¡Guerra!

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Género: Relato Ficción

Rating: +16

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Guerra!.

Al filo de la medianoche Superman vio cómo la señal del murciélago iluminaba el cielo a las afueras de Arkham y teñía las montañas de un color rojo sangre premonitorio. Alfred había cumplido con su parte y ahora solo quedaba esperar. Había sido el fiel sirviente el que, preocupado por la salud de Bruce, se había puesto en contacto con él y le había dicho cómo atraer al hombre murciélago al lugar de la cita. Alfred había hecho un esfuerzo enorme para contarle lo que había sucedido, porque en su fuero interno se sentía una especie de traidor a la familia Wayne, a la que tan bien había servido durante varias generaciones. Si Alfred tenía razón, Batman podría haberse convertido en un peligro demasiado grande para él mismo, y para la humanidad.

Ilustración de Rosa García

Lo que Superman no podía imaginar era cómo reaccionaría Bruce cuando acudiese atraído por la señal de peligro y lo viese allí. Era una de las personas más inteligentes que conocía y estaba seguro de que se daría cuenta enseguida del engaño.

—Hola, Clark.

Superman se volvió sorprendido. La imponente figura del hombre murciélago se recortaba contra el cielo iluminado.

—¿Cómo has podido llegar tan rápido? Yo… Alfred acaba de accionar la señal.

—¿El cazador cazado? —Batman avanzó unos pasos.

Superman estaba desconcertado. Batman se movía con la seguridad de alguien que lo tuviese todo bajo control. En absoluto parecía necesitado de ayuda o sorprendido.

—Así que Alfred tenía razón.

—¿Sobre qué?

—Al final lograron contaminarte. No puedo oír los latidos de tu corazón…

—¡Ah, ese oído extraordinario! Muy a menudo olvido que tienes los poderes de un dios. Algún día esa seguridad va a jugarte una mala pasada.

—¿Cómo pudo suceder?

—¡¿No me digas que nunca has sentido la tentación de dejarte corromper?! Vamos, Clark, sé sincero conmigo ahora que no nos oye nadie.

—No estoy aquí para hablar de mí, Bruce…

—Es cierto. Vienes a intentar salvar a este viejo murciélago; a llevarme de nuevo hacia la luz —hizo una pausa deliberadamente larga—, o a acabar conmigo.

—No puedo dejar que el mal que corre por tus venas se extienda.

—¿No? ¿Acaso tienes miedo por ellos? —señaló las luces de Gotham a sus espaldas— ¿o se trata más bien de ti? —El hombre murciélago levantó la voz con arrogancia—. ¡¿Por qué diablos te crees el juez de la humanidad?!

Superman comprendió que iba a ser muy difícil tratar de razonar con Bruce, así que intentó rebajar el tono de la conversación.

—Eres diferente, Bruce. Has cambiado. Antes no hacía falta discutir sobre estas cosas. Los dos sabíamos lo que había que hacer en cada momento.

—Quizás porque creía que te conocía. En honor a la verdad he de decir que nunca acabé por tragarme tu historia del pequeño huérfano que viaja por el espacio profundo desde un mundo que se muere, y aterriza por casualidad en una granja de Kansas. Ahora que he visto la verdad, sé lo que tengo que hacer.

—Estás delirando, Bruce. Ven conmigo. Acompáñame hasta la Fortaleza de la Soledad. Allí tengo la tecnología adecuada para intentar curar esa enfermedad.

—¿Hasta el Polo Norte? No, gracias. Allí hace mucho frío. —Bruce se permitió poner una nota de sarcasmo en la voz—. Además ¿por qué crees que quiero ser curado?

—No sabes lo que dices. Es la enfermedad la que habla por ti.

—Podría ser, pero si es una enfermedad, nunca me he sentido más joven y fuerte —y al decirlo abrió y cerró los puños en una demostración de fuerza—. Todo el mundo debería probarlo.

—Nadie más lo probará, Bruce. Esto acabará aquí y ahora. Son demasiados años luchando codo con codo en las mismas trincheras. De encontrarme en tu situación, estoy seguro de que hubieses intentado ofrecerme tu ayuda…

Batman rió con fuerza.

—Esto no hubiese podido sucederte jamás, Clark. El virus solo puede establecer una relación simbiótica con los humanos. No sé qué podría pasar en el caso de intentar inocularlo en un cuerpo alienígena como el tuyo.

—¿Inocular un virus? —En ese momento el desconcertado era Superman. Bruce estaba hablando de premeditación, de organización, palabras que implicaban mucho más que aquello que le había contado Alfred.

—Es hora de que conozcas un poco de historia verdadera de tu planeta adoptivo, no la que enseñan los libros de historia, porque ese desconocimiento al final será tu perdición. Al igual que sucede con ciertas especies, la raza humana tiene la posibilidad de defenderse de agresiones externas mutando una parte de su población para convertirla en guerreros excepcionales. Ha sucedido en varias ocasiones a lo largo de los siglos, y en todas ellas hemos logrado salir victoriosos. Bien, pues ahora hemos conseguido controlar el cambio, de modo que podemos elegir quiénes de nosotros se convertirán en esos paladines, y lo hemos hecho mediante un virus.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Ten paciencia, Clark. Nunca subestimé tu inteligencia, así que estoy seguro de que acabarás por comprenderlo todo. El cambio ya no tiene tantos efectos secundarios: si bien es cierto que no hemos podido evitar los colmillos —y sonrió con seguridad para mostrarle los suyos—, ya no necesitamos alimentarnos de sangre humana y podemos caminar a plena luz del día.

—¿Por qué alguien querría convertirse en un vampiro?

—Aquí es donde entras tú.

—Sigo sin entenderte.

—Te has ganado a todo el mundo, Kal El. —Bruce lo llamó de forma intencionada por su nombre de Krypton—. No hay una sola persona en el mundo que no te siguiese ciegamente a cualquier parte, incluso al abismo. Desgraciadamente para ti y los tuyos, nosotros no olvidamos nuestra historia y sabemos perfectamente cómo funciona un caballo de Troya.

—Debes de haber perdido el juicio…

—Cuando el coronel Furia se puso en contacto conmigo y me mostró las pruebas que acabaron por abrirme los ojos, me costó mucho asimilar las consecuencias de lo que estaba viendo. ¿Cómo pudimos estar tan ciegos durante tanto tiempo?

—¿De qué pruebas hablas?

—Vamos, Kal El, no insultes mi inteligencia. Todo iba perfecto, y nadie hubiese podido darse cuenta del peligro hasta que hubiese sido demasiado tarde. Pero Shield tiene ojos y oídos en todas partes. Furia me mostró la grabación de tu conversación con el general Zord, uno de los renegados de Krypton que habíais desterrado a la zona fantasma y que llegaron a la Tierra con la intención de invadirla. Zord te ofreció unirte a ellos. A cambio te daría poder supremo aquí en la Tierra. Pero tú declinaste su ofrecimiento e incluso arriesgaste tu vida para acabar con la amenaza. Heroico. Lo que la mayoría del mundo no sabe, pero sabrá en breve, es que en aquel entonces tuviste miedo, miedo de desobedecer las órdenes escritas en tu código genético y de enfrentarte al inmenso poder que estaba por venir: las máquinas de guerra de Krypton.

—¿De qué demonios estás hablando?

—A partir de ahí, atar cabos fue un juego de niños. Escuchamos con interés los pulsos de energía que cada cierto tiempo enviabas desde la Fortaleza de la Soledad hasta lugares en el corazón del universo cada vez más cercanos a la Tierra. Todavía no sabemos qué es lo que les cuentas en esos mensajes, pero nos lo podemos imaginar, porque podemos seguir el rastro de muerte que los tuyos dejan allá por donde pasan. Sistemas estelares aniquilados para saciar vuestra sed de destrucción. Civilizaciones desaparecidas para siempre. Mundos que confiaron en alguien como tú, un ser que conocía las fortalezas y debilidades de aquellos que lo habían acogido como uno de los suyos. Porque solo eres la avanzadilla. Tu misión, como la de otros tantos a los que habéis enviado al espacio profundo, era la de localizar mundos habitables. Eso es lo que hacéis, es vuestro modo de vida: os ganáis la confianza de vuestros anfitriones para después invadir, parasitar y canibalizar los planetas que tienen la desgracia de cruzarse en vuestro camino de muerte y destrucción. En esta ocasión la Tierra es el planeta elegido; pero en esa ecuación sobra algo: nosotros, ¿verdad? ¿Cuánto tiempo nos queda?, ¿meses, semanas, días quizás? ¿Cómo es de malo lo que nos espera, Kal?

Superman escrutó el desolado paraje a su alrededor. Estaban solos. Bruce sabía demasiado y era un peligro que podía poner en peligro todo el plan de invasión. No podía permitir que saliese con vida de allí. Si el hombre murciélago pensaba que alguien infectado por un virus podía ser un rival digno para un hijo de Krypton, se equivocaba. No cuando tantas cosas estaban en juego. Decidió ganar tiempo y averiguar cuántos más sabían algo acerca de la conspiración.

—Estás loco…

—No, Kal, estábamos ciegos, pero ahora que hemos abierto los ojos no nos cogeréis por sorpresa.

—¿Cuántos más conocen esta descabellada teoría tuya?

—¿Por qué? ¿Piensas que con mi desaparición podrías seguir adelante con vuestro plan? Llevamos mucho tiempo trabajando en la sombra, preparándonos, dejando que te confiases. La Corporación Stark se encarga del armamento, Industrias Wayne se ocupó del desarrollo del virus y Shield de la organización. No hay nada que puedas hacer para detenernos y la mejor señal del éxito de nuestra cruzada es tu cara de sorpresa.

—¿Por qué me cuentas todo esto ahora? Podría acabar contigo ahora mismo.

—Porque estamos preparados. El virus del vampiro transforma nuestros cuerpos y les da una fuerza sobrehumana, muy similar a la tuya. Pero eso ya lo sabías después de tu último enfrentamiento con Drácula, ¿verdad? Para poder haceros frente hacen falta más que hombres, y en eso es en lo que nos habéis obligado a convertirnos. Además, si tu cuerpo alienígena es capaz de tener un alma, algo que dudo, es necesario que conozcas el motivo por el que vas a morir. No quiero tener ese peso sobre mi conciencia.

—¿Morir? Sí, este es el punto final para uno de los dos, pero no seré yo el que caiga —dijo Superman mientras sus ojos comenzaban a brillar con la energía de una estrella.

Había llegado el momento de poner a prueba lo que se había desarrollado durante tantos años. El hombre murciélago hizo un gesto con la mano y una pequeña chispa verde brilló en el horizonte, al pie de la colina, seguida de un sonido seco. Superman cayó al suelo golpeado por el proyectil.

—Tengo que reconocer que Alfred tiene una excelente puntería —dijo Batman mientras se acercaba al cuerpo tendido en el suelo, que luchaba por incorporarse mientras se retorcía de dolor—. Te voy a dar otra mala noticia antes de que te vayas, Kal: hemos logrado fabricar una aleación con kryptonita sintética y, tal y como puedes comprobar en tu propia carne, funciona a la perfección. Me temo que el verde se va a poner de moda en los próximos años. —Batman desenvainó una enorme espada que llevaba oculta bajo la capa. La kryptonita hacía que el filo verde resplandeciese en la oscuridad—. Aunque el veneno de ese proyectil acabaría por matarte, necesitamos un golpe de efecto que impresione a los que vienen detrás de ti. —Levantó la pesada espada sobre su cabeza—. En el proceso de la humanidad contra Kal El, encontramos al acusado culpable de alta traición, y lo condenamos… ¡a muerte!

Batman descargó el peso de la espada sobre un Superman agonizante y separó la cabeza del tronco casi sin esfuerzo.

Alfred llegó cuando todo había acabado. En su hombro colgaba el sofisticado rifle con el que había realizado el disparo.

—Envía un mensaje al coronel Furia diciéndole que la primera parte del plan ha salido tal y como estaba previsto. Espero que esto sea suficientemente contundente como para que aquellos que pretenden arrebatarnos nuestro hogar se lo piensen un par de veces y busquen un enemigo más asequible.

—¿Y si no es así, señor?

—Pues en ese caso —Batman cogió por la cabellera la cabeza del hombre de Krypton, la alzó al cielo como advertencia a un enemigo invisible y gritó con rabia, como si pudiesen verlo—: ¡habrá guerra!

Ilustración de Rosa García

Roberto del Sol

21ª Convocatoria: Sé lo que hicisteis el último verano

Sé lo que hicisteis el último verano.

 

 

Ilustración de Paloma Muñoz

A Carlos lo llamábamos El Andarica por la facilidad que tenía para correr por las rocas del pedrero cuando pescaba pulpos. Se sabía de memoria todas las cuevas y recovecos, y no conocíamos a nadie más rápido y eficaz con la vara y el gancho. Todos los chicos de la pandilla habíamos crecido juntos a orillas del Cantábrico, pero él pertenecía a una familia de varias generaciones de pescadores y parecía que tuviese agua de mar en vez de sangre corriendo por las venas. Carlos era mi mejor amigo, y también la primera persona que conocí que murió debido al cambio climático.
Hace unos años, comenzaron a aparecer delfines varados en nuestras playas, grupos de ballenas e incluso algún cachalote. Por desgracia eso se hizo tan habitual que dejó ser noticia. Solo apariciones tan exóticas como las de los kraken —así era como llamábamos a los calamares gigantes que ascendían de la fosa de Carrandi para morir en la superficie— merecían un pequeño hueco en la prensa local. Y aún así eso dejó también de sorprendernos.
Tampoco nos pareció demasiado extraño que llegase hasta el Muelle, a los pies de Cimadevilla, algún grupo de focas de vez en cuando. Era muy divertido llevarles algo del pescado que el padre de Carlos no había vendido en la rula. Hasta que, del mismo modo que vinieron, desaparecieron.
Reputados biólogos hablaban en los telediarios regionales del calentamiento global y decían que era el responsable de los cambios que habían sufrido las corrientes cálidas que bañaban las costas de los continentes. Ponían como ejemplo el desplazamiento de las inmensas masas de kril de los mares australes a zonas en las que eran menos habituales, y comentaban que eso con toda seguridad obligaría a desplazarse al resto de la cadena alimentaria. Y con esa afirmación se referían a toda la cadena alimentaria. Desde la base, compuesta por el diminuto kril, hasta la cúspide.
Yo sé lo que vi aquella tarde de verano, el año pasado, en la playa de San Lorenzo.
Era la semana grande de las fiestas de Gijón y había bastante gente paseando por el muro. Esa mañana habíamos conocido a unas chicas que no hablaban casi nada de español y a las que habíamos bautizado como las yankis. Recuerdo que la puesta de sol comenzaba a iluminar la iglesia de San Pedro con tonos anaranjados, y a Carlos gritando que podía llegar sin problema hasta las boyas amarillas que delimitaban el área de seguridad de los bañistas. Miré al horizonte. Las boyas flotaban a no más de trescientos metros de la playa y me costaba distinguirlas con la oscuridad creciente. Nadie intentó disuadirlo. El resto de la pandilla sabíamos cómo era Carlos. Quería impresionar a las chicas y era un buen nadador. Hacía un par de años que había quedado entre los diez primeros en la travesía del Musel, así que lo que proponía para él no era más que un paseo. Me pidió que bajase hasta la orilla del mar para guardarle la ropa. Sólo se fiaba de mí, y no quería que nadie le gastase la típica broma que le obligase a salir de la playa desnudo.
Antes de que nos diésemos cuenta, Carlos se había adentrado unos cien metros en el agua y nadaba de forma vigorosa hacia las boyas. Hacía calor, así que me descalcé y avancé hasta que las olas me bañaron las rodillas. Me di la vuelta un instante para mirar a los chicos que animaban desde el muro y, al volver la vista hacia donde estaba Carlos, el terror se apoderó de mí y comencé a temblar de forma incontrolada. Recuerdo que retrocedí dando traspiés para salir del agua y que la resaca hizo que casi me cayese de espaldas. El mar estaba ligeramente rizado y desde el muro, a un par de metros sobre el nivel del mar y con el sol casi por debajo de la línea del horizonte, mis amigos sólo podían distinguir una sucesión de picos. Por eso nadie más que yo pudo verlo. Entre las crestas de las olas rizadas un triángulo de gran tamaño cortaba el agua de forma decidida hacia Carlos. La primera embestida lo pilló por sorpresa y, al instante, comenzó a luchar con un enemigo invisible. Después gritó un par de veces y desapareció sin más en las oscuras aguas de la bahía.
Cuando el resto de los chicos llegó hasta mí, yo estaba paralizado por el miedo.
Los bomberos y la policía iluminaron la playa y las rocas al pie de la iglesia y se pasaron toda la noche buscando a nuestro amigo. A la mañana siguiente el helicóptero de rescate peinó meticulosamente el litoral, pero no fueron capaces de encontrar su cuerpo.
Nadie me creyó cuando les conté lo que vi. Dicen que es imposible que un pez de un tamaño tan grande como para acabar con una persona pueda acercarse tanto a nuestras playas y que, en el hipotético caso de que así hubiese sido, los servicios de rescate tendrían que haber encontrado algún resto que apoyase mi teoría. Oficialmente, Carlos se ahogó.
Ha pasado casi un año. Ya es primavera y por la prensa me he enterado de que han regresado las focas. En Gijón no se puede vivir de espaldas al mar, así que he vuelto a la playa con los chicos. A veces pienso que también ellos dudan de mi versión de los hechos, porque si hubiesen visto lo que yo vi no se meterían en el agua otra vez. No he vuelto a bañarme en el mar. El terror me paraliza cada vez que pienso en ello. En mis peores pesadillas estoy nadando en las aguas del puerto, como hice en tantas ocasiones cuando era niño, y siento que una corriente poderosa me zarandea. Floto para no llamar la atención y aguanto la respiración mientras rezo para que la bestia pase de largo. No me atrevo a meter la cabeza bajo el agua porque creo que si no miro esos ojos fríos de cristal perderá poder sobre mí. Los demás chicos se zambullen y nadan y ríen a mi alrededor. Y cuando empiezo a pensar que todo es fruto de mi imaginación, la aleta dorsal aparece y comienza a cortar la superficie del agua hacia mí.

Roberto del Sol

Semillas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustraciones son propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Semillas.

Stella Dubois aparcó el Aston Martin de forma automática en el garaje de su casa, quitó la llave del contacto y se miró en el espejo retrovisor. Una pequeña sonrisa que no obedecía a ningún motivo concreto se dibujaba en la comisura de sus labios. La sonrisa de la Gioconda, pensó. Su vida no era perfecta, pero no le faltaba mucho para serlo. A los treinta y cinco años había conseguido la mayoría de las metas que ella y sus amigas de Oxford habían propuesto en el “Manifiesto para zorras felices”, una declaración de intenciones que habían redactado, borrachas y fumadas hasta casi perder el sentido, en la fiesta de la ceremonia de graduación, en la universidad. Era muy cierto que trabajaba muy duro y de sol a sol pero, a diferencia del resto de los mortales, que sólo lo hacían para intentar sobrevivir, ella estaba destinada a ser una de las elegidas, un miembro de la élite que gobernaría la City. ¿Qué más podía pedir? Su apellido estaba a punto de suceder al de su padre en uno de los más prestigiosos bufetes de abogados de Londres, estaba felizmente casada con un hombre que la adoraba y además tenía un hermoso niño de cuatro años. Por si todo eso fuese poco, hacía un mes que habían vuelto de un maravilloso viaje a Costa Rica y todavía le duraba la euforia. Había mujeres a las que se las conquistaba con pedruscos de muchos quilates, pero Stella no era de esa clase. Para ella la felicidad más absoluta consistía en poner un nuevo sello de visado en el pasaporte. De hecho, a veces pensaba que todo lo que merecía la pena de la vida había sucedido durante las vacaciones, en alguno de los viajes que comenzaba a planificar de forma meticulosa desde el mismo momento en el que acababa el verano. Hasta ella misma se daba cuenta de que cuando facturaba las maletas se convertía en una mujer diferente. Durante ese maravilloso mes permitía que las cosas sucediesen. Así había sido como había conocido a Tony, en una escapada organizada al zoco de Marrakech. Todavía recordaba cómo le había llamado la atención aquel hombre fuerte, de tez curtida y ojos verdes, que destacaba entre la multitud como un diamante sobre terciopelo negro. El destino había querido que conociese a su Lawrence de Arabia en aquel viaje, y Stella no era de las que desaprovechaban las oportunidades. A veces se preguntaba si le hubiese causado la misma impresión de haberlo conocido vestido con un traje, en el bufete en el que trabajaba.

Alma se cruzó con ella en la cocina. La chica de los Barton debía de haber visto las luces del coche al acercarse y se había dado prisa en arreglarse. Era viernes, lo más seguro es que hubiese quedado con su novio.

—¿Te dio mucha guerra el peque?

—No, ninguna —respondió la chica sin detenerse y se fue cerrando la puerta tras ella.

