Calavera mexicana

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantástico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Beatriz Albir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Calavera mexicana.

Ilustración de Beatriz Albir

Durante mi viaje a México, el primero que hice, estuve visitando un mercadillo artesanal muy concurrido y repleto de objetos fantásticos.

Me detuve frente a un puesto en el que se exhibían unas coloridas y llamativas calaveritas pintadas y decoradas con flores. La chica que vendía las calaveritas era una joven muy agradable que me explicó el proceso de creación de esos objetos tan llamativos y fascinantes.

La calaverita que elegí estaba  adornada con una diadema de flores rosas y  de parte de su esqueleto, de las dos clavículas, salían dos hojas de color verde.

Confieso que me llamó mucho la atención este detalle porque las calaveras sólo se presentan decoradas y adornadas y sin ninguna parte del esqueleto como  las vértebras cervicales o las clavículas, como era este caso.

La chica me dijo que era una pieza única en el puesto y, probablemente, en el mercadillo, así que la compré muy ilusionada porque me llevaba algo especial.

Antes de despedirme, la vendedora me contó la historia de esa pieza.

Por lo visto, se trataba de un trabajo muy poco realizado por los artesanos.

La historia de esa calavera tenía relación con una leyenda en la que una joven princesa mexicana se había convertido en mariposa por una siniestra maldición y  sólo se había conservado su cráneo, parte de sus vértebras cervicales,  y las clavículas de las que habían brotado hojas y tallos con flores.

Pensé en el maleficio y en el extraña criatura que debió de ser aquella princesa.

La chica me contó que un príncipe, enamorado de la joven, había desobedecido a su padre, un importante cacique de una poderosa tribu fomentando un odio cerril entre las dos familias que se enfrentaron  como en la historia de Romeo y Julieta.

El príncipe al no poder consumar su amor con la bella joven pidió ayuda a Tlazelteotl, una diosa que tenía, entre otras atribuciones, la consecución de la consumación sexual y amorosa.

La diosa le pidió a cambio que se aparease con él. El príncipe accedió con un juramento de sangre. Pero las cosas se torcieron y, adivinando las intenciones de príncipe antes de que se uniera a la princesa, la diosa convirtió en mariposa a la chica y el príncipe se quedó sin su princesa.

El final de esta historia fue desolador.

Sin embargo, su romanticismo no dejó de llamarme poderosamente la atención.

Las historias muy románticas suelen acabar muy desastrosamente.

Y aquí finaliza mi relato.

Me llevé la calaverita a mi casa y la conservo con mucho cariño.

Después de todo, se trata de la calavera de una princesa mexicana.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 agosto 2017

El espíritu del viento tiene nombre de mujer

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Fantástico-Dramático

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu del viento tiene nombre de mujer.

“La soledad agradece mi lamento

y baila conmigo en el páramo

soy su leve idolatría

sobre mí viaja el oxígeno que respiras

¿Lo ves?

Viento soy… y tú eres mi destino.”

José Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su libro Oxígeno.

—Ven conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te lo pienses más, anda —insistió animosa.

Estaba sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche, esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.

—No te preocupes. No tengas miedo.

—Yo no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.

—Pues venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda fluorescente—. Póntelo —me ordenó.

Era la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de gasolina y un mar por delante.

Durante dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme y comencé a sentirme mal, sentía frío y sudor en la cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después, como por arte de magia, el cuerpo se me estabilizó. La chica tenía unos ojos grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.

— ¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.

—Douda Adama.

—Ese nombre no es senegalés.

—No. Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.

—No me importa, tenemos mucho tiempo por delante.

—¿Dónde vamos?

—A una isla llamada Palma.

—¿Está muy lejos?

—No, está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados, y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil suficiente.

—Y tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?

—Ni te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.

La chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella, anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me alertó:

—Ni se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de plástico. —Y me la tiró a la cara.

De pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La chica se rió.

—Aquí estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.

El viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:

—Tienes que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.

—No veo nada.

—No hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya, hazme caso o morirás!

—¿ Y tú?

—Tranquilo, estoy acostumbrada.

A mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien. La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu novia o algún amigo fiel. Sueña…

Era imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.

—Quiero salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.

Ella levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a incorporarme.

—Vaya, ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un muchacho muy valiente.

Me dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la llegada de la lluvia:

—En agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy más contenta de haberte elegido a ti.

—¿Cosas como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico que me retiraba. ¿Elegido?

—Lo de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy mal, chico. ¿Qué edad tienes?

—Quince años.

—¡Vaya! Por tu aspecto pareces mayor.

—He visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.

—No lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?

—Mi amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba. A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor profundísimo.

De repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto de una alucinación mía por el cansancio?

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Sí, cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio, prosigue tu relato sobre Alisi.

—Me sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No comprendo cómo pude hacer todo aquello.

—No te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.

Después hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria. Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la tormenta que se avecinaba.

—Mira, observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien, Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir. Entendido, ¿verdad?

Sólo pude afirmar con la cabeza. Y esperar.

A las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces, y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.

Estuvo lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron, ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería algún tipo de cielo.

—Chico, ¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?

Me hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo parecido a una sopa sin tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar reducido a un puntito azul en medio del cielo.

—Adiós, amiga. Y gracias —le contesté en krio.

Ilustración de Sonia del Sol

Los demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas, pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía; sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me agarraba a la vida y les hacía sonreír más.

—Ánimo chico. Te pondrás bien.

No sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos, aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar siempre que pude para pagar mi deuda personal por todo el dolor que fui capaz de causar.

Pero si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer. Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias, incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el alma. Y eso es muy fácil en el mar.

Olga Ruiz Trinidad

Viento de muerte

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía heroica (Espada y brujería)

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viento de muerte.

I.- LA CARTA DE UN SABIO LLEGA A SU DESTINO

Querido amigo y colega, Atreasis, te escribo después de haber pasado tres lunas desde que recibí tu última carta, contestando tan amablemente como siempre, a la mía.

Mi corazón late tan deprisa como el infernal viento que está a punto de envolver la fantasmal ciudad de Sharhar, conocida como La Olvidada.

MI querido amigo, no puedes imaginar lo que mis gastados ojos tienen que soportar, mis viejos oídos, escuchar y mis débiles dedos escribir en esta carta en la que te contaré a cerca de unos insólitos y misteriosos hechos que están convirtiendo a esa antiquísima y mítica ciudad, en una ciudad de muerte.

Desde mi retiro en la ilustre ciudad-estado de Horrhemithia, en la que frecuento la corte de la reina Udurthe Zanis en calidad de viajero, consejero y estudioso, puedo escribir libremente en una casa alquilada a un precio razonable que posee todas las comodidades que precisa un viejo filósofo como yo.

Y te escribo que en Sharhar, que se encuentra a unas cuantas leguas de aquí, ronda un espíritu malvado y asesino que en forma de viento, tiene aterrorizados a los desdichados habitantes de la que antaño fue una magnífica ciudad de torres doradas y púrpuras.

Tú conoces esas tierras. Las visitaste una vez conmigo hace ya muchos años cuando aún éramos jóvenes y las ansias de nuestros corazones no se habían convertido en rescoldos a punto de apagarse, tal es el sentimiento que me embarga, mi buen Atreasis, cuando pienso en aquellos tiempos de aventuras. Sin embargo, si pudieras contemplar en qué ruinoso y tétrico aspecto está la ciudad de las maravillas, a la que los hombres llaman La Olvidada, comprenderías mi congoja y estupor.

Pero no deseo desviarme de mi historia. Sharhrar está maldita. Maldita y mancillada por un espectro sin nombre que envía un viento furioso y atroz con perniciosas consecuencias. Lo más terrible es que los habitantes de la ciudad, por el terror que infunde ese espíritu maligno, están cometiendo asesinatos en forma de sacrificios humanos para aplacar la sed de sangre y de ira de ese dios desconocido que no posee ningún nombre, al menos que yo conozca de mis estudios sobre cultos y ritos antiguos.

Se dice que habita en las Montañas Negras, morada de fantasmas y de seres sobrenaturales. Y que en las noches de luna llena, el infame aúlla como los lobos rabiosos y se esparce con los grandes brazos tentaculares abarcando toda la ciudad. Los habitantes se encierran en lo más profundo de sus casas y rezan a los dioses para que les protejan y libren del sangriento maleficio que reina en Sharhar.

Algunos de los sacerdotes de antiquísimos cultos que ya adoraban a la Serpiente Maligna, han clamado que para saciar la sed de muerte del infernal dios-viento, hay que inmolar a inocentes en altares y regalar las vidas de jóvenes, mujeres y niños para que se aplaque su sed de sangre.

Todo esto es cuanto menos terrible y en los tiempos en los que estamos viviendo, no deja dudas de que son infinitamente abyectos los que consienten estas atrocidades.

La Reina, que es una mujer instruida y razonable, y aborrece los sacrificios humanos que ya desterró su padre, el rey Horak, el Grande, está dispuesta a luchar contra ese dios-demonio, no sólo por lo que acontece en la ciudad de Sharhar y su ominoso destino, sino porque teme por sus súbditos a los que ama profundamente y estos le corresponden, ya que la Reina es justa con los horrhemithios y piadosa con los buenos dioses protectores de su reino.

He tenido varias audiencias privadas con la Reina y su consejo, y están de acuerdo en que hay que tomar medidas. En la gran biblioteca del palacio real hay unas estancias muy ocultas y poco conocidas en las que se conservan y guardan antiguos libros de la era de Khutmeth, el rey hechicero del imperio de Rakhassya. En esos libros se pueden encontrar conjuros efectivos o al menos eso describen, que pueden proporcionarnos una valiosísima ayuda para enfrentarnos con ese ser destructor del que Udurthe Zanis presiente una terrorífica amenaza. Pero debo seguir insistiendo hasta encontrar algo que me de confianza y valor para la empresa que nos espera.

Mis próximos pasos querido amigo, es preparar junto con la reina una incursión a las Montañas Negras y dar con la guarida del viento del infierno, porque según las investigaciones de los sabios de la corte, en algún lugar oscuro se oculta la mano ejecutora y destructiva del dios sin nombre.

En los escritos de la antigua Rakhassya y sus misterios envueltos en tinieblas, ha de haber constancia de la existencia de algún mapa que nos lleve al enclave exacto de ese nefasto lugar. Espero y deseo con la ayuda de los dioses que demos con él. El tiempo es crucial y creo que ya sentimos todos en nuestras nucas el viento gélido de la muerte.

Si salimos victoriosos de esta confrontación, tendré que dar las gracias con reverencia a la bondad divina de Aruha Aszam por haberme permitido vivir en tiempos tan fascinantes como los presentes. Y en cuanto a ti, mi querido Atreasis, deseo fervientemente de que antes de que el Dios Negro de la muerte me tienda su tenebrosa mano, vuelva a encontrarte y hablarte de todo lo acontecido. Queda pues bajo la protección del Gran Dios de nuestros pueblos.

Tu fiel amigo y colega, Andrahmedes”

Un tiempo después, Atreasis recibió la carta de su amigo Andrahmedes. El anciano leyó la carta una y otra vez y sintió que se le nublaba la vista.

Tendría que esperar a los acontecimientos cuando estos llegaran a la gran ciudad de Markhatelet por boca de los heraldos y mensajeros que pregonarían lo sucedido y así poderse escribir en los anales históricos de la ciudad.

Los rumores de una feroz contienda entre los valientes horrhemithios y las huestes del mal de las Montañas Negras, cada vez se hacían más insistentes por boca de los viajeros y gentes procedentes de otros pueblos y latitudes. Los habitantes de Markhatelet comenzaron a preocuparse y sopesar la posibilidad de tomar medidas preventivas para proteger los muros de la ciudad.

Atreasis se alisó la luenga barba encanecida que le llegaba hasta el pecho. Su rica daga curvada, cubierta de diamantes y piedras preciosas, descansaba asida a su cintura. No sólo se había dedicado a la historia y la filosofía en su esplendorosa juventud, sino que había viajado mucho como su colega Andrahmedes y había aprendido a luchar de mil formas, enseñado por maestros orientales y luchadores de los reinos de Occidente.

“Si aún fuese joven, acompañaría a esos aguerridos soldados y mercenarios a enfrentarme cara a cara con el mal. Toda mi vida estudiando y recopilando saberes ancestrales y ahora que despierta un malvado y devastador dios de las montañas que envía un viento criminal a las ciudades, no puedo apenas moverme de mi rincón.”

Una encantadora joven, que era la sirvienta personal del anciano, apareció en el estudio con una hermosa jarra de oro adornada con preciosas incrustaciones de jade y zafiros y un vaso. La belleza morena de la muchacha, hizo que los grises ojos de Atreasis emitieran destellos de admiración y quizás de algo más.

─Maestro, aquí tienes tu tónico. Debes tomarlo. Va a ponerse el sol y aún continúas leyendo los pliegos de pergaminos, cartas y documentos que tienes entre las manos. Deberías hacer caso del médico y descansar más.

Atreasis sonrió aliviado. La visión de la chica era cuanto menos excitante, pues llevaba unos velos que apenas le cubrían el esbelto cuerpo.

─Gracias, Lailah por tus atenciones. Te juro por el gran dios Aruha Adzam que si no estuviera postrado como lo estoy y fuera joven, no tendrías que preocuparte en traer mi tónico, sino que otra sirvienta lo haría y probablemente no tan deliciosa como tú.

La joven se ruborizó un poco. Su amo era el hombre más noble, atento y comprensivo de Markhatelet y ella era la mujer más afortunada por servir en la casa de tan insigne personaje de la corte del rey Hipeus.

─Pero ahora es tiempo de recogimiento, mi señor. Bebe el tónico y descansa. Lo que quiera que estés haciendo, puede esperar hasta mañana.

─Acércate.- dijo el anciano suavemente.

Lailah se arrodilló a los pies de Atreasis. El viejo consejero le acarició los suaves rizos oscuros.

─Debes llevar un mensaje al Barón de Gorty, mi buen amigo que estará en el Palacio Real y entregárselo en mano. Es importante, Lailah. Cúbrete con una buena capa de pieles. Hace frío esta noche y lo siento en mi cansado corazón.

─Haré lo que me pides, mi señor. Ahora descansa. Avivaré el fuego de los braseros para que la habitación siga caliente y revisaré los ventanales.

Atreasis echó su manta sobre los hombros y mientras bebía el tónico, comenzó a escribir la carta.

II.- LA CARTA DE UN SABIO MOVILIZA A LA NOBLEZA DE MARKHATELET

El barón de Gorty, uno de los principales consejeros del rey Hipeus, tomó la carta que le extendía la joven Lailah y ordenó que nadie entrara en el gabinete.

─Espérame junto al fuego, muchacha. ¿Tu amo precisa mi contestación?

─Nada me ha indicado al respecto, mi señor.

El barón asintió y sonrió a la joven.

─Comprendo.

De Gorty comenzó a leer:

“Mi querido barón de Gorty, tengo más que fundadas sospechas de que algo terrible se cierne sobre nuestra civilización. Un terrible dios innominado acecha desde las montañas más allá del gran lago a los reinos que en paz duermen bajo las estrellas del firmamento eterno. Mi buen amigo y colega Adrahmedes, al que llegaste a conocer en una recepción del rey Hipeus con motivo de su subida al trono, me habla en una carta de espantosos males que caerán sobre la ciudad en la que habita, la espléndida Horrehmithia; males enviados por un dios que no tiene nombre y que por lo que interpreto, sí un desolador poder. Los horrehmithios están prestos a combatir por sus vidas y sus almas. Por tanto van a luchar contra el viento de la muerte que ha hecho sucumbir a la mítica ciudad de Sharhar, La Olvidada y ahora extiende sus negros tentáculos sobre ellos. Ya conoces los rumores. Imploremos a Aruha Adzam para que nos de fuerzas. Creo que aún estamos a tiempo de prepararnos, en caso de que ¡los dioses no lo quieran! La reina Udurthe Zanis y sus valientes hombres no lo consigan. Mi fiel amigo Adrahmedes pone en mi conocimiento todas estas iniquidades en una carta recién recibida. Él mismo está dispuesto a impregnarse de la sabiduría ancestral que se guarda en la biblioteca real de Horrehmithia para desempolvar extraños saberes que no me atrevo a conjeturar de dónde provienen. Tal vez la lucha entre el bien y el mal se desencadene antes de lo que imaginamos”.

El barón se mesó la barba y acarició a uno de los llamativos gatos de ojos de esmeralda que descansaba sobre ricos cojines. Llamó a un sirviente para que acompañara a la joven Lailah con una respuesta a la casa de su amo.

─Buen Atreasis, siempre con tu sentido poético de las cosas. Bien, tal vez haya llegado el momento de sacudir el polvo de nuestras pesadas posaderas. ¡Holbek!, avisa a su majestad de que deseo entrevistarme con él. Di a su chambelán, que llegan tiempos interesantes.

No sólo el barón Waldrus de Gorty estaba inquieto frente al rey Hipeus, los demás miembros de la poderosa nobleza de Markhatelet se sentían nerviosos ante las noticias que de Gorty les exponía.

El propio rey Hipeus, sentado entre sus consejeros más cercanos, escuchaba atentamente y asentía en silencio. Los nobles bebían de finas copas doradas el maravilloso vino traído de las provincias sureñas del reino de Ispanim mientras murmuraban entre ellos demostrando la preocupación que embargaba sus espíritus.

Hipeus tomó la palabra y el resto calló, la sala del consejo privado del rey se quedó completamente en silencio.

─La reina Udurthe Zanis es una mujer sensata. No enviaría expediciones a ningún lugar sin tener información apropiada sobre unos acontecimientos de tal índole. Con esta situación que el sabio Atreasis pone en nuestro conocimiento, nos vemos impelidos a actuar. No cabe duda de que las naciones civilizadas pueden correr serios peligros y ante un enemigo de esta envergadura, los rencores, resquemores y deslealtades deben pasar a un segundo plano. Después de todo, ese dios sanguinario se está cobrando víctimas inocentes. No en vano, hace ya muchos años, mis antepasados lucharon contra seres infernales y, aunque el coste en vidas fue elevado, desterramos para siempre la maligna influencia de la brujería. El propio padre de Udurthe Zanis, el recordado rey Horak, luchó en su juventud con muchos espíritus salidos de las llamas del tenebroso reino de la muerte.

El conde Ugurth de Zorr tomo la palabra.

─Con la venia de su majestad. Creo señores que es el momento de enviar un emisario a la corte de la reina de Horrehmithia para que conozca cuales son nuestros pareceres y acciones. Creo hablar por boca de todos los presentes en la sala del consejo real y creo que no me equivoco si digo que su majestad estaría dispuesto a intervenir ante esa abominable amenaza que se cierne sobre el continente.

El rey se levantó y los nobles también lo hicieron en señal de respeto hacia su rey.

─El barón de Gorty ha hablado del sabio Atreasis y conozco su sabiduría en fenómenos oscuros e inexplicables. Su inquebrantable fe en nuestro Dios Supremo y el coraje del que siempre ha hecho honor. Estoy convencido de que tanto él como su colega, el buen consejero Adrahmedes, podrán encontrar inspiración para conjurar a ese demonio devastador y rogar a Aruha Azdam para que proteja a los hombres que van a luchar contra ese perverso poder demoníaco.

Mientras en la corte del rey Hipeus, los nobles y el monarca discutían, en el reino de Horrehmithia, el sabio Adrahmedes buscaba con afán entre los viejos pergaminos de los saberes prohibidos, datos que lo ayudasen a conocer más acerca de ese dios despiadado y malvado que enviaba vientos infernales para sembrar de muerte todo lugar por el que pasaba.

