26ª Convocatoria: Rojo

Rojo.

Ilustración de Rafa Mir

Mar rojo

No se abrió como el mar Rojo
y dejó pasar a los que huían de la opresión.
El Mediterráneo se tragó sus vidas
y con ellas la esperanza.
Pero no era culpable
-solo los mares abren sus aguas
si al pueblo un Moisés lo guía-
Aun así su agua mezclada
con las lágrimas se evaporó
y llovió en la tierra prometida
llenándola de amapolas.

Milagros Morales

Rojo, como la sangre de los héroes

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Género: Narrativa

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo, como la sangre de los héroes.

Bajo el sol abrasador de la llanura del Garet, cerca del fuerte de Monte Arruit, un sencillo pero impactante monumento recuerda, en su lápida de mármol, esta inscripción:

En este lugar del Garet se cubrió de gloria, ofrendando heroicamente su vida por la patria, el Capitán Ayudante Mayor del Regimiento África 68 Don José de la Lama y de la Lama.

Modelo de caballeros sucumbió aquí con 27 héroes más, protegiendo la retirada de la Columna Navarro a Monte Arruit. El 29 de Julio de 1921.

¡Españoles, inspiraos en su ejemplo!

El silencio y la desidia han acumulado olvido por quienes no han sabido honrar a sus héroes, reduciendo la gesta de muchos valientes al ofensivo titular de “Desastre” de Annual – Monte Arruit lo que fue una GUERRA y un baño de sangre de tantos españoles que murieron por su patria.

Ningún país hubiera permitido echar tierra, como se hizo, sobre una guerra en la que se luchó con medios casi tercermundistas, faltos de material moderno, apoyo, provisiones, armamento, ayudas de refuerzos y presupuesto que nunca llegaban, mil veces pedidos al gobierno y a las juntas militares que, desde lejos, desde la península, miraban hacia otro lado, mientras su ejército luchaba en el norte de África, desangrándose, sin cielo ni quien cuidase de ellos.

Aquella fue una guerra en toda regla, que pasó a la historia con la mala imagen de “Desastre”, fruto de la inoperancia de quienes deberían haberla apoyado, abastecido, dotado de buen armamento y medios.

Sobre ella se echó tierra, aplastando y silenciando los muchos hechos heroicos que hubo, con el barro de la mala actuación de quienes no dieron la talla en momentos tan críticos e históricos, tanto desde las juntas militares como desde el Gobierno e incluso la Corona…

No son afirmaciones gratuitas, pues la documentación histórica y juicios posteriores los pusieron de relieve después.

¿Qué hazaña heroica conmemoraba ese monolito, de más de dos metros de altura, en medio del Garet, dedicado a la memoria del capitán ayudante mayor del Regimiento África 68, don José de la Lama?

Nacido en Cádiz en 1885, hijo de un teniente coronel de infantería, ingresó en el ejército y en la Academia Militar de Toledo.

En 1908 ya está destinado en Melilla y de servicio en el Rif, donde aprende que el mando debe hacerse con firmeza y proporcional a la ofensa.

Sus lugares de intervención son frentes incendiados de batallas como el Barranco del Lobo, Ait Aixa, vertientes del Gurugú, Hamed el Hach, Pico Basbel, Sidi Musa, y muchos más donde ya obtiene dos Cruces al Mérito Militar con distintivo rojo, en sitios de máximo peligro.

Asciende a teniente y en 1911 conoce al coronel Aizpuru (luego teniente general), del que aprende cómo manejar las tropas sin agotarlas y cómo conducirlas en la batalla, enfrentándose a Mohammed Amezzian.

En el Kert cae herido gravemente al salir, por falta de mensajeros, para transmitir unas órdenes a la Policía Indígena. Por centímetros, la bala en el pecho no le seccionó la carótida. Le visitan en el hospital los jefes militares de su regimiento y el general Aizpuru, que le tiene en gran estima. Es ascendido a capitán. En 1913 se reincorpora y conoce Monte Arruit.

Se casa con Concha, hija de un coronel de Ingenieros, una novia que temía por sus puestos de gran peligro y que había rechazado la boda varias veces por temor al riesgo en que se desenvolvía su vida.

En 1915 nace su primer hijo.

Es considerado apto para ascenso a comandante. Le conceden su tercera Cruz al Mérito Militar también con distintivo rojo.

En 1916 nace su segundo hijo.

El coronel Baños le propone para ayudante mayor del Regimiento África 68.  Tiene treinta y un años y prácticamente ejerce como coronel con sus tropas en todo tipo de misiones, pues Baños tiene cincuenta y nueve años. El Regimiento África 68 se convierte en una unidad esencial de primera línea.

En 1917 gana su cuarta Cruz al Mérito Militar con distintivo rojo, “pensionada”.

En 1918 nace su tercer hijo, una niña: Conchita.

El coronel Baños, con quien se había entendido muy bien, pasa a la reserva y le sustituye Jiménez Arroyo, muy engreído por proceder de las Juntas de Defensa, que tienen un enorme poder. Jiménez Arroyo  será primer jefe en Melilla.

Sus actuaciones en el Kert continúan y las posiciones se conquistan. El coronel Jiménez Arroyo notifica al general Aizpuru:

«Este capitán, en sus funciones de ayudante de la columna, a falta de un jefe de Estado Mayor, desempeña el cargo con gran acierto en la organización y desarrollo de operaciones».

Con esta nota el capitán De la Lama es reconocido ya como jefe de Estado Mayor a falta del nombramiento, hecho que queda escrito en su expediente.

En 1920 Aizpuru es ascendido a teniente general y le sustituye en Melilla el general Fernández Silvestre, la cara opuesta. Su fama le precede como deslumbrante estrella de la guerra. En pocos meses toma la decisión de atravesar el río Kert y toma Drius. Su objetivo es avanzar hasta Alhucemas.

El capitán De la Lama obtiene su quinta medalla al Mérito Militar con distintivo rojo.

El general Silvestre solicita al alto comisario, general Berenguer, dinero, artillería y municiones para el avance que ha iniciado que tiene como meta Alhucemas. Hay que terminar el ferrocarril desde Tistutin a Drius. Sin todo esto no puede subsistir un ejército activo. Negativa. No hay dinero ni artillería ni se terminará el ferrocarril tan necesario.

Al general Silvestre nada le arredra y sin los refuerzos necesarios emprende su avance. Primero Abarrán, alargando una línea de ejército que no cuenta con provisiones ni con suficientes puntos de aguadas, al que no le llegan armamentos buenos, ni más artillería, ni consolida apoyos de provisiones en retaguardia.

El avance irrita a las harcas de los rifeños, que lo ven como una provocación dentro de su territorio. Por primera vez se unen, se congregan furiosos y caen sobre Abarrán. Silvestre se hace fuerte primero en Igueriben y, acosado por los rifeños, tiene que retroceder a Annual. Cada vez las cabilas reúnen más gente y están sedientos de sangre.

El 22 de julio, totalmente cercados en Annual, el general Silvestre se dispara un tiro con su pistola. Sus tropas, desalentadas, sin una buena estrategia de sus jefes, se repliegan acribilladas por las harcas de los rifeños, que ya son una multitud imparable.

Los puestos de la línea de avance que dejaron escasamente guarnecidos son masacrados y el repliegue ya es un horror.

Se intenta agrupar a la tropa en retirada, a veces con heroicos comportamientos y otras veces con desorden y desesperación. Los rifeños pasan a cuchillo a cualquiera que encuentren en las posiciones que ocupan y se hacen con el armamento que allí queda.

El general Navarro llega a Drius donde se encuentra con ese caos y con el repliegue de toda la línea que había establecido el general Silvestre. Hay tropas de todos los regimientos, pero los máximos responsables, los coroneles, no están allí para dar las órdenes. Navarro recoge esa cosecha de desaciertos y todos esos hombre de tropa que necesitan un mando, ayuda, comida, agua y refuerzos que ya no les quedan.

Se sienten huérfanos y horrorizados.

Al menos hay dos unidades todavía enteras para luchar: la de caballería del Regimiento Alcántara, y la de infantería del San Fernando, que serán vitales en la batalla que se avecina.

23 de julio, de madrugada: Llamada a casa del coronel Jiménez Arroyo en Melilla. Orden del general Navarro desde Drius para que vaya a Batel y allí espere instrucciones. El coronel avisa de inmediato a su capitán ayudante De la Lama y al teniente coronel Piqueras. Suben los tres en un “coche ligero” del mando y llegan a Batel. Navarro sigue en Drius. La pista que lleva a Melilla se llena de coches con jefes militares camino de su salvación. El coronel Jiménez Arroyo no continúa a Drius. Se queda y llama al general Navarro. Nada se decide. La pista que lleva a Drius está siendo atacada. Jiménez Arroyo contesta que hagan lo que puedan, o sea, que no va a ayudarles, y con eso les condena a morir.

Jiménez Arroyo decide ir a Tistutin, que es la última estación del tren, y busca a su hijo, que es alférez. Pasa el tiempo y no regresa a Batel. El monte Usuga, que domina Tistutín, está ya hostilizado por los rifeños. Si ocupan Usuga, Tistutin estará perdido.

Por fin aparece el coronel Jiménez Arroyo en el coche con su hijo. La tardanza ha sido excesiva y su ayudante, el capitán De la Lama, está irritado. El general Navarro vuelve a llamar y pide medios de transporte para trasladar lo que se pueda. La conversación es surrealista. Jiménez Arroyo se recrea en narraciones mientras sus hombres están esperando a quien les tiene que mandar. Se corta la comunicación.

Por la tarde, en Batel, las harcas siguen hostigando cada vez más. El general Navarro no tiene dónde trasladar a los restos de tropa y se tienen que valer como pueden. Los jinetes del Regimiento Alcántara cargan contra los rifeños y rompen su flanco derecho, mueren muchos de ambos lados. Los supervivientes llegan a Batel. No tienen ya ni armas, ni ropas ni agua. La sed del desierto es una tortura. En ese tumulto de los que llegan desesperados el coronel Jiménez Arroyo se inhibe, y su capitán ayudante De la Lama se esfuerza en poner orden. Necesitan las indicaciones  de su jefe y no las reciben. Es un caos.

Los soldados del Regimiento África que todavía quedan, piden órdenes a su capitán. A su lado, el corneta, un jovencito de tierra de labranza, vive aquello sin saber si morirá en cualquier momento, pero no se aparta de su capitán.

La harca ya está muy cerca. En el coche ligero están ya el hijo de Jiménez Arroyo y otros militares. Jiménez Arroyo le ordena a su capitán ayudante que suba de inmediato para marcharse a Melilla. De la Lama mira los restos de su regimiento, allí desorientados, y se acerca al coche con el corneta a su lado. Su coronel está fuera de sí por la prisa de marcharse. Con toda calma y energía el capitán De la Lama le responde:

«Mi coronel, siento desobedecer su orden, pero yo me quedo aquí. Alguien tiene que ocuparse de nuestros soldados».

