¿Héroe?

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama

Rating: +16

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Héroe?.

Sigue leyendo

Resurrección

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. Las ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Resurrección.

En un último y desesperado intento por liberar a la mujer del abrazo mortal del zombi, Lohmú saltó sobre la espalda del monstruo y tiró de su cabeza hacia atrás con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A primera vista, Lohmú no parecía más que un viejo deforme que se movía con dificultad y arrastraba una pierna debido a una tara de nacimiento, pero la realidad era que aquel cuerpo torpe en apariencia escondía una musculatura de fuerza sobrehumana y que la naturaleza, para equilibrar un poco más la balanza, también le había dotado de un organismo incapaz de sentir dolor. Lohmú hubiese podido destrozar a cualquier hombre en un combate cuerpo a cuerpo, pero nunca había tenido la más mínima posibilidad en aquella lucha desigual. No había fuerza en el mundo que pudiese rivalizar con el hambre de la criatura. La pelea apenas duró un instante, justo el tiempo que el zombi tardó en sacudírselo de encima. A partir de ese momento, el jorobado quedó a su merced. Aplastado contra la tarima por aquella fuerza sobrenatural, sentía con impotencia cómo la bestia desgarraba su carne y podía oír los chasquidos de los huesos al desencajarse. Ya no le quedaba más que esperar el fin. Sin dolor no habría agonía, y el daño apagaría su cuerpo poco a poco, hasta que la bestia llegase a un órgano vital. Hasta entonces sería el testigo mudo de su desmembramiento, como cuando alcanzó a ver sobre el suelo, y sin ningún tipo de emoción, la pequeña y sanguinolenta esfera que antes había sido su ojo derecho.

Ella, que había sido la dueña de un poder sin igual y había llegado a pactar con el mismísimo rey de los demonios, yacía solo a unos pasos de distancia, con el cuerpo roto y la cara cubierta por su melena roja como el fuego. Enormes manchas de color escarlata manchaban la piel de su espalda, desgarrada allí donde el monstruo había clavado los dientes. Lohmú rogó a los antiguos dioses a los que tan bien había servido que fuesen misericordiosos y permitiesen que esa fuese la última imagen que pudiese llevarse en su último viaje al infierno. Pero entonces, cuando todo parecía perdido, el monstruo perdió el interés en ellos.

De repente la criatura elevó la cabeza como si hubiese podido escuchar una invisible nota musical, como si la brisa del pantano hubiese susurrado su nombre. El muerto viviente caminó con determinación hacia a la ventana y comenzó a arrancar con violencia las maderas de la pared. Lo siguiente que Lohmú alcanzó a oír fue el sonido de un cuerpo al arrojarse al agua. Entonces el jorobado se arrastró hasta el cuerpo de la mujer y tocó la suave piel del cuello con sus dedos encallecidos. Todavía estaba caliente. Aún podía salvarla.

Lohmú se levantó con dificultad y evaluó los daños que había sufrido. Lo que peor aspecto presentaba era el brazo izquierdo, que colgaba inerte al costado, pero por lo menos no parecía que estuviese roto. El resto de las heridas eran más o menos profundas y le hacían perder bastante sangre, pero eso no lo mataría. Por lo menos no de momento. Así que buscó un apoyo entre los escasos muebles donde poder encajar el brazo y, con un certero y rápido movimiento, lo volvió de nuevo a su sitio. Solo se demoró un instante para abrir y cerrar la mano y comprobar que de nuevo funcionaba como debiera. Tenía que darse prisa, no había tiempo que perder.

Barrió con la mano todo lo que había sobre la mesa y arrojó frascos y redomas al suelo sin importarle lo valioso que pudiese ser el contenido. Ninguno de aquellos compuestos que se mezclaban y se filtraban entre las maderas del suelo y que acabarían cayendo a las pútridas aguas del pantano le servían por ahora. Lohmú tomó a la mujer y la depositó con delicadeza sobre la mesa. Por un instante contempló aquel hermoso cuerpo desnudo sin bajar avergonzado la vista, como cuando ella reparaba en su mirada. Con mucho cuidado para no tocar las profundas heridas que habían acabado con su vida, recorrió su piel tibia desde los tobillos hasta el cuello y apartó con devoción el pelo enmarañado y tieso por la sangre seca para dejar a la vista unos ojos negros como la pez. Nunca habría osado tocar a la mujer en vida, solo ahora que estaba muerta se atrevía a expresar todo el amor que sentía por ella.

Ilustración de Sonia del Sol

Algo lo despertó de su ensueño e hizo que apartase rápidamente la mano de la mujer. Le parecía haber oído a alguien susurrar. Miró a su alrededor. ¿Había sombras que intentaban alcanzarlo, o era solo el temblor de la luz de las velas? Aquel cuerpo podía estar muerto, pero estaba seguro de que su espíritu aún no se había ido. Podía sentir su presencia vagando por el pantano. Si todo salía bien, ella seguramente lo castigaría por haber osado tocarla, pero no le importaba. Siempre lo castigaba.

Tomó un libro del estante y lo hojeó en busca de un pasaje concreto. Lohmú era consciente del peligro que corría al intentar invocar aquellas fuerzas demoníacas, pero estaba desesperado y eso le impedía tener miedo. No tenía nada que perder. Su alma, si es que había llegado a tenerla alguna vez, hacía mucho tiempo que estaba condenada. Y la vida ya no le pertenecía. No desde que ella lo había liberado de la soga la noche en la que lo habían dejado por muerto, colgando de un roble en un cruce de caminos. Desde aquel momento él le había prometido obediencia para siempre, y no pensaba faltar a su palabra le costase lo que le costase.

Sabía que no poseía el don y que su cerebro simple y primitivo era incapaz de comprender cosas complejas, como los misteriosos conjuros que ella manejaba con soltura, pero la había visto traer a tantos hombres de regreso de la muerte que conocía las palabras casi de memoria. Si solo se trataba de eso, si las palabras por sí solas tenían el poder, todavía tenía una oportunidad.

Colocó el libro allí donde pudiese consultarlo y comenzó a recitar el salmo de la protección. Después tomó la arcilla ceremonial y empezó a cubrir el hermoso cuerpo de la mujer con los signos que alguien había dibujado en aquellas páginas hacía más de doscientos años. Cuando terminó, se arrodilló y comenzó a canturrear mientras se mecía levemente adelante y atrás.

Según ella, las fuerzas sobrenaturales fluían por el mundo como las aguas de un río y no todos podían verlas, pero había personas especiales que habían nacido con el don de poder manejarlas a su antojo. A Lohmú no le cabía duda alguna de que la mujer que reposaba sobre aquella mesa era una de ellas. La mujer también le había dicho que había lugares mágicos en los que esas fuerzas se manifestaban con más intensidad, portales en los que la frontera entre este mundo y el infierno era más frágil. Por eso se habían establecido en aquella vieja cabaña, en el corazón del pantano. Lohmú estaba seguro de que oirían sus plegarias, y había demonios ancestrales que les debían favores, criaturas innombrables que no los dejarían abandonados a su suerte.

En el pantano, el calor húmedo y pegajoso era algo tan natural e inevitable como la muerte. Por eso Lohmú se sorprendió cuando comenzó a sentir frío. Pero no dejó de cantar ni cuando una brisa helada como la mano de la muerte apagó las velas y dejó la habitación iluminada únicamente por la luz de la luna, que se filtraba entre las maderas de la techumbre. Casi al instante comenzó a escuchar susurros que acompañaban su cántico. Ya no estaba solo. Sombras más oscuras que la noche rodearon el cuerpo roto de la mujer y dibujaron siluetas de pesadilla en las paredes de la cabaña. Lohmú cerró los ojos y empezó a cantar con más fervor. En aquel momento juró que no se detendría hasta que ella lo llamase de nuevo por su nombre.

El rugido de un trueno todavía lejano lo sacó de su éxtasis y lo devolvió al mundo real, y abrió los ojos solo para comprobar que una luminosidad sobrenatural bañaba el cuarto. No era consciente de haberse dormido y sin embargo le daba la impresión de haber vivido una pesadilla tan nítida que todavía tenía la piel perlada por el sudor del miedo. Estaba confundido, lo mismo podría haber pasado un suspiro que toda una eternidad. El cuerpo de la mujer ya no reposaba sobre la mesa, sino que flotaba un palmo por encima de ella, con los brazos colgando a los costados, como si algo o alguien que no alcanzaba a ver la estuviese sosteniendo en el aire. Una enorme criatura sin forma definida que parecía haber salido del más profundo pozo del infierno recorría con cientos de tentáculos su cuerpo y ella parecía responder a los estímulos. Lohmú se asustó cuando reparó en que un líquido oscuro y denso como la sangre salía de las heridas y se derramaba sobre la mesa, pero se tranquilizó cuando se dio cuenta de que no era más que una ilusión óptica, en realidad era la savia del pantano la que nutría el cuerpo de ella mientras cerraba las heridas abiertas.

Ilustración de Sonia del Sol

Y de repente todo terminó.

Un suspiro sobrenatural hizo que la cabaña temblase. Lohmú vio cómo aquellas fuerzas invisibles volvían a depositar con delicadeza el cuerpo de la mujer sobre la mesa y la criatura infernal que se retiraba deslizándose con pereza sobre el suelo de madera hacia la seguridad de las aguas del pantano.

Algo había salido mal. No cabía duda de que el vínculo se había roto, pero era imposible que todo acabase tan rápido. Todavía se estaba preguntando en qué había fallado cuando oyó los primeros gritos.

¡Sal de tu guarida, bruja! ¡Esta vez has llegado demasiado lejos!

Lohmú se asomó a la destrozada ventana para ver con asombro que la orilla del pantano estaba iluminada por un río de antorchas que se acercaba a la cabaña. Una veintena de hombres del pueblo gritaban enardecidos con el valor de la multitud y quizás también animados por el calor del alcohol. Algo muy grave tenía que haber sucedido para que se atreviesen a llegar hasta aquellos parajes en plena noche.

Ilustración de Sonia del Sol

El sheriff Gordon encabezaba la comitiva y parecía que le estaba costando mucho trabajo mantener a aquellos hombres bajo control.

¡Esta noche una criatura que no estaba ni viva ni muerta acabó con la familia Monatrie! —gritó por encima de las voces de la multitud—, y otros cinco buenos hombres cayeron antes de que pudiésemos detenerlo. Queremos saber qué es esto y si habéis tenido algo que ver con ello.

Y el hombre de la ley levantó una cabeza que mantenía sujeta por la cabellera para que todos pudiesen verla. No había duda, se trataba del zombi que esa misma noche ella había traído de vuelta de la muerte.

¡Marchaos de aquí! —La voz de Lohmú salió de entre las sombras de la cabaña—. ¡Ella está a punto de regresar y os matará a todos! ¡Si os vais ahora, puede que todavía salvéis vuestra vida y la de vuestras familias!

Lohmú había mencionado a propósito a los que habían dejado en casa. El alcohol podía hacer que uno arriesgase la vida por una causa que considerase justa, pero era algo muy diferente poner en peligro a los seres que amaban. Un murmullo de temor recorrió las filas de los hombres, que retrocedieron unos pasos pero, cuando el miedo a la venganza de la bruja parecía que comenzaba a hacer mella en el ánimo de la gente, el sonido seco de un disparo hizo que todos se encogiesen.

La bala arrancó un trozo de astilla de la ventana.

¡Alto! ¿Quién ha disparado? —preguntó el sheriff—. Las cosas han de hacerse de acuerdo a la ley. No somos bestias. Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo.

Un hombre alto que llevaba un rifle apartó a los hombres que estaban en primera fila y se enfrentó al sheriff.

Tú viste lo que quedó de aquellos chicos. ¿Qué habrías hecho si se tratase de tu Luci, Gordon? Esta noche tendremos justicia, lo quieras tú o no, así que puedes echar una mano o mirar hacia otra parte, pero no te metas en medio.

Parecía evidente que aquel hombre había asumido el papel de líder de la manada. El rugido de la gente dejó al sheriff con la boca abierta y sin respuesta. Esa noche la estrella que colgaba en su pecho no le daría la autoridad que necesitaba para detenerlos.

Dentro de la cabaña, Lohmú apretó los dientes en un gesto de rabia e impotencia. Eran demasiados. No solo habían roto el pacto, sino que además habían interrumpido el ritual sin que estuviese acabado. Presa de la desesperación, cogió el cuerpo inerte con sus fuertes brazos y salió con ella al hombro por una trampilla que daba a la parte de atrás de la cabaña. Con un poco de suerte, el agua oscura que le llegaba por las rodillas confundiría a los sabuesos si se atrevían a perseguirlo.

Mientras tanto, la tormenta crecía en intensidad a medida que avanzaba sobre el corazón del pantano. Los relámpagos rasgaban la noche con mayor frecuencia y el ruido de los truenos ahogaba cualquier otro. El viento agitaba las ramas de los árboles como si un titiritero loco tirase de las cuerdas. Las más secas se desgajaban del tronco y se convertían en peligrosos proyectiles difíciles de esquivar. El sheriff hizo un último intento por controlar a aquellos hombres, pero era incapaz de hacerse oír por encima del creciente estruendo de la tormenta. Algunos habían emprendido el camino de vuelta, quizás convencidos de que las cosas no podían hacerse de ese modo, quizás asustados por lo que pudiera suceder a sus familias o avergonzados por lo que creían que estaba a punto de ocurrir. Pero uno de los más atrevidos, quizás temeroso de que los ánimos de la gente se enfriasen y todo se quedase solo en un aviso, arrojó una antorcha que nada más tocar el tejado de la cabaña convirtió la construcción en una bola de fuego.

Cuando Lohmú echó la vista atrás, la cabaña no era más que una pira de fuego que crepitaba e iluminaba el paraje con una luz infernal. Enormes y grotescas sombras jugaban al escondite entre los árboles del manglar. Los hombres que se habían quedado lanzaban enfervorecidos vítores con los que festejaban el final del reinado de terror de la bruja. Estaban sedientos de venganza y no se detendrían ante nadie. De repente los perros comenzaron a ladrar y a tirar de las correas de una forma salvaje.

«Huelen mi sangre», pensó el jorobado.

Todavía les llevaba una importante ventaja y nadie conocía aquellas aguas mejor que él, y quizás no tardasen en perder su rastro o los hombres no se atreviesen a internarse en el pantano sin la seguridad de la luz del día, pero no podía confiarse.

La tormenta estaba casi encima de ellos y las primeras gotas gruesas rompieron la superficie del pantano.

A la luz intermitente de los relámpagos, Lohmú alcanzó el árbol milenario que crecía deforme en el corazón de la ciénaga y lo rodeó para buscar la entrada escondida entre las retorcidas ramas. Protegido en la oscuridad del escondite, dejó a la mujer con delicadeza sobre una especie de altar natural y se dispuso a rezar a demonios más antiguos que la humanidad. Solo pedía un poco más de tiempo para ella, para que pudiese completar el ritual. Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando, tras el fragor de un trueno, pudo oír con claridad la voz de un hombre:

¡Salid de vuestro escondite, monstruos! Ni siquiera esta mierda de tormenta va a impedir que os demos vuestro merecido. Es hora de que paguéis por vuestros pecados.

Se acabó. Era el fin. El cualquier otro momento se hubiese enfrentado a ellos y hasta hubiese podido salir victorioso, pero no esa noche. Aunque las heridas no le dolían, había perdido demasiada sangre y eso le había robado todas las fuerzas. ¡Qué podía importar la forma de morir! Todo estaba perdido. Tomó por última vez la mano de la mujer entre las suyas y se levantó para hacer frente a su destino.

Cuando Lohmú salió del escondite, una cortina de lluvia lo empapó por completo. Podía imaginar lo que representaba para aquellos hombres, pues su sola presencia, aún herido, era suficiente para que casi todos retrocediesen unos pasos. Pero eran demasiados. El viento soplaba y agitaba la superficie del pantano y los bañaba a todos en agua putrefacta hasta la cintura.