Adrahmedes se dedicaba con férrea insistencia a encontrar alguna señal que sirviera para poder llegar hasta el santuario secreto del dios del viento furioso. Los antiguos escritos hablaban de un ser con enormes tentáculos que abarcaba una ciudad entera.

Ilustración de Rosa García

La desventurada ciudad de Sharhar, pensaba el anciano. También describía las invocaciones a los dioses que podían hacer frente y vencer al espíritu de ese dios oscuro que no tiene nombre alguno, pero que aparece a través de las eras con distintas denominaciones.

Mientras la labor de Adrahmedes avanza, los hombres de la reina Udurthe Zanis, esperaban la real orden para partir más allá de Sharhar hacia las Montañas Negras en busca del mal que tanto afligía a los pueblos.

Como un haz de potente luz que ilumina toda la estancia, Adrahmedes se sintió lleno de una vitalidad inusual para su edad, pues al leer en uno de los polvorientos pergaminos de la era de Rakkhassya, que la única manera de enfrentarse al Señor de la Oscuridad y del Dolor, es invocando a los Dioses de la Justicia y de la Paz a través del talismán de Ork, un mago que vivió en la época del Rey Oscuro de Rakkassya, Kuthmet, y que ningún ejército –por muy fieros e implacables que sean sus hombres y sus mercenarios− podría vencer a las huestes de los dioses malignos, si no se cree con pasión y fe en la fuerza de los dioses de la luz.

Pero… ¿dónde se puede encontrar ese talismán salvador? ¿Cómo dar con él? El tiempo apremiaba y pronto habría luna llena.

III.- EL TALISMÁN DE ORK

En las catacumbas del palacio de Rakkassya, destruido por hordas de bárbaros salvajes que vinieron del norte del continente, unos pasadizos secretos llevaban al Sancta Sanctorum de Kuthmet, conocido como El Hechicero. Las ruinas aún se mantenían en pie, pero no había que confiarse, porque eran tan amenazantes que helaban el corazón de los expedicionarios más curtidos.

Estos expedicionarios al mando de Adrahmedes cabalgaban con la misión de encontrar el talismán de Ork.

Caballos de refresco, víveres y tiendas levantadas a la luz de la misteriosa luna, con ese aire maligno que impregna una aventura de búsqueda de algo que es primordial para salvaguardar la seguridad de los hombres y de los reinos, era el paisaje que Adrahmedes y sus acompañantes contemplaban desde la subida a las ruinas. Y en un claro en el que los rayos de la luna iluminaban los recovecos, una lúgubre canción salida de algún siniestro rincón, martilleaba los tímpanos de los hombres que iban al encuentro de un objeto precioso, más valioso incluso que sus propias vidas.

Adrahmedes, a pesar de su edad y sus achaques había tomado sobre sí la responsabilidad de dirigir al grupo de hombres que iban a buscar el talismán. El anciano había investigado todo cuanto pudo para dar con ese objeto mágico, al parecer lo único que podía hacer que el demoníaco viento tentacular desapareciera y el innombrable dios fuera reducido en su negra guarida montañosa.

Adrahmedes llevaba consigo unos pergaminos que podían servirle de guía al llegar a la ruinosa zona del palacio.

Por fin llegaron a lo que antaño fue un magnífico palacio cuyas torres tocaban el cielo y ahora no había más que restos de esas torres apuntando como afiladas agujas a las estrellas.

─El talismán debe estar oculto en algún lugar dentro de estas ruinas. Sé que existen pasadizos secretos en la montaña. El propio Kuthmet se encargó de que se construyeran mientras se levantaba el palacio y las dependencias de los nobles de la corte.

Adrahmedes repasó el pergamino que llevaba sujeto a su faja de seda mientras que el capitán Turkyet esperaba a que el anciano indicara el camino a seguir.

─Entraremos por la parte trasera del antiguo palacio. Si mis averiguaciones no me gastan una mala pasada, descenderemos a través de ese pasadizo. Recemos a los dioses para que no se derrumbe sobre nuestras cabezas.

─Noble Adrahmedes, dos de mis hombres abrirán camino. Mantened las antorchas encendidas. Dentro parece la boca del lobo. Este lugar me produce escalofríos.

Adrahmedes sonrió, viviendo la que quizá fuera la última aventura de su vida. Saboreaba cada segundo y su recuerdo voló junto a su amigo, Atreasis.

─ ¡Ojalá estuvieras a mi lado, querido amigo!

Suspiró. Miró al capitán y le puso cariñosamente una mano sobre el hombro.

─ ¡Animo, capitán! Llevas unos hombres curtidos y experimentados. ¿No crees que es de una aventura que merece la pena vivir? ¿No te hace sentir vivo la incertidumbre de no saber a ciencia cierta a lo que nos exponemos?

─Los enemigos, noble señor, pueden matarse con la espada. Pero la brujería y los espíritus del infierno… ¿cómo acabar con ellos?

─Por eso es imprescindible dar con ese objeto mágico.

Entraron por un hueco que pudo ser una puerta repujada en oro en sus tiempos y comprobaron que había unos escalones de piedra pulida que resbalaban. Con sigilo se adentraron en la oscuridad de las ruinas del palacio.

Avanzaron a la luz de las antorchas por angostos y estrechos pasillos que rezumaban humedad por sus milenarias paredes de piedra. Se envolvieron con una permanente oscuridad atenuada por la luz del fuego. El calor que desprendían las antorchas resultaba gratificante en medio de tanto silencio y tanto temor. Porque temor es lo que sentían los hombres que iban en busca del mágico amuleto.

─El lugar secreto tiene que ser en esas viejas catacumbas… Un nicho tal vez. El amuleto (si es que existe, los dioses lo quieran) debe de estar guardado en algún cofre o en una caja que lo proteja. Por lo que he podido averiguar en los milenarios escritos, es un objeto de un cristal muy delicado, brillante, que emite mil chispas y en el que se concentra todo el poder de los bienaventurados dioses a los que hoy, nos encomendamos.

Los hombres a cuyo mando estaba el capitán Turkyet, respetaban demasiado a Adrahmedes para ni siquiera proferir una palabra obscena que los liberara un poco ─psicológicamente─ de la tensión que iban acumulando.

La quietud reinaba por todas partes. Los hombres de Turkyet miraban en derredor. Se habían encomendado a sus dioses. No era lo mismo enfrentarse a soldados, guerreros de ejércitos enemigos, de igual a igual, que a algo que no tiene forma o que no sangra. Porque si no sangra es que no se puede matar, al menos no con el filo de una espada.

En una estrecha puerta cubierta de maleza maloliente, las antorchas en manos de los hombres que las portaban quedaron paralizadas. Una indicación de Adrahmedes hizo que todos contuvieran la respiración.

-Este lugar… acercadme la antorcha. Debo revisar el pergamino.

Adrahmedes comprobó las indicaciones de una especie de mapa que estaba escrito en una lengua desconocida. Pero el anciano estaba versado en lenguas antiguas y desaparecidas y daba la impresión de que conocía o por lo menos no le era desconocida del todo la elaborada escritura.

─Hay que abrir esa puerta.

Los hombres empujaron y tardaron unos minutos en abrirla del todo. Espadas en mano entraron vigilantes en una estancia cubierta de polvo y silencio. En las paredes de piedra pulimentada de color ocre como la sangre reseca, descansaban unas estatuas dentro de unas grandes hornacinas que a modo de guerreros inmóviles parecían mirar hacia el centro.

Una especie de altar a la luz de las antorchas apareció ante ellos y sobre el altar lo que parecía un recipiente. Adrahmedes leyó despacio el pergamino y titubeante dijo:

Una única llama que no emite fuego alguno es la llave para luchar contra aquel que vive en las tinieblas de la tierra y se oculta en la noche.

Precedidos por el anciano sabio, los hombres rodearon el altar y esperaron la reacción de Adrahmedes.

─ ¡La llama! ¡ La llama de cristal que emite chispas de luz y fuego pero no quema! ¡El talismán de Ork!

IV.- FRENTE A LAS MONTAÑAS NEGRAS

Las Montañas Negras, un lugar al que muy pocos humanos han accedido a lo largo de los siglos. Se dice que esas montañas fueron puestas allí por la raza de los titanes, unos seres gigantes que gobernaron el continente y las islas desde la creación del mundo. Una fila de estatuas derrumbadas que en su tiempo se erigían desafiantes hacia el cielo y la tierra servían de pálidos guardianes que proyectaban sus sombras bajo los inquietantes rayos de la luna llena.

Frente a las montañas negras, los hombres de la reina Udurthe Zanis esperaban con impaciencia. La luna aún no ha llegado a su cénit y el corazón de los valerosos guerreros latía al endiablado ritmo de unos tambores que se escuchaban en la lejanía.

Tal vez, era el ritual de alguna tribu en las montañas cercanas que conocía los terribles secretos que procedían del siniestro lugar y que con sus cánticos y ritos, intentaban conjurar el inminente peligro.

Adrahmedes, envío una paloma mensajera a Atreasis contándole todo lo acontecido desde que le escribió la última vez.

Lamentablemente, Atreasis no pudo responder a llamada con su presencia debido a la edad y los achaques, pero sí respondió el rey Hipeus con un destacamento que apoyaba a los hombres de Udurthe Zanis.

No saben a ciencia cierta a lo que se enfrentan. Se habla, se comenta, se rumorea sobre el devastador poder de los tentáculos del monstruoso viento rugiente y de una nube negra que cubría gran parte de la montaña en la que el dios tiene su guarida.

Esa noche, si Ahura Azdam y la fe de los valientes hiciera que el amuleto sirva para que detuviese al viento que comenzaba a agitarse sobre la copa de los escasos árboles que los rodean, podrían dar gracias por la aventura vivida y por seguir con sus almas intactas.

─El ritual de los sacrificios humanos de los viejos sacerdotes de Sharhar propiciaba que, una vez satisfecha, la maligna entidad se retirase a sus habitáculos y se olvidara de los míseros mortales que viven casi a los pies de las montañas.

Adrahmedes entrevistó a un joven que escapó del sacrificio y contó lo que vio con sus propios ojos.

─ ¡Una enorme nube negra de humo espeso negro y rojo y unos tentáculos que salían del centro de la nube que se dirigían hacia la ciudad! En el altar que habían levantado los esclavos, ordenado por los malditos sacerdotes que se habían hecho con el poder, llevaron a las mujeres y los niños.

Lloraba con desolación y miedo. Adrahmedes abrazó al muchacho, Comprendía lo horrible de la descripción de los sangrientos sacrificios.

─ Ahora estás a salvo, hijo. No permitiremos que el demonio se apodere de tu alma.

Junto a Adrahmedes estaba Irzik, el hijo mayor del capitán Turkuet que había fallecido a causa de los mordiscos de unos perros salvajes de las montañas que los atacaron cuando salían de las ruinas del palacio de Kuthmet. Lamentablemente, los médicos de la reina no pudieron salvarle y ahora el joven con el corazón henchido de rabia y deseo de venganza, ocupaba el lugar de su padre.

La luna ya se había puesto en el centro del cielo y todo comenzó a temblar alrededor. Adrahmedes sintió como si una mano helada le estrujara el corazón.

Había miedo y temor en los corazones de los hombres que se enfrentaban a un sangriento y demoníaco poder. Pero también había fe en los dioses de la luz que iban a medir las fuerzas con el sangriento dios de nombre desconocido.

Un mensajero trajo la noticia de que una columna de humo blanco proveniente del oeste iba acercándose más y más a las Montañas Negras.

─ ¡Los hombres de Hipeus de Markhatelet!

Efectivamente. Una avanzadilla compuesta por el barón de Gorty y su guardia personal, presentó sus respetos a la reina Udurthe Zanis que se encontraba rodeada de sus hombres.

-Majestad, traigo el saludo personal del rey Hipeus y la ayuda que el noble Atreasis solicitó por boca del sabio Adrahmedes para combatir juntos esta amenaza en forma de demonio que desea someter a los reinos civilizados del continente.

─Gracias, barón de Gorty. Si salimos de esta terrible situación, deberemos festejar el rey y yo el éxito de nuestra aventura. La luna está en el cielo y a punto está de comenzar la batalla. ¿Crees en los dioses, barón de Gorty?

─Mi señora, creo en que el bien vencerá al mal, siempre. Nuestras espadas están en alto, pero un solo objeto puede hacer que el abominable dios vuelva a su cubil del infierno y que no despierta más para atormentarnos.

La forma más pavorosa del dios demoníaco apareció ante los aterrorizados ojos de los soldados y guerreros que rezaban en sus lenguas (había entre ellos bastantes mercenarios de distintos lugares del continente). Una gran nube negra y roja, apareció y los tentáculos se asomaban obscenamente.

Entonces una multitud de seres mitad hombres y mitad reptiles, gritaron con horrendos gritos similares a los graznidos de cuervos gigantes o endemoniados rugidos de fieras salvajes.

La lucha comenzó entre los soldados y mercenarios y los seres híbridos enviados por el dios sin nombre a la batalla.

Adrahmedes y el muchacho se resguardaron en un lugar seguro y dejando al chico a buen recaudo, se apoyó en Irzik, el hijo del infortunado capitán Turkyet; treparon por una zona en sombras de la montaña y cuando los tentáculos comenzaron a aparecer, Adrahmedes gritó con todas sus fuerzas la invocación divina a Aruha Adzam.

La batalla continuaba en las laderas de las Montañas Negras. Nadie sabía que el demonio poseía un ejército de seres repulsivos que luchaban como diablos. Pero las espadas cortaban brazos verdosos, cabezas y colas llenas de escamas y eso era en lo que creían los hombres: en cortar, acuchillar, golpear y destrozar. Las invocaciones las dejaban a los sabios y a los locos sacerdotes.

Adrahmedes levantando las temblorosas y nervudas manos, sostenía el talismán de Ork, la llama de cristal comenzó a chisporrotear con una luz que cada vez se hacía más potente, pero que no quemaba los ojos ni del anciano ni de Irzik.

─ ¡Yo te conjuro Dios de la Noche en el sagrado nombre de Aruha Azdam! ¡Apártate para siempre de estos lugares y retírate a tu reino sombrío de muerte! La luz de poderoso Aruha Azdam envolverá tus tentáculos manchados con la sangre de los inocentes y te envolverá para que desaparezcas de la vida de los hijos a los que tanto ama. ¡Gran dios, señor de la luz, adalid del bien y la justicia, por este talismán sagrado, protege a tus hijos y líbralos del miedo, el terror y la esclavitud del Dios Negro de los eternos espacios de la oscuridad!

En el cielo oscuro y con una luna cubierta por los gigantescos tentáculos que se movían con la furia del viento feroz que había desatado el aliento del dios de la oscuridad, se libra la última y –por ahora─ definitiva batalla contra Los refulgentes rayos enviados por Aruha Azdam que ha escuchado las palabras del buen Adrahmedes, cuyo talismán ha obrado el milagroso efecto de la sagrada invocación.

Con la fuerza de la fe en los corazones de los hombres que han sobrevivido y el agradecimiento a los Dioses de la Luz, el humo negro y rojo sangre que envolvía el aliento del Dios Sin Nombre se fue evaporando del cielo y los terribles tentáculos que en aquellas sangrientas noches de luna llena sembraron la muerte, desaparecen.

La luna brilló con fuerza. Los corazones de los valientes proclamaron la victoria. Los ojos de Adrahmedes se cubrieron de lágrimas.

-Hemos vencido, mi buen Atreasis. ¡Qué Aruha Azdam te proteja! ¡Que nos proteja a todos!

Dedicado a Robert E. Howard y a H.P Lovecraft

22 de agosto, 2013

Paloma Muñoz

La reina Blancanieves

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato fantástico-erótico

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina Blancanieves.

El viento aullaba con las voces de mil demonios. Parecía que una manada de lobos hambrientos persiguiese a los dos jinetes por las callejuelas de la ciudad. En aquella noche sin luna, negra como la pez, apenas se veía un palmo más allá de la luz de las antorchas, pero el sentido de la orientación del hombre que iba en cabeza era extraordinario y llegaron a la casa del magistrado sin ningún contratiempo.

Tomwats, el más joven, temblaba como una hoja. Y no era únicamente por el viento frío, que acuchillaba sin piedad la piel de su rostro; también tenía miedo. Acudir a la casa del gran magistrado a esas horas de la noche, en plena tormenta, era un desafío solo a la altura de aquellos a los que lo tenía acostumbrado el maestro Locksher.

Ambos descendieron de sus monturas. Locksher se echó la capucha hacia atrás para dejar al descubierto su rostro enjuto y descargó tres golpes con la cabeza de bronce de su bastón sobre la pesada puerta de madera. Estaba a punto de golpear de nuevo cuando ambos pudieron ver la luz de una vela que iluminaba las ventanas superiores y comenzaba poco después a moverse hacia la planta baja.

Después de varias vueltas de llaves y ruidos chirriantes de metal al descorrer los cerrojos, la puerta se entreabrió para dejar ver la cara oronda y contrariada de una mujer envuelta en una manta.

—Solo los rufianes con intención de robar, o los sacerdotes a los que se les ha pedido la extremaunción salen de sus cobijos a estas horas, maestro Locksher.

—Pues no somos ni lo uno ni lo otro —bramó él—. Y ahora apartaos, buena mujer, que el asunto que venimos a tratar con el alto magistrado es de vital importancia para el destino del reino y no admite demora.

El ama de llaves hubiese podido impedir con facilidad que los dos hombres entrasen en la casa, pues duplicaba a ambos en peso, pero la firmeza con la que le había hablado el hombre y su fama de investigador infalible hicieron que se apartase.

—Dígale al magistrado Hollymoor que lo esperaremos sentados en la biblioteca.

—Por supuesto que se lo diré. Y Dios los coja confesados si el asunto que les trae hasta aquí a estas horas de la noche no es tan importante como para despertarlo…

La mujer encendió varias velas que iluminaron de forma tímida la sala y arrojó un tronco a las llamas de la chimenea, que comenzaron a revivir con brío. Después desapareció escaleras arriba.

Locksher guiñó un ojo al chico para infundirle tranquilidad. El caso que tenían entre manos era, sin lugar a dudas, el más difícil de su carrera. La estrategia que había ideado para llegar hasta el criminal más peligroso e inteligente de todos aquellos con los que se había enfrentado, requería de una puesta en escena perfecta. En su mente había escrito una obra de teatro magistral cuyo argumento solo conocía él. Y precisaba convencer a cada uno de los actores para que ejecutasen su papel sin cuestionarlo y le permitiesen así levantar el telón del siguiente acto.

Ambos pudieron oír cómo, en el piso de arriba, el magistrado maldecía en voz alta  cuando el ama de llaves lo despertó para sacarlo de la cama.

Un buen rato después apareció por la puerta el grueso cuerpo del magistrado que, sin saludar a los recién llegados y visiblemente malhumorado, escogió un sillón de orejas frente a la chimenea e invitó al investigador a sentarse frente a él.

—Matilda, tráiganos un par de copas de coñac. Este hombre parece congelado.

