La forja de un rebelde

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Género: Relato corto

Rating: +18

Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La forja de un rebelde.

Su madre le ofreció una naranja. Y supo lo que pasaría a continuación. No es que le agradara; ¿a quién iba a agradarle una cosa así? Y además las naranjas ya no le disgustaban tanto como antes. Amén del hecho de que sabía que, con la contundencia de lo inexorable, se la terminaría comiendo. Pero algo le había llevado desde bien pequeño a perseguir y alcanzar la gloria tenaz del empecinado. La rebeldía era en él algo génico y estomacal, visceral, hipofisario. El alacrán sobre la rana.

Sabes que tengo fobia a las naranjas- lo dijo con la serenidad de quien sabe que demasiado a menudo se confunde el verdadero valor con el discurso enardecido. Cuando la valentía es, con frecuencia, discreta y hasta muda.

Ven aquí.

Ilustración de Jordi Ponce

Afianzó los pies en el suelo y alzó el rostro, a la manera de un espartano en las Termópilas, arrostrando su destino con estoicismo. Cerró los ojos,  más por conjurar el peligro de que saltaran de sus órbitas a resultas del impacto que por no ver lo que se le venía encima, por otro lado harto conocido ya.

Restalló colosal y magnífico. Contundente e irrebatible. Categórico. Impecable en su ejecución. Ancestral y subyugante. Feo, fuerte y formal.

Fue un bofetón de bruta madre. De la bruta que lo parió.

Ricardo González

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¿Recuerdas, padre?

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Género: Relato corto

Rating: +14

Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Recuerdas, padre?

¿ Recuerdas, padre, aquella mañana?

El día fetén, decías. Principios de noviembre. Cielo tapizado de nubes altas, de un blanco sucio. Húmedo sin lluvia. Frescor sin frío. Brisa sin viento. Como a ti y al Ron os gustaba. ¿Recuerdas al Ron, padre? Blanco y negro, cruce de setter y pachón. Con el pelo y la nariz larga de su padre. Con el tesón y el cazar corto de su madre. Compañero fiel de cazatas y de juegos infantiles. El mejor amigo de padre e hijo. Hasta se ganó el cariño de madre, que al principio no quería perro y al final le separaba las sobras con mimo. Y sin darle una caricia, le hablaba suave para que supiera que ella también lo quería.

Esos días era incansable. No se le secaba la nariz, ni jadeaba como en aquellas otras mañanas de polvo, rastrojo y codornices. Aquellos domingos grises laceaba paciente, con aquel trote vivo o aquel galope corto y rasante que alternaba traicionando sus orígenes. Los mejores días, decías. Porque el perro trabaja y el cazador no suda. Y así, coronábamos cerros y bajábamos regueras. Lo mismo cada bota se convertía en un pesado zapatón anaranjado al cruzar un barbecho, que los pantalones se raían contra jaras y retamas. Yo con aquel morral que madre llenaba la noche anterior de pan, queso, salchichón. A veces una tortilla, otras unos filetes empanados. Siempre unas manzanas, también vino con gaseosa para ti y agua para mí. Tú con tu AYA. La vieja escopeta que los hermanos de tu padre te habían regalado al terminar el bachillerato y que nunca abandonaste. Tres y una estrellas, eras un tirador fino, y más de una vez te vi largarle el izquierdo a una perdiz de esas que arrancan más allá de la casa del demonio y bajarla como un trapo.

Habíamos matado una liebre a poco de salir, en una tierra cerca del río. Era un matacán hermoso y no quisiste cargar con ella, ni que lo hiciera yo. Por eso volvimos a donde Germán había dejado el coche y la dejaste debajo medio tapada con un jersey. Para que el olor a hombre no dejara acercarse a la raposa, dijiste.

Antes de media mañana levantamos el bando de perdices en un alto, al lado del crestón de roca donde habían pasado la noche. Te quedaste con una tras la arrancada, un pollo del año que no anduvo atento a volar con los suyos y se dejó bloquear por el Ron, que le hizo una muestra de aquellas que a mí me ponían el corazón en un puño. Te recuerdo recogiéndola de su boca, estirándole las plumas y colgándola de la canana. Te comenzó a golpear en el muslo cuando echamos a andar otra vez. Ahora a zancadas.

  • Hay que apretarlas, a ver si las metemos en las riegas de encima del pueblo- dijiste, y no miraste hacia atrás para ver si yo te seguía sabedor de que hubiera trotado tras de ti sin balbucir una queja hasta el fin del mundo, en aquella mañana

Bajamos al fondo de una quebrada y sentimos dos escopetazos lejanos, muy seguidos. Supusimos que Germán y aquel par de podencos chalados suyos habrían apiolado un conejo allá abajo.

Tú no hubieras cambiado una perdiz por una docena de gazapos.

Y al trepar por la otra ladera, llegando arriba, el Ron pegó la nariz a tierra trotando nervioso y meneando la cola. Se volvió a mirarte y supo sin palabras que tenía que esperar, que no debía coronar antes que tú.

Había retomado el rastro de las perdices y sería fácil volver a tirarles en la asomada. Las más darían otro vuelo, pero tal vez alguna alcanzara a despistarse, y a quedarse achantada confiando en que el peligro pasara a su lado dejándola atrás. Por eso avivamos el paso, y yo trepé aquella cuesta a pocos metros de ti, jadeando, con la boca seca y casi arrastrando aquel morral que se me antojaba como lleno de piedras.

Entonces fue cuando te vi caer de rodillas y dejar la escopeta en el suelo. El Ron dejó de menear el rabo y te miró extrañado, con aquella mirada de miel que tal parecía que fuera a empezar a hablar. Yo también llegué a tu lado. Te iba a preguntar, pero no lo hice y supe que algo no iba bien. Tu mano izquierda apretaba tu pecho. La diestra, con la palma hacia abajo, me hacía señas: no preguntes, no hables, no te muevas. Solo espera. Tus labios, apretados uno contra otro, intentaron dedicarme una sonrisa imposible. Y en tus ojos entrecerrados apareció una mirada que en aquel momento no entendí. Una mirada que solo con los años he logrado descifrar.

Me arrodillé y sujeté al Ron, que no paraba de querer arrimarse a ti. El sudor que la caminata no había conseguido arrancarte comenzaba ahora a perlar tu frente. Pasó un tiempo eterno que no supe medir. Solo aferrar aquel collar con fuerza y tirar de él hacia atrás, sin atreverme a hacer nada más, ni siquiera a pensar. Allá abajo en el pueblo la campana de la iglesia llamó a misa. El Ron se resignó al fin a sentarse. Tú mirabas al suelo, muy quieto.

Y entonces, al final de aquella eternidad, empezaste a respirar hondo, y la expresión de tu rostro se suavizó. Te volviste para sentarte en la hierba rala y amarillenta, y por fin conseguiste sonreírme.

  • ¿Qué te pasa, padre?
  • Nada, tú tranquilo

Y el gesto de tu mano volvió a decirme que debía seguir teniendo paciencia. Seguí aferrando aquel collar unos minutos ya menos interminables. Tu expresión volvía a ser, poco a poco, casi normal.

  • Vámonos

Te vi levantarte, recoger la escopeta del suelo y quitarle los cartuchos, que volviste a la canana. Enfilaste el camino ladera abajo. Pregunté inocente.

