El súcubo

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El súcubo.

Hacía algo de frío en la cabaña, pero no me apetecía encender la chimenea, así que me arrebujé un poquito más en el chal de pashmina que me hubiesen regalado aquella misma noche si no me hubiesen dejado tirada una vez más. Aunque no sé de qué me sorprendía, eran las segundas navidades que me quedaba sola, sobre todo, desde que el grifo se había cerrado y ya no invitaba a mis hijos y a sus respectivas familias a pasar las vacaciones de Navidad viajando por el mundo. Y a pesar de que la excusa seguía siendo la misma año tras año, me negaba a aceptar la cruda realidad, que hacía tiempo que no me querían, que hacía tiempo que nadie se preocupaban por mí, y eso me hacía sentirme bastante triste. Pegué un sorbo de mi gran copa de vino, intentando tragar con el ácido líquido parte de la pena que me corroía por dentro mientras intentaba recordar lo que había hecho mal para merecer aquel castigo divino.

 

Ilustración de Olga Ruiz

Así que, con la mirada fija en la pared de la cocina, y una mano descansando en la repisa de la isla que formaba la misma, intenté retroceder en el tiempo a través de mi memoria para recuperar el momento en el que se habían rotos nuestros lazos y comprobar si hubiese podido hacer las cosas de diferente manera para poder evitarlo. Pero los recuerdos que venían a mi mente eran muy duros, y siempre salía perdiendo en cada retazo que los componían. Tal vez mi historia, aquella historia que se había grabado en mi mente como un puñado de afilados e hirientes cristales rotos, solo fuera una parte distorsionada de un todo que podría ser observado desde distintos prismas, pero seguía siendo mi parte; esa parte angustiosa que me había destrozado una y mil veces por dentro, aquella parte en la que mi marido me reducía a la nada; aquella parte en la que una y mil veces me dije a mí misma, a modo de consuelo, que al menos no me pegaba, que al menos no bebía ni tenía vicios poco recomendables y que, además, a su manera, me quería.

Pero todo aquello no eran más que falacias que intentaban convencerme de que llevaba una vida digna. La realidad era que no me valoraba, que conforme nuestro matrimonio fue creciendo me quitaba autoridad delante de los niños, yo nunca hacía bien nada, si discutía con los chicos siempre era a mí a la que le reprochaba que se hubiese iniciado la pelea, independientemente de que los niños hubiesen hecho algo mal y yo solo les regañara. Además, siempre discutíamos por terceras personas, y lo peor de todo era que siempre estaba relegada a un segundo plano en cualquier ámbito de su vida, no importaba si era su trabajo, sus amigos o nuestro propio entorno familiar. Me había hecho creer que era un ser inservible, dependiente, que no iba a ser capaz de realizar nada por mí misma en toda mi vida. Y aquí estaba yo, fuerte, reveladora, liberada, con un trabajo que me permitía pagar mis gastos y los desmesurados gastos de mis hijos adultos. Pero lo más gracioso de todo esto no era que mis hijos solo se acordasen de mí cuando necesitaban dinero, no.

Lo más gracioso era que me echaban en cara que hubiese decidido poner fin a la amargura en la que se había convertido mi vida. Bastante aguanté hasta que ellos fueron autosuficientes para poner en orden mi vida y dejar de ser tan solo la chacha que les limpiaba y les servía.

Me puse a estudiar con los pocos ahorros que conservaba de lo que había heredado de mis padres, para poder labrarme un futuro y una profesión y poder ofrecerles una vida mejor, esa vida desahogada y sin preocupaciones que yo nunca tuve. Durante años yo había renunciado a mí misma sin pensar en nada más que no fueran ellos, dilapidé mi juventud cambiando pañales y atendiendo todas y cada una de las necesidades que los bebés requerían, mientras su padre se dedicaba a estudiar lo que a él le gustaba y yo a trabajar cuando podía. Cuando por fin terminó su carrera se puso a trabajar, y esa fue la excusa para delegar en mí también la casa y todas las responsabilidades que esto conllevaba. Después, y cuando las cosas se estabilizaron, me negó el derecho a trabajar, pues alguien tenía que quedarse con los niños y él no podía porque después de estar trabajando arduamente durante la semana necesitaba su tiempo de relax, su espacio, así que se iba a correr, o a tomar cervezas con sus amigos, mientras yo me tragaba las quejas de los niños porque no podían ver nunca a papá. Y con el tiempo todo empeoró, los escasos momentos en que la familia pasaba el día juntos llegaron a su fin cuando empezó a frecuentar reuniones y eventos que se hacían después del trabajo, a los que no era necesario ir, pero a los que él acudía religiosamente, empleando el  poco tiempo que hasta ahora nos pertenecía. ¡Y el sexo hacía años que ya no existía! Yo creo que se terminó en el mismo momento en que nació nuestro segundo hijo. De todas formas entre las peleas y las recriminaciones tampoco había demasiado tiempo para la reconciliación.

Aun así, la mala seguía siendo yo, a pesar de que el hecho de haber acabado mi carrera les hubiese ofrecido la cómoda vida que hasta ahora poseían. Y cuando decidí divorciarme, porque ya no aguantaba más, me llamaron histérica, exagerada, e incluso feminazi por el simple hecho de defender mis derechos y pedir la igualdad que me correspondía. Y eso fue lo que no les gustó, el hecho de que tuvieran que desenvolverse sin mí, el hecho de que se tuviese que delegar en los cuatro miembros de la familia todo el peso de lo que hasta ahora yo había llevado.

Y aquí estaba yo, en el único día del año en que, por obligación, me dejaban ver a mis nietos y podía pasar algún tiempo con mis hijos, completamente SOLA, olvidada, arrastrando un pesar que apenas me dejaba respirar.

De repente un cambio, al principio inapreciable, se apoderó de la estancia, fue como si el aire se tornase más pesado o como si de repente el tiempo se paralizara. Parecía que el silencio se había adueñado de la casa, pues ni siquiera pude apreciar el insistente y monótono canturreo de las manecillas del reloj de pared que estaba en la sala. Solo se escuchaba el mismo vacío que sentía en mi alma. Sonreí en mi mente ante esta irónica percepción cuando, de repente, un ruido apenas perceptible llamó mi atención. Era como si algo o alguien se estuviese arrastrando por algún lugar arenoso que pudiese desprender algún tipo de material así.

El ruido se hizo cada vez más fuerte y repetitivo, así que sin dejar la copa que estaba bebiendo y que llevaba ya por la mitad, me acerqué al lugar de donde parecía proceder el sonido. Venía del salón y más concretamente… ¡del hueco de la chimenea! Di un paso hacia atrás asustada ante aquella nueva revelación mientras un torbellino de ideas revoloteaban en mi mente: no tenía vecinos en un kilómetro a la redonda, las llaves de mi coche se encontraban en el piso superior, el teléfono solo tenía cobertura en el baño de la parte de atrás de la casa, y ni siquiera tenía un arma con la que defenderme.

El ruido se hizo más intenso para finalmente acallar su voz con un estruendoso golpe final, como si alguien o algo hubiese saltado desde una altura considerable y hubiese aterrizado en la base de la chimenea con su consiguiente nube de polvo y ceniza inundando el salón. Ahora temí más por una mala caída como consecuencia de un accidente que por una agresión, así que dejé la copa de vino encima de la mesita de sobremesa que tenía frente al sofá y me dirigí hacia lo que quiera que fuese que produjera aquel sonido.

Cuando la polvareda se dispersó, apenas pude ver dos botas negras y un traje rojo salir del hogar de la chimenea.

—Sorpresa —exclamó una voz, pero sin ningún tipo de cadencia o entonación en su materialización.

Tosí un poco antes de contestar intentando recuperar la limpidez que hasta ahora existía en mi garganta.

—Perdona, ¿quién eres tú y qué haces en mi casa?

La persona que tenía ante mí era un joven de aproximadamente unos treinta años, la misma edad que tenía en la actualidad el mayor de mis hijos. Iba vestido de Papá Noel y me miraba con gesto desconcertado a través de unos inquietantes ojos azules.

—¿Tu casa? ¿Desde cuándo…? Quiero decir… creo que no me he equivocado de dirección… ¿Y Rosalin? —me preguntó algo nervioso.

Entonces organicé en mi cabeza la situación y comprendí el absurdo de aquella incidencia.

—Ah… ¡vale, vale! Creo que puedo explicártelo, ya veo a quién buscas. Rosalin es la hija de mi mejor amiga y ella, como ves, no está, quiero decir que ya no vendrán nunca más aquí a no ser que las invite…, bueno, que quiero decir que me han vendido la cabaña.

—Justo hace dos años‚ ¿verdad? —me preguntó entonces entendiendo.

—Imagino que fue la última vez que la viste —sentencié—. ¿Eres un amigo del trabajo u os conocíais del grupo de escalada que tenía aquí?

El muchacho me dirigió una mirada perdida, se le veía bastante afectado, igual era un rollo de la chiquilla que esta no había sabido cómo gestionar o algo así. Por eso intentaría no comentarle que se había casado hacía dos meses con su novio de toda la vida.

—Ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué te vendieron la casa a ti?

—Pues porque estoy sola y necesitaba un lugar en donde esconderme del mundo y olvidar todas mis  miserias —le dije sinceramente sin saber por qué. El muchacho cambió entonces su expresión por completo y me dirigió una extraña sonrisa mientras se erguía y su figura, que sería aproximadamente de un metro ochenta, pareció inundar la habitación.

—Espera un momento, como que ni lo uno ni lo otro —hablé de nuevo turbada intentando distraerle, ya que la incesante mirada que ahora me manifestaba me ponía muy nerviosa y no supe por qué.

—Que no conozco a Rosalin de la universidad ni tampoco de su grupo de escalada. De hecho, no creo que Rosalin, a pesar de la agilidad que demuestra, pudiese escalar en estos momentos.

Le miré realmente desconcertada ante aquellas declaraciones. El chico se permitió soltar una carcajada bastante divertido.

—Creo que te has confundido de Rosalin al aseverar que era mi… podríamos llamarlo ¿fuente de interés?

—No puede ser… ¿Es Rose tu… tu… amiga? —le pregunté entonces entendiendo la complejidad del asunto. Mi amiga Rosalin, Rose para mí, tenía una hija a la que le puso su mismo nombre por tradición familiar.

El muchacho enarcó una ceja de forma irónica antes de contestar:

—Me gustan mayores, y tú también me sirves.

—¿Cómo que te sirvo? —le pregunté indignada.

—Pues que me pareces muy atractiva —me contestó con picardía mientras se quitaba los restos de ceniza que ensuciaban su oscuro pelo.

—¿No estarás insinuando que … tú y yo…?

—¿Por qué no?, los dos estamos solos, no hay nada que nos ate y es obvio que nos sentimos atraídos. ¿O acaso no te parezco atractivo?

Esta atrevida parrafada me dejó descolocada, sin saber muy bien qué decir, pero el chico me seguía mirando con un extraño destello febril en los ojos.

—No estoy loco, si es lo que estás pensando, lo que pasa es que mi sinceridad suele causar este efecto, no me gusta ir con rodeos. Es por eso que he de reconocer que cuando no he visto a tu Rose, mi Rosalin, me había decepcionado un poco. Llevábamos algún tiempo viéndonos así, me había acostumbrado, pero…

—¿Quieres decir que Rose y tú quedáis para…? —le pregunté entonces escandalizada. Él se limitó a sonreírme de nuevo y a encogerse de hombros mientras se quitaba la parte de arriba del disfraz ante mi estupefacta mirada. Seguidamente se quitó el resto y se quedó con la ropa que llevaba debajo, que eran unos vaqueros y una camisa negra que resaltaba aún más el azul de sus ojos.

—Veo que eres de las que piensan como antaño, por lo tanto antes de continuar te lo volveré a preguntar. ¿Acaso no soy de tu agrado?

Lo miré boquiabierta, estaba totalmente traumatizada, no sabía qué pensar de aquel muchacho que en principio me había parecido coherente en su historia y que ahora parecía ser bastante anormal, aunque por otro lado sí era cierto que hacía tiempo que me había fijado en sus atractivas facciones e incluso me había tomado la libertad de fantasear. ¡Hay que ver cómo se comporta la mente humana en algunas extrañas situaciones como esta! Así que al recalcarme de nuevo su pregunta no pude hacer otra cosa que ruborizarme y ponerme a divagar:

—Yo no pienso nada… ¡Y dices que no estás loco! De verdad, deberías marcharte. Yo…

—Aún no has contestado a mi pregunta. Sé que te gusto, pero necesito que me lo digas tú de verdad, si no, no podré actuar.

—¿Actuar? ¿Tú… qué pretendes? Bueno, da igual, creo que voy a llamar a la policía.

—Sabes que solo tienes cobertura en el cuarto de baño de atrás y encima tu móvil está en el piso de arriba. Además, tardarían demasiado en llegar. Para cuando lo hicieran podría haberte matado.

Lo miré indignada, había olvidado que él conocía esta casa mucho mejor que yo, sobre todo si llevaba tanto tiempo manteniendo una relación con Rose. ¡Maldita Rose! ¿Por qué no me había contado nada? ¡Claro, por eso la veía últimamente tan animada! ¡Pájara! Ahora entendía el porqué.

—– Disculpa, te estoy asustando, solo bromeaba, no tengo intención alguna de dañarte, pero sí que es cierto que no me importaría pasar esta noche contigo si tú también lo deseases. Pero como veo que te estoy incomodando, me iré, al fin y al cabo tan solo somos dos extraños. —–me dijo entonces el muchacho remarcando de una forma inusual esta palabra mientras me miraba fijamente a los ojos.

Y, entonces, un excitante hormigueo recorrió todo mi ser, sensación que desde hacía décadas creía tener extinta. El chico se dirigió a la puerta y cuando la abrió el paisaje que se reveló en el exterior fue desolador. Una tremenda tormenta estaba cayendo en esos momentos y yo apenas me había dado cuenta.

—¡Espera! —le dije—¡No puedes irte así!

—¿Acaso te lo has pensado mejor? —me dijo de forma pícara.

Fui a protestar mostrándole mi indignación y decirle algo así como que no podía dejar que se aventurara con aquella tormenta porque era una locura, pero en vez de ello me sorprendí devolviéndole el coqueteo.

—No te hagas ilusiones… ¡de momento!

El chico entonces cerró teatralmente la puerta de un solo manotazo mientras me dirigía una amplia sonrisa de complicidad, después me dedicó una reverencia y me contestó:

—Tus deseos son órdenes para mí y cualquier cosa que desees me encargaré de hacerla realidad…

Y dicho esto, y tras volverme a hacer ruborizar, me acompañó hasta el salón. Después de esta última y turbadora expresión de interés, la conversación resultó más civilizada, le dejé mi teléfono para que pudiese llamar a un taxi que lo pudiera acercar hasta su casa. A los tres minutos volvió del baño de detrás de la casa con el móvil en la mano y una sonrisa. Le habían dicho que a causa de la tormenta el servicio de taxis se podría retrasar de cuatro a cinco horas como mínimo, pero que le avisarían en cuanto lo enviaran.

—El destino quiere que pasemos esta noche juntos —alegó.

Después todo vino rodado. Preparamos juntos la cena, cenamos y charlamos tomando unas copas de vino. El ambiente se había vuelto mucho más distendido y tenía que reconocer que me sentía bastante cómoda en su presencia. Era un joven encantador y el halo de misterio que lo envolvía le hacía parecer más interesante. Al principio hablamos de cosas triviales, pero luego, y dada la irresistible atracción que crecía cada vez más en mí, intenté averiguar cosas de su vida. Pero mi investigación se terminó en cuanto él me contestó de forma evasiva que si me contaba algo, aunque simplemente fuera su nombre, la magia se rompería y se perdería esa complicidad que habíamos construido. Y tenía razón, pues por otro lado yo tampoco necesitaba saber más. Lo único que tenía claro era que gracias a él esta no formaría parte de esas nefastas navidades que hasta ahora había tenido en mi vida, y eso era lo único que me importaba. Así que terminé hablándole, sin poder evitarlo, sobre mi vida, tanto de los buenos como de los malos momentos que había pasado. Y él me escuchó atento, paciente, cercano… Hubo algunos momentos de cierta tensión emotiva que él supo lidiar dándome pequeñas muestras de cariño como palabras amables o el roce de nuestras manos. Y poco a poco me fui relajando. Reímos juntos, lloré, bromeamos, nos tocamos fraternalmente, coqueteamos, y entonces comprendí que ya estaba decidida, pues me sentía tan compenetrada y en cierto modo querida que no me importaron los años que nos separaban, ni que mi cuerpo fuera una vieja reliquia, sino solo las personas que se encontraban una frente a la otra y lo que esas personas sentían. Así que, armándome de valor, apreté sus manos que ahora se entrelazaban con las mías y le dije:

—El momento ya ha llegado.

Y no hubo que explicar nada más.  Él me sonrió ampliamente mientras nuestros rostros se desdibujaban lentamente. Después, nuestros labios se encontraron y crearon cascadas de dicha que jamás pensé que sentiría mientras nuestras manos revoltosas exploraban cada centímetro de la piel de la persona que teníamos al lado. Y nos desinhibimos, y nos desatamos, expresando nuestras sentimientos con la misma ferocidad que la tormenta que nos había aislado.

Ni siquiera me di cuenta de cuántas horas habían pasado, pues cuando me desperté la tormenta había cesado, así como la pasión que hacía tan solo unas horas habíamos descargado. Me atreví a mirar su rostro mientras apartaba un mechón rebelde que le caía de lado sobre sus preciosos mares azules. Él también me miraba, y ese brillo febril que había mantenido mientras estábamos entrelazados seguía estando agazapado en el brillo de sus ojos, en la comisura de sus labios. El estómago se me encogió de dicha y le sonreí como una quinceañera le sonríe a su amor de verano. Entonces el teléfono se iluminó y él se giró para leer lo que lo había avivado.

—El taxi está aquí, será mejor que me vista —me dijo en un susurro.

—¡No te vayas! ¡Quédate, y dile que te lo has pensado! —le ronroneé como un gato, y su respuesta fue un beso apasionado.

—Al menos deja que baje a darle algo por haberse acercado —me contestó triunfante.

Y después, levantándose y poniéndose los pantalones, desapareció por la puerta del cuarto, cosa que aproveché para tumbarme de espaldas y estirar mi cuerpo aletargado. El móvil se volvió a iluminar, y no una vez sino cuatro, de una manera tan insistente que temí que hubiera pasado algo. Así que me levanté a regañadientes y lo desbloqueé esperando encontrarme como primera conversación el mensaje que el taxista había mandado, pero en vez de eso quien reclamaba mi atención febrilmente era el whatsapp de la hija de Rose, que no paraba de escribir transcribiendo lo que su madre le iba dictando.

Me preguntaba en primer lugar si todo iba bien, y luego que si podía hacer el favor de llamarla en cuanto lo leyera, que su madre estaba muy preocupada por si me había pasado algo, que le estaba diciendo no sé qué cosa sobre las navidades y que era peligroso que estuviera sin nadie, y que si mis hijos habían llegado. Iba a contestar cuando mi salvador de navidades entró de nuevo en el cuarto. Vestía los mismos pantalones con los que se había marchado, pero al cuello llevaba un medallón con una especie de piedra iridiscente que brillaba a cada paso.

—¿Se lo has dicho? —le pregunté ansiosa.

—Sabes que no. Nunca llamé a un taxi y el mensaje que sonó no era para mí, Claire.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté un tanto aturdida.

—Dímelo tú —me respondió de una manera un tanto inquietante.

Y entonces me puse a pensar en nuestro encuentro y sobre todo en las conversaciones que habíamos mantenido los dos, en esos pequeños detalles que yo había pasado por alto como el hecho de que supiera que no había cobertura si no te ibas al baño de atrás y que mi móvil estaba en la habitación de arriba, que a mi mejor amiga yo la llamaba Rose como muy bien él apuntó, «[…] tu Rose, mi Rosalin», y sobre todo esta última revelación: ¡Sabía mi nombre cuando yo jamás se lo había dicho! «¿Qué demonios estaba pasando?», me pregunté mientras toqueteaba enloquecida el móvil en busca de las pruebas que lo delataban, y en efecto, allí estaban igual de ausentes que mi propia consciencia.

—Tenía que inventar una excusa para que me permitieras estar aquí, al fin y al cabo aún no había sido invitado.

—¿Invitado a qué? —le pregunté cada vez más asustada.

—A entrar en la casa, a quedarme aquí para poder poseer lo que ahora es mío —me dijo acercándose peligrosamente.

Intenté moverme, pero estaba paralizada, y no solo de miedo sino literalmente paralizada. No podía apartar la vista de sus ojos, que ahora brillaban con un maligno fulgor mientras venía hacia mí. Entonces sus manos se transformaron en una especie de garras con largas uñas y mientras echaba  mi rostro hacia atrás para inmovilizarlo con su mano izquierda, con su mano derecha acercó una larguísima uña meñique a mi garganta y la dejó apoyada sin más, presionando contra mi piel pero sin atravesarla.

—Te he dado esta noche todo aquello que se te negó a lo largo de tu vida, te he devuelto por unos breves instantes la juventud que se te arrebató por la maternidad. Te he dado ese protagonismo que tanto anhelabas al ser antepuesta a todo lo demás, independientemente de que hubiese más hembras de tu especie que pudieran tentarme. Te he despojado de tu pudor carnal para poder expresarte sin restricciones como el ser sensual que eres. Y sobre todo, te he liberado de tu carga emocional para que no tengas que sufrir como has estado sufriendo durante todos estos años.

—¿Qué eres? —le pregunté vislumbrando mi pronto final.

—Un súcubo, aunque soy un bicho raro en mi especie, ya que normalmente son mujeres las que ostentan este cargo. Nos alimentamos de la desesperación y de la soledad, y sobre todo de la energía de aquellas personas que están tan atormentadas y decepcionadas de la vida como tú.

—¿Y por qué Rachel se te escapó?

El súcubo chasqueó la lengua para luego contestar:

—Apareció Rosalin y se la llevó antes de que terminase mi trabajo. Tú mejor que nadie deberías saber que pasó muchos años intentando superar su duelo por la pérdida de su esposo. Tuve que estar trabajándomela dos años para que lo olvidase y empezase a confiar en mí, pero justo cuando íbamos a consumir nuestra unión su hija vino y la alejó de mí. Por eso pensé que al haber de nuevo luz en su casa ella habría vuelto.

—¿Por qué lo del traje? —pregunté intentando alargar el tiempo para ver si se me ocurría alguna forma de no morir.

—Pues eso era simplemente un jueguecito que ambos nos traíamos entre manos, aunque no creo

que te interesen mucho los detalles ya que vas a morir. Si no estuviese tan exangüe después de estos últimos dos años de ayuno, me esforzaría incluso hasta en mostrártelo o disfrutaría un poco más de ti. Pero ahora sí que ha llegado el momento.

Y dicho esto clavó su uña en mi cuello atravesando mi piel como una finísima aguja. El dolor intenso y embriagador se deslizó por mi cuerpo como un efectivo veneno, pues segundos después solo pude sentir la oscuridad…

Inmaculada Ostos

La muerte es blanca, fría y acogedora

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating:+ 16

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Continuación de “El Miedo”

Soy tan feliz. Sonrío a cada paso y apenas noto el peso de mi cuerpo. Sonrío mientras camino por las blancas calles y los copos de nieve parecen negarse a tocar el suelo creando una escena de cuento donde la protagonista soy yo. Soy feliz porque Nerea está viva. Porque fui yo quien soltó las ligaduras que en sus manos y pies ataban su cuerpo a una mesa de metal en sádica tortura. Porque fui yo quien le quitó la mordaza de la boca que le impedía gritar. Y fui yo también la que cortó el precinto de embalar que selló sus ojos durante aquellos interminables días.

