente al puerto, rodeado de tiendas, restaurantes para turistas y bares de mala muerte.

La anterior inquilina, una joven pintora, había arreglado la trastienda como si de un diminuto apartamento se tratara. Según el dueño, la chica, alegre y despreocupada, había llegado con el firme propósito de quedarse, y rápidamente se había ganado el afecto de los lugareños, a los que a menudo retrataba en sus cuadros.

Pero algo, posiblemente que el negocio no fuera bien como aparentaba, había hecho que la joven se fuera de forma repentina, sin pagar, dejando allí los cuadros y sus propios enseres. El propietario intentó localizarla, sin éxito; así que repartió algunos cuadros entre el vecindario. Los retratos en los que aparecían personas que no conocía, los dejó apilados en la trastienda, no fuera que algún día se los pudieran reclamar.

Es entonces cuando M. aparece en escena. Después de muchos años siguiendo a su madre por varias ciudades, con mejor o peor fortuna, de aprender de ella primero y de cuidarla y enterrarla después, se dio cuenta de que lo único que le apetecía era partir de cero en una pequeña ciudad costera, dedicándose a lo que mejor sabía: predecir el futuro.

M., la hija de la nigromante, la echadora de cartas, la bruja, la adivina, la vidente. La hija de una mujer que se había atrevido a cambiar el futuro de sus clientes y que, a cambio, parecía haber absorbido el mal que había desviado de los otros. La misma mujer que durante sus últimos años había encadenado una enfermedad tras otra, aparentemente sin relación entre sí, acabando sus días entre desvaríos y haciendo prometer a su hija, en sus escasos momentos de lucidez, que jamás recurriría a la magia negra para cambiar el destino de nadie. Eso, y que nunca consultaría su propio futuro, para evitar la tentación de querer cambiarlo. A M., que había asistido desde bien pequeña a los rituales de su madre, aterradores y atrayentes por igual, no le costó en absoluto cumplir su promesa.

Tres meses que se le habían hecho largos…, infinitos. Adaptarse a una vida tranquila y ordenada en ocasiones puede ser difícil, sobre todo en soledad. Pero M. estaba decidida, y aunque las primeras semanas no hablaba con nadie y notaba el recelo de sus vecinos, poco a poco iban llegando los primeros saludos y presentaciones, las conversaciones sobre el tiempo y hasta algún chismorreo.

No tenía amigos y hasta entonces tampoco los había echado en falta. La presencia de su madre lo había llenado todo. Pero ahora, que ya no estaba, se daba cuenta de que quizás, solo quizás, el mundo exterior y algunas de las personas que lo poblaban, despertaban en ella una curiosidad hasta entonces desconocida.

Como toda médium, era plenamente consciente del estado de sus facultades desde que se levantaba. Por supuesto, no podía decírselo a nadie. Se trataba de sacar adelante un negocio, y de paso, su vida.

Desde hacía unos días, venía notando una falta de sensibilidad y concentración como pocas veces había sentido. El don de la clarividencia, como le había explicado su madre y, mucho antes, su abuela, era caprichoso: se debilitaba, desaparecía… o volvía de forma abrupta en el momento más impredecible. Ellas le habían enseñado que, en esos momentos de ceguera, lo mejor que podía hacer era seguir con su vida, con sus clientes, sacando su parte más observadora y amable, para ganarse la confianza del consultante y así obtener un poquito de información que le ayudara a dar forma a ese tan anhelado futuro. No le resultaba difícil, pero prefería las imágenes claras y precisas que acudían a su mente con la sola visión de una carta cuando estaba en plenas facultades.

La mañana discurría tranquila, con el calor sofocante de julio abriéndose paso, inexorable, minuto a minuto. A la tienda sólo se habían acercado tres mujeres: dos, para consulta, y otra para comprar hojas secas de damiana y bayas de enebro. M. le sugirió no dejarlas hervir, enfriar y servirlas mezcladas con un poquito de vino tinto. La mujer, una cincuentona de buen ver, entrada en carnes y embutida en un vestido floreado, esgrimió entonces una sonrisilla entre cómplice y avergonzada, le dio las gracias y salió por la puerta con paso firme y decidido.

