El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

Anuncios

33ª Convocatoria: navidad de miedo

Navidad de miedo.

Ilustración de Rosa García

No comprendo tanto consumismo
Algunas personas nada tienen
Vivimos ajenos a la vida
Imaginamos libertades
Damos poco o lo que no queremos
Amamos cada vez menos
Divulgamos intimidades vacías

Desoímos  el caos
Estampamos nuestra firma en muros abandonados

Mentimos sobre nuestra felicidad
Inventamos excusas  para no arrimar el hombro
Exigimos lo que no damos
Despertamos tempestades
Oímos lo que no nos compromete

 

 

Milagros Morales

Navidad de maldad

Autor@:  

Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Navidad de maldad.

Navidad de maldad, navidad asquerosa. Es el mensaje infeliz de La Muñeca Apestosa.

Sí, la Muñeca Apestosa.

Una invención de mi calenturienta mente que no deja de trajinar como joder la navidad al personal.

Pero no creáis que le deseo una navidad maldita y desagradable a toda la Humanidad.

No.

Deseo una navidad catastróficamente chunga a ciertos seres que caminan a dos patas y que se han dedicado durante todo el año a hacer que este mundo sea cada vez más abyecto y pernicioso.

Ilustración de Rosa García

La Muñeca Apestosa es mi último recurso. Un recurso literario y metafórico. Es una muñeca como Pandora, pero en horrible, en nauseabundo, en repelente.

Todo  aquello que deseamos que le ocurra al alguien que te cae como una patada en el culo, te ha puteado, y sabes que lo ha hecho con otras personas a las que aprecias, todo aquel que está –cada día─ haciendo que este mundo sea más indeseable para vivir y que se apoya sobre una tarima o un atril; habla en público para soltar espumarajos de mierda y que se revuelca en su ignorancia y en su ignominia, tiene que sentir el repelente contacto de la Muñeca Apestosa. Oler su podrido aliento. Seguro que muchos de esos mequetrefes que viven en el mundo público (y de lo público) son halitósicos. Por lo tanto se sentirán en familia y bien acompañados.

Pandora era una bella creación hecha para la destrucción y la desgracia de los hombres y, por extensión, del género humano. La Muñeca Apestosa es fea y repelente y está hecha para construir, en vez de destruir, para arreglar en vez de destrozar, y ─sobre todo─ para  borrar el mal gusto y la iniquidad de los que se creen impunes e intocables.

Es una Pandora pero en el sentido contrario en fondo y en forma.

No tiene nombre. Es la Muñeca Apestosa que desea unas infeliz y maldita navidad a todos aquellos que no se la merecen.

A todos esos malditos roedores  y malditas roedoras que no hacen otra cosa que levantarse y maquinar a quién le va a tocar la tómbola del infortunio  aportando su granito de arena de hiena  para ver quién va tener un mal día, una desgracia, un susto.

A  todos ellos, la vengativa Muñeca  Apestosa se encargará de hacerles pasar unas navidades nefastas. Las peores de sus miserables vidas.

No lo dudéis. Compradla. Llevadla a vuestras casas. Regaladla de mil amores.

Es el mejor regalo para tan señaladas fiestas.

Qué paséis unas felices navidades.

Paloma Muñoz

4 de noviembre 2018

 

El Hada

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Hada.

Soy un hada. Y remarco la palabra “un” porque soy un hada y no una hada, aunque sé que eso, a nivel escrito, sea una barbaridad. Pero lo especifico para que me entendáis correctamente y no os hagáis una idea equivocada de mí.
Porque si me pudierais ver —¡qué lástima que los humanos hayáis perdido la facultad de vernos a nosotros, los seres fantásticos!—, distinguiríais claramente mi indudable aspecto masculino. Dicho sea de paso, estoy muy orgulloso de pertenecer al sexo masculino, aunque en el mundo mágico se considere el sexo débil o inferior. Y sí, aunque no me creáis, los seres mágicos tenemos sexo y lo usamos. ¿De dónde creéis que venimos nosotros si no? ¿De las esporas?
El caso es que en mi mundo lo mío no está bien visto, porque la gran mayoría piensa que ser un hada es una cosa de chicas. Sí, ya sé que estoy fuera de lugar porque solamente soy un simple macho en un mundo de féminas, pero ¿acaso no debería haber igualdad de géneros e igualdad de oportunidades? Por supuesto las hadas piensan que no. Unas se atreven a decirlo alto y claro; las otras lo cuchichean por los rincones del bosque cuando creen que ni las oigo ni las veo, porque nunca se atreverían a decírmelo a la cara, está mal visto dar un trato discriminatorio. Pero aunque algunas intenten disimularlo, sé que me miran de una forma diferente a como se miran entre ellas. Noto que me intentan dejar atrás cuando emprendemos el vuelo en grupo y que no me cuentan sus logros ni me preguntan los míos. Lo que más me duele es que no me dejan asistir a los consejos de hadas. Con una excusa u otra me dan largas: que me sentiría desplazado, que no se va a comentar nada relevante, que ya me avisarán cuando llegue el momento, que todavía no se sabe a qué hora es la reunión, que solamente se hablarán de cosas femeninas que no me interesan…
Creo firmemente que mis compañeras me detestan a su lado. Y no es porque tenga mal aspecto o huela mal, no, sino por la sencilla razón de que no soy una chica. Claro, como están convencidas de que solamente ellas tienen derecho a ocupar la posición de hadas, me tienen como un intruso que ha escalado más alto de lo que debería en la sociedad.
Al principio no fue así. Me acuerdo de que incluso les hizo gracia que yo fuese su compañero. Se lo tomaban a chiste. Y por un tiempo tuve que soportar comentarios jocosos y un tanto desagradables: que si mis alas eras demasiado ásperas o duras, que si ser un hada me feminizaría, que si quizás no tenía claro lo que soy… ¡Claro que lo tengo claro! Lo he tenido claro desde siempre. ¡Soy un hada!
Cuando vieron que mi empeño no cedía y que no se trataba de un antojo pasajero, la cosa cambió. Empezaron los ataques, los boicots, las trampas y las zancadillas. Fui llamado varias veces ante la Reina de las Hadas acusado falsamente de cosas que no hice. Por suerte, la verdad siempre ha estado de mi parte y ha sabido salir a la luz. Aunque no ha servido para que mis acusadoras reciban castigo por ello. Incluso la Reina, que ante el tribunal de Hadas parecía totalmente justa e imparcial, me dijo, en la última ocasión que estuvimos solos y en confianza:
—Sé lo que te has esforzado por ocupar tu lugar en el Reino de las Hadas, y te admiro por ello, pero ¡mira el revuelo que has armado! ¿Y para qué? Eres muy atractivo y apuesto, y estás echando a perder tu carrera. ¿No estarías mejor en el sitio que realmente te corresponde, junto con los elfos? ¿Quizás en mi guardia personal? Porque aunque los elfos ocupen escalafón más bajo que las hadas, son imprescindibles para nosotras y les tenemos en alta estima. Y yo tendría especiales atenciones contigo, si tú quieres, claro está.
—No, yo soy un hada y estoy perfectamente aquí —le respondí—. No quiero ser un elfo al servicio de las hadas, ni de su reina.
Entonces cambió su tono amigable, que se volvió amenazador.
—Está bien, pero si recibo otro expediente por tu mal comportamiento, tendré que echarte del reino. Y eso significa que no podrás ni quedarte entre los elfos. Tú sabrás lo que haces con tu vida.
Esa fue la última vez que la Reina se dignó a cruzar unas palabras conmigo.
Así que ahora mismo, por defender mis derechos a ser un hada, estoy a un suspiro de perder de vista el bosque mágico en donde nací para siempre. ¡No es justo! ¿Por qué no puedo ser un hada? ¿Por qué no pueden dejarme en paz?
Y no solamente tengo que enfrentarme a los prejuicios de mis compañeras, las hadas, sino que, incomprensiblemente, todos los habitantes mágicos del bosque, incluidos los de mi propio sexo, piensan que estoy equivocado en mi postura. O lo que es lo mismo, todos le dan la razón a las hadas. ¡Claro, como ellas son las que mandan!
Un día sí y otro también alguien me aconseja o me insiste en que debo dejar de ser tan molesto que destrozo la armonía de los seres del bosque. Que debo cambiar y ya está, que la vida consiste en eso, en adaptarse a lo que te viene y aceptar tu destino. ¡Yo ya sé cuál es mi destino! Pero nadie quiere aceptarlo. En cambio, todos se ven con autoridad suficiente de decirme a mí lo que debo hacer, que se resume en lo siguiente: que tengo que cortarme la melena, esconder las alas y afinarme las orejas para pretender ser algo que no soy, un elfo.