Locksher se dio cuenta al instante de qué era lo que pretendía aquel hombre. Estaba castigándolos. Por motivos del cargo que ostentaba, no podía desoír a un investigador si este requería su atención, y la hospitalidad le obligaba a ser amable con él. Pero al ignorar a Tomwats dejaba muy claro que nada más que haría aquello a lo que estuviese obligado, y eso no era en absoluto conveniente para los intereses de la investigación, no si lo que Locksher buscaba era un poco de cooperación. Sabía del magistrado Hollymoor que era un hombre muy ambicioso y que, a pesar de su edad, todavía aspiraba a llegar aún más arriba en su carrera. Locksher decidió jugar sus cartas, así que se acercó hasta el hombre y le susurró al oído:

—Debido a la urgencia de nuestro caso, no he tenido tiempo de presentar adecuadamente al chico, pero, ahí donde lo veis, tenéis delante al sobrino del gobernador —y se alejó un palmo para comprobar el impacto que había tenido la noticia en la cara del magistrado, que lo miraba con los ojos abiertos como platos—. Además, se trata de un joven muy bien relacionado en la corte. Hay quien me ha dicho que incluso le están buscando alguna embajada…

Locksher había mentido, por supuesto. Tomwats, su aprendiz, era huérfano, y el único contacto que había tenido con la corte había sido el día en que el príncipe Henry los habían convocado para investigar la muerte su padre, el rey Edward, que había fallecido aplastado por un enorme colmillo de elefante. Justicia poética, dirían algunos, si se tenía en cuenta que aquel colmillo había pertenecido a un animal al que antes había asesinado el monarca. Accidente sospechoso, había concluido entonces la investigación, pero sin pruebas para que Locksher pudiese demostrar nada más o acusar a alguien en firme.

—¡Por el buen Dios, Matilda! ¿Dónde están esas tres copas? —gritó el magistrado para corregir el desplante inicial—. Estos buenos hombres están medio congelados. Por favor, chico, acércate a la lumbre para calentar un poco tus huesos.

Locksher no pudo evitar que las comisuras de sus labios dibujasen una pequeña sonrisa. ¡Qué manejables podían llegar a ser los hombres si se accionaba el resorte adecuado! Ahora estaba seguro de que el magistrado sería mucho más receptivo a su teoría de la conspiración.

Después de una intranscendente charla sobre la crudeza del invierno, que tuvo lugar mientras Matilda servía las copas, el magistrado preguntó por el motivo de la visita. El tono era mucho más amable.

Locksher extrajo una carta de una bandolera de cuero y, después de comprobar que era la correcta, se la acercó al hombre, que se puso los anteojos y la entornó para examinarla a la luz del fuego de la chimenea.

—Y bien, ¿qué es lo que se supone que estoy leyendo?

—¡Oh!, el texto es irrelevante, señor. Se trata de la típica carta que los suicidas dejan para explicar los motivos que lo llevaron a tomar tal decisión.

—Pues si el texto es irrelevante, no veo… —la voz del magistrado denotaba un poco de impaciencia.

—Ahora observe esta otra. Hace unos cuantos años, investigué el caso de la hechicera real y Blancanieves. Esta es la carta en la que uno de los señores enanos solicita la ayuda del príncipe para detener a la hechicera por haber envenenado a Blancanieves. Lo demás es de sobra conocido: nuestro noble príncipe Henry, al que Dios tenga en su gloria, encandilado por la belleza de Blancanieves, la besa y la casualidad hace que ella despierte de su trance en ese mismo momento. La leyenda atribuyó al beso un poder que no tenía, porque luego se descubriría que la dosis de veneno administrada en la manzana no había sido letal, pero fue el oportuno milagro que hizo que el pueblo aceptase a una plebeya como la nueva princesa.

Después de echar un vistazo a la nueva carta, Hollymoor lo miró por encima de los anteojos.

—Esta carta parece la auténtica, pero todos sabemos que no puedes tener en tu poder las pruebas de un caso, aunque este haya sido resuelto, ¿verdad, hijo?

Al oír eso Tomwats sufrió un nuevo escalofrío. Los métodos se investigación de su maestro eran, por decirlo de un modo suave, poco convencionales. Muy a menudo incluían mentir o manipular pruebas. Y era bien cierto que nunca había quedado un caso por resolver, incluso los más difíciles, pero el chico se sentía como si siempre estuviese dando saltos sin red. El día en el que algo fallase ambos se verían obligados a responder ante la justicia, por muy bien que la hubiesen servido hasta entonces. El maestro Locksher le decía a menudo que los malos siempre iban un paso por delante y, en la mayoría de los casos, era imposible atraparlos sin romper unas cuantas reglas.

Locksher estaba decepcionado. Desgraciadamente volvía a ser verdad que cuando el sabio señalaba a las estrellas, los necios miraban al dedo. Pero no era problema, estaba acostumbrado a tratar con necios. Se pondría a la altura del hombre y lo guiaría hacia la solución del problema como si estuviese tratando con un niño. ¿Acaso no lo hacía siempre?

—No, magistrado, no son las auténticas, por supuesto —mintió sin titubear—. Pero se trata de unas réplicas exactas, realizadas mediante técnicas secretas que nos enseñaron los amables monjes de un monasterio cuyo nombre nos ha sido prohibido revelar, ¿verdad, Tomwats?

—A… Así es, señor —corroboró el chico con un deje de inseguridad y abrumado por la inventiva de su maestro—. ¡Menuda cerveza la de aquellos monjes! —añadió de su propia cosecha el muchacho, lo que sorprendió positivamente a Locksher.

—¡Matilda! Deje de espiar entre las sombras y sírvale otro trago a nuestros invitados. Este muchacho todavía tiembla de frío como un pajarillo. Tartamudea y casi no puede ni hablar…

La mujer dejó que transcurriesen unos segundos y entró en la sala con la cabeza bien alta y toda la dignidad que fue capaz de reunir para cumplir con los deseos de su señor. Cuando estaba a punto de retirarse, el magistrado dijo:

—Déjenos la botella y acuéstese, que ya le contaré por la mañana aquellos detalles de la conversación que sean de su interés.

Una vez que se quedaron solos, el magistrado retomó intrigado la conversación.

—Veo las cartas, pero necesito que me diga sin más rodeos qué es lo que les ha traído hasta mi casa esta noche.

—Entiendo, señor, que a plena luz del día no se habría escapado a su sagaz vista que ambas cartas están escritas por la misma persona. —El magistrado comenzó a comparar ambas cartas entre sí a la luz de la vela y ahora sí detectó ciertas similitudes entre ellas—. No hay duda al respecto. He hecho que ambas sean examinadas por varios maestros calígrafos de excelente reputación y todos ellos han llegado a las mismas conclusiones: la caligrafía, el tipo de tinta e incluso el papel son idénticos en ambos casos.

—Veamos… Lo que ustedes están tratando de decirme es que uno de los señores enanos, concretamente el que escribió esta carta de auxilio, la que salvó a nuestra hermosa reina Blancanieves de aquella muerte aparente, se ha suicidado.

Locksher debía ser muy cuidadoso a la hora de expresar su teoría de la conspiración. Tenía que serlo cuando era preciso apuntar su flecha tan alto. Había sido muy hábil al aludir a la inteligencia del magistrado y ahora necesitaba presentar poco a poco las pruebas para que pareciese que todo encajaba de forma natural, sin ningún tipo de estridencias.

Tomwats, por su parte, estaba desconcertado, pero eso era algo habitual. Su maestro en rara ocasión le hacía partícipe de las investigaciones. Decía, seguramente con acierto, que aquello que no sabía no podía matarlo. Aun así su fe en el maestro investigador era inquebrantable. Locksher nunca había fallado a la hora de señalar el culpable de un crimen, y había aprendido más con él en un año que en la academia de investigadores en diez.

—Bueno —continuó Locksher—, lo cierto es que esa carta de suicidio es la que se encontró en la habitación del rey Henry, justo después de que el ayuda de cámara hallase su cuerpo sin vida.

Hollymoor ya no tenía sueño. Si lo que insinuaba aquel investigador era cierto, el rey podía haber sido asesinado.

—¿Y cómo os explicáis esa coincidencia?

—Me temo que vos ya os habréis hecho una teoría al respecto. De todos es conocido el rencor que sienten hacia los hombres los señores enanos por haberlos desterrado a los bosques. —Locksher vio que eso no impresionaba al magistrado, así que decidió dar una vuelta de tuerca más al argumento—. Mis informadores me han dicho que esta misma noche, quizás mientras estamos manteniendo esta misma conversación, los enanos tratarán de asesinar a la reina Blancanieves mientras duerme. Créame si le digo que no tenemos tiempo que perder, magistrado Hollymoor.

—¿Y qué podemos hacer entonces? O vuestra fama es inmerecida, o si os conozco un poco juraría que ya tenéis algo planeado…

—Cierto, magistrado. Todo lo sucedido hasta ahora me hace sospechar que hay más implicados en esta trama que los señores enanos. No sabemos cuántos de los de palacio pueden estar alentando la conspiración y no podemos permitirnos el más mínimo error, así que me he puesto en contacto con el conde de Faithfulrock, que nos ha enviado a doscientos de sus más leales hombres.

—Pero Faithfulrock es conocido por su oposición a Blancanieves. Nunca aceptó que una plebeya accediese al trono…

—Precisamente por eso, señor. Fue su inquebrantable lealtad a la monarquía la que le hizo tomar esa decisión. Por un lado, el conde goza de mi más absoluta confianza, y no se me ocurriría mejor persona para confiarle el destino del reino y de la corona. Y por otro, estoy seguro de que a nadie en su sano juicio se le ocurriría introducir insurgentes entre sus hombres, porque no le servirían de ayuda ya que ninguno de ellos está en palacio. Todo el mundo sabe que el rey Henry lo desterró a él y a los suyos después de su pública renuncia a aceptar a  Blancanieves como reina.

—¿Y puedo saber dónde están ahora esos hombres?

—A las puertas del castillo, señor. A la espera de que lleguemos con una orden suya para que los soldados de palacio bajen el puente y podamos abortar así la conspiración.

—Pues no perdamos más tiempo hablando entonces. ¡Matilda, despierte a esos haraganes de las cuadras y haga que ensillen inmediatamente mi caballo! ¡Partimos hacia palacio!

Apenas una hora después, y tras un penoso viaje bajo la tormenta, el pequeño ejército llegó a las puertas de palacio. Tal y como había supuesto Locksher, la orden firmada por el magistrado les abrió las puertas del castillo y permitió que los hombres del conde se desplegasen en una aparente formación defensiva y corriesen escaleras arriba hasta los aposentos de la reina.

—Ahora, magistrado Hollymoor, necesito ejecutar un pequeño cambio de planes para el cual preciso que estéis lo más atento posible —comentó Locksher ante las puertas de la alcoba real—. Si mi teoría es correcta, esta noche caerá una de las mayores amenazas para nuestro reino, y restituiremos el honor de una persona juzgada y encarcelada injustamente. Si me equivoco, responderé de mis actos ante los tribunales de justicia. Conde, por favor, haga los honores, que nunca se me dio bien derribar una puerta.

A un gesto del conde, diez de sus hombres redujeron a los confundidos miembros de la guardia real que custodiaban los aposentos de la reina, mientras que otros cinco derribaban la puerta.

Tras el estrépito que se produjo cuando la puerta cayó al suelo, los hombres del conde entraron en tromba en la habitación. La sorpresa de todos, los recién llegados y los que estaban dentro de la habitación, fue mayúscula y así se reflejó en sus desconcertados rostros.

Al ver lo que se escondía tras las puertas de los aposentos reales, Tomwats palideció. Tal y como el maestro había predicho, en la habitación de la reina había siete enanos, pero no parecía que estuviesen asesinándola. O por lo menos no en el modo en el que el muchacho se lo imaginaría. Todos estaban desnudos, y los cuerpos fuertes y peludos de los enanos contrastaban con la delicada y blanca piel de la reina. Ellos estaban dispuestos alrededor de Blancanieves en posturas poco menos que acrobáticas, y realizaban cosas que él jamás hubiese imaginado que pudiesen hacerse. Cosas que, con seguridad y según el ministro de su parroquia, serían objeto de inmediata excomunión. Por decirlo de una forma suave, y en palabras de su tío, capitán de fragata retirado, lo que aquellos enanos le hacían a la reina interesaba tanto a la proa como a la popa, y todo ello a diferentes alturas de la línea de flotación.

—¡Cómo os atrevéis, Locksher! —gritó la reina mientras intentaba taparse con un salto de cama transparente, y recuperaba una verticalidad que le otorgaba un poco más de dignidad—. Sin duda habéis cometido atrocidades mayúsculas en vuestra carrera como investigador, pero esta las supera a todas. ¡Me encargaré personalmente de que os retiren la licencia y de que vuestros huesos acaben en el más húmedo de los calabozos!

Mientras la reina gritaba fuera de sí, los enanos comenzaron a correr de un sitio a otro como pollos sin cabeza. Alguno de ellos intentó enfrentarse desnudo a los recién llegados, otros comenzaron a buscar entre el montón de ropa del suelo sus vestimentas, y otros intentaron escapar descolgándose por la enredadera del balcón, pero todos fueron rápidamente reducidos por los hombres del conde y sacados a rastras de la habitación.

Locksher sabía que ese era el momento más delicado de la representación. Había engañado a Hollymoor para que firmase la orden contra los señores enanos, pero sólo él sabía que era necesario ir todavía más allá. El magistrado estaba desconcertado, pero no tardaría en salir de su asombro. Locksher necesitaba de forma urgente una confesión.

—Buenas noches, majestad —saludó con tono solemne Locksher—. Me alegro de que recordéis mi nombre. ¿Por qué conformarse con uno, aunque sea el rey, si se puede tener a siete, verdad? —comentó con cierta ironía mientras avanzaba unos pasos hacia la cama y mostraba las cartas—. Me imagino que os preguntaréis cómo hemos llegado hasta vos. Me temo que alguien muy tenaz y con la suficiente perspicacia reparó en que la carta de un hombre muerto y la de una acusación de hace años estaban escritas por la misma persona.

Hollymoor estaba a punto de pedir explicaciones, pero guardó silencio al oír la dulce voz de la reina.

—Me imagino que no hay nada como hacer las cosas una misma.

—Una vez que nos dimos cuenta de lo de las cartas, investigamos un poco en su pasado, majestad. Por un lado tenemos a un leñador desaparecido de forma misteriosa, cuya esposa asegura que usted es la persona que convivió durante varios años en la casa de los señores enanos, en lo más profundo del bosque, la misma persona a la que el leñador acusó de brujería en al menos tres ocasiones. También tenemos un análisis exhaustivo del cuerpo del rey Henry, su fallecido esposo, en el que los galenos afirman que en el organismo había la cantidad suficiente de una droga extraída de la dodecágona como para producirle parálisis muscular. Una vez inmovilizado, simular un suicidio sería un juego de niños. También tenemos la confesión de la hechicera real, una anciana que lleva encerrada en la torre condenada por intento de asesinato, de “su” asesinato, majestad, demasiados años. A esa mujer a la que usted acusó de brujería, tan solo la libró de la horca toda una vida de fiel servicio a la corona. Después de ejecutar su maquiavélico plan, usted sabía que ningún tribunal dudaría de la inocente confesión de una hermosa dama, que además había regresado de la muerte de forma tan milagrosa. Solo me falta por demostrar cómo lo organizó todo para que el padre del rey falleciese de forma tan oportuna en aquel desgraciado accidente, pero me imagino que los verdugos no tardarán en arrancar la verdad a alguno de sus cómplices.

—Por lo menos lo he intentado, Locksher. No es fácil, para una chica de pueblo como yo, llegar a lo más alto —dijo Blancanieves mientras tomaba una manzana roja como la sangre de un gran frutero de cristal tallado que había al lado de la cama—. La noche ha sido muy larga y estoy bastante cansada. Esta fruta que ven en mi mano acabara por pudrirse del mismo modo que el tiempo arrugará esta piel joven y tersa —comentó con una voz dulce como la miel, mientras deslizaba la punta del dedo por el hombro y, con un movimiento sutil, dejaba al descubierto un pecho perfecto—. ¿No sería una pena que permitiésemos que eso sucediese sin disfrutar de este momento? Vamos, señores, acérquense y tomen una de estas sabrosas manzanas…

Ilustración de Verónica López

Tomwats estaba mareado. Estaba seguro de que Blancanieves utilizaba alguna técnica de brujería para intentar encantarlos y, a pesar de saberlo, sentía que el cuerpo no le obedecía. Algo que no podría explicar lo empujó a aceptar el ofrecimiento. Aquella mujer que mantenía una pose de fingida inocencia, y que enseñaba un pecho de alabastro en el que se dibujaba un pezón como una moneda de cobre, era la reina, su reina, la mujer poderosa e inalcanzable que dirigía los designios del reino y la que el pueblo había jurado obedecer. La mezcla de poder y sensualidad lo desarmó y avanzó unos tímidos pasos en dirección a la cama.

—¡Detente, Tomwats! —gritó con firmeza el maestro—. Es mucho más inteligente de lo que imaginas. Alguien como ella no deja cabos sueltos. Si no me equivoco, cuando revises el frutero encontrarás otras siete manzanas; tantas como señores enanos había en esta sala. Justo las únicas personas que habrían podido delatarla. Después de esta noche, nadie habría podido testificar en su contra.

En un arranque de rabia, el dulce rostro de Blancanieves se transformó en una máscara terrorífica de ira y, en un gesto inútil, arrojó la manzana con todas sus fuerzas hacia Locksher, que la esquivó sin apenas moverse.

—¡Te odio, Locksher! ¡Nadie más habría podido descubrirme! ¡Te prometo que me vengaré!

—¡Lleváosla acusada de asesinato y alta traición! —gritó el magistrado a los hombres que aguardaban una orden suya al otro lado de la puerta—. He visto y oído suficiente por esta noche.

—Cubríos, señora. La tormenta ha dejado los pasillos fríos y las corrientes de aire son muy traicioneras. No me gustaría que os resfriarais —le dijo Locksher al pasar a su lado.

—Gracias por vuestra preocupación, Locksher, pero quizás todavía quede, en algún sitio de este castillo, un hombre de verdad con el que pueda utilizar mis encantos.

Locksher estaba satisfecho. Las teorías, según su propia definición, eran tan solo eso, teorías, y para que fuesen válidas había que demostrarlas. Esa noche se había arriesgado demasiado, seguramente más allá de lo necesario pero, después de que su cabeza encajase las piezas del puzzle, había sido necesario organizarlo todo rápidamente y rezar para que todo saliese según lo previsto. Y había tenido mucha suerte.

Hollymoor se acercó a él.

—Esta noche nos has manejado a tu antojo, Locksher, y las cosas te han salido bien. Pero no me gustan tus métodos, del mismo modo que no me gusta que jueguen conmigo. No te tomes esto como una amenaza pero, si sigues saltando sin red, el día que pierdas pie nadie tenderá una mano para impedir que te caigas. Tus métodos de investigación te están granjeando enemigos poderosos… Ten cuidado.

Y el magistrado se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, pero antes de irse todavía tuvo que escuchar las últimas palabras del investigador.

—El favor que os voy a pedir ahora no es para mí, magistrado Hollymoor. —Al oír su nombre, el hombre detuvo su caminar sin volverse para escuchar qué era lo que tenía que decirle Locksher—. Recordad que todavía está encerrada una inocente en la torre. No demoréis su puesta en libertad, que bastante ha sufrido ya esa buena mujer.

—Se hará lo que deba hacerse, no os preocupéis. Y se hará sin demora —respondió el hombre, y después se fue.

Locksher se quedó pensativo tan solo un segundo, justo el tiempo en el que repasó mentalmente todo lo que había sucedido. Las palabras del magistrado no habían hecho mella en él, del mismo modo que las gotas de lluvia no calaban la piedra. Había asumido cada riesgo que corría desde que había comenzado a investigar el primero de sus casos. No se podía cocinar sin romper algún plato.

—Vámonos, Tomwats. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

Y así fue como el sagaz Locksher y su inseparable Tomwats resolvieron uno de los casos más difíciles de su carrera.

Roberto del Sol

Caperucita, el lobo y la abuelita

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Fantástico

Rating: + 18

 Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Caperucita, el lobo y la abuelita.

