3ª convocatoria: Seres de la Noche

Portada de la 3ª convocatoria, de Patricia Yuste

Autora: Patricia Yuste

Al caer el sol, el mundo que conocemos se transforma en un lugar mágico, repleto de seres increíbles y, a veces, de peligros insospechados. Es el reino de la noche, habitado por criaturas que van más allá de la imaginación, y aventuras que recordarás para siempre. Entra en esta tercera edición del e-zine y deja que las palabras y las pinceladas de nuestros autores sean las estrellas que te guíen.

Ilustración de presentación a cargo de Patricia Yuste, todos los derechos reservados.

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Tres miradas nocturnas

Autora: Chus Díaz

Ilustradores: Susana Rosique y Rafa Mir

Corrector: Federico G. Witt

Género: microrrelatos, fantasía, intriga, humor

Estos cuentos son propiedad de Chus Díaz, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Susana Rosique y Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

TRES MIRADAS NOCTURNAS

 Luna

Cuando Luna sale a escena, blanca y pletórica, todos se fijan en ella. Unos la admiran y lanzan suspiros poéticos, inspirados por su belleza. Otros la envidian y urden terroríficas leyendas a su costa. Se diría que a Luna, radiante en su teatro nocturno, le halaga tanta atención. Pocos conocen la verdad; a casi nadie ha dejado ver su cara oculta. Luna detesta el protagonismo: prefiere pasar desapercibida y ser ella quien observe a su público.

La cara oculta de Luna es tímida y un tanto voyeur. Le gusta espiar el mundo a través de una mirilla secreta abierta en medio del cielo. Desde su escondite, sigue los pasos de los seres que habitan la noche. Astrónomos curiosos, búhos sabiondos, juerguistas noctámbulos, niños insomnes, lobos transformistas, amantes cariñosos…; todos, tan pequeñitos ahí abajo, tienen encanto para ella. A veces, algún soñador desvelado sale a la terraza para observar el cielo con su telescopio. Si, por casualidad, localiza la mirilla y sorprende a Luna espiándole, ella le guiña un ojo cómplice y sonríe con travesura.

Luna juega a descubrir la vida de esos seres pequeñitos. Trata de imaginar su destino y su procedencia. Intenta adivinar cómo se llaman, qué libros leen o cuál es el sabor de su helado favorito. Algunas noches, si se siente creativa, inventa historias mágicas sobre ellos.

Hoy, por ejemplo, se fija en una mujer que camina sola en plena ciudad. Luna deduce que los dedos fríos del otoño le hacen cosquillas en la nuca, porque acaba de subirse el cuello de la chaqueta. Se dirige con paso decidido a un callejón oscuro. Si avanza con tanta prisa, no hay duda: seguro que acude al encuentro de su amor.

Desde su escondite, hoy es Luna quien lanza suspiros poéticos presintiendo escenas de lo más bellas. Y es que su cara oculta es una romántica sin remedio.

Ilustración Rafael Mir

Ilustración Rafael Mir

Ella

Un callejón solitario. Noche sin luna a finales de octubre. Ella avanza con paso apresurado, ignorando el frío que le araña las mejillas. Sus manos, en los bolsillos. Las llaves, en su mano izquierda, preparadas para abrir en cuanto llegue al portal.

Nunca ha temido volver sola a casa. Esta noche, sin embargo, algo le hace estar alerta. Cree que la observan. Aprieta las llaves dentro del bolsillo: se siente más segura así. Como si ellas pudieran protegerla de cualquier peligro.

Un cosquilleo en su nuca. No sabe si lo causa el frío o esa extraña sensación que la persigue. Recorre el callejón atenta a cualquier movimiento. Le parece oír un sonido ajeno, pero descubre que no es más que el eco de sus propios pasos.

Aun así, está intranquila. Agudiza sus sentidos mientras sigue caminando. Detecta otro ruido, y entonces comprende que no es su andar lo que oye ahora. Es algo más ligero, que se mueve con sigilo entre las sombras. Su corazón se acelera.

Un movimiento rápido, casi imperceptible. Cuando quiere darse cuenta, se ha plantado frente a ella: es un gato negro, negrísimo como la noche. Sus miradas se cruzan. El gato la observa, desafiante. Ella se pone en guardia, precavida. Instantes interminables. Entonces el gato pierde interés y sigue su camino. Ella respira hondo, pero su corazón late a mil.

Avanza rápido. Quiere llegar a casa cuanto antes. Saca las llaves del bolsillo, decidida a utilizarlas como arma si alguien la ataca.

Un último paso hasta el portal. Lanza miradas de reojo a ambos lados. Sigue con esa incómoda sensación de estar siendo observada. Ahora es incluso más intensa. Le tiembla la mano. Casi no atina con las llaves, pero al fin logra introducir la correcta en la cerradura.

Le sorprende un nuevo ruido justo cuando empieza a abrir la puerta. Algo golpea el suelo. Se asusta. Entra en casa tan rápido como puede. Cierra de un golpe. Se lanza a toda prisa escaleras arriba.

Su carrera precipitada le impide escuchar un maullido.

Ilustración Susana Rosique

Ilustración Susana Rosique

Gato

«¿Cómo puede un gato llevar una vida de perros? Paradojas del destino», reflexiona el minino mientras camina. No aguanta más al viejo hechicero para el que trabaja. Horas extra a manta, reproches expresados a gritos y un sueldo con el que apenas alimenta a su familia. Le gustaría cantarle las cuarenta bien cantadas, pero no está la situación como para ir perdiendo empleos. La crisis también afecta al negocio de la hechicería.

Arrastra las patas con cansancio. No ve el momento de llegar a casa y dar un lametón a su mujer. «Los pequeños ya deben de estar durmiendo. Me estoy perdiendo cómo crecen», se lamenta el gato. Está tan sumido en sus pensamientos que no ha visto a una mujer acercarse por el callejón. Cuando repara en ella, es demasiado tarde para reaccionar.

Los gatos negros suelen esconderse para evitar enfrentamientos con los humanos. Existe un acuerdo formal entre los miembros oscuros de la comunidad felina. Reconocen que son mágicos, y de ahí que trabajen con hechiceros; pero en ningún caso provocan mala suerte. Les gustaría explicarlo, aunque no saben cómo justificarse sin que los humanos descubran que saben hablar y que son muchísimo más inteligentes que ellos. Discuten en asambleas la mejor forma de organizar una campaña para limpiar su imagen. Por ahora, las autoridades gatunas recomiendan esquivar situaciones conflictivas.

En un acto de rebeldía felina, el minino decide ejercer su derecho a moverse libremente por una ciudad que también es suya. No es cierto que cause mala suerte, así que no tiene nada de lo que avergonzarse.

Cuando gato y mujer se encuentran, se produce un duelo de miradas. Él puede leer el terror en los ojos de ella, y eso le satisface. «No es nada personal, bonita, pero te ha tocado», se dice, sin dejar de observarla con aire desafiante. Está harto de que le acusen de cuentos de viejas. Está harto de que le discriminen por ser oscuro y nocturno.

Tras unos segundos, el gato cede. Deja de torturar a su víctima. La mujer se aleja con paso rápido; él sonríe, malicioso, y sigue su camino en sentido contrario. Entonces, sin saber cómo, tropieza y se da de bruces contra un contenedor. Una caja de cartón se cae y rebota en su cabeza antes de llegar al suelo. «Para que luego digan de los gatos negros», se queja, dolorido. «¿No serán los humanos quienes traen mal agüero?».

Ese dolor agudo es la chispa que enciende la mecha. La tensión acumulada durante la jornada no tarda en estallar. El minino se gira para mirar a la mujer, que desaparece ya en uno de los portales. Con toda la rabia posible, grita: «¡¡¡BRUJA!!!».

En la penumbra

Autora: Olga Besolí

Ilustradores: Fernando Halcón y Julio Roig

Corrector: Elsa Martínez

Género: terror (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Fernando Halcón y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EN LA PENUMBRA

Solo puede existir la luz allí donde antes hubo oscuridad. El mundo se compone de luces y sombras, aunque nadie ose proyectar su mirada hacia la penumbra. Por miedo unos, por respeto los otros, todos somos seres que buscan permanentemente la luz. Invadimos de neones, focos, farolas, semáforos, lámparas y bombillas nuestra existencia nocturna, en un intento desesperado de convertir en un falso día, mediante la electricidad, nuestras horas más oscuras y frías. Hasta la llegada de un nuevo amanecer. Entonces la ciudad despierta ruidosa y atareada, bajo los primeros y mortecinos rayos solares que traspasan la espesa neblina de gases y contaminación que flota sobre nuestras cabezas. El tráfico ensordecedor impone ritmo al paso ajetreado de los transeúntes que, como hormigas dentro del hormiguero, dan movimiento al engranaje de este inmenso cementerio de argamasa y cristal. Tan intenso es el tráfico que ni un aparatoso accidente mortal detiene ese goteo ininterrumpido de idas y venidas, de miradas ausentes, de rostros inexpresivos, de zapatos que sortean sin ningún recato los adoquines incrustados de sangre fresca y fragmentos de huesos. En esta gran urbe, la gente padece ceguera ante todo lo que le rodea, ante la fealdad o la belleza, ante la maravilla o el horror. No existe el pánico, tampoco la felicidad. Todos tienen prisa, pasan, te adelantan, te golpean, te ignoran. No son nadie. Tú no eres nadie para ellos. Transparente como el cristal de los ventanales. No te ven. No se arriman. No se asoman.

Pero yo si puedo verlos a ellos. Sé que son personas de ojos ciegos y vidas vacías. Caminan siguiendo las luces que ellos mismos han construido. Verde, rojo, naranja. Caminar, parar, caminar. Son cáscaras huecas con forma humana que siguen su propia inercia. Por no sentir, no sienten ni la vida misma, de la que ni siquiera son dueños. Andan como muertos por dentro, dormidos. Son Zombis de alma ausente. Y no quieren despertar. Prefieren permanecer embobados en ese sueño de la existencia simple, dónde hay que correr mucho para llegar a ninguna parte; donde impera la mediocridad rutinaria.

Por eso temen tanto la oscuridad. Porque aviva los sentimientos que permanecen dormidos bajo la amarillenta luz del día, y resucita los otros sentidos, aquellos que no tienen nombre; los que te permiten observar sin ver, escuchar sin estar cerca, prever sin deducir, conocer sin haber estudiado. Los que yo domino. Desde siempre. Pero no soy una excepción ni un monstruo. Soy tan humana como los demás, aunque, por razones que todavía no entiendo, nací con los sentidos abiertos, todos.

Yo me muevo bien entre las sombras. Ellas me muestran a los verdaderos seres que habitan en esta ciudad. Aquellos que realmente están vivos. Y los puedo escuchar dentro del silencio que acalla todas las voces. Gruñen. Gritan. Se desplazan con destreza. Controlan a los humanos en cuanto entran en contacto con ellos.

Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Los llamo “los gatos negros”. Aunque no maúllen. Pero tienen su mismo tamaño y color. Son seres de forma cambiante, indefinida. Aparecen repentinamente de la nada, como nubes oscuras de gases comprimidos que se deslizan a ras del suelo. Atacan con garras, uñas y dientes inexistentes aquello que encuentran a su paso, pues son seres malignos y de bajo astral. Provocan heridas que tardan en cicatrizar. Y duelen. También se infectan fácilmente, pues la maldad es contagiosa. Hay que tener mucho cuidado con ellos, son peligrosos. Se pueden vislumbrar de reojo, mientras se meten en los bajos de una escalera por la que un niño empujará a otro; o colándose por una ventana de la que, segundos después, saldrá un televisor volando que terminará estrellándose contra el suelo; o entrando en aquel portal desde donde, de repente, se oirán golpes y gritos. Las noches de luna de sangre ofrecen el escenario perfecto para su aquelarre particular. Entonces los seres humanos caen por doquier bajo su dominio.

Luego,  al día siguiente, todos los noticiarios coincidirán en que “la locura se apoderó ayer noche de los ciudadanos, debido a la influencia magnética de la esplendorosa luna llena, provocando un grave aumento de los asesinatos, atracos, violaciones y actos vandálicos perpetrados contra la propiedad urbana, con un número total de víctimas que asciende a….”. No fue la locura, fueron los “gatos”. Llenan con su energía maléfica todo aquello que esté vacío. Y todos los habitantes de esta ciudad están huecos por dentro. Todos salvo unos pocos privilegiados. Como nosotros. Por eso hemos formado nuestro pequeño escuadrón nocturno. Durante el día no somos nadie, solo unos más entre la muchedumbre, pero al entrar la noche mostramos nuestra verdadera identidad. Somos cazadores de “gatos”.

Hoy la luna se ha vuelto a teñir de rojo. Significa que toca batida. Habrá un exterminio entre las sombras. Y los habitantes diurnos no se enterarán de nada. Como siempre. Seguirán dormidos; ciegos y sordos a todo cuanto les rodea. Hasta el día de su muerte. O quizás incluso mucho después…

Ilustración de Julio Roig

Ilustración de Julio Roig

Mientras corro al encuentro de mi grupo, pues ya está avanzada la noche, me cruzo con el atropellado de esta mañana. Sigue en la calzada, de pie, sobre el paso de peatones donde fue arrollado, pisando sus propios restos de sangre seca. Él, como otros, permanece enganchado a los eternos neones de la metrópolis. Parece confundido. En los próximos días vagará perdido por las calles de esta ciudad, a no ser que alguien lo encuentre y lo guíe. Es poco probable que eso ocurra. Seguramente terminará como los demás, como los miles de fantasmas que transitan por las calles de la urbe a la noche. Se chocará con los otros, se entrecruzaran, pero no se darán ni cuenta. Los espíritus perdidos en la oscuridad son muchos, demasiados, pero se creen entes solitarios, pues no pueden verse entre ellos. No cambian tanto de cuando estaban vivos, cuando eran ciudadanos diurnos, salvo que la palidez ha anidado en sus rostros y ya no siguen un rumbo fijo. Su paso ya no es acelerado. Ahora son conscientes que no saben adonde van. De vez en cuando alguno se acerca a una esquina y pregunta sin voz a una prostituta como volver a casa. Pobre hombre, no sabe que ahora es más invisible que cuando estaba vivo. Ni siquiera pertenece ya a este lado de la existencia. Aunque gesticule, no tiene un cuerpo físico con el que cortar el aire. Ya no puede mover las cosas, sino traspasarlas. Ahora no es más que un holograma desdibujado, porque él no debería de estar en este plano de existencia. Pero se ha quedado enganchado. Suele suceder. Después de toda una vida siguiendo focos y bombillas ya no es capaz de distinguir la luz más importante de su vida. O de su muerte. La que le lleva al túnel de salida. Aquella que lo sacará de la oscuridad en la que se ve inmerso. Pero ese no es mi campo, sino el del grupo de los médiums. Ellos son los especialistas en guiarlos hacia la luz, aunque no den abasto. Además, yo no tengo tiempo para él. Llego tarde y los “gatos negros” merodean por los inmuebles. Pero esta mañana lo vi morir y fui la única que lloró por su alma desconocida. Quizás con él haga una excepción. Quizás vuelva y le ayude personalmente a cruzar el umbral. Mañana, en cuanto el sol se ponga.

Durante el transcurso del día volveré a intentar aparentar ser una chica normal, aunque no podré evitar observar de nuevo los millones de transeúntes que, como autómatas, pueblan las calles y avenidas de nuestra ciudad condal. Tampoco podré evitar pensar, mientras pasee por las Ramblas y me compre un ramillete de flores frescas, que las noches serían mucho más tranquilas si todas esas personas que me rodean rellenaran ese vacío que tienen adentro con una mezcla de sentimientos, deseos, pasiones y pensamientos. También ayudaría si, aunque solo fuese por un minuto, detuvieran ese andar enloquecido y se pararan a pensar hacia dónde quieren realmente dirigir sus pasos.

Pero eso no va a ocurrir nunca.

Por cierto, no he dicho cuál es mi nombre. Mis compañeros nocturnos me conocen como Coraluna, aunque mi nombre real es Montse. Sí, un nombre común para una persona de aspecto común. Pero, dentro del mundo diurno no logro pasar desapercibida. Será la sonrisa perenne que se adivina en mis labios, o la tranquilidad con la que paseo por las calles y avenidas, o la capacidad de sorprenderme ante la belleza de esta ciudad. Por eso, casi nunca nadie me llama por mi verdadero nombre. Dentro del mundo de las luces, unos se refieren a mí con la palabra “bruja” y otros simplemente prefieren llamarme “loca”. Pero todos y cada uno de ellos, aún sin saberlo, nos deben mucho a los que velamos por ellos desde la penumbra. Al menos mientras ellos sigan estando ciegos bajo la luz del cielo diurno.

Olga Besolí

Un cuentillo sencillo

Autor: Rosina Peixoto
Ilustradores: Laura Vazval y Almudena Cockadoodledoo
Corrector: Federico G Witt
Género: cuento infantil

Este cuento es propiedad de Rosina Peixoto, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de  Laura Vazval y Almudena Cockadoodledoo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

UN CUENTILLO SENCILLO

Era viernes por la noche. La señora Ventura había llamado a la agencia de fumigación para que exterminara todo tipo de insectos que hubiera en su casa. Le resultaba muy desagradable ver cucarachas, les tenía una fobia desmesurada. Las moscas y mosquitos eran molestos. Los grillos no la dejaban dormir, aunque no sabía si quería que estos bichitos murieran, porque era muy supersticiosa y le habían dicho que matarlos traía mala suerte. Los insectos menos molestos, las polillas, le habían comido toda la ropa de invierno.

Se dio cuenta un día que decidió guardar la ropa de verano y de media estación para sacar las prendas más abrigadas. ¡Qué tristeza! Todas tenían agujeritos por doquier. Además la señora Ventura acostumbraba a guardar ropa que le había quedado chica: propia, de su marido, de sus hijos…; la iba amontonando en la parte más alta de los placares.

Los empleados de la agencia de fumigación, con máscaras y todo el equipo adecuado, hicieron el trabajo a la perfección. No se podía aguantar el olor a desinfectante, pero eso era mejor que estar invadidos por los insectos. La batalla campal había empezado. Para asegurarse de su triunfo, esta señora se había cerciorado de que no quedara una polilla, colgando bolitas de naftalina de cada percha.

Macarena era ajena a esa batalla. Le interesaba jugar a las muñecas en su habitación y salir al patio a conversar con su perro. Era una niña diferente, ya que podía entender el lenguaje de los animales.

Mientras dormía en su habitación, sintió algo que le tocaba la cara y lo sacudió con su mano. Pensó que estaría soñando, ¿o era realmente su madre, que la acariciaba? ¿No sería un fleco de la manta que la había rozado?

Extendió su manita y prendió la luz. Sobre la almohada yacía una mariposita de color marrón claro, café con leche. Se incorporó y le empezó a hablar:

—¿Qué pasa, amiguita? Pareces enferma. ¿Cómo te llamas?

—Soy Loquilla, la polilla. Sí, me siento muy enferma, intoxicada, casi muerta.

Ilustración de Laura Vazval

Ilustración de Laura Vazval

—¿Qué te ha pasado?

—Es fácil darse cuenta. Hoy de mañana vinieron unos hombres y echaron veneno por todos lados, para matarnos. Muchas de mis amigas murieron; me salvé porque pude esconderme en un dedal, adentro de un costurero. Cuando los empleados se fueron, salí medio tambaleante, un poco grogui, pero sana y salva.

—¿Quieres que te dé algo de comer?

—No, gracias. No puedo comer. Las larvas comen, yo soy una polilla adulta.

—Me siento tan triste por lo que te pasó y responsable porque mi mamá fue la que organizó todo esto…, pero estoy feliz de verte bien. ¿Me puedes explicar qué es una larva?

—Claro, amiguita. Cuando nacemos, estamos adentro de un capullo. ¿No has visto unos niditos pegados en los ángulos donde se juntan las paredes o en el techo? Esas larvas se nutren comiendo seda o algodón hasta que se convierten en adultas.

—Entonces, ¿son unos insectos dañinos? ¿Le hacen mal a la gente?

—No, déjame explicarte. En mi caso y en el de muchas amigas solo comíamos ropa que estaba en desuso, a veces guardada sucia.

—¿Cuál es la diferencia entre comer ropa nueva o vieja? Se hace daño igual.

—Mira, Maca. Soy la organizadora del grupo de beneficencia Despréndete de lo que no uses, puede servirle a otros. Queremos dejar una enseñanza. Si las personas tienen ropa guardada sin usar por más de dos años, esa ropa nunca se usará.

—Ah, comprendo. Hay mucha gente que la necesita.

—Veo que estás entendiendo. Sí, hay mucha pobreza y debemos ayudar a los carenciados. Esta es nuestra causa.

Conversaron tanto que Macarena y Loquilla se durmieron.

Al día siguiente Macarena se despertó y recordó todo lo vivido la noche anterior. Miró en su almohada, pero Loquilla había desaparecido. Con mucha tristeza se dirigió a la cocina, pronta para desayunar. La señora Ventura estaba amontonando varias bolsas gigantes llenas de ropa. Macarena le preguntó qué estaba sucediendo, parecía una nueva mudanza. Su madre le contestó:

—Ayer, de noche, tuve un sueño. Una polilla flaquilla hablaba contigo y te dejaba su enseñanza.

Ilustración de Almudena cockadoodledoo

Ilustración de Almudena cockadoodledoo

—Sí,  ¿cómo adivinaste? Era mi nueva amiga: la polilla Loquilla.

—Tengo tanta ropa guardada y hay tanta gente necesitada que pasa frío que decidí llevar esas bolsas a una obra de caridad.

Los ojitos de Macarena se le iluminaron y pudo sonreír. Sabía que tenía una nueva amiga, aunque su vida fuera efímera. Después vendrían otras parientas y más amigas. Macarena siempre recordará el sabio consejo de la flaquilla polilla Loquilla.

Informe Antropológico del CIAFIC -Madagascar

Autor: Laura Vazval

Ilustradores:Rosa García y Jesús Prieto

Corrección: Mary Esther Campusano

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Laura Vazval, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Rosa García y Jesús Prieto. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Informe Antropológico del CIAFIC -Madagascar

Por fin llegamos a la tribu, nuestros compañeros de equipo salieron entusiasmados a recibirnos. El sol  descendía suavemente por el horizonte dejando un baño de luz en el paisaje realmente romántico.