M. empezó entonces a alinear las velas. Estaban dispuestas según su finalidad, en una estantería alejada del escaparate. Al primer vistazo parecían un alegre decorado de manchas grandes de todos los colores, pero al acercarse llamaban más la atención las formas sugerentes de algunas de ellas. Apenas trabajaba con ellas, ni con las pócimas, hierbas y aceites que llenaban su escaparate, pero le daban un aire de misterio a la tienda que a la gente le gustaba, y a menudo, ganaba más vendiéndolas que con las cartas.

Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando la puerta se abrió. Lo hizo tan rápido que la campanilla apenas tuvo tiempo a tintinear. Se trataba de un hombre alto, de unos cuarenta años, limpio y bien vestido. Cada vez que un hombre acudía a ella, debía agudizar especialmente su capacidad de observación. Solían ser más parcos en palabras que las mujeres y aun cuando las cartas, a veces, hablaban de más, M. se quedaba a menudo con la sensación de no saber realmente qué habían ido a buscar allí.

—Buenos días, señorita… —dijo el hombre, irrumpiendo en los pensamientos de M.

—Buenos días. ¿Qué desea? —contestó M. echándole un segundo vistazo para seguir obteniendo información. Tenía sus dudas.

—En realidad…, he venido por curiosidad. Conocía a Colette, la pintora. Y me ha llamado la atención ver en qué se ha convertido su tienda. No es que yo crea en estas cosas, nada de eso. Pero ya que estoy aquí, me gustaría que, si fuera posible, me contara cosas de mi futuro. ¡Le prometo que si acierta, empezaré a creer! — comentó el desconocido con una sonrisa.

—Muy bien. Pues si le parece acompáñeme y siéntese —le indicó M. mientras caminaba hacia un rincón en una esquina de la tienda. Una mesa con dos sillas. Sobre la mesa, un tapete de seda roja, y a su derecha, un porta incienso con tres varillas humeantes que, unido a su aroma, conferían un ambiente ligeramente hipnótico a la estancia.

Ilustración de Veronica Lopez

Se sentaron uno enfrente del otro. M. abrió el cajón y observó las barajas. Tenía varias, cuidadosamente ordenadas. Pensó durante unos segundos y finalmente se decidió por una en concreto. Antigua, con los bordes desgastados, pero su favorita. A su lado, dentro del cajón, también guardaba un abrecartas de su madre, que conservaba a modo de talismán.

—Usaremos el Tarot de Marsella. Ahora le ruego silencio, voy a barajar. Empezaremos con una tirada general. A partir de ahí, nos centraremos en lo que a usted más le preocupe.

Mientras barajaba y mezclaba las cartas, se fijó en el hombre con más detalle. Llevaba una camisa blanca impoluta, bien planchada, con el primer botón desabrochado. Estaba bastante bronceado, así que se fijó en las marcas más claras de un anillo y de un reloj que en ese momento no estaban. El hombre pareció darse cuenta y le sonrió. Sus dientes eran blancos, bien alineados. Al gesticular, pequeñas arrugas se asentaban alrededor de sus ojos claros.

Posó las cartas sobre la mesa en una pila y le pidió a su cliente que la dividiera en tres montones con la mano izquierda. Le dio a elegir uno. Él eligió el del centro.

M. empezó a repartir las cartas boca arriba sobre la mesa. Dieciséis cartas: cuatro filas por cuatro columnas. Se tomó un momento para interpretarlas. Era una tirada extraña, con muchas cartas invertidas. Intentó tranquilizarse, mostrarse serena. Que el consultante no apreciara su nerviosismo. No estaba segura de conseguirlo.

—¿Por qué aparece la muerte, señorita? ¿Voy a morirme? —preguntó el hombre, abriendo más los ojos. Estaba claro que aunque no creyera, la sola visión de esa carta le incomodaba.

—No. Tranquilo —se apresuró a responder M. en tono templado—. El arcano XIII, la Muerte, aparece muchas veces como un símbolo de cambio, de renovación. Ese es su caso. Si le parece, comenzaré hablándole de su presente. Así podrá comprobar si voy por el buen camino…

—Me parece… bien.

—Veamos —prosiguió M. sin siquiera mirarle. Estaba notando que las cartas volvían a revelarle sus secretos—. La Luna indica que es un navegante, el Rey de Copas, que es conocedor de leyes y comercio. Carismático, ambicioso…

—Si sigue así conseguirá que me sonroje —interrumpió el desconocido.