  • ¿Las perdices, padre?
  • Hoy han ganado ellas. Venga, suelta al perro

Echamos a andar despacio. Tú, yo y el Ron pegado a mis talones, como si supiera que la cazata había terminado. Tal vez lo sabía.

Nos deteníamos con frecuencia, y en una ocasión te doblaste para vomitar. No hablábamos, pero un par de veces te volviste a sonreírme, aunque yo supe ver tristeza en tus ojos . Sonaron dos tiros más.

No sé cuanto tiempo había pasado cuando llegamos al coche. Me señalaste en dirección al pueblo.

  • Germán anda allí, en aquellos carrizos. Ve a buscarlo y dile que se venga. Llévate al Ron. ¡Anda!

Asentí, asombrado de que me dejaras ir solo, y comencé a trotar los pocos centenares de metros que me separaban de allí. Encontré a Germán enseguida, guiado por los jipíos de los podencos.

  • ¿Tu padre?
  • En el coche. Dice que vayas. Creo que se ha puesto enfermo
  • ¿De qué?
  • No sé. Se cayó de rodillas y como si le doliera en el pecho

Pequeño y grueso como era, nunca había visto a Germán caminar tan rápido. Con aquellas piernas que no serían mucho más largas que las mías de entonces, me obligó a correr para no quedarme atrás.

  • ¿Qué te pasa?

Contestaste con un gesto, llevándote una mano al corazón y haciendo una mueca. Él no dijo nada y comenzó a desarmar las escopetas y a echarlas al asiento de atrás. Metió los perros al maletero mientras tú te acomodabas en el sitio del copiloto.

  • Venga, sube, chaval- y su mirada era una mezcla de preocupación y cariño. El cientoventicuatro comenzó a traquetear por el camino, buscando salir a la carretera. Recordé la liebre y el jersey pero no me atreví a decir nada.
  • ¿A la casa de socorro?
  • No, a casa. Luego llamas al Servando, que se pase a verme

Madre y Charín no estaban. Seguramente habían ido a misa. Don Servando vino al poco de llegar ellas, con sus gruesas gafas de pasta negras y sus enormes patillas. Charín hizo un puchero, pensando que venía a ponerle una inyección, pero él se encerró en el cuarto contigo y con madre un buen rato. Cuando se marchó, quedabas acostado.

Pasaste unos días en casa, casi todo el rato en cama, y a mediados de semana ya te fuiste para la imprenta. Pensé que todo había sido un mal sueño, pero al domingo siguiente no fuimos de caza, ni al otro. Ni ninguno más.

Una tarde llegué del colegio y madre me tenía la rebanada de pan con mantequilla y azúcar. Me asomé a la ventana del patio, dispuesto a echarle al Ron, como siempre, parte de mi merienda sin que ella se diera cuenta. El Ron no estaba. Se lo habías regalado a otro cazador. Lloré de pena y de rabia, sin que mis años me dejaran saber que tu tristeza sin llanto era mucho más honda que la mía. Ni siquiera me consolé cuando a los pocos días llegaste a casa con una bicicleta, una flamante Orbea de color rojo.

Y otra tarde, ya en primavera, el director del colegio entró en mitad de clase de dibujo y me ordenó salir con él. El tío Jaime nos esperaba muy serio, y fuimos a casa. Sentía su enorme mano en mi hombro, muy pesada. Madre estaba allí, toda de negro, sentada con sus hermanas. Me abrazó, pero solo me enseñó sus ojos de vidrio y su pañuelo empapado. Era dura como la roca, dura como lo habías sido tú. No lloraba, y yo no quise llorar, como tú me habías enseñado que debía hacer un hombre. Y lo conseguí durante un buen rato hasta que llegó Germán y se vino directamente a mí, arrancando a sollozar. Entonces aquel torrente de lágrimas que me empeñaba en mantener oculto comenzó a brotar de repente, como si la presa de mis ojos se hubiera roto. Abrazados, Germán lloró casi como un niño, y yo lo hice casi como un hombre.

Vinieron unos años malos. Madre limpiaba las casas de otras mujeres, luego venía y nos remendaba la ropa. Yo estudiaba y me sentía muy solo. Pero poco a poco fui aprendiendo a vivir sin añoranza sin ti, sin el Ron, sin aquellos domingos de otoño ni aquellos amaneceres de agosto. Aprendí muchas cosas por mí mismo, hasta aprendí a afeitarme sin que me enseñaras.

Charín se casó, madre empezó a trabajar en la tintorería y yo seguí estudiando. Te recordé cuando terminé la carrera. También el día de la boda, aunque seguro que no tanto como madre. Eva te hubiera gustado, padre. Es pequeña y valiente. Cómo te hubiera gustado vernos llegar a casa con tus nietos, con Beatriz primero y con Rodrigo después. La vida daba una tregua, yo ganaba dinero y a madre conseguí arreglarle lo de la pensión. Vivimos felices un tiempo, volví a tener un perro y a salir al campo. Con tu vieja escopeta, que Germán guardó hasta que yo pude tenerla a mi nombre.

En el entierro de Germán había poca gente. Ceferino, Vidal y algún que otro cazador, de los que yo recordaba parados a charlar contigo cuando te acompañaba a dar una vuelta por la Plaza Mayor los sábados por la tarde. Y unos cuantos sobrinos a los que nunca había visto, supongo que ansiosos de liquidar las migajas de lo poco que pudiera haber dejado. Fui, creo, quien más lo sintió.

Madre se nos fue hace dos inviernos, sin una queja, como era ella. Y dejó un hueco que no sabíamos que había estado llenando hasta entonces.

Más tarde, hace unos meses, otra mano me señaló a mí. El diagnóstico fue como una sentencia y las apelaciones a la ciencia no han hecho sino diferir unos meses su ejecución, ya cercana. He intentado luchar, y sobre todo he pensado mucho en muchas cosas. Y he recordado, padre, aquella mirada tuya que entonces no entendí.

Ahora sé que cuando aquel trueno horadó tu pecho, cuando aquella mano invisible estrujaba tu corazón en una orgía de dolor, me implorabas perdón. Perdón por dejarme solo. Perdón por morirte a mi lado en medio de aquel páramo. Perdón por irte sin verme crecer…

Te aferraste a la vida. No te hubiera importado morir haciendo lo que más te gustaba, pero tú no eras tú, llevabas tu deber a cuestas como una pesada mochila, y en aquella mañana le dijiste a aquella mano que te soltara, que aún tenías cosas que hacer. Por eso pudimos volver al coche, y a casa.

Pero esa mano había marcado tu pecho con la cruz del cardiópata y antes o después debía volver. Sabedor de ello, hiciste con pesar cosas que entonces no entendí, como regalar al Ron, vender la casa y las fincas del abuelo, u olvidar la idea de comprar aquel Citroën que nos habías llevado a ver.

He entendido esa mirada, padre, porque yo también he mirado así a mi hijo.

Eva ha estado aquí hace un rato. Es fuerte, como erais tú y madre. Ha estado serena, aunque seguro que ahora llora. Hemos hablado. Yo he resistido cuanto he podido, he querido exprimir mi tiempo cambiando lucidez por dolor, pero ya no puedo más. Mi frente está sudorosa, como la tuya aquella mañana. Sufro, y me invade un agotamiento enorme. No es el cansancio que nos hacía sentir vivos aquellos domingos. Este es lúgubre, húmedo. Sin esperanza.