Stella se quedó un rato mirando la puerta cerrada. Alma era una buena chica, de eso no cabía duda, y la conocía desde que reptaba con pañales por el jardín, y sin embargo hacía más o menos un mes que había algo en ella que no acababa de encajar. Algo que era difícil de explicar, y que podría ser nada más que una sensación suya, pero decidió que no sería una mala idea mantener una pequeña conversación con la madre de la chica. No le gustaba meterse donde nadie la llamaba y era consciente de que Alma estaba en una edad complicada, pero a veces los vecinos podían ver cosas que quizás no fuesen tan fáciles de ver en su familia.

Dejó las llaves en la pequeña bandeja de cuero, sobre la cómoda del pasillo y se quitó los zapatos de tacón para subir la escalera sin que el crujido de los peldaños despertase a Alex. El pequeño dormía con placidez, pero completamente destapado, así que lo arropó, apagó la lámpara de Spiderman y cerró la puerta con delicadeza.

Esa misma mañana Tony le había dicho antes de irse al trabajo que le tenía reservada una pequeña sorpresa. Stella calculó que le quedaba el tiempo justo para dejar una botella de vino abierta para que respirase, darse una ducha rápida y ponerse algo sexy, pero descubrió contrariada que no les quedaba ni una triste botella de vino en la bodega. A esas horas tan sólo estaría abierto el Open, así que marcó el número de su marido para ver si podía pasar cuando volviera a casa y comprar algo que se pudiese beber.

—Vamos, cariño, contesta, por favor —masculló por lo bajó mientras contaba el número de tonos, hasta que se dio cuenta de que había otro sonido más en la cocina. Dejó que el móvil siguiese llamando y siguió aquella música que conocía muy bien hasta su origen, detrás del frutero.

—¡Genial! —exclamó a la vez que apagaba su móvil y cogía el de Tony.

Bueno, no se podía luchar contra el destino, esa noche habría sorpresa sin vino.

Stella tomó el móvil de Tony y lo miró con reverencia. Era muy raro que se lo hubiese olvidado en casa. Siempre lo llevaba encima porque era una de esas personas que necesitaba tener cerca una buena cámara de fotos. Tony lo fotografiaba todo, y después disfrutaba como un niño enseñándoselo. De hecho, era muy extraño que todavía no le hubiese enseñado las fotos de Costa Rica. No hizo falta buscar mucho, ahí estaban: fotos de la aproximación del avión, de la llegada al aeropuerto, en los parques nacionales, en el Hilton, con los Bern —un matrimonio muy divertido que habían conocido buscando un poco de marcha por la noche—, fotos un poco subidas de tono en la intimidad de la habitación… Y los videos.

Stella repasó los iconos de forma rápida y los identificó todos, excepto el último, así que se olvidó de que su marido estaba a punto de llegar y pulsó el botón de reproducción de forma distraída. De inmediato los sonidos de la selva inundaron la cocina. Las imágenes, bastante movidas, parecían grabadas desde algún tipo de escondite. A poca distancia, en el centro de un anfiteatro casi oculto por entero por una vegetación exuberante, se alzaba una especie de altar ceremonial en el que reposaba una mujer desnuda y aparentemente inconsciente. Parecía un espectáculo destinado a asustar a turistas aprensivos, sólo que no había público en las gradas. A Stella todo aquello le parecía muy extraño.

Seguramente lo hubiesen grabado aquella noche en la que Tony y Raoul Bern se habían ido de marcha para ver un poco más de cerca la ciudad, y que ella se había quedado con Isabella, tomado un par de cócteles mientras espantaban divertidas a varios lugareños borrachos que revoloteaban a su alrededor.

Stella reconoció la voz de Tony y de Raoul. Hablaban en susurros.

—¿Qué tal se ve? ¿Puedes grabarlo?

—Creo que sí, las antorchas iluminan bastante bien la escena.

—Dios santo. ¿Viste esas convulsiones? ¿Qué crees que van a hacerle ahora?

—No lo sé. Quizás nada más. Eso que la obligaron a comer parece que la dejó inconsciente.

—Puede que esté muerta…

—Creo que con esto hay bastante. Tenemos que ir a la policía con el video.

—¿Tú sabrías cómo regresar a este sitio?

—Shhhhh. Calla. Ahí vuelven.

Una docena hombres rodearon el altar en un amplio círculo y comenzaron a mecer sus cuerpos de izquierda a derecha como si fuesen uno solo. Stella en ese momento cayó en la cuenta de que dentro del círculo había algo más, una hermosa planta de grueso tallo que hasta el momento le había pasado desapercibida. Aún desde la distancia aquellas flores tan peculiares se parecían como dos gotas de agua a las que crecían desde hacía unos días en la esquina más soleada del jardín.

—Mira la tierra, al pie de la planta —se oyó la voz de Raoul—, parece que algo la está removiendo.

—Tiene que ser una broma —dijo su marido—, parecen unas manos.

Stella forzó la vista. No era lo mismo verlo en la pantalla del dispositivo que en directo, y podría ser sólo sugestión, pero daba la impresión de que un par de pálidas y delicadas manos se abrían camino entre la tierra como en las malas películas de zombies. Un instante después una hermosa mujer emergió trabajosamente de la tierra y se puso en pie de forma vacilante, como lo haría un cervatillo recién nacido. Sólo entonces dos de los hombres que componían el círculo se acercaron hasta ella y la cubrieron con una túnica mientras otros arrojaban el cuerpo de la mujer inerte al agujero de la tierra, que comenzó a cerrarse casi de forma inmediata.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¡Dios, mío! ¿Has visto eso? —La voz de Raoul era pura histeria.

—Ahora sí que tenemos bastante…

—¡Nos han visto! —Algunos de los hombres señalaban su posición—. ¡Esconde la cámara y vámonos!

De repente la imagen comenzó a agitarse de forma violenta y después se detuvo.

Stella comprobó los videos. No había más grabaciones. No entendía nada. Tanto si lo que había sucedido era real como si era una broma, ¿por qué Tony no le había contado nada?, ¿y qué pintaba aquella extraña planta en el jardín de su casa? Miró alrededor y comenzó a sentir frío. El mundo parecía desmoronarse bajo sus pies. Todo parecía extraño a sus ojos y empezaba a creer que ya no conocía suficientemente bien al hombre con el que había decidido compartir su vida.

Tony llegaría en unos instantes y ya no se sentía segura en la casa. Tenía que darse prisa. Cogió lo primero que encontró en el armario para abrigarse y se dirigió a la habitación de Alex. El sexto sentido le decía que lo mejor sería dormir por una noche en casa de sus padres, hasta que todo se aclarase. Seguramente habría una explicación lógica para lo que acababa de ver, pero la parte racional de su cerebro no capaz de encontrarla. Las luces de un coche rompieron la oscuridad en el camino de entrada de la casa. Era demasiado tarde para salir por delante. Si se daba prisa, todavía podía coger a Alex y salir por detrás. Con un poco de suerte podría dar la vuelta a la casa antes de que Tony reparase en qué era lo que estaba sucediendo. Alex estaba profundamente dormido, así que Stella no perdió tiempo en explicarle nada y lo cogió en brazos envuelto en el edredón.

—¿Qué es lo que pasa, mami?

—Nada, cariño —respondió ella intentando tranquilizar al niño con su tono de voz—. Sólo nos vamos a casa de los abuelos.

—¿Y papi?

—Papi vendrá mañana, cielo. Ahora duerme.

Los ojos del niño se abrieron por completo. Era evidente que se había desvelado.

—Pero eso no está bien, mami. Papá tenía una sorpresa para ti esta noche.

Stella estaba tan preocupada vigilando los movimientos de Tony que tardó un instante en darse cuenta del significado real de aquella frase. Miró a los ojos de su hijo, que en la penumbra del pasillo parecían haber adquirido un tono verdoso.

—¿Cómo sabes tú eso, Alex? Papá me lo dijo hoy por la mañana, antes de irse al trabajo, y tú ya estabas en el cole…

—Cuando todo acabe, madre, ya no tendrás que ir a trabajar nunca más y por fin estaremos juntos. Para siempre.

Era la voz de Alex, pero no era su hijo el que hablaba. Horrorizada, Stella asistió en silencio a algo que la dejó paralizada. El niño tomó con la mano derecha el índice de la izquierda y se lo arrancó con un crujido seco. Después ofreció el pequeño dedo, que se movía como si tuviese vida propia y de cuya parte cercenada sobresalían unos pequeños zarcillos, a su madre, que asistía al espectáculo horrorizada.

—Come, madre, como lo hice yo la noche en la que papá me hizo su regalo. No te preocupes por esto —y extendió los cuatro dedos de la mano izquierda con total naturalidad—, mañana volverá a estar bien. Todo será muy rápido. Después ya nunca más habrá dolor.

Stella comenzó a retroceder lentamente hasta que su espalda tocó la pared. Era demasiado tarde. No se trataba de una pesadilla de la que pudiese despertar, el monstruo con la forma de su hijo seguía allí, de pie, ofreciéndole el pequeño dedo en la palma de la mano abierta como si fuese un caramelo.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¿Qué sois? —logró articular entre sollozos.

—¿Qué somos, madre? —El pequeño arqueó las cejas y ladeó la cabeza ligeramente, como si la pregunta lo hubiese cogido por sorpresa—. Lo mismo que vosotros, sólo semillas.

Stella se derrumbó de rodillas, derrotada. No le quedaba nada por lo que luchar, y no tenía fuerzas para escapar. Además, ¿hacia dónde huiría? Le habían arrebatado lo que más quería. La vida ya no tenía sentido. Impotente, escuchó los crujidos en la escalera que anunciaban la llegada del hombre que antes había sido su marido.

Roberto del Sol

E09-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E09-El fantasma de los libros.

Michael escondió la barbilla en el cuello de cisne del jersey mientras esperaba a que Stephen abriese la puerta. Estaba temblando. Había salido de casa con tanta rapidez que se había olvidado de abrigarse adecuadamente para protegerse del viento frío de principios de febrero. Miró alrededor. Solo su coche, atravesado y con las luces de emergencia encendidas, rompía el orden y la monotonía del pequeño barrio residencial. ¿Por qué tardaba tanto Stephen? Ya había hablado con él por teléfono mientras circulaba a toda velocidad por las calles desiertas, ignorando las luces rojas de los semáforos, para anticiparle su llegada. Era consciente de que las tres de la madrugada no era una hora normal para presentarse en casa de nadie, pero la urgencia de la situación no admitía demora.

Algo iba terriblemente mal.

Michael siempre dedicaba el final del día a navegar y responder a la interminable cascada de correos electrónicos que le enviaban sus colegas de departamento, los alumnos a los que dirigía en sus tesis de fin de carrera y los compañeros de investigación de varios proyectos en los que participaba. Era una tarea que odiaba, pero que nadie más podía hacer por él. Como decía siempre, eso nada más que era un pequeño peaje a pagar para poder dedicarse al mejor trabajo del mundo: ser profesor del departamento de lenguas clásicas en Princeton. Solo conocía una persona a la que le gustasen menos todos esos galimatías informáticos que a él: su amigo Stephen. Por eso esa noche, cuando llegó cansado de la universidad y vio su correo, lo abrió inmediatamente. Apenas hacía unas horas que lo había dejado en el departamento. ¿Qué necesitaba decirle que no le hubiese dicho esa tarde y que no pudiese esperar hasta el día siguiente? A medida que leía el mensaje, los sorprendidos ojos de Michael se abrían más y más. No podía ser verdad. Stephen tenía que haberse vuelto loco.

Hacía un par de meses que un equipo de investigación de la universidad de Sevilla se había puesto en contacto con ellos para solicitar ayuda con un descubrimiento que había revolucionado el mundo científico. El equipo, coordinado por el doctor Valentín Requena, había dedicado sus esfuerzos a estudiar una de las grandes incógnitas de la historia: el motivo por el que la Orden del Temple había pasado de ser el poderoso brazo armado de la cristiandad a una organización perseguida cuyos miembros habían llegado a ser prácticamente aniquilados y sus riquezas repartidas como botín de guerra. Y para intentar desvelar ese misterio habían comenzado por estudiar con detenimiento las actas de la Santa Inquisición cuyas fechas se correspondían en el tiempo con el ocaso de la Orden. Lo que los sevillanos habían averiguado arrojaba una nueva luz sobre los hechos de aquella época.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, tal y como había sido conocida inicialmente, se había fundado con la misión de proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, pero también perseguía fines más oscuros y menos conocidos, como el de destruir todo lo que atentase contra la doctrina de la Iglesia. Hasta que llegó un momento en que los puntos de vista de la Iglesia y de la Orden sobre aquello que debía considerarse herejía eran tan distantes que los últimos grandes maestres del Temple, abrumados ante la posibilidad de que pudiesen llegar a perderse cientos de años de ciencia y de arte, y que eso acabase por sumir a Occidente en una era de oscurantismo y tinieblas similar a la que había sucedido a la destrucción de la biblioteca de Alejandría, tomaron la determinación de limitarse a esconder todo lo que la Iglesia consideraba peligroso, a la espera de que llegasen tiempos mejores en los que la cordura pusiera las cosas de nuevo en su sitio.

Hasta que sus planes llegaron a oídos de la Santa Inquisición.

Hacía tiempo que el rey de Francia, Felipe IV, acuciado por las enormes deudas que mantenía con la Orden, intentaba en vano advertir al papa Clemente sobre el inmenso poder que los caballeros habían acumulado a lo largo de doscientos años y la amenaza que eso suponía para la estabilidad de los reinos de Occidente. Un poder que crecía a medida que pasaba el tiempo y que comenzaba a rivalizar con el de la mismísima Iglesia Católica. Así que, con el entendimiento contaminado por las palabras del rey, y después de leer los informes de la Santa Inquisición, al papa no le quedó duda alguna acerca de la necesidad de intervenir con urgencia para cortar el brazo gangrenado antes de que la enfermedad acabase por contagiar al resto del cuerpo. “Si la mano derecha te escandaliza, arráncatela”, llegó a decir el papa para mayor satisfacción del rey de Francia. Herejía era el nombre de aquella enfermedad y solo había una cura posible para ella. Así que los miembros del Temple fueron perseguidos en nombre de Dios, apresados y torturados hasta que acabaron por confesar su culpa y después quemados en el fuego purificador que incendió el sur de Europa con cientos de hogueras. Para la orden caída en desgracia todo acabó la tarde del 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay, su último gran maestre, elevó la voz entre el crepitar de las llamas que iluminaban la fachada de Notre Dame para maldecir a aquellos que lo habían acusado, un hecho que vino a engrandecer aún más el aura maldita que rodeaba a los templarios, puesto que ni el papa Clemente ni Felipe IV vivieron para ver la llegada del nuevo año.

Una vez aniquilada la orden, todo aquello que habían escondido en lo más profundo de sus fortalezas fue destruido de forma sistemática por la Inquisición.

Pero no todo se perdió.

Entre los documentos que el equipo del doctor Requena estaba estudiando se encontraron con un texto criptografiado que no tenía nada que ver con el resto, y su importancia residía en la autoría del mismo, que habían atribuido sin ninguna duda al mismísimo Jacques de Molay.

El único motivo que había salvado aquel texto de la destrucción había sido la sospecha de que su mensaje oculto podría ser la llave que les llevase a nuevos escondites del Temple; eso y que nadie había sido capaz de descifrarlo todavía.

Excitado con aquel descubrimiento, el doctor Requena formó un equipo multidisciplinar compuesto por lingüistas y programadores que, ayudados por un sofisticado programa informático, lograron tener éxito allí donde la Inquisición había fracasado. A los ojos de los sorprendidos investigadores comenzó a aparecer un mensaje que había permanecido oculto durante cientos de años. Aquella carta, dirigida por el gran maestre a alguien de su total confianza, revelaba con exactitud la localización de algo que habían traído consigo en una de las últimas cruzadas. Una misión dentro de la misión principal, pero tan importante como para justificar el ingente coste económico y en vidas humanas de la cruzada. En la carta se describía el complicado proceso por el que una milenaria orden de sacerdotes se había puesto en contacto con el Temple, porque se sentían amenazados y necesitaban que los caballeros se hiciesen cargo de unas reliquias que ya no podían continuar bajo su custodia.

El doctor Requena, por los datos de la carta, había situado casi sin margen de error el lugar hasta el que había viajado el Temple para encontrarse con los sacerdotes, la antigua ciudad sumeria de Ur, y, lo que era más importante aún, también había localizado el escondite que había elegido el Temple para las reliquias, el Alcázar de Caravaca de la Cruz, una de las fortalezas que habían pertenecido a la orden en España. El gran maestre, al conocer la magnitud de la conspiración urdida contra su orden, rogaba al destinatario de la carta que no permitiese que las reliquias volviesen a ver la luz del día y que las mantuviese a cualquier precio tal y como estaban dispuestas, y eso último parecía de capital importancia. Para despedirse, Jacques de Molay se encomendaba a Dios o a cualquiera que pudiese ayudarle en su misión, pues estaba seguro de que tiempos muy oscuros se cernían sobre la Orden y sobre la humanidad.

Y tal había sido el celo que habían puesto en buscar un escondite adecuado a la importancia de la misión, que incluso conociendo su localización aproximada y contando con la más moderna tecnología, el equipo del doctor Requena había tardado seis meses en descubrirlo.

Las reliquias habían resultado ser tres cofres de madera de pequeño tamaño, sellados con lacre y cuya superficie estaba grabada con signos que pertenecían a la primera de las grandes civilizaciones, la sumeria. Fue entonces cuando el doctor Requena, consciente del enorme desconocimiento que existía acerca de aquella cultura, no dudó en contactar con la mayor autoridad mundial en civilizaciones mesopotámicas, el doctor Stephen Waterman, de la universidad de Princeton.

A partir de ese momento los equipos de investigación de Sevilla y de Princeton mantuvieron un contacto permanente vía satélite y, como fruto de esa colaboración, no tardaron mucho tiempo en traducir los textos de las cajas, que resultaron ser la pormenorizada descripción de la terrible maldición que perseguiría por toda la eternidad a quien se atreviese a romper los sellos, y lo que parecía una leyenda sobre lo que guardaban en su interior. Contaba aquella leyenda que dioses y demonios eran seres formados por la misma materia divina, y que al principio de los tiempos habían habitado el paraíso en armonía. Hasta que, para demostrar su poder, se retaron para ver quién podía crear la criatura más perfecta. Los demonios crearon a los espectros, perfectas y etéreas representaciones de ellos mismos, y los dioses crearon al hombre y le dieron una chispa de su divinidad. Demonios y espectros, envidiosos del poder de los dioses y de la perfección de la criatura que estos habían creado, conspiraron para acabar con ellos, pero en la batalla final fueron derrotados y las huestes comandadas por los dioses acabaron por arrojar a los demonios al abismo. Pero no pudieron hacer lo mismo con los espectros, que se escondieron en las sombras a la espera de una nueva oportunidad, que llegaría cuando alguien iniciado leyese el rito escrito en un extraño libro que se describía como hecho con la piel de los perfectos. Los dioses, para evitar que eso pudiese suceder y antes de dejar al hombre a su merced, habían dividido aquel libro que no se podía destruir en tres partes y lo habían entregado a los sacerdotes para su custodia, para que sus páginas nunca más volviesen a ser unidas, ya que eso, traducido literalmente de la leyenda, haría que las palabras volviesen a cobrar vida y a contar sus secretos.

Después de exhaustivos análisis para comprobar que su interior no albergaba ningún tipo de peligro, el equipo del doctor Requena abrió los cofres en un ambiente de luz y humedad controlados para evitar que pudiese deteriorarse lo que había en su interior, y lo que se encontraron dentro superó todas sus expectativas. Había tres libros o, para ser más exactos, un libro desgajado y dividido en tres partes, cuyas hojas, que resultaron ser piel humana exquisitamente curtida y tratada para evitar el deterioro del paso del tiempo, contenían una densa escritura jeroglífica que los desconcertó aún más a todos. Parte de la sorpresa se debía a que no existía constancia alguna de escritura sumeria en libros, pues todo lo que se había encontrado hasta el momento estaba impreso en arcilla o adobe.

Stephen necesitaba tener aquella joya entre sus manos, así que convenció al doctor Requena de que lo mejor para la investigación era que los libros viajasen hasta la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde podrían hacerle pruebas más exhaustivas. El doctor Requena, consciente de que sin la colaboración de Princeton no podría seguir adelante, accedió a regañadientes y le concedió un mes para su estudio.

Stephen, como jefe de departamento, dispuso entonces un estricto e intensivo plan de investigación en el que estaban involucradas no menos de cincuenta personas entre investigadores y miembros del personal de seguridad, y Michael había tenido la suerte de ser uno de los agraciados. Pero ya llevaban quince días estudiando a marchas forzadas la escritura del  libro y los avances habían sido más bien escasos. Todos los que formaban parte del equipo estaban deseosos de dar con la clave que les permitiese descubrir el enigma, y estarían dispuestos a cualquier cosa con tal de lograrlo, pero jamás se les hubiese ocurrido saltarse los protocolos de seguridad.

Por eso a Michael le pareció tan extraño el mensaje que le había hecho llegar Stephen.