Era la primera vez que acudía al Full Moon y, si todo sucedía tal y como había previsto,  también sería la última. El hombre extendió la mano mientras caminaba y entregó al solícito chico de la entrada la tarjeta del deslizador y una buena propina para que se lo aparcase. Lo hizo sin mirarlo a la cara; no tenía ganas de perder tiempo respondiendo al “gracias, señor” del muchacho, y tampoco le apetecía crear un efímero vínculo entre ambos ofreciéndole una sonrisa diplomática. Le desagradaban ese tipo de “obligaciones sociales” con alguien que quizás fuese a morir entre sus manos poco tiempo después.

Comenzó a sentir apetito, y no era el tipo de hambre que se podía saciar al llenar el estómago con comida. Era algo más primitivo, algo que estaba escrito a fuego en los genes de cada especie desde el principio de los tiempos: la necesidad que tenían los animales de aparearse.

Tenía que darse prisa, la luz de la luna llena tiraba de él y no tardaría en caer rendido bajo su hechizo, así que permitió que le abriesen la puerta y entró en el local dejando atrás el lacerante frío de febrero.

El Full Moon era de los locales más elegantes de la ciudad. No podía recordar quién se lo había recomendado, pero le habían dicho que merecía la pena cada dólar gastado entre aquella lujosas paredes de terciopelo. El olor no tenía nada que ver con el de esos otros antros que apestaban a sudor y a ambientador barato, y que acostumbraba a visitar cuando sus negocios lo llevaban a México. Y no era que esto último le desagradase especialmente. Al contrario, le satisfacía porque hacía del juego sexual algo diferente.

Al final, lo único importante era que las chicas no lo defraudasen. Y eso, hasta ahora, nunca había sucedido. Ni en Chicago, ni en México. Las mujeres siempre eran hermosas, cada una a su manera. Por lo menos las que le gustaban a él, que eran aquellas que no tenían muchos años más que los necesarios para no llamar la atención de la policía.

Siguió a una voluptuosa camarera a través de un pequeño laberinto y pasó por delante de una barra atendida por varias mujeres de curvas insinuantes. Todas iban vestidas con prendas ceñidas y diseñadas para enseñar aún más de los hermosos cuerpos al menor movimiento.

Cuando llegó a la sala en la que tenía lugar el espectáculo, escogió una pequeña mesa escondida en la penumbra y alejada del escenario. No precisaba verlo todo en primera fila. Su vista era excelente y deseaba disfrutar tanto de la actuación como de las reacciones del público. Además, necesitaba un poco de intimidad. El hambre aumentaba y no podría retrasar el proceso durante mucho más tiempo. Aunque todavía soportaba el dolor, sentía su piel arder con la fiebre y el sudor ya había empapado por completo la ropa. Extendió los dedos de las manos delante de él y vio cómo los pequeños espasmos musculares los hacían temblar de forma incontrolable. La bestia no estaba siendo amable con él, como en cada cambio, y pugnaba por salir al exterior para verlo todo con sus propios ojos.

En el escenario, una chica bailaba al compás de una música exótica. Tenía mucha clase. Parecía poco más que una jovencita, pero se veía a la legua que estaba acostumbrada a moverse de una forma que hacía que aflorase el lado más primitivo de cada hombre. Conocía la reacción que sus movimientos despertaban en un público ávido de sexo como el que la observaba, y disfrutaba de la situación.

El hombre sonrió ante lo oportuno que le pareció que la joven estuviese disfrazada con una pequeña capa roja que apenas cubría una pequeña parte de su cuerpo.

La camarera que lo había conducido hasta la mesa se acercó y dejó un bourbon delante de él con una sonrisa. Parecía no percatarse de la evidente transformación que estaba sufriendo aquel hombre escondido en el rincón y, si lo hizo, no dio muestra alguna de sorprenderse. Al inclinarse, la mujer acercó sus generosos pechos y hasta él llegó el dulce perfume de ella. No la burda y artificial mezcla de esencias por la que los hombres podían llegar a pagar miles de dólares, sino aquel que latía de forma casi imperceptible sobre la piel: el dulce aroma de la juventud, el de los delicados compuestos químicos que las glándulas liberaban cuando anunciaban que una hembra estaba dispuesta. Era un crimen intentar enmascarar esa fragancia, pero hacía siglos que las mujeres insistían en disfrazarlo y preferían oler como plantas en flor.

Decidió que ya no sujetaría por más tiempo a la bestia. El hambre se había convertido en algo incontrolable, en un río caudaloso que amenazaba con desbordar los cauces de la cordura. Las manos del hombre apretaron los reposabrazos de la butaca con tal fuerza que los astillaron. La fase final del proceso sucedió en un instante. No había nada en el mundo tan gratificante como el placer que sucedía al dolor de la transformación.

Sus ropas se rasgaron cuando su ADN defectuoso obligó a los músculos a multiplicarse hasta alcanzar varias veces el volumen normal. Ya no podía recordar qué lo había llevado hasta allí, o al hombre que había sido apenas unos segundos antes.

Ahora el lobo había tomado por fin el control, y tenía mucha hambre.

Ilustración de Daniel Camargo

Ninguno de los presentes pareció molestarse por los ruidos que provenían del rincón del fondo. La enorme bestia se irguió sobre sus patas traseras y arrojó con gran estrépito la mesa contra la pared. A unos pocos metros, la chica continuaba moviéndose alrededor de una barra vertical, ajena a lo que sucedía en el rincón oscuro. El lobo avanzó lentamente con sus ojos negros como un pozo sin fondo clavados en la frágil figura de la mujer. Ella pareció reparar en su presencia pero, lejos de asustarse, comenzó a deslizar las manos por su cuerpo de una forma turbadora, incitándolo, excitándolo.

Un gruñido ronco eclipsó la música por un instante y la bestia saltó sobre aquellos que estaban más próximos, derribando sillas y mesas. No tuvo piedad. El hambre era muy fuerte y lo dominaba por completo. Romperlos en mil pedazos fue tan fácil como arrebatarle el muñeco a un niño. Cuando terminó, la sala estaba cubierta de trozos de carne más o menos reconocibles. La sangre cubría los delicados dibujos con motivos eróticos de las paredes en oleaginosas manchas oscuras y el dulce olor de la muerte saturaba sus sentidos.

Lo sorprendente había sido que ninguno de los presentes había opuesto resistencia. Ni siquiera habían llegado a girar la cabeza para preguntarse qué era lo que sucedía detrás de ellos, o habían llegado a emitir un grito de sorpresa o dolor cuando había comenzado a desmembrarlos.

Y eso no le agradaba en absoluto.

Nada podía compararse con el sabor de la carne cuando estaba regada con la adrenalina que producía el miedo.

Aunque el olor de la sangre embotaba sus sentidos y le impedía razonar con claridad, el lobo se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. Mientras tanto, la muchacha seguía bailando, ahora solo para él, y los movimientos hipnóticos de sus caderas lo mantenían paralizado, como en trance. La música acabó y con ella la actuación. Ahora la mujer estaba de espaldas a él y le mostraba su hermoso cuerpo desnudo sin ningún tipo de rubor o miedo a lo que pudiese sucederle. Tras un interminable instante, ella giró la cara y le guiñó un ojo con picardía mientras humedecía los labios con la punta de la lengua en un gesto que no necesitaba traducción. Eso fue más de lo que la bestia pudo soportar. El gran lobo se abalanzó sobre el escenario dispuesto a reclamar para sí a aquella joven de carne tierna y sonrosada.

De repente todo se esfumó. La chica, el escenario, la carne, la sangre, todo.

Victor abrió los ojos desorientado, incapaz de determinar en qué lugar se encontraba. Una agradable luz de color ámbar fue creciendo en intensidad hasta que el hombre alcanzó a ver qué era lo que lo rodeaba. Entonces lo recordó todo.

La entrevista.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Estaba suspendido ingrávido en posición horizontal, y los pies y las manos estaban sujetos por unas ligaduras invisibles. En una de las paredes se deslizó una puerta. Una enfermera entró en la sala y comenzó a retirar la delicada maquinaria que lo envolvía y con la que le habían hecho el examen. Víctor no pudo evitar sentir un poco de vergüenza cuando comprobó que mantenía una enorme erección que no podía disimilar.

—No se preocupe —comentó ella sin darle demasiada importancia al asunto, mientras tecleaba en una consola traslúcida para liberar las sujeciones—. Las fantasías son demasiado reales y la mayoría de las veces el cuerpo nos traiciona. Prácticamente veo algo así todos los días, aunque la verdad es que casi nunca de esas dimensiones —y la mujer sonrió con picardía.

—¿Y bien, Anna? ¿He pasado la prueba?— preguntó él mientras se incorporaba.

—Acompáñeme, por favor, señor Ionescu. En unos segundos conoceremos la respuesta a esa pregunta.

Él la siguió sin poder apartar los ojos de aquel cuerpo, lo que lo transportó de nuevo a aquella parte de la fantasía en la que iba tras la camarera por el pasillo de terciopelo. Mientras caminaba, Víctor hacía esfuerzos por colocar la palpitante hinchazón de su entrepierna de una forma en la que llamase menos la atención, pero todo intento era inútil. La moda que había llevado a las mujeres a vestir aquellos trajes desechables de una pieza, que se ajustaban al cuerpo como una segunda piel, eran un fastidio para un momento como aquel, en el que necesitaba con urgencia transferir sangre de sus partes bajas a otras zonas del cuerpo menos delatoras. Sobre todo si la mujer que lo llevaba puesto poseía una silueta de escándalo como la de Anna.

La mujer pulsó una luz en la pared. A su derecha se deslizó una puerta por la que entraron a una habitación amueblada con una mesa de cristal y una reliquia de estantería estilo Ikea. Víctor silbó impresionado al verla. La fabricación de ese tipo de muebles estaba prohibida desde que había entrado en vigor la Ley Mundial de Protección de la Madera, y su presencia era un símbolo de ostentación que solo las más poderosas personas o corporaciones se podían permitir. Si vendiese aquella pieza en el mercado negro, podría vivir holgadamente durante varios años.

Las delicadas manos de Anna teclearon algo en la pequeña consola y el contorno de unas sillas se dibujó en el aire. Después se sentó detrás de la mesa transparente y lo invitó a hacer lo mismo frente a ella.

—Bien —comentó mientras volvía a teclear—. Veamos cuál es el análisis de MTVac.

Al instante ambos fueron capaces de ver el resultado de la prueba en la holopantalla. En ella se podía leer el puesto de trabajo para el que se había examinado, la fecha, 25 de enero de 2152, su nombre, Víctor Ionescu, y el veredicto: RECHAZADO.

—¿Rechazado? No entiendo. ¿Qué es lo que ha salido mal esta vez?

Ella acomodó su cuerpo en la silla transparente de una forma que lo puso aún más nervioso.

—Sólo MTVac tiene acceso al archivo de la prueba, señor Ionescu. La LPD protege ese informe de la vista de cualquiera que no esté cualificado. Pero, por lo que puedo ver, se trata de algo relacionado con el sexo. Al parecer, el nivel de violencia con el que se ha desenvuelto en la prueba está dentro de unos límites aceptables según los estándares definidos en la Convención de los Derechos del Mutante, pero usted sabe tan bien como yo que todos aquellos que estamos modificados genéticamente no podemos tener relaciones sexuales con humanos. La mezcla de ADN es inaceptable. Según MTVac, ese es el motivo por el que no ha superado la prueba.

—Pero si me estaba examinando para un puesto de conductor en un transbordador.

—Le recuerdo que este no es un transbordador espacial cualquiera, señor Ionescu. Se trata de una prueba para un puesto de copiloto en el GaneMed, el vehículo que transporta en cada viaje a más de cinco mil mujeres mineras que trabajan en Fobos. Tres meses encerrado en una lata de sardinas con todas esas mujeres —la enfermera le guiñó un ojo—. Me temo que todo eso estaba perfectamente especificado en las bases de la convocatoria.

El hombre hundió su mentón, decepcionado. Era la enésima vez que lo descartaban por su tara genética. Estaba seguro de que ya nadie le daría trabajo. Él no podía evitar ser como era. No podía arrancar la bestia de su cuerpo. No sin acabar con él mismo. Quizás fuese eso precisamente lo que buscaban, que todo acabase. Sintió cómo la ira comenzaba a crecer en su interior y luchó para intentar evitar que se desbocase.

—¿Para qué demonios tenemos los chivatos entonces? —Y señaló el pequeño dispositivo que los mutantes de clase dos y tres estaban obligados a llevar en un lugar visible, y que avisaba del cambio inminente—. Se supone que este aparato protege a los “normales” de los seres como nosotros.

—Usted sabe tan bien como yo que eso no es suficiente. Eso de poco serviría en un entorno tan reducido como el del GaneMed.

No había nada que pudiese decir o alegar para tratar de rebatir la decisión. Ellos ponían las reglas y siempre tenían la sartén por el mango. Víctor se sentía víctima de una conspiración.

—No es justo. Me han manejado a su antojo desde el primer momento.

—Bueno, señor Ionescu, usted conoce el procedimiento. Cerberus estudia las debilidades del sujeto y construye una fantasía en lo que lo coloca en una situación extrema para calibrar sus reacciones. Nunca una situación de estrés es igual a otra. Sabe que puede alegar lo que desee al juicio de MTVac, pero no le servirá de mucho —contestó ella con el cansancio propio de la rutina—. Todo nuestro instrumental está perfectamente calibrado.

—¡Y una mierda! —gritó Victor fuera de sí a la vez que se levantaba y lanzaba un manotazo que arrancó de la mano el módulo de control a la enfermera—. Ahora resulta que mi tara no es aceptable en esta sociedad edulcorada, pero bien que nos fue a todos cuando yo, y otros muchos como yo, luchamos durante diez años en las Guerras del Agua y utilizamos nuestras habilidades para derrotar a los alienígenas, ¿verdad? Me imagino que lo mejor para todos hubiese sido que no sobreviviésemos…

Víctor se dio cuenta de que no tenía sentido pelear en aquella sala. Anna no tenía la culpa. La guerra, su guerra, estaba perdida. La sociedad a la que había salvado el culo en tantas ocasiones lo rechazaba. Las bestias como él no tenían cabida.

—Víctor, cálmese o me veré obligada a llamar a seguridad.

—Está bien —aceptó el derrotado mientras volvía a sentarse—. Discúlpeme, Anna, no volverá a suceder. —La enfermera le dio la espalda y se agachó para alcanzar el módulo de control, que se había colado bajo el mueble de madera. Los ojos mejorados genéticamente de Víctor se recrearon con la vista de cada pequeño pliegue de la exuberante anatomía de la mujer. Disfrutó de la vista de cada colina, de cada pequeño valle, mientras ella intentaba alcanzar el módulo, ajena al peligro—. Anna, ¿me permite preguntarle algo?

—Por supuesto —respondió ella con voz de esfuerzo.

—Antes utilizó el plural al referirse a los genéticamente modificados.

—Así es —dijo ella sin volverse. Casi podía acariciar el módulo de control con la punta los dedos.

—Podría decirme cuál es su “habilidad”. No puedo ver su chivato.

—¡Oh, sí! Por supuesto. No tengo inconveniente. No llevo chivato porque soy un mutante tipo uno. Absolutamente inofensiva. Aquí donde me ve, tengo ciento setenta y dos años. Mis genes, por suerte o por desgracia para mí, hacen que envejezca a cámara lenta.

—¡Caramba! —dijo él con voz zalamera—. Ciento setenta y dos años. Nadie lo diría.

Víctor comenzó a sentir el mismo tipo de hambre que había sentido en la prueba de la que acababa de despertar, y con un gesto premeditado se desprendió del chivato y lo dejó sobre la mesa de cristal.

«No me han dejado tener a Caperucita, pero quizás todavía pueda tener a la abuelita», pensó mientras un velo rojo sangre le nublaba la vista. Ya no era capaz de razonar, la transformación había comenzado. La sangre comenzó a acumularse de nuevo en sus músculos hipertrofiados y en la entrepierna. Era muy difícil encauzar el caudal de aquel río desbordado. Sintió cómo los brazos se convertían en gruesos postes y sus músculos palpitaban con la llegada de la adrenalina. El volumen que estaba adquiriendo su cuerpo gracias al ADN modificado hizo que se rasgase la ropa y en un instante el enorme animal quedó desnudo. De su boca colgaba un delgado hilo de saliva producto de la excitación.

La mujer se dio la vuelta muy despacio.

Lo primero que vio fue al lobo. Una bestia enorme de pelo largo y negro que brillaba bajo la luz artificial. Después vio el chivato sobre la mesa y entonces comprendió cómo Víctor había conseguido transformarse sin llamar su atención. El animal era mucho más grande de lo que hubiese podido imaginar, pero ella no se asustó. Estaba acostumbrada a manejar situaciones parecidas. En su mano apareció, como por arte de magia, una frágil varita plateada. Al verla y entender qué era lo que iba a suceder a continuación, el lobo aulló de forma lastimera. Un instante después un rayo cegador golpeó al animal con fuerza. Anna era muy buena utilizando el descargador. En un mundo tan extraño como aquel en el que vivía, en el que nada era lo que parecía, tenías que serlo para sobrevivir si ibas por la calle luciendo un cuerpo como el suyo, moldeado con innumerables sesiones de cirugía, y que además adoraba enseñar. Anna se había tomado su tiempo y había sido muy cuidadosa a la hora de escoger aquella parte de la anatomía del animal a la que aplicar el doloroso voltaje del descargador. Por eso había elegido los testículos. Casi sentía pena por aquella bestia que se retorcía en el suelo aullando de dolor, con la mitad del cuerpo debatiéndose entre permanecer como un lobo o volver a ser humano.

Anna se permitió disfrutar un instante más del sufrimiento del hombre, después llamó a seguridad. En seguida llegaron dos hombres que se lo llevaron a rastras. Ahora, además de haber sido rechazado, Víctor tendría que responder ante la justicia por haberse quitado el chivato para evitar que diese la alarma durante la transformación. Sería condenado, y sin lugar a dudas encerrado durante mucho tiempo. Todas las entrevistas se grababan por motivos de seguridad y ningún juez tendría dudas acerca de sus intenciones.

Cuando se quedó sola en la habitación, la mujer comenzó a teclear unas órdenes para cerrar de forma definitiva el expediente de Víctor Ionescu y preparar a MTVac para la siguiente entrevista, pero al instante se detuvo y levantó la cabeza a la vez que arrugaba su pequeña nariz con desagrado. A pesar del olor acre a pelo quemado, su delicado y mejorado olfato todavía podía oler el rastro de feromonas que había liberado de forma intencionada en cuanto Víctor había comenzado la prueba. De no ser por el agente inhibidor que se había inyectado esa misma mañana, a ella misma le hubiese sido muy difícil resistirse al cambio. Al principio no había estado del todo segura de que Víctor no pudiese descubrirla, porque los lobos podían olerse aún como humanos, y había estado a punto de echarlo todo a perder al reconocer que ella misma era una mutante. Pero desde el primer momento el hombre había estado más preocupado por la entrevista que por ella. Y ese había sido su gran error, pensó mientras sacaba del Ikea el chivato que la identificaba como una loba mutante de nivel tres, y se lo volvía a colocar en un lugar visible.

Él solo quería pasar la prueba y ella eliminar competencia en la manada.

Pobre Víctor, nunca había tenido la más mínima oportunidad. ¿Cómo iba aquel pobre hombre a adivinar que lo que a ella le gustaban en realidad no eran los lobos, sino las tiernas caperucitas?

Anna sonrió mientras ponía en marcha el reciclador de aire de la sala para continuar con su tarea.

Roberto del Sol

El azul perdido.

