29ª Convocatoria: La Nieve

Guerreros de nieve.

Ilustración de Daniel Camargo

Era mi último día en la Academia de las Nubes. Por fin estaba listo para ir al mundo, pasear por él en lugar de observarlo desde la distancia. Llegó la hora del salto masivo, de la invasión de la tierra para por fin hacer una superficie terrestre adecuada para la vida.

Allá vamos. La misión de mi pelotón es taponar las salidas de los habitáculos de nuestros enemigos los carnosos. Lentamente caemos. Somos la ventisca definitiva. Me posiciono en la formación de ataque y sigilosamente nos acercamos hasta la entrada de madera y cristal. El primer destacamento ya está llegando, yo por el contrario aún estoy a cierta distancia, pero por los puntos de observación veo a los carnosos asomados con una expresión que debe de ser de miedo pues tienen la boca abierta y nos señalan. Un último giro en formación y ahuecamos el cuerpo para el impacto contra la madera. El golpe ha sido duro, pero para ello llevamos preparándonos semanas desde que salimos del lago guardería aún sin habernos enfriado para la guerra. Ocupo mi lugar contra la madera empujando con los compañeros para evitar el contraataque de los carnosos. Somos el muro que recordarán las generaciones venideras.

No sé cuánto tiempo pasó, pero allí estábamos aguantando impasiblemente cuando la madera cedió dejando paso a la guarida. Fue entonces cuando nos lanzamos al ataque contra el sorprendido carnoso que hacia guardia tras la madera. Fue un ataque relámpago y logramos derribar al rival. Todo iba perfecto cuando un nuevo carnoso apareció. Nosotros estábamos cansados y enseguida fuimos conscientes de que íbamos a ser derrotados pues los nuevos carnosos venían armados con una vara de madera con una especie de pequeño muro de metal en la punta. Con cada arremetida del arma miles de los nuestros eran expulsados. El final estaba cerca, sólo cabía esperar que al menos fuera rápido e indoloro.

Estábamos en el aire cuando un carnoso más pequeño que los anteriores dijo: 

—Papá, hagamos personas de nieve.

No sé qué significaba aquello, pero no me gustaba nada. Los carnosos empezaron a atrapar a los nuestros y los apretaban en un claro intento de asfixiarnos. Poco a poco nos capturaban, nos presionaban unos contra otros, y dándonos por muertos nos amontonaban. Yo rodé sobre mis compañeros y hui intentando coger una corriente que me elevara para poder informar al alto mando. Todo fue en vano, me cogieron y noté cómo me apretaban, Tal era la presión que noté cómo mi cuerpo se fusionaba con el de mis compañeros.

Entendí entonces que había sido derrotado. Exhausto y deshecho me limité a resignarme y ocupar mi sitio en la montaña de caídos mientras esperaba exhalar mi última gota de vida.

El sol salió y noté cómo se me escapaban las fuerzas cuando el pequeño carnoso decidió poner fin a mi existencia aplastándonos a unos cuantos con un dolmen anaranjado mientras decía:

—Mira, papi, ahora ya es una persona de nieve.

Sergio Pastrana

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Ladrón de sangre fría

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Género: Microrrelato

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Sergio Pastrana. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ladrón de sangre fría.

Ilustración de Daniel Camargo

La nevada era intensa y allí estábamos tirados sobre la nieve, yo y la sangre que escapaba de mi cuerpo, y quizás os preguntaréis cómo llegué a esta situación. Pues os lo contaré mientras las fuerzas me aguanten.

El día empezó como casi todos los de mi vida en estos últimos años. Me preparé una tostada con paté de jamón y un té negro, me di una ducha porque ante todo uno debe salir limpio a la calle para no molestar a la gente con malos olores corporales. Elegí la ropa que ponerme, algo cómodo que me permitiera moverme fácilmente y preparé mi equipo de trabajo, una riñonera, una navaja automática y una sonrisa pícara que demuestra que me encanta mi trabajo.

