La niebla

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Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La niebla.

Ilustración de Paloma Muñoz

Sé lo que hicisteis el último verano”, ese era el encabezamiento de la carta que Christian tenía en la mano, el mismo encabezamiento de todas las cartas que día tras día, durante esa semana, aparecían misteriosamente en la mesita que había al lado de su cama. Al principio, le desconcertó y asustó un poco el hecho de que hubiese alguien que supiera con tanto detalle, las cosas que había hecho aquel verano junto con su mejor amiga, Miriam, pues sólo ellos dos estuvieron en ese momento que de manera tan explícita se describía en la carta. Al principio pensó que tal vez Miriam hubiese vuelto de Londres para visitarlo y darle una sorpresa, y le estaba tomando el pelo con lo de la cartita, o a lo mejor, quería hacer su vuelta más interesante y divertida, por eso, lo de inventarse aquel jueguecito.

Además, no era la primera vez que Miriam hacia algo así. Christian recordó uno de sus cumpleaños, en el que nada más llegar al garaje de su trabajo, encontró una nota que le decía que si quería conseguir su regalo debía seguir las pistas, y así lo hizo. Fue siguiendo las pistas y recogiendo las notas que alguna persona misteriosa”, le había dejado durante todo el trayecto que diariamente hacía desde el garaje hasta la puerta de su trabajo, y de allí, hasta el cuarto donde se cambiaba de ropa y donde finalmente, dentro de su taquilla, encontró el nuevo CD de Britney Spears envuelto en papel de regalo. Lo curioso fue, que el papel de regalo era un collage con fotos de él y de Miriam.

Pero esta vez, Miriam no había sido. Llevaba un año en Londres trabajando frenéticamente en su centro de masajes, negocio que empezó de una manera clandestina pero que término con una cadena de diez franquicias repartidas entre España, París y Londres. No, Miriam no podía ser, estaba demasiado ocupada, y además, en el resto de cartas, lo que se describía eran diferentes momentos, con distintas personas y que sucedían en distintos veranos, así que, era imposible que Miriam supiera con tanto detalle  cada uno de aquellos recuerdos, puesto que ella, a pesar de saber lo que Christian le contaba, no había estado en ninguna de aquellas recopilaciones de íntimos secretos. Así pues, pensó en un complot secreto de todas aquellas personas que habían sido partícipes de aquellas historias, de aquellos veranos. Su cumpleaños estaba cerca, y tal vez se hubiesen unido para realizar este remake conjunto. Pero de inmediato lo descartó, porque entre esas personas no había el mínimo contacto y además, algunas, ni siquiera se llevaban bien después de tantos años. Así que, finalmente dejó tanto el miedo como la curiosidad atrás y se limitó a disfrutar, ya que fuese quién fuese su misterioso amigo, no le hacía el menor daño, más bien le hacía feliz, lo estaba animando y día tras día se sentía mucho más alegre y con muchas más ganas de seguir con la rehabilitación.

Johnny llamó a la puerta despacio, con miedo, temía que fuera muy temprano y que Christian estuviese descansando. Por desgracia, después del accidente, Christian no solía dormir demasiado bien, aún le seguían molestando las contusiones. La verdad es que, Jhonny se sentía tremendamente culpable, porque fue él quien le convenció para coger la moto y salir. A Christian, siempre le habían dado respeto aquellos trastos”, como él los llamaba, pero a Jhonny le encantaba la velocidad, notar la moto deslizándose sobre la carretera, notar el viento en su cara, notar toda esa potencia fundirse con su persona, luchando contra los elementos como un solo ser. Pero los elementos pudieron más esta vez, alguien se saltó un stop y Jhonny no lo pudo esquivar. Acabaron arrastrándose por el suelo, con tan mala suerte que Christian se golpeó la cabeza contra un bordillo, y a pesar de llevar el casco, se llevó un buen golpe. Johnny, que tan sólo tenía quemaduras debido a la fricción que le produjo el contacto contra el asfalto, se llevó un buen susto.

Estás despierto– le dijo aliviado al verlo sentado en el sillón junto a la ventana.

Sí –le dijo sonriendo–, quería haberme despertado más pronto para ver quién es la persona que me está dejando estas cartas, pero la medicación ha podido conmigo.

Aún estas así.

Pues claro, sabes que si no consigo averiguarlo reviento, porque… tú no tendrás nada que ver ¿verdad?

Por enésima vez, ¡no! ¿Te has fijado en la letra, la reconoces?

Pues eso no lo había pensado, la verdad es que me resulta familiar pero no sé por qué.

Entonces, ¿no la reconoces? –Le preguntó el muchacho un tanto desesperado.

Pues no, ¿por?

No, por nada, para ver si se podía resolver de una maldita vez todo este embrollo y las cosas volvían a la normalidad.

Bueno, en cuanto acabe con la rehabilitación todo volverá a ser igual, y no creo que tarde mucho, ya puedo mover el brazo y la pierna, lo que no entiendo es por qué me siguen reteniendo aún aquí.

Te pegaste un golpe muy fuerte en la cabeza.

Llevaba casco.

Pero se quieren asegurar, estuviste inconsciente mucho tiempo. –Le dijo el chico con un hilo de voz.

Johnny, estoy bien –le dijo cogiéndole de la mano– Las radiografías que me hicieron de la cabeza están bien también, y lo más importante es que subí a la moto porque quise, deja de sentirte culpable.

El muchacho lo miró triste pero agradecido, aun así no podía dejar de estar preocupado, había sido un mes muy duro, a pesar de que en esta última semana hubiera mejorado bastante. Y además, había cosas que aún no le podía decir, como por ejemplo el por qué seguía estando allí. Conforme iba pasando la tarde, el muchacho comenzaba a estar más lúcido, era lo normal, le pasaba siempre, así que lo único que le quedaba por hacer era esperar, esperar a que esta vez no olvidase, esperar a que volviera a recordar.

Chris… –empezó a decirle Jhonny forzando un poco la situación– ¿Ya sabes quién ha podido escribirte? ¿Has reconocido ya la letra?

¡No! Pero, ¿a qué viene esto ahora? –le dijo el muchacho molesto– ¿ Jhonny, me estás ocultando algo?