Al ver sentado en el coche al hijo de Jiménez Arroyo, ha comprendido el motivo de tanta tardanza, y también ahora la prisa del coronel por salir de allí lo antes posible y ponerse a salvo en Melilla.

Jiménez Arroyo se siente ofendido por el plante de su ayudante y no va a recibir lecciones de nadie. Malhumorado, da orden al chófer de arrancar. Cuando el coche se aleja, muy cerca del capitán De la Lama hay un grupo de soldados y el corneta, que han escuchado lo ocurrido y se dan cuenta del valor que se necesita para quedarse allí, para morir seguro, pudiendo haber obedecido la orden de huir y salvarse. Rodean al capitán De la Lama los poquísimos soldados que quedan del África 68 dispuestos a seguirle en la batalla que ya tienen encima.

Cuando llega el general Navarro con su columna en retirada, se queda perplejo al comprobar que de los 1 600 soldados del África 68 no quedan más que un capitán, un grupo de ocho soldados y un corneta. Navarro queda dolido y atónito al saber que Jiménez Arroyo no se ha quedado a esperarle, no se ha hecho cargo del mando de su regimiento y ha huido a Melilla.

La columna de Navarro resiste a la desesperada cuatro días en Batel. Las harcas les están acosando sin tregua. El 27 de julio se repliegan a Tistutín, donde al menos hay agua. Resisten bajo un fuego escalofriante todo el día y parte de la noche.

29 de julio. De madrugada, sin hacer ruido, amparados por la poca luz, va saliendo toda la columna bajo el fuego cruzado de los fusiles de los rifeños, formados en cuadro de batalla. Su única oportunidad es llegar al fuerte de Monte Arruit.

Son alrededor de 3 000 hombres, pero formados en cuadro son un blanco compacto sobre el que las harcas disparan a placer. Son un blanco perfecto y los rifeños se ensañan disparando sobre ellos. Tres harcas rodean la Columna de Navarro. La matanza es encarnizada y el cuadro se va rompiendo. Hay muertos por todas partes y terror. La cuesta de entrada a Monte Arruit es un duro reto para la tropa exhausta. Suben casi a la carrera los que aún tienen fuerza.

El capitán De la Lama comprende que necesitan tiempo para entrar al fuerte y también que sus familias, sus hijos y sus esposas están muy cerca, en Melilla, y al paso que va la batalla pueden incluso llegar todas esas hordas allí. Caen los soldados y el cuadro ya está roto, NO queda tiempo. Es una lucha encarnizada y un baño de sangre de soldados españoles.

Toma su pistola y grita: «¡Conmigo los de mi regimiento! ¡Hay que detener al enemigo!».

Ha vuelto de cara a los atacantes y un pequeño grupo de veintisiete hombres más el corneta están a su lado. Están situados en el flanco izquierdo de la columna, el que da al llano del Garet, sin escapatoria posible.

Ilustración de Daniel Camargo

Una masa de cabileños ataca desde el norte. Otra masa se acerca desde Drius para hacer la tenaza sobre la columna. Otra harca cerca Arruit por la espalda. Es una carnicería. El general Navarro siente que todos van a morir y necesita un respiro y tiempo para que entren sus hombres por la puerta abierta de Monte Arruit. Solo le quedan tres piezas de artillería, que son las que pueden hacer algo de daño al enemigo, y hay que defenderlas como sea. Los soldados son envueltos y mueren incluso entre los cañones, matados y destrozados por las harcas rifeñas en una auténtica orgía de sangre.

El capitán De la Lama ve de lejos todo aquello y ordena a sus hombres una estrategia desesperada pero eficaz: formar un triángulo, ya que con tan pocos no se puede formar un cuadro. Nueve hombres por lado del triángulo y en el centro él, pistola en mano, con el corneta a su lado para transmitir las órdenes mientras vivan.

El vértice del triángulo hacia la cuesta de Arruit, donde aún resisten los cañones. Los dos lados para defenderse de los rifeños que les atacan sorprendidos de esta maniobra de plantarles cara tan escaso grupo de hombres. Y la base del triángulo para detener a los que vienen por el norte.

El capitán De la Lama ordena: «¡Rodilla en tierra, cargad rápido, apuntad con calma y disparad con puntería!».

Los cabileños no aciertan a comprender esa maniobra del triángulo, pero se dan cuenta de que es efectiva y está causando muchas bajas en las harcas. No logran romperla. El capitán De la Lama ve la eficacia de su gente, que está respondiendo con un valor y precisión admirables. Sigue en el centro disparando y dando las órdenes.  No dejan hueco para que los cabileños pasen. En la cuesta de Arruit los hombres están entrando en oleada para salvarse. La figura tan conocida para él del capitán Arenas, frente a sus cañones, aún resiste en la cuesta.

Se vuelve justo para ver de frente algo que hiela las venas. Un gran grupo de jinetes rifeños, al galope, se lanza sobre ellos. Son los temibles “jinetes pardos”, los Metalzis, la mejor caballería del Rif. Una aparición fantasmal entre la bruma del polvo y el calor sofocante del desierto. Son la presencia de la muerte.

Solo le quedan once hombres. Ya solo queda un lado del triángulo y el corneta a su lado. Solo podrán disparar dos veces. No habrá tiempo para más.

«¡Todos al suelo! ¡Separados, con los codos apoyados! ¡Apuntad al pecho de los caballos y disparadles cuando os pasen por encima!».

Después de la embestida de aquellos fantasmales y crueles “jinetes pardos”, todavía el capitán De la Lama puede disparar su pistola unos segundos, en pie, con el corneta a su lado, hasta que una descarga le impacta en el pecho, la cabeza y algún otro sito mortal, cayendo a tierra en aquel llano rojo ardiente.

Y allí quedó, al sol del desierto, durante el tiempo que duró esa guerra. Muerto con honor y excepcionalmente respetado por sus enemigos, que no profanaron su cuerpo, ni robaron sus insignias, bien a la vista, de ayudante mayor del Regimiento África 68. Es posible que por el respeto que los valientes inspiran incluso a sus enemigos.

Murieron por su patria, orgullosos de defender su honor de soldados, a sus familias, que estaban indefensas en Melilla, y a muchos compañeros que pudieron entrar en Arruit para intentar salvarse.

Y de ese modo heroico dieron sus vidas para defender la entrada en Monte Arruit de la Columna Navarro.

Nota: Basado en hechos reales- El capitán José de la Lama y de la Lama fue admirado y su gesta conocida en todo Melilla.

Su cadáver fue recogido en el lugar donde cayó muerto, sin señales de haber sido profanado y con todos sus distintivos. El corneta fue el único superviviente, aunque se ignora cómo lo logró, pero en cuanto pudo fue a decir a la viuda del capitán De la Lama cómo había sucedido todo y el lugar donde había caído.

En el juicio contradictorio para la concesión de la Laureada de San Fernando constan las declaraciones de varios testigos, incluido el corneta, y sobre todo la declaración del propio general Navarro, destacando la valentía del capitán De la Lama y su actuación siempre en los lugares de mayor peligro, defendiendo la Columna en su retirada a Monte Arruit.

La Laureada fue otorgada por todos esos méritos en la batalla por el general instructor de dicho proceso, pero la intervención cobarde e infame y las presiones del coronel Jiménez Arroyo en la junta militar hicieron que se dejase sin entregar a la viuda de De la Lama, con un silencio culpable que aún espera se haga justicia.

El coronel Jiménez Arroyo fue juzgado y condenado por abandono de su puesto en la batalla y huida ante el enemigo. De poco le valió intentar tapar su cobardía quitando el mérito y heroicidad de su ayudante mayor, el capitán De la Lama.

Se construyó un monumento de piedra, con una lápida de mármol con la dedicatoria en honor del capitán José de la Lama en el sitio exacto donde cayó con sus hombres, promovido por el cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro, presente en el levantamiento del cadáver en el llano del Garet. Hay fotografías de dicho monumento y era conocido por muchas personas de esa zona de Melilla. Fue destruido cuando España cedió esa zona del Protectorado a Marruecos, en el año 1956, sin exigir que se respetasen esos recuerdos importantes, y no queda ya nada de él.

Su medida era algo más de dos metros y estaba en terrenos de la empresa La Colonizadora, que se estableció cerca de Monte Arruit.

AGRADECIMIENTO: A toda la documentación y publicaciones del historiador y periodista Juan Pando Despierto en sus libros sobre esta guerra de África del 21. Historia secreta de Annual (Colección Historia – Temas de Hoy), El Protectorado español en Marruecos (Colección Páginas de historia) y datos del archivo del cronista de Melilla, Rafael Fernández de Castro.

Conchita Ferrando de la Lama

Dedicado en homenaje a mi abuelo, el capitán José de la Lama- muerto en Monte Arruit- 29-julio-1921

Rouge, red, rosso, rojo

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Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rouge, red, rosso, rojo.

Moulin Rouge,
Simply Red,
Martini Rosso,
Pimiento rojo.
Moulin Rouge
Chicas con plumas,
Chicas desnudas,
Chicas nocturnas,
Chicas suertudas.
Chicas en un acuario gigante nadan desnudas ante los ojos de cientos de espectadores que se sienten fascinados.
Chicas del Moulin Rouge,
Telón echado.
Simply Red
Simplemente rojo,
Simplemente hermoso,
Simplemente romántico,
Simplemente delicioso.
Simplemente Mick Hucknall me regala los oídos y me toca el alma.
Simplemente disfruto hasta que llega el alba.
Martini Rosso
Exótico y fuerte color rojizo que puede despertar los sentidos.
Te hace sentir la energía de la vida,
Te hace sentir la emoción de una huida,
Te hace desplegar la fuerza de tu corazón,
Un Martini Rosso pone en tu vida su punto de exótica emoción.
Pimiento rojo
Lo utilizo a mi antojo,
Lo cocino sabroso y gustoso,
Lo presento asado y vistoso,
Lo como con las manos y con los ojos.
¡Larga vida al pimiento rojo!

Dedicado a Mick Hucknall y al pimiento rojo

Paloma Muñoz 14 de junio 2017

Mucho mas que rojo

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Género: Drama policíaco

Rating: +18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Margarita Ortiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mucho mas que rojo.

Ilustración de Margarita Ortiz

Bibiana.

Estaba desnuda, completamente desnuda y, sin embargo, lo primero que llamó mi atención fueron sus labios. Labios perfectamente pintados y contorneados. Labios rojos, sólo puedo decir rojos, se me escapa toda esa gama casi infinita de nombres para definir cada tonalidad de rojo. Para mí la sangre es roja, el vestido colocado sobre la cama es sólo rojo, las uñas de sus manos y pies están pintadas de rojo y sus carnosos labios son de un hermoso color rojo. Pero no importa, seguro que Elena me dirá la denominación exacta de esos rojos, y no sólo eso, me dirá también la marca, el fabricante, el distribuidor en España, número de serie y todos y cada uno de sus componentes. Y es que Elena, además de mujer, es la médico forense más minuciosa que jamás he conocido.

