Izaskun

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Izaskun.

El silencio de la noche aún reinaba en el parque tecnológico de Zamudio. Era una pequeña ciudad fantasma cercana  de Bilbao esperando a que los primeros rayos de sol la hicieran ponerse en funcionamiento.

Aquella paz relativa solo se veía rota por un grupo de personas vestidas con la típica bata blanca, que hacían un corrillo en la puerta de uno de los edificios; cada uno de ellos llevaba una chapita en el pecho con su nombre y el extraño logotipo de la empresa donde trabajaban, DNA BLOOD.

Cuchicheaban entre ellos con cara de asombro o, incluso, más bien de miedo.

—Joder, dos infartos en quince días…Vosotros decís que no, pero es para preocuparse.

No hacía ni dos semanas que habían ido al funeral de una de sus compañeras y aquella misma mañana otra había aparecido muerta en su puesto de trabajo. Dos cadáveres en tan poco tiempo habían hecho que se pusieran en contacto con la policía y allí estaban, muertos de frío, esperando.

Justo cuando el sol empezaba a calentar la mañana, un fuerte ruido hizo que todos callaran. Una moto que parecía haber salido de la nada, paró frente a la entrada.

Una enorme Yamaha R6, de un negro mate adornado con letras doradas, apagó el motor. Cuando su dueño bajó de ella, todos quedaron sorprendidos al ver que aquella silueta pertenecía a una mujer.

Se acercó sin quitar el casco, vestida con unos vaqueros ajustados a las piernas, unas enormes botas de cuero y una cazadora de piel. Pasó entre ellos sin decir nada, como si ni siquiera estuvieran ahí y se quitó el casco para dejar ver una enorme melena cobriza y unos ojos verdes que de una pasada miraron a todos por igual.

Se paró un instante, colocó el casco bajo el brazo y se puso unas gafas de sol que sacó de su bolsillo.

—Soy la detective Carlota y no he venido a que me hagáis perder el tiempo.

Siguió caminando como si esperara que todos la siguieran.

—Por un momento pensé que iba a decirnos que buscaba a Jacqs—. Se escuchó entre risas en el grupo de empleados.

Dentro del edificio, un hombre vestido de traje, se acercó a la detective para darle la bienvenida.

—Egunon  —dijo alargando su mano hacia ella—. Siento que haya tenido que venir para nada, pero los jefes de Barcelona lo han creído apropiado, ya les he dicho que ha sido otro infarto. Supongo que son cosas que pasan.

—Si alguien tiene que decir si merece la pena o no, soy yo  —dijo Carlota mientras lo dejaba ahí con el brazo estirado.

—Yo solo quiero ayudar —contestó él con cierto enfado, dándose cuenta de que la atractiva detective desprendía un olor extraño—. Seguro que preferiría usted seguir tomándose un whisky, pero como ya le he dicho, si fuera por mí, ni siquiera tendría que haberla conocido.

Carlota dejó escapar una sonrisa que no parecía ir acorde a lo que su imagen transmitía.

—Pues deje de hacer el gilipollas y empieza por enseñarme el lugar donde ha aparecido el cadáver —hizo una pausa para mirarle directamente a los ojos—. Y sí, preferiría estar tomándome un bourbon, que es lo que estaba haciendo cuando tú decidiste molestarme.

                                           ……………………………………………….

A pesar de estar de vacaciones, Izaskun llevaba un par de horas levantada cuando  sonó el teléfono.

—A ver Patri, son las ocho de la mañana y sabes que estoy de vacaciones, espero que sea para algo importante.

—Ya sé que es temprano Izas, pero no te vas a creer lo que ha pasado. Es Monika —hizo una breve pausa—.  La han encontrado muerta en el laboratorio.

—¡Pero qué dices, no puede ser! —exclamó Izaskun, que parecía no creer lo que le estaba diciendo su amiga.

—Como lo oyes. Dicen que ha sido otro infarto, igual que Ana. He querido ser yo quien te avisara; se lo bien que te llevabas con Monika.

—Joder, Patri, ¿qué cojones está pasando? … ayer mismo hablé con ella.

—Lo sé, es todo muy raro. Incluso han mandado una detective para investigar lo que ha pasado. Deberías de verla, menudo pibón, más bien parece una modelo.

— ¿Una detective? ¿Pero qué quieren investigar si se sabe que fue un infarto?

—Supongo que es solo rutina, no te preocupes, aunque seguro que tendrás que venir, porque al parecer quiere vernos a todos.

— ¿Preocupada? Ni que tuviera que estarlo. Tengo cosas que hacer, cuando acabe me pasaré por ahí. Gracias por avisarme —. Izas colgó sin dar tiempo a que Patricia se despidiera.

                                         …………………………………………………

Hacía más de media hora que Carlota permanecía sentada en la silla en la que habían encontrado a Ana, la primera en sufrir el infarto.

Durante todo ese tiempo, Íñigo, con su traje impoluto y su cara de pocos amigos, había intentado hablar con ella sin encontrar ninguna respuesta, ni una simple mirada que pareciera indicar que la detective estaba escuchándole.

—Me gustaría ver a los trabajadores de la empresa  —dijo Carlota rompiendo el incómodo silencio—. Estaría más que encantada de que me dijeras quiénes estaban aquí cuando ocurrió todo.

Íñigo, al igual que ella, se dio la vuelta sin decir nada, se acercó a su despacho y regresó con una hoja en la mano.

—Aquí tiene el nombre de todos los que trabajan en este departamento, si necesita algo sobre otra gente de la empresa, deberá hablar con mis jefes.

En la parte superior de la hoja se podía leer: Departamento de I+D-Desarrollo de nuevos fármacos a través del estudio genético de grupos sanguíneos.