Han empezado a sedarme, y al fin descansaré. Pronto dormiré, atrapado por alguna especie de sueño que no conozco. No me importa. Sé que voy a despertar en una mañana nublada de otoño, tras de ti y con el Ron a nuestra vera.

Vamos, padre. Tenemos que seguir apretando a esas perdices…

Ilustración de Marta Herguedas

Ricardo González

Alfredito y la máquina del tiempo

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Ricardo González y su ilustración correspondiente es propiedad de David Aguilar. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Alfredito y la máquina del tiempo.

Terminaban su andadura los ochenta, teníamos todos veintitantos, el pelo y las ilusiones casi intactos, novieta y una cuenta vivienda de aquellas en las que ibas metiendo el sueldo para comprarte un piso. A veces nos juntábamos para jugar un partido de fútbol-sala, cenar en algún sitio barato o tomar unas copas. Y siempre, los viernes a mediodía, nos reuníamos en torno a unas cañas de cerveza. La única costumbre de entonces que aún mantenemos.

Alfredito era rechoncho y rizoso. Usaba unas gafas de cristales gruesos, de esos que cuando miras a su través te parece que se comen un trozo de la cabeza. Era, y sigue siendo a pesar de su triste estado presente, ingeniero industrial. Y debía de ser de los buenos, porque la empresa lo había fichado antes de terminar, cuando estaba haciendo el proyecto de fin de carrera. Trabajaba en algún recóndito rincón de los sótanos, pero nunca supimos exactamente en qué. Jamás hablaba de ello, aunque le preguntamos. Los hábitos comunicativos de Alfredito eran extraños, como lo era –al menos entonces así nos lo parecía, y el tiempo nos dio la razón– el resto de su vida.

–Alfredito, ¿qué vas a hacer el fin de semana?

–Trabajar en el desarrollo de un proyecto.

–¿De la empresa?

–No, mío.

Y entonces se comía una patata al alioli y le daba un trago a la cerveza. Eso daba la conversación por terminada en lo tocante a sí mismo. Fabricaba una ancha sonrisa y nos miraba alternativamente a unos y otros, invitándonos a seguir hablando de lo que fuera. Nos escuchaba con interés, pero siempre encerrado en su sonriente mutismo. Pronto aprendimos acerca de lo inútil y contraproducente de volver a preguntarle nada. La incomodidad que le producía ser interrogado más allá de lo que él mismo quería contarnos parecía hacer saltar, súbita y enérgicamente, algún tipo de mecanismo en virtud del cual se le disparaba un apetito voraz. Empuñaba palillo, tenedor, cuchara, lo que se terciase aquel día; y solo descomponía la sonrisa para engullir cuantos pinchos quedaban a su alcance, con una avidez que nos recordaba al monstruo de las galletas. Sordo ante nuestras protestas airadas y justas recriminaciones. Al fin, hartos de no sacarle ni palabra y de que una y otra vez nos dejara sin tapas, optamos por dejar que fuera él mismo quien dosificara la información que cada viernes tenía a bien proporcionarnos.

Luego nos marchábamos y nada sabíamos de él hasta la siguiente semana. Alfredito no jugaba al fútbol, no tenía novia, no salía a cenar ni a tomar copas. Alfredito se iba a su casa –suponíamos entonces que vivía con su familia– y ya no le veíamos más hasta el viernes siguiente. Porque de lunes a viernes era el primero en llegar y encerrarse en su sótano, y era también el último en marcharse. Por eso no coincidíamos ni tan siquiera en el aparcamiento.

Alfredito fue el primero de todos en comprar. Lógico –pensamos. Alfredito no gastaba ni bromas, excepción hecha de las cañas de los viernes. Por fuerza debía tener el calcetín más abultado que todos nosotros. Fiel a sí mismo, nos dejaba saber de su vida lo justo y necesario.

–Me he comprado una vivienda.

–Hombre, Alfredito, te has animado a un piso.

–No, es una casa en las afueras.

–¿Y para qué quieres una casa para ti solo, Alfredito?

–Quiero tener un garaje grande donde trabajar en mi proyecto.

Y entonces se comía un champiñón al ajillo, le daba un trago a la cerveza y componía su sonrisa. Nosotros mirábamos con aprensión a los pinchos que quedaban sobre la barra y cambiábamos de tema.

Recién estrenada la nueva década, Alfredito declinó amable y lacónicamente asistir a la primera boda, que fue una juerga por todo lo alto. Un auténtico despiporre. Nos encontramos al viernes siguiente.

–¿Qué tal va tu proyecto, Alfredito?

–Muy bien, casi terminado.

–¿Y en qué consiste, Alfredito?

–Una máquina del tiempo.

Y sin más se embuchó una gamba a la gabardina y un buen trago. Desplegó otra vez su sonrisa. Hubo que esperar unas semanas para averiguar algo más de su invento.

–¿Ya tienes tu máquina del tiempo, Alfredito?

–Ya está terminada.

–¿Y funciona bien, Alfredito?

–Estoy con los últimos ajustes.

Atacó un pequeño cuenco de callos con garbanzos y hubimos de aguardar siete días para saber más detalles. Alfredito continuó declinando la invitación a nuevas bodas y fueron pasando los meses. Supimos que ya viajaba en el tiempo y disfrutaba mucho con ello. Era el año del Quinto Centenario y los fastos del noventaidós.

–¿Vas a ir a la Expo, Alfredito?

–He hecho algo mejor, he estado allí.

–¿Allí dónde, Alfredito?

–Con Colón, el día del Descubrimiento.

Y se lanzó a por una loncha de jamón ibérico. Estaba exquisito, veteado y cortado muy fino. Una vez más, renunciamos a seguir preguntando ante la perspectiva de verlo desaparecer, total, para nada.

Corría veloz el calendario y Alfredito continuaba su triunfal periplo histórico. Porque de lo poco que nos contaba dedujimos que era un apasionado de la historia, saltando de siglo en siglo como quien va enlazando estaciones de metro.

–¿Irás a Barcelona a ver las olimpiadas, Alfredito?

–He hecho algo mejor que eso.

–¿Qué has hecho, Alfredito?

–He visto las olimpiadas en la Grecia Antigua.

Y ensartó un chorizo al vino recién hecho, aún caliente. Luego le dio un buen tiento a la caña y volvió a sonreír.

Semanas, meses, años. Bodas, bautizos, hipotecas. Cambios de trabajo. Algún funeral, algún divorcio. Estrenamos milenio. Ya nunca jugábamos al futbol-sala, no cenábamos juntos ni salíamos de copas. En realidad si nos manteníamos unidos era gracias a Alfredito, sus prodigiosos viajes en el tiempo y las cervezas de los viernes. Íbamos de vacaciones a Benidorm, a los Picos de Europa, a Eurodisney con los niños, a la Ribera Maya o a un balneario de fin de semana. Mientras tanto, Alfredito cruzaba los Alpes con Aníbal. Contemplaba la toma de La Bastilla. Compartía la Noche Triste con Cortés o veía morir a Custer en Little Big Horn.

Un buen día, la pregunta surgió con la contundencia de lo inevitable.

–¿Podemos viajar nosotros en tu máquina del tiempo, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque cederíais a la tentación de cambiar la historia.

Estuvimos a punto de seguir preguntando, pero el lomo embuchado estaba de muerte y no era plan de que nos dejara a dos velas. Total, lo que sobraba eran viernes para averiguar más cosas. Volvimos a la carga llegado el momento.