Sin pensarlo más salí a la calle y me dirigí a la parada de metro más cercana. Allí esperando al tren de la línea uno había una chica que era mi tipo: pelirroja, buen cuerpo y un bolso grande. Sin duda, a ella acudirían los salidos en busca de roce y junto a ellos estaría yo con mis ágiles dedos para dejarle un mal recuerdo de esa experiencia, sobre todo cuando haya tenido que pagar algo.

Diez minutos de trayecto en los que mi pronóstico se cumplió y con creces, la cartera de la chica y dos de los salidos.

Decidí no seguir en el metro y aproveché que aquella parada daba a una zona turística para ejercer varias de mis técnicas de trabajo. Al salir por la boca de metro una ráfaga fría traspasó mi cuerpo y al elevar la vista vi cómo los primeros copos de nieve caían de un cielo que se había oscurecido muy rápido. Sin duda eso iba a dificultar mi trabajo.

La nevada empezaba a arreciar cuando vi a mi siguiente “cliente”, un joven delgado con ropa cara y claramente más previsor que yo, pues llevaba puesto un chaquetón de plumas. Él se encaminaba hacia un callejón y yo iba detrás. Llamé su atención pidiéndole ayuda. Él, confiado, se acercó y empezó a explicarme cómo se llegaba a la dirección por la que le había preguntado. En un momento mientras explicaba se giró para reforzar sus indicaciones, y ese fue el momento que yo aproveché para sacar la navaja y ponérsela en el cuello. Le pedí su cartera, su móvil y su chaquetón porque la nevada se estaba convirtiendo en ventisca y después le indiqué que corriera si no quería quedarse allí tirado para siempre. Qué irónico que ahora yo esté en esa situación.

El individuo corrió como alma que lleva el diablo, yo por el contrario me lo tomé con calma. Me puse el chaquetón y revisé la cartera. Me quedé solo con el dinero, bueno, y con un preservativo. Quién sabía qué podía deparar el día. Quité la tarjeta al móvil y la tiré sobre la cada vez más blanca calle, tras lo cual me encaminé de nuevo por la vía principal en busca de una nueva víctima.

La tarea era cada vez más complicada pues el temporal arreciaba. La nevada se estaba convirtiendo en ventisca y cada vez era menos y más difícil de ver la gente por la calle, aunque claro, eso también facilitaba hacer cambiar de dueño las posesiones de aquellos a los que encontrara.

A unos doscientos metros vislumbré una silueta y me dirigí hacia ella. Caminar ya no era tan fácil como antes, pues los pies comenzaban a enterrarse en la nieve, pero ella estaba allí, inmóvil, quizás esperaba a alguien. Era una mujer esbelta pero no delgada, el cabello moreno movido por el aire le tapaba la cara. Apenas me separaban de ella diez metros cuando giró la cabeza y sonrió. Era una sonrisa increíble, casi parecía que había salido el sol. Nada hacía presagiar lo que sucedió a continuación.

Giró el resto de su cuerpo y me preguntó:

—¿Aún tienes la cartera de mi amiga?

Yo quedé sorprendido sin saber qué decir. Ella continuó:

—Sí, una pelirroja esta mañana en el metro.

La situación comenzaba a asustarme. ¿Quizás ella me vio o su amiga me identificó? Era imposible, así que decidí negarlo de pleno.

Al hacerlo su sonrisa desapareció, su mirada se volvió perforante y empezó a caminar hacia mí. Me apetecía huir, pero mis piernas no respondían. Ella metió la mano bajo su chaqueta a su espalda y sacó una daga grande, casi una espada, y sin mediar palabra la clavó bajo mis costillas. Noté cómo la giraba y me desgarraba por dentro y cómo la sacaba tirando brutalmente de mi carne. El dolor fue indescriptible. Ella me sujetó unos segundos mientras me decía:

—Es lo malo de robarle a las buenas personas, que a veces tienen un ángel de la guarda como yo.

Después me soltó, y yo caí sin resistencia alguna sobre la nieve, justo en la postura en la que estoy ahora esperando, mientras me cubre la nieve, a que me falte sangre suficiente como para morir.

Sergio Pastrana