Durante la siguiente hora, Carlota se paseó por el laboratorio sin hablar con nadie, tan solo hacía alguna anotación en la misma hoja que Íñigo le había dado. Poco después se acercó a su despacho y entró sin llamar.

Carlota se disponía a decir algo justo cuando él la cortó —. Pase. Pase, sin problema.

Ella, por primera vez, se quitó la cazadora dejando al descubierto una camiseta más ceñida aún que el pantalón. Se sentó en la silla que había frente a él y, posando sus manos sobre la mesa, susurró.

—Espero que entiendas que, si alguien puede tener algún problema aquí, eres tú. Y que por llevar un traje más caro aún de lo que puedes pagar, no vas a intimidarme. Dicho esto, me gustaría saber quién encontró los cuerpos, y porque aquí, donde pone Jefe de Departamento, se ha tachado el nombre de Ana para escribir a boli el de Izaskun. Una chica que, además, no he visto por aquí hoy.

—Pues mire. Ana, nuestra anterior jefa de departamento, falleció hace quince días, cosa que usted ya debería saber, e Izaskun fue quien ocupó su lugar y quien casualmente la encontró sin vida. Si no está por aquí es porque pocos días después de aquello y como exigencia de su nuevo puesto, tuvo que irse a Colombia al congreso anual de hematólogos durante una semana. Por detrás de la hoja tiene los datos de ese congreso.

—Entiendo —dijo Carlota—, pero si eso fue hace quince días, ¿por qué Izaskun aún no se ha reincorporado al trabajo?

—No sé si conoce usted el término “vacaciones” —dijo él, guiñándole un ojo—. Quizá debería hacer uso de él, la noto cansada. Y, como ya sabrá, hoy mismo Ainhoa encontró sin vida a Monika. Por extraño que parezca, el segundo infarto en la empresa en quince días.

Carlota hizo alguna anotación en la hoja.

—Y esa tal Izaskun, ¿has sabido algo de ella?

—La verdad  es que no acostumbro a llamar a los trabajadores cuando están de vacaciones. Pero sí le puedo decir que hace unos minutos, una de sus compañeras me comentó que había hablado con ella e Izaskun le ha dicho que vendrá por aquí esta mañana. Supongo que tiene que estar bastante afectada: Monika era una de sus mejores amigas por aquí.

Carlota dio vuelta a la hoja, sacó su teléfono y se dispuso a marcar justo cuando Íñigo le avisó de que Izaskun era la que acababa de entrar al laboratorio. La detective esperó a que sus miradas se cruzasen y le hizo un gesto para que se acercara mientras contestaba al teléfono.

—Joder Íñigo, me ha dicho Patricia lo que ha pasado. He venido en cuanto he podido — dijo Izas al entrar por la puerta.

—Ya, ninguno lo podemos creer. Esta es la detective Carlota, creo que quiere hablar contigo.

Izas se acercó, pero la detective le hizo un gesto con la mano para que se detuviera, se dio la vuelta y se le pudo escuchar:

— ¿Dice que era la misma de siempre? Muchas gracias, si necesito algo más, volveré a llamar.

Carlota guardó su teléfono y se acercó a Izaskun.

—Tengo entendido que está usted de vacaciones. Qué oportuno… justo ahora cuando dos de sus compañeras han fallecido —. La detective parecía querer intimidarla.

—Pues la verdad es que aún no me lo creo, cuando me ha llamado Patricia y me ha dicho que Monika también había muerto, me he quedado de piedra. Pobre, tan joven y que le diera un infarto…

—Eso si es que fue un infarto —insinuó Carlota, pasando su mano por la espalda de la chica.

—Bueno, a mí es lo que me han dicho que, al igual que Ana, había tenido un paro cardiaco. ¿Cree usted que no ha sido así?

—Lo que crea yo no es de su incumbencia. De todos modos, seguramente el forense no tardará en llamar y sacarnos de dudas. Ya me han dicho que ha estado en Colombia por un congreso, ¿qué tal lo ha pasado? —preguntó la detective.

—Hombre, teniendo en cuenta que no he tenido tiempo de nada al estar todos los días en charlas o reuniones, qué quiere que le diga.

—Bueno, algo de tiempo habrá tenido para conocer aquello.

Íñigo se metió en la conversación.

—A ver… era un viaje por trabajo, no de placer. Lo más fácil es que no solo no tuviera tiempo de nada, sino que acabara agotada. No se imagina como son esos congresos.

—Sé perfectamente como son. Yo también he viajado por trabajo y no veas lo bien que me lo he pasado, así que déjate de tonterías. Siempre se encuentra tiempo para ir a tomar algo por ahí. No me diga que no, Izaskun—. Carlota la miró esperando que le dijera que sí.

—¡Qué va! No hice más que dedicarme a cosas de la empresa.

—Seguro que en otros viajes a Colombia sí pudo disfrutar un poco más.

—Ya quisiera, pero era la primera vez que iba.

Carlota volvió a hacer una anotación en la hoja, mientras negaba con la cabeza.

—Supongo que estará usted encantada de haber podido ocupar el puesto de Ana. Ascender en la empresa, mejor sueldo, viajecitos a Colombia… vaya, lo que cualquier empleada hubiera querido.

—¡Pero qué narices está diciendo! —contestó, mirando a su jefe, que agachaba la cabeza mientras negaba, sin dar crédito a lo que la detective podría estar insinuando—. Cualquiera diría que me alegro de la muerte de alguien…

—No solo alguien, una compañera, y por lo que he visto esta mañana parece que todos se llevan muy bien aquí… porque es así, ¿no?

—Pues claro que sí, no tenemos por qué llevarnos mal.