–¿Qué pasaría si cambiáramos la historia, Alfredito?

–Algo muy malo.

–¿El qué, Alfredito?

–Que no estaríamos aquí tomando unas cervezas.

Ilustración de David Aguilar

El argumento parecía de peso, y las croquetas de jamón eran caseras, con lo que dimos la contestación por buena y cambiamos de tema. Alfredito se conformó con comerse tan solo la suya, darle un buen trago a la birra y curvar lo labios beatífico. Así se fue desgranando la década, y así nos fuimos haciendo todos un poco más viejos, enfrentando problemas nuevos con los ánimos más gastados y los colmillos más retorcidos, como corresponde a quien abandona definitivamente la juventud para encarar de lleno la madurez. Alfredito, por contra, no parecía acusar el paso del tiempo, apasionado por sus viajes temporales con la misma intensidad que al principio. Vio arder la ciudad de Roma y vio arder también a Juana de Arco. Vomitar el Vesubio sobre Pompeya. Explotar el Krakatoa. Abrir los canales de Suez y Panamá.

–¿Has ido a ver Parque Jurásico, Alfredito?

–No me hace ninguna falta.

–¿No te interesan los dinosaurios, Alfredito?

–Los he visto al natural, mucho mejor que en el cine.

Ensartó un pimiento del piquillo que descansaba encima de una patata frita, paladeó la rubia y en su cara se dibujó la eterna sonrisa. Supimos otros viernes que había visto a los cruzados tomar Jerusalén, a los tercios morder el polvo maldito de Rocroi y a los marines izar la bandera en Iwo Jima. Eso sí, su parquedad en palabras era la de siempre y, a veces, nos costaba varias semanas conocer determinados detalles de la historia. Cleopatra no era tan hermosa como afirma la leyenda, Isabel la Católica no olía tan mal como se cuenta y la Maja Desnuda estaba mucho mejor vista al natural.

No mostraba nunca apasionamiento alguno acerca de los acontecimientos y situaciones que había vivido en sus viajes a través del tiempo. Hablaba con el mismo tono neutro y aséptico de la Capilla Sixtina recién pintada o de los horrores de Dachau. Se documentaba previamente acerca de los hitos del pasado que iba a visitar para luego forjarse su propia opinión. Después de tantos años, le suponíamos una enorme cultura histórica, pero nosotros estábamos preocupados por temas más prosaicos y problemas más acuciantes. Tuvimos la genial idea de insistir en viajar con él al pasado, si finalmente accedía a nuestra petición. Tan solo dos días atrás. Llevándonos, eso sí, los números del euromillón del jueves. No había prisa, podíamos esperar a una semana en que el bote fuera muy abultado, y así empleamos varios viernes en intentar convencerle de lo acertado de nuestro plan. Intentamos hacerlo con tacto y persuasión, pero sin atosigarle. Al final todo fue inútil.

–¿ Entonces viajaremos al miércoles pasado, Alfredito?

–No.

–¿Por qué, Alfredito?

–Porque pretendéis cambiar la historia.

–Pero la cambiaremos solo para nosotros y será un cambio bueno, Alfredito. ¿Iremos?

–Ya he dicho que no.

Y en un minuto vimos desaparecer la fuente entera de calamares. Un dolor, porque eran frescos y estaban tiernísimos. Lo dimos por imposible y nos resignamos a seguir toreando nuestros problemas como lo veníamos haciendo hasta la fecha. Pero con reducciones de sueldo, paro, negocios a medio gas, hijos en la universidad y pensiones a exmujeres, la cosa se nos ponía muy cuesta arriba.

–¿Has viajado alguna vez al futuro, Alfredito?

–No, nunca.

–¿Puede llevarte allí tu máquina, Alfredito?

–En teoría, sí.

Saboreó con deleite un trozo de tortilla de patatas recién hecha, jugosa y templada, con mucha cebolla. Trago de cerveza y sonrisa. Atacamos nosotros el resto de la tortilla y aguardamos al viernes siguiente.

–¿Por qué no has ido nunca al futuro, Alfredito?

–Me da miedo.

–¿Miedo de qué, Alfredito?

–Miedo de cambiar el presente.

El ritual de siempre, esta vez con un trozo de chistorra que nadaba en un delicioso aceite anaranjado. Siete días más.

–Todos podemos cambiar el presente, Alfredito.

–El presente no existe.

–¿Cómo que no existe, Alfredito?

–Cuando mencionas el presente, inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado.

La reflexión era muy profunda y nos dejó perplejos. Él, tan tranquilo, nos miraba masticando unas mollejas en su justo punto de picante a las que no quisimos renunciar e hicimos lo propio. Volvimos a la carga en su momento.

–Al menos, podrías ir al futuro tú solo, Alfredito.

–¿Para qué quiero ir al futuro?

–Para contarnos cuando se acabará la crisis.

–No me parece buena idea.

Al menos esta vez la respuesta no era una negativa rotunda y además, no era plan que se comiera él solo todos los mejillones. Después de tantos años, semana arriba o abajo no suponía nada, y ya habíamos aprendido a fabricar paciencia para todo cuanto tenía que ver con Alfredito. Acordamos esperar a la siguiente.

Lo cierto fue que no hubo lugar a plantearle nada más. Aquel viernes, por primera vez, Alfredito no compareció a la cita cervecera. No le dimos importancia, supusimos que después de todo, era tan humano como nosotros y tenía derecho a ponerse enfermo o marchar a atender cualquier asunto propio como los demás. Pero no vino al viernes siguiente, ni al otro. Pasado un mes, comenzamos a indagar y supimos que tampoco había acudido al trabajo en todo ese tiempo, sin dejar ninguna razón ni motivo de su absentismo. Nadie había conseguido localizarle. Averiguamos su dirección y fuimos allí, pero la casa estaba cerrada a cal y canto, sin ningún signo de vida aparente. Seriamente preocupados, pusimos el caso de su desaparición en manos de un detective privado, un tal Anselmo Guijarro.

–¿Tienen una foto de su amigo?

Reparamos entonces en que no teníamos foto alguna de Alfredito. Se lo describimos lo mejor que pudimos.

–Y ese amigo suyo, es de suponer, que aparte de su trabajo tenga alguna afición.

–Los fines de semana se dedica a viajar en su máquina del tiempo, es un apasionado de la historia y le gusta presenciar los momentos más importantes –contestamos, conscientes de lo inusual de los hábitos de ocio de Alfredito.

–Comprendo –dijo, y nos miró pensativo durante un buen rato, poniendo lo que supusimos era su mejor cara de póker–. Entenderán que puedo incluso buscar a alguien a quien se haya tragado la tierra. Pero no podré encontrar a nadie a quien se haya tragado el tiempo.

–Haga lo que pueda –asentimos, compungidos.

–Bien, pondré a mi personal tras la pista de su amigo. Recibirán mis noticias y, por supuesto, también mis honorarios.

Al viernes siguiente nos reunimos en torno a las cervezas de siempre, por si fuera a darse el milagro de que Alfredito apareciera, pero no hubo tal. Los chipirones estaban deliciosos, aunque de buena gana hubiéramos dejado que se los comiera todos con tal de tenerle allí. Conjeturamos acerca de su paradero y no pudimos evitar sentirnos un tanto culpables. Tal vez le habíamos enviado a espiar el futuro y su máquina no funcionaba bien a la hora de traerle de vuelta, Alfredito siempre había recorrido el camino inverso.