Autor: David Gambero

Ilustrador: Mannfred Salmon

Género: Ciencia Ficción

Este relato es propiedad deDavid Gambero, y su ilustración es propiedad de Mannfred Salmon. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El azul perdido.

-¿Primera vez? –preguntó Matthew “Cuatrodedos” a su acompañante nada más abordar la nave de exploración “Auricom”.

Ella asintió al tiempo que se colocaba torpemente en el asiento del copiloto. Caroline Ashby había desarrollado muchas funciones para la Temperley Inc. Y la de astrofísica, aunque no le resultaba desconocida, sí que parecía resultarle incómoda.

-Odio esta compra –fue su respuesta.

Cuatrodedos sonrió para sí. Desde que abandonase la Federación se había dedicado a uno de los nuevos y más prósperos negocios del Universo: la compra-venta de planetas. Pues a aquello se dedicaban en la Temperley. A comprar planetas colonizados y agotados para luego tratar de sacarles un poco más de lo que fuese. Recursos. Tierras. Posiciones estratégicas. Todo valía cuando los colonos ya deseaban echar raíces en otro lado.

-Henry dice que nos ha tocado un planeta inservible.

-Henry es el inservible –gruñó Cuatrodedos al tiempo que seguía comprobando la nave que usarían para el reconocimiento superficial del planeta-. Además este planeta está totalmente fuera de las rutas conocidas. A saber dónde lo habrá comprado…

Entonces una sacudida inesperada zarandeó la nave. Y no sólo la Auricom sino la nave nodriza de la Temperley. Aquello no podía ser puesto que aún no debían abandonar el nodo de salto que les transportaba al sistema donde estaba aquel planeta comprado. Y aún así todos y cada uno de los sistemas electrónicos de la nave se encendieron al unísono. Matthew trató de establecer comunicación con el puente de mando pero entonces una mano invisible y negra destrozó la cubierta que había ante ellos y los arrojó con fuerza a un estómago oscuro y estrellado. El explorador a punto estuvo de perder la consciencia como Caroline por la violencia del golpe pero aún quedaba algo del soldado que había sido en él. Viendo blanco sobre negro encendió los motores mientras la Auricom daba vueltas sin control sobre sí misma, y dio las gracias más sinceras cuando el sistema respondió y los estabilizadores pararon aquel maremagno demencial. Buscó con la mirada la nave de la Temperley y la encontró sobre sí con uno de sus laterales arrugados como una hoja de papel. La suavidad e indolencia de su movimiento le cortaron la respiración. No podían comunicarse con ellos y la nave de la Temperley parecía gravemente dañada. Con un millar de preguntas que amenazaban por desbordarse de la nave un problema mayor atrajo toda su atención. La Auricom también había resultado dañada y probablemente aquellas estrellas indolentes que brillaban a miles de años luz fuesen las últimas que vieran. Buscó una ruta de salvación a toda prisa. Un planeta pequeño y gris cercano al planeta que había adquirido la Temperley fue la respuesta a unas oraciones apresuradas. Dirigió la poca potencia que les quedaba hacia allí y se interesó por una Caroline cuya melena rubia había caído cual cascada escondiendo su rostro. Le hizo a un lado el cabello y le buscó los signos vitales. El pulso respondió al momento. Tranquilo. Regular. Un pulso que le habría cambiado en aquel preciso momento pues el suyo estaba a punto de salirse de la escala. Buscó en los mapas estelares datos de aquella estrella de salvación que crecía ante sus pantallas, pero aquel sector había sido abandonado tanto tiempo atrás que hasta los nombres se había llevado la civilización consigo. Envió un pulso con las coordenadas a la nave de la Temperley e hizo que el único motor de aquella lanzadera se hiciese valer. Mientras buscaba qué equipo de emergencia había en la nave observó cómo la nave de la Temperley encendía motores también y se dirigía hacia la órbita del planeta más lejano. Matthew sonrió aliviado. No trabajaba para gente estúpida al fin y al cabo. Iban a aprovechar la monstruosa fuerza gravitatoria de aquel sistema solar para dar la vuelta y lanzarse impulsado hacia el nodo de salto al tiempo que conseguía un respiro para paliar los daños o pedir auxilio. Bien, pensó Cuatrodedos, por qué lo iban a necesitar.

-¡Mamá! –gritó Caroline cuando volvió en sí.

Matthew suspiró aliviado al tiempo que veía cómo las pupilas plateadas de la muchacha relucían con un brillo inestable. Estaban a pocos minutos de entrar en la atmósfera del planeta y había conseguido despertarla justo antes de un aterrizaje que presumía no iba a ser nada elegante.

-Bienvenida a su día de mierda –le dedicó este -¿Quiere su realidad sola o con leche?

Caroline se sentía totalmente entumecida. Aún así sonrió al saberse viva.

-¿Qué ha pasado?

-Versión corta: Estamos jodidos pero vivos –dio este ayudándola a incorporarse un poco hacia delante-. La versión larga incluye muchas caras de miedo mías y palabras inadecuadas para menores de dieciocho años. Pero dejando eso en un aparte nos dirigimos a un planeta a esperar a que nos rescaten…

-¿A qué planeta?

Cuatrodedos se hizo a un lado y tras él una enorme esfera de distintos tonos de gris se hizo imposible de obviar para la astrofísica. Tras ella, juguetón y escurridizo, la sombra del planeta rojo se hizo visible.

-Ese no es el que hemos comprado…

-Es eso o quedarnos aquí varados a jugar a cual de los dos se queda sin oxígeno antes –replicó él-. Y te advierto que aguanto la respiración muy bien.

-¿Crees que vendrán por nosotros? –preguntó Caroline sin poder ocultar su miedo.

-A por mí no van a venir… Pero a por una astrofísica cualificada, diseñadora de rutas espaciales y rubia maciza seguro que vienen –respondió Cuatrodedos enseñando una pequeña pistola láser de baja potencia-. En otro orden de cosas esto es lo único que hay de utilidad además de mi traje completo de exploración. El resto mucho me temo que no lo he cargado pues no esperaba que el nodo de salto nos expulsase como a una mala comida.

-Sólo un hombre encontraría un arma de utilidad en estos momentos –rezongó ella mientras se ajustaba el cinturón de seguridad del asiento- ¿De verdad te parezco atractiva?

-Preocúpate de si se lo pareces a Henry –contestó fijando su atención en los mandos de la Auricom-. Ahora agárrese a lo que sea. Nos vamos de excursión.

La atmósfera les recibió con la hostilidad de alguien no invitado ni esperado. Nave y piloto tuvieron que hacer su mejor esfuerzo por encontrar un precario equilibrio que les permitiera sobrevivir hasta llegar a la superficie. Una superficie que estaba oculta bajo un manto de condensación atmosférica tan espeso como el propio espacio exterior que abandonaban. El motor de la nave dio su último coletazo cuando hizo un agujero en esta atravesándola a toda velocidad. Bajo ellos un enorme mar gris y sin vida se extendía allí donde les llegaba la vista. Por suerte la nave veía más lejos y no tardó en encontrar tierra donde aterrizar. Cuatrodedos se dirigió hacia allí de inmediato a aquel erial que pasaba a toda velocidad bajo ellos.

-¡Hay una cosa que creo que no he comentado, doctora! –gritó el improvisado piloto entre las sacudidas que estaban amenazando con partir la nave en dos.

-¿Qué no tiene retromotores? –preguntó ella con una mirada de abandono-. ¡Si es eso estréllate con dignidad Cuatrodedos!

Hubo más suerte que dignidad en aquel aterrizaje disfrazado de fiasco. El explorador apagó el motor y trató de frenar con los servos de la nave tanto como pudo hasta que no le quedó más que entregarse al suelo. El golpe fue brutal, pero la experiencia y la pericia de este evitaron que fuese definitivo. Con el corazón a flor de piel y la nave detenida y enterrada a medio palmo en la tierra se miraron como si hubiesen descubierto la vida por primera vez.

-Este tipo de cosas se me dan mejor con dos motores y una nave sin tantas lucecitas rojas –afirmó Cuatrodedos al tiempo que ayudaba a desalojar su asiento a Caroline-. ¿Qué quieres hacer ahora?

Esta, jadeante y dolorida, meditó un segundo su respuesta.

-Salgamos a explorar –dijo con seguridad-. Me remordería la conciencia si sobrevivimos a esto y resulta que en este planeta hay Kelium o cualquier otro recurso valioso.

Cuatrodedos sonrió para sí y le pasó el casco del traje de exploración a la astrofísica.

-No… No estoy cualificada para llevar este tipo de trajes…

-Déjese de tonterías, doctora. Si está cualificada para hacer un protocolo de seguridad que nos mande a este agujero está cualificada para llevar un traje de exploración –expuso Cuatrodedos al tiempo que desenroscaba el grueso y reforzado mono naranja que completaba el traje-. Además según los cálculos de la nave el aire ahí fuera es tolerable.

-Pero no respirable a largo plazo.

-Estoy seguro de que he respirado cosas peores –dijo con seguridad el explorador-. Además eres la única cualificada para dictaminar sobre qué nos hemos estrellado por si Henry decide volver a por nosotros…

Cuatrodedos aún notó algo reticente a la astrofísica mientras la ayudaba a enfundarse el traje de exploración que la hacía parecer un muñeco orondo y torpe. Sabía que contra condiciones extremas su biotraje nada podría hacer por protegerlo. Sin embargo aquel aire saturado de dióxido de carbono y algunos gases que seguro se le repetirían en los pulmones durante no le matarían. Diez minutos después y con los rudimentos y bondades del traje de exploración aprendidos por Caroline, salieron de la nave. Fuera, una niebla espesa y fría les recibió con su desagradable abrazo. Cuatrodedos se mareó al instante que tomó la primera bocanada de aire, aunque soportó con estoicismo los primeros pasos antes de detenerse a esperar a Caroline, que avanzaba con paso lento pero con los reflectores de su casco encendidos a máxima potencia dándole un aspecto de luciérnaga enorme.

-¿Está seguro que ha respirado cosas peores? –dijo ella comprobando las lecturas de su casco.

-Sinceramente… No –aceptó él mientras rezaba por dejar de ver doble- ¿Algo que destacar?

-Lo esperado –sonó la voz de Caroline a través del altavoz del casco-. Un yermo gris y aburrido… ¡Pero qué!

Cuatrodedos se volvió alarmado pensando que algo le sucedía a la doctora. Pero esta sólo se había quedado perpleja ante una lectura de su casco que no paraba de repetirse.

-Esto debe estar mal…

-¿Qué sucede?

-Litio… Hay un depósito de litio a tres kilómetros al norte. Pero no puede ser… El escáner de profundidad de este traje debe estar averiado.

Matthew no entendía nada. Nunca había escuchado hablar del litio ni tenía ni idea de lo que podía ser. Entonces su pie derecho se removió y encontró algo que si que sabía lo que era.

-Espero que no hayas pensado todavía nombre para bautizar el planeta… No somos los primeros en estar aquí.

El explorador alzó una calavera a la que le faltaba todo el maxilar derecho ante los ojos horrorizados de la astrofísica. Esta ahogó un grito aunque mantuvo una extraña determinación en la mirada.


Ilustración de Mannfred Salmon

-Tenemos que seguir adelante… -musitó esta señalando el norte-. Hay que saber qué es este planeta.

-Bien –asintió Cuatrodedos al tiempo que preparaba su arma-. Asegúrate de lanzar pulsos de exploración cada quince segundos y de avisarme si se mueve algo. Los muertos son como los problemas: nunca vienen solos.

Fue una caminata de las más aterradoras que recordaba haber tenido Caroline mientras que los pálpitos largo tiempo olvidados para Matthew salían de los recuerdos a su realidad. Aquel ambiente no era tan hostil como el de un campo de batalla, pero caminar por él le hacía reavivar una sensación de pérdida similar a cuando su mano no echaba de menos su dedo anular. Pronto encontraron más huellas de civilización. Primero un camino asfaltado. Luego estructuras de edificios arrancados de cuajo. Todo bajo un manto neblinoso bajo el que dormían para siempre centenares de huesos sin historia que contar. Los escáneres no detectaban una huella de ADN descifrable en los huesos dejándoles sin pistas de a qué peregrinación o colonia podían haber pertenecido. Aquello no tenía sentido alguno para ninguno de los dos. Cada mota de polvo que levantaban descubría bajo ella más mano del hombre. Ropas extrañas. Utensilios. De todo… Hasta que llegaron a los pies de una enorme formación de hierro y acero derrotada hacia su derecha que tenía todo el aspecto de monumento tosco y antiguo que se había marchitado junto con el planeta.

-Torre Eiffel –dijo con un hilo de voz Caroline mientras el traductor de su casco desentrañaba el significado de un papel parcialmente abrasado que había encontrado a los pies de esta.

-Más bien lo que queda de ella –dijo Cuatrodedos a quien le empezaban a arder los pulmones y a fallarle las fuerzas. -¿Está por aquí tu depósito de litio?

-Justo bajo ella. Dios… Si tuviésemos un simple equipo de perforación o un par de bots…

-Lo que tienen son un par de horas para volver a la atmósfera –dijo de pronto la voz conocida de Henry, comandante de la Temperley, a través de sus comunicadores-. Veo que no eres capaz de distinguir el rojo del gris, Cuatrodedos…

-Tienes una curiosa forma de preguntar si seguimos vivos Henry –recriminó el explorador a su jefe aunque se sentía aliviado de que siguiesen vivos- ¿Qué ha sucedido?

-Aún no sé lo que nos ha sacado antes de tiempo del nodo de salto pero ha afectado casi exclusivamente a la nave y a todo lo que hiciera pip pip. Es un milagro que sigamos vivos y si queréis poder decir lo mismo más os vale que estéis en órbita pronto porque no tengo frenos ni intención de esperaros.

-¿Y el planeta rojo?

-¡Que le den al planeta rojo! –repuso Henry-. En cuanto me vaya de aquí pienso borrar este nodo de salto de todas las rutas de la compañía. A menos, claro, que haya algo interesante ahí abajo.

-¡No! –gritó Caroline sin querer-. Quiero decir que hasta el momento todo indica que este planeta está muerto…

-Bueno, ya lo decidiré cuando revise los datos del traje de exploración que llevan. Sean puntuales pareja, que aquí no se espera a nadie. Corto y cierro.

Apresuradamente Caroline bloqueó las comunicaciones de golpe alarmando a Matthew. Este no entendía que era lo que estaba pasando, pero estaba claro que no era nada bueno.

-¿Hora de decirme qué está pasando?

Caroline desvió la mirada que fue a parar a la enorme estructura que tenían frente a ellos. La niebla la envolvía con armonía y se colaba entre sus recovecos mientras que el sol mortecino de lo que parecía un lento atardecer tornaba el cielo de un gris más benevolente.

-Algo que es imposible –susurró ella justo cuando una extraña interferencia irrumpió en su comunicador.

Al momento aquella estática invasora también tomó el comunicador de muñeca de Matthew. Trató de aislar la frecuencia pero no había forma. Fuese lo que fuese lo que la estaba causando utilizaba un sistema que escapaba de su entendimiento.

-Estar aquí… -dijo una voz masculina entre la ruidosa niebla.

Matthew rastreó la fuente de aquellas palabras. Se encontraba justo entre aquellos hierros retorcidos y olvidados. Desoyendo el grito de advertencia de Caroline este salió en su busca. Atravesó las rendijas y se hizo camino a duras penas hasta que encontró lo que no pudo describir más que como un búnker metálico redondeado y hermético. No tenía más de diez metros de diámetro y por más que buscaba no conseguía encontrar una puerta de acceso. Palpó la superficie fría del mismo y una sensación inexplicable le recorrió el cuerpo provocándole una tos incontrolable. Doblado sobre sí mismo sufrió la rebelión de sus pulmones hasta que estos le concedieron un pequeño respiro. Cuando se incorporó un par de ojos tan abiertos como negros le escudriñaban a través del cristal de una rendija que antes no había existido. Sobresaltado retrocedió al tiempo que esgrimía su arma contra aquella mirada prisionera. Otro súbito ruido a su espalda le hizo virarse encañonando a una sorprendida Caroline. El explorador suspiró de alivio e hizo la pistola a un lado.

-No deberíais estar aquí… -repitió la voz que, de nuevo, tomó posesión de sus comunicadores.

-Dígame que no es verdad… -musitó Caroline mientras avanzaba desoyendo los consejos de Cuatrodedos y se aproximaba a la superficie del búnker-. Dígame que nada de esto es real.

-Oh, sí que es real… -musitó aquel desconocido-. Bienvenidos a la Tierra.

Caroline dejó caer los brazos a los lados abatida. Como si aquellas palabras le hubiesen robado algo más que las fuerzas mientras que Cuatrodedos la miraba de hito en hito. Ninguno podía dar crédito a aquella situación. Era totalmente imposible. Aquello no era el sistema solar. Y aún así el corazón de Caroline había comenzado a galopar a la velocidad de la locura. El explorador la vio temblar dentro de un traje que contra su voluntad la sostenía en pié, sufriendo una pesadilla que a Cuatrodedos le estaba alanceando el estómago. Sólo que a él no le atormentaban las mismas sensaciones que a la astrofísica. Había comenzado a encontrarse realmente mal. Y aún así su ordenador le indicaba que debía estar perfectamente.

-¿No es lo que esperaban? –preguntó la voz con una neutralidad casi perfecta.

-¡Cállese! –gritó Caroline llevándose las manos al casco en un vano intento de taparse los oídos- ¡Cállese!

-Lo único que puedo guardar aquí es silencio. Pídeme lo que quieras pero es más que bien recibido hablar con alguien para variar.

Cuatrodedos apretó los dientes y avanzó hasta el búnker golpeándolo con el dorso del puño, justo bajo donde aquellos ojos seguían mirándolos con una expresión petrificada entre la curiosidad y la locura.

-No deberíais estar aquí.

-No… No. Lo que no debería estar aquí es la Tierra, ¿me oyes? –balbuceó Caroline como si despertase de un mal sueño mientras caminaba vacilante hacia el búnker-. Nada de esto puede ser. Eso de ahí no es la torre Eiffel. Y tú… tú no deberías existir.

De pronto Caroline hizo a un lado a Matthew, le arrebató el arma de las manos con una rapidez y decisión que hizo inútiles los esfuerzos del hombre por conservarla y apuntó directamente a la abertura del búnker donde aquellos ojos, ahora bañados de oscuridad, les seguían escudriñando.

-¡Dígame que es una broma! ¡Que todo esto es mentira! –gritó mientras sacudía su cabeza y los datos fantasmales de su casco se desvanecían con el movimiento.

-Claro que miento. Todos mentimos, muchacha –respondió este tras las paredes del búnker sin atisbo de miedo alguno-. El ser humano es especialista en mentiras. Especialmente cuando se trata de perpetrarlas para sí mismo… Pero dígame una cosa. ¿Miente su corazón acaso? ¿Están sus pies pisando una mentira? No, muchacha… Si se viera como yo la veo ahora no se atrevería a decir eso…

La respuesta de Caroline se estrelló en forma de rayos de plasma contra el búnker. La deflagración lanzó a un lado a un desprevenido Cuatrodedos que no podía dar crédito a la acción de la astrofísica. Cayó con un golpe seco al suelo pero se rehizo en seguida solo para ver como una Caroline, que no estaba habituada a las armas de plasma, el retroceso de disparo la había hecho caer de espaldas. Sólo que no había alcanzado el suelo pues los sistemas de estabilización del traje de exploración se habían activado y los pequeños motores de aire comprimido de la espalda evitaban que cayese al suelo. Así que allí estaba aquella mujer, sollozando dentro de una prisión de vida que no dejaba caer un cuerpo que ya lo había hecho un minuto atrás. Cuatrodedos recogió el arma del suelo justo cuando se percató que ni búnker ni extraño habían sufrido daño alguno. El explorador ayudó a volver a la vertical a Caroline que apenas ponía de su parte. Aquella exploración se había convertido en algo que no sabía manejar. Y peor aún es que se estaban quedando sin tiempo.