No puedo evitar sonreír mientras extraigo lo que queda de un corazón que parece haber implosionado y lo deposito sobre una pequeña bandeja de metal y recuerdo todo lo que paso.

Esa mañana sonó en mi teléfono la canción de Amy MacDonald This is the life que pocos días antes Nerea me había configurado como tono de llamada entrante. En ese momento me dio un vuelco el corazón y la ansiedad e ilusión de escuchar su voz provocó que mis nerviosas manos apenas acertaran a encontrarlo entre todas las cosas que guardaba en el bolso. Cuando por fin pude cogerlo y ver quien me llamaba, el alma se me cayó a los pies, la angustia asaltó mi corazón y las lágrimas nuevamente tomaron posiciones al borde del abismo de mis ojos. Era el teniente Linares y sólo acierto a pronunciar un casi inaudible <<¿sí?>>. Al otro lado del auricular la voz rota del teniente me dijo con mecánica entonación: <<tu novia está secuestrada en la casa del capitán Cantalapiedra. Él es el asesino de la chica bielorrusa y ahora mismo lo estoy deteniendo en su despacho>>. Después pude oír claramente de la voz del capitán, un <<hijo de puta>> seguido de un disparo, un silencio y un nuevo disparo. Inmediatamente después se cortó la comunicación.

La acompañé todo el día y toda la noche en el hospital. Solo a la mañana siguiente la dejé sola porque el juez de instrucción que lleva el caso quería tomarme declaración urgentemente. No podía ni quería negarme. Al teniente Linares le estaban haciendo muchas preguntas. Pegarle un tiro a un capitán de la Guardia Civil no es nada fácil de explicar, aunque dicho capitán sea un degenerado de mierda y multitud de pruebas indiscutibles le señalen como asesino. Además, Nerea lo identificó perfectamente y así lo declaró en el mismo hospital. La declaración del teniente encaja perfectamente: el capitán iba a ser detenido e intentó matar al teniente con un arma, pero falló el disparo y este sacó su arma reglamentaria, le disparó y lo mató. Así de sencillo. Yo misma fui testigo auricular, se podría decir, de la sucesión de hechos. Todo está tan claro que no creo que tenga problemas. Además, no tienen ganas de más escándalo y quieren que este dramático y bochornoso suceso pase pronto a formar parte de un pasado que a todo el mundo le interesa olvidar.

Nerea apenas estuvo dos días en el hospital después de la semana de cautiverio que padeció. Es una mujer muy fuerte, siempre ha sido muy fuerte, mucho más que yo. Nerea es una superviviente, siempre sale adelante, siempre encuentra una cuerda, un madero a la deriva, un clavo ardiente al que asirse. Y después de que el drama ha pasado, reinicia su vida no como si nada hubiera ocurrido sino con esa actitud tan racional, y a la vez tan sorprendente para los que lo sentimental antecede al pensamiento racional, de no permitir al pasado que se interponga o condicione las enormes posibilidades que ofrece el futuro. Es muy inteligente esta actitud, esa forma de pensar y actuar, pero no puedo negar que para mí, que siempre he sido de la opinión de que no se puede vivir a toda costa, me parece un poco triste esa faceta inteligentemente utilitaria de Nerea porque, si ella me faltara, para mí ya no habría un mañana. Sé que es absurdo porque siempre hay un mañana, la tierra nunca deja de girar, hay hombres y mujeres por doquier amando, trabajando, muriendo, luchando, soñando, viviendo; pero me encontraría vacía, sin sentido mi vida, peor aún, pensaría que ser feliz o tan siquiera vivir sería como reconocer que mi amor no fue tan intenso ni tan de verdad como lo siento. Y por otra parte, si yo faltase, sé que ella lloraría mi ausencia y que de verdad tendría pena, pero también sé que en un tiempo que se podría contar en semanas, quizás días, me dejaría aparcada en su memoria como un bonito recuerdo.

Ya lo estoy haciendo otra vez. Invento mi vida y la de Nerea a partir de sentimientos como los celos, el miedo o la inseguridad y a partir de ellos tengo pensamientos irracionales, llego a conclusiones potencialmente erróneas y estos pensamientos me conducen irremediablemente a sentir más miedo, más celos, más inseguridad. Este círculo vicioso sólo me conduce a la infelicidad y a una tristeza que no tienen relación con mi situación real actual. Me imagino la tristeza, pienso en la tristeza y tengo sentimientos tristes que me conducen inexorablemente a nuevos pensamientos tristes. Es un círculo vicioso y falso que debo romper, y voy a romper. Lo romperé con realidad racional basada en hechos contrastables. No me inventaré una realidad positiva para engañarme. Si los hechos son tristes estaré triste e intentaré superarlos, pero si son alegres seré feliz y disfrutaré de ellos como merezco.

“Orificio de entrada por el globo ocular derecho. Orificio de salida, un enorme boquete de unos diez centímetros de diámetro en el parietal…”.

Vuelvo al trabajo después de tomarme unas semanas de vacaciones y lo primero que hago es leer el informe del forense que se encargó de hacer la autopsia del cadáver del degenerado que destruyó la vida de esa pobre chica e intentó lo mismo con el amor de mi vida. Pero pronto cierro el informe, no quiero que malos recuerdos empañen este momento tan feliz.

Pienso. Y pienso en los maravillosos días que hemos pasado en Florencia. Cuando Nerea estaba todavía en el hospital, le propuse que nos fuéramos de la ciudad unos días para descansar, hablar y olvidar los acontecimientos que habían trastocado de forma horrible nuestras vidas. <<Nos marcharemos a París o Londres e iremos de compras, nos besaremos en todos los puentes, nos acostaremos siempre tarde con unas copas de más y haremos el amor hasta que el amanecer o hasta que el hambre nos obligue a levantarnos de la cama. Pero si lo prefieres podemos irnos a la playa a tomar tranquilamente el sol recostadas en unas tumbonas mientras nos sirven daiquiris con sombrillitas de colores>>. Me dijo que sí con una dolorosa sonrisa y luego me dijo que, si no me importaba, le gustaría ir a Florencia. Por supuesto le dije que sí y… El teléfono me despierta de nuevo de la ensoñación. Me avisan de un cadáver que bajan en el ascensor y que el juez de instrucción quiere el informe forense lo antes posible.

Me pongo la bata verde y me enfundo los guantes. ¡Cuánto antes empiece, antes terminaré!

Hombre de cuarenta y dos años fallecido hace dos horas en el Hospital General por fallo multiorgánico. Víctima de un atropello. El conductor se dio a la fuga y poco después fue detenido, resultando ser la presunta homicida su esposa. ¡Joder, qué sorpresa! Seguro que es otra de esas mujeres que son maltratadas, torturadas y vejadas durante años por su marido hasta que un día se les va la cabeza y le dan su merecido al muy cabrón.

En cuanto veo su cuerpo desnudo sobre la mesa de metal de la sala de autopsias algo llama mi atención. Me acerco sorprendida y con el dedo índice de la mano derecha cuento: uno, dos, tres, cuatro…, hasta veinticinco. Me alejo un poco del cadáver y enciendo el potente foco cenital de la sala para que mi cerebro se crea lo que mis ojos le han contado apenas hace unos segundos a media luz. La escena me deja anonadada. Un hombre de mediana estatura y de una complexión normal que, por la cantidad de cicatrices de su cuerpo, parece que se ha ganado la vida como mercenario en algunas esas guerras que por el mundo hay. Pero me consta en el informe que es comercial farmacéutico, y no digo que no sea una profesión difícil pero no es para esto. Después de lavar el cuerpo vuelvo a contar las marcas de forma sistemáticamente, empezando por la cabeza, continuando después por delante y luego por detrás, y ahora he contado cincuenta y tres. ¡Increíble! Su cuerpo es un verdadero mapa del dolor. Se pueden distinguir cicatrices de al menos quince años de antigüedad, al lado de otras que no tendrán más de dos o tres meses. Esto no es normal, parece como si este hombre hubiera sido torturado durante años.

Dejo por un momento mi trabajo y hago un par de llamadas de teléfono. En pocos minutos llega a mi ordenador los informes médicos de toda la vida del paciente. Desde la infancia, donde tan sólo constan las vacunaciones obligatorias, hasta el día que ingresó tras el atropello y dos días después el certificado de defunción. No hay nada anormal en su expediente, ni siquiera una operación de apendicitis o amígdalas. Todo normal hasta hace aproximadamente quince años, cuando empieza a sufrir ingresos y asistencia en los servicios de urgencias de varios hospitales y centros de salud. En total, doce ingresos por causas como:

Rotura de tibia de la pierna derecho.

Fractura del humero y radio brazo izquierdo.

Cinco costillas también fracturadas, dos de ellas en dos ocasiones.

Rotura parcial del bazo.

Perforación de un pulmón.

Rotura del tímpano de la oreja izquierda.

Luxación de Lisfranc

Amputación parcial del vértice lingual.

¡Dios Santo! Y la lista continúa.

Repaso cada lesión especificada en el informe médico y cuando termino me doy cuenta de que no voy ni por la mitad de las que en realidad ha padecido el cuerpo de este hombre. La lista de abrasiones, laceraciones, avulsiones y mordeduras es verdaderamente increíble. Me llama la atención sobremanera un agujero por el que puedo introducir mi dedo meñique y que atraviesa de lado a lado la palma de la mano izquierda. Vuelvo a examinar su informe médico y… no hay constancia de esta lesión. ¡Sorprendente!

Estoy en plena faena. Corto con la sierra el pecho de este hombre cuando, ¡maldita sea!, un apestoso olor a tabaco irrita mi pituitaria y mi ánimo. El muerto no era fumador, tiene los pulmones reventados pero sonrosados como los de un niño. A mi espalda oigo cómo se acercan los pesados pasos del teniente Linares. El humo de su Ducados le precede y cuando ya noto su presencia, justo tras de mí, me doy la vuelta con la sierra circular en marcha en la mano.

—Me habías prometido dejar de fumar.

—Y tú que te acostarías conmigo si lo conseguía. Los dos somos muy mentirosos. ¿Por qué no dejas a este tipo descansar un poco y te vienes conmigo a comer? Hoy es mi último día de servicio, mañana seré un hombre jubilado.

—Eso es fantástico, pero mira primero el caso de este hombre. Resulta que le atropelló su mujer y…

—Algo haría, seguro. Además, yo ya estoy retirado y el único muerto que me interesa soy yo. ¿Vamos a comer?

—Sí, dame diez minutos para coserlo y cerrar el informe. He quedado con Nerea muy cerca de aquí en una pequeña tasca.

—Otra vez Nerea en medio de lo nuestro. Tú sabes que yo a ella sólo la quiero para el sexo, en cambio contigo es amor. Sería fantástico que un día mezcláramos el sexo y el amor ¿verdad? Igual os gusta y me queréis para siempre en vuestra vida y entre vuestras piernas. ¿Qué te parece?

—Me parece que eres un cerdo y que no serías capaz de seguir nuestro ritmo.

—Lo de cerdo me parece una obviedad y lo segundo es mi problema… Ya puedo leer en mi esquela:Vivió un infierno, murió en la gloria.

—Qué tonto eres. Ya está. Déjame meter al muerto a la nevera, me quito la bata, me lavo un poco y nos vamos.

La muerte es blanca, fría y acogedora.

Liviana y suave. Tenía los pechos pequeños y la sonrisa amplia. Se dormía en cualquier parte en cuanto su oreja derecha alcanzaba una almohada, cojín o mi hombro. Conseguí catalogar dieciséis de sus sonrisas y para qué o cuándo las usaba. Sin embargo sólo tenía dos maneras de enfadarse y ambas terminaban de la misma manera, ella llorando. Una era de silencio, con la boca formando una perfecta línea recta donde habían desaparecido completamente los labios. Yo sabía entonces que debía darle un poco de espacio y de tiempo para rumiar su pena, pero no demasiado. La espera finalizaba en cuanto detectaba que se quebrantaba la delgada línea recta dibujada en su cara. A veces era una simple vibración en el lado izquierdo del labio superior o un leve arqueamiento de su boca en algo parecido a una extraña sonrisa invertida. En ambos casos no había que esperar demasiado. Era necesario acercarse a ella con tacto y sin pausa, sin esperar una rendición. Tan solo era necesario abrazarla o decirle un “te quiero” para que se desbordaran sus ojos, abriera sus brazos y soltara la pena que le atenazaba el corazón. La segunda manera de enfadarse me la temía más que caer en un pozo lleno de alacranes y toda esa clase de bichos asquerosos, y lo peor de todo es que este tipo de enfados se producían con una regularidad temporal aterradora. Cada tres meses, semana arriba, semana abajo, una explosión de ira acumulada durante ese tiempo se expandía arrasando con todo lo que encontraba a su paso, y como yo siempre estaba a su lado era por tanto lo primero que encontraba al alcance de su desbordada ira. Esto me ha traído dolorosas consecuencias emocionales difíciles de explicar y sobrellevar, y también consecuencias físicas que más o menos rápidamente se curan pero que dejan un recordatorio perenne sobre la piel como, por ejemplo, una cicatriz en la frente sobre el ojo derecho que a punto estuvo, por dos centímetros, de costarme la pérdida de ese globo ocular. En otra ocasión fue un mordisco que puedo recordar perfectamente cada vez que paso el dedo índice por el trapecio izquierdo, pues allí han quedado marcados para la posteridad los pequeños y afilados dientes de mi amada.

No quiero hacer una larga lista de todos los quebrantos físicos que del amor arrebatado y la ira incontrolable han marcado mi cuerpo, pues podría parecer que he soportado por amor tantos años de dolor, quince para ser más exacto. Nada más lejos de la realidad y de mi intención al destacar estos breves sucesos un tanto escabrosos en la enormidad del tiempo de amor apacible que disfruté junto a ella. No quiero parecer, porque no lo soy, un hombre maltratado o tan siquiera mal querido. Creer eso sería un verdadero disparate, además de mentira. Tan solo lo cuento porque sería engañoso esconder la verdad de lo que sucedió hasta llegar a este momento.

Además, nunca me hizo daño con mala intención, solamente que yo estaba en el lugar incorrecto en el momento más inoportuno, y esto lo puedo demostrar con multitud de sucesos, como por ejemplo aquella vez que estando ella recogiendo los platos del lavavajillas, sorpresivamente empezó, sin previo aviso, a lanzarme platos y vasos uno tras otro presa de un furor iracundo.  Ninguno de los seis o siete platos que me lanzó me dio de lleno en la cabeza, que era donde parecía que disparaba, tan sólo un vaso me rozó el hombro derecho dejándome un poco dolorido durante apenas una semana. Esta escena demuestra que nunca fue su intención dañarme, pues yo estaba apenas a cuatro metros de ella y si de verdad hubiera querido hacerme daño, yo no hubiera tenido escapatoria posible. Estoy convencido de que ella falló los lanzamientos a posta. No cabe otra explicación.

Y ya hecha esta salvedad, permítanme, telegráficamente, que haga un resumen de mis daños corporales a los solos efectos del buen fin de esta historia.

1.Rotura del tímpano de la oreja derecha.

Quizá no sea del todo justo adjudicar a mi amada aquel desgraciado accidente que acabó dejándome sordo de un oído porque, aunque fue su codo el que impactó con toda su fuerza ósea, no es menos cierto que yo era consciente de que habían pasado los noventa días de rigor en dos o tres amaneceres más y que esto debería de haber acentuado mi prudencia. Ella estaba acostada de lado dándome la espalda y la tensión de su cuerpo se trasmitía a través del colchón y me impedía dormir. Sin embargo, hice caso omiso de las señales y de mi experiencia e imbuido de ilusiones románticas creí poder calmarla con caricias, mimos y besos. Pero en cuanto mis dedos rozaron su espalda, soltó como un resorte el brazo con tal mala suerte que impactó su codo contra mi oreja y un crujido y la sangre me advirtieron de que algo había ido mal.

No es menos cierto que fui solo a Urgencias esa misma noche a pesar de que los dolores y mareos apenas me dejaban conducir, y también que el tratamiento fue largo, doloroso e infructuoso. Pero sería miserable por mi parte no reconocer que al volver del hospital a la mañana siguiente mi amada desconsolada y rota en llanto se derramó en mis brazos y cubrió de besos mi rostro cansado, aliviando mis quejas con caricias, con lo sientos y con más besos. En el suelo hicimos el amor, amor rápido, intenso y liberador. Aún abrazados sobre el frío terrazo me hizo prometerle amor eterno. Y yo se lo juré.

  2. Orificio de entrada y salida en mano derecha.

En esta ocasión no puedo decir que fuera un accidente sin querer o fruto de la maléfica casualidad. Todo lo contrario, pues fue ella quien me lo advirtió en al menos dos ocasiones, que yo recuerde, aunque puede que fueran tres según me dijo después. El caso es que faltaban pocos días para cumplir el trimestre desde la anterior explosión, que no quiero equivocarme al recordar, pero creo que fue aquella en la que me fracturó por segunda vez el tabique nasal al azotarme con precisión el despertador. Esa vez le fue imposible errar porque estaba dormido y no pude ayudarla esquivando el dichoso aparato. Como digo, habían pasado casi los noventa días de rigor y el incidente con el despertador ya formaba parte de un pasado remoto que no quería recordar. Era domingo por la mañana después de una noche de amor donde no faltó un solo beso por dar, y los cuerpos exhaustos descansaron abrazados hasta que nos despertó el tenue sol que atravesaba las cortinas e inundaba la habitación con un estereoscópico mundo de colores. Me sentía tan feliz y ella dormía tan plácidamente que me levanté, cogí agua, harina, levadura y sal, y me puse manos a la obra a hacer un buen pan artesano. Apenas había mezclado los ingredientes cuando ella me sorprendió por detrás, me abrazó y me besó en la nuca y empezamos a jugar con los ingredientes, a pintarnos de blanco la cara, a besarnos mientras la incipiente masa se nos pegaba los dedos. Después, a ella se le ocurrió que ya que teníamos masa de sobra, iba a intentar por enésima vez preparar las sabrosas galletas que hicieran famosa a su abuela por todos los pueblos de la Ribera del Órbigo. Galletas que su abuela enseñó a hacer a su hija, que esta con igual maestría aprendió a hacer, y con el mismo cariño y mimo enseñó a su hija querida, que es mi amada esposa. Pero por alguna extraña razón jamás conseguía que ni de lejos sus galletas se parecieran a las que hiciera antaño su abuela y, todavía hoy, su octogenaria madre prepara y saboreo al menos una vez al año. Esta incapacidad de mi amada para hacer las famosas galletas produjo en ella un serio trauma que no pocas veces la hizo llorar desconsolada. Sin embargo, su tenacidad y fuerza de voluntad la llevaban a intentarlo en cuanto las circunstancias, el tiempo y su ánimo se lo permitían. Y así llegamos otra vez a aquel domingo por la mañana.

Mi amada que amasa. Mi amada que corta y da forma de personas a las galletitas. Mi amada que sonríe y me besa, feliz ante su convencimiento de que esta vez logrará su objetivo. Mi amada que dibuja en las personitas de galleta los ojos y la boca con un pequeño punzón. Mi amada que coloca cuidadosamente las galletas sobre una bandeja metálica, las introduce en el horno precalentado a doscientos veinte grados y a esperar apenas quince minutos, me dice. Qué maravillosos quince minutos. Pocas veces la vi tan feliz, radiante y ligera, tan suave, húmeda y tierna. La alarma del horno nos avisó de que los quince minutos habían pasado. Se bajó de mí, enfundó sus manos en sendos guantes y abrió el horno. Un delicioso olor inundó la cocina. Sacó la bandeja y la depositó sobre la mesa de la cocina. Los dos nos quedamos en silencio contemplando las galletas. Éramos como dos niños retrasando el momento de disfrutar de los regalos de Navidad. En un instante el silencio se rompió cuando con la voz más dulce y amorosa me dijo: <<Prueba una, sólo una y dime qué tal están>>. En ese mismo instante todo mi mundo perdió el color. Fui consciente del tiempo transcurrido, de lo transcendente de la ocasión, de lo dramático de mi situación. Debía decirle la verdad, mi amada no es estúpida y además probaría las galletas después. Si mentía, no me lo perdonaría porque quizá no seamos la pareja perfecta, pero la sinceridad siempre ha sido el eje de nuestra relación y si faltara yo a ese principio básico de nuestro amor ella jamás me lo perdonaría. Y ahí estaba yo, mirando aterrorizado la caliente bandeja depositaria de mi inminente destino. Y ella que insiste: <<Coge una galleta, amor, que ya no queman y calentitas están mejor>>. Y allá voy yo con mi mano derecha describiendo una lenta y exagerada parábola queriendo aparentar humor, cuando lo cierto era que el más pavoroso miedo punzaba en mi estómago. Y alcanzan los dedos la tostada galleta. Y la miro y soplo y resoplo. Y la muerdo.

Y me mira ansiosa esperando mi reacción y yo… El mundo otra vez se ilumina con todo su color, pues la galleta es deliciosa, tanto como las que hacía su abuela y su madre, quizá más, y así se lo digo. Pero ella no se fía del todo. No es que desconfíe de mi sinceridad, más bien es falta de confianza en sí misma lo que la hace torcer el gesto. Por eso le digo: <<Coge una y compruébalo tú misma>>, y así lo hizo. Sus ojos se abrieron en amplia sonrisa. Jamás la vi tan bella como en aquel instante, nunca fui más feliz que contemplando el gozo de su boca entreabierta intentando retener, entre risas, las migas que saltaban por doquier. Y cogí su mano en mi diestra. Y besé su boca llena mientras con la izquierda así otra galleta y… mi mano vi atravesada y clavada en la mesa por el certero punzón. <<¡Sólo una!  —gritó— <¡siempre lo tienes que estropear todo!>>. Esas fueron sus palabras entre lágrimas desesperadas. Salió de la cocina dando un portazo y dejándome a mí allí sin poder dejar de mirar cómo salía por debajo de mi mano un riachuelo de sangre y sin ser capaz de asir con la derecha el punzón y extraerlo, sin poder gritar, ni siquiera hablar. La verdad es que estaba acojonado.

Ilustración de Rafa Mir

No estoy muy seguro de cuánto tiempo me quedé en ese estado catatónico, pero sí recuerdo que salí del trance en el momento en que ella sacó de un tirón el maldito punzón. Después le pedí a mi amada que me llevara al hospital, que la mano tenía muy mala pinta y me dolía un horror. Pero ella me dijo que no era para tanto y que moviera los dedos para comprobar si estaba dañado algún hueso o tendón. Con la cabeza le dije varios veces que no, pero ella insistió y me dijo que no me llevaría al hospital hasta que no hiciera lo que me mandaba. Ante su insistencia y que el ensangrentado punzón continuaba sobre la mesa hice lo que me indicaba y moví lentamente dedo a dedo experimentando uno de los mayores dolores que he tenido en toda mi vida. Entonces ella me dijo: <<Ves, los mueves perfectamente así que no hace falta que vayas al hospital. Con un buen vendaje en unos días estarás perfectamente>>. Y la verdad es que tuvo razón.

Creo que este incidente ya lo he explicado con suficiente detalle, tan sólo añadir que sus cuidados fueron tan esmerados que no me quedó ninguna secuela aparte de un pequeño agujero que me impide en los días de sol hacer ese gesto tan socorrido de taparme con la mano la cara para que no me deslumbre el sol.