Por eso fue un alivio que unos días después el detective Guijarro nos convocara a su despacho para darnos noticia de su paradero.

–Tengo la satisfacción de comunicarles que hemos encontrado a su amigo Alfredito y está aquí.

–¿Aquí en su oficina? –preguntamos incrédulos.

–No, aquí en el presente, quería decir.

–El presente no existe. Cuando mencionas el presente inmediatamente ya ha dejado de serlo, ya es pasado –le explicamos sesudos–. En cuanto al futuro inmediato, inmediatamente se transforma en presente, que como tal, ya es pasado en cuanto se menciona. El tiempo no es más que una entelequia, señor Guijarro.

Anselmo Guijarro nos contempló ceñudo durante unos instantes, tratando de digerir aquella tontería. Se levantó y sacó de una vitrina una botella y un vaso. Nos volvió a mirar y supusimos que evaluaba la posibilidad de invitarnos a un trago, pero debió de rechazar tal posibilidad. Quizás pensó, con buen criterio, que el licor podía llevarnos por el camino de más deposiciones mentales como aquella, y seguramente consideraba su propio tiempo demasiado importante como para perderlo de una forma tan estúpida. Se sirvió una cantidad generosa y paladeó un buen sorbo.

–Créanme si les digo que mis dos exmujeres son cosa del pasado, pero tengo bien presente que en un futuro inmediato y no tan inmediato, tendré que seguir pagándoles dos jugosas pensiones, y eso no es una entelequia –dijo, y se llevó de nuevo el vaso a los labios–. Pero no nos apartemos del objeto de su visita. Por cierto, ¿han traído el dinero?

–Por supuesto –repusimos un tanto avergonzados.

–Bien. Supimos que su amigo abandonó su trabajo y su casa, y por espacio de varias semanas, se dedicó a la vida de vagabundo, deambulando por toda la ciudad con la mirada perdida, hurgando en las basuras y sin querer hablar con nadie. En un estado ciertamente lamentable, fue acogido en una institución psiquiátrica y allí continúa. Esta es la dirección –dijo alargándonos una cuartilla con una mano y bebiendo otro buen trago con la otra–. Mi secretaria les cobrará mis honorarios a la salida. Y ahora, si son tan amables y me disculpan…

Nos despedimos agradecidos y acudimos sin más dilación a la clínica que nos había indicado. Era un caserón desvencijado fuera de la ciudad, solitario en lo alto de un cerro. Aquello y el hecho de que acogieran a vagabundos de forma altruista, nos dio que pensar, e hicimos votos por llevarnos de allí a Alfredito con la excusa que fuera y cuanto antes.

–Su amigo está sumido en un permanente estado de shock que pensamos está motivado por algún tipo de experiencia traumática, tal vez la visión de algo desacostumbradamente horripilante –nos explicó un médico alto, flaco y bizco. Tenía las carnes tan chupadas y los ojos tan hundidos que tal vez por eso uno de ellos se había soltado de sus anclajes y se dirigía a la ventana mientras el otro nos miraba con fijeza–.  Estamos aplicándole una terapia reactiva que yo mismo he desarrollado para intentar forzar un ataque de ira, que constituya el revulsivo suficiente para sacarle de su estado actual.

–¿En qué consiste la terapia, Doctor? –preguntamos intrigados y un punto aprensivos.

–Escucha, durante veinticuatro horas al día, canciones de la nueva trova cubana. Calculo que tiene que estar a punto de surtir efecto en cualquier momento- contestó, y en su ojo estrábico apareció un brillo especial.

–¿Podemos verle, Doctor?

–No me parece apropiado, dado su estado actual.

–Debe dejar que le veamos, somos las únicas personas a quienes tiene en el presente –argüimos, y no nos pareció buena idea volver a elucubrar con la inconsistencia semántica de lo temporal.

–Está bien, avisaré para que les acompañen –pulsó el botón de un interfono–. Pero no deben hablar con él, ni mucho menos interrumpir el curso de su terapia

Nos precedió por un pasillo largo y oscuro una enfermera coja, que en su momento, no había debido cotizar lo suficiente, porque excedía en muchos años la edad de jubilación. Abrió un ventanuco en la puerta de una celda. Sonaba una canción que hablaba de un unicornio azul. Alfredito vestía un chándal raído y lleno de lamparones y unas zapatillas de cuadros, de esas que llaman modelo Inserso. Nos pareció que nos miraba sin vernos a través del pequeño rectángulo. Jadeaba y su rostro brillaba sudoroso mientras intentaba taparse los oídos con las manos. Desazonados, volvimos al despacho del médico.

–Vamos a llevarnos a nuestro amigo Alfredito. Lo pondremos en contacto con las situaciones cotidianas que le eran familiares para hacerle regresar a su estado previo al shock.

–Comprenderán que eso es de todo punto imposible. Mi terapia no puede ser interrumpida ahora que está a punto de surtir efecto –su ojo rebelde iba de esquina a esquina de la habitación mientras que el disciplinado parecía echar chispas–. Repito, no puede ser, bajo ningún concepto.

–Lo que usted diga, Doctor –repusimos–. Por cierto, déjenos ver si es tan amable su Registro Sanitario, su título y su certificado de colegiación.

Salimos de allí con Alfredito antes de un cuarto de hora. Más o menos el tiempo que le llevó recorrer el pasillo de ida y vuelta a la enfermera. Dejar de oír aquella música pareció ejercer en él un efecto beneficioso, porque sin abandonar por completo su expresión ausente, al menos reparó en nosotros  y su respiración se hizo más acompasada. Corrimos con él a pedir unas cervezas.

–¿Qué tal te encuentras, Alfredito?

–Un poco mejor.

–¿Qué fue lo que te pasó, Alfredito?

–Vi el futuro.

–¿Cómo es el futuro, Alfredito?

Tal vez no fuera más que un acto reflejo, fruto de la repetición a lo largo de tantos años. Devorando cuan rápido era capaz, casi sin respirar, Alfredito vació por completo una fuente llena de empanadillas de atún. Se bebió la caña de un trago y en su rostro se dibujó fugaz algo parecido a una sonrisa. Luego, al igual que el presente que se esfuma de nuestras vidas,  tan veloz como inatrapable, así desapareció también para siempre la sonrisa de Alfredito.

Ricardo González

Tal vez aquello era Rock and Roll

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Autobiográfico

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Ricardo González. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tal vez aquello era Rock and Roll.

One, two, three o’clock, four o’clock rock,
Five, six, seven o’clock, eight o’clock rock.
Nine, ten, eleven o’clock, twelve o’clock rock,
We’re gonna rock around the clock tonight

Tu madre ve por casa una cinta de Robert Gordon, flaco y serio, de medio lado, el cuello de la camisa subido y un tupé imposible, y le pregunta a tu hermana qué es lo que haces tú en aquella foto.

Acaso no fuese tan solo presbicia, acaso aquello fuese Rock and Roll

You know I can be found, 
Sitting home all alone, 
If you can’t come around, 
At least please telephone. 
Don’t be cruel to a heart that’s true.

