E02-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E02-El fantasma de los libros.

Me gusta pasearme entre los estantes de las pequeñas librerías y deslizar los dedos por las letras impresas en sus lomos. Me gusta perder mis pasos por las amplias y silenciosas estancias de las bibliotecas y sacar de su reposo volúmenes que cuentan historias de viajes, de amores y de aventuras en lugares lejanos. Me gustan, sobremanera, las ferias de libros, con esa multitud de pequeñas casetas donde se amontonan manuales de jardinería, clásicos de la literatura universal en formato de bolsillo y cuentos para niños, con algún que otro escritor que firma ejemplares de su última creación. Me gustan también las luminosas librerías de los centros comerciales, y hasta la pequeña y raquítica biblioteca del CPPA.

Yo tenía un novio al que también le gustaba mucho leer y que decía que algún día sería escritor. A mí no me escribía poemas o cartas de amor, como se supone que hace un poeta a su enamorada, pero era porque reservaba toda su energía creativa para su verdadera obsesión, que no era otra cosa que terminar la novela que se traía entre manos desde hacía años y que, decía, le llevaría a codearse de igual a igual con otros genios de la literatura de apellidos tan ilustres como Llosa, Márquez, Pamuk o Auster. Yo estaba convencida de su éxito y lo esperaba con tanta ilusión como él.

Después de cinco largos años me empezaron a dejar salir: primero un día a la semana, más adelante, cuando vieron que me hacía mucho bien y que no era una amenaza para nadie, de lunes a viernes, pero debía volver sin falta antes de las diez de la noche. La primera mañana me bajé del autobús en la Plaza de los Luceros y, casi sin querer, mis pies me llevaron a la Librería 80 Mundos. Todo estaba igual que cinco años antes, el tiempo no había pasado en aquel lugar, pero sí lo había hecho por mí; mejor así, si no, seguro que el propietario me hubiera reconocido y no habría dudado un instante en llamar a la policía. No fue así, e incluso estuvo especialmente amable conmigo, tanto que dejó sobre el mostrador el ejemplar que estaba leyendo de “Orgullo, prejuicio y zombis” para atenderme. Pedí disculpas en voz baja a Jane Austen cuando salí con… no recuerdo su nombre —digamos que se llamaba Juan— para tomar un café tras cerrar la librería, y en compensación le prometí que no pasaría por alto tal vejación. Y ya no tienen nada más que suponer porque ocurrió lo que tiene que pasar a un hombre que no respeta a una mujer que escribe y a otra que sabe leer.

Mi novio, al que yo quería tanto, me había prometido que cuando terminara el libro al que tanto tiempo y esfuerzo estaba dedicando, yo sería la primera en leerlo, no solo porque yo era su novia y me amaba, sino porque respetaba mucho mi opinión sobre todas las cosas y máxime si se trataba de literatura.

Cada día que salía del CPPA necesitaba, como una drogadicta con el síndrome de abstinencia, rodearme de libros. Y entonces visitaba librerías como Logos, la de María de Puy, San Jorge o Maeva, y allí saciaba mi necesidad de tocar y pasar páginas llenas de historias. Otras veces prefería ir a la biblioteca, la de Benalua, el Cabo o la Diagonal. Pero tengo que reconocer que, para entonces, ya no me interesa tanto leer como saber qué era lo que leían las demás personas que entre los estantes abrían un libro y hojeaban las primeras frases o las últimas, que de todo hay, o las que se sentaban en los silenciosos cubículos de la biblioteca para leer ensimismados sin ser molestados. Tanto a unos como a otros me acercaba con disimulo y, casi siempre con éxito, lograba vislumbrar lo que leían.

En el FNAC hay de todo y, tengo que reconocer, que yo iba, como vulgarmente se suele decir, “con la mosca detrás de la oreja”. Llevaba tres días sorprendentemente perfectos: hombres, mujeres y niños que leían, jugaban e incluso compraban libros que se llamaban Las mil y una noches, Decamerón, El idiota, El tambor de hojalata, Moby Dick o Lolita. Todo me parecía demasiado perfecto para ser cierto y llegué a la conclusión de que no era posible de que en el país en el que vivo hubiera tantos lectores aplicados y justos. Pensé entonces que el error debía de estar en mi mirada, que sin yo darme cuenta solo tenía ojos para los libros bellos que tanto me gustaban y, por ende, en las personas que los llevaban en las manos. Hice un esfuerzo aquella mañana y me propuse, al atravesar la puerta automática del local, observar con atención sin dejarme llevar por mi necesidad. No tardó mucho en ocurrir —como suponía—, pero no me esperaba que fuera tan terrible ni tan rápido mi reencuentro con la realidad. Debería haberme preparado mejor para lo que se me avecinaba. Había señales que me decían que podía ocurrir algo horrible: un expositor de más de metro y medio de alto y repleto de libros me recibió en cuanto entré en el local. En la cúspide, la jeta —porque no puede ser cara— de uno que se hace llamar escritor y le pagan por ello. No quise mirarlo; me dolía demasiado, —él me obligó a romper un libro por primera vez en mi vida—.

Quise matarlo allí mismo. Ni siquiera intentó mirar entre los centenares de libros de las atestadas estanterías. Según entró, fue directamente al stand, cogió uno de aquellos panfletos y se fue a la caja a pagar. Muy cerca de allí brillaba unas letras doradas sobre fondo azul y me imaginé a mí misma como Ulises, abriéndole la cabeza al insensato con la obra maestra de Joyce. Pero no estoy loca, si lo hubiera hecho así no me hubieran dejado salir nunca más. Le seguí por la Avenida de la Estación y al detenerse para cruzar la Calle del General Lacy, recibí una señal en forma de un camión con matrícula de Zaragoza. Pensé: un camión de gran tonelaje que viene desde la ciudad donde nació el tipo que escribió esa basura que ahora lleva en una bolsa este desgraciado, y una cosa llevó a la otra y me pareció coherente y justo devolver de un empellón el libro y su inconsciente lector a la ciudad maña. Casi todo salió bien, por lo menos lo fundamental. Permítaseme la gracia de decir que fui muy “mañosa”, y solo con un leve y discreto empujón fue suficiente para que, pongámosle un nombre y digamos que se llamaba Juan,  saliera lanzado por los aires hasta que tocó de nuevo el suelo una decena de metros más allá. Había mucha gente en ese momento esperando para cruzar la calle, y la aglomeración previa y el posterior tumulto que se formó alrededor del inerte y ensangrentado cuerpo de Juan me permitieron pasar totalmente desapercibida. Y solamente digo que casi todo salió bien porque, si bien Juan ya no volvería a comprar basura, hubiera estado bien que el camión fuera cargado hasta los topes de excrementos y que con él se hubiese llevado a Juan y su recién estrenado librillo. Pero Juan se quedó esparcido por unas decenas de metros cuadrados del asfalto de Alicante y, para mí sorpresa, el maldito librito apareció, amenazante, a mis pies. No tuve piedad; no tuve más que darle un puntapié para que se colara en su lugar natural: el alcantarillado de la ciudad.

Yo tenía un novio al que quería mucho, no se puede explicar de otra manera ni sería posible entender el porqué pasaba los días y las noches con el perenne deseo de tocarlo, besarlo y, sobre todo, oírlo. Mi novio hablaba muy bien. Conocía a la perfección las palabras que a mí me gustaba escuchar y además las decía en el orden ideal para que yo me rindiera a todos sus deseos. Ya ganada para él, tengo que reconocer que en la cama era un poco desastre, pero no me importaba porque era muy tierno verlo palidecer e incluso llegar al desmayo cuando, tras breves minutos de torpes enviones, se deshacía en mí. Yo le quería mucho, aunque a estas alturas de mi historia seguramente nadie se lo crea.

A Juan —supongamos que se llamaba Juan— lo conocí en la Librería El Gato Blanco y me fijé en él porque era un chico muy guapo, o al menos de los guapos que a mí me gustan: delgado, alto, con una encantadoras gafitas rectangulares de color malva y una media melena recogida con una simple goma del mismo color que sus gafas. Llevaba puestos unos pantalones cortos vaqueros y una camisa blanca de manga corta que permitía ver, ligeramente, un pecho de hombre joven al que no le gustaba tomar el sol y que, ¡gracias a Dios!, no se depilaba. Una tiene sus necesidades, y aunque el sexo no es para mí una prioridad —como lo demuestra el hecho de haber tenido ese novio al que quería tanto— lo cierto es que me pareció oportuno y necesario relajar mi estricto estilo de vida y darme una satisfacción con aquel Juan que me recordó el mucho tiempo que llevaba sin sexo.

Pero casi nada es lo que parece y aunque sí hubo sexo, y del bueno, de ese que hace a una desear que jamás se canse el jinete y al que sin querer le dices que sí a todo aunque no te pregunte nada porque sabe que esa noche puede hacer lo que quiera contigo y… Pero no fue todo perfecto, simplemente por un error mío que me dejó descolocada y, aunque a lo largo de la noche que pasamos verificando la fortaleza de la cama se me fue en más de una ocasión la razón, recurrentemente volvía a mi cabeza el recuerdo de lo que tenía que hacer en cuanto el postrero sopor le llegara después de tantos besos, de tanto lamernos y de tanto derramar deseo. Juan debía morir; no le podía conceder el perdón por muy bien que follara y por muy cariñoso y gentil que se mostrara. Era imperdonable que el libro que llevara bajo el brazo cuando salimos de la librería llevara por título “¡Chúpate esa!”.

Me ofendía sobremanera que un chico tan majo, con esos pantalones que marcaban sin apretar y con esas gafas tras las que se escondían unos deliciosos y melancólicos ojos verdes, se hubiera dejado llevar por esa estúpida moda de las historias de vampiros y, en vez de leerse las cuatro o cinco buenas novelas del género, se dedicara a leer esa estupidez de Cristopher Moore.

Así que, aunque disfruté como nunca de aquel muchacho, no fue todo lo ideal que podría haber sido simplemente porque, lejos de lo que pueda parecer, no soy una psicópata y no mato por unos incontrolables deseos homicidas. Tengo razones para hacer lo que hago y sufro por tener que hacer lo hago; pero, si yo no lo hago, quién lo haría por mí. ¿Tú? Sí, tú. ¿Serías capaz de sustituirme en esta fundamental misión?

Comenzaba a llenarse el cielo de rojos y naranjas cuando Juan se quedó dormido. Estaba precioso, todo lo largo que era, con su bonito culito bañado por la tenue luz de la recién estrenada luna. Pero no quise mirarlo más y me fui directamente a la cocina a por el cuchillo que acabaría con su joven vida.

En el fregadero los platos sucios de al menos una semana. La nevera llena de luz y tan solo un envase de mortadela con aceitunas hacía compañía a una solitaria botella de vino. En un cajón, un cuchillo digno de una película de miedo. Sobre la mesa quince o veinte libros y uno montón de hojas desparramadas en un orden entendible solo para él, pero que llamó mi atención y al que dediqué no menos de una hora para conseguir sacar una conclusión.

Creo que fue el momento más feliz de mi vida, y se lo demostré a Juan llevando a la cama la mortadela y el vino y haciéndole cosas que dudo mucho que nadie antes le hubiera hecho, y dejándole hacerme cosas que seguro que nadie me había hecho y nunca nadie más que él me haría.

Juan era estudiante de antropología y estaba haciendo una tesis sobre el mito del vampirismo en diferentes culturas a lo largo de la historia. Para documentarse tenía sobre su mesa títulos como Drácula, Crónicas vampíricas, El manual del iniciado, Conceptos racionales y cristianos sobre vampiros o chupasangres, El mundo de los fantasmas, El vampiro en Europa o La novia de Corinto. No creo que haga falta decirlo, pero por si acaso hay alguien con pocas entendederas leyendo esta historia, le diré que, a día de hoy, este Juan sigue vivo.

Yo tenía un novio al que quería mucho y que un día me dio, como el que entrega su más preciado tesoro, el manuscrito de su primera novela. También yo, emocionada y exultante, recogí entre mis manos su presente sabiendo que era muy afortunada por ser la primera en leer una de las más bellas historias de la literatura. Juan, —que en verdad así se llamaba mi novio—, tan solo me dijo que le llamara en cuanto terminara de leerlo y, se fue dándome un tierno beso en los labios.

Eran las nueve de la noche cuando Juan se fue de mi casa y a las doce y media ya había terminado de leerlo; pero no le llamé. Me tomé un café. Me temblaban las manos. Me fumé seis o siete cigarrillos encendiendo el uno con el anterior y volví a leer la novela. Eran las cuatro de la madrugada cuando terminé de leer por segunda vez la novela y fueron las siete cuando la terminé de leer por tercera vez. Después de ducharme llamé a Juan.

Me dio tiempo a tomarme dos cafés y acabar el paquete de tabaco que había empezado la noche anterior antes de que Juan llamara al timbre. No me levanté de la silla de la cocina porque Juan tenía llave de mi casa y porque él tenía la rara costumbre de llamar antes de entrar —según me había explicado una vez, porque no soportaría entrar un día y encontrarme fornicando. Prefería llamar para dar tiempo a que mi posible amante se pusiera los pantalones—. El resto de la historia, o al menos la más sangrienta y morbosa, ya la conoce todo el mundo porque los medios de comunicación se hicieron eco de la noticia en el momento en el que sucedió, y además volvieron a contarla otra vez, con pelos y señales, un año después con motivo del juicio en el que se me condenó a quince años de reclusión en el Centro Psiquiátrico Penitenciario de Alicante, más conocido por sus siglas CPPA. Lo único que puedo añadir para completar esta historia es lo que no dijeron los medios de comunicación ni la sentencia del tribunal que me juzgó, que no es otra cosa que el porqué de las veinticinco cuchilladas con las que maté a Juan. Y no lo dijeron porque yo nunca se lo conté a nadie… hasta ahora.

Yo quería mucho a mi novio, y él me correspondió con engañó todos los años que estuvimos juntos. Juan había escrito un verdadero bodrio, un montón de palabras que imitaban con torpeza palabras escritas por otros mucho antes. Era pretencioso a ratos, para luego hundirse en un insufrible continuo de te quieros y besos sin sentido, para más tarde “ponerse estupendo” haciendo presuntas referencias cultas a ilustres escritores como Sam Savage o Stendhal. De este último incluso utilizó su nombre verdadero, Henri Beyle, para nominar a dos insulsos, absurdos y mediocres personajes de su libro. La historia no la voy a contar porque entonces yo también debería darme muerte y porque no creo que nadie más deba padecer lo que yo sufrí aquella noche leyendo, por tres veces, la patética novelita escrita por mi difunto novio.

Tan solo para prevenir al despistado lector que pudiera tropezarse con el libro de Juan —el muy sinvergüenza también me había mentido en eso y había mandado el manuscrito a una editorial que, con ocasión del juicio y aprovechando el tirón mediático de mi historia, había decidido publicarla— en alguna perdida librería y tuviera la peregrina intención de comprárselo, que el título del engendro es: “Amores mecidos por el viento. Amores perdidos. Amores eternos”. Pero si a pesar de todas mis advertencias aún insistiera en adquirirlo, recomendarles que miren antes a su alrededor porque puede que esa chica tan mona vestida de azul a la que usted todavía no ha prestado atención decida meterle el libro de Juan por semejante parte, ya sea antes o después de matarlo.

FIN

Juan Ramón Lorenzana Fernández

Ilustración de Marta Herguedas

Anuncios

E04-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E04-El fantasma de los libros.

 

Ilustración de Paloma Muñoz

Helen me besó emocionada. Hacía un año que no nos veíamos, aunque hablábamos con frecuencia. Podíamos pedirnos lo que quisiéramos o necesitáramos porque dejaríamos todo para ayudarnos. Así que salí inmediatamente cuando me llamó aquella mañana en un sollozo.

Mil suposiciones en seis horas conduciendo, un nuevo récord para mi maltrecho coche y para mí, con un catarro mal curado como secuela del gélido rescate en Chicago. Una lluvia incómoda me dio la bienvenida a Midtown. Cuando aparcaba delante de su casa, vi a Helen abrir la puerta y salir corriendo. Al bajarme me abrazaba y empezaba a llorar entre aquellos cariñosos besos que le devolví.

—¡Oh, Lloyd, tú la encontrarás!

Claro. Cálmate, cielo.

—¡Qué poco has tardado! Debes de estar muy cansado.

No te preocupes. ¿Y Andy y Matt?

—Con el sheriff, y mamá no se ha movido de aquí.

—¿Y?

Dentro también. Pero ya sabes, no ha podido ir a la batida y está furioso.

Seguro. Vamos, nos estamos mojando.

Un beso más a sus preciosos ojos verdes, más limpios y brillantes que los míos. Llevaba el largo pelo castaño mal recogido en una coleta, pero su mirada y su cuerpo dejaron de temblar cuando quiso sonreírme abiertamente. Helen era mi hermana pequeña y me adoraba, pero yo la adoraba más.

En el porche mi madre me recibió con los mismos ojos verdes húmedos pero más apagados. Su beso y abrazo fueron más templados y su ánimo contenido, con esa conformidad propia de ella para lo que deparase el destino. Pero la noté más frágil.

—¿Cómo estás, hijo? Te veo delgado y muy pálido —dijo con media sonrisa llena de calidez.

—Y yo a ti más guapa. —Le tembló la barbilla y yo se la alcé—. Eh… Aparecerá y estará bien. Ya lo verás.

Ella asintió reponiéndose enseguida.

Mi padre estaba en la cocina, sentado en una silla bajo el teléfono en la pared, con la mirada perdida y un cigarrillo entre los dedos. Simplemente levantó un poco las cejas al verme y se tocó el eterno bigote un instante.

Ah, tú… —dijo con la voz cavernosa y el destello lobuno en los ojos que me había dado.

—Hola, papá. Ya veo que estás bien. —Él se encogió de hombros dando una calada. Entonces Helen me ofreció una taza de café—. Gracias. Vamos, siéntate y cuéntame bien qué ha ocurrido.

La tarde anterior. Alice y unas amigas preparaban un trabajo en la biblioteca. Estaba en el primer año de instituto y siempre había sido muy aplicada, también responsable, y estaba contenta. Debían presentar el trabajo al final de semana, pero era de Física y a ella no se le daba muy bien, por eso se quedó un poco más cuando las amigas decidieron irse. La bibliotecaria había dicho que antes de irse Alice se había llevado prestado un libro, porque le gustaba mucho leer cuando no tenía que estudiar; después se había marchado, pero no llegó a casa. Matt tampoco sabía dónde podía estar porque la última vez que la vio fue a la salida del instituto, cuando ella le había dicho que se iba con las compañeras pero que no volvería tarde.

No había ocurrido nada para que Alice hubiera querido irse por propia voluntad. Jamás había dado problemas, ni de conducta ni por los estudios. Al contrario, era popular en su clase, y en casa, aunque ella y Matt estaban en una edad difícil, Helen y Andrew no eran padres severos o controladores. Sucedían los desacuerdos normales, pero nada que hubiera significado un motivo serio para marcharse así.

Esa misma noche, tras llamar a familiares y a las amigas para preguntarles, denunciaban su desaparición.

Las hipótesis se disparaban: que al salir de la biblioteca se hubiera sentido mal de repente y algún transeúnte la hubiese ayudado. Pero lo normal hubiera sido que más gente hubiese visto lo ocurrido o ese transeúnte hubiese avisado; o que se hubiera encontrado con alguien conocido porque Alice jamás se hubiera ido con un extraño. Y ahí los supuestos se volvían pesadillas. Yo no pude evitar recordar el horror del caso Lohr y sentir que se me helaba el corazón. Y si era un secuestro, de momento nadie había contactado para un rescate. Pero no imaginaban quién podría tener interés en algo así: solo eran una familia de clase media, Helen regentaba una modesta mercería y Andrew llevaba una empresa de construcción con otro socio que les daba beneficios para una vida cómoda pero sin ningún lujo. Además, Midtown era un pueblo pequeño y el sheriff Patterson, que, aunque retirado, continuaba echando una mano a sus colegas que ahora comandaba su hijo, tenía bastante controlados a todos los forasteros que aparecían. Otro dato positivo era que no había habido casos recientes de ataques sexuales o desapariciones de chicas ni allí ni en localidades alrededor.

Entonces llegaron Andrew y Matt con Patterson y el serio gesto de mi sobrino se cambió por la misma ancha sonrisa de Helen cuando me vio.

—¡Tío, ya estás aquí! ¡Sí! ¡Les dije que te llamaran enseguida!

El chiquillo que de repente había crecido un palmo y había cambiado la voz se detuvo dudando entre seguir siendo chiquillo o echarme formalmente la mano. Optó por lo segundo y además quiso apretar como un hombre. Así que yo también tuve que ser formal. Pero igual que estaba estrenando las poses, al instante le temblaban los mismos ojos también heredados de su abuelo materno.

Tranquilo. La encontraremos y estará bien. —Le sonreí mientras él se mordía el labio.

Helen lo cogió de un brazo, calmándolo cariñosa, y mi madre lo hizo sentarse. Yo le eché la mano a un abatido Andrew y por enésima vez me pregunté qué era lo que les había dado a sus hijos, porque ninguno tenía ni su tranquila mirada color miel ni su pelo rubio. Quizás la serenidad y sencillez de su afable carácter.

—Lamento muchísimo esto, Andy. Espero ser de ayuda.

—Seguro. Gracias por venir tan rápidamente.

—¿Habéis sabido algo? —preguntó mi madre.

Andrew negó con la cabeza y Helen también le servía café después de darle un beso y abrazarlo amorosa.

Pero mañana abrirá el tiempo y seguiremos. ¿Qué tal, Lloyd? Me saludó Patterson.

—¿Y por dónde vais a seguir? ¿Hasta Whitepeak? ¿Creéis que mi nieta ha subido allí de excursión? dijo entonces ásperamente mi padre.

Todos los muchachos están trabajando, Frank, pero esta lluvia

—¡Una chiquilla no desaparece sin más! ¡Alguien tuvo que ver algo!

—Y en eso estamos, pero…

—¡Pero qué, Josh! ¡Tu hijo no tiene ni idea ni sabe hacer nada!

—¡Papá, basta! ¡Lo último que necesitamos es tu mal humor! Lo reconvino Helen. Lo siento, jefe. Sabemos que están haciendo lo que pueden.

—Sí, pero es solo que sin ninguna pista está siendo muy difícil investigar. Lloyd podrá echarnos una mano. Se movía mejor que nadie y encontraba las piezas más difíciles.

Me sorprendió la deferencia de Patterson conmigo después del desprecio hacia su hijo. Lo que no me sorprendió fue la réplica de mi padre:

Ahora viste traje y corbata.

Ignoré el comentario y me dirigí a Patterson:

—Imagino que siguieron los pasos de Alice tras salir de la biblioteca.

Sí, y hablamos con la vecindad del recorrido más habitual para llegar aquí. Nadie vio nada extraño.

—Helen, me has dicho que no hay ningún chico. ¿Seguro? 

Ella dudó un momento antes de responder:

—Me hubiera enterado.

—O no —dije con mi mejor tono objetivo.

—Pero todavía es muy joven. Yo hubiese visto… —Se calló. Ambos recordamos que ella también tenía quince años la primera vez que salió con un chico y lo que pasó. Yo miré a mi sobrino.

—Matt, hay cosas que solo se hablan entre hermanos, ¿verdad? Yo también tapé a tu madre varias veces.

El chico se asustó cuando todos los ojos se clavaron en él.

—Matthew, si no sabes nada pero crees saberlo, dilo, hijo —le habló Andrew.

—No, solo sé que, que Alice les gusta a muchos chicos, pero

—¿Amigos tuyos? ¿Mayores? pregunté.

No, de su clase. Tom Griffith es uno, pero ha venido en la batida y estaba muy preocupado también.

—¿Y la mejor amiga de Alice?

Es Maggie Potts.

Vamos a hablar con ellos otra vez. ¿Nos lleva, Patterson?

Voy contigo dijo Helen, con energía renovada.

Os puedo llevar yo se ofreció Andy.

—No, quédate y descansa.

—Tú estás tosiendo mucho, hijo —dijo mi madre.

Estoy bien y necesito estirar las piernas.

—¡Yo voy, tío!

No, quédate con tu padre. Ya habéis hecho bastante.

Vaya, cómo organizas todo… —comentó mi padre, sarcástico.

Entonces sonó el teléfono. Se levantó inmediatamente, lo cogió y contestó con ansiedad; después fruncía el ceño hacia el sheriff para tenderle el auricular.

—Aquí Patterson. Sí… Bien… Ya vamos.

Cuando colgó hizo una ambigua mueca.

—¿Qué, Josh? ¡Maldita sea, di! —gritó mi padre.

—Han encontrado un cuaderno en el recodo de un camino cerca del cruce a Pointville.

La cuidadosa caligrafía de su hija anegó los ojos de Andrew, que se vino conmigo y Patterson después de insistirles a todos en que siguieran allí por si hubiera más noticias.

Helen demostró lo fuerte que era y mantuvo la calma. Ahora había un rastro y ella también había aprendido, como mis hermanos y yo, que lo más importante era centrarse en él y no pensar en nada más. Era lo que mi padre nos había enseñado cuando nos llevaba a cazar. Y por primera vez él me miró borrando la niebla que me destinó desde que regresé sin ellos de la guerra. Conocía aquella zona como la palma de la mano, pero después de haberse partido la cadera en una caída casi mortal, ya no podía moverse como quería. La frustración y la pérdida no asumida de mis hermanos lo habían amargado cada día más. Pero ahora me miró olvidando todo porque posiblemente había volcado, o descubierto, un cariño único por sus nietos, en particular por Alice.