No quiero entretenerme en este suceso con más palabras que no aportan nada y me distraen de relatar la verdad de lo que pasó. Es necesario que lo cuente, ella lo necesita y todos deben darse cuenta de lo mucho que nos hemos amado, del sincero y entregado acompañamiento que nos hemos dado. Tienen que comprender que, como muchas otras parejas, yo diría incluso todas, hemos tenido nuestros momentos de gloria y tiempos de tristeza y melancolía, pero siempre hemos estado juntos sorteando las adversidades del destino o los accidentes del camino han puesto en el devenir de nuestra vida en común.

Pero me queda poco tiempo. Me doy cuenta de que me cuesta largo tiempo y mucho esfuerzo pensar con claridad, los recuerdos parecen desdibujarse como si mi memoria se deslizara por una blanca colina cada vez a más velocidad y mis más lejanos recuerdos se alejaran tirando a su vez de los contiguos y deformando estos también, y así ininterrumpidamente hasta mis recuerdos más cercanos, que ya noto como son estirados por los bordes, desfigurando su apariencia hasta casi no ser reconocibles. Me saltaré por esta causa el hacer referencia al motivo y circunstancias de mis otras lesiones corporales y me centraré en la última, causante de mi penosa posición actual, y la equívoca e injusta, a todas luces, situación de mi amada esposa.

Hoy exactamente hace tres meses. Noventa días de amor apacible, compartido y entregado. Hoy mi amada ha tenido un día complicado en el trabajo. Me di cuenta en cuanto entró por la puerta de casa. Su gesto serio, la camisa empapada en sudor y ni un rápido “hola” antes de cerrar de un portazo la puerta de casa y precipitarse directamente al cuarto de baño. Ya sé que no hace falta ser un prodigioso entendido en psicología femenina para que con esos detalles llegue uno a la conclusión de que no estaba de buen humor. Pero tengan en cuenta que hacía ya varios días que notaba el irremediable y periódico cambio de humor de mi amada y que los nervios y el miedo ante esa certidumbre me abotargaban los sentidos. El caso es que me quedé sentado en el sofá con más miedo que vergüenza por lo que podría suceder en los siguientes minutos.

Si habitualmente sus explosiones de ira eran imprevistas o inmediatamente después de momentos de placidez y sosiego, la idea de que pudiera coincidir el final del trimestre con un día de esos malos que todos de vez en cuando tenemos, me hacía temer el peor de los resultados posibles y mi natural instinto de conservación, que no la falta de valor, me hizo ovillarme bajo una manta protectora, después de sigilosamente apagar la televisión, bajar la intensidad de la iluminación y colocar en su viejo y querido magnetofón un disco con el Adagio de Albinoni. Echada ya la suerte, esperé un indicio que me permitiera salir de mi refugio.

Puede parecer en una primera impresión, que no ha lugar a justificación alguna o explicación racional que permita entender por qué mi amada esposa no detuvo el coche cuando mis indicaciones así se lo decían a viva voz y con evidentes aspavientos con los brazos. Y que después de romperme las dos piernas por el impacto sorpresivo del parachoques del vehículo y al oír mis gritos angustiados, ella frenara y alejara el vehículo de mí, liberando así las fracturadas rótulas de la presión de nuestro nuevo y flamante monovolumen. Después de esto, al no poder mis quebrantadas piernas soportar el peso de mi cuerpo, me caí como un fardo sobre la acera, con tan mala suerte que… Sé que parece todavía  más difícil de explicar lo que sucedió después, pero haré entender lo imposible, haré comprender las circunstancias que en horrible combinación provocaron que mi amada esposa fuera capaz de volver a meter la marcha atrás y arremeter contra mí. Esta vez fue el pecho lo que quedó a la altura del resistente parachoques trasero y fue en definitiva el culpable de las graves lesiones que me condujeron a ser trasladado con urgencia al hospital más cercano.

Qué fácil es escuchar esto desde una posición de superioridad moral, como si nunca nosotros hubiéramos cometido ningún error. Y sí, fue un simple error ayudado por la mala suerte y mi poco tacto. Quizá haya alguien que diga: «¡Imposible!, ¿cómo van a ser un error la concatenación de hechos tan clara y brevemente expuestos?». Pues puedo hacerlo y lo haré, simplemente teniendo un poco de empatía, una pizca de modestia y bajando de la columna de mármol donde nos solemos subir para juzgar a los demás cuando en verdad lo que queremos es que el mundo vea lo justos y decentes que somos. ¡Puro cinismo, falsedad y autosuficiencia!

A lo largo de este relato creo que he explicado suficientemente los arrebatos de ira incontrolada de mi amada, y que estos se producen con una casi perfecta regularidad temporal. También he dado cuenta de algunos de los sucedidos a los que me he enfrentado durante esas explosiones incontroladas de cólera de la que, excepto en estas contadas ocasiones, es la mujer más cariñosa y entregada que jamás un hombre pudo abrazar. Cualquiera medianamente inteligente, sensato y con un mínimo de capacidad analítico-crítica se habrá percatado de mi incapacidad no sólo de prever de forma fehaciente cuándo van a surgir esos estados coléricos sino, y lo que es más grave, mi nula capacidad para desarrollar una táctica, por no decir un tratamiento adecuado para desactivar o al menos mitigar en gran medida la incontrolable irascibilidad de mi amada. Además, mi grado de culpa e incompetencia resulta intolerable a sabiendas de que he tenido quince largos años para aprender de mis errores

Me estoy dispersando un poco. Me cuesta concentrarme con ese sonido metálico que no me puedo sacar de la cabeza y este acogedor frío que me abraza. Pero tengo que centrarme y acabar de contar esta historia de amor.

Creo haber dejado la historia a medio contar, con mi amada en el cuarto de baño y yo acurrucado:

Después de una serie de sonidos y golpes que creí reconocer como sus zapatos azotados contra la puerta, el grifo de la bañera y las lágrimas de mi amada, no aguanto más tapado en el sofá y me decido a entrar. Abro la puerta y lentamente mis pasos me guían hasta la mujer amada que, ensimismada en su llanto, no se percata de mi presencia y sigue abrazada a sus rodillas. Aparto la niebla con la mano y un beso nunca olvidado se me escapa de los labios. Se me escapa de los labios y se queda prendido en los suyos que tiemblan y ruegan ayuda sin hablar.

Y le digo que la quiero sin dejar de besar.

Y le digo que jamás la dejaré de amar, que nunca nunca nunca me cansaré de besar.

Ella se ríe con esa sonrisa que solo sus labios pueden dibujar mientras alguna lágrima olvidada se desprende sin mirar y yo la bebo porque sabe a mar, a amor y a verdad. Lavo su pelo y froto su espalda, las piernas también lavo y me entretengo separando, mordiendo y estirando cada dedo. Y se nos va el amor del cuerpo. Después, rítmicas olas de espuma blanca, besos y amor desbordado.

Nunca he sido más feliz. Nunca he sido tan feliz como esa tarde de invierno en que de la bañera nos fuimos al suelo y de ahí a la cama. Sólo fue un momento, el instante más bello, y luego me dijo un montón de mentiras sin cuento. Que si a los cuarenta estoy más bueno que a los treinta y que si sigo así a los cincuenta volveré locas a las quinceañeras. Que si me ama como jamás creyó que se pudiera amar y si hasta parezco más alto, más fuerte y hasta parece que me ha crecido esa parte de mí que… Miente y se ríe, y yo no la paro de besar. Me dice que está agotada, que no puede más y que necesita dormir un poco. <<Léeme un cuento>>, me pide. Y se lo leo.

Se quedó dormida apenas transcurrieron dos minutos, pero no paré de leer porque sé que la cabrea mucho que no termine lo que empiezo aunque ella no lo esté escuchando, y bien que hice porque fue pronunciar la palabra fin y que ella abriera los ojos.

Me dice entonces que estaría bien ir a un bonito sitio a cenar, que le han hablado de un sitio nuevo y que me va a llevar allí.

Conduce el coche hasta el centro de la ciudad y pasamos tres veces por delante del famoso restaurante porque es imposible aparcar en los alrededores. A la cuarta ocasión veo un hueco entre dos enormes todoterrenos que llevan una estrella en el frontal y le digo: <<Ahí  puedes aparcar. date prisa antes de que alguien se adelante y nos lo quite>>. Pero ella no lo ve claro, dice que es muy estrecho y que nuestro monovolumen no entra ahí ni de casualidad. Pero yo insisto y para convencerla le explico que yo saldré antes del coche para guiar su maniobra. Ella acepta intentarlo.

Me coloco primero enfrente del coche para que ella me pueda mirar directamente y yo poder ver los laterales del vehículo, pues es la maniobra más delicada librar las esquinas de los parachoques de los dos lujosos todoterrenos. Comienza la maniobra, mete la marcha atrás y yo la voy guiando lo mejor que puedo: que si un poco a la derecha, gira un poco el volante a tú izquierda, no mi izquierda, vamos para allá y ahora despacio hacia atrás y… ¡Crash! El piloto trasero izquierdo se ha roto al chocar contra las defensas cromadas de uno de los coches. Le digo que no se preocupe, que no ha sido nada, que lo vamos a volver a intentar. De nuevo desde delante la guío, pero ella está cada vez más nerviosa y cuando parece que ya entra, que está a punto de encajar… ¡Crac! Esta vez ha sido la puerta trasera derecha la que se ha abollado al impactar contra el parachoques del otro todoterreno. Y ella no me habla, aprieta el volante como si lo fuera a doblar e intento calmarla diciendo que eso no es nada, que ese bollo se quita con un par de golpes y ya está. Decido entonces colocarme detrás para guiarla mejor, y le digo que avance un poco hacia adelante y luego dé marcha atrás. La verdad es que me obedeció a la primera. En cuanto le dije que metiera la marcha atrás y retrocediera lo hizo inmediatamente y a tanta velocidad que no me dio tiempo a decir nada más. Qué mala suerte tuvo porque encajó a la perfección. Lo malo es que no paró hasta que el parachoques trasero chocó contra la pared del restaurante y justo delante de donde estaba yo.

El resto de lo que pasó ya lo conté anteriormente, tan sólo añadir que por si no ha quedado todavía lo suficientemente claro es que fue un accidente, y sólo a la impresión y al miedo se explica que mi amada esposa se fuera sin mirar atrás dejándome sobre la blanca, fría y acogedora nieve.

Fin

Juan Ramón Lorenzana

Caminando entre cuervos (III)

Autor@: Jesús Cernuda

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Correctora: Elsa Martínez Gómez

Género: Terror / suspense

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Caminando entre cuervos (lll).

Así fue como descubrí quien era mi padre y la terrible maldición que pesaba sobre su familia desde hacía siglos. Como ya os he dicho, la fortuna hizo que «la maldición de la sangre» como la llamaban, no me afectara. Ahora, con este hombre en mis brazos, sintiendo su sangre resbalar por mis piernas, creo que si no me visitó la Reina de la Noche fue para llenar mis días de algo más terrible aún que esa maldición, algo con lo que no todo ser humano podría convivir. Esta es por tanto mi historia.

…………………………………….

Recuerdo como ya desde que era un niño, fueron muchas las veces que le pregunté a mi madre por mi padre, veía a los demás ir de paseo con los suyos y no entendía por qué él no estaba con nosotros. No fue hasta los quince años cuando ella decidió que era el momento de saber la verdad.

A mis ojos, Paulina, mi madre, era una persona como cualquier otra: cariñosa, siempre atenta a lo que necesitara pero con un aire de tristeza que, por algún motivo, no se separaba de ella. Supongo que para mí esas cicatrices que desfiguraban su cara no eran nada, creo que incluso había dejado de verlas. Lo que era inevitable es que, las pocas veces que salía de casa, viera como la gente se quedaba mirando y la señalaran. Siempre pensé que aquello era por lo que estaba continuamente triste. Ahora sé que fue el amor, ese tan profundo que poca gente llega a conocer, lo que la hizo vivir así.

Fue una noche de invierno, acurrucados al calor de la chimenea, cuando a pesar de no tener más que 9 años, me atreví a preguntarle por aquellas cicatrices. Me contó entonces como poco antes de nacer yo, había pasado la difteria, una enfermedad que en aquella época se había cobrado la vida de muchas personas.

—Supongo que debo decir que yo tuve suerte —me dijo con media sonrisa en la boca —. Esa maldita enfermedad no consiguió acabar conmigo, al menos no del todo, pero sí me dejó marcada de por vida.

Se levantó despacio y se acercó al armario, después de buscar dentro de una carpeta que tenía, sacó una foto y me la enseñó.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Esta soy yo de joven.

Me pareció increíble lo guapa que fue. Ahora lo entendía, sufrir aquello a una edad tan temprana no tenía que haber sido fácil.

—Mamá, no estés triste, para mí sigues siendo la más guapa del mundo.

Ella acarició mi cara y me habló del momento en que supo que estaba enferma. Fue la primera vez que nombró a mi padre sin que yo le preguntara nada. Me explicó que él, dos semanas antes de que se casaran, se fue de viaje por negocios y que ella no se atrevió a enfrentarse al momento de tener que decírselo.

Los médicos le dijeron que se preparara para lo peor, como ya he dicho, por aquel entonces la difteria era casi un billete seguro al otro barrio. Ella, sin fuerzas para decirle a su gran amor que la muerte estaba cerca, prefirió marcharse dejándole una nota donde se lo explicaba todo.

Se fue tan lejos como pudo a esperar que la muerte la alcanzara, pero nunca llegó. Consiguió superar la enfermedad, aunque el resultado fuera esa cara irreconocible.

—Puede que sea lo más duro que he hecho en mi vida. Pensé que lo mejor era dejar que él siguiera creyendo que estaba muerta, ¿cómo iba a querer a alguien con esta cara?

Al decir eso rompió a llorar, sus manos temblaban mientras intentaba secar las lágrimas que cubrían su rostro arrugado. Apenas podía respirar y menos aún seguir hablando, de su garganta salió un fino hilo de voz del que pude distinguir un: ¡Dios, cuánto le quiero!

Seis años después, cuando yo no pensaba que me fuera a contar nunca nada más, como si ella supiera que algo iba a suceder, volvió a sacar de nuevo el tema de mi padre.

Me enseñó un diario con unas fotos extrañas de París que él le había regalado, intentó explicarme cuanto se querían desde que eran niños y como ella siempre pensó que estarían toda la vida juntos. Pero lo más importante:

—David Alaistair Markus, así se llama tu padre.

Aquella misma noche, mientras dormíamos, alguien entró en casa y nos atacó. Nunca olvidaré esos pocos minutos, suficientes para acabar con la vida de mi madre. Tenía tan solo 15 años, pero juré que no pararía hasta dar con quien había sido su verdugo, alguien o algo que yo no pensaba que pudiera ser de este mundo.

Durante mucho tiempo, me dediqué a viajar preguntando por esos seres con colmillos y fuerza descomunal, pero nadie sabía nada, hubo quienes se rieron de mí, incluso quienes decían que estaba loco o simplemente quienes no me hacían caso por ver que no era más que un jovencito preguntón. Hasta que, en un pueblo pequeño al norte de España, donde me encontraba, una persona que parecía ajena a mis preguntas llamó mi atención.

—Muchacho, creo que no sabes dónde te estás metiendo. Nadie querrá hablarte de vampiros y menos aún reconocer que existen — dijo aquello poniéndome una nota en las manos. Nunca más volví a ver a aquel hombre, el que sin duda me puso en la pista de lo que ahora sabía que eran vampiros.

En el papel que me dio, pude leer: «Lord Albert Wishaw». No sabía quién era ni donde debía buscar pero, al menos, tenía un nombre.

Durante años viaje por toda Europa preguntando en cada sitio por esa persona. Llegué incluso a pensar que aquel hombre me había engañado y que se había reído de mí haciéndome buscar a alguien que no existía.

Creo que fue pensando en mi madre, a la que alguna vez había escuchado hablar de Escocia, por lo que me fui allí. Ni siquiera lo hice pensando en Lord Albert, cuando una noche, agotado de tanto viajar, decidí parar en un pequeño pueblo a descansar. Fue toda una sorpresa ver que me encontraba en Wishaw, una villa cercana a Glasgow, que había rodeado en otras ocasiones sin ver su nombre. Quizá no tuviera nada que ver, pero me negaba a pensar que solo fuera una casualidad.

No me hizo falta buscar mucho, la segunda persona a la que pregunté ya me dijo que lo conocía, que era bastante popular por la zona, aunque pocos lo habían visto. Según creían, trabajaba en una destilería de whisky y solo algunas noches se acercaba al pueblo a beber algo en la cantina. Me habló de la iglesia de San Nethan donde, tal vez, el párroco pudiera decirme dónde encontrarlo. Estaba ansioso por ir, pero demasiado cansado, con lo que decidí pasar la noche e ir al día siguiente.

Apenas había amanecido cuando llegué al lugar. Comprobé que la puerta estaba abierta así que entré. No se parecía en nada a otras iglesias a las que había ido, estaba todo en penumbra y no veía ninguna estatua o representación religiosa. Lo único que vi fue un mural antiguo en el que se veía un hombre a caballo, al fijarme bien pude ver que tenía colmillos.

Ilustración de Paloma Muñoz

— ¿Quién anda ahí? — Gritaron de repente a mi espalda — ¿puedo ayudarle en algo?

Me di la vuelta y por su vestimenta supe que era el párroco, le hice gestos para que se acercara, pero no lo hizo.

—Hola buen hombre —le dije intentando no parecer una amenaza —estoy buscando a Lord Albert y me han dicho que tal vez usted pueda ayudarme.

Hablamos durante un rato y lo único que conseguí fue que me dijera que en ocasiones iba a Madrid por algo de negocios. Estaba claro que tenía que volver a España, después de tantos años tenía una nueva pista.

Antes de irme le pregunté quién era el hombre del mural. Empezó a reírse de forma estridente.

—Muchacho, ¡qué más quisiera yo que poder verlo!

Fue entonces cuando me di cuenta. Más de media hora hablando con él y no me había fijado.

— ¿Es usted ciego?

— ¿Ciego dices? solo es ciego, aquel que no quiere ver —dicho eso, empezó a caminar entre unas columnas y, no sé cómo, desapareció.

Puse rumbo a Madrid, parando solo lo necesario para descansar. Algo me decía que por fin lo encontraría.

Tras varios días en la ciudad, una mujer me dijo que Lord Albert vivía en una pequeña casa a las afueras. Fui allí pensando que al fin llevaría a cabo mi venganza.

Era una casa vieja, parecía incluso que nadie vivía allí. Entré despacio con la intención de, si se encontraba en la casa, poder sorprenderle. Pronto vi a un hombre, agachado en el suelo con un animal muerto entre sus manos. Me miró, pude ver su boca ensangrentada y esos colmillos que mi mente había grabado en la memoria.

No lo dudé y salté sobre él, pero de un golpe me hizo volar por la habitación cayendo sobre una mesa de madera que se partió en pedazos. Los colmillos, esa fuerza…lo había encontrado. Vi como se abalanzaba sobre mí, conseguí agarrar la pata de la mesa y sujetarla fuerte con mis manos. Él no se dio cuenta hasta que notó como se clavaba en ella.

—Sabía que era solo cuestión de tiempo Albert —le dije —. No pensarías que ibas a escapar.

Me miró a los ojos y su rostro cambió por completo.

—Albert no está, solo soy un amigo al que ha dejado pasar aquí unos días —tragó saliva antes de continuar—. Esos ojos…nunca podré olvidar esos ojos…Paulina…

Esas fueron sus últimas palabras. No entendía nada, como aquel hombre podía haber visto en mis ojos los de mi madre, de que podían conocerse. Busqué entre su ropa y encontré la carta, esa en la que contaba la maldición de su familia y el miedo de tener que contárselo a su futura esposa, Paulina. Empecé a llorar, al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

Unida a esa carta había otra hoja, ya arrugada por el tiempo en la que pude leer:

Querido David.

Te quiero tanto. Has sido mi razón de ser, no quiero que me llores porque ahí donde vaya, siempre te esperaré. Ojalá esta enfermedad no hubiera roto nuestros sueños.

Espero que puedas perdonarme y sepas entender que mi amor es demasiado grande para poder mirarte a los ojos sabiendo que voy a morir. Tuya por siempre.

Paulina.

Y así fue como conocí a mi padre, en el momento de verlo morir entre mis brazos. Mi maldición será vivir sabiendo lo que hice. Recordar cada día como aquel hombre mató a mi madre y por ello yo hice lo propio con mi padre. Me levanté lanzando un grito al cielo, maldiciendo a un Dios que no sé si existe, pero seguía teniendo una cosa clara.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y juro vengar la muerte de mi madre cueste lo que me cueste, dando caza al que me ha llevado a acabar con la vida de mi padre.

 

Jesús Cernuda.

Semillas

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Género: Terror

Rating: + 18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustraciones son propiedad de Sergio “Gan” Retamero. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Semillas.

Stella Dubois aparcó el Aston Martin de forma automática en el garaje de su casa, quitó la llave del contacto y se miró en el espejo retrovisor. Una pequeña sonrisa que no obedecía a ningún motivo concreto se dibujaba en la comisura de sus labios. La sonrisa de la Gioconda, pensó. Su vida no era perfecta, pero no le faltaba mucho para serlo. A los treinta y cinco años había conseguido la mayoría de las metas que ella y sus amigas de Oxford habían propuesto en el “Manifiesto para zorras felices”, una declaración de intenciones que habían redactado, borrachas y fumadas hasta casi perder el sentido, en la fiesta de la ceremonia de graduación, en la universidad. Era muy cierto que trabajaba muy duro y de sol a sol pero, a diferencia del resto de los mortales, que sólo lo hacían para intentar sobrevivir, ella estaba destinada a ser una de las elegidas, un miembro de la élite que gobernaría la City. ¿Qué más podía pedir? Su apellido estaba a punto de suceder al de su padre en uno de los más prestigiosos bufetes de abogados de Londres, estaba felizmente casada con un hombre que la adoraba y además tenía un hermoso niño de cuatro años. Por si todo eso fuese poco, hacía un mes que habían vuelto de un maravilloso viaje a Costa Rica y todavía le duraba la euforia. Había mujeres a las que se las conquistaba con pedruscos de muchos quilates, pero Stella no era de esa clase. Para ella la felicidad más absoluta consistía en poner un nuevo sello de visado en el pasaporte. De hecho, a veces pensaba que todo lo que merecía la pena de la vida había sucedido durante las vacaciones, en alguno de los viajes que comenzaba a planificar de forma meticulosa desde el mismo momento en el que acababa el verano. Hasta ella misma se daba cuenta de que cuando facturaba las maletas se convertía en una mujer diferente. Durante ese maravilloso mes permitía que las cosas sucediesen. Así había sido como había conocido a Tony, en una escapada organizada al zoco de Marrakech. Todavía recordaba cómo le había llamado la atención aquel hombre fuerte, de tez curtida y ojos verdes, que destacaba entre la multitud como un diamante sobre terciopelo negro. El destino había querido que conociese a su Lawrence de Arabia en aquel viaje, y Stella no era de las que desaprovechaban las oportunidades. A veces se preguntaba si le hubiese causado la misma impresión de haberlo conocido vestido con un traje, en el bufete en el que trabajaba.

Alma se cruzó con ella en la cocina. La chica de los Barton debía de haber visto las luces del coche al acercarse y se había dado prisa en arreglarse. Era viernes, lo más seguro es que hubiese quedado con su novio.

—¿Te dio mucha guerra el peque?

—No, ninguna —respondió la chica sin detenerse y se fue cerrando la puerta tras ella.