Por ahí llega. Cada vez que la veo se me corta la respiración; bueno, también ayudan un poco mis sesenta y dos años, los cuarenta y cinco fumando, los treinta y cinco en el Cuerpo y los seis meses aguantando al hijoputa de mi jefe. El cabrón jamás ha hecho nada ni ha demostrado nada, pero ahí está, mandando. ¡Seguro que llega a ministro!

Viene directamente hacia a mí —¡qué buena que está!— e intento no babear como el resto de mandriles. Le doy otra calada al Ducados y la veo difuminada entre el humo como en un pesado sueño que poco a poco se hace más y más real. Por un instante me la imagino comiéndole la boca a su novia, porque Elena es lesbiana y su novia también, ¡qué más se podría pedir!, sería perfecta para mí, perfecta. Recuerdo que hace años, cuando podía soñar, —ahora me conformo con poder dormir de vez en cuando—, que una de mis recurrentes fantasías era hacérmelo con dos mujeres, dos hermosas mujeres que se besan, que se aman. Dos mujeres que me invitan a su cama, dos mujeres que… ¡Qué original! ¡La escena, vamos, viejo salido, céntrate en la escena!  Aquí se ha cometido un crimen y tú venga pensar cómo follarte a la médico forense y a su novia. Si ya me lo decía mi padre: «Hijo, te lo voy a decir yo primero porque no quiero que te enteres por extraños: eres un imbécil».

Sobre una silla está el bolso de la chica muerta con su documentación. Resulta que se llama Bibiana y es de Bielorrusia. Tengo que mirar en un mapa dónde coño está ese lugar.

Me llamo Conrado.

Mi padre me repetía siempre con constancia admirable la misma frase, «hijo, eres un imbécil», con algunas pequeñas variantes según su estado de ánimo y el porcentaje de alcohol en sangre. A veces acompañaba esta reflexión intelectual con alguna hostia, ya fuera esta a mano abierta o cerrada, en ocasiones patadas y, en las más, me lanzaba a la cabeza lo primero que su mano de borracho alcanzaba. Generalmente botella en la mayoría de las ocasiones, si no vaso o ambos, y ya luego, con muchísima menor regularidad, silla, plato, jarrón o radio. En una ocasión me lanzó un cuchillo, pero el muy tarado en vez de asirlo por el mango lo cogió por el filo y se cortó la palma de la mano. Por supuesto no me dio, estaba demasiado borracho, y a la mañana siguiente me lo encontré donde lo dejé: sentado en una silla de la cocina, con la cara aplastada contra la mesa y la mano vendada torpemente con un sucio trapo de cocina. Me acerqué a él con la ilusión de un niño que nunca ha tenido regalos en Navidad y espera que esta vez algo bueno le pueda tocar, aunque sea por casualidad. Yo tenía por entonces trece años y mi mayor y única ilusión en la vida era ver a mi padre muerto. Me acerqué muy despacio, tenía el gordo moflete izquierdo descansando sobre una almohada de vómito. No le oía respirar, ningún movimiento que pudiera sacarme del estado de ansiedad. Me atrevo a tocarle con el pie el brazo que cuelga como muerto y este se mueve como un péndulo, como ahorcado mecido por el viento. Una mueca que imita una sonrisa asoma a mi cara, lo sé porque me veo ferozmente reflejado en la nevera de acero inoxidable.

Pero tengo que asegurarme e imitando a los médicos de las películas acerco sigilosamente los dedos índice y corazón al cuello del monstruo. No noto nada, no hay pulso, ¡el Hijoputa ha muerto! Por fin soy libr… El mundo se derrumba, todo es oscuridad y dolor. No, no es el mundo, soy yo. Lo adivino cuando mi cabeza choca contra el suelo. Lo sé con total certeza cuando recobro la visión y el monstruo está dándome patadas, me escupe y jura y perjura que me matará. Me acusa de ser el culpable de todos sus males y me amenaza con mandarme al infierno igual que hizo con mi madre. Falla en una de las patadas, el aire recibe el golpe y se cae de culo. Es mi única y última oportunidad, si no consigo escapar, sin duda seré yo quien no vuelva a ver otro amanecer. Primero de rodillas me alejo de él, después consigo ponerme en pie y corriendo a trompicones huyo de allí sin saber a dónde ir, perdido y solo.

Tardo una semana en volver a mi casa, pero antes me aseguro de que el cabrón no está. Duermo en cualquier parte, robo en las tiendas del barrio para comer algo, y entro a hurtadillas en mi casa para coger lo que pueda. Veo de lejos al viejo cabrón, lleva la mano vendada y se dedica a lo de siempre: ir de bar en bar, emborracharse y buscar pelea. El muy hijoputa tiene suerte, nadie ha podido darle una certera puñalada y matarlo. En una ocasión sé que uno lo intentó, pero él nunca sale sin su arma reglamentaria, —tiene la baja médica de la Guardia Civil, sin embargo, no le han quitado la pistola—, y el cabrón le pegó tres tiros al desgraciado. Dijeron que fue en defensa propia, que el otro intentó atracarlo, que…, además, el tipo tenía antecedentes por pequeños hurtos y esto fue suficiente para que encima le dieran una medalla al Hijoputa.

Sigo de esta manera durante varias semanas. En mi cabeza se fragua poco a poco la idea de irme a Alicante, donde vive la familia de mi madre. No los he visto desde que murió, pero estoy seguro que no puede ser peor que esto, seguro que son buena gente. Mi madre era buena, triste pero buena. Me cuesta decidirme, nunca he salido de esta maldita ciudad y Alicante me parece casi el fin del mundo. Pero no tengo otra posibilidad, y como se suele decir, «a la fuerza ahorcan». Pero no tengo ninguna dirección ni teléfono de mi familia. Debo buscar alguna información y el único lugar donde la puedo encontrar es en mi casa. Recuerdo que mi madre escribía a su familia y que esta también le enviaba cartas. Si no las ha destruido el Hijoputa todavía deben estar por allí.

No hay movimiento en la casa y me decido a entrar. Justo cuando entreabro la puerta una voz a mi espalda hace que mis pies se separen del suelo. Es la vecina, una vieja entrometida y chismosa que parece que fuera a morirse en cualquier momento, pero a esta parece que tampoco la quiere ni Dios ni el Diablo. Me dice que hace varios días que a mi padre se lo han llevado al hospital, que al parecer se le ha infectado una herida que se hizo en la mano tiempo atrás, que ella ya le había dicho que tenía que ir a que se la curaran, pero que él decía que eso se curaba solo. Hasta hace hoy tres días que no pudo soportar más el dolor y llamó a una ambulancia  para que lo llevara al hospital.

—Y allí sigue —me dice

En el hospital me cuentan que le han tenido que amputar el brazo, que no entienden cómo ha dejado que se extienda la infección de esa manera, que no han podido hacer nada para salvarlo y que ahora sólo esperan que los antibióticos hagan efecto y pueda recuperarse.

—Está en la habitación…

Me voy de allí dejando al médico con la palabra en la boca, y sin ver a mi padre.

A la mañana siguiente vuelvo al hospital y al preguntar a la enfermera, esta me dice sin mirarme a los ojos que el médico vendrá en breve a informarme. Era el mismo doctor del día anterior y se dedica durante un buen rato a entrelazar una infinidad de disculpas, explicaciones y porqués no solicitados y que apenas pude entender. Oígo cómo me dice algo de una asepsia, de una infección generalizada, que lo cogieron demasiado tarde, que lo sentía muchísimo y que ya no podía verle porque estaba en la morgue. No sentí nada: ni alegría, ni por supuesto pena. No sentí nada.

Ya no me fui con mis parientes de Alicante. Como huérfano de guardia civil me ofrecieron ir a la Escuela de Guardia Jóvenes del Cuerpo. Acepté.

Elena.

Lo primero que hace Elena es echarme la bronca por estar fumando en la escena de un crimen. Le hago caso y tiro el cigarrillo por la ventana. Abre su maletín y comienza su minucioso trabajo. Me da un poco de envidia ver cómo consigue información, datos y pruebas a través de muestras, fotografías y análisis. Son la policía del futuro, ¡no!, del presente. Yo soy de los últimos dinosaurios, de una época en que la información se conseguía a base de hostias, de soplones, de conocer al detalle hasta la última cloaca de la ciudad. Me deprimo y al instante yo solo me animo al pensar que siempre hará falta un policía como yo, que conozca de las miserias humanas, que sepa en qué callejón buscar, que no le importe hostiar los derechos de los cojones de tanto cabrón que anda por ahí suelto.

Al día siguiente voy a ver a Elena a su despacho. Quiero que me dé el informe forense del crimen. Ella lo envía siempre por correo interno a mi ordenador, pero yo ese bicho ni lo toco. Además, me gusta verla, quién sabe, a lo mejor coincide mi día de suerte con su día más tonto y se echa en mis brazos, me besa, se arrodilla, me besa, tira al suelo todo lo que ocupa su mesa y… ¡Maldita sea! Ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que tuve una erección y ahora que estoy delante de su puerta tengo un bulto en el pantalón imposible de disimular. Saco un Ducados, me ayudará a relajarme. Pensaré en otra cosa, por ejemplo, en el crimen de esa chica: Dieciocho años recién cumplidos, bielorrusa y en España desde hace sólo tres meses. Lo primero que pensé cuando me llamaron y me hablaron de una chica muerta en ese hostal y en ese barrio, fue que, <<otra puta inmigrante asesinada por su chulo, o por las mafias del Este que las traen engañadas haciéndolas creer que van a ser modelos y que van a vivir una vida de lujo y pasión. El lujo se queda en un piso compartido con otras diez chicas, y la pasión la tienen que vender muchas veces al día por unos miserables euros, euros con los que deberán pagar los gastos que, según sus dueños, han generado el traslado y los papeles, además de tener que pagar su manutención y estancia. Casi nunca acaban de saldar su deuda y si alguna intenta escapar, acaba muerta ella o alguien de su familia en su país de origen>>. Pero esta chica es diferente, lo sé. No puedo decir que conozca a todas las putas de la ciudad, pero casi y, bueno, hay gente que tiene una habilidad especial para el fútbol, otros para las matemáticas e incluso hay hombres que dicen que entienden a las mujeres; pero yo no, mi don natural es reconocer a una puta. Alguien podría pensar que eso es fácil, si va vestida de puta, camina como una puta y te dice que por treinta euros te la chupa a ti y a tu amigo, entonces es que es una puta, ¡un genio! Pero yo me estoy refiriendo a algo que requiere un poco más de conocimiento de la naturaleza humana. Me refiero a las mujeres que no van disfrazadas de putas pero lo son. En su mirada se puede detectar, en sus ojos parecen haberse escrito historias que ni el rímel puede tapar, ni unas bonitas gafas de diseño disimular. Y sobre todo y ante todo: su olor. Las huelo. No lo puedo explicar pero las huelo, parece que algo se les queda impregnado en la piel y, por mucho jabón o perfume que se echen, siempre huelen a puta. Cuando entré en la habitación de aquel hostal me olió a puta, pero era difuso, es decir, era el olor habitual de aquel lugar, se podría decir que era el aroma general de todo el barrio y, aunque he dicho que todas las putas huelen a puta, esto no quiere decir que todas huelan igual, ni mucho menos. Y como sus ojos ya estaban muertos y no me podían hablar, me dejé guiar por algo mucho más racional para confirmar lo que mi olfato me indicaba. En su bolso se encontró la documentación y, tras unas llamadas, resultó ser la hija del embajador de Bielorrusia en España, —esto se va a poner calentito en cuanto se entere la prensa y, sobre todo, cuando su padre empiece a mover sus influencias, los teléfonos van a echar humo—.

