30ª Convocatoria: ¿Donde viven los monstruos?

Amigo Monstruo.

 

Ilustración de Sergio Retamero

Andaba degustando mi bocadillo de chorizo a la salida del colegio y como siempre corriendo tras mamá a toda prisa porque llegábamos tarde a por mi hermano Iker a la guardería.

Al cruzar el paso de cebra… ¡plof! Adiós bocadillo. Quedó abierto y aplastado en medio del asfalto.

—Mamá, mamá, mi bocadillo…

—No hay tiempo que perder, Hugo. ¡Corre, corre!

Al agacharme a despedirme de mi bocadillo, allí estaba, mirándome tras los barrotes de la alcantarilla.

Siempre pensé que si alguna vez viera un monstruo gritaría, gritaría tan fuerte que me oirían hasta en Rusia. Y correría, correría tan rápido que quizá llegara también junto a mi grito.

Pero… no fue así. Vi sus ojos, sus ojos grandes tristes mirándome como dos luceros. Era raro, no se parecía en nada a mis amigos y su olor era apestoso, pero no me dio miedo, no grité, no corrí, me quedé allí mirando sin saber qué hacer.

—¡Corre, Hugo! ¡No llegamos a la guardería!

Levanté la vista para intentar decir a mi madre lo que estaba viendo, pero ninguna palabra salió de mi boca. Al volver la vista a la alcantarilla, estaba vacía. Aquel ser extraño que había provocado en mí una extrema ternura se había ido.

Esa noche no conseguí pegar ojo, no podía dormir, no podía dejar de pensar en mi monstruo, en su mirada, en su existencia.

Pasaron los días, y cada vez que pasaba por la alcantarilla me quedaba allí unos instantes esperando volver a verlo, pero nada, la alcantarilla estaba oscura y vacía.

Llegó el viernes y era día de parque. Todos los amigos quedábamos allí tras la salida del colegio para jugar con nuestro balón.

Cuando iba a marcar el golazo de la tarde mi tobillo me jugó una mala pasada y se dobló igual que un chicle.

Me senté en el césped y me puse a llorar. De repente sentí que una mano tocaba mi tobillo. El susto fue monumental cuando comprobé que aquella mano era verde y de unas dimensiones muy grandes.

Pero no grité, no corrí, no me asusté. Sabía que era él, mi monstruo. Allí estaba bajo la alcantarilla del parque. No hablaba, pero usaba gestos. Pronto comprendí que estaba atrapado bajo la ciudad y no sabía cómo salir. El parque me parecía un lugar demasiado concurrido y le indiqué la alcantarilla del final de la calle. Le esperé allí y ayudándome de un palo pude sacarlo.

Pasamos toda la tarde juntos, comiendo gusanitos. Su historia era muy triste. Viajaba con su familia bajo el asfalto y tras un ruido muy fuerte se asustó y se desorientó quedándose solo.

Le prometí que le ayudaría y él me pidió que fuera nuestro gran secreto. Todas las mañanas cogía de casa galletas y panecillos de leche y los echaba disimuladamente a la alcantarilla camino al colegio.

Por las tardes juntos conseguimos dibujar los planos de la ciudad bajo tierra y así mi amigo podía recorrerlas durante el día.

Al cabo de unas semana, al llegar del colegio mi alegría fue inmensa, mi amigo no estaba solo, allí estaba su familia. Estaban contentos .

No quería perder a mi nuevo amigo, pero él se tenía que marchar al bosque, a su casa, en la ciudad corría mucho peligro.

Subí corriendo a mi casa a por la cámara de fotos y juntos nos hicimos una foto que guardo con mucho cariño en mi caja fuerte. Es uno de mis mayores tesoros.

Raquel Bonilla Santander

Anuncios

Ellos

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Microrrelato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad deSergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ellos.

Es difícil describir el horror.

Están ahí. Lo sé, a pesar de la oscuridad impenetrable que me impide ver mi propia mano a centímetros de mi cara.