Paul Patterson tenía la misma cara bonachona de su padre pero me saludó circunspecto. Nos enseñó el cuaderno sucio y mojado que volvió a meter en una bolsa de plástico mientras nos contaba dónde lo habían encontrado, pero habían inspeccionado aquel paraje y no hallaron nada más. La lluvia borraba las huellas del terreno y ellos lo habían empeorado con sus pasos.

—Cerca solamente vive el viejo Peabody —dijo Paul—, pero está medio sordo y jura que no ha visto nada ni a nadie. Y ya he llamado a Pointville también. El problema es que sea una pista falsa. Además, en cuanto anochezca los chicos deberán volver porque no somos demasiados. Si tuviéramos más medios, pero… —concluyó con sincera tristeza. Paul sí sabía hacer su trabajo, al menos a la pequeña escala de Midtown, y se lo agradecimos.

Al marcharnos de nuevo con Patterson miré a Andy.

—¿Estás muy cansado? —Él negó—. Jefe, vamos a casa de los Potts.

Susan Potts, tan rubia y espectacular como siempre, nos abrió la puerta con gesto expectante que transformó en una suave sonrisa al verme.

—Oh, Lloyd, me alegro muchísimo, aunque sea en estas circunstancias. ¿Cómo estás?

—Bien, gracias. ¿Podríamos hablar otra vez con Maggie?

—Claro, entrad. Andrew, ¿sabéis algo? ¡Dios mío, ¿qué habrá ocurrido?!

Su marido, Gene Potts, el abogado más importante de Midtown, ya estaba en el salón. Maggie era como él: delgada, de ojos marrones y mirada inteligente. Contó detalladamente lo que habían hecho aquella tarde, pero era calmada y no mostraba el nerviosismo más adolescente. Estaba convencida de que Alice se había ido con alguien que la conocía a ella o a su familia. No les había ocurrido nada raro recientemente, ni con ningún chico, precisó, pero entonces se detuvo pensativa.

—¿Qué? —pregunté inmediatamente.

—No creo que tenga importancia.

—Cualquier detalle puede servir, Maggie.

—Fue hace tres días, en Literatura. Comentamos un artículo periodístico y el profesor nos dijo que el autor era de Midtown, aunque siempre firma con un pseudónimo, y que quizás viniese la próxima semana para una charla. No nos dijo su nombre porque así mantendríamos el interés y la verdad es que el pseudónimo era misterioso. Pero luego nos olvidamos, por eso no lo conté antes. Espere, lo traigo.

Enseguida bajaba con un papel que me enseñó. La firma me paralizó y Andrew me miró alarmado porque, además de la tos que me dio, mi palidez debió de ser como la de aquel pseudónimo.

—¿Estás bien?

Asentí recuperándome y levantándome.

—Gracias, Maggie, ha sido muy importante.

—¿Podemos hacer algo más? —intervino su padre.

—No. Gracias de nuevo. —Y tras despedirnos y salir le pregunté al jefe Patterson—: Siguen aquí los Harper, ¿verdad?

—Sí, ¿por qué?

—¿Sabe cuándo fue la última vez que vieron a su hijo Bob?

—¿Bob? Yo creo que no ha vuelto desde que se marchó al oeste.

—Déjenos en casa de mi hermana y acérquese. Sabrá preguntarles por él sin levantar suspicacias. Y dígale a Paul que localicen a ese profesor de Literatura por si lo conoce también.

—¿Qué pasa, Lloyd? —me pidió Andrew, angustiado.

—Bob Harper es ese Fantasma de los Libros.

—¿Y qué tiene que ver con la desaparición de Alice?

Pero me callé y miré a Patterson:

—Yo voy al cruce de Pointville.

—¿Por qué? Lloyd, no me gustaría que te metieras tú en otro lío. ¿Qué sabes?

—Permítame no decirle más porque quisiera equivocarme, pero si no he contactado en dos horas, mande otra vez a sus chicos por allí. Ah, tome. —Saqué una tarjeta de la cartera—. El teniente Tucker es un buen amigo. Llámenle de mi parte. Encontrará cualquier registro que haya de Bob y ese profesor.

Los mellizos Peter y Lane Hunter tuvieron labia y atractivo, y fueron magníficos cazadores que compartieron y defendieron siempre territorios y presas de toda condición, pero no fueron buena gente. Yo, tres años menor, los idolatré, seguí, serví y tapé en todas sus travesuras primero y fechorías después hasta que fueron demasiadas y peligrosas. La deserción me supuso la expulsión de su sociedad y amenazas constantes para que mantuviera la boca cerrada. No me importó y desvié la adoración hacia Helen, mi debilidad desde que nació cuando solo mi madre la esperaba ya, deseosa de una niña después de tres animales. Mi padre, que era duro pero no autoritario, nos quiso a su dura manera, pero no nos puso límites porque pensó que nos los enseñaría la Naturaleza, y le bastó con verles heredada su enorme fuerza. Yo también la tenía pero seguía siendo el pequeño y el más callado, y el traidor. Sin embargo, fui el que lo ayudé en la carpintería que puso cuando dejó de cazar, pero ellos nunca mostraron interés en nada más que seguir disparando y divertirse. Más tarde, a mi padre no le gustó que abrieran una armería, y le habría gustado menos si hubiese sabido cómo fueron ampliando el negocio, pero decidió cerrar los ojos.

Luego, alistarse para la guerra europea les pareció lo más lógico y además usarían el admirado arsenal militar. Eso sí que eran una gran cacería y armas poderosas. Pero allí tampoco dejaron de ser ellos.

Mi padre se negó a creer que los hubieran matado por unos defectos que también eran míos pero que yo sí supe domar al ver lo que hicieron con mis hermanos: el espíritu descontrolado, la fanfarronería y la nula compasión, sobre todo con los más débiles. «¿Es posible que coincidamos en esta jodida guerra con el Fantasma Harper? —había dicho Pete antes de que él y Lane llegaran con su compañía más adelantada a aquel helado bosque de Las Ardenas en la última ocasión que hablamos—. Siempre fue un mierda y un metomentodo. Le daremos otra lección como a su hermano». Y lo hicieron, pero al poco fue precisamente él quien les descubría los turbios asuntos de contrabando de armas con unos oficiales corruptos y que, en realidad, fue lo que les costó la vida. En la última fanfarronada por creerse que nadie los había detenido nunca ni lo haría ya, lograron escapar del traslado para un consejo de guerra pero se acercaron demasiado a las líneas enemigas y se encontraron las balas. Aquel dato solamente lo supe yo, y sus mandos, quizás porque mi extraordinaria hoja de servicios compensaba algo el deshonor de mis hermanos, lo omitieron. Los lloré porque a nuestra manera también nos queríamos, pero desde que no estaban no los echaba de menos. Sin embargo, mi padre no lo aceptó porque entonces sí vio lo que había querido ignorar, y la culpa que empezó a atormentarlo me envió también a mí a las sombras. Pero yo también tenía bastante con que me persiguieran las suyas y las de los que vi caer o maté, así que me fui poco después de regresar, sin reproches ni rencor para no crearlos ni convertirme en otro mal recuerdo.

Maldita sea. El cruce de Pointville. Debí haberme acordado. Ese cuaderno encontrado allí era la señal más clara, pero lo cierto es que me sentía mal y agotado.

El Fantasma de los Libros era el apodo con el que todos —hasta su hermano mayor Dean— llamábamos a Bob Harper. Por su aspecto enfermizo y carácter apocado, su piel lechosa y su mirada extraviada de lector incansable.

Dean salió con Helen unos meses bajo previa aprobación no de mi padre, sino de las tres bestias que la guardábamos. Fue inteligente porque supo seguirles el juego a Pete y Lane. De hecho, ocupó mi lugar cuando me desterraron, hasta que creyó que con aquella confianza podía ir más allá con Helen. Fue en una tarde de verano cuando, tras estar en el río con más amigos, quiso dar un rodeo al acompañarla a casa. Helen no era tonta pero se había enamorado por primera vez y, aunque había aprendido de sobra a defenderse con y de nosotros, aquella situación era distinta y no pudo controlarla. Solo la casualidad quiso que yo apareciera al regreso de entregar un recibo en la granja de los Cann, pegada también al bosque.

Dean tuvo suerte esa vez porque Helen consiguió detenerme mientras le gritaba que no volviera a acercarse a ella jamás. Después me hizo prometer entre lágrimas que no dijera nada porque no había pasado nada, aunque su pelo alborotado, su camisa rota, sus asustados ojos y los moratones que más tarde le salieron en los muslos y brazos me dolieran en el alma. Sin embargo, Pete y Lane sospecharon algo, más cuando Dean empezó a rehuirlos y ya no iba a buscar a Helen. Un malentendido, terminó diciendo, pero ellos lo entendieron perfectamente. Dos días más tarde Dean aparecía en aquel cruce de Pointville con la cara destrozada y tres costillas rotas. Nunca dijo quién había sido ni por qué. El destino, caprichoso, quiso que también cayera en Bélgica dos días después que ellos.

Así que, en un caso muy excepcional, la vida y la muerte se aliaron a la vez con los mellizos Hunter: les dieron veintisiete años y los trajeron y se los llevaron un mismo día.

Bob y yo coincidimos en la vuelta. Él con una infección pulmonar del tiempo que pasó inconsciente en la nieve después de la lección de mis hermanos. «A ti también te tocará», fue su despedida.

Helen quiso negar incrédula.

—No sería el primero ni el último que pierde la cabeza por la guerra aunque hayan pasado los años —dije—. Y a saber cómo le ha ido desde entonces. Pero si se ha vuelto más tarado y tiene que ver con esto, voy a ocuparme yo.

—¡Erais unos críos! —exclamó mi madre.

—Mamá, siempre fuimos fieras.

—Pero no estás seguro y tus hermanos ya no…

—Voy contigo —dijo Andrew decidido. Yo puse mi mejor gesto:

—Te entiendo, pero necesito que os mantengáis al margen.

—Hijo, has venido enfermo. Tienes fiebre. —Mi madre me tocó la cara suavemente.

—Déjalo, Ann. Yo iré con él.

Mi padre se había acercado. Nadie dijo nada más. Hubiera sido inútil.

—¿Qué tengo que saber?

—¿De qué?

—Habla, Lloyd.

—Vamos a llegar.

—Habla.

—Ya no importa, papá.

—¡Ahora es cuando más importa, joder!

—¡No! ¡Ahora hay que encontrar a Alice!

Frené, suspiré, reanudé la marcha y entonces sí me sorprendió:

—Fueron dos canallas malnacidos, yo lo consentí y tú todavía les eres leal. Y si ocurre esto porque aun llevando muertos tantos años siguen creando problemas, merezco este castigo. Pero si no, y aunque también merezca tu silencio, te suplico que me lo digas para poder descansar un día de tanto renegarlos.

Me detuve porque vi la señal del desvío a Pointville, pero no pude contestar y opté por lo que creía:

—Bob Harper debe de haberse desquiciado por mil razones más que una venganza de juventud. Es lo único que quiero pensar.

Entonces distinguí algo al pie de la indicación y bajamos de la furgoneta. La lluvia era molesta. Al acercarnos los vimos mejor: un libro y un papel arrugado.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Los han puesto después. Es imposible que los hombres de Paul no los hayan visto —dije agachándome y cogiéndolos con cuidado. A la luz de los faros las manchas rojizas en ellos nos hicieron temblar. Desdoblé el papel. Una frase: ¿Es otro fantasma?

—Lo mataré —murmuró mi padre.

—Vuelve a la furgoneta. Yo seguiré.

—Ni hablar.

—No pienso discutir, papá. Quizá tenga cómplices, y él dudará también de si yo estoy solo o no. Así que nos separaremos y tú irás por el atajo de Downhill. Se llega antes al establo donde Peabody tenía sus caballos.

—Patterson ya había mirado allí.

—Harper ha podido ir trasladándola. Había un refugio también.

—Pero más arriba y está derruido desde que…

—Desde que Pete y Lane lo incendiaron después de apalear a Dean. Yo los ayudé.

—¿Qué?

—Fue la última vez que les fui leal.

Lo vi bajar la cabeza y negar antes de decir:

—¿Cuánto más callas, Lloyd?

—Vamos. Estamos perdiendo tiempo —dije solamente.

Regresó a la furgoneta arrastrando los pies, arrancó y se alejó. Yo eché a andar rápidamente mientras iluminaba el terreno con una linterna solo para ver otros posibles rastros, porque sabía guiarme en aquellas condiciones. Calculé veinte minutos hasta el establo y diez más hasta el refugio, pero no preví sentirme peor con cada paso que daba. Agradecí que solo fueran la fiebre y mi rodilla. Tampoco preví encontrar, apenas a trescientos metros y medio oculto entre maleza, el bulto de algo envuelto. Pero la última de mis previsiones fue el disparo a los pies cuando quise acercarme.

Me tiré al suelo y apagué la linterna. La fiebre se convirtió en hielo. Llevaba la 38 pero me quedé inmóvil. Evidentemente el tirador estaba esperando y se había aprovechado de la luz. Descubrí las cartas.

—¡Harper, ya me has traído aquí! ¡Hablemos! ¿O seguimos a oscuras? —grité.

Entonces oí un murmullo ahogado:

—¿Tío? ¡Tío Lloyd, ¿eres tú?!

—¡Sí, Alice! ¡Tranquila! ¿Estás bien?

—¡Me cuesta respirar y no puedo moverme!

Sin pensarlo me levanté y avancé rápidamente hacia la referencia que había hecho. Oí pasos a mi izquierda, pero llegué antes para tocar una tela mojada de arpillera. Alice estaba boca abajo, temblaba y tenía las manos atadas a la espalda.

—¡Ya, ya te suelto! —Cuando la liberé y la incorporé ella se quejó al intentar levantarse. Me asusté—. ¿Estás herida, cariño? ¿Te ha hecho daño?

—No, no, es la pierna. Un corte, creo, pero estoy bien.

Entonces nos cegó la potente luz de una linterna que se encendió frente a nosotros.

—En pie. Ya —dijo la voz agrietada de Bob Harper, cuya delgada figura nos apuntaba con un arma.

Me puse delante de Alice a la vez que la hacía sujetarse a mi cintura para que notara la pistola.

—Deja que ella se quede aquí. No puede andar.

—Calla y apártate.

—Esto es conmigo. Pero ¿por qué ahora y no haberme buscado directamente?

—He tenido alguna dificultad, pero he seguido tu trayectoria, aunque desaparecías tanto como la gente que buscas. Ahora he encontrado el momento y sabía que darías los pasos correctos. Quería asegurarme de que veías sufrir a los tuyos, ya que tus hermanos quedaron impunes.

—Ya tuvieron el peor castigo.

—No, tuvieron suerte porque están muertos. Los castigos han de vivirse.

—Pero no a costa de inocentes. Deja que ella se quede y yo iré donde quieras.

Se acercó más, pero entonces tuvo un fuerte ataque de tos, aunque mantuvo el arma apuntándonos. Recordé aquella infección pulmonar y entonces oí a Alice con la misma infinita compasión de Helen:

—Creo que está muy enfermo. No me ha hecho nada, tío, de verdad.

—Bob, yo tampoco me encuentro bien. —No mentí—. Deberíamos ponernos a cubierto.

—Ya no quiero ir a ningún sitio —contestó recuperándose, aunque distinguí cómo escupía.

—Si quieres disparar, es igual aquí o en otro sitio, pero entonces tampoco viviré ese castigo.

—Por eso he esperado a que estuvieras para dártelo con ella. Apártate.

—Sabes que no lo haré.

La tos lo atacó de nuevo y aunque bajó la linterna hacia el suelo, mantuvo el arma alzada. Pude verle la cara más fantasmagórica que nunca y supe lo que pasaba. Él habló derrotado pero con rabia a la vez:

—Sí, nunca me curé y en el hospital contraje tuberculosis, que ha estado latente hasta hace dos años. Pero empeoré el otoño pasado y hace dos semanas me desahuciaron, así que también se lo debo a tus hermanos y ya no me ha bastado con que estuvieran muertos. Tu sobrina no sabía que eran alimañas, ni tampoco lo que hicieron en la guerra y cómo los mandos borraron las pruebas. Yo me enteré hace poco y no pude entenderlo. Los militares siempre logran esconder el deshonor. Mi palabra contra la suya. Una vergüenza…

—Ahora lo pueden saber todos y será el mayor castigo para nosotros, te lo aseguro.

—¡He dicho que ya no me basta! —La alteración volvió a producirle tos.

—¡Mi tío Lloyd no es como ellos, y tú, si nos disparas, sí lo serás! ¡También has engañado y has hecho mal! —A Alice le salió la vena Hunter.

—Bob, escucha, ahora puedes dejar que nos disculpemos, aunque creas que ya no te sirve, o al menos, que te ayudemos en algo.

—¡No! ¡Sé que ya estoy muerto, ¿lo entiendes?, y quiero que vosotros también sepáis que vais a morir ahora!

—¡Tira esa pistola y levanta las manos, cabrón!

Mi padre apareció justo detrás de Bob que, sorprendido, intentó revolverse.

—¡No, papá! —Sé que grité.

Apenas segundos. Tres disparos. La linterna cayó y cuando me di cuenta, yo estaba de rodillas y Bob se inclinaba hacia mí. Pude sujetarlo para que no se me cayera encima y quedó tendido a un lado. Mi padre fue hacia Alice, que lo llamó también desde el suelo sollozando. La lluvia distorsionaba el haz de luz de la linterna y el rostro de Bob se contrajo, aunque sus ojos todavía quisieron brillar en su extravío.

—Lo siento mucho, Bob. Lo lamentaré siempre, de verdad. Todos lo haremos, pero ya teníamos el castigo. Ahora será peor —dije profundamente afectado.

Él solo asintió y su mirada se vació. Yo sentí que la mía también se apagaba.

Al despertar vi a Alice, su sonrisa tan bonita como la de Helen. Estaba sentada en una silla y se levantó para besarme tan cariñosa como rápidamente.

—Gracias, tío. Te quiero mucho.

¿Cuánto hacía que no me decían eso?

Después salió cojeando un poco. Pero yo no supe dónde estaba. Entonces sentí el intenso dolor en el costado cuando aparecieron Helen y mi madre.

Al volverse y ver a mi padre, Bob, pese a su debilidad, había sido muy rápido y disparó aún apuntándome. El primer tiro se desvió aunque me alcanzó y el segundo fue a los pies de mi padre, que no falló. Yo ni siquiera me enteré. La mezcla de adrenalina y alta fiebre lo impidieron, pero cuando murió Bob sentí tanta rabia como aquel sincero dolor por la última canallada de mis hermanos, y me rendí pensando que efectivamente yo también merecía el fin.

Mi padre, evidentemente, no me había hecho caso y tras alejarse un poco, apartó la furgoneta y tomó otro sendero. Llevaba siempre su escopeta y tampoco necesitaba luz para guiarse. Con una dirección paralela, localizó pronto el haz de mi linterna. Cuando oyó el disparo y la luz desapareció, tardó en actuar porque no sabía dónde estaba Bob o qué había pasado con Alice. Después, cuando Bob encendió su linterna, solo tuvo que medir movimientos. No hubiera querido disparar, pero al ver a Bob apuntándonos, entendió que tendría que hacerlo. Realmente había confiado en que Bob soltara el arma, pero este no lo hizo y los cazadores saben que una presa que se revuelve, o está herida o va a atacar, y en ambos casos la duda diferencia la vida de la muerte.

Luego se cumplían las dos horas de plazo que le dije a Patterson, y él y Paul aparecían con dos hombres más. A Alice y a mí nos llevaban al hospital de Pointville.

Alice contó que, llegando a casa ya de noche, un coche se había acercado y el conductor le había preguntado una dirección al tiempo que sacaba un arma y la obligaba a subir. Después habían salido del pueblo y el hombre la había hecho beber algo. Luego, solo recordaba el frío, un techo derruido, las manos atadas y la somnolencia, que le había quitado el miedo. Pero estaba bien.

Sí, el castigo continuaría, pero aquella experiencia nos liberó. No recordé haber pasado un mes mejor en la cama, pese al costado agujereado. Y mi padre empezó a descansar. Las sombras se quedarían donde estaban. Todas.

 Mariola Díaz-Cano Arévalo

La bruja

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Nelle Carver. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bruja.

El cuerpo de una joven pelirroja se consumía entre las llamas, iluminando el cielo de aquella noche sin luna. Sus gritos desgarradores inundaban las calles vacías de la zona industrial.

El humo golpeaba los cristales de la fábrica textil más próxima a la hoguera, y justo delante de la muchacha agonizante, una persona reía y lloraba al mismo tiempo, hipnotizada por la magia del fuego y la presencia de la muerte.

Hacía horas que los trabajadores se habían ido a sus casas, cansados de las largas jornadas de trabajo, deseando abrazar a sus familias o a una buena jarra de cerveza.

A las cinco de la mañana empezarían a llegar de nuevo, en silencio, frotando sus ojos con las manos. Para entonces, la muchacha ya no gritaría, ya no suplicaría ser salvada ni sentiría la lengua del fuego quemando su piel.

Pero seguiría allí, atada a aquel árbol quemado, esperando sin vida a que alguien la rescatase.

Ilustración de Nelle Carver

~***~

Cuando Vincent llegó a la zona industrial una ráfaga de viento le envolvió con un fuerte olor a humo, tan intenso que sintió náuseas. Estaba acostumbrado a ver escenas violentas, tristes, desgarradoras, pero jamás había aspirado un olor tan penetrante.

El agente Tejeda se cubrió el rostro con un pañuelo de tela blanca, para evitar aquel hedor que emanaba de las cenizas. Juntos, avanzaron con la cabeza gacha hasta los restos del árbol, rodeado por decenas de pruebas señaladas y técnicos que seguían rastreando.

Inspector, le estaba esperando, soy el agente Plana –se presentó. Era un hombre bajito, con una barriga muy pronunciada y un espeso bigote grisáceo, que parecía feliz, a pesar de la escena que tenía ante sus ojos–. Tenía muchas ganas de conocerle, señor.

Encantado. Mi compañero y yo hemos hecho un largo viaje para llegar hasta aquí, así que supongo que se trata de un caso importante.

–Sí, inspector. El cuerpo sin vida que tiene a sus espaldas es nada menos que el de una bruja de verdad.

¿Cómo dice? –replicó Vincent, boquiabierto, mirando los ojos grises de aquel desconocido.

Sí, una bruja. Llevaba años alardeando de sus poderes, y sabíamos que tarde o temprano alguien saldría herido. Pero, evidentemente, pensábamos que sería ella la que mataría a algún ciudadano.

¿Me está diciendo que esta persona ha sido quemada en la hoguera por ser una bruja? –preguntó sin salir de su asombro. Aquel no era el caso que esperaba, estaba harto de creencias y fe, tan ligadas al odio y la muerte. El agente asintió, mientras subía con ambas manos su cinturón hasta el centro de su redonda barriga–. ¿Cómo han podido reconocer a la víctima?

–Resulta bastante obvio que es ella. ¿Quién, si no?

El cuerpo está totalmente calcinado, y con la información que nos ha proporcionado, es imposible saber quién es. –Vincent sacó su libreta y siguió–: ¿Podría explicarme con detalle los hechos y las pruebas de que disponemos?

–Por supuesto, inspector. No hay testigos del suceso, pero coincidirá conmigo en que se trata de un asesinato premeditado. Han encontrado el cadáver las trabajadoras de esta fábrica textil, el inmueble más afectado por las llamas. Entran a trabajar a las cinco de la mañana, pero cuando ha llegado la primera ya estaba el fuego apagado. Nos han avisado, pero hasta hace unos veinte minutos no hemos podido empezar a trabajar, no había luz y, es difícil buscar pruebas a oscuras.

–Podrían haber utilizado linternas. Con el viento que hace es posible que algunas pruebas se hayan perdido –advirtió Javier, que seguía sujetando el pañuelo contra su boca.

–Trabajamos cuando las condiciones nos los permiten, agente.

¿Qué pruebas han encontrado por el momento? –pregunto Vincent.

Poca cosa… Entre las cenizas hemos encontrado restos que todavía no hemos identificado. Y lo más curioso que cabe destacar, es que justo delante de la hoguera había un pequeño muñeco medio quemado. Por la distancia que había entre las dos partes, parece que se quemaron por separado, y que éste no llegó a consumirse.

–¿Podría ver ese muñeco?

–Claro. ¡La prueba siete! –grito el hombre, con una sonrisa en los labios finos.

Un joven vestido con un mono azul corrió hacia ellos con una bolsa de plástico transparente en la mano, sorteando los obstáculos apresuradamente. Entregó la prueba a Vincent y volvió a su trabajo con la misma rapidez con la que había iniciado el camino.

En la bolsa había un muñeco cosido a mano, hecho con una tela que en otros días había sido blanca, unos botones que simulaban ojos y una sonrisa bordada. Las piernas se habían consumido por completo, y el fuego había llegado hasta los brazos, aunque seguían enteros. Vincent lo examinó con incredulidad y le pasó el paquete a su acompañante.

¿Crees que se trata de un muñeco vudú? –sugirió el agente Tejeda, mirando al inspector.

–Eso parece, aunque no tiene mucho sentido. No tenemos información en la oficina de este tipo de culto por esta zona.

–¿De qué está hablando, señor? –Preguntó el hombre rechoncho, con curiosidad.

–Este tipo de muñecos están asociados al culto del vudú, y algunos afirman que mediante una serie de rituales pueden ejercer control sobre una persona concreta. Aunque, ya sabe, con este tipo de cosas solo se trata de creencias.