Los perros entrenados para matar tiraban de las correas con sed de sangre. De su sangre. Lohmú vio a cámara lenta cómo el hombre reía de forma demencial mientras abría la mano que sujetaba las correas y permitía que las tres bestias se abalanzasen sobre él. También pudo ver su cara de sorpresa ante lo que sucedió después. La tormenta había crecido en intensidad, pero ya no los alcanzaba. Era como si estuviesen protegidos por una burbuja que la tempestad no podía atravesar. Los perros frenaron su alocada carrera a escasos metros de donde se encontraba el jorobado y regresaron a toda prisa para esconderse entre las piernas de su amo, aullando y gimiendo de terror. Los mismos hombres que un instante antes se habían mostrado tan valientes comenzaron a retroceder. Sus caras de pavor lo decían todo.

Lohmú se volvió y lo que vio hizo que se arrodillase en aquellas aguas cenagosas. Una niña caminaba lentamente hacia ellos sobre el agua. Apenas podía ver sus rasgos, porque detrás de ella los relámpagos solo recortaban la silueta, pero no podría olvidar jamás el fuego infernal que iluminaba sus ojos.

Ilustración de Sonia del Sol

¡Ama Mohana! —gritó al tiempo que bajaba la mirada en señal de obediencia.

Aparta, fiel Lohmú. Deja que estos hombres y sus bestias puedan acercarse a mí. Quiero escuchar sus exigencias.

El agua cenagosa borboteaba a su alrededor, y Lohmú pudo ver el lomo de las bestias infernales cortando el agua rápidamente en dirección a los aterrorizados hombres.

Ninguna de las personas que componían aquella partida de caza volvió a sus casas. Aunque, de haber podido hacerlo, tampoco hubiesen salvado la vida. La tempestad que azotó el pantano con una violencia que nadie recordaba en siglos, pronto se convirtió en un huracán que se tragó varios pueblos de los alrededores. Cientos de hombres, mujeres y niños perecieron aquella noche y nunca se pudo recuperar sus cuerpos. Los viejos dicen que la bruja se los llevó, que visitó cada una de las casas para robar sus almas y enterrar sus cuerpos aún con vida en el pantano. Y que los hará regresar de la muerte cuando el oscuro demonio al que sirve los necesite.

Martin Wormwood guardó silencio durante un instante para que la historia que acababa de contar calase hasta los huesos de aquellos jóvenes como una ducha de agua fría.

Y eso es todo lo que mi padre me contó sobre la leyenda de la bruja, muchachos.

El anciano envolvió con parsimonia la caja de cebo vivo en papel de periódico amarillento y colocó el paquete en la bolsa de papel, junto al resto de las compras. No tenía prisa, porque por aquellas tierras nadie la tenía. Cuando uno se adentraba en el condado de Ponniegough, tenía que olvidarse del reloj, esa era la primera norma.

Los había dejado impresionados. No había más que mirar sus caras. Llevaba sesenta años contando una historia que conocía mejor que la suya propia, y ponía tal pasión al hacerlo que pocos de los que salían de la pequeña tienda se tomaban el asunto a broma. Algunos incluso llegaban a cancelar la excursión por el pantano para volver a la seguridad de sus casas en la ciudad. Pero aquellos chicos eran diferentes. Podía ver el veneno de la adicción al peligro en sus miradas. A aquellos lobos de ciudad, con sus enormes y brillantes todoterrenos y sus caros relojes, les encantaba presumir de quién la tenía más larga. Martin sabía que, cuando acabasen con la mitad de la provisión de cervezas que habían comprado y fumasen un poco de aquello a lo que olían, necesitarían emociones más fuertes que los siluros que decían que habían venido a pescar. Les dijese lo que les dijese.

Por si todavía os queda alguna duda, chicos, nadie ha vuelto a ver a la bruja después de aquella noche y, si hablas con alguno de los lugareños que volvieron a establecerse en el pantano atraídos por la abundancia de langostas, se reirán en tu cara si les mencionas lo de la leyenda, pero ninguno se ofrecerá a llevarte hasta el corazón del pantano, donde las aguas cambian de color y se vuelven más oscuras. Todos se encogerán de hombros mientras te dicen que allí no se les ha perdido nada.

Pero todas esas personas perdidas… —dijo el que parecía más preocupado mientras el resto se burlaba de su gesto serio.

Sí, es cierto, hay bastantes desaparecidos. Pero si tenéis la oportunidad de preguntar al sheriff por esos casos, se limitará a contar la versión oficial y te dirá que ese porcentaje no es mayor que el de cualquier otro estado y que es difícil hacer de ángel de la guarda de todos los tontos que se acercan hasta el pantano atraídos por esa absurda leyenda. También te dirá que aquellas aguas son realmente peligrosas y que hace falta conocerlas muy bien para poder moverse por ellas por la noche. Y si lo invitas a un trago en el local de Mou, puede que incluso te cuente lo que él piensa, que a veces, los curiosos se encuentran por casualidad con los alambiques de los lugareños, y que a los de allí no les gusta que nadie se meta en sus asuntos. Pero nunca te contará lo que mi amigo de la infancia, el viejo Virgil Hankock, al que tuvimos que ingresar en el sanatorio mental de Mountreux, dice que vio. Tan solo te advertirá de que, de una forma u otra, si te pierdes en el manglar lo más probable será que nadie te encuentre, porque todo el mundo por allí sabe que hay caimanes de cien años y del tamaño de varios hombres que ya han probado la carne humana; y esas bestias, créeme, amigo, no dejarán de ti ni un solo hueso al que poder dar sagrada sepultura.

Roberto del Sol

Ciprianofobia

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Ciprianofobia.

Cuando se sentía triste, siempre acudía a la compañía de las prostitutas. Le reconfortaba el calor que transmitían a su cuerpo tullido por solo unos míseros chelines. Esa calidez humana que expulsaba de los huesos la terrible humedad adquirida durante los incontables paseos nocturnos por las infestadas calles londinenses.

Ilustración de Sonia del Sol

Pero esa noche era diferente. La tristeza de su interior era tan grande que se había desatado en desolación, una especie de desesperación que una confesión en Whitechapel Church no podría absolver y que la compañía de una mujer de la calle no disolvería. Se sentía un mísero y un fracasado: desdichadamente, aquella noche había perdido la fe en sí mismo, en sus manos arrugadas que, temblorosas, le pedían con urgencia el siguiente trago de whisky; había perdido la fe en su profesionalidad, había desempeñado su oficio de médico durante más de treinta años, y aunque sujetase fuertemente su maletín de doctor; y había perdido la fe en el Dios misericordioso y lleno de amor que aquella noche había decidido llevarse junto a su seno a esa criatura inocente, mostrándose frío, cruel y vengativo al dejar a una madre joven y pobre desconsolada, infectada de tuberculosis, portadora de la sífilis y huérfana de hijo.

¿En eso consistía la justicia divina? Gloria y oro para su majestad, la Reina Victoria y para todos sus descendientes por la gracia de Dios; tifus, cólera y miseria para el pueblo abandonado a su suerte. La muchedumbre de la pocilga en la que se había convertido el East End londinense convivía con la pobreza en un barrio dónde los crímenes y las bandas eran el pan de cada día, dónde la prostitución era la única fuente de ingresos posible para viudas, madres y muchachas; y dónde las ratas compartían tejado con los mugrientos inquilinos de los edificios de Thrawl Street, entre los que se encontraba Mary Ann Nichols, conocida vulgarmente como Polly, una prostituta de mediana edad a la que el doctor había asistido en un par de ocasiones por coma etílico. No, si Dios existía, definitivamente permanecía absorto con los problemas de inquinas internas de la Casa Real Británica y con los menesteres de su Imperio y nunca posó sus ojos sobre el East End. Si existía, había abandonado a sus gentes. Ignoraba las plegarias de los enfermos del London Hospital, cuya podredumbre les devoraba el cuerpo poco a poco, y se reía de los pocos feligreses que acudían a Whitechapel a rezar y a los muchos otros que aparecían hambrientos y agradecidos por recibir un plato de sopa caliente y aguada, cuyas vidas podían encontrar un trágico final a cuchillo a las pocas horas, por unos míseros centavos y en cualquier esquina. No, Dios no era ni misericordioso, ni bueno con las pobres gentes de ese barrio. Probablemente, ni siquiera existía.

Un chasquido sonó en la lejanía acompañando a ese pensamiento y un rayo alumbró fugazmente el cielo nocturno. El doctor apresuró sus pasos renqueantes sobre la acera sucia con olor a orines temiendo que se desatara un chaparrón de verano. Pero el cielo se mantuvo calmo. Miró arriba esperando algo,  una ínfima señal de la existencia de ese Dios del que acababa de renegar, pero solo vio la negrura que se cernía sobre las escasas farolas que apenas lograban iluminar la calle adoquinada. Nada parecía indicar que el cielo se estremecería de nuevo sobre la asfixiante y bochornosa noche de agosto. Y no lo hizo.

Pero una súbita ventisca azotó las copas de los árboles de la avenida haciéndoles que cobraron vida y formas fantasmagóricas. Un frío glacial recorrió la curvada espalda del doctor. De repente, se sentía observado. Detuvo sus pasos y miró atrás. Nada. Solo la típica neblina que solía cubrir el asfalto con la humedad de los vapores del Támesis y con el humo de las chimeneas. El viejo hombre reemprendió su marcha apoyado en su bastón y notó como algo o alguien le seguía los pasos. Primero desde lejos, luego acercándose.  Volvió a parar y a girarse, esta vez apuntando con su bastón. «¿Quién hay allí?», le gritó al aire, «¿Dónde te escondes Recibió la callada por respuesta. Detrás suyo, por mucho que sintiera que algo o alguien le acechaba, no había nadie, absolutamente nadie. ¿Eran los primeros efectos del delirium tremens, que ya hacían su aparición? Sacó su reloj de cuerda. Las 2:20. Llevaba trece horas sin tomar una copa, y el sudor frío empezaba a resbalarle por la frente. Necesito un trago, se dijo, y se dirigió rumbo a The Angel & Crown lo más rápidamente que pudo.

El rumor de risas y peleas de taberna que llegaron hasta sus oídos le indicaron que ya estaba cerca de Wellclose Square. Sin aliento, recorrió los metros que le separaban del portal donde unos marineros ebrios salían acompañados de varias prostitutas. Entre ellas, pudo distinguir a Martha Tabram, conocida localmente por Martha Turner.

Entonces, un remolino de viento frío surgió de la nada frente a él, formando una especie de nube grotescamente oscura cuyos tentáculos de humo daban latigazos en el aire, levantando estelas de polvo. El viejo doctor inclinó su sombrero para evitar que la suciedad le entrase en los ojos y, a ciegas, respiró ese aire infestado de muerte. Cuando abrió la boca para toser, sintió como un frío acerado se deslizaba por su garganta, le traspasaba las entrañas y se instalaba en ellas. Fue lo último que sintió hasta el amanecer.

Cuando despertó a la mañana siguiente, el viejo doctor se encontró echado sobre su propia cama, vestido, y sin saber como había llegado allí. No se fijó en sus manos manchadas de sangre seca. Se incorporó lentamente. Sus huesos envejecidos chasquearon y sus músculos extremadamente rígidos le infligieron punzadas de dolor. Todavía podía sentir el frío en su interior, un frío que contrastaba severamente con el calor de la habitación. Afuera, en la calle, había más escándalo del usual. Oyó como Dark Annie, la vecina de arriba, abría de par en par su ventana y, seguramente asomando su cabeza gritaba, sin ningún atisbo de vergüenza o pudor:

—¡Eh, vosotros! ¿Alguien me puede decir a qué viene tanto alboroto? ¡Que una ha estado trabajando toda la noche y tiene que descansar!

—¿No se ha enterado señora? —preguntó un pequeño ladronzuelo que siempre andaba por las calles pidiendo limosna— Han encontrado a una puta cosida a puñaladas en las escaleras de George Yard Buildings.

—¿Ah, sí? ¿Y de quien se trata, si puede saberse? Y corrige tu lenguaje, niño, o bajaré y te arrearé una patada en el culo.

—Pues baje si quiere. Usted no es mi madre. Y yo hago lo que me da la gana. Y, la puta, era la Martha.

—¿La Turner? —preguntó Annie en un tono que dejaba ver una nota de  preocupación.

—La misma —dijo el niño mientras se alejaba corriendo.

El doctor, estupefacto e incrédulo, sentado sobre su cama, miraba atónito sus manos ensangrentadas sin comprender qué le había sucedido. No estaba herido; la sangre no era suya. Intentó recordar, pero no pudo. Fijó su mirada sobre el maletín médico que descansaba sobre la mesa y, aún sin comprobarlo, lo intuyó. En un arrebato de ira se abalanzó sobre él y tiró todo su contenido al suelo. Unos tubos de cristal se rompieron en mil pedazos, unas tijeras arañaron las baldosas manchadas y rotas, una venda rodó hasta que chocó con la pata de una silla y tres cuchillos y una sierra cayeron pesada y ruidosamente. Dos de los cuchillos de operar estaban manchados de sangre seca.

Veinticinco días después de aquel suceso, en la noche del 31 de Agosto de 1888, un viento extraño se levantó en Bakers Row, rompiendo ventanas y rebatiendo puertas. El carnicero, que estaba despiezando un cerdo en el almacén trasero mientras pensaba en cómo le gustaría degollar a su esposa, infiel y beata, que seguramente se trajinaba al párroco de Whitechapel o, al menos, así lo indicaban todas las pistas. Salió corriendo, cuchillo en mano, en cuanto oyó la explosión de cristales rotos, hecho una furia y dispuesto a hacerle pagar los desperfectos al desdichado que hubiera tirado la pedrada contra su ventana. Pero en la calle no halló más que una sombra negruzca y estremecedora que parecía hecha de aire contaminado y, al mismo tiempo, sustentar algún tipo de vida. El carnicero tuvo la impresión de que lo miraba fijamente instantes antes de que se precipitara sobre él, entrándole por la boca y ahogando un grito de pánico en la garganta.

Aquella noche nadie vio a ese hombretón con el delantal de cuero sangriento y que empuñaba un enorme cuchillo de despiezar reses caminar por las calles como un zombi sin rumbo, porque una maléfica nube oscura lo cubría por completo. Nadie oyó sus pasos por Bucks Row, porque un viento envolvente amortiguaba el sonido de sus pisadas. Y nadie vio cómo destripaba brutalmente a la adorable Polly porque algo salido del mismísimo infierno lo protegía.

*********

Ilustración de Sonia del Sol

—A veces el diablo se viste de persona y envía cartas desde el infierno.

—¿Se refiere a Jack el Destripador?

—Jack, John, Albert, Ed, Ted… uno, varios… todos son lo mismo ¿Qué importan los nombres? Aunque tenga incontables nombres y disfraces sigue siendo él.

—¿Él, Charles? ¿A quién te refieres?

—A él, al demonio. Te entra por la boca y te sale por las manos.

—¿Y por qué hace eso?

—Nos utiliza para dejar su mensaje.

—Y ¿cuál fue el de usted, señor Manson?

—Querrá decir el que él dejó a través de mí y de mi modesta familia.

—Eso… eso mismo.

—Estaba en las paredes de la casa de Sharon Tate, escrito con su propia sangre. Yo no lo recuerdo. Solo fui el mensajero. Y los mensajeros no leemos la correspondencia. Pero usted todavía puede verlo en las fotos policiales si quiere. Pida permiso para publicarlas en su periódico. Seguro que se lo darán. Ah, y resérveme un ejemplar. Me gusta coleccionar todo lo que se escribe acerca de mi obra.

—¿De su obra?