Bajamos de aquel maloliente  autobús que nos había traído desde el aeropuerto con ganas de evitar  el suplicio de tener que seguir oliéndolo, pero la bocanada de aire caliente que sentimos al posarnos no sé si era mejor que aquel diabólico cacharro que al menos inexplicablemente venia fresquito.

-Marta, Juan, ¡Nuestra parejita! Que bien que ya estáis aquí, temíamos que no llegarais a tiempo”. Andrés, nuestro jefe de equipo del Centro de Investigaciones en Antropología filosófica y cultural de España ( CIAFIC), así nos recibía, con los brazos extendidos y graciosamente vestido con una camisa y unos pantalones cortos pero anchos que ponían en evidencia aquellas piernas cual espaguetis almidonados con zapatillas.

El resto del look lo completaba con una chapela  que le aportaba su  típico rasgo de identidad vasco. Los niños de la aldea lo miraban de arriba abajo y nosotros también ¡Que pintas por Dios!, pero así era nuestro entrañable jefe, despreocupado en su exterior y enriquecedoramente  buena persona en su interior.

Después de darnos un  caluroso abrazo y la enhorabuena por nuestro enlace matrimonial, pues esa había sido la causa de no haber llegado todo el equipo junto, nos ofreció un hermosísimo ramo de flores  que un niño del poblado  a su lado escondía con las manos en la espalda. Marta se emocionó, no lo esperaba.

El resto del equipo Matías, Pelayo, Belarmino, y Olaya, nos abuchearon  con una ola  al más puro estilo futbolístico de nuestro país. Nos tiraron arroz que las gallinas picotearon apresuradamente, pues allí nada se desperdiciaba, y a hombros nos portaron cual victoriosos toreros al interior de la cabaña .La fama de pueblo ruidoso y alborotador que teníamos los españoles por el mundo una vez más estaba bien justificada.

La cabañita era todo un lujo para la zona,  aparentemente limpia y sorpresivamente  bien fresca y aireada  nos causó a Marta y a mi buena impresión. Desde luego había  una mano femenina en la bienvenida,  flores, las paredes encaladas  y un ambiente recogido y limpio.No había duda de quien había sido.

-Gracias Olaya-. Asintió devolviéndonos  una sonrisa en los labios como era habitual en ella.

Agradecidos por el refrigerio que nos habían preparado y después de descansar un poquito tranquilamente hablando, el jefe nos llamo al orden.

-A ver chicos acercaos a la mesa, tenemos que prepararnos para esta noche, ya están prendiendo la hoguera en el  poblado, en poco menos de una hora se hará totalmente de noche y  tendremos que estar todos reunidos en torno a ella.

Ya sabéis la metodología de este trabajo, ya la hemos preparado en España y ahora quiero que no se os pase nada, ni el más mínimo detalle. Tenemos un problema añadido y es que debemos retener muchos datos en nuestra memoria a excepción de Matías y Belarmino que serán los  encargados de las grabaciones de sonido y video.Los demás participaremos de la ceremonia como uno mas de ellos.

Debemos de ser muy respetuosos con sus costumbres, no hacer alardes ni espavientos que puedan confundirlos ni  malinterpretarnos. Asi que ser más bien pasivos en vuestros sentimientos, veáis lo que veáis. Intentar la empatia con el entorno que es la metodología por excelencia del buen antropólogo como ya bien sabéis.

Espero que  todos  estemos bien preparados y mentalizados para ello, este trabajo de campo a Madagascar  no va a ser diferente de otros que ya hemos hecho por el resto del mundo.Lo que  de verdad importa va a ser nuestro informe final y la experiencia que nos llevemos de aquí. Así que ¡Aupa  el CIAFIC!

Y con esta expresión tan característicamente vasca nos fuimos preparando para el acontecimiento que se nos venia encima.

Poco a poco el color del cielo se fue transformando y  la luz creadora de vida  cedió el paso a la estéril oscuridad .Llegaba así la noche en aquel poblado de Madagascar, y todo lo que había sido color, alegría y vida se tornaba gris y opacidad.Unas luces muy tenues dejaban percibir las siluetas de las chozas.

Con la oscuridad los seres de la noche no tardarían en dar signos  inequívocos de su existencia.Los malgaches  sabían muy bien de su poder y les temían tanto que al atardecer ya  encienden grandes hogueras para ahuyentarlos.

Hoy por fin íbamos a presentar lo que llevábamos tiempo anhelando, un ritual mágico de limpieza y  protección contra los espíritus de la oscuridad, como antesala de la gran fiesta prevista para mañana. Los cazadores tendrían que salir en busca de esos seres malignos que ellos llamaban” Demonios de la noche”.

Dejándonos aconsejar siempre por nuestro hombre, nos unimos a los participantes y nos colocamos en torno a la hoguera, que llameaba ya a gran altura.

Los ancianos, las mujeres y los niños sentados  en el centro y los hombres mas jóvenes  de pie en el exterior de ese circulo mágico.Andres, Pelayo, Olaya, Marta y yo nos sentamos por este orden en el interior del circulo .Nuestra posición al lado femenino causaba sorpresa pero esta era una excepción  solo para extranjeros, así que respetaron que nos uniéramos  con las demás  mujeres.

Ilustración de Rosa García

Ilustración de Rosa García

Nos acomodamos con las piernas cruzadas  lo mejor que pudimos para disfrutar  lo que nosotros considerábamos un trabajo y los  indígenas  preparados con arcos y flechas envenenadas consideraban un acto mágico religioso.Todo el mundo ocupaba el lugar que le correspondía por tradición menos nosotros  y Okalig, nuestro intérprete,  sentado a mi lado después me explicaría que para los indígenas el interior del circulo era el lugar destinado a los mas débiles, ahora comprendo las risitas que suscitábamos los hombres del equipo entre las mujeres y niños que nos rodeaban.

-Señor fíjese en sus máscaras y amuletos, todos ellos los portan  pero son diferentes de acuerdo a su rango-.Le agradecí a Okalig esa puntualización, me había pasado desapercibida.

Las máscaras imponían con su  agresividad, tenían grandes colmillos en la mandíbula inferior y unos ojos excéntricamente pintados  destinados para amedentrar a los espíritus.

-Se están preparando para ir a la caza y matar al maligno, el  “Demonio de la noche”. -No pueden permitir por más tiempo que solo un movimiento de su tercer dedo maldito   dé muerte repentina a sus seres queridos.

-Pero ¿qué es o quién es ese  ser de la noche?¿Tú lo has visto alguna vez?

Con un dedo en la boca me invitó a callar, comenzaba el rito y el silencio era primordial, así que me quedé sin respuesta.Tal era así que ahora se podían oír los  chisporroteos de la leña ardiendo…

Observé a mis compañeros tomando buena nota mental de todo lo que iba ocurriendo. Olaya y Marta se cogieron del brazo.

Comenzaba así  la ceremonia, se percibía tensión en el ambiente y en los rostros de estos hombres y mujeres que a nuestra vista parecían tan primitivos. Se miraban unos a otros con los ojos muy abiertos, sus  pieles  oscuras brillaban  a la luz de la hoguera y el que me pareció que era el brujo de la tribu por sus atuendos comenzó con unos cánticos acompasados con palmadas por el resto de los participantes. Nosotros hicimos lo mismo.

No quería  mirar hacia atrás, no quería darles el gusto de dudar de mi  hombría a todos los que estaban detrás, pero la obligación del trabajo mandaba y a expensas de ser duramente criticado, eché un vistazo hacia atrás, vi a Matías y Belarmino grabando todo el comienzo de la ceremonia y me quedé tranquilo.

Las mujeres se iniciaron con un canto que  parecía un murmullo, yo creí  escucharles  decir “ay, ay”, no lo sé, quizás era mi imaginación.

Los cánticos mágico-religiosos iban en aumento, el murmullo se hacia más intenso, más y más fuerte, se iba calentando el ambiente, el mago movía la cabeza de un lado a otro con los ojos cerrados murmurando algo en su primitivo lenguaje , bendecía con unas ramas el fuego y a todos los allí presentes, después quedó inmóvil unos segundos  y para nuestra sorpresa ,de repente,dio un salto al centro y se puso a danzar alrededor de la hoguera , giraba y giraba entorno a ella, escupiendo  y haciendo unos movimientos con las manos  por encima de las llamas, a la tercera vuelta saltaron a su lado  por encima de nuestras cabezas los aguerridos guerreros de la noche con sus arcos y flechas para armonizarse con sus  movimientos.

Los cantos de las mujeres  y niños  también se iban sincronizando  al compás que el brujo marcaba. Nuestro intérprete nos explicaba  que era un ritual mágico  de protección antes los seres malignos de la noche que ya presentían  cerca  y por ello  acrecentaban   sus  ademanes dando  grandes saltos simulando lanzar las flechas hacia el exterior, en dirección a los altísimos árboles circundantes , a la vez que impropiaban gritos  de amenaza.

Se repetía una y otra vez. Impresionaban sus feroces tatuajes pintados para la ocasión confiriéndoles un aspecto terrorífico .Impresionaban verlos y oírlos.

El calor intenso, el  fuego, los cantos repetitivos  y la danza   parecían embrujarnos, sentíamos mucho calor. Marta respiraba aceleradamente y yo creía ver ojos brillando en la oscuridad.

Mi novia se acurrucó a mi lado, las mujeres de la tribu nos  miraron. Okalig me advirtió de que ese comportamiento les estaba pareciendo  irrespetuoso.

La noche sin luna se tornaba demasiado oscura para nuestros ojos, acostumbrados a la luz de las ciudades y fuera del círculo donde estábamos  no percibíamos nada mas, tal era nuestra ceguera nocturna. Nos sentimos tremendamente inferiores ante estos aguerridos malgaches que eran capaces de ver y oír lo que para nosotros estaba negado.

Llevábamos un buen rato sin atrevernos a decir nada, sentía quemazón  en la cara producido por el ardor de la llama que se mezclaba con un  desconcertante escalofrío por todo el cuerpo no habitual en mi  y que jamás me dejaba amedentrar por nuestras experiencias antropológicas.

Ilustración de Jesús Prieto

Ilustración de Jesús Prieto

A Marta le importaba poco la opinión de las otras féminas y se abrazaba a mí con más fuerza, pero yo no estaba muy seguro de ser un buen apoyo de seguridad para ella y aunque intentaba aparentar estar sereno, estaba bastante  asustado. Debía mantener la calma, pensar fríamente y acordarme que ante todo estábamos haciendo un trabajo de campo. Con este pensamiento  me calmé un poco.

Gritos de lamento en la noche nos asustaron de nuevo, procedían de la profundidad del bosque.Su quejido no parecía humano aunque oí perfectamente  un “Ay… ay…. “bien prolongado.

Okalig acostumbrado seguramente a ellos, seguía describiéndome los pormenores de esta ceremonia.

-Pronto brincarán de nuevo por encima de nuestras cabezas y desaparecerán en la oscuridad. Irán al encuentro del maligno y no regresaran hasta dar con él.

– ¿Eso es verdad? ¿Es así?

– Sí, saben que cuando uno de estos seres de la noche merodean la aldea no tardará en haber desgracias y este ritual es de protección  para toda la tribu, tienen que dejar limpio el poblado para la gran fiesta de mañana”.

El famadihana, había oído hablar de ella, demasiado fuerte para mentes occidentales, pensé.