Ilustración de Rosa García

Y no es que yo tenga nada en contra de los elfos, no me malinterpretéis, que me parecen encantadores y hacen estupendamente su labor de guardianes del bosque mágico. Pero es que yo no tengo ni cuerpo ni mente de elfo. Yo nací hada y fui bendecido con un precioso par de alas iridiscentes. Eso debería significar algo, ¿no? Y gracias a que mis padres —un simple duende doméstico y una preciosa hada que nació con un ala defectuosa y nunca pudo alzar el vuelo—, en contra de todo pronóstico y bajo las críticas de los vecinos que ya de entrada nunca aprobaron su relación, decidieron no cortarme las alas de pequeño, por lo que hoy puedo decir con orgullo que soy un hada, y que además soy un hada masculino, atractivo y funcional.
Creo diariamente más polvo de hadas que ninguna otra hada y mi vuelo es técnicamente superior al de mis compañeras —aunque tengo que añadir que es el resultado de los años que me pasé ejercitando mis alas y haciendo prácticas de vuelo y piruetas en solitario— y conozco y he puesto en práctica todos los hechizos y sortilegios de las hadas, aunque tuve que aprenderlos en mi seta y a escondidas, porque los fuegos fatuos me negaron el ingreso en la Academia de las Hadas.
Así que para cerrarles la boca a todos solamente me queda un as en la manga: robaré un bebé humano. Son pocas las hadas que han conseguido un triunfo así, y a estas alturas, es lo único que puede hacer que me acepten tal como soy. Eso si consigo que la Reina de Las Hadas reciba mi presente y este sea de su agrado, así que para ello voy a necesitar un bebé rechoncho y sonrosado, que rebose salud. Si mi operación tiene éxito, la Reina me nombrará Hada Superior —y con ello formaré parte del jurado del Consejo de Hadas— y se habrán acabado los problemas para mí.
Espero que cuando llegue el momento, la Reina haga caso omiso de mis detractores, que son muchos. Entre ellos están, por supuesto, los propios elfos, que no soportan verme volar. Yo creo que niegan lo que soy porque mi aspecto les confunde y les hace pensar que no todo es negro o blanco y que el mundo mágico incluye todos los colores del arcoíris. Y esto, a ellos que están acostumbrados a pensar solamente en términos de bien y mal, y a luchar por ello —por eso son los guardianes mágicos del bosque—, les incomoda mi verdad. Tienen miedo de que mi existencia anime a otros muchos como yo —que de haberlos haylos, digo yo, aunque supongo que permanecen escondidos, pues no he visto ninguno— a salir a la luz y el bosque mágico se llene de seres diferentes, únicos y auténticos. ¡Menudo caos para ellos!
Porque las hadas son las dueñas del bosque y los elfos sus guardianes. Ellas deciden y ellos obedecen. Y todos prefieren que todo se quede como está, porque ese es el deseo de las hadas.
Y luego tenemos a las ondinas del lago, que se enorgullecen de ir por libre y parece que nunca interfieren en nada, pero que siempre están dando su opinión. Ahora resulta que se han inventado un nombre como “hado” para clasificar lo que yo soy. ¿Perdona? ¿Es que acaso no puedo ser masculino y, a la vez, un hada? ¿Es que acaso son solamente ellas las que pueden volar y repartir polvo de hadas? ¿Es que acaso uno no tiene derecho a ser lo que quiera en este u otro mundo? Pero claro, a las ondinas les gusta etiquetar y clasificar todo. ¡Si ni siquiera se hablan con las sirenas, sus parientes marinas, porque dicen que son de agua salada y eso las hace inferiores! ¡Pero si es que son iguales! ¡Si todas tienen cola de pez! ¿Qué más da en dónde naden o de dónde provengan? ¿Qué más da el color de sus escamas? Aunque, de todas formas, ¿quién entiende a los seres acuáticos?
Como veis, soy un incomprendido entre los míos. Me siento menospreciado e ignorado, y esta situación me está llevando al límite. He analizado mis opciones y la de cambiar porque no le gusto a los demás está más que descartada. Nunca dejaré de ser yo mismo, y si tengo que seguir luchando contra el hembrismo de las hadas, lo haré. Así que probaré lo del robo del bebé, a ver si consigo ganarme prestigio entre los míos y puedo allanarle el camino a otros como yo. Y si no es así, entonces recurriré al exilio, aunque me duela. Si aquí no me quieren, me iré a otro lugar donde me comprendan y me tengan en cuenta. Y no me refiero a otro bosque mágico.
Porque mi padre me ha hablado maravillas de los seres humanos y, sobre todo, de las mujeres. Lleva toda la vida trabajando para una artista sombrerera de París —por la noche, mientras ella duerme, le dibuja nuevos diseños que a la mañana ella lleva a cabo— y me cuenta que si todos los humanos son como ella, yo no tendría problemas en vuestro mundo. Dice que sois solidarios y comprensivos, amigables, tolerantes y muy respetuosos con los demás. Que dais igualdad de oportunidades a todos y que no distinguís entre los géneros, las razas o las condiciones sociales. Que amáis el mundo, el arte y la libertad. ¡Vuestro mundo es maravilloso! Y ya lo tengo decidido. Si el robo del bebé se tuerce, pienso probar suerte en vuestro mundo humano porque seguro que, siendo como sois, aceptáis de buen grado a un ser diferente como yo.