—Como mensajero del diablo

—¿Cómo Jack el Destripador?

—Como a todos a los que llamaron Jack el Destripador.

—¿Eran varios?

—Eso parece.

—¿Y el mensaje?

—Ya sabe… aquella carta…

—Ya…desde el infierno…

—Exacto.

—Pero hay algo que no encaja. Desde esos crímenes hasta el que usted cometió han pasado ochenta años. Y eso es mucho tiempo.

—Y dos mil desde los tiempos de Calígula. Él es tan viejo como el mundo y desde siempre ha contado con siervos devotos a transmitir su mensaje.

—Ya veo…  y eso engloba a todos los sociópatas asesinos de la historia ¿no?

—No a todos. El Canibal de Ziebice, por ejemplo, obró por cuenta propia. Créame, ese estaba loco.

—Loco… uff… dicho por usted… suena extraño. Y bien, entonces, según su razonamiento ¿Cómo podemos distinguir quién es mensajero del diablo y quién no?

—Eso es fácil. Digamos que, al igual que le ocurre a Dios, el diablo tiene ciertas debilidades, cierta… misoginia.

—Que odia a las mujeres ¿Se trata de eso?

—En parte, solo en parte. Parece ser que, de entre las mujeres, las prostitutas siempre han sido sus víctimas preferidas. Quizás, en el fondo, esto se deba a que, en cierto modo, las teme. Incluso es posible que el mismísimo Belcebú, señor de los infiernos, padezca de ciprianofobia. Pero si prefiere no creerme, si cree que eso va a hacerle sentirse más seguro, puede llamarme loco o perturbado, y olvidar lo que le he contado. Todos lo hacen. Mucho mejor vivir en la ignorancia que aceptar la verdad, ¿no? Es más fácil y menos inquietante. Así, todos podéis respirar aliviados pensando que el mundo es un lugar apacible y tranquilo. Por cierto, ¿quiere que le cuente la historia de Cipriano?

Olga Besolí

Enero 2014

La puerta oscura

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La puerta oscura.

“La muerte de un ser querido te ahoga, encharca tus pulmones y te impide respirar, mientras la rabia se apodera de tu cuerpo incapaz de encontrar una salida por donde escapar. Aunque a veces, solo a veces, alguien te tiende una mano que consigue abrir tu tormento, tu gran puerta oscura”.

~***~

La luz se extingue y quedo a solas con la angustiosa fuerza que me domina, la puerta oscura. No toco las paredes, aunque puedo oler su frío, su humedad.

La habitación no parece tener nombre, ni siquiera principio o final  oculta tras los negros mares que ciegan mis ansiosos ojos. Perdida y aterrorizada tras esa odiosa puerta oscura.

Aúllo, imploro, mis desesperados gritos se pierden entre sus inertes paredes, tras esa puerta oscura que me impide salir.

Lloro ante la lobreguez que me invade, que me incita al miedo, a la angustia, y al anhelo de encontrar otra alma tan desesperada como la mía para no estar ni tan aterrada, ni tan sola.

Ilustración de Sonia del Sol

La oscuridad araña mi ropa, mi carne, mi vida, volviéndome tan invisible y oscura como la misma puerta. Si esto es la vida, ¡prefiero la ignorancia de la muerte!

Ya no ando, ya no busco, perdí la esperanza de abrir mi puerta oscura. Creo que me estoy volviendo igual de ocre y deteriorada que sus robiñados goznes.

Me siento vieja, aturdida, voluble; temo desaparecer en cualquier momento, ¿es que nadie me ve?

Ya no lucho, solo sueño, escondida tras mi cuerpo, hundiéndome cada vez más en su interior, y en mi tan nombrada puerta oscura.

Pero justo allá arriba, sobre mi cabeza y burlando ese miedo extraño que es la herida animal del miembro inerte en el que se ha convertido mi cerebro ¡apareces tú! Arrasando con la oscuridad y llenando  mis efímeras paredes de enormes salientes a los que puedo aferrarme. Y entonces subo, y mientras subo, rompes en mil pedazos el frío material del que está hecha mi inconsciencia, mi terrible  puerta oscura, dándole un respiro a mi alma afligida.

Y yo sigo subiendo, mientras la luz que irradias devuelve la razón y la vida  a mis cansados ojos…

Inmaculada Ostos

La habitación

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Thriller

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 La habitación.

Siempre soñé con morir en una habitación de hotel, tendido boca arriba sobre la cama sin deshacer, con un libro abierto de Stephen King sobre la colcha, con la cubierta hacia arriba. En una mesilla, un pequeño frasco blanco abierto y a su lado unas pastillas derramadas y un vaso con restos de un líquido amarillento, procedente de una botella de Jack Daniels, que reposaría en el suelo, sobre la alfombra, que se mancha poco a poco por el goteo de su boca. En la cama, junto al libro, unas balas que no cupieron en el cargador del revólver que reposaría en mi mano, de cuyo cañón saldría un ligero humo que ascendería hacia el techo, ondulado por el efecto del aire que entrase por una ventana entreabierta, con una cortina a medio correr, que oscila por el viento de los primeros días de otoño, a través de la que solo se ve la oscuridad de la noche, rota por un relámpago que anuncia la tormenta que se acerca y que ilumina la habitación para dibujar la foto perfecta. El forense tendría que dilucidar la causa de la muerte. Pero no morí así. Y lo intenté. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.

¿Por qué un hombre joven, atractivo, inteligente, decide morir? Por tener un bonito cadáver, sería la respuesta fácil, pero no es el caso.

Me atormentaba la muerte, no por dejar de existir y lo que conlleva, sino porque temía que me defraudara, que no fuera lo que yo esperaba de ella. No quería morir de cualquier forma, víctima del colesterol, en un accidente de tráfico o acribillado a balazos por un marido celoso, aunque reconozco que esta opción nunca me pareció mala del todo. No podía soportar la idea de tener una muerte cutre, en un aseo público, en un mercado haciendo la compra o mientras dormía con el televisor encendido sintonizando la teletienda. Llegué a la conclusión de que para empezar bien con la muerte y que fuese lo que yo esperaba, no tenía más remedio que forzarla, provocarla, inducirla. Suicidarme. Era la única garantía de que fuese como yo quería.

Dediqué mi vida, o lo que quedaba de ella, a planearlo. Abandoné mi trabajo, si iba a morir tampoco lo necesitaba. Visité hoteles y habitaciones hasta encontrar la perfecta, con su ventana perfecta y las cortinas y la colcha creada por mi imaginación. Compré el revolver ideal y la munición, busqué la caja de pastillas y el libro de Stephen King. Solo cabía esperar el día, el día perfecto de otoño con un ligero viento y la previsión de tormenta al anochecer.

Los preparativos se llevaron mi tiempo y, sobre todo, mi dinero. Mis expectativas de no necesitar un trabajo habían sido demasiado optimistas y tras dos años de preparativos, mi cuenta corriente languidecía. No podría aguantar un año más, debería ser este.

El cambio climático jugaba en mi contra y el otoño tardaba en llegar. Estábamos a punto de abandonar octubre, y miraba con ojitos los rabillos de unas peras que había guardado en previsión de que mi espera para encontrar la muerte idónea se dilatara aún más y los necesitase como alimento, cuando el pronóstico del tiempo iluminó de vida mi esperanza de conseguir la muerte perfecta: esa noche, al fin, una tormenta se acercaba a la ciudad.

Dudé, porque no sería la primera vez que el pronóstico del tiempo erraba. En alguna ocasión me precipité al hotel esperando la tormenta anunciada que nunca llegó. En otras ocasiones las previsiones de sol se tornaron en falsas mientras estaba en la playa, sin tiempo de acudir al hogar de mi fallecimiento. Pero mi tiempo espiraba y no podía dejar pasar la oportunidad.

Cogí el set de suicidio y el billete de autobús. Llegué al hotel y miré al cielo. Todavía era de día, pero a lo lejos ya se vislumbraban unas nubes grises de evolución que se convertirían en tormenta en unas horas. Al fin, por fin, tendría aquella noche mi muerte perfecta.

En recepción me saludaron por mi nombre y con cara de fastidio me informaron de que la habitación que siempre pedía estaba ocupada. Esa noche había una fiesta y estaba el hotel repleto. Inmediatamente cambió su estúpida cara compungida por otra de felicidad, no menos estúpida, para informarme de que tenían otra mucho mejor y que me dejaban al mismo precio. Me negué. Necesitaba esa habitación. Mi habitación. Poco me importaba el precio de una o de otra, al día siguiente las deudas no serían un problema para mí, pero necesitaba morir en aquella habitación.

Sondeé la posibilidad de alguna otra contigua, o en una planta inferior o superior, pero nada, todo ocupado.

Finalmente acepté la habitación que me proponía. Me dijo que no me arrepentiría, que era preciosa, en la décima planta, con salón, jacuzzi, minibar de cortesía. Cogí la tarjeta y me dirigí al ascensor. Pulsé la sexta planta y fui directo a “mi” habitación. Golpeé con los nudillos la puerta.

Tras unos segundos en los que aproveché para perfeccionar mi plan, la puerta se abrió. Pensé que había muerto y por error había llegado al cielo. Me sentí contrariado, porque de ser cierto, mi plan se habría ido al traste a punto de hacerse realidad. Una mujer rubia, con ojos claros y con una cara perfecta me sonreía. Bajé la mirada buscando unas alas y me encontré con un top blanco de tirantes que tapaba unos senos que se antojaban en el límite de la realidad. Sin rastro de las alas, seguí bajando para ver unos pantalones vaqueros que se ceñían cual segunda piel y terminaban en unos zapatos de tacón alto. Empecé a notar unos instintos en mí que me hicieron pensar que si estaba muerto quizá era la puerta del infierno y me estaba tentando el mismo diablo. Mi insistencia por morirme me había hecho descuidar en los últimos años ciertas necesidades, que afloraban en ese momento y me estaban desviando de mis propósitos. Moví los ojos sin saber dónde detenerlos y por un momento visualicé la habitación, con su cama, su cortina y su ventana y recordé para qué había tocado esa puerta y empecé a hablar. Le conté que necesitaba esa habitación por un motivo afectivo pero que le ofrecía a cambio una mucho mejor.

—Pero, un momento. ¿Dónde está el truco? No querrás algo a cambio. ¿Sexo quizá? —dijo luciendo una pícara sonrisa.

—Sí —respondí involuntariamente. Lo juro, fue como un resorte, un instinto que me hizo pronunciar el monosílabo a la vez que mis manos soltaban la bolsa con mi kit-suicidio y golpeaba el suelo.

El sonido de la bolsa contra la moqueta me recordó todo lo que había en su interior y por qué estábamos ambos allí.

—Digo no… bueno, sí, pero no —acerté a decir titubeando mientras me agachaba y cogía la bolsa con fuerza—. Se trata de una historia trágica. Mi primer amor, aquí… ella… yo… Murió —sollocé culminando la mentira.

—¡Ay, pobre! —exclamó antes de abrazarme y apretarme contra su cuerpo.

La bolsa volvió a deslizarse entre los dedos y chocó contra el suelo, ahuyentando mi libido.

Ella accedió al trueque. La ayudé a transportar su equipaje hasta la habitación de la décima planta. El recepcionista tenía razón, el cambio era mucho mejor. Sentí ganas de quedarme, disfrutando, del jacuzzi, el minibar, las vistas, las de la terraza y las del interior, de aquella mujer, de la que no conocía el nombre ni quería preguntárselo, por miedo a que al saberlo la hiciese real y quisiera abandonar mi propósito. Este pensamiento me hizo apretar con más fuerza la bolsa con todos mis fetiches de suicidio, que había mantenido junto a mí por miedo a perderlos. Los apreté contra mi pecho, con fuerza, mirando a esa mujer, intentando sentirlos y que me transmitieran que hacía lo correcto.

—Pobrecito. Ay, que tengas que pasar la noche solo. ¿Por qué no te unes a la fiesta? Ya se nos ocurrirá algo…

Y empezó a correr hacia mí con los brazos abiertos. Arriba y abajo. Abajo y arriba.

No recuerdo los detalles. Solo sé que corrí, cerré puertas tras de mí y terminé con la espalda contra la de mi habitación de la sexta planta. Todavía notaba las taquicardias en el corazón, pero sabía que había hecho lo correcto. No podía arriesgarme a seguir las ofertas de esa mujer y terminar muriendo de cualquier manera, jamás me lo perdonaría a mí mismo. Cualquiera sabe cómo encontraría mi fin, borracho, drogado o por un ataque cardíaco en una maratón de sexo. No era mala opción, a fin de cuentas esa habitación tampoco era tan estupenda. La miré. Sí, sí que lo era, era perfecta y ese era el día.

Todavía no había anochecido y tenía algo de tiempo para prepararme. Decidí darme una ducha. No soportaba la idea de ser un cadáver maloliente. Entré en el baño y me desnudé. Me miré al espejo. Hacía mucho tiempo que no me miraba más que para afeitarme. Había adelgazado mucho desde la última vez que lo hice. No estaba mal, pero me faltaba músculo, así es poco probable que ninguna mujer me encontrara atractivo. Sin saber cómo, me sorprendí a mí mismo haciendo flexiones en el suelo. A la tercera, los brazos no pudieron más y caí sobre el suelo del frío azulejo. ¿Qué estaba haciendo? Debería tener más cuidado, en cualquier tontería como esa podía tener un accidente más serio o un fallo cardiaco y echarlo todo al traste. Entré en la ducha y me deleité con el agua deslizándose por mi cuerpo, disfrutando de mi último baño.

No sé cuánto tiempo estuve, pero al salir ya anochecía. La tormenta estaba más cerca. Me sequé y me vestí. Era la hora de preparar el atrezo. Fui a por la bolsa.

¡La bolsa! ¿Dónde estaba? ¿Qué había hecho con ella? Miré en el suelo, bajo la cama, en los armarios. Ni rastro. ¿Cómo había desaparecido? Intenté recordar la última vez que la había visto. La había cogido con fuerza en la habitación de la décima planta, justo antes de que la muchacha y sus pechos corrieran hacia mí. Mierda. Debí de soltarla en mi huida. Tenía que recuperarla. Abrí la puerta y me lancé al pasillo. Corrí al ascensor y pulsé el botón. La puerta se abrió con pasajeros en su interior. Grité y salté hacia atrás. Un hombre con un hacha en la cabeza bordeada de sangre iba acompañado por una mujer con la cara llena de cicatrices supurantes.

—¿Bajas? —preguntó el hombre con cara de sorpresa, mientras yo me asía el corazón—. Abajo, a la fiesta, que si bajas.

—Casi me matáis del susto. No, no, subo.

El peligro estaba en cualquier sitio, no podía esperar más tiempo y subí corriendo por las escaleras. Cuando fui a golpear la puerta, se abrió. Yo grité, ella gritó. Sin duda era ella, la muchacha, no tenía el mismo aspecto, pero era ella. Tenía el pelo recogido y coronado por unos pequeños cuernos rojos. Sus labios estaban cubiertos de un color rojo intenso y sus ojos claros destacaban aún más con unas líneas y una sombra de ojos oscuras. Su top y sus vaqueros habían dejado paso a un vestido negro, ceñido, con un escote que terminaba en el ombligo.

—¡Eres tú, qué susto! Precisamente iba a devolverte esto.

Miré su mano, que era la única parte de su cuerpo que había olvidado revisar, y en ella sujetaba una bolsa. Mi bolsa.

—Ah, mi bolsa, sí, sí, venía a por ella. Dame.

Cogí la bolsa y me giré.

—Espera —dijo—. Tengo que confesarte algo. He abierto tu bolsa.

Me paralicé.

—Lo siento —continuó—, me da miedo lo que puedas hacer, aunque lo entendería.

Me había pillado y era comprensiva, se había tragado la historia de mi exnovia.