Sí, ellos están ahí, estoy segura. Lo noto por el olor. Por ese tufo penetrante y fétido, tan característico. Un olor a organismo podrido, a animal muerto. Al principio me provocaba un rechazo casi imposible de superar, hasta el punto de hacerme vomitar, pero poco a poco me he ido acostumbrando.

Avanzo lentamente, en medio de esa negrura pestilente. A tientas, con riesgo a tropezarme, presintiendo lo peor. Mi sentido común me impulsa a retroceder y marcharme, pero tengo que hacerlo… Es mi obligación.

Sé que el suelo está lleno de trampas, por eso voy tan lenta, cuidando cada movimiento en ese laberinto, temerosa de tropezar y caer. Como un ciego en medio de una mudanza o un comando atravesando un campo minado.

Ahora escucho un sonido grave, acompasado, rítmico. Como el ronquido de una fiera dormida. Y ese sonido me estremece, me transporta al pasado, me recuerda otros momentos… Trato de usarlo como referencia para orientarme en la oscuridad, pero no lo consigo. El ambiente enrarecido dificulta la respiración, y la falta de oxígeno en mi cerebro me impide pensar con claridad.

Pero poco a poco, a medida que avanzo, mis ojos se van acostumbrando algo a esa pertinaz oscuridad. Creo detectar formas múltiples, diversas y abigarradas, como bultos acumulados, un caos absoluto. En realidad, no tengo claro hasta qué punto es real lo que veo, o si es mi mente la que me está jugando una mala pasada. Me restriego los ojos y vuelvo a mirar. En medio de esas sombras fantasmagóricas intento divisar algún movimiento, alguna señal de vida. Pero no consigo descifrar el enigma.

Y ese olor, mezcla de almizcle y sudor, que tal vez nunca consiga eliminar de mi recuerdo.

Tengo que avanzar, no puedo distraerme, tengo un objetivo, más allá de mi curiosidad. De pronto piso algo, algo orgánico, blando, pegajoso. En mi mente se disparan mil asociaciones, pero me esfuerzo por salir de ese bucle y sigo adelante. Me pongo a rezar para tener la mente entretenida. Prefiero no saber de qué se trata.

Y continúo. Lenta, torpe, temerosa… Continúo.

El ronquido es cada vez más cercano y persistente, y el hedor más intenso, lo que me indica que voy en la dirección correcta.

No es la primera vez que entro, qué va, ya son muchas. Muchas más de las que hubiera querido. Ni tampoco será la última, claro. Pero nunca es igual. Siempre es distinto. Siempre es peor.

Ellos tienen esa extraña capacidad de sorprenderme siempre de algún modo. De aumentar mi ansiedad y mi angustia.

Al avanzar, algo me roza la pierna. Algo fláccido. Creo detectar un movimiento pendular, como si fuera la cabeza de un pollo muerto. Qué asco…

Dios mío, como tantas otras veces, estoy a punto de abandonar, de dejarlo, de retroceder. Pero la responsabilidad puede más. Tengo que hacerlo. Si no lo hago yo, no lo hará nadie.

Y sigo, muy a mi pesar, sigo. A pesar del olor, ese olor repugnante que se mete en mi nariz como un cuchillo impregnado en orín de zorrino.

El avance es lento, pero ya falta poco. No podría calcular cuánto he caminado, ni cuánto tiempo ha pasado desde que entré, pero sé que falta poco.

Ya los tengo cerca, muy cerca. No llego a verlos, pero lo noto. El calor y la humedad son sofocantes. Y el zumbido se ha detenido.

Ahora oigo su respiración, profunda, acompasada. Y noto más que nunca ese hedor fétido.

Estiro el brazo y toco la pared, caliente y húmeda. Voy palpando esa superficie lisa hasta que la encuentro. Toco la cuerda, vertical y tensa como una serpiente cobra a punto de atacar.

La rodeo con mano y la aprieto con fuerza. Como otras veces. Respiro hondo y tiro hacia abajo, en un único movimiento rápido y preciso.

Y la persiana sube…

—¡¡Mamá!! ¡¡Baja esoooo!! ¿No ves que estamos durmiendo, coño?