La chica había venido con sus padres desde la gélida estepa para morir sobre las frías baldosas de este repugnante lugar. ¿Qué hacía aquí? No había signos de violencia, los labios perfectamente pintados no habían sido usados para amar. Estaba colocada en el suelo con las piernas estiradas, los brazos cruzados sobre el pecho y, lo más curioso, un líquido espeso y blanco en el ombligo. No me hizo falta acercarme mucho para darme cuenta de que era semen. Y allí en el semen, apagado un cigarrillo. No me cupo duda alguna que eso era obra de un tarado, un tarado peligroso.

Ya se me ha bajado, ¡sabía que no podía durar! Entro en el despacho de Elena. que me echa un broncón de la hostia por estar fumando. Tiene los ojos inyectados en sangre, me grita como si estuviera poseída por el demonio. Me tira el informe a la cara y me manda a la mierda. Voy a empezar a pensar que le gusto o que está como una puta cabra. No es normal que se ponga así sólo por un pitillo, aunque pensándolo bien, tampoco sería muy normal que a una chica de apenas treinta años, inteligente y lesbiana le guste un hombre como yo, pero esa aplastante y puta lógica no consigue quitarme esa idea de la cabeza.

Esto no funciona.

Otra noche sola. Otra noche esperando su llegada, esperando una llamada, esperando. No sé por qué me duele tanto este amor. Se supone que la gente cuando se enamora es feliz, que disfruta de cada momento compartido, incluso de las ausencias del ser amado, pues sabe que pronto desaparecerá el espacio entre ambos, y de ese anhelo se disfruta cada minuto, retozando cada segundo con ese sufrimiento gozoso del que solo se encuentra cuando el otro pronuncia tu nombre. Y otra vez gozarán de sus manos, de los labios, de los ojos amados.

Sin embargo, a mí el tiempo a su lado siempre me parece apresurado, me falta tiempo y soy incapaz de convencer a su boca para que se quede a mi lado y… a mí esto nunca me había pasado. No tengo experiencia en esto, y es que yo… yo nunca antes me había enamorado. Y creo que sé lo que pasa, y me da miedo hasta pensarlo, pues parece que si me detengo a oír lo que mi cerebro insiste en contar, se materializará ese miedo en frío y líquido metal que se derramará sobre mi corazón para que nunca más pueda amar. Me da miedo, pánico, terror, que llegue a ser verdad lo que insinúa mi razón y se niega a escuchar mi corazón. Pero aquel insiste con incansable terquedad y ya no lo puedo soportar. ¡Que hable y me deje de torturar! Escucharé, aunque no sé si algún día podré dejar de llorar. Y la verdad es que… en este amor la única enamorada soy yo.

Suena el teléfono. Me reclaman en un hostal del extrarradio de la ciudad. Al parecer se ha cometido un crimen, y soy la Médico Forense de Guardia este fin de semana.

¡Ya empezamos mal! En cuanto llego descubro que está dirigiendo la investigación el tipo más descerebrado de toda la Guardia Civil, y si esto fuera poco, además es un viejo salido, xenófobo, racista, machista, misógino y… ahora no se me ocurre ningún adjetivo despectivo más, pero seguro que hay al menos una docena más que le vienen al dedillo. El muy imbécil está fumando en la escena de un crimen, contaminándolo todo con la ceniza, con sus pisadas sucias, con su tos. ¡Me repugna! ¡Por qué no lo jubilan de una vez, o alguien le hace un favor y le pega un tiro y puede dejar de arrastrarse por el mundo manchándolo todo!

Miro mi teléfono móvil a cada minuto, pero nada, ni un mensaje, ni una llamada. ¿Y si ha tenido un accidente y yo aquí, con ganas de abofetearla? Prefiero no pensar en eso. Si a ella le pasara algo, me moriría.

Hago mi trabajo como un autómata, hace ya tiempo que los muertos han dejado de impresionarme. Esta chica…, otra chica asesinada por algún cabrón degenerado. ¿Qué les pasa a los hombres? ¿Por qué odian a las mujeres? Maridos que matan o maltratan a sus esposas, hombres que violan, hombres que casi siempre abusan, torturan a las que deberían amar. ¿Son así por naturaleza? ¿Son acaso una especie depredadora que merecería ser extinguida de la faz de la tierra?

Ya en el laboratorio analizo cada muestra, cada mínimo detalle. Es muy hermosa, creo que no se puede ser más bella, si estuviera viva sin duda perdería parte, o tal vez mucho de su encanto; quizás hablaría sin cesar de sí misma, de chicos, de ella y los chicos, de los chicos que le gustan y los que no, de ella y lo mucho que les gusta a los chicos excepto a uno que es un borde, aunque le encantaría gustarle porque es guapísimo aunque pasa de él. Cuando conocí a Nerea, yo sólo hablaba de ella, sólo pensaba en ella; tanto es así, que pasé en blanco aquel primer año de universidad, y eso que era una chica de sobresaliente, nunca obtuve menos de eso en el colegio y luego en el instituto. Mis padres se temieron lo peor, que había cogido alguna enfermedad, quizás depresión o drogas. Me costó muchos esfuerzos convencerles de que estaba bien, que era un problema de adaptación, nunca había salido de mi casa y les prometí que en septiembre recuperaría todas las asignaturas que había suspendido. Pero es que me había enamorado y no quería, no podía dedicar ni un segundo a nada que no fuera ella. Lo recuerdo ahora y no puedo evitar sonreír. Me enamoré en cuanto mis ojos acariciaron la piel de sus aniñados brazos, desnudos como iban estos en pleno invierno, pues sólo una chaqueta vaquera anudada a su cintura ocultaba el vestido que de estampadas flores multicolor cubría un cuerpo pequeño que sólo a duras penas podía retener su espíritu guerrero. Llevaba el pelo corto al estilo de las alocadas chicas de los años que precedieron a la Gran Depresión o a las novias de aquellos gánsteres del cine hecho en blanco y negro.

Al entrar en el aula captó de inmediato la atención de todo el mundo. Llevaba unas enormes botas militares —era imposible que una chica tan menuda tuviera los pies tan grandes—. Parecía imposible que esas piernas de colegiala desnutrida fuera capaces ni siquiera de despegarlas del suelo, cuanto menos andar y, sin embargo, yo la vi flotar, sin abandonar la sonrisa, sin miedo al qué dirán o a no gustar. Todo el mundo se dio cuenta que estaba loca, y yo, loca de amor, me sentí invadida porque de repente la ropa me quemaba e incluso temí que el ardor de mis mejillas disparara el sistema contra incendios. Y mientras esta idea absurda asaltaba mi imaginación, de inmediato, en ese mismo instante, la vi siendo rociada por esa agua nebulizada que empapaba sus flores, y estas, que son así de atrevidas y sin ningún respeto a las mínimas normas del decoro, se pegaron a su cuerpo y… Estaba en este sueño gozoso al borde del más desbordante suspiro cuando desde alguna recóndita parte de mi cerebro, casi de forma milagrosa, se logró enviar una alarma a mi razón: <<¡Despierta! ¡Estás en tu primer día de clase en la universidad y este no es el momento para delirantes elucubraciones y el lugar no se presta a deslizar manos, a tocar senos, a morder dedos y acabar con un gemido roto abrazada a la almohada!>>

De repente, la bruma que cubría mis ojos desapareció y los sonidos volvieron a asaltar mis oídos y con ellos mi vergüenza por si alguien se había percatado de mi excitación. Pero nadie, nadie se dio cuenta, cada uno estaba a lo suyo esperando que el profesor de biología hiciese su aparición. Nadie excepto Nerea que, sentada de lado en su silla, tres mesas por delante de la mía, me miraba sonriendo, sonriendo y entonces… entonces oí por primera vez su voz, que, como besándome, yo sentía que me decía «tú y yo vamos a ser muy buenas amigas».

Al acabar la clase me faltó tiempo para salir casi corriendo, tropezando con unos y con otros, pidiendo paso en el tumulto, empujando disculpas y lo sientos mientras salía a trompicones. Por fin en el largo pasillo pude respirar. Al final del pasillo la cafetería me esperaba —un café y un donut quizás asienten mi estómago y relajen el galope enloquecido de mi corazón—. Me dirigí a la barra y… ¡no me lo podía creer! Sentada en el primer taburete y con las piernas cruzadas de tal manera que apenas dejaba nada a expensas de mi imaginación me dice con la boca llena de ensaimada: <<ven, amor>>

Lo recuerdo bien. Fui hacia ella y el camarero que me pregunta y no le hago ni caso. Ella que me mira y casi a un palmo de mi cara tengo su nariz. El camarero insiste y no le escucho, que nada existe, que sólo estamos ella y yo. Me acerco más aún y su boca entreabierta de azúcar tiene la comisura manchada. Y mi lengua limpia y mi boca besa, y al separarme, sé que me llevo su dulzor a cambio de entregarle mi corazón.

A partir de ese instante compartimos cada día. Poco tiempo después también compartimos las noches, un piso de alquiler cerca de la universidad fue nuestro gineceo, el lugar donde inventábamos besos y descubríamos secretos.

Al año siguiente dejó la carrera de medicina, decía que no era para ella y se matriculó en arquitectura, al siguiente en filosofía; después, que era el arte dramático lo que le gustaba de verdad de la buena. No puedo recordar cuántas “de verdad de la buena” me dijo aquellos años, pero nada me importaba, compartíamos amor sincero, amor del bueno, de ese que a una se le escapa en cada gesto, en cada beso, en cada sonrisa, y en la cama construíamos castillos de ensueño, vencíamos a dragones, conquistábamos territorios nuevos. Pero algún día todo cambió. Me esfuerzo por recordar algún momento concreto, algún acontecimiento que me permita explicar este ahora tan triste, tan vacío, tan… Tengo que ser sincera conmigo, tengo que reconocer que este ahora que me duele tanto dura ya un año, quizás dos.