—Es que soy muy cotilla y no puedo estarme quieta. Me pasa siempre. Es ver a alguien con una bolsa y no paro hasta ver lo que hay dentro y bueno, es que me dolía la cabeza y… ya sé que no debería haberlo hecho, pero…

No entendía nada, pero esperaba que no intentara convencerme de que no me suicidara ni que avisara a nadie para impedirlo. Quizá debía adelantarme y meterla en la habitación y atarla, esos tobillos tan blancos y esas muñecas tan suaves, y amordazarla, cubrir esos labios rojos, quizá con un beso o dos.

Casi se me cae de nuevo la bolsa si no llego a reaccionar a tiempo.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras.

—¿Perdón? —interrogué.

—Pues que como eres policía…

—¿Policía?

—Sí, policía, te has dejado la pistola en la bolsa.

—¿Eh? Ah, sí, sí, policía, eso es, soy policía.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras. Pero te juro, que solo he cogido dos pastillitas, es que me dolía horrores la cabeza y solo he dado un chupito de la botella, es que se me había quedado muy mal sabor, bueno, quizá dos chupitos y se me cayó un poco al suelo, es que me asusté un poco cuando vi la portada del libro que llevas. ¡Qué miedo!

—Nada, nada, no pasa nada. No es un delito grave. Estás absuelta.

—¡Gracias! Eres un sol.

Se abalanzó sobre mí, me apretó y me besó. La bolsa cayó al suelo y decidí no resistir más, ya moriría otro día, de otra forma.

—¡Ven conmigo a la fiesta!

Sí, iría, sin lugar a dudas y volveríamos a esa habitación y haría unas flexiones antes de hacer el amor en el jacuzzi.

—Venga, por favor, pasa, yo te maquillo para que no desentones en Halloween. Aunque si te llevas ese libro en la mano, ya das miedo sin tener que disfrazarte. Por cierto, como he pensado que te gusta leer, te he metido en la bolsa otro libro, yo no lo he leído, pero siempre lo llevo para ver si encuentro un hueco. Le tengo mucho cariño, pero te lo dejo, es que me lo regaló un exnovio…

¿Por qué no se callaba? ¿Era mi vista o a medida que hablaba parecía que el escote era cada vez más pequeño?

—…más majo, el mismo día que rompimos me lo regaló. Un chico estupendo, pero algo despistado, te puedes creer que me dijo que me lo regalaba porque me llamaba igual que el autor, pero qué va, ojeé las letras de detrás y me llamo igual que la protagonista, pero estupendo de verdad. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Juan —contesté por dejar de oírla un instante.

—Venga, vente, por fi, por fi.

En ese momento deseé morirme más que nunca en mi vida. Me disculpé y salí de allí asegurándome de llevarme la bolsa, bajé por las escaleras y sorteé en los pasillos zombis, momias, brujas y vampiresas.

Llegué a mi habitación de la sexta planta, cerré la puerta y miré por la ventana. Perfecto. No todo estaba perdido. Era noche cerrada y se veía algún que otro relámpago en la lejanía. Vacié  la bolsa y lancé el libro de la muchacha a un lado de la cama. Abrí el bote de pastillas. Me tomé una para aliviar el dolor de cabeza que se me había puesto, aunque luego pensé en lo absurdo de mi acto. Vacié el frasco. Solo quedaban otras tres. No sabía si serían suficientes, además debía dejar alguna en la mesilla, así era en mi imaginación. Las mezclaría con el bourbon. Desenrosqué el tapón y giré la botella sobre un vaso. Apenas un hilillo salió de ella. Esa loca borracha se había cepillado casi toda. No podía tomarme todas las pastillas y beberme todo lo que quedaba. Necesitaba píldoras en la mesilla y alcohol en el vaso y en la moqueta. ¡Tenía que ser así!

Dejé caer unas gotas y coloqué la botella vacía al lado. No era perfecto, pero podría servir. Me metí en la boca otra pastilla y dejé dos en la mesilla. Bebí un chupito del Jack Daniels. No sería suficiente, con eso no conseguiría matarme. La pistola era mi única opción. Pero pegarme un tiro…

Intenté convencerme de que no podía ser, en mi imagen soñada del cañón salía humo y si me disparaba no podría verla o al menos sentirla. Una luz iluminó la habitación. Era el momento. Tres segundos más tarde el trueno me indicó que la tormenta estaba muy cerca.

Cogí las balas. Tan solo había cuatro. Recordaba que había comprado más. ¿Qué habría hecho aquella desgraciada con las balas? No tenía tiempo de pararme a pensar. Al menos necesitaba dejar un par de ellas sobre la colcha para mantener el escenario de mínimos que me estaba quedando. Puse dos balas en el cargador. Dispararía una al aire, vería el humo, el siguiente relámpago iluminaría la habitación y entonces con la siguiente bala me dispararía en la sien. Nunca pensé en ver sangre en el cuadro, pero si todo iba bien, ya no podría verla.

Sí, era el momento. Me temblaba la mano. El relámpago debía de estar a punto de llegar. Apreté el dedo con fuerza, el estruendo invadió la habitación y el retroceso del revólver lanzó mi mano hacia atrás. No había tomado la precaución de practicar un disparo y la reacción me pilló por sorpresa. Del susto apreté de nuevo con fuerza, lanzando un segundo disparo.

No podía pararme a pensar en ese desastre, así que me tumbé rápidamente en la cama, miré el cañón y vi el humo. Al instante un relámpago inundó la habitación y lo vi. Vi la imagen: era perfecta, casi perfecta, un poco escasa pero casi perfecta, aunque fallaba un detalle: estaba vivo. Pensé que deseándolo muy fuerte, tal vez muriera, pero no funcionó. No podía utilizar otra bala, las necesitaba sobre la colcha.

Intenté no perder los nervios y pensé en qué haría MacGyver en una situación así: utilizar los recursos a mi alcance por muy absurdos que pareciesen para el fin que perseguía. Solo me quedaba el libro de Stephen King. Quizá no fuese mala idea, había oído historias de libros malditos por los que la gente moría cuando intentaba leerlos y este podía ser uno de esos.

Encendí la luz de la lamparita de la mesilla y lo cogí. En la portada ponía It, y venía una ilustración de un payaso aterrador. Hay mucha gente que odia a los payasos, pero a mí me caen simpáticos, es ver uno y me parto de la risa. Al ver la portada esbocé una sonrisa. Intenté apartarla de mi mente. Tenía que matarme leyendo. Empecé a leer. No soy fan de la lectura, pero he de reconocer que el libro no estaba mal. Iba de unos niños a los que se les aparecía en sitios muy raros un payaso con colmillos y los quería matar, o algo así, pero cada vez que salía el payaso yo no podía evitar reírme a carcajada limpia.

Aquello no funcionaba. No vi factible morirme de la risa. Tiré el libro, que cayó junto al que me había introducido en la bolsa la muchacha. No tenía muchas más opciones, así que decidí probar a ver si ese era el libro que podía acabar conmigo. Lo cogí y lo llevé a la cama. Leí la portada: Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Recordé lo que me dijo la chica, sobre su nombre, que coincidía con el de la protagonista, a pesar del error de su exnovio con el autor. Empecé a leer por descubrir su nombre y no pude parar. Ese libro me cambió la vida o la muerte, según se mire. No por la historia, que no me enteré muy bien: era de un playboy que se llamaba Juan que se quiere cepillar a una monja que se llamaba Inés o algo así, pero lo importante fue el conocer su nombre entre las letras de aquel libro: Inés. Ya era real. No era la muchacha de las tetas grandes, ni la loca que no deja de hablar. No, era Inés, era real. Y el azar, el destino o como quisiera llamarle, había puesto en mi noche perfecta, en la muerte ideal, un libro de dos amantes que se llamaban como nosotros. Juan e Inés, en la noche de todos los muertos, en el escenario en el que siempre quise morir.

Tenía que significar algo, o al menos a mí me lo pareció. Vale que era insoportable y no paraba de hablar, pero quizá no la había conocido lo suficiente, además estaba atiborrada de paracetamoles y bourbon. Vale que parecería que la gente pensaría que era un hombre despreciable, que solo estaba con ella por su físico, pero qué me importaba lo que pensara la gente.

Sí, iría a buscarla. Me levanté y comprobé que el sol ya entraba por la ventana. La fiesta ya habría terminado y ella descansaría en su habitación. Salí al pasillo y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón de llamada.

Ya no quería morir en aquella habitación, rodeado de todas esas estupideces. El ascensor se abrió. En su interior iba otra persona disfrazada, con una túnica y una capucha que le cubría la cara, sin dejar verla, sujetando con la mano una enorme guadaña.

—¿A qué piso va, señor? —me preguntó una voz de ultratumba.

Miré los botones y no había ninguno pulsado.

—¿Y tú? —pregunté extrañado.

—Yo soy el ascensorista, señor —dijo de nuevo con la voz grave y señalando con la guadaña una chapita que tenía prendida en su túnica y en la que se leía “ESTEBAN REY”.

No me lo creí. Había utilizado el ascensor o al menos lo había intentado varias veces y allí no había ascensorista. Esa voz no podía corresponderse más que a un juerguista bromista.

—Al décimo, jefe —dije despreocupado.

Pensé en mi muerte perfecta que ahora se dibujaba con una mano de Inés muy arrugada, sujetando la mía. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere. La puerta se cerró y mi acompañante lanzó una risotada espeluznante.

Ilustración de Sonia del Sol

Jorge Moreno

El espíritu del viento tiene nombre de mujer

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Fantástico-Dramático

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu del viento tiene nombre de mujer.

“La soledad agradece mi lamento

y baila conmigo en el páramo

soy su leve idolatría

sobre mí viaja el oxígeno que respiras

¿Lo ves?

Viento soy… y tú eres mi destino.”

José Cercas, extracto del poema A alguien que me llamó viento, de su libro Oxígeno.

—Ven conmigo, no te arrepentirás. —La chica del pelo azul y ojos ultramar me tendía la mano para acompañarla en su lancha. Nunca la había visto pero su ofrecimiento me pareció inoportuno, inesperado y me dio vértigo—. Venga, no te lo pienses más, anda —insistió animosa.

Estaba sentado en la playa al atardecer, reflexionando sobre qué cenar aquella noche, esperando a mi madre en el universo de las luces todavía apagadas de aquel cielo rosa, escuchando el viento y tragándome cientos de culpas como sapos. Me incorporé, me miré los pies descalzos, metí la mano en los bolsillos y conté el poco dinero que tenía. Si era el momento de tomar la decisión, no debía dudar.

—No te preocupes. No tengas miedo.

—Yo no tengo miedo. El que no tiene nada que perder ya nunca siente miedo.

—Pues venga. —Abrió la mano derecha y me ayudó a subir a la lancha motora. Luego me dio un chubasquero rojo y un chaleco salvavidas amarillo con una banda fluorescente—. Póntelo —me ordenó.

Era la primera vez que me ponía ropa así y me costó un poco ajustármela y sentirme cómodo. Luego miré alrededor. Había una pequeña nevera con agua, dos bidones de gasolina y un mar por delante.

Durante dos horas estuvimos navegando rumbo adentro. La sensación de sentirse rodeado de agua por todas partes era sobrecogedora. Yo nunca había estado tanto tiempo sin pisar tierra firme y comencé a sentirme mal, sentía frío y sudor en la cabeza y las manos, me temblaban las tripas como si tuviera el gusano de guinea dentro de mí. Sólo pensarlo me provocó la náusea en dos ocasiones. Después, como por arte de magia, el cuerpo se me estabilizó. La chica tenía unos ojos grandes del color del horizonte, en esa línea donde convergen cielo y mar, y la piel morena. No podía concretar de dónde era originaria, pero hablaba perfectamente mi lengua krio. Así que eso facilitó mucho las cosas.

— ¿Cómo te llamas? —me preguntó sonriente al cabo de un buen rato en el camino.

—Douda Adama.

—Ese nombre no es senegalés.

—No. Realmente yo no soy de aquí, estaba de paso, soy de una aldea pequeña cerca de Magburaka al norte de Sierra Leona. Es una historia muy larga.

—No me importa, tenemos mucho tiempo por delante.

—¿Dónde vamos?

—A una isla llamada Palma.

—¿Está muy lejos?

—No, está cerca. Si mis previsiones son las adecuadas, tenemos que aprovechar la contracorriente canaria, que hoy se dará durante la noche, para ser impulsados, y un poco del viento del Sáhara para llegar a nuestro destino con gasoil suficiente.

—Y tú, ¿quien eres? ¿Por qué me ayudas?

—Ni te lo imaginas. Aunque te lo explicara, nunca lo entenderías.

La chica sacó unos bocadillos y nos los comimos en silencio. Ella no quería hablar y yo estaba cansado y tampoco me apetecía mucho ni hablar ni comer. Hubo un momento que sentí ganas de orinar. Me dio vergüenza decírselo, pero ella, anticipándose a mis pensamientos, al ver que me tocaba la entrepierna, me alertó:

—Ni se te ocurra mear por la borda. Tendrás que hacerlo dentro de esta botella de plástico. —Y me la tiró a la cara.

De pronto sucedió algo inesperado. Un viento comenzó a empujarnos por la popa. La chica se rió.

—Aquí estabas, maldito Berg Winds, te esperábamos.

El viento azotaba la embarcación y yo me sentí cada vez peor por los pantocazos de la proa donde iba sentado justo enfrente de la chica que manejaba el timón. Era pleno agosto y ya se había cerrado la noche, por lo que deduje que serían más de las once. La temperatura subió progresivamente hasta los 48 ºC en menos de media hora. No se podía respirar. Estornudé varias veces y ella me indicó:

—Tienes que protegerte. Yo seguiré aquí, sujetando el timón.

—No veo nada.

—No hace falta. Túmbate, ponte la capucha del anorak, sujeta este trapo en la cara y respira a través de él, pronto llegará la calima en suspensión. ¡Agáchate ya, hazme caso o morirás!

—¿ Y tú?

—Tranquilo, estoy acostumbrada.

A mi dolor de barriga comenzó a sumarse el calor. Mi cuerpo sudaba por todas partes. Mares de toxinas emanaban de mi piel y creo que me desmayé dos o tres veces bajo la manta con la que me cubrió. Temía salir de aquella madriguera y morir. Pero el sonido del motor de la lancha me hacía pensar que todo iba bien. La chica del pelo azul me hablaba de vez en cuando para tranquilizarme: Sigo aquí. Todo bien. No mees. No levantes la manta. Cierra los ojos y sueña. Sueña con tu familia, con las estrellas del universo, con tu madre, tu hermana, tu novia o algún amigo fiel. Sueña…

Era imposible soñar, más bien tuve millones de pesadillas. Debí de hablar durante mi delirio, quizá pensé y dije muchas cosas que sólo se pueden pensar y decir cuando uno cree que morirá pronto. Ignoro el tiempo que permanecí oculto bajo la manta. Pudo ser un día, dos, tres… Allí estuve lo más inmóvil posible para no gastar energías. Cuando por fin decidí arriesgarme, enloquecido por la sed y al límite de mis fuerzas descubrí que estaba tan débil y anquilosado para realizar cualquier movimiento que mis extremidades no me respondían.

—Quiero salir. Necesito salir —intenté gritar reuniendo todas las fuerzas que pude.

Ella levantó la manta con mucho esfuerzo, pues estaba aplastado literalmente por kilos de arena, y la tiró en el océano. Luego, sonriente, me ayudó a incorporarme.

—Vaya, ha sido muy duro. No pensé que lo conseguirías… Pero has sido un valiente, un muchacho muy valiente.

Me dio un poco de agua que bebí a pequeños sorbos y luego me advirtió sobre la llegada de la lluvia:

—En agosto sólo llueve un día y será hoy por la tarde. Aquella noticia me alegró bastante. Pero ella no sonreía—. Me has contado muchas cosas y cada vez estoy más contenta de haberte elegido a ti.