Olga Besolí
Mayo 2018

 

Mi vida se ha convertido en puro circo

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Mi vida se ha convertido en puro circo.

Ilustración de Rosa García

Errante de feria en feria
transcurren mis días,
mientras mis penas a la luz de los focos
se esconden entre bambalinas.
No hay más estrellas que las de mi vestido
siempre en la cuerda floja,
y hago equilibrios con mis ilusiones
por la alfombra roja.
Y sonrío:
La alegría es mi lema.
Mi vida se ha convertido en puro circo,
aunque cada actuación me consuela
cuando veo caras infantiles
que sonríen y sueñan.

Milagros Morales

Los monstruos de mi imaginación

Autor@: Raquel Bonilla

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesía Infantil

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Raquel Bonilla. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Los monstruos de mi imaginación.

Ilustración de Rosa García

Los niños del mundo tenemos un gran don,
es un bonito secreto
y se llama imaginación.

Podemos ser piratas de noche
caballeros al atardecer
y conducir un mágico coche.

Los conocí con mi don,
son pequeños, divertidos y coloridos
y me divierten un montón.

Son pequeños y coloridos
saltan, bailan y vuelan
y tienen cara de pillos.

Si tengo fiebre o sarampión,
todos me hacen compañía
jugando en mi habitación.

Les gusta hacer dibujos
jugar al balón
y contar cuentos de brujos.

El más divertido es Tristón,
un monstruo naranja
al que le encanta el salchichón.

Leo parece un león,
tiene melenas marrones
y vigila cada rincón.

Azul es el más gracioso
es cariñoso y blandito
y de peluche, parece un oso.

Rojo es el más listo,
tiene gafas redondas
y le encanta comer pisto.

Gracias a mi imaginación
conozco monstruos divertidos
con un enorme corazón.

Raquel Bonilla Santander

 

Idilio en la nieve

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Idilio en la nieve.

En 2017, concretamente en el mes de marzo, hubo una nevada en Madrid.

No era la gran nevada al estilo siberiano, ni mucho menos, pero, aunque cayó más hielo que nieve, sirvió para mi propósito de ir al Retiro y hacer unas cuantas fotos con la capa blanca de hielo-nieve  que tanto encanto y fascinación produce a propios y foráneos.

Y así hice.

Me fui al Retiro a fotografiarlo de blanco.

La experiencia no pudo ser más gratificante.

Mucha gente que me conoce ―y conocía― sabe de mi idilio con el Retiro.

Yo lo considero un idilio.

Un idilio perdurable.

El idilio no tiene porqué atribuirse a los amantes o a los enamorados. No.

El idilio puede ser por la naturaleza, las cosas hermosas, el Retiro o la nieve.

Tampoco tiene  que ser un idilio que dure, dure, dure. No.

Yo he tenido algunos idilios que duraron lo que tenían que durar.

Finalizaron en el  2016 exactamente.

Año bisiesto.

Ya se sabe:   año bisiesto, las tonterías al cesto.

Bueno, voy a dejarme de idilios y voy a mi aventura en el Retiro.

Nada más entrar por la puerta del Ángel Caído, los copos de nieve se hacían más contundentes. Y a medida que subía por el Paseo de Fernán Núñez iban cayendo con más fuerza e insistencia.

El hielo se iba espesando  cada vez más y más,  y el Ángel Caído, o sea Lucifer, harto de sol, se cubría con la mano para evitar que los copos cubrieran sus ojos.

Me detuve a hacerle unas cuantas fotos.

Estaba imponente.

La figura de bronce brillaba por el agua-nieve que la cubría y los copos caían vertiginosamente en remolinos movidos por un viento helado.

Me paré cerca de La Rosaleda.

Ilustración de Rosa García

Continué hasta el Palacio de Cristal.

Al llegar tuve que contener la respiración.

Era una gozada ver el Palacio casi completamente blanco, la escalinata, la balaustrada y los árboles.

Una pareja se abrazaba y besaba en la escalera.

Puro idilio en la nieve―pensé―Y continué mi camino como Bing Crosby.

Creo que involuntariamente  la pareja salió en una de mis fotografías.

Era complicado hacer las fotos con el móvil. Las manos se me helaban y no podía utilizar los guantes.

Pero conseguí  hacer unas cuantas.

El Palacio de Cristal lucía brillante, radiante, blanco, fascinante, ensoñador, lleno de magia.

No suele nevar ya en Madrid como antaño.

¡Qué pena!

Pero aun así tuve la suerte de poder llevarme en el corazón y en el móvil,  fotografías que ―no es por darme  pisto― me salieron preciosas, y en condiciones un tanto adversas.

Continué hacia el Estanque y el Monumento al rey Alfonso XII,  El Pacificador. No me gusta mucho. Quiero decir que no es lo que más me gusta de los jardines de El Retiro.

Pero sí que me gusta el estanque con el agua entre verdosa y plateada.

Ya había dejado de nevar.

Los alrededores del Palacio de Cristal y del Gran Estanque estaban casi blancos.

Caminé hacia los Jardines del Parterre. Preciosos jardines de diseño francés. El hielo y la nieve cubrían las copas de los árboles.

Me detuve un poco para contemplar con cierta tranquilidad el espectáculo.

Anduve hacia el Jardín del Recuerdo construido en memoria de las personas asesinadas por el fanatismo islámico.

Los cipreses aguantaban el vendaval.

Como campeones.

Gigantes mudos formados  de lágrimas y suspiros. Subí hacia la colina para fotografiarlos más de cerca.

El contraste del verde de las hojas y el blanco del hielo y la nieve formaban una combinación elegante, hermosa e imperecedera.

En los huecos de los árboles y en el suelo se amontonaban las hojas y el hielo.

Ofrecían una imagen del invierno que acababa de dar  la bienvenida a la primavera.

Esto sucedió un 23 de marzo. Ya no era un idilio de invierno, sino un idilio de primavera. ¿No creéis?

María Paloma Muñoz
Madrid, 1 de diciembre 2017
Dedicado a mis paseos fotográficos por el Retiro.

28ª Convocatoria: Miedo

Mami, ¿que es el miedo?