Lo que Izaskun no sabía, era que en el poco tiempo que Carlota había estado en el laboratorio, había podido hablar con los trabajadores, y todos coincidían en que Izaskun y Ana no se llevaban muy bien, que era bastante habitual que discutieran por asuntos de trabajo y que, además, la anterior jefa de departamento siempre se salía con la suya, esgrimiendo que allí era ella la que mandaba.

—Ya , entiendo que diga eso. ¿ Por qué iba a admitir que Ana y usted no se caían bien? Incluso he visto en sus fichas que llevaba mucho más tiempo que ella en la empresa. Seguro que siempre ha creído que era usted la que debería estar en su puesto…  Perdón, ahora ya lo está.

Izaskun se acercó a la detective de forma desafiante.

—No, no lo voy a negar, Ana y yo no se puede decir que fuéramos precisamente amigas. Y que incluso haya pensado siempre que se equivocaba en muchas cosas, pero de ahí a insinuar que me alegré de su muerte…usted está loca, menuda tontería.

—Yo no he insinuado que te alegraras, al menos no solo eso.

—Esto es lo que me faltaba por oír —dijo Izaskun mirando a su jefe—, no voy a consentir que …

—Si necesito algo más la llamaré — le cortó Carlota impidiendo que dijera nada más

—No me queda más remedio, así que cuando quiera, si puedo ayudarle en algo estaré encantada.

Izas se estaba despidiendo ya de Íñigo cuando Carlota volvió a dirigirse a ella.

—Una última cosa, ¿cuándo habló por última vez con Monika?

Ilustración de Carolina Cohen

—Pues la verdad es que ayer me llamó para preguntarme cosas del trabajo y para saber si era ella la que tenía que venir a abrir — contestó—.  Monika y yo sí somos muy buenas amigas, puedo decir que más que compañeras.

— ¿Notó algo raro en ella?

—Que va, estaba igual que siempre.

Izaskun ya se había ido cuando sonó el teléfono de Carlota. Estuvo hablando varios minutos mientras Íñigo esperaba.

—He visto en la entrada del laboratorio un panel en la pared con el horario y los trabajos a realizar esta semana—.  La detective señaló hacia fuera, justo donde se encontraba el panel.

—Sí, siempre tenemos todo muy organizado. Los lunes hacemos una reunión en la que designamos el trabajo que tiene que hacer cada uno esa semana, es el mejor modo de que todo funcione correctamente y todos sepan lo que tienen que hacer.

—Entiendo. De ese modo nadie tiene que preguntar nada ni molestarte por tonterías.

—Sí, más o menos es para eso.

—Si no te importa, antes de irme, voy a echar un vistazo al lugar de trabajo de Izaskun—.

Carlota se puso de nuevo la cazadora.

—No hay ningún problema. He notado que se ha extrañado usted de algo que le han dicho por teléfono, ¿ya sabe algo de Monika?

—Parece ser que su empleada ha muerto de un paro cardiaco — dijo, mientras se ponía de nuevo las gafas de sol.

—Ya se lo decía yo — Íñigo sonrió con cierta ironía.

—Ya, veo que es usted un lumbreras — por primera vez, Carlota, lo había tratado de usted.

La cara de satisfacción de Íñigo mientras la detective salía por la puerta de su despacho, lo decía todo.

Durante poco más de media hora, Carlota estuvo sentada en la mesa de Izaskun. Revisó todos los papeles que había en los cajones y miró el ordenador, pero no hizo ninguna anotación.

Íñigo se acercó cuando vio que la detective se disponía a irse.

—Déjeme que la acompañe a la puerta, al menos que se vaya con una buena imagen de nosotros, ya que ha tenido que venir para nada —sonrió de nuevo, sintiéndose en cierta manera superior a la detective—.  En fin, seguro que nunca ha tenido usted un caso tan fácil de resolver.

—Es curioso, es la única vez en toda la mañana que ha tenido usted razón, puede que haya venido para nada.

Carlota, que estaba considerada una de las mejores detectives del país, parecía no llevar bien todo aquello; el hecho de que alguien pareciera reírse de ella le hacía sentirse inferior, algo que en muy contadas ocasiones le había pasado.

—Aunque supongo que no se puede decir que haya resuelto nada, porque ni siquiera había caso —comentó ella dirigiéndose ya a su moto—. Eso sí, yo que tú, tendría cuidado, no sea que un día de estos le dé un infarto y la nueva jefa de departamento ocupe su puesto.

—No tema por mí, me cuidaré —contestó Íñigo a la vez que ella arrancaba su moto.

Si algo tenía Carlota, era que en poco tiempo se olvidaba de los casos en los que trabajaba. En cuanto a los dos infartos de DNA BLOOD, había necesitado solo de unas horas para quitárselo de la cabeza. Eso y un par de bourbon  mientras se fumaba uno de esos cigarros con mezcla que la ayudaban a dormir.

Dos semanas después de aquello, Carlota entraba en el mismo bar al que iba todas las noches, se sentaba en la misma esquina de la barra que todos los días y le hacía un gesto al camarero para que le sirviera lo de siempre.

— ¿Sabes Carlota? —le dijo el joven camarero mientras llenaba un vaso de Fourour Roses—. No entiendo cómo puedes meterte este veneno todas las noches y seguir igual de guapa.

—Iker—sonrió ella — ¿cuándo dejarás de intentar ligar conmigo? nunca vas a conseguir llevarme a la cama.

—Que equivocada estás, serás tú quien se muera por llevarme a mí — los dos se rieron, mientras él se daba la vuelta para atender a otra persona.

—Además —continuó Carlota—. Esto no es ningún veneno.

Cuando Iker volvió a dirigirse a la detective, tan solo vio su vaso lleno y cómo ella salía por la puerta.

                                             …………………………………………..