—¡Que no! ¡Que ya es hora de comer! ¡Se acabó! ¡Se levantan y se duchan! ¡Y a ordenar la habitación, que es un caos!

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Daniel Camargo

Invierno en la ciudad que nunca duerme

Autor@: Ainhoa Ollero

Ilustrador@: 

Corrector@:

Género: Poema Fantástico

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero. La ilustraciones son propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Invierno en la ciudad que nunca duerme.

Sin rumbo, rota, febril,

he vuelto a aquellos rincones

en los que a su lado vi

miles de rostros feroces.

Nuestro hábitat natural:

cafés nocturnos, sevenelevens,

bancos de parques y albergues.

Cines que han echado el cierre.

Todo corriente y vulgar,

apestando a caos y muerte.

Calles de una ciudad enferma,

de esas que nunca duermen.

Nunca le vi de día.

Su sonrisa melancólica

cantaba a la luna dormida.

Si se reía con ganas,

muy pronto se contenía.

No me quería testigo

del filo de sus colmillos;

yo, que fingía no verlos,

nunca me sentí el peligro.

Sus besos sabían frescos,

su aliento era una caricia.

Al contacto de sus dedos

mis penas se derretían.

Yo sabía que cazaba

cuando me dejaba en casa.

Le veía el hambre en el alma,

agazapada en las entrañas.

Intuía escaramuzas,

carreras y duelos de espada.

Sigiloso como un gato,

a sus víctimas espiaba

buscando la soledad

de las vidas que se escapan.

Sombras en el bus nocturno

o en los pasillos del metro.

Marcas en cuellos blancos.

Pero no el mío: los vuestros.

Quise perderme en sus ojos

tristes, ancianos, vencidos;

esos bellos pozos negros

eran puertas al abismo.

Una y otra vez le insistí

que se saciara conmigo

suplicando con anhelo

que me llevara a su nido:

Poblemos los subterráneos,

viajemos siempre de noche

en las bodegas de los barcos.

Bebamos el vino rojo

que veo teñir tus labios.

No nos hagamos reproches,

nunca fuimos unos santos.

Yo ya no tengo miedo.

He dejado de tenerlo.

Tampoco siento el cruel frío

que nos roe en este invierno.

Quiero marcharme de aquí,

donde ya nada me ata,

y dormirme en mi ataúd

cuando todos se levantan.

Robar la vida que fluye

de los cuerpos de los otros

sin dejar que nos enreden

en sus juegos mentirosos.

Tomar solo lo que queramos

y abandonar el resto,

despreciando la debilidad

de esos mequetrefes no muertos.

Ojala no seas tú

ese montón de cenizas

que esparcí por mi portal

hace tantísimos días…

Ojalá vuelvas a verme

revoloteando de noche

con tus alas de murciélago

y tus colmillos me rocen…

Bailaremos para siempre

el baile de los vampiros

hasta que no exista el tiempo,

eternos, mucho más que vivos.

 

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Ainoha Ollero

La confesión de Robin

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: +16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La confesión de Robin.

—No te enamores nunca, Robin, no te enamores nunca…

—Tu consejo llega un poco tarde, Batman.

—No te enamores nunca. El amor te debilita, te hace dependiente de las decisiones y acciones de otra persona. Te conviertes en un ser fácilmente manipulable y enormemente frágil. No te enamores nunca, Robin. Yo no me he enamorado nunca y… soy prácticamente indestructible, una inamovible roca sobre la que se sustenta la seguridad de Gotham City.

Resultaba extrañamente patético oír sus palabras mientras se acurrucaba en aquel oscuro y sucio callejón acompañado únicamente por una botella de whisky que parecía estar a punto de quebrarse bajo la presión de su amoratada mano. Allí se escondía de sí mismo para… quizá olvidar o recordar o para expulsar de su corazón lo que fuera que le hubiera trastornado de aquella manera.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

Nunca lo había visto en semejante estado. Se había quitado la máscara que protegía su identidad, y entre dos contenedores de basura me hablaba con palabras de borracho.