 

Ilustración de Rosa García

Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un trueno suena en el cielo y un escalofrío de punta te deja el pelo.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche al despertar, sola crees estar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un susto te das y tu cuerpo no para de temblar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando crees que de la pantalla va a salir un payaso vestido con un feo pijama de rayas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando el aire sopla fuerte y si no te agarras puedes caerte.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando alrededor revolotea una abeja y crees que te va a picar en la oreja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche una pesadilla, hace que se te escapen las lagrimillas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en un cuento ves una bruja piruja con una enorme nariz de aguja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en carnaval un vampiro te enseña sus blancos y puntiagudos colmillos.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando la puerta hace un crujido y tú pegas un fuerte chillido.
Cuando una araña gigante nos parece un elefante.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando al oír una explosión, muy rápido empieza a latir tu corazón.
Mami, ¿tu tienes miedo?
¿Miedo? Con un valiente como tú a mi lado solo tengo amor en mi corazoncito guardado.

Raquel Bonilla

Ya lo sabes

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Romántico

Rating: +13 años.

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ya lo sabes.

Estábamos en el quinto pino. Bailábamos. Ya no éramos  adolescentes, entre la cuarentena y la cincuentena, más bien. Tampoco teníamos obligaciones más allá de volver a casa lo suficientemente lúcidos para no tropezar con las escaleras. Pero al menos ya no daríamos el  cante delante de una madre controladora. Había muchísima gente allí. Olía a sudorcillo de fiesta y se apreciaba a gente animada por todas partes. Los bailarines marcaban el ritmo desde el escenario y tenían incluso un presentador. Daba igual que hubiéramos estado en África bailando zulú o en Irlanda en agrupaciones de danzas céilís. Estábamos en la feria del pueblo; reíamos, bailábamos, bebíamos y hacíamos fotos sin parar. Creo que ese fue un momento de felicidad. Seguro.

A eso de las cinco nos fuimos a dormir a su casa. Todavía no vivíamos juntos, sólo compartíamos algunas noches. Éramos mucho más que novios y mucho menos que esclavos de rutinas. No sabría decir… En un punto intermedio entre lo uno y lo otro. Caímos rendidos  al primer minuto. Teníamos el alma molida.

Al día siguiente, al despertar, alargué la mano y consulté el teléfono. Dormíamos desnudos, abrazados, sonrientes, escuchando nuestros ronquidos, nuestro respirar sobre el pecho. Abrí la nueva convocatoria de Surcando Ediciona: Miedo. «¡Madre, qué título tan trascendental!». Y como soy de espíritu optimista, pensé que algo tendría que aprender yo de esto. Así que me quedé mirando el techo dos o tres minutos.

Después, me giré  hacia él y le acaricié la nuca. Cuando él estaba abriendo los ojos, le miré, le sonreí y le pregunté:

—Señor amor, ¿qué crees que es el miedo?

—¿Miedo? ¿Qué es eso? Me acabo de despertar… A ver… Déjame que piense… Lo primero: ¡Buenos días! Bien —carraspeó—, es lo que nos impide ser felices, o al menos eso dice Jorge Bucay. Espera, que recuerdo el pensamiento. Algo así: «las personas no son felices porque sienten miedo, culpa, o vergüenza, o en combinaciones de a dos, o  todo a la vez».

—No estoy segura, pero puede que tenga razón Jorge Bucay. Lo estudiamos, sí, es un tema muy interesante. Creo que nos ayudará a compartir algo más, a conocernos todavía más si cabe. ¡Buenos días, cielo! —contesté.

—¿Cómo te sientes tras los gintónics y la fiesta de anoche?

—Bien, tranquila, me gusta despertar a tu lado. Me gusta verte sonreír y necesito sentirte aquí, siempre, conmigo.

—Gracias, te digo lo mismo. Hoy estás cariñoso. Sí, lo noto.

—Sí, amor, hoy estoy cariñoso —me respondió cogiéndome de la cintura.

Y entonces nos apretamos con fuerza y nos hicimos el amor, como si fuera la primera vez y la última: mezcla de respeto e inocencia al principio y de locura al final. Luego nos duchamos y nos preparamos para desayunar cerca de la una de la tarde. Sin prisa. Seguro que la comida llegaría a las seis o más. No había prisa nunca, cuando estábamos juntos llevábamos nuestro propio ritmo.

En el desayuno, sentados con las tostadas de tomate y aceite y el café descafeinado, volví a preguntarle por el miedo. Estuvimos largo rato revisando los míos y los suyos, cosas bastante normales. Por mi parte tenía miedo a las serpientes, a las arañas, a los huesos que sobresalen más de un centímetro de la piel, a que pierda los dientes, a la enfermedad que te incapacite, al Alzehimer por ejemplo, también a que me roben con intimidación, a que se injurie mi persona, pero sobre todo, a la mentira. Ese es mi miedo más horrible. Que se construyan mentiras a mi alrededor.

Por su parte, miedo a quedarse calvo, miedo a los ruidos en la noche que no se pueden justificar, miedo a que le pase algo a su hija o no tenga un futuro digno, miedo a vivir situaciones extremas de dolor y enfermedad entre sus seres queridos, miedo a que le engañe y le deje, miedo a la soledad. Y aquí le brilló un recuerdo en el fondo del ojo, algo que ya había dolido antes. Lo vi.

Lo cierto es que había escuchado durante días la palabra miedo muchas veces. A veces tengo la sensación de que escribo cosas que de una manera o de otra forman parte activa de mi vida. Mi hija tenía pesadillas por la noche y no quería dormir sola, mi madre tenía miedo de operarse de la rodilla porque no había una garantía total de la recuperación, mi padre tenía miedo del examen médico para renovar el carnet de conducir porque de un tiempo a esta parte sentía que estaba peor de la vista y de los reflejos, y claro, no renovar el carnet era un varapalo a su autoestima. En fin, que de algún modo el miedo se instala en nuestras vidas, se instala y come a bocaditos la zona de confort y hace un agujero negro por donde se escapan la seguridad, la autoestima y la valentía de las personas. Miedo es lo contrario a vivir.

Empecé a escribir esto a las tres de la tarde, después de comer, en su ordenador, con una camiseta de Ávila puesta, unos calcetines y el pelo sujeto con un bolígrafo. Loco y despeinado.

Se acercó por detrás y leyó. Le gustaba mucho hacer eso. Y me sujetó la nuca y me besó en donde nace el pelo y detrás del lóbulo de la oreja. Y me arqueé hacia atrás. Ya no había forma de seguir escribiendo. Volvimos a hacer el amor.

Ilustración de Rosa García

A eso de las cinco de la tarde, mientras yo me daba otra ducha, recibió una llamada en su móvil. Entonces noté en el tono de su voz la incomprensión. Y un no, no puede ser…  ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo? Y millones de kilos de tristeza resbalarle encima.

Me sequé corriendo. Era consciente de que algo malo acababa de pasar. Bajé la escalera del dúplex. Él estaba temblando con el teléfono en la mano.

—¿Qué ha pasado?