Era la una de la mañana: Izaskun cerraba la ventana de su pequeño apartamento con vistas al Guggenheim dispuesta a irse a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Se acercó despacio pensando que se habrían equivocado, echó un vistazo por la mirilla y no se creía lo que veía. Enfadada, abrió la puerta.

—Pero qué cojones haces tú aquí, en mi casa. Tengo mejores cosas que hacer que aguantarte a ti. Justo ahora me iba a la cama y no tengo nada que hablar contigo.

Carlota la miró de arriba abajo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza y entró en casa de Izas apartándola con la mano.

—Veo que nunca tienes nada que decir, tan callada y modosita ella. La nueva jefa de departamento, ahí es nada. Eso sí, sin lugar a dudas, por méritos propios.

—No creo haberte invitado a entrar — pero la detective no parecía escucharla.

—No te preocupes, voy a ser rápida. Sólo quiero saber por qué mentiste y no dijiste que sí habías estado anteriormente en Colombia, aunque es una pregunta bastante absurda, teniendo en cuenta que de nuevo me volverás a contar alguna milonga extraña, así que te ahorro la tontería. El otro día, cuando llegaste al despacho de Íñigo, justo estaba hablando con el hotel que la empresa había escogido para la conferencia. Hotel que supongo que tú misma recomendarías, algo estúpido por tu parte, sabiendo que allí podrían reconocerte.

—No sé de qué me estás hablando — exclamó Izaskun.

—Ya. Su dueño me dijo algo que, tonta de mí, interpreté mal. Según él, en otros viajes ya habían escogido su hotel. Mi error fue creer que se refería a la empresa, pero esta noche he llamado a Íñigo, que no veas cómo se ha puesto por despertarlo, y me ha dicho que este es el primer año que la empresa asiste a esa conferencia. Es curioso que su dueño me dijera que tenías asignada la misma habitación de siempre.

—A ver… es verdad, ya había estado en Colombia, pero no quería que Íñigo lo supiera. He ido varias veces para estudiar la fauna, por un posible trabajo al que podría acceder. Soy bióloga y estoy ya cansada de estar todo el santo día analizando muestras de sangre; si hay algo que me encanta son los animales y, en concreto, los de esa zona. Tienes que entender que no quisiera que él lo supiera. De todos modos, es una tontería, ¡qué más dará que yo hubiera estado ya o no en Colombia! Yo no pedí que me mandaran. No me quedaba más remedio al ser la nueva jefa de departamento.

—Gracias a la muerte de Ana, no lo olvides —le recordó la detective— y sí, ya comprobé al echar un vistazo a tu ordenador, que te encantan los animalitos raros. En el historial de búsqueda, había varias páginas sobre insectos, arañas… ranas, algo que tampoco tendría importancia siendo bióloga como dices.

—Exacto, si puedo ser culpable de algo es de estudiar esos animalitos raros, como tú los llamas. Nada más.

—Tengo que decir que de tonta no tienes nada, todo lo contrario. Incluso a mí me parecía todo muy lógico, hasta que hoy, mi buen amigo Iker, me sirvió un vaso de ese veneno que él dice que me tomo todos los días. Eso fue lo que me hizo pensar… veneno.

—Y eso qué tiene que ver con que yo sea bióloga o haya estado en Colombia —hizo un gesto como si invitara a la detective a irse de su casa—.  Mira de verdad, no tengo ganas de tonterías. Hace un par de semanas que he enterrado a una de mis mejores amigas, Monika, por si no lo recuerdas. Ya está bien.

— ¿Sabes? Eso me despistó más aún. Podría llegar a pensar que fueras tan ingenua de envenenar a Ana para poder quedarte con su puesto y quitarte de encima a esa jefa que no aguantabas, pero a Monika, que de verdad era tu amiga, no tenía sentido. Recordé entonces ese panel donde dejáis anotado el trabajo que tenéis que realizar toda la semana. Y lo estúpido que sería entonces que tu amiga te llamara para preguntarte algo que estaba allí escrito. Dime una cosa… Monika te había descubierto, ¿verdad?

—No sé qué quieres decir con eso pero, o te vas o acabaré llamando a la policía —Izaskun parecía estar poniéndose nerviosa.

—No mujer, no hace falta. Primero porque yo soy la policía y segundo, porque ya he llamado yo; no creo que tarden en llegar.

—Yo no he hecho nada, no tienes pruebas, así que no intentes tirarte un farol conmigo.

Justo en ese momento, dos policías de uniforme entraron en la casa de Izaskun. Se acercaron a ella y sin mediar palabra le dijeron:

—Señorita Izaskun, queda usted arrestada por el asesinato de Ana y Monika.

—¡Pero qué están diciendo! No le hagan caso a esta loca. La ha tomado conmigo y ahora les hará creer que soy una asesina.

—Más bien lo demostraré. Deberías saber que no existe el crimen perfecto, guapa — dijo la detective guiñando un ojo—. Mejor que estés calladita. Ya sabes eso de que todo lo que digas bla bla bla. No hace falta que diga más.

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A la mañana siguiente, en DNA BLOOD, nadie sabía aún lo que había pasado, cuando pudieron escuchar de nuevo el ruido de la moto de Carlota parándose frente al edificio. Todos vieron como entraba al laboratorio con unas hojas en la mano y, sin decir nada, entraba al despacho de Íñigo.

—Pero bueno… no sé qué hace usted aquí, pero va siendo hora de que aprenda a llamar antes de entrar.

—Así es como se resuelve un asesinato por infarto — dijo irónicamente tirándole unos papeles sobre la mesa.