Nunca había escuchado nada parecido, qué tontería. En este pueblo lo único raro que había era esta bruja, y por fin, se ha terminado.

–Debería cuidar su lenguaje, señor Plana. Está usted delante de una persona que ha sido asesinada de una manera atroz. Haga el favor de quedarse al margen. Nosotros nos encargaremos de esta investigación a partir de ahora.

–¿Quedarme a un lado? No puede hacerme eso. Yo soy el encargado de este pueblo.

–Perfecto, se encargará de resolver nuestras dudas, de llevarnos a los sitios y de mover a sus hombres –sacó su pitillera por un impulso, pero la guardó al ver la ceniza a sus pies–. Javi, tú te encargarás de hablar con la mujer que encontró el cuerpo, mientras yo reviso la escena y hablo con los técnicos. Usted, haga una lista de las personas que pueden tener información sobre esta supuesta joven. Si todo el mundo creía que era una bruja, supongo que tendría enemigos. Quiero conocerlos.

~***~

Los días pasaban y Vincent cada vez estaba más perdido. Después de preguntar a los trabajadores de la zona industrial, y no recibir ninguna respuesta reveladora, decidió llamar uno por uno a toda la población. Los sesenta y cuatro ciudadanos pasaron por la pequeña oficina del pueblo.

A simple vista, todos parecían igual de culpables, alegres por la muerte de aquella joven misteriosa. Algunos la culpaban de sus múltiples pérdidas o de su mala suerte, otros juraban haberla visto volar. Unos cuantos hombres declararon haber caído en sus garras alguna noche, y un par de mujeres confesaron lo mismo. ¿Dónde terminaba la leyenda y empezaba la verdad?

–Creo que por hoy no hay más testigos. Si quieres podemos irnos al hostal –anunció Javier, revisando la lista de personas llamadas a declarar.

–¿Cuánto más crees que va a durar esto? Llevamos aquí catorce días y todos parecen culpables.

–Pero tienen coartadas para aquella noche.

–Sí, pero sus coartadas son ridículas, Javi. A esa hora todo el pueblo estaba durmiendo, y evidentemente, cualquiera podría haberse levantado sin ser visto.

–Entonces, ¿qué podemos hacer? Quedan ya muy pocas personas por declarar. ¿De verdad crees que el culpable está entre ellas?

En este pueblo hay un asesino, y antes o después lo atraparemos.

Eso espero, pero ya no sé… –Javier no llegó a terminar la frase. La puerta se abrió de golpe y el agente Plana entró en la diminuta habitación, seguido por un hombre alto y delgado, con cara de asustado.

Se frotaba las manos, nervioso, rastreando con su mirada cada milímetro de la habitación. En su rostro se reflejaba la imagen del cansancio, por las ojeras marcadas y los ojos enrojecidos. Vestía un traje elegante, pero completamente arrugado. Y su cabello, decorado por las canas, necesitaba ser cortado de nuevo. El agente dejó caer una carpeta en la única mesa de la sala, tan pequeña que se tambaleó con el golpe.

El señor Losada, propietario de la fábrica textil Losada, ha venido a prestar declaración –anunció, señalando al hombre encorvado–. Y nos ha traído información bastante interesante.

–Debería haber venido hace días, señor. ¿Por qué no apareció cuando le llamamos?

Perdóneme, señor. Me fue imposible venir. He tenido mucho trabajo reparando los daños que ocasionó la hoguera en mi fábrica, y como soy el único propietario, no podía dejarlo para más tarde.

Pero sí podía hacernos esperar a nosotros –comentó Javier, indignado. Algunas personas creían que la policía era un grupo de héroes encargados de resolver crímenes, velar por la seguridad del ciudadano y ayudar a todo el que lo necesitase. Otros, creían que no servían para nada, y aquello le hacía pensar que todo su esfuerzo, las dificultades y el riesgo, no valían la pena–. Una persona ha sido asesinada y usted se preocupa más por una pared manchada de hollín.

Es la pared de mi fábrica, señor. Si yo no me encargo de ella, nadie se encargará –seguía temblando, y cuando hablaba, miraba fijamente al suelo–. Siento si le parece mal que me importe más la pared que esa persona, pero no la conocía de nada, y no me importa su muerte.

–¿Cómo puede decir algo así? –respondió Javi, irritado.

¡Basta! –Gritó Vincent, mientras hojeaba la carpeta que había traído su nuevo compañero–. Señor Losada, si la policía le llama a declarar, usted debe acudir rápidamente. Si no lo hace, está quebrantando la ley. Obstrucción a la justicia, ¿le suena ese término?

Yo, no sabía nada de eso. Pensaba que… Yo pensaba… –empezó a tartamudear, moviendo las manos para explicarse.

–No importa. Explíquenos lo que ha venido a explicar. La próxima vez estoy seguro de que acudirá rápido.

Sí, señor, lo juro. Yo solo quería explicar lo que sé. Sé quién es el culpable, no solo de la hoguera, sino de todo lo que ha estado pasando en este pueblo.

¿Sabe quién es el asesino? –preguntó el agente Tejeda, incrédulo–. ¿Y se espera catorce días para explicarlo? ¿Es usted estúpido?

–¡Tenía miedo! Estaba asustado por lo que pudiesen hacerme, esa es la verdad.

–¿Pudiesen? Explíquese, por favor –alentó Vincent.

–En mi fábrica hay cinco trabajadores, dos hombres y tres mujeres, que practican el culto al vudú. Hace meses que los observo en su tiempo de descanso confeccionando ese tipo de muñecos. Han sido ellos, estoy seguro.

–Ordenaré a los agentes que rodeen la fábrica y capturen a cinco alimañas.

–Un momento, agente Plana. Que cosan esos muñecos no los convierte en culpables de un asesinato –dictaminó el inspector, frotando su nuca con la mano izquierda–. ¿Tiene más pistas que les culpabilicen?

Sí, señor. Cuando se enteraron de que les observaba, me lanzaron una especie de maleficio. Desde entonces, no puedo dormir bien por las noches, durante el día estoy cansado, he perdido el apetito y me siento observado. Sé que están utilizando uno de esos muñecos conmigo, y me gustaría echarles, pero me da miedo lo que puedan hacerme, y mucho más después de esa hoguera.

¿Tiene ya suficientes motivos, inspector? ¿A qué espera para encerrarlos? –preguntó enfadado el agente rechoncho.

A tener una teoría sólida. Respóndame un par de preguntas, señor Losada. ¿Está su insomnio producido por la preocupación de que sus trabajadores le hiciesen daño con sus poderes?

Por supuesto, no puedo dormir pensando en sus manos cosiendo esos muñecos, sus rostros juiciosos observándome, y esas palabras ininteligibles que me persiguen…

–Y, todo el mundo sabe que si una persona no descansa lo suficiente por la noche, al día siguiente está cansada y no puede hacer las cosas bien.

–Claro, pero yo siento que me observan, y que algo muy fuerte me persigue.

Y no lo dudo, señor. Pero hay algo más fuerte que el vudú, la magia o los poderes. Todas esas cosas por si solas no sirven de nada, la persona debe creer en ellas para sentirlas. Y, en este caso, usted creyó en aquel “maleficio”, por eso le tortura. Es usted el culpable de sus males, si no creyese, no le afectaría.

–Eso es una estupidez –lanzó el agente del pueblo–. Aquí hace tiempo que pasan cosas extrañas, cosas que solo la brujería podría explicar.

Tiene razón, hay cosas que sola la brujería podría explicar… –concluyó Vincent, con una sonrisa en sus labios–. Muchas gracias por su declaración, señor Losada. Puede retirarse.

–¿No piensa ayudarme? ¿No va a arrestar a esa gente?

–Tranquilo, no se preocupe por nada. Pronto recibirá noticias mías. Hasta entonces.

El agente Plana salió de la habitación acompañando al propietario de la fábrica. Aquella declaración le había abierto los ojos. Si todos creían en el poder de la bruja, igual que aquel hombre creía en el poder del vudú, todos tenían un motivo para el asesinarla.

–Este caso parecía conducir a un callejón sin salida, pero podría resolverlo con un poco de magia –bromeó Vincent, encendiéndose un pitillo.

–¿De qué estás hablando?

Todos se mueven por la influencia que ejerce la magia en ellos. Igual que se mueven los católicos por las normas que rige su iglesia. Son normas sociales.

–No puedes compararlo…

–Por supuesto que puedo. Pero ahora vayámonos al hostal, necesito beber un par de copas y preparar la función de mañana.

–¿Necesitarás mi ayuda?

–Todo mago necesitado un ayudante, Javi. Recógelo todo, voy a darle un par de órdenes a nuestro compañero, y nos vamos.

–Perfecto.

~***~

Después de una noche en vela, una botella de orujo, media cajetilla de tabaco y una cafetera, habían conseguido un plan perfecto. Vincent se había puesto en contacto con el alcalde para organizar un comunicado en la plaza del pueblo, y como buenos ciudadanos, todos acudirían para saber qué quería explicarles su gobernador. Era domingo, así que justo después de ir a la iglesia, todos se dirigieron a la plaza que había a su salida, esperando, inquietos, el comunicado de su líder.

La cara de asombro de los espectadores fue evidente cuando vieron subir al escenario de piedra al inspector y su ayudante. Empezaron los susurros, que se convirtieron rápidamente en un murmullo general, repleto de preguntas y quejas.

Cuando el último ciudadano salió de la iglesia, acompañado por un bastón de madera, el agente Plana le hizo una señal a Vincent para que iniciase su discurso.

Todos me conocéis. Habéis estado en la oficina respondiendo mis preguntas, declarando vuestras experiencias y pidiendo ayuda. Ahora es mi turno. En base a todas vuestras respuestas y a los datos que hemos reunido, he llegado a la conclusión de que la joven que fue quemada en la hoguera, era realmente una bruja.

El pueblo enmudeció, observando fijamente al inspector, con la boca abierta. No podían creer lo que oían.

Siento haber dudado de sus palabras. Todo este tiempo han estado viviendo con una bruja. Compartiendo sus calles, sus tiendas, sus vidas. Pero alguien le hizo pagar por sus pecados, y por fin pueden vivir en paz. Al principio buscábamos a un asesino, pero nos hemos dado cuenta de que realmente estamos buscando a un héroe.

¡Sí, es un héroe! –gritó una anciana, apoyada en su hija.

–¡Nos ha salvado a todos! –gritó un niño, desde el fondo.

Las voces se fueron uniendo, hasta que toda la plaza aplaudió contenta por la liberación. Ya no tendrían que preocuparse por aquella bruja que hacía sus vidas difíciles. Ya podrían salir sin miedo.

Escúchenme, por favor –pidió Vincent, elevando su voz–. Si alguien conoce al héroe que salvó el alma de esa joven, condenando a la bruja a morir en la hoguera, que le señale. Que señale al héroe que les ha salvado a todos.

–Señalad al héroe –acompañó Javier.

Los aplausos terminaron, y los brazos empezaron a señalar a los responsables. Seis personas estaban siendo señaladas, cinco hombres y una mujer, que sonreían, orgullosos de ser los héroes. Saludaban al resto de la plaza, aceptando los cumplidos que gritaba la multitud.

Por favor, suban. Explíquennos cómo consiguieron reunir el valor para salvar al pueblo, poniendo sus vidas en peligro. Suban –continuó Vincent, interpretando su papel, mientras subían los peldaños de piedra–. Explíquele al pueblo cómo lo hicieron, señora –propuso, dando la palabra a la única mujer del grupo.

Vecinos, todos me conocéis –empezó la mujer, con los ojos brillantes y la respiración acelerada–. Hace meses que todos hablamos de cómo terminar con los problemas que esa bruja nos ocasionaba. Pero nadie hacía nada por ayudarnos, ni la policía, ni nosotros mismos. Así que, nos reunimos en casa de Juan para resolver, de una vez por todas, este problema. Y entre todos, nos organizamos para coger a la bruja y quemarla a las afueras. Pensábamos que nos acusaríais de asesinato, pero lo hicimos por el bien de todos –la gente asentía su discurso, mostrando su aprobación entre ovaciones–. Fuimos a su casa y la golpeamos. La llevamos hasta la zona industrial, donde habíamos preparado la hoguera, y esperamos a que recuperase la conciencia para poder juzgarla.

Se declaró inocente –continuó uno de los hombres, reclamando el protagonismo que pensaba merecer–. Se declaró inocente una y otra vez. Suplicó clemencia, nos pidió que la dejásemos escapar. Pero los hechos eran evidentes, era una bruja, y tenía que enfrentarse a la hoguera.

Encendimos el fuego con uno de esos muñecos esotéricos que vende aquella anciana rara–continuó la mujer–. Todos se fueron cuando empezó a gritar, pero yo me quedé hasta el final, observando su purificación. Se consumió entre gritos, y cuando ya no podía chillar, sentí que algo salía de su cuerpo. Su alma ascendía al cielo en busca de perdón.

El alcalde subió hasta el escenario, con una sonrisa agradable, y estrechó las manos de aquellos héroes.

Os doy las gracias en nombre de todo el pueblo. Nos habéis salvado. Declaro como alcalde, que el día en que fue quemada en la hoguera aquella bruja, será recordado como el Día de la Salvación de nuestro pueblo.

Un momento, señor –interrumpió Vincent–. Hace quince días la señorita María Miralles fue asesinada con tan solo veintitrés años. Acusada de brujería, promiscuidad, incitadora al adulterio y pecadora a los ojos de dios –regresaron los murmullos–. Así es como todos ustedes la han descrito, demostrándose que merecía ser quemada en una hoguera, por ser una bruja. No obstante, debajo de todas esas supuestas acusaciones, yo he encontrado a una joven como cualquier otra. Apartada por ser diferente, por venir de otro lugar y por seguir unas costumbres diferentes a las suyas. Estudiaba mecanografía en su casa, y preparaba ungüentos y medicinas naturales.

–¿De qué está hablando? –gritó la mujer del escenario, con una gesto de pánico en el rostro.

Todos ustedes son culpables, todas las personas de este pueblo son culpables de ese asesinato. Pensaban tan firmemente que se trataba de una bruja, que fueron incapaces de ver que era solo una muchacha triste, abandonada por todos. Su familia había muerto años atrás, por eso se refugió en este pueblo, intentando pasar página. Pero ustedes, la señalaron como bruja, y terminaron con su vida.

–Era una bruja, ¡usted mismo lo ha dicho! –exclamó Juan, uno de los culpables.

Solo porque era lo que querían oír. Desde el principio ha sido culpa suya creer en una bruja, porque no sabían cómo explicar los fallos de sus vidas. Era mucho más fácil pensar que había una bruja entorpeciendo su alegría que asumir que no eran felices. Creyeron en ella, la consideraron realmente una bruja, y dejaron que cargase con todas sus penas. Pero todo llegó tan lejos que tenían que pararle los pies. ¿Cómo se sienten ahora? Espero que se odien por lo que le han hecho a la joven María Miralles, porque todos son responsables de su destino. Sé que algunos luchaban por abrir los ojos de la gente, porque veían que toda esta historia era absurda. Aunque no llegaron a conseguirlo, pueden sentirse orgullosos por defender la verdad. El resto me dan lástima, porque si no asumen sus errores, jamás llegaran a ser nada –suspiró, observando el horror en la cara de los espectadores–. Agente Plana, ya puede llevarse a los culpables. Si realmente creen en esas cosas, piensen que su alma sí debería ser purificada –escupió las palabras, dirigiéndose a los asesinos–, y no creo que su dios los vaya a perdonar.

~***~

Después de medio mes compartiendo el ridículo despacho de la oficina de policía, y una húmeda habitación en el único hostal del pueblo, con su único amigo y compañero en aquel lugar, Vincent tenía ganas de llegar a casa. El caso estaba cerrado, y los ciudadanos seguían sus vidas, pensativos, avergonzados por su manera de actuar. Los seis detenidos serían trasladados al día siguiente a la comisaría más cercana, donde se encargarían de continuar el proceso penal.

El inspector decidió pasar una noche más en el pueblo, para asegurarse de que todo seguía su curso. Ya bien entrada la noche, esperaba a su compañero, sentado en una de las butacas de piel oscura del bar del hostal, totalmente vacío. En su mano sujetaba un vaso bajo, con tres cubitos y un chorrito de licor.

–Otro caso cerrado. Esta debe ser una de las confesiones más impresionantes que he podido escuchar nunca, Vincent.

Pues tú tienes parte del mérito. El plan fue organizado por los dos, así que, ven aquí. Te mereces una copa –le señaló el vaso que había en su mesa–. Y, no te olvides de llamar esta noche a tu mujer, estará preocupada.

Ya he hablado con ella. Se preocupa más por ti que por mí… No sé si eso debería perturbarme –bromeó su ayudante.

Es una mujer muy creyente, como la gente de este pueblo. A veces creo que ese tipo de personas son las más vulnerables, porque son capaces de creerse cualquier cosa, si se la dice alguien en quien confían –se encendió un cigarrillo, y reanudó el hilo de sus pensamientos–. Pasó lo mismo con el caso del párroco asesino, nadie quería creer que era el culpable, todos hubiesen jurado que era inocente, y todos se hubiesen equivocado. En este caso, el pueblo creyó estar bajo el dominio de una bruja, y aplaudieron a los asesinos de esa pobre joven, porque los consideraron realmente héroes. ¿Cómo es posible que el ser humano se deje llevar de ese modo, ignorando la racionalidad?

La mayoría de ellos todavía no puede creer que les engañaras en la plaza esta mañana. Pasarán días hasta que despierten de su engaño.

Y lo mismo le pasará al señor Losada. Creyó que sus trabajadores le hacían vudú, y simplemente cosían muñecos para ganar un dinero extra. ¿No es absurdo? Quien cree en esas cosas, termina afectado por ellas.

–Le dijiste que te pondrías en contacto con él, ¿qué le dirás?

–La verdad. Que sus trabajadores buscan un segundo empleo para llegar a fin de mes, y que no tienen poderes, solo hambre.

¿Crees que al comisario le gustará saber cómo hemos resuelto este caso? –se carcajeó Javier.

Supongo que no, pero a ese hombre no le parece bien nada. Así que, vamos a disfrutar de esta botella, y mañana ya nos preocuparemos si hace falta –levantó la copa, y sonrió–. Salud, compañero.

Carme Sanchis

Kokoro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Rojo casi negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Kokoro.

¡Bang, bang! Las balas surcaban el espeso aire del salón pronunciando nombres que solo podían entender los desafortunados receptores del ardiente plomo.

¡Bang, bang! Yo la llamaba Lolita en la intimidad porque era incapaz de decir su nombre de verdad sin que me diera la risa al pensar que imitaba torpemente el canto de un gallo. También porque a ella le gustaba juguetear en la cama como una chiquilla, y a mí, morderle la boca y verla gemir y suspirar.

¡Bang, bang! Era ella. La veía ahí de pie, con una Beretta U22 plateada en cada mano. ¡Joder!, yo soy policía y estaba completamente paralizado, y no era miedo, no; otras veces, muchas veces, había sentido esa sensación mordiéndome el estómago y, sin embargo, había actuado como se esperaba de mí, pero esta vez, ver a Kokoro, mi… digamos, novia, vestida como a mí más me gustaba que se vistiera en nuestros nocturnos encuentros: con la falda de colegiala con cuadros verdes y rojos, una camisa blanca de manga corta, cuyos botones debían de estar cosidos con hilo de bramante para conseguir no salir, ellos también, disparados; los zapatos negros sin cordones y los calcetines blancos con un ribete de cuadrados con los mismos colores de la falda y esas dos coletas, una a cada lado de su angelical carita de luna llena, que yo, a modo de riendas, sujetaba con fuerza y poco acierto para tratar de sosegar un poco  su bravura.

Ilustración de Rosa Garcia

¡Bang, bang! No me podía mover. Tenía mi arma al alcance de la mano pero era incapaz de cogerla; solo podía mirar a Kokoro. Y la miré, y también la escuché, cuando se acercó a mí e introdujo el cañón en mi boca para después decirme con una maliciosa sonrisa: ¿Has visto lo que me obligas a hacer…?”, ¡bang, bang!

Kokoro siempre me pareció rara, y esto no se podía achacar a que fuera oriental porque podría haber sido de cualquier otro sitio y seguiría siendo rara. Kokoro es rara porque no es normal que una chica tan joven y guapa se líe con un viejo policía sobrado de kilos y falto de todo esas cosas que se supone que gustan a las mujeres. Rara porque se acostó conmigo la primera noche que nos conocimos y ya no salió (que yo supiera), ni de día ni de noche, de mi casa. Rara porque, aunque decía que había venido a Sevilla a estudiar Bellas Artes, no la vi jamás coger un libro ni por supuesto ir a las clases de la facultad o visitar los monumentos y museos de la ciudad. Y, sobre todo, era rara porque se pasaba todo el tiempo vegetando, viendo telenovelas, echada en el sofá, hasta que al caer la noche despertaba de su melancólico letargo y, poco a poco, se transformaba… Entonces, todo en aquel pequeño piso de impenitente soltero se transformaba en un caótico frenesí de ruidos, colores y olores: Kokoro estaba cocinando.

Ya he dicho que Kokoro es rara, por eso no es de extrañar que solo fuera vestida con la lividez de su piel mientras hervía en una olla cosas que parecían querer escapar, y machacaba en un mortero pequeñas ramas y hojas que parecía aullar mientras, entre dientes, rezaba o maldecía con palabra extrañas para mí. Nunca la interrumpí mientras realizaba estas tareas porque tampoco la importunaba cuando estaba ovillada en el sofá bajo una gruesa manta; y no lo hacía porque tenía miedo: miedo porque la deseaba, miedo porque quería que desapareciera de mi vida y que nunca se marchara, miedo porque era lo único que merecía la pena de mi existencia y sabía que me estaba matando, miedo porque cada noche era diferente y los días pasaban deseando el momento en el que ella me diera a beber la pócima que con tanto esmero preparaba en mi cocina. Y entonces, era cuando Kokoro era auténticamente rara y totalmente Kokoro.

Kokoro tenía tatuada una pequeña serpiente en el tobillo izquierdo y una pulsera de flores azules engarzadas por sus tallos alrededor de la muñeca derecha. Kokoro me encontraba como cada noche, esta última también, tirado en la cama intentando dormir. Pero ocurrió lo mismo que las otras treinta y tres noches desde que la conocí: se acercaba silenciosa como un gato, me olía como un perro y me lamía como me imagino que debe lamer el néctar de las flores la más hermosa de entre todas las mariposas; después, me ofrecía con sonrisa maliciosa el borboteante brebaje y me decía al oído: ¿Has visto lo que me obligas a hacer para que se te ponga la polla dura?”. Se reía, se reía y… los lirios de sus muñecas cobraban vida y trepaban por sus brazos hasta llegar a su garganta, desde donde tras dar varias vueltas y ganar en grosor, brincaban hasta mi cuello para luego entrar en mí por la boca, nariz y orejas. La víbora negra de su tobillo también abandonaba su reposo y tras mordisquearme los dedos de los pies comenzaba un sinuoso deslizar alrededor de nuestras piernas. Yo ya me había rendido cuando acepté de sus manos el humeante bebedizo que me ofrecía cada noche (Kokoro dominaba mi corazón, mi mente y mi alma), por eso no dije nada cuando la serpiente se introdujo por donde ningún hombre absolutamente heterosexual y educado en el más estricto catolicismo dejaría que nadie le metiera nada de nada.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro han sido treinta y tres historias llenas de violencia, de sexo, de amor; historias de oníricas aventuras preñadas de personajes malignos, tiernos, hermosos, despiadados, disparatados; historias donde siempre está Kokoro, donde siempre soy yo.

Las treinta y tres noches que he pasado con Kokoro siempre han comenzado igual, y siempre han terminado igual: Kokoro que se desvanece como el humo de una vela cuando los primeros rayos de sol inundan la habitación. Yo no quiero que se vaya y trato de retenerla, pero estoy demasiado agotado y ella es demasiado tenue, demasiado liviana y suave, y se escabulle de mí para esconderse nuevamente bajo la manta del sofá.

Apenas una docena de horas me separan de otra noche con Kokoro.

Juan Ramón Lorenzana

Domingos sangrientos

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración con propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 Domingos sangrientos.

El cigarrillo humeaba en el cenicero, impregnando su fuerte olor en cada papel amarillento, en cada libro, en la suave piel del joven Vincent Barrett. Sobre la mesa estaban abiertos los seis expedientes en los que estaba trabajando.

Seis suicidios, cada uno de ellos diferente al anterior, pero con un detalle en común. Seis personas de un mismo pueblo, seis personas que aparentemente no se conocían. Seis vidas. Y en su tocadiscos, una canción tan triste como una última despedida: “Gloomy Sunday”.

–¿Cómo es posible que todas estas personas se hayan suicidado en tan poco tiempo? –se preguntó Vincent, solo, en su imperfecto piso de soltero–. Hacía años que nadie se suicidaba en este pueblo.

Apenas llegaban sonidos de la calle, desde el ático del edificio donde vivía, parecía estar a kilómetros del resto de la humanidad. Con la única compañía de aquella canción desgarradora, las horas pasaban lentas y, los papeles y el humo se amontonaban a su lado.

Aquellos seis suicidios, acaecidos en domingo, se habían convertido en el centro de atención, en su único pensamiento. Apenas comía desde entonces, pero las cajetillas de tabaco se acumulaban vacías en el cajón. Solo podía pensar que pronto volvería a ser domingo.