Inmóvil, con la mirada perdida en el infinito blanco de la pared, no podía ni contestar.

—¿Qué pasa? Venga, di algo, me estás poniendo nerviosa —le zarandeé el brazo.

Entonces tiró con furia el teléfono sobre el sofá y se giró hacia mí. Me abrazó. Me abrazó con fuerza y desesperación y me dijo:

—Cris ha tenido un accidente. Está muy mal… La llevan al hospital. No saben si va a salir de esta.

Permanecimos así, fundidos, en silencio, pensando que aquello no era verdad. Que esa noticia no podía ser verdad. Si habíamos estado juntos hasta las cinco de la madrugada, si estábamos llenos de vida, de amor, de alegría… Ese cuento no iba con nosotros. Nos acababan de contar algo ajeno. No podría ser. Lloramos en silencio. Sin poder hablar. No hacía falta tampoco.

Puede que pasaran cinco, diez, quince minutos, ¿quién sabe? Entonces sucedió algo. Algo inesperadísimo. Me cogió la cara con las manos, me levantó la cabeza, me ordenó:

—Mírame.

Y yo le obedecí sin casi ganas. De la tristeza que sentía…

—Creo que ya sé cuál es el miedo más grande. Amor, el miedo más horrible que no podría soportar, ese que no había tenido en cuenta por evidente y presente, es algo tan necesario en mi vida como respirar o comer. No he tenido en cuenta algo que puede pasar en cualquier momento. El miedo a perderte para siempre. No perderte porque me dejes y sepa que estás viva en otra parte del mundo, brindando o soñando o simplemente escribiendo lo que te hace tan feliz. No. Es el miedo a que desaparezcas de la faz de la tierra para siempre, a que la muerte te abrace y te lleve con ella.

—No pienses en eso. Somos jóvenes todavía. Tenemos mucha vida por delante.

—Sí, acabo de verlo. Es una revelación. Quiero cuidarte, quiero estar contigo siempre. Déjame, nena. Déjame disfrutarte y que me disfrutes. La muerte puede llegar en cualquier momento.

—Yo me cuido, ya ves. Como bien, hago deporte, no fumo —le animo.

—Pero que puede pasar en cualquier momento —repite.

—De acuerdo, pero no puedes vivir con ese miedo.

—No, no vivo con ese miedo. Vivo con la tranquilidad de haber disfrutado el día al cien por cien contigo. Y te diré todo lo que quiera decirte en cada momento, y te besaré y te abrazaré y te haré el amor siempre que quiera, y tú a mí.

—De acuerdo, así viviremos, con más alegría, supongo. —Y le di un beso largo y bonito.

—Te quiero, vida, así viva. No hagas tonterías. Piensa que aquí hay un hombre que se preocupa por ti, piensa antes de hacer las cosas. Eres demasiado impulsiva, demasiado osada. Y estás muy loca.

En la radio sonaba una canción de Marta Soto que escuchamos en silencio. Decía algo así:

Y estoy corriendo en dirección contraria a tu vivir

Y tú, que sabes bien que no hay final,

que no hay  final sino verdad que logré hablar,

y proponernos un vuelo libre sin ningún miedo (…)

Y me acordé de Cris. Y ahora sí, abrazados, lloramos de furia y de tristeza. Juntos. No creo que hubiera en el mundo otra pareja más enamorada y cómplice que nosotros en ese momento. Ni creo que la habrá jamás.

Olga Ruiz

Aragecko

Aragecko.

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Continuación de “Mucho más que Rojo”

El Amor
Soy feliz. Soy tan feliz que creo que voy a morir. En una explosión de flores me convertiré y de semillas de margaritas, amapolas y rosas llenaré el mundo entero de amor, de amor del bueno, de ese que cantan los poetas, del que hace escribir versos tontos al camarero, al ceñudo funcionario y a las niñas en sus cuadernos de colegio.
Cuadernos de colegio… Poemas en cuadernos de colegio. Junto a las fotos de actores y cantantes famosos se escriben poemas pensados con los dedos, poemas como aquel que Mila le escribió a su novio aquella fría mañana de invierno:
Tu sonrisa.
Tus ojos a medio despertar.
Los besos soñados que mañana quizás volverán.
Tu boca y la mía sin saber por dónde empezar.
Los dedos, nerviosos, que no paran de buscar
y encuentran su destino
en mi puerto, en tu faro y con el mar.
Las ganas, el tiempo de esperar.
No deseo otra cosa que volver a zarpar.

Quién le iba a decir a Mila que pocos minutos después de escribir los versos de amor más entregados y bellos que aquel papel cuadriculado pudo aguantar, que después de descubrir las palabras más tiernas que de tinta se podían crear, después sorprendería al guapísimo de su novio comiéndole la boca al putón de la clase.
No estaban escondidos en algún rincón a salvo de miradas, gozando con el pecado traicionero, no, pues en la misma puerta de la clase se manoseaban y besaban. No pudo ser mayor la humillación de Mila, pero aguantó. Aguantó toda la clase sin rechistar, sin agachar la cabeza, sin llorar. Sentada en su silla obligó a sus pies a no despegarse ni un solo instante del suelo. Sabía que si cedía en el empeño, sus pies y después todo el cuerpo saldrían corriendo para quizás nunca más poder detenerlos, porque sin duda tendrían miedo de que la vergüenza le escupiera su pútrido aliento. Hasta el final de la clase aguantó sentada soportando cuchicheos y las risas de los simios que siempre corean las hazañas del jefe de la manada. Podía oír a la muy puta reírse, pero ella aguantó en clase hasta el final, y cuando ya su exnovio salía le preguntó: <<¿Por qué me haces esto?>>. El muy imbécil le dijo: <<Mira, bonita, nadie sabe cuándo nos vamos a morir, soy joven y voy a aprovechar todas las oportunidades, por si acaso>>. Mi amiga lo miraba como si fuera una figura que lentamente se difumina para luego desaparecer completamente. Ya no veía a aquel chico del que se enamoró de la manera que sólo se puede una enamorar cuando se tienen quince años. El caso es que Mila sólo le contestó: <<Yo no lloraré cuando tú mueras>>. Se dio media vuelta y nos fuimos.
¡Soy tan feliz! Soy tan feliz que temo que no me dejen subir al avión con el ruido tan ensordecedor que hace mi corazón, pues parece un reloj, gigante reloj con carrillón incluido que podría hacer sospechar a la seguridad del aeropuerto que soy una terrorista suicida chechena o algo así. Cuántas explicaciones tendría que dar, qué apuro pasaría mi papá. Y lo peor es que esta situación podría hacerme perder el vuelo a Madrid. Tardaría horas en explicar que es mi exaltado corazón el causante de ese rítmico sonido de viejo reloj. Y más tardaría si me viera obligada a contar el porqué de mi fervoroso deseo de ir a España.