“Ha sucedido algo muy raro. En el despacho de la universidad estaba seguro de que el libro estaba a punto de revelarme sus secretos, que solo era cuestión de tiempo. Por eso pensé que lo mejor sería llevármelo para poder estudiarlo con más detenimiento. Pero lo que pasó al llegar a casa fue que no logré recordar qué fue lo me había hecho pensar semejante cosa, porque el texto, salvo lo que ya habíamos conseguido traducir, se mostraba tan ininteligible y sin sentido como al principio. Y entonces me dormí, y en el sueño los glifos abandonaron las páginas del libro y comenzaron a bailar ante mí, convertidos en letras que formaban extrañas palabras que tenían el poder de transformar las cosas, y todo lo que tocaban se marchitaba y pudría. Cuando desperté, el libro ya no era el mismo. Estoy seguro de que el texto, aún extraño, es diferente. Y hay algo más. No sé cómo explicarlo, pero siento que hay alguien más conmigo aquí en la casa. Necesito que vengas de forma urgente, tienes que ayud”

Ilustración de Jordi Ponce

Y así de bruscamente se había acabado el correo. Y todavía más extraña había sido la conversación telefónica que habían mantenido después, en la que Stephen no reconocía el hecho de haberle mandado mensaje alguno.

Por primera vez en cuatro mil años alguien había reunido las hojas del libro. Con leyenda o sin ella, Michael pensaba que su amigo se había equivocado de forma grave, y confiaba en que aún no fuese demasiado tarde para solucionar el error.

Michael se dio la vuelta y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Era muy extraño, porque no había oído el ruido de los cerrojos al descorrerse, y estaba seguro de que cuando había llamado a la puerta, esta estaba cerrada. Todavía aguardó un rato en el porche, a la espera de que su amigo apareciese con cara somnolienta y le preguntase qué demonios era lo que pasaba. Pero nada de eso sucedió.

—¿Stephen? —preguntó a la oscuridad del recibidor mientras empujaba la puerta con recelo.

—Pasa, Michael. Al fondo, en la biblioteca.

La voz de su amigo lo tranquilizó, así que cerró la puerta tras él y avanzó con cuidado mientras acostumbraba sus ojos a la penumbra de la casa. El final del pasillo estaba iluminado por una agradable luz anaranjada. Al llegar a la biblioteca, encontró a su amigo sentado en una de las butacas, de espalda a la chimenea.

—Buenas noches, Mike. Acompáñame con un whisky, por favor. No permitas que este viejo beba solo.

—No, gracias. En realidad será una visita breve.

—Bien, pues entonces siéntate —Stephen señaló la otra butaca con un gesto de la mano— y cuéntame qué es eso que te preocupa tanto.

—Verás, se trata del libro. No creo que haya sido una decisión muy acertada traerlo a tu casa.

—¿No? Me imagino que tendrás tus razones para pensar de esa forma.

Michael pensó con rapidez para evitar decir lo que en realidad pensaba: que a su viejo amigo lo había trastornado el proyecto hasta llegar a nublar su razón.

—Pues… por motivos de seguridad. Se trata de un ejemplar muy valioso que hay que manejar con sumo cuidado. Me imagino que a la universidad no le gustaría saber que te lo has llevado.

Stephen tomó un trago de whisky y lo retuvo un instante en la boca para paladearlo.

—Te veo, Mike, pero no soy capaz de reconocer al hombre al que le brillaba la mirada ante cada nuevo reto, ante la posibilidad de un gran descubrimiento. Aquel hombre capaz de pasar una semana sin dormir con tal de que nadie pisara su investigación.

Michael bajó la mirada un poco avergonzado.

—Aquellos tiempos se fueron, Stephen. Ahora hay reglas…

—¡Dedicación, esa es la única regla! —Stephen elevó la voz—. ¡Amor por el conocimiento, ansia de saber!

Michael comprendió que, fuese lo que fuese que envenenaba la sangre y el entendimiento de su amigo, no iba a ser capaz de convencerlo. No le quedaba más opción que descubrir su verdadero temor.

—Ese libro es peligroso, Stephen. Aún no sé cómo, puede ser que se trate de algún tipo de radiación, o un veneno lento, o quizás algo que todavía no hayamos descubierto, pero sea lo que sea corrompe el espíritu de los que están cerca de él.

—No, amigo mío. Te puedo asegurar que ese maravilloso libro en absoluto cambia la naturaleza de lo que lo rodea.

La cara de Stephen estaba semioculta en las sombras, porque tenía el fuego de la chimenea a su espalda, pero por un instante Michael creyó ver un brillo extraño en los ojos de su amigo.

—Hablas con tanta seguridad que parecería que supieses cosas que yo desconozco, cosas que yo sin duda compartiría contigo. —El silencio comenzó a convertirse en algo molesto—. ¿Me disculpas un instante? Necesito ir al baño.

—Estás en tu casa.

Michael había perdido la esperanza de hacer entrar en razón a su amigo, así que decidió que ya tendría tiempo de explicarse al día siguiente. Estaba seguro de que Stephen acabaría por entender que lo había hecho por su bien. Ahora lo único importante era hacerse con el libro y devolverlo a la universidad antes de que alguien lo echase en falta. En el pasado, y casi siempre por motivos de trabajo, se había quedado a dormir en varias ocasiones en casa de su amigo, así que la conocía casi de memoria. Michael se movió con rapidez entre las sombras. Si Stephen no había cambiado su forma de trabajar, lo que había venido a buscar estaría en el despacho, al otro lado del pasillo.

La tenue iluminación del jardín bañaba con luz fantasmal la estancia y convertía el mobiliario en una sucesión de volúmenes con diferentes tonos de gris. Michael se dirigió sin perder un instante hacia la enorme mesa de trabajo repleta de libros. Cuando encendió la lámpara de la mesa para cerciorarse de coger el libro correcto, se encontró con una horrible imagen que lo hizo retroceder. Su amigo estaba sentado en la silla, detrás de la mesa. La cabeza reposaba sobre sus manos y estas estaban apoyadas sobre la mesa, como si se hubiese quedado dormido al leer el maldito libro que tenía abierto ante él y que Michael reconoció al instante. La cara de Stephen no era más que una masa sanguinolenta de carne a la que le faltaba la piel y los ojos. La sangre formaba un charco que bañaba el libro, cuyas hojas, que recordaba ajadas y resecas, ahora resplandecían lustrosas. Michael cayó de rodillas y enterró la cara entre las manos en un intento de borrar la escena que tenía ante él. Una voz, que parecía la suma de muchas otras, comenzó a hablar detrás de él y lo asustó.

—Esto no tendría por qué acabar así, “Mike”. —Su nombre sonó extraño en boca de aquella cosa que no era su amigo—. No era necesario que fueses tú, y nosotros todavía no estamos preparados, pero no importa, mientras llega nuestro momento intentaremos saciar tu ansia de conocimiento. No sería justo que tu alma abandonase el cuerpo desconcertada, con tantas preguntas sin respuesta. —La silueta, recortada contra la luz de la chimenea de la biblioteca, elevó la mano lentamente y se arrancó la cara de su amigo. Al instante la oscuridad de su rostro se transformó en miles de hilos negros que comenzaron a crecer en tamaño y longitud hasta alcanzar el suelo, las paredes y el techo de la habitación, y después comenzaron a arrastrase lentamente hacia Michael. Cada cosa que tocaban en su camino se retorcía y adquiría un color enfermizo. Michael lo observaba todo hipnotizado mientras aquel ser, la encarnación de un poder maligno más antiguo que la humanidad, continuaba hablando con cientos de voces—. Si te sirve de consuelo, nunca tuviste la más mínima posibilidad. Hombres más sabios que tú lo intentaron primero, y fallaron. Nosotros ya estábamos aquí cuando tus dioses caminaban sobre la tierra. El hombre tenía un nombre para nosotros, Lamashtu, los sin rostro. Cuando tus dioses expulsaron con su maldita luz a nuestros padres, nos quedamos solos, abandonados entre las sombras. Solo podíamos esperar con paciencia y susurrar a los oídos de los más débiles, como fantasmas, y confiar en que la ignorancia y la arrogancia de tu pueblo fuesen tan grandes como para que olvidaseis lo que os dijeron vuestros padres y cometieseis el error de reunir lo que una vez fue dividido. Durante miles de años lloramos, “Mike”, y el dolor de ese lamento solo es comparable con nuestro deseo de venganza y de recuperar lo que una vez fue nuestro. Nuestros padres están perdidos en la oscuridad, demasiado lejos para escucharnos pero, con vuestra ayuda, haremos que vuelvan. La misma luz de los odiados dioses que los expulsó del paraíso será la que los atraiga de nuevo a este mundo. Vuestra luz, “Mike”, la que vuestros padres os regalaron antes de abandonaros. Solo necesitamos reunir un número suficiente de almas, y créeme, sabemos cómo hacerlo.

—¿Dónde está Stephen? —La voz de Michael sonó rota y asustada. Habían jugado a ser dioses sin detenerse a valorar las posibles consecuencias de sus actos y ahora la magnitud del terror que habían despertado los había superado.

—No te preocupes más por él. Tu amigo está aquí, con nosotros, donde siempre quiso estar. Por fin alcanzó el conocimiento supremo y le duele saber que él ha sido la llave que nos ha dejado entrar de nuevo al paraíso. Y nosotros disfrutamos con su sufrimiento. Tendrás que disculparnos, porque todavía no tenemos las herramientas adecuadas. —En la mano destelló algo con un brillo metálico que se apagó casi al instante, cuando la oscuridad eclipsó cualquier rastro de luz en la habitación. Michael no podía ver, pero siguió escuchando las voces cada vez más cerca—. No te voy a engañar, esto te va a doler, pero no será nada en comparación con lo que vendrá después. El tiempo del hombre se ha acabado, “Mike”, ahora os toca a vosotros llorar.

Roberto del Sol

Resurrección

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. Las ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Resurrección.

En un último y desesperado intento por liberar a la mujer del abrazo mortal del zombi, Lohmú saltó sobre la espalda del monstruo y tiró de su cabeza hacia atrás con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A primera vista, Lohmú no parecía más que un viejo deforme que se movía con dificultad y arrastraba una pierna debido a una tara de nacimiento, pero la realidad era que aquel cuerpo torpe en apariencia escondía una musculatura de fuerza sobrehumana y que la naturaleza, para equilibrar un poco más la balanza, también le había dotado de un organismo incapaz de sentir dolor. Lohmú hubiese podido destrozar a cualquier hombre en un combate cuerpo a cuerpo, pero nunca había tenido la más mínima posibilidad en aquella lucha desigual. No había fuerza en el mundo que pudiese rivalizar con el hambre de la criatura. La pelea apenas duró un instante, justo el tiempo que el zombi tardó en sacudírselo de encima. A partir de ese momento, el jorobado quedó a su merced. Aplastado contra la tarima por aquella fuerza sobrenatural, sentía con impotencia cómo la bestia desgarraba su carne y podía oír los chasquidos de los huesos al desencajarse. Ya no le quedaba más que esperar el fin. Sin dolor no habría agonía, y el daño apagaría su cuerpo poco a poco, hasta que la bestia llegase a un órgano vital. Hasta entonces sería el testigo mudo de su desmembramiento, como cuando alcanzó a ver sobre el suelo, y sin ningún tipo de emoción, la pequeña y sanguinolenta esfera que antes había sido su ojo derecho.

Ella, que había sido la dueña de un poder sin igual y había llegado a pactar con el mismísimo rey de los demonios, yacía solo a unos pasos de distancia, con el cuerpo roto y la cara cubierta por su melena roja como el fuego. Enormes manchas de color escarlata manchaban la piel de su espalda, desgarrada allí donde el monstruo había clavado los dientes. Lohmú rogó a los antiguos dioses a los que tan bien había servido que fuesen misericordiosos y permitiesen que esa fuese la última imagen que pudiese llevarse en su último viaje al infierno. Pero entonces, cuando todo parecía perdido, el monstruo perdió el interés en ellos.

De repente la criatura elevó la cabeza como si hubiese podido escuchar una invisible nota musical, como si la brisa del pantano hubiese susurrado su nombre. El muerto viviente caminó con determinación hacia a la ventana y comenzó a arrancar con violencia las maderas de la pared. Lo siguiente que Lohmú alcanzó a oír fue el sonido de un cuerpo al arrojarse al agua. Entonces el jorobado se arrastró hasta el cuerpo de la mujer y tocó la suave piel del cuello con sus dedos encallecidos. Todavía estaba caliente. Aún podía salvarla.

Lohmú se levantó con dificultad y evaluó los daños que había sufrido. Lo que peor aspecto presentaba era el brazo izquierdo, que colgaba inerte al costado, pero por lo menos no parecía que estuviese roto. El resto de las heridas eran más o menos profundas y le hacían perder bastante sangre, pero eso no lo mataría. Por lo menos no de momento. Así que buscó un apoyo entre los escasos muebles donde poder encajar el brazo y, con un certero y rápido movimiento, lo volvió de nuevo a su sitio. Solo se demoró un instante para abrir y cerrar la mano y comprobar que de nuevo funcionaba como debiera. Tenía que darse prisa, no había tiempo que perder.

Barrió con la mano todo lo que había sobre la mesa y arrojó frascos y redomas al suelo sin importarle lo valioso que pudiese ser el contenido. Ninguno de aquellos compuestos que se mezclaban y se filtraban entre las maderas del suelo y que acabarían cayendo a las pútridas aguas del pantano le servían por ahora. Lohmú tomó a la mujer y la depositó con delicadeza sobre la mesa. Por un instante contempló aquel hermoso cuerpo desnudo sin bajar avergonzado la vista, como cuando ella reparaba en su mirada. Con mucho cuidado para no tocar las profundas heridas que habían acabado con su vida, recorrió su piel tibia desde los tobillos hasta el cuello y apartó con devoción el pelo enmarañado y tieso por la sangre seca para dejar a la vista unos ojos negros como la pez. Nunca habría osado tocar a la mujer en vida, solo ahora que estaba muerta se atrevía a expresar todo el amor que sentía por ella.

Ilustración de Sonia del Sol

Algo lo despertó de su ensueño e hizo que apartase rápidamente la mano de la mujer. Le parecía haber oído a alguien susurrar. Miró a su alrededor. ¿Había sombras que intentaban alcanzarlo, o era solo el temblor de la luz de las velas? Aquel cuerpo podía estar muerto, pero estaba seguro de que su espíritu aún no se había ido. Podía sentir su presencia vagando por el pantano. Si todo salía bien, ella seguramente lo castigaría por haber osado tocarla, pero no le importaba. Siempre lo castigaba.

Tomó un libro del estante y lo hojeó en busca de un pasaje concreto. Lohmú era consciente del peligro que corría al intentar invocar aquellas fuerzas demoníacas, pero estaba desesperado y eso le impedía tener miedo. No tenía nada que perder. Su alma, si es que había llegado a tenerla alguna vez, hacía mucho tiempo que estaba condenada. Y la vida ya no le pertenecía. No desde que ella lo había liberado de la soga la noche en la que lo habían dejado por muerto, colgando de un roble en un cruce de caminos. Desde aquel momento él le había prometido obediencia para siempre, y no pensaba faltar a su palabra le costase lo que le costase.

Sabía que no poseía el don y que su cerebro simple y primitivo era incapaz de comprender cosas complejas, como los misteriosos conjuros que ella manejaba con soltura, pero la había visto traer a tantos hombres de regreso de la muerte que conocía las palabras casi de memoria. Si solo se trataba de eso, si las palabras por sí solas tenían el poder, todavía tenía una oportunidad.

Colocó el libro allí donde pudiese consultarlo y comenzó a recitar el salmo de la protección. Después tomó la arcilla ceremonial y empezó a cubrir el hermoso cuerpo de la mujer con los signos que alguien había dibujado en aquellas páginas hacía más de doscientos años. Cuando terminó, se arrodilló y comenzó a canturrear mientras se mecía levemente adelante y atrás.

Según ella, las fuerzas sobrenaturales fluían por el mundo como las aguas de un río y no todos podían verlas, pero había personas especiales que habían nacido con el don de poder manejarlas a su antojo. A Lohmú no le cabía duda alguna de que la mujer que reposaba sobre aquella mesa era una de ellas. La mujer también le había dicho que había lugares mágicos en los que esas fuerzas se manifestaban con más intensidad, portales en los que la frontera entre este mundo y el infierno era más frágil. Por eso se habían establecido en aquella vieja cabaña, en el corazón del pantano. Lohmú estaba seguro de que oirían sus plegarias, y había demonios ancestrales que les debían favores, criaturas innombrables que no los dejarían abandonados a su suerte.

En el pantano, el calor húmedo y pegajoso era algo tan natural e inevitable como la muerte. Por eso Lohmú se sorprendió cuando comenzó a sentir frío. Pero no dejó de cantar ni cuando una brisa helada como la mano de la muerte apagó las velas y dejó la habitación iluminada únicamente por la luz de la luna, que se filtraba entre las maderas de la techumbre. Casi al instante comenzó a escuchar susurros que acompañaban su cántico. Ya no estaba solo. Sombras más oscuras que la noche rodearon el cuerpo roto de la mujer y dibujaron siluetas de pesadilla en las paredes de la cabaña. Lohmú cerró los ojos y empezó a cantar con más fervor. En aquel momento juró que no se detendría hasta que ella lo llamase de nuevo por su nombre.

El rugido de un trueno todavía lejano lo sacó de su éxtasis y lo devolvió al mundo real, y abrió los ojos solo para comprobar que una luminosidad sobrenatural bañaba el cuarto. No era consciente de haberse dormido y sin embargo le daba la impresión de haber vivido una pesadilla tan nítida que todavía tenía la piel perlada por el sudor del miedo. Estaba confundido, lo mismo podría haber pasado un suspiro que toda una eternidad. El cuerpo de la mujer ya no reposaba sobre la mesa, sino que flotaba un palmo por encima de ella, con los brazos colgando a los costados, como si algo o alguien que no alcanzaba a ver la estuviese sosteniendo en el aire. Una enorme criatura sin forma definida que parecía haber salido del más profundo pozo del infierno recorría con cientos de tentáculos su cuerpo y ella parecía responder a los estímulos. Lohmú se asustó cuando reparó en que un líquido oscuro y denso como la sangre salía de las heridas y se derramaba sobre la mesa, pero se tranquilizó cuando se dio cuenta de que no era más que una ilusión óptica, en realidad era la savia del pantano la que nutría el cuerpo de ella mientras cerraba las heridas abiertas.

Ilustración de Sonia del Sol

Y de repente todo terminó.

Un suspiro sobrenatural hizo que la cabaña temblase. Lohmú vio cómo aquellas fuerzas invisibles volvían a depositar con delicadeza el cuerpo de la mujer sobre la mesa y la criatura infernal que se retiraba deslizándose con pereza sobre el suelo de madera hacia la seguridad de las aguas del pantano.

Algo había salido mal. No cabía duda de que el vínculo se había roto, pero era imposible que todo acabase tan rápido. Todavía se estaba preguntando en qué había fallado cuando oyó los primeros gritos.

¡Sal de tu guarida, bruja! ¡Esta vez has llegado demasiado lejos!

Lohmú se asomó a la destrozada ventana para ver con asombro que la orilla del pantano estaba iluminada por un río de antorchas que se acercaba a la cabaña. Una veintena de hombres del pueblo gritaban enardecidos con el valor de la multitud y quizás también animados por el calor del alcohol. Algo muy grave tenía que haber sucedido para que se atreviesen a llegar hasta aquellos parajes en plena noche.

Ilustración de Sonia del Sol

El sheriff Gordon encabezaba la comitiva y parecía que le estaba costando mucho trabajo mantener a aquellos hombres bajo control.

¡Esta noche una criatura que no estaba ni viva ni muerta acabó con la familia Monatrie! —gritó por encima de las voces de la multitud—, y otros cinco buenos hombres cayeron antes de que pudiésemos detenerlo. Queremos saber qué es esto y si habéis tenido algo que ver con ello.

Y el hombre de la ley levantó una cabeza que mantenía sujeta por la cabellera para que todos pudiesen verla. No había duda, se trataba del zombi que esa misma noche ella había traído de vuelta de la muerte.

¡Marchaos de aquí! —La voz de Lohmú salió de entre las sombras de la cabaña—. ¡Ella está a punto de regresar y os matará a todos! ¡Si os vais ahora, puede que todavía salvéis vuestra vida y la de vuestras familias!

Lohmú había mencionado a propósito a los que habían dejado en casa. El alcohol podía hacer que uno arriesgase la vida por una causa que considerase justa, pero era algo muy diferente poner en peligro a los seres que amaban. Un murmullo de temor recorrió las filas de los hombres, que retrocedieron unos pasos pero, cuando el miedo a la venganza de la bruja parecía que comenzaba a hacer mella en el ánimo de la gente, el sonido seco de un disparo hizo que todos se encogiesen.

La bala arrancó un trozo de astilla de la ventana.

¡Alto! ¿Quién ha disparado? —preguntó el sheriff—. Las cosas han de hacerse de acuerdo a la ley. No somos bestias. Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo.

Un hombre alto que llevaba un rifle apartó a los hombres que estaban en primera fila y se enfrentó al sheriff.

Tú viste lo que quedó de aquellos chicos. ¿Qué habrías hecho si se tratase de tu Luci, Gordon? Esta noche tendremos justicia, lo quieras tú o no, así que puedes echar una mano o mirar hacia otra parte, pero no te metas en medio.