En el gran panel de corcho que decoraba una de sus paredes, tenía expuestas las fotografías de los seis casos. Seis imágenes de personas felices y seis instantáneas de las escenas del crimen. Vincent repasaba una y otra vez la información que tenía de cada uno de los fallecidos, pero no conseguía disipar sus dudas.

–Miranda Ballesteros, cincuenta y tres años, madre soltera. Arrollada por el primer tren del día, a las seis de la mañana. Su cuerpo fue embestido varios metros, destruido totalmente. Encontramos una silla justo al lado de las vías, junto a su bolso de mano. En el interior había una nota de despedida, con uno de los versos de la canción “Gloomy Sunday”. Fue la primera en suicidarse.

Se acercó hasta la pared para poder observar cada una de las imágenes con más cuidado. Dio una calada larga al cigarrillo, y soltó el humo contra el corcho, como una nube de niebla, fría y húmeda.

–Enrique Moreno, cuarenta y seis años, casado, con cuatro hijos –continuó revisando los detalles–. Lo encontró su mujer en la bañera de casa, con un corte profundo a lo largo de la región anterior del antebrazo izquierdo. La incisión le destruyó venas, músculos y nervios. Todavía respiraba levemente cuando su mujer entró en el baño, a las doce y media –cerró los ojos, y suspiró–. Murió desangrado. Los vapores del baño nos revelaron un mensaje de despedida en el espejo, de nuevo un fragmento de la misma canción.

Había redactado personalmente las fichas policiales. Siempre necesitaba ir a la escena del crimen y observar cada uno de los detalles. No podía dejar que lo hiciesen otros, aunque algunos de aquellos sucesos fuesen espantosos.

–Patricia Guerrero, veinticuatro años –golpeó la mesa con el vaso bajo, derramando parte de su contenido. La fotografía era desgarradora–. Se ahorcó en el parque de las flores, en el centro de la ciudad. La encontró un vecino a las nueve de la noche, balanceándose por el fuerte viento. Nadie la vio llegar allí, nadie la vio preparando la horca, nadie la vio sufriendo…

Las palabras se le entrecortaban, era difícil ser objetivo en aquellos momentos. Se dejó caer en la butaca de piel, con el cuello cargado por el humo y la cabeza abotargada por el sueño

–Me niego a creer la leyenda de la canción suicida, nadie muere por escuchar una estúpida canción.

Los tres murieron el primer domingo de noviembre, sin dejar más explicación que las notas relacionadas con la canción. El resto de los casos sucedieron durante el domingo siguiente. Suicidios de personas que no habían mostrado nunca señales de querer terminar con su vida.

–Montserrat Aguilar, treinta y siete años, soltera –recordaba todos los datos, ya no necesitaba leerlos–. La encontramos asfixiada dentro de un coche por inhalar monóxido de carbono, a las diez y cuarto de la mañana. Había una manguera en el interior conectada al tubo de escape. El coche era de su padre, pero lo conducía ella regularmente. Lo más curioso es que estaba sentada en el asiento del copiloto, con una rosa blanca en las manos y una tarjeta en ella, con otra frase de la canción. ¡Esa maldita canción!

Se fregó el rostro con las manos frías, intentando despejarse.

–Samuel Medrano, treinta y cuatro años, recién casado –prosiguió–. Unos amigos lo encontraron ahogado en su piscina sobre las seis de la tarde. La autopsia nos reveló que había inhalado cloroformo, y encontramos un frasco y un pañuelo junto al borde. Sabía nadar, por eso necesitaba perder antes el conocimiento.

El forense dictaminó que había muerto por hipoxia, no opuso ningún tipo de resistencia mientras se ahogaba, lo que reforzaba la teoría de que había utilizado cloroformo.

–Edilia Quintanilla, sesenta y ocho años, viuda. Se bebió un vaso de aceite, y posteriormente media botella de lejía. Los vecinos nos llamaron alarmados por los gritos de desesperación, y cuando llegamos encontramos a la mujer en el suelo, rodeada de un charco de vomito –el producto químico provocó quemaduras esofágicas y la perforación del estómago–. No pudimos hacer nada por salvarla.

Apagó el cigarro en el cenicero, con desgana. Dio un trago a su licor aguado, los cubitos se habían derretido hacía mucho y ya no estaba frío. Sintió el sabor dulce de la crema de orujo en sus labios. «¿Cómo sería sentir la lejía bajando por la garganta?» pensó entristecido. El teléfono sonó, retumbando en la amplia habitación. El sol empezaba a crecer en el horizonte, pero todavía hacía frío.

–¿Sí? –respondió Vincent con desinterés.

–Señor, le necesitamos en la comisaría.

–¿Cuál es el problema, Javi?

–Han venido muchos vecinos preocupados por la canción suicida, diciendo que tienen datos que ofrecer –de fondo se escuchaban las voces de los agentes, gritos de personas y teléfonos sonando.

–Que los atiendan un par de agentes. Recoged todos los datos y si hay algo interesante avisadme.

–Pero, señor –no escuchó el resto de la frase, colgó el teléfono y suspiró profundamente.

Sabía que la mayoría de aquellas personas estaban asustadas porque el domingo estaba cerca. Pero era incapaz de entender que nadie creyera en esa absurda leyenda.

–No puedo quedarme aquí, repitiéndome todos estos datos.

Abrió el cajón de su escritorio y rebuscó entre las cajetillas de tabaco vacías en busca de una llena. Metió todas las carpetas y su libreta en la vieja bandolera, se abrochó la gabardina y salió por la puerta con disgusto.

~***~

En la comisaria reinaba un caos absoluto. Javier daba órdenes sin ser escuchado, los ciudadanos gritaban frente al mostrador de la entrada, unos niños jugaban saltando sobre las sillas de la sala de espera. La llamada de socorro de su ayudante era totalmente comprensible.

Cuando los agentes le vieron en la puerta, cambiaron su actitud, mostrándose más tranquilos y competentes.

–Que cada grupo se encargue de sus rutas diarias. Los agentes que se queden en la comisaria, que se dediquen a coger el testimonio de todos los habitantes que vengan. Si alguien dice algo importante, el policía correspondiente que venga inmediatamente a mi despacho para informarme –clamó desde la entrada. Era sorprendente como una simple lista de órdenes podía cambiar tanto la actitud de un grupo. Le hizo un gesto a Javier, y siguió su camino hacia el despacho.

–Señor, gracias por venir. Ya no sabía cómo resolver este problema.

–Ya está solucionado, ahora centrémonos en los casos. Necesito que pongamos en común nuestras ideas –se quitó la gabardina y la colocó en la percha.

–Han venido muchos vecinos pidiendo que prohibamos la canción, para que no se propaguen los suicidios.

–Empezamos mal. Lo he estado pensando estos últimos días, ¿y si no estamos delante de un fenómeno de suicidios en masa? ¿Y si se trata de algo mucho más sencillo, eclipsado por una leyenda?

–No es una leyenda, Vincent. En Hungría se suicidaron diecisiete personas, la canción está prohibida desde el 36. Ha habido suicidios en los Estados Unidos, en Inglaterra, en Alemania; también la prohibieron. Y ahora, ha llegado aquí.

–Javi, nadie se suicida por una maldita canción. Estamos en una mala época, con una gran depresión económica, guerras y conflictos internacionales. La pobreza inunda las calles del mundo.

–¿Por qué está prohibida entonces? ¿Por qué tantos países se oponen a emitirla por la radio? Te niegas a admitir la verdad. Te estás equivocando, y si no reaccionas habrá más muertes.

–En eso estamos de acuerdo, pero lo haremos a mi manera. Ya estamos a viernes, la gente empieza a agitarse y sienten que no estamos haciendo nada por prevenir esas muertes.

–Prohíbe la canción –el ayudante asestó un golpe a la mesa con la palma de sus manos, y sintió miles de agujas clavadas en ellas–. Si tú no lo haces tendré que hablar con el comisario.

–¡Habla con quien te de la puta gana! ¡Ya estoy harto de tonterías! –gritó Vincent, apuntando con su dedo índice a la cara de su ayudante–. Aquí nadie entiende la letra de la canción, nadie sabe una mierda de inglés, ¿cómo demonios les va a llevar al suicidio?

Javier Tejeda se quedó en silencio, sentado en la butaca que tantas conversaciones clandestinas y secretos había presenciado. Se levantó con la cabeza gacha, y se dispuso a salir del despacho, apesadumbrado.

–Siempre te he ayudado, Vincent. Siempre te he aconsejado y te he apoyado. Pero no puedes jugar con la muerte –replicó con un tono apagado.

–He pasado los últimos días escuchando a Billie Holliday cantar esa canción prohibida, y aquí estoy. La música no mata, los hombres sí. No sé si son suicidios o asesinatos, pero tengo muy claro que la canción solo es una excusa.

–¿Asesinatos? –se dejó caer de nuevo en la silla–. ¿Otra vez con que asesinaron a esas personas? Por favor, Vincent, llevamos semanas con esto, las pruebas son claras.

–¡Las pruebas solo muestran cómo murieron, no a manos de quien!

–Está bastante claro que se suicidaron –replicó.

–Yo no lo veo así –sacó de la bandolera las carpetas, y las fue abriendo una a una–. ¿Por qué iba a suicidarse un padre con cuatro niños a su cargo? ¿Por qué iba a beber lejía una señora de casi setenta años? ¿Por qué iba a ahorcarse una joven en medio de un jardín? –suspiró profundamente–. Estas personas no querían terminar con su vida, querían vivir.

–Pero quizá formaban parte de un grupo y escucharon la canción por la radio, quizá tenían conocidos en común y les llegó la macabra noticia.

–Los familiares dicen que no se conocían de nada… –repasó.

–Ya hemos hablado con todos los posibles testigos. Con los médicos, con los jefes, amigos. Acepta que son suicidios en masa.

–No, deben tener algo en común.

–Pues, no sé. Igual iban al mismo restaurante.

–¿Restaurante? –preguntó, con el ceño fruncido.

–Lo siento, pensaba en voz alta. Si lo que buscas son sitios en los que pudiesen haberse conocido, yo me decantaría por lugares públicos.

–¡Exactamente! ¿A dónde van todos los habitantes del pueblo, tengan la edad que tengan?

–Al médico, al cementerio, al mercado… –expuso Javier.

–¡A la iglesia! ¡Todo el pueblo va a la iglesia los domingos! –anunció el inspector, entusiasmado–. Todo el pueblo le cuenta sus males al párroco. ¿Quién si no va a tener información personal de las víctimas?

–Pero es información confidencial, el secreto de confesión es inquebrantable.

–Eso habrá que verlo –se levantó con media sonrisa en los labios y se dispuso a ponerse la gabardina.

–Por favor, señor, déjeme ir con usted. Ya ha tenido problemas con la iglesia antes.

–¿A qué viene ese tono ahora, Javi? Estoy en medio de una investigación y necesito pruebas, nada más –su compañero estaba preocupado, y con razón. Vincent nunca había creído en dioses, y no le gustaba el circo creado alrededor de las creencias. Pero sí respetaba a los creyentes, cada uno tiene su propia fe. Antes de salir, soltó una carcajada y añadió–: Tranquilo, amigo, no le daré la vuelta a ningún crucifijo.

~***~

La iglesia estaba construida en la zona más alta del pueblo, y para acceder, había unas largas escaleras de piedra rodeadas de jardines. Cuando era niño le parecía un lugar bonito y relajante, incluso le resultaba curioso el interior del edificio. Aquellos cuadros tan altos, aquellas estatuas tan serias.

Cuando empezó a trabajar, dejó de asistir. La iglesia veía muy mal que las mujeres no acudiesen a misa cada domingo, pero los hombres podían estar ocupados trabajando. La relación con el párroco no era muy cordial, habían tenido algunas disputas relacionadas con el tema de la fe. El comisario exigía una misa al año, y Vincent se negaba a acudir por obligación.

Llegó a la entrada justo cuando la décima campanada retumbaba en el cielo. Al abrir la gran puerta de madera, vio cabezas agachadas en el fondo. Un fuerte olor a mirra le envolvió y sintió un brusco descenso de la temperatura.

Reconoció a algunas de las mujeres que rezaban, de rodillas, en el frío suelo de la iglesia. La madre y la abuela de la joven Patricia, la mujer de Samuel Medrano, la hija de Edilia Quintanilla. ¿Allí es donde iban para secar sus lágrimas? ¿Qué les ofrecía su dios? ¿Acaso conseguía él encontrar a los culpables? No podía entenderlo.

Encontró a un señor de unos setenta años junto al confesonario, así que se acercó, imaginando que allí estaría el hombre que buscaba. Tuvo que esperar más de media hora hasta poder hablar con el clérigo.

–Bueno días, señor. Soy el inspector Vincent Barrett –espetó, de pie junto al habitáculo de madera.

–Señor solo hay uno, hijo mío, nuestro señor padre.

–Necesito hablar con usted en privado –siguió, sin prestar demasiada atención a la corrección.

–Entre al confesionario, hijo. Y cuénteme qué le preocupa.

–Prefiero que salga usted y responda a algunas preguntas. Estoy de servicio.

–Lo siento, pero se podría decir que yo también lo estoy. Mis fieles me necesitan.

–Sus fieles sabrán excusarle unos minutos. No querrá entorpecer una investigación, ¿verdad?

–Está bien, no se preocupe –asomó la cabeza y comprobó que no había personas esperando–. Sígame, iremos a la sacristía para conversar.

Vincent lo analizó mientras salía de su escondite. Iba vestido totalmente de negro, con una cruz de madera colgada del cuello. Su rostro había envejecido bastante en los últimos años, pero seguía pareciendo fuerte y enérgico. Se preguntó si haría ejercicio como hacía la gente, si saldría a correr o a pasear más allá de los jardines de su iglesia. ¿Vivía como una persona más o no podía disfrutar de esos pequeños placeres?

Cuando llegaron a la sala contigua, el hombre sacó dos vasos blanquecinos de un armario y los llenó con el agua de una jarra. Le tendió uno a Vincent, y dio un trago al suyo.

–Muy pocos han entrado en esta habitación, inspector. Puede sentirse dichoso.

–Me sentiré afortunado si resuelvo un par de dudas –insistió.

–Adelante, pues. Haga sus preguntas.

El hombre se sentó en una butaca robusta de madera, con rosetones tallados en sus laterales. El asiento era de terciopelo granate, y parecía tremendamente confortable. El párroco le señaló una silla de madera, raquítica; Vincent decidió quedarse de pie.

–Es evidente que está al corriente de los sucesos ocurridos –empezó el inspector, dejando el vaso al lado de la jarra de agua.

–Por supuesto, fueron días trágicos para este pueblo.

–Llevamos dos semanas investigando este caso, desde la aparición del primer cadáver. Y, no conseguimos reunir más datos.

–El diablo está en todas partes, hijo mío. Esa canción fue creada por él. –Vincent arqueó sus cejas, la leyenda había llegado demasiado lejos.

–¿Se encargó usted de los funerales de los fallecidos?

–Señor inspector, las personas que terminan con su vida no tienen derecho a una misa en su funeral, tampoco pueden ser enterrados en tierra santa, son pecadores a ojos de Dios.

–¿Pecadores? ¿Han sido creyentes todas sus vidas y les niegan la despedida?

–Dios dicta las normas, yo solo soy su humilde servidor.

–Impresionante… –susurró Vincent, casi sin emitir sonido.

Sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco, y sin dejar de mirar los ojos del cura, encendió el cigarrillo con una larga calada.

–Supongo que ha venido aquí para saber algo más de mis queridos fieles.

–Así es. Necesito saber si alguno de ellos le habló de suicidio en las últimas semanas. Usted debe saber qué pensaban, qué sentían.

–Lo siento, pero el sigilo sacramental es inviolable. El confesor no puede descubrir al penitente, so pena de excomunión. Me gustaría ayudarle, pero no está en mis manos.

Sabía que el párroco le saldría con aquellas leyes absurdas que era incapaz de entender. Uno de los puntos débiles de sus teorías era que cualquier prohibición podía ser eliminada con la palabra de Dios. Y, generalmente, todos querían ser tocados por su mano divina.

–Supongo que el único que puede revelarme los secretos de aquellas pobres victimas es el propio dios. Quizá él pueda iluminarle con su presencia y darle permiso para explicarme sus penas.

–Eso no funcionará conmigo, Vincent. Nos conocemos desde hace tiempo, sé que no eres creyente, pero no me tomes por estúpido.

–Por intentarlo, no perdía nada. Haz lo que tú quieras, pero sabes que podrías ayudarnos.

–¿Ayudaros a qué? ¿A confirmar que se suicidaron porque no soportaban sus vidas? ¿Ayudaros a entender por qué lo hicieron? Simplemente, prefiero ser fiel a mi iglesia.

–Pues deberías ser fiel a tus fieles, merecen justicia.

–Se suicidaron, no hay más que hablar. No pienso explicarte sus penas.

–Los párrocos también tienen mala leche, eh. ¿Se conocían entre ellos? ¿Lo planearon juntos?

–Santo Tomás afirmó que lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios. Así que no diré nada –se levantó de la butaca, directo hacía él–. Te agradecería que no vuelvas a la casa del señor sino es para confesar tus pecados, estoy seguro de que guardas demasiados.

–Según la iglesia todos somos pecadores, así que tú tampoco te libras.

–Apaga ese cigarro antes de salir de esta habitación, no quiero que mi iglesia huela a taberna.

–Vuestro dios se equivoca dando tanto poder a hombres tan simples –lanzó, lleno de rabia. Se acercó más a él, rompiendo el espacio vital de confort–. No tenéis derecho a esconderos detrás de las normas que vosotros mismos escribís. Podrías terminar con tanta muerte, pero prefieres esconderte como una comadreja.

–¿Cómo osas hablarme así? Si fueses un buen creyente dios te ayudaría en tu camino, pero no eres más que un hereje.

–Eres tú quien podrías ayudarnos y te niegas. ¿Acaso tu dios ve eso como una buena acción? –gritó.

–No es culpa mía que no sepas hacer bien tu trabajo. La gente confía en mí y me cuenta sus problemas, en ti no confía nadie.

–¡Maldito seas tú y tu mierda de iglesia! –se acercó más a él, quedándose a un palmo de su cara, con los puños cerrados–. La policía conoce todas las aberraciones que los de vuestra calaña hace. Algún día el pueblo se dará cuenta de vuestras mentiras, y os quedaréis solos.

Dejó caer dentro de su vaso el cigarrillo, que se apagó con el contacto del agua. Salió de la habitación dando un portazo, retumbó por toda la iglesia. Recorrió a zancadas la larga nave donde rezaban los fieles, que se giraban atónitos al ver su cara de rabia. Escuchó al fondo un murmuro, al que se unieron rápidamente más voces. Sentía una presión en el pecho que iba en aumento, el frío le llegaba hasta los huesos y la cabeza le daba vueltas.

Cuando salió por la gran puerta se sintió mejor, desapareció aquel olor infernal, aquella sensación de tener miles de ojos observándole. Había perdido el tiempo acudiendo allí. Desde el principio sabía que de los labios del párroco no saldría ni una sola palabra útil, pero tenía que intentarlo. Era incapaz de comprender porque si alguien podía ayudar se negaba a hacerlo, y más si ese hombre dedicaba su vida a predicar el bien.

Se sentó en uno de los escalones de la subida, justo donde los rayos del sol llegaban aportando su tenue calor. Después de tantos días investigando, de tantas personas interrogadas, de tantas muertes, no tenía nada. Pronto sería de nuevo domingo, y temía que los suicidios volviesen a aparecer. Aquella horrible nota de despedida, la de la joven Patricia, no salía ni por un segundo de su cabeza.

“Mi corazón y yo, hemos decidido terminar con todo. La muerte no es un sueño, porque en la muerte te puedo acariciar. Y con el último aliento de mi alma, yo te bendeciré. Cada domingo será triste para este pueblo, cada domingo se repetirá la canción. Gloomy Sunday”.

–Inspector, ¿podría hablar con usted? –preguntó con timidez una niña, vestida de negro de los pies a la cabeza, justo detrás de él. Reconoció de inmediato los mofletes rosados, los ojos verdes, y el cabello rizado de la hija de Miranda Ballesteros, la primera mujer en morir. La primera vez que intentó tomar su declaración estaba en completo estado de shock, no pudo emitir ni una sola palabra. Cinco días después, se presentó una de sus tías para hablar en su nombre, pero no aportó ninguna información relevante.

Miranda había sido la primera en iniciar el ritual de suicidios, y era importante conocer todos los datos posibles, pero Vincent fue incapaz de exigirle más a aquella pobre niña. Tenía unos doce años, pero parecía tener la mitad, tan pequeña y vulnerable.

–Por supuesto, será un placer hablar contigo –la invitó a sentarse a su lado.

–Gracias, señor. Espero acepte mis disculpas por mi comportamiento durante este tiempo. No podía controlar mi cuerpo, me costó mucho aceptar lo que había ocurrido.

–Disculpas aceptadas. Eres una chica muy valiente.

–Sé que las declaraciones son importantes, y yo, yo quiero ayudarle… –las lágrimas empezaban a acumularse en sus ojos llorosos, dispuestas a salir disparadas en cualquier momento–. Señor, sé que mi madre no se suicidó. Se lo juro, sé que no lo hizo –se echó a sus brazos, acurrucándose como un gatito contra el pecho de Vincent. Se tapaba el rostro con las manos e intentaba llorar en silencio, aunque no lo conseguía.

Miranda Ballesteros había sido una mujer trabajadora toda su vida. Se quedó embarazada de su jefe, y tuvo que aguantar las humillaciones del pueblo, que la criticaban señalándola por ser madre soltera. Todos decían que adoraba a su hija, pero no le perdonaban su desliz. Qué absurda es la humanidad, cruel con los que más cariño necesitan y cordial con los embaucadores. Sentía el cuerpo tembloroso de la joven,  y la respiración entrecortada por el llanto. Acarició su cabello, suave como el contacto de una pluma.

–Sé que no lo hizo, cielo. No tienes que llorar por eso. Encontraremos al culpable, te lo prometo.

–¿Usted me cree? –respondió, sin apartar las manos de su cara–. Nadie me cree. Todos piensan que no puedo aceptar que mi madre se ha quitado la vida, pero yo sé que ella no me abandonaría nunca. Ella ha sido siempre una luchadora.

–Tienes razón. Ella y todas las víctimas. Todas eran personas felices, rodeadas de seres queridos.

–Nosotras estábamos solas, pero el padre Alejandro nos ayudaba mucho –se incorporó, y se limpió las lágrimas con el puño del abrigo–. A veces nos daba comida cuando no podíamos comprarla y le buscó un trabajo a mi madre cuando la despidieron. Ella siempre pasaba por aquí, todas las tardes. Rezaba por las dos, por nuestras almas. Como no tengo papá, tenía que rezar el doble.

–¿Quedaba normalmente con alguien más de la iglesia?

–No, señor. Desde lo que le pasó era muy desconfiada. Como todo el pueblo la criticaba, no tenía amigos.

–Entiendo, y, ¿tú sabes si cogía el tren para ir a trabajar?

–A mamá le daban miedo los trenes, decía que no tenían ruedas y que podían volcar. Ella siempre cogía el autobús. No sé por qué estaba allí aquel día, entra a trabajar a las nueve, y normalmente salía de casa a las ocho y media.

–No te preocupes por eso. Eres una jovencita muy fuerte, y la vida te volverá a sonreír pronto, ya lo verás. Me has ayudado mucho.

–Gracias, señor –la pequeña se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla, suave como el beso de una madre. Sus mofletes se tornaron más rojizos, si cabía–. Es la primera vez que beso a un chico, como no tengo papá.

–Eres un cielo. Aquí tienes mi número de teléfono y la dirección de mi despacho. Si cualquier día necesitas ayuda, te estaré esperando –le depositó la tarjeta en las manos, le dedicó una sonrisa tierna, y agachó la cabeza en señal despedida.

Aquella niña le entristecía profundamente. Había llevado una vida dura, sin padre, pero más dura lo sería a partir de ahora, totalmente huérfana. Si lo que le había contado era verdad, si no se fiaba de nadie, era imposible que estuviese dentro de un grupo que organizase los suicidios. Y aquella información, junto a otros pequeños detalles que había ido encontrado en el resto de víctimas, reforzaban cada vez más la existencia de un asesino.

~***~

El domingo llegó con lluvia, con un viento gélido que doblaba las ramas de los árboles. Vincent Barrett y al agente Tejeda esperaban sentados en su coche, con una taza de café de termo entre sus manos. Los datos de la pequeña María Ballesteros les habían llevado lejos, descartando cualquier relación entre las víctimas. Javier había escuchado la canción prohibida, y tras comprobar que no tenía ningún tipo de necesidad de suicidarse, entró en razón.

–Todos los agentes están preparados. A la mínima que aparezca alguien sospechoso el pueblo entero estará cerrado. Será imposible que el asesino escape.

–¿Y si no aparece? Cuando los vea cambiará sus planes.

–Entonces no morirá nadie, y tendremos más tiempo para atraparle.

–No estoy seguro de que el plan funcione, Vincent.

Una voz por la radio los interrumpió.

–Una mujer pretende lanzarse desde la ventana de su casa en la calle Serra. Repito, calle Serra.  –Quedaba a tan solo unos minutos de distancia. El inspector cambió la taza por el volante y se puso en marcha.

–Que cierren la calle e impidan salir a los que están dentro –respondió por la radio.

Cuando llegaron, la mujer todavía estaba en el alfeizar de la ventana, llorando desconsoladamente. A pesar de pedirle que entrase en casa, parecía no escuchar ni una sola palabra. Mientras tanto, unos agentes forzaban la puerta de la residencia, luchando por llegar hasta la mujer para salvarla.