No, yo…sólo…

Sí, me ocultas algo, te conozco bien, ¡ya me lo estás diciendo! –le espetó enfadado.

–¿No ves que no puedo? Por favor, cariño, haz un esfuerzo, tienes que recordar… –le dijo desesperado. Normalmente a aquella hora de la tarde, la niebla que parecía envolver su cerebro impidiéndole saber que pasaba, se solía disipar, pero hoy estaba tardando más de lo normal.

No hay quién te entienda, me estás poniendo de los nervios, ¿por qué no me lo dices de una vez? Me estoy empezando a asustar, ¿recordar el qué? –le dijo bastante alterado el muchacho.

Y entonces, la niebla se disipó, algo en su cara cambió, y tras unos segundos de silencio que parecieron eternos, Christian habló:

Lo he vuelto a hacer, ¿verdad? Me he vuelto a perder…

Y enterrando el rostro entre sus manos, Christian se puso a llorar. Jhonny se acercó y le abrazó, y dándole un beso le dijo:

No llores cariño, no ha sido tan terrible, ¿recuerdas ya de quién es la letra? ¿Entiendes por qué es tan importante que lo recuerdes?

Sí, por supuesto, esa letra es mía, esas cartas las escribo yo, yo soy esa persona omnisciente, yo soy quién escribo para no olvidar, por eso se describen tan bien todos esos secretos, porque yo siempre estuve allí, porque soy yo quien los hace reflejar. No es Miriam quién lo escribe, no hay complot, no hay nadie más, sólo mi desesperación por regresar. Pero no sirve de nada… No me voy a curar jamás…

El chico no sabía qué decir, se limitó a abrazarlo y dejarlo llorar. Mientras respiraba hondo e intentaba pensar, dejando atrás todo el dolor que a él mismo le embargaba. La verdad es que, desde que Christian empezó a escribir la cartas, había mejorado muchísimo. Al principio de mes ni siquiera recordaba a las personas que tenía alrededor, ni aun cuando no estaba la niebla, entonces, los médicos les dijeron que aquello podía remitir en cualquier momento, que quizás se tratase de una amnesia pasajera por la pérdida de conocimiento, que en un par de días pasaría pues, según las pruebas que le habían hecho en el cerebro, todo parecía normal. Pero no remitió. Tuvieron que hacerle muchas más pruebas, mientras tanto, su madre y él iban a visitarle todos los días y le hablaban de cosas que solía hacer, le hablaban de la gente que conocía y muchos otros temas más. Y poco a poco, fue recordando esa parte de su vida que parecía perdida, y todo volvió a la normalidad o, al menos, casi todo. Al poco tiempo, los profesionales que le trataban detectaron que había una pequeña parte del cerebro que aparecía en el electroencefalograma manchada. A causa del golpe, el cerebro había sufrido una pequeña hemorragia y lo habían intentado drenar, pero al realizar las pruebas con más detalle, habían observado que una parte seguía manchada. Las operaciones de cerebro son muy complicadas así que, esperaron a ver si esa pequeña mancha se reabsorbía, pues no merecía la pena volver a abrir simplemente por aquel nimio resto de sangre que acababan de observar. Sólo podían esperar a que el propio cuerpo empezara a reaccionar.

A la semana siguiente, se dieron cuenta de que algo andaba mal, a pesar de que la mancha parecía haberse reabsorbido, y a pesar de que ya era capaz de reconocer a la gente y recordar cada etapa de su vida, cuando la tarde avanzaba, de repente, dejaba de recordar y se sumergía en un estado vegetativo del que no despertaba hasta la madrugada del día siguiente. Lo primero que hacia su cerebro era poner en orden pensamientos y recuerdos y, por eso, podía reconocer físicamente tanto a las personas como los lazos que les unían, pero era incapaz de recordar sus experiencias pasadas, al menos aquellas que no eran recientes. Esto asustó mucho a los médicos, que pensaron que lo mejor era dejarlo en observación,  ya que esta especie de memoria a corto plazo no aventuraba nada bueno, no les resultaba nada normal ese reseteo que realizaba el cerebro a diario. Una de sus hipótesis era, que tal vez esta extraña conducta se debiera a que el cerebro estaba un poco inflamado después de la operación y que cuando se desinflamara todo volvería a cuadrar. Por ello necesitaban estudiar desde más cerca el foco del problema, así que decidieron hablar con Christian, en una de sus momentos de lucidez para explicarle su afección. Necesitaban toda la colaboración posible para comenzar con el proceso de recuperación del cerebro, incluida la colaboración del paciente, quizás la más importante de todas. Le explicaron todo cuanto había sucedido hasta el momento de detectar este inusual problema que les estaba volviendo locos, pues no habían tenido ningún caso igual. El comportamiento de esta afección se movía entre un Alzheimer inicial y una pérdida de memoria reiterativa inusual, pues la memoria en sí no estaba perdida, simplemente, iba y venía y necesitaban encontrar el porqué. Pues el mayor miedo que tenían era que, en algún momento dado la memoria, o bien volviera a la normalidad, o bien se perdiera en su totalidad. Esto quería decir que si poco a poco iba olvidando sus recuerdos, el reconocimiento de las personas e incluso el de su propia identidad, a largo plazo acabaría dejando de saber cómo comer, cómo dormir e incluso cómo respirar. Christian se asustó mucho al recibir aquel hachazo en su corazón, pero gracias al mismo empezó a reaccionar, al menos a su manera. Empezó a aprovechar aquellas lagunas episódicas en las que era consciente y podía recordar y empezó a escribirlo todo. Primero los nombres junto con los parentescos, hasta que dejó de olvidar a las personas que quería, y ahora, llevaba unas semana escribiendo sus recuerdos, en especial los más importantes para él, las cosas que habían hecho mella en su vida, justo lo que le había acontecido en algunos de sus veranos. Y por el momento, había recuperado la alegría y la ilusión. Pero tal vez estaba haciendo trabajar demasiado a su deteriorado cerebro, puesto que aún no retenía lo suficiente. Todos los días se escribía una carta relatándose cosas, que tan sólo él sabía, para así poderlas fijar, pero cuando se levantaba, sólo veía una nota contando sus anécdotas en tercera persona. Era incapaz de reconocer una parte de sí mismo y, tal vez, una de las pocas que mejor lo pudiera identificar, su propia escritura. Estaba perdiendo lo más importante que podía perder en aquel problema de identificación de algo tan personal, estaba perdiendo su ser, estaba dejando de reconocerse a sí mismo.