Stella se quedó un rato mirando la puerta cerrada. Alma era una buena chica, de eso no cabía duda, y la conocía desde que reptaba con pañales por el jardín, y sin embargo hacía más o menos un mes que había algo en ella que no acababa de encajar. Algo que era difícil de explicar, y que podría ser nada más que una sensación suya, pero decidió que no sería una mala idea mantener una pequeña conversación con la madre de la chica. No le gustaba meterse donde nadie la llamaba y era consciente de que Alma estaba en una edad complicada, pero a veces los vecinos podían ver cosas que quizás no fuesen tan fáciles de ver en su familia.

Dejó las llaves en la pequeña bandeja de cuero, sobre la cómoda del pasillo y se quitó los zapatos de tacón para subir la escalera sin que el crujido de los peldaños despertase a Alex. El pequeño dormía con placidez, pero completamente destapado, así que lo arropó, apagó la lámpara de Spiderman y cerró la puerta con delicadeza.

Esa misma mañana Tony le había dicho antes de irse al trabajo que le tenía reservada una pequeña sorpresa. Stella calculó que le quedaba el tiempo justo para dejar una botella de vino abierta para que respirase, darse una ducha rápida y ponerse algo sexy, pero descubrió contrariada que no les quedaba ni una triste botella de vino en la bodega. A esas horas tan sólo estaría abierto el Open, así que marcó el número de su marido para ver si podía pasar cuando volviera a casa y comprar algo que se pudiese beber.

—Vamos, cariño, contesta, por favor —masculló por lo bajó mientras contaba el número de tonos, hasta que se dio cuenta de que había otro sonido más en la cocina. Dejó que el móvil siguiese llamando y siguió aquella música que conocía muy bien hasta su origen, detrás del frutero.

—¡Genial! —exclamó a la vez que apagaba su móvil y cogía el de Tony.

Bueno, no se podía luchar contra el destino, esa noche habría sorpresa sin vino.

Stella tomó el móvil de Tony y lo miró con reverencia. Era muy raro que se lo hubiese olvidado en casa. Siempre lo llevaba encima porque era una de esas personas que necesitaba tener cerca una buena cámara de fotos. Tony lo fotografiaba todo, y después disfrutaba como un niño enseñándoselo. De hecho, era muy extraño que todavía no le hubiese enseñado las fotos de Costa Rica. No hizo falta buscar mucho, ahí estaban: fotos de la aproximación del avión, de la llegada al aeropuerto, en los parques nacionales, en el Hilton, con los Bern —un matrimonio muy divertido que habían conocido buscando un poco de marcha por la noche—, fotos un poco subidas de tono en la intimidad de la habitación… Y los videos.

Stella repasó los iconos de forma rápida y los identificó todos, excepto el último, así que se olvidó de que su marido estaba a punto de llegar y pulsó el botón de reproducción de forma distraída. De inmediato los sonidos de la selva inundaron la cocina. Las imágenes, bastante movidas, parecían grabadas desde algún tipo de escondite. A poca distancia, en el centro de un anfiteatro casi oculto por entero por una vegetación exuberante, se alzaba una especie de altar ceremonial en el que reposaba una mujer desnuda y aparentemente inconsciente. Parecía un espectáculo destinado a asustar a turistas aprensivos, sólo que no había público en las gradas. A Stella todo aquello le parecía muy extraño.

Seguramente lo hubiesen grabado aquella noche en la que Tony y Raoul Bern se habían ido de marcha para ver un poco más de cerca la ciudad, y que ella se había quedado con Isabella, tomado un par de cócteles mientras espantaban divertidas a varios lugareños borrachos que revoloteaban a su alrededor.

Stella reconoció la voz de Tony y de Raoul. Hablaban en susurros.

—¿Qué tal se ve? ¿Puedes grabarlo?

—Creo que sí, las antorchas iluminan bastante bien la escena.

—Dios santo. ¿Viste esas convulsiones? ¿Qué crees que van a hacerle ahora?

—No lo sé. Quizás nada más. Eso que la obligaron a comer parece que la dejó inconsciente.

—Puede que esté muerta…

—Creo que con esto hay bastante. Tenemos que ir a la policía con el video.

—¿Tú sabrías cómo regresar a este sitio?

—Shhhhh. Calla. Ahí vuelven.

Una docena hombres rodearon el altar en un amplio círculo y comenzaron a mecer sus cuerpos de izquierda a derecha como si fuesen uno solo. Stella en ese momento cayó en la cuenta de que dentro del círculo había algo más, una hermosa planta de grueso tallo que hasta el momento le había pasado desapercibida. Aún desde la distancia aquellas flores tan peculiares se parecían como dos gotas de agua a las que crecían desde hacía unos días en la esquina más soleada del jardín.

—Mira la tierra, al pie de la planta —se oyó la voz de Raoul—, parece que algo la está removiendo.

—Tiene que ser una broma —dijo su marido—, parecen unas manos.

Stella forzó la vista. No era lo mismo verlo en la pantalla del dispositivo que en directo, y podría ser sólo sugestión, pero daba la impresión de que un par de pálidas y delicadas manos se abrían camino entre la tierra como en las malas películas de zombies. Un instante después una hermosa mujer emergió trabajosamente de la tierra y se puso en pie de forma vacilante, como lo haría un cervatillo recién nacido. Sólo entonces dos de los hombres que componían el círculo se acercaron hasta ella y la cubrieron con una túnica mientras otros arrojaban el cuerpo de la mujer inerte al agujero de la tierra, que comenzó a cerrarse casi de forma inmediata.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¡Dios, mío! ¿Has visto eso? —La voz de Raoul era pura histeria.

—Ahora sí que tenemos bastante…

—¡Nos han visto! —Algunos de los hombres señalaban su posición—. ¡Esconde la cámara y vámonos!

De repente la imagen comenzó a agitarse de forma violenta y después se detuvo.

Stella comprobó los videos. No había más grabaciones. No entendía nada. Tanto si lo que había sucedido era real como si era una broma, ¿por qué Tony no le había contado nada?, ¿y qué pintaba aquella extraña planta en el jardín de su casa? Miró alrededor y comenzó a sentir frío. El mundo parecía desmoronarse bajo sus pies. Todo parecía extraño a sus ojos y empezaba a creer que ya no conocía suficientemente bien al hombre con el que había decidido compartir su vida.

Tony llegaría en unos instantes y ya no se sentía segura en la casa. Tenía que darse prisa. Cogió lo primero que encontró en el armario para abrigarse y se dirigió a la habitación de Alex. El sexto sentido le decía que lo mejor sería dormir por una noche en casa de sus padres, hasta que todo se aclarase. Seguramente habría una explicación lógica para lo que acababa de ver, pero la parte racional de su cerebro no capaz de encontrarla. Las luces de un coche rompieron la oscuridad en el camino de entrada de la casa. Era demasiado tarde para salir por delante. Si se daba prisa, todavía podía coger a Alex y salir por detrás. Con un poco de suerte podría dar la vuelta a la casa antes de que Tony reparase en qué era lo que estaba sucediendo. Alex estaba profundamente dormido, así que Stella no perdió tiempo en explicarle nada y lo cogió en brazos envuelto en el edredón.

—¿Qué es lo que pasa, mami?

—Nada, cariño —respondió ella intentando tranquilizar al niño con su tono de voz—. Sólo nos vamos a casa de los abuelos.

—¿Y papi?

—Papi vendrá mañana, cielo. Ahora duerme.

Los ojos del niño se abrieron por completo. Era evidente que se había desvelado.

—Pero eso no está bien, mami. Papá tenía una sorpresa para ti esta noche.

Stella estaba tan preocupada vigilando los movimientos de Tony que tardó un instante en darse cuenta del significado real de aquella frase. Miró a los ojos de su hijo, que en la penumbra del pasillo parecían haber adquirido un tono verdoso.

—¿Cómo sabes tú eso, Alex? Papá me lo dijo hoy por la mañana, antes de irse al trabajo, y tú ya estabas en el cole…

—Cuando todo acabe, madre, ya no tendrás que ir a trabajar nunca más y por fin estaremos juntos. Para siempre.

Era la voz de Alex, pero no era su hijo el que hablaba. Horrorizada, Stella asistió en silencio a algo que la dejó paralizada. El niño tomó con la mano derecha el índice de la izquierda y se lo arrancó con un crujido seco. Después ofreció el pequeño dedo, que se movía como si tuviese vida propia y de cuya parte cercenada sobresalían unos pequeños zarcillos, a su madre, que asistía al espectáculo horrorizada.

—Come, madre, como lo hice yo la noche en la que papá me hizo su regalo. No te preocupes por esto —y extendió los cuatro dedos de la mano izquierda con total naturalidad—, mañana volverá a estar bien. Todo será muy rápido. Después ya nunca más habrá dolor.

Stella comenzó a retroceder lentamente hasta que su espalda tocó la pared. Era demasiado tarde. No se trataba de una pesadilla de la que pudiese despertar, el monstruo con la forma de su hijo seguía allí, de pie, ofreciéndole el pequeño dedo en la palma de la mano abierta como si fuese un caramelo.

Ilustración de Sergio “Gan” Retamero

—¿Qué sois? —logró articular entre sollozos.

—¿Qué somos, madre? —El pequeño arqueó las cejas y ladeó la cabeza ligeramente, como si la pregunta lo hubiese cogido por sorpresa—. Lo mismo que vosotros, sólo semillas.

Stella se derrumbó de rodillas, derrotada. No le quedaba nada por lo que luchar, y no tenía fuerzas para escapar. Además, ¿hacia dónde huiría? Le habían arrebatado lo que más quería. La vida ya no tenía sentido. Impotente, escuchó los crujidos en la escalera que anunciaban la llegada del hombre que antes había sido su marido.

Roberto del Sol

La reina del terror underground

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror/Thriller

Rating: +18

Este relato es propiedad de Axel A. Giaroli. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina del terror underground.

Ella estaba muy sorprendida. No podía creerse la acogida que había conseguido. En medio de aquella sala de conferencias pudo observar una multitud de fanáticos que, seguramente, habían decidido venir desde más allá del estado, algunos incluso, del país, tan sólo para poder verla a ella. Como ameritaba este tipo de reuniones organizadas, muchos estaban disfrazados representando a sus monstruos favoritos del mundo del terror, sean estos del cine, del cómic o incluso, representaciones de algunas de sus novelas. Había unos cuantos que habían decidido disfrazarse de aquellos que le habían atemorizado cuando sólo era una adolescente. Allí, a lo lejos, había como quince Freddy Krueger’s, unos pocos Jason Voorhees, otros Hannibal Lecters e incluso, algunos cuantos zombies o monstruos de la época clásica como momias, vampiros u hombres lobo. Jamás se habría esperado que tantas personas hubiesen querido acudir a escucharla a ella. Si bien sabía que con los años había conseguido adquirir cierto éxito como una especie de autora de culto, jamás podría haber creído que tendría semejante capacidad de convocatoria. Lo cierto era que se sentía muy abrumada, estaba nerviosa porque no quería defraudarlos.

Su viejo amigo amigo Mike Wallace le estaba presentando. Para no desentonar, había decidido vestir como su asesino en serie cinematográfico favorito: Benjamin Willis, el villano principal de la película ‘Sé lo que hicisteis el último verano’. Aquel impermeable de pescador le quedaba como un guante.

Una elección muy adecuada teniendo en cuenta la situación en la que actualmente se encontraban.

—Para mayor deleite de todos ustedes, aquí la tenéis: Esther Morales, más conocida por el sinónimo literario de L.H. Shelley. Identificada mundialmente con el título de ‘La Reina del Terror Underground’. ¡Un fuerte aplauso para ella!

La aclamación general se extendió como una ola a través de las paredes. Morales se acercó al atril y no dejó de sonreír mientras saludaba al gentío que la vitoreaba tan acaloradamente. Convencida de que si se esperaba demasiado iba a quedarse totalmente muda, decidió darle un par de toques al micrófono con el fin de comprobar el volumen, para después hablar directamente.

—No me esperaba semejante participación —introdujo—. Estaba convencida de que era la única friki a la que le gustaba lo que yo escribía.

Las risas de la sala fueron un aliciente para relajarse poco a poco. Sin embargo, ella comenzó a analizar lo que acababa de decir casi sin pensar. Aquello había sonado bastante presuntuoso, como si mirase por encima del hombro a sus seguidores. Esa no había sido su intención, los nervios comenzaban a manifestarse de nuevo. Buscó entre sus tarjetas y la leyó en silencio. Sonrió, lo que acaba de encontrar era perfecto para recuperar su seguridad.

—A mí me gusta comenzar este tipo de charlas con un chiste. Quise guardar algo entre mi repertorio para poder… romper el hielo. En este caso he conseguido unos pocos que se relacionan con la temática que estamos tratando —contestó. Luego se dirigió hacia su tarjeta y volvió a acercarse al micrófono—. ¿Qué hace un asesino en serie para poder entretenerse?: Matar el tiempo.

Continuó una retaila de carcajadas y una serie de nuevos aplausos que propiciaron que por fin se tranquilizara del todo. El chiste había sido malísimo. Estaba segura de que casi todos se habían reído por mero compromiso, pero aquello había sido suficiente como para comprobar que tenía al público de su parte. Por fin podía empezar a entrar en materia.

—Aunque no lo parezca en eso consiste la labor de escribir una buena historia de terror: en matar el tiempo. Siempre creí que lo importante era lograr que, desde la primera hasta la última línea, se sepa administrar muy bien el tiempo del lector. Para ello no sólo es necesario disponer de un control perfecto del ritmo, si no que también hay que conseguir que estos tengan interés en ponerse en el lugar de las víctimas y en aquello a lo que se tienen que enfrentar. En la ponencia de hoy os voy a explicar las fórmulas que utilizo para escribir no solamente mis obras terror en general, sino también, como sé que muchos de ustedes esperan, bien porque sean fanáticos de mi particular estilo o aspirantes a escritor en ciernes, la manera en que elaboro mis historias más leídas y aceptadas: los thrillers protagonizados por asesinos en serie.

Inmediatamente después, Esther se agachó hacia una pequeña bolsa colocada justo detrás del atril. De allí retiró un volumen de tapa dura con una asombrosa portada en la que una figura con traje de pescador era reflejada por un rayo que impactaba a sus espaldas. Su rostro estaba tapado por las sombras que generaba el ala ancha de su sombrero. El amarillo ceniciento de su traje contrastaba con las manchas de sangre que violentamente habían impactado en su impermeable. En su mano derecha, el gancho brillaba bajo la luz de ese momento que había querido ser capturado en aquella ilustración. Sin duda, un personaje que se había basado en aquel del que había decidido disfrazarse su anfitrión.

—Para ello utilizaré como ejemplo la nueva novela que he publicado a partir de la semana pasada: ‘La sangre más allá de la bruma’, la séptima novela de la saga del Sr. Garfio, mi particular asesino en serie ficticio —exclamó—. Ruego que me disculpéis por el hecho de que aproveche para hacerme algo de publicidad, pero ya sabéis… tengo muchas facturas que pagar.

El público se rió una tercera vez, aunque en esa ocasión lo habían hecho de forma más suave. Esperaba que aquello fuera porque le prestaban tanta atención que habían decidido dejar de adularla y no por una repentina pérdida de interés. Tras una breve pausa, sonrió y continuó con presentación:

—En cualquier caso, quiero que sepáis que sois libres de interrumpirme cuando así lo dispongáis. Prefiero que vosotros conduzcáis la charla hacia donde queráis. Si tenéis una duda o deseáis que repita algo, levantad la mano y pedídmelo. De todas formas os aviso de que, cuando terminemos, dejaré algo de tiempo para que todos podáis hacerme preguntas y que, finalmente, realizaré una firma de libros para todos ustedes. ¡Esta noche promete ser muy completa!

***

—¡Mike! —exclamó Esther sorprendida—. ¡No te había visto desde la universidad! ¿Qué tal estás? ¿Qué te ha traído hasta Los Ángeles?

—Principalmente trabajo, pero después me dije: ¡qué demonios! ¿Por qué no aprovecho para ir a visitar a una vieja amiga?

Desde la entrada de su casa Morales pudo ver la figura de su antiguo camarada. No sólo había cambiado físicamente, sino también el carácter que reflejaba y su porte. Y lo había hecho para mejor. Iba vestido como un auténtico triunfador. Un estilo clásico que sin embargo, también se adaptaba muy bien a los tiempos actuales. Corbata roja, traje gris, un sombrero tipo fedora bajo el brazo derecho, maletín en el izquierdo y una sonrisa en sus labios. Sin duda, se había transformado en todo un galán.

—¿Te importa si paso? —inquirió Mike timidamente.

—¡Oh, claro! ¿Dónde están mis modales? —preguntó—. ¿Te apetece un vaso de…? ¡Creo que tenemos zumos!

—No, gracias. Estoy bien —contestó. Echó un vistazo a lo largo de las paredes del salón. Estaban decoradas con una modesta estantería de libros de artistas muy dispares y tomos de psicología y filosofía. También había unos pocos cuadros al estilo naíf y algunas cortinas de colores claros—. Tienes una casa preciosa. ¿La has decorado tú?

—Bueno, sí. Me gusta tener un ambiente relajado para cuando me pongo a escribir. La principal ventaja de mi oficio es que puedo llevarlo a cabo desde la calidez de mi hogar.

Ambos se sentaron en un sillón frente a frente. Morales dio un pequeño sorbo a su zumo de piña y luego miró a los ojos de su interlocutor.

—¿Qué hay de ti? ¿A qué te dedicas hoy en día? —inquirió.

—Poca cosa, en general viajo de un lado a otro y organizo eventos que requieren una alta suma de dinero. Soy lo que se dice un… promotor de grandes acontecimientos.

—Oh, eso suena interesante. Y dime, ¿tienes familia?

Wallace se encogió de hombros y, sin perder la sonrisa, contestó.

—A parte de mis padres, nada. Tengo que confesar que mi profesión es demasiado inquieta como para poder permitirme el lujo de compartir mi vida con otra persona. Ninguna mujer sería capaz de aguantar el que estuviera viajando constantemente, eso genera demasiadas preguntas: a dónde fuiste con aquel cliente, quien es esa fulana… —contestó. Luego volvió a mirarla a los ojos—. ¿Y tú qué? ¿Estás casada?

La mirada de la escritora se tornó nostálgica, dirigiéndose directamente en el contenido de su vaso.

—No… bueno, sí. Lo estuve pero aquello no funcionó —respondió—. A pesar de que no me obligan a ir a ningún sitio, mi trabajo no tenía un horario fijo y me absorbía demasiado. Al final nos separamos, pero nos llevamos estupendamente.

—Cielos, siento haber sacado eso…

—No te preocupes, es agua pasada —dijo—. Por lo menos conseguí algo bueno de esa unión. A parte de mi trabajo mi segundo gran amor son mis dos hijos.

El rostro del viejo compañero de facultad se iluminó de repente.

—¿Niños? ¡Jamás lo habría creído de ti! ¿Te gustaría presentármelos?

Esther contestó con una sonrisa, si había algo por lo que ella se sentía orgullosa era por sus hijos.

—¡Por supuesto que sí! —afirmó. Luego se dirigió hacia la escaleras de su casa y colocó una de sus manos en el lateral de sus labios para poder proyectar mejor la voz—. ¡Eva! ¡Jan! ¿Podéis bajar un momento? ¡Quiero presentaros a un viejo amigo mío!

La respuesta devino en un vago “ya voy”, junto con unos pasos rápidos que se dirigía hacia las escaleras. De repente se manifestó una joven de once años que llevaba el pelo largo y unas pocas pecas en sus mejillas. Para Wallace era la viva imagen de su madre.

—¿Dónde está tu hermano? —preguntó Morales—. También le he llamado a él.

La niña contestó rápidamente.

—Creo que se ha ido con sus amigos a jugar al béisbol.

—¡Creí haberle dicho que primero tenía que terminar con los deberes! En fin, estos niños… —se acercó junto con la pequeña hacia el hombre trajeado—. Este de aquí es Mike Wallace, un amigo de tu madre de la época de la universidad. Consiguió aprobar la carrera de psicología gracias a los apuntes que yo le pasaba. Sé buena y salúdalo.

—Hola señor. ¿Es usted escritor como mi madre?

—No pequeña, sólo un gran admirador de su trabajo —contestó—. ¿Has leído algo de lo que ella ha hecho?

Eva lo miró muy seriamente. Luego, comenzó a negar con su cabeza poco a poco.

—No, dice que todavía soy demasiado pequeña para poder leer lo que escribe. De todas formas no me importa, tampoco me llama mucho la atención.

—Pues eso es una pena, porque es una de las mejores artistas de su tiempo.

La niña perdió repentino interés en aquel hombre. Se giró hacia su madre y le replicó:

—Mamá, ¿puedo irme arriba y seguir hablando por teléfono con mis amigas? Sophie me quería contar una cosa que sucedió ayer en el colegio.

—Puedes ir tranquila —respondió.

Tras marcharse, ella volvió a colocarse en el puesto que estaba. Mike Wallace volvía a estar frente a ella.

—Es muy simpática, estoy seguro de que eres una madre formidable. —dijo él.

—Gracias —contestó—. Lo cierto es que es muy difícil educarlos estando yo sola. Por suerte, siempre consigo hacer malabares con mi trabajo y logro algo de tiempo para estar con ellos.

—Aunque lo cierto es que jamás habría pensado que tu vida se hubiera desarrollado así. Creía que una famosa escritora de suspense y terror tendría las paredes forradas de periódicos con los artículos de Sucesos y las Esquelas de los muertos. Sobre todo, un tono un poco más tétrico en la decoración.

Morales comenzó a reír. Después, sonrió de nuevo a su amigo.

—Prefiero reservar todo eso para la ficción. En cualquier caso, se supone que un buen asesino en serie se guarda su parte más pérfida en el interior de su mente. Siempre parece que su vida es perfecta para poder integrarse como uno más de la sociedad y así, cazar con mucha más facilidad a sus víctima.

—En eso estamos de acuerdo, por eso es difícil pillar esos tipos —secundó.

—No te creas —reclamó la escritora—. Lo cierto es que de forma frecuente sus impulsos y su vanidad los traicionan. En general, son personas que a pesar de que suelen tener un coeficiente mental bastante alto, suelen creerse que están por encima del resto de los mortales. Normalmente piensan que son más inteligentes e, irónicamente, eso los lleva a hacer cosas muy estúpidas. Pienso que por esa razón ocurre lo contrario: siempre terminan siendo cazados.

—¿Eso crees?

—Eso creo.

El hombre la señaló con cierto deje jactancioso.

—¿Y qué me dices de ‘Jack El Destripador’? ¿Y ‘Zodiac’?

—Bueno… en aquellos momentos no existían los recursos con los que hoy en día contamos. Quizás por eso ellos tuvieron la oportunidad y el lujo de que, a pesar de que cometían errores, pudieran evitar ser capturados.

Repentinamente, Wallace extrajó de su maleta un libro bastante nuevo. Ella lo reconoció al instante. Era un volumen de ‘El pescador silencioso’, la primera novela de la saga del Sr. Garfio. Fijándose un poco más se dio cuenta de que se trataba de una de las primeras ediciones sin corregir. Aquella que realizó sin apenas experiencia. En la actualidad, ese tomo debía valer una fortuna.

—Me gustaría que me lo firmaras —comentó—. Me encantó, y también la posterior actualización que hiciste. Aquella que te granjeó la fama en aquello que hacías. Leyendo ambas obras, se nota que quien las escribió, era en realidad dos mujeres muy distintas.

—No me esperaba nada de esto…

—Esta es la versión que tú redactaste antes de visitar la prisión de Sing Sing, ¿no? —interrumpió—. Antes de aquella que realizaste tras aprovecharte de lo que aprendiste al ir a hablar con Robert Hamiltton, el famoso ‘Destripador de Kentucky’. ¿Cómo fue aquella experiencia?