Unas manos asomaron entre las cortinas, empujando a la mujer al vacío, que gritó por unos segundos con un gesto de horror en su rostro. Cuando su cuerpo se estrelló contra las piedras de la calle, la gente salió corriendo aterrada, sin saber dónde esconderse.

Segundos después, desde la casa les llegaron las trágicas notas de aquella canción prohibida. Los primeros versos bañaron la calle como una marea gélida, y la gente empalideció al escucharla, ahogando sus gritos. Se hizo el completo silencio. Tan solo se escuchaba aquella melodía, aquella canción prohibida.

La puerta de la casa por fin cedió bajo los golpes, y los agentes armados entraron en ella, dirigidos por el inspector. Tres de ellos se quedaron en la planta baja, pasando de habitación en habitación. El resto subió por las escaleras, y se repartió por el segundo piso. El asesino no había podido salir de la casa, no había puertas traseras, ni tenía ningún tipo de terraza para saltar a la residencia contigua.

Abrían las puertas una a una, revisando cada pequeño espacio. Pero el culpable les esperaba, sentado junto al tocadiscos, con un whisky en sus manos y un arma sobre la mesa.

–¡Las manos quietas, maldito perturbado! –gritó Vincent, desde el marco de la puerta. No podía creer lo que veía. Los agentes se quedaron paralizados, con las manos temblorosas. Había dudado de él en algún momento, pero solo fue una fugaz locura. Y sin embargo, allí estaba, con su rostro tenebroso y sus ojos censores.

Ilustración de Jordi Ponce

–Al séptimo día dios descansó –susurró el asesino, después de terminar su bebida–. Por eso hoy trabajo en su nombre.

–Tu dios no debería descansar. ¿Quién eres tú para decidir el destino de los demás?

–Se lo merecían, eran pecadores.

–¡Has matado a siete personas inocentes! –gritó uno de los agentes.

–¿Inocentes? –soltó una carcajada siniestra, acompañada por una mirada de odio–. Una zorra que no dudó en acercase a mí para conseguir trabajo, pero sin querer ofrecer nada a cambio. Un hombre ludópata y una jovencita que prefería la compañía de sus amigas. Una señora que quería tener los mismos derechos que un hombre, un adicto a las pastillas, y una anciana que envidiaba a las jóvenes. Y, esta estúpida vanidosa, que ya no podrá volver a lucir su bonita cara pintarrajeada.

–Eres un puto psicópata. Pero tu castigo será más cruel, esperando en una sucia celda a que alguien venga a por ti, a clavarte un hierro en el cuello para terminar tu penitencia.

–Lo he hecho en el nombre de dios. Y tú ibas a ser el siguiente, maldito hereje. Iba a quemarte vivo y escuchar tus gritos hasta verte morir.

–Siete armas apuntan a tu cabeza, levántate sin hacer tonterías.

Alejandro Rodríguez, párroco de la iglesia, una de las personas más queridas del pueblo, levantó sus manos y escupió a los pies del inspector.

–¡Nos veremos en el infierno! –gritó mientras lo sacaban a rastras de la habitación.

–Hasta entonces –respondió Vincent, dándole la espalda.

Carme Sanchis

Chicago

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Chicago.

Las siete de la mañana. Así solamente llamaba… Abrí la puerta adormilado. Exacto. Dos soldados, un saludo formal. Habló el más serio.

—¿Sargento Lloyd Hunter?

No me llamaban sargento desde la guerra. Un pestañeo rápido, a ver si se me abrían los ojos. La piedra parlante entendió un asentimiento y al instante me entregaba un sobre.

—Buenos días, señores. Hoy no esperaba visitas a estas horas y menos del ejército. ¿Quieren pasar? —Fieles a su naturaleza, los minerales no se movieron, así que abrí el sobre. Una escueta nota, el nombre de un buen amigo, la firma de Werner. Me espabilé—. ¿Me dan unos minutos?

En quince cruzábamos la ciudad y en treinta me paraba tras uno de los soldados frente al despacho de Frederick Werner, comandante de las fuerzas aéreas y, antes, capitán de la compañía Silverwings, de la 24ª división aerotransportada. La mía. Cuando le dieron permiso el soldado me anunció y se retiró. Yo entré para quedarme frente a Werner y otro mando al que no conocía.

—Hola, Stick. Mucho tiempo… —dijo Werner con la voz arenosa de siempre.

—Sí, bastante. ¿Cómo está, señor?

—Ya ves, sigo sentado —respondió dando un par de fuertes golpes con las manos en los brazos de la silla de ruedas—. Tienes cara de sueño. La vida de civil es dura, ¿verdad?

—Un poco.

—Pero has venido sin dudar.

Asentí en silencio y me acerqué para darle la mano que Werner me estrechó con la mirada cargada de las mismas imágenes. Después, se dirigió al hombre que estaba con él.

—Albert, este es el sargento mayor Lloyd “Stick” Hunter, bueno, ahora solamente el señor Hunter. Stick, el coronel Albert Thompson. —Nos saludamos y Werner nos señaló unas sillas—. Siéntense para evitarme la lesión de cuello, que ya tengo bastante con las piernas partidas.

Una secretaria trajo café que agradecí como agua en el desierto. Luego Werner se colocó tras su mesa y me puso una carpeta delante.

—Bien, iré al grano, Stick. Al capitán Baxter se lo ha tragado la tierra. —Y antes de que yo pudiera replicar nada, añadió—: No, ya sabes que ni la policía militar ni nadie más puede buscarlo. Solo podía acordarme de ti porque sabes cómo funcionamos, aparte de que eres su amigo. Gastos y honorarios corren de nuestra cuenta, y también tienes carta blanca. La cuestión es encontrar a Baxter y hay un primer viaje a la Ciudad del Viento. Ya leerás el informe. Ahora quisiéramos que empezases cuanto antes.

Werner sabía que yo no iba a negarme, por eso me había contactado. Se trataba de Miles Baxter. Ninguno de los doce hombres a los que nos salvó la vida, entre ellos Werner, nos hubiéramos negado a sacarlo de algún problema. Solo que quedábamos él y yo. El comandante me terminó el pensamiento en voz alta:

—Yo estaría ya allí si no fuera por esta jodida silla.

—¿Qué tengo que hacer si lo encuentro?

—Cuando lo encuentres —matizó Werner—, lo traes aquí.

Yo también quise matizar.

—Nunca hay garantías totales.

—Entonces no te hubiésemos llamado ni habrías venido, Stick.

El coronel Thompson, mudo testigo de aquel diálogo, también mantuvo el silencio en que nos quedamos Werner y yo durante unos instantes.

—Debo arreglar algunas cosas —comenté.

Werner esbozó media sonrisa.

—Te escoltarán los chicos de antes y te llevarán al primer tren de esta tarde.

—No. No quiero a nadie detrás, ni en el viaje, ni en ninguna parte. Y sabe que los veré si me los ponen.

Werner abrió la sonrisa asintiendo.

—Me alegra verte, Lloyd —respondió ya solamente con un brillo muy especial en los ojos.

—Lo mismo digo, señor. —Se lo devolví.

—¿A quién conoces en Chicago?

¿Por qué? —Tras el turno de noche Tucker siempre era breve.

—Tú dime alguien que también pregunte lo justo.

Un bostezo.

¿A qué vas en diciembre a esa nevera? ¿No será a tomar el aire? 

—Lo justo, Phil.

Otro bostezo.

Dime al menos si es importante porque hay quien me debe más favores.

—Mucho. Y tu colega solo será para que te avise a ti.

Suenas serio. ¿Estás seguro de que no puedo saber más?

—Inteligencia militar. ¿Suficiente?

Esta vez un resoplido.

De sobra. Vaya, imagino que ahí saben mi nombre. —Medio bostezo—. Qué estupidez he dicho… Bueno, pues ten cuidado.

—El colega, Tucker.

Joder, sí. Apunta.

Primera clase. Buen comienzo. Una maleta con lo imprescindible y mi abrigo más caliente. No vi niñeras. Carta blanca.

Siempre fui el único en poder desaparecer sin dar explicaciones. A cambio, encontraban los caminos y senderos marcados y despejados, las casas vacías y los escondites seguros. El resto del tiempo mi misión era proteger al oficial de radio Miles Baxter. Todos los radios solían llevar un escolta pero Baxter necesitaba dos, sobre todo por el trastorno que padecía y había ocultado para ir al frente, ya que el alto mando seguramente se lo habría prohibido y lo habría destinado y blindado en Inteligencia, como así fue después. «Pero no soy más especial que cualquiera y quería venir a ayudar», había confesado el desgarbado muchacho de apenas veinte años —era el más joven— después de sobrevivir al salto en el viento infernal de aquella madrugada sobre Normandía.

Todos nos habíamos asombrado, más de lo que estábamos ya por vernos en combate real, y Werner había querido mandarlo de vuelta inmediatamente alegando no solo poder perderlo, sino que también requeriría una seguridad extra que no podíamos permitirnos. Pero Baxter, con su físico aniñado pero una determinación, permanente buen ánimo y valentía admirables, suplicó quedarse. Su don podría ser muy valioso para la información de posiciones y estrategia propia y enemiga. Podríamos ser una avanzadilla de referencia. También en el fondo de sus ojos castaños podía leerse un reflejo de que ese don quizás era más una condena de la que no le importaría deshacerse de cualquier manera. Sufría de hipermnesia, y efectivamente creímos que no debía de ser fácil recordar cada minuto de tu existencia desde los cinco años sin poder borrarlo, y menos con la indescriptible tensión de estar entre la vida y la muerte en aquellos momentos.

Así que, tras sopesarlo, Werner nos eligió a los dos mejores tiradores para ser su sombra, y cuando yo desaparecía para abrir paso, me reemplazaba otro compañero. Después, las coordenadas que mi orientación señalaba en los mapas quedaban registradas automáticamente en su cabeza, al igual que las que les descubríamos a los boches o cualquier otro dato reseñable o no. De modo que acabamos siendo buenos amigos. Pero antes de Las Ardenas Werner no quiso arriesgar más y envió a Baxter a casa. El chico ya había servido con creces a la causa y también nos había salvado la vida en una ocasión gracias a un detalle ínfimo.

Fue en una pequeña población abandonada donde aparentemente se había dispersado una patrulla alemana que retrocedía a sus líneas tras descubrirnos. Yo había constatado primeramente aquella dispersión y tomamos una vivienda derruida para pasar la noche. Pero debieron de prever nuestro movimiento. Al amanecer Baxter nos detuvo cuando íbamos a salir: el extremo de un murete de piedra alrededor de la casa enfrente presentaba una disposición distinta a la que recordaba tras el vistazo dado la tarde anterior. Werner nos mandó al tejado y vimos que nos rodeaban para cazarnos con granadas en aquella ratonera. Así que, apostados allí, Harry Blane y yo, los mejores tiradores, batimos nuestro record personal de infalibilidad en apenas cinco minutos y todos pudimos salir.

Además, mientras Miles Baxter estuvo con nosotros no tuvimos ninguna baja y decidimos que su extraordinario trastorno fue un talismán cuando, tras marcharse, sí empezamos a caer. A Las Ardenas solo llegamos Harry, el teniente Leeman, el capitán Werner y yo, que tras perder allí a mis hermanos también volví a casa. Ahora hacía cuatro años que Harry y Leeman se quedaron en Corea. Así que no había podido negarme a buscar a Miles, no solo por aquella deuda de vida, sino por la amistad. Y quizás también por la superstición.

Chicago se convertía ya en un congelador con los primeros fríos. El gran incendio que la destruyó casi totalmente el siglo anterior propició la reconstrucción de la ciudad con aquel laberinto de calles abiertas al inmenso Michigan. Así que los vientos del Ártico podían bajar tranquilamente desde Canadá, soplar con toda libertad y permitir bonitos inviernos de 30º bajo cero. Menos mal que me gusta tanto el frío.

Ilustración de Paloma Muñoz

Miles trabajaba en desencriptación documental que ahora se mezclaba con la caza de brujas que el senador McCarthy había emprendido contra el comunismo. Y aunque desde el año anterior McCarthy había perdido influencia y prestigio, el Comité para Actividades Antiamericanas seguía activo y tras la pista de elementos subversivos en el ejército. Por lo que leí en el informe durante el viaje, Miles habría accedido a datos clasificados por error o habría descubierto a algún topo que también hubiera sabido de él y habría querido quitarlo del medio, u ofrecerle otra salida al conocer su habilidad.

No pensé en traición. Miles trabajaba para el ejército no solo por el buen sueldo, sino porque le gustaba y tenía asegurada también la protección de su familia. Por muy oscuros que hubieran sido esos años con tanta paranoia, en el otro lado no andaban mejor. ¿Para qué jugar a espías? No, Miles no daba el tipo.

Alquilé un coche y busqué un motel cerca del domicilio de Baxter, en el tranquilo barrio residencial de Oak Park, alejado de la academia militar Phoenix, donde trabajaba Miles en un ambiente perfecto en el que estudiantes y personal civil lo tenían como archivero.

No nos veíamos desde la guerra, pero habíamos mantenido el contacto. Nada más regresar del frente se había casado con una novia que tenía desde la infancia y de la que habló con absoluta adoración cada noche que pasamos de guardia. Después, siempre la refería en sus cartas o llamadas, así que yo casi podía decir que la conocía del mismo tiempo que a él aunque no fuera así. Ella había sido la última en verlo. Cuando a la mañana siguiente me abrió la puerta, supe que yo ya tampoco podría olvidarla.

Rachel Baxter era de esas criaturas que demuestran la existencia de Dios. Muchas mujeres te hacen perder la cabeza, Rachel simplemente te enamoraba al instante. Pero no era por su abrumadora belleza de ojos de miel almendrados, piel de alabastro y pelo dorado, sino por la extraordinaria luz en su expresión y una sonrisa capaz de iluminársela más. La voz cristalina terminó de paralizarme y envidié profundamente a Miles por poder recordar cada instante con ella.

—Oh, usted es Lloyd Hunter, ¿verdad? Miles habla de vosotros desde la guerra.

Vaya…

—Pues sí, pero tutéame, por favor. Yo también creo que te conozco, Rachel.

—Pasa, por favor. Sabía que vendrías.

Y me condujo a un salón muy acogedor al tiempo que, de la cocina en el lado opuesto, salía una mujer mayor con un niño de unos cinco años cogido de su mano.

—Hija, ya iba yo. Sabes que no debes moverte mucho —se quejó.

—Tengo que hacerlo un poco, mamá. Mira, es el amigo que Miles dijo que si alguna vez… —Rachel enseguida miró al niño y sonrió—. Billy, saluda al señor Hunter. Mamá, ¿puedes traer un poco de té?

El niño me observó curioso antes de echarme la mano y saludarme muy formal. Yo le respondí con la misma seriedad. Era una pequeña copia de Miles y solo entonces me di cuenta del abultado vientre de Rachel. Enseguida quise que volviera donde estaba pero ella también me hizo sentarme. Su madre se llevó al niño y regresó con el té.

—Lamento conocerte en estas circunstancias —dije sinceramente.

—Yo también. —Rachel mostró angustia por primera vez.

—Pues no perdamos tiempo. Cuéntame bien todo.

Miles se marchó hacía dos días por la mañana, como siempre. Ninguna preocupación por nada más que el estado de Rachel, pero del trabajo no solía hablar y si hubiera ocurrido algo, probablemente no la habría querido preocupar tampoco. A veces iba a Washington personalmente pero siempre se lo anunciaba, y en alguna ocasión el coronel Thompson, su superior, también se había presentado de incógnito, como él mismo me había dicho. En cuanto a compañeros u otras amistades, Miles era muy familiar, apenas salían, y menos desde que ella se había quedado embarazada del segundo hijo. Así que no tenían mucha relación con nadie en general. Y la vecindad era muy discreta.

—Suele venir una chica para quedarse con Bill cuando hemos salido alguna noche, pero ahora mi madre lleva aquí estos dos últimos meses porque tengo que guardar reposo. A este ya casi no lo esperábamos. —Rachel bajó los ojos y se tocó el vientre sonriendo pero entristeciéndose enseguida—. Sé que el trabajo de Miles es muy importante pero él nunca había tenido problemas, está muy controlado, pero esa mañana no llegó a la academia y el coche no ha aparecido. Por eso llamé al coronel Thompson, el único a quien debía avisar si ocurría algo. Nadie más se ha puesto en contacto para nada.

—Bueno, pues he venido para ver si encontramos a Miles.

Logró sonreír.

—Antes he dicho que hablaba mucho de vosotros, pero de ti lo hacía en especial porque le habías salvado la vida en varias ocasiones.

—Tantas como él a nosotros.

—Sí, pero tú siempre estabas al lado, aunque también te conocían como el fantasma o Stick, ¿verdad?, porque podías permanecer inmóvil durante horas, como pegado a lo que fuera.

—Así es. Mira, volveré esta tarde y seguiremos hablando. Os han pinchado el teléfono y estáis bien vigilados, así que debes continuar tranquila.

—¿Dónde te alojas? Puedes quedarte aquí. Miles lo querría.

—Gracias, pero tengo que convertirme otra vez en un fantasma —le guiñé un ojo.

—Entonces ven a cenar, por favor.

—Te avisaré —concedí.

Insistió en acompañarme a la puerta y al salir vimos cruzarse desde la casa de enfrente a una bonita muchacha de largo pelo rizado y ojos claros. Tendría veintitantos años y sonrió cuando llegó hasta nosotros. Entonces, sin entenderla, me sorprendí por la intensa percepción de alerta que sentí cuando la chica me miró antes de dirigirse a Rachel.

—Hola, señora Baxter. Quería decirle que, aunque sé que ahora está su madre, si me necesitaran para cualquier cosa, no duden en llamarme. ¿Sigue el señor Baxter de viaje?

—Gracias, Lilian, lo haré. Y sí, mi marido sigue fuera pero volverá en unos días.

—Pues ya sabe, lo que sea. —Y se marchó no sin antes volver a mirarme.

—El coronel Thompson me recomendó hablar de un viaje —siseó Rachel.

—Sí, es la mejor excusa —y seguí con la vista en la muchacha que se alejaba calle abajo—. Una chica encantadora —añadí.

—Es Lilian Colman, la canguro de Bill. Son una familia muy agradable. Ella es estudiante y un día nos vio con el niño y se ofreció para cuidarlo y sacarse algún dinero.

—¿Y llevan mucho tiempo en el barrio?

—Pues sí. Eh, es muy guapa, ¿verdad? —Rachel me miró divertida y agradecí que confundiera así mi curiosidad.

—Mucho… Vaya, ¡qué vas a pensar ahora de mí! —Y sonreí también.

—Lilian Colman. Anota los datos.

Ya te has buscado quien te quite el frío, ¿eh?

Tucker y la sutileza.

—Habla con tu colega y que te pase todo lo que tenga. Te llamaré a las seis.

Ya no me concentré ni cuando hablé con el director de la academia ni con el personal del archivo: solo sabían que Miles no llegó esa mañana. Tampoco ninguno me pareció sospechoso o con un particular interés por él. Me dejaron inspeccionar su despacho donde todo estaba muy ordenado y los documentos a la vista no tenían nada de especial. Si Miles había descubierto algo, aunque su memoria fotográfica lo recordara todo, se había llevado las pruebas o no las había guardado allí. Y sin destapar lo ocurrido era imposible preguntar a estudiantes o vecindad de la academia por si hubieran sido testigos de algún hecho anormal ese día.

No logré quitarme de encima la extraña sensación experimentada con aquella muchacha. Pensé que el terrible caso Lohr me había dejado secuelas y ya desconfiaría siempre de cualquier jovencita o sus miradas, pero estaba seguro de que se había acercado para ver quién era yo, como si estuviera pendiente de los Baxter, más allá de una amable gesto vecinal. A las seis menos cinco telefoneé a Tucker.

Los Colman eran del medio oeste. El padre era ingeniero industrial y la madre ama de casa, Lilian era la hija pequeña, matriculada en segundo curso de Historia con una beca por sus excelentes calificaciones, y había un hermano mayor, un teniente de Infantería que, al parecer, seguía en Europa desde la guerra. Inmediatamente llamé a Werner, al que localicé en su casa.

Le sorprendió mi pálpito y aún más el dato. Teniente Donald C. Colman. ¿En Europa? ¿Pero dónde? Información confidencial. «Dame media hora, Stick. Hablo con Thompson y…». Lo detuve, solo era una intuición y podía equivocarme. Que sí, que se enterara de quién era Colman y a lo que se dedicaba, pero él personalmente, sin comentarlo con nadie, yo lo volvería llamar al día siguiente por la tarde. Después avisé a Rachel pero regresé antes. La casualidad quiso que Lilian apareciera caminando en aquel momento y aproveché una esquina para torcer por la calle paralela, a la que daba la parte de atrás de la casa de los Colman. Estuve observando durante un tiempo pero no ocurrió nada, y a las siete me dejaba ver en el porche de la casa de Miles. También se hizo notar un helador vendaval.

Fue una velada agradable pese a todo y envidié aún más a Miles por aquella vida familiar. «Solo es proponérselo», Rachel me había hecho un guiño después de acostar a Billy. Sí, y más con una mujer como ella, pero eso, naturalmente, no lo dije. Sí le pedí echar una ojeada a los papeles que Miles pudiera guardar y ella me indicó los cajones de un mueble, pero tampoco había nada. Después me despedí, no quería cansarla más. Le insistí en que siguiera tranquila. No le había comentado mi inexplicable sospecha sobre Lilian Colman, pero ahora existía la conexión entre Miles y Donald Colman como militares, aunque no tenía por qué significar nada más que una mera casualidad. Si le hubiese preguntado, la habría preocupado más y a su estado no le convenía más tensión. Al irme, la ventisca era más fuerte.

Quise dar una última vuelta por la manzana conduciendo despacio y entonces vi salir un coche del garaje de los Colman. Distinguí una silueta alta y corpulenta al volante: ¿el padre? ¿Pero dónde iba a aquella hora y con un tiempo que empeoraba por minutos? No dudé.

Mantuve la distancia por el poco tráfico pero no lo perdí y terminamos llegando al lago. Entonces se metió en uno de los numerosos muelles que había, el de Belmont. Había muchos pantalanes y alrededor se alineaban almacenes y edificios con locales de suministros náuticos en especial. La iluminación era escasa y dejé más distancia además de apagar las luces para evitar que me viera. Entonces paró al lado de una nave. Hice lo mismo cincuenta metros más atrás y, al apearme del coche, el intenso frío me cortó la cara.

Me pegué cuanto pude a los edificios y vi que la figura corpulenta era un hombre que renqueaba al andar. Enseguida se metía en el almacén. Pero cuando encontré otra entrada, también me encontraron a mí. El oído me falló con aquel viento glacial.

—Levanta las manos muy despacio y no intentes nada —dijo una voz por detrás al tiempo que noté el cañón de un arma en la espalda. Obedecí sin vacilar y aunque lamenté no llevar mi 38, me consoló relativamente que no me hubiera fallado la intuición de algo oscuro—. Ahora camina.

Cuando entramos analicé mejor la situación. Aquello quizás no iba con Miles y me metía en otro lío sin querer. Volví a lamentarme. Quien me apuntaba me empujó hacia un extremo de la nave, un almacén de lanchas y cascos de veleros con los aparejos abatidos, inmovilizados allí durante el invierno. Luego nos deteníamos frente a la puerta de un despacho acristalado y persianas bajadas.

—¡Don, tenemos un fisgón!

Don. Volví a animarme.

Se oyó una imprecación y pasos descompensados. Abrió el hombre que acababa de llegar. Era tan alto como yo, con el pelo cortado al estilo militar y los ojos castaños de Lilian pero unos diez años mayor. Tenía el pie izquierdo torcido hacia dentro y la cara cruzada de marcas de metralla, lo que le daba un aspecto amenazador pero no mucho más que el mío. Decidí adelantarme sin rodeos.

—Me llamo Lloyd Hunter y soy amigo del capitán Miles Baxter, vecino de su familia y que ha desaparecido. Lo estoy buscando. Creo que usted es el teniente Donald Colman. He conocido a su hermana Lilian. No soy policía, pero sí fui soldado y aprendí a distinguir cómo pueden mirarte, por eso he pensado que quizás ella supiera o hubiera visto algo que me ayudase a encontrar a mi amigo. Ahora ha coincidido que me marchaba de casa de mi amigo y lo he visto salir a usted. Comprendo que debería haberle preguntado sobre él antes de seguirlo, así que lamento profundamente mi error que espero subsanar de algún modo. —El final no sonó muy convincente pero, al menos, el hombre tardó unos segundos en reaccionar ante mi tranquilidad.

Lo siguiente fue dejar de notar el cañón del arma al mismo tiempo que mi consciencia tras el golpe en la nuca. Cuando me recuperé no podía ver nada, pero era por la completa oscuridad alrededor. Estaba tendido boca abajo en el suelo y, al querer moverme, me quejé por el dolor de cabeza.

—¿Estás bien? ¿Quién eres?—siseó entonces una voz a mi derecha.

—Un idiota —mascullé.

Un silencio momentáneo antes de que la voz temblase un poco al volver a hablar en un tono más alto:

—No es posible… ¿Stick? ¿Eres tú, Lloyd?

Me despejé al instante. Así que no me había equivocado. Pero no sabía si alegrarme o lamentarme todavía más.

—¿Miles? Sí, soy Lloyd. ¿Cómo estás? ¿Estás herido?

—No, estoy bien y ahora mucho mejor. Sigues apareciendo en los peores momentos.

—Ya ves, las malas costumbres.

—Y Werner, ¿verdad?