Los médicos seguían buscando a tientas una solución que nunca llegaba y probaban distintos tipos de  programas de rehabilitación una y otra vez sin ningún resultado. Este hecho les preocupaba mucho más, se sentían impotentes al estar totalmente a ciegas ante un problema que se les iba de las manos, un problema que no podían solucionar. Lo único que podían seguir haciendo era observar y esperar, lo habían probado todo y andaban desesperados. Y eso, a la familia, la hundía mucho más. Sin embargo, Jhonny confiaba mucho en la fuerza de voluntad de Christian, confiaba en que lo iba a lograr.

Mientras todos andaban locos estudiando la manera de curarlo, sin ningún resultado, Christian, por sí mismo, lo estaba consiguiendo, a pasos pequeños y a su manera, pero consiguiéndolo al fin y al cabo. Al menos ya era capaz de fijar en su mente, con ese método suyo de recolección de recuerdos, a toda la gente que amaba. ¿Por qué no podría conseguir con un poco más de tiempo recordar todo lo demás? Christian era muy tenaz cuando quería, por eso él prefería esperar, y le apoyaba de la única manera que podía, estando a su lado y animándole a recordar. A pesar de todos los progresos, el tiempo acuciaba y Jhonny era consciente, sabía que si Christian no conseguía acelerar el proceso de fijación, el próximo paso de los médicos sería volver a operar, y todos sabían las consecuencias de otra intervención en el cerebro, al saber que daños irremediables le podrían ocasionar. Jhonny se empezaba a desesperar y mantenía una lucha interior consigo mismo, pues por un lado, sabía que el tiempo era primordial para su recuperación, pero por otro, y paradójicamente, ese tiempo se estaba agotando. No podía presionar por temor a deshacer todo el camino andado, pero tampoco podía quedarse de brazos cruzados, por miedo a que lo vetaran, a que no dejarán a Christian continuar y, que jamás volviera a ser el mismo. Lo único que Jhonny quería y anhelaba era que Christian  lograra a tiempo el grado de bienestar que le permitiera salir del hospital, para así, poder seguir luchando, sin necesidad de que lo tuvieran de conejillo de indias. Por eso era por lo que Jhonny, insistía todos los días en que revisara las cartas y lo animaba a investigar, haciendo hincapié siempre, en el reconocimiento de la letra cuando veía que Chris no avanzaba. Era muy duro, pues había días que todo marchaba según las pautas previstas, aquellas pautas que había trazado su cerebro como algo normal. Pero había otros días, como el de hoy, que todo se descolocaba  tanto en su cerebro, como en su pauta de normalidad y costaba mucho más encajar las piezas del maldito puzzle en su sitio.

Jhonny, pensando esto, se dio cuenta de algo, Christian lo estaba logrando, no lo rápidamente que ambos quisieran, pero sí paso a paso, y más valía eso, que aletargarse encerrándose en uno mismo, y dejando  pasar el tiempo, así que se lo dijo:

Amor, no te rindas, has avanzado mucho.

Christian dejó de llorar y le miró con la desilusión grabada en sus ojos.

–¿Cómo puedes decir eso, Jhonny? No soy capaz ni de reconocer lo que escribo.

Antes, no nos reconocías a nosotros, y ahora lo haces, además, mientras escribes recuerdas, y lo vas fijando, y eso es muy bueno, tal vez necesites algo más de tiempo.

Pero, ¿y si me pierdo?

Sabes que no te dejaría, y tú, no puedes dejarme a mí, así que a luchar.

Christian cambió su expresión y apareció en su rostro una tenue sonrisa, tan sólo por mantener a esa persona a su lado merecía la pena el esfuerzo, así que, enjugándose las lágrimas y tras darle un beso, le dijo:

Tienes razón, lucharé, y ya se cómo. Esta vez voy a recordar,  la carta que voy a escribir hará su función, voy a contar en ella algo que jamás podría olvidar, mañana lo conseguiré, amor, te lo prometo.

A Jhonny le emocionó sobremanera aquella determinación, pero no podía dejar de estar inquieto y aterrado. No podía evitar que se le partiera el corazón en mil pedazos una y otra vez, sobre todo cuando leyó la última historia que Christian había dejado sobre la mesa antes de dormir y, que decía así:

Sé lo que hicisteis el último verano. La fiesta estaba llegando a su fin, al menos para ti. Todos se divertían menos tú, estabas cansado, aburrido, tus amigas estaban de caza y tú de celestina, como siempre. Y encima, más sólo que la una apartado en una esquina de la barra del bar, bebiéndote un cubata de vodka de caramelo. Mientras tanto, el chico que te gustaba, aquel que tanto te hacía reír y que derretía tu corazón con tan sólo una mirada, estaba hablando con tu amiga, y no una amiga cualquiera, sino la devora hombres”. No había quién se le resistiera, así que en breve verías como el hombre de tus sueños caía en las redes de aquella arpía que sólo creía en los hombres de usar y tirar. Nada peor para tu destrozado corazón  que haber sido la celestina que le había presentado aquel chico increíblemente guapo, nada peor que haberle cedido a aquel ser sin escrúpulos a tu amor platónico. Llevabas una semana conociéndole, y te habías enamorado perdidamente, tan sólo hacía un mes que habías descubierto tu mayor secreto, y él era la prueba que lo confirmaba. Pero nada se podía hacer si el otro no te correspondía, o al menos eso creías, porque aquella noche, aquel verano, fue el mejor verano de toda tu vida. ¿Quién te iba a decir que aquel a quien no parecías interesar, aquel con quien compartiste tantas conversaciones, sonrisas y noches de fiesta, iba a ser el amor de tu vida?

Christian dormía, así que Jhonny no se tuvo que controlar, lloró desconsoladamente a sabiendas de lo que ambos se jugaban en aquella partida. El dolor que atenazaba su pecho era imposible de soportar, y si aquello salía mal, su alma se resquebrajaría y no sería capaz de volver a juntar aquellos jirones que una vez la hubieron formado, no sería capaz de poder seguir adelante mucho más…

Inmaculada Ostos Sobrino

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E01-El fantasma de los libros

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Género: Relato misterio

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E01-El fantasma de los libros.