Durante varios minutos Íñigo miró los papeles sin creerse lo que estaba leyendo. En ellos venían todos los detalles de lo que había ocurrido: los anteriores viajes de Izaskun a Colombia, su llamada a Monika el día antes de su muerte, todo su interés por esos animales exóticos, y una captura de pantalla de una de las búsquedas que ella había hecho en el ordenador. La página de una rana típica de Colombia, la Phyllobates terribilis, más conocida como la rana dardo dorado, de la que se podía extraer un fuerte veneno llamado batracotoxina.

—Como puede leer ahí, esa especie de rana no genera el veneno si es criada en cautividad, y solo se puede conseguir en las que se encuentran en la propia selva. No lo hemos comprobado aún, pero estoy segura de que, en ese viaje a Colombia, cuando investiguemos un poco, veremos que su querida Izaskun hizo algún viajecito a la selva para poder traer más de ese veneno, que como sabrá, ya que es tan listo, puede producir la muerte por paro cardiaco a quien lo ingiera en una mínima dosis.

La cara de Íñigo era todo un poema. Se reclinó en la silla dejando caer las hojas sobre sus piernas, frotándose la cara con las manos antes de mirar a Carlota.

—La verdad,  que no sé qué decir.

—Con esa cara ya lo ha dicho todo — dijo la detective dándose la vuelta y abriendo la puerta de su despacho para irse y asegurándose que todos los que estaban en el laboratorio pudieran escucharla—. Ya puede decirles a todos por qué su gran compañera no ha venido hoy a trabajar, ni lo hará por mucho tiempo.

                                              …………………………………………….

Aquella noche, Carlota se bebió un par de bourbon más de lo habitual, charlando con Iker como solía hacer.

—Hoy pareces más animada que ayer —dijo sirviéndose una copa para él—. Hasta te voy a acompañar tomándome un veneno de estos. De todos modos, ya es tarde y tengo que cerrar , no pasa nada porque me tome uno y le haga compañía a la detective más guapa de la ciudad.

—Iker, Iker. Nunca vas a cambiar.

Carlota bebió lo que le quedaba de un trago, sacó un bolígrafo del bolso y agarró una servilleta de la barra para escribir algo y se fue mirando al camarero a los ojos.

El camarero giro la servilleta justo en el momento que ella salía por la puerta, escrito con una perfecta caligrafía, pudo leer una dirección y dos palabras que jamás pensó que escucharía decir a la detective: “No tardes”.

Al final tenía razón, y sería ella quien lo llevaría a la cama.

Jesús Cernuda

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Crimen Imperfecto

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Género: Poesía

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Milagros Morales García. La ilustración es propiedad de Daniel Calamargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Crimen imperfecto.

Ilustración de Daniel Camargo

Sentí el filo penetrante de la indiferencia
en mi carne
y me desangré en silencios
lacerantes y oscuros,
sin comprender el por qué
de tu daga.

Cuando moría, lentamente
recordaba tus besos
mientras te retirabas exultante.

Pero tu crimen ha sido imperfecto
porque no han podido
con mi alma
y en ella grabadas quedan para siempre
tus pérfidas huellas.

Milagros Morales García

CSI

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector/a: 

Género: Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 CSI.

Luna Wald había dejado el servicio activo como comandante de naves interestelares y había regresado a la Tierra a vivir la buena vida que le ofrecía una propuesta surgida de los altos jefazos del CSI, o sea, el Cosmology Scientific Institute como consejera adjunta del staff del Instituto en cuestión.
Luna había aparcado su nave Astrea y se había llevado a su querido robot, Rusty 7464, a vivir cona ella.
Había tomado una sabia decisión.
Después de la trepidante aventura con la que alcanzó una fama cosmológica y sideral (nunca mejor dicho) decidió cambiar de aires, cambiar de vida, y tomarse un descanso bien merecido.
El descanso se prolongó y Luna tuvo una interesante y productiva charla con su jefe, el general McConanghey, de nombre Avitzedek, tan sencillo y fácil de pronunciar como el apellido.
En la charla estaba también presente –entre otros– el doctor Armstrong, director científico de la última misión de Luna.
Llegaron a un acuerdo y Luna sería relevada de su responsabilidad como comandante y entraría a formar parte del equipo del CSI.
El Instituto se hallaba en un imponente edificio acristalado de forma circular de 101 plantas desde el que se dominaba todo el skyline de Megalópolis.