—Sí, y Werner. ¡Maldita sea! —La cabeza me estallaba.

—Recupérate, por favor. Siento mucho que te hayan golpeado.

Y entonces noté un brazo tocándome. Inmediatamente se lo estrechaba también.

—Vaya, me alegro de verte aunque no te vea. Gracias por…

—Nada aún, amigo.

Entonces se abrió la puerta y una luz nos deslumbró. Una descomunal mole nos apuntó con una linterna y un revólver.

—Arriba, señores.

Nos levantamos como pudimos y medio ciegos. Miles tenía buen aspecto, solo estaba un poco demacrado y con la barba descuidada de dos días, y me sonrió con confianza. El matón nos condujo hacia el despacho acristalado y nos hizo pasar. Detrás de una mesa al lado de un archivador se sentaba Donald Colman, que nos indicó dos destartaladas sillas. Para nuestra sorpresa permaneció unos minutos callado y mirándonos alternativamente. Después solo dijo:

—Quiénes son y por qué tengo que eliminarlos.

Miré a Miles y él asintió. No me dejé ni una coma sobre nuestra historia presente, pero omití el dato de la memoria de Miles. A continuación, nos contó la suya.

Acierto completo: la manzana podrida y el topo en uno, pero Donald Colman solo era una herramienta.

El teniente Colman, mención honorífica al valor por su acción en Bélgica y Polonia, donde sufrió la herida del pie, había regresado a Polonia. Motivos personales tan importantes como que se había casado con una colaboracionista de los aliados. En principio, aquello no significaba nada más, pero sus superiores, suspicaces cuando las cosas empezaron a torcerse con el mando de los soviéticos sobre Polonia, lo quisieron trasladar. Él insistió en que podría ser más útil allí, los convenció y pasó a Inteligencia. ¿Espionaje? No exactamente. Asesor militar para el ejército polaco, aunque ahora lo controlaran los rusos. Pero sucedió lo inevitable: los recelos hacia él y su esposa se ntensificaron conforme lo hacían las relaciones entre ambos países, y los mandamases pidieron pruebas de lealtad con todo aquel personal ambiguo.

Colman aceptó esa prueba en forma de encargo que no existía: tráfico de armas sacadas de arsenales en lugares también inexistentes y para unidades especiales sin nombre. Mucho riesgo, pero retribuido con cifras astronómicas. Y ese número tan alto fue lo que encontró Miles fortuitamente entre una lista de relación de pagos a supuestos proveedores de piezas mecánicas: un error cometido por otro en el proceso de trasmisión a las inexistentes manos a las que tenía que llegar el dato.

Miles informó a Thompson inmediatamente. Thompson descubría que una maldita casualidad conectaba a las piezas de su bien compuesto plan de control legal de información y manejos ilegales: una simple cuestión de vecindad. Solo dos días más tarde, y nada más salir hacia el trabajo, Miles tenía un inoportuno pinchazo en una esquina por la que apareció una oportuna grúa. Un pinchazo feo, no es molestia acercarlo al taller, lo reparamos en un instante y usted avisa a su trabajo; además, su rueda de repuesto está floja también, podría jugarle otra mala pasada. La prevención desarrollada en tanto tiempo. Muchas gracias, pero no quiero causarles retraso. Al momento, lo encañonaban disimuladamente y después el silencio y la oscuridad. Ninguna respuesta que ahora sí teníamos los tres y que nos alarmó más a Miles y a mí: Werner podía estar en peligro, pero si Colman nos estaba contando aquello… Siguió:

—Los soviéticos interceptaron el último cargamento y uno de mis hombres cantó. Conseguí arreglarlo todo y vine hace una semana para explicarlo personalmente e informar de que era más seguro relevarme. Thompson se negó: se tendrían que abortar las operaciones en curso y paralizar los enlaces internacionales, las pérdidas serían catastróficas. Entonces coincide que hace tres días a usted —señaló a Miles— le llega el dato por error de algún incompetente enlace de fronteras y mi nombre vuelve a salir, así que Thompson ya tiene la excusa para dejármelo claro porque evidentemente tiene también las espaldas cubiertas. Eso y la maldita casualidad de ser vecinos. La misma protección asignada a su familia también vigila a la mía, y a mi hermana ya le dieron un susto. Seguramente por eso ha recelado de usted —me miró y luego señaló de nuevo a Miles—. Así que si usted desaparece, Thompson destruye esa documentación y todo se queda limpio. Pero imagino que no he podido evitar pensar en una encerrona común y por eso lo he retenido. Supongo que Thompson no contó con que hubiera más gente interesada en su paradero y que actuara rápidamente.

—Pues sí —dije—, y esa gente también es muy importante, me envió a mí y sabe su nombre. El problema es que Thompson lo sabe todo de todos.

—Lo lamento, pero no tengo pruebas contra él, así que si ese contacto no es igual de poderoso, se la ha jugado.

—Lo es. ¡Déjenos avisarlo! —le conminó Miles, visceral.

—No, muy arriesgado.

—Al contrario —comenté yo—. Podríamos cazar a Thompson si decimos que efectivamente hemos desaparecido. Ganamos tiempo y…

 Pasos rápidos y disparos. La mole cayó, abatida, y apenas nos habíamos tirado al suelo cuando un comando de cuatro hombres con el rostro cubierto irrumpía en el cuarto. Fuerzas especiales, de esas que no existían. No pudimos reaccionar porque al instante nos habían tapado la boca y amarrado los brazos a la espalda. Thompson actuaba. Werner, que se enteraba de la desaparición de Miles por el cauce personal y me llamaba, los conectaba a ambos y ponía en guardia a Thompson, así que este se decidía y apenas había dejado pasar dos días.

El viento helado era aguanieve cuando nos sacaron fuera. Todo seguía silencioso pero ahora había un furgón negro en la parte trasera de la nave. Nos subieron a él y en un minuto nos volvían a bajar. Nos habían llevado al pantalán más cercano a la bocana, donde se amarraba una lancha sin luces que se puso en marcha sin apenas ruido. No supimos cuánto navegamos lago adentro, solo oímos otra lancha. Debían de haber estado fondeando, y a saber de dónde habían venido. Lo vimos mal y aún peor cuando nos detuvimos y nos subieron a cubierta. Las rachas de viento zarandeaban la embarcación. Solo se distinguían las mínimas luces de posición y las muy lejanas de la ciudad.

Por primera vez en mi vida tuve miedo de verdad, porque en combate, al menos, había tenido un arma en las manos. También me invadió la rabia, pero era inútil intentar nada. O sea, que los Hunter acababan cazados como conejos. Ni siquiera podía ver los ojos de un amigo, ni él los míos, como mínimo gesto de consuelo o despedida, de compartir aquella mala suerte injusta; y lo lamenté mucho por todo. Al menos también, no veríamos esa arma que nos mataría. Maldita sea, una ejecución…

Más ráfagas de viento que se mezclaron con las de disparos. Ahora cesarían aquellas cuchillas heladas, pero en cambio, se desplomaban de espaldas quienes nos habían acercado los fusiles a la cara. La otra lancha se abarloaba y se encendían potentes focos y linternas, saltaban cinco hombres, caras descubiertas. Uno nos iluminó.

—¡Nos envía el comandante Werner! ¿Se encuentran bien?

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Desaparecida

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Negro

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce Pérez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Desaparecida.

De pelo azabache, ojos oscuros con largas pestañas, finas cejas y cuerpo de diosa, Lavinia Lohr esperaba en la puerta del despacho cuando llegué. La archimillonaria por matrimonio señora Lohr era la última mujer de esta vida o de la otra que hubiera imaginado ver ante mí alguna vez. Su marido, el magnate del petróleo Samuel Lohr, había formado parte de la llamada aristocracia de la ciudad, había pasado mucho tiempo viajando y cuando regresaba colmaba de oro tanto como de golpes a aquella fantástica criatura, hecho este último aireado por la prensa pese a que el entorno que los envolvía hubiera querido taparlo.

Lavinia vestía un elegantísimo traje de chaqueta beige, un tocado de igual color y zapatos de tacón alto, pero con un sencillo vestido y sin maquillar hubiera seguido destilando la misma clase y belleza. Mi inmediata reacción fue aliviarme por estar yo también aceptablemente presentable, sin haberme aflojado todavía el nudo de la corbata. Pero al principio, tras hacerla pasar, me mantuve alerta porque, tras los corteses saludos y mi genuina sorpresa ante su presencia, me dijo sin más que se alegraba de conocerme porque le gustaban los hombres que parecían animales.

Me desconcertó la aparentemente poca sutileza de aquella observación por parte de una mujer así. En general le han dado muchos calificativos a mi físico, que admito ser digamos que de una evolución primaria en la especie humana pero que al parecer gusta bastante a muchas mujeres. La cuestión es que hay animales y animales. Pensé que Lavinia Lohr quizás estuviera algo trastornada por la mala vida que le había dado su marido, pero tras la muerte repentina de aquel hijo de puta hacía unos años, ella ahora presidía el consejo de administración del imperio Lohr con una destreza que había dejado boquiabiertos a todos.

Lavinia enseguida matizó que le gustaba pensar que hubiera hombres con las cualidades de muchos animales, como la nobleza, la lealtad o la astucia, y que mis rasgos le recordaban a los de los lobos, sus preferidos: mi pelo grisáceo, mi mirada verdosa y mi ambigua expresión y sonrisa me daban un aire de estar sesteando después de un festín y a la vez acechar a la siguiente víctima incauta que se acercara.

—No son tan fieros como los pintan y sí fieles a los suyos para siempre. Además, los solitarios aún son más astutos y eficaces en su caza —dijo sonriendo y mostrando unos dientes perfectos—. Y es lógico que un lobo se llame “cazador” —acabó.

Mi réplica fue otra sonrisa torcida y no apartarme ni un milímetro de aquella boca entreabierta de rojos labios. Los lobos se pueden convertir en corderos ante fauces así, y yo lo hice totalmente hechizado. Pero entonces, el hermosísimo rostro se le transformó en una compungida máscara y Lavinia empezó a temblar de tal modo que tuve que sujetarla por los hombros y ayudarla a sentarse en la silla frente a mi mesa.

—¡Tiene que encontrarla, por favor! ¡Si le ocurre algo…! ¡Dios mío, ¿dónde estará?, ¿por qué tuvimos que discutir?! ¡Por favor, ayúdeme! —exclamó echándose a llorar desgarradoramente.

Yo pasé del desconcierto al asombro.

Sí, normalmente no hay que fiarse de las apariencias. Ni de las de los lobos ni de las de los corderos.

Me llamo Lloyd Hunter y nací en una familia que, por azares del destino (y de la mano que narra esta historia por mí), se dedicó a la profesión de su apellido. Mi padre y mi abuelo fueron cazadores furtivos y luego legales para las empresas madereras que esquilmaron los bosques en los que habíamos vivido siempre. Cuando ya no necesitaron a aquellos paletos montaraces, tuvimos que marcharnos. Los más jóvenes pensamos que conquistaríamos las ciudades y lo que ocurrió en realidad fue que nos atrapó la guerra. Nunca olvidaré a mi madre lamentar que un infierno lejano sedujera a tantos hijos y se los llevara. Nosotros éramos cuatro y yo fui el único de los chicos que regresó. El apellido Hunter de momento no desaparecería, pero estuvo a punto.

Carentan y Las Ardenas me dejaron la cara un poco más primitiva, una rodilla que ya no funcionaría bien y a muchos amigos destrozados en el fango, además de a mis dos hermanos mayores dentro de cajas metálicas. Y por supuesto la culpa eterna de seguir vivo y haber vuelto entero, una culpa con la que también nos cargaron muchos tras la euforia del triunfo.

Así que un hijo del bosque con apenas estudios y excombatiente no tiene mucho donde elegir, aunque mis superiores militares quisieron que me quedara en el ejército: mi hoja de servicios estaba llena de menciones por mi innata habilidad de orientación y movimiento en la naturaleza, por muy peligrosa y desconocida que esta fuera, pero también en cualquier lugar donde me pusieran, por no hablar de mi infalible puntería como francotirador. Pero me negué. Había sido suficiente un año poniendo mi grano de arena en la mayor destrucción humana conocida. Volver a casa, al pueblo donde vivían mis padres y mi hermana, estaba descartado, pero decidí que continuaría la tradición de mi sangre y miré hacia las calles, complejo e ilimitado territorio de caza. Las piezas seguirían siendo humanas, pero el matiz de cazarlas es bastante distinto al de hacerlo en una guerra. Además, la retribución por ellas —aunque no tan alta como la de la propia vida— podía ser tan cuantiosa como el cheque lleno de ceros que me tendió Lavinia Lohr sin ni siquiera explicarme el motivo de su visita ni del desconsolado llanto.

Cuando logré calmarla, fue capaz de contarme todo y terminó con una precisión:

—La policía dice que habrían de informar a la prensa para pedir la colaboración ciudadana, pero no puedo permitir otro escándalo. Hemos tenido suficientes, ya lo sabrá —me miró fugazmente y yo solo asentí en silencio—. Me han remitido a usted porque lo conocen y su reputación es excelente como detective, en especial por su discreción.

—No soy detective exactamente, señora Lohr, solo me dedico a buscar a gente. También se lo habrán dicho.

—Sí, y que ha trabajado con ellos en más de una ocasión con casos difíciles. Pues este lo es.

—Dice que esa discusión con su hijastra fue muy grave. Puede que siga enfadada y no quiera que la encuentren.

—¿Tiene usted hijos, señor Hunter? —me preguntó entonces fijándome los ojos tan oscuros. Esbocé media sonrisa.

—No que yo sepa.

—Yo tampoco —contestó ella con tristeza detrás de la mirada que sin embargo se iluminó—. Por eso Margot significa mucho más que una hija propia. Se la acepté a mi marido cuando todavía podía aceptarle todo y porque la niña no tenía ninguna culpa de sus excesos ni de que su madre fuera una… cualquiera que acabó como acabó. Entiéndame, no soy una puritana, justamente es lo contrario lo que todos opinan de mí, pero siempre intenté darle a Margot lo que más necesitábamos las dos: un cariño verdadero y unos valores que se alejaran de lo más superficial que pueda usted ver en mí o en nuestro alrededor.

—No tiene que explicarme nada.

—No, pero quiero que entienda eso sobre todas las cosas. Su padre nos destrozó a ambas, a ella por consentirle todo y a mí por no consentirme nada y anularme. —Calló un instante y sonrió irónicamente—. Es curioso, la prensa más carroñera publicaba la verdad cuando Samuel me maltrataba, pero los titulares siempre serán que fui la ambiciosa advenediza que consiguió lo que quería o la madrastra que malcrió a la indefensa hija huérfana. Si ahora se supiera esto, no descarte que incluso pudieran acusarme de haberla hecho desaparecer, pero solamente yo sé cómo me he desvivido por ella y cuánto la quiero. —Hizo una pausa y me miró con renovada energía—. Conozco sus éxitos, señor Hunter. Dígame que no puede encargarse porque está ocupado con algo más importante y me iré ahora mismo. Pero si acepta, ese cheque habrá sido el primero de todos los que pida. Y si encuentra a Margot, pondrá la cifra final —remató suplicante.

Suspiré.

Margot Lohr, la heredera del imperio Lohr, diecinueve años, estrella mundial por una exitosa carrera como actriz infantil y en aquel momento como cantante de blues gracias a una portentosa voz, llevaba desaparecida tres días. Había sido portada en todos los periódicos por su extraordinaria belleza de pelo negro, labios carnosos y piel blanca, sus episodios de rebeldía y sus caprichos. Pero la fama o los genes la habían convertido en una pequeña zorra insufrible. Y la mujer que aguardaba mi respuesta, verdaderamente preocupada por ella, me ofrecía lo que fuera por encontrarla. Extraño. ¿Pero cuántas madres desnaturalizadas hay y cuántas mujeres no tienen hijos por cualquier razón y se vuelcan en los ajenos con más amor y dedicación que los de la sangre?

Mi último trabajo había sido dar con un traidor a las Tríadas que buscaba también la policía. Avisé a ambas partes cuando lo encontré. En caso de traidores, maltratadores, proxenetas, violadores o psicópatas, procuro que se enteren todos. Las Tríadas en particular eliminan la escoria sin contemplaciones y la policía en general siempre puede ponerse del lado de la ley para aplicar justicia. En caso de jovencitas golfas pero importantes que desaparecen, el asunto varía mucho y más con madrastras que cambian los cuentos.

—De acuerdo —respondí devolviéndole el cheque—, pero ya me lo dará, aunque le advierto: no sé leer tantos ceros.

Lavinia me sonrió sinceramente agradecida.

Empecé por el entorno. Si había sido un secuestro, eran muchos los que podrían haberlo orquestado y casi siempre había alguna conexión con los cercanos a la víctima. Pero un secuestro suele tener un fin económico y aún nadie había pedido un rescate.

Margot había vuelto de una corta gira y después de la discusión con Lavinia se había marchado sin nada más que su bolso. El motivo: quería vivir sola, algo comprensible de no ser quien era y la falta de seguridad que significaría cuando en aquella magnífica mansión lo tenía todo. Pero a Margot la casa se le antojaba ya una prisión con barrotes de oro. Lavinia lo entendía pero quiso hacerle ver que la seguridad era lo más importante. Nunca se había opuesto a que Margot siguiera aquella carrera en el espectáculo, porque era la primera que había alentado el talento de la niña, pero como conocía aquel mundo, le pidió que esperara, que aún era muy joven. Pero la chica la había acusado de querer manipularla, se había hartado y tenía la fortuna de su padre. Ya había visto un sitio y se marchaba.

Yo había preguntado por un posible novio y Lavinia también lo había considerado, pero no sabía quién podría ser. Había hablado ya con el manager y los músicos, a quienes ella misma había seleccionado y Margot parecía apreciar. Pero ellos tampoco sabían de nadie en particular porque solía haber varios. Lavinia también había lamentado aquel extremo que sí que no había alentado de ningún modo por el riesgo todavía mayor que suponía, y así se lo había advertido a Margot muchas veces. Otro motivo más de discusión.

Hablé con ellos también pero obtuve la misma respuesta negativa. Aun así pensé que alguno debía de saber más. También registré la habitación de Margot; Lavinia ya lo había hecho con gran sentimiento de culpa por violar la intimidad de su hijastra. Pero yo siempre veo otras cosas y descubrí la marca de escritura al pasar los dedos hojeando una libreta sobre el escritorio. No dije nada a Lavinia y arranqué el papel para guardármelo. Quizás no era importante y no quise darle más razones para preocuparse, pero le prometí que la llamaría pronto. Después contacté con el único poli al que podía llamar amigo.

Phil Tucker, teniente de Homicidios, sabía cuándo actuar dentro de la ley y cuándo no. No era ni el paternal meapilas abnegado y sabelotodo, ni el tarado sombrío con traumas infantiles, de guerra, o al que le habían matado al compañero o había perdido a la mujer, los hijos o los padres por el trabajo que había elegido. Tucker se había criado en un orfanato, le habían matado ya a tres compañeros, había perdido a más mujeres de las que recordaba y desconocía los hijos que podría tener. Si había un lobo solitario parecido a mí era él. Éramos amigos por una deuda mutua de vida tras un primer y complicado caso de búsqueda de dos niños secuestrados por un pirado, que resultó ser bastante peligroso y nos tiroteó cuando conseguí acorralarlo y avisé a Tucker y los suyos para que lo abatieran de forma oficial. Desde entonces los mandamases policiales me consideraron útil para una asistencia extra. Además, si me sucediera algo, ellos siempre tendrían cubiertas las espaldas.

Sabía que aceptarías el caso Lohr. La chica es una golfa de cuidado pero nada en petróleo, y ya me dirás si la madrastra tiene el espejo en el tocador o en el techo, que sé que te van esas depravaciones —me dijo al teléfono, socarrón.

—Te equivocas. Soy de velas en la cena.

Sí, y pétalos de rosa sobre la cama… En fin, que la viuda es espectacular. Así que aprovecha, que material así no se abre de piernas a neandertales como nosotros.

—Habla por ti, cabrón.

Vale, vale. Esa mujer es de categoría fina, pero tienes ojos en la cara.

—Eh, ¿seguimos hablando de cuándo voy a follármela o me dices algo del caso?

Una pausa. Tucker bromeaba un minuto y después no mentía jamás.

Estamos hasta el cuello de trabajo y queremos comprobar si hay relación con el aumento de desapariciones sin ningún rastro de chicas jóvenes desde hace seis meses.

—Y yo hago poco ruido.

Exactamente. La de Margot Lohr es la primera con fama y los de arriba no se quieren pillar las manos demasiado pronto haciendo pública esa posible conexión. Además, la viuda también quiere discreción. Quizá sea una chiquillada, pero si lo es y no tiene nada que ver con los otros casos, lo resuelves y todos contentos.

—¿Y después saldrá el imbécil de tu jefe apuntándose el tanto?

Me ha garantizado que no.

—Ya… —Entonces miré las letras que aparecieron después de haber pasado un lápiz por las marcas en el papel de la libreta—. ¿Qué te dice el nombre de The Mine?

Tucker resopló.

Mil cosas.

—A mí también, pero quiero sondear más a gente cerca de la chica.

De acuerdo. Ah, y tres días.

—¿Tres días qué?

Lo que tardas en tirarte a la madrastra.

Encontré pronto el hilo del que tirar. El muchacho que me siguió bastante torpemente se sorprendió cuando le salí por la última esquina que dobló pensando que yo ya lo había hecho.

El aspecto de John Snowy, de dulzones ojos castaños y media barba, era el de quien quiere parecer informal pero no lo consigue. Era el pianista, o el príncipe que aparecía antes de tiempo porque estaba perdidamente enamorado de Margot y había aguantado con estoicidad digna de mejor causa los devaneos de ella con unos y otros. Eso, cuando uno funciona con la polla, no se consiente de ninguna manera y se les ponen las cosas claras tanto a la una como a los otros. El asunto se estropea para siempre o no, pero te quedas tranquilo. Sin embargo, cuando dispone el corazón, no hay orgullo por muy macho alfa que te creas. Si además te traicionan las lágrimas con el primero que te pregunta, estás vendido. Y Snowy lo estaba. Pero el desamor es un tema feo aunque el chico pareciera inofensivo.

Fuimos a un sitio tranquilo.

Sí, sabía que Margot quería irse a vivir sola. No, ella no le había comentado nada, pero para ella él solo era un amigo o ese hermano que aparecerá siempre si hay problemas. Por eso estaba convencido de que le había ocurrido algo. Sí, claro que sabía reconocer a los indeseables. No, no había sucedido nada fuera de lo normal en la gira, aunque la última noche…

—Estuvimos en un local de un amigo de Don, el manager. El sitio estaba muy bien, bueno, con algún espectáculo subido de tono, chicas ligeras de ropa, ya me entiende… —Noté con asombro que se ruborizaba—. Esa noche bailó una vestida de Cenicienta.

—¿Qué sitio es?

The apple tree. Es porque todas las bebidas que sirven llevan manzana. ¿Lo conoce? —me preguntó Snowy ante mi sonrisa.

—Me suena.

—Margot había bebido un poco y se empeñó en cantar. La acompañé para controlarla más que nada.

—¿Y qué ocurrió?

—Tuve la sensación de que alguien la acechaba, es decir, normalmente toco muy concentrado pero no pierdo la percepción de alrededor. Estoy acostumbrado a que admiren a Margot, inconscientemente siempre tengo un ojo puesto en ella. Supongo que es porque la quiero. —Su emoción me siguió asombrando.

Si Snowy sabía de la desaparición de Margot, era un farsante de primera. Opté por seguir pensando que aquel cuento estaba del revés desde el principio, pero eso significaba que el final también podría ser distinto, aunque ¿de qué manera?

—Era un hombre pequeño, amigo del dueño —se recompuso Snowy—. Tenía un rostro extraño y no apartó los ojos de Margot.

—¿Un rostro extraño?

—Sí, por ejemplo, usted también tiene un gesto inquietante. No se ofenda.

—En absoluto.

—Quiero decir que la expresión de ese hombre repugnaba más que inquietar o dar miedo. Luego nos fuimos y me olvidé. Pero cuando supe que Margot había desaparecido, no pude evitar recordar esa noche y la mala sensación. No sé si le servirá de algo.

—Quizás. Gracias, chico.

—El Apple tree es de Bob Bluebeard, ¿verdad?

Tucker tardó un poco en contestar.

Sí, todo legal. Le interesa. Fue muy mal bicho, pero se rehabilitó.

—¿Tiene más socios?

Dame dos minutos.

A los dos minutos descolgué.

Un tal Lee Madhat y Sadman Dwarf.

—¿Sadman Dwarf?

Sí, uno de los hermanos

—Sé quiénes son. —Me callé un momento. Los que faltaban, claro. Añadí—: The mine es una urbanización de otro de ellos.

Ah, sí, del constructor, vive allí, y el resto… Vaya, sí, todos tienen negocios bastante importantes. Son raros pero están limpios.

—¿Qué perfil tienen las chicas desaparecidas?

Tucker movió papeles. Bailarinas, camareras, aspirantes a actriz, todas con menos de veinte años. Y en seis casos de diez habían coincidido trabajando en algún local de socios directos o en edificios de los Dwarf. Tucker también sospechó pero creo que ambos decidimos silenciar que pudiéramos compartir la misma disparatada fantasía.

—Voy a darme una vuelta por allí —dije sin más y colgué. A buen entendedor…

Lavinia me recibió inmediatamente.