—¿Cosas como qué? Déjame beber un poco más —le pedí sujetando la botella de plástico que me retiraba. ¿Elegido?

—Lo de tu hermana gemela, la muerte de tu madre, la venta de los dos a un perverso explotador llamado Kone para trabajar en los cafetales de Guinea, la vuelta a casa para buscar al resto de tus hermanos, tu ingreso en el ejército de Sierra Leona, tu huida al Sáhara y finalmente tu trabajo en Senegal. Lo has pasado muy mal, chico. ¿Qué edad tienes?

—Quince años.

—¡Vaya! Por tu aspecto pareces mayor.

—He visto muchas más cosas en ocho años que tú en toda tu vida.

—No lo dudo. —Pausa incómoda—. Por cierto, ¿quién era Alisi?

—Mi amor, mi único amor y motor de mi esperanza. La conocí en los campos de café. La violaban cada noche los capataces, cada día uno distinto o dos o tres, y luego venía a mi cabaña, se metía en mi catre, me abrazaba por la espalda y lloraba. A veces eran sólo quince minutos, otras casi una hora. Nunca he oído ni oiré un llanto tan triste. Ella era preciosa, la más bella de todas, pero cuando se quedó embarazada y ya no servía para calmar las ansias lujuriosas ni el estrés de los capataces, la mataron. Nunca sabré si el hijo que llevaba en su vientre era mío o no, pero aquello fue la alarma para intentar cambiar de nuevo el rumbo de mi vida. Siento furia al recordar todo esto. Siento un dolor profundísimo.

De repente, al levantar los ojos y terminar de acostumbrarlos al efecto extraño del mar, como de espejismo constante, me di cuenta de que la chica del pelo azul tenía mal aspecto. Su piel se había vuelto tan transparente que casi podía tocar sus venas y sentir el pálpito de su corazón bajo el armazón de las costillas. ¿Podría ser que se estuviera consumiendo, o esa sensación era objeto de una alucinación mía por el cansancio?

—¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?

—Sí, cuestión de energía. Ha sido extenuante. Tranquilo, estoy bien, en serio, prosigue tu relato sobre Alisi.

—Me sacaba cinco años, pero me amaba tanto como yo a ella. Y sé que hubiéramos sido felices. El día que la asesinaron comprendí que tenía que marcharme de allí porque el siguiente sería yo. Y huí. Todavía me pregunto qué fuerzas planetarias se aliaron conmigo para conseguirlo porque hasta el momento nadie lo había logrado, pero yo lo hice ocultándome durante siete días dentro de un pozo. Luego, en Sierra Leona, volví a buscar a mi padre y a mis hermanos pero ya no estaban. Nadie que yo recordara con tan sólo ocho años parecía estar allí y tampoco nadie se acordaba de mí. Entonces me reclutaron para la estúpida guerra. He hecho cosas horribles que no quiero contar. Bueno, me han obligado a matar y torturar a seres humanos y animales. Muchas noches no puedo dormir. No comprendo cómo pude hacer todo aquello.

—No te sientas obligado a contarme nada. Lo comprendo.

Después hubo un largo silencio. Ella me miraba y esperaba quizás que yo le quisiera contar más. Pero no podía. Aquellos episodios homicidas no eran dignos de ser recordados ante aquella chica buena. Luego abrió la nevera portátil azul y me ofreció algo envuelto en papel de plata que llamaban chorizo. Me supo a gloria. Después, con la tripa llena, se levantó, se estiró y comenzó a hablar sobre la tormenta que se avecinaba.

—Mira, observa el inmenso océano, parece que nada se mueve, todo está detenido en un momento de calma y eso significa que la tormenta será copiosa. Pero, pase lo que pase, no te rindas, ¿entendido? Si muero, no debes tirarme por la borda. Si desaparezco, no debes abandonar la embarcación jamás. ¿Lo has entendido bien, Douda? La embarcación es tu única casa, tu única esperanza para sobrevivir. Entendido, ¿verdad?

Sólo pude afirmar con la cabeza. Y esperar.

A las siete y media de la tarde aproximadamente comenzó a llover. La lancha se llenaba de agua y trabajábamos a turnos para evacuarla. La chica del pelo azul cada vez estaba más pálida y me parecía todavía más delgada, pero seguía sonriendo vital y eso me tranquilizaba. Creo que me abrazó unas cuantas veces, y me besó la cabeza mientras trabajábamos y descansábamos a turnos.

Estuvo lloviendo varias horas, tres, cuatro, quizás cinco y después nos sorprendió el rayo. Nadie puede imaginarse un rayo en mitad del océano. Hasta que no lo has visto por primera vez, no conoces el alcance de la electricidad y sus partículas furiosas. Y la lancha se rompió en dos. Estuvimos un tiempo flotando en mitad del océano. Lo siguiente que recuerdo fue un bichero que me sujetaba el chaleco salvavidas y me subía sobre una lancha de aproximación. Después, a dos personas tirando de mí hacia arriba mientras me agarraban por los brazos. Me depositaron en la cubierta del pesquero. Alguien me lanzó un cubo de agua caliente encima y después me cubrieron con mantas y me hicieron tragar algo redondo y pequeño de color blanco, bastante amargo, para la fiebre. Cuando abrí los ojos sólo vi azul, el cielo azul y ocho caras mirándome alrededor. Aquella fue la primera vez que vi hombres blancos. Me pareció magia pura. Y los segundos se alargaron, ralentizando todo. Absorto por aquella visión, pensé incluso que aquello sería algún tipo de cielo.

—Chico, ¿de dónde vienes? ¿Cómo te llamas? ¿Qué edad tienes?

Me hablaban en una lengua que no entendía, me abofeteaban la cara para despabilarme pero me daba igual. Volvía a cerrar los ojos. Luego me dieron algo parecido a una sopa sin tropezones de pollo o gallina. Y me recuperé un poco más. Cuando ya fui capaz de incorporarme, la vi. La chica del pelo azul estaba entre ellos, pero una ráfaga de viento la convirtió en partículas o subpartículas de tiempo o espacio con gases en suspensión: nitrógeno, oxígeno, dióxido de carbono, neón, agua… Minúsculas partículas flotantes que circularon a mi alrededor y me susurraron al oído: I´m wind, you win. Ese viento se colocó encima de mi cabeza y ascendió en espiral hasta quedar reducido a un puntito azul en medio del cielo.

—Adiós, amiga. Y gracias —le contesté en krio.

Ilustración de Sonia del Sol

Los demás se pusieron muy contentos al ver que acababa de hablar. Dejaron atrás la incertidumbre y comenzaron a sonreír. Me seguían haciendo preguntas, muchas, pero yo no sabía ni qué me preguntaban ni qué contestar porque no les entendía; sin embargo, sonreía y eso les alegraba. Pese al cansancio y al dolor imposible de soportar, tomé una determinación. Quería vivir. Y cada vez que lo pensaba para mis adentros conseguía apretar más mis manos sobre las suyas y eso me agarraba a la vida y les hacía sonreír más.

—Ánimo chico. Te pondrás bien.

No sé si ella existió realmente o fue la excusa para reunir fuerzas y embarcarme en esa aventura. No sé si esto sucedió así o, debido a la acción del rayo, es lo único que soy capaz de recordar. Nunca llegué a la Palma. Me pasé media vida viajando de pesquero en pesquero por medio mundo y conocí a otros que también escaparon como yo de la barbarie de Sierra Leona. No hice muchos amigos, aprendí idiomas y conocí a millones de seres humanos a los que intenté ayudar siempre que pude para pagar mi deuda personal por todo el dolor que fui capaz de causar.

Pero si algo tengo muy claro es que el espíritu del viento tiene nombre de mujer. Ese viento que respiramos inconscientemente, portador de mensajes, de besos tardíos o perdidos, de recuerdos, cargado también de virus y bacterias, incluso; ese viento oxigenado vital para existir y que nos rodea cada día debe contener esencia de mujer, de madre, de amiga, de compañera, tiene que estar cargado de la misma energía cósmica que la mujer capaz de generar vida. Muchas veces recuerdo a aquella chica de pelo azul y ojos ultramar, la que desapareció de mi plano físico, de este que habitamos transitoriamente, porque su esencia regresa cada vez que una brisa cálida o una corriente gélida me acaricia el alma. Y eso es muy fácil en el mar.

Olga Ruiz Trinidad

Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género:  Drama Romántico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Dicen que fue el viento o el mar, pero yo sé que era tu respirar.

“¡Ya está, se acabó! Todos los años de esforzado trabajo invertidos en este restaurante se acaban con el día de hoy”. En esto pienso mientras quejumbroso me siento en el pequeño murete que delimita la terraza del restaurante de la arena de la playa de este mar ancestral. Sentado en el murete veo cómo se apaga el último verano. Dorados, rojos y añiles se entrecruzan entre el cielo y el mar, y la brisa fresca de finales de septiembre me traen aromas de ti.

La conocí un verano, muchos años atrás, sentada en este mismo murete, cuando los primeros rayos de un sol naranja despuntaban en una fresca mañana de finales de agosto. Me senté a su lado y le pregunté su nombre, de dónde venía, en qué hotel se hospedaba y si estaba con su familia, sola o quizá con su novio. Le pregunté dos o tres docenas de cosas, pero a la segunda o quizá la tercera interrogación yo ya sabía que estaba perdidamente enamorado de ella y que lo estaría siempre. Ahora lo único que faltaba era que también ella se enamorara de mí.

Funcionó. La llevé hasta la orilla de un mar plateado como el lomo de un gallo pedro, y desde allí le enseñé, orgulloso, el pequeño chiringuito que regentaba. Justo cuando más me estiraba explicándole mis planes para hacer de aquel pequeño negocio el mejor restaurante de toda la costa de Alicante, me besó. No sé por qué le dije, “esta noche no me acostaré contigo”, porque aunque era cierto que lo pensaba, esas cosas no se deben decir a una mujer sin correr el enorme riesgo de que crea que te estás haciendo el chulo, o aún peor, que la estás despreciando. La verdad es que no era una cosa ni la otra, solamente que no quería jugarme todas mis bazas tan pronto sin antes estar seguro de que me amaba. Esa noche nos bañamos desnudos en la playa del Moncayo e hice todo lo que me pidió porque estaba seguro de que decía la verdad cuando, entre besos, me llamó “Amor” y ya no me importó que entre las piernas yo no tuviera las mejores cartas de la baraja. Después hubo muchas otras noches durante los siguientes siete años que se quedó conmigo.

A principios del séptimo verano empezaron a hinchársele los tobillos, pero no le hicimos mucho caso porque era normal después de tantas horas de trabajo sirviendo mesas, así que decidimos dar un paseo todas las noches por esta playa que ha visto nuestros mejores momentos porque dicen que es muy bueno para los pies el masaje de la arena y el salado frescor del mar. Pero eso no funcionó y a los pocos meses tenía inflamadas las piernas desde los tobillos hasta las rodillas. El médico nos dijo que era una flebitis, y que con la medicación que le iba a dar, reposo y pequeños paseos por la playa, estaría bien en unas pocas semanas.

Pasear por la playa y hablar, sobre todo ella, porque a mí me gustaba escucharla y porque ella sabía muchas cosas, sobre todo de Francia, país que nunca pisaron sus bonitos pies pero que desde niña había ejercido sobre ella una fascinación que la llevó a estudiar Filología Francesa. Habíamos planeado ir en cuanto se recuperase un poco, pero eso no ocurrió, igual que habíamos planeado tener un hijo un poco más adelante, cuando el restaurante estuviera un poco más encaminado, pero eso tampoco pasó.

Pasear por la playa, sentarnos en el pequeño murete y escuchar cómo ella me hablaba de Voltaire, Rousseau, Víctor Hugo, y de muchas otras cosas de las que yo no tenía ni la más remota idea y por las que jamás había tenido el más mínimo interés hasta el instante en el que ella las pronunciaba ante mí por primera vez para desaparecer inmediatamente de mi memoria en cuanto se desprendían de sus labios, porque, para qué nos vamos a engañar, no entendía prácticamente nada de lo que decía. De igual modo me podría haber explicado los efectos del electromagnetismo o la teoría de los números complejos, que yo me hubiera quedado igual de hueco. Lo que me tenía enamorado era lo rápido que movía sus tiernos y tibios labios, cómo se reía aparentando vergüenza, cómo me miraba de soslayo y se quedaba con la boca entreabierta después de cada beso.

Ella se quedó conmigo todo el invierno que siguió a aquel primer verano y los seis siguientes, y la única explicación posible era que estaba enamorada de mí. No fui generoso con ella y no la dejé ir a París —que era la mayor de sus ilusiones—. La anclé a mí con sentimientos de amor verdaderos y egoístas y la rodeé de platos sucios y olor a calamares fritos y, sin embargo, nunca me lo echó en cara ni perdió la sonrisa, ni siquiera en los peores momentos, cuando ya apenas podía caminar y nos sentábamos en este mismo murete para que ella me hablara de Verlaine, de su poesía y de sus amores prohibidos con Rimbaud, al que al parecer luego pegaría un tiro, enloquecido por su abandono. Y entonces me recitaba uno de sus poemas, en francés, porque a mí me gustaba oírlos así, sin entender nada pero sintiendo perfectamente todo lo que decía.

Las semanas se hicieron meses y la hinchazón se extendió hasta las caderas. Los dolores se hicieron más intensos y el médico descubrió que la flebitis no era la enfermedad sino la consecuencia de una hepatitis autoinmune que le estaba destruyendo el riñón y que, detectado a tiempo, tenía solución, pero ese tampoco fue el caso.

Ya nos habían dicho, unos días antes, que su estado era muy delicado, el riñón estaba prácticamente desecho por lo que pronto tendría que ser ingresada en el hospital. Pero eso no llegó a ocurrir porque de pronto un día se desmayó elegantemente sobre el sofá, y tras unas breves convulsiones dejó de respirar.

Creo que ahora, cuarenta años después, me acuerdo de cada detalle de aquellos siete años con más nitidez que entonces, cuando todo, lo bueno y lo malo, simplemente sucedía y pasaba sin más trascendencia que la inconsciente felicidad o la turbadora pena. No voy a decir que he pasado todos estos años obsesionado con su recuerdo porque no sería cierto; eso solo me ocurrió los tres primeros años de su ausencia, años en los que creí que me volvería loco o que me mataría, o que me volvería loco y me mataría. Pero el tiempo pasó y no pasó ni una cosa ni la otra, y entonces solo me acordaba de ella por las mañanas nada más despertar, y durante el paseo que va desde la que fue nuestra casa hasta el restaurante por el pequeño paseo litoral, donde no podía evitar que una sonrisa se dibujara en mi cara al recordar cómo la brisa del mar mecía su pelo a pesar de su inútil insistencia en que estuviese quieto tras sus orejas. También, a ratos perdidos, la imaginaba caminando entre las mesas sirviendo platos de chipirones fritos, paellas o jarras de cerveza, aunque los momentos en los que más intensamente sentía su presencia era al anochecer cuando, ya cerrado el restaurante, me sentaba en el pequeño murete y podía oír su suave voz susurrándome poemas de amor. Puede que solo lo imaginara y que al final sí que me volviera loco de verdad, pero como no era peligroso ni me incapacitaba para trabajar, no fue necesario que me encerraran en una institución mental.

Tengo sesenta y cinco años y ayer vendí el restaurante a una franquicia de comida italiana. El nuevo dueño me ha prometido que respetará, en la reforma del local, el pequeño murete que linda con la playa. Espero que cumpla su promesa, pero ya se sabe que las palabras se las lleva el viento…

  Tengo la certeza de que ella y yo existiremos mientras permanezca el pequeño murete. Si lo tiran solo existiré yo, aunque por poco tiempo.