Nerea.

Leo el informe de Elena. Me encanta pronunciar su nombre, es como si un destello iluminara algún rincón perdido en mi abotargado cerebro.

Lo que me imaginaba: el rojo de sus labios es el tono Rich Red de la casa Estée Lauder. El vestido rojo resulta que no es rojo sino color frambuesa —yo en mi vida he visto una frambuesa, ¡cómo coño voy a saber de qué color son!—. La laca de uñas de manos y pies es 528 – Rouge Puissant de Chanel. El semen resulta ser semen, ¡menos mal! Pero el ADN no encaja con el de ninguno de los violadores o agresores sexuales que tenemos registrados.

Causa de la muerte: estrangulación con las manos, pero sin ninguna huella. Evidentemente es un tarado pero no gilipollas y tomó la precaución de ponerse guantes.

Huellas: trescientas mil o más. Por esa habitación han pasado durante años putas, clientes, chulos y maricones, y jamás han hecho una limpieza en profundidad. Se han encontrado restos de semen, flujo vaginal, diferentes productos químicos estimulantes, retardantes o simplemente lubricantes, sangre, orines de diferentes especies e incluso restos fecales de rata. Lo que decía, habría que tirar una bomba de napalm para desinfectarlo.

El cigarrillo apagado en el semen de su ombligo es un Ducados, y el ADN de la boquilla no coincide con el del semen. ¡No coincide! ¡Quién coño apagaría su cigarro en el semen de otro hombre que se ha corrido en el ombligo de una chica muerta! Estamos ante dos tarados. Dos asesinos tarados. Y la chica no sólo no ha sido violada, sino que era virgen. ¡Increíble! Esto sí que es un notición, una bielorrusa de dieciocho años con un cuerpazo de escándalo que lleva tres meses en España, ¡y virgen!

Los interrogatorios son tan inútiles como imaginaba. Nadie sabe nada, nadie ha visto nada, nada de nada. De esta o me echan del cuerpo o me ponen una medalla. ¡Apostaría por lo primero!

Me dan aviso de que el hijoputa de mi jefe quiere verme en su despacho. Ya ha saltado a la prensa el asesinato de la hija del embajador y, como me temía, las circunstancias del crimen y la posición de su padre han hecho el resto. Si hasta se ha reunido con el ministro del Interior y, después, han dado una rueda de prensa en la que ha agradecido al ministro su promesa de poner todos los medios disponibles en la resolución de este atroz crimen.

Me enciendo un cigarrillo, no vaya a ser que sea el último que me fume en mi oficina. Cuando lo termino enciendo otro y me dirijo al despacho del Hijoputa releyendo todos los datos que se conocen de Bibiana y ¡creo que he visto algo!, pero… Me siento en una silla al lado de la máquina del café e intento a duras penas concentrarme en cada dato, pero mi mente parece fragmentada, como si una cosa no tuviera nada que ver con la siguiente. Creo que me estoy haciendo viejo, ¡qué coño!, soy viejo, mucho más viejo que lo que mi edad dispone, incluso más viejo de lo que mi aspecto impone. Soy inmensamente viejo, o al menos así me siento. Será por eso por lo que mi cerebro ya no funciona bien. Debería haberme jubilado hace años, antes de que me echen por incapaz. Pero es que me da pánico el qué hacer a la mañana siguiente. Nadie me espera al llegar a casa, nadie. Nada me gusta ni me interesa. No me gusta pescar, ni pienso ir a tomar el sol a Benidorm, tampoco colecciono sellos o construyo barcos dentro de botellas y, como la muerte puede que se haga esperar, que nunca se sabe cuándo viene la hijaputa a recoger la cosecha y, aunque parezca que ya tengo un pie en la tumba, he visto casos peores a los que les cuesta años meter el otro pie en el hoyo. Es como si ni Dios los quisiera y a Satanás no le corriera prisa recoger sus emponzoñadas almas, entretenido como está en corromper otras que están en duda, a sabiendas de que aquellas son ganancia segura que tarde o temprano caerán en su zurrón. Pero ya lo he decidido, cuando acabe este caso, me retiro, que cualquier día de estos se me olvida dónde está mi casa o cuál es mi nombre. Espero no se me olvide cómo pegarme un tiro. La cobardía necesaria para la huida sé que no me abandonará.

Y otra vez releo el informe de la chica muerta. Necesito encontrar algo, algo que mi olfato de viejo policía pueda husmear y seguir. Siempre hay algo turbio en la vida de las personas, y por muy santa que parezca la hija del embajador, seguro que tiene…, tenía, algo sucio y oscuro que esconder bajo la alfombra, ¡siempre hay algo! Porque este asesinato no es casual. No es que se haya tropezado con el asesino al entrar en el portal de su casa. Ha sido perfectamente calculado y ejecutado por alguien cuyos motivos se me escapan, pero al que me encantaría sacárselos a hostias.

Y otra vez, y…, un nombre intenta dibujar en mi mente una imagen. Al principio apenas dos tonalidades de grises que se entremezclan. Insisto en leerlo una y otra vez mientras en la imagen de mi cerebro otros colores se presentan acompañados de sonidos que no puedo identificar. Todo cambia de repente, todo. Puedo ver aquella escena con toda claridad, como si ocurriera en este mismo instante ante mis ojos.

Hace unos meses, quizá un año. Elena está en un bar de copas hablando alegremente entre un grupo de personas elegantes y guapas que se divierten distraídamente en el local de moda de este invierno.

Son las dos de la madrugada y, como otras ya infinitas noches, abandono la fría cama cansado de mirar un techo que se agrieta, de una habitación cada vez más pequeña y más llena de sombras. Camino por las calles y casualmente un escaparate exhibe a lo mejorcito de la ciudad: abogados de éxito y juezas desengañadas, médicos divorciados, modelos venidas a menos con su mercancía a punto de caducar que intentan, en un asalto final, noquear a algún simulacro de hombre cargado hasta las trancas de dinero y posición; diseñadores de moda de la última media hora y algún futbolista. Pero a mí sólo me interesa Elena. Ella se ríe con unos y con otras. A su lado una chica menuda y con atuendo estrafalario desliza su mano por la cintura de mi forense, luego la baja aún más y le toca el culo. Le dice algo al oído que debe de ser muy gracioso porque ella se ríe en amplia carcajada, luego acercan sus bocas y se besan…,  y se besan. Esa debe de ser esa novia suya de la que me han hablado —pienso—. Son hermosas. Sus besos abrazan. Me moriría feliz si ella me besara a mí así. ¡Estúpido viejo!, ¡cómo se te ocurren semejantes disparates! ¡Anda, vete ya, que estás hoy especialmente patético!

Me voy sopesando esa idea disparatada. Al parecer, a Elena le gustan pequeñitas, puede entonces que yo tenga alguna oportunidad. Me río, <<¡seré gilipollas!>>.

Esa novia suya, tan rara y bonita, tiene un nombre y curiosamente coincide con el nombre que no paro de releer desde hace ya un buen rato. Nerea no es un nombre muy común, pero a pesar de ello quizá haya en esta ciudad un par de decenas de miles de Nereas, pero me da que esta es la Nerea que le come todo lo suyo a mi Elena, la misma Nerea que vi en aquel bar y la misma Nerea que he seguido después en un par o más de ocasiones  Al parecer, asistía al mismo curso de literatura que la chica muerta. ¡Me va a tocar hacerle una visita! Al final quizá disfrute de esto…

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana 

Rezagos rojos

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Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Poesía

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rezagos rojos.

Me cuesta discernir entre el recuerdo, la piel, la imagen del sueño
Aunque me sigue la sangre aterrorizando sin remedio.
Las calles vienen y pasan cargadas
los hedores, las fragancias, el aire perfumado de siluetas de manzana
deslumbran asimismo sus miradas, su esencia… las manos rítmicas y flamencas de ese traje rojo que luego desangra
y me aterroriza sin remedio…

He intentado convencerme que todo fue un ensueño
repitiendo,
una vez y otra,
el cúmulo volátil de palabras cansadas
que me han impregnado en boca de todos,
allegados, especialistas y amigos
enrojeciendo mi garganta,
hirviéndome la ira
pero sigo viendo esa sangre que me infringe un terror que me desgarra.

Rojo labios,
de carmín-mate aderezando fonemas que ensalzan
con la tibieza del engaño,
como espada en las espaldas,
y en la oportunidad se enganchan al cuello en virtud de su mordaz desenfreno
como al corazón
entre los glúteos
las mucosas que derraman los fluidos del cuerpo.

La vi cruzar el umbral aquella noche
casi, como si me mirara fijamente
entre copas y deshonras abatidas en la alfombra,
de aquel sitio lúgubre,
de sangre entre las luces
convertido en mi refugio de terror en los últimos meses.

La invisibilidad y poca valía eran continuos en mis días
aunque humanamente, a pesar de mis juegos, todos ellos subyacentes,
estaba ahí para aliviar mis soledades.

Ilustración de Rosa García

Ella se acercó, preguntándome cualquier cosa
y aunque no estoy seguro qué le respondí en su momento,
poco después la vi sentarse cerca, a mi lado, sonriendo
con sus manos insinuándole caricias a mi rostro.

Me sorprendió lo embriagado que estuve de repente
pero siendo una mujer hermosa,
de aquellas que sólo se merecen una vez en la existencia
y sabiendo de mi disposición y entusiasmo
no me molesté en nada, porque la noche prometía gran revancha.

Es poco lo que logro, a partir de ahí, recuperar de mis recuerdos:
Un vino rojo embebido entre sus venas,
de imperante fuerza como el fuego de su vulva;
Un rostro joven,
que murmura por las noches,
vasos vacíos, la plegaria misericorde;
Un grito inerte que me asusta y que me anima
la sangre de un hombre derramada en su vestido
Cabellos sueltos, los chillidos que no cesan
la bruma espesa y el olor a cigarrillo
¿Dónde me encuentro?
“No te preocupes, que has venido para esto.
Será sólo un minuto, y seremos felices para siempre”
La herida intencionada, que conduce a la muerte,
y una risa turbia, codiciosa, de frenética afluencia.

Ilustración de Rosa García

A veces creo que me abdujo entre su vientre
para liberar sus penas como madre y como esposa
cuando me veo desbocado acuchillar sobre sus cuerpos
carne rojiza de animal envestido
que encuentra inminente la caída de la muerte.

Me pregunto si fui yo o un doble de mi mente,
un error del sistema
una fuga de la Matrix,
tal vez fui escogido,
parte activa de un experimento
o en una realidad paralela, roto en mil fragmentos.

¿Quién soy y fui realmente?
¿El obrero de ocho horas,
El hombre que, de una forma u otra, decidió ceder su cordura?
Y a ella, que habiéndome prometido su amor, desde aquella noche no volví a verle…
Aunque la sangre y los recuerdos me siguen aterrorizando sin remedio.