Su inmensa biblioteca era considerada como una de las más completas del país y, siendo justos una de las más maravillosas del mundo. Para Louis, lo que realmente representaba era la puerta de entrada a muchos más mundos, todos ellos distintos y misterioso, únicos y hermosos.

No era un coleccionista de primeras ediciones, o de antiguos y polvorientos libros, ni siquiera coleccionaba un género en concreto. Él no hacía distinciones, todos y cada uno de los libros que abarrotaban las estanterías de su biblioteca tenían un punto en común: Había entrado en esos mundos formados por letras, los había leído.

Durante los más de 80 años con los que contaba, había guardado todos los libros que alguna vez había leído. En la biblioteca un curioso visitante podía encontrar desde un libro de ilustraciones infantil con no más de diez páginas, a otro bélico o erótico de más de mil.

Su vista ya no era lo que había sido, y pese a contar con esa enorme colección de toda una vida, había una temática a la que no se había acercado demasiado. El terror. Pues en su vida ya había visto suficientes horrores.

Sin embargo, sus nietos adoraban la temática y le insistían en que incluyera algo tenebroso en los estantes de su santuario.

Y la respuesta de Louis siempre era la misma: No.

Como él siempre les recordaba, su colección tenía una particularidad y solo una: había leído todos los libros. Si incluía algo que no había leído, el trabajo de toda una vida se iría a pique, y eso era algo que no podía permitir.

Por eso, un día, decidió rebuscar entre los estantes y comprobar si sus nietos habían escondido obras prohibidas entre sus tesoros. Y así fue.

Montó en cólera el día que lo descubrió, y les mandó todos esos libros profanos en un arcón, junto con la prohibición de volver a acercarse a su biblioteca nunca jamás.

Desde aquel día la vida pareció dejar de sonreírle.

Le costaba mucho conciliar el sueño y cuando conseguía dormirse, caía en un pozo de negrura y desesperación. Se encontraba inmerso en una persecución, huyendo de los fantasmas de todos esos libros que aún le quedaban por leer; se le aparecían aquellos de los que aún no conocía la historia y le apremiaban para que aprovechara el tiempo que le quedaba y lo invirtiera en adentrarse en su mundo.

Cuándo se despertaba, sintiendo como de golpe su cuerpo aterrizaba contra el colchón de la cama, oía las voces de todos aquellos autores terroríficos que le llamaban, estuvieran aún vivos o no, con una horrible voz de ultratumba, y le recriminaban por no haber leído sus novelas y cuentos.

Las noches eran muy largas y los días demasiado cortos.

Aprovechaba las horas de sol para pasear por su biblioteca y perderse entre el aroma a polvo e imprenta que impregnaba el aire. Le gustaba tocar con la punta de los dedos aquella sucesión de joyas que había guardado durante toda su vida y redescubrir los mundos que cada uno de ellos encerraba.

En uno de esos días en que sus blancos y largos dedos recorrían la estancia, oyó unas voces que procedían de detrás de las paredes y descubrió lo que parecía ser una oxidada bisagra de una puerta olvidada. Quedaba completamente camuflada en la pared con relieve y, aunque siempre había sabido que estaba allí, ya lo había olvidado.

Buscó en el cajón del antiguo canterano las llaves de todas esas misteriosas puertas que inundaban su casa; no tardó en dar con ella, la pequeña y oxidada era sin duda la de la habitación olvidada. Sin dilación, abrió aquella puerta que le conduciría a un nuevo mundo, o al menos, esa era la invitación de las extrañas voces.

Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la poca luz de la estancia pero cuando lo hicieron pudo ver un arcón. Era el viejo baúl que contenía los libros de terror que no había leído nunca y que alguno de sus nietos se había empecinado en mantener en su biblioteca.

Ilustración de Daniel Camargo

Lo abrió con enfado, y dentro descubrió una breve nota “Todos estos libros merecen ser leídos y deben estar guardados en la biblioteca del abuelo”.

Nunca antes le habían interesado los libros sobre fantasmas y, de hecho, poco había leído desde que enviudó hacía dos años. Aun así, el hecho de haber descubierto aquel pequeño tesoro guardado bajo llave, en un baúl en su biblioteca, había hecho que se despertara en él una curiosidad morbosa y, si alguno de sus nietos creía que esos libros podían ser importantes para su biblioteca ¿por qué no leerlos?

No podía cargar con el arcón, y no quería incorporar los libros a su biblioteca sin haberlos leído antes, así que decidió instalar una pequeña zona de lectura, consistente en una silla mecedora y una lámpara de pie, en aquella oscura habitación.

Leía despacio, pero seguro y sus ojos repasaban interminables frases que se convertían en párrafos y capítulos, de modo que saltaba de libro en libro, de mundo en mundo, como tantas veces lo había hecho antes.

En esos cuentos y novelas de fantasmas, a menudo las historias no eran lo que parecían ser en un principio y eso le inquietaba y fascinaba a partes iguales.

Si cerraba los ojos y se concentraba lo suficiente, oía la llamada de Susan Hill, que se llevaba a tantos niños ataviada como la dama de negro; también podía revivir momentos de su vida gracias a unos fantasmas que le guiaban por distintas Navidades; navegaba por los mares a bordo de un barco maldito; enseñaba canto a una joven doncella a quien amaba, pese a que ella nunca le correspondería al esconder su rostro y su alma tras una máscara; incluso podía ser un jinete sin cabeza en un pueblo llamado Sleepy Hollow; u escuchar el graznido de un fantasmagórico cuervo que revoloteaba sobre su cabeza gritando “Nunca Más”.

Y precisamente ese cuento, “El Cuervo” de Edgar Allan Poe, fue el último que leyó, el último en caer en sus manos, el único que quedaba en el arcón.

Louis falleció con una sonrisa en el rostro, pues lo horroroso del relato de tan célebre autor no resultó negativo para él, al contrario. Entre las líneas de esa bella prosa poética, descubrió que su amada le estaba esperando, y que ese había sido el auténtico motivo de que los libros de fantasmas aparecieran en su  biblioteca.