Tucker había errado la estimación temporal de mis intenciones más depravadas para con ella: la misma mañana que fui a la mansión Lohr a que Lavinia me hablara de las costumbres de Margot, me sorprendí cuando me abrazó al dejarse vencer de nuevo por la emoción. Me asombró más que se disculpara instantáneamente por aquel comportamiento que juzgó tan inapropiado. Y sí, tengo ojos en la cara, pero ¿cómo no cerrarlos ante una oportunidad así? Ahí decidí averiguar hasta dónde llegarían los cambios en el cuento, mucho más si el espejo en el que se reflejaron sus muslos y mi cabeza entre ellos resultó ser la cristalera entera de la fachada de su apartamento en la ciudad.

En ese momento me miró con ansiedad.

—¿Tenéis algún conflicto de intereses con el constructor Wiseman Dwarf o alguno de sus hermanos? —le pregunté.

Lavinia se quedó pensativa un instante.

—Los Dwarf… No. Solamente conozco a Dumbman Dwarf pero no lo veo desde hace mucho tiempo.

Concretamente desde el estreno de la película que había catapultado a la fama a la pequeña Margot: Blancanieves. Casi me habría reído a carcajadas si todo aquello no me hubiera parecido tan serio. Dumbman Dwarf había sido el productor, ahora lo seguía siendo pero de películas de serie B de muy dudoso gusto.

—Fue Samuel el que trató con él, yo apenas lo vi un par de veces en el rodaje y luego en el estreno. Había algo en él que…, quizás el aspecto tan…

—¿Desagradable?

—Sí —me miró avergonzada por sus reparos que quiso matizar—. No por el tamaño que tienen sino por tan huraños como parecen todos.

—¿Y podría haber seguido manteniendo Samuel algún tipo de relación con él después o Margot ahora?

—Samuel tal vez, pero Margot no, imposible.

Asentí y la cogí por los hombros

—Voy a un sitio donde sabré algo seguro, pero no puedo decirte nada. Quédate cerca del teléfono.

La urbanización estaba en un paraje retirado, al pie de la cadena montañosa al norte de la ciudad, donde había habido una antigua mina de hierro. Era muy exclusiva y estaba recién construida. Quizás Margot hubiera sabido de ella en el Apple Tree, o antes, y hubiese decidido irse allí en el acaloramiento de la discusión con Lavinia, le duraría la rabieta y quería darle un escarmiento. Esa fue la conclusión más cómoda a la que quise llegar. La otra era que Snowy efectivamente me habría engañado y habría llevado a Margot allí para cumplir su papel cambiado en aquella historia y aclararle las cosas por casquivana. Pero entonces, ¿para qué contarme nada?

Y ahora los siete hermanos Dwarf, que apenas medían metro y medio, compartían un físico bastante repulsivo y un carácter asocial que les había dado fama de raros. No se les conocía familia propia a ninguno y casi nunca aparecían juntos en público. Pensé que quizás tuvieran cuentas pendientes con Samuel Lohr por algún asunto del pasado y se hubieran interesado en Margot, pero ¿para qué?

La noche era muy clara, con luna casi llena y quietud absoluta. Eso me permitía aguzar mucho los sentidos y, si cerraba los ojos, distinguía perfectamente sonidos y olores. Así, de tres viviendas que parecían habitadas fue la tercera la que me llamó la atención. Era la más alejada pero cercana a la antigua mina. Debía de ser la propiedad de Wiseman Dwarf. Había dejado el coche muy lejos y caminé con sigilo.

Entonces, tras el edificio, vi un sendero que acababa en la entrada de la mina. Camuflada entre maleza y una pared rocosa, había una puerta cerrada con candado que abrí sin problemas con mis herramientas especiales y entré. Encendí el mechero y vi un pasillo que, por un lado, estaba abandonado y por otro comunicaba con la casa. Entonces oí ruido y avancé sintiendo el confortable peso de la 38 en los riñones. Al final del pasillo se distinguía una débil luz filtrándose por la rendija de una puerta, pero antes de entrar escuché para cerciorarme de que no había nadie al otro lado. Empujé despacio y me encontré en una pequeña habitación donde lo único que había era un contenedor del que salía frío. Identifiqué el ruido con voces y risas alborotadas, pero en un segundo empuñé la 38 cuando me llegó el espeso y metálico olor de la sangre. Entonces me acerqué al contenedor y lo abrí despacio para quedarme horrorizado.

Sabía cazar y despedazar animales desde niño, había visto cuerpos humanos desmembrados en la guerra y también maté, aunque siempre limpiamente; allí dentro, meticulosamente envueltos en plástico, había al menos los de cinco mujeres: extremidades y troncos abiertos, pero no las cabezas. Cerré notando que me temblaban las rodillas. Si aquello era obra de los Dwarf, las alimañas son muy distintas a los monstruos.

Me calmé y fui hasta la estrecha escalera en una esquina. el olor a sangre aumentó cuando bajé con la 38 por delante y pensando que Tucker realmente fuese buen entendedor. La escalera acababa en otro oscuro y corto pasillo que, según la orientación, ya se metía en lo que debía de ser la mina y conducía a una única estancia al fondo. Me di cuenta de que me descubrirían si alguien salía de allí porque no había posibilidad de esconderse o retroceder a tiempo para volver a subir. Si había reunión familiar, no creí poder dar explicaciones convincentes de mi presencia allí, y visto el contenedor de arriba, pensé en muchas consecuencias por mi curiosidad, pero nunca lo que me aguardaba cuando, pegado a la pared, avancé hasta un ventanuco junto al quicio de la puerta y eché un rápido vistazo.

Era el perfil de alguien asomado por un agujero de otra pared. Otro vistazo más detallado me cortó la respiración: no era alguien asomado, sino la cabeza, con una caperuza roja, de una muchacha y, a continuación, otras también de chicas y grotescamente caracterizadas de personajes de más cuentos como Rapunzel. Había una con la traza de un príncipe y la de un lobo auténtico. Pero esa visión quiso retenerme los ojos para no enfrentarme con la que realmente significaba el más dantesco horror imaginable.

Aquellos monstruos tenían sobre una mesa el cuerpo de Margot Lohr, vestida como Blancanieves, descuartizado y abierto en canal y, entre risas desquiciadas y obscenidades sobre un baño de sangre, lo devoraban con bocados de fieras salvajes.

Ilustración de Jordi Ponce

Ciego de espanto corrí de vuelta hasta la escalera y a punto estuve de disparar a Tucker, que, entrando desde el pasillo exterior, levantó las manos y retrocedió cuando me vio. Yo bajé la 38 y le señalé el contenedor al tiempo que me llevaba un dedo a los labios para que guardara silencio. Tucker también tardó cinco segundos en cerrarlo, desenfundó su arma y me miró espeluznado.

—Abajo está el infierno —murmuré indicándole que saliéramos fuera porque necesitaba respirar como nunca en mi jodida vida.

Bob Bluebeard había cantado cuando Tucker se había pasado por su local como por casualidad. Con sus antecedentes sobre ataques a jóvenes, por los que ya había pagado con doce años en prisión que no quería repetir, fue rápido en quitarse las sospechas que Tucker dejó caer. Juró y perjuró su completo desconocimiento sobre el paradero de las chicas, solo que simplemente había contestado a Sadman Dwarf cuando se había interesado por un par de ellas. Ignoraba lo que Sadman hubiera hecho con aquella información. Eran socios desde que Sadman se había presentado con un millón en efectivo para comprarle el local y él lo había convencido para que fuese una inversión y así sacar beneficios ambos. Pero de asuntos personales de su socio nada de nada: lo único que sabía era que le gustaban las jovencitas muy jovencitas, a él y a los hermanos. «Serán enanos pero no son idiotas, teniente», había querido bromear al final sin conseguir borrar el gesto pétreo de Tucker.

Sí que les gustaban las jovencitas, tanto que se las comían.

—He venido con dos patrullas —dijo Tucker—. ¿Pero qué coño pasa? Lo que hay en ese…

—Las chicas, y también Margot Lohr —contesté apenas con voz—. Llama a tus hombres. Lo único que podemos hacer con esas bestias es bajar ahí y no dejar de disparar. Te aseguro que más o menos sangre no se notará. Y, ¡joder!, no voy a ser yo solo quien tenga el puto recuerdo de lo que he visto.

Tucker no se lo pensó tampoco y avisó a los suyos. Les dije que nos siguieran porque solamente había ese camino para llegar hasta los Dwarf. Así que mientras dos agentes se quedaban en el cuarto del contenedor, otros dos bajaban tras nosotros.

La espeluznante orgía caníbal de los enloquecidos hermanos continuaba y Tucker tuvo suficiente con atisbar la primera cabeza colgante mientras gritaba y yo echaba la puerta abajo de una patada. Después multiplicamos el infierno por diez.

Lavinia nunca supo cómo murió Margot, por lo menos lo más terrible, aunque solo tuvo que imaginar. La prensa sí fue prolija en detalles, pero el departamento de policía consiguió que se omitieran los más tremebundos. Y lo que se publicó fue la terrorífica historia de aquellos extraños hermanos que habían resultado ser unos locos asesinos en serie, obsesionados por los cuentos y películas infantiles, de los que se encontraron centenares de ejemplares y copias bajo el siniestro sótano cuando lo registraron después de la matanza.

John Snowy quedó devastado cuando se enteró del fatal desenlace de Margot y se marchó de la ciudad al poco tiempo, incapaz de seguir allí un minuto más. Pero fue Lavinia la que sintió tanto aquella pérdida que no tardó ni un mes en abandonar la mansión y las riendas del imperio Lohr. No pudieron acusarla de nada porque, públicamente y ante los abogados de ambas partes, renunció a la herencia que le hubiera correspondido.

—¿Adónde vas? —le pregunté cuando apareció otra mañana, esta vez en la puerta de mi apartamento.

—A volver a ser Lavinia Parker —contestó con la mirada escondida tras unas gafas de sol. Llevaba unos pantalones negros de talle alto y una camisa blanca de escote perturbador.

—Pues ya sabes que si me necesitas, se me da bien encontrar a la gente. —Quise hacerla pasar pero se negó.

—Lo siento de verdad, Lloyd.

—¿Por qué? —me sorprendí.

—Por los peores recuerdos que te haya supuesto.

—Te aseguro que tú no me has supuesto ningún mal recuerdo.

—Pero sí los Lohr, por estar malditos.

—De eso no tienes la culpa y las cargas son menos pesadas cuando se comparten.

—Nunca podríamos compartirlas. Tú siempre te negarías y yo siempre te las recordaría. —No repliqué y ella me lo agradeció con su fascinante pero muy triste sonrisa y besándome en los labios—. Lo seguirás haciendo todo mucho mejor solo y ha sido más que excitante acariciar a un lobo.

—Sí, verdaderamente ha sido todo al revés —murmuré cogiéndole la mano y manteniéndosela entre las mías—. Pero ya sabes dónde estoy.

Ella solo asintió, me besó de nuevo, se soltó y se marchó. Yo volví a mi cubículo. A intentar dormir. Difícil.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Julio, 2013

Me llamaban Perro Negro

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Negro

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo. La ilustración es propiedad de Verónica Mercader Vera. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Me llamaban Perro Negro.

Ilustración de Verónica Mercader

Me llamaban Perro negro por mi pelo y ojos oscuros. Vivía en la carretera, viajando de un sitio a otro, quizás porque muchas veces deseaba notar la lluvia cayendo sobre mí, sentir el agua bendita o púrpura del cielo, o me quedaba el tiempo que fuera esperando un día soleado cuando me cansaba de esa lluvia, sobre todo la de noviembre. Pero en especial porque me gustaba conducir entre interminables campos de fresas y oro. Además, casi todas las ciudades por las que cruzaba parecían decirme “bienvenido a la jungla” e, instintivamente, me veía de vuelta al pasado, a aquella suave nana que me susurraba mi madre. Apenas recuerdo los ojos de mi padre.

Me marché muy joven con el firme propósito de que otro mordiera el polvo si me iban mal las cosas y tratar de no pisar jamás la prisión de Folsom. Decidí también que, donde el destino me llevara, las calles no tendrían nombre, las escuelas serían de calor y solo habría coches y chicas. Y si las luces de la ciudad lograban deslumbrarme, entonces sí me detenía una temporada y me convertía en el hombre del piano en cualquier local donde hubiera uno.

Una noche conocí a Roxanne y sé que llamé a las puertas del cielo. Pero no terminé de fiarme porque ya me creía el rey del dolor en cuanto a lecciones de amor. Sin embargo, cuando los corazones se meten en problemas, no atienden a la razón y no importa nada más.

—¿Crees que soy sexy? —me había preguntado con la voz de terciopelo y el cuerpo de una diosa.

Se vino conmigo hasta Santa Mónica, se confundió con aquellas hermosas chicas de California, y con mi música y su voz conseguimos todo el dinero para quemar en mil y una fiestas, pero también en demasiado alcohol y cocaína. Porque, embriagados de aquella locura, pensamos que quién quería vivir para siempre si no era así de intensamente, aunque fuera recorriendo una autopista hacia el infierno. Así que aquella simpatía por el diablo y sus brillantes disfraces nos acompañó durante algún tiempo hasta que se terminó el dinero y, con él, los días de gloria. Y también porque Jeremy me encontró.

Jeremy, un antiguo socio y amigo de la infancia, fue uno de los que mordieron el polvo cuando nos quisimos convertir en soldados de fortuna de manera poco ortodoxa y nada legal. Nos perdió una ocasión inesperada: que Janie tuviera aquella pistola y que el amor que le profesábamos ambos cortara como un cuchillo. Jeremy acabó en la cárcel cuando ella lo traicionó por preferirme a mí. Y un hombre con el corazón agujereado puede ser muy peligroso. Pero al principio, cuando Janie y yo huímos juntos, pensamos que nuestro túnel de amor no tendría fin. Lo que uno piensa cuando se cree joven para siempre hasta que crece o se da cuenta de que realmente lo que siente está cargado de veneno.

Durante un largo tiempo, y con el calor del momento, Janie y yo nos perdimos por mil sitios. Se subía al coche, «pon la radio bien alta», decía, y tarareaba cualquier canción. Yo conducía y la escuchaba a ella. Toda la costa oeste, una larga estancia en la Baja California tocando en el Cabo Wabo, un enorme local casi en la frontera con México. «Bajemos hasta Panamá o ¿por qué no nos vamos a Europa? Lleguemos a Amsterdam, saltemos hasta la India, volemos a Cachemira», fantaseaba cada día. Lo mío eran desvaríos más que palabras: «Me hicieron para amarte, seré tu hombre para siempre…». Y así docenas de noches locas, amor en ascensores, en camas de rosas, e infinitas cosas salvajes más. Libertad era la única palabra que nos importaba y nos ataba al mismo tiempo.

Pero un día, colgada a mis caderas, me susurró que se había cansado, que yo no quería más que vagabundear, que me faltaba la ambición que le sobraba a ella, que solo me conformaba con la satisfacción de un piano, de guitarras o de aquel sexo desenfrenado que a veces me hacía parecer más un animal que un hombre. Y me dejó. El único alivio fue que al menos no me traicionó. Nunca más supe de ella. El remedio fue de nuevo la larga carretera hasta encontrar aquel refugio para corazones rotos donde conocí a Roxanne.

Pero la gran bola de fuego que se había prendido y yo había querido olvidar dio con nosotros. Jeremy me alcanzó justo en la costa, donde Roxanne y yo gastábamos los últimos billetes, a la vez que se desataba un huracán y 5150 relámpagos iluminaban el cielo. Los veleros sobre la superficie del mar casi se partieron en dos y yo sentí las alas rotas cuando comprendí que aquel era un viento de cambio o tal vez el fin, yo que me había creído invencible. Y como si Roxanne lo hubiera presentido mucho antes, también se esfumó como humo en aquella agua tan revuelta.

—¿Qué harías si hoy fuera tu último día? —fue lo que me dijo Jeremy cuando apareció a mi espalda junto a otros dos fieros rostros. Él, sin embargo, tenía ojos tristes.

Yo respondí encogiéndome de hombros:

—Antes de que me acuses de algo, sabes que yo no te traicioné. Pero si has venido para ajustarme las cuentas, adelante, termina lo que empezaste.

—¡Yo no empecé nada!

—Es verdad, fue Janie, pero también me abandonó a mí. Y ahora acaban de dejarme otra vez.

—No me das ninguna pena.

—Ni lo estoy pretendiendo.

Entonces Jeremy pareció reflexionar un momento y luego dijo:

—Bien, compartamos lo que sabemos y a quienes conocemos, escarbemos en su suciedad, y así, quizás, tengas otra oportunidad. O no. De cualquier modo creo que no te queda otra alternativa o, mejor dicho, sí te queda una: la bala que aún puedo meterte justo entre los ojos.

Así que no tuve elección.

—De acuerdo, allá vamos otra vez.

Y los chicos volvieron a la ciudad, regresaron los planes hasta el amanecer, la previsión de encrucijadas de escape, la impresión de tocar el techo del mundo de la oscuridad. Quizás no merecía la pena salvarme, pensé entre pistolas y rosas, unas rosas sin muchas espinas que nos dieron Keighly, Sarah, Jane, Amanda, Carrie… Cómo me sentí caer libre sobre ellas sin preocuparme por nada más que disfrutar. «Sí, no haré del amor una condena. Además, nunca lo he estado buscando y ya he visto que cuanto más profundamente lo he sentido, más fuertes han sido también la emoción y el dolor», fue mi mantra. Así que solo me dediqué a buscar la erupción del placer, regresar a lo más negro de una existencia que nunca había tenido colores. Pero al mismo tiempo, e inconscientemente, también me sorprendí en algunos momentos viviendo en una oración que a veces pronunciaba en susurros descuidados. Entonces me rebelaba y me gritaba en silencio: es mi vida, aunque pueda estar al principio del final de la cuenta atrás. ¿Pero y si existiera una escalera hacia el cielo?, ¿y si pudiera volar como un águila hasta ella?, ¿y si pudiera encontrar lo mejor de ambos mundos o un equilibrio?

Y entonces aquel pensamiento se fue haciendo cada vez más urgente. Sin embargo, la amenaza de Jeremy, el sabor del riesgo, de la aventura, de las amantes fáciles, del dinero para nada más que caprichos, eran motivos demasiado poderosos como para pensar en abandonar.

«Bah, deja que sea así, sueña, cabalga hasta la extenuación mientras tengas suerte. Ya dormiré cuando esté muerto», me repetía sin descanso cada nuevo día con una nueva promesa de excitación ante lo desconocido por muy peligroso que se presentara. Y así lo hice. O lo intenté. Hasta aquel día.

Verano del 69. Un golpe planeado casi a la perfección. Yo al volante, como siempre. Un Mustang azul metalizado robado tres días antes, margen suficiente de tiempo y distancia para que no pudieran seguirnos la pista. Sin miedo, solo adrenalina pura y dura corriendo por las venas, aunque mantuviéramos la sangre fría. Confianza por los últimos éxitos. Gastos cubiertos por una buena racha la noche anterior en una partida amañada en un tugurio conocido de la zona. Con muy poca suerte, el botín sería espectacular; con mala, nos caerían muchos años, pero imposible parar de vivir al límite.

Mañana templada y nervios controlados. Un último repaso al plan. Yo me sabía de memoria las rutas de escape y todas las salidas a la interestatal. Calibradas las posibilidades de imprevistos o errores, desechados los imponderables.

Mediodía. La calle no era principal, la sucursal era pequeña, la del barrio. La habíamos estudiado bien durante días. Cuatro empleados, el director, seguridad mínima. No tardaríamos ni diez minutos. Pistolas cargadas, pero aún no las habíamos tenido que usar. Jeremy, Joe y Bryan se bajaron del coche y entraron. Me di cuenta de que los nudillos se me habían puesto blancos de la fuerza con la que agarraba el volante. Me sorprendí. Había estado en aquella situación suficientes veces como para saber controlarme, así que ¿por qué se me agarrotaban las manos?, ¿una intuición? Me quise olvidar, me puse las gafas de sol, pero no me equivoqué. Miradas rápidas al frente, al fondo de la calle, al tráfico tranquilo y fluido, a los peatones, al espejo retrovisor, a los laterales. Nada inhabitual. Entonces una chica, o mejor dicho, aquel ángel de pelo color miel y ojos como el cielo, apareció por la esquina con prisa, se miró el reloj de pulsera e hizo un gesto de alivio antes de llegar a la puerta. No sé cómo fui capaz de distinguirle un tatuaje en el dorso de la mano. Y al mismo tiempo que maldije entre dientes, mi corazón había contestado a la pregunta de cuándo es amor de verdad, así, sin más, en aquel único instante. Eso y no pensarme en absoluto bajar del coche para evitar que abriera fue todo uno.

Sujetarla por el hombro tan firme como suavemente fue como abrir el séptimo sello ante aquellos ojos sorprendidos pero que chispearon por un momento con ese tipo de magia que solamente se ve una vez. Entonces me sentí como un hombre en una misión desconocida e irresistiblemente poderosa.

—Acaban de cerrar —musité, pero supe que ella, por mi tono grave y la electricidad que transmitieron mis dedos, me entendió. Yo me asombré más porque podía leerle el pensamiento y adelantarme a su pregunta—. Será mejor que vengas conmigo.

Entonces se oyó el disparo y se desencadenó el caos. Su grito se ahogó cuando tiré de ella. En dos segundos la había metido en el coche para arrancar y quemar rueda al acelerar después de decirle que se sujetara. Otros dos segundos y por el retrovisor vi salir corriendo a Jeremy y Joe, desconcertados cuando no encontraron el coche. Me descubrieron al girar bruscamente y enfilar la calle opuesta a la prevista de escape. Aceleré más y la chica volvió a gritar cuando nos dispararon. Pero yo ya miraba al frente y me parecía que las ruedas no tocaban el asfalto.

—No te asustes. —Sé que dije.

—¡Eres uno de ellos! —Me chilló el ángel con los ojos desorbitados.

—No te asustes, por favor, no voy a hacerte nada.

—¡Déjame, déjame bajar!

La miré en un pestañeo.

Lo siento, perdóname, pero es que he visto el cielo en medio del infierno. Acabo de salir de allí. Tú me has sacado. No te haré ningún daño. No sé qué ha pasado, qué has desencadenado. Creía tener nueve vidas pero no tengo nada. Soy un mentiroso, pero sé que tú no tienes miedo ni me lo tendrás.

Todo eso dije sin palabras en ese instante y ella lo vio. Se calló y estuvo así hasta que la ciudad se convirtió en hierba y el cemento en montañas y rosas del desierto. También el aire dejó de tener color.

—¿Cómo te llamas? —me atreví a preguntar cuando estuvimos lo suficientemente lejos.

—Layla —murmuró—. ¿Y tú?

—Dame el nombre que quieras.

—Eric.

Y en Eric me convertí.

Layla también perdió una existencia que ocultaba después de haber huido de su casa hacía dos años, con su familia de padre alcohólico y madre que no había sabido luchar contra él, un hermano desaparecido en Vietnam y un exnovio hijo de puta que le había levantado la mano y la seguía buscando. Había ido a parar allí, muy lejos de todo. Vivía en un pequeño apartamento y daba clases a niños de primaria en una escuela de barrio donde también había hecho algunas amigas. Y poco más. Entonces se le cruzaba un malnacido como yo, pero, más que asombrada, efectivamente no se asustó porque ya había sentido más que suficiente miedo. La cuestión fue que el exnovio había dado con ella aquella misma mañana. Layla solo había cogido su bolso y había corrido hacia el banco para sacar el poco dinero ahorrado en ese tiempo.

—No te faltará nada y estaré dos pasos detrás —fue la única frase con la que concluí su relato.

Nos detuvimos al fin cuando la noche fue lo único que nos dio caza. Un motel sin nombre donde los ángeles no se atreven a aventurarse salvo aquél conmigo.

—Creo que he estado esperando a una chica como tú toda la vida —le dije nada más entrar en la habitación. Y a pesar de mi mala experiencia pasada, sentí verdaderas aquellas palabras—. No sé cómo pero para ti, lo creas o no, sí estoy preparado.

Layla no me dejó seguir y el después fue asombroso, así que ¿por qué eso así, tan repentino y tan intenso, no podía ser amor?, ¿qué más da que durase una noche o una eternidad si nos dimos todo?

Y con lo que era más que un sentimiento viajamos por el país. Cada vez que respiró, Layla me hizo mantener la fe en que quizás sí podía existir ese milagro de amor.

Fuimos Layla y Eric, Alison y Elvis, Angela y Richard, Maggie y Rod. El ayer no importó y se lo llevó el viento. Siempre quise cogerle la mano y dejé de ser un hombre de hierro, un perro de caza nacido solamente para correr o caminar por el lado más salvaje. Nos convertimos en uno cada vez que nos amamos y me lo dio cada vez que le pedí refugio. Cruzamos todos los puentes sobre los ríos más peligrosos y borró siempre los rastros de mis lágrimas. El tiempo que estuvimos juntos fue como una canción de redención. Olvidé las supersticiones aunque a veces quisimos viajar en trenes misteriosos donde los sonidos del silencio nos ensordecieron hasta casi aturdirnos. La quietud de la noche siempre nos protegió cuando pudimos sentir temor.

Layla no dejó de ser un ángel pero también lo fue terrenal. «¿Sabes? Nunca he querido a un hombre del modo que te amo a ti», me dijo un día en que nos habíamos convertido en fuego y lluvia al mismo tiempo y el mundo realmente pareció maravilloso y todas las ciudades el Paraíso.