Carolina Cohen Polanco.

Horizonte rojo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales García. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Horizonte rojo.

 

Ilustración de Rafa Mir

De rojo se tiñó el horizonte,
antesala de la noche sin retorno.
y mi corazón náufrago sin playa
fue perdiendo el color.
No iré a echar las redes
a playas desahuciadas
ni usaré embarcaciones
para surcar otras aguas
de una prisión mayor.
Dejaré que reposen 
las olas encarnadas
en mi regazo de madre 
siempre remansado
y sin cantos de sirena.

Milagros Morales

 

Señales de tránsito

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Microcuento

Rating: +18

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Señales de tránsito.

Buen rojo

La chica de los ojos grises ya no es una niña. Hoy lleva tacones y un vestido corto blanco. Se ha acercado a mí y, con pudor, me ha pedido un tampón. Se excusa: es que no he traído el neceser de las cosas íntimas y no tengo. Sonríe… Está rodeada por unos cuantos adolescentes, modelo león, elefante, perro y varios ratones. No tiene ningún interés por barrer ni para dentro ni para fuera. Sólo espera con su cinta roja puesta. Y sucederá en cualquier momento. Está disponible.

Versos en rojo

El artista del fondo, que hace años que no escribe un libro, hoy me ha comentado cómplice que por fin han vuelto las musas, y ha conseguido escribir cien versos al amor y en un intento de continuación de libro escrito por Pablo Neruda llamado El corazón amarillo, mientras se prepara para su muerte. Me explica: «Es un libro cargado de reacciones, multiplicidades, contradicciones, amenazas en ciernes que nos llevan del miedo a la acción en la vida. También expresa los placeres cotidianos derivados de la fama y la terrible angustia de la falta de privacidad». Le oigo y le veo, pero no le siento. No me trasmite nada más allá que el narcisismo de escucharse a sí mismo. Me intereso por su mujer y su hija, responde correcto y me mira el escote descortésmente. Luego me pregunta que si se me ocurre algún nombre para su invento. «Versos en rojo», le propongo. «Perfecto», asiente. —Me aburre—.

Luna

 

Ilustración de Paloma Muñoz

Aquí cerca de la barra del bar que han instalado a la salida del living room está el que llaman artista. Dicen que se le fue la cabeza el día de la luna roja, cuando se quedó mirándola toda la noche. Estaba hipnotizado cuando le encontraron encima del tejado de su casa a punto de desmayarse porque no había comido ni bebido nada durante cuarenta horas. Y desde entonces sólo pinta cuadros rojos. Todo tipo de desnudos de mujeres y hombres en todas las posiciones imaginables. Eso sí, siempre desnudos. Es sórdido y, según las posturas, hasta de mal gusto. Parecen como bebés recién nacidos. Y para justificarse puntualiza: «Todos los cuadros son mis hijos, paridos de mi mano, pintados con cariño pincelada a pincelada». Como metáfora está bien, pero a mí, médica ginecóloga y madre de tres hijos, ya no me valen tonterías así. Hace tiempo que no hablo con él. Es un poco agresivo y no permite que nadie le lleve la contraria. Eso me desconcierta mucho porque no estoy acostumbrada a que nadie me grite al oído. Salgo a la terraza.

Calles de Buñol

Miro hacia el fondo y hay tendidas lo menos cincuenta camisetas blancas. Le pregunto a la anfitriona. Me explica que ayer llevó a los invitados a las fiestas de la Tomatina. Que hoy el servicio las ha lavado y tendido. El año que viene me apunto, me invito. «Pues claro», dice sonriendo. Y sé que no me podré apuntar jamás porque no puedo comerlo por el ácido úrico. Pero intento ser tan amable e hipócrita como lo son todos.

El rojo es otra historia

El hombre gato está rodeado de mucha gente, tiene la lengua áspera y suelta mucho pelo. Podría decirse que ya casi no tiene pelo. Hubo un tiempo en que me pareció interesante, ya no. Sonríe oblicuamente, sonríe arqueando una ceja, y a mí ya me da igual todo lo que haga, diga o deje de hacer o decir. Me produce cierto repelús su presencia.

El mar Rojo

Hay un gran cuadro en el centro del salón. Es el mar Rojo. Recuerdo algo que leí de este sitio hace tiempo: no tiene afluentes, mantiene la temperatura entre 26 y 30 ºC todo el año, variando en más menos dos grados, y se supone que se abrió en dos para salvar del yugo de los egipcios al pueblo israelita, guiado por Moisés. Me parece que bien podría ser este lugar narrado en la Biblia porque conecta África y Asia. Pero hay algo que me gusta mucho más de este cuadro. Algo que me callo.

San Fermín

Amiga feliz por la derecha. Posición correcta: tres de la tarde.

—Acabo de recordar que me hice unas fotos contigo en los Sanfermines de 2010. El otro día las vi y les hice una foto con el móvil para enseñártelas en la fiesta. Ven, mira. Estábamos tan jóvenes y tan llenas de vida que me parecieron espectaculares. Como ahora, ¡qué te voy a contar! Por ti no pasan los años… (Sonrisa verdadera).

—Sí, sí pasan, pasan los años y la vida, y mañana puede que nos muramos, o pasado mañana, o lo mismo hoy al salir de esta fiesta me da un infarto de tanto fumar. No sé.

—Anda, tonta, estás mejor que nunca. No has visto cómo te miran todos… con ese tipazo y ese vestido rojo estrecho que te has puesto… Ven aquí, siéntate a mi lado. Mira la foto. Corrimos, ¿recuerdas?, nos tiramos a la calle delante de los toros y corrimos… Fuimos de las pocas que lo hicimos en la vida, pero lo hicimos… No sé ni cómo fuimos capaces. Aunque terminamos con sangre en los brazos y las piernas de no sé quién ni de no sé dónde, pero lo hicimos.

—Porque siempre hemos sido muy valientes. No te lo digo nunca, pero lo pienso, eres la mejor de todas. La más auténtica. Y sí, te quiero.

—Anda, disfruta tu momento, esta fiesta es para ti. Porque yo también te quiero, amiga. Besos. Fin.

Planeta

Alguien ha encendido la televisión. Interesado por las noticias de las doce. Vivimos en un planeta lleno de guerras y de muerte. Gente expira todos los días violentamente. Contra natura. Contra Dios o en nombre de Dios, según el bando que sea… Y vírgenes lloran sangre. Ha habido un atentado. Una camioneta atropella a gente en Londres, gente normal que pasea por un puente, y cuentan que después los conductores se bajaron y fueron acuchillando a la gente en la calle y en un restaurante próximo. Es dantesco. Algunas imágenes se están retransmitiendo casi en directo desde el lugar del suceso. Y yo no veo nunca la tele…

Señales

Las rojas advierten del peligro y del desastre.

Nadie las cambia por verde o azul. Son necesarias. Cumplen una función. Nadie coge un cubo de pintura y comete la imprudencia de hacerlo. Ni por arte ni por locura. Nadie por el momento…

El bolígrafo rojo

Deberían instaurarlo como necesario para todos los aprendizajes. Ver los fallos en rojo te conecta las neuronas. Te ayuda a reconocer los errores de un solo vistazo. Yo soy muy visual. Necesito hacer fotografías mentales de las cosas que estudio. Toda la vida lo he hecho. Creo que la profesora de piano está haciendo bien su trabajo: hace anotaciones en rojo en una libreta sobre los ejercicios mal resueltos del hijo mayor. Sin embargo, el padre observa la escena con desaprobación porque está más preocupado por si su hijo hace el ridículo en público en lugar de que aprenda y avance. Es un amante de la superficialidad extrema. Puede que no fuera una buena idea haber elegido esa pieza, el Concierto para piano n.º 1 de Rajmáninov, incluyendo el violonchelo de su hermana menor. Pero parece que el señor Perfecto le dará una oportunidad. Sólo una…

Sin rojo

—¿Sabes que se me ha ido la regla? Estoy menopáusica —me dice la soltera de oro.

—No me digas…

—Sí, —afirma mientras bebe un sorbito de ron con Coca-Cola.

—¡Pues quién lo diría!, yo te veo estupenda. —La animo. Pero en el fondo se ha puesto redonda, redonda…

—Pues creo que estoy más irascible, malhumorada y desequilibrada que en toda mi vida. Pero ¿sabes otra cosa? He perdido algo más…

—¿El qué, chata? Venga, dime…

—El miedo a vivir y a hablar.

—Me alegro.

***

Suena el teléfono

—¿Qué tal, mi amor, cómo va la fiesta? —Es la voz de él.

—Bien, todo perfecto. Hay mucha gente aquí. Casi todos llevan algo rojo curiosamente.

—Es lo que querías, ¿no?

—Sí. Bueno, fue una sugerencia, en homenaje a la vida, a la felicidad que se trasmite con el rojo. Pero me faltas tú.

—Ya sabes que siempre estoy contigo. Mira en el cenador. Te hemos preparado una pequeña sorpresa, con la ayuda de tu amiga.

—Voy.

Sigo el camino de baldosas rojas hasta un cenador que hay al final del jardín. Allí hay un gran ramo de rosas y una fotografía. En ella puede verse a un hombre mojándose bajo la lluvia. Sin paraguas, con los brazos levantados, mirando al cielo, en un atardecer lluvioso al norte de Australia. Reconozco el sitio porque yo estuve allí con él  y yo hice esa foto. Al girar la imagen leo: «Ven, mójate, siente la vida. No te pongas el paraguas. Disfruta de este momento conmigo. Vive a mi lado esta nueva etapa. Nunca estarás sola. ¿Te quieres casar conmigo?».

Miro el rojo del jersey y siento la belleza del instante. Suspiro. Y veo mucho más rojo en esa instantánea, la pasión de esos labios, el rubor de esas mejilas ante el primer beso, el calor de su piel rozando la mía… Veo el amor en estado puro.

Luego me miro a mí misma, observo las uñas rojas de las manos y de los pies, y me atuso el vestido rojo que me aprieta cada centímetro, y un flash me saca de la realidad. ¡Ay, Dios, el bolso rojo! ¡El bolso rojo está en el coche!

Salgo corriendo, casi volando hacia la entrada, atravieso la puerta de la finca, me quito las sandalias plateadas y corro avenida abajo con los tacones en la mano y llego al coche. Allí está la señal final: han reventado el cristal del copiloto y han robado ese bolso.

 

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Y de repente me siento la mujer más desgraciada del mundo. Sólo tengo un teléfono para comunicar la situación: ni llaves de casa, ni llaves del coche, ni documentación. Es el momento más frágil y vulnerable de mi vida. Respiro, cuento hasta diez, grito de rabia, lloro de impotencia, me tiro del vestido y me araño los brazos del cabreo, y sin tabaco… ¡Mierda! Entonces, me recojo el pelo en una coleta, respiro, vuelvo a contar hasta diez, me miro en la luna tintada, sopeso la situación y decido regresar a la casa para servirme un gin-tonic en la fiesta. Todo es material. No voy a permitir que se arruine uno de los momentos más felices de mi vida.