-Caroline –trató con suavidad que volviese en sí la astrofísica-. Por favor, deja de llorar. Esto no puede ser la Tierra.  Tú sabes cómo es. Cielo y mares azules. Las ciudades flotantes… Pero esto no es más que un erial gris y seco.

-La Tierra, pues… -interrumpió el habitante del búnker.

-¡Métete la lengua en el culo! –le gritó de vuelta Cuatrodedos -¡Eres un jodido loco prisionero! ¡No sabes lo que estás diciendo!

Una risa seca inundó ambos comunicadores. Matthew se sintió tentado a silenciarlo pero entonces Caroline recuperó las fuerzas justas para no necesitar el brazo del hombre para sostenerla.

-¿No sé qué es lo que digo? ¿Y qué os dice a vosotros el planeta?

-Me dice que es la Tierra –balbuceó Caroline que había dejado de llorar pero no de sufrir-. Cada dato que cruzo de este lugar con los registros de la Tierra coincide a la perfección. Masa. Gravedad. Superficie. Recursos…

-Sólo has encontrado litio, Caroline.

-Y sólo lo había en la Tierra… De hecho era de las pocas cosas que no habíamos agotado antes de lanzarnos en el peregrinaje de la Federación…

Cuatrodedos había escuchado y visto la recreación de aquella historia en infinidad de holovideos. Un planeta Tierra que brillaba con cegadora intensidad estaba amenazado por consumirse demasiado deprisa si no se hacía nada al respecto. Entonces comenzó la investigación de los nodos de salto para hacerse al único sitio que podía albergar a la raza humana: el espacio. Costó años y un trabajo inconmensurable pero finalmente el ser humano pudo alcanzar las estrellas. Mucho se ganó y se perdió con aquello. Pero desde luego la Tierra no había sido una de aquellas cosas.

-Todo lo que sabe o cree saber es mentira, soldado. Los colores abandonaron la Tierra mucho antes que usted naciese –intervino la voz-. Sólo un recuerdo conveniente de un pasado que no puede volver permaneció.

-¡No! –bramó Caroline apartando a un lado a Cuatrodedos- ¡La Tierra no puede haber acabado así!

-¿Y cómo lo sabe? ¿Acaso alguna vez la pisó? ¿Acaso alguien de sus conocidos estuvo allí alguna vez? Yo responderé por usted: no.

-Le juro que como no se callé… -un acceso de violenta tos impidió a Cuatrodedos seguir con la amenaza. Aquel oxígeno viciado le estaba rompiendo en dos- Mierda…

Caroline no entendía cómo aquel hombre se marchitaba ante sus ojos, pero no podía prestarle la atención debida. Su mente sólo trabajaba ya en una única dirección.

-¿Quién es usted? –preguntó la astrofísica al tiempo que le tendía una mano al soldado que este rechazó con demasiada brusquedad.

-Robert Albright.

-Robert Albright  fue uno de los inventores de los nodos de salto –dijo ella al instante.

-De nada –fue su contestación que dejó atónita a Caroline.

Sin embargo la astrofísica no podía concebir aquello. Robert Albright había sido uno de los científicos más brillantes de la Tierra. El hombre que había conseguido domeñar las rutas estelares y acercar distancias imposibles gracias a los nodos de salto. Sus avances prácticamente habían salvado a la raza humana de la extinción.

-¿Aún siguen llamándome criminal? –inquirió este por primera vez con genuina curiosidad.

-No puede ser el tipo que destruyó Marte –masculló Cuatrodedos cuando consiguió dominar su irregular respiración-. Esto es una locura…

Entonces la astrofísica miró al cielo conteniendo el aliento. La figura del planeta rojo que había comprado la Temperley apenas era visible tras aquel manto de niebla perpetúa. Pero allí estaba. Sostenido del cielo como una verdad incómoda. Musitó un comando al ordenador del traje de exploración y este terminó de encajar una pieza más de aquel imposible rompecabezas.

-Hemos comprado Marte –susurró ella al tiempo que la risa de Robert volvía a salpicar sus comunicadores-. Es verdad… Todo es verdad.

-Teníamos que asegurarnos que podría hacerse –dijo Robert con una voz que parecía estar a un mundo de recuerdos de allí-. Tenía que saber si podía salvar lo más importante en caso de necesidad. Jamás imaginé que pasaría esto…

Fue en ese momento cuando Cuatrodedos pegó su rostro a aquel indestructible vidrio que le separaba de la presencia de Robert. La ira que emanaban sus ojos amedrentó a aquel hombre que retrocedió arrepentido.

-¡Les mató! –gritó el soldado- ¡Cien mil millones de personas! ¡Usted destruyó el primer planeta terraformado de la Federación! ¡Usted inició la Primera Guerra del Destierro! ¡Por su culpa dejamos de avanzar al unísono como raza y nos dispersamos por el universo en una jodida carrera que no podíamos ganar! ¿Cómo pudo hacerlo?

Caroline no podía dejar de mirar Marte. De mirar como algo tan grande había desaparecido de la noche en la mañana en una tormenta estelar sin dejar rastro. Todo el mundo creyó que había sido un ataque de una de las muchas facciones que amenazaban con escindirse de la Federación y por culpa de aquello comenzó una guerra fratricida que sólo consiguió la pérdida de incontables vidas y la segregación de la humanidad en pos de un espacio tranquilo. Si era verdad que aquel hombre había hecho aquello se encontraban ante el mayor criminal de la historia de la humanidad.

-¿Cómo lo hizo? –preguntó Caroline.

-Con la mejor de las intenciones y el peor de los resultados, muchacha. Quería salvar la Tierra de… de esto que ahora pisáis. Con la Federación y sus miras puestas en el espacio esta temía que, con sus recursos desperdigados, alguien utilizase aquella debilidad para tomar la Tierra. Así que requirieron mi colaboración para un nuevo proyecto de nodo de salto mayor y más seguro que permitiese trasladar enormes flotas a través de un solo agujero negro. Me dieron recursos ilimitados convenciéndome que todo se hacía por el bien de la humanidad. Acepté. Así las mejores mentes del momento nos pusimos manos a la obra. Pero por desgracia las mejores mentes no siempre son las mejores personas y todo acabó saliendo mal. El nodo que creamos se volvió inestable. Hambriento. Perdimos el control del mismo y me quedó una solución que tomar: Perder la Tierra o perder Marte. La historia sabe que decisión tomé…

-Usted y su equipo desaparecieron aquel día… La investigación nunca dejó claro si fue el único responsable.

-Si ha de ponerle nombre a la pérdida de vidas de todo un planeta ese debe ser el mío. Nadie de la superficie había sobrevivido cuando el universo nos expulsó a este extremo de la galaxia. Había matado a todo un planeta y sólo yo y los que me acompañaban en el módulo del nodo de salto sobrevivimos. Y no sólo habíamos trasladado a un planeta de un lugar a otro…

-También habían bloqueado el nodo de salto que iba a la Tierra –completó Caroline.

-¿Qué? –le gritó Cuatrodedos- ¿De qué estás hablando?

-No se pueden establecer dos nodos de salto a menos de medio año luz de distancia si no se quiere correr el riesgo de crear una discordancia dimensional…

-Demasiado joven y demasiado inteligente, muchacha. Y demasiado desafortunada por haber acabado aquí.

Una señal luminosa se encendió en el traje de Cuatrodedos y al segundo en el de Caroline. El tiempo para la recogida de la nave de Henry se estaba acabando.

-Eso no explica por qué está aquí la Tierra… Y por qué sigue habiendo una Tierra idéntica a la que conocíamos en el sistema solar.

Entonces Cuatrodedos lo vio claro. Tan claro como la sangre que escupió en un nuevo acceso de tos y que ocultó a Caroline cuya estupefacción ayudó a tal fin.

-Eso no es ningún búnker, ¿verdad? –preguntó a Robert-. Es una prisión. Los que iban con usted trataron de volver a través del nodo que usted creó… Sólo que sabían que volvería a suceder lo mismo. Aunque esta vez no había un Marte que absorber… Sería la Tierra.

-¡Traté de impedirlo! –gritó Robert y se le escuchó golpear de rabia en el interior del búnker-. Pero a veces un solo hombre no es más que eso…

-Sin embargo de alguna manera lograron estabilizarlo, o de lo contrario no habríamos acabado nosotros aquí…- argumentó la astrofísica.

-Me temo que sí… Para la desgracia del universo no trabajaba con personas faltas de inteligencia o escrúpulos. Usaron la Tierra como si fuese el propio nodo y escaparon a través del mismo de vuelta al sistema solar…

Un silencio pesado que ni la estática consiguió llenar inundó todo a su alrededor. Aquello era demasiado para procesar. Era, simplemente, demasiado. Y aún así había sucedido.

-Así que le dejaron a usted aquí confinado para que no destapase el pastel.

-Atrapado, sólo y condenado para mucho tiempo, soldado. Dentro del planeta que quería salvar y que acabé destrozando. El maldito nodo trastocó mi tiempo y el de la Tierra. Ahora ambos estamos moribundos pero no sabemos cómo morirnos.

Cuatrodedos no podía imaginarse la deuda temporal que había contraído aquel hombre o cuanto tiempo llevaría allí dentro cuando colocó su mano ensangrentada y manchó el cristal de aquel búnker con ella. Sentía las fuerzas abandonarle de manera inexplicable pero estaba demasiado cerca del final como para detenerse aunque le costase la vida.

-¿Quién fue? –preguntó con un hilo de voz- ¿Quiénes eran los que le ayudaron en su investigación?

Entonces la mirada de Robert esquivó el rostro del explorador y fue directamente al pecho del traje de Caroline. Ninguno necesitó más. Todo estaba demasiado claro ya.

-No… -retrocedió espantada Caroline-. No pueden haber sido ellos.

La astrofísica comenzó a correr torpemente entre los escombros de aquello que antaño fuese la torre Eiffel. Temperley. Habían sido ellos. Con la ayuda de la Federación habían comprado un planeta igual a la Tierra y de alguna manera lo habían sustituido por el original aprovechando los conflictos estelares y aquel hambriento nodo. Y el resultado había sido perfecto. Un crimen perfecto del que ella, aún sin serlo, se sentía culpable sólo por portar aquel emblema en su pecho. Fuera de sí no supo detener su torpe huida hasta que la silueta de la Auricom se recortó en el horizonte. Sin embargo no era lo único que había ante ella.

-No sabes correr dentro de ese trasto –le dijo Cuatrodedos con una sonrisa cansada-. Cualquiera te podría haber alcanzado.

El hombre sostenía la pistola de plasma de manera descuidada y la balanceaba junto a su cadera. Algo en aquella postura puso aún más nerviosa a la astrofísica que se quedó clavada en el sitio de puro terror.

-Qué… ¿qué vas a hacer? –balbuceó ella.

A paso lento y fatigoso el explorador se acercó a ella mientras tecleaba algo en el panel de muñeca de su biotraje. De pronto el casco de exploración de Caroline hizo un ruido extraño que esta no supo reconocer. Cerró los ojos a la espera de lo peor pero nada sucedió. Cuando reunió valor para volver a abrirlos Cuatrodedos estaba ante ella.

-He bloqueado los cierres de tu traje, Caroline –le dijo este-. Lo siento muchísimo…

-¿Qué? ¿Por qué?

-Para que no cojas un resfriado –contestó este justo cuando le sacudía un nuevo acceso de tos.

Caroline no entendía nada. Nunca había oído aquella palabra ni sabía qué significaba. El ordenador del traje la sacó de su ignorancia justo cuando Cuatrodedos dominaba aquella tos tan dañina.

-No… No puedes estar así por un resfriado…

-Llevamos demasiado tiempo en el espacio. Tanto que nuestros cuerpos se han olvidado de protegernos contra las cosas más insignificantes… como este jodido resfriado –le explicó él-. Robert me ha contado lo que me pasaba. ¿Qué te parece? Los de la Temperley y los que fuesen todavía tuvieron la decencia de aislarlo de las enfermedades nativas de la Tierra para que estas no lo matasen… Tanto mirar hacia delante, tanto alcanzar las estrellas que nos olvidamos de mirar atrás y aprender de los que nos precedieron.

-No… -trató de decir algo Caroline pero las palabras no consiguieron pasar de ahí.

Cuatrodedos negó con la cabeza. Se sentía contento que el azar le hubiese permitido cederle el traje a la astrofísica. Al menos ella tendría una oportunidad.

-¡No! –gritó de pronto Caroline y comenzó a tirar de su casco de manera frenética- ¡No voy a dejarte aquí! ¡No puedes morir por mi culpa! ¡No puedes!

Él entonces se abalanzó hacia ella y la cogió de las manos para que se detuviese. Sabía que no podía vencer al cierre sin su código, pero sí hacerse daño. Hacer daño a ambos. Las lágrimas de la mujer salpicaron toda la superficie del casco volviendo borrosos los datos que se reflejaban en su interior. Cuatrodedos trató de sonreírle para que se calmara pero hacía demasiado tiempo que se le había olvidado cómo hacerlo de manera apropiada.

-¡Suéltame! ¡No puedes hacerme esto! –gritó ella al tiempo que sentía como se sofocaba.

De pronto lo entendió… El suministro de aire de su casco había sido interrumpido. De repente todo se volvió borroso a su alrededor. Todo comenzó a desvanecerse excepto aquel dolor que le mordía el alma. Aquella sensación inexplicable de culpabilidad y remordimientos.

Despertó dentro de la Auricom. Ya no llevaba el traje de exploración y un manto estrellado bañaba la cabina de una nave que abandonaba la atmósfera gris del planeta. Miró a su lado pero no encontró a Cuatrodedos por ningún lado. El piloto automático gobernaba su vida en esos momentos.

-Perdóname, Caroline.

La voz de Cuatrodedos inundó la cabina. La astrofísica buscó la procedencia de la comunicación y casi se le traba el corazón al descubrir que procedía de aquella Tierra que dejaba tras de sí.

-¿Por qué? –preguntó entre nuevas e incipientes lágrimas.

-Porque nada podías hacer por mí y porque es la única manera de sacar algo bueno de todo esto –contestó el explorador con voz ahogada-. Alguien debe hacer algo al respecto…

-¿Yo? ¡Sólo soy una astrofísica, Cuatrodedos! ¿Qué pretendes que haga yo?

-Descubrir la verdad. Estoy seguro de que alguien introdujo los datos del nodo de salto a Marte de manera deliberada y los alteró para provocar el accidente. Alguien quería que la Tierra fuese hallada. Tienes que encontrar a ese alguien. Tienes que averiguar qué hay detrás de todo esto.

– ¿Y qué pasa contigo?

-Si hubiese subido contigo me hubiesen puesto en cuarentena nada más llegar y lo que resultaría peor aún: habrían enviado más equipos de investigación al planeta para utilizar este maldito virus como arma biológica. Ya conoces cual es la política de beneficios de la Temperley. Y prefiero diñarla antes que darles esa jodida satisfacción –la tos volvió a interrumpir a Matthew-. Además sabes perfectamente que Henry nunca hubiese enviado un equipo de rescate a por mí. Sin embargo si hubieses sido tú la que te hubieses quedado cabía la posibilidad de que lo hubiese hecho. Y si ese idiota no tiene ni idea de nada de esto intuyo que pocos en la Temperley sabrán la verdad. Y los que lo sepan querrán tapar este asunto cuanto antes. Por eso los datos, el traje de exploración y la verdad se quedan conmigo aquí abajo…

-Volveré… -susurró Caroline entre lágrimas-. Volveré a por ti.

-Vuelve por algo que lo merezca, Caroline. Vuelve por la Tierra y por la verdad. Robert te ayudará cuando lo hagas. Yo le haré compañía el tiempo que me quede…

-¡No te atrevas a morirte! –le gritó ella cuando la comunicación se desvanecía- ¡Cómo te mueras, yo…!

-Caroline… En mi vida he hecho pocas cosas decentes. Ni trabajar en la Temperley ha sido una de ellas. Así que, por una vez, déjame hacer una. Sólo una… Haz tú lo propio.

La comunicación se perdió justo cuando dentro del alcance del radar de la Auricom la figura maltrecha de la nave de la Temperley apareció. Sin embargo Caroline no tenía más ojos que para aquel planeta gris y marchito donde sabía quedaba un hombre que había dado lo poco que tenía por una justicia que nadie había pedido. Una que ella pediría. Costase lo que costase.

David Gambero 2012

La metamorfosis de Quito

Autor: Irene Moreno Jara

IlustradoresJordi Ponce y Pilar Puyana

Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico (a partir de 7 años)
Este relato es propiedad de Irene Moreno Jara y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Pilar Puyana y Jordi Ponce, respectivamente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La metamorfosis de Quito

 

Érase una vez, en un charquito sucio y pequeño, un mosquito inconformista que soñaba con convertirse en no sabía bien quién.

Quito, pues ese era su nombre, nació queriendo ser un león, creció esperando ser un elefante y ahora, casi en los últimos días de su vida, envejecía añorando ser un humano. Su madre, Moscaela, siempre le había reñido por querer ir a contracorriente, pero él había hecho trompetillas sordas y, aunque nada le había salido como había deseado, aún tenía esperanzas de hacer realidad su sueño.

Una noche, desobedeció las señales del destino y desplegó sus pequeñas alitas rumbo a lo desconocido. Lo importante para Quito no era el fin, sino el propio camino. Siempre le habían dicho que las encargadas de chupar la sangre eran las hembras, pero él se había negado a aceptar tal restricción. Tal vez su pincho no fuera lo suficientemente fuerte como para atravesar la piel, pero nunca subestimó sus poderes.

Así, con las ideas fijas y sus ansias de morder, se propuso demostrar al mundo que podría conseguir lo que se propusiera.

Su primera presa fue la más difícil. Quito sabía que para poder convertirse en vampiro lo primero que tenía que hacer era picotear el cuello de alguien que ya lo fuera. Pensó que nadie podría tener una sangre tan pura y sana como la de la bella Kita, una mosquita a la que sorprendió en el cristal de una ventana y pinchó casi sin que ella se enterara. Fue un mosquibeso, una muestra de pasión interesada propia de damas y dráculas y que hasta un minúsculo ser sabe realizar sin tener experiencia.

Quito ya tenía el poder.

Con un gatito negro topó nada más alejarse del charco. Como Quito apenas podía ver, no le asustaron los ojos amarillos del minino, que apenas se inmutó cuando el mosquito se posó en su oreja.

Con la suavidad propia de un inexperto, introdujo su pincho sin que el felino se inmutara.

Quito ya podía ver.

En su deambular volador por las calles oscuras, el mosquito se aburrió. Decidió alejarse al bosque, donde tuvo que elegir entre dos presas: un búho y un lobo. Fue este último el que ganó. A Quito le costó clavar su pincho en la piel peluda del lobo, pero con agresividad y coraje pronto lo consiguió. El lobo apenas sintió el bocado, aunque se mostró incómodo cuando al mosquito le crecieron, como por arte de magia, unos colmillos gigantes que desprendían un desagradable olor a hocico de perro.

Quito ya podía morder.

Ahora, con su nuevo estado, al mosquito le costaba más volar. Su peso había aumentado y, aunque ya casi tenía inutilizado su pincho, mover sus alitas se convertía en una tarea difícil de desempeñar. Sin embargo, y haciendo un gran esfuerzo, consiguió llegar a un gran lago. Allí, decenas de pájaros con patas gigantes mojaban su pico y se dormían a la luz de la luna.