Parecía evidente que aquel hombre había asumido el papel de líder de la manada. El rugido de la gente dejó al sheriff con la boca abierta y sin respuesta. Esa noche la estrella que colgaba en su pecho no le daría la autoridad que necesitaba para detenerlos.

Dentro de la cabaña, Lohmú apretó los dientes en un gesto de rabia e impotencia. Eran demasiados. No solo habían roto el pacto, sino que además habían interrumpido el ritual sin que estuviese acabado. Presa de la desesperación, cogió el cuerpo inerte con sus fuertes brazos y salió con ella al hombro por una trampilla que daba a la parte de atrás de la cabaña. Con un poco de suerte, el agua oscura que le llegaba por las rodillas confundiría a los sabuesos si se atrevían a perseguirlo.

Mientras tanto, la tormenta crecía en intensidad a medida que avanzaba sobre el corazón del pantano. Los relámpagos rasgaban la noche con mayor frecuencia y el ruido de los truenos ahogaba cualquier otro. El viento agitaba las ramas de los árboles como si un titiritero loco tirase de las cuerdas. Las más secas se desgajaban del tronco y se convertían en peligrosos proyectiles difíciles de esquivar. El sheriff hizo un último intento por controlar a aquellos hombres, pero era incapaz de hacerse oír por encima del creciente estruendo de la tormenta. Algunos habían emprendido el camino de vuelta, quizás convencidos de que las cosas no podían hacerse de ese modo, quizás asustados por lo que pudiera suceder a sus familias o avergonzados por lo que creían que estaba a punto de ocurrir. Pero uno de los más atrevidos, quizás temeroso de que los ánimos de la gente se enfriasen y todo se quedase solo en un aviso, arrojó una antorcha que nada más tocar el tejado de la cabaña convirtió la construcción en una bola de fuego.

Cuando Lohmú echó la vista atrás, la cabaña no era más que una pira de fuego que crepitaba e iluminaba el paraje con una luz infernal. Enormes y grotescas sombras jugaban al escondite entre los árboles del manglar. Los hombres que se habían quedado lanzaban enfervorecidos vítores con los que festejaban el final del reinado de terror de la bruja. Estaban sedientos de venganza y no se detendrían ante nadie. De repente los perros comenzaron a ladrar y a tirar de las correas de una forma salvaje.

«Huelen mi sangre», pensó el jorobado.

Todavía les llevaba una importante ventaja y nadie conocía aquellas aguas mejor que él, y quizás no tardasen en perder su rastro o los hombres no se atreviesen a internarse en el pantano sin la seguridad de la luz del día, pero no podía confiarse.

La tormenta estaba casi encima de ellos y las primeras gotas gruesas rompieron la superficie del pantano.

A la luz intermitente de los relámpagos, Lohmú alcanzó el árbol milenario que crecía deforme en el corazón de la ciénaga y lo rodeó para buscar la entrada escondida entre las retorcidas ramas. Protegido en la oscuridad del escondite, dejó a la mujer con delicadeza sobre una especie de altar natural y se dispuso a rezar a demonios más antiguos que la humanidad. Solo pedía un poco más de tiempo para ella, para que pudiese completar el ritual. Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando, tras el fragor de un trueno, pudo oír con claridad la voz de un hombre:

¡Salid de vuestro escondite, monstruos! Ni siquiera esta mierda de tormenta va a impedir que os demos vuestro merecido. Es hora de que paguéis por vuestros pecados.

Se acabó. Era el fin. El cualquier otro momento se hubiese enfrentado a ellos y hasta hubiese podido salir victorioso, pero no esa noche. Aunque las heridas no le dolían, había perdido demasiada sangre y eso le había robado todas las fuerzas. ¡Qué podía importar la forma de morir! Todo estaba perdido. Tomó por última vez la mano de la mujer entre las suyas y se levantó para hacer frente a su destino.

Cuando Lohmú salió del escondite, una cortina de lluvia lo empapó por completo. Podía imaginar lo que representaba para aquellos hombres, pues su sola presencia, aún herido, era suficiente para que casi todos retrocediesen unos pasos. Pero eran demasiados. El viento soplaba y agitaba la superficie del pantano y los bañaba a todos en agua putrefacta hasta la cintura.

Los perros entrenados para matar tiraban de las correas con sed de sangre. De su sangre. Lohmú vio a cámara lenta cómo el hombre reía de forma demencial mientras abría la mano que sujetaba las correas y permitía que las tres bestias se abalanzasen sobre él. También pudo ver su cara de sorpresa ante lo que sucedió después. La tormenta había crecido en intensidad, pero ya no los alcanzaba. Era como si estuviesen protegidos por una burbuja que la tempestad no podía atravesar. Los perros frenaron su alocada carrera a escasos metros de donde se encontraba el jorobado y regresaron a toda prisa para esconderse entre las piernas de su amo, aullando y gimiendo de terror. Los mismos hombres que un instante antes se habían mostrado tan valientes comenzaron a retroceder. Sus caras de pavor lo decían todo.

Lohmú se volvió y lo que vio hizo que se arrodillase en aquellas aguas cenagosas. Una niña caminaba lentamente hacia ellos sobre el agua. Apenas podía ver sus rasgos, porque detrás de ella los relámpagos solo recortaban la silueta, pero no podría olvidar jamás el fuego infernal que iluminaba sus ojos.

Ilustración de Sonia del Sol

¡Ama Mohana! —gritó al tiempo que bajaba la mirada en señal de obediencia.

Aparta, fiel Lohmú. Deja que estos hombres y sus bestias puedan acercarse a mí. Quiero escuchar sus exigencias.

El agua cenagosa borboteaba a su alrededor, y Lohmú pudo ver el lomo de las bestias infernales cortando el agua rápidamente en dirección a los aterrorizados hombres.

Ninguna de las personas que componían aquella partida de caza volvió a sus casas. Aunque, de haber podido hacerlo, tampoco hubiesen salvado la vida. La tempestad que azotó el pantano con una violencia que nadie recordaba en siglos, pronto se convirtió en un huracán que se tragó varios pueblos de los alrededores. Cientos de hombres, mujeres y niños perecieron aquella noche y nunca se pudo recuperar sus cuerpos. Los viejos dicen que la bruja se los llevó, que visitó cada una de las casas para robar sus almas y enterrar sus cuerpos aún con vida en el pantano. Y que los hará regresar de la muerte cuando el oscuro demonio al que sirve los necesite.

Martin Wormwood guardó silencio durante un instante para que la historia que acababa de contar calase hasta los huesos de aquellos jóvenes como una ducha de agua fría.

Y eso es todo lo que mi padre me contó sobre la leyenda de la bruja, muchachos.

El anciano envolvió con parsimonia la caja de cebo vivo en papel de periódico amarillento y colocó el paquete en la bolsa de papel, junto al resto de las compras. No tenía prisa, porque por aquellas tierras nadie la tenía. Cuando uno se adentraba en el condado de Ponniegough, tenía que olvidarse del reloj, esa era la primera norma.

Los había dejado impresionados. No había más que mirar sus caras. Llevaba sesenta años contando una historia que conocía mejor que la suya propia, y ponía tal pasión al hacerlo que pocos de los que salían de la pequeña tienda se tomaban el asunto a broma. Algunos incluso llegaban a cancelar la excursión por el pantano para volver a la seguridad de sus casas en la ciudad. Pero aquellos chicos eran diferentes. Podía ver el veneno de la adicción al peligro en sus miradas. A aquellos lobos de ciudad, con sus enormes y brillantes todoterrenos y sus caros relojes, les encantaba presumir de quién la tenía más larga. Martin sabía que, cuando acabasen con la mitad de la provisión de cervezas que habían comprado y fumasen un poco de aquello a lo que olían, necesitarían emociones más fuertes que los siluros que decían que habían venido a pescar. Les dijese lo que les dijese.

Por si todavía os queda alguna duda, chicos, nadie ha vuelto a ver a la bruja después de aquella noche y, si hablas con alguno de los lugareños que volvieron a establecerse en el pantano atraídos por la abundancia de langostas, se reirán en tu cara si les mencionas lo de la leyenda, pero ninguno se ofrecerá a llevarte hasta el corazón del pantano, donde las aguas cambian de color y se vuelven más oscuras. Todos se encogerán de hombros mientras te dicen que allí no se les ha perdido nada.

Pero todas esas personas perdidas… —dijo el que parecía más preocupado mientras el resto se burlaba de su gesto serio.

Sí, es cierto, hay bastantes desaparecidos. Pero si tenéis la oportunidad de preguntar al sheriff por esos casos, se limitará a contar la versión oficial y te dirá que ese porcentaje no es mayor que el de cualquier otro estado y que es difícil hacer de ángel de la guarda de todos los tontos que se acercan hasta el pantano atraídos por esa absurda leyenda. También te dirá que aquellas aguas son realmente peligrosas y que hace falta conocerlas muy bien para poder moverse por ellas por la noche. Y si lo invitas a un trago en el local de Mou, puede que incluso te cuente lo que él piensa, que a veces, los curiosos se encuentran por casualidad con los alambiques de los lugareños, y que a los de allí no les gusta que nadie se meta en sus asuntos. Pero nunca te contará lo que mi amigo de la infancia, el viejo Virgil Hankock, al que tuvimos que ingresar en el sanatorio mental de Mountreux, dice que vio. Tan solo te advertirá de que, de una forma u otra, si te pierdes en el manglar lo más probable será que nadie te encuentre, porque todo el mundo por allí sabe que hay caimanes de cien años y del tamaño de varios hombres que ya han probado la carne humana; y esas bestias, créeme, amigo, no dejarán de ti ni un solo hueso al que poder dar sagrada sepultura.

Roberto del Sol

Soledad

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Soledad.

Nathan se sirvió un poco más de vichyssoise y colocó el plato con delicadeza frente a él. Después respiró hondo, se quitó una inexistente mota de polvo de la manga del esmoquin y levantó la vista con timidez para mirar a los ojos al resto de comensales. Las notas de Brahms flotaban con delicadeza en el aire y la luz de las velas hacían que el comedor temblase con una calidez acogedora, pero lo que tenía que decir era tan importante que, a pesar de que sentía el agradable calor de la cocaína recorriendo su cuerpo, no podía evitar estar un poco nervioso. Había llegado el momento y todavía no estaba preparado. Y no era una cuestión de tiempo. A pesar de las veces que había ensayado el discurso, no se sentía cómodo abriendo el corazón ante los demás, aunque se tratase de su familia. Sentía los ojos de todos clavados en él, expectantes. Aclaró la voz con un pequeño carraspeo y bebió un sorbo de agua. Tomó la mano de Manuel para coger fuerzas y empezó:

—Lo… Lo primero que quiero hacer es agradecer vuestra presencia aquí en esta noche tan especial. Esto significa mucho para mí. Nada más que falta Sami —comentó con cierto pesar mientras dirigía la vista a la silla vacía a su derecha—, pero ya sabíamos que por ese trabajo que absorbe todo su tiempo y la enorme distancia que la separa de nosotros no iba a ser fácil que pudiese estar con la familia. —Tomó aire. No se le daba bien hablar en público y quizás lo estaba haciendo un poco atropelladamente. Sentía la boca seca—. Tengo ya treinta y siete años, y creo que es el momento de acometer algún cambio en mi vida que aporte cierta estabilidad. Todos sabéis que no estoy preparado para vivir solo. Nunca lo estuve y nunca lo estaré. No podría soportarlo. He pasado muchos años de mi vida buscando respuestas a ese problema. Desde niño he visitado médicos que nada más que se mostraban interesados en tu chequera, madre. Personas sin escrúpulos que me recetaban pastillas para intentar que dejase de ser yo mismo. Hasta que por fin comprendí que no todos tenemos por qué ser iguales. Algunos nacemos con una sensibilidad especial, somos de naturaleza más delicada, de espíritu más puro, y necesitamos estar siempre protegidos, rodeados por aquellos que más queremos. Por eso agradezco el enorme esfuerzo que has hecho, madre, al aceptar por fin entre nosotros a Manuel —miró a su izquierda y volvió a apretar la mano de la persona con la que había decidido pasar el resto de su vida, ¿acaso era una pequeña lágrima eso que asomaba en su ojo?—. Sé que no ha sido fácil y que has puesto mucho de tu parte. Y también sé que lo has hecho solo por el amor que sientes hacia mí. Por eso te doy las gracias. —Le dio la impresión de que esas palabras habían ablandado el gesto siempre duro de su madre—. En cuanto a ti, padre, no sé cómo agradecerte que hayas decidido volver con la familia precisamente esta noche. No quiero perderos a ninguno; no podría soportarlo. —Ahora era él el que comenzaba a sentir la humedad en sus ojos—. Ya por último, me gustaría también tener unas palabras de agradecimiento para Manuel, la persona que mejor me conoce y me entiende. Sé que tenías muchas dudas y, a pesar de lo que sientes por mí, estuviste a punto de arrojar la toalla por todo lo que me rodeaba. Pero eso se acabó. Ya ves que ha merecido la pena. Ahora eres un miembro más de mi familia y voy a compensarte por todo lo mal que lo has pasado. Te lo prometo…

El timbre de la entrada comenzó a sonar con insistencia. Nathan no podía creerlo. ¿Quién sería el maleducado que se atrevía a interrumpir una cena de Navidad? ¿Qué asunto podía ser tan importante como para no poder esperar al día siguiente?

—Nathan, ve a abrir la puerta —dijo imitando la voz de su madre—. Quizás se trate de Samantha, que al final haya podido cancelar sus compromisos y quiera darnos una sorpresa.

Nathan separó ligeramente la silla de la mesa, estiró la chaqueta del smoking y se dirigió a la puerta de la entrada con paso ceremonioso.

Las luces azules y rojas atravesaban las cristaleras y rompían con estridencia la magia del momento. Estaban fuera de lugar, eran de mal gusto. No casaban con la decoración que su madre había ordenado que se colocase en la entrada. Nathan abrió la puerta y un hombre, en apariencia demasiado joven para llevar uniforme, se presentó con voz temblorosa y preguntó por su madre. La cocaína hacía que las palabras llegaran hasta sus oídos amortiguadas, como con sordina. No entendía qué era lo que pretendían de él y por qué querían ver a su madre.

—¿Mi madre? —les respondió—. Será mejor que no la molesten en una noche como esta.

Pero el hombre-niño no le hizo caso, y con toda la educación del mundo le pidió que se hiciese a un lado mientras otros hombres uniformados entraban en la casa. Parecía que flotasen en vez de caminar.

Alguien con voz desagradable comenzó a gritar cosas sin sentido. Dos de los hombres se abalanzaron sobre él, le dieron la vuelta y lo tumbaron en el suelo. Las esposas mordieron la piel de las muñecas. El hombre-niño comenzó a recitar de forma automática las mismas frases que en las películas les decían a los malos cuando los arrestaban. Él, con la mejilla aplastada contra la alfombra, solo acertaba a balbucear incrédulo. El mundo se derrumbaba a cámara lenta a su alrededor como un castillo de arena demasiado seca, pero ahora que padre había vuelto por fin a casa, se encargaría de todo. Él lo arreglaría.

***

Bruce O’Malley conducía el coche mientras pensaba que en Nochebuena no deberían suceder ese tipo de cosas. Todos los malos del mundo tendrían que estar obligados a firmar una tregua hasta que pasara la Navidad. O mejor aún, hasta Año Nuevo.

Al dejar atrás el pequeño bosque de hayas, silbó de forma inconsciente cuando vio la silueta de la imponente casa iluminada por las luces de los coches patrulla.

—Así que es verdad —susurró por encima de la música navideña que sonaba por la radio—, los ricos también lloran.

El teniente entró en la casa con pasos grandes para esquivar cada una de las pruebas que estaban numeradas en el suelo. Demasiados números puestos por chicos novatos que lo catalogaban todo por inexperiencia y por miedo a meter la pata, pensó mientras pasaba revista a sus hombres con la mirada e intentaba recordar si alguna vez, en la prehistoria, él había sido tan joven.

—Buenas noches, teniente —gritó casi cuadrándose a su paso uno de los chicos.

Bruce los saludó a todos con un gesto de la mano.

—¿Dónde está el forense? —preguntó.

—En el comedor, señor —respondieron de inmediato varias voces, a la vez que uno de los que tenía más acné señalaba el camino.

Bruce agradeció la respuesta con otro gesto de la mano y siguió la indicación.

En el comedor la mesa estaba suntuosamente puesta para cinco personas, y alrededor estaban sentadas tres. Un hombre rechoncho exploraba los cuerpos con delicadeza.

—Hola, Ambrose —saludó con cansancio a su amigo al entrar en la sala—. ¿Feliz Navidad? —preguntó con duda.

—Pues mucho me temo que para estos miembros de la especie humana eso poco importa ya. En cuanto a ti y a mí, me parece que, por desgracia, ya estamos acostumbrados a este tipo de cosas, aunque siempre llego a la escena del crimen con la esperanza de que alguien todavía sea capaz de sorprenderme. —Ambrose se vio obligado a justificarse ante la mirada de su amigo—. Una vez que el mal ya está hecho, que por lo menos nos plantee algún tipo de reto, ¿no? —dijo mientras deslizaba los lentes hasta la punta de la nariz.

—Si tú lo dices…

El teniente comenzó a caminar alrededor de la mesa para intentar ponerse en situación.

—Por cierto —comentó Ambrose divertido mientras señalaba la puerta—, ¿ya no te quedan veteranos? Dos de tus chicos salieron a vomitar al jardín nada más entrar por esa puerta.

—¿En Nochebuena? No te imaginas cómo está el tema del personal esta noche —respondió quejándose—. Aguarda un instante, voy a pedir que nos hagan unos cafés con mucho azúcar, parece que la noche va a ser larga…

—No te lo recomiendo por tres motivos: el primero es que parece que soy el único de los dos que se preocupa por tu salud, amigo. Estoy obligado a recordarte lo que sabemos sobre los perniciosos efectos del azúcar en tu organismo. El segundo es que la legión de abogados de esta familia estaría encantada de saber que te hiciste un aromático café en la cocina, estableciendo dudas razonables sobre la contaminación de las posibles pruebas. Y el tercero, y puede que el más importante, porque en la cocina hay dos fiambres más, quizás miembros del servicio que, a juzgar por el color de los labios, probablemente hayan sido envenenados. Así que, por la amistad que nos une, creo que lo mejor será que intentes superar tu adicción al café aunque sea solo por esta noche.

—Jooooder —suspiró Bruce abatido. Odiaba cuando su amigo se ponía tan pedante—. Vamos a hacer esto lo más breve posible entonces. ¿Vas a presentarme a tus amigos?

—¡Oh, sí! Disculpa mi falta de modales. Demasiados años de hamburguesa y donuts contigo. Se trata de los Fallon, la tercera generación de unos ricachones que hicieron su fortuna con…

—Farmacia.

—… y cosmética —terminó la frase sorprendido—. ¡Guau! No hay quien te pille desprevenido.

—Ya me conoces, siempre alerta.

—Bien, mi parte es la más sencilla. Tres cuerpos atados post mortem en las sillas con bonitos lazos de Navidad para obligarlos a mantener esa posición tan digna. La mujer —señaló a la anciana que presidía la mesa— es la todopoderosa Catherine Fallon, y tiene toda la pinta de haber muerto del mismo modo que los de la cocina. El chico, sin embargo, falleció de forma violenta, tiene el cuello roto y de eso hace por lo menos un par de días. En cuanto al caballero —señaló a la momia vestida con frac negro—, está irreconocible, pero lleva un anillo con las iniciales V y F, por lo que tiene toda la pinta de ser Vernon Fallon, el marido de Catherine, fallecido, si no me falla la memoria, hace más de cuatro años.

Ilustración de Nelle Carver

—¿Estás intentando decirme que guardaban una momia en la casa?

—No. Hay restos de tierra desde la entrada hasta aquí, y también en el cuerpo, así que lo que creo que pasó es que el muchacho lo desenterró en un intento de reunir de nuevo a toda su familia.

—¡Madre mía! No tendrás queja. Puede que no te haya sorprendido, pero no podrás negar que por lo menos lo ha intentado.

—Sí, sí, tienes razón —asintió varias veces con la cabeza, divertido. Hacía muchos años que conocía a Bruce, y esa amistad era la que hacía el trabajo un poco más soportable—. Ahora es tu turno de arrojar un poco de luz acerca de la investigación. Me intriga saber cómo habéis llegado a descubrir esta agradable reunión familiar de zombis.