Efectivamente, no habían sido los nietos los que habían introducido las novelas en su colección, sino su propia esposa, que antes de morir, había querido que su marido se sumergiera en esos mundos que tanto la habían fascinado a ella y en los que él aún no se había adentrado.

Cuando Louis murió, sus nietos colocaron todos los libros en la biblioteca, pues ya cumplían con el requisito para formar parte de la colección, y él fue enterrado junto a la abuela, Leonor, ambos mirando hacia la biblioteca, aquella puerta a tantos mundos secretos, misteriosos y extraordinarios, que aguardan a ser descubiertos por nuestros ojos y nuestras almas.

María Cristina Salvans

E05-El fantasma de los libros

Autor@: 

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Género: Terror-Misterio

Rating: +16

Este relato es propiedad de JAxel A. Giaroli. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E05-El fantasma de los libros.

Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Muy anglosajón, pero con algunas reminiscencias europeas. Tiene además un toque bastante corriente, aunque también posee cierto carácter extraordinario. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso.

Durante años he sido lo que se suele describir como un bala perdida. Abandoné en Londres mis estudios de derecho para intentar probar suerte con la literatura en París. Allí, pude presenciar todo tipo de influencias y movimientos artísticos. Estuve cerca de los centros en donde los grandes impresionistas del siglo XIX exhibieron sus artes. También, donde el vanguardismo consiguió asentar sus bases en toda Europa, pudiéndome permitir visitar las gigantescas bibliotecas en donde muchas de estas importantes obras podían servirme de inspiración para cimentar mi propio camino. Por desgracia, bien sea debido a que nací de forma muy tardía, o a la razón de que, según los editores, mi lírica no conseguía funcionar, no tuve más remedio que desistir.

El hecho fue el siguiente: escribí una obra en el que intente basarme todo lo posible en el dadaísmo, lo que dio como resultado una novela que me convirtió en un fracaso como autor novel. Las críticas llegaron incluso a ser más crueles de lo que ameritaban. La tacharon de excéntrica, absurda y de ser una exhibición pretenciosa de mi actual ignorancia del movimiento. No sin sentir una gran humillación, no tuve más remedio que volver a Inglaterra. Durante un par de años conseguí sobrevivir realizando todo tipo de trabajos de poca monta en el barrio de Brixton. Me sentía vacío y estúpido. Había lanzado los dados y perdido la partida antes de empezar. Entonces, mientras limpiaba los lavabos de una discoteca de mala muerte, se me ocurrió que quizás debía intentarlo una vez más. Aunque esta vez, tendría que hacer un esfuerzo mayor y muy distinto al que había efectuado anteriormente.

Trabajé duro e intenté hacer uso de mis viejos contactos de las editoriales francesas. No me sorprendió en absoluto el hecho de que ninguno mostrara interés alguno. Por lo que hice uso de mis capacidades naturales y me ofrecí como traductor y corrector de muchos de sus libros. Casi todos sin talento, pero con una visión muy comercial que se acercaba bastante al gusto del público actual. Claro, ninguna era una obra que en el futuro sería recordada, pero conseguían dinero fácil inmediatamente, algo que siempre atrae a las editoriales. Habían aceptado mi ofrecimiento porque yo tenía la suerte de hablar de forma nativa el inglés y el checo gracias a que mi madre me lo enseñó desde que era un niño, y el francés como segundo idioma debido a mi larga estancia en París. Esto fue derivando a trabajos que tenían poco interés para mí, pero me acercaban a mi objetivo. Estudié las grandes obras surrealistas de Kafka y decidí que lo tomaría como maestro para realizar mi segundo intento. Poco tiempo después, surgió mi oportunidad.

Un día como otro cualquiera, tras terminar una de mis muy tediosas traducciones, el Sr. Laverne en persona, dueño de la editorial en la que estaba trabajando, me llamó a su despacho. Aquello sólo podía significar dos cosas: o se había leído mi nueva obra y le había gustado, o quería despedirme.

No me avergüenza admitir que entré nervioso. Aunque no sé si fue debido a la excitación que sentía ante la posible idea de que volvieran a publicarme algo, o lleno de miedo, por la posibilidad de ser expulsado. Me lo encontré, como siempre, en su escritorio. No sabía a qué atenerme, pues su satisfactoria sonrisa de cocodrilo podía deberse a que mi trabajo realmente le gustó o a que muy pronto me vería de patitas en la calle. Cuando llegué me ofreció un asiento y no perdió el tiempo en formalidades.

—Sr. Johnson, Acabo de ver su manuscrito —comenzó—. Debo decir que usted apunta maneras.

Estaba ansioso, ¿habría conseguido escribir la obra de mi vida?

—Sin embargo, no podemos aceptarlo. En lo personal creo que le queda un largo camino antes de componerlo como es debido. Como he dicho antes, apunta maneras, pero esto que me ha traído es sumamente imperfecto. Estaría bien si estuviéramos viviendo una época en la que se demande el género surrealista y kafkiano pero en la actualidad, a lo único que puede aspirar es a atraer a un público objetivo. Y con unos conocimientos tan poco profundos del movimiento… sin duda, le despedazarían.

Eso me destrozó. No había nada peor que recibir unas altas expectativas, para después, en el punto más álgido de la emoción, confirmar un completo desengaño. Sin embargo, aquello era extraño. ¿Por qué me había llamado en ese caso? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el Sr. Laverne comenzó a contestar:

—La razón por la que le he hecho llamar es debido a que tengo un trabajo perfecto para usted. Podría ser la oportunidad de mejorar en estas carencias, rehacer su obra y terminarla con broche de oro. ¿Está interesado?

¿Qué podía decir? Una ocasión como esa no se presentaba dos veces. Sería todo un estúpido si decidía desaprovecharla.

Me explicó en que consistía el cometido: al parecer, la editorial había hecho un trato sustancial con el Monasterio Strahov, en Praga. Ellos querían contratar a un restaurador, vigilante y bibliotecario para sus valiosos tomos incunables de su muy famosa biblioteca, el llamado Salón teológico Strahov. A cambio, a parte de un salario sustancioso, muchos de sus textos serían ofrecidos en exclusividad para la editorial, si se aceptaban una serie de requisitos, claro está.