Ilustración de Sonia del Sol

Juan Ramón Lorenzana

Huella en la arena

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato erótico instructivo

Rating: + 21

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Huella en la arena.

El pueblo Bora habita en el bajo Igará, en las bocas del río Cahuimar. Viven en casas comunales en las que todavía hoy se cuentan los cuentos y leyendas que se trasmiten de generación en generación. Cuentan cuentos a los niños para ayudarlos a dormir y cuentan cuentos para adultos que entretienen las noches, antes de irse a descansar.

***

En la maloca en la que vive el pescador más anciano del pueblo Bora, una noche este reunió a todos los jóvenes pescadores. Todos pensaban que, como en otras ocasiones, Chayton les enseñaría alguno más de sus secretos, gracias a los cuales conseguían más y mejores piezas.

—El cuento que hoy os voy a relatar —comenzó Chayton a narrar— es historia de otro tiempo, pero ayuda a comprender…

Hace muchos años, en una pequeña playa en la desembocadura del Cahuimar, se podía ver paseando por la playa a una mujer. Hateya  —nombre con el que fue bautizada por el pueblo Bora y que significa “huella en la arena”— vestía un fino velo que, mecido por el viento, permitía entrever su extraordinaria belleza.

Eran pescadores los que, en aquellos tiempos, ocupaban la pequeña playa. Sus botes descansaban en la orilla a la espera de que la marea los hiciera flotar. Sus propietarios, sentados en la arena, esperaban la llegada de Hateya para salir a pescar. Se decía que, tras salir los botes, los días en que solamente uno no salía a faenar, la mujer aparecía en la playa procedente del mar. Llegaba flotando sobre las olas que, caprichosas, acariciaban su cuerpo. Estas formaban suaves remolinos que le besaban los pechos, le resbalaban por el vientre deshaciéndose entre sus piernas y, suavemente, la espuma reposaba en la orilla de la playa.

El pescador, sentado al lado de su bote, observaba cómo la mujer se paseaba por la playa. Sus insinuantes contoneos y las delicias que aquellas gasas dejaban entrever cautivaban al marino que, rendido ante su belleza, esperaba. La mujer se acercaba y sentada a su lado y con una suave y tierna voz, le susurraba al oído frases que estremecían su cuerpo empapándolo en sudor.

  ***

Nodín preparaba su bote para salir a faenar. Los demás pescadores se reían de él. Su quilla había quedado posada sobre una piedra en la marea anterior. Era un hombre joven y fuerte, de  piel morena bronceada por el sol.

Nodín se quedó en la playa viendo cómo, entre risas y sarcásticos comentarios, sus vecinos salían a pescar. Los botes ya se disipaban entre la neblina del horizonte cuando  vio a una joven que, rodeada por las más caprichosas olas, emergía del mar. La joven vestía un solo velo que, pegado a su cuerpo, descubría su extraordinaria belleza.

Ilustración de Sonia del Sol

Paseó por la playa ignorando su presencia hasta que se acercó a él, se sentó a su lado y le susurró al oído:

—Hoy será para ti un día muy especial.

Aquellas palabras hicieron que Nadín se estremeciera. Se quedó mudo, el tono insinuante de aquella joven mujer le hizo imaginar. Sus pensamientos se trasladaron al lugar donde guardaba sus más íntimos deseos.

La joven se levantó y se dirigió hacia el agua. Él la siguió. Paseaban lentamente por la orilla de la playa, la espuma de las pequeñas olas acariciaba su piel. El frescor del agua mitigaba el calor que Nodín sentía subir entre las piernas. Sin que él se percatara, Hateya le dirigió nuevamente hacia el bote que descansaba en la orilla de la playa.

Mientras iban hacia él, la muchacha notó cómo los ojos de aquel joven pescador se clavaban en sus glúteos; fue para ella una sensación extraña, pero no le molestó. Él se acercó al bote y se sentó junto a ella. Con la vista perdida en la mar y sin darse cuenta, sus manos se habían unido. Una sola mirada bastó para que entendieran lo que los dos querían.  Nodín  buscó la boca de Hateya, quería sentirla, disfrutarla. Sus bocas exploraban, sus lenguas se buscaban. Poco a poco, cuidadosamente, las manos de Nadín fueron acariciándole todo el cuerpo y despojándolo del fino velo que lo cubría. Hateya acariciaba el torso de Nodín mientras, pausadamente, iba librándole de sus ropas.

Continuaron besándose, rozándose. La muchacha jugaba con su lengua, mordisqueaba… Su mano bajaba hasta el miembro de Nodín al tiempo que lo liberaba de su prisión. Lo acariciaba del mismo modo que él acariciaba su clítoris.

Sus  cuerpos desnudos se rozaban. Hateya sintió la necesidad de seguirle acariciando el miembro, de notar su dureza en las manos. El miembro crecía al ser tan dulcemente acariciado. La muchacha se arrodilló, lo besó, lo mordisqueó. Sintió cómo Nodín se estremecía de placer cada vez que le notaba la lengua jugando con su glande. Él se aferraba con las manos al bote y sus gemidos excitaban a Hateya aún más…

De pronto, Nodín la alzó en brazos y la tumbó dentro del bote, dejándola con los glúteos apoyados en el banco y las piernas abiertas descansando sobre las bandas… El sexo de Hatera apareció ante sus ojos. Se arrodilló y el mundo se paró para ella, que le sintió la lengua por todos los rincones, y una ola de flujo bañó su vagina, el placer invadió todo su cuerpo cuando él empezó a jugar con su clítoris. El roce de sus manos recorriéndole los muslos le encendió la piel. Nodín le mordisqueó el clítoris, que estaba hinchado y duro, lo presionaba y succionaba con su lengua. El cuerpo de Hateya se fue deslizando hasta reposar en el fondo del bote. Nodín entendió que ella también quería disfrutar de su miembro que, tras un cambio de postura, muy pronto llegó a su boca. Los dos probaron cada pliegue, cada rincón de sus sexos. Los juegos de la lengua de Hateya llevaron al límite a Nodín al frotarle sin parar el eréctil capullo. El muchacho sintió cómo una marea de sensaciones le invadía todo el cuerpo y antes de que su miembro descargara en la boca de Hateya, la penetraba una y otra vez. El tiempo pareció detenerse para los dos hasta que la muchacha, al tiempo que sentía cómo se inundaba de placer tras los continuos orgasmos, pudo sentirlo corriéndose dentro.

Los dos se quedaron durante un largo rato tumbados en el fondo del bote. Hateya se incorporó y mirando fijamente a los ojos de Nodín le dijo:

—Tienes que irte de la playa antes de que la marea comience a bajar.

—No quiero irme de la playa —le respondió él—. Quiero quedarme contigo.

—Si no te vas —le dijo—, yo tendré que llevarte conmigo y nunca más podrás regresar.

—Prefiero irme contigo —contestó Nadín.

—A donde yo voy no hay regreso. ¿Prefieres venir conmigo a sabiendas de que nunca volverás a ver a los tuyos? —le preguntó ella.

—Sí, lo prefiero —respondió.

Hateya quiso darle una última oportunidad y le explicó:

—Lo que hoy te he hecho sentir es fugaz. Lo que tú vas a dejar es duradero. Si decides irte de la playa y quedarte con los tuyos habrás acertado. Si decides venir conmigo lo que ahora piensas que es amor…

Hateya salió del bote, se vistió con su fino velo y se alejó caminando por la playa. Nodín la siguió. Caminaba a no más de tres metros, tras ella. La llamaba pero ella no contestaba. Se acercó y cogiéndola por el hombro intentó que se diera la vuelta y le mirara.

Antes de volverse ella le dijo:

—Te lo he advertido y no me has hecho caso. La marea ha comenzado a bajar y ahora vendrás conmigo.

Hateya se dio la vuelta y miró a Nodín, le cogió de la mano y se dirigieron hacia el agua. El muchacho no pronunció una sola palabra más y Hateya le fue metiendo en el agua. Caminaron hasta que sus cabezas desaparecieron bajo las aguas.

El espíritu de Nodín descansa en las profundidades junto a los demás pescadores que no hicieron caso de las advertencias de Hateya. A  todos había dado su oportunidad.

Chayton se quedó observando a los jóvenes pescadores que, atónitos, le miraban. Al no ver reacción alguna en los muchachos preguntó:

—¿Vosotros que habríais hecho?

Jesús Rodríguez

Las tres almas

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Carme Sanchis y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las tres almas.

El agua fresca que viajaba por el río salpicaba la hierba que rodeaba su ribera. Las nubes jugaban con el sol, ocultando sus rayos calurosos. Los pájaros rozaban con sus alas el agua, volando de un lado a otro, robando gotas al río.

En la orilla, una tela a cuadros rojos y blancos cubría un trocito de tierra. Sobre ella había un par de vasos, una botella de vino y platos con restos de comida. Las hormigas ya formaban una fila para poder conseguir su diminuto banquete.

Una joven sentada en la hierba apoyaba su espalda en un árbol en flor. Su largo cabello mojado cubría sus pechos desnudos, que se movían con la música de su corta respiración. En unos segundos dejaría de ver el agua, dejaría de escuchar el canto de los pájaros. En unos segundos dejaría de sentir en su cuello los latidos incontrolables de su corazón y los dedos acusadores que lo rodeaban, apretándolo con fuerza para estrangularla.

Ilustración de Sonia del Sol

***

Cuando Javier entró en el despacho del Inspector, lo encontró sentado en su sofá con un frasco de perfume en sus manos. La pequeña botella tenía perfilada una mariposa de tonos carmesí, Vincent la acariciaba con los dedos.

–Disculpe, señor –expresó desde la puerta. El ayudante se inquietó al no recibir respuesta–. ¿Le ha pasado algo?

–El tiempo… –susurró– El tiempo pasa sin informar a nadie, sin pedir permiso. La mayor parte de tu vida no eres consciente de que se escapa. Pero, cuando te paras a comprobarlo, cae sobre ti, con fuerza.

–Lo siento, Vincent. Sé que se acerca el aniversario de la muerte de tus padres, pero debes animarte. Ya han pasado muchos años.

–Esta mañana he ido hasta su antigua tienda de manualidades. Recuerdo haber pasado toda mi infancia en ella. Ahora está gris, cubierta de polvo. He podido ver su interior a través de los viejos periódicos rotos que cubren los cristales. Nunca he sido capaz de entrar, a pesar de que tengo las llaves, porque todavía los puedo ver sonriéndome desde detrás del mostrador.

Los recuerdos llegaban a su mente uno seguido de otro: su décimo cumpleaños, el día en que se graduó, una excursión por la montaña, y aquel instante en que le dijeron que habían sufrido un accidente, su respiración bloqueada, su corazón paralizado y sus lágrimas contenidas a punto de saltar al vacío.

»No puedo fallarles, debo seguir investigando, debo encontrarles.

–En todos estos años no hemos conseguido ninguna prueba. Recuerdo aquel día tan bien como tú, sé que la información es inconsistente, pero, sino hemos encontrado nada hasta ahora, no creo que lo encontremos. Lo sabes tan bien como yo –por primera vez desde que Vincent fue ascendido a Inspector, Javier le tuteaba. Se sentía extraño, pero le conocía desde el primer día en el cuerpo, desde que un joven estudiante de sociología repartía el correo y preparaba cafés para los verdaderos policías. Le había cogido cariño y, a pesar de que la diferencia de edad era de unos 15 años, para él Vincent era como un hijo.

»No hay indicios de que no fuese un trágico accidente. De verdad lo siento, pero creo que deberías seguir adelante. Así lo querrían ellos.

Compartieron unos minutos de silencio, tiempo suficiente para calmar los nervios y dejar paso de nuevo a la cordura. El Inspector depositó el frasco de perfume sobre la mesita y se acercó a su escritorio. Tenían mucho trabajo por delante.

–Tienes razón, Javi. Pero seguiré investigando –sacó su libreta negra y preparó su estilográfica–. Adelante, sé que hay un nuevo caso, la comisaría está alborotada.

–Por supuesto, usted nunca descansa. Un hombre ha encontrado el cuerpo de una joven junto al río. Paseaba con su hijo cuando lo encontraron, pero no han sabido darnos más información, no vieron nada.

–¿Identificación?

–Su descripción concuerda con una de las fichas de desaparecidos. Concretamente con Lucía Vera, de 36 años. Su marido, Marcos Lobera, informó de su desaparición hace cuatro días.

–¿Posible causa de la muerte?

–El primer informe detalla que la víctima presenta equimosis y estigmas ungueales en el cuello, así como cianosis facial.

–Vamos, que tenía la cara azul –sintió los ojos de incredulidad de su ayudante–. Entiendo… Asfixia, una muerte lenta. El asesino debía sentir un profundo odio hacia esa mujer. De todos modos, la autopsia nos dará más información, así como el día exacto en que falleció.

–Por los detalles de la escena del crimen, parece que forcejearon. Los agentes han hecho un buen trabajo de investigación, pero si quiere, podemos ir hasta allí para seguir buscando pruebas. El juez todavía no ha ordenado el levantamiento del cadáver.

–No, que hagan su trabajo. Prefiero ir a hablar con su marido, puede que tenga algunas pistas que darnos.

–De hecho, cuando el marido informó de su desaparición, expresó repetidas veces que su mujer nunca se alejaba de casa y, que se temía lo peor.

–Recuerdo a aquel hombre, el agente Matías me pidió ayuda porque no podía controlarlo. Tenía una barba espesa y olía bastante raro, como a bosque –el Inspector hizo una mueca, y Javi soltó una carcajada.

–Marcos Lobera tiene un pequeño herbolario en la calle de las Flores. Todavía no le hemos informado del descubrimiento.

–Perfecto, así podré observar su reacción, me encanta hacerlo. Y de paso, que me de algún remedio para está maldita jaqueca –sacó de su pitillera un cigarrillo y lo encendió con una larga calada.

–Estoy seguro de que el tabaco no ayuda, Vincent.

–Bah, tendremos que arriesgarnos. Venga, prepárate, te vienes conmigo.

***

A unos pasos de la puerta del herbolario, el fuerte olor de la mezcla de cientos de hierbas llegó hasta el Inspector y su ayudante. Era un aroma salvaje, como si la ciudad se convirtiese, en aquel pequeño lugar, en el centro de una frondosa selva, naturaleza en estado puro. Vincent nunca había entrado en un herbolario, así que no podía imaginar lo que encontraría. Siempre había pensado que las plantas solo servían para decorar macetas, para hacer más bonita una habitación vacía.

Al abrir la puerta, un carillón de viento con hojas y mariposas de aluminio emitió un sonido agradable, avisando al propietario de que entraban nuevos clientes. Vincent observó con asombro el establecimiento. Los estantes estaban repletos de pequeñas bolsas con hojas secas, semillas y raíces, de toda clase de plantas diferentes. Había botellines con aceites, tarros de miel, pastillas de jabón de colores y frascos de colonias naturales. Y, para acompañar el fuerte olor, una barrita de incienso se consumía sobre una mesa en el centro de la estancia.

Mientras observaban la habitación, apareció el hombre con la barba espesa. Marcos tenía 42 años, y era tan corpulento que su espalda era casi tan grande como la de Vincent y Javier juntos. Tenía el pelo rizado de color azabache, unido a la barba por unas grandes patillas.

–¿En qué puedo ayudarles?

–¿Señor Lobera? Soy el Inspector Vincent Barrett.

–No me lo diga, lo sé… Lucía se ha ido.

–Hemos encontrado su cuerpo sin vida junto al río –confirmó Javier.

–Se fue hace varios días, lo sentí. Sentí que se escapaba de nuevo –agachó la cabeza y dio media vuelta. Se sentó en una silla que tenía al otro lado del mostrador–. Mi pobre Luci, cada vez se va más pronto.