—Pues el azar, querido Ambrose, en su versión más pura y dura, es lo que ha hecho que hayamos llegado hasta aquí. Y reconozco que solo ahora empiezan a encajar todas las piezas del rompecabezas. Si no me equivoco, el del cuello roto es Manuel Jackson, un chapero de poca monta que vivía en el East Side. Hace un par de días que denunciaron su desaparición y el agente de turno escribió en su informe que, entre la interminable lista de ex novios conocidos, figuraba Nathan Fallon. Y digo ex novio, porque en el informe también figuran las declaraciones de varios “amigos” de Manuel, que afirmaban sin rubor que solo estaba con Nathan por dinero, pero que aun así había decidido acabar con la relación. Sin que esto sirva de crítica al fabuloso sistema policial americano, y a pesar de los claros indicios, todo eso hubiese quedado en el limbo de los casos sin resolver sin duda alguna, porque en esta tierra de las oportunidades nadie se preocupa por los chaperos de poca monta y nadie molestaría al heredero de los Fallon con preguntas incómodas. Fue Samantha, la hermana ausente, la que agitó el avispero. Hace más o menos un mes recibió una carta de su madre invitándola a la cena familiar de Nochebuena. Hasta ahí todo sería lógico y normal, de no ser porque Samantha no se llevaba bien con ella desde la muerte de su padre, y ese había sido precisamente el motivo por el que se había mudado a la otra punta del país. Como los problemas de Samantha con su madre eran del tipo guerra nuclear, la rompió y se olvidó del asunto sin más. Hasta hoy, día en el que el fantasma de las Navidades pasadas la hizo arrepentirse de su acto y en un arranque de espíritu navideño llamó para intentar acercar posiciones. Pero lo que oyó al otro lado de la línea no le gustó nada. Al parecer Samantha siempre había tenido una relación muy especial con su hermano pequeño, Nathan, así que lloró al volver a hablar con él después de tanto tiempo, pero cuando hizo de tripas corazón y le pidió que le pasase con su madre, Nathan retomó la conversación haciéndose pasar por la vieja. Samantha al principio pensó que se trataba de una broma, pero después se asustó al darse cuenta de que su hermano iba muy en serio al intentar suplantar a su madre. Nada más colgar llamó a uno de sus abogados que, mira tú por donde, resulta que juega al golf con un pez gordo que conoce al alcalde, que a su vez llamó al capitán y este a su vez a nosotros, el último eslabón de la cadena alimenticia. —Ambrose sonrió—. Así que ya ves, desaparece alguien, sea gay o no, y no pasa nada; sin embargo, el heredero de una fortuna incalculable gasta una broma a su hermana y se moviliza todo el departamento de policía.

—Suena como si hoy hubieses visto por fin la luz de la revelación divina.

—¡Joder!, Marsha y yo estábamos a punto de trinchar el pavo cuando recibí la llamada de mi “amigo”, el capitán. Hasta aprovechó para felicitarme las fiestas… ¿Se puede saber qué mosca le pica a un chico que lo tiene todo para montar un follón como este?

—Aunque te parezca increíble, me parece que a este chico sí le faltaba algo. No lo sé, porque no soy un experto en el comportamiento humano, pero creo que el muchacho sufre algún tipo de fobia a la soledad. Casi os destroza el coche patrulla cuando los agentes lo dejaron solo unos minutos, y lo que me cuentas encajaría con ese diagnóstico: un novio que lo abandona, una madre ya mayor, un padre fallecido, una hermana en la que se apoyaba y que también lo deja. Solo estaría tratando de reunir a su alrededor a las personas que daban estabilidad a su vida… Y esta vez para siempre.

—¿Acaso estás justificando a ese chiflado?

—No, solo digo que a veces no tenemos elección. Somos lo que somos, y desgraciadamente no siempre estamos preparados para vivir en sociedad.

—Con sus abogados y nuestro sistema penal, cuatro años en un sanatorio mental y estará de nuevo en la calle —se lamentó Bruce.

—Siempre estás quejándote. Encima que te invito a una fastuosa cena de la que no han tocado ni los entrantes…

—Me parece que acabo de perder el apetito. Saca las fotos que tengas que sacar y llévate a estos señores, que yo haré lo propio con el muchacho.

—Recuerda no dejarlo solo en la celda…

—Verás, tenía pensado llevarlo a tu casa para que os ayudase a trinchar el pavo.

—Muy gracioso, yo también te quiero. Feliz Navidad, Bruce. Recuerdos a Marsha.

—Se los daré, no lo dudes. Feliz Navidad, amigo. —Bruce salió de la habitación pensando si ahora los malos les dejarían trinchar el pavo con tranquilidad de una vez por todas.

Roberto del Sol

La vuelta a casa

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Roberto del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La vuelta a casa.

Entre curva y curva Alberto dirigió los ojos al espejo retrovisor. El pequeño dormía con placidez en la parte de atrás del coche mientras Elisa hablaba a su lado de temas banales para evitar que le venciese el sueño.

Era noche cerrada. Alberto se echaba la culpa por haberse demorado demasiado con las despedidas en casa de los abuelos. Que si el niño quería llevarse la cabritilla a casa, que si probad un poco de este chorizo que tiene el punto justo de picante. Lo cierto es que estaba haciendo lo que una y otra vez  se dijo a sí mismo que nunca haría, conducir de noche por una carretera de montaña en pleno invierno. Por supuesto que conocía de memoria el camino a  casa de sus padres, pero con la helada que estaba cayendo toda precaución era poca. Había curvas a las que casi nunca se asomaba el sol y que se convertían en una pista deslizante si se tomaban sin el debido cuidado. Alberto interrumpió a su mujer.

—Gracias por no decirles nada a mis padres.

Elisa guardó silencio por un instante.

—No tienes por qué dármelas. Los aprecio y no quiero que se disgusten. Son buena gente.

Había muy pocas cosas en las que Alberto estaba tan seguro de haber acertado en su vida como la de proponer matrimonio a Elisa. La crisis se había llevado por delante la empresa familiar y ahora los bancos amenazaban con dejarlos sin casa, pero ella siempre encontraba una palabra de ánimo y comprensión.

—Además —continuó ella—, estoy segura de que todo esto pasará muy pronto y las cosas volverán a ser como antes.

La seguridad con la que Elisa había pronunciado aquella frase tranquilizó a Alberto, que distrajo su atención de la carretera durante un segundo para dirigirle una mirada cariñosa. Y ese instante fue suficiente para cambiar sus vidas para siempre. Algo apareció repentinamente de la nada en el límite de su campo de visión y comenzó a cruzar la carretera, y los reflejos hicieron el resto del trabajo de forma involuntaria. Alberto giró el volante bruscamente para intentar evitar aquello que lo había sorprendido y pisó el freno a fondo, entonces sus peores temores se hicieron realidad. El coche comenzó a patinar en el firme helado y se deslizó sin control hacia la cuneta. El susto disparó un torrente de adrenalina en la sangre de Alberto y sus cinco sentidos, un poco embotados por el vino de la cena y adormilados por la noche, se pusieron en alerta en un instante. Los siguientes segundos transcurrieron a cámara lenta. Mientras las luces del coche mostraban en un baile loco un escenario plagado de obstáculos cada vez más difíciles de esquivar, Alberto fue consciente de que el frenazo había despertado al pequeño, que lloraba de forma desconsolada, y de que Elisa gritaba mientras extendía las manos hacia delante y se preparaba para lo inevitable.

La fuerza del impacto les sacudió los huesos como si se los quisiera arrancar de la carne; luego el silencio.

Después de una eternidad comenzó a ser consciente de que alguien lo zarandeaba y lo llamaba por su nombre.

Alberto intentó abrir los ojos, pero los párpados pesaban demasiado. Estaba molesto porque la voz lo había arrancado de un sueño hermoso y profundo.

Hacía frío. El aire de la noche entraba a través del parabrisas roto y hacía que su cuerpo temblase involuntariamente. Sintió dolor en el cuello y una quemazón en la cara. Poco a poco fue enfocando la vista y los recuerdos comenzaron a ocupar el lugar que les correspondía en la cabeza. Elisa lo llamaba con una voz temblorosa que casi se mezclaba con el llanto mientras lo empujaba una y otra vez. De repente, Alberto abrió los ojos muy asustado.

—¡Andrés! —gritó mientras echaba la vista atrás y un dolor agudo estallaba en su cuello.

—Tranquilo, cariño. El pequeño está bien. Lloró mucho porque quería que te despertases y porque le asusta la oscuridad, pero en cuanto lo cogí en mi regazo se quedó dormido.

—Dios mío. ¿Qué fue lo que nos sacó de la carretera? ¿Pudiste ver algo? —preguntó Alberto mientras revolvía con cariño el pelo de su hijo.

—No, pero de lo que estoy segura es que, fuese lo que fuese, no lo golpeamos.

—Voy a echar un ojo afuera, a ver qué pinta tiene el coche.

—Ten cuidado, por favor.

Alberto abrió la puerta con un par de empujones de hombro y dio una vuelta alrededor del coche. Parecía que lo hubiesen golpeado con una bola de demolición. Habían tenido mucha suerte. El vehículo se había detenido sobre un pequeño talud que los había salvado de ir más allá, probablemente hacia una caída segura. La carretera rodeaba una montaña y, aunque la oscuridad escondiese el paisaje, estaba seguro de que allí sólo había barrancos más o menos profundos hasta el cauce del río. El frío comenzó a entumecer su cuerpo. Alberto se sentó de nuevo tras el volante.

—Es un verdadero milagro que todos estemos bien —comentó—, pero tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Probó el contacto. Nada. Esperó un instante y volvió a girar la llave mientras rogaba que todavía le quedase una pizca más de suerte esa noche. El motor arrancó con un sonido lastimero y enseguida comenzó a ronronear con regularidad. Pero la alegría inicial se convirtió en decepción en cuanto se dio cuenta de que el motor no era capaz de transmitir movimiento a las ruedas.

—Hemos debido de romper la transmisión… No nos podemos mover.

Alberto recorrió con la mirada el oscuro paisaje que los rodeaba. A través de los cristales rotos del coche alcanzó a ver, frente a él, una luz a medio camino de la cima de la escarpada ladera que rodeaba la carretera. La luz parpadeaba cuando el viento movía los árboles sin hojas que la rodeaban.

—Mira, Elisa —señaló con la misma emoción con la que lo haría un náufrago  al ver la sombra de una vela en el horizonte—. Aquello tiene que ser una casa.  Tengo que acercarme hasta allí.

—¡Papi, tengo miedo! Todo está muy oscuro. No te vayas.

El pequeño había despertado y su voz de súplica hizo que a Alberto se le formase un nudo en la garganta.

—Tengo que hacerlo, cariño. Lo mejor será que me esperéis en el coche. El depósito está lleno y tendremos luz y calefacción aunque estemos toda la noche con el motor en marcha.

—Por favor —le rogó Elisa—, date prisa.

Alberto puso sus labios sobre los de ella con suavidad y después tapó a ambos con su abrigo.

—Ahora eres el hombre de la casa. Cuida de mamá hasta que yo vuelva, ¿vale?

—Vale, papi —contestó el pequeño con la voz entrecortada por los hipidos.

El viento frío lo traspasó nada más abrir la puerta del coche y le costó respirar el aire gélido de la noche. Las estrellas brillaban con una nitidez que sólo se podía ver lejos de las luces de la ciudad.

Alberto giró la cabeza a ambos lados para intentar ver un hueco entre la espesura que le permitiese llegar hasta la luz. A un lado la curva oscura que los había hecho derrapar, al otro la carretera descendía hacia la seguridad de la civilización, de la que todavía estaban muy lejos. No había hueco en la vegetación, o por lo menos no lo veía, así que hizo de tripas corazón y saltó al monte. Las zarzas de los matorrales se engancharon en su ropa e hicieron que cayese lacerándose manos y cara. Alberto peleó con todas sus fuerzas para liberarse de aquel abrazo de espinas y, una vez que lo consiguió, comenzó a avanzar lentamente, casi a ciegas, con las manos extendidas por delante para proteger la cara de las huesudas ramas de los árboles que intentaban arañarlo.

De repente, oyó un ruido que lo hizo detenerse. Algo o alguien se acercaba. En ese momento se dio cuenta de que quizás había sido muy imprudente al saltar al monte sin más. Su padre le había dicho que habían vuelto a autorizar las batidas de lobos porque ese invierno se habían acercado demasiado a los pueblos y estaban atacando al ganado. Contuvo la respiración. El crujir de ramas se aproximaba en su dirección y no había ningún sitio donde esconderse. Alberto se agachó detrás de un árbol y tanteó el suelo a su alrededor en busca de alguna rama o piedra con la que poder defenderse. Había crecido en aquellas montañas y conocía de primera mano las historias de hombres que se habían cruzado alguna vez con una manada de lobos o incluso con un oso. Pero esta vez no tenía nada que temer. La tensión desapareció en cuanto se dio cuenta de que sólo se trataba de un pequeño zorro que escudriñaba la oscuridad en busca de comida. Era increíble que aquel animal tan esquivo se acercase tanto a un hombre. Parecía no dar muestra alguna de haberlo visto. Alberto estaba tan maravillado por lo que estaba sucediendo que no reparó en la luz sobrenatural que comenzó a bañar el lugar. Pero el pequeño zorro sí. Levantó la cabeza para mirar a través de él, como si Alberto no estuviese allí, y desapareció en la espesura con rapidez. Alberto giró la cabeza y lo que vio le heló la sangre en las venas. Unas figuras cubiertas con unos mantos raídos lo observaban en silencio. De sus manos esqueléticas pendían faroles de los que emanaba una luz mágica, que de vez en cuando se agitaba como si fuese agua turbia y dejaba entrever algo en su interior que pugnaba por escapar. Las negras túnicas de aquellos seres no tocaban el suelo, pero todavía había algo más aterrador. Mientras Alberto podía ver su cálido aliento dibujando volutas frente a él en el gélido aire de la noche al ritmo de su respiración desbocada, de la profunda oscuridad que encerraban aquellas capuchas, donde se suponía que tendrían que estar las cabezas de aquellos seres, no se escapaba nada.

Ilustración de Roberto del Sol

Alberto echó a correr. Un par de veces miró hacia atrás, sólo para comprobar que el séquito lo seguía a mucha distancia. Avanzaban sin prisa y no emitían ruido alguno, pero se movían con una facilidad insultante por aquel terreno lleno de obstáculos, como si flotasen.

El miedo espoleó a Alberto, que reanudó la ascensión con más brío. Había acertado al suponer que aquella luz provenía de una casa. Ahora estaba tan cerca que podía verla perfectamente entre el ramaje de los árboles. Pero no estaba en forma, y comenzó a sentir que no podía dar a los pulmones todo el aire que necesitaban. Cuando estaba a punto de rendirse, se dio cuenta de que la pendiente se había vuelto menos pronunciada y la vegetación casi había desaparecido. De repente se encontró corriendo y trastabillando por una pista de tierra que conducía hacia la casa. En ese terreno volvió a ganar distancia, pero sabía que de nada serviría si el propietario no abría la puerta antes de que lo alcanzasen, así que comenzó a gritar.

La suerte volvió a sonreírle. A unos cinco metros de la casa pudo ver el rostro de un anciano observándolo detrás de una de las ventanas.

—¡Abra, por favor!

—¡Vete! No deberías estar aquí.

—Hemos sufrido un accidente. Mi familia necesita ayuda y unos extraños me persiguen…

—¡Vete! Nadie puede ayudarte ya. Vendrán por ti y no quiero que me encuentren.

—¿Cómo dice? —Alberto estaba desconcertado—. ¿Sabe quién me persigue?

—¿Quién? —El hombre soltó una carcajada demencial que hizo que Alberto retrocediese un paso—. ¿Acaso no has oído hablar de la güestia?

La güestia, el séquito que según la leyenda acompañaba el alma de los muertos en su último viaje. Definitivamente aquel hombre había perdido la cabeza.

—Por favor, señor, se lo suplico.

—¡Largaos de mis tierras o lo pagaréis muy caro!

Desesperado y preso de un arranque de ira, Alberto empezó a golpear con las manos desnudas la pared de la casa y, para su sorpresa, los muros comenzaron a resquebrajarse y a volverse polvo. Todo a su alrededor se deshacía como un castillo de arena seca.

—¡Detente, estás destruyendo mi casa! Sabía que seríais un problema desde que os vi en la curva…

Esas palabras hicieron que Alberto recordase la imagen de lo que lo había sacado de la carretera.

—Usted… Fue usted el que ocasionó el accidente.

—Nunca debieron construir esa maldita carretera en mis tierras. Les dije que defendería mis propiedades a cualquier precio. Tarde o temprano los coches dejarán de pasar por esta carretera y las tierras volverán a ser mías. Y puedo esperar toda la eternidad.

—Viejo chiflado, ¡casi nos mata!

—¿¡Que casi os mato!? Eso sí que tiene gracia…

El anciano comenzó a reírse de nuevo, pero su risa se truncó en cuanto la misma luz antinatural que Alberto había visto en el bosque bañó la habitación a sus espaldas. El hombre se giró y extendió las manos para intentar evitar lo inevitable, pero su silueta comenzó a estirarse hacia la luz mientras un grito agónico quedaba colgado en el aire.

El anciano desapareció engullido por la luz. Alberto retrocedió unos pasos. La casa ahora no era más que un montón de ruinas, como si al desaparecer el viejo se hubiese deshecho la ilusión.

Los encapuchados salieron de entre los restos de la casa y Alberto echó a correr de nuevo.

Bajar no fue más fácil que subir, porque en la oscuridad cualquier obstáculo lo hacía tropezar y caer, pero se las arregló para llegar hasta el coche rápidamente. No podía más, estaba exhausto. Al llegar a la carretera se hincó de rodillas mientras recuperaba el resuello. Miró atrás y respiró aliviado al no poder ver aquellas extrañas luces. Entonces se levantó y se sorprendió al ver a su esposa esperándolo fuera del coche. El pequeño Andrés estaba con ella, de pie a su lado. Las caras de ambos irradiaban una paz que no parecía de este mundo. Era la serenidad de aquellos que conocían todas las respuestas, de los que ya no tenían miedo. Alberto comenzó a entender lo que sucedía en cuanto los componentes de la güestia salieron de entre las sombras e iluminaron el claro con la luz de sus faroles.

—Te estábamos esperando, papá. Ven, no tengas miedo, ahora ya podemos irnos todos juntos.

El pequeño le tendió la mano. Alberto avanzó hacia ellos con los ojos anegados en lágrimas y abrazó a su familia.

El sol todavía no había asomado por encima de las montañas y Luis, el panadero, ya llevaba una hora en la carretera. No le importaba madrugar, en el campo todo el mundo lo hacía, y era consciente de la suerte que tenía por poder continuar con el negocio familiar. Luis odiaba las tareas del campo. El olor del pan recién hecho dentro de la furgoneta era algo maravilloso y no le molestaba conducir, porque lo hacía con la seguridad de quien conocía aquellas carreteras de memoria. Por eso siempre que llegaba a la curva en la que algunos del pueblo decían haber visto el fantasma del viejo Tadeo, aquel chiflado que se había quitado la vida colgándose de una viga cuando el gobierno le había expropiado el terreno para la carretera, siempre paraba de silbar, levantaba el pie del acelerador y se santiguaba. No era bueno tomarse esas cosas a broma y nunca estaba de más un poco de precaución.

Esa mañana, en la curva maldita, Luis vio unas extrañas rodadas dibujadas en el asfalto que se salían de la carretera y se imaginó lo peor. Al asomarse al arcén y ver el coche destrozado, se santiguó de nuevo porque supo de inmediato que ya no se podía hacer nada más por aquellos desdichados.

A los bomberos les llevó toda la mañana excarcelar los cuerpos de los tres ocupantes del coche.

Roberto del Sol 

La casa Rosicky

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración con propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La casa Rosicky.

Cuántas veces me habré preguntado qué es lo que hace que las cosas sucedan, o si somos realmente libres para escoger nuestro destino. Si aquella tarde no hubiésemos decidido ir a la casa Rosicky, ¿el mal nos hubiese perseguido hasta encontrarnos?

De todos los recuerdos de mi infancia, solo hay uno que me gustaría borrar, pero no puedo. Solo éramos unos niños. ¿Qué clase de terrible pecado habíamos cometido?

Prefiero pensar que no fue nada personal, que nada más que estábamos en el lugar y momento equivocados. Otra cosa me volvería loco.

En la primavera de 1980 yo tenía once años y había perdido la cuenta del número de veces que nos habíamos mudado de casa. Mi padre era capitán de la guardia civil y nos trasladábamos continuamente por toda España cada vez que él cambiaba de destino. Al principio me parecía muy duro dejar atrás una y otra vez buenos amigos, pero creo que llegó un momento el que me acostumbré a aquella vida nómada. Visto desde la distancia, a veces pienso que la calidad de mis relaciones de amistad disminuía con cada cambio, quizás como una medida inconsciente de defensa por mi parte, para minimizar el daño que sin duda llegaría cuando tuviésemos que marcharnos. Por otra parte vivíamos en un cuartel, y allí todos éramos como una gran familia acostumbrada a la llegada de nuevos miembros. Gracias a eso, y a mi carácter extrovertido, nunca me costaba mucho trabajo integrarme en alguna pandilla de chicos de mi edad.

Aquella tarde hacía un buen rato que el sol se había puesto. La luna llena comenzaba a iluminar en blanco y negro las calles, y se podía ver incluso en los rincones más escondidos sin la iluminación de las farolas.