—No te enamores nunca, Robin… Y sin embargo, nunca me sentí más fuerte que cuando ella se acurrucó sobre mi pecho. Nunca me sentí más yo, más completo, más entero, que cuando ella me susurró al oído aquel “te quiero” que llenó de luz mi pecho.

—¡Y entonces…! ¿Cuál es el problema? Tú la quieres y ella te ama a ti también…

—Ella está muerta.

—¡Dios mío! ¿Qué ha ocurrido? ¿Ha sido Joker, El Pingüino, Dos Caras…? Iremos a por quien haya sido y se lo haremos pagar a hostias. No tendremos compasión con ese miserable. Lo despedazaremos. Se arrepentirá de lo que ha hecho y…

—No ha sido ninguno de ellos, Robin.

—Entonces…¿quién…?

—Robin, ¡me quiero morir! ¡Ayúdame!

Me lo dijo extendiendo ambos brazos hacia mí, con la botella aún en la diestra y los ojos bañados en lágrimas. Batman me pedía ayuda; no estaba seguro de si era para darle una razón para seguir viviendo, o para morir y así poder huir definitivamente de su tormento.

—Me estaba asfixiando. Una bolsa negra con solo un par de agujeros me cubría la cabeza. ¿Qué me estaba pasando? ¿Cómo había llegado allí…? ¿Dónde estaba? Lo último que recordaba es que… ¡Selina!

»No podía ver nada, pero era evidente que alguno de mis enemigos había tenido la suficiente paciencia como para esperar el momento preciso en el que yo bajara la guardia y, entonces, drogarme y secuestrarme, ¡maldito hijo de perra!

»Tenía fuertemente sujetos los tobillos y las muñecas por unas abrazaderas metálicas de las que salían tensas cadenas que me suspendían en el aire. Algo parecido a un corsé me ceñía la cintura con una presión que apenas me dejaba respirar y… nada más. Estaba desnudo; lo notaba en el aire caliente que me rozaba la piel proveniente de una chimenea cercana. Debía utilizar los sentidos que aún tenía útiles a pesar de que incluso estos estaban todavía embotados por la droga que me había suministrado. No era capaz de reconocer ningún otro sonido más allá del crepitar de la leña de nogal y mi entrecortada respiración. No podía oler nada más que el olor de la madera quemada y… ¡a Selina! ¡Malditos miserables! Ella estaba allí, lo podía sentir y… Un ataque de furia me invadió y las cadenas chirriaron, pero ni un milímetro cedieron los anclajes a los que estaban sujetas. Eso y la falta de oxígeno me obligaron a renunciar rápidamente a mi pretensión. Grité, grité como no lo había hecho nunca, pero no recibí más respuesta que mis ahogados sollozos. Lloré, lo reconozco, no recuerdo cuándo había sido la última vez que había llorado, quizá de niño, supongo, pero esta vez lloraba de impotencia al imaginar que ella estaba como yo, a mi lado, atada como un animal igual que yo, con una bolsa en la cabeza como yo, y llorando como yo.

—Pero, Batman, ¿cómo llegaste a esa situación, cómo pudieron sorprenderte de esa manera… a ti? Tú que controlas todas las circunstancias, que dominas el entorno, que controlas los escenarios y las personas que en ellos se mueven. Tú que… jamás dejas que los sentimientos controlen tus acciones.

—Por eso, Robin, por eso. Lo necesitaba, por una vez tenía que sentir de verdad, sin que mi inteligencia o mi miedo me dijeran a cada instante qué era lo que debía hacer. Lo necesitaba y lo hice; desconecté todas las alertas y la dejé entrar en mi casa…

Batman estaba roto. Un largo trago de whisky detuvo su relato. Yo esperé impaciente a que recuperara un poco el sosiego y continuara con su historia. Batman debía expulsar los monstruos que le devoraban las entrañas. Yo esperaba que no fuera demasiado tarde y que sobreviviera al pagano exorcismo.

—Yo sabía que era una ladrona. Yo sabía que no era de fiar. Muchas veces antes me había hablado de amor con pequeños gestos, con miradas, con insinuaciones, pero… Yo sabía que era una flor del mal, que no tenía corazón y que utilizaba con destreza su belleza como si fuera la más afilada de las dagas… o la más eficiente de las llaves maestras.