Bourbon. Has estado ahorrando porque quieres saber lo que hay más allá del Four Roses, que es el que se ve en algunos sitios, pocos, muy caro y no te termina de gustar.. Te has juntado con Oscar y una mañana de sábado os vais los dos a una tienda especializada en licores de la calle Toro,  que solo conocéis por su minimalista escaparate. Traspasar la puerta es entrar en una catedral de vidrio, botellas de infinitos tamaños, formas y colores conforman sus particulares vidrieras. Os recibe un tipo auténtico, delicioso anacronismo de bigote y chaquetilla blanca que sonríe mientras pregunta aquello de: ¿Qué se os ofrece, amigos?. La palabra amigos te suena bien y desde aquel día incorporas para siempre la expresión a tu forma de hablar. Endereza sobre el mostrador media docena de botellas nunca vistas. Vuestra cara es de pardillos, a pesar de las chupas de cuero y los tres o cuatro años de universidad a cuestas. Ningún comerciante salmantino solía por entonces tratar con deferencia y amabilidad a un par de estudiantes. Allí es distinto. El tipo sabe muchas cosas y se le ve disfrutar con ello, os abre a un universo de conocimientos insospechados. Habla de cebada, de centeno y de maíz. De maderas de roble, de Tennesse y de Kentucky. Todo un profesional, veterano predicador en el púlpito de su particular templo etílico. Al final escogéis una de ellas, más por el precio asequible y el diseño de la etiqueta que por otra cosa. Kentucky Tavern, escrito en cursiva dorada con trazo ascendente en fondo blanco, nunca se te ha olvidado. Os bebéis el primer trago en la habitación del Colegio Mayor, en unos vasos pequeños robados sabe Dios donde. Oscar tiene un radiocasette y pone una cinta que ha grabado con lo que más le gusta de de Loquillo. Quiero un camión. Rock and Roll Star. Piratas. Cadillac Solitario. Channel, cocaína y Don Perignon. Fumando tabaco rubio por una vez. El bourbon sabe condenadamente bien. Nada que ver con el Dyc y otros bebedizos menos presentables que trasegabais por entonces. Desbanca al brandy en tu personal escala de gustos y formalizas con él una bonita amistad que perdura hasta hoy.

Acaso aquello te supo a Rock and Roll.

Ilustración de Rafa Mir

Each time we have a quarrel,
It almost breaks my heart.
‘Cos I’m so afraid,
That we will have to part.
Each night I ask the stars up above,
Why must I be a teenager in love?

Tienes quince años y la hermana de tu padre ha venido a pasar unos días para ver a tus abuelos. Trae una cazadora de cuero que le ha quedado pequeña a uno de tus primos y se te abren mucho los ojos y la sonrisa cuando te la pruebas y ves que es de tu talla. Es de color  marrón oscuro y con botones en vez de cremallera, pero en aquel momento no te importa. Es tu primera cazadora de cuero. Te miras al espejo después de subirle el cuello, y al día siguiente la llevas puesta a clase, y la semana siguiente, y el mes siguiente. Te acompañará cuando te dan tus primeras calabazas, también el día en que consigues robar tus primeros besos, En tus primeras copas y en tus primeros bailes lentos. Hasta que el tiempo ha pasado y después de un verano ya no cabes en ella. Uno de tus hermanos te ha comido las sopas y ya es más alto que tú. El otro apunta maneras de pijo y no la quiere. A tu madre nunca le ha gustado aquella cazadora y un buen día la hace desaparecer como solo las madres saben hacer desaparecer la ropa que más nos gusta..

Han pasado treinta y muchos años, has gastado muchas prendas, de la mayoría no te acuerdas. Pero nunca olvidarás tu primera cazadora de cuero.

Llevabas puesto un poco de Rock and Roll.

Él estudiaba
para ingeniero
 pero algo se torció
 y ahora es rokero
sí, no, si no
la ingeniería abandonó

Bulldog tocan el sábado en una discoteca de Peñaranda de Bracamonte. Te apetece mucho ir a verlos, pero el día antes todos te dejan colgado. Decides ir de todas maneras. Tocan bien, pero descubres que estar solo no es divertido. No tienes con quien hablar y terminas bebiendo más de la cuenta. Te descuidas y pierdes un tren que pasa por la noche camino de Salamanca. Debes esperar a coger un autobús por la mañana. Todo está cerrado a partir de cierta hora, y si hay algo abierto no sabes dónde. La estación de autobuses de Peñaranda es poco más que una marquesina. Es Febrero y comienza a nevar. Has decidido lucir tus mejores galas, y tan solo llevas la cazadora por encima de una camisa de cuadros. Agradeces al menos las botas altas. Añoras la zamarra de invierno y el jersey grueso que se han quedado en tu habitación del Colegio Mayor. Aterido, las horas se niegan a pasar, eternas y blandas como la nieve que cae tranquila y amarilla bajo la luz de una farola que le contagia de su ictericia. Con la sola compañía del paquete de celtas con filtro.

Ilustración de Rafa Mir

De madrugada te aventuras bajo la nevada, te podrías morir si te quedas allí quieto por más tiempo. El premio aparece dos manzanas más allá en forma de churrería. Unos hombres mayores envueltos en chaquetas de borreguillo coronan sus cafés con chorros de orujo y miran de reojo a aquel joven empapado y desabrigado sentado en una esquina, a quien una taza de chocolate caliente parece reconciliar con la vida. Al fin llega aquel maldito autobús, y contemplas detrás de la ventanilla helada el Campo Charro. El verde oscuro de las encinas asoma entre la nieve bajo un cielo sucio. Sientes que la garganta te duele y te duele cada vez que tragas saliva, y los escalofríos se te pasean impertinentes por la espalda. Cruzas Salamanca nevando una mañana de domingo, gente enfundada en sus pellizas va de aquí allá bajo los paraguas, caminando despacio para no resbalar. Al llegar te metes un buen rato bajo la ducha para quitar el frío de los huesos. Calientas un poco de agua en el infiernillo, le añades leche en polvo y te la tomas con una aspirina. Luego te metes en la cama con todas las mantas y una bufanda en torno al cuello y consigues dormir un par de horas. Carpin va a verte a media tarde, te lleva un bollo de pan que ha cogido a la hora de comer y unos entremeses de los que siempre ponen los domingos. Estás muerto de hambre, pero pasar cada trozo de bocadillo es como tragarte un pequeño erizo. Acabas mojando el pan en otro poco de leche. Pero tienes veintidós años. No hay garrafón que te tumbe ni faringitis que te doblegue. La bufanda en torno al cuello durante toda la noche obra milagros y el lunes te levantas casi bien. Tomas otra aspirina con el desayuno y te vas a clase pisando la nieve sucia que ya se está deshaciendo.

Te sentiste estúpido, y estúpida tu pasión por el Rock and Roll.

rama lama, rama lama ding dong
i’ll never set her free
for she’s mine, all mine
oh oh oh oh

Tus remolinos son tan rebeldes como el propio Rock and Roll. Imposibles de doblegar con la sola ayuda del fijador marca Patrico, el único que encuentras en la droguería. El auxiliar de la farmacia te deja ver una vieja libreta, escrita a pluma con el trazo elegante de tu abuelo, en la que te señala  dos recetas. Antiguas fórmulas magistrales de los tiempos de posguerra en los que la escasez aguzaba el ingenio, cuando el saber de los boticarios suplía variadas carencias, más allá de los remedios medicamentosos. Nombres curiosos. Goma de tragacanto y goma arábiga. Han de pasar unos años todavía hasta que conozcas su origen vegetal y la estructura química que les otorga sus propiedades, pero ya compruebas empíricamente que con cualquiera de ellas puedes esculpir el peinado a tu gusto, consiguiendo un tupé casi pétreo. La goma arábiga en vaselina es más rápida de preparar. Le da mucho brillo pero engrasa terriblemente el pelo. Y pica. Al final es mejor la goma de tragacanto en agua, si tienes paciencia y un poco de habilidad con el mortero llegas a conseguir un gel en el que debes procurar no dejar grumos por pequeños que sean, o se te agarrarán peor que liendres. Te peinas y ni un cabello se aparta de su sitio. No te despeinas ni siquiera en clase de gimnasia. Lo único malo es retirar aquel engrudo por la noche.