Unas patas largas y fuertes eran lo que necesitaba Quito para poder continuar con su metamorfosis. Por eso, casi arrastrándose por la hierba, ocultando su dentadura y plegando sus alitas, llegó a los pies de uno de los flamencos y le hincó uno de sus colmillos. Rápidamente, el mosquito creció.

Quito ya podía correr.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

Y como ya podía correr le pareció oportuno regresar a su lugar de origen, a la ciudad, para estrenar su nueva condición. Ahora, nada ni nadie se le resistiría.

Lo que más le extrañó es que, a pesar de su extraña apariencia, nadie le prestaba atención. Andaba por la acera con sus largas y flacas patas y nadie lo miraba. Se chocaban con sus alas y nadie se volvía. Encandilaba con su mirada amarillenta y nadie se tapaba. Chirriaban sus colmillos con el asfalto y nadie se sorprendía.

Por la cabeza de Quito rondó la posibilidad de haberse vuelto invisible, pero aquello era imposible. El cristal de los escaparates le iba proyectando la realidad, su nueva realidad. Poco a poco iba adquiriendo lo que él quería ser, algo aún sin calificación, pero que le fascinaba.

La autoestima del mosquito creció. Quería más: presas más difíciles, desconocidas, poderosas… Peligrosas.

De repente, se cruzó con alguien que llamó su atención. No por sus gafas oscuras en la mitad de la noche, sino por su olor a ira. Tampoco llamó la atención de Quito el gesto enfadado del puño de aquel hombre. Él fijó su mirada felina en los movimientos. Nunca había visto un cuerpo moverse en búsqueda del desastre, de la destrucción.

Aquel hombre fue una tentación para el insecto mutante. Temía los efectos de la sangre que pudiera correr por sus venas, pero sentía una llamada extraña hacia lo que sabía que estaba prohibido para él. Una vez más, iba a contracorriente y hacía trompetillas sordas a su conciencia.

Ilustración de Jordi Ponce

Ilustración de Jordi Ponce

Así, sin pensárselo más porque los nuevos pensamientos lo alejaban de su objetivo, Quito quiso demostrar que era un mosquito valiente, que nadie ni nada podían pararlo. Para él no había un NO. Tampoco existía el miedo.

Con la cordura propia de un mosquito y los autoconvencimientos propios de un insecto, Quito apuñaló con sus colmillos a aquel hombre a la altura del pecho.

Ahora sí, ahora había conseguido el festín sangriento con el que tanto había soñado. Nunca pensó que tanta sangre junta supiera a vinagre y doliera al tragar, pero de lo que verdaderamente se extrañó fue que sus alitas, sus colmillos, sus largas y estrechas patas y sus ojos desaparecieran.

Quito no sabía qué había ocurrido. Se sentía extraño, inquieto. Algo en él le recordaba a aquel hombre que yacía en el suelo, pero no sabía el qué. La gente seguía paseando por la calle sin inmutarse. Todo seguía sucediendo con una rutina impropia. ¿O tal vez propia? Para Quito todo era un desconcierto.

Con una frialdad ajena a su ser original, el mosquito continuó su camino hasta que se topó con un charquito sucio y pequeño. A pesar del color marrón del agua, pudo ver su reflejo en él.

Por fin.

Por fin Quito era un monstruo.

Un monstruo humano más.

Un dragón con miedo al fuego

Autora: Ester Salguero Amaya
Ilustrador: Susana Rosique
Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico
Este relato es propiedad de Ester Salguero y su ilustración pertenece a Susana Rosique. Todos los derechos reservados.
UN DRAGÓN CON MIEDO AL FUEGO
La madre dragón lanzó una llamarada de ardiente fuego que envolvió al huevo en un abrazo cálido y acogedor. De esta forma se aseguraba de que su pequeño se sintiera protegido y reconfortado por las llamas, el elemento natural de los dragones. En el nido se encontraban, además de Esmeralda, la hermosa madre dragón de brillantes escamas verdes, sus otros dos vástagos, Vulcano y Bestor, reunidos en su lugar de nacimiento, para presenciar el momento en el que el pequeño dragón comenzaría a resquebrajar el huevo y abrirse  paso hacia el mundo exterior. El nacimiento de un dragón siempre era un gran acontecimiento.
Mientras, en el interior del huevo, ajeno a lo que pasaba fuera, la criatura se movía inquieta. El fuego que calentaba el huevo le reconfortaba, pero por alguna razón perturbaba su sueño. Con pequeños movimientos, perezoso, intentaba acomodarse de nuevo. Esmeralda lanzó una nueva bocanada de fuego para reavivar las llamas y recordar al pequeño dragón que le esperaban en el exterior. El infante se asustó de este incremento de la temperatura, y en su nerviosismo comenzó a romper el huevo desde dentro.—¡Oh!, mira, madre, ya empieza a intentar salir —señaló Vulcano, impaciente.

—Quizá necesite ayuda. Podríamos… —empezó a comentar Bestor, que fue rápidamente interrumpido por su madre:

—No. Debe salir por sí solo. Esta es la primera de las pruebas que tiene que superar para llegar a ser un gran dragón, como vosotros hicisteis en su momento.

Dicho esto, la dragona volvió a avivar el fuego por tercera vez, justo en el momento en que el pequeño conseguía por fin desprender una parte de la cáscara lo suficientemente grande para poder avistar el exterior. Y lo primero que vio fue… fuego. Una inmensa llamarada dirigiéndose hacia él.

—Vamos, pequeño. Ven con nosotros —le animaba Esmeralda, deseando conocer a su nuevo hijo.

—Parece que es algo tímido —se burló Bestor, observando cómo el dragón los miraba desde el interior del huevo por la abertura que acababa de hacer en la cáscara—. Y está temblando.

—Qué dragón más raro. ¿No será que tienes miedo del fuego? —insinuó despectivamente Vulcano.

—Vamos, muchachos, dejadle en paz. Solo necesita un poco más de tiempo para salir —intentó apaciguarles su madre, aunque también estaba algo decepcionada con el pequeño, tímido y asustadizo dragón.

Lo cierto es que todos ellos tenían razón. El pequeño estaba aterrorizado. Un dragón que tenía miedo del fuego. Era algo impensable, inaudito, y sin embargo había ocurrido y les había tocado a ellos. Los dragones eran criaturas asombrosas, poderosas, orgullosas de ellas mismas y del temor que infundían en los otros seres. ¿Cómo podría sobrevivir un dragón con miedo al fuego? ¿Qué imagen daría mostrando semejante debilidad nunca antes vista?

Vieka, que así fue llamado el pequeño e inusual dragón, salió finalmente del huevo cuando las llamas se hubieron extinguido. Fue recibido en una familia que se avergonzaba de él. Esmeralda, quien a pesar de todo quería a su hijo como a los demás, lo protegió de los comentarios y le hacía esforzarse para superar el miedo que sentía a lo que debería ser su principal arma. Sin embargo, Vieka creció junto a las burlas de sus hermanos, que, orgullosos de sí mismos, no podían aceptar a un dragón temeroso del fuego y evidentemente incapaz de escupir violentas llamaradas como ellos.

En sus incesantes juegos los tres hermanos desarrollaban todas sus habilidades de dragón. Hacían carreras volando, para ejercitar sus vigorosas alas; luchaban entre sí, para entrenar las fuerzas de sus garras y colmillos; resolvían juegos de ingenio que ellos mismos inventaban, para agudizar su inteligencia. En todo esto, Vieka era comparable a sus hermanos, aunque siempre inferior. Demostraba grandes aptitudes de velocidad, fuerza, resistencia y agudeza, no obstante haber tenido que esforzarse el doble que ellos le hizo estar a su altura y que le permitieran participar en sus prácticas. Sin embargo, siempre quedaba rezagado y era menospreciado por su insuperable temor al fuego. De hecho, él mismo era consciente de esto y se avergonzaba por ser como era. Pero por mucho que lo intentara no podía hacer nada para cambiar y ser como el resto de los admirables dragones. No podía luchar contra el fuego.

Una tarde soleada, en uno de sus juegos, Vieka intentaba ganar una pelea contra sus hermanos. Por primera vez estaba logrando alcanzar el ritmo de Bestor, pero Vulcano lanzó pequeñas llamaradas para despistar a Vieka y hacerle perder la competición.

—Sois unos tramposos —les reprendió, cuando las llamas se hubieron extinguido al cabo de un rato.

—Vamos, ¿quién dice que un dragón no puede usar fuego para obtener ventaja? No seas mal perdedor.

—Anda, no te enfades. Hagamos ahora una carrera. El primero que llegue al nido gana.

Los tres hermanos dragones desplegaron sus hermosas alas y levantaron rápidamente el vuelo. A pesar de lo que pueda parecer, los dragones son criaturas ágiles y veloces. No obstante, no pudieron esquivar la trampa en la que Bestor quedó atrapado. Vieka trató de romperla con sus garras, pero fue totalmente inútil. Vulcano no dudó en lanzar fuego para quemarla, consciente de que este elemento no haría daño a su hermano, como tampoco logró hacérselo a la red que lo tenía apresado. Bestor les gritó que se marcharan:

—¡Marchaos! Es una trampa fabricada por cazadores de dragones y no podremos destruirla. Estos hombres nos han estudiado durante mucho tiempo y, aunque no saldrían victoriosos enfrentándose a nosotros directamente, si caemos en una trampa estamos perdidos. Avisad a madre; ella sabrá qué hacer.

Los dos dragones se elevaron en el cielo siguiendo las indicaciones de su hermano preso. Pero tras un instante, Vieka se detuvo de golpe llamando la atención de Vulcano.

—¿Qué haces? ¡Tenemos que avisar a nuestra madre!, ¡rápido!

—¿Pero no te das cuenta? Tenemos que seguir a esos hombres.

—Aún no estamos preparados para luchar contra ellos. Somos demasiado jóvenes, podrían capturarnos a todos. ¿Es eso lo que quieres, Vieka?

—Claro que no. No soy estúpido. Pero tenemos que saber a dónde se lo llevan, para poder rescatarle cuando sepamos qué hacer.

—Está bien. Síguelos, pero no dejes que te vean. Yo, avisaré a madre. Nos reuniremos en el claro al que vamos a jugar por la noche.

Vulcano siguió volando raudo hacia el nido. Mientras, por su parte, Vieka emprendió su camino con una ligera sonrisa en su rostro, pues aunque Vulcano no lo había reconocido de ese modo, no había tenido más remedio que darle la razón en su planteamiento. Se le presentaba una gran ocasión para demostrar que también era digno de ser un dragón. No les defraudaría.

Al sobrevolar la zona donde habían capturado a Bestor tuvo un mal presentimiento que se confirmó al no encontrarle. Sin duda los hombres se habían dado prisa en llevarse su presa a su refugio. Un tanto alarmado, Vieka sobrevoló en círculos la zona, escudriñando todos los rincones en busca de alguna pista que indicara el paradero de su alado hermano. Al cabo de unos instantes, se percató de unas marcas de rueda en el suelo. Muy alerta, siguió su trayectoria con la esperanza de estar siguiendo la pista correcta, aunque no tardó mucho tiempo en pasar volando sobre los hombres que transportaban a Bestor en una carreta.

—Este dragón nos va a dejar una fortuna. Tiene unos colmillos magníficos.

—Y fijaos en estas escamas tan brillantes. Se nota que es un dragón muy sano. Y joven.

—Llevamos tiempo observando a esos estúpidos dragones. Al menos hemos podido capturar a uno de ellos. Será suficiente.

Los hombres caminaban lentamente, ralentizados por la carga que transportaban. A pesar de que Bestor no era un dragón adulto ya había desarrollado un considerable peso y tamaño. A intervalos constantes, forcejeaba contra sus ataduras, incapaz de romperlas. Con cada sacudida, los hombres se mostraban inquietos. Habían logrado anular sus habilidades de dragón con las trampas que habían desarrollado, habían fabricado materiales inmunes al fuego, con los que se cubrían; sin embargo, un dragón nunca podía tomarse a la ligera: si conseguía liberarse podían darse todos por perdidos aunque se tratara de un dragón adolescente, como era el caso de Bestor.

Tras varias horas de pesado avance, consiguieron llegar a una cueva semioculta en la ladera de una montaña. Penetraron en ella en sumo silencio. Bestor estaba agotado y aterrorizado, todos sus esfuerzos y prácticas para desarrollarse como un temible dragón se habían visto truncados por estos insignificantes hombres, ante los que se encontraba a su total merced. Vieka entró discretamente, caminando por el techo de la cueva, camuflándose con su superficie para no ser visto. Observando con atención la estancia, uno podía darse cuenta de que lo que pretendían hacer con su hermano no podía ser nada bueno.

En un lugar algo más alejado, Vulcano había encontrado a Esmeralda y le había informado de todo lo ocurrido. Ambos habían iniciado juntos el viaje de regreso hasta el lugar donde debían reunirse con Vieka para ir a rescatar al aterrorizado Bestor. Sin embargo, el joven Vieka tenía otros planes. No podía abandonar a su hermano a su suerte, debía actuar. Y pronto.

Observó con atención los preparativos de los hombres. Desconocía por completo qué estaban organizando y no quería averiguar cuál era el papel de Bestor en esos trámites en los que se encontraban tan ocupados. El asustado dragón, ahora encadenado en una tarima de extraño material oscuro, lanzó bocanadas de fuego y humo para asustar y alejar a los hombres, consciente de que no podía hacerles daño usando su elemento. Lo que nunca hubiera pensado es que ese mismo fuego le haría daño a él.

—El material sobre el que te encuentras absorbe tus llamas y las transforma en energía capaz de dañar tu dura piel —explicó uno de los hombres, observando divertido al dragón dolorido—. Ahora ya no pareces tan valiente, dragoncito.

Bestor gruñó violentamente, lo cual hizo retumbar las paredes de la cueva y cogió a todos los hombres desprevenidos. No esperaban que el dragón hiciera algo así, no lo tenían todo tan bien previsto. Vieka puso su mente a trabajar, analizando todo lo que veía para elaborar una estrategia de rescate. Aun siendo cazadores de dragones, temían a estas criaturas y, como todos los hombres, desconfiaban de aquello que no podían ver y desconocían. Esa sería su gran arma. No usaría el fuego, esta vez un dragón usaría armas no previsibles.

Durante unos instantes recordó con añoranza los juegos con sus hermanos, especialmente aquellos en los que frecuentemente le lanzaban pequeños brotes de fuego para asustarlo y reírse de él, gracias a los cuales había desarrollado una gran capacidad pulmonar que le permitía apagarlos con rapidez para protegerse. Esta habilidad, nada propia de los dragones, sería de especial utilidad ahora para dejar a esos detestables hombres a oscuras.

Una a una, fue apagando las antorchas que iluminaban la estancia. Al principio los hombres lo asociaban a una ráfaga de viento, pero pronto descubrieron el motivo.

—¡Hay otro dragón! —gritaron unos.

—¿Dónde está? —preguntaron otros, con los arcos preparados.

—Arriba, en el techo. Camuflado entre las sombras y la piedra. ¡Disparad!

El caos reinante en aquellos momentos era notable. Los hombres estaban nerviosos, disparaban afiladas flechas de acero hacia el techo, pero Vieka se movía con agilidad esquivándolas y apagando a su vez más antorchas. Mientras recuperaba el aliento, uno de los cazadores más fieros apuntó certeramente su flecha y disparó, hiriendo al dragón en su ala derecha. Vieka perdió el equilibrio y cayó dando vueltas, impactando con fuerza en el suelo. Bestor, que lo había visto todo atónito, aprovechó la confusión para recobrarse de sus heridas y volver a gruñir de forma violenta, lo cual produjo un fuerte estremecimiento en las paredes seguido de un repentino desprendimiento de algunas piedras.

Algunos de los hombres huyeron despavoridos, incapaces de enfrentarse a la vez a dos dragones y a la montaña. Vieka, algo aturdido por el reciente golpe, unió sus fuerzas a las de su hermano, y ambos bramaron de tal manera que la montaña entera tembló, sacudiendo a los asustados cazadores, que salieron corriendo horrorizados y temerosos de perder la vida en el inminente derrumbe de la cueva.

—Tranquilo, hermano, te sacaré de aquí. —Vieka mordía insistentemente las ataduras que tenían aún inmovilizado a Bestor. El dolor del ala y de los golpes recibidos por las piedras que ellos mismos habían desprendido no importaba ahora. Tenía que liberar a su hermano y salir de allí rápido.

—Vieka, tienes que usar esa palanca para liberarme. Antes vi cómo me ataban; no podemos romper estas ataduras antidragones.

Vieka miró unos instantes extrañado, sin comprender lo que tenía que hacer. Bestor le explicó el funcionamiento del mecanismo que lo liberaría, tras lo cual Vieka entendió y procedió a ponerlo en marcha torpemente con sus robustas garras.

Al cabo de un rato los dos hermanos abandonaron la peligrosa cueva. Una vez en el exterior unieron de nuevo sus rugidos para provocar el derrumbamiento. Esos hombres no volverían a usar aquellas viles herramientas con ningún otro dragón.

Pausadamente, puesto que a Vieka le costaba volar con el ala herida, llegaron al encuentro de Esmeralda y Vulcano, que les esperaban preocupados. La dragona inspeccionó a los dos dragones recién llegados y prestó especial interés a la curación del ala dañada.

—Has conseguido escapar, Bestor. No podía ser de otra forma —comentó Vulcano, satisfecho de su hermano.

—Sí. Gracias a la ayuda de Vieka. Sin él no lo habría conseguido. —Bestor se mostraba ahora realmente orgulloso e impresionado por su hermano Vieka, y transmitió a los demás estas sensaciones.

Vieka y Bestor relataron lo que habían vivido en el interior de la cueva de los humanos, haciendo especial hincapié en cómo lograron salir victoriosos sin necesidad de usar ninguna de las técnicas características de los dragones.

—No hemos usado fuego, no hemos volado, ni peleado con nuestras garras, colmillos y cola —repetían una y otra vez a lo largo del relato.

Al finalizar su historia, Vulcano estaba sorprendido, orgulloso de sus dos hermanos. Esmeralda, igualmente impresionada y satisfecha de sus vástagos, se dirigió a ellos:

—Habéis empleado la mejor de las habilidades que posee todo dragón, vuestra inteligencia, demostrando que sois dignos de ser llamados dragones. Todos. Vulcano, has buscado ayuda cuando la situación te superaba; Bestor, no te has rendido en ningún momento y has seguido luchando por tu libertad; y en especial tú, Vieka, quien a pesar de tus limitaciones has sido capaz de encontrar una solución, y no como necesidad de salvarte a ti mismo, sino para conseguir salvar a tu hermano.

Los cuatro dragones volvieron a su nido, donde crecieron y siguieron defendiéndose los unos a los otros. Ya nadie se avergonzó del dragón con miedo al fuego, sino que lo aceptaron tal como era. Se dice que siglos más tarde, cuando los dragones se hubieron extinguido, aún perduraban ciertos reptiles con temor al fuego, o ¿de dónde creéis que vienen las lagartijas?

La sangre del dragón

Autora: Anna Morgana Alabau

Ilustradoras: Solange Cabrino y Ana Menéndez

Corrección: Federico G Witt

Género: Fantasía, Espada y Brujería, Épica (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Anna Morgana Alabau, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Solange Cabrino y Ana Menéndez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sangre del Dragón

La aurora nació roja entre el intenso verde de las montañas que rodeaban el poblado, y Aodhamair supo que algo terrible iba a suceder. Su padre había salido con la partida del klannsman para pactar una tregua con los hombres del sur. Se habían marchado con los mejores guerreros del clan dejando un pequeño destacamento como guardia, y al consejo de druidas y sacerdotisas para hacerse cargo de los suyos hasta que regresaran. Sin embargo, algo decía a Aodha que aquello no iba a bastar para protegerles.