Batman se interrumpió con una extraña mueca que podría haber pasado por una carcajada si no fuera por la baba y el whisky que brotaron de improviso de su boca.

—Me dijo… Me dijo que sabía que parecía una zorra; pero que en realidad era muy tonta porque… se había enamorado… de mí. Y yo ya había resuelto creerme lo que me dijera, y cuando la dejé entrar en mi habitación, durante los dos o tres segundos que tardé en cerrar la puerta tras de mí, ya había decidido que creería todo lo que ella me dijera, que sentiría todo lo que ella me hiciera, y que no habría mascaras, ni capa, ni cadenas, ni cueros, ni miedos, ni vergüenza o pensamientos que me apartaran de mi deseo. Quería sentir de verdad, quería abrir los brazos y dejarme llevar por un querer verdadero… Y así fue.

»Dejé que ella mandara, que me quitara con su lengua, con sus manos, con sus labios, la piel muerta que envolvía mi cuerpo y no lo dejaba respirar ni sentir; pero con eso no se conformó, ni yo esperé menos de ella. Dedo a dedo, músculo a músculo, su boca lamió y me besó los ojos, nariz y orejas. Su sexo en mi boca, sus gemidos, su… No sé en qué momento perdí la conciencia ni cómo o por qué me trasladaron a aquel lugar. Lo que sí sé es que cuando me quitaron la bolsa que me cubría la cabeza, el primer rostro que vi fue el de Selena, y su sonrisa me dijo que había sido ella, que todos los besos y todas las palabras de amor habían sido una gran mentira y…

—Y… tuviste que matar a la muy puta para salvar tu vida. Batman, no te sientas culpable, sólo te defendiste de esa mala zorra. ¡Le diste su merecido!

—No, Robin, no. Ella no pretendía matarme. Me soltó las cadenas, me quitó el corsé y allí, de pie, frente a frente me dijo que… ¡Ya está! Y se fue entre risas…

—¡Cómo que ya está! ¿Qué significa eso?

—Significa eso, ¡que ya está! Solo pretendía demostrar que podía hacerlo y que lo había hecho. Que podía hacer que me enamorara de ella. Que podía conseguir que le abriera mi casa y mi corazón a sabiendas de que ella era una zorra mentirosa y que, sin embargo o precisamente por eso, lograría vencer todas mis precauciones, que me pondría a su merced en cuerpo y alma, y que ya vencido, con mi vida en sus manos, ella tendría todo el poder sobre mí, que podría elegir entre matarme o permitirme seguir viviendo.  Y eligió lo segundo porque quería que recordara para siempre que ella había ganado, que podía irse y dejarme tirado como a una colilla.

—Pero… entonces…

—Le supliqué. Te lo imaginas, Robin. Le supliqué y ella se rio y… Me dijo que continuara con mi vida, que ella había muerto para mí y que no tardaría en olvidarme. Que ya me había olvidado.

Ya está bien, cabrón de mierda, no quiero oír ni una puta palabra más. Después de todo este tiempo de esperar, de soñar con que… quizá, algún día, tú… Y te enamoras como un imbécil de esa…

Eso fue lo único que le dije, después solo se escuchó el ruido metálico del contenedor de basura y el crujir de su cráneo al romperse.

Es curioso que, con el insoportable dolor que produce, el corazón no haga el menor ruido al romperse.

Robin.

 

Semillas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustraciones son propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Semillas.