Morales estaba asombrada, no se había esperado nada de eso.

—¿A qué has venido realmente, Mike? ¿Qué es lo que buscas?

Wallace guardó el libro y, con el rostro algo más serio, sacó del bolsillo interior de su americana un pequeño folleto que entregó inmediatamente a la escritora. A primera vista, se podía leer con letras gigantes la palabra ‘HorrorCon’.

—Lo cierto es que no te mentí, no del todo al menos —confesó—. Sí es verdad que he venido por razones de trabajo. En estos momentos estoy representando a la HorrorCon, la más famosa Convención de Fantasía y Terror de toda América. Quería conseguir un puntazo logrando que tú presentaras una conferencia y, quizás, publicitaras la nueva novela escrita por ti que salió hace un par de días.

Esther miró hacia otro lado, siempre le costaba dar negativas pero aquella idea no le hacía mucha gracia.

—No me gusta mucho las aglomeraciones de gente, por eso decidí dedicarme a la escritura…

—¡Vamos, será sensacional! ¡Podrás conocer de cerca a todos aquellos hombres y mujeres que admiran tu trabajo! ¡Influirás a muchos jóvenes para que sigan tus pasos! ¡Conseguirás ver lo alto que has llegado! —exclamó—. Y lo más importante: ¡Posiblemente puedas aprender algo destacable de la experiencia!

Ella fue moviendo de izquierda a derecha su cabeza en señal de negativa.

—No creo que haya tanta gente tan interesada en mi trabajo. Además, no sabría que decir…

Mike agarró los hombros de su interlocutora y observó directamente hacia sus retinas. Luego, lentamente, fue pronunciando las siguientes palabras:

—Escúchame bien, Esther. Porque esto es importante —comenzó—. Soy un gran fanático de tu obra. Y esto es así porque conozco la calidad de tus textos. Cuando escribes, parece que te metes perfectamente en la cabeza de uno de esos tipos. Si no estuviera seguro de tus aptitudes no me habría molestado en venir desde tan lejos. Créeme, habrá mucha gente interesada en escucharte, que querrá conocer tus opiniones y aprender de ti. Un grupo dispuesto a recibir el apoyo de una magnífica escritora como tú y también de expresar el eterno agradecimiento por haber metido en sus vidas tus increíbles obras. Y entre ellos, estoy yo. Ya lo he preparado porque creía,… no, sabía de antemano que ibas a decir sí. No rechaces esta oportunidad, puede venirte muy bien en el futuro. Piensa en mí, tu viejo amigo. Piensa en tus hijos. Después de esa noche, te juró que tendrás mucho más tiempo para ellos. ¡Venga! ¿Qué me dices a eso?

Durante unos instantes no sabía que contestar. Empezaba a sentirse culpable ante la idea de negarse. También sentía un enorme agradecimiento por poder publicitar más su trabajo. Ser algo más que ‘La Reina del Terror Underground’.

¿Cómo negarse ante semejante experiencia?

***

Morales acercó el vaso de agua hacia sus labios y bebió tranquilamente. El miedo y la inseguridad que había sufrido en los primeros minutos había desaparecido totalmente. En su lugar, se sentía satisfecha y muy segura de sí misma. Los aplausos de los oyentes eran una muestra de esa respuesta positiva ante la lección que había impartido aquel día. Hasta esa noche, ella no había creído que pudiera ser capaz de dar clases o enseñar, pero ahora se estaba planteando incluso si dedicar parte de su tiempo a  crear cursos de escritura creativa o especializaciones basadas en la literatura fantástica y de terror. Por no hablar, por supuesto, de la publicidad que aquello iba a traer a su trabajo. Y se sentía eternamente agradecida a su viejo camarada. Tuvo el impulso de mirarlo de reojo.

“Quizás debería invitarlo a cenar después de la charla —pensó—. O, tal vez, la semana que viene.”

Cuando, poco a poco, el auditorio se tornó en silencio, ella aprovechó para acercarse una vez más al micrófono.

—Bueno, supongo que con esto que hemos finalizado podríamos comenzar a abrir el turno de preguntas y respuestas. ¿Alguien quiere comenzar?

De entre la multitud surgió repentinamente un brazo que se alzó sobre el resto.

—¿Srta. Shelley? —exclamó una voz algo rasgada.

Cuando Esther se fijó vio que se trataba de un fanático disfrazado de “Maniac Cop”. Con una sonrisa en los labios lo señaló y dijo:

—¿Sí? ¿Cuál es tu duda?

—¿Me das fuego, por favor? Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

Al oír aquella frase poco a poco la sonrisa de la escritora fue decayendo. Su iris se contrajo a causa del terror. Su piel se volvió blanquecina como el papel. El miedo comenzó a hacerse dueño de ella…

***

Las paredes de la famosa prisión se veían gruesas. A causa de la humedad estaban llenas de moho, por no hablar de lo insípidas que parecían. No creía que aquel sitio pudiera considerarse un lugar que conllevará a mantener el estado de salud tanto de sus residentes como de todos sus trabajadores. El ambiente parecía un infierno incluso para los vigilantes, pues las normas estrictas que tenían que acatar, casi los mantenía en la misma situación en la que estaban los prisioneros. Esto desembocaba en que llevaran una actitud muy malhumorada casi todo el tiempo. De todas formas, aquel entorno depresivo no fue tan contagioso para Esther. En su lugar estaba emocionada, pues aquellas paredes habían hecho historia. Fueron testigo directo de la ejecución de Albert Fish, el asesino en serie conocido por muchos como ‘El Vampiro de Brooklyn’. También fue donde encerraron a la mano derecha de Al Capone, Lucky Luciano. Y ella, formaría parte de esa historia entrevistando al ‘Destripador de Kentucky’.

No había sido sencillo conseguir tan ansiado privilegio. Lo primero que tuvo que hacer fue, durante la época en la que estuvo escribiendo la primera versión de su ópera prima, intentar cartearse con el homicida. Una labor complicada teniendo en cuenta que ella estaba segura de que recibiría muchísimas cartas de amor de otras fanáticas desesperadas y algunas de odio de los familiares de sus víctimas. Destacar entre toda esa marea de correspondencia no era fácil. Sin embargo, algo de ella debió atraerle, pues cuando le envió un volumen gratuito de su primer escrito, él le respondió dándole muchas sugerencias para que lo corrigiera. Después de aquello, siguió manteniendo el contacto. A lo largo de los meses se dio una sucesión de envíos que fue confirmada con multitud de respuestas. Su siguiente movimiento fue contactar con su editor y arreglar con él la posibilidad de poder ir en persona para poder entrevistarlo. El tirón comercial de una obra de esas características era tal, que no dudó en tirar de sus contactos para conseguir que aquel encuentro se produjese.

Y ahora estaba ahí, esperando en una sala silenciosa en la que un cristal blindado aguardaba, como si de un acuario se trataba, a que trajeran a aquel espécimen tan peligroso desde más allá de la locura.

Sobre su mesa descansaba un ficha con una foto del asesino. Junto a ella, una breve biografía de su vida y los detalles técnicos de los asesinatos que había cometido. Sin embargo, el individuo en sí, todavía resultaba ser un misterio.

¿Con qué clase de persona iba a encontrarse? ¿Sería acaso un bruto despiadado tal y como lo había descrito la prensa? ¿O en su lugar se encontraría con una persona encantadora y atrayente tal y como solían mostrarse ese tipo de personalidades?

De repente, la puerta se abrió.

Encadenado de pies y manos, un hombre con un mono anaranjado se fue acercando hasta el asiento contiguo a la vitrina de cristal. Era delgado y algo escuchimizado, casi con la cabeza agachada, parecía más bien un ser inofensivo. Pero al fijarse bien, notó que en realidad tenía una musculatura elástica con la que podía moverse, aún a pesar de que los grilletes limitaban su movilidad, con bastante agilidad. Era un lobo con piel de oveja. Su rostro se veía muy humano, incluso diríase civilizado. Unas gafas delataban una posible hipermetropía y la limpieza de sus mejillas un cuidado, hasta cierto punto, envidiable. Lo único que lo delataba como un residente de la prisión —a parte de las cadenas y el uniforme— era que venía despeinado, y unos ojos que brillaban tan faltos de empatía emocional como los de un tiburón blanco.

Durante unos instantes estuvieron viéndose cara a cara. Hasta que finalmente, él mismo decidió romper el silencio.

—Hola, pelirroja ¿eres la Srta. Shilley? ¿la que escribió el libro y las cartas?

Lentamente ella fue afirmando con su cabeza. El homicida le contestó con una sonrisa que no sabía como catalogar: macabra o cordial.

—¡Estupendo! —exclamó—. Dime una cosa, ¿habías entrado alguna vez en algún sitio como este? Es guay, ¿verdad? ¡Aquí tú y yo sentados y hablando como si fuéramos amigos de toda la vida! ¿Qué tal si le pides a los guardias que me traigan un vaso de agua? Así podré contarte cómodamente todo lo que necesitas saber.

—No he venido aquí para socializar —respondió—. Se suponía que me ibas a dar unos cuantos consejos para mejorar mi novela y, a cambio, yo trataría de contar tu historia de la forma más fiel posible.

—¡Oh! Veo que hablas —contestó—. ¿Alguna vez te han dicho que tenías una voz preciosa?

Morales se levantó furiosa.

—Creo que esto ha sido un error.

Justo cuando iba a marcharse, Robert Hamiltton levantó un brazo en señal de espera.

—Aguarda, pelirroja. No tienes porque enfadarte. ¡Vamos, por favor, siéntate! —reclamó.

La escritora se quedó durante unos minutos en pie. Finalmente, decidió hacer caso.

—Dime —comenzó el asesino—, ¿qué es lo qué quieres saber?

—Todo —contestó la mujer—. Quiero que me diga lo que significa para usted cada vez que realiza un asesinato. Por qué el hacerlo de esa manera, lo que siente cuando rasga la carne, cuando oye los gritos de sus víctimas. Quiero saberlo todo.

Poco a poco su interlocutor comenzó a reírse. La risa fue evolucionando hasta una carcajada y, al final, dicha carcajada lo llevó a que se inclinara hacia adelante. Tras unos minutos incómodos, se colocó bien las gafas y volvió a recuperar la compostura.

—¡Eso es algo que puedes preguntarle a los psicólogos que me han atendido! Pídeles mis fichas y ellos te las darán.

—No he venido hasta aquí para leer unas cuantas hojas.

—Entonces, ¿a qué has venido? ¿quieres jugar, pelirroja? ¿es eso lo que deseas? —inquirió—. ¿Has venido pensado que yo era Hannibal Lecter y tú Clarice Starling? Porque en ese caso puedo complacerte muy fácilmente: dejaré pasar mi polla a través de los barrotes y tú me la chuparás ¿estamos?

Ilustración de Jordi Ponce

Morales observó directamente a los ojos del asesino. El brillo con el que lo observaba era muy significativo. Se estaba burlando de ella, pensaba que era una chica fácil y estúpida que había ido hasta allí por simple ambición. Qué equivocado estaba. Tras haber visto todo lo que necesitaba, se levantó y comenzó a marcharse.

—¿Ya te vas? —preguntó— ¿tanto te he ofendido?

Ella se detuvo durante unos instantes y, sin girarse siquiera, le contestó.

—No. Lo que pasa es que ya no te necesito.

El asesino se quedó extrañado. La mujer se giró y lo vio una vez más a los ojos.

—Ya sé quién eres, hijo de puta —continuó la mujer—, sé lo que te motiva a hacer lo que haces: lo realmente patético que eres.

Poco a poco Hamiltton comenzó a sentir como su ira crecía.

—No deberías enfurecerme, pelirroja.

Fue el turno de la escritora de carcajear.

—¿O si no qué? ¿qué vas a hacer desde ahí? —inquirió— ¿insultarme?

Durante unos instantes el hombre se quedó rígido y en silencio.

—Te voy a decir lo que va a pasar: tú vas a estar encerrado durante quizás, otros veinte años. A lo largo de ese tiempo te irás pudriendo hasta que en algún momento, llegue la hora de tu ejecución. Me han dicho que piensan encender la silla eléctrica de nuevo sólo para ti. Ese día, cuando llegue, yo seré la primera que irá a observar, en primera fila, como te fríes. Mientras tanto, publicaré la versión de un libro con la nueva información que adquirido simplemente al mirarte. Porque no sé si tú lo sabes, eres todo un libro abierto. Pero de todas formas, no importa qué es lo que haga, simplemente con decir que vine a hablar contigo será suficiente como para que venda todas las copias como si fueran churros. Irónicamente, yo sí habré cumplido mi parte del trato. Crearé un personaje mítico y muy icónico basado en ti.

El asesino sonrió.

—Me has intrigado, así que vamos a hacer un trato: cuando reescribas la novela, me las arreglaré para hacerme con un volumen y comprobaré si realmente me has comprendido. En cualquier caso, te juro que si un día consigo salir de aquí, iré a buscarte —contestó. Luego, le lanzó un beso desde el cristal.

Morales se giró y volvió a dirigirse hacia la puerta.

—Espera, pelirroja —llamó—, sólo una cosa más.

Ella se volteó una última vez.

—¿Me das fuego, por favor? —pidió—. Me gustaría poder fumarme un buen cigarrillo.

***

La escritora estaba paralizada por el terror. Tenía frente a ella al rostro de la muerte. Comenzó a balbucear sin saber que decir…

—Te dije que iría a buscarte, pelirroja —contestó el maníaco—. Te lo había jurado.

En ese momento, ella reaccionó.

—¡Detengan a ese hombre! —exclamó mientras lo señalaba—. ¡Es un psicópata y un asesino!

Pero para su sorpresa ninguno de los presentes en la conferencia movió un sólo músculo. Simplemente se quedaron allí, mirándola en silencio. Poco a poco comenzaron a reír, a aplaudir.

—¡Hablo en serio! —gritó— ¡detenedlo! ¡es peligroso!

Desesperada, y viendo como todos reían, se acercó a Wallace y lo abrazó desesperada.

—¡Por favor, Mike! ¡sácame de aquí! ¡ese hombre ha venido a matarme!

Por desgracia para ella, nada hizo en el momento. Ni siquiera hubo un afán de devolverle el abrazo. Poco a poco separó la distancia que tenían entre los dos y esbozó una perversa sonrisa blanquecina.

—Lo sé, Esther —contestó fríamente—, fui yo quien le invitó.

La revelación era un jarro de agua fría, ¿qué podría haberle llevado a su viejo amigo a realizar un acto tan atroz? Antes de que ella pudiera reaccionar, su antiguo compañero de la universidad desenfundó una pistola y la apuntó. No había forma de escapar.

—¿Por qué no te fijas un poco mejor en el público? —le ofreció—. ¡te darás cuenta de que esta noche va a llenarse de sorpresas!

Morales se apoyó en el atril para evitar que el shock la desequilibrara. Obedeció más por miedo al arma que por una auténtica curiosidad. En el escenario estaban los mismos monstruos disfrazados que continuaban vitoreándole a ella y a Robert Hamiltton. Al prestar más atención, se dio cuenta de una horrible realidad. Si su mente no la engañaba, aquel hombre disfrazado de Freddie Krueger no era otro que Dash García, el ‘Violador de Bostón’. Y el que llevaba el gracioso traje de la versión zombie de Bob Esponja no era otro que Joe Glatman, ‘El Carnicero de Texas’. Más al fondo podía ver un Candyman que se parecía muy sospechosamente a Oliver Freeman, el ‘Pirómano de Nueva Orleáns’. No había duda: el público, todos ellos eran…

—No puede ser, esto no está pasando —lamentó—. Todos ellos son…

—Sí —interrumpió su ex-camarada—, tus mayores fans. Y están aquí para honrarte como lo mereces.

El éxtasis de la sala se tradujo en una agonía para Esther Morales. Lo único que deseaba era estar fuera de allí, en cualquier otro sitio. Bajo los gritos de júbilo de todo el escenario, Robert Hamiltton se acercó hasta el atril y, levantando las manos, indicó a todo el mundo que estuviera en silencio. Después, acercó su rostro al micrófono.

—Hace unos cuantos años tuve el placer inesperado de leer la obra de una auténtica artista. En el momento que la vi, me di cuenta de algo maravilloso. Aquella escritura estaba en realidad muy verde, pero detrás de esas líneas había una mente maravillosa que era muy capaz de comprenderme. Sentí curiosidad al pensar que quien iba a venir a verme era una auténtica idiota que no sabía donde se metía. No sabéis como me alegro de haber estado equivocado.

El público gritó y aplaudió ante tan cortés halago. El destripador se dio la vuelta y, con sus penetrantes y alegres ojos, observó directamente a la mujer.

—Recuerdo muy bien esa noche, pelirroja. Temerosa pero decidida, tuviste los ovarios suficientes como para enfrentarme. Pero además, vi algo más que me atrajo inmediatamente —aclaró—: tú y yo no somos tan distintos. Lo supe cuando me miraste a los ojos y me dijiste que estarías en primera fila cuando fueran a freírme en la silla… lo disfrutabas de verdad, porque, en el fondo eres como todos nosotros. Eso fue lo que vi, nena. Y posteriormente, en la saga que estuviste escribiendo a lo largo de los años, se confirmaron mis sospechas. Es por eso que no te vamos a hacer daño. En su lugar, te dejaremos ir por donde has venido para que sigas escribiendo esa magnífica saga.

El público volvió a aplaudir, para alivio de ella, todos parecían compartir el mismo parecer que aquel maníaco. Una sala entera llena de asesinos la alababan por el trabajo que hacía. De todas formas, ¿sería buena idea acudir a las autoridades para informar de…? ¡¿una convención llena de asesinos?! ¿Quién la iba a creer?

—Mu-muchas… gracias, chicos —respondió temblequeante—. Os prometo que después de esta experiencia no voy a llamar a la policía. De todas formas sería muy estúpido, ¿no? Me comprometo a que seguiré escribiendo para todos vosotros.

A su espalda su amigo comenzó a reír. Dicha risa contagió a Hamiltton y al resto del auditorio.

—Estoy seguro de ello —exclamó el asesino—. Sin embargo tampoco te he dicho que iba a ser así de fácil. Comprenderás que tenemos que asegurarnos de que realmente eres uno de los nuestros.

Uno de los asistentes trajo repentinamente a dos chicos hacia la tribuna. Al principio estaba demasiado asustada como para darse cuenta de quienes eran, pero cuando les quitaron los sacos de la cabeza, la escritora se horrorizó al comprobar de que se trataban de sus queridos Eva y Jan. El corazón le dio un vuelco.

—¡No les hagáis nada! —exclamó—. ¡Ellos no tienen nada que ver!

—Ninguno de nosotros los va a tocar —contestó Robert—. ¡Michael!

Mike Wallace respondió a la llamada quitándose el traje de Benjamin Willis y colocándoselo a Esther. Cuando estuvo del todo vestida, le entregó un garfio en sus manos.

—Tú mueves, pelirroja —declaró el destripador—. Tú fuiste la creadora del Sr. Garfio. Por tanto, tú decides: te conviertes en él y eliminas con tus propias manos a tus hijos, o por el contrario, os mataremos a todos vosotros. Pocas veces la vida nos da este tipo de oportunidades. Es tu elección.

Morales observó en sus manos el garfio. Vio el rostro de terror de sus queridos hijos.

—En cualquier caso —afirmó Wallace mientras la apuntaba—, quiero que sepas que, escojas lo que escojas, siempre seremos tus mayores admiradores.

Axel A. Giaroli

E03-El fantasma de los libros

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E03-El fantasma de los libros.

El hombre se había pasado la mayor parte de la noche enterrado en libros. Su cabeza colgaba de medio lado sobre una pila interminable. Las letras parecían revolotear sobre su cabeza como si de un enjambre de mariposas se tratase, en una especie de intento de formar palabras o escritos en el aire. Incluso el último libro que tenía en posición vertical parecía susurrarle algo, pero él, no era capaz de encontrar la solución  a pesar de todo lo que se había esforzado. Y allí, rendido, entre aquel duermevela, de pronto las palabras se hicieron más fuertes y creyó, por una milésima de segundo, que la solución había llegado de nuevo hasta su agotada conciencia como tantas otras veces. Pero no, lo único que vislumbró a través de sus vidriosos ojos fue una gran boca que se formaba en la página que tenia abierta, y le decía: Por favor, un poco de orden. ¿Por favor un poco de orden? Eso no era lo que él esperaba oír y, entonces todo cuadró y se dio cuenta de dónde estaba. Despertó por completo en la biblioteca más antigua y más grande de aquella ciudad.

Ilustración de Jordi Ponce

–Hay espacio suficiente para todos. Por favor, no empujen, todos tienen su sitio reservado –dijo la voz de nuevo, y Pablo la ubicó unas cuantas estanterías más atrás, probablemente en la sala  principal. Se dispuso a cerrar el libro que tantas ilusiones o pesadillas había creado esa noche en su mente y, cuando lo hizo, la misma cara que había visto en su duermevela seguía observándolo, pronunciando unas palabras que no lograba escuchar. El ser, o lo que fuera, parecía cada vez más angustiado, pues era consciente de que no se podía comunicar.

–Pablo, ¿aún estás aquí? –dijo una voz a su espalda sobresaltándolo. Y entonces oyó un susurro mientras la cara se esfumaba en la nada: “sálvala

–Venga, espabila que dentro de una horita vamos a cerrar.

–¿Dentro de una hora? ¿Ya son las dos?

–No, hombre. Son las diez, pero hoy tenemos una firma de libros. Mira, ¡igual te interesa! Es una escritora nueva y creo que sus historias son igual de raras que los libros que lees.

Pablo miró al bibliotecario divertido, el cuál le estaba guiñando un ojo mientras le dedicaba una gran sonrisa. Era un hombre mayor, y el mejor amigo que Pablo tenía, el único que no le juzgaba y estaba siempre dispuesto a ayudarle con sus raras peticiones. Además, estaba seguro de que nadie más en el mundo sería tan eficiente como él, pues era capaz de encontrar en la sección de esoterismo cualquier cosa que se le preguntará, aunque fuese lo más raro que pudieses pensar. Así que, como estaba despierto y le picó la curiosidad, se acercó hasta la sala principal a escuchar.

Mientras se iban acercando Manuel le ponía al día. La escritora era una muchacha joven que había sido víctima de un accidente en el que había muerto toda su familia, sólo sobrevivió ella- Después de aquello cayó en un estado de depresión en el que se puso a escribir, alguien la descubrió por casualidad en un concurso literario al que la apuntaron las enfermeras del centro dónde estaba recluida y, desde entonces, el éxito llamó a su puerta y un año después seguía manteniéndolo. A pesar de que la muchacha era muy buena escribiendo historias de terror, (le dijo esto último recalcándolo y con mirada cómplice a Pablo), lo que más llamaba la atención en ella, era su extraña y excéntrica personalidad. Habitualmente vestía con ropa de hombre holgada y demasiado grande para ella y nunca se miraba a un espejo, de hecho, pedía que las salas de las firmas estuviesen desprovistas de los mismos. Y, si podía, siempre intentaba visitar las bibliotecas más emblemáticas del mundo y se encerraba durante un día entero en las mismas en busca de un libro que nunca encontraba.

–Tal vez sea un reto que tú puedas superar –le dijo esta vez Pablo a Manuel con una sonrisa cómplice, mientras ambos llegaban por fin al lugar del gran acontecimiento.