-Por tus palabras deduzco que existen muchos seres malignos por aquí –le preguntó Marta que había oído el comentario.

-Si señora, los matan pero siguen apareciendo para nuestra desgracia.

-¿Y cómo son? Podrías describirlos.

-Repugnantemente feos señora, tienen unos ojos amarillos, saltones, y su mirada es mortal.  ¡Pobre de aquel que tropiece directamente con ella, porque morirá en el instante! Nadie  debe chocar con su mirada directamente.

Sus  afilados dientes como los de una rata, pueden roer los huesos con tanta facilidad como ustedes y yo comemos una mandioca y el tercer dedo de sus dos manos es muy largo y delgado con una uña que usa como puñal para matar y atraer la comida a su monstruosa y maloliente boca. Es un ser maligno, un ser de mal agüero  que pena por nuestras selvas.

– Con lo bien que podíamos estar en isla Mauricio echados en una hamaca, me reprochó Marta al oído, cuidándose muy bien de que nuestro intérprete no la oyera. Yo sabía que solo estaba asustada, así que aparentando la calma que me faltaba la reconforté con un beso.

-¡Tranquila mi amor, no pasa nada, esta gente es muy supersticiosa, seguro que no es para tanto!-le susurré en voz muy baja.

Tal y como nos había descrito Okalig, los cazadores saltaron por encima de nuestras cabezas y se perdieron en la negrura de la noche, oímos sus machetes abrir paso entre la maleza y al poco dejamos de percibirlos.

De momento todo quedó en silencio, nosotros aguardábamos sin movernos mirándonos unos a otros .Andrés me hizo un gesto de quedarnos donde estábamos. De nuevo el silencio dejaba oír el chisporroteo de la  leña en la hoguera.

La ceremonia entonces se trasformó…Las mujeres solas, sin los hombres, tomaron la iniciativa y comenzaron a entrelazarse por  la cintura y  nosotros hicimos lo mismo. Nuevas  modulaciones de voz, nueva verbosidad  que no entendíamos se fusionaron en tonos   más bajos, estrenándose con un movimiento de vaivén como el mecer de las olas, los ojos  sellados  por si se presentaba el maligno.

-Hagan lo mismo, nos aconsejó Okalig.

Obedecimos sin rechistar. Miré a mi izquierda para Marta y Olaya, parecían muy integradas, empáticamente integradas diría yo como ausentes del trabajo que nos había conducido allí. Participaban de la ceremonia como unas más de la tribu. Ya me explicarían después el porque de esa falta de objetividad. Andrés y Pelayo sin embargo escudriñaban cada movimiento, cada giro que se producía, intentando fijar en la mente lo que mas tarde tendrían que redactar en su informe.

Entrecerré los ojos, pero solamente eso, todos  mis sentidos seguían alertas.

Verdaderamente parecía mágico, el calor, los olores a perfumes de plantas aromáticas, los sonidos y aquella gente tan diferentes a nosotros. Ni en mis mejores sueños podría haber vivido una experiencia con esta.

Oí a Marta canturrear a su  aire  totalmente ausente y desde el rabillo del ojo comprobé que así era pues tenía los ojos cerrados y se mecía igual que las indígenas, así que decidí interpretar mi papel y  aparentemente dejarme llevar.

Ahora recordándolo  pienso que perdí la noción del tiempo.

No sé si fueron los sonidos repetitivos  o el cansancio del viaje pero creo que por un  instante llegue a dormirme. Debieron de ser segundos, minutos, no lo sé, ya me lo dirían Matías y Belarmino que no perdían detalle con sus cámaras, pero a mi me parecieron horas.

Un golpe seco, fuerte, pesado me despertó, abrí los ojos y delante de nosotros un saco con algo inerte en su interior.

Los hombres habían regresado sigilosamente, no los habíamos oído llegar, pero estaban allí de nuevo, delante de nosotros exhibiendo el motín de su captura. Las mujeres agarraron a sus hijos levantándose velozmente, como asustadas. La siguiente reacción  fue taparse los ojos y darse la vuelta. Está claro que no querían ver lo que había allí dentro.   Nos miramos, no sabiendo que hacer… como nadie se movió todos nosotros permanecimos sentados en la misma posición sin atrevernos a mover un dedo.

-Los hombres de la tribu comenzaron de nuevo una danza ritual alrededor esta vez del saco tirando sus amuletos encima de el .El brujo espolvoreó unas semillas sobre la tela y unas  flechas se clavaron  en la tierra a modo de cárcel improvisada.

-¿Qué es esto?

– Han cazado al maligno, señora.

-Pero no parece gran cosa, le repliqué  yo a Okalig

-Mas bien parece poca cosa.

-Dentro de ese saco, señor, está el “Demonio de la noche”, el maligno del que antes les hablé.

Intrigado por el tamaño de lo capturado y por verlo, esperé a que acabara el ritual del brujo y ansioso  por saber que ser  yacía en el interior del saco  y antes de que lo arrojaran a la hoguera, le pregunte a mi intérprete si podían mostrárnoslo.

El se levantó y se dirigió al jefe de la tribu. Aquella  situación era insólita para ellos. El demonio se cazaba y luego se purificaba al fuego. Parecían negarse. Estuvo un ratito cuchicheando con él y dirigiendo su mirada hacia nosotros y hacia el saco.

También pude ver como le entregaba unas monedas  y se ve que su negociación funcionó porque el brujo se encamino directamente  hacia nosotros .Su cara no era precisamente de buenos amigos, con el saco y un puñal en la mano. Se agachó lentamente, estaba solo a un medio metro de nosotros. Marta me miro asustada, yo tragué saliva, Andrés y Pelayo no movieron  ni una ceja y Olaya se encogió adoptando una forma fetal.  .El  brujo  mirándonos directamente a los ojos y nunca al saco, cortó la atadura del mismo dejando caer ante nuestros pies el macabro espectáculo.

¡Por Dios! , grito Marta horrorizada poniéndose de pie – ¿Qué es esto?

Enseguida nos dimos cuenta de todo.

-¡Marta, siéntate, le aconsejo Andrés al tiempo que Olaya tiraba de sus pantalones hacia abajo. Confieso que yo también me contuve  para no propinar    un taco de desprecio y  desahogo.

Ellos seguían sin poder mirar al ser de sus desgracias pero nosotros lo mirábamos y lo mirábamos sin comprender muy bien la necesidad de tanta crueldad.

Habían dado caza al demonio que “los atormentaba”, al ser más maligno y despreciable de la naturaleza, al demonio mas feo y repugnante de cuantos había, que fulminaba con su mirada  a cuantos se pusieran a su alcance .Los indígenas les habían sacado los ojos y ahora colgaban desprendidos de sus orbitas.

Era dantesco, aquel animalito, era solamente… un “aye  aye”, un animalito totalmente inofensivo de la familia de los lémures, emparentados con los monos .Su hábitat eran los árboles, su alimentación unos gusanitos que se esconden detrás de la corteza, de ahí su largo dedo central para sacarlos, el resto de la alimentación, hojas y frutas.

Ahora comprendía  la correspondencia con los cánticos de las féminas  “ay, ay” que es el sonido que producen  estos monitos   tan  poco agraciados  y esa era precisamente su mayor desgracia. La tribu les tenía por demonios por su fealdad, pobres bichitos, ahora estaban al borde de la extinción y aquel ser diminuto, terriblemente torturado por la superstición de aquellas gentes contribuía aun más a su completa desaparición.

Aquel animalito acabó su existencia- como tantos y tantos capturados anteriormente -inquisitoriamente consumido por las llamas purificadoras de la hoguera.

Cuando todo hubo terminado llegamos a la cabaña y por Internet pudimos ver un video del “aye aye”.

Marta acusaba el cansancio, el estrés y el impacto final de aquella ceremonia. Su respuesta  fueron  lágrimas, lagrimas de impotencia ante tanta crueldad.  Lagrimas de impotencia ante la iniquidad de los humanos. Lágrimas y maldiciones para las supersticiones.

Lémur  significa “espíritu nocturno” de ahí su fama de “seres de la noche.”

En la actualidad solo quedan unos 2500 ejemplares.

Terminamos el   informe  escrito de todo lo vivido antes de que el cansancio hiciera mella en nuestra memoria y  nos retiramos a descansar con muy mal sabor de boca por lo ocurrido

Los malgaches, felices, tranquilos y contentos porque una vez mas habían derrotado al diabólico “Ser de la noche”. Ya podían respirar tranquilos para el gran día de mañana el rito más importante de la cultura malgache,” el famadihana”. Vendrían gentes de otros poblados y  se prepararían para la gran ceremonia de desenterramiento de sus muertos, ya libres de malos augurios, Pero esta seria otra ceremonia que habríamos  de vivir más adelante.

Madagascar no dejaría nunca de sorprendernos.

Laura Vazval

El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustradores: Virginia Berrocal y Enric Valenciano

Corrector: Federico G. Witt.

Género: negro (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Virginia Berrocal y Enric Valenciano. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El Búho. Una nueva aventura del capitán Lung

El Old Oak estaba al pairo.

El barco tenía nombre de árbol porque lo era, o eso me había contado el capitán, que el alma de todos los barcos era de madera. Pero, en realidad, el Old Oak se llamaba así por un roble muy viejo que había detrás de la casa familiar del capitán, a las afueras de Bristol, y bajo el cual estaba enterrado su hermano menor.

Ilustración Enric Valenciano

Ilustración Enric Valenciano

Pasé la mano por la borda e intenté recrear su memoria en el tacto, pero nunca llegaba a conseguirlo, como tampoco podía imaginarme a los niños Bates encaramándose a él. Quizá porque me parecía imposible que uno de ellos, que en ese momento nadaba y buceaba junto al costado de estribor, lo hubiera sido alguna vez.

Entonces, su voz atronadora me llegó desde el agua.

—¡Yi! ¿Qué haces ahí? ¡Vuelve dentro ahora mismo!

Sí, de niño tenía poco. Yo mostré mi mejor sonrisa mirando primero las grandes nubes al oeste y luego hacia abajo.

—¡Me encuentro bien! ¡Querría ayudar! —pude exclamar con suficiente energía.

—¡Maldita sea! ¡He dicho que te metas dentro ahora mismo, ¿me oyes?!

—Anda, obedece. Tiene un mal día. —Li Ming, el piloto, que estaba anotando lo que el capitán le decía desde el agua, se me había acercado.

—Sí, y ayer, y el día anterior…

—Ya lo sé, pero has estado muy enferma. Sigue preocupado, y esta avería por los bajíos…

—¿Los bajíos? ¡Pero si hemos pasado muchas veces por aquí!

—Había una niebla muy espesa. Hemos rozado un poco.

Me estremecí. No podía ser posible.

—¿Estaba él de guardia?

—Hubiera pasado de todos modos, apenas se veía y…

—¡Ming, vuelve aquí ya! ¡Yi, por Dios que si me haces subir, te arrepentirás!

—Vamos, entra —me apremió Ming—, no lo estropeemos más.

Obedecí, pero para irme a la cubierta superior y salir otra vez. Me asomé con cautela, aunque sabía que no me descubrirían. Al poco, el capitán se acercaba a la escala para subir con cierto esfuerzo. Ming le tendió un albornoz. Entonces la brisa a favor me trajo sus palabras:

—La brecha no es grande, pero no me gusta. Quiero atracar en dos horas.