Estos consistían en los siguientes puntos:

En primer lugar, debía estar dispuesto a presentar un servicio, a lo largo de tres meses, de veinticuatro horas al día durante toda la semana.

El segundo, no abandonar la zona de la biblioteca hasta que hubiese terminado mi período de oficio.

Tercero, no hablar ni realizar ruido alguno durante el tiempo en el que estuviera dentro de la zona de lectura. Lo que suponía, a grandes rasgos, un voto de silencio hasta que mi contrato hubiese expirado.

Cuarto, responsabilizarme no sólo del estado de las obras, sino de que éstas no abandonaran en ningún momento el salón.

Por último, una última regla de la que sería informado si aceptaba realizar el trabajo.

A grandes rasgos una serie términos que desde la distancia, ya se veían muy exigentes. Debido a ello, se había ofrecido realizar la contratación a una editorial que pudiese estar interesada en ganarse el puntazo de las obras que podían ofrecer. Ellos, no dudaron en ofrecérmelo a mí no sólo por mis conocimientos de la lengua, sino porque ya había tenido experiencia trabajando en bibliotecas ya sea como vigilante, administrador y restaurador de obras que, por supuesto, no eran nada comparada con esas piezas de arte de las que muy pronto iba a responsabilizarme.

—Es una oportunidad única —comentó el Sr. Laverne—. Desde ahí puede estudiar las obras auténticas de Franz Kafka en su idioma original, junto con todo aquello en lo que él se basó para poder crearlas. Podrá ver escritos inéditos de los que, si es audaz, tendrá la posibilidad de aprovecharse para construir una creación única que se podría poner muy por delante de sus competidores. Y lo más importante: la editorial y le apoyaríamos al cien por ciento, incluyendo no sólo la publicación, sino también en la publicidad de su nombre y de sus obras futuras. Piénselo, podría ser el nuevo literato de esta década, quizás, del siglo.

Acepté encantado el trabajo. Estaba tan emocionado con la oportunidad que no me molesté en hacer las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿por qué se molestarían en acordar aquello con una editorial y no le habían ofrecido ese puesto a cualquier profesional de la servidumbre y la restauración? ¿Por qué contratar a alguien que vivía tan lejos, en lugar de colocar a alguna persona de la localidad, y ahorrarse así, el precio del viaje del futuro empleado?

Independientemente de todo esto, a mí lo que me interesaba era que iba poder viajar gratuitamente, vivir una experiencia única y tener la ocasión y el tiempo para reescribir mi proyecto, publicándolo con toda seguridad en la editorial francesa.

***

Ilustración de Rafa Mir

Me di cuenta del encanto de Praga nada más llegar. Muchas veces mi madre me había hablado de ella, pero sus palabras no hacían justicia a la hermosa ciudad que estaba viendo. Cuando finalmente llegué al famoso monasterio, no pude evitar el quedarme boquiabierto. Ante mis ojos tenía una pieza arquitectónica digna de una poema del mismísimo Lord Byron. Su aspecto denotaba ese fuego apasionado de la época del romanticismo. Cuando entré, mi impresión fue incluso más extraordinaria. Era una pieza del pasado perfectamente conservada en nuestros días a la que casi me daba vergüenza ponerle los pies encima. Todo muy recargado, limpio, cuidado… debía de costar su buena pasta. Uno de los monjes se presentó y me dio a conocer todo el lugar. Fue muy amable, incluso, me contó la historia la Orden de los Premonstratenses, de los logros que habían conseguido y de como se ganaban la vida. Repentinamente, llegamos a la biblioteca, y en ese momento me di cuenta de la responsabilidad en la que me había comprometido.

Quizás la zona más hermosa del Monasterio, que ya de por sí, destacaba. Las estanterías se alzaban como un gigantesco arca del conocimiento. Una belleza que era capaz de competir contra el mismísimo paraíso. Los frescos del techo evocaban tranquilidad, elegancia y magnificencia. Por mucho que hable del lugar, me temo que me quedaría corto.

En el momento en que entré, el abad estaba ocupado analizando algunos textos de origen religioso para anotarlos en un cuaderno a parte. Más tarde me enteré de que se trataban de unos ensayos franciscanos que recopilaba para poder trabajar en una tesis teológica que se esforzaba en completar para enviársela al mismísimo Vaticano, pero en aquellos instantes, dejó todo cuanto estaba haciendo y se presentó con un anillo en su mano que no dudé en besar. Era un tipo exigente, que consideraba el orden y la pulcritud como valores inamovibles. En definitiva: un capullo estirado. De todas formas, se esperaba de mí la máxima profesionalidad, y creo que conseguí darle, en general, una muy buena impresión. Se encargó personalmente de explicarme las tareas que tendría que cumplir. Luego, me indicó que habían montado una habitación al lado en la biblioteca y, que con una llamada de campana, tendría todo lo que necesitaría. En general, tendría que estar dentro de la zona exceptuando a las horas de comer y cuando necesitara ir al baño. Podía suponer algo duro, pero ¿qué eran tres meses a cambio del ansiado premio?

Sin embargo, no pude evitar preguntarle el por qué se habían molestado en contratar a un extranjero en lugar de encargarle la tarea a alguno de los monjes de su orden. Todos se me quedaron viendo como si hubiese abierto la caja de Pandora. Parecían mudos y temerosos.

—Últimamente han proliferado una serie de historias en torno al Salón teológico… —exclamó el abad—. En realidad, son más bien unas antiguas leyendas del Monasterio. Piense que éste existe desde hace casi un milenio, es lógico que sus viejas paredes den mucho de que hablar. Resulta que mis… compañeros, por decirlo de algún modo, son muy supersticiosos. Hablan de unas voces que se escuchan en el ala prohibida del salón, y piensan que puede deberse a una fuerza sobrenatural que la protege. Una fuerza diabólica con horribles intenciones.

—¡Es el Fantasma de los Libros! ¡Si se queda aquí su alma estará condenada! —interrumpió uno de los monjes.