Breve historia de Bibiana
Mi padre, honorable y fiel diplomático de carrera, había desempeñado sus funciones en multitud de lugares defendiendo los intereses de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Tras la caída del muro y posterior disolución de las repúblicas, mi padre pasó a ser un simple funcionario en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Bielorrusia. No le perdonaron que hubiera sido una personalidad destacada del antiguo régimen. Lo curioso era que los que le vituperaban e ignoraban habían sido los más baboseantes y serviles con los amos rusos. Mi padre lo sabía, ellos sabían que mi padre lo sabía y eso aún azuzaba más su rencor. Pero un día todo cambió. Después de diez años sorpresivamente le daban la jefatura de la embajada en España. Mi padre ya tenía cincuenta y dos años y la pena por la muerte de mi madre, al poco de mi nacimiento, había marcado su rostro con una sombra indeleble. Mi padre, hombre profundamente católico, se aferró a su fe para soportar su pérdida y conseguir sacar fuerzas para criar a su hija. Mi padre, hombre bueno y predispuesto a sonreír, acarreaba el peso de una pena que le atenazaba el alma.
Y ahora estaba en el aeropuerto esperando el vuelo a Madrid, con mi padre y mi amiga Mila, a la que había conseguido arrastrar en esta aventura tras convencer a sus padres de que una temporada en España le vendría de miedo para poder olvidar a su último novio, que, como casi siempre, la había engañado con otra. La verdad es que Mila tiene muy mala suerte con los chicos, pero no es menos cierto que parece sentirse atraída de una forma fatal hacia cualquiera que le prometa amor eterno, hacia cualquiera que le diga que la quiere, aunque sólo sea en el fragor de un rápido encuentro. Y es que Mila está falta de amor y no sé por qué. Sus padres la quieren, tiene amigos que la quieren, su simpatía y dulzura hace que todo el que la conozca la quiera. Y yo la adoro como a una hermana, o más. Sin embargo, no es capaz de aceptar que una persona no la quiera, le hace sufrir que a alguien pueda resultarle antipática o simplemente no le guste. Para Mila, quien no la quiere es que la odia, y eso la hace sufrir. No existe la posibilidad de que la quieran sólo un poquito, o que les caiga un poco mal. Mila es para todo o para nada, no hay término medio. Y esto que puede ser en ocasiones virtud y en otras debilidad, se convierte en fatal error cuando los chicos —que tanto le gustan— se dan cuenta de que no puede soportar el rechazo y utilizan esa debilidad para sacar de ella cuanto quieren y, como cuanto quieren se acaba más bien pronto que tarde, se queda hecha un trapo viejo tirado al contenedor. Y se queda acurrucada en su habitación durante días sin querer saber nada de nadie. La consuelo hablándole del amor verdadero, de ese desinteresado y libre de miedos, de amor del bueno, del que se entrega por entero y nunca te falla: amor de Dios. Ella como yo es católica, pero a mí siempre Él me llena, siempre me acompaña y me reconforta. Sin embargo, para ella sólo es refugio en los momentos de tristeza y abandono. En estos busca el consuelo en su fe en las Sagradas Escrituras y en la poesía, siempre la poesía. Ella me enseñó a leer el amor en palabras escritas en español. Su padre fue uno de esos niños de la Guerra Civil española que salieron de su país huyendo de la muerte para refugiarse en la antigua Unión Soviética. Allí creció, allí se enamoró y de ese amor nació Mila. Ella me enseñó español, mi padre me enseñó a Dios y Santa Teresa de Jesús el amor con Dios.
Asistimos juntas al curso de literatura en la facultad de Filología de Madrid. Mila y yo estamos como locas, sobre todo ella, y es que le gustan todos y no para de coquetear con este y con aquel, pues siempre es del último que ve del que dice <<segurísima de verdad de la buena que este es mi amor verdadero>>. Aquí siempre hace sol, la gente es muy amable y nos ayudan en todo lo que necesitamos, sobre todo ayudan a Mila, que entre los chicos tiene un éxito increíble. Yo le digo que no se enamore de todos a la vez, que se controle y no haga ningún disparate, que piense esta vez un poquito las cosas antes de hacerlas. Ella me ha prometido que esta vez va a esperar a que el hombre perfecto aparezca y que está segura de que encontrará el amor de sus sueños. Yo sé que no miente cuando me cuenta todo esto, pero no puede evitar distraer sus convicciones entre los brazos de hombres que a sus oídos susurran palabras que hablan de amor.

Bibiana se enamora
No sé cuándo me enamoré de él. Es odiosa esa obsesión por determinar con exactitud cuándo un corazón se arrebata de improviso henchido de amor. Qué importancia puede tener si me enamoré cuando con palidez enfermiza empezó a leer aquellos versos de amor del Padre Berenguer.

Te ofendo, me amas;
me alejo, me amas;
me pierdo, me amas;
te hago sufrir:
me amas, me amas.
Si yo te flagelo,
si espinas te pongo,
te lleno de injurias,
te cargo la cruz,
te ato con clavos,
te hiero el costado:
me abres la puerta
de tu corazón
y la tromba que arrasa
me inunda tu Amor.