—Sabes que estamos a más de tres.

—Hoy no. Me da igual si Zhong tiene que quemar máquinas. De todas formas, las reparaciones llevarán tiempo.

—Entonces no necesitamos forzar.

—¡Sí! ¡No voy a desviarme a alta mar con la tormenta que se aproxima, ni a acercarme más a la costa con la marea bajando, ni por supuesto me voy a quedar aquí!

—Sólo pensé que…

—¡No hay nada que pensar, así que da la orden ya!

A Ming se le borró su habitual gesto tranquilo.

—Eh, entiendo que esto te haya enfadado, pero ese tono sobra. Llevamos mucho lamentando esta mala racha, y a mí podrás hablarme como quieras porque nos conocemos, pero los hombres nunca te habían visto así y Yi no se lo merece. Deberías alegrarte de verla recuperada y levantada.

El capitán puso los brazos en jarra:

—El papel de Tejón te viene grande.

—Y a ti el de inglés.

—Resulta que soy inglés.

—Sí, pero si de repente lo conviertes en un problema, te aseguro que podría ser serio; no conmigo, pero sí con los hombres. Saben quién eres porque nunca lo has ocultado, pero tanto sobresalto no les gusta, sobre todo a los que también tienen una historia, y después de un revés como el pasado… Y en cuanto a Yi, ya no es ninguna niña y también lo saben, igual que tú.

—¿Has acabado?

—No, pero me parece que tú sí.

—Da esa orden, y si no estamos atracando en dos horas, yo te aseguro que no tendré ningún problema en dejar en tierra a quien lo desee. Y Yi es asunto exclusivamente mío. ¿Está claro?

—Sí, hace tiempo que está muy claro que es muy tuyo.

Vi que el capitán se quedaba en silencio durante unos segundos. Luego dio un paso, casi encarándose a Ming, y habló con la voz muy ronca:

—¿Vas a decir algo más?

—Ya lo he dicho —Ming no se arredró.

Entonces el capitán se dio la vuelta y echó a andar hacia popa. Ming resopló y también se giró, pero para caminar hacia las escaleras exteriores de proa que conducían al puente. Enseguida el Old Oak se empezó a mover y yo volví a mi camarote, algo nerviosa. Poco después oía los golpes llamando. El capitán tenía los ojos enrojecidos por la sal, y el pelo húmedo le mojaba el cuello del jersey arremangado. Lo noté cansado tras el gesto adusto.

—Perdóname —dijo—. No he debido gritarte antes. ¿Cómo estás?

Me puso una mano en la mejilla, pero enseguida quiso retirarla. Yo se lo impedí reteniéndosela por la muñeca.

—Creo que mejor que tú —contesté.

—Es que no quisiera que recayeses.

—Tú sí que deberías perdonarme por no haberte dejado descansar estas noches.

—No digas tonterías.

Me atreví:

—¿No has cambiado de idea?

—Yi, por favor…

Entonces lo solté y jugué mi última carta:

—He vuelto a soñar con el búho.

El capitán Lung pareció querer dejar de ser mi padre cuando Hong Kong se emborronó en el horizonte quedándose con los sangrientos restos de quien sólo me había engendrado y abandonado. Pero las sospechas de que su sombra podría ser tan poderosa como alargada nos llevaron a pensar que quizá su visita no hubiese sido sólo a título personal y las autoridades británicas también tuvieran información de que James Thomas Bates había vuelto a la vida; así que la desaparición de aquel diplomático y sus escoltas podría propiciar una búsqueda de explicaciones que ni el primer oficial Bates ni el capitán Lung querían dar.

Yo, menos afectada de lo que creí —o eso me pareció—, había querido insistir en que el oficial Bates no tenía que esconder o lavar su nombre y, muy al contrario, se merecería exponer su verdad y recobrar su identidad y, por supuesto, recuperar a su familia. Pero el capitán Lung se empeñó en no querer saber nada. Así que, en un primer momento, decidimos poner agua de por medio, aunque no apresuradamente, y fuimos a Macao, ya que el capitán tenía allí una entrega pendiente que había retrasado por lo ocurrido en Hong Kong.

Era una de esas entregas infrecuentes y especiales que sólo aceptaba si el valor de la mercancía era una verdadera fortuna. El servicio podía ser mucho más gravoso si era más o menos lícito o arriesgado y si el cliente tenía un nombre suficientemente importante o solvente. La tasa todavía podía ser mayor si se trataba de un favor personal. En aquella ocasión, se daban todos los factores más un jugoso adelanto que había cubierto las gestiones en Goa.

João de Gonzalves era un naviero lisboeta con un enorme capital que había convertido en inmenso al trasladarse a aquella parte del mundo. Las razones para abandonar su patria nunca habían estado muy claras, pero eso no le había impedido establecerse en Macao. Y de unos comienzos en los que se asoció con otros compatriotas, pasó a hacerse con el control absoluto de una de las más importantes flotas de cabotaje y buques de mediano calado que se movían por el archipiélago. Sus barcos transportaban todo tipo de productos y tocaban todos los puertos de las costas de China y Filipinas.

Gonzalves conoció al capitán el día que el Old Oak se topó con uno de sus mercantes, que iba a la deriva en el estrecho de Formosa tras una rotura del motor, y lo remolcó hasta Macao. Resultó que Gonzalves iba supervisando esa primera travesía del carguero y su agradecimiento fue tal que le propuso al capitán constituir una sociedad al cincuenta por ciento. Pero Lung declinó la oferta porque tenía una niña de diez años y pasaba largas temporadas en tierra o hacía travesías cortas; no obstante, también se lo agradeció y Gonzalves le insistió en que él no olvidaría la ayuda prestada en aquella complicada situación.

Lo que Lung no olvidó durante los días que disfrutó de la lujosa hospitalidad del naviero fue el inmediato y magistralmente disimulado interés que le prodigó Sabina, la esposa de João. Sólo fueron dos días, pero ese tiempo fue suficiente para que el capitán advirtiera que aquella mujer era tan deslumbrante, inteligente e irresistible como peligrosa, y él hacía mucho tiempo que no quería complicaciones con mujeres, y menos con una así y casada con alguien que te podía ofrecer medio mundo tan rápidamente como borrarte de él.

Sabina de Gonzalves llevaba una intensa vida social en el ambiente más selecto de Macao. El matrimonio no había tenido hijos —ni parecía que los hubiera querido— y ella se dedicaba a las antigüedades regentando personalmente una de las más reputadas tiendas de la rua de Estalagens, con obras de arte y joyas que conseguía en muchas otras partes de China o traía desde Europa. Así que se consideraba orgullosa no sólo de su posición, su clase y su belleza, sino también de haberse hecho un nombre por sí misma y no depender sólo de su marido; pero, sobre todo, de permitirse caprichos especiales.

El capitán Lung supo al instante que se había convertido en uno, de modo que mantuvo las distancias pero le hizo saber que distinguía su juego; y la rechazó con firmeza cuando la última noche ella lo abordó sin ningún reparo. Lo que le pareció más llamativo fue que João no sospechara que existieran aquellos devaneos o que, si conocía a su esposa, los aceptara, como ocurriría con otros que seguramente se producían. Pero no era asunto suyo, así que al día siguiente se marchó llevando consigo el acuerdo con Gonzalves de que tal vez en un futuro sí hicieran negocios.

Así fue, porque durante los diez años siguientes Lung realizó algún que otro transporte para Gonzalves, aunque evitó todo lo posible a Sabina. Pero ella no olvidó el insolente desaire de aquel capitán que no tenía donde caerse muerto.

Cinco meses antes, João se había presentado personalmente en Lantau para ver al capitán.

«Necesito a alguien como tú. Te aseguro que tus honorarios serán más que retribuidos; es más, saldaré completamente la cuenta pendiente por aquel rescate. Además, sé que a veces vas por allí, así que te pido el favor. Estará todo dispuesto para cuando llegues y no tendrás ningún problema, pero prométeme que serás tú, y nadie más, quien lo recoja. Es un regalo para mi mujer: una colección valiosísima que por fin he encontrado en la India».

Coincidió con la travesía a Goa; y desde allí, efectivamente, el capitán no tuvo ningún problema en acercarse al lugar indicado por Gonzalves en la detallada nota que le dio. Regresó con una valija no particularmente grande pero muy pesada y pulcramente precintada, que guardó en su camarote y de la que no habló, porque Joao no le había dicho de qué se trataba ni él lo preguntó. Lo único que no salió bien fue la vuelta, con un temporal imprevisto y varias escalas obligadas por ello.

Tras la travesía arribamos en Macao desde Hong Kong. Durante la misma, aunque el capitán y yo hablamos largo y tendido y supe mucho más de mi historia y la suya, acepté sin duda que mis sentimientos por él ya habían cambiado, y no podía llamarlo padre aunque siguiera considerándolo —y queriéndolo también— como tal. Sé que a él le ocurría igual, pero su desconcierto y su dilema eran mucho mayores.

Quizá por mi especial estado de ánimo, en el que se mezclaban la tristeza por el querido tío Tejón y el miedo pasado en Hong Kong, no me di cuenta de que además empecé a no encontrarme bien. Y esa noche antes de llegar tuve un sueño que, molesta por no poder evitarlo, me produjo un mal presentimiento: un majestuoso búho volaba todo el tiempo sobre mi cabeza y, ya al final, se posó en una rama de un árbol seco y fijó en mí los enormes ojos amarillos. Después ululó tan fuerte que me desperté muy asustada.

Ilustración Virginia Berrocal

Ilustración Virginia Berrocal

Supongo que mi mitad occidental desdeñó la inquietud cuando me tranquilicé, pero en la oriental permaneció rondando el sombrío significado atribuido a aquellas rapaces nocturnas como heraldos de malas noticias, y de la muerte. Haberme criado y hallarme entre marineros —que, occidentales u orientales, son criaturas supersticiosas por naturaleza— no alivió mi desasosiego, pero pronto me despreocupé, ya que hacía años que no pisaba la preciosa ciudad de Macao, con su historia de pasado colonial de españoles, portugueses e ingleses, sus iglesias conviviendo con los templos a la diosa Á Má, sus faros y sus gentes.

Nada más arribar, el capitán Lung me hizo prometer que no desembarcaría sola bajo ningún concepto; me había dejado muy claro que, después de lo de Hong Kong, tardaría algún tiempo no en confiar en mí, sino en volver a lograr ser capaz de quitarme el ojo de encima sabiendo que yo ya debía tener mi vida. Así que me quedé haciendo mis tareas de supervisión y control de la intendencia y los gastos.

El capitán regresó pronto de ver a Joao y quedar con él para entregarle su encargo por la noche, en una invitación a cenar que nos hizo el naviero. Después, pasamos el día en la ciudad y su serio y contenido ánimo pareció suavizarse.

—Vendrás conmigo —me dijo—. Ya sabes desenvolverte de sobra y no tendré que preocuparme. Además, nos irá bien algo de vida social.

Así que con el crepúsculo estábamos frente a la puerta principal de la gran casa de estilo colonial de los Gonzalves. Nos recibió el propio João, y su cara, al mirarme y saludarme tras la presentación del capitán, fue igual que las de la tripulación del Old Oak cuando me vieron vestida para la ocasión.