La sala principal estaba abarrotada, los periodistas y los fotógrafos hablaban entre ellos entusiasmados, eran los primeros afortunados que tendrían la posibilidad de preguntar sobre el último libro de la escritora, “no existe el paraíso”, que tanto desconcierto e inquietud había causado, pues era una novela de corte pesimista que hablaba de una manera frívola sobre la inexistencia de ese paraíso prometido que tantas religiones proclamaban y, dónde de una manera cruel y desoladora, nos contaba las vivencias de alguien que estuvo allí y jamás lo encontró. Alguien que sólo sufría por todo aquello que había perdido y jamás podría recuperar, alguien que vagaba sin rumbo fijo en un “no mundo” lleno de peligros y las más terroríficas situaciones. Además no sólo era buena escritora, sino también su propia ilustradora. Las imágenes tenían una fuerza visual que captaba tu atención desde el primer momento en el que posabas la vista en ellas.

La ronda de preguntas comenzó. Un muchacho muy joven de cara agradable fue el primero en levantar la mano.

–¿Cuándo fue la primera vez que tuvo contacto, no se cómo definirlo la verdad, con el mundo esotérico? Si es que lo ha tenido alguna vez, si es que no ha salido todo de esa increíble imaginación que usted posee.

–Sí, lo tuve –empezó a decir la muchacha con una amplia sonrisa al abochornado muchacho. Se había puesto colorado nada más terminar la última frase, se notaba que era uno de sus fervientes fans.

–Solíamos jugar a Adelaida, el típico juego en el que utilizas un libro con unas tijeras clavadas dentro, lo atas todo y lo dejas pender al final del hilo. ¿Sabes cuál te digo?

El muchacho negó con la cabeza. La preciosa sonrisa de la escritora inundó la sala.

–A veces olvidó que los años pasan, y nosotros nos llevamos unos cuantos, ¿verdad? Al menos diez. –El muchacho asintió–  Bien, existía una leyenda urbana sobre una chica llamada Adelaida que se suicidó por amor. Se dice que el chico al que amaba se fue con otra y, la encontraron con unas tijeras clavadas en el corazón para no poder sentir más y un diario en las manos dónde contaba su trágica historia. Las jovencitas solíamos acudir a ella para que nos diera consejos de amor o para cotillear sobre su verdadera historia, a veces simplemente por morbo para saber si de verdad el libro se movía cada vez que alguien hacia una pregunta. Las reglas eran sencillas, el sí era hacia la derecha y el no hacía la izquierda. La invocaban llamándola por su nombre tres veces y ya está. Ese juego y, la típica ouija garabateada en una hoja de libreta cuadriculada bajo un vaso de café. Esos fueron mis únicos contactos.

Otra mano se alzó, esta vez pertenecía a una mujer de unos treinta y cinco años de aspecto cuidado.

–¿Tuviste alguna experiencia sobrenatural en aquellos juegos? Es decir, ¿ocurrió algo que provocase que escribieras sobre ello?

–No, en realidad no.

–Entonces, ¿cómo nació tu interés por los libros, por escribir? –Esta vez la mano alzada y la nueva intervención pertenecían a un chico de pelo largo y gafas, con aspecto descuidado, que sostenía en sus manos un iPad mini y un boli para tablets, en vez de un bloc de notas.

–El fantasma de los libros llego a mí por primera vez aquella noche de verano en la que mi hermano y yo mirábamos las estrellas. Me contó una historia increíble sobre un niño que estaba gordito como yo y que vivía aventuras increíbles a través de un libro mágico. Mi mente se llenó de bellas imágenes y, desde entonces, los libros fueron mi obsesión. Quería poder mostrarle al mundo todas aquellas maravillosas imágenes que se arremolinaban en mi imaginación como un torbellino, y empecé a interesarme por las portadas, los interiores, las ilustraciones. De hecho, ahorraba la paga del fin de semana para comprarme lápices, rotuladores, pinturillas, acuarelas…

–¿Y cuándo surgió el amor a la escritura? –preguntó un hombre calvo de unos cincuenta años que se encontraba al fondo.

–Nunca –Recorrió la sala un murmullo de sorpresa.

–Sin duda esta chica sabe cómo mantener la intriga, ahora entiendo por qué vende tantos libros– le dijo Manuel a Pablo.

–Disculpe… ¿eso quiere decir que es vocacional?

–No, simplemente que no soy yo la que escribo –De nuevo el murmullo de asombro. Pablo notó un frío gélido en su espalda y la visión se le nubló.

–¿Nos está diciendo que tiene un escritor negro, alguien que escribe por usted?

–¡No, por supuesto que no! ¡todas las historias salen de su puño y letra, de su creatividad! ¡Lo puedo asegurar! –La intervención desesperada de su editora creó una nueva oleada de inquietud y de murmullos.

–¿Es cierto lo que dice su editora, señorita Alonso, o realmente como bien dijo mi compañero hay un escritor negro detrás de todo esto? Y de ser así, ¿de quién se trata? –La editora la miró desconcertada y algo preocupada, un mal rumor podía echar por tierra el futuro de toda una brillante carrera. La escritora observó al periodista con tranquilidad a través de sus grandes ojos verdes.

–Es cierto lo que dice mi editora y, no sé si la palabra escritor negro lo definiría, yo lo llamo fantasma.

De nuevo los murmullos recorrieron la sala, pero esta vez de una forma diferente, mucho más alegre y distendida.

–Por un momento nos había asustado –dijo de nuevo el primer periodista que preguntó, el joven Rubio de mejillas sonrojadas–i Eso se llama inspiración!

–No, es un fantasma real, lo puedo sentir, intuir… Jamás me interesó la literatura, de hecho, nunca se me dio bien escribir.

–Pues para no saber escribir es el número uno en ventas, y el éxito de sus historias se ha extendido más allá del mercado europeo –le reprochó una chica pelirroja que estaba sentada en la primera fila, provocando la risa cómplice de todos los presentes.

–Bueno, llámenlo como quieran, pero para mí es un fantasma que me susurra palabras en mis momentos más bajos –Contestó la muchacha derrotada. Seguramente aquellos periodistas pensarían que su comentario estaba estudiado para mantener el aura de misterio que parecía invadir su vida, su universo literario. Pero no era así, ella lo pensaba de verdad y no era la única que lo hacía. Pablo hacía rato que miraba anonadado una sombra que se encontraba situada a su derecha. Al principio fue un foco de luz, y poco a poco se fue tornando niebla,que a su vez, tomó forma humana. Para ser más exactos, la forma de un chico joven de aproximadamente treinta años, que tenía los mismos ojos verdes que Celia Alonso.

Sálvala –le dijo mirándole fijamente a los ojos y poniendo una mano sobre el hombro de la muchacha, que dio un respingo y se puso inmediatamente la chaqueta.

Así que aquel era el fantasma de los libros, el que le despertó aquella mañana. Era él quién se materializó en la hoja del libro sobre espíritus que estaba ojeando, tan sólo por un segundo creyó que podría haber sido su mujer la que se había manifestado. Llevaba años buscando la manera de hacerse con ella, pues sabía que no descansaba en paz. Incluso de vez en cuando, podía sentirla, su don no fue elegido, lo tenía de nacimiento. A lo largo de toda su vida había ayudado a muchos a entender o comprender lo que les aferraba a este mundo, digamos que curaba sus mentes rotas. Pero con Julia era distinto, no lograba llegar, era incapaz de mantener la conexión y no entendía el por qué. El caso era que le esperaba un día mucho más largo de lo que pensó en un principio.

–Y yo que pensaba que ya me iba a descansar -pensó en voz alta.

–Ya te dije que esto te podía interesar –apuntó sarcásticamente Manuel, brindándole un guiño de ojo.

Pablo esperó pacientemente a que todo el mundo se marchase. Conforme fue pasando la entrevista y la firma de libros, la muchacha se fue apagando, sus ojos habían perdido el brillo y Pablo intuyó que algo andaba mal. Cuando finalmente pudo acercarse a ella, no supo por dónde empezar, así que tomando aire y aprovechando un descuido de la editora a la que le sonó el teléfono, le dijo:

–Yo sí creo en lo de tu fantasma y, te puedo ayudar. –La tristeza que reflejaron aquellos mares verdes que eran sus ojos llegó hasta lo más profundo del corazón del muchacho.

–Ya he tenido suficiente frikismo por hoy, me voy a descansar. Lo siento, no dispongo de más tiempo –Y sin mediar más palabra cogió su bolso, echó una furtiva mirada a su editora que seguía hablando por teléfono y, de forma escurrida, se escabulló entre el resto de la gente sin más. Pablo la siguió preocupado, la sombra le apremiaba y susurraba a su oído: “No la pierdas de vista o morirá”.

La escritora salió rápidamente de la biblioteca, giró la esquina y se dirigió hacia el parque. Una vez allí se acercó a la cueva que había junto al lago, dónde tanta veces se había escondido con su hermano. Sacó la botella de vodka, un frasco lleno de pastillas y se dispuso a acabar con su vida.

–Jorge, pronto estaremos juntos. Llegaré hasta ti y te ayudaré a escapar. Celia siempre había sido consciente de quién era el verdadero genio en esta historia, conocía muy bien su forma de escribir, pero eran tan inquietantes aquellas confesiones, todo aquello que le contaba, que ya no podía soportarlo más. Ya no era tan sólo el dolor que sentía por la pérdida de aquellos a los que tanto quería, sino el saber que no se encontraban en un lugar mejor, al menos uno de ellos y, la impotencia y soledad que la invadían al no poder hacer nada para evitarlo. Era Jorge quien tenía que haber vivido esa vida y no ella. Si no le hubiera obligado a desanclarse el cinturón para colocar el de ella con la estúpida broma de siempre, tal vez él hubiese sobrevivido.

Con el corazón hundido y lágrimas en los ojos, Celia puso una buena cantidad de pastillas en una mano y con la otra desenroscó la botella, dentro de poco tiempo todo habría terminado. Pero Pablo fue más rápido y, siguiendo las indicaciones de Jorge, llegó rápidamente allí, justo a tiempo de poder golpear su mano, dejando caer en el suelo el montón de pastillas.

–¡Celia, detente! Jorge no quiere esto.

–¿Tú?

–Tengo que contarte una cosa.

Pablo ayudó a levantarse a la sorprendida muchacha, la asió por la cintura y la sacó de allí. Horas más tarde en un café, ambos hablaron tranquilamente, se contaron sus respectivas historias y, dado que Jorge estaba agotado, decidieron quedar para el día siguiente. Celia parecía mucho más tranquila, al menos su mirada era serena y tenía un nuevo brillo de esperanza dibujado en el iris de sus ojos.

–No te suicides hasta mañana, por favor. No soportaría tener un fantasma tan tozudo como tú rondándome día y noche –bromeó Pablo a modo de despedida.

–Te lo prometo, necesito saber que quiere de mí, si está… Bien, sólo quiero decirle… Bueno, mejor que esperemos hasta mañana o el que no lo contará vas a ser tú. Ambos rieron y, finalmente, se despidieron con la promesa de verse en aquel mismo bar a las diez de la mañana del día siguiente. Jorge se materializó una vez más para la tranquilidad de Pablo, le dedicó una sonrisa y, poniendo una mano en el hombro de su hermana y haciéndole un gesto con la cara de que todo marcharía bien, se desvaneció de nuevo.

Al día siguiente, Pablo y Celia se encontraron en el bar y, como no, Jorge estaba con ellos. Celia le pasó unas hojas arrugadas, escritas a mano.

–Esto es lo que escribí anoche, después de mirarme al espejo como me dijiste le confesó esto último ruborizada –Que sepas que tenías razón, me cerraba a él, me cerraba a mí. No quería ver mi reflejo porque era su reflejo, ¡es lo que tiene ser la gemela de un fantasma! Aunque no quiera, siempre sabré cómo hubiese sido en cada etapa de su vida.

–Y eso le hizo volver con más fuerza a ti y poderse expresar.

La muchacha asintió y una lágrima surcó su mejilla.

–Me habló, ¿sabes? Nunca pude imaginar lo que añoraba tan sólo eso, su voz, y escribí todo lo que decía para no olvidar ni una palabra –Pablo cogió sus manos animándola a continuar, además de darle apoyo emotivo –No existe un mal final, todas esas historias de angustia y dolor no eran las que vivía en su mundo real o irreal, no sé muy bien cómo llamarlo. Eran simples historias que alguna vez quiso contar, las historias que quería escribir para mí, ambos soñábamos con trabajar juntos algún día. Él sería el escritor, yo su ilustradora y, lo ha conseguido. Me dijo que ya no tiene historias que contar, que la última me la deja a mí, aquella que habla sobre el amor de hermanos que traspasa fronteras.

La muchacha dejó escapar una tímida sonrisa y miró a Pablo directamente a los ojos.

–Te aseguro que si consigo escribirla, ya sabes que nunca se me dio bien, hablaré de un loco que se acercó una vez a mí y me salvó la vida. Ahora fue Pablo el que sonrió.

–No hace falta que lo escribas, la historia se puede contar con imágenes, y eso sí se te da muy bien, o eso me han dicho.

–Sí, no es mala idea. En fin, esto es la despedida, supongo. Gracias por…todo.

–De nada, fue un placer. No todo el mundo es capaz de escuchar mi historia de una manera relajada y hacerme sentir que no soy un bicho raro y, demostrarme que cree en mí. Que sepas que siempre estaré ahí.

–Gracias, pero antes de irte me gustaría hacer algo por ti, algo de lo que tú no has podido darte cuenta y yo sí. ¿Recuerdas lo que me dijiste sobre mi miedo a los espejos? ¿Lo de que no quería verme porque en el fondo no quería hacerle venir a mí?

–Sí, lo recuerdo.

–Pues algo parecido te sucede a ti con Julia. ¿Cuánto dolor estás dispuesto a sufrir para saber esa verdad que ella te quiere decir?

Pablo la miró perplejo y su corazón empezó a latir de una forma desorbitada. Se dio cuenta entonces, de que Celia tenía razón, él en realidad no quería sufrir el miedo a la decepción, a que le dijera algo que no quería escuchar, y eso impedía a Julia venir. Había tantas cosas que habían quedado pendientes… Aquella tarde acababan de discutir y ella se fue, como tantas otras veces cuando se enfadaban, a pasear y reflexionar. Pero no volvió jamás. Tal vez la fuerte lluvia no le dejó escuchar el claxon del coche que la atropelló.

–Y sobre todo, Pablo, te debes perdonar.

Pablo estalló en lágrimas y empezó a convulsionar. Esta vez fue Celia la que le consoló. Después se despidieron con un sincero abrazo y Pablo se dispuso a enfrentarse a su propio fantasma, aquel que no quería olvidar.

Inmaculada Ostos Sobrino

E05-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror-Misterio

Rating: +16

Este relato es propiedad de JAxel A. Giaroli. Las ilustraciones son propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E05-El fantasma de los libros.

Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Muy anglosajón, pero con algunas reminiscencias europeas. Tiene además un toque bastante corriente, aunque también posee cierto carácter extraordinario. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso.

Durante años he sido lo que se suele describir como un bala perdida. Abandoné en Londres mis estudios de derecho para intentar probar suerte con la literatura en París. Allí, pude presenciar todo tipo de influencias y movimientos artísticos. Estuve cerca de los centros en donde los grandes impresionistas del siglo XIX exhibieron sus artes. También, donde el vanguardismo consiguió asentar sus bases en toda Europa, pudiéndome permitir visitar las gigantescas bibliotecas en donde muchas de estas importantes obras podían servirme de inspiración para cimentar mi propio camino. Por desgracia, bien sea debido a que nací de forma muy tardía, o a la razón de que, según los editores, mi lírica no conseguía funcionar, no tuve más remedio que desistir.

El hecho fue el siguiente: escribí una obra en el que intente basarme todo lo posible en el dadaísmo, lo que dio como resultado una novela que me convirtió en un fracaso como autor novel. Las críticas llegaron incluso a ser más crueles de lo que ameritaban. La tacharon de excéntrica, absurda y de ser una exhibición pretenciosa de mi actual ignorancia del movimiento. No sin sentir una gran humillación, no tuve más remedio que volver a Inglaterra. Durante un par de años conseguí sobrevivir realizando todo tipo de trabajos de poca monta en el barrio de Brixton. Me sentía vacío y estúpido. Había lanzado los dados y perdido la partida antes de empezar. Entonces, mientras limpiaba los lavabos de una discoteca de mala muerte, se me ocurrió que quizás debía intentarlo una vez más. Aunque esta vez, tendría que hacer un esfuerzo mayor y muy distinto al que había efectuado anteriormente.

Trabajé duro e intenté hacer uso de mis viejos contactos de las editoriales francesas. No me sorprendió en absoluto el hecho de que ninguno mostrara interés alguno. Por lo que hice uso de mis capacidades naturales y me ofrecí como traductor y corrector de muchos de sus libros. Casi todos sin talento, pero con una visión muy comercial que se acercaba bastante al gusto del público actual. Claro, ninguna era una obra que en el futuro sería recordada, pero conseguían dinero fácil inmediatamente, algo que siempre atrae a las editoriales. Habían aceptado mi ofrecimiento porque yo tenía la suerte de hablar de forma nativa el inglés y el checo gracias a que mi madre me lo enseñó desde que era un niño, y el francés como segundo idioma debido a mi larga estancia en París. Esto fue derivando a trabajos que tenían poco interés para mí, pero me acercaban a mi objetivo. Estudié las grandes obras surrealistas de Kafka y decidí que lo tomaría como maestro para realizar mi segundo intento. Poco tiempo después, surgió mi oportunidad.

Un día como otro cualquiera, tras terminar una de mis muy tediosas traducciones, el Sr. Laverne en persona, dueño de la editorial en la que estaba trabajando, me llamó a su despacho. Aquello sólo podía significar dos cosas: o se había leído mi nueva obra y le había gustado, o quería despedirme.

No me avergüenza admitir que entré nervioso. Aunque no sé si fue debido a la excitación que sentía ante la posible idea de que volvieran a publicarme algo, o lleno de miedo, por la posibilidad de ser expulsado. Me lo encontré, como siempre, en su escritorio. No sabía a qué atenerme, pues su satisfactoria sonrisa de cocodrilo podía deberse a que mi trabajo realmente le gustó o a que muy pronto me vería de patitas en la calle. Cuando llegué me ofreció un asiento y no perdió el tiempo en formalidades.

—Sr. Johnson, Acabo de ver su manuscrito —comenzó—. Debo decir que usted apunta maneras.

Estaba ansioso, ¿habría conseguido escribir la obra de mi vida?

—Sin embargo, no podemos aceptarlo. En lo personal creo que le queda un largo camino antes de componerlo como es debido. Como he dicho antes, apunta maneras, pero esto que me ha traído es sumamente imperfecto. Estaría bien si estuviéramos viviendo una época en la que se demande el género surrealista y kafkiano pero en la actualidad, a lo único que puede aspirar es a atraer a un público objetivo. Y con unos conocimientos tan poco profundos del movimiento… sin duda, le despedazarían.

Eso me destrozó. No había nada peor que recibir unas altas expectativas, para después, en el punto más álgido de la emoción, confirmar un completo desengaño. Sin embargo, aquello era extraño. ¿Por qué me había llamado en ese caso? Como si me estuviera leyendo el pensamiento, el Sr. Laverne comenzó a contestar:

—La razón por la que le he hecho llamar es debido a que tengo un trabajo perfecto para usted. Podría ser la oportunidad de mejorar en estas carencias, rehacer su obra y terminarla con broche de oro. ¿Está interesado?

¿Qué podía decir? Una ocasión como esa no se presentaba dos veces. Sería todo un estúpido si decidía desaprovecharla.

Me explicó en que consistía el cometido: al parecer, la editorial había hecho un trato sustancial con el Monasterio Strahov, en Praga. Ellos querían contratar a un restaurador, vigilante y bibliotecario para sus valiosos tomos incunables de su muy famosa biblioteca, el llamado Salón teológico Strahov. A cambio, a parte de un salario sustancioso, muchos de sus textos serían ofrecidos en exclusividad para la editorial, si se aceptaban una serie de requisitos, claro está.

Estos consistían en los siguientes puntos:

En primer lugar, debía estar dispuesto a presentar un servicio, a lo largo de tres meses, de veinticuatro horas al día durante toda la semana.

El segundo, no abandonar la zona de la biblioteca hasta que hubiese terminado mi período de oficio.

Tercero, no hablar ni realizar ruido alguno durante el tiempo en el que estuviera dentro de la zona de lectura. Lo que suponía, a grandes rasgos, un voto de silencio hasta que mi contrato hubiese expirado.

Cuarto, responsabilizarme no sólo del estado de las obras, sino de que éstas no abandonaran en ningún momento el salón.

Por último, una última regla de la que sería informado si aceptaba realizar el trabajo.

A grandes rasgos una serie términos que desde la distancia, ya se veían muy exigentes. Debido a ello, se había ofrecido realizar la contratación a una editorial que pudiese estar interesada en ganarse el puntazo de las obras que podían ofrecer. Ellos, no dudaron en ofrecérmelo a mí no sólo por mis conocimientos de la lengua, sino porque ya había tenido experiencia trabajando en bibliotecas ya sea como vigilante, administrador y restaurador de obras que, por supuesto, no eran nada comparada con esas piezas de arte de las que muy pronto iba a responsabilizarme.

—Es una oportunidad única —comentó el Sr. Laverne—. Desde ahí puede estudiar las obras auténticas de Franz Kafka en su idioma original, junto con todo aquello en lo que él se basó para poder crearlas. Podrá ver escritos inéditos de los que, si es audaz, tendrá la posibilidad de aprovecharse para construir una creación única que se podría poner muy por delante de sus competidores. Y lo más importante: la editorial y le apoyaríamos al cien por ciento, incluyendo no sólo la publicación, sino también en la publicidad de su nombre y de sus obras futuras. Piénselo, podría ser el nuevo literato de esta década, quizás, del siglo.

Acepté encantado el trabajo. Estaba tan emocionado con la oportunidad que no me molesté en hacer las preguntas adecuadas. Por ejemplo, ¿por qué se molestarían en acordar aquello con una editorial y no le habían ofrecido ese puesto a cualquier profesional de la servidumbre y la restauración? ¿Por qué contratar a alguien que vivía tan lejos, en lugar de colocar a alguna persona de la localidad, y ahorrarse así, el precio del viaje del futuro empleado?

Independientemente de todo esto, a mí lo que me interesaba era que iba poder viajar gratuitamente, vivir una experiencia única y tener la ocasión y el tiempo para reescribir mi proyecto, publicándolo con toda seguridad en la editorial francesa.

***

Ilustración de Rafa Mir

Me di cuenta del encanto de Praga nada más llegar. Muchas veces mi madre me había hablado de ella, pero sus palabras no hacían justicia a la hermosa ciudad que estaba viendo. Cuando finalmente llegué al famoso monasterio, no pude evitar el quedarme boquiabierto. Ante mis ojos tenía una pieza arquitectónica digna de una poema del mismísimo Lord Byron. Su aspecto denotaba ese fuego apasionado de la época del romanticismo. Cuando entré, mi impresión fue incluso más extraordinaria. Era una pieza del pasado perfectamente conservada en nuestros días a la que casi me daba vergüenza ponerle los pies encima. Todo muy recargado, limpio, cuidado… debía de costar su buena pasta. Uno de los monjes se presentó y me dio a conocer todo el lugar. Fue muy amable, incluso, me contó la historia la Orden de los Premonstratenses, de los logros que habían conseguido y de como se ganaban la vida. Repentinamente, llegamos a la biblioteca, y en ese momento me di cuenta de la responsabilidad en la que me había comprometido.

Quizás la zona más hermosa del Monasterio, que ya de por sí, destacaba. Las estanterías se alzaban como un gigantesco arca del conocimiento. Una belleza que era capaz de competir contra el mismísimo paraíso. Los frescos del techo evocaban tranquilidad, elegancia y magnificencia. Por mucho que hable del lugar, me temo que me quedaría corto.