El abad negó lentamente su cabeza, suspiró y luego, como si aquel inciso no hubiese sucedido, continuó:

—A pesar de este hecho no puedo ofrecerle semejante tarea tan importante a cualquiera, y yo, debido a las responsabilidades inherentes a mi cargo, no dispongo del tiempo suficiente para encargarme de ello personalmente. Así que pensé, ¿qué mejor que una editorial que pueda desear hacerse con la exclusividad de algunos de los tomos? —comentó—. De hecho, esto me viene perfecto para decirle cual será la quinta norma: sin importar las circunstancias, no debe ir al ala prohibida de la biblioteca ni permitir que nadie más entre. Sólo yo puedo acceder a ese lugar. ¿Ha quedado claro?

Le respondí que cristalino, para luego retirarme a desempacar todas mis cosas en mi habitación. Más tarde me permitieron descansar de mi viaje, y no les vi hasta la hora de comer. Después de cenar, presencié algunas de sus misas y me marché a mi habitación. A la mañana siguiente comenzaría mi primer día.

***

La jornada de la mañana y la tarde había sido dura. Catalogar aquella inmensa biblioteca, vigilar que ni monjes, estudiantes o turistas robaran alguno de los tomos, encuadernar, restaurar, reescribir,… desde luego, nadie podía negar que uno se ganaba el sueldo. Por fortuna, después de cenar, tuve todo el tiempo del mundo para mí. Esa noche estaba muy cansado, pero me obligué a mí mismo a permanecer en el salón, encender una pequeña vela, y comenzar a esforzarme en mi trabajo de documentación para ir recomponiendo mi obra. Después de un par de horas, comencé a suspirar. En ese momento, fue cuando lo escuché.

Era un sonido macilento y perdido que, en principio, parecía oírse en todas partes y ninguna. Comenzó débil, pero poco a poco fue aumentando la intensidad de tal forma que sentí como los cabellos de mi nuca se erizaban. Parecían unos lamentos perdidos, como el quejido de una mujer o un niño que estaba pidiendo auxilio. Intenté prestarle atención, pero el techo abovedado estaba tan bien construido, que era difícil percibir de donde venía exactamente. Finalmente, conseguí percatarme desde donde venía y fui andando poco a poco… hasta que llegué a las puertas del ala prohibida.

En ese instante el sonido cesó.

Durante unos minutos estuve quieto, preguntándome si aquello había sido real o producto de una reacción psicosomática producida por la historia contada por el abad, y la reacción del resto de los monjes. Decidí que todo aquello era ridículo, quizás se trataba del viento y de una mezcla del cansancio que tenía por aquellas horas de trabajo a las que había sido expuesto. Entonces, me retiré lentamente a mi habitación para poder descansar.

***

Pasaron semanas en las que tuve la oportunidad de adaptarme del todo a mi trabajo. A pesar de que las largas horas de silencio de alguna forma afectaban a mi ánimo, por otra parte me venían muy bien a lo largo de las noches, cuando finalmente pude componer algo de mi obra. De alguna forma sentía que gracias a mis experiencias y mi situación psicológica, por fin, salía algo auténtico de mis esfuerzos. Posiblemente, el Sr. Laverne tenía razón. El trabajo me ayudaba a madurar mis ideas. El tiempo a lo largo de esas paredes era largo, pero nada extraño había vuelto a producirse.

Hasta que llegó el segundo mes…

Nuevamente estaba en medio de mis quehaceres y volví a oírlo. Aunque en esta ocasión, había algo más. No era algo físico, pero me parecía muy real. Notaba un aura que, con un ánimo corrompido y quizás, levemente sofocante, parecía cargado con todo atisbo de negatividad. Detectaba un hálito peligroso de hostilidad que se cernía de alguna forma sobre mí. Mi primer instinto habría sido escapar para no volver jamás a aquel edificio, pero yo nunca hago caso a ese tipo de estímulos. Era irracional, ridículo. Me quedaban dos meses y desperdiciar mi oportunidad por un presentimiento… lo habría considerado estúpido. Seguramente me lo reprocharía toda la vida, jamás sería capaz de perdonarme. Lo segundo que me planteé, fue dirigirme nuevamente hacia la sala. Sin duda algo debía haber allí. Alguna cosa que… o alguien, que emitiera aquellos ruidos. Esta vez, conforme me acercaba, el sonido iba acrecentándose, y aquella sensación, como la de una tijera cortando carne viva, seguía acompañándome. Una vez más, cuando llegué hasta el ala prohibida, el sonido cesó.

Me giré lentamente y, de repente, encontré una figura espectral que, con ojos ausentes y la quijada deformada, proyectó un pestilente chillido de miseria. Apenas pude oír en medio de mi terror las palabras: “¡Márchate!”.

Perdí mis papeles y comencé a gritar. Detrás mía una mano me sacudía fuertemente, me giré, y vi al abad.

—¿Qué le sucede? ¿Está loco? —inquirió—. ¿Por qué grita de esa manera?

Me volteé hacia donde había visto a aquella figura. Nada había en los alrededores. Los mismos libros, las mismas estanterías, los mismos frescos…

—¿Ha visto…? —pregunté, pero incapaz de emitir sonido alguno me auto interrumpí.

Mis ojos estaban abiertos como platos y no me atrevía a cerrar mis párpados, no fuera a ser que la figura, a través de mi memoria, volviera a visitarme.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tendría que haber visto? ¡Sr. Johnson, compórtese y contésteme de una buena vez!

Comencé a pensar que la soledad me estaba afectando. Avergonzado, me disculpé y me excusé diciendo que quizás, se había debido al cansancio.

Con una mirada inquisitorial, aquel representante eclesiástico comenzó a estudiarme.

—Por casualidad no habrá entrado en el ala prohibida ¿verdad? —me interrogó—. Recuerde lo que le dije: si quiere conservar el trabajo cumpla con las normas y con sus obligaciones.

—Por nada del mundo estaría dispuesto a perder mi oportunidad por ver una ridícula sala.

—Una decisión inteligente. Váyase a acostar de una vez Sr. Johnson, y recuerde que mientras permanezca en el Salón teólogico debe cumplir un voto de silencio —me recordó—. No vuelva a armar otro escándalo parecido éste.

Me dirigí a mi habitación y me acosté. Esa noche, me fue completamente imposible dormir.