Lo cierto es que yo tampoco estaba acostumbrada a ese aspecto tan distinto del habitual como uno más de la tripulación. Aquel bonito vestido entallado de seda color azafrán, cuello cerrado y cinturón ceñido lo había comprado esa mañana con el capitán, y su expresión fue la primera que me confirmó que había acertado. Y algo más. Fue el mismo algo que vi en todos y que João de Gonzalves, que me pareció un hombre muy atractivo, unos años mayor que el capitán, de pelo negro con algunas canas, bigote fino y figura estilizada, mostró claramente y con admiración.

—Me parece que tu fortuna es superior a la mía, Lung, porque esta joya no tiene precio— dijo el naviero, acompañándome, galante.

Sin embargo, sé que si me sentía cohibida era por el capitán, por su también diferente apariencia, en la que ya hacía tiempo que yo reparaba tanto, con aquel sobrio traje oscuro y camisa blanca con corbata tostada como su piel, que aprisionaba al dragón de su cuello pero no lo ocultaba. Por él y por otra de sus lecciones: la que buscó cuando apareció Sabina de Gonzalves.

La bellísima mujer de largo pelo castaño, ojos de aguamarina y maravillosamente vestida me intimidó sólo el minuto que tardé en verle la mirada, fría y a la vez sorprendida, que le dedicó al capitán. Su comentario al saludarme tampoco ayudó a que me pareciera simpática:

—Ah, pero no nos habías dicho que tu hija era… de aquí, lo cual es mucho más exótico, desde luego.

El capitán compuso una de aquellas sonrisas que sólo hacía con los labios para responder con unas palabras que me conmovieron:

—No, Yi es única, y mucho más que mi hija.

No obstante, la velada discurrió bien y a los postres João anunció la razón real de aquella cena. Se cumplían veinte años de su matrimonio y, por fin, había conseguido el regalo más deseado por su mujer gracias a nuestra colaboración. Pero como un trato era un trato, no dudó en ser el primero en poner delante del capitán un cheque por un valor tan exorbitante que éste se quedó sin habla durante unos momentos. Era tanto que, aunque no disimuló su perplejidad, en los ojos del capitan apareció un brillo del recelo; un brillo que sólo yo distinguí.

Pero Gonzalves debió intuirlo también y se apresuró a decirnos que aquella cifra no era nada en comparación con lo que había en la valija. Hasta Sabina mostró una genuina incertidumbre cuando, al fin, Lung se la entregó a João y éste disfrutó mucho con la pequeña ceremonia para desembalarla.

El estuche de madera de ébano labrada y cerrojo de plata ya valía de por sí medio viaje, pero cuando Gonzalves lo abrió y retiró el exquisito paño de terciopelo negro, el asombro fue aún mayor, el mío en particular: envueltas en paños idénticos, y dentro de compartimentos a su medida, había unas figuras de unos veinte centímetros de alto. João tomó con delicadeza una de ellas y la destapó. Era de oro macizo, con los perfiles de piedras preciosas y dos fabulosos diamantes como ojos.

Sabina se llevó una mano a la boca para ahogar una exclamación. La mía se quedó atascada, pero me cambió la cara. João se rió diciendo que nuestra impresión estaba más que justificada, y su mujer se le echó a los brazos, pletórica de emoción por aquel maravilloso tesoro que se creía perdido y que él le había conseguido por fin tras tantos años de búsqueda. El capitán, sin embargo, reconoció mi expresión y me preguntó con los ojos. Yo apenas pude devolverle la sonrisa.

Las figuras representaban cuatro[1] búhos.

Sin poder evitarlo, me vino a la mente todo lo que había ocurrido desde que el estuche embarcara en el Old Oak. Aquella aprensión era infantil y rídicula, y sin embargo me sentí incapaz de deshacerme de ella, e incluso me angustió tanto que tuve que sentarme. Me excusé diciendo que seguramente me había sentado mal el vino de la cena, o el licor, al no estar acostumbrada a tomarlos, pero el capitán supo que había algo más y me hizo contárselo cuando salimos un momento al patio de la casa. Insistí en que era una tontería porque la situación me hizo sentir más niña, enrabietándome cuando había querido demostrar todo lo contrario aquella noche, pero él me obligó.

Media hora después nos disculpábamos: era algo tarde, el día había sido ajetreado y el capitán tenía previsto regresar a Lantau la mañana siguiente, lo cual era mentira. Sé que no lo hizo porque hubiera tomado en serio mi sueño, sino por verme tan irracionalmente afectada aunque quisiera parecer despreocupada. No debí de tener mucho éxito y él me conocía bien.

Cuando me despedía de João de Gonzalves, medio oí a Sabina decirle unas enigmáticas palabras al capitán: «Siempre nos has salido muy caro, Lung».

En realidad no era demasiado tarde, pero la noche estaba bastante oscura y el lujoso barrio de los Gonzalves distaba mucho del puerto. Tampoco era la primera vez que caminábamos solos, y yo siempre me sentía segura con el capitán. De modo que, quizá por ir distraídos más que confiados, no oímos los pasos hasta que salieron de la callejuela que cruzábamos ya llegando al puerto.

Eran tres, apenas vimos sus caras y la rapidez de sus movimientos fue tal que al capitán sólo le dio tiempo a hacer frente a uno mientras me decía que corriera. Yo ni siquiera pude pensarlo, porque otro me tapaba la boca, me agarraba los brazos y me tiraba al suelo. El capitán se deshizo de su atacante maldiciendo y gritando que me soltaran, pero su voz se apagó ante el golpe que la tercera sombra le daba con una estaca y lo hacía desplomarse. Y a mí, no sé si fue porque durante mi débil forcejeo también me golpeé con el pavimiento o debido a tantas impresiones seguidas, me venció un súbito mareo.

Cuando desperté estaba en el Old Oak, en mi camarote y con Ming a un lado, mirándome con una cara casi más pálida que la mía pero que sonrió al instante. Ni siquiera tuve que preguntar, porque el capitán Lung apareció en ese momento.

Tenía una venda alrededor de la cabeza y otra en una de las manos. También sonreía, pero sus ojos jamás habían estado tan apagados ni, sobre todo, habían reflejado tanta furia y pena. Se sentó donde estaba Ming y ya no se movió en los siguientes tres días que transcurrieron, o al menos así me pareció a mí en medio de la niebla en la que me sumí a continuación. Y es que ya había enfermado de unas fiebres que no pudieron elegir mejor momento para aparecer.

Sí pude enterarme antes de que el ataque que habíamos sufrido quizá no hubiera sido casual: nos habían robado el cheque y nadie más que los Gonzalves podía haber sabido que lo teníamos; además, el capitán había oído ya millones de veces aquellas últimas palabras de Sabina. Sólo la herida de su cabeza y la más que dolorosa visión de mi cuerpo inconsciente en el suelo lo habían frenado y habían impedido que volviera a la casa al no haber sido capaz de controlar unas sospechas que no podía ver más claras aunque no podría demostrar. Quienes tienen tanto… Ming y los demás quisieron hacerlo por él, pero el capitán les ordenó que pusieran inmediatamente rumbo al norte, y salimos de Macao aquella misma noche.

—No, Yi, esto se ha terminado. No vamos a hablar más de búhos, números o mala suerte. Las cosas pasan y ya está, pero últimamente no han sido nada buenas y no quiero que continúen así para nadie, y mucho menos para ti.

Habíamos bajado al comedor, donde Wang, el cocinero, se había alegrado mucho de verme bien y nos había traído té muy caliente. A esa hora no había nadie más y el capitán se había sentado frente a mí en una de las mesas.

—¿Y crees que dejarme en tierra supone algo bueno para mí?

—Creo que me pediste que te enseñara cómo podía ser esta vida y lo he hecho. Pero te dije que sería durante un tiempo y que no iba a ponerte en ningún riesgo. Pues ya ha transcurrido suficiente tiempo, y desde luego ha habido más que suficiente peligro, así que se acabó.

—¿Por qué estás enfadado conmigo? —pregunté, más triste que molesta.

Él se sorprendió, pero sólo fue un instante antes de bajar la mirada.

—No estoy enfadado contigo, Yi.

—Pues lo parece. Y no lo entiendo. Ahora lo sé todo de ti y resulta que es como si… quisieras deshacerte de mí cuando…

—¡No digas eso!

—¿Ves como estás enfadado? —Saqué el as—: ¿Es por lo que pasó anoche? ¿Fue algo malo? ¿Por qué?

Me arrepentí al instante, porque los ojos se le licuaron. Y mientras, no pude evitar mirarle el dragón y recordar su sabor.

Fue el mismo sueño. El enorme búho impidiéndome moverme con su vuelo en círculos; esta vez me levantó en el aire. Al final también ululó mucho más fuerte, al tiempo que me dejaba caer al vacío, y mi grito debió de oírse en todo el barco. Había sentido un hilo de fiebre cuando me acosté, y el capitán se había vuelto a quedar hasta que me durmiera, pero él también lo hizo. Su sobresalto fue mayor que el mío, pero pudo encender la luz y mi alivio al verlo al lado fue tan grande que me abracé a él de inmediato.

Por supuesto no era nuestro primer abrazo, y sus besos en la frente, que de pequeña siempre me habían calmado otras tantas malas noches, siguieron surtiendo el mismo efecto. Tampoco los míos a su dragón eran nuevos: desde niña, y a causa de las historias del tío Tejón, había creído que aquel panlong tatuado quitaba todos los miedos, ya que había salvado al capitán y todos los dragones eran buenos y sabios. Así que aquella costumbre infantil no había cambiado, pero, en mi confusión y probablemente también en mi deseo, sí lo hizo la forma de mis besos.

El capitán había estrechado el abrazo y me acarició el pelo, para a continuación musitar mi nombre y apartarme despacio. Sus ojos de agua temblaban lo mismo que sus manos. No dijo nada más; yo tampoco. Sólo sonrió y comprobó que me tranquilizaba. Después me volvió a echar suavemente y me tapó. Luego me susurró que cerrara los ojos otra vez y me pasó un dedo sobre los párpados. No sé cómo fue posible, pero me dormí de nuevo.

—No, no fue nada malo, Yi… —contestó.

Entonces Ming apareció por la puerta, apresurado y con el gesto tenso.

—Lung, sube al puente. Tenemos visita y no sé cómo es.

Los dos nos pusimos de pie y en un minuto estábamos allí. Las nubes estaban casi encima y el Old Oak navegaba a toda máquina. El segundo oficial, Tseng Lao, manejaba el timón y dijo:

—Acaban de aparecer por la amura de babor y se han puesto a hacer señales.

El capitán cogió los prismáticos. Reconoció al instante la forma de navegar y ese primer movimiento de aviso. También distinguió la bandera. La Union Jack.

Maldito búho.

Mariola Díaz−Cano Arévalo

Junio 2011

 


[1] En la cultura china y oriental en general, el número cuatro es sinónimo de infortunio porque suena igual que «muerte». (N. de la A. ).

Monstruosa realidad

Autora: Anna Morgana Alabau

Ilustradores: Cruz Martínez y Jorge Torres

Corrección: Federico G Witt

Género: microrrelato, terror, suspense (a partir de 16 años).