Stella Dubois aparcó el Aston Martin de forma automática en el garaje de su casa, quitó la llave del contacto y se miró en el espejo retrovisor. Una pequeña sonrisa que no obedecía a ningún motivo concreto se dibujaba en la comisura de sus labios. La sonrisa de la Gioconda, pensó. Su vida no era perfecta, pero no le faltaba mucho para serlo. A los treinta y cinco años había conseguido la mayoría de las metas que ella y sus amigas de Oxford habían propuesto en el “Manifiesto para zorras felices”, una declaración de intenciones que habían redactado, borrachas y fumadas hasta casi perder el sentido, en la fiesta de la ceremonia de graduación, en la universidad. Era muy cierto que trabajaba muy duro y de sol a sol pero, a diferencia del resto de los mortales, que sólo lo hacían para intentar sobrevivir, ella estaba destinada a ser una de las elegidas, un miembro de la élite que gobernaría la City. ¿Qué más podía pedir? Su apellido estaba a punto de suceder al de su padre en uno de los más prestigiosos bufetes de abogados de Londres, estaba felizmente casada con un hombre que la adoraba y además tenía un hermoso niño de cuatro años. Por si todo eso fuese poco, hacía un mes que habían vuelto de un maravilloso viaje a Costa Rica y todavía le duraba la euforia. Había mujeres a las que se las conquistaba con pedruscos de muchos quilates, pero Stella no era de esa clase. Para ella la felicidad más absoluta consistía en poner un nuevo sello de visado en el pasaporte. De hecho, a veces pensaba que todo lo que merecía la pena de la vida había sucedido durante las vacaciones, en alguno de los viajes que comenzaba a planificar de forma meticulosa desde el mismo momento en el que acababa el verano. Hasta ella misma se daba cuenta de que cuando facturaba las maletas se convertía en una mujer diferente. Durante ese maravilloso mes permitía que las cosas sucediesen. Así había sido como había conocido a Tony, en una escapada organizada al zoco de Marrakech. Todavía recordaba cómo le había llamado la atención aquel hombre fuerte, de tez curtida y ojos verdes, que destacaba entre la multitud como un diamante sobre terciopelo negro. El destino había querido que conociese a su Lawrence de Arabia en aquel viaje, y Stella no era de las que desaprovechaban las oportunidades. A veces se preguntaba si le hubiese causado la misma impresión de haberlo conocido vestido con un traje, en el bufete en el que trabajaba.

Alma se cruzó con ella en la cocina. La chica de los Barton debía de haber visto las luces del coche al acercarse y se había dado prisa en arreglarse. Era viernes, lo más seguro es que hubiese quedado con su novio.

—¿Te dio mucha guerra el peque?

—No, ninguna —respondió la chica sin detenerse y se fue cerrando la puerta tras ella.

Stella se quedó un rato mirando la puerta cerrada. Alma era una buena chica, de eso no cabía duda, y la conocía desde que reptaba con pañales por el jardín, y sin embargo hacía más o menos un mes que había algo en ella que no acababa de encajar. Algo que era difícil de explicar, y que podría ser nada más que una sensación suya, pero decidió que no sería una mala idea mantener una pequeña conversación con la madre de la chica. No le gustaba meterse donde nadie la llamaba y era consciente de que Alma estaba en una edad complicada, pero a veces los vecinos podían ver cosas que quizás no fuesen tan fáciles de ver en su familia.

Dejó las llaves en la pequeña bandeja de cuero, sobre la cómoda del pasillo y se quitó los zapatos de tacón para subir la escalera sin que el crujido de los peldaños despertase a Alex. El pequeño dormía con placidez, pero completamente destapado, así que lo arropó, apagó la lámpara de Spiderman y cerró la puerta con delicadeza.

Esa misma mañana Tony le había dicho antes de irse al trabajo que le tenía reservada una pequeña sorpresa. Stella calculó que le quedaba el tiempo justo para dejar una botella de vino abierta para que respirase, darse una ducha rápida y ponerse algo sexy, pero descubrió contrariada que no les quedaba ni una triste botella de vino en la bodega. A esas horas tan sólo estaría abierto el Open, así que marcó el número de su marido para ver si podía pasar cuando volviera a casa y comprar algo que se pudiese beber.

—Vamos, cariño, contesta, por favor —masculló por lo bajó mientras contaba el número de tonos, hasta que se dio cuenta de que había otro sonido más en la cocina. Dejó que el móvil siguiese llamando y siguió aquella música que conocía muy bien hasta su origen, detrás del frutero.