En el momento en que entré, el abad estaba ocupado analizando algunos textos de origen religioso para anotarlos en un cuaderno a parte. Más tarde me enteré de que se trataban de unos ensayos franciscanos que recopilaba para poder trabajar en una tesis teológica que se esforzaba en completar para enviársela al mismísimo Vaticano, pero en aquellos instantes, dejó todo cuanto estaba haciendo y se presentó con un anillo en su mano que no dudé en besar. Era un tipo exigente, que consideraba el orden y la pulcritud como valores inamovibles. En definitiva: un capullo estirado. De todas formas, se esperaba de mí la máxima profesionalidad, y creo que conseguí darle, en general, una muy buena impresión. Se encargó personalmente de explicarme las tareas que tendría que cumplir. Luego, me indicó que habían montado una habitación al lado en la biblioteca y, que con una llamada de campana, tendría todo lo que necesitaría. En general, tendría que estar dentro de la zona exceptuando a las horas de comer y cuando necesitara ir al baño. Podía suponer algo duro, pero ¿qué eran tres meses a cambio del ansiado premio?

Sin embargo, no pude evitar preguntarle el por qué se habían molestado en contratar a un extranjero en lugar de encargarle la tarea a alguno de los monjes de su orden. Todos se me quedaron viendo como si hubiese abierto la caja de Pandora. Parecían mudos y temerosos.

—Últimamente han proliferado una serie de historias en torno al Salón teológico… —exclamó el abad—. En realidad, son más bien unas antiguas leyendas del Monasterio. Piense que éste existe desde hace casi un milenio, es lógico que sus viejas paredes den mucho de que hablar. Resulta que mis… compañeros, por decirlo de algún modo, son muy supersticiosos. Hablan de unas voces que se escuchan en el ala prohibida del salón, y piensan que puede deberse a una fuerza sobrenatural que la protege. Una fuerza diabólica con horribles intenciones.

—¡Es el Fantasma de los Libros! ¡Si se queda aquí su alma estará condenada! —interrumpió uno de los monjes.

El abad negó lentamente su cabeza, suspiró y luego, como si aquel inciso no hubiese sucedido, continuó:

—A pesar de este hecho no puedo ofrecerle semejante tarea tan importante a cualquiera, y yo, debido a las responsabilidades inherentes a mi cargo, no dispongo del tiempo suficiente para encargarme de ello personalmente. Así que pensé, ¿qué mejor que una editorial que pueda desear hacerse con la exclusividad de algunos de los tomos? —comentó—. De hecho, esto me viene perfecto para decirle cual será la quinta norma: sin importar las circunstancias, no debe ir al ala prohibida de la biblioteca ni permitir que nadie más entre. Sólo yo puedo acceder a ese lugar. ¿Ha quedado claro?

Le respondí que cristalino, para luego retirarme a desempacar todas mis cosas en mi habitación. Más tarde me permitieron descansar de mi viaje, y no les vi hasta la hora de comer. Después de cenar, presencié algunas de sus misas y me marché a mi habitación. A la mañana siguiente comenzaría mi primer día.

***

La jornada de la mañana y la tarde había sido dura. Catalogar aquella inmensa biblioteca, vigilar que ni monjes, estudiantes o turistas robaran alguno de los tomos, encuadernar, restaurar, reescribir,… desde luego, nadie podía negar que uno se ganaba el sueldo. Por fortuna, después de cenar, tuve todo el tiempo del mundo para mí. Esa noche estaba muy cansado, pero me obligué a mí mismo a permanecer en el salón, encender una pequeña vela, y comenzar a esforzarme en mi trabajo de documentación para ir recomponiendo mi obra. Después de un par de horas, comencé a suspirar. En ese momento, fue cuando lo escuché.

Era un sonido macilento y perdido que, en principio, parecía oírse en todas partes y ninguna. Comenzó débil, pero poco a poco fue aumentando la intensidad de tal forma que sentí como los cabellos de mi nuca se erizaban. Parecían unos lamentos perdidos, como el quejido de una mujer o un niño que estaba pidiendo auxilio. Intenté prestarle atención, pero el techo abovedado estaba tan bien construido, que era difícil percibir de donde venía exactamente. Finalmente, conseguí percatarme desde donde venía y fui andando poco a poco… hasta que llegué a las puertas del ala prohibida.

En ese instante el sonido cesó.

Durante unos minutos estuve quieto, preguntándome si aquello había sido real o producto de una reacción psicosomática producida por la historia contada por el abad, y la reacción del resto de los monjes. Decidí que todo aquello era ridículo, quizás se trataba del viento y de una mezcla del cansancio que tenía por aquellas horas de trabajo a las que había sido expuesto. Entonces, me retiré lentamente a mi habitación para poder descansar.

***

Pasaron semanas en las que tuve la oportunidad de adaptarme del todo a mi trabajo. A pesar de que las largas horas de silencio de alguna forma afectaban a mi ánimo, por otra parte me venían muy bien a lo largo de las noches, cuando finalmente pude componer algo de mi obra. De alguna forma sentía que gracias a mis experiencias y mi situación psicológica, por fin, salía algo auténtico de mis esfuerzos. Posiblemente, el Sr. Laverne tenía razón. El trabajo me ayudaba a madurar mis ideas. El tiempo a lo largo de esas paredes era largo, pero nada extraño había vuelto a producirse.

Hasta que llegó el segundo mes…

Nuevamente estaba en medio de mis quehaceres y volví a oírlo. Aunque en esta ocasión, había algo más. No era algo físico, pero me parecía muy real. Notaba un aura que, con un ánimo corrompido y quizás, levemente sofocante, parecía cargado con todo atisbo de negatividad. Detectaba un hálito peligroso de hostilidad que se cernía de alguna forma sobre mí. Mi primer instinto habría sido escapar para no volver jamás a aquel edificio, pero yo nunca hago caso a ese tipo de estímulos. Era irracional, ridículo. Me quedaban dos meses y desperdiciar mi oportunidad por un presentimiento… lo habría considerado estúpido. Seguramente me lo reprocharía toda la vida, jamás sería capaz de perdonarme. Lo segundo que me planteé, fue dirigirme nuevamente hacia la sala. Sin duda algo debía haber allí. Alguna cosa que… o alguien, que emitiera aquellos ruidos. Esta vez, conforme me acercaba, el sonido iba acrecentándose, y aquella sensación, como la de una tijera cortando carne viva, seguía acompañándome. Una vez más, cuando llegué hasta el ala prohibida, el sonido cesó.

Me giré lentamente y, de repente, encontré una figura espectral que, con ojos ausentes y la quijada deformada, proyectó un pestilente chillido de miseria. Apenas pude oír en medio de mi terror las palabras: “¡Márchate!”.

Perdí mis papeles y comencé a gritar. Detrás mía una mano me sacudía fuertemente, me giré, y vi al abad.

—¿Qué le sucede? ¿Está loco? —inquirió—. ¿Por qué grita de esa manera?

Me volteé hacia donde había visto a aquella figura. Nada había en los alrededores. Los mismos libros, las mismas estanterías, los mismos frescos…

—¿Ha visto…? —pregunté, pero incapaz de emitir sonido alguno me auto interrumpí.

Mis ojos estaban abiertos como platos y no me atrevía a cerrar mis párpados, no fuera a ser que la figura, a través de mi memoria, volviera a visitarme.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tendría que haber visto? ¡Sr. Johnson, compórtese y contésteme de una buena vez!

Comencé a pensar que la soledad me estaba afectando. Avergonzado, me disculpé y me excusé diciendo que quizás, se había debido al cansancio.

Con una mirada inquisitorial, aquel representante eclesiástico comenzó a estudiarme.

—Por casualidad no habrá entrado en el ala prohibida ¿verdad? —me interrogó—. Recuerde lo que le dije: si quiere conservar el trabajo cumpla con las normas y con sus obligaciones.

—Por nada del mundo estaría dispuesto a perder mi oportunidad por ver una ridícula sala.

—Una decisión inteligente. Váyase a acostar de una vez Sr. Johnson, y recuerde que mientras permanezca en el Salón teólogico debe cumplir un voto de silencio —me recordó—. No vuelva a armar otro escándalo parecido éste.

Me dirigí a mi habitación y me acosté. Esa noche, me fue completamente imposible dormir.

***

Otras noches como la anterior volvieron a sucederse. Aunque en esas ocasiones, decidí ignorar las voces. El tercer mes llegó y conseguí por fin completar mi obra. Me dije a mí mismo que no volvería a salir de mi habitación cuando entrará la noche. Sin embargo, una fuerza poderosa me atraía y, en ocasiones, me veía de nuevo escuchando esos sonidos en la zona de lectura del monasterio. Aquel sitio parecía estar a punto de volverme loco. En dos ocasiones, recogí mis cosas y me planteé seriamente marcharme para no volver jamás. Sólo con una extrema fuerza de voluntad, y recordándome constantemente que únicamente me quedaba un mes, logré mantenerme firme. Así fue hasta esa aciaga noche…

Como todos los días del tercer mes, al ponerse el sol, me dediqué a organizarlo todo, recogerlo y dirigirme directamente a mi habitación. Había desistido de cenar con los demás con la idea de no pasar por la biblioteca por la noche. Esa noche, vi que me había dejado en mi habitación un libro. Según las normas estipuladas por el Salón teológico, yo tenía la obligación de dejar al anochecer, el libro en su estantería correspondiente. Si no quería perder mi trabajo, no tenía más remedio que llevar a cabo aquella acción. Me armé de valor y llevé el libro hasta donde tenía que dejarlo. Sorprendentemente, a lo del trayecto no sucedió absolutamente nada, pero al llegar, me fijé que estaba justo al lado de las puertas del ala prohibida.

Una extraña inquietud se apoderó de mí. ¿A qué se debía tanto secretismo? ¿Por qué nadie podía acceder aquella zona?

Sin duda lo  que ocultaban ahí tenía que ser muy importante como para que sólo pudiera entrar el abad del monasterio. ¿Y si todos aquellos extraños sucesos de la biblioteca se debían a aquella sala? Era muy extraño que los sonidos que siempre escuchaba, se acercaran a un mismo sitio. En aquellos instantes, bien sea por una locura transitoria, o quizás debido a un impulso del momento, decidí entrar.

La puerta tenía las bisagras oxidadas. Al abrirse, el sonido de estas se extendió a lo largo de la abovedada habitación. A lo largo vi un laberinto de estanterías llenas de libros empolvados que parecían no haber sido abiertos desde hacía siglos. Al lado de la entrada había un pequeño candil que conseguí encender para luego ir observando cada uno de los volúmenes. Eran libros de autores de los que nunca había oído hablar. Escritores de diversas lenguas que, sin embargo, a primera vista, parecían tener un estilo único. Cogí uno de aquellos al azar; comencé a leerlo. Era una novela inglesa cuya estructura era muy propia del siglo XIX. Era fantástica, una obra única que se adelantaba a su época. El tiempo pasó volando, y me di cuenta de que tenía que volver. Pero entonces, noté que aquel laberinto de libros nunca terminaba. Entré en pánico. No había forma de escapar de aquella sala. Viendo que no conseguía llegar y, asumiendo que al no cumplir mis funciones, vendrían a buscarme, comencé a leer más de aquellos maravillosos libros. Pero la noche llegó y no me habían buscado.

Entonces apareció.

Aquel ser espectral se presentó ante mí. Ya no se veía tan desgarrado y tenebroso como antes. En su lugar, vi a una joven que se acercaba a mí, con un rostro triste y melancólico.

—Te lo advertí —dijo—. Te dije que te marcharas cuando tenías la oportunidad.

Le pregunté quien era y que hacía en la biblioteca. También la razón por la que deseaba echarme de allí.

—¿Echarte? —inquirió asombrada—. No, sólo deseaba salvarte, pero ahora es demasiado tarde. Yo fui como tú una encargada de biblioteca. Entré por razones muy parecidas: deseaba conseguir escribir una obra magnífica y por ello, acepté un empleo con unos libros únicos como otros. Entré como tú en esta oscura sala, y no conseguí salir. Desde entonces mi obra esta aquí, junto con la de otros muchos que formaron este oscuro centro de maldad y cultura, y me encargo ahora de custodiarlos y de formar, durante la eternidad, otras historias como estas.

—¿Cómo puedo salir de aquí? —pregunté—. ¿Hay alguna manera de escapar?

Su inquietante voz fina y nostálgica, me atravesó como un cuchillo cuando escuché aquellas horribles palabras:

—Nadie sale del ala prohibida. Tu destino ahora no es otro que el de componer tu magnífica obra hasta que llegue el ansiado día de tu muerte. Y cuando ocurra, la custodiarás hasta que llegue el día del juicio final.

Esa fue mi historia. La de un individuo cualquiera que sólo quiso encontrar su oportunidad y finalmente la consiguió. Supongamos que el individuo que escribió estas líneas se llama Estanislao Johnson. Sí, es un buen nombre. Y esto que estás leyendo, es el esfuerzo que dediqué durante el resto del tiempo que me quedó. Un nombre que, a todas luces, nos sirve tan bien como cualquier otro para contar las vivencias de un sujeto común que se vio arrastrado hacia un destino tan insólito como tenebroso. Por desgracia, no puede servir como advertencia. Porque si ahora mismo lo estás leyendo, significa que también es demasiado tarde para ti.

Es la hora, lector. La hora de que compongas un texto magnífico, y que formes parte del grupo que ha quedado atrapado en la diabólica ala prohibida del Salón teológico del Monasterio Strahov.

La hora de que tú también seas el Fantasma de los Libros.

Axel A. Giaroli

Ilustración de Rafa Mir

E09-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E09-El fantasma de los libros.

Michael escondió la barbilla en el cuello de cisne del jersey mientras esperaba a que Stephen abriese la puerta. Estaba temblando. Había salido de casa con tanta rapidez que se había olvidado de abrigarse adecuadamente para protegerse del viento frío de principios de febrero. Miró alrededor. Solo su coche, atravesado y con las luces de emergencia encendidas, rompía el orden y la monotonía del pequeño barrio residencial. ¿Por qué tardaba tanto Stephen? Ya había hablado con él por teléfono mientras circulaba a toda velocidad por las calles desiertas, ignorando las luces rojas de los semáforos, para anticiparle su llegada. Era consciente de que las tres de la madrugada no era una hora normal para presentarse en casa de nadie, pero la urgencia de la situación no admitía demora.

Algo iba terriblemente mal.

Michael siempre dedicaba el final del día a navegar y responder a la interminable cascada de correos electrónicos que le enviaban sus colegas de departamento, los alumnos a los que dirigía en sus tesis de fin de carrera y los compañeros de investigación de varios proyectos en los que participaba. Era una tarea que odiaba, pero que nadie más podía hacer por él. Como decía siempre, eso nada más que era un pequeño peaje a pagar para poder dedicarse al mejor trabajo del mundo: ser profesor del departamento de lenguas clásicas en Princeton. Solo conocía una persona a la que le gustasen menos todos esos galimatías informáticos que a él: su amigo Stephen. Por eso esa noche, cuando llegó cansado de la universidad y vio su correo, lo abrió inmediatamente. Apenas hacía unas horas que lo había dejado en el departamento. ¿Qué necesitaba decirle que no le hubiese dicho esa tarde y que no pudiese esperar hasta el día siguiente? A medida que leía el mensaje, los sorprendidos ojos de Michael se abrían más y más. No podía ser verdad. Stephen tenía que haberse vuelto loco.

Hacía un par de meses que un equipo de investigación de la universidad de Sevilla se había puesto en contacto con ellos para solicitar ayuda con un descubrimiento que había revolucionado el mundo científico. El equipo, coordinado por el doctor Valentín Requena, había dedicado sus esfuerzos a estudiar una de las grandes incógnitas de la historia: el motivo por el que la Orden del Temple había pasado de ser el poderoso brazo armado de la cristiandad a una organización perseguida cuyos miembros habían llegado a ser prácticamente aniquilados y sus riquezas repartidas como botín de guerra. Y para intentar desvelar ese misterio habían comenzado por estudiar con detenimiento las actas de la Santa Inquisición cuyas fechas se correspondían en el tiempo con el ocaso de la Orden. Lo que los sevillanos habían averiguado arrojaba una nueva luz sobre los hechos de aquella época.

La Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón, tal y como había sido conocida inicialmente, se había fundado con la misión de proteger a los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, pero también perseguía fines más oscuros y menos conocidos, como el de destruir todo lo que atentase contra la doctrina de la Iglesia. Hasta que llegó un momento en que los puntos de vista de la Iglesia y de la Orden sobre aquello que debía considerarse herejía eran tan distantes que los últimos grandes maestres del Temple, abrumados ante la posibilidad de que pudiesen llegar a perderse cientos de años de ciencia y de arte, y que eso acabase por sumir a Occidente en una era de oscurantismo y tinieblas similar a la que había sucedido a la destrucción de la biblioteca de Alejandría, tomaron la determinación de limitarse a esconder todo lo que la Iglesia consideraba peligroso, a la espera de que llegasen tiempos mejores en los que la cordura pusiera las cosas de nuevo en su sitio.

Hasta que sus planes llegaron a oídos de la Santa Inquisición.

Hacía tiempo que el rey de Francia, Felipe IV, acuciado por las enormes deudas que mantenía con la Orden, intentaba en vano advertir al papa Clemente sobre el inmenso poder que los caballeros habían acumulado a lo largo de doscientos años y la amenaza que eso suponía para la estabilidad de los reinos de Occidente. Un poder que crecía a medida que pasaba el tiempo y que comenzaba a rivalizar con el de la mismísima Iglesia Católica. Así que, con el entendimiento contaminado por las palabras del rey, y después de leer los informes de la Santa Inquisición, al papa no le quedó duda alguna acerca de la necesidad de intervenir con urgencia para cortar el brazo gangrenado antes de que la enfermedad acabase por contagiar al resto del cuerpo. “Si la mano derecha te escandaliza, arráncatela”, llegó a decir el papa para mayor satisfacción del rey de Francia. Herejía era el nombre de aquella enfermedad y solo había una cura posible para ella. Así que los miembros del Temple fueron perseguidos en nombre de Dios, apresados y torturados hasta que acabaron por confesar su culpa y después quemados en el fuego purificador que incendió el sur de Europa con cientos de hogueras. Para la orden caída en desgracia todo acabó la tarde del 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay, su último gran maestre, elevó la voz entre el crepitar de las llamas que iluminaban la fachada de Notre Dame para maldecir a aquellos que lo habían acusado, un hecho que vino a engrandecer aún más el aura maldita que rodeaba a los templarios, puesto que ni el papa Clemente ni Felipe IV vivieron para ver la llegada del nuevo año.

Una vez aniquilada la orden, todo aquello que habían escondido en lo más profundo de sus fortalezas fue destruido de forma sistemática por la Inquisición.

Pero no todo se perdió.

Entre los documentos que el equipo del doctor Requena estaba estudiando se encontraron con un texto criptografiado que no tenía nada que ver con el resto, y su importancia residía en la autoría del mismo, que habían atribuido sin ninguna duda al mismísimo Jacques de Molay.

El único motivo que había salvado aquel texto de la destrucción había sido la sospecha de que su mensaje oculto podría ser la llave que les llevase a nuevos escondites del Temple; eso y que nadie había sido capaz de descifrarlo todavía.

Excitado con aquel descubrimiento, el doctor Requena formó un equipo multidisciplinar compuesto por lingüistas y programadores que, ayudados por un sofisticado programa informático, lograron tener éxito allí donde la Inquisición había fracasado. A los ojos de los sorprendidos investigadores comenzó a aparecer un mensaje que había permanecido oculto durante cientos de años. Aquella carta, dirigida por el gran maestre a alguien de su total confianza, revelaba con exactitud la localización de algo que habían traído consigo en una de las últimas cruzadas. Una misión dentro de la misión principal, pero tan importante como para justificar el ingente coste económico y en vidas humanas de la cruzada. En la carta se describía el complicado proceso por el que una milenaria orden de sacerdotes se había puesto en contacto con el Temple, porque se sentían amenazados y necesitaban que los caballeros se hiciesen cargo de unas reliquias que ya no podían continuar bajo su custodia.

El doctor Requena, por los datos de la carta, había situado casi sin margen de error el lugar hasta el que había viajado el Temple para encontrarse con los sacerdotes, la antigua ciudad sumeria de Ur, y, lo que era más importante aún, también había localizado el escondite que había elegido el Temple para las reliquias, el Alcázar de Caravaca de la Cruz, una de las fortalezas que habían pertenecido a la orden en España. El gran maestre, al conocer la magnitud de la conspiración urdida contra su orden, rogaba al destinatario de la carta que no permitiese que las reliquias volviesen a ver la luz del día y que las mantuviese a cualquier precio tal y como estaban dispuestas, y eso último parecía de capital importancia. Para despedirse, Jacques de Molay se encomendaba a Dios o a cualquiera que pudiese ayudarle en su misión, pues estaba seguro de que tiempos muy oscuros se cernían sobre la Orden y sobre la humanidad.

Y tal había sido el celo que habían puesto en buscar un escondite adecuado a la importancia de la misión, que incluso conociendo su localización aproximada y contando con la más moderna tecnología, el equipo del doctor Requena había tardado seis meses en descubrirlo.

Las reliquias habían resultado ser tres cofres de madera de pequeño tamaño, sellados con lacre y cuya superficie estaba grabada con signos que pertenecían a la primera de las grandes civilizaciones, la sumeria. Fue entonces cuando el doctor Requena, consciente del enorme desconocimiento que existía acerca de aquella cultura, no dudó en contactar con la mayor autoridad mundial en civilizaciones mesopotámicas, el doctor Stephen Waterman, de la universidad de Princeton.

A partir de ese momento los equipos de investigación de Sevilla y de Princeton mantuvieron un contacto permanente vía satélite y, como fruto de esa colaboración, no tardaron mucho tiempo en traducir los textos de las cajas, que resultaron ser la pormenorizada descripción de la terrible maldición que perseguiría por toda la eternidad a quien se atreviese a romper los sellos, y lo que parecía una leyenda sobre lo que guardaban en su interior. Contaba aquella leyenda que dioses y demonios eran seres formados por la misma materia divina, y que al principio de los tiempos habían habitado el paraíso en armonía. Hasta que, para demostrar su poder, se retaron para ver quién podía crear la criatura más perfecta. Los demonios crearon a los espectros, perfectas y etéreas representaciones de ellos mismos, y los dioses crearon al hombre y le dieron una chispa de su divinidad. Demonios y espectros, envidiosos del poder de los dioses y de la perfección de la criatura que estos habían creado, conspiraron para acabar con ellos, pero en la batalla final fueron derrotados y las huestes comandadas por los dioses acabaron por arrojar a los demonios al abismo. Pero no pudieron hacer lo mismo con los espectros, que se escondieron en las sombras a la espera de una nueva oportunidad, que llegaría cuando alguien iniciado leyese el rito escrito en un extraño libro que se describía como hecho con la piel de los perfectos. Los dioses, para evitar que eso pudiese suceder y antes de dejar al hombre a su merced, habían dividido aquel libro que no se podía destruir en tres partes y lo habían entregado a los sacerdotes para su custodia, para que sus páginas nunca más volviesen a ser unidas, ya que eso, traducido literalmente de la leyenda, haría que las palabras volviesen a cobrar vida y a contar sus secretos.