Este cuento es propiedad de Anna Morgana Alabau, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Cruz Martínez y Jorge Torres. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ilustración de Cruz Martínez

Ilustración de Cruz Martínez

Oscurece, y lo siento tras de mí. Pero me digo que sólo son «paranoias», autosugestión por todo lo que he visto, oído y leído en las noticias.

Giro la esquina. Una más; una menos para llegar a casa. Sus pasos apenas suenan, pero su presencia me envuelve el corazón con dedos de hielo, esperando el momento justo para apretar.

Algo se mueve junto a él, en él, y me dice que es aquel de quien todos hablan aunque nadie conoce su nombre. No es necesario.

«Se nos conoce por nuestros actos», leí una vez en alguna parte, y sus actos no son sino la muerte y la desesperanza, el sufrimiento, la pérdida, el terror más profundo; el vagar de las almas turbadas que abandonan los cuerpos que siembra a su paso como macabras semillas.

Siento las lágrimas rodar por mis mejillas mientras en mi mente aparecen los rostros de todas sus víctimas, y me reconozco en cada una de ellas. Siento el pavor que sintieron, la incertidumbre, el desconcierto, la pequeña y fútil esperanza de que lograré llegar a casa, a la seguridad del hogar, antes de que sea demasiado tarde. Siento cómo centellea en mi interior, dándome fuerzas un instante para arrebatármelas al siguiente. Hasta que noto la frialdad atravesar mi cuello y su inmensa sombra cernerse sobre mí.

Ilsutración de Cruz Martínez

Ilustración de Cruz Martínez

—Perdóname —me susurra, mientras el calor de la sangre se derrama por mi piel y por la suya—. Tengo que hacerlo: no me queda otra opción.

Me besa las lágrimas y me abraza mientras la vida me abandona, y pienso, por un momento, que podría compadecerme de un monstruo como él, destinado a obedecer a sus instintos sin poder siquiera hacerles frente.

Luego pienso en mi madre, en mi hermana, en la hija que nunca tendré, y deseo que fuera otra clase de monstruo, con los mismos instintos que le doblegan y le subyugan pero con el poder de devolverme parte de lo que estoy perdiendo irremediablemente.

Y comprendo, por fin, la monstruosa realidad: por qué preferiría que fuese un vampiro y no un simple asesino.

Ilustración de Jorge Torres

Ilustración de Jorge Torres

La metamorfosis de Quito

Autor: Irene Moreno Jara

IlustradoresJordi Ponce y Pilar Puyana

Corrector: Federico G. Witt
Género: Relato fantástico (a partir de 7 años)
Este relato es propiedad de Irene Moreno Jara y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Pilar Puyana y Jordi Ponce, respectivamente. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La metamorfosis de Quito

 

Érase una vez, en un charquito sucio y pequeño, un mosquito inconformista que soñaba con convertirse en no sabía bien quién.

Quito, pues ese era su nombre, nació queriendo ser un león, creció esperando ser un elefante y ahora, casi en los últimos días de su vida, envejecía añorando ser un humano. Su madre, Moscaela, siempre le había reñido por querer ir a contracorriente, pero él había hecho trompetillas sordas y, aunque nada le había salido como había deseado, aún tenía esperanzas de hacer realidad su sueño.

Una noche, desobedeció las señales del destino y desplegó sus pequeñas alitas rumbo a lo desconocido. Lo importante para Quito no era el fin, sino el propio camino. Siempre le habían dicho que las encargadas de chupar la sangre eran las hembras, pero él se había negado a aceptar tal restricción. Tal vez su pincho no fuera lo suficientemente fuerte como para atravesar la piel, pero nunca subestimó sus poderes.

Así, con las ideas fijas y sus ansias de morder, se propuso demostrar al mundo que podría conseguir lo que se propusiera.

Su primera presa fue la más difícil. Quito sabía que para poder convertirse en vampiro lo primero que tenía que hacer era picotear el cuello de alguien que ya lo fuera. Pensó que nadie podría tener una sangre tan pura y sana como la de la bella Kita, una mosquita a la que sorprendió en el cristal de una ventana y pinchó casi sin que ella se enterara. Fue un mosquibeso, una muestra de pasión interesada propia de damas y dráculas y que hasta un minúsculo ser sabe realizar sin tener experiencia.

Quito ya tenía el poder.

Con un gatito negro topó nada más alejarse del charco. Como Quito apenas podía ver, no le asustaron los ojos amarillos del minino, que apenas se inmutó cuando el mosquito se posó en su oreja.

Con la suavidad propia de un inexperto, introdujo su pincho sin que el felino se inmutara.

Quito ya podía ver.

En su deambular volador por las calles oscuras, el mosquito se aburrió. Decidió alejarse al bosque, donde tuvo que elegir entre dos presas: un búho y un lobo. Fue este último el que ganó. A Quito le costó clavar su pincho en la piel peluda del lobo, pero con agresividad y coraje pronto lo consiguió. El lobo apenas sintió el bocado, aunque se mostró incómodo cuando al mosquito le crecieron, como por arte de magia, unos colmillos gigantes que desprendían un desagradable olor a hocico de perro.

Quito ya podía morder.

Ahora, con su nuevo estado, al mosquito le costaba más volar. Su peso había aumentado y, aunque ya casi tenía inutilizado su pincho, mover sus alitas se convertía en una tarea difícil de desempeñar. Sin embargo, y haciendo un gran esfuerzo, consiguió llegar a un gran lago. Allí, decenas de pájaros con patas gigantes mojaban su pico y se dormían a la luz de la luna.

Unas patas largas y fuertes eran lo que necesitaba Quito para poder continuar con su metamorfosis. Por eso, casi arrastrándose por la hierba, ocultando su dentadura y plegando sus alitas, llegó a los pies de uno de los flamencos y le hincó uno de sus colmillos. Rápidamente, el mosquito creció.

Quito ya podía correr.

Ilustración de Pilar Puyana

Ilustración de Pilar Puyana

Y como ya podía correr le pareció oportuno regresar a su lugar de origen, a la ciudad, para estrenar su nueva condición. Ahora, nada ni nadie se le resistiría.

Lo que más le extrañó es que, a pesar de su extraña apariencia, nadie le prestaba atención. Andaba por la acera con sus largas y flacas patas y nadie lo miraba. Se chocaban con sus alas y nadie se volvía. Encandilaba con su mirada amarillenta y nadie se tapaba. Chirriaban sus colmillos con el asfalto y nadie se sorprendía.

Por la cabeza de Quito rondó la posibilidad de haberse vuelto invisible, pero aquello era imposible. El cristal de los escaparates le iba proyectando la realidad, su nueva realidad. Poco a poco iba adquiriendo lo que él quería ser, algo aún sin calificación, pero que le fascinaba.

La autoestima del mosquito creció. Quería más: presas más difíciles, desconocidas, poderosas… Peligrosas.

De repente, se cruzó con alguien que llamó su atención. No por sus gafas oscuras en la mitad de la noche, sino por su olor a ira. Tampoco llamó la atención de Quito el gesto enfadado del puño de aquel hombre. Él fijó su mirada felina en los movimientos. Nunca había visto un cuerpo moverse en búsqueda del desastre, de la destrucción.

Aquel hombre fue una tentación para el insecto mutante. Temía los efectos de la sangre que pudiera correr por sus venas, pero sentía una llamada extraña hacia lo que sabía que estaba prohibido para él. Una vez más, iba a contracorriente y hacía trompetillas sordas a su conciencia.

Ilustración de Jordi Ponce

Ilustración de Jordi Ponce

Así, sin pensárselo más porque los nuevos pensamientos lo alejaban de su objetivo, Quito quiso demostrar que era un mosquito valiente, que nadie ni nada podían pararlo. Para él no había un NO. Tampoco existía el miedo.

Con la cordura propia de un mosquito y los autoconvencimientos propios de un insecto, Quito apuñaló con sus colmillos a aquel hombre a la altura del pecho.

Ahora sí, ahora había conseguido el festín sangriento con el que tanto había soñado. Nunca pensó que tanta sangre junta supiera a vinagre y doliera al tragar, pero de lo que verdaderamente se extrañó fue que sus alitas, sus colmillos, sus largas y estrechas patas y sus ojos desaparecieran.

Quito no sabía qué había ocurrido. Se sentía extraño, inquieto. Algo en él le recordaba a aquel hombre que yacía en el suelo, pero no sabía el qué. La gente seguía paseando por la calle sin inmutarse. Todo seguía sucediendo con una rutina impropia. ¿O tal vez propia? Para Quito todo era un desconcierto.

Con una frialdad ajena a su ser original, el mosquito continuó su camino hasta que se topó con un charquito sucio y pequeño. A pesar del color marrón del agua, pudo ver su reflejo en él.

Por fin.

Por fin Quito era un monstruo.

Un monstruo humano más.

Un vampiro novato

Autor: Virginia Wollstein

Ilustradores: Rafa Mir y Verónica López

Corrección: Mary Esther Campusano

Género: Paranormal, comedia

Este cuento es propiedad de Virginia Wollstein, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Rafa Mir y Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un vampiro novato

Talia suspiró otra vez con un tono de desesperación. Volvió a retomar el tema.

—Los vampiros no se dedican a dormir en ataúdes, nosotros no dormimos, Gaspar, ni siquiera por el día.

— ¿Nunca has tenido sueño? —preguntó Gaspar interrumpiendo por duodécima vez su clase.

Talia negó con la cabeza. En aquellos momentos no recordaba porqué había decidido comprometerse con un novato. Siempre les cuesta entender las cosas más simples, no digamos ya las difíciles. Les cuesta adaptarse, se supone que no tendría que ser así pero es cómo si fueran bebés de nuevo.

Ilustración de Verónica López

Ilustración de Verónica López

—Concéntrate. Vamos a intentarlo una vez más —dijo la vampiresa.

El ambiente debería ser de gran ayuda, ella siempre se sentía más inspirada en la oscuridad, cuando la luna estaba más alta pero apenas podía ver su brillo entre los edificios. Los callejones eran sus lugares favoritos para transformarse y alimentarse. Gaspar respiró hondo haciendo unos extraños movimientos con los brazos como si estuviera haciendo yoga y mientras cerraba los ojos, Talia negó con la cabeza como si aquel chico no tuviera remedio y después cerró también los ojos. Él abrió uno para comprobar que Talia también se concentraba y vio como poco a poco se iba transformando en murciélago.

—¡Wow! Es alucinante —dijo Gaspar por quinta vez en aquella noche.

Talia revoloteó delante de sus narices un rato, mientras él intentaba tocarla. Cuando se cansó de aguantar así se volvió a transformar y reapareció Talia en su forma vampírica estirándose poco a poco.

—No has hecho lo que te he pedido —dijo Talia enfadada—. Repíteme los pasos para la transformación.

Gaspar fue contando uno a uno con sus dedos como un buen estudiante.

—Uno, concentrarse. Dos, tener la imagen mental del murciélago y mantenerla…

—¿Y qué tienes que saber para ello? —le cortó la vampira.

—Pues como es un murciélago —respondió el novato—. Pero eso ya lo tengo controlado, lo prometo —Talia asintió y el chico continuó—. Tres, meterme mentalmente dentro de esa imagen mientras mantengo la concentración. Y en el número cuatro ya deberían estar volando, ¿no?

—Bueno transformarte instantáneamente volando es algo que requiere mucha práctica, ¿sabes? Confórmate con tener hocico, alas y estar casi ciego —explicó Talia haciéndose la sabihonda—. Inténtalo otra vez.