–¿Disculpe? ¿Qué quiere decir? –preguntó el Inspector.

–Recuerdo haber sentido escaparse de mis manos a mi querida compañera de vida decenas de veces. ¿Usted sabe lo difícil que es vivir sabiendo que se va a ir?

–¿Estaba enferma? Cuando informó de la desaparición no nos dio esa información.

–No, maldita sea. Su alma está enlazada con la mía. Hemos viajado durante cientos de años de cuerpo en cuerpo, de país en país, a través del tiempo. Viviendo siempre juntos, uniéndonos una y otra vez a pesar de las diferentes circunstancias.

–Me parece que no entiendo lo que quiere decir, señor –más bien, Vincent no creía en historias de almas ni destinos.

–Nadie lo entiende. Pero, sé que en nuestro último encuentro fui su hija, lo he soñado miles de veces. Sé que ella era mi madre y la asesinó su segundo marido. Entiendo que algunas personas no lo comprendan, que no sean capaces de entender cómo funciona todo esto, pero yo sé que es real.

–A ver, ¿quiere decir que en otra vida usted fue su hija? ¿Cómo es posible?

–No somos más que simples almas viajeras, cambiando de cuerpo y morada de forma aleatoria. Nuestras almas tienen el destino de estar siempre juntas, de unir nuestras vidas una y otra vez. Y aunque sé que ese mismo destino nos separa cada una de las veces, sigo intentando salvarla. No puedo dejar de intentarlo.

–Perdóneme, señor. Pero supongo que no tengo los conocimientos necesarios para entenderle. Siento su pérdida, en eso sí tengo experiencia –añadió con tono solemne.

–Bah, ahora solo cabe esperar que mi cuerpo perezca y volvernos a encontrar en otro lugar –se levantó con la intención de ir a la parte trasera de la tienda, detrás de una cortina hecha con semillas de colores.

–Un momento, Marcos –apuró Vincent–. ¿Conoce algún posible culpable?

–No, señor. Sé quién es el culpable, siempre lo ha sido. En este caso, podéis encontrarla por el nombre de Julia Pradell. Ella es quien siempre separa nuestras almas. Ha trabajado en esta tienda hasta el día en que desapareció mi Luci, desde entonces, no la he vuelto a ver.

–En ese caso, ¿cree que su empleada ha asesinado a su mujer? –Preguntó agitado Javier.

–Esa maldita enferma molestaba constantemente a Lucia. Siempre que tenía tiempo libre iba a mi casa para ver a mi mujer. Creo que la envidiaba, por estar casada, tener una casa bonita, no tener que trabajar. Ya saben, una solterona como ella necesita ese tipo de cosas, y un hombre, por supuesto.

–¿Era su amante? –lanzó Vincent sin contemplaciones.

–Por el amor de dios, ¿cómo se atreve? Yo adoro a mi Luci, jamás podría engañarla. Pero, Julia se me insinuaba constantemente. Pensé en echarla varias veces, pero mi mujer me suplicaba paciencia.

–Y, ¿por qué cree que es culpable?

–Supongo que al final no ha podido controlar los celos. Ella es el alma oscura que nos sigue vida tras vida, la que nos condena a separarnos.

–Entonces, ¿por qué permitió que trabajase aquí? –preguntó Javier sorprendido.

–Porque así es esta historia, por mucho que quiera deshacerme de ella, nos hubiese encontrado de otro modo –Vincent anotó aquella acusación en su libreta.

–A ver. Dice usted, que sabe que ha sido ella. ¿Acaso tiene pruebas que lo confirmen? –preguntó el Inspector, incrédulo.

–No me hacen falta para saberlo. Pero tranquilos, no habrá ido muy lejos. Estará refugiada en su bosque, calmando su rabia con la naturaleza. Maldita bruja.

–Estaremos en contacto con usted, señor Lobera.

–Una última información, Inspector. Desde aquí puedo oler el hedor del perverso tabaco –le acercó una bolsita, mientras Vincent lo observaba con las cejas arqueadas–. Le aconsejo que mastique raíz de jengibre, estoy seguro de que le calmará la ansiedad por un nuevo cigarrillo.

–Es curioso que pueda oler nada con ese maldito incienso acompañando al resto de plantas, pero gracias por el obsequio. Puede que lo pruebe más tarde. Buenos días.

Se guardó el paquete en el bolsillo y salieron del herbolario. El contraste con el olor de la calle era extraño, los dos se sentían un poco mareados.

–¿Qué opinas, Javi?

–Parece que necesita unas vacaciones.

–O un corazón. Por mucho que crea en esa historia de las almas, debería mostrar al menos algún signo de dolor por la muerte de su mujer. No entiendo cómo puede mostrarse tan sereno, tan cínico culpando a su empleada sin pruebas.

–Señor, yo no creo en esas cosas de almas, pero mi mujer sí. Ella siempre dice que el alma te permite vivir aventuras, viajar por el tiempo, estar presente en cada acontecimiento. Supongo que si tuviese que creer en algo, sería en eso. Al menos parece un destino agradable.

–Entiendo, es una creencia como cualquier otra. Pero, ¿es posible que sepa que en una vida pasada estuvieron juntos? –preguntó con escepticismo el Inspector.

–¿Es posible que todos los dioses a los que adoran en el mundo existan al mismo tiempo y se pongan de acuerdo sobre cuál es el verdadero? –Vincent se acercó a él y se llevó el dedo índice a los labios.

–Será mejor que bajes la voz y cambiemos de tema. No tengo ganas de terminar en el calabozo de nuestra comisaria. He odio que se duerme muy mal.

–Perdone, señor. Hablar de política y religión siempre es de mala educación –respondió Javier como si fuese una canción.

–Deberíamos volver y buscar la dirección de esa mujer. Esperemos que no esté en el bosque como dice Marcos, no tengo ganas de buscarla entre los árboles.

***

La casa de Julia Pradell estaba situada en el bosque. Era una pequeña cabaña de madera, rodeada por un amplio jardín con infinidad de plantas diferentes, y un huerto en la parte trasera. En la parte derecha había un pequeño vallado interior con animales.

Cuando Vincent llegó, un labrador con el pelo dorado se acercó hasta él y lo olisqueó. Acarició su hocico y le dio unas palmaditas en la cabeza. Más tarde maldeciría su muestra de cariño, porque desde ese momento no pudo quitárselo de encima.

Encontró a la mujer en el huerto, rodeada de hortalizas brillantes y hojas verdes bañadas por el agua. La mujer vestía unos pantalones anchos y una camiseta manchada de pintura. Su largo pelo dorado, encrespado por los rizos, estaba recogido en el lado izquierdo por una gran trenza desgreñada, acompañada por una pluma negra a su fin; mientras el resto del cabello permanecía suelto,  decorado con algunas cuentas púrpuras. Su piel era de un tono muy claro, y cientos de pecas cubrían su cuerpo. Pero sin duda, lo que más llamaba la atención eran sus ojos verdosos, rodeados por unas intensas ojeras que masacraban su imagen. Era más bien baja y le sobraban demasiados quilos. Se acercó hasta él con una sonrisa desganada, mientras se frotaba la nuca con la mano derecha.

–Buenas tardes, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

–Buenas tardes. Soy el Inspector Vincent Barrett. Espero no molestarle con mi visita.

–Adelante, acérquese. ¿Le gustan los tomates? Puede coger unos cuantos.

–Gracias, tiene un huerto muy bonito. Estoy seguro de que debe ser un lugar de relajación magnífico. Pero, debo darle una mala noticia.

–Han encontrado a Lucía, ¿verdad?

«Parece que todo el mundo está informado, no sé para qué demonios trabajo –pensó Vincent»

–Así es, hemos encontrado su cuerpo sin vida junto al río –la mujer cayó de rodillas, las lágrimas se agolparon en sus ojos verdosos–. Lamento la pérdida, señorita Pradell. Sé que eran buenas amigas.

–Pobre Luci, era un encanto, siempre atenta con todo el mundo.

–Verá, me gustaría ser sincero. Alguien nos ha asegurado que usted es la culpable del asesinato de Lucía, por eso estoy aquí.

–¿Alguien? No se ande con enigmas. El chiflado de mi jefe cree que he sido yo. Estoy harta de sus locuras.

–¿Ha tenido problemas con él?

–Siempre me está explicando su maravillosa historia. Cree que Lucía es el amor de su vida, que su destino es estar con ella para siempre, a través del tiempo. Mil veces ha jurado que la seguiría al fin del mundo, pero ni siquiera era capaz de saber lo que ella deseaba.

–¿Cree que tenían problemas en su relación? –preguntó el Inspector.

–Creo que pasaban demasiado tiempo pensando en sus almas, en sus vidas pasadas, en viajar por el tiempo, en que algo malo iba a llegar. Luci me explicaba muchas veces que tenía miedo, que sabía que le iba a pasar algo. De hecho, ni siquiera quería salir de casa.

–Pero aquel día salió. ¿Con quién cree que podía estar junto al río, Julia? –La mujer parpadeó repetidas veces. Unas gotas de sudor aparecieron en su frente y su respiración se aceleró– Por favor, necesitamos toda la información que pueda darnos.

Permanecía arrodillada en el suelo, manchando su ropa con el barro del huerto. Todavía temblaba por los nervios.

–Le juro que yo no la maté. Habíamos salido aquel día. Hacía tiempo que íbamos a comer al río, lejos de la ciudad y sus líos. Allí podíamos hablar tranquilamente, y Lucía se sentía segura. Pero, yo no la maté.

–Encontramos señales de una discusión.

–Cuando me fui, ella estaba acostada junto a un árbol. Tenía que irme a trabajar, pero me dijo que prefería quedarse un poco más. Me fui con mi bicicleta al herbolario, y al día siguiente, Marcos informó de la desaparición. No volví a acercarme a esa tienda.

Vincent no sabía qué pensar. Por una parte, Julia parecía mucho más afectada por la muerte de Lucia que su propio marido, pero había estado con ella justo antes de la muerte. Y, el marido parecía muy convencido de que era culpable, más allá de su historia de las almas, odiaba a su empleada.

–¿Por qué se llevan tan mal usted y el señor Lobera? –observó la duda durante unos segundos en el resto de la mujer, mientras se ponía en pie con su ayuda.

–Él no quería que me acercase a Lucia. Era muy acaparador, no soportaba que ella pudiese compartir nada conmigo. Trabajaba allí porque necesito el dinero y, como ve, me encantan los remedios naturales. Poco después de empezar a trabajar, Marcos me presentó a Lucia. Nos hicimos amigas de inmediato, y al él no le gustó en absoluto.

–Pero usted y la señora Vera se veían regularmente. Supongo que a escondidas de su marido, puede que eso lo cabrease.

–No, no sospechaba nada. Luci le decía que iba a casa de su tía a darle de comer, pero hacía años que su tía había muerto. Y, por otra parte. No sé muy bien cómo explicarlo… –la mujer agachó la mirada y se limpió un poco la suciedad de los pantalones– Marcos me propuso un par de veces mantener relaciones carnales, pero jamás accedí. Tenía que soportar sus miradas, sus desprecios cuando me llamaba solterona.

–¿Lo sabía Lucia? –maldito mentiroso, dijo que jamás la engañaría; recordó el Inspector.

–Tuve que decírselo, sabía que algo me pasaba, y a ella no le pude mentir. Le molestaba que me hiciese daño, pero no le importaba en absoluto el engaño. A partir de ese momento se sentía menos culpable por vernos a escondidas en el río.

Vincent repasó su libreta. El marido había informado de la desaparición, al parecer, poco después de la muerte de Lucia. A partir de ese día, Julia había dejado de ir a trabajar; así que Marcos y ella no se habían vuelto a ver. Además, el día del asesinato las dos mujeres estaban comiendo juntas, y el marido no tenía ni idea de que fuese así, o al menos, eso suponían ellas. En ese caso, la última persona que había estado con la mujer asesinada había sido Julia.

–Señorita Pradell, me gustaría ser sincero con usted. El día en que asesinaron a Lucia estaban comiendo juntas, justo en la escena del crimen. Afirma que Marcos no sabía nada de sus encuentros, por tanto, usted se convierte en la sospechosa principal. ¿Lo entiende?

Sus ojos se volvieron a llenar de lágrimas y su piel empalideció, a pesar de lo blancuzca que ya era. Debía llevarla a la comisaria, detenerla para evitar una posible fuga, pero no tenía muy claro si era culpable. No había pruebas sólidas en aquel caso, y todos parecían esconder más de lo que mostraban.

»Acompáñeme, por favor. No hará falta enmanillarla, seguro que cooperará.

–Por supuesto, soy inocente. Iré donde usted me pida, pero prométame que buscará al verdadero culpable.

–Haremos justicia.

***

 Vincent fumaba un cigarrillo junto a la ventana de su despacho cuando Javier llamó a su puerta. Ya habían pasado varios días desde que encontraron el cuerpo de Lucia Vera, y la autopsia había confirmado lo evidente: había sido asesinada por asfixia. El asesino había golpeado repetidas veces a la víctima, antes de empezar a estrangularla. Una vez aturdida por los golpes y tumbada en el suelo, rodeó su cuello con las manos, presionando con sus pulgares su delicada tráquea. La uñas se habían clavado en su piel, creando estigmas ungueales. La presión ejercida por sus manos comprimió las arterías carótidas, impidiendo al cerebro abastecerse de sangre. Finalmente, su tráquea cedió, y el aire dejó de llegar a los pulmones. Su rostro se tiñó de un tono azulado. Y quedó tendida junto al árbol, totalmente desnuda, esperando a que alguien fuese a buscarla.

Ilustración de Sonia del Sol

«Tanto Marcos como Julia podrían haber ejercido toda la fuerza necesaria para golpear a Lucía y estrangularla. Pero, ¿quién de los dos fue? Uno de ellos miente…», pensaba el Inspector mientras le daba más vuelta a las pocas pruebas que tenía. Habían interrogado a los dos sospechosos, pero no había sacado más información. El comisario había ordenado que se juzgase a Julia con las pruebas que tenían, para él eran más que suficientes: estaba en el lugar del suceso, tenía un móvil y todas las pruebas la incriminaban. Pero Vincent no estaba de acuerdo, no tenía nada clara su culpabilidad.

–Disculpe, Inspector. El señor Lobera pide hablar con usted, quiere proponerle una cosa.

–Que pase, por favor.

Marcos parecía un hombre totalmente diferente. Se había peinado elegantemente, y vestía un traje oscuro, con una corbata de color escarlata. La espesa barba que tanto le caracterizaba, había sido afeitada, junto a las espesas patillas. Incluso olía diferente. Se acercó hasta el escritorio de Vincent y se sentó frente a él.

–Buenos días –le tendió la mano.

–¿A qué se debe su visita, señor?

–Quiero hablar con Julia, antes de que la juzguen. Quiero hacerle algunas preguntas, saber por qué lo hizo –a Vincent no le gustó nada aquella afirmación. No podía parar de pensar que todo estaba siendo muy precipitado, y su apremio le recordó que no quedaba tiempo.

–No estoy seguro de que sea una buena idea. Pero, si quiere hacerlo, deberá permitir que esté presente en todo momento.

–No me importa, así escuchará su declaración.

–Está bien, sígame.

Julia estaba en el calabozo de la comisaria, en aquel sitio frío con lechos duros e higiene inexistente. Su cabello permanecía igual que el día en que la llevó allí, pero estaba sucio y daba un toque grasiento a su rostro. El barro de sus pantalones, aquel que había aplastado al caer de rodillas, estaba seco y se desprendía de ellos a cada pequeño movimiento, cubriendo el suelo de arenilla. Sus ojos estaban rojos, y el hedor del sudor la envolvía.

–Señorita Pradell, el señor Lobera ha venido a visitarla. Le gustaría hablar con usted un par de minutos –la mujer arrugó la nariz y echó una mirada de rabia hacia el herbolario.