Tal vez aquello fuese necesario para el  Rock and Roll.

I’m a rockabilly rebel from head to toe
I gotta keep a-rockin’ everywhere I go
Everybody join us, we’re good company
Be a real cool cat, be a rockabilly rebel like me.

Llega al Colegio Mayor dos años después que tú y le toca aguantarte alguna novatada. Es de Ávila, muy flaco, con la nariz ganchuda y un tupé que rompe. Se llama Manolo, le apodan el Rockabily, y al final todo el mundo le acaba conociendo por El Rocka. Un día coincidís tomando unas cervezas y a la vuelta vais a echar un trago a tu habitación. Hay un tienducho al lado del Colegio Mayor donde venden a muy buen precio toda suerte de licores de elaboración nacional y nombres aparentes. Brandy Catador. Ginebra Arpon Gin. Vodka Korsakoff – de la que mezclabas con vitamina C efervescente para preparar unos curiosos combinados- y aquel día tienes una botella poco más que mediada de Whisky Mag 5, fabricado en Vilanova i la Geltrú. Es viernes y no hay prisa. Suena la banda sonora de Grease en el viejo radícasete y se vacía la botella contando batallas del bachillerato. Le dices que también te gusta mucho el country y queda en traerte el próximo trimestre una cinta de Jhony Cash que tiene en casa. Al final, mareados y con la risa floja, Manolo se va a su habitación y cada uno vomita por su cuenta aquel whisky infame. Al día siguiente celebrareis vuestras respectivas resacas. Manolo vive en Madrid, está muy gordo, es fiscal y seguís siendo amigos. Os veis muy de tarde en tarde, pero siempre que lo hacéis no podéis dejar de recordar la banda sonora de Grease y aquella botella de whisky Mag 5, manufacturado en Vilanova i la Geltrú.

Buenos tiempos aquellos del Rock and Roll.

Ricardo González

Tacones.

Autor@: Ricardo González

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Carme Sanchís

Género: Relato

Este relato es propiedad de Ricardo González, y su ilustración es propiedad de  Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tacones.

Es curioso. Guardas aquel recuerdo nítido y claro después de tanto tiempo. ¿Qué hizo que ese momento se grabara indeleble y otra miríada de evocaciones ya no estén? Momentos bellos, intensos, vergonzantes, odiosos, de la forma que fuesen, se han difuminado, desdibujados, imposibles de rescatar en el esplendor de sus detalles. O sin más borrados, sepultura profunda en la sinapsis de alguna neurona ya muerta por el tiempo y la inacción. ¿Acaso es casualidad? ¿Existe tal cosa?  No. Casualidad es el nombre que le damos a la superlativa ecuación indescifrable, entre cuyos signos y símbolos se encuentra, como un felino agazapado, eso a lo que llamamos destino. Ese sino a veces benévolo y generoso. Indiferente otras. Vengativo y cruel con frecuencia, como lo está siendo ahora.

¿Qué hace al destino comportarse de una u otra manera? ¿Qué rige su inestable humor? Nunca desenredaremos ese misterio, no resolveremos esa ecuación, imposible de todo punto para nuestro entendimiento. Le está vedado a nuestra pobre inteligencia traducirla, llevarla a un eje de abscisas y ordenadas. Mover la variable tiempo a lo largo del renglón torcido y saber de dónde arranca y adónde nos lleva. El futuro no se deja encerrar entre unas perpendiculares.

En el Norton servían muchos tipos de cervezas, de las que no tenían en ningún otro sitio. Siempre adoraste ir allí e ir probándolas todas. El camarero te conocía, y te avisaba cuando tenía alguna nueva, o te guiñaba un ojo el día que ibas con una chica con la que nunca te había visto antes. Hasta en uno de los anaqueles tras la barra, al lado de un cartel de la Ruta 66, descansaban  algunas de las primeras botellas de bourbon, aquel licor que nadie sabía lo que era, acaso unos pocos y tan solo de oídas, como Armando, que recordaba ver una en manos de Humprey Bogart en el cartel de una vieja película en blanco y negro.

No la habías vuelto a ver desde la facultad. Incluso durante el último año no llegasteis a cruzar más de media docena de saludos fugaces, cuando ella dejó de hacerse la encontradiza. No tiene porqué saber nada de ti, como tú lo desconoces todo de ella. Ahora haces conjeturas y tratas de presentir los hitos que han jalonado su camino. Quisieras saberlo todo de ella, incluso cuando lo imaginas sientes una leve punzada de algo que no sabes o no quieres identificar.

Fotos de motos antiguas, descapotables, un surtidor de Texaco al fondo, más allá de la mesa de billar. No solía tener mucha gente. A lo mejor también por eso te gustaba tanto, y porque la música se oía sin molestar, no necesitabas vocear en la oreja de nadie para hacerte entender. Y porque en aquel tiempo seguías haciéndole guiños al viejo estilo. Aún le dabas un toque de fijador –hacia arriba y hacia atrás- a aquella tupida mata de pelo castaño. Aunque ya no lucías el inmenso tupé de pocos años atrás, durante la adolescencia, aquel del año en que amamos a Olivia Newton Jones.

Te hubiera gustado explicarle lo que ha sido tu propia andadura. La cura de humildad a la que la vida te ha sometido. Cómo tuviste que dejar las oposiciones cuando lo de tu padre y hacerte cargo de la empresa. Fue duro, y tú no estabas preparado. Estudiar, ligar y tomar copas resultaba mucho más fácil, pese a que la mayoría son incapaces de hacerlo todo a la vez. Un día y otro te sorprendiste a ti mismo admirándote del viejo, y tratando de emularlo, tan solo a veces con éxito. Al menos supiste levantarte a cada tropiezo. Tras mucho tiempo, las cosas empezaron a marchar bien, y por unos años viviste el espejismo de la prosperidad. Pero tan solo fue eso, y mucho más rápido de lo que habías conseguido subir, comenzaste a descender. Hasta casi los infiernos, si la caída no se detiene. Allí acabarás, si no consigues ese nuevo contrato.

Fue e l día del examen de procesal de cuarto. Te había salido bien, como casi siempre, y estabas contento. Tocaba hombrear, y estabas sentado con Vicen y con Alfredo, el chaval aquel de Astorga que se murió en un accidente de tráfico al volver del servicio militar. Ya no era la primera copa, los tres con la risa floja y la lengua de trapo. Fuera llovía, nada normal a finales de Junio, pero importaba poco cuando a uno se le aparece un prometedor verano por delante. La primera noche tras el último examen tiene algo de torpe flotar en el vacío, como los primeros pasos por la calle del cautivo recién salido de la prisión. 