Después de exhaustivos análisis para comprobar que su interior no albergaba ningún tipo de peligro, el equipo del doctor Requena abrió los cofres en un ambiente de luz y humedad controlados para evitar que pudiese deteriorarse lo que había en su interior, y lo que se encontraron dentro superó todas sus expectativas. Había tres libros o, para ser más exactos, un libro desgajado y dividido en tres partes, cuyas hojas, que resultaron ser piel humana exquisitamente curtida y tratada para evitar el deterioro del paso del tiempo, contenían una densa escritura jeroglífica que los desconcertó aún más a todos. Parte de la sorpresa se debía a que no existía constancia alguna de escritura sumeria en libros, pues todo lo que se había encontrado hasta el momento estaba impreso en arcilla o adobe.

Stephen necesitaba tener aquella joya entre sus manos, así que convenció al doctor Requena de que lo mejor para la investigación era que los libros viajasen hasta la universidad de Princeton, en Nueva Jersey, donde podrían hacerle pruebas más exhaustivas. El doctor Requena, consciente de que sin la colaboración de Princeton no podría seguir adelante, accedió a regañadientes y le concedió un mes para su estudio.

Stephen, como jefe de departamento, dispuso entonces un estricto e intensivo plan de investigación en el que estaban involucradas no menos de cincuenta personas entre investigadores y miembros del personal de seguridad, y Michael había tenido la suerte de ser uno de los agraciados. Pero ya llevaban quince días estudiando a marchas forzadas la escritura del  libro y los avances habían sido más bien escasos. Todos los que formaban parte del equipo estaban deseosos de dar con la clave que les permitiese descubrir el enigma, y estarían dispuestos a cualquier cosa con tal de lograrlo, pero jamás se les hubiese ocurrido saltarse los protocolos de seguridad.

Por eso a Michael le pareció tan extraño el mensaje que le había hecho llegar Stephen.

“Ha sucedido algo muy raro. En el despacho de la universidad estaba seguro de que el libro estaba a punto de revelarme sus secretos, que solo era cuestión de tiempo. Por eso pensé que lo mejor sería llevármelo para poder estudiarlo con más detenimiento. Pero lo que pasó al llegar a casa fue que no logré recordar qué fue lo me había hecho pensar semejante cosa, porque el texto, salvo lo que ya habíamos conseguido traducir, se mostraba tan ininteligible y sin sentido como al principio. Y entonces me dormí, y en el sueño los glifos abandonaron las páginas del libro y comenzaron a bailar ante mí, convertidos en letras que formaban extrañas palabras que tenían el poder de transformar las cosas, y todo lo que tocaban se marchitaba y pudría. Cuando desperté, el libro ya no era el mismo. Estoy seguro de que el texto, aún extraño, es diferente. Y hay algo más. No sé cómo explicarlo, pero siento que hay alguien más conmigo aquí en la casa. Necesito que vengas de forma urgente, tienes que ayud”

Ilustración de Jordi Ponce

Y así de bruscamente se había acabado el correo. Y todavía más extraña había sido la conversación telefónica que habían mantenido después, en la que Stephen no reconocía el hecho de haberle mandado mensaje alguno.

Por primera vez en cuatro mil años alguien había reunido las hojas del libro. Con leyenda o sin ella, Michael pensaba que su amigo se había equivocado de forma grave, y confiaba en que aún no fuese demasiado tarde para solucionar el error.

Michael se dio la vuelta y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Era muy extraño, porque no había oído el ruido de los cerrojos al descorrerse, y estaba seguro de que cuando había llamado a la puerta, esta estaba cerrada. Todavía aguardó un rato en el porche, a la espera de que su amigo apareciese con cara somnolienta y le preguntase qué demonios era lo que pasaba. Pero nada de eso sucedió.

—¿Stephen? —preguntó a la oscuridad del recibidor mientras empujaba la puerta con recelo.

—Pasa, Michael. Al fondo, en la biblioteca.

La voz de su amigo lo tranquilizó, así que cerró la puerta tras él y avanzó con cuidado mientras acostumbraba sus ojos a la penumbra de la casa. El final del pasillo estaba iluminado por una agradable luz anaranjada. Al llegar a la biblioteca, encontró a su amigo sentado en una de las butacas, de espalda a la chimenea.

—Buenas noches, Mike. Acompáñame con un whisky, por favor. No permitas que este viejo beba solo.

—No, gracias. En realidad será una visita breve.

—Bien, pues entonces siéntate —Stephen señaló la otra butaca con un gesto de la mano— y cuéntame qué es eso que te preocupa tanto.

—Verás, se trata del libro. No creo que haya sido una decisión muy acertada traerlo a tu casa.

—¿No? Me imagino que tendrás tus razones para pensar de esa forma.

Michael pensó con rapidez para evitar decir lo que en realidad pensaba: que a su viejo amigo lo había trastornado el proyecto hasta llegar a nublar su razón.

—Pues… por motivos de seguridad. Se trata de un ejemplar muy valioso que hay que manejar con sumo cuidado. Me imagino que a la universidad no le gustaría saber que te lo has llevado.

Stephen tomó un trago de whisky y lo retuvo un instante en la boca para paladearlo.

—Te veo, Mike, pero no soy capaz de reconocer al hombre al que le brillaba la mirada ante cada nuevo reto, ante la posibilidad de un gran descubrimiento. Aquel hombre capaz de pasar una semana sin dormir con tal de que nadie pisara su investigación.

Michael bajó la mirada un poco avergonzado.

—Aquellos tiempos se fueron, Stephen. Ahora hay reglas…

—¡Dedicación, esa es la única regla! —Stephen elevó la voz—. ¡Amor por el conocimiento, ansia de saber!

Michael comprendió que, fuese lo que fuese que envenenaba la sangre y el entendimiento de su amigo, no iba a ser capaz de convencerlo. No le quedaba más opción que descubrir su verdadero temor.

—Ese libro es peligroso, Stephen. Aún no sé cómo, puede ser que se trate de algún tipo de radiación, o un veneno lento, o quizás algo que todavía no hayamos descubierto, pero sea lo que sea corrompe el espíritu de los que están cerca de él.

—No, amigo mío. Te puedo asegurar que ese maravilloso libro en absoluto cambia la naturaleza de lo que lo rodea.

La cara de Stephen estaba semioculta en las sombras, porque tenía el fuego de la chimenea a su espalda, pero por un instante Michael creyó ver un brillo extraño en los ojos de su amigo.

—Hablas con tanta seguridad que parecería que supieses cosas que yo desconozco, cosas que yo sin duda compartiría contigo. —El silencio comenzó a convertirse en algo molesto—. ¿Me disculpas un instante? Necesito ir al baño.

—Estás en tu casa.

Michael había perdido la esperanza de hacer entrar en razón a su amigo, así que decidió que ya tendría tiempo de explicarse al día siguiente. Estaba seguro de que Stephen acabaría por entender que lo había hecho por su bien. Ahora lo único importante era hacerse con el libro y devolverlo a la universidad antes de que alguien lo echase en falta. En el pasado, y casi siempre por motivos de trabajo, se había quedado a dormir en varias ocasiones en casa de su amigo, así que la conocía casi de memoria. Michael se movió con rapidez entre las sombras. Si Stephen no había cambiado su forma de trabajar, lo que había venido a buscar estaría en el despacho, al otro lado del pasillo.

La tenue iluminación del jardín bañaba con luz fantasmal la estancia y convertía el mobiliario en una sucesión de volúmenes con diferentes tonos de gris. Michael se dirigió sin perder un instante hacia la enorme mesa de trabajo repleta de libros. Cuando encendió la lámpara de la mesa para cerciorarse de coger el libro correcto, se encontró con una horrible imagen que lo hizo retroceder. Su amigo estaba sentado en la silla, detrás de la mesa. La cabeza reposaba sobre sus manos y estas estaban apoyadas sobre la mesa, como si se hubiese quedado dormido al leer el maldito libro que tenía abierto ante él y que Michael reconoció al instante. La cara de Stephen no era más que una masa sanguinolenta de carne a la que le faltaba la piel y los ojos. La sangre formaba un charco que bañaba el libro, cuyas hojas, que recordaba ajadas y resecas, ahora resplandecían lustrosas. Michael cayó de rodillas y enterró la cara entre las manos en un intento de borrar la escena que tenía ante él. Una voz, que parecía la suma de muchas otras, comenzó a hablar detrás de él y lo asustó.

—Esto no tendría por qué acabar así, “Mike”. —Su nombre sonó extraño en boca de aquella cosa que no era su amigo—. No era necesario que fueses tú, y nosotros todavía no estamos preparados, pero no importa, mientras llega nuestro momento intentaremos saciar tu ansia de conocimiento. No sería justo que tu alma abandonase el cuerpo desconcertada, con tantas preguntas sin respuesta. —La silueta, recortada contra la luz de la chimenea de la biblioteca, elevó la mano lentamente y se arrancó la cara de su amigo. Al instante la oscuridad de su rostro se transformó en miles de hilos negros que comenzaron a crecer en tamaño y longitud hasta alcanzar el suelo, las paredes y el techo de la habitación, y después comenzaron a arrastrase lentamente hacia Michael. Cada cosa que tocaban en su camino se retorcía y adquiría un color enfermizo. Michael lo observaba todo hipnotizado mientras aquel ser, la encarnación de un poder maligno más antiguo que la humanidad, continuaba hablando con cientos de voces—. Si te sirve de consuelo, nunca tuviste la más mínima posibilidad. Hombres más sabios que tú lo intentaron primero, y fallaron. Nosotros ya estábamos aquí cuando tus dioses caminaban sobre la tierra. El hombre tenía un nombre para nosotros, Lamashtu, los sin rostro. Cuando tus dioses expulsaron con su maldita luz a nuestros padres, nos quedamos solos, abandonados entre las sombras. Solo podíamos esperar con paciencia y susurrar a los oídos de los más débiles, como fantasmas, y confiar en que la ignorancia y la arrogancia de tu pueblo fuesen tan grandes como para que olvidaseis lo que os dijeron vuestros padres y cometieseis el error de reunir lo que una vez fue dividido. Durante miles de años lloramos, “Mike”, y el dolor de ese lamento solo es comparable con nuestro deseo de venganza y de recuperar lo que una vez fue nuestro. Nuestros padres están perdidos en la oscuridad, demasiado lejos para escucharnos pero, con vuestra ayuda, haremos que vuelvan. La misma luz de los odiados dioses que los expulsó del paraíso será la que los atraiga de nuevo a este mundo. Vuestra luz, “Mike”, la que vuestros padres os regalaron antes de abandonaros. Solo necesitamos reunir un número suficiente de almas, y créeme, sabemos cómo hacerlo.

—¿Dónde está Stephen? —La voz de Michael sonó rota y asustada. Habían jugado a ser dioses sin detenerse a valorar las posibles consecuencias de sus actos y ahora la magnitud del terror que habían despertado los había superado.

—No te preocupes más por él. Tu amigo está aquí, con nosotros, donde siempre quiso estar. Por fin alcanzó el conocimiento supremo y le duele saber que él ha sido la llave que nos ha dejado entrar de nuevo al paraíso. Y nosotros disfrutamos con su sufrimiento. Tendrás que disculparnos, porque todavía no tenemos las herramientas adecuadas. —En la mano destelló algo con un brillo metálico que se apagó casi al instante, cuando la oscuridad eclipsó cualquier rastro de luz en la habitación. Michael no podía ver, pero siguió escuchando las voces cada vez más cerca—. No te voy a engañar, esto te va a doler, pero no será nada en comparación con lo que vendrá después. El tiempo del hombre se ha acabado, “Mike”, ahora os toca a vosotros llorar.

Roberto del Sol

La vecina

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +15

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La vecina.

Eran las diez de la mañana cuando el doctor Froy, en su pequeño despacho, empezaba a escuchar al que sería su nuevo paciente: un joven que atendía al nombre de Billy y que hacía una semana había ingresado por orden expresa de la policía.

Había sido una semana difícil en la que el joven parecía sumido en una especie de coma; no hablaba con nadie y parecía estar continuamente asustado. Sin embargo, aquella mañana cuando Froy había ido a verle, por primera vez desde que había llegado al hospital, Billy le miró a los ojos, se abalanzó a la puerta de su improvisada celda y le gritó:

— Tiene que creerme doctor Froy, yo no los maté.

Como aquel chico podía conocer el nombre del doctor era una incógnita, ya que era la primera vez que se veían y Froy ni siquiera llevaba puesto su distintivo. Eso hizo que sin pensárselo dos veces, les pidiera a los enfermeros que lo llevaran a su despacho lo antes posible. Nadie sabía por qué, pero Billy parecía dispuesto a romper su silencio.

La luz del sol entraba por la ventana marcando más aún el pálido rostro de Billy. Tenía la cara de una persona que realmente está diciendo la verdad y esa expresión que solo el miedo puede dejar grabado. Cerró los ojos como buscando en su mente el preciso instante en que comenzó todo y, de forma pausada, empezó a hablar con la mirada fija en una figurita de mármol que adornaba la mesa del despacho.

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“Hoy hace justo tres semanas que la vi por primera vez. Mis padres y yo vivíamos en una pequeña casa al lado del lago, rodeados por un bosque y, hasta aquel día, nuestra única compañía era una vieja cabaña al otro lado del lago que hacía ya muchos años que estaba deshabitada.

Recuerdo que aquel lunes me pareció ver movimiento en aquella vieja cabaña. Sin embargo no había visto ningún coche acercarse, ni nada que me indicara que teníamos vecinos nuevos. Se lo dije a mis padres pero ellos no habían visto ni oído nada raro. Supongo que tampoco me extrañó, ellos siempre estaban ocupados con su trabajo. Digamos que, la mayoría de los días, era como si viviera yo solo en la casa.

No quiero que piense que soy de esas personas que va por la vida espiando a los demás, pero por algún motivo, sentía curiosidad, así que agarré a Sultán, mi perro, un pastor alemán que hasta entonces creía el más fiero del mundo, y fui dando un paseo por el bosque hasta acercarme a la cabaña sin que nadie pudiera haberme visto.

He de reconocer que aquel sitio daba bastante miedo y eso que muchas veces, de niño, había pasado horas jugando en sus jardines. Ahora no era más que una vieja cabaña que el paso del tiempo había dejado en muy malas condiciones.

Llevaba alrededor de diez minutos jugando con Sultán en las inmediaciones de la cabaña y todo parecía indicar que mis padres tenían razón. No se apreciaba nada que me hiciera pensar que alguien podría estar viviendo allí.

Y fue justo en el momento en que decidí irme cuando Sultán se puso más nervioso de lo habitual. Daba saltitos mientras ladraba como si quisiera irse de ese lugar. De pronto, y aunque el cielo estaba totalmente despejado, una especie de trueno resonó en el cielo haciendo que Sultán saliera corriendo en dirección a casa.

Quise salir tras él, pero un ruido llamó mi atención y me di la vuelta. Toda mi sangre se heló al darme cuenta que una joven de largo cabello oscuro, me observaba a través de una de las ventanas. Reculé asustado y caí al suelo. Cuando me levanté y dirigí la mirada a la casa… nada, en aquella ventana parecía no haber nadie. Salí corriendo en busca de Sultán, que desde el interior del bosque ladraba asustado.”

El doctor interrumpió a Billy:

— Supongo que esa es la chica misteriosa que mencionaste a la policía cuando te arres… cuando te encontraron.

Froy quiso evitar la palabra arrestaron, por miedo a que eso pudiera alterar a Billy.

— Tú lo has dicho.

Dijo Billy levantando la vista y mirando a los ojos a Froy.

— Pero eso fue solo el principio…

“Cuando llegué a casa Sultán ya estaba en la puerta esperando. Miraba hacia el interior y daba vueltas sobre sí mismo, del mismo modo que hacía cuando alguien venía a visitarnos.

Entré en casa y pude escuchar que mi madre estaba hablando con alguien en el salón.

— Hombre hijo, menos mal que has venido a presentarte.

No podía creer lo que estaba viendo, sentada en el salón, con una taza de café en la mano, estaba la misma chica que había visto antes en la ventana de la vieja cabaña.

— Al final tenías razón— dijo mi madre –Esta es Linda y ha venido a pasar dos semanas al lago, a la vieja cabaña.

No sé el tiempo que estuvo en casa, para mí parecía haberse detenido en la imagen de aquella chica, que pocos minutos antes me miraba desde la ventana.

Recuerdo que durante ese tiempo no vi nada especial en ella, sin embargo, cuando se fue, pasó algo que me hizo cambiar de opinión.

Puede ver mientras se alejaba, como se daba la vuelta, me miraba fijamente y hacía un gesto con su brazo para después agacharse y escribir algo en el suelo. Justo después, cogió un puñado de tierra y lo lanzó hacia donde yo estaba.

En ese momento sentí que tenía ante mí a la mujer más hermosa que había visto jamás. Sus enormes ojos verdes y su bonita sonrisa me enamoraron de repente, algo que hasta entonces nunca me había pasado ni pensaba que me pudiera pasar jamás.

Me recordaba a toda esa gente que dice que existen los flechazos, pero en mi interior yo solo pensaba en una cosa: parecía cosa de brujería.”

Billy se quedó en completo silencio, se levantó de la silla y se despidió del doctor:

— Mañana seguiremos hablando, si usted quiere.

Y se fue guiñándole un ojo. Froy ni siquiera tuvo oportunidad de decir nada, solo pudo ver como el chico se marchaba.

Aquella mañana tenía algo de tiempo, así que decidió leer el informe de la policía para ver si podía averiguar más sobre Billy. Empezó a ojearlo sin apenas creer lo que estaba viendo.

Costaba incluso detenerse en las fotos del fatídico día. Froy no entendía como un joven de tan solo veinte años podía haber cometido aquellos crímenes tan atroces.

En las fotos se podían ver los restos de lo que parecían los padres de Billy. Estaba todo lleno de sangre y escrito en un rojo brillante, que parecía ser esa sangre, un extraño dibujo en una de las paredes, con la palabra “ella” escrita debajo.

Según el informe, había sido el propio Billy quien había llamado a la policía para informar de los crímenes, repitiendo una y otra vez que había sido su nueva vecina quien los había cometido.

Al final del informe, una nota escrita por el primer policía que había llegado a la casa:

“Asusta la frialdad del sospechoso ante el asesinato de sus padres.”

Y en un papel que parecía haberse añadido después, dejaban claro que la supuesta vecina no existía. La vieja cabaña del lago seguía tan vacía como los últimos ochenta años.

A la mañana siguiente, cuando Froy llegó a su despacho, Billy ya estaba esperándole rodeado de los dos policías que no le dejaban ni un momento solo.

— Buenos días Billy, veo que has madrugado hoy.

— Dicen que al que madruga Dios le ayuda.

Y soltó una carcajada mientras seguía al doctor por el despacho para sentarse de nuevo en la silla.

— Espero que al menos usted si me crea.

Dijo antes de empezar de nuevo con la historia que le había llevado a estar allí detenido.

“Como ya le dije ayer, aquella chica que se hacía llamar Linda, hizo con solo mirarme que me enamorara de ella.

Sé que es difícil de creer ya que en las siguientes dos semanas tan solo conseguí verla una vez más. Yo mismo no me lo creería si no lo hubiera vivido.

La misma noche en la que la conocí, empecé a tener unos sueños extraños, en los que ella se aparecía con formas de diferentes animales, llamándome sin decir nada, como si tuviera telepatía.

Al principio no le di importancia, hasta que me di cuenta, que fue desde aquel día cuando empecé a encontrarme mal. Casi no comía y los sueños eran ya pesadillas que apenas me dejaban dormir. En ellos, Linda se colaba en mi casa y hacía algo que parecían extraños rituales alrededor de la cama de mis padres, mientras yo asistía a ellos sin decir nada. Incluso, en uno de aquellos sueños, pude ver como los atacaba y los mataba en mi presencia, para después seducirme y hacerme el amor al lado de sus cuerpos.

Empecé a creer que me estaba volviendo loco. No podía dejar de pensar en ella y sufría terribles dolores de cabeza que me hacían estar enfadado con todo el mundo. Recuerdo que incluso en una discusión con mi madre, le grité deseándole que se muriera.

Ojala nunca lo hubiera hecho, tal vez ahora ella y mi padre estarían vivos.

A la semana de aquello, me di cuenta que me habían salido unas manchas rojizas por el cuerpo. Me asusté, pero no quería ir al médico. Busqué por Internet y acabé encontrando algún caso muy parecido al mío.

Gente con dolores de cabeza, extraños sueños y manchas por el cuerpo, que decían estar sufriendo algún tipo de trabajo de brujería. No quería admitirlo, pero eso mismo ya lo había pensado yo el día que conocí a Linda.

Ilustración de Paloma Muñoz

Busqué todo tipo de cosas relacionadas con el tema y fue entonces cuando encontré un libro. Al parecer era de los más conocidos y antiguos sobre el tema, se titulaba Malleus Maleficarum, pero se le conocía como El martillo de las brujas.

No encontré nada que realmente me asegurara que estaba siendo objeto de brujería o algo parecido. Pero sí un dibujo antiguo que me impactó bastante, en el que hablaban de una antigua bruja muy poderosa que se llamaba Linda. Al parecer, hacía ya varios siglos, aquella muchacha había matado a los padres de su novio por negarse a su relación. Después la habían acusado de ser una bruja y la habían quemado delante de todo el pueblo. Quedé impresionado al ver a mi vecina reflejada en aquel dibujo.”

Froy cortó al muchacho al escucharle decir eso.

— Un momento, dices que viste a Linda en un viejo libro de brujería. ¿No dijo nada la policía al respecto?

— La policía… nadie me cree, dicen que lo he imaginado todo. Por eso espero que usted sí lo haga.

El doctor no dijo nada, estaba acostumbrado a tratar con pacientes que decían ver cosas. Incluso, en una ocasión, uno le dijo que el mismísimo Jesucristo se le había aparecido pidiéndole que se suicidara, aunque, por suerte, no lo había conseguido. Si algo sabía Froy es que la mente humana puede ser capaz de muchas cosas. Como siempre le decía su hijo: “no le des más vueltas papá, simplemente están locos”. Ojala fuera todo tan fácil.

Habían pasado casi dos semanas cuando me decidí a volver a la cabaña del lago, tenía que encontrar a Linda para poder hablar con ella. No soportaba más los dolores de cabeza que estaba seguro que eran cosa suya.

La cabaña parecía vacía. Conseguí colarme por una de las ventanas, pero no pude ver nada. Estaba todo medio en ruinas.

Al asomarme a la misma ventana desde la que Linda me había mirado el primer día, me di cuenta que se podía distinguir mi casa al otro lado del lago. Y, lo peor de todo, a Linda mirando hacia mí, justo antes de entrar en mi casa.

Me fui corriendo pensando en un principio que quizá había ido a ver a mis padres para despedirse, ya que había dicho que estaría en el lago solo dos semanas.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Me extrañó no ver a Sultán por ninguna parte, así que entre despacio. Estaba todo en silencio y una especie de olor a incienso cubría toda la casa.

Sin saber por qué, me dirigí directamente hacia la habitación de mis padres y justo desde el pasillo pude ver a Linda que me decía entrando en su cuarto:

— Ellos tienen la culpa.

Me acerqué despacio, con miedo. Y pude ver el cuerpo de mis padres entre toda aquella sangre. El último recuerdo que tengo es que llamé a la policía y una semana después, desperté aquí.

— Un momento, ¿y Linda?

— Linda no estaba, supongo que saltó por la ventana. Sigo soñando con ella pero no la he vuelto a ver.”

Billy sonrió y miró al doctor.

— Espero que usted me crea y pueda ayudarme.

En ese momento, Froy notó esa frialdad de la que hablaba el informe. Se podría decir que incluso sintió miedo.

— No te preocupes, todo se solucionará.

A la mañana siguiente, Froy estaba deseando volver a hablar con Billy, pero cuál fue su sorpresa cuando le dijeron que de nuevo