Tenía una sensación en la piel, en los huesos, y el mismo cosquilleo incesante en la sangre que cuando invocaba la presencia de la diosa. Intentó explicárselo a su madre, prevenirla de algún modo, pero ella sólo parecía interesada en convencer a su hija de que tomara esposo. Aodha sabía que ninguna de sus antecesoras había sido sacerdotisa antes de perder a su hombre en la batalla. Sin embargo, ella sentía algo diferente correr por sus venas, algo impetuoso e incontrolable, que jamás podría compartir con nadie.

Las palabras de su madre fluían a su alrededor sin acabar de llegarle; en su interior, algo parecía empezar a despertar, una angustia ardiente en la boca del estómago que le decía que algo terrible estaba acercándose.

—Silencio, madre —ordenó de repente con voz áspera.

Su madre calló, sorprendida por la brusquedad de la interrupción. Quiso protestar, pero vio algo en la expresión de Aodha que la turbó profundamente. Un brillo rojizo destelló un instante en sus iris mientras su hija husmeaba el aire como un perro de caza.

—Es una trampa —susurró—. ¡Están aquí!

Aodha se abalanzó sobre la vieja espada de su padre justo cuando los tambores empezaron a resonar por el valle. El sol todavía estaba a medio camino de su cénit cuando las sombras comenzaron a descender por la ladera en dirección al poblado. Las antorchas ardían con violencia en sus manos, y sus flechas encendidas volaban hacia las quinchas de los tejados.

—¡Corre! —gritó Aodha a su madre antes de salir como una exhalación de la casa.

Los guardias apostados en la empalizada que protegía el pueblo habían cerrado el portón y subido a las torretas de madera para disparar a los asaltantes, pero las flechas del enemigo habían alcanzado a muchas de ellas, de manera que era imposible frenar el fuego. Aodha pasó corriendo junto a un círculo de druidas que trataban de invocar la protección de los dioses. Sabía que era su única manera de contraatacar antes de que salvaran la empalizada, del mismo modo que sabía que no iba a servir de nada.

Algunos de los muchachos del clan, hijos de los guerreros que habían partido aquella mañana, se hallaban en las puertas del muro de madera, espada y escudo en mano, dispuestos a hacer frente a las hordas del sur. Todos eran conscientes de que, si contaban sólo con sus aceros, el clan estaba condenado; sin embargo, el favor de los dioses se ganaba luchando y la rendición no formaba parte de su naturaleza. Aodha se plantó entre ellos, sosteniendo en alto la espada de su padre. Algunos la miraron sorprendidos, pero en sus rostros no había sino agradecimiento por su sacrificio.

—¿No tendrías que invocar a la diosa? —le preguntó el único que no se encogía a cada golpe que los hombres del sur daban a la empalizada para derribarla.

—Por si no te habías dado cuenta, Mordred, todavía no he sido ordenada —respondió ella, no sin cierta irritación.

Ser sacerdotisa de la Morrighan era todo lo que le había importado en esta vida, y ahora iba a morir sin llegar a conseguirlo. Ojalá supiera más sobre la diosa; ojalá supiera cómo finalizar la invocación que tantas veces había practicado.

—Voy a hacerlo —le susurró a Mordred cuando las primeras maderas empezaban a quebrarse—. Voy a invocar a la diosa.

—¿No has dicho que…? —balbuceó él frunciendo el ceño—. ¿Crees que te hará caso?

—No lo sé —respondió con sinceridad—. Pero si vamos a morir ahora, prefiero intentarlo.

Mordred asintió con la cabeza y dirigió su mirada a la empalizada, mientras asía con más fuerza el acero. Las palabras de Aodha eran un sibilante susurro en su oído. La miró de soslayo y una sonrisa se ensanchó en sus labios al ver que, aun con los ojos cerrados en plena invocación, seguía sosteniendo en alto la espada de su padre.

Cuando la empalizada se rompió y los hombres del sur invadieron el poblado, Aodha ya había terminado su cántico, y no parecía haber surtido ningún efecto. Los druidas tampoco habían conseguido reforzar la madera con la protección de los dioses, de modo que habían empuñado también las espadas y se habían unido a los chicos que pretendían defender al clan hasta la muerte.

El rugido atronador de la batalla se alzó desde la tierra misma y ambos bandos corrieron al encuentro del enemigo. Durante un instante, lo único que Aodha pudo sentir fue el choque de los aceros, el hedor de la sangre y la tenaza del miedo. Los hombres que les atacaban eran tan grandes que le parecía luchar en la sombra, segura de que cada golpe que paraba con la espada iba a ser el golpe final.

Y de repente, claro como el día, oyó el graznido de un cuervo sobre la batalla. Se volvió excitada, buscando a Mordred entre el tumulto de cuerpos y aceros que danzaban a su alrededor, y se encontró de pleno con su mirada.

—Es la Morrighan —le susurró. Y entonces, una espada la atravesó de parte a parte.

Pudo ver sorpresa, incertidumbre y pánico en la mirada de Mordred antes de desplomarse sobre el suelo. Sentía frío y fuego a la vez, algo que la paralizaba y le quemaba las entrañas. Giró sobre sí misma, consiguió arrodillarse sobre el barro húmedo y se llevó las manos al estómago, pero no había nada allí. Desconcertada, observó su cuerpo intacto mientras sentía cómo unos dientes de fuego la consumían por dentro.

Una sombra se detuvo encima de ella, levantando la espada sobre su cabeza. Aodha lanzó un grito de dolor, al sentir que algo desgarraba la piel de su espalda. Su respiración era un resuello cada vez más grave y las lágrimas le quemaban los ojos, ahora rojos como su pelo. Levantó la mirada hacia el hombre de la espada, pero algo extraño ocurrió, porque al verle la cara éste retrocedió, aterrorizado.

Otro grito de dolor emergió de su garganta entonces, mientras escupía llamas y en su espalda su piel se rasgaba por completo y liberaba unas enormes alas tan verdes como lo habían sido sus ojos.

Todos aquellos, amigos o enemigos, que se encontraban en la batalla se detuvieron un instante mientras Aodha se erguía sobre sus patas, extendía las alas y gruñía de dolor al abrirse su carne para mostrar unos huesos puntiagudos que se extendían desde su frente y por toda la columna hasta su recién aparecida cola. Los cuervos descendieron en círculos a su alrededor y se unieron ante ella, formando por un momento la figura de una mujer. Nunca hubo en el mundo silencio mayor que cuando ella pronunció aquellas palabras:

—La sangre del dragón ha despertado para proteger a su gente. Éste es el regalo de la Morrighan para ti y para tu estirpe.

La figura de la diosa desapareció cuando los cuervos se dispersaron, y una bocanada de fuego barrió las primeras filas del ejército del sur. Aodha batió sus alas y se elevó en el cielo mientras su clan gritaba su nombre al volver a la carga y los hombres del sur, aterrorizados, emprendían la huida por la misma ladera por la que habían descendido horas antes. Pero ninguno de ellos llegó a la cima.
***
Alba aguantó el dolor mientras el fuego tatuaba en su piel la marca del Dragón.

—Éste es tu legado —pronunció de nuevo la voz de la suma sacerdotisa—: el legado de Aodhamair, hija del fuego, y Mordred, rey de los keltoi; el regalo de la gran diosa a la que aún servimos. Tu destino es proteger a tu gente, como ella protegió a los suyos. Levántate.

Su piel desprendía un fino velo de humo allí donde las llamas de la suma sacerdotisa la habían marcado. Ahora sabía qué hacer con su poder, y a quién agradecérselo.

Se puso la sudadera y la capucha de nuevo, se despidió de la sacerdotisa con un gesto de la cabeza y salió de la finca, en dirección al metro. Lo bueno de esta época, pensó, era que podía mostrar su marca sin que nadie imaginase que no era más que lo que realmente había en su interior.

Eva, la mujer dragón

Autor: Irene Moreno Jara

Ilustradores: Ernesto Lovera y Ana Salguero

Corrector: Federico G. Witt

Género: Relato fantástico

Este relato es propiedad de Irene Moreno, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Ana Salguero y Ernesto Lovera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eva, la mujer dragón

Dios hizo el mundo en siete días. De ahí los errores que tiene. El Paraíso lo creó en dos horas. De ahí que fuera un desbarajuste. Si nos metemos en la descripción de la creación de los dos seres humanos podemos afirmar que empleó en uno más tiempo que en otro. Y si ya contamos con la presencia de cierto reptil lo que podremos decir es que en su creación Dios no hizo otra cosa que perder el tiempo, o al menos eso pensó Eva durante años.
Cuando Dios hubo creado el mundo volvió al Paraíso y se sentó a la sombra de su última creación, un manzano, para valorar el trabajo realizado. Pensó que, ante tal desbarajuste, estaría bien la presencia de una mente capaz de razonar y de llevar al orden todo lo que Él, por cansancio, había sido incapaz de conseguir. En dos días había creado un Paraíso desordenado y en siete había construido un mundo basado en la nada y que, estaba seguro, no tendría buen final.
Dios estaba cabizbajo, pero sabía que tenía que esforzarse en una última creación, la de un ser que arreglara sus errores. Se levantó, dejó atrás el manzano y comenzó a andar descalzo por la hierba fresca.

—¡Un reptil! —dijo, sorprendido de su propia idea.

El Todopoderoso pensó que un reptil daría vida a tanto espacio solitario y que, gracias a su forma de moverse, identificaría los errores cometidos por Él, desde el más pequeño y escondido hasta el más escurridizo. Así, y como era y es de ideas fijas, creó un reptil, una serpiente larga y verde cuya mirada lo cautivó. Pero hasta esto le salió mal. Dios bautizó a su criatura con el nombre de Luci, pero enseguida la rebeldía brotó de ella y se autonombró Demon. Tras comunicarle esta decisión a su creador, la serpiente se perdió entre la hierba y desapareció. Nunca más fue vista por Dios, así que Este decidió volver al manzano en busca de una idea mejor.

—¡Crearé algo a mi imagen y semejanza! —dijo, pegando un respingo sobre la hierba.

Enseguida se puso a trabajar. Como por arte de magia surgió de entre sus manos un ser al que denominó hombre. Le gustó, lo aceptó y lo bautizó bajo el nombre de Adán. Este no rechistó, a diferencia de Demon, pero pronto vio el Sabelotodo que a ese hombre le haría falta compañía, algo o alguien con quien compartir el inmenso jardín, algo o alguien que le diera valor, fuerza e inteligencia para saber adaptarse a los errores del Paraíso o, en el mejor de los casos, saber corregirlos.

Esta creación le costó más trabajo y concentración. Consiguió unir en su mente el fuego con el coraje, dio volumen a las zonas planas del hombre, hizo curvo lo recto y perfiló con armonía y sutileza cada rincón de lo que llamaría mujer.

Una vez creado dicho ser, al que bautizó con el nombre de Eva, Dios los contempló. Estaba contento y satisfecho de su trabajo, pero en cuanto los vio desenvolverse en la inmensidad del Paraíso supo que algo volvía a estar mal. Sin embargo, esta vez no quiso quedarse para ver las consecuencias y con las mismas suspiró, alzó la mirada al cielo y, como si de una paloma mágica se tratara, ascendió a las Alturas dejando a Adán y Eva en la tierra.
Con el paso del tiempo, las dos criaturas divinas aprendieron a desenvolverse en el mundo que les había tocado vivir. Claro está, cada uno a su forma y modo de entender las cosas a pesar de ser del mismo padre y de la misma madre.
La admiración que Adán sentía por Eva no le era suficiente para ponerse a su altura. Desde el primer momento de soledad que vivieron los dos Adán se mostró como una persona frágil, miedica; inseguro y holgazán vivía a la sombra de Eva. Eso sí, amaba con todas sus fuerzas a su compañera, la cuidaba y mimaba siempre que sus enfermedades constantes se lo permitían, e intentaba halagarla con alguna flor cada vez que ella le reñía por su comportamiento. Eva, en cambio, era una mujer con coraje, valiente e individualista a la que nada le asustaba. Se desenvolvía a la perfección en la inmensidad paradisiaca, siempre estaba buscando ideas con las que mejorar y, aunque a menudo regañaba a Adán por su vagancia, en su interior reconocía que no podría vivir sin él. Había una sola cosa, un único inconveniente, que hacía que Eva no fuera la mujer perfecta: perdía los nervios cada vez que hacía acto de presencia Demon.
Sí, el reptil creado por Dios había desaparecido a los pocos minutos de ser creado y autobautizado, pero en cuanto descubrió que en el Paraíso existían dos seres más volvió a las cercanías del manzano para encontrar el rastro de ambos.
Adán y Eva habían construido su hogar bajo un gran árbol de copa ancha y verde que lucía con majestuosidad cerca de un pequeño lago. Demon pronto los descubrió y empezó a merodear por las cercanías sin dejarse ver. Las dos criaturas humanas supieron de su existencia por el olor a azufre que se respiraba de vez en cuando y, sobre todo, por la serie de altercados que se sucedían sin explicación aparente: destrozos en el huerto, árboles quemados, pajaritos lisiados, peces flotando en el lago… Cuando Demon reptaba por los alrededores Adán y Eva comenzaban a discutir, se planteaban la fuga del Paraíso, sentían vergüenza de ir desnudos y maldecían a su creador por no haberles proporcionado más felicidad. En cuanto la cola de la serpiente desaparecía, el bien y la felicidad volvían  a reinar entre los dos.

Gracias a su inteligencia y poder de observación, Eva fue consciente de todo esto el día que vio a Demon trepar al árbol más alto del Paraíso. Su rapidez, su fuerza y, sobre todo, la mirada que le dedicó, le hicieron pensar que aquella no era una serpiente normal sino que tenía que ser la reencarnación del Mal. Todas las sospechas de Eva se confirmaron cuando vio que el reptil llegaba a lo más alto del árbol, se giraba, le dedicaba la sonrisa más pícara y siniestra que jamás viera nadie, y le enseñaba su lengua: un tridente rojo pasión, pero puntiagudo como el más afilado de los cuchillos.

Eva entendió que tenía que hacer algo para acabar con aquel bicho, pero pronto fue consciente de que ella sola no podría hacerlo desaparecer. Sin embargo, Adán, que se dormía cada noche contemplando la belleza y sabiduría de Eva, sabía que existía algo que inquietaba a su compañera. Por eso, cuando un día fue al manzano a recapacitar sobre su condición de hombre y vio la manzana azul, supo que era un regalo especial para Eva, un presente de parte de aquel hombre vestido de blanco y con barba larga que hacía tiempo lo había mirado con disconformidad y resignación.
Contento por el descubrimiento, el único hombre del Paraíso corrió con la manzana azul en la mano en busca de su compañera. La encontró como siempre: alterada, de un sitio para otro, en busca de alguna pista que la llevara a descubrir la forma de aniquilar a Demon. Cuando vio aparecer a Adán enseguida pensó que una nueva enfermedad acontecía al hombre y con gesto de cansancio paró de inmediato su búsqueda.
—¡Es para ti! — dijo orgulloso el varón—. Es un regalo del hombre de las barbas blancas que subió al cielo, ¡estoy seguro! Es una manzana para ti, tiene el color del pajarito que más te gusta: azul.

Eva era mujer de pocas palabras. Del color de su pajarillo preferido o siendo un regalo del hombre de las barbas, Eva lo que vio en aquella manzana fue un bocado exquisito; y por eso, casi sin dejar a Adán terminar su hipótesis, mordió la fruta con ansia. Lo que vino después debió de ser un milagro divino. Al final Adán llevaba razón: el señor de las barbas blancas estaba detrás de todo.
Cuando el primer bocado de la manzana abultó el blanco y delicado cuello de Eva, el cielo del Paraíso se tiñó de negro. Un fuerte viento sopló por todos los rincones, los pajarillos desaparecieron, las flores agacharon su tallo para no poder ver lo que iba a suceder, los animalitos corrieron despavoridos en busca de un lugar donde esconderse, el lago cercano a la morada de Adán y Eva se enfureció hasta formar altas olas y un fuerte olor a azufre comenzó a reinar en el ambiente. El Mal estaba cerca.
En la hierba comenzó a abrirse un surco, un pasillo de tierra por donde se abrió paso la serpiente verde de cinco metros. Sus ojos, más amarillos que nunca, descubrían lo terrible que sería la batalla; su lengua, en forma de  pinchos ardientes, generaba el silbido de la guerra; y su cola, cascabel inquieto, vibraba al ritmo del tic-tac de la muerte.
A pesar de lo tenebroso de toda esta historia, lo que ocurrió finalmente es que Demon fue sorprendido por las características de su rival, tal y como ocurre en todas las historias que generan expectación. Él estaba acostumbrado a ganarle la batalla al más feroz de los leones, al más todopoderoso de los dioses… A su contrincante la había visto y estudiado desde lejos, desde lo alto del árbol, pero nunca se había enfrentado a ella. A Eva, la mujer dragón.
La manzana azul había hecho de la mujer un nuevo ser. Su melena pelirroja se había conservado intacta, pero su rostro había sufrido una metamorfosis. Ahora su piel era amarillenta y dura, su nariz y boca habían adquirido tintes de hocico, y aunque se mantenía de pie gracias a sus dos piernas, sus brazos habían desaparecido para dejar paso a unas enormes alas que le permitirían despegarse del suelo.
Adán, en cuanto vio que algo extraño le pasaba a la mujer, sintió miedo. Pensó que, tal vez por su culpa, Eva había dejado de ser humana para convertirse en un temido dragón. Corrió y corrió a pesar del cielo negro y el fuerte viento en busca de un lugar seguro, mientras Eva, que no había dejado de visualizarlo en ningún momento, dirigía ahora su mirada a su presa: Demon.

La batalla duró poco.

Antes de dar un paso en vano, Eva practicó con su nueva condición. Intentó gritar para atemorizar a la serpiente, pero en lugar de un rugido lo que salió de su hocico fue una extraña llamarada. De un color rojo intenso, comenzaron a buscar la luz una hilera de corazones. Al salir del calor interno del dragón y tomar contacto con la atmósfera, los corazones se inflaban y comenzaban a flotar en el aire. Cientos… ¡miles de corazones rojos, gordos y mullidos, llenaron el campo de batalla! A Eva le entraba tos de vez en cuando y, por cada agitación que sufría, un vocablo en forma de nube esponjosa se abría paso entre los corazones. AMOR, FELICIDAD, PAZ. La mujer fue consciente de que esas iban a ser sus armas.

Pero Eva pensó que desperdiciar algo tan bonito en matar a un ser rastrero no era justo. Así que por esto, y dando fin a un batalla que nunca debería haber comenzado si Dios hubiera hecho las cosas bien, el ser inteligente hizo uso de su hambre atroz y, aprovechando un giro torpe de Demon, se precipitó sobre él y… ¡ÑAM!, lo engulló enterito.

En ese momento el sol comenzó a brillar, las aguas se calmaron y el fuerte viento guardó silencio. Los animalitos volvieron a campar a sus anchas por todo el Paraíso y las flores empinaron sus tallos para ver a Adán regresar brincando por la hierba.

Todo volvió a la normalidad. En el Paraíso imperó de nuevo la rutina y, aunque a Eva el bocado le provocó pesadez de estómago, vivió orgullosa, por los siglos de los siglos, de saber que sería la única mujer capaz de comerse un plato tan pecaminoso.  O, al menos, eso fue lo que pensó durante años…