Miro el teléfono y marco su número.

—Sí, cariño, quiero casarme contigo.

Olga Ruiz

Rojo

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema infantil

Rating: +18

Este poema es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rojo.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Me llaman colorado
cuando coloreo tu carrillo,
si estas avergonzado.
Doy color a la manzana,
a los tomates
y a la camiseta de España.
Del arcoíris soy el primero,
y después de llover
salgo rápido como un jilguero.
Dicen que soy el color de la pasión,
porque conmigo coloreas
tu propio corazón.
Soy amigo de la cereza,
pues doy brillo
a su pequeña cabeza.
A la sandia doy frescura
cuando llegado el verano,
está por fin madura.
Al pimiento doy alegría,
que junto al clavel,
al hortelano alegran el día.
De mi presume la mariquita,
que risueña canta y baila
de ramita en ramita.

Raquel Bonilla

La simpática mancha roja

Autor@: 

Corrector@: 

Género: Relato infantil

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Margarita Ortiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 La simpática mancha roja.

Después de despedirse de su abuelo con un fuerte abrazo, antes de entrar en el colegio, Nicolás se quitó sus gafas. Un mundo de manchas de colores y confuso apareció ante él.

No es que le diera vergüenza que sus compañeros de clase se las vieran puestas, sino que había descubierto que sin ellas sus miedos desaparecían por arte de magia.

El niño temblaba si la profesora lo reñía por no saberse la lección. Por las caras de sus compañeros cuando se reían de él, al ponerse rojo de vergüenza. También le daba miedo el fuerte de Sergio, que tenía una expresión huraña, la cual le hacía parecer un gorila enorme. Tampoco podía soportar la cara seria del bedel, que siempre parecía enfadado con todo el mundo ni a los chicos mayores de otros cursos, así que desde ese día se quitaba las gafas antes de entrar al colegio, como un conjuro mágico para vencer el miedo.

Cuando empezó la clase, un montón de manchas chillonas inundó toda la clase como un río. En el momento en el que se sentó en su pupitre una mancha más grande empezó a dar órdenes con voz fuerte. Mientras leía la lección, se paseaba alrededor de sus alumnos. Al llegar al pupitre de Nicolás, se paró en frente de él y Nicolás notó su mirada severa.

-¿Ya has vuelto a perder tus gafas? -le riñó con severidad-. Deberías ir con más cuidado. De todas formas, esto no te librará de la lección de hoy. Como no puedes leer la pizarra, estate atento a lo que te pregunte.

La profesora se fue enfadada por la torpeza del niño, pero Nicolás no se dio cuenta y asintió contento. No le molestó el coro de risas que se formó por toda la clase. Tampoco sintió miedo de Sergio cuando le pidió un lápiz, esta vez le pareció una mancha amable, con una voz tranquila y tímida.

Durante la clase Nicolás contestó bien a todo y nadie se volvió a reír de él. Todo apuntaba a que iba a ser un día maravilloso, de aquellos que raramente le sucedían, pero cuando se disponían a salir al patio, una mano lo agarró fuertemente.

-No, Nicolás, ya sabes que no puedes salir al patio sin tus gafas -dijo la profesora cogiéndolo del brazo-. Ven conmigo.

El niño se había olvidado del pequeño problema de su plan. Sintió unas ganas enormes de sacar sus gafas de su mochila, para ponérselas y poder cazar mariposas o leer un libro. Descartó la idea enseguida. Le daba más miedo el enfado de la profesora que las ganas que tenía de salir al patio a jugar.

Desde el día que había usado su truco de magia todos los días se repetían como un bucle aburrido.

El rato que sus compañeros se divertían en el recreo Nicolás se quedaba arrinconado en la biblioteca del colegio. Su única compañía eran un montón de libros, de los que solo podía ver los dibujos, y de una bibliotecaria que apenas le dirigía la palabra.

La soledad de esos días empezaba a conseguir que Nicolás se arrepintiera de su plan.

El día que iba a desvelar su secreto prometía ser diferente.

Apareció, sin avisar, una mancha grande con una más pequeña. Una voz grave explicó a la bibliotecaria algo entre susurros y se fue dando un portazo. Rato después la segunda mancha se quedó de pie sin saber qué hacer. Un poco después la mancha pequeña se acercó a él y Nicolás se puso muy nervioso. Con dificultad, intentó descubrir al nuevo visitante.

Por lo poco que sus pequeños ojos le dejaron ver, dedujo que se trataba de alguien que parecía ser de su edad y con un brazo envuelto en algo blanco.

Lo que más le llamó la atención fue la gran mancha roja y naranja que parecía ser su cabello. Un cabello rizado que le hacía parecer una esponja andante. Y por su chillona voz con la que saludó, dedujo que era una niña.

Nicolás siguió con su libro, pero empezó a ponerse nervioso porque notaba los ojos de la mancha pequeña puestos en él. Al niño no se le daba bien hablar con casi nadie y menos si era una niña. La nueva prisionera de la biblioteca era silenciosa como un gato, pero el niño podía notarla pendiente de él.

-¡Hola. ¿Qué haces aquí? -dijo, por fin, la mancha roja-. Nunca te había visto antes.

En aquel momento la bibliotecaria protestó.

-Estoy aquí porque he perdido mis gafas. ¿Y tú? -susurró el niño.

-Yo me he roto un brazo jugando al futbol y tengo que guardar reposo durante casi un mes – susurró la mancha roja.

El niño se sorprendió ante la respuesta.

-Es increíble que te guste jugar al futbol -dijo asombrado, pues nunca había visto jugar a futbol a una niña-. A mí me da mucho miedo.

Una risita burlona se oyó a su lado.

-No es tan extraño, pero gracias. Aunque lo que más me gusta es leer y escribir, pero no se lo digas a nadie, es un secreto.

El borrón rojo se acercó un poco más y miró el libro que Nicolás tenía. Entonces pudo ver la cara pecosa de su compañera.

-Me encanta ese libro que estás leyendo -dijo la niña acercándolo hacia ella-. Me lo sé de memoria de las veces que lo he leído. ¿A ti también te gusta?

La vitalidad de su nueva compañera lo cohibía un poco, pero la curiosidad que sentía consiguió vencer su timidez.

-Yo no lo he leído, no puedo leer sin mis gafas -dijo triste el niño-, pero tiene unos dibujos muy bonitos.

-¿Quieres que te lo lea? -dijo ilusionada tocándose su pelo rojo.

-¡Vale!

A partir de ese día, cuando sus compañeros iban al recreo, Nicolás subía corriendo a la biblioteca donde encontraba a su mancha favorita preparada para leerle un libro nuevo. La voz era dulce, tranquila, y Nicolás se sumergía en la historia con mucha facilidad.

Durante ese tiempo descubrió que tenía muchas cosas en común, sus miedos, la relación con sus compañeros, y eso le hizo sentirse muy a gusto con ella.

Y así se iban pasando los días sin gafas, con el fin de estar en la biblioteca con ella, la cual cada día ocupaba más sus pensamientos.

Un día que los ojos ya empezaban a dolerle por no ponerse las gafas, su amiga ya no volvió aparecer por la biblioteca, ni al día siguiente, ni al otro…

Para Nicolás quitarse las gafas no tenía sentido si no era para acabar en la biblioteca con la narradora de historias. Ya no le daba miedo su profesora, se  había dado cuenta de que Sergio era un buen amigo y le daba igual que sus compañeros se rieran de él.

El lunes de la semana siguiente después de darle un beso a su abuelo, entró en el colegio pero no se quitó las gafas. Si quería encontrarla, necesitaba ver perfectamente. Pero se dio cuenta de que iba a ser una tarea muy difícil. Por su cobardía y timidez apenas tenía datos sobre ella. Ni siquiera se había atrevido a preguntarle su nombre, solo tenía su borrosa cara grabada en su mente y solo recordaba su pelo rojo y su voz.

Muy preocupado, Nicolás estuvo durante varios días preguntando en las diferentes clases de su curso. Si conocían a una niña pelirroja, de su edad, que  leía cuentos, le gustaba escribir y hacía varios días se había roto el brazo jugando a fútbol. Obviamente todo el mundo le decía que no. No había muchas niñas pelirrojas en el colegio, así que no entendía cómo no podía encontrarla.

No sabía cuántos recreos llevaba buscándola y al ver que el pasillo de su curso se empezaba a terminar sin ninguna respuesta, comenzó a desanimarse. Podría haberle preguntado a la bibliotecaria o al bedel, pero no se atrevía. ¿Cómo iba a confesar su trampa?

“Una más”, se dijo a sí mismo,“una más y ya esta”.

Con esa idea el niño llegó a la última clase del colegio. Unas risas fuertes se oían por todo el pasillo. La vergüenza lo volvió a invadir y respirando hondo empujó la puerta de la nueva clase. En el momento que asomó la cabeza vio a dos niños que lo miraron con expresión de pocos amigos. Cuando lo vieron, lo rodearon inmediatamente.

-¿Qué quieres, enano? -dijo con voz grave el más alto. El otro chico, más bajito y ancho, se puso detrás de su compañero. Los dos parecían un par de mafiosos.

Al principio se sintió intimidado pero después le echó valor.

-Estoy buscando a una niña de pelo rojo. Hace unos días tenía el brazo roto…

Los dos niños se quedaron con los ojos muy abiertos y empezaron a poner cara de estar pensando. Nicolás volvió a repetir el mismo mensaje por si no le habían entendido. Cuando sus labios se cerraron, los niños empezaron a reírse a mandíbula batiente, retorciéndose de dolor, hasta que uno de ellos empezó hablar.

-¿Has dicho una niña, una niña pelirroja?

Nicolás asintió en silencio. No entendía lo que estaba pasando.

El segundo chico asomó la cabeza hacia su clase y pegó un grito.

-¡Eh, Cabeza de esponja! -dijo dirigiéndose a alguien que estaba dentro de la clase-. Asómate. Otro mutante te busca.

En medio de una gran carcajada de toda la clase alguien salió al pasillo.

-Os dejamos “solitos” -dijo con mofa el más alto-. Siéntete feliz por ver que no eres la persona más rara de este colegio.

Cuando se quedaron solos, Nicolás no se podía creer lo que estaba viendo y no supo qué decir. Todas sus perspectivas volaron, dando paso al desconcierto. Ahora que llevaba sus gafas todo estaba claro. Después de unos segundos de silencio uno de ellos decidió hablar.

-Llevo varios recreos buscándote para enseñarte una cosa -dijo con mucha ilusión Cabeza de esponja y sin parar de hablar-. Pero no recordaba tu clase. Y cuando la encontré, nunca estabas allí. Está claro que tus compañeros no te dijeron nada. Desde hace días quería enseñarte una cosa que sé que te hará ilusión.