Era viernes y al día siguiente no había colegio, y eso significaba que nuestras madres todavía tardarían un buen rato en llamarnos para cenar, así que Raúl nos propuso ir hasta la casa Rosicky. A los tres nos pareció una buena idea, o por lo menos no abrimos la boca para protestar. Hacerlo hubiese podido tomarse como una muestra de miedo y ninguno quería parecer un gallina. Aunque todos teníamos la misma edad, Raúl era unos meses mayor, y esa diferencia, y una valentía que a veces rayaba en la temeridad, eran suficientes para que lo hubiésemos elegido como nuestro líder.

La casa Rosicky estaba abandonada desde hacía muchos años. Era enorme e impresionaba verla a plena luz del día. A mí me parecía que era hermosa a su manera, pero tengo que reconocer que era bastante extraña. Pasar delante de ella me ponía los pelos de punta y hacía que la mirase de reojo mientras caminaba. A mi padre no le gustaba demasiado que merodeásemos por los alrededores de la casa pues, aunque el barrio era muy tranquilo, el abandono la había deteriorado tanto que podía haberla vuelto peligrosa. Recuerdo que siempre me decía que aquella construcción destacaba tanto como una rosa en medio de un campo de ortigas.

Según me había contado Raúl, había sido construida a principios del siglo XX por un acaudalado matrimonio polaco cuyos negocios tenían algo que ver con la minería. Sus dueños apenas habían podido disfrutar de la mansión, puesto que habían muerto en un accidente de tráfico cuando viajaban a Polonia con su hija.

Después de un paseo muy corto en el que apenas hablamos entre nosotros, llegamos hasta la casa. A nuestro alrededor no había más ruidos que las voces amortiguadas por la distancia de los demás chicos que todavía jugaban en la calle. La vegetación crecía de forma salvaje y se entretejía con la oxidada reja de hierro forjado que cercaba la finca. Raúl, que conocía perfectamente el terreno, nos dirigió sin vacilar hasta la verja de la entrada, cuyas dos hojas estaban sujetas por una gruesa cadena y un candado que nadie había abierto en años.

—¡Vamos! —nos animó Raúl—. Si empujamos con fuerza, lograremos mover esta verja lo suficiente como para poder pasar.

Una de las hojas se había descolgado de las bisagras y estaba clavada en el suelo, pero la otra todavía se movía, y la longitud de la cadena permitía una holgura suficiente para que pudiésemos pasar por la abertura con un poco de esfuerzo.

Una vez dentro, la excursión dejó de parecerme divertida. Ya no podía oír a los chicos y dudaba que pudiésemos escuchar a nuestras madres en caso de que nos llamasen. Arturo debió de sentir lo mismo, porque recuerdo perfectamente su mirada al pasar a mi lado.

La luz de la luna se filtraba a través de las ramas desnudas de los árboles muertos del jardín e iluminaba de tal forma la casa que ya no me parecía hermosa. Bañada con aquella luz fantasmal, la casa parecía haberse despojado de su disfraz de lugar apacible para revelar su verdadera naturaleza maligna. Quizás incluso la guarida de algo que en ese mismo instante nos estuviese observando detrás de aquellas ventanas de vidrios rotos y lechosos, mientras extendía sus tentáculos entre la maleza del jardín para atraparnos.

Intenté pensar en cosas menos aterradoras, pero no lo conseguía.

Raúl nos reunió para contarnos el plan y, mientras hablaba, yo no podía quitar los ojos de la casa. Mi imaginación dibujaba siluetas tras los cristales sucios y veía sombras moverse allí donde no había nada.

—He traído tres petardos de los gordos —anunció Raúl presa de la excitación—. ¿Qué os parece si los tiramos en la cueva del conejo? —preguntó de forma retórica, pues sabía que la decisión estaba tomada y ninguno de nosotros se echaría atrás.

La guarida del conejo era un agujero de unos treinta centímetros de diámetro que alguien o algo había excavado en la parte de atrás del jardín, en la ladera de una pequeña loma que habíamos descubierto mientras jugábamos a exploradores, a plena luz del día.

La idea de rodear la casa de noche, hasta un lugar que quedaba tan lejos de la única salida de la finca, no me agradó demasiado, pero Raúl continuó hablando y acabó por contagiarnos su excitación. Además, y si todo salía bien, tan solo serían unos minutos. Y tirar unos petardos bien merecía el mal trago.

Una vez que nos pusimos de acuerdo, comenzamos a movernos sigilosamente de árbol en árbol detrás de Raúl.

—Cuidado con el estanque —susurró Raúl—. Pisad en las mismas piedras que yo si no queréis que vuestros padres os den unos azotes por llegar a casa con los zapatos mojados y llenos de barro.

Llegamos al jardín trasero sin más contratiempos y nos tumbamos sobre la hierba a recuperar el resuello. Sobre nuestras cabezas brillaban miles de estrellas en un cielo completamente despejado. Solo aquella imagen hacía que todo hubiese merecido la pena.

Raúl se sentó y abrió la mano para enseñarnos lo que había traído.

—Dos bombas y una traca. Vamos a pulverizar ese agujero —señaló un punto a unos metros de nuestra posición—. Yo tiraré el primero, ¡seguidme!

Reptamos por la hierba hasta que nos ordenó detenernos alrededor del agujero. Aquel círculo de profunda negrura parecía bastante más grande que a plena luz del día. Recuerdo que en ese momento pensé que quizás se tratase de la guarida de algún animal peligroso y no di un paso atrás, pero dejé que mis dos amigos se pusieran en primera fila.

—¡Guau, es genial! —exclamó Raúl con un tono demasiado alto para mi gusto en cuanto se asomó al agujero.

Ilustración de Verónica López

No entendí a qué se refería hasta que me acerqué a él. Una brisa fresca salía de la abertura y bañaba nuestras caras. Por un instante cerramos los ojos y disfrutamos del momento, olvidándonos por completo de nuestros temores y de donde estábamos.

—No me lo puedo creer —comentó Arturo—, pero si huele a chocolate…

Lo miré extrañado. Era cierto que olía bien, sin embargo, a mí me parecía que olía a ropa recién lavada.

Yo estaba desconcertado. Había algo que no encajaba en todo aquello. En el jardín no se movía ni una hoja.

—¿De dónde creéis que viene el viento? — pregunté.

—No lo sé. Quizás sea alguna especie de túnel de ventilación de una sala de máquinas…

—Pero no hay nada en la dirección en la que está excavado el túnel —repuse—, tan solo la casa. Y tú dices que está abandonada desde hace muchos años. ¿Qué clase de máquina funcionaría durante tanto tiempo?

—¡Mirad, chicos! ¿Qué es eso que brilla en el fondo del agujero?

Nos asomamos de nuevo al borde y vimos a qué se refería Arturo. Una pequeña luz bailaba en la oscuridad.

—¡Espera, espera un segundo! —exclamó Raúl—. ¿Podéis oír lo mismo que yo?

Nadie dijo nada. Aunque nos costaba entenderlo, sabíamos a qué se refería. No había duda alguna. Envuelta en la brisa llegaba la voz cristalina de una niña que tarareaba una hermosa canción.

—¡Hay alguien ahí abajo! —exclamé asustado por el significado de lo que acababa de decir.

—Quizás se haya quedado atrapada —dijo Arturo.

—Lo mejor será que vayamos a avisar a nuestros padres —comenté superado por los acontecimientos.

Ni Arturo ni yo pudimos evitar lo que sucedió a continuación.

Raúl no estaba dispuesto a volver a casa sin acabar la misión. Cuando me giré al escuchar su voz, en sus manos brillaba la chispa de la pequeña mecha del petardo.

—Está bien —dijo mientras lanzaba la traca al agujero—. Avisaremos a quienquiera que sea que esté ahí abajo para que sepa que vamos a volver con ayuda.

Todos nos retiramos hacia atrás de forma instintiva. Yo sabía que aquello no había sido una buena idea pero, al no escuchar la explosión después de un tiempo más que razonable, llegué a pensar que al final podíamos haber tenido un poco de suerte y quizás la mecha se hubiese apagado.

Sé que no deberíamos haberlo hecho, que tendríamos que haber salido corriendo de aquella casa infernal, pero la curiosidad de los niños no atiende a lógica alguna y nos parecía que no teníamos nada que temer de aquella brisa fresca y de la voz embriagadora de la niña que cantaba. Volvimos a asomarnos al agujero y nos sorprendió descubrir que el caudal de aire había aumentado hasta volverse casi molesto. Además, aquel olor agradable había sido sustituido por otro repugnante y ya no se oía la voz de la niña.

Nadie estaba preparado para lo que sucedió a continuación.

Las explosiones nos cogieron a todos por sorpresa, pero no nos asustaron tanto como lo que vimos cada vez que estallaban los pequeños petardos y la luz iluminaba la oscuridad durante un breve instante. Alguien reptaba hacia nosotros con una rapidez impropia del tamaño del agujero. Por muchos años que pasen, nunca podré olvidar aquella cara que nos miraba fijamente con unos ojos negros como el azabache y aquella sonrisa demencial.

No tuvimos tiempo a reaccionar.

El agujero nos escupió en la cara una bocanada de viento putrefacto mientras una mano blanca como la cera atrapaba a Raúl.

—¡Dios mío! —gritó cuando las uñas sucias se clavaron con fuerza en la carne de su brazo—. ¡Duele mucho, y quema…!

El viento cambió y se convirtió en una poderosa fuerza de succión que comenzó a arrastrar a nuestro amigo hacia la oscuridad, que pareció abrirse para recibirlo.

Estábamos aterrorizados, pero no dejaríamos a Raúl a merced de aquella fuerza maligna sin luchar, así que tiramos de él con todas nuestras fuerzas. Al instante nos dimos cuenta de que era un gesto inútil, que no podríamos vencer, pero no cejamos en nuestro esfuerzo hasta que por encima de nuestros gritos comenzamos a escuchar sus huesos romperse mientras el agujero se lo tragaba.

Por un instante se hizo el silencio. Arturo y yo nos quedamos allí, sentados al borde del agujero, llorando y sin saber muy bien qué hacer. Incapaces de creer lo que había sucedido.

Cuando el viento comenzó a soplar de nuevo, Arturo se levantó gritando fuera de sí.

—¿Puedes oírlo? ¡Ha dicho mi nombre! ¡Ahora viene a por mí!

Yo sabía que no había sido así, porque lo único que había oído con total claridad, y como si alguien me lo hubiese susurrado en el oído, había sido mi nombre.

No hizo falta hablar más. Comenzamos a correr como dos locos hacia la salida. Tropezamos y caímos varias veces mientras la fuerza del viento que nos envolvía crecía e intentaba entorpecer nuestra huída.

Ni siquiera pensamos en rodear el estanque. Solo cuando nuestros pies comenzaron a chapotear en un suelo pastoso que ralentizaba la carrera, caímos en la cuenta de que quizás hubiésemos cometido un error: no sabíamos cuál podía ser la profundidad de aquella charca. El viento nos zarandeó como marionetas y nos arrojó a la cara las nubes de mosquitos que flotaban sobre el agua estancada, así que nos vimos obligados a correr casi a ciegas el último tramo hasta la verja. Agotado y con el corazón a punto de estallar, alcancé la abertura y pasé dejando un jirón de ropa y algo de piel enganchados en el hierro.

Todavía a día de hoy pienso en qué hubiese sido de nosotros si hubiese dejado que Arturo intentase salir en primer lugar.

Absolutamente aterrorizado, mi amigo no se agachó lo suficiente y su pelo se enganchó en la verja, o por lo menos quiero pensar que fue la verja lo que lo atrapó.

—¡Ayúdame! —gritó desesperado mientras me tendía la mano.

No lo dudé. Estaba seguro de que allí afuera me encontraba a salvo y que aquella fuerza maligna ya no podía alcanzarme, así que le cogí la mano y tiré con unas fuerzas que ya no tenía. Durante un instante recordé nuestro intento de rescatar a Raúl y tuve miedo a fallar de nuevo, pero nada de eso sucedió. Arturo logró salir, aunque se dejó buena parte del cuero cabelludo colgando de la verja. Recuerdo que nos abrazamos y lloramos durante lo que me pareció una eternidad. Hasta que la sangre que manaba de su cabeza comenzó a empapar mi mano. Teníamos que volver a casa. Él necesitaba que un médico viese su herida y además teníamos que contar lo sucedido a nuestros padres para que volviesen a buscar a Raúl. Antes de marcharnos nos dimos cuenta de que el viento había cesado y, al levantar la vista hacia la casa por un instante, los dos pudimos ver, sobre la colina, la silueta de alguien que tenía el tamaño de una niña recortada contra la luz de la luna.

Mi padre sabía que yo nunca me inventaría una historia como esa, así que media hora después estábamos de vuelta en la casa, solo que ahora más de veinte hombres registraban el edificio y el jardín de forma exhaustiva.

Recuerdo que nos pidieron que los acompañásemos hasta el sitio en el que Raúl había desaparecido. En ese momento Arturo sufrió tal ataque de ansiedad que el doctor tuvo que sedarlo. Con el miedo en el cuerpo, avancé hasta un lugar que consideré seguro y les señalé el lugar en el que se abría el agujero de conejo.

Los hombres comenzaron a hablar entre ellos, desconcertados. Mi padre se acercó hasta donde yo estaba y se arrodilló ante mí.

—Hijo, ¿estás seguro de que es ahí? —me preguntó mientras me miraba a los ojos con preocupación—. No parece muy grande.

Me aparté de mi padre y vencí el miedo para acercarme hasta los hombres que rodeaban el agujero, que a la luz de los focos era poco más grande que una madriguera de ratón.

Yo estaba desconcertado, pero insistí en que había sido allí donde habíamos perdido a Raúl.

A pesar de lo evidente, excavaron toda la zona, pero no encontraron nada. Aquel agujero que yo les había señalado no profundizaba más de unos cinco metros en la tierra.

Otra cosa fue lo que encontraron en el sótano de la casa.

Ser pequeño tenía la ventaja de que muy a menudo pasabas desapercibido a los ojos de los mayores, y por eso nadie reparó en mí cuando me acerqué al origen de aquellos gritos desgarradores que rompían el silencio de la noche.

El padre de Raúl abrazaba a su esposa, que lloraba y gritaba desconsolada. Los hombres que habían registrado la casa salían en ese momento al exterior y entre ellos cundía el nerviosismo. Alguno incluso vomitó en el jardín. Al parecer, habían encontrado el cuerpo de Raúl, descoyuntado y con la boca y las fosas nasales llenas de tierra, como si se hubiese visto obligado a respirarla. Y lo más increíble de todo era que, para rescatarlo, se habían visto obligados a derribar una pared en el sótano que estaba cubierta de extrañas inscripciones. Decían que Raúl había aparecido abrazado al esqueleto de un niño. Alguien que parecía llevar muerto muchos años.

—Una niña —me oí decir a mí mismo—. Se trata de una niña.

Todos volvieron la vista hacia mí y luego no sé qué más pasó, porque me desmayé.

No he vuelto a ver a Arturo desde aquella noche. Su familia abandonó de forma precipitada el cuartel y, cuando intenté contactar con él, sus padres me rogaron que no lo hiciese. Me contaron que todavía necesitaba ayuda psicológica y que precisaba medicarse para poder conciliar el sueño. Los médicos les habían recomendado alejarse lo máximo posible de aquel suceso y pensaban que hablar conmigo no le haría ningún bien.

En mi casa nunca volvimos a hablar de forma abierta del incidente, me imagino que para intentar protegerme, pero no hay lugar donde puedas esconderte del pasado. Las frases a medias que terminaban de forma brusca en mi presencia, las miradas de lástima de los demás niños o las condolencias a destiempo no hacían más que reabrir una y otra vez la herida.

Nadie pudo aportar una explicación racional a lo que sucedió aquella noche y la muerte de Raúl acabó en el archivo de los casos si resolver.

Meses después, cuando mi aspecto físico comenzó a deteriorarse de forma alarmante debido a las pesadillas, mi padre aprovechó la primera oportunidad que se le presentó y aceptó una comandancia en Galicia.

Pero las pesadillas no desaparecieron.

¿Por qué me decido a contar esta historia ahora, tantos años después de aquella noche? Pues porque ha sucedido algo que, aunque sigue siendo inexplicable, arroja una nueva luz sobre aquel suceso.

Mi padre falleció hace seis meses tras padecer una larga enfermedad y, como es habitual, los compañeros enviaron sus pertenencias personales a la familia. Fue mi madre, que no tiene fuerzas para enfrentarse a los recuerdos, la que me rogó que las revisara y valorase qué debíamos tirar y qué conservar de todo aquello.

Después de mirarlas por encima, me llamaron la atención unos viejos libros que parecían una especie de diarios. Comencé a hojearlos y rápidamente me di cuenta de que allí mi padre apuntaba los aspectos más relevantes de los casos que estaban investigando. Muchas de las entradas se abrían y cerraban de forma rápida, pero había una que contenía una información más extensa.

Mi padre la había denominado “La Casa Rosicky”.

En la casa se había encontrado correspondencia del matrimonio con su familia en Polonia y, después de traducirla, los investigadores habían determinado que era necesario hablar con aquellos parientes. De aquellas conversaciones y de la correspondencia rescatada, mi padre había entresacado varias conclusiones. La primera provenía del informe de tráfico del día en el que los Rosicky habían fallecido, que relataba que un vendaval había arrancado un enorme árbol de la cuneta y lo había arrojado sobre el coche en el que viajaban. Eso había hecho que perdiesen el control y acabasen en el fondo del lago. Nadie había visto un temporal tan violento y repentino, con vientos que habían causado numerosos destrozos materiales en la zona. También resultaba curioso que se hubiesen encontrado los cuerpos de los padres, pero no así el de la hija.

En alguna de las cartas encontradas, la familia planteaba dudas acerca de las teorías de los Rosicky, que creían poder hacer que su hija, que sufría una extraña enfermedad que estaba acabando con su vida, pudiese volver a vivir como una niña normal, aunque para ello tuviesen que (y mi padre decía que citaba literalmente) romper con la Santa Iglesia Católica.

En la última de las cartas, de caligrafía mucho más apresurada, la familia rogaba al matrimonio que volviese a Polonia, lo que, a juzgar por el estado de las cosas dentro de la casa, hicieron de forma precipitada. Al parecer, algo había salido terriblemente mal.

Después de todo esto, mi padre había anotado unas preguntas sin respuesta.

Si el cuerpo que se había encontrado era el de la niña, ¿cómo había fallecido y por qué lo habían tapiado en el sótano de la casa?

¿Qué significaban todos aquellos símbolos de carácter religioso pintados en las paredes?

¿Por qué se habían llevado la silla de ruedas de la niña y una maleta con su ropa? ¿Quizás para que todo el mundo pensase que se llevaban a su hija con ellos de viaje?

Y por último, la más importante de todas: ¿Cómo había fallecido Raúl, y cómo demonios había llegado su cuerpo hasta el cuarto tapiado de aquel sótano?

Cuando pasé la página del diario de mi padre noté que mi pulso se aceleraba. Allí guardaba una fotografía de la hija del matrimonio. Estaba en el jardín, sentada en la silla de ruedas. A su alrededor había varios molinillos de viento hechos de papel, con las aspas pintadas de muchos colores, como si se tratase de sus juguetes preferidos. Debajo había una leyenda manuscrita en polaco y traducida por alguien al español: Mi cariño jugando con el viento.

Según contaban, la niña podía pasar horas y horas en el jardín siempre que el viento hiciese girar los molinillos.

En la foto la pequeña sonreía con la mirada perdida en el infinito. Yo había visto esa misma sonrisa en aquella cara desdibujada, aquel anochecer de primavera.

Hoy he regresado a la ciudad para volver a ver la casa Rosicky. Tenía que hacerlo, no he podido evitarlo. Lo he hecho de pasada y no me he bajado del coche. Ni siquiera me he detenido, pero ha sido suficiente. En el mismo lugar en el que se levantaba la casa han construido bloques de apartamentos. El barrio ha cambiado por completo y ya no están aquellos prados en los que jugábamos. Solo queda el cuartel de la Guardia Civil, y gracias a eso he podido orientarme.

Quizás me encuentre condicionado por lo que me sucedió. Quizás haber estado tan próximo al mal me haya convertido en alguien especialmente sensible, pero he vuelto a sentir aquella presencia. Estoy seguro de que, sea lo que sea lo que vimos aquella noche, todavía sigue allí, en algún sitio, esperando.

Roberto del Sol

La reina Blancanieves

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato fantástico-erótico

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina Blancanieves.

El viento aullaba con las voces de mil demonios. Parecía que una manada de lobos hambrientos persiguiese a los dos jinetes por las callejuelas de la ciudad. En aquella noche sin luna, negra como la pez, apenas se veía un palmo más allá de la luz de las antorchas, pero el sentido de la orientación del hombre que iba en cabeza era extraordinario y llegaron a la casa del magistrado sin ningún contratiempo.

Tomwats, el más joven, temblaba como una hoja. Y no era únicamente por el viento frío, que acuchillaba sin piedad la piel de su rostro; también tenía miedo. Acudir a la casa del gran magistrado a esas horas de la noche, en plena tormenta, era un desafío solo a la altura de aquellos a los que lo tenía acostumbrado el maestro Locksher.