Ilustración de José Vicente Santamaría

En su despacho amplio y espacioso, Rusty se afanaba por ordenar unos volúmenes muy preciados para Luna.
Formaban parte de su equipaje profesional y sentimental.
Eran las incidencias de su viaje a Nibiru.
Todo lo acontecido. Y como regalo especial para ella y para el robot Rusty, los responsables de la misión habían decidido crear en papel la aventura espacial que había finalizado con éxito al rescatar a los comandantes Carter y Popovich.
Hay que decir que Luna y Carter habían vivido una corta pero apasionada relación y que eso había puesto muy celoso a Rusty.
No tragaba al comandante Carter ni en pintura.
Siempre le había caído fatal.
A Luna le daba mucho la lata, y no porque el pobre Rusty pareciera un bote de espinacas, sino porque le decía que Carter era un capullo narcisista y soplagaitas.
Al final rompieron su relación y cada uno por su lado, lo que alegró mucho a Rusty.
Pero Rusty no era tonto. Sabía que más tarde o más temprano encontraría a un hombre digno de ella y él se quedaría para servirles el té y anunciarles las visitas.
A Luna le encantaba una vieja, viejísima serie de televisión; una antigualla que precisamente se llamaba   CSI como el instituto para el que trabajaba.
En concreto, le molaba mucho el jefe de los investigadores del Laboratorio Criminalístico, un tal Gil Grissom que, según Rusty, andaba arrastrando las piernas, que encima tenía arqueadas.
El caso era dar por saco con los hombres que le interesaban a Luna.
En una pantalla reluciente, Luna disfrutaba de uno de sus episodios favoritos de la serie CSI.
En ese episodio, Grissom tenía su primer encuentro con lady Heather, una exuberante y misteriosa mujer que regenta un club de sadomaso.
A Luna siempre le había gustado mucho más Lady Heather que la desgarbada Sara Siddel.
Enseguida hubo química entre ambos, y eso le encantaba a Luna porque en el capítulo titulado: ‘Esclavas de Las Vegas’, Grissom y lady Heather se miraban de una forma muy especial.
― Siempre pensé que el Grissom y la Lady Heather se enrollarían a tope en la serie.
― Yo también. Menudo morbazo que tiene la señora esa con el top negro y esa cara de vicio…
Rusty colocó la taza de café de Luna sobre la mesita.
― ¡Qué mal me sentó que volviera con la dentona de la Siddel! Exclamó Luna, sorbiendo un poco del delicioso café que le había preparado Rusty.
― A mí también, la verdad. El Grissom me decepcionó mucho. No solo me decepcionó, es que pensé en ese momento que era un gilipollas.
― Fíjate, Rusty, que entre los dos podrían haber terminado con muchos crímenes imperfectos ¿no crees?
― ¿Por qué crímenes imperfectos?
― Pues porque crimen perfecto no hay ninguno.
― Yo sí que podría cometer un crimen perfecto.
Luna miró a Rusty con los ojos muy abiertos.
― ¿Tú? ¿Y cómo?
― Bueno, no voy a entrar en detalles, pero me cargaría perfectamente a la ‹‹pataslargas›› de la Siddel. Hay muchas maneras de cometer un crimen perfecto, aunque sea  con técnicas imperfectas.
― ¿Y por qué no un crimen imperfecto con técnicas perfectas?
― Porque entonces no sería un crimen perfecto.
Rusty parecía estar un poco impaciente por acabar la conversación ya que estaba loco por ver aparecer en la pantalla a Lady Heather.
― ¿Y no vas a hablarme de algunas de esas técnicas perfectas?
― No. Ahora vamos a ver a lady Heather y al Grissom, que echan chispas en la pantalla.
Luna tomó el mando, paró la imagen, se levantó y encendió unas velas.
― Es para dar más ambiente.
― Justo lo que yo estaba pensando. Seguro que te gustaría ver el episodio con un tipo como el Grissom.
― ¿Y a ti no te gustaría verlo con alguien como lady Heather?
― Oye, no vamos a empezar otra vez. ¡Mira, mira, cómo baja las escaleras para abrir la puerta! ¡Qué pedazo de tía!
Lady Heather, de negro, le echa un vistazo a Gil Grissom.
La atmósfera se transforma.

Nota de la autora:
Los principales personajes de esta historia, Luna Wald y el Robot Rusty 7464, aparecen en el relato Huida de Nibiru de la 10 convocatoria de Surcando Ediciona.

Paloma Muñoz
23 enero 2017

19ª Convocatoria: Magia y hechicería

Magia y hechicería

Ilustración de Marta Herguedas

Calaveras y diablitos,
como cantan mis pulqueros,
vengan todos a mi encuentro
en el Día de los Muertos.

Postrarme a la Santa Muerte
agradecida y plena
por mis pecados negros
y por los que vengan.

Rendirme a la macumba
con velas, flores y cigarros
y un gallo de muerte herido
que resbala de mis brazos.

Clavar mi espada de costurera
una y mil veces, si quisiera
renacer de mis cenizas
y tomar tu alma entera.

Cortar mi mano hasta hacer sangre
para unirla con la tuya,
ser la voz que te susurra
que te calma, que te arrulla.

Habitar tus pesadillas,
beber todos tus sueños,
saber que solo yo
tengo el control de ellos.

Prometido el paraíso
a cambio de mi condena
una vida que a la tuya
quieras o no se encadena.

Devorado por hormigas
corazón envuelto en seda
es mi alma la que grita
a mi ansia… que no ceda.

Sandra Cuervo

Colette

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: +13

Este relato es propiedad de Sandra Cuervo. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colette.

Mientras se llevaba la taza de café bien cargado a los labios, M. ojeó el calendario. Pronto se cumplirían tres meses desde su llegada a la ciudad. Recordó su alegría cuando encontró aquel pequeño local a pie de calle, frente al puerto, rodeado de tiendas, restaurantes para turistas y bares de mala muerte.

La anterior inquilina, una joven pintora, había arreglado la trastienda como si de un diminuto apartamento se tratara. Según el dueño, la chica, alegre y despreocupada, había llegado con el firme propósito de quedarse, y rápidamente se había ganado el afecto de los lugareños, a los que a menudo retrataba en sus cuadros.

Pero algo, posiblemente que el negocio no fuera bien como aparentaba, había hecho que la joven se fuera de forma repentina, sin pagar, dejando allí los cuadros y sus propios enseres. El propietario intentó localizarla, sin éxito; así que repartió algunos cuadros entre el vecindario. Los retratos en los que aparecían personas que no conocía, los dejó apilados en la trastienda, no fuera que algún día se los pudieran reclamar.

Es entonces cuando M. aparece en escena. Después de muchos años siguiendo a su madre por varias ciudades, con mejor o peor fortuna, de aprender de ella primero y de cuidarla y enterrarla después, se dio cuenta de que lo único que le apetecía era partir de cero en una pequeña ciudad costera, dedicándose a lo que mejor sabía: predecir el futuro.