***

Otras noches como la anterior volvieron a sucederse. Aunque en esas ocasiones, decidí ignorar las voces. El tercer mes llegó y conseguí por fin completar mi obra. Me dije a mí mismo que no volvería a salir de mi habitación cuando entrará la noche. Sin embargo, una fuerza poderosa me atraía y, en ocasiones, me veía de nuevo escuchando esos sonidos en la zona de lectura del monasterio. Aquel sitio parecía estar a punto de volverme loco. En dos ocasiones, recogí mis cosas y me planteé seriamente marcharme para no volver jamás. Sólo con una extrema fuerza de voluntad, y recordándome constantemente que únicamente me quedaba un mes, logré mantenerme firme. Así fue hasta esa aciaga noche…

Como todos los días del tercer mes, al ponerse el sol, me dediqué a organizarlo todo, recogerlo y dirigirme directamente a mi habitación. Había desistido de cenar con los demás con la idea de no pasar por la biblioteca por la noche. Esa noche, vi que me había dejado en mi habitación un libro. Según las normas estipuladas por el Salón teológico, yo tenía la obligación de dejar al anochecer, el libro en su estantería correspondiente. Si no quería perder mi trabajo, no tenía más remedio que llevar a cabo aquella acción. Me armé de valor y llevé el libro hasta donde tenía que dejarlo. Sorprendentemente, a lo del trayecto no sucedió absolutamente nada, pero al llegar, me fijé que estaba justo al lado de las puertas del ala prohibida.

Una extraña inquietud se apoderó de mí. ¿A qué se debía tanto secretismo? ¿Por qué nadie podía acceder aquella zona?

Sin duda lo  que ocultaban ahí tenía que ser muy importante como para que sólo pudiera entrar el abad del monasterio. ¿Y si todos aquellos extraños sucesos de la biblioteca se debían a aquella sala? Era muy extraño que los sonidos que siempre escuchaba, se acercaran a un mismo sitio. En aquellos instantes, bien sea por una locura transitoria, o quizás debido a un impulso del momento, decidí entrar.

La puerta tenía las bisagras oxidadas. Al abrirse, el sonido de estas se extendió a lo largo de la abovedada habitación. A lo largo vi un laberinto de estanterías llenas de libros empolvados que parecían no haber sido abiertos desde hacía siglos. Al lado de la entrada había un pequeño candil que conseguí encender para luego ir observando cada uno de los volúmenes. Eran libros de autores de los que nunca había oído hablar. Escritores de diversas lenguas que, sin embargo, a primera vista, parecían tener un estilo único. Cogí uno de aquellos al azar; comencé a leerlo. Era una novela inglesa cuya estructura era muy propia del siglo XIX. Era fantástica, una obra única que se adelantaba a su época. El tiempo pasó volando, y me di cuenta de que tenía que volver. Pero entonces, noté que aquel laberinto de libros nunca terminaba. Entré en pánico. No había forma de escapar de aquella sala. Viendo que no conseguía llegar y, asumiendo que al no cumplir mis funciones, vendrían a buscarme, comencé a leer más de aquellos maravillosos libros. Pero la noche llegó y no me habían buscado.

Entonces apareció.

Aquel ser espectral se presentó ante mí. Ya no se veía tan desgarrado y tenebroso como antes. En su lugar, vi a una joven que se acercaba a mí, con un rostro triste y melancólico.

—Te lo advertí —dijo—. Te dije que te marcharas cuando tenías la oportunidad.

Le pregunté quien era y que hacía en la biblioteca. También la razón por la que deseaba echarme de allí.

—¿Echarte? —inquirió asombrada—. No, sólo deseaba salvarte, pero ahora es demasiado tarde. Yo fui como tú una encargada de biblioteca. Entré por razones muy parecidas: deseaba conseguir escribir una obra magnífica y por ello, acepté un empleo con unos libros únicos como otros. Entré como tú en esta oscura sala, y no conseguí salir. Desde entonces mi obra esta aquí, junto con la de otros muchos que formaron este oscuro centro de maldad y cultura, y me encargo ahora de custodiarlos y de formar, durante la eternidad, otras historias como estas.

—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté—. ¿Hay alguna manera de escapar?

Su inquietante voz fina y nostálgica, me atravesó como un cuchillo cuando escuché aquellas horribles palabras:

—Nadie sale del ala prohibida. Tu destino ahora no es otro que el de componer tu magnífica obra hasta que llegue el ansiado día de tu muerte. Y cuando ocurra, la custodiarás hasta que llegue el día del juicio final.

Esa fue mi historia. La de un individuo cualquiera que sólo quiso encontrar su oportunidad y finalmente la consiguió. Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Y esto que estás leyendo, es el esfuerzo que dediqué durante el resto del tiempo que me quedó. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso. Por desgracia, no puede servir como advertencia. Porque si ahora mismo lo estás leyendo, significa que también es demasiado tarde para ti.

Es la hora, lector. La hora de que compongas un texto magnífico, y que formes parte del grupo que ha quedado atrapado en la diabólica ala prohibida del Salón teológico del Monasterio Strahov.

La hora de que tú también seas el Fantasma de los Libros.

Axel A. Giaroli

Ilustración de Rafa Mir

La muerte sí avisó

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato de misterio

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte si avisó.

El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas.

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida.

 Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas.

Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa.

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa.

Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización.

Ilustración de Rafa Mir

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol.

Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar.

Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse.

El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz.

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados. 

Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror.

Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar.

“¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.”

Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror.

“Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar.

“Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación.

Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.

Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño.

“Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.”

Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho.

Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar.

Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla.

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse.

El día era tan soleado que Santi le gastó una broma:

“Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente.

Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”

Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos.

Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más sitios cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi.

“Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa.

“¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo”

“Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?”

Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante.

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso.

En el desayuno Santi fue a por algo.

Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito.

Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa.

Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada.

Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme.

“Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos.

“¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto.

“¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.”

Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario.

A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban.

El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos.

No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.

Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa.

Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío.

Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto.

Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender.

El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades.

Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario.

Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….

Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos.

Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces.

Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.

Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital.

Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía.

Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”.

Esta vez sería una más, pensó Lorena.

El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos.

Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida.

Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado.

En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase.

Lorena se quedó fuera, sola, esperando.

Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos.

Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios.

Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante.

Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave.

Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle.

Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia.

“Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.

Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….

Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar.

Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio…

Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?

Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

(Basado en hechos reales)

 Original de Conchita Ferrando de la Lama