Gaspar asintió y cerró los ojos intentando atraer a su mente la imagen del animalillo alado en el que se convertía su maestra. Un par de gotas de sudor cayeron por su frente, pero no ocurrió nada.

—Esto sigue sin funcionar. ¿No podemos descansar un poco? No sé, quizá podemos tomar algo para reponer fuerzas.

Talia soltó algunos improperios en ruso donde parecía que se trababa la lengua en cada palabra. Cuando terminó se dirigió al chico, el cual tenía cara de sorprendido por lo repentino de su ataque de histeria

—Se me había olvidado lo más importante. Tienes que beber sangre para poder transformarte.

—¿Sangre? —Dijo Gaspar con cara de asco—. ¿Estás segura?

—Pues claro. Mírate esos dientes, eres vampiro.

—En realidad no tengo demasiada hambre, ¿sabes? ¿Por qué no dejamos lo de los murciélagos para otro día? ¿Qué me dices?

—¿Entonces cómo se supone que vamos a ir a Irkutsk? ¿En avión?

Gaspar se encogió de hombros como si fuera su mejor opción.

—Lo siento, soy claustrofóbica —la vampiresa giró en redondo fijándose en cada lugar del callejón—. Seguro que hay ratas en este callejón que puedas probar.

—Pero comerme una rata sería casi como comer a alguien de mi especie, ¿no? Los murciélagos son mamíferos como las ratas pero sin alas. Sería como si un humano se comiera un niño que no supiera volar.

—¡Olvídate de los humanos! —Dijo Talia un poco fuera de tono—. Las ratas son lo único que tenemos cerca ahora. ¿Quieres aprender a sobrevivir o no?

Gaspar asintió muy dispuesto, dejando atrás sus gustos alimenticios, esos ya eran cosa del pasado. Talia señaló a una esquina del callejón donde había una rata de tamaño pequeño.

—Ahí.

Ella se acercó y la cogió. La rata intentaba escapar de entre sus manos, pero la apresaban con fuerza.

—Tienes que beber su sangre mientras aún está viva, para que el corazón siga bombeando. La sangre estancada es un asco.

Gaspar cogió la rata. Con su olfato de vampiro novato podía oler la suciedad de la rata en todo su esplendor, lo cual no le abría para nada el apetito. Entre sus manos el corazoncito comenzó a latir un poco más rápido de lo normal.

—Vamos, cométela —instó Talia—. No tenemos toda la noche.

Gaspar lanzó sus colmillos hacia su presa indefensa y mordió con saña hasta dejar a la pobre criatura como un muñeco de trapo sin relleno. De alguna manera la sangre de la rata le ayudó a concentrarse con mucha más facilidad y dibujó un perfecto murciélago en su mente. Se imaginó a sí mismo metiéndose dentro, como si fuera un disfraz de carnaval y cuando abrió los ojos lo veía todo desde una perspectiva diferente.

Era la primera vez que veía a su maestra desde el suelo, aunque incluso desde ahí seguía siendo tan hermosa que quitaba la respiración con su piel como el nácar y sus labios carmesí. Ella se agachó y le miró con satisfacción.

—Al fin lo has conseguido. Aunque las colas de los murciélagos suelen ser un poco más largas, así te va a ser difícil virar cuando vueles.

Gaspar se miró a sí mismo y se vio diferente. Sus manos ya no eran tal, sino unas garritas oscuras unidas a su cuerpo por una membrana. Sintió un poco incómodas las alas, pero pensó que sería solo hasta que se acostumbrara. Podía ver su hocico alargado si ponía sus ojos bizcos y forzando mucho la vista, puesto que como todo el mundo sabe los murciélagos apenas pueden ver. Se examinó durante unos momentos y después descubrió a Talia convertida en murciélago justo a su lado.

—Ahora daremos la primera lección de vuelo —dijo la murciélago con voz de pito—. Será corta, pero necesito que aprendas rápido y bien.

Gaspar movió su cabecita rápidamente de arriba abajo.

—En realidad alzar y mantener el vuelo es bastante intuitivo, así que ahí no creo que encuentres dificultad alguna. El problema lo encontrarás al querer girar en el aire o a controlar las distancias con los objetos que te rodean. Hasta que hayas aprendido no te alejes de mí y haz exactamente lo que yo haga.

El murciélago novato asintió de nuevo está vez con más nervios. Talia comenzó a correr por el callejón, extendió sus alas y se elevó en el aire, las batió un par de veces más para llegar a la altura que quería y después se mantuvo revoloteando como una mariposa observando a su pupilo desde arriba.

Gaspar inspiró hondo y empezó a correr. Imitó a su maestra y antes de que se diera cuenta ya estaba en el aire y subiendo. Aquello era como la primera vez que uno va a la playa, nadar es facilísimo. Y así se sentía Gaspar, como pez en el agua. Quiso volver a localizar a Talia, pero no veía bien. Al final ella apareció a su lado.

—Lo has hecho bien.

Su maestra estaba contenta con sus progresos. Estuvieron toda aquella noche aprendido los rudimentos del vuelo: como girar levantando una de las patas delanteras, como controlar su cola cuando estaba planeando y mucho más. Empezó incluso a emitir sonidos y a aprender a reconocerlos cuando venían de vuelta, aunque todavía no era capaz de hacerlo mientras estaban en pleno vuelo.

Cuando ambos estuvieron exhaustos Talia le enseñó a aterrizar frenando con las alas y pisando con sus patitas traseras el sueño hasta estar completamente parada. Él repitió los movimientos, tropezó en el último momento, pero a pesar de eso se sentía muy orgulloso de sí mismo.

—Aprendes rápido, muy bien —dijo Talia—. Mañana partiremos de viaje.

—Durará varios días, ¿verdad? —dijo Gaspar que ahora tenía muchísimas ganas de volar. Talia asintió—. ¡Genial! ¿Y cómo volvemos a ser humanos?

Talia abrió los ojos como recordando algo y volvió a soltar palabrotas y juramentos en su idioma nativo. Gaspar se tomó la libertad de taparse los oídos esta vez, puesto que como los murciélagos tienen ese sentido mucho más desarrollado lo escuchaba todo tres veces más alto. Se tiró cinco minutos sin parar hablando en ruso hasta que Gaspar se enfadó y la cortó zarandeándola.

—¿Qué es lo que pasa?

—Pues… —dijo ella volviendo al español—. Pues que se me había olvidado lo más importante. Verás: para volver a transformarse en vampiro es necesario que bebas sangre humana al menos una vez.

Ilustración Rafa Mir

Ilustración Rafa Mir

Guerreros sin nombre

Autor: Conchita Ferrando de la Lama (Jaloque)

Ilustradora: Jessica Sánchez

Correctora: Elsa Martínez

Género: Poesia. Romance medieval

Este cuento es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama, y su ilustración es propiedad de Jessica Sánchez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Mece el viento los cipreses y entre sus ramas se filtra.

Repite mudos romances al calor de hojas marchitas

 

 

En el camino sin lindes de la muy ancha Castilla,

crujen al sol los guijarros, el yermo sin fin se estira.

 

 

Solitario va el jinete con la mirada perdida,

que su caballo le lleva sin apenas tocar brida.

De muy gastadas gualdrapas va su silla guarnecida;

sudor de cien cabalgadas surcando su piel curtida.

 

Ya la montura se alegra.  Tras una loma escondida

aparece, recia mole que cuadrada se perfila,

la Torre del Homenaje, del castillo fuerte guía,

baluarte de torretas de almenas de roca viva.

 

Portón cargado de escudos; Poterna, de herrajes rica,

tiene de cerrojos tantos como espadas la armeria ;

Más bisagras y cadenas que pendones ha Castilla,

pero abierto el paso franco al visitante sin prisa.

 

Plaza de guerreros grandes que en el recuerdo la cuidan.

Morada de damas nobles que en sus torreones hilan.

Carga el jinete, al galope; su caballo se encabrita.

La Torre del Homenaje en sus cimientos se agita.

 

 

¿ Quién invade el patio fuerte turbando a la almena altiva?

¿ Qué ejército de fantasmas pone a la plaza cautiva?

 

 

 

! Mira al cielo caminante!

y encontrarás ,allí arriba, la clave de este secreto

por las piedras repetida:

 

 

“Grajos del Castillo,

guerreros sin nombre;

ejército mudo,

sombras de la noche.”

 

 

Replegados sobre el muro, formando perfecta fila,

un ejército de plumas el horizonte perfila.

Murmura el viento en la almena,  al claro de luna escrita

la historia de los guerreros,  sin nombre, escudo ni liza.:

 

 

 

“.. Comitiva de jinetes

que, de tan larga, perdida,

de tras los llanos naciendo

a estos fueros se venían.

 

 

 

Espadas han por enseña,

y halcones de cetrería

descansando en los enhiestos

estandartes de Castilla .

 

 

Bravos son los caballeros

a fe de su valentía;

fieles tanto con su Reina

hasta arrancarse la vida.

 

 

A los frentes del castillo

se aguarda la comitiva.

Extiende su guantelete

el guerrero que los guía

 

 

Y, al par de terrible estruendo,

cadena y piedra chirrían,

cayendo todo el gran puente

que a tierra se precipita.

 

 

Hasta el alba duró el paso

de tan negra comitiva;

piafar de cabalgaduras,

brillo de arzones y sillas,

 

 

Mas la aurora borró el rastro

de tan gran caballería,

y el canto del primer gallo

cubrió de silencio el día .

 

 

 

Desierto se hace ya el patio.

Cerradas puertas y fijas.

En las torretas, tan solo

el aire se mueve y silba.

 

 

La cámara de la Reina,

tras la ventana de ojiva,

aguarda a la su señora

que fuese de aquesta vida.

 

 

Blanca fue su piel doncella;

más blanca su frente altiva.

Lino de nieve sus tocas;

alba su risa de niña.

 

 

Guárdenla sus caballeros,

bizarra y muda capilla.

Fierros escudos y espadas

Velan su dama dormida.

Ilustración Jéssica Sánchez

Ilustración Jéssica Sánchez


Consumió el fuego su mecha.

Despertó el sol de mil días.

La hiedra cuajó de nieve.

Se agostó el grano en la trilla;

 

 

Mas no despertó la Reina,

que ha mucho que está dormida,

y en su largo velatorio

se consume su Castilla .

 

 

Ya no se mueve la tropa,

rígida por la desdicha.

Ya las sus faces son negras,

sin fuego de sangre, frías.

 

 

El Salón da Embajadores

crespones negros tapizan.

Las lágrimas de la muerte

por las torres se deslizan.

 

 

Mudos rumores de réquiem

parten los aires y silban.

Fúnebre túmulo yerto

transporta la comitiva.

 

 

Son, para siempre, formadas

las mesnadas de Castilla.

Guardia de honor de su Reina,

eterna, muda y sombría.

 

 

Cien mil siluetas de noche

en las torres se perfilan;

yelmos de pluma azabache;

invencibles garras frías.

 

 

Polvo y silencio de siglos

no rompen su fidalguía .

Lustrosas y negras plumas

que a la luz de luna brillan.

 

 

» Grajos del Castillo,

guerreros sin nombre;

ejército mudo,

sombras de la noche. »

 

 

 

Original de Conchita Ferrando de la Lama