O quizás fue cuando oí su voz pronunciando mi nombre al leer la lista de los veinticinco que formábamos parte del curso de Poesía Española. No pudo ser mi imaginación, pues sentí claramente cómo acariciaba mi nombre, cómo cada sílaba se le escapaba de la boca en forma de besos y, alocados estos, se precipitaban atolondrados sobre mi boca, en los ojos, en los senos. Pero la verdad es que… siempre he estado enamorada de él. Mi vida hasta ahora sólo era un esperar para encontrarlo. El mundo era un escenario donde los actores se movían muy lentamente, de manera casi imperceptible. Sólo después de largo rato me daba cuenta del cambio de posiciones relativas de los personajes en un decorado que sólo muy de cuando en cuando cambiaba. Sin embargo, ahora todo se mueve a gran velocidad: las personas, las cosas y el escenario. Tengo que hacer un gran esfuerzo para no perderme el argumento de este cuento donde, esta vez, la protagonista soy yo.
Apenas hemos intercambiado unas pocas palabras. Me cuesta horrores acercarme a él y hablarle con naturalidad. Yo siempre he sido muy extrovertida, sociable y sin ninguna dificultad para relacionarme con otras personas, ya fueran estas hombres o mujeres, conocidos o extraños. Pero él no es una persona más y cada vez que intento un acercamiento me da la impresión de que, saliendo de no sé donde, aparece de repente sobre mí un enorme letrero luminoso que dice: «Te Quiero». Y claro, con tanta luz fluorescente se me suben los colores y también los calores. Se me pega la blusa al cuerpo y… ¡Dios mío! Pero si hasta tartamudeo, que creo que babeo y parezco tonta de remate y… Me quedo siempre la última en clase a ver si consigo decirle algo coherente, medianamente inteligente, quizás enseñarle algunos de los versos de amor que escribo mientras sueño su cuerpo y… No sé si he dicho que se llama Carlos, que es el profesor de literatura más guapo que jamás alumna alguna haya soñado, que además es escritor, que escribe relatos, cuentos y poemas… poemas de amor. Ha publicado dos libros: Cuentos Invertebrados y Poemas Imposibles. Como él dice de sí mismo: <<No he vendido mucho, pero es que a mí me va el rollo ese de ser un escritor maldito. La otra posibilidad es aún peor, y es que sea otro mediocre maldito escritor>>. Al oír esto me dan ganas de lanzarme a sus brazos, de cubrirle de besos y decirle que… que su poesía me emociona e ilumina, que es precisa, preciosa y emotiva, y es este mundo distraído en miserias y falsos dioses el que no tiene tiempo ni ganas de leer hermosas palabras que elevan el corazón y el alma. Pero no se lo digo, sólo acierto a sonreír e imaginar su respuesta a mi halago.
Cojo lápiz y papel con la decisión entre los dedos y el corazón buscando más espacio en mi pecho anhelante y, como soy incapaz de encontrar el valor o el momento, me conjuro con el amor que siento para llegar a su corazón y me prometo que le escribiré los más hermosos versos de amor que sus ojos amazónicos hayan podido leer. Y entonces, saeteado su corazón por las letras escritas desde el amor, no tendrá más remedio que pedir, suplicar, rogar más amor, pues sólo con más y más amor se alivia ese delicioso dolor. Y ya entre mis manos, lo cubriré de besos, de caricias. Y su boca en la mía, y su lengua atrevida que mi sexo alivia, y su peso que me abriga, que me hace temblar y no es de miedo ni de frío, que estoy prendida a su cuerpo y no quiero caerme. Me agarro con los dientes, con los brazos, con las piernas y… y si sigo soñando nunca terminaré de escribirle los versos de amor más bellos que jamás hayan leído sus ojos amazónicos.

Algo se rompe dentro de Bibiana
Esta noche nos vamos de fiesta, pero no del tipo que a mí me gustaría darme. Es una recepción que el Ministerio de Asuntos Exteriores español organiza todos los años para el cuerpo diplomático acreditado en España. Es un evento muy importante, incluso asistirán los Reyes de España, además de personalidades de la economía, de la política y de las altas instituciones del Estado. Mila está emocionadísima con la idea de codearse con los Reyes, además, dice que es el lugar perfecto para encontrar el hombre de sus sueños, y para estar a la altura de la ocasión se ha comprado un precioso y llamativo vestido. La verdad es que está espectacular, parece una estrella de cine. Yo también me he comprado un bonito vestido de color frambuesa con escote halter que recuerda un poco a aquel que llevó Marilyn cuando lució sus piernas sobre las rejillas de ventilación del metro de Nueva York.
Yo no consigo pensar en otra cosa que no sea Carlos. Mila dice que es normal, que como es la primera vez que me enamoro de un hombre de carne y hueso, de un ser terrenal y no de un dios espiritual, pues claro, todo para mí es nuevo y me parece extraordinario, pero que con el tiempo todo pasará. No me gusta que hable así porque parece como si me dijera que lo que siente mi corazón es algo falso, un engaño con el que mi propio cuerpo, no sé con qué intención, quiere someter a la razón. ¡Normal!, normal me suena a vulgar, corriente, sin importancia. No me gusta que hable así.
Pero antes voy a dar un salto a las estrellas, de hoy no pasa. Voy a lanzarme sin miedo, le miraré directamente a sus selváticos ojos y le diré todo lo que siento. Lo tengo todo preparado, todo.
Le digo a Mila que tengo que ir a hacer unas compras de última hora: unos encargos de mi papa, —en cuanto pueda iré a clase, aunque seguramente llegaré un poco tarde—. Tengo que hacer esto sola, sin nada que me distraiga de mi objetivo. Estoy segura de que Mila me comprenderá y no se va a enfadar por no contarle mis planes.
Me pongo guapa. Me cambio tres veces de vestido, luego unos pantalones vaqueros y una camiseta me parecen más adecuados, al final me decido por una falda de tablas por encima de la rodilla y una camisa blanca. Me maquillo con dificultad, pues el pulso me traiciona y me cuesta horrores pintarme los labios. Estoy tan nerviosa como una colegiala enamorada, ¡qué tontería! Soy una universitaria enamorada.
Me dirijo al despacho de Carlos una media hora antes de empezar las clases. Recorro los largos y vacíos pasillos donde no escucho otra cosa que mi acelerado corazón. Camino muy deprisa y, cuando al fondo veo la puerta de su despacho, me doy cuenta de que estoy sudando. Sudo por la frente, por los brazos, por el pecho resbalan gotas empapando mi camisa blanca que se pega al cuerpo y marca con evidente obscenidad mis senos. Creo que me va a dar un ataque de nervios. ¡Cómo voy a entrar con esta pinta si parece que vengo de jugar un partido de futbol! ¿Por qué me pondría esta camisa? ¿Seré tonta? ¿Y ahora qué hago? «Tranquilízate, tranquilízate, por favor», me digo mientras respiro profundamente. A mi derecha se encuentran unos aseos y allí entro. Me quito la camisa, me echo agua en la nuca, en los brazo y me miro en el espejo. No puedo evitar echarme a reír cuando me veo reflejada en el espejo. Seco la camisa en el secador de manos, me paso una toallita húmeda por los sobacos, arreglo los desperfectos producidos en mi maquillaje y me vuelvo a pintar los labios. Me vuelvo a mirar en el espejo y ¡conseguido! En apenas cinco minutos he podido recuperar mi autoestima y la compostura. Ya estoy lista.
Apenas diez pasos me separan de su puerta. Ya no estoy nerviosa. Sé lo que quiero, tengo el valor necesario para tomar la vida en mis manos y no me da miedo, no me da miedo nada, nada. Ni siquiera pienso en la posibilidad del rechazo. Sé que es mi amor verdadero, que este amor que siento no es ningún invento de la mente, ni una debilidad del cuerpo. Sé que es amor del bueno y seguro que él lo siente como yo recorriendo su organismo, buscando una salida, un lugar común de encuentro donde fluya y el único cauce sea mi cuerpo.
Apenas tres pasos y… ¿Y si no está? Este pensamiento echa por tierra toda la seguridad tan precipitadamente construida. Me tranquilizo de inmediato al ver la puerta ligeramente abierta y oír como un susurro. Pero esta tranquilidad apenas dura una fracción de segundo. De repente se agolpan en mi cerebro multitud de situaciones que pueden hacer fracasar mis planes. ¿Y si está reunido con otros profesores o con otros alumnos? Y si… Me acerco sigilosa como una espía, acerco el ojo a la pequeña hendidura que separa el marco de la puerta y… solo consigo ver una librería que ocupa toda la pared. En ese momento oigo cómo caen algunos objetos al suelo y el arrastrar de una silla. Con mucho cuidado abro un poquito más la puerta y lo primero que veo es un amplio ventanal por el que el sol de verano penetra sin compasión. De nuevo algo se arrastra, pero esta vez debe de ser algo mucho más pesado, como una mesa o un armario; después, un quejido dolorido. El miedo inunda mi cuerpo, pienso que quizás un infarto, quizás un robo y los ladrones le han malherido, quizás… Abro la puerta precipitadamente y…