—¡Genial! —exclamó a la vez que apagaba su móvil y cogía el de Tony.

Bueno, no se podía luchar contra el destino, esa noche habría sorpresa sin vino.

Stella tomó el móvil de Tony y lo miró con reverencia. Era muy raro que se lo hubiese olvidado en casa. Siempre lo llevaba encima porque era una de esas personas que necesitaba tener cerca una buena cámara de fotos. Tony lo fotografiaba todo, y después disfrutaba como un niño enseñándoselo. De hecho, era muy extraño que todavía no le hubiese enseñado las fotos de Costa Rica. No hizo falta buscar mucho, ahí estaban: fotos de la aproximación del avión, de la llegada al aeropuerto, en los parques nacionales, en el Hilton, con los Bern —un matrimonio muy divertido que habían conocido buscando un poco de marcha por la noche—, fotos un poco subidas de tono en la intimidad de la habitación… Y los videos.

Stella repasó los iconos de forma rápida y los identificó todos, excepto el último, así que se olvidó de que su marido estaba a punto de llegar y pulsó el botón de reproducción de forma distraída. De inmediato los sonidos de la selva inundaron la cocina. Las imágenes, bastante movidas, parecían grabadas desde algún tipo de escondite. A poca distancia, en el centro de un anfiteatro casi oculto por entero por una vegetación exuberante, se alzaba una especie de altar ceremonial en el que reposaba una mujer desnuda y aparentemente inconsciente. Parecía un espectáculo destinado a asustar a turistas aprensivos, sólo que no había público en las gradas. A Stella todo aquello le parecía muy extraño.

Seguramente lo hubiesen grabado aquella noche en la que Tony y Raoul Bern se habían ido de marcha para ver un poco más de cerca la ciudad, y que ella se había quedado con Isabella, tomado un par de cócteles mientras espantaban divertidas a varios lugareños borrachos que revoloteaban a su alrededor.

Stella reconoció la voz de Tony y de Raoul. Hablaban en susurros.

—¿Qué tal se ve? ¿Puedes grabarlo?

—Creo que sí, las antorchas iluminan bastante bien la escena.

—Dios santo. ¿Viste esas convulsiones? ¿Qué crees que van a hacerle ahora?

—No lo sé. Quizás nada más. Eso que la obligaron a comer parece que la dejó inconsciente.

—Puede que esté muerta…

—Creo que con esto hay bastante. Tenemos que ir a la policía con el video.

—¿Tú sabrías cómo regresar a este sitio?

—Shhhhh. Calla. Ahí vuelven.

Una docena hombres rodearon el altar en un amplio círculo y comenzaron a mecer sus cuerpos de izquierda a derecha como si fuesen uno solo. Stella en ese momento cayó en la cuenta de que dentro del círculo había algo más, una hermosa planta de grueso tallo que hasta el momento le había pasado desapercibida. Aún desde la distancia aquellas flores tan peculiares se parecían como dos gotas de agua a las que crecían desde hacía unos días en la esquina más soleada del jardín.

—Mira la tierra, al pie de la planta —se oyó la voz de Raoul—, parece que algo la está removiendo.

—Tiene que ser una broma —dijo su marido—, parecen unas manos.

Stella forzó la vista. No era lo mismo verlo en la pantalla del dispositivo que en directo, y podría ser sólo sugestión, pero daba la impresión de que un par de pálidas y delicadas manos se abrían camino entre la tierra como en las malas películas de zombies. Un instante después una hermosa mujer emergió trabajosamente de la tierra y se puso en pie de forma vacilante, como lo haría un cervatillo recién nacido. Sólo entonces dos de los hombres que componían el círculo se acercaron hasta ella y la cubrieron con una túnica mientras otros arrojaban el cuerpo de la mujer inerte al agujero de la tierra, que comenzó a cerrarse casi de forma inmediata.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¡Dios, mío! ¿Has visto eso? —La voz de Raoul era pura histeria.

—Ahora sí que tenemos bastante…

—¡Nos han visto! —Algunos de los hombres señalaban su posición—. ¡Esconde la cámara y vámonos!