Nunca supe qué fue de Jeremy y los demás, tampoco me importó y acabé por olvidarlos. Tampoco nos encontró el exnovio que perseguía a Layla. Los mil nombres que tuvimos y nos escondieron nos los dio la música que me salvó y que ya no dejé de tocar para demostrarle a Layla que tampoco dejaría de adorarla. Así que lo que sí sé bien es que en el cielo solo debe de haber lágrimas por habérmela llevado.

Mariola Diaz-Cano Arévalo

La sombra en los dibujos

Autor@:

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato negro

Rating: +14.

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La sombra en los dibujos.

Habían pasado dos meses desde que decidió que había llegado el momento de hacer justicia y, aunque todo había empezado a mejorar en el cuerpo, todavía quedaba mucho por hacer.

El comisario había abierto una investigación secreta para encontrar al supuesto topo infiltrado, con tan buena intuición que Vincent estaba al mando. Desde aquella posición nadie dudaría de él, podría seguir trabajando y llevar a cabo su plan. Lo único por lo que temía era que inculparan a alguien inocente.

Pero, lo que realmente le preocupaba en ese momento eran las decenas de cartas que estaba recibiendo. Hacía dos semanas que habían empezado a llegar. Todas eran del mismo emisor anónimo y, en ellas solo enviaba dibujos hechos por niños. Dibujos aterradores en los que el protagonista era un hombre muy alto, vestido completamente de negro, como si fuese una sombra, con una sonrisa siniestra. Y a su alrededor, niños escondidos, con expresiones tristes.

Desde el mismo día en que comenzaron a llegar las cartas, niños de todos los pueblos vecinos habían empezado a desaparecer; los rumores asustaban a la gente.

La prensa hablaba de un hombre misterioso; algunos decían que era extranjero, otros que no tenía rostro y algunos decían que era un fantasma. Pero, todos se pusieron de acuerdo en llamarle “el hombre del saco”.

–Malditos sensacionalistas –Vincent cerró el periódico y dio la última calada de un cigarrillo demasiado apurado–. Están metiendo miedo a la gente, cuando deberían calmarles.

–No, señor. Ellos esperan que usted lo haga –respondió su ayudante desde la puerta–. La gente reza por que encuentre a ese hombre.

–Javi, pasa –apartó unas carpetas que tenía sobre la silla más cercana–. Siéntate, quiero hablar contigo en privado.

–Si necesita que cambie cualquier cosa de mi comportamiento, solo tiene que indicarlo.

Vincent observó a su compañero con una sonrisa en los labios. Aunque era mucho mayor que él siempre había estado a la sombra de un superior, merecía algo más que aquello. Por consiguiente, se mostraba un tanto reservado y siempre dispuesto a cumplir una orden.

–No te preocupes –continuó el Inspector–. Mi intención es darte un poco más de autoridad en esta oficina –el rostro de su ayudante se iluminó–. Empezando por ayudarme con la investigación del caso de las desapariciones.

–Le agradezco mucho la confianza que ha depositado en mí, señor. Le aseguro que estaré a la altura.

–Estoy seguro. Pero, ahora hablemos del caso. Las cartas que me están enviando se amontonan cada día sobre mi mesa, y no parece que saquemos nada de ellas.

–El emisor, aunque sea anónimo, debe ser “el hombre del saco”.

–Sí, debemos suponerlo. Aunque preferiría no llamarlo así, eso supondría darles alas a los periodistas.

–¿Secuestrador de niños? –propuso Javier.

–Dejémoslo en secuestrador. Lo que nos debería importar principalmente es intentar averiguar dónde están esos niños, cómo los embauca y porqué lo hace.

Vincent se levantó y sacó todos los dibujos que le habían enviado de una carpeta grisácea. Los colocó por orden de llegada en una de las paredes para analizarlos uno a uno.

–Los primeros eran más simples, ¿verdad? –puntualizó Javier.

–Efectivamente, en ellos solo hay un par de niños. Después, poco a poco aparecen más –se rascó la nuca con los dedos fríos, dándose un pequeño masaje–. Me gustaría que no fuese así, pero sospecho que obliga a los niños nuevos a dibujar la primera impresión que han tenido de aquel sitio.

–Eso explicaría el número ascendente de niños en los dibujos.

–Sí, pero ¿dónde puede estar escondiendo a tantos niños?

El comisario había dado órdenes a todos los agentes de que el caso era de máxima prioridad. Cientos de fábricas, almacenes, granjas y edificios habían sido inspeccionados, pero no encontraron nada.

»¡Aquí tiene que estar lo que buscamos! –exclamó, mientras inspeccionaba cada detalle– En estos dibujos debe haber algo que no estamos viendo.

–Es solo cuestión de tiempo, Inspector.

–Y de esfuerzo… –si quería encontrar a los niños debía ser práctico, empezar por descubrir dónde podían estar– Distribuye los dibujos entre los agentes, que cada uno se encargue como máximo de tres ilustraciones. Facilítales toda la información que tenemos, y si encuentran cualquier cosa, que me lo comuniquen personalmente de inmediato.

–Sí, señor –hizo una pequeña reverencia con la cabeza y salió por la puerta dando las instrucciones.

Todo el mundo hablaba del secuestrador, pero nadie lo había visto. Cada día que pasaba el número de desaparecidos aumentaba y, aunque los colegios extremaban las precauciones y muchos padres no dejaban salir a sus hijos de casa, seguía aumentando.

Desaparecían por la noche, cuando todo el mundo dormía. Sin gritos, sin llantos, sin ningún rastro de forcejeos.

–¿Acaso los niños quieren ir con él? ¿Qué les puede ofrecer? –murmuraba Vincent, mientras cientos de ideas volaban por su mente– No, debe suministrarles algún tipo de droga. Maldito canalla.

Ilustración de Rafa Mir

Se encendió otro pitillo, cada vez le duraban menos. Lanzó la cajetilla vacía hacía la papelera, pero cayó fuera. Al levantarse para recogerla, vio que una mujer lloraba desconsoladamente en la entrada de la comisaria.

Era muy joven, con el cabello ondulado de color castaño cobrizo y ojos oscuros enrojecidos por el llanto. Llevaba un abrigo tartán de tonos marrones que marcaba su figura esbelta. Vincent supo al instante por qué lloraba, por qué estaba allí y quien era el culpable. Se acercó hasta ella rápidamente:

–Señora, soy el Inspector Vincent Barrett. Acompáñeme, por favor.

Sin decir ni una sola palabra, asintió y siguió sus pasos. Los agentes ya trabajaban con los dibujos encima de las mesas, revisando los detalles de cada uno de ellos, gritando y anotando hallazgos evidentes.

Al entrar en su despacho, se dio cuenta de que necesitaba poner en orden todos los archivos, puesto que la mesita junto al sofá estaba llena de documentos. Cogió algunas carpetas y las movió a la silla que previamente había limpiado para su ayudante.

»Siéntese –dijo señalándole el sofá. La mujer todavía sollozaba, limpiando sus lágrimas con un pequeño pañuelo de color rosado. Apagó el cigarrillo en un recipiente repleto de colillas.

Los ojos de la mujer eran tan oscuros como una noche sin luna. Sus labios, brillantes por el carmín, estaban bañados por sus lágrimas. El Inspector preparó un vaso de agua de su jarra de vidrio y lo depositó en sus manos temblorosas.

–Beba un poco, verá cómo se tranquiliza –musitó. Desprendía un aroma dulzón, de alguna fruta exótica, y comprobó que en sus dedos no había alianza. Joven, guapa y aterrorizada–. Cuando recupere el aliento, puede usted explicarme todo lo que le preocupe.

–Mi hijo ha desaparecido –susurró entrecortadamente.

Vincent se sentó a su lado y puso su mano en el hombro de la joven. Temblaba, su respiración era irregular y las lágrimas no paraban de caer por sus mejillas.

–Sé que es una situación muy difícil, pero necesito que me explique todo lo que pueda saber. Supongo que ha oído hablar del secuestrador de niños –los ojos de la mujer se abrieron excesivamente–, no podemos confirmar que tenga también a su hijo, pero cualquier dato será indispensable para resolver el caso.

–Lo entiendo. Por eso he venido rápidamente al ver que mi hijo no estaba en casa. Las puertas estaban todas cerradas y nadie ha escuchado nada. La habitación está en perfecto estado…

–Todos los casos del secuestrador son así, señorita –la joven apartó la mirada, incómoda–. Pero no podemos descartar otros posibles culpables. ¿Sospecha usted de alguien?

–Creo que sí…

Vincent se levantó para coger su pequeña libreta y anotar todos los detalles. Había aprendido a apreciar los datos más importantes, pero sabía perfectamente que algunos pasaban desapercibidos al principio y, por eso, era importante apuntarlo todo. Se apoyó sobre su escritorio y prosiguió con la entrevista.

–Dígame cómo se llama su hijo.

–Dios mío, ni siquiera le he indicado mi nombre. ¡Discúlpeme! –ocultó su rostro con la palma de la mano. Acto seguido, se levantó y la tendió para presentarse– Mi nombre es Sofía Maymir, encantada de conocerle.

–Mucho gusto.

–Mi hijo se llama Hugo Maymir, tiene siete años –Vincent anotó el nombre mientras arqueaba una ceja. Sabía que en el presente no estaba casada por la falta de alianza, pero se preguntaba por qué estaba sola una mujer tan encantadora–. Por desgracia su padre murió meses antes de que él naciese, así que ni tan solo pude ponerle su apellido.

–Lo lamento. Es una crueldad que un hijo no conozca a su padre.

–Gracias, Inspector. Pero más cruel sería que yo no recuperase a mi hijo –se sentó de nuevo y bebió un poco de agua–. Ayer, Hugo me explicó que un hombre le había jurado que le llevaría con su padre, que estaba escondido en el bosque.

–¿Le dijo como era ese hombre? ¿Dónde hablaron?

–Solo dijo que era un hombre alto, vestido con un traje negro. Y, no sé dónde hablaron, no entiendo cómo pudo pasar. En el colegio tienen medidas de seguridad extremas desde que empezaron las desapariciones, y al salir vamos directos a casa.

–Entiendo. ¿Cómo reaccionó usted?

–Pues, cuando escuché aquellas palabras me horroricé. Había oído hablar del secuestrador de niños y en seguida me puse en lo peor. Le dije que no volviese a hablar con ese hombre, que era un mentiroso y tremendamente peligroso. Se echó a llorar y me juró que no lo haría… –respiró hondo antes de continuar su discurso– Pero, creo que ha sido él mismo el que ha salido de casa.

–¿Cree que Hugo se ha escapado?

–Sí, así es. Ver a su padre es lo que siempre ha deseado. Aunque me duela, sé que mis palabras no sirvieron de nada –sacó de nuevo el pañuelo y se secó las lágrimas–. Puede que me equivoque, pero lo único que me importa es recuperar a mi hijo.

Parecía tan fuerte, pero tan abatida al mismo tiempo, que Vincent no pudo evitar sentir una tristeza inconcebible. Observó a la mujer, todos sus detalles; su pelo, su ropa, sus manos. ¿Cómo una mujer sola podía cuidar de su hijo y de ella misma en aquellos tiempo? ¿Cómo conseguía salir adelante?

Un agente abrió la puerta sin previo aviso, con una carta en su mano y gotas de sudor cayendo por la frente. Su rostro estremecido reflejaba terror y sus ojos miraban fijamente a Sofía.

–Entre, por favor.

–Inspector, ha llegado otra carta –se la entregó con la mano temblorosa–. Anónima, como todas.

–Puede retirarse…

Dentro del sobre había un dibujo. Un dibujo como el resto, con una gran sombra central y niños a su alrededor. Pero, a diferencia de las otras ilustraciones, en esta había detalles de los niños dibujados; el color del cabello de los niños, su ropa. Uno de los niños llevaba una H en su camiseta, otro llevaba un animalito dibujado, detalles que podrían ayudar a su identificación.

–Este parece ser el niño nuevo –le dijo a Javier, que había entrado a la habitación–. Es la primera vez que aparecen detalles, y es mucho más bajo que el resto.

–¿Puedo verlo? –preguntó la mujer, apretando el pañuelo rosado entre sus manos. Si aquel era el niño nuevo, probablemente sería su hijo.

–No creo que sea una buena idea, señor.

–Por supuesto que lo es, podría reconocer a alguno de los niños. De hecho, uno de ellos podría ser su hijo.

Le entregó el dibujo, y observó cómo su rostro se descompuso rápidamente. Debía tener cuidado, sabía perfectamente que a veces las personas identificaban a sus seres queridos desaparecidos, aunque realmente no fuesen ellos. Pero, tenía que confiar en ella, era lo único que tenía para avanzar en el caso.

»¿Reconoce a alguien?

–Mi hijo… –susurró, señalando al niño de la camiseta con la inicial– Es Hugo, es su camiseta.

Vincent cogió de nuevo la libreta y anotó la información en ella. El niño tenía siete años, y la mayoría de los niños desaparecidos tenían entre 7 y 10, por lo tanto tenía sentido que su estatura fuese inferior. A pesar de ello, su dibujo estaba lleno de detalles, y por primera vez transmitía algo más que siempre terror.

»A Hugo siempre le ha gustado mucho dibujar –añadió Sofía, entre sollozos–. Incluso pintaba con los dedos en el suelo del jardín… No puedo creer que ese dibujo sea suyo, mi hijo –se cubrió el rostro con las manos y desahogó sus lágrimas.

–No se preocupe, señorita. Le prometo que encontraremos a Hugo, le prometo que volverá a dibujar en su jardín –Javier le miró, juzgando sus palabras. Sabía que nunca debía prometer algo que tal vez no pudiese cumplir, pero qué narices, su deber también era brindar apoyo a los familiares.

–Javi, enseña este dibujo a todos los agentes, que busquen similitudes con las ilustraciones que están analizando. Cualquier detalle similar nos puede ser de gran ayuda. Repasa los informes, busca la información de la ropa que llevaba cada niño, y llama a los padres de aquellos que no dieron esos datos.

»Quiero información sobre el color de cabello, ropa, gafas, cualquier elemento característico. Cuando la tengas pásala a los agentes, que hagan las comparaciones. Creo que este dibujo nos dará la verdad del caso.

–Señor, ¿quiere que le comunique las novedades al comisario? –preguntó el ayudante.

–No, yo mismo le llamaré. Quiero que envíe a unas cuantas partidas a inspeccionar el bosque. Tengo el presentimiento de que hemos pasado por alto algo importante; buscábamos un sitio grande, dimos por supuesto que los cogía por la fuerza, aunque no había pruebas de ello. Creo que simplemente les prometía aquello que deseaban, y ellos mismos le seguían.

Sofía le miró con los ojos llenos de lágrimas, repetía sus palabras, iba a buscar a su hijo allí dónde el hombre le juró que encontraría a su padre.

»Tal vez está en una simple casa de campo, más grande que un hogar común pero pequeño para llamar la atención. No debemos olvidar que son niños, pequeños, no ocupan mucho sitio y puede tener colchones en el suelo para que duerman todos juntos. Quizá sea como un campamento para ellos, esperando el momento de recibir lo prometido. ¿Y si es él mismo el que decide qué sale en los dibujos? ¿Por qué hoy hay detalles y hasta ahora no había?

–Señor… –intervino Javier sin poder seguir.

–De hecho, creo que él mismo ha decidido que ha llegado la hora de encontrarle. Y le encontraremos. Reparte el trabajo entre los agentes, por favor.

–Entendido, Inspector.

Su ayudante salió con el dibujo en la mano, y todos los agentes se levantaron al verle. Parecían un gran equipo, hacía tiempo que no les veía tan unidos. Los peores casos servían para aproximar a las personas, no solo del cuerpo, también del pueblo. Todos los padres se ayudaban para tener a los niños siempre vigilados, y aquellos que tenían a sus hijos desaparecidos se sentían respaldados por el resto de la población. Aunque no era el momento de pensar en aquello, Vincent se alegró porque todos estuviesen tan unidos.

–Señorita Maymir, su testimonio ha sido de vital importancia. Pero, lamento decirle que ahora necesito despedirme de usted. Le prometo que encontraremos a su hijo, muchísimas gracias por su ayuda –se acercó a ella y le tendió la mano, pero ella le ofreció un abrazo. Los brazos de la joven rodearon su cuello, y sintió con más intensidad aquel aroma tan embriagador. Todavía temblaba, y las lágrimas seguían acariciando sus mejillas, pero una sonrisa iluminaba su rostro.

–Muchas gracias, Inspector. Ojalá pueda encontrar a todos los niños.

Y se fue, atravesando la habitación con pasos tan delicados que parecía flotar. No pudo evitar observar como contorneaba sus caderas, pensando una vez más, que una mujer tan bonita y buena no debería vivir tan sola. Así era aquel país, aquel mundo, donde los hombres morían jóvenes y dejaban mujeres solas criando a sus pobres hijos.

Pasó todo el día en su despacho, hablando con el comisario, con su ayudante, con agentes que iban y venían enseñándole nuevos hallazgos. Cada vez estaban más cerca de descubrir el paradero de los niños, pero la búsqueda en el bosque sería larga. Vincent intentaba analizar cómo había podido ocurrir todo aquello. Era evidente que el hombre había utilizado una ilusión diferente para cada uno de los niños, por tanto, había podido observarlos o tenía información sobre todos ellos. Quizá era el conserje de alguno de los colegios, pero, ¿cómo tenía acceso a la información del resto de niños? Tal vez era maestro de música, de arte o de literatura. Pero, no podía suponer nada de todo aquello. Quizá era simplemente un hombre que observaba a los niños en el parque y se hacía amigo de ellos. O, tal vez era una mujer. Todas las hipótesis llenaban su cabeza y el humo de los cigarrillos que había fumado aquel día inundaba el ambiente de su despacho. Tenía los ojos rojizos cuando su ayudante entró con un plato de ensalada, un filete de carne, un trozo de pan y una pieza de fruta, acompañado con un vaso de vino y una jarra de agua fría.

–Muchas gracias, Javi. Esta noche me quedaré aquí, por si hay alguna novedad.

–Perfecto, señor. Si me necesita estaré en mi mesa repasando la información. Ya tenemos identificados a la mayoría de los niños de la última imagen, así que me quedaré para terminar el trabajo.

–Buen trabajo, merecías esta oportunidad. Eres capaz de dirigir al equipo, de dar órdenes y ser escuchado. Mereces tener esa autoridad, las cosas van a empezar a cambiar en esta comisaria, y tú vas a formar parte de las mejoras.

–Gracias por sus palabras, para mí es un honor tener su confianza.

Vincent pasó la noche dando cabezadas en el sofá de su despacho, abriendo los ojos de vez en cuando por si sonaba el teléfono, por si llegaba alguien para darle nueva información. Pero la alarma que esperaba no llegó hasta pasadas las siete de la mañana, cuando el comisario entró en la habitación con una carpeta llena de documentos.

–Vincent, despierte –gritó al entrar. Llevaba una gabardina grisácea, con los hombros oscurecidos por las gotas de lluvia. Su rostro, repleto de arrugas y manchas, lucía enfadado.

–Señor Comisario, discúlpeme, he pasado la noche en vela.

–Sí, sí, típico en usted. Debería descansar, no servirá de nada si no tiene la cabeza despejada. Le necesitamos –se sentó en una de las sillas del despacho, observando el desorden–. Tampoco le vendría mal ordenar un poco todo este desastre, esto parece una pocilga –odiaba sus cambios de humor, algunos días lo trataba como a un dios y otros le despreciaba, estaba claro que hoy no era su día.

–¿Hay alguna novedad? –se levantó y fue directo a llenar una de las tazas de café caliente que su ayudante le había llevado minutas atrás.

–No, ese es precisamente el problema. Sus ideas son muy buenas para escribir una novela, pero estamos en el mundo real. Deje de fantasear, no es ningún detective famoso, es un simple empleado que ha dejado volar demasiado la imaginación. Decenas de agentes revisaron el bosque, algunos vecinos del pueblo ayudaron en la búsqueda; no hemos encontrado nada.

–Señor, no creo que hayan inspeccionado todo el bosque, tan solo ha pasado un día.

–¿Me estás diciendo que sigues pensando que están allí? –cuando el Comisario le tuteaba, empezaban los problemas– Maldita sea, han desaparecido muchos niños, no pueden estar en una simple casa.

–El bosque envuelve la mayoría de pueblos en los que han desaparecido, es muy posible que se encuentren en él. Una de las madres en su testimonio afirmó que un hombre le había dicho al niño que le mostraría a su padre en el bosque. Si seguimos buscando, estoy seguro que pronto le encontraremos.

–Eres muy testarudo, Vincent. Pero no te juzgo, eso es lo que me gusta de ti. Seguiremos con la búsqueda un día más, pero te juro que si no encontramos nada tendrás que mover el culo y localizar tú mismo el maldito escondrijo de esa miserable rata.

–Puede estar seguro de que lo encontraran. Está en ese bosque, lo sé.

–Te traigo toda la información que pediste. Historiales de conserjes, profesores y personal docente en general de todos los pueblos implicados. No creo que ninguno de esos trabajadores esté relacionado con este caso, ¿qué es lo que buscas?

–Un posible culpable, o descartar a todos ellos. Solo intento poner las ideas en orden y creo que la mejor manera es clasificar la información que tenemos.

–Me gustaría ver los dibujos que han enviado, solo he visto el último y tengo curiosidad –Vincent señaló una carpeta, y cuando el Comisario la abrió, su rostro cambió por completo. Una mueca de horror se dibujó en su cara–. Esto es espantoso… Algunos de los niños llevan más de quince días desaparecidos, y nadie parece haber visto a ese malnacido. ¡Como haya matado a alguno de los niños!

–Señor, es mejor pensar que todos están bien. Este ha sido un caso muy extraño, ninguno de nosotros imaginaba que algo así pudiese pasar. Debemos mantener la esperanza y conseguir que los padres la mantengan.

–Muy bien, Inspector. Hace usted un buen trabajo, aunque sus métodos son un poco diferentes de lo habitual.

–Lo importante es el resultado, ¿no, señor?

–Sí, tiene razón. Haga que reanuden la búsqueda, si recibo alguna noticia, se la haré saber de inmediato.

–Hasta pronto, Comisario.

Un par de horas más tarde el teléfono del despacho sonó. Después de varios minutos de conversación, Vincent se levantó y abrió la puerta.  Javier se acercó corriendo, con cara de preocupación y el rostro pálido.

–Señor, ¿me necesita?

–Tenemos la casa, tenemos a los niños –las palabras surgieron volando, llenando de alegría, gritos y aplausos la comisaria. Por fin, después de semanas de angustia y trabajo, los niños estaban a salvo–. Estaban en una Masía restaurada en la cuna del bosque. En la casa tenían comida y camas suficientes para todos. No hay ningún niño ni herido ni enfermo.

–¿Y el secuestrador? –preguntó un agente joven.

–No estaba en la casa. Algunas patrullas siguen buscándolo. Pero, nos ha dejado un mensaje. Una carta escrita a mano por uno de los niños, donde parece que nos revela todo su plan.

–Y, ¿qué dice en ella? –pidieron varios de los hombres.

–Al parecer ni tan solo era vecino de ninguno de los pueblos. En la nota nos narra cómo su hijo murió cuando era muy pequeño; se cayó en un río y nadie hizo nada para salvarle. Cuando consiguió hacerse con su cuerpo empapado, estaba ya ahogado. Se sentía tan deprimido por aquella pérdida, que tuvo que irse de aquel sitio y empezar una nueva vida. Pero, no podía soportar ver como algunos niños vivían tristes, soñando con tener algo que no podían obtener, como un padre fallecido o un hermano perdido. La mayoría de los niños secuestrados habían perdido a algún familiar en los últimos años, y él les prometía reencontrarse con ellos. Promete que no quería hacerles daño, solo darles esperanzas y hacerles vivir en un sueño por unos días –todos los agentes quedaron en silencio. La historia era triste, sí, pero Vincent sabía cómo debía proseguir.

»No debemos olvidar que este miserable ha secuestrado a quince niños. Ha sacado de sus casas a menores de edad con engaños, los ha tenido retenidos. Ahora pueden creer que toda ha sido un dulce sueño, pero tarde o temprano regresará a ellos el recuerdo, y se sentirán horrorizados.

–Ese desgraciado nos quiere hacer creer que les ha hecho un favor –algunos aplaudieron aquella afirmación.

–Lo cierto es que los niños han regresado con sus padres llorando, porque anhelan que sus sueños prometidos se hagan realidad. Pero, pobrecillos, aprenderán muy pronto que jamás conseguirán ver a aquellos que perdieron.

»Creo que es el momento de reflexionar, señores. Todos nosotros hemos perdido a alguien, ya sea familiar o compañero. Seguramente, también habríamos seguido a alguien que nos prometiera reencontrarnos con nuestros seres queridos –el silenció reinó sobre los murmullos–. El hombre será buscado, encontrado y juzgado. Todos nosotros podemos perder a alguien que apreciamos, pero jamás debemos dejar que eso nos nuble la mente.

»El hombre del saco sigue siendo una simple leyenda, nuestro hombre es simplemente, un hombre. Formamos un gran equipo, chicos. Buen trabajo.

Días más tarde, Santiago Codina se entregó en una de las comisarias, dando pruebas de que había secuestrado a todos los niños desaparecidos. No tenía cómplices, solo las promesas de cumplir sueños. Antes de ser detenido, al terminar su juicio, masculló a los presentes:

–¡Volvería a hacerlo! Os lo juro –sus ojos parecían a punto de salir de sus orbitas, y sus labios dibujaban una sonrisa rota–. Volvería a hacerlo, solo para ver en los ojos de todos aquellos niños soñadores, el reflejo de mi pobre hijo muerto.

Carme Sanchis.