–No tengo nada que hablar con ese desgraciado.

–Puede que esta sea su oportunidad de hacer justicia –susurró Vincent.

–Está bien, acepto.

–Pues, ya puede empezar con sus preguntas, señor.

–¿Ni tan solo va a salir de su celda? ¿Tampoco puedo entrar yo?

–Lo toma o lo deja, el tiempo corre, y no puede estar aquí más de cinco minutos.

–Está bien. Seré claro. Pronto se sabrá toda la verdad y pasarás el resto de tu vida sufriendo por remordimientos, Julia –la mujer observaba con curiosidad su ropa, su rostro. Seguramente pensaba lo mismo el Inspector, ¿por qué demonios ha cambiado tanto?

–No tengo nada por lo que arrepentirme. Yo siempre estuve al lado de Lucía, en las buenas y en las malas. Jamás le mentí, jamás le fallé. ¿Puedes decir lo mismo?

–Luci solo estaba contigo por pena, asúmelo. Pobre solterona, me decía siempre, jamás encontrará a nadie que la quiera.

Vincent podía sentir la tensión entre las dos partes, cada uno mantenía su versión dela historia. Pero, ¿cuál era la cierta?

–Acéptalo, estúpido. Ya te lo dije una vez y te lo repito ahora, aunque sea lo último que diga. Lucía me eligió a mí, me prefería a mí, por eso te engañaba. Por eso salía de casa para estar conmigo.

–Maldita zorra. Espero que te acuerdes de mi cara cuando te den garrote.

Marcos dio media vuelta y se fue directo a la puerta del calabozo, que guardaba un agente, decidido a terminar de ese modo el diálogo. No podía creer que hubiese pronunciado aquellas palabras, no creía que un alma tan pura como la que él decía tener pudiese hablar así.

–Discúlpeme, señorita. Volveré más tarde. Siento haberla hecho pasar por esto.

Vincent salió tras él, esperando que siguiese en la comisaria para poder hablar. Y así era. Le esperaba en su despacho, sentado de nuevo en la silla. Tamborileaba con sus dedos sobre la mesa, emitiendo una música rápida.

–¿Podría traerme una taza de café? Necesito beber algo.

–Por supuesto –El Inspector preparó dos tazas, y las llenó del café que le quedaba. No estaba recién hecho, pero tampoco estaba frío–. ¿Le gusta con azúcar?

–Utilizo un edulcorante natural –sacó un frasquito de su chaqueta y precipitó un chorro largo en el café–. Es mucho más bueno así. ¿Ha probado ya lo que le di?

–Pues no, la verdad. Seguiré fumando por un tiempo…

–Sé que no ha estado bien decirle lo del garrote a Julia, pero quiero que tenga miedo, el mismo miedo que sintió mi Luci antes de morir –dio un gran sorbo de café e hizo una mueca, como si siguiese agrio–. Usted no entendió nuestra historia de las almas, pero quiero que intente entender. Somos tres almas unidas por el destino. Hemos viajado por el tiempo, por el mundo y siempre ha terminado todo igual. Dos almas unidas por amor, y una tercera que termina con todo. Durante mucho tiempo advertí a Lucía de que algo malo pasaría, y así fue –soltó un nuevo chorro del líquido edulcorante y dio un nuevo sorbo–. Cuando conocí a Julia me gustó su entusiasmo, siempre quería aprender cosas nuevas, y me enseñaba otras que yo desconocía. Pero, pronto descubrí que ella nos separaría, que nos alejaría. Nuestras almas están destinadas a estar juntas, me decía a mí mismo. Entonces, ¿cómo es posible que las cosas no vayan bien? –las manos le empezaron a temblar fuertemente– Sabía que Lucia me estaba engañando, pero no podía imaginar que se iba con ella. Su maldita tía estaba muerta, ¡muerta! ¿Cuánto tiempo me engañó? ¿Cuántos años llevaba escabulléndose para verla? –Empezó a sudar, tenía la frente brillante y un par de gotas resbalaban por su cuello– Pero yo no lo sospechaba, solo fui capaz de verlo cuando Julia me gritó: ¡Su alma es mía, mi alma es suya! ¡Tú eres la tercera alma, el alma negra! –sus pupilas estaban muy dilatadas, y su respiración se aceleraba cada segundo un poco más– Entonces me di cuenta, Lucía la había elegido a ella. Su alma pura había elegido a Julia, y así habría sido en otras vidas, y así sería en las siguientes. Yo era el alma oscura –se terminó el café, y lanzó un poco más de líquido en la taza. Tenía un color oscuro, lo bebió de un trago–. El alma oscura debe terminar con todo, y así lo hice. Fui hasta el río, las encontré. Esperé escondido, escuchando su conversación. No podía soportar verlas allí, traicionándome. Cuando estaba a punto de salir de mi escondite, Julia cogió su bicicleta y se marchó. Entonces lo vi… –la voz le dio un salto, por un momento parecía que se hubiese quedado mudo– Entonces lo vi claro, debía acabar con ella, allí, justo en su lugar secreto. La sorprendí, la golpeé. La desnudé, la tiré al río. Se resistió, mucho más de lo que pensaba que se resistiría. Cuando su espalda chocó contra el tronco del árbol, pareció desmayarse –sus manos se movían con golpes, agitadas por espasmos–. La tumbé en el suelo, apoyada en el tronco. Rodeé su cuello, aquel que tantas veces había besado, y apreté. Apreté hasta que empezó a darme patadas. Apreté hasta que vi que se le ponía la cara azulada. Apreté hasta que dejó de respirar –Vincent le miraba con espanto, por su relato y por las convulsiones que recorrían su cuerpo–. ¿Sabe lo último que hice? La besé, le robé el último de sus besos.

Marcos Lobera se quedó en silencio. Movía los labios, abría y cerraba la boca pero no podía hablar. De sus ojos salían lágrimas, y su rostro estaba lleno de sudor. A penas podía respirar y su último aliento lo utilizó para sacar de su bolsillo una carta. Golpeó su cabeza en el escritorio y quedó inmóvil para siempre. El frasco que guardaba en su chaqueta estaba lleno de Belladona, y la dosis que había tomado era suficiente para provocarle todos aquellos síntomas, y el último, la muerte.

En aquella nota, se declaraba culpable y narraba la historia tal y como lo acababa de hacer. Julia sería declarada inocente, pero como Marcos le había dicho, sufriría toda la vida por el remordimiento. Cada vez que recordase su lugar secreto, cada vez que recordase aquel momento en que orgullosa le confesó que Lucía y ella se veían a escondidas. Pero, creyese o no en almas, lo cierto es que en aquella vida ella era inocente, y él, culpable.

Carme Sanchis

Alma de Blues

Autor@: 

Ilustrador@:

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos.

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Alma de Blues.

El viejo bluesman dejó su trompeta sobre la cama.

Por primera vez en mucho tiempo sentía algo parecido a la felicidad. Eran la plenitud y la tranquilidad que solo se alcanzan cuando uno recoge los frutos del trabajo bien hecho. Por eso se reía para sus adentros.

Se quitó su sombrero y lo colgó en el perchero de pie.

Lo había conseguido. Había logrado lo imposible. ¡Qué éxito! ¡Qué noche! Toda esa gente lo había escuchado a él. Él, un simple granjero de un pueblecito de Alabama.

Se quitó la chaqueta y la apartó a un lado.

La actuación había sido memorable, única, inigualable. Con su música había doblegado los exigentes oídos de los peces gordos de la ciudad. Era el blues, su alma de blues, la que les hizo temblar en sus asientos.

Tanteó el bolsillo de su pantalón.

El sonido de las monedas le tranquilizó. Tenía unos cuantos chelines sueltos. Los periódicos de la mañana seguramente hablarían de él y de su éxito sin precedentes. Tan pronto como amaneciese tendría que hacerse con un ejemplar.

Se quitó los tirantes y los dejó colgar cintura abajo.

¡Ni más ni menos que en el local de Di Franco, el Big Tap Toe! Nunca antes otro hombre de color había tocado en uno de los mejores locales para blancos de la ciudad.

Cogió la maleta del suelo y la depositó sobre el colchón.

Recordaba la calidez de ese foco que le iluminaba la cara, las velas en las mesas, los blancos rostros observándole, los ojos llorosos. Recordaba esas manos pálidas aplaudiendo sometidos al  mágico influjo de sus notas ¡Eso bien se merecía un trago!

Descorrió las hebillas y abrió la maleta.

Su ropa estaba colocada en perfecto orden, como si esa vieja maleta de trotamundos no lo hubiese acompañado en su recorrido de cientos de kilómetros, miles de kilómetros, los que separaban un pueblo de otro, un condado del siguiente, un estado de otro.

Soltó las gomas que sujetaban la ropa

Todo lo que poseía estaba en esa maleta que nunca deshacía completamente. Todo su mundo en aquella habitación de hotel. No necesitaba más. Apartó una vieja camisa y descubrió la pequeña petaca metálica que también lo acompañaba siempre en sus viajes y le daba calor en las noches frías.

Tomó un trago.

¡Por el éxito conseguido! Había hechizado a la audiencia con la calidez de su música, sobre todo con las notas candentes de Why the shadow of the moon is over me. Rememoró ese momento, no podía resistirse. Se sentó sobre la cama y acercó la trompeta a sus labios, con el mismo respeto y reverencia con la que uno besaría la frente de su madre anciana, con el mismo sentimiento que lo hizo durante el concierto, hasta que los tres, hombre, trompeta y blues, se fusionaron en uno solo.

Ilustración de Sonia del Sol

Empezó a tocar un blues.

La triste melodía impregnó el aire de la habitación, llenando el alma del bluesman de gozo. Unos golpes en la pared le recordaron que en la habitación contigua había gente que quería descansar, aunque el chirriante sonido acompasado de unos muelles indicara lo contrario.

Dejó de tocar.

Quienquiera que fuese ese oyente involuntario, tenía razón. ¡Diablos! una habitación sin cuarto de baño a altas horas de la noche no era el sitio apropiado para una pieza de tal calibre. Ni los clientes casados que alquilan por horas una cochambrosa habitación de motel para acostarse con sus amantes, eran su público. El jazz es puro sentimiento y el blues es el alma triste del jazz.

Sacó el tabaco y se lió un cigarrillo.

Mientras aspiraba el humo pasaba lista a todas las canciones que habían desfilado por su trompeta aquella noche: Sad Winter, The blue in me, All I can’t get. ¿Cuáles escogería para la grabación?  Soul of sorrow, seguramente, pues el tipo de la tarjeta le había remarcado que quería esa pieza. ¿Dónde había puesto la tarjeta? Quizás estaría en el bolsillo de la chaqueta.

Dejó la trompeta a un lado y se levanto de la cama.

No, en el bolsillo interno del abrigo, recordó. El lugar más cercano a su corazón, ahí la puso. “Los que somos de Nueva York ya casi ni notamos el frío” le había dicho el tipo cuando los presentaron y le invitó a tomar una copa para hablar de negocios. Era un tipo extraño, hablador, con aires de haber visto mucho mundo y maneras de gran empresario. Él, en cambio, era reservado. No, él no era de muchas palabras, él se comunicaba mejor con su música, a través de las notas, los silencios, los compases. Tampoco era hombre de mundo, aunque había recorrido muchas carreteras para llegar hasta allí.

Rebuscó en el bolsillo del viejo abrigo.

 Había andado muchos caminos polvorientos y esperado su oportunidad en muchos cruces de caminos. Y a cada trecho, a cada encrucijada, su blues iba tomando forma junto al dolor que se arraigaba en su alma, junto a la soledad, el cansancio y la tristeza. Esa noche había mirado a los ojos de un hombre que parecía haber vivido treinta años y lo tenía todo en el mundo. Él sentía que había vivido trescientos y todavía no tenía nada. Tras seis tandas de copas, esos dos hombres opuestos habían establecido un contrato verbal.

Apagó el cigarrillo en el cenicero de cristal.

¡Lo había conseguido! ¡Su primer contrato con una discográfica!  Nunca antes ningún estudio había grabado música negra. Eso estaba reservado para los blancos. El jazz y el blues se tocaban en pequeños locales para gente de color situados normalmente en las afueras de los pueblos, lejos de la mirada racista de los ciudadanos. Y él, con ese apretón de manos, había sellado un acuerdo gracias al cual su música sonaría en todos los hogares blancos norteamericanos.

El viejo músico miró la tarjeta roja.

J.W. Records” decían las letras grandes y negras impresas en la tarjeta que sostenía en la mano. Bajo ellas, en letra pequeña, los dígitos de un número telefónico. En el reverso, anotado a mano, con una letra ancha y clara, que prometía seguridad y ofrecía confianza, se leía “voy a hacerle famoso y rico”.

Empezó a deshacer la maleta.

Había pensado pasar solo una noche en la gran ciudad pero, tras el imprevisto del contrato, debería quedarse unos cuantos días más, los suficientes para la grabación. Luego probaría suerte en el camino, otros locales, otras ciudades, otros condados. “La vida de un bluesman es la carretera y no puede alejarse de ella por mucho tiempo, o su blues se desvanece” pensaba mientras el armario se iba llenando con su ropa. “Nunca deshagas completamente tu maleta. Nunca permanezcas demasiado tiempo en el mismo lugar”.

Vació la vieja maleta completamente.

Al quitar la última pieza de ropa, los pantalones marrones anchos del fondo, lo vio. ¿Tantos años habían pasado que se había olvidado de eso? ¿Era tanto el polvo del camino recorrido que ya ni se acordaba de aquel papel amarillento y viejo que un día firmó? Con la mano temblorosa tiró del papel doblado, medio oculto entre los pliegues del forro. Lo desplegó con la paciencia que solo se adquiere tras muchos años de fracasos, manteniendo la respiración, dilatando el inevitable momento de leer lo que en él estaba escrito ¿Sería capaz de leerlo?

Leyó el papel.

“Yo, Joseph Conrad Jones, conocido como Snooper, en este cruce de caminos y bajo la sombra de este árbol, en el caluroso día de hoy, dieciocho de agosto de 1876, acepto este contrato por el que obtendré el éxito con mi música a cambio de mi alma inmortal, que entregaré como pago al demonio abajo firmante al amanecer siguiente de recibir mi recompensa. Para dar validez a este contrato, firmo con mi propia sangre. Fdo.: Mephistopheles.& Joseph Conrad Jones, alias Snooper. 

 Soltó el papel.

El papel planeó hasta llegar al suelo, mientras el primer rayo de sol entraba por la ventana de la habitación y una mano firme golpeaba la puerta por tres veces consecutivas. “Hooola” se oía a través de la puerta “Sabes quién soooy. Y he venido a buscar lo que es mííío”

El viejo bluesman no dijo nada.

“Vamos, Snooper, viejo amigo, ábreme la puerta, que tengo prisa. Ya te he esperado demasiados años. Incluso estuve a punto de pensar que nunca lo lograrías. Pero hoy es el gran día. Tú has tenido lo tuyo y yo vengo a cobrar mi parte. Sé bueno y ábreme. Además, no hubieses tenido muchos más éxitos, créeme. Tu carrera está acabada, amigo. Los tiempos cambian. El blues se muere, ya estamos en los años veinte”.

Cerró los ojos.

“Míralo de esta forma, dentro de nada nadie va a acordarse de ti. Te lo digo en serio. Mira, voy a contarte un secreto. En unos diez años un joven músico empezará a tocar algo nuevo llamado “Rock & Roll” y te aseguro que eso sí va a ser la bomba. Lo sé porque está en mi lista y tengo un contrato para él. El blues, bah, es demasiado triste. ¿Y quién quiere escuchar música triste? Vamos, no seas testarudo y déjame pasar.”

Abrió la puerta.

Olga Besolí

Febrero 2013