M., la hija de la nigromante, la echadora de cartas, la bruja, la adivina, la vidente. La hija de una mujer que se había atrevido a cambiar el futuro de sus clientes y que, a cambio, parecía haber absorbido el mal que había desviado de los otros. La misma mujer que durante sus últimos años había encadenado una enfermedad tras otra, aparentemente sin relación entre sí, acabando sus días entre desvaríos y haciendo prometer a su hija, en sus escasos momentos de lucidez, que jamás recurriría a la magia negra para cambiar el destino de nadie. Eso, y que nunca consultaría su propio futuro, para evitar la tentación de querer cambiarlo. A M., que había asistido desde bien pequeña a los rituales de su madre, aterradores y atrayentes por igual, no le costó en absoluto cumplir su promesa.

Tres meses que se le habían hecho largos…, infinitos. Adaptarse a una vida tranquila y ordenada en ocasiones puede ser difícil, sobre todo en soledad. Pero M. estaba decidida, y aunque las primeras semanas no hablaba con nadie y notaba el recelo de sus vecinos, poco a poco iban llegando los primeros saludos y presentaciones, las conversaciones sobre el tiempo y hasta algún chismorreo.

No tenía amigos y hasta entonces tampoco los había echado en falta. La presencia de su madre lo había llenado todo. Pero ahora, que ya no estaba, se daba cuenta de que quizás, solo quizás, el mundo exterior y algunas de las personas que lo poblaban, despertaban en ella una curiosidad hasta entonces desconocida.

Como toda médium, era plenamente consciente del estado de sus facultades desde que se levantaba. Por supuesto, no podía decírselo a nadie. Se trataba de sacar adelante un negocio, y de paso, su vida.

Desde hacía unos días, venía notando una falta de sensibilidad y concentración como pocas veces había sentido. El don de la clarividencia, como le había explicado su madre y, mucho antes, su abuela, era caprichoso: se debilitaba, desaparecía… o volvía de forma abrupta en el momento más impredecible. Ellas le habían enseñado que, en esos momentos de ceguera, lo mejor que podía hacer era seguir con su vida, con sus clientes, sacando su parte más observadora y amable, para ganarse la confianza del consultante y así obtener un poquito de información que le ayudara a dar forma a ese tan anhelado futuro. No le resultaba difícil, pero prefería las imágenes claras y precisas que acudían a su mente con la sola visión de una carta cuando estaba en plenas facultades.

La mañana discurría tranquila, con el calor sofocante de julio abriéndose paso, inexorable, minuto a minuto. A la tienda sólo se habían acercado tres mujeres: dos, para consulta, y otra para comprar hojas secas de damiana y bayas de enebro. M. le sugirió no dejarlas hervir, enfriar y servirlas mezcladas con un poquito de vino tinto. La mujer, una cincuentona de buen ver, entrada en carnes y embutida en un vestido floreado, esgrimió entonces una sonrisilla entre cómplice y avergonzada, le dio las gracias y salió por la puerta con paso firme y decidido.

M. empezó entonces a alinear las velas. Estaban dispuestas según su finalidad, en una estantería alejada del escaparate. Al primer vistazo parecían un alegre decorado de manchas grandes de todos los colores, pero al acercarse llamaban más la atención las formas sugerentes de algunas de ellas. Apenas trabajaba con ellas, ni con las pócimas, hierbas y aceites que llenaban su escaparate, pero le daban un aire de misterio a la tienda que a la gente le gustaba, y a menudo, ganaba más vendiéndolas que con las cartas.

Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando la puerta se abrió. Lo hizo tan rápido que la campanilla apenas tuvo tiempo a tintinear. Se trataba de un hombre alto, de unos cuarenta años, limpio y bien vestido. Cada vez que un hombre acudía a ella, debía agudizar especialmente su capacidad de observación. Solían ser más parcos en palabras que las mujeres y aun cuando las cartas, a veces, hablaban de más, M. se quedaba a menudo con la sensación de no saber realmente qué habían ido a buscar allí.

—Buenos días, señorita… —dijo el hombre, irrumpiendo en los pensamientos de M.

—Buenos días. ¿Qué desea? —contestó M. echándole un segundo vistazo para seguir obteniendo información. Tenía sus dudas.

—En realidad…, he venido por curiosidad. Conocía a Colette, la pintora. Y me ha llamado la atención ver en qué se ha convertido su tienda. No es que yo crea en estas cosas, nada de eso. Pero ya que estoy aquí, me gustaría que, si fuera posible, me contara cosas de mi futuro. ¡Le prometo que si acierta, empezaré a creer! — comentó el desconocido con una sonrisa.

—Muy bien. Pues si le parece acompáñeme y siéntese —le indicó M. mientras caminaba hacia un rincón en una esquina de la tienda. Una mesa con dos sillas. Sobre la mesa, un tapete de seda roja, y a su derecha, un porta incienso con tres varillas humeantes que, unido a su aroma, conferían un ambiente ligeramente hipnótico a la estancia.

Ilustración de Veronica Lopez

Se sentaron uno enfrente del otro. M. abrió el cajón y observó las barajas. Tenía varias, cuidadosamente ordenadas. Pensó durante unos segundos y finalmente se decidió por una en concreto. Antigua, con los bordes desgastados, pero su favorita. A su lado, dentro del cajón, también guardaba un abrecartas de su madre, que conservaba a modo de talismán.

—Usaremos el Tarot de Marsella. Ahora le ruego silencio, voy a barajar. Empezaremos con una tirada general. A partir de ahí, nos centraremos en lo que a usted más le preocupe.

Mientras barajaba y mezclaba las cartas, se fijó en el hombre con más detalle. Llevaba una camisa blanca impoluta, bien planchada, con el primer botón desabrochado. Estaba bastante bronceado, así que se fijó en las marcas más claras de un anillo y de un reloj que en ese momento no estaban. El hombre pareció darse cuenta y le sonrió. Sus dientes eran blancos, bien alineados. Al gesticular, pequeñas arrugas se asentaban alrededor de sus ojos claros.