Ambos descendieron de sus monturas. Locksher se echó la capucha hacia atrás para dejar al descubierto su rostro enjuto y descargó tres golpes con la cabeza de bronce de su bastón sobre la pesada puerta de madera. Estaba a punto de golpear de nuevo cuando ambos pudieron ver la luz de una vela que iluminaba las ventanas superiores y comenzaba poco después a moverse hacia la planta baja.

Después de varias vueltas de llaves y ruidos chirriantes de metal al descorrer los cerrojos, la puerta se entreabrió para dejar ver la cara oronda y contrariada de una mujer envuelta en una manta.

—Solo los rufianes con intención de robar, o los sacerdotes a los que se les ha pedido la extremaunción salen de sus cobijos a estas horas, maestro Locksher.

—Pues no somos ni lo uno ni lo otro —bramó él—. Y ahora apartaos, buena mujer, que el asunto que venimos a tratar con el alto magistrado es de vital importancia para el destino del reino y no admite demora.

El ama de llaves hubiese podido impedir con facilidad que los dos hombres entrasen en la casa, pues duplicaba a ambos en peso, pero la firmeza con la que le había hablado el hombre y su fama de investigador infalible hicieron que se apartase.

—Dígale al magistrado Hollymoor que lo esperaremos sentados en la biblioteca.

—Por supuesto que se lo diré. Y Dios los coja confesados si el asunto que les trae hasta aquí a estas horas de la noche no es tan importante como para despertarlo…

La mujer encendió varias velas que iluminaron de forma tímida la sala y arrojó un tronco a las llamas de la chimenea, que comenzaron a revivir con brío. Después desapareció escaleras arriba.

Locksher guiñó un ojo al chico para infundirle tranquilidad. El caso que tenían entre manos era, sin lugar a dudas, el más difícil de su carrera. La estrategia que había ideado para llegar hasta el criminal más peligroso e inteligente de todos aquellos con los que se había enfrentado, requería de una puesta en escena perfecta. En su mente había escrito una obra de teatro magistral cuyo argumento solo conocía él. Y precisaba convencer a cada uno de los actores para que ejecutasen su papel sin cuestionarlo y le permitiesen así levantar el telón del siguiente acto.

Ambos pudieron oír cómo, en el piso de arriba, el magistrado maldecía en voz alta  cuando el ama de llaves lo despertó para sacarlo de la cama.

Un buen rato después apareció por la puerta el grueso cuerpo del magistrado que, sin saludar a los recién llegados y visiblemente malhumorado, escogió un sillón de orejas frente a la chimenea e invitó al investigador a sentarse frente a él.

—Matilda, tráiganos un par de copas de coñac. Este hombre parece congelado.

Locksher se dio cuenta al instante de qué era lo que pretendía aquel hombre. Estaba castigándolos. Por motivos del cargo que ostentaba, no podía desoír a un investigador si este requería su atención, y la hospitalidad le obligaba a ser amable con él. Pero al ignorar a Tomwats dejaba muy claro que nada más que haría aquello a lo que estuviese obligado, y eso no era en absoluto conveniente para los intereses de la investigación, no si lo que Locksher buscaba era un poco de cooperación. Sabía del magistrado Hollymoor que era un hombre muy ambicioso y que, a pesar de su edad, todavía aspiraba a llegar aún más arriba en su carrera. Locksher decidió jugar sus cartas, así que se acercó hasta el hombre y le susurró al oído:

—Debido a la urgencia de nuestro caso, no he tenido tiempo de presentar adecuadamente al chico, pero, ahí donde lo veis, tenéis delante al sobrino del gobernador —y se alejó un palmo para comprobar el impacto que había tenido la noticia en la cara del magistrado, que lo miraba con los ojos abiertos como platos—. Además, se trata de un joven muy bien relacionado en la corte. Hay quien me ha dicho que incluso le están buscando alguna embajada…

Locksher había mentido, por supuesto. Tomwats, su aprendiz, era huérfano, y el único contacto que había tenido con la corte había sido el día en que el príncipe Henry los habían convocado para investigar la muerte su padre, el rey Edward, que había fallecido aplastado por un enorme colmillo de elefante. Justicia poética, dirían algunos, si se tenía en cuenta que aquel colmillo había pertenecido a un animal al que antes había asesinado el monarca. Accidente sospechoso, había concluido entonces la investigación, pero sin pruebas para que Locksher pudiese demostrar nada más o acusar a alguien en firme.

—¡Por el buen Dios, Matilda! ¿Dónde están esas tres copas? —gritó el magistrado para corregir el desplante inicial—. Estos buenos hombres están medio congelados. Por favor, chico, acércate a la lumbre para calentar un poco tus huesos.

Locksher no pudo evitar que las comisuras de sus labios dibujasen una pequeña sonrisa. ¡Qué manejables podían llegar a ser los hombres si se accionaba el resorte adecuado! Ahora estaba seguro de que el magistrado sería mucho más receptivo a su teoría de la conspiración.

Después de una intranscendente charla sobre la crudeza del invierno, que tuvo lugar mientras Matilda servía las copas, el magistrado preguntó por el motivo de la visita. El tono era mucho más amable.

Locksher extrajo una carta de una bandolera de cuero y, después de comprobar que era la correcta, se la acercó al hombre, que se puso los anteojos y la entornó para examinarla a la luz del fuego de la chimenea.

—Y bien, ¿qué es lo que se supone que estoy leyendo?

—¡Oh!, el texto es irrelevante, señor. Se trata de la típica carta que los suicidas dejan para explicar los motivos que lo llevaron a tomar tal decisión.

—Pues si el texto es irrelevante, no veo… —la voz del magistrado denotaba un poco de impaciencia.

—Ahora observe esta otra. Hace unos cuantos años, investigué el caso de la hechicera real y Blancanieves. Esta es la carta en la que uno de los señores enanos solicita la ayuda del príncipe para detener a la hechicera por haber envenenado a Blancanieves. Lo demás es de sobra conocido: nuestro noble príncipe Henry, al que Dios tenga en su gloria, encandilado por la belleza de Blancanieves, la besa y la casualidad hace que ella despierte de su trance en ese mismo momento. La leyenda atribuyó al beso un poder que no tenía, porque luego se descubriría que la dosis de veneno administrada en la manzana no había sido letal, pero fue el oportuno milagro que hizo que el pueblo aceptase a una plebeya como la nueva princesa.

Después de echar un vistazo a la nueva carta, Hollymoor lo miró por encima de los anteojos.

—Esta carta parece la auténtica, pero todos sabemos que no puedes tener en tu poder las pruebas de un caso, aunque este haya sido resuelto, ¿verdad, hijo?

Al oír eso Tomwats sufrió un nuevo escalofrío. Los métodos se investigación de su maestro eran, por decirlo de un modo suave, poco convencionales. Muy a menudo incluían mentir o manipular pruebas. Y era bien cierto que nunca había quedado un caso por resolver, incluso los más difíciles, pero el chico se sentía como si siempre estuviese dando saltos sin red. El día en el que algo fallase ambos se verían obligados a responder ante la justicia, por muy bien que la hubiesen servido hasta entonces. El maestro Locksher le decía a menudo que los malos siempre iban un paso por delante y, en la mayoría de los casos, era imposible atraparlos sin romper unas cuantas reglas.

Locksher estaba decepcionado. Desgraciadamente volvía a ser verdad que cuando el sabio señalaba a las estrellas, los necios miraban al dedo. Pero no era problema, estaba acostumbrado a tratar con necios. Se pondría a la altura del hombre y lo guiaría hacia la solución del problema como si estuviese tratando con un niño. ¿Acaso no lo hacía siempre?

—No, magistrado, no son las auténticas, por supuesto —mintió sin titubear—. Pero se trata de unas réplicas exactas, realizadas mediante técnicas secretas que nos enseñaron los amables monjes de un monasterio cuyo nombre nos ha sido prohibido revelar, ¿verdad, Tomwats?

—A… Así es, señor —corroboró el chico con un deje de inseguridad y abrumado por la inventiva de su maestro—. ¡Menuda cerveza la de aquellos monjes! —añadió de su propia cosecha el muchacho, lo que sorprendió positivamente a Locksher.

—¡Matilda! Deje de espiar entre las sombras y sírvale otro trago a nuestros invitados. Este muchacho todavía tiembla de frío como un pajarillo. Tartamudea y casi no puede ni hablar…

La mujer dejó que transcurriesen unos segundos y entró en la sala con la cabeza bien alta y toda la dignidad que fue capaz de reunir para cumplir con los deseos de su señor. Cuando estaba a punto de retirarse, el magistrado dijo:

—Déjenos la botella y acuéstese, que ya le contaré por la mañana aquellos detalles de la conversación que sean de su interés.

Una vez que se quedaron solos, el magistrado retomó intrigado la conversación.

—Veo las cartas, pero necesito que me diga sin más rodeos qué es lo que les ha traído hasta mi casa esta noche.

—Entiendo, señor, que a plena luz del día no se habría escapado a su sagaz vista que ambas cartas están escritas por la misma persona. —El magistrado comenzó a comparar ambas cartas entre sí a la luz de la vela y ahora sí detectó ciertas similitudes entre ellas—. No hay duda al respecto. He hecho que ambas sean examinadas por varios maestros calígrafos de excelente reputación y todos ellos han llegado a las mismas conclusiones: la caligrafía, el tipo de tinta e incluso el papel son idénticos en ambos casos.

—Veamos… Lo que ustedes están tratando de decirme es que uno de los señores enanos, concretamente el que escribió esta carta de auxilio, la que salvó a nuestra hermosa reina Blancanieves de aquella muerte aparente, se ha suicidado.

Locksher debía ser muy cuidadoso a la hora de expresar su teoría de la conspiración. Tenía que serlo cuando era preciso apuntar su flecha tan alto. Había sido muy hábil al aludir a la inteligencia del magistrado y ahora necesitaba presentar poco a poco las pruebas para que pareciese que todo encajaba de forma natural, sin ningún tipo de estridencias.

Tomwats, por su parte, estaba desconcertado, pero eso era algo habitual. Su maestro en rara ocasión le hacía partícipe de las investigaciones. Decía, seguramente con acierto, que aquello que no sabía no podía matarlo. Aun así su fe en el maestro investigador era inquebrantable. Locksher nunca había fallado a la hora de señalar el culpable de un crimen, y había aprendido más con él en un año que en la academia de investigadores en diez.

—Bueno —continuó Locksher—, lo cierto es que esa carta de suicidio es la que se encontró en la habitación del rey Henry, justo después de que el ayuda de cámara hallase su cuerpo sin vida.

Hollymoor ya no tenía sueño. Si lo que insinuaba aquel investigador era cierto, el rey podía haber sido asesinado.

—¿Y cómo os explicáis esa coincidencia?

—Me temo que vos ya os habréis hecho una teoría al respecto. De todos es conocido el rencor que sienten hacia los hombres los señores enanos por haberlos desterrado a los bosques. —Locksher vio que eso no impresionaba al magistrado, así que decidió dar una vuelta de tuerca más al argumento—. Mis informadores me han dicho que esta misma noche, quizás mientras estamos manteniendo esta misma conversación, los enanos tratarán de asesinar a la reina Blancanieves mientras duerme. Créame si le digo que no tenemos tiempo que perder, magistrado Hollymoor.

—¿Y qué podemos hacer entonces? O vuestra fama es inmerecida, o si os conozco un poco juraría que ya tenéis algo planeado…

—Cierto, magistrado. Todo lo sucedido hasta ahora me hace sospechar que hay más implicados en esta trama que los señores enanos. No sabemos cuántos de los de palacio pueden estar alentando la conspiración y no podemos permitirnos el más mínimo error, así que me he puesto en contacto con el conde de Faithfulrock, que nos ha enviado a doscientos de sus más leales hombres.

—Pero Faithfulrock es conocido por su oposición a Blancanieves. Nunca aceptó que una plebeya accediese al trono…

—Precisamente por eso, señor. Fue su inquebrantable lealtad a la monarquía la que le hizo tomar esa decisión. Por un lado, el conde goza de mi más absoluta confianza, y no se me ocurriría mejor persona para confiarle el destino del reino y de la corona. Y por otro, estoy seguro de que a nadie en su sano juicio se le ocurriría introducir insurgentes entre sus hombres, porque no le servirían de ayuda ya que ninguno de ellos está en palacio. Todo el mundo sabe que el rey Henry lo desterró a él y a los suyos después de su pública renuncia a aceptar a  Blancanieves como reina.

—¿Y puedo saber dónde están ahora esos hombres?

—A las puertas del castillo, señor. A la espera de que lleguemos con una orden suya para que los soldados de palacio bajen el puente y podamos abortar así la conspiración.

—Pues no perdamos más tiempo hablando entonces. ¡Matilda, despierte a esos haraganes de las cuadras y haga que ensillen inmediatamente mi caballo! ¡Partimos hacia palacio!

Apenas una hora después, y tras un penoso viaje bajo la tormenta, el pequeño ejército llegó a las puertas de palacio. Tal y como había supuesto Locksher, la orden firmada por el magistrado les abrió las puertas del castillo y permitió que los hombres del conde se desplegasen en una aparente formación defensiva y corriesen escaleras arriba hasta los aposentos de la reina.

—Ahora, magistrado Hollymoor, necesito ejecutar un pequeño cambio de planes para el cual preciso que estéis lo más atento posible —comentó Locksher ante las puertas de la alcoba real—. Si mi teoría es correcta, esta noche caerá una de las mayores amenazas para nuestro reino, y restituiremos el honor de una persona juzgada y encarcelada injustamente. Si me equivoco, responderé de mis actos ante los tribunales de justicia. Conde, por favor, haga los honores, que nunca se me dio bien derribar una puerta.

A un gesto del conde, diez de sus hombres redujeron a los confundidos miembros de la guardia real que custodiaban los aposentos de la reina, mientras que otros cinco derribaban la puerta.

Tras el estrépito que se produjo cuando la puerta cayó al suelo, los hombres del conde entraron en tromba en la habitación. La sorpresa de todos, los recién llegados y los que estaban dentro de la habitación, fue mayúscula y así se reflejó en sus desconcertados rostros.

Al ver lo que se escondía tras las puertas de los aposentos reales, Tomwats palideció. Tal y como el maestro había predicho, en la habitación de la reina había siete enanos, pero no parecía que estuviesen asesinándola. O por lo menos no en el modo en el que el muchacho se lo imaginaría. Todos estaban desnudos, y los cuerpos fuertes y peludos de los enanos contrastaban con la delicada y blanca piel de la reina. Ellos estaban dispuestos alrededor de Blancanieves en posturas poco menos que acrobáticas, y realizaban cosas que él jamás hubiese imaginado que pudiesen hacerse. Cosas que, con seguridad y según el ministro de su parroquia, serían objeto de inmediata excomunión. Por decirlo de una forma suave, y en palabras de su tío, capitán de fragata retirado, lo que aquellos enanos le hacían a la reina interesaba tanto a la proa como a la popa, y todo ello a diferentes alturas de la línea de flotación.

—¡Cómo os atrevéis, Locksher! —gritó la reina mientras intentaba taparse con un salto de cama transparente, y recuperaba una verticalidad que le otorgaba un poco más de dignidad—. Sin duda habéis cometido atrocidades mayúsculas en vuestra carrera como investigador, pero esta las supera a todas. ¡Me encargaré personalmente de que os retiren la licencia y de que vuestros huesos acaben en el más húmedo de los calabozos!

Mientras la reina gritaba fuera de sí, los enanos comenzaron a correr de un sitio a otro como pollos sin cabeza. Alguno de ellos intentó enfrentarse desnudo a los recién llegados, otros comenzaron a buscar entre el montón de ropa del suelo sus vestimentas, y otros intentaron escapar descolgándose por la enredadera del balcón, pero todos fueron rápidamente reducidos por los hombres del conde y sacados a rastras de la habitación.

Locksher sabía que ese era el momento más delicado de la representación. Había engañado a Hollymoor para que firmase la orden contra los señores enanos, pero sólo él sabía que era necesario ir todavía más allá. El magistrado estaba desconcertado, pero no tardaría en salir de su asombro. Locksher necesitaba de forma urgente una confesión.

—Buenas noches, majestad —saludó con tono solemne Locksher—. Me alegro de que recordéis mi nombre. ¿Por qué conformarse con uno, aunque sea el rey, si se puede tener a siete, verdad? —comentó con cierta ironía mientras avanzaba unos pasos hacia la cama y mostraba las cartas—. Me imagino que os preguntaréis cómo hemos llegado hasta vos. Me temo que alguien muy tenaz y con la suficiente perspicacia reparó en que la carta de un hombre muerto y la de una acusación de hace años estaban escritas por la misma persona.

Hollymoor estaba a punto de pedir explicaciones, pero guardó silencio al oír la dulce voz de la reina.

—Me imagino que no hay nada como hacer las cosas una misma.

—Una vez que nos dimos cuenta de lo de las cartas, investigamos un poco en su pasado, majestad. Por un lado tenemos a un leñador desaparecido de forma misteriosa, cuya esposa asegura que usted es la persona que convivió durante varios años en la casa de los señores enanos, en lo más profundo del bosque, la misma persona a la que el leñador acusó de brujería en al menos tres ocasiones. También tenemos un análisis exhaustivo del cuerpo del rey Henry, su fallecido esposo, en el que los galenos afirman que en el organismo había la cantidad suficiente de una droga extraída de la dodecágona como para producirle parálisis muscular. Una vez inmovilizado, simular un suicidio sería un juego de niños. También tenemos la confesión de la hechicera real, una anciana que lleva encerrada en la torre condenada por intento de asesinato, de “su” asesinato, majestad, demasiados años. A esa mujer a la que usted acusó de brujería, tan solo la libró de la horca toda una vida de fiel servicio a la corona. Después de ejecutar su maquiavélico plan, usted sabía que ningún tribunal dudaría de la inocente confesión de una hermosa dama, que además había regresado de la muerte de forma tan milagrosa. Solo me falta por demostrar cómo lo organizó todo para que el padre del rey falleciese de forma tan oportuna en aquel desgraciado accidente, pero me imagino que los verdugos no tardarán en arrancar la verdad a alguno de sus cómplices.

—Por lo menos lo he intentado, Locksher. No es fácil, para una chica de pueblo como yo, llegar a lo más alto —dijo Blancanieves mientras tomaba una manzana roja como la sangre de un gran frutero de cristal tallado que había al lado de la cama—. La noche ha sido muy larga y estoy bastante cansada. Esta fruta que ven en mi mano acabara por pudrirse del mismo modo que el tiempo arrugará esta piel joven y tersa —comentó con una voz dulce como la miel, mientras deslizaba la punta del dedo por el hombro y, con un movimiento sutil, dejaba al descubierto un pecho perfecto—. ¿No sería una pena que permitiésemos que eso sucediese sin disfrutar de este momento? Vamos, señores, acérquense y tomen una de estas sabrosas manzanas…

Ilustración de Verónica López

Tomwats estaba mareado. Estaba seguro de que Blancanieves utilizaba alguna técnica de brujería para intentar encantarlos y, a pesar de saberlo, sentía que el cuerpo no le obedecía. Algo que no podría explicar lo empujó a aceptar el ofrecimiento. Aquella mujer que mantenía una pose de fingida inocencia, y que enseñaba un pecho de alabastro en el que se dibujaba un pezón como una moneda de cobre, era la reina, su reina, la mujer poderosa e inalcanzable que dirigía los designios del reino y la que el pueblo había jurado obedecer. La mezcla de poder y sensualidad lo desarmó y avanzó unos tímidos pasos en dirección a la cama.

—¡Detente, Tomwats! —gritó con firmeza el maestro—. Es mucho más inteligente de lo que imaginas. Alguien como ella no deja cabos sueltos. Si no me equivoco, cuando revises el frutero encontrarás otras siete manzanas; tantas como señores enanos había en esta sala. Justo las únicas personas que habrían podido delatarla. Después de esta noche, nadie habría podido testificar en su contra.

En un arranque de rabia, el dulce rostro de Blancanieves se transformó en una máscara terrorífica de ira y, en un gesto inútil, arrojó la manzana con todas sus fuerzas hacia Locksher, que la esquivó sin apenas moverse.

—¡Te odio, Locksher! ¡Nadie más habría podido descubrirme! ¡Te prometo que me vengaré!

—¡Lleváosla acusada de asesinato y alta traición! —gritó el magistrado a los hombres que aguardaban una orden suya al otro lado de la puerta—. He visto y oído suficiente por esta noche.

—Cubríos, señora. La tormenta ha dejado los pasillos fríos y las corrientes de aire son muy traicioneras. No me gustaría que os resfriarais —le dijo Locksher al pasar a su lado.

—Gracias por vuestra preocupación, Locksher, pero quizás todavía quede, en algún sitio de este castillo, un hombre de verdad con el que pueda utilizar mis encantos.

Locksher estaba satisfecho. Las teorías, según su propia definición, eran tan solo eso, teorías, y para que fuesen válidas había que demostrarlas. Esa noche se había arriesgado demasiado, seguramente más allá de lo necesario pero, después de que su cabeza encajase las piezas del puzzle, había sido necesario organizarlo todo rápidamente y rezar para que todo saliese según lo previsto. Y había tenido mucha suerte.

Hollymoor se acercó a él.