Ilustración de Rosa García

Es un monstruo, un extraño animal imposible de imaginar. Sus ocho extremidades y el pelaje negro que recubre gran parte de su cuerpo me recuerdan a una araña, pero otra parte de su cuerpo contradice mi primera impresión, pues es brillante y, además, sus dedos se pegan como ventosas a todo lo que tocan.Me ha costado un poco, pero no me estoy volviendo loca. Sé lo que ven mis ojos, aunque mi mente se niegue a entenderlo: unas piernas peludas, un culo calvo abrazado por unas piernas de mujer se balancea rítmicamente mientras su dueño resopla como si sus pulmones no resistieran el esfuerzo que realiza. Sobre la mesa una mujer arquea su espalda mientras de su boca salen obscenas incitaciones y gemidos. No reconozco en ese monstruo repugnante al hombre del que me he enamorado, pero a ella sí la reconozco.

Bibiana se equivoca
Estoy sentada en mi silla esperando que empiece la clase. Todavía faltan cinco minutos y… el amor de mi vida, el único hombre al que he amado aún no ha llegado. Mila, mi mucho más que amiga, mi hermana querida, tampoco está aquí.
Me está pasando algo raro, soy consciente de ello pero no puedo evitarlo. Tengo el cuerpo bloqueado, no puedo moverme de mi sitio, un peso gigantesco me oprime todo el cuerpo hasta el punto de que creo que voy a implosionar. No oigo los sonidos con claridad, sólo un tumulto de voces indescifrables. Alguien me saluda e intento contestar, pero no puedo abrir la boca, tengo la mandíbula agarrotada y me doy cuenta en ese instante de que me duele y que tengo sabor a sangre en la boca. Creo que voy a morir, me falta la respiración y un sudor frío se desliza por mi frente, por la espalda y el pecho. Todo mi cuerpo se deshace, pronto seré sólo un charco en el suelo. Lanzo una mirada de socorro a un chico que ni siquiera me mira, entretenido como está en concentrarse en mantener la lengua dentro de su boca abierta. Mila acaba de entrar en la clase, está deslumbrante, sonriendo y seduciendo a todos. Es feliz y no la perturban sentimientos ajenos. Estoy a punto de vomitar cuando sus ojos me miran y casi corriendo me abraza y me dice: <<Soy tan feliz, tan feliz, estoy segura de que hoy es mi gran día, seguro que esta noche, en la fiesta, encuentro al hombre de mi vida>>. Llena de… Me siento llena de odio, de ese odio que todo lo cubre con su olor pestilente y se derrama sobre el cuerpo como lluvia de cristales rotos. Y mi mano que aprieta con todas sus fuerza un bolígrafo. Y mis ojos que ven su yugular inflamada. Y los diente que crujen, los labios que aprietan sin poder evitar dejar escapar un hilo de sangre y… La puerta que se abre dejando pasar al repugnante fornicador que comienza inmediatamente a recitar un poema de amor, amor, ¡repugnante amor de mierda! Y se ríe y gesticula como un bailarín borracho. Y oigo risas que se me clavan en el alma; sin duda se burlan de mí. Soy tan ridícula, tan grotescamente idiota. Siempre se han reído de mí, he necesitado esta bofetada de realidad para darme cuenta de la verdad.
Al acabarse la clase se produce un pequeño tumulto alrededor de la puta que sonríe enamorada como está de sí misma, encantada de su poder sobre la tropa. Otros y otras se arremolinan en torno al miserable cabrón y yo aprovecho el caos para huir de allí, para escapar a no sé dónde y esconderme de esta repugnante gente que me revuelve el estómago.
Sola en mi habitación me miro en el espejo y no me reconozco. No es que lo que me ha ocurrido haya modificado las facciones de mi rostro. Tampoco es que no reconozca en la persona que me mira del otro lado del espejo a la misma chica que muchas otras veces se peinaba o maquillaba ante él. Lo que ocurre es que ¡no recuerdo mi cara! Me miro en el espejo y sé que soy yo, pero, apenas aparto la vista la imagen de mí misma se desvanece de inmediato. Así una y otra vez. Corro hacia la cama y me escondo bajo sus sábanas. Lloro aferrada a la almohada y sé que voy a morir.
Me despierta mi padre, ya bien entrada la tarde, con bromas sobre mi afición a dormir, que si soy una marmota, que si ya estamos en verano y tengo que abandonar la hibernación, que ya es muy tarde y… En ese momento entra Mila con su vestido nuevo, excitada, casi enloquecida, y cogiéndome de las manos me urge a levantarme, pues apenas queda una hora para ir a la fiesta.
Ella ya lleva puesto su llamativo vestido de noche, está maquillada y peinada, y sólo le falta por ponerse los zapatos de tacón. Por eso se pone de puntillas para jugar con mi padre, en mi habitación, a que bailan un vals en el Palacio Real. Papá se pone colorado y la mira deslumbrado. ¡Mataré a esta hija de puta, la mataré!
Estamos en la fiesta y yo no entiendo nada, gente desconocida pasa a mi lado y me saluda. Yo les sonrío, creo. He perdido a mi padre entre alguno de los corrillos que se han formado. No puedo dejar de mirar a Mila. Sólo puedo mirarla a ella. Mis pies están clavados al suelo mientras ella baila, ella coquetea, ella se ríe. Lleva más de una hora hablando con un tipo vestido de militar, juega con él, lo toca discretamente y se ríe, se ríe sin parar. De repente me ve y sale corriendo en mi dirección. Me abraza, me besa y me cuenta que ha encontrado al hombre de su vida, que esta vez sí que es el amor verdadero, y me pide que le dé suerte y un poco de dinero. Además, quiere que le cuente a mi padre que se quedará a dormir con unas amigas o algo así, que esta noche será especial, muy especial. Le doy el dinero, pero no le deseo suerte. La verdad es que ninguna palabra sale de mi boca, pero ella no se da cuenta porque ya está corriendo en busca de su amor verdadero. Le da un beso discreto y le dice algo al oído, después, se va corriendo. Aprovecho el momento: yo también sé hacerlo. Le pagaré con la misma moneda. Quiero que ella pase mis mismos tormentos.

Continuará…

Juan Ramón Lorenzana