—No, hay más. Aparecen dos mujeres: una es su esposa; la otra, una joven desgraciada. Debe tener cuidado si desea salir airoso de la situación. La carta de la joven aparece invertida. Eso indica desolación por promesas incumplidas. Un punto de no retorno… Al final aparece un breve encuentro con una tercera mujer…

— ¡Basta ya! ¡Suficiente! No quiero saber más. Ha sido una mala idea venir aquí —volvió a interrumpir él, esta vez visiblemente contrariado.

M. notó cómo el hombre hacía esfuerzos por controlarse. ¿Ira? ¿Nerviosismo? Aún no lo tenía claro.

Rápidamente, el desconocido sacó un par de billetes del bolsillo de su pantalón y los arrastró encima de las cartas, moviéndolas. Al segundo ya se había ido, dejando a M. tan descolocada como su baraja.

La tranquilidad de la mañana se había visto interrumpida en apenas unos minutos. M. se levantó, le vio alejarse y volvió a su mesa. Las cartas mezcladas hacían imposible que pudiera seguir leyéndolas. Sin embargo, sabía que una tirada jamás debe quedar inconclusa. Así que volvió a barajar mientras la imagen de la mujer joven acudía a su mente cada vez con mayor claridad.

Esta vez la tirada era aún más reveladora: la carta de la joven, la Sota de Copas, aparecía rodeada de cartas fatales, todas ellas invertidas. El Mago, los Enamorados, la Torre, el As de Espadas, la Muerte… Nunca en su vida se había encontrado con una combinación semejante.

La Sota de Copas. Quizá una artista, pero con toda seguridad una mujer joven, enamorada, que toma decisiones equivocadas, obsesiva. Seducida y arrojada a la Muerte por el Mago. Agua.

Casi sin pensar, M. se dirigió corriendo a la trastienda con el abrecartas en la mano. En una esquina, en una caja que nunca ha desprecintado, estaban apilados algunos trabajos de la anterior inquilina. Rompió la cinta con el abrecartas y sacó un par de óleos y un montón de láminas. Tal vez bocetos que nunca llegaron a convertirse en cuadros. Animales, barcos, el mar, personas en la lejanía… Una joven de pelo negro y ojos grandes y oscuros se repite. La mayoría de las veces aparecía seria; otras, acurrucada. M. se dio cuenta de que eran autorretratos. En otra, la misma mujer, esta vez abrazada a un hombre al que no se le ve la cara, solo el torso desnudo y una mano con anillo. En todos, una firma: Colette. Siguió revisando. Había también retratos de un hombre. En color, en carboncillo. No era difícil darse cuenta de que todos eran el mismo: en la playa, en un barco, sentado en una cama…, algunas veces emborronados; un hombre aún joven, de ojos claros, con unos rasgos familiares. Tanto que le había tenido enfrente hacía unos minutos.

M. se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que se escapaba desde su garganta.

La Sota de Copas… ¡Colette!

Recordó la tercera mujer aparecida en la tirada, la Sota de Espadas que no había tenido tiempo de interpretar. Corrió hacia la mesa para averiguar más. En solo unos segundos la puerta de la tienda volvía a abrirse.

Era el mismo hombre, con la cara desencajada. Se le acercaba, pero M. no podía retroceder más; la mesa, a su espalda, se lo impedía.

—¿Qué es lo que sabes? —le pregunta acercando su rostro a escasos centímetros de M.

—Todo —responde ella, con la mirada fija en aquellos ojos verdes que habían enloquecido a Colette.

El hombre le rodea el cuello con las dos manos. Aprieta tan fuerte que M. apenas puede respirar. De repente, el hombre lanza un gemido y la suelta. Se lleva la mano al costado derecho, ensangrentado, donde M. le ha clavado el abrecartas. Da un par de pasos hacia atrás y de desploma.

M. se le acerca, inexplicablemente tranquila. Se agacha y susurra al herido, que yace en el suelo y respira cada vez con más dificultad:

—No me dejó decirle que yo soy la tercera mujer. La desconocida que irrumpirá en la vida del Mago para unirle de nuevo a Colette.

M. se levanta y gira en dirección a la nada.

—El futuro está escrito. No seré yo quien lo cambie.

Sandra Cuervo