—Esta noche nos has manejado a tu antojo, Locksher, y las cosas te han salido bien. Pero no me gustan tus métodos, del mismo modo que no me gusta que jueguen conmigo. No te tomes esto como una amenaza pero, si sigues saltando sin red, el día que pierdas pie nadie tenderá una mano para impedir que te caigas. Tus métodos de investigación te están granjeando enemigos poderosos… Ten cuidado.

Y el magistrado se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, pero antes de irse todavía tuvo que escuchar las últimas palabras del investigador.

—El favor que os voy a pedir ahora no es para mí, magistrado Hollymoor. —Al oír su nombre, el hombre detuvo su caminar sin volverse para escuchar qué era lo que tenía que decirle Locksher—. Recordad que todavía está encerrada una inocente en la torre. No demoréis su puesta en libertad, que bastante ha sufrido ya esa buena mujer.

—Se hará lo que deba hacerse, no os preocupéis. Y se hará sin demora —respondió el hombre, y después se fue.

Locksher se quedó pensativo tan solo un segundo, justo el tiempo en el que repasó mentalmente todo lo que había sucedido. Las palabras del magistrado no habían hecho mella en él, del mismo modo que las gotas de lluvia no calaban la piedra. Había asumido cada riesgo que corría desde que había comenzado a investigar el primero de sus casos. No se podía cocinar sin romper algún plato.

—Vámonos, Tomwats. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

Y así fue como el sagaz Locksher y su inseparable Tomwats resolvieron uno de los casos más difíciles de su carrera.

Roberto del Sol

Caperucita, el lobo y la abuelita

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Género: Relato Fantástico

Rating: + 18

 Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Caperucita, el lobo y la abuelita.

Era la primera vez que acudía al Full Moon y, si todo sucedía tal y como había previsto,  también sería la última. El hombre extendió la mano mientras caminaba y entregó al solícito chico de la entrada la tarjeta del deslizador y una buena propina para que se lo aparcase. Lo hizo sin mirarlo a la cara; no tenía ganas de perder tiempo respondiendo al “gracias, señor” del muchacho, y tampoco le apetecía crear un efímero vínculo entre ambos ofreciéndole una sonrisa diplomática. Le desagradaban ese tipo de “obligaciones sociales” con alguien que quizás fuese a morir entre sus manos poco tiempo después.

Comenzó a sentir apetito, y no era el tipo de hambre que se podía saciar al llenar el estómago con comida. Era algo más primitivo, algo que estaba escrito a fuego en los genes de cada especie desde el principio de los tiempos: la necesidad que tenían los animales de aparearse.

Tenía que darse prisa, la luz de la luna llena tiraba de él y no tardaría en caer rendido bajo su hechizo, así que permitió que le abriesen la puerta y entró en el local dejando atrás el lacerante frío de febrero.

El Full Moon era de los locales más elegantes de la ciudad. No podía recordar quién se lo había recomendado, pero le habían dicho que merecía la pena cada dólar gastado entre aquella lujosas paredes de terciopelo. El olor no tenía nada que ver con el de esos otros antros que apestaban a sudor y a ambientador barato, y que acostumbraba a visitar cuando sus negocios lo llevaban a México. Y no era que esto último le desagradase especialmente. Al contrario, le satisfacía porque hacía del juego sexual algo diferente.

Al final, lo único importante era que las chicas no lo defraudasen. Y eso, hasta ahora, nunca había sucedido. Ni en Chicago, ni en México. Las mujeres siempre eran hermosas, cada una a su manera. Por lo menos las que le gustaban a él, que eran aquellas que no tenían muchos años más que los necesarios para no llamar la atención de la policía.

Siguió a una voluptuosa camarera a través de un pequeño laberinto y pasó por delante de una barra atendida por varias mujeres de curvas insinuantes. Todas iban vestidas con prendas ceñidas y diseñadas para enseñar aún más de los hermosos cuerpos al menor movimiento.

Cuando llegó a la sala en la que tenía lugar el espectáculo, escogió una pequeña mesa escondida en la penumbra y alejada del escenario. No precisaba verlo todo en primera fila. Su vista era excelente y deseaba disfrutar tanto de la actuación como de las reacciones del público. Además, necesitaba un poco de intimidad. El hambre aumentaba y no podría retrasar el proceso durante mucho más tiempo. Aunque todavía soportaba el dolor, sentía su piel arder con la fiebre y el sudor ya había empapado por completo la ropa. Extendió los dedos de las manos delante de él y vio cómo los pequeños espasmos musculares los hacían temblar de forma incontrolable. La bestia no estaba siendo amable con él, como en cada cambio, y pugnaba por salir al exterior para verlo todo con sus propios ojos.

En el escenario, una chica bailaba al compás de una música exótica. Tenía mucha clase. Parecía poco más que una jovencita, pero se veía a la legua que estaba acostumbrada a moverse de una forma que hacía que aflorase el lado más primitivo de cada hombre. Conocía la reacción que sus movimientos despertaban en un público ávido de sexo como el que la observaba, y disfrutaba de la situación.

El hombre sonrió ante lo oportuno que le pareció que la joven estuviese disfrazada con una pequeña capa roja que apenas cubría una pequeña parte de su cuerpo.

La camarera que lo había conducido hasta la mesa se acercó y dejó un bourbon delante de él con una sonrisa. Parecía no percatarse de la evidente transformación que estaba sufriendo aquel hombre escondido en el rincón y, si lo hizo, no dio muestra alguna de sorprenderse. Al inclinarse, la mujer acercó sus generosos pechos y hasta él llegó el dulce perfume de ella. No la burda y artificial mezcla de esencias por la que los hombres podían llegar a pagar miles de dólares, sino aquel que latía de forma casi imperceptible sobre la piel: el dulce aroma de la juventud, el de los delicados compuestos químicos que las glándulas liberaban cuando anunciaban que una hembra estaba dispuesta. Era un crimen intentar enmascarar esa fragancia, pero hacía siglos que las mujeres insistían en disfrazarlo y preferían oler como plantas en flor.

Decidió que ya no sujetaría por más tiempo a la bestia. El hambre se había convertido en algo incontrolable, en un río caudaloso que amenazaba con desbordar los cauces de la cordura. Las manos del hombre apretaron los reposabrazos de la butaca con tal fuerza que los astillaron. La fase final del proceso sucedió en un instante. No había nada en el mundo tan gratificante como el placer que sucedía al dolor de la transformación.

Sus ropas se rasgaron cuando su ADN defectuoso obligó a los músculos a multiplicarse hasta alcanzar varias veces el volumen normal. Ya no podía recordar qué lo había llevado hasta allí, o al hombre que había sido apenas unos segundos antes.

Ahora el lobo había tomado por fin el control, y tenía mucha hambre.

Ilustración de Daniel Camargo

Ninguno de los presentes pareció molestarse por los ruidos que provenían del rincón del fondo. La enorme bestia se irguió sobre sus patas traseras y arrojó con gran estrépito la mesa contra la pared. A unos pocos metros, la chica continuaba moviéndose alrededor de una barra vertical, ajena a lo que sucedía en el rincón oscuro. El lobo avanzó lentamente con sus ojos negros como un pozo sin fondo clavados en la frágil figura de la mujer. Ella pareció reparar en su presencia pero, lejos de asustarse, comenzó a deslizar las manos por su cuerpo de una forma turbadora, incitándolo, excitándolo.

Un gruñido ronco eclipsó la música por un instante y la bestia saltó sobre aquellos que estaban más próximos, derribando sillas y mesas. No tuvo piedad. El hambre era muy fuerte y lo dominaba por completo. Romperlos en mil pedazos fue tan fácil como arrebatarle el muñeco a un niño. Cuando terminó, la sala estaba cubierta de trozos de carne más o menos reconocibles. La sangre cubría los delicados dibujos con motivos eróticos de las paredes en oleaginosas manchas oscuras y el dulce olor de la muerte saturaba sus sentidos.

Lo sorprendente había sido que ninguno de los presentes había opuesto resistencia. Ni siquiera habían llegado a girar la cabeza para preguntarse qué era lo que sucedía detrás de ellos, o habían llegado a emitir un grito de sorpresa o dolor cuando había comenzado a desmembrarlos.

Y eso no le agradaba en absoluto.

Nada podía compararse con el sabor de la carne cuando estaba regada con la adrenalina que producía el miedo.

Aunque el olor de la sangre embotaba sus sentidos y le impedía razonar con claridad, el lobo se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. Mientras tanto, la muchacha seguía bailando, ahora solo para él, y los movimientos hipnóticos de sus caderas lo mantenían paralizado, como en trance. La música acabó y con ella la actuación. Ahora la mujer estaba de espaldas a él y le mostraba su hermoso cuerpo desnudo sin ningún tipo de rubor o miedo a lo que pudiese sucederle. Tras un interminable instante, ella giró la cara y le guiñó un ojo con picardía mientras humedecía los labios con la punta de la lengua en un gesto que no necesitaba traducción. Eso fue más de lo que la bestia pudo soportar. El gran lobo se abalanzó sobre el escenario dispuesto a reclamar para sí a aquella joven de carne tierna y sonrosada.

De repente todo se esfumó. La chica, el escenario, la carne, la sangre, todo.

Victor abrió los ojos desorientado, incapaz de determinar en qué lugar se encontraba. Una agradable luz de color ámbar fue creciendo en intensidad hasta que el hombre alcanzó a ver qué era lo que lo rodeaba. Entonces lo recordó todo.

La entrevista.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Estaba suspendido ingrávido en posición horizontal, y los pies y las manos estaban sujetos por unas ligaduras invisibles. En una de las paredes se deslizó una puerta. Una enfermera entró en la sala y comenzó a retirar la delicada maquinaria que lo envolvía y con la que le habían hecho el examen. Víctor no pudo evitar sentir un poco de vergüenza cuando comprobó que mantenía una enorme erección que no podía disimilar.

—No se preocupe —comentó ella sin darle demasiada importancia al asunto, mientras tecleaba en una consola traslúcida para liberar las sujeciones—. Las fantasías son demasiado reales y la mayoría de las veces el cuerpo nos traiciona. Prácticamente veo algo así todos los días, aunque la verdad es que casi nunca de esas dimensiones —y la mujer sonrió con picardía.

—¿Y bien, Anna? ¿He pasado la prueba?— preguntó él mientras se incorporaba.

—Acompáñeme, por favor, señor Ionescu. En unos segundos conoceremos la respuesta a esa pregunta.

Él la siguió sin poder apartar los ojos de aquel cuerpo, lo que lo transportó de nuevo a aquella parte de la fantasía en la que iba tras la camarera por el pasillo de terciopelo. Mientras caminaba, Víctor hacía esfuerzos por colocar la palpitante hinchazón de su entrepierna de una forma en la que llamase menos la atención, pero todo intento era inútil. La moda que había llevado a las mujeres a vestir aquellos trajes desechables de una pieza, que se ajustaban al cuerpo como una segunda piel, eran un fastidio para un momento como aquel, en el que necesitaba con urgencia transferir sangre de sus partes bajas a otras zonas del cuerpo menos delatoras. Sobre todo si la mujer que lo llevaba puesto poseía una silueta de escándalo como la de Anna.

La mujer pulsó una luz en la pared. A su derecha se deslizó una puerta por la que entraron a una habitación amueblada con una mesa de cristal y una reliquia de estantería estilo Ikea. Víctor silbó impresionado al verla. La fabricación de ese tipo de muebles estaba prohibida desde que había entrado en vigor la Ley Mundial de Protección de la Madera, y su presencia era un símbolo de ostentación que solo las más poderosas personas o corporaciones se podían permitir. Si vendiese aquella pieza en el mercado negro, podría vivir holgadamente durante varios años.

Las delicadas manos de Anna teclearon algo en la pequeña consola y el contorno de unas sillas se dibujó en el aire. Después se sentó detrás de la mesa transparente y lo invitó a hacer lo mismo frente a ella.

—Bien —comentó mientras volvía a teclear—. Veamos cuál es el análisis de MTVac.

Al instante ambos fueron capaces de ver el resultado de la prueba en la holopantalla. En ella se podía leer el puesto de trabajo para el que se había examinado, la fecha, 25 de enero de 2152, su nombre, Víctor Ionescu, y el veredicto: RECHAZADO.

—¿Rechazado? No entiendo. ¿Qué es lo que ha salido mal esta vez?

Ella acomodó su cuerpo en la silla transparente de una forma que lo puso aún más nervioso.

—Sólo MTVac tiene acceso al archivo de la prueba, señor Ionescu. La LPD protege ese informe de la vista de cualquiera que no esté cualificado. Pero, por lo que puedo ver, se trata de algo relacionado con el sexo. Al parecer, el nivel de violencia con el que se ha desenvuelto en la prueba está dentro de unos límites aceptables según los estándares definidos en la Convención de los Derechos del Mutante, pero usted sabe tan bien como yo que todos aquellos que estamos modificados genéticamente no podemos tener relaciones sexuales con humanos. La mezcla de ADN es inaceptable. Según MTVac, ese es el motivo por el que no ha superado la prueba.

—Pero si me estaba examinando para un puesto de conductor en un transbordador.

—Le recuerdo que este no es un transbordador espacial cualquiera, señor Ionescu. Se trata de una prueba para un puesto de copiloto en el GaneMed, el vehículo que transporta en cada viaje a más de cinco mil mujeres mineras que trabajan en Fobos. Tres meses encerrado en una lata de sardinas con todas esas mujeres —la enfermera le guiñó un ojo—. Me temo que todo eso estaba perfectamente especificado en las bases de la convocatoria.

El hombre hundió su mentón, decepcionado. Era la enésima vez que lo descartaban por su tara genética. Estaba seguro de que ya nadie le daría trabajo. Él no podía evitar ser como era. No podía arrancar la bestia de su cuerpo. No sin acabar con él mismo. Quizás fuese eso precisamente lo que buscaban, que todo acabase. Sintió cómo la ira comenzaba a crecer en su interior y luchó para intentar evitar que se desbocase.

—¿Para qué demonios tenemos los chivatos entonces? —Y señaló el pequeño dispositivo que los mutantes de clase dos y tres estaban obligados a llevar en un lugar visible, y que avisaba del cambio inminente—. Se supone que este aparato protege a los “normales” de los seres como nosotros.

—Usted sabe tan bien como yo que eso no es suficiente. Eso de poco serviría en un entorno tan reducido como el del GaneMed.

No había nada que pudiese decir o alegar para tratar de rebatir la decisión. Ellos ponían las reglas y siempre tenían la sartén por el mango. Víctor se sentía víctima de una conspiración.

—No es justo. Me han manejado a su antojo desde el primer momento.

—Bueno, señor Ionescu, usted conoce el procedimiento. Cerberus estudia las debilidades del sujeto y construye una fantasía en lo que lo coloca en una situación extrema para calibrar sus reacciones. Nunca una situación de estrés es igual a otra. Sabe que puede alegar lo que desee al juicio de MTVac, pero no le servirá de mucho —contestó ella con el cansancio propio de la rutina—. Todo nuestro instrumental está perfectamente calibrado.

—¡Y una mierda! —gritó Victor fuera de sí a la vez que se levantaba y lanzaba un manotazo que arrancó de la mano el módulo de control a la enfermera—. Ahora resulta que mi tara no es aceptable en esta sociedad edulcorada, pero bien que nos fue a todos cuando yo, y otros muchos como yo, luchamos durante diez años en las Guerras del Agua y utilizamos nuestras habilidades para derrotar a los alienígenas, ¿verdad? Me imagino que lo mejor para todos hubiese sido que no sobreviviésemos…

Víctor se dio cuenta de que no tenía sentido pelear en aquella sala. Anna no tenía la culpa. La guerra, su guerra, estaba perdida. La sociedad a la que había salvado el culo en tantas ocasiones lo rechazaba. Las bestias como él no tenían cabida.

—Víctor, cálmese o me veré obligada a llamar a seguridad.

—Está bien —aceptó el derrotado mientras volvía a sentarse—. Discúlpeme, Anna, no volverá a suceder. —La enfermera le dio la espalda y se agachó para alcanzar el módulo de control, que se había colado bajo el mueble de madera. Los ojos mejorados genéticamente de Víctor se recrearon con la vista de cada pequeño pliegue de la exuberante anatomía de la mujer. Disfrutó de la vista de cada colina, de cada pequeño valle, mientras ella intentaba alcanzar el módulo, ajena al peligro—. Anna, ¿me permite preguntarle algo?

—Por supuesto —respondió ella con voz de esfuerzo.

—Antes utilizó el plural al referirse a los genéticamente modificados.

—Así es —dijo ella sin volverse. Casi podía acariciar el módulo de control con la punta los dedos.

—Podría decirme cuál es su “habilidad”. No puedo ver su chivato.

—¡Oh, sí! Por supuesto. No tengo inconveniente. No llevo chivato porque soy un mutante tipo uno. Absolutamente inofensiva. Aquí donde me ve, tengo ciento setenta y dos años. Mis genes, por suerte o por desgracia para mí, hacen que envejezca a cámara lenta.

—¡Caramba! —dijo él con voz zalamera—. Ciento setenta y dos años. Nadie lo diría.

Víctor comenzó a sentir el mismo tipo de hambre que había sentido en la prueba de la que acababa de despertar, y con un gesto premeditado se desprendió del chivato y lo dejó sobre la mesa de cristal.

«No me han dejado tener a Caperucita, pero quizás todavía pueda tener a la abuelita», pensó mientras un velo rojo sangre le nublaba la vista. Ya no era capaz de razonar, la transformación había comenzado. La sangre comenzó a acumularse de nuevo en sus músculos hipertrofiados y en la entrepierna. Era muy difícil encauzar el caudal de aquel río desbordado. Sintió cómo los brazos se convertían en gruesos postes y sus músculos palpitaban con la llegada de la adrenalina. El volumen que estaba adquiriendo su cuerpo gracias al ADN modificado hizo que se rasgase la ropa y en un instante el enorme animal quedó desnudo. De su boca colgaba un delgado hilo de saliva producto de la excitación.

La mujer se dio la vuelta muy despacio.

Lo primero que vio fue al lobo. Una bestia enorme de pelo largo y negro que brillaba bajo la luz artificial. Después vio el chivato sobre la mesa y entonces comprendió cómo Víctor había conseguido transformarse sin llamar su atención. El animal era mucho más grande de lo que hubiese podido imaginar, pero ella no se asustó. Estaba acostumbrada a manejar situaciones parecidas. En su mano apareció, como por arte de magia, una frágil varita plateada. Al verla y entender qué era lo que iba a suceder a continuación, el lobo aulló de forma lastimera. Un instante después un rayo cegador golpeó al animal con fuerza. Anna era muy buena utilizando el descargador. En un mundo tan extraño como aquel en el que vivía, en el que nada era lo que parecía, tenías que serlo para sobrevivir si ibas por la calle luciendo un cuerpo como el suyo, moldeado con innumerables sesiones de cirugía, y que además adoraba enseñar. Anna se había tomado su tiempo y había sido muy cuidadosa a la hora de escoger aquella parte de la anatomía del animal a la que aplicar el doloroso voltaje del descargador. Por eso había elegido los testículos. Casi sentía pena por aquella bestia que se retorcía en el suelo aullando de dolor, con la mitad del cuerpo debatiéndose entre permanecer como un lobo o volver a ser humano.

Anna se permitió disfrutar un instante más del sufrimiento del hombre, después llamó a seguridad. En seguida llegaron dos hombres que se lo llevaron a rastras. Ahora, además de haber sido rechazado, Víctor tendría que responder ante la justicia por haberse quitado el chivato para evitar que diese la alarma durante la transformación. Sería condenado, y sin lugar a dudas encerrado durante mucho tiempo. Todas las entrevistas se grababan por motivos de seguridad y ningún juez tendría dudas acerca de sus intenciones.

Cuando se quedó sola en la habitación, la mujer comenzó a teclear unas órdenes para cerrar de forma definitiva el expediente de Víctor Ionescu y preparar a MTVac para la siguiente entrevista, pero al instante se detuvo y levantó la cabeza a la vez que arrugaba su pequeña nariz con desagrado. A pesar del olor acre a pelo quemado, su delicado y mejorado olfato todavía podía oler el rastro de feromonas que había liberado de forma intencionada en cuanto Víctor había comenzado la prueba. De no ser por el agente inhibidor que se había inyectado esa misma mañana, a ella misma le hubiese sido muy difícil resistirse al cambio. Al principio no había estado del todo segura de que Víctor no pudiese descubrirla, porque los lobos podían olerse aún como humanos, y había estado a punto de echarlo todo a perder al reconocer que ella misma era una mutante. Pero desde el primer momento el hombre había estado más preocupado por la entrevista que por ella. Y ese había sido su gran error, pensó mientras sacaba del Ikea el chivato que la identificaba como una loba mutante de nivel tres, y se lo volvía a colocar en un lugar visible.

Él solo quería pasar la prueba y ella eliminar competencia en la manada.

Pobre Víctor, nunca había tenido la más mínima oportunidad. ¿Cómo iba aquel pobre hombre a adivinar que lo que a ella le gustaban en realidad no eran los lobos, sino las tiernas caperucitas?

Anna sonrió mientras ponía en marcha el reciclador de aire de la sala para continuar con su tarea.

Roberto del Sol