Posó las cartas sobre la mesa en una pila y le pidió a su cliente que la dividiera en tres montones con la mano izquierda. Le dio a elegir uno. Él eligió el del centro.

M. empezó a repartir las cartas boca arriba sobre la mesa. Dieciséis cartas: cuatro filas por cuatro columnas. Se tomó un momento para interpretarlas. Era una tirada extraña, con muchas cartas invertidas. Intentó tranquilizarse, mostrarse serena. Que el consultante no apreciara su nerviosismo. No estaba segura de conseguirlo.

—¿Por qué aparece la muerte, señorita? ¿Voy a morirme? —preguntó el hombre, abriendo más los ojos. Estaba claro que aunque no creyera, la sola visión de esa carta le incomodaba.

—No. Tranquilo —se apresuró a responder M. en tono templado—. El arcano XIII, la Muerte, aparece muchas veces como un símbolo de cambio, de renovación. Ese es su caso. Si le parece, comenzaré hablándole de su presente. Así podrá comprobar si voy por el buen camino…

—Me parece… bien.

—Veamos —prosiguió M. sin siquiera mirarle. Estaba notando que las cartas volvían a revelarle sus secretos—. La Luna indica que es un navegante, el Rey de Copas, que es conocedor de leyes y comercio. Carismático, ambicioso…

—Si sigue así conseguirá que me sonroje —interrumpió el desconocido.

—No, hay más. Aparecen dos mujeres: una es su esposa; la otra, una joven desgraciada. Debe tener cuidado si desea salir airoso de la situación. La carta de la joven aparece invertida. Eso indica desolación por promesas incumplidas. Un punto de no retorno… Al final aparece un breve encuentro con una tercera mujer…

— ¡Basta ya! ¡Suficiente! No quiero saber más. Ha sido una mala idea venir aquí —volvió a interrumpir él, esta vez visiblemente contrariado.

M. notó cómo el hombre hacía esfuerzos por controlarse. ¿Ira? ¿Nerviosismo? Aún no lo tenía claro.

Rápidamente, el desconocido sacó un par de billetes del bolsillo de su pantalón y los arrastró encima de las cartas, moviéndolas. Al segundo ya se había ido, dejando a M. tan descolocada como su baraja.

La tranquilidad de la mañana se había visto interrumpida en apenas unos minutos. M. se levantó, le vio alejarse y volvió a su mesa. Las cartas mezcladas hacían imposible que pudiera seguir leyéndolas. Sin embargo, sabía que una tirada jamás debe quedar inconclusa. Así que volvió a barajar mientras la imagen de la mujer joven acudía a su mente cada vez con mayor claridad.

Esta vez la tirada era aún más reveladora: la carta de la joven, la Sota de Copas, aparecía rodeada de cartas fatales, todas ellas invertidas. El Mago, los Enamorados, la Torre, el As de Espadas, la Muerte… Nunca en su vida se había encontrado con una combinación semejante.

La Sota de Copas. Quizá una artista, pero con toda seguridad una mujer joven, enamorada, que toma decisiones equivocadas, obsesiva. Seducida y arrojada a la Muerte por el Mago. Agua.

Casi sin pensar, M. se dirigió corriendo a la trastienda con el abrecartas en la mano. En una esquina, en una caja que nunca ha desprecintado, estaban apilados algunos trabajos de la anterior inquilina. Rompió la cinta con el abrecartas y sacó un par de óleos y un montón de láminas. Tal vez bocetos que nunca llegaron a convertirse en cuadros. Animales, barcos, el mar, personas en la lejanía… Una joven de pelo negro y ojos grandes y oscuros se repite. La mayoría de las veces aparecía seria; otras, acurrucada. M. se dio cuenta de que eran autorretratos. En otra, la misma mujer, esta vez abrazada a un hombre al que no se le ve la cara, solo el torso desnudo y una mano con anillo. En todos, una firma: Colette. Siguió revisando. Había también retratos de un hombre. En color, en carboncillo. No era difícil darse cuenta de que todos eran el mismo: en la playa, en un barco, sentado en una cama…, algunas veces emborronados; un hombre aún joven, de ojos claros, con unos rasgos familiares. Tanto que le había tenido enfrente hacía unos minutos.

M. se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que se escapaba desde su garganta.

La Sota de Copas… ¡Colette!

Recordó la tercera mujer aparecida en la tirada, la Sota de Espadas que no había tenido tiempo de interpretar. Corrió hacia la mesa para averiguar más. En solo unos segundos la puerta de la tienda volvía a abrirse.

Era el mismo hombre, con la cara desencajada. Se le acercaba, pero M. no podía retroceder más; la mesa, a su espalda, se lo impedía.

—¿Qué es lo que sabes? —le pregunta acercando su rostro a escasos centímetros de M.

—Todo —responde ella, con la mirada fija en aquellos ojos verdes que habían enloquecido a Colette.

El hombre le rodea el cuello con las dos manos. Aprieta tan fuerte que M. apenas puede respirar. De repente, el hombre lanza un gemido y la suelta. Se lleva la mano al costado derecho, ensangrentado, donde M. le ha clavado el abrecartas. Da un par de pasos hacia atrás y de desploma.

M. se le acerca, inexplicablemente tranquila. Se agacha y susurra al herido, que yace en el suelo y respira cada vez con más dificultad:

—No me dejó decirle que yo soy la tercera mujer. La desconocida que irrumpirá en la vida del Mago para unirle de nuevo a Colette.

M. se levanta y gira en dirección a la nada.

—El futuro está escrito. No seré yo quien lo cambie.

Sandra Cuervo