Nicolás siguió sin decir nada. Aún su cerebro no procesaba lo que estaba viendo. La persona que tenía delante no se parecía a la que se había imaginado a través de las manchas.

-¡Mira, he encontrado la segunda parte del libro que leímos juntos en la biblioteca! Mis padres me lo compraron por mi recuperación.

Un silencio se hizo en el pasillo.

-¿Qué pasa, no te hace ilusión -dijo triste.

Por fin Nicolás pudo hablar:

-Eres un niño -dijo tartamudeando y arrepintiéndose de sus palabras-. Yo pensé que eras… He estado buscando a una… Madre mía.

-Una niña -dijo el otro acabando la frase con cara seria-. Sí, me lo dicen continuamente, de hecho no paran de meterse conmigo por eso. Mi pelo de esponja, mi palidez…, etc. Es mi gran problema.

-Si te dijera que a mí me dicen el niño de las gafas… -dijo Nicolás sonriendo.

Hubo otro silencio.

-¿Cómo te llamas? Nunca te lo pregunté los días que empezaste a leerme.

-Félix. Encantado -dijo ofreciéndole su mano.

Su nuevo amigo enseguida se la estrechó. Notó que le gustó mucha esa sensación y no tenía prisa en soltarla.

-Yo me sentí muy cerca de ti por todo lo que me contabas –dijo por fin Félix-. ¿Eso te supone un problema para que sigamos siendo amigos?, ¿el que no sea una niña como pensabas?

Nicolás sintió un rubor violento y el corazón le empezó ir a mil. Ahora era él quien estaba rojo. Bruscamente levantó la cabeza sonriendo. Aquella palabra era mágica. “Amigos”.

-¡Claro que no! ¿Por qué iba a serlo? -Y notó que su cara tenía prisa por sonreír.

-Entonces ¿empezamos de nuevo? -dijo copiando su sonrisa-. Hola, me llamo Félix y me encantan los libros de aventuras.

Esta vez se la apretó con más fuerza y tampoco parecía querer soltarla.

-Hola, me llamo Nicolás -dijo estrechándole la mano-. Y llevo mucho tiempo buscándote.

-Yo también te estaba buscando. ¿Seguimos leyendo juntos entonces? Pero ahora te toca a ti.

Los niños salieron fuera de la clase y, apoyados en la pared, Nicolás empezó a leer el libro de Félix, encontrándose con su mirada a cada segundo, y los dos se sumergieron en la aventura, navegando con piratas y buscando tesoros. Encerrados en su mundo imaginario, consiguieron olvidarse de sus problemas con el resto del planeta. Mientras tantos, las risas de los compañeros de Félix aún se escuchaban al otro lado de la pared de clase.

FIN

Margarita Ortiz Ballester 2017

La otra reina roja

Autor@: 

Ilustrador@:

Corrector@: 

Género: Fantasía

Rating: – 18

Este relato es propiedad de Rosy Martínez. La ilustración es propiedad de Luz Beloso. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La otra reina roja.

Ilustración de Luz Beloso

Somos ocho hermanos, pero de todos nosotros la más conocida es nuestra hermana mayor, Lisia.

Ella consiguió proclamarse reina de Garden sin encontrar casi resistencia, pese a que el reino debía dividirse entre los ocho, convirtiéndonos en cuatro reinos bien liderados, aliados y sin fronteras. Gobernando un rey y una reina cada reino.

Pero a ella la parte Este le parecía el reino menor y decidió que no era suficiente. Nuestros padres no consiguieron hacerla comprender que su percepción era equivocada. El reino había sido dividido hacía milenios de forma que todos tuvieran la misma porción de tierra y de fieles súbditos, consiguiendo así un buen equilibrio y prosperidad para Garden.

Sin embargo, Lisia no atendió a razones y arrasó los tres ejércitos restantes, los cuales cayeron sin mucho esfuerzo debido a que no contaban con el entrenamiento debido. ¿Quién imaginaría que uno de nosotros haría semejante locura?

De todo esto han pasado casi mil años y el resto de nosotros hemos aprendido por ello, y pese a todo el calvario que hemos pasado hasta ahora, nos hemos aliado con bandidos de tierra y mar dispuestos a recuperar la prosperidad de nuestras tierras.

Lisia jamás pensó que nos uniríamos contra ella, pues siempre creyó que éramos unos buenazos sin ambición ni criterio. No obstante, había llegado el momento de demostrarle su futura realidad.

Me miré al espejo y me sorprendí a mí misma con lo que vi. Jamás pensé en utilizar este color. Después de todo, siempre había sido el favorito de Lisia y yo con el blanco no me encontraba incómoda. Sin embargo, ella nos había orillado a buscar en nuestro interior la garra necesaria para luchar.

Lo que me convenció de la necesidad de un cambio fue su última acción, una que jamás creí que fuese capaz de llevar a cabo.

Rio con furia contenida. Si no hubiese sido tan ilusa, mi hermano y compañero de trono, Helián, seguiría con vida, pero Lisia no tuvo compasión ni de su hermano más pequeño, algo que yo jamás le perdonaría.

Ella portaba el color porque le gustaba, yo lo portaría por las razones que ella me había brindado para pelear.

La ira y el deseo de venganza me habían convertido en lo que ahora reflejaba el espejo ante mí.

Una mujer con el cabello negro, recogido en una coleta, de ojos grises y semblante serio. Siempre había sido una mujer compresiva e incluso amable. Lisia me había convertido en todo lo contrario y ahora, vestida de arriba abajo con el color del fuego, le demostraría lo que su ambición había ocasionado en mí.

Mi cuerpo entero estaba protegido por una armadura roja elaborada con el material más preciado de Garden, el diamante rojo.

La forma de forjar la armadura de Cheril, nuestra hermana mediana, legítima reina del sur, no tenía nada que envidiar al mejor herrero de Lisia, incluso podía decirse que es la mejor en su arte, una suerte que Lisia jamás valoró por sus aptitudes, otro error que le costaría caro.

—Dián, las tropas de Lisia ya están en el lugar indicado.

Por la puerta de la tienda aparece uno de mis hermanos, el verdadero rey del Sur, Sergi. Él y Cheril aman construir cosas, por eso esta guerra no les gusta demasiado, pero saben que es necesaria.

Lo miro a través del espejo y descubro sus ojos azules fijos en mí:

—¿Estáis seguros de que deseáis luchar? — le pregunto una vez más, deseosa de poder salvar al resto de mis hermanos de lo que hoy pueda suceder en el campo de batalla.

—No permitiremos que mate a otra hermana nuestra. Además, el pueblo entero desea librarse de Lisia, ¿y no es el deber de un rey luchar por los intereses de su pueblo? —Sergi se encoge de hombros restándole importancia a sus palabras y agrega—: Si conseguimos restaurar el orden en Garden toda esta locura habrá valido la pena. —Cambiando su semblante a uno más serio e irguiéndose, mostrando así lo alto que realmente es, Sergi continua—: La muerte de Helián no habrá sido en vano, por el contrario, nuestro hermano será el símbolo de nuestra libertad.

—Debí apoyarlo desde el principio, no huir como lo hice. —Me recrimino por enésima vez.

Sergi se me acerca y coloca su mano enguantada en el hombro:

—Todos cometimos un error al no acompañarlo aquella tarde, pero el peor de todos lo cometimos cuando permitimos que Lisia hiciese lo que le daba la gana. Ese error lo enmendaremos hoy mismo, y aunque eso no traerá a Helián de regreso, sí que le reportaremos paz a su espíritu.

Llevo mi mano hasta la de Sergi y a través del espejo nos miramos uno al otro dándonos fuerzas para lo que se avecina.

—Andando entonces. —Suelto su agarre e invoco la ira que Lisia implantó en mí. Mis ojos grises brillan deseando demostrarle a Lisia que su reinado ha concluido.

Juntos salimos de la tienda y nos reunimos con el resto de nuestros hermanos. Sergi se coloca junto a Cheril, ambos vestidos de verde, representando al sur, con el trébol negro en su estandarte.

Mika y An, los legítimos reyes del Norte, vestidos de azul, con su estandarte en alto representando una pica negra, se adelantan mostrando su apoyo, y por último Sédric, el legítimo rey del Sur, compañero de Lisia y gemelo de esta, se coloca junto a mí.

—¿Estáis listos? —Todos asienten dándome a entender que no albergan ninguna duda sobre lo que pactamos la noche anterior—. Entonces es momento de restaurar el orden en Garden.

Juntos subimos a nuestras monturas y nos dirigimos a nuestros respectivos lugares. Mi compañero de batalla alza el vuelo y juntos, portando nuestro estandarte, que representa un diamante rojo, nos encaminamos al campo de batalla.

Allí, montada en su propia montura alada, Lisia me espera con una sonrisa de superioridad, sus ojos brillan con diversión y en su estandarte se encuentra un corazón rojo y hoy ha llegado el final de su reinado de terror.

La batalla da comienzo y provoca innumerables bajas y destrozos. Perdemos a varios súbditos en pos de la libertad. Busco a mis hermanos y los localizo en sus respectivas posiciones. Sé que todos estamos deseando que Lisia caiga en la trampa.

Escucho cómo mis hermanos la provocan y cómo poco a poco Lisia va respondiendo a esas provocaciones cada vez con menos control sobre sí misma y perdiendo de vista el resto de la ecuación.

En cuanto se coloca en el centro del círculo que todos nosotros hemos creado a lo largo de los años, lo sabemos, solo tendremos una oportunidad.

Miro uno a uno al resto de mis hermanos. Desconocen una parte del plan. Tuve mucho cuidado para que ninguno supiera de ello.

En cuanto todos se preparan para el ataque decisivo, yo dedico mi último pensamiento a Helián, sabiendo que si lo encuentro alguna vez me odiara por lo que voy a hacer.

En cuanto todos mis hermanos atacan a la vez, para impedir que Lisia pueda responder salto desde mi montura y caigo en la de ella, rápidamente la apreso y todos los hechizos nos alcanzan.

Lisia está tan sorprendida que no le da tiempo a responder. Las fuerzas de los hechizos nos separan y comenzamos a caer.

No puedo ver el rostro de mis hermanos, pero sé que es de absoluta sorpresa. Solo deseo que entre todos ellos protejan el reino de Garden, incluido el que a Helián y a mí nos hubiese tocado gobernar.

No siento el golpe de la caída, ni siquiera escucho lo que dicen a nuestro alrededor, pero cuando Sedric pone ante mí un trozo de papel con la imagen de Lisia grabada en él comprendo que ha funcionado.

Lisia ha quedado encerrada en su prisión eterna del mismo modo que yo. Ambas hemos quedado encerradas siendo unidas por un mismo color, el rojo.

Rosy Martínez