Hubieras podido contarle también lo duro que fue para el cazador saber  que en realidad no es más que una presa. Descubrir ya tarde que la auténtica belleza no viste de marca ni necesita maquillarse. La otra, la que nos entra por las retinas, acostumbra a ser efímera a la par que inútil, y casi siempre muy cara. El amor vino y se fue, como una ola que crece, rompe furiosa y luego se retira dejando solo resaca. Ondulación pareja al flujo de capital de una cuenta corriente, pero eso lo entendiste ya tarde. Cuando solo quedaba el vacío en los armarios y en el alma. Otro lacerante fracaso, descubriste un día que estabas solo allá abajo, aullando en silencio a la luna cada noche, convertido en un hombre a quien le hacían daño los boleros. Y aún así, fuiste capaz de incorporarte despacio y volver a caminar.

Alta, rubia y de ojos azules, y se podría decir de ella de todo menos que fuera guapa. Se había arreglado para salir aquella noche, o lo había intentado al menos. Había cambiado los habituales zapatones por unos de tacón sobre los que no sabía caminar y llevaba unos manguitos de lana en las pantorrillas. Calentadores, los llamaban, una más de las muchas horteradas de la moda femenina de los ochenta. Alguien le había prestado una cazadora de cuero y se había soltado el pelo, deshaciendo aquellas trenzas que le habían valido el apodo que tú mismo le habías puesto.

El patito feo ha encontrado al fin su sitio. Mucho más delgada, y ahora sabe arreglarse. El pelo dorado cae suave y ondulado sobre los hombros, enmarcando un óvalo de facciones dulcificadas, sin la sombra del bozo que apuntara un día, apagada ya la excesiva rojez de sus mejillas. Nunca habías reparado en esos ojos claros, y resulta que uno puede perderse en ellos como se pierde en el mar una tarde de verano. Tampoco recuerdas si aquellos labios disfrutaron antes de la perfección en sus proporciones que ahora exhiben, siempre los viste sin mirarlos. ¿Cambiada? Sí, cambiada, pero ella al fin y al cabo. Mírate a ti mismo. Sin pelo, sin cintura y sin ilusión. ¿Quién ha cambiado más?

Ella sí te esperaba a ti, y te recibió sonriente dejando que la reconocieras, pero esta vez la sonrisa ya no era tímida. No era sarcástica. Tampoco era en absoluto forzada. Ni educada, ni displicente. Era una sonrisa franca y serena, porque en realidad al verte allí, invitándote a sentarte frente a ella en su despacho, se estaba sonriendo a sí misma y sonriéndole a la vida que había cambiado las tornas. Te sorprendiste a ti mismo buscando en sus manos de uñas cuidadas un anillo que te alegró no encontrar.

  Ella sabía que tú eras quien le había puesto el mote por el que muchos la conocían en la facultad, y sin embargo, nunca te había dejado de sonreír con timidez cada vez que te la cruzabas. Igual que te sonrió aquella noche al entrar al Norton como por casualidad, aunque los dos sabíais de sobra que si ella aparecía era porque alguien le había dicho dónde estabas, para tan solo sentarse cerca y poder dirigirte alguna mirada furtiva.

Correcta y amable, cambió contigo las tres frases huecas de un antiguo conocido, un compañero más de clase a quien no se ve desde hace años, como si no hubieras sido más que eso. Enseguida pasó a examinar el proyecto y la oferta, y a no ser por el tuteo se podría pensar que trataba con un perfecto extraño.

¿Qué tal el examen, Walquiria? –le espetaste en voz bien alta cuando pasó a tu lado. Y te oyó todo el mundo. Hubo un par de segundos de silencio irrespirable, y no necesitaste ver la mirada reprobadora de Vicen para darte cuenta de que era un buen momento para haberse callado. Pero no hiciste nada por enmendarlo, y cuando ella pudo balbucir un “bien” presa del sonrojo y la vergüenza, tu “me alegro” sonó burlón y despiadado. Vicen la invitó a sentarse y tomar algo, pero ella le sonrió agradecida y pretextó estar buscando a sus amigas. Supiste que habías hecho mal al verla enfilar la puerta oscilando de forma peligrosa sobre los tacones, pero no fue algo que te quitara el sueño aquella noche, ni tampoco las siguientes, ni las de mucho tiempo después.

No pareció disgustarle, y por las preguntas que hizo y los detalles en los que reparó, se ve que está al día y sabe exactamente lo que quiere. Guardó la carpeta para estudiarlo y te precedió curvilínea hasta la puerta, con la tranquilidad y el aplomo que a ti te faltaban. Traje de chaqueta azul, medias oscuras y unos zapatos altos, quién lo diría, con los que parecía haber caminado toda la vida. Te volvió a dedicar la misma sonrisa.

Ilustración de Laura López

Tú trataste de devolvérsela, pero esta vez fue tu rostro el que traslució timidez. Se te pasó por la cabeza decirle lo mucho que necesitas ese contrato, pero al menos supiste morderte la lengua a tiempo.

Es tarde, pero te empeñas en servirte  un dedo más de wiskhey, en encender otro cigarrillo. Sabes que eso no borrará de tu boca el sabor de la ansiedad, ni lo borrará de tu vida tampoco, pero poco importa si es útil o no, hoy lo haces y punto. El licor ya te ha embotado, navegas por la estúpida neblina del bebedor solitario, por el mar interior, más bronco, traidor y tenebroso que cualquier océano conocido. Escuchas una y otra vez a Loquillo cantarle a otro solitario, aquel imposible cadillac, nena porqué no volviste a llamar, como si hacer sonar aquellos acordes una y otra vez pudiera conjurar un viaje en el tiempo más imposible todavía. Bajo las palmeras, triste y solitario. Te pones un trago más, a ver si la ventana comienza a moverse, a girar en una espiral infinita que te lleve lejos de aquí, cruzar el mar en tu compañía, muy lejos de este momento odioso, escapar de la noche que viene, luego el día, el amanecer me sorprenderá dormido borracho en el cadillac.

Y tú si que ya estás borracho, y vuelves a recordar. Y quisieras verte sentado en el Norton una noche que llovía, en el tiempo de los problemas pequeños y las ilusiones grandes; la vida un folio casi en blanco, tan solo unas pocas líneas, casi todo por escribir. Cuando en tus peores pesadillas no aparecían la soledad, la ruina o la alopecia. Devolverle a ella la sonrisa, invitarla a sentarse a tu lado, preguntarle por el examen, saber qué pensaba hacer aquel verano. Me he sorprendido mirando a tu barrio, me han atrapado luces de ciudad. Un trago más y a ratos la ventana parece que ya se mueve, pero no lo suficiente. Quien se mueve eres tú cuando intentas levantarte, mejor vuelve a sentarte y échate otro poco, otro dedo, el último, ya casi no te queda tabaco. Y dice la gente que ahora eres formal, y yo aquí borracho en el cadillac y la vida te ha revolcado más de lo que merecías, piensas, ya ha sido suficiente venganza. Has tomado buena nota, has aprendido bien, ya no te ríes de nadie, si acaso de ti mismo, la experiencia te ha enseñado. ¿La experiencia? ¿Cómo era aquello que siempre decía Vicen cuando bebía y se ponía sentencioso? Con aquel acento de pueblo extremeño y su deje de antiguo tartamudo que el alcohol hacía brotar, rebelde.

– Macho, la experiencia es un peine que te dan cuando ya estás calvo.