De repente la imagen comenzó a agitarse de forma violenta y después se detuvo.

Stella comprobó los videos. No había más grabaciones. No entendía nada. Tanto si lo que había sucedido era real como si era una broma, ¿por qué Tony no le había contado nada?, ¿y qué pintaba aquella extraña planta en el jardín de su casa? Miró alrededor y comenzó a sentir frío. El mundo parecía desmoronarse bajo sus pies. Todo parecía extraño a sus ojos y empezaba a creer que ya no conocía suficientemente bien al hombre con el que había decidido compartir su vida.

Tony llegaría en unos instantes y ya no se sentía segura en la casa. Tenía que darse prisa. Cogió lo primero que encontró en el armario para abrigarse y se dirigió a la habitación de Alex. El sexto sentido le decía que lo mejor sería dormir por una noche en casa de sus padres, hasta que todo se aclarase. Seguramente habría una explicación lógica para lo que acababa de ver, pero la parte racional de su cerebro no capaz de encontrarla. Las luces de un coche rompieron la oscuridad en el camino de entrada de la casa. Era demasiado tarde para salir por delante. Si se daba prisa, todavía podía coger a Alex y salir por detrás. Con un poco de suerte podría dar la vuelta a la casa antes de que Tony reparase en qué era lo que estaba sucediendo. Alex estaba profundamente dormido, así que Stella no perdió tiempo en explicarle nada y lo cogió en brazos envuelto en el edredón.

—¿Qué es lo que pasa, mami?

—Nada, cariño —respondió ella intentando tranquilizar al niño con su tono de voz—. Sólo nos vamos a casa de los abuelos.

—¿Y papi?

—Papi vendrá mañana, cielo. Ahora duerme.

Los ojos del niño se abrieron por completo. Era evidente que se había desvelado.

—Pero eso no está bien, mami. Papá tenía una sorpresa para ti esta noche.

Stella estaba tan preocupada vigilando los movimientos de Tony que tardó un instante en darse cuenta del significado real de aquella frase. Miró a los ojos de su hijo, que en la penumbra del pasillo parecían haber adquirido un tono verdoso.

—¿Cómo sabes tú eso, Alex? Papá me lo dijo hoy por la mañana, antes de irse al trabajo, y tú ya estabas en el cole…

—Cuando todo acabe, madre, ya no tendrás que ir a trabajar nunca más y por fin estaremos juntos. Para siempre.

Era la voz de Alex, pero no era su hijo el que hablaba. Horrorizada, Stella asistió en silencio a algo que la dejó paralizada. El niño tomó con la mano derecha el índice de la izquierda y se lo arrancó con un crujido seco. Después ofreció el pequeño dedo, que se movía como si tuviese vida propia y de cuya parte cercenada sobresalían unos pequeños zarcillos, a su madre, que asistía al espectáculo horrorizada.

—Come, madre, como lo hice yo la noche en la que papá me hizo su regalo. No te preocupes por esto —y extendió los cuatro dedos de la mano izquierda con total naturalidad—, mañana volverá a estar bien. Todo será muy rápido. Después ya nunca más habrá dolor.

Stella comenzó a retroceder lentamente hasta que su espalda tocó la pared. Era demasiado tarde. No se trataba de una pesadilla de la que pudiese despertar, el monstruo con la forma de su hijo seguía allí, de pie, ofreciéndole el pequeño dedo en la palma de la mano abierta como si fuese un caramelo.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¿Qué sois? —logró articular entre sollozos.

—¿Qué somos, madre? —El pequeño arqueó las cejas y ladeó la cabeza ligeramente, como si la pregunta lo hubiese cogido por sorpresa—. Lo mismo que vosotros, sólo semillas.

Stella se derrumbó de rodillas, derrotada. No le quedaba nada por lo que luchar, y no tenía fuerzas para escapar. Además, ¿hacia dónde huiría? Le habían arrebatado lo que más quería. La vida ya no tenía sentido. Impotente, escuchó los crujidos en la escalera que anunciaban la llegada del hombre que antes había sido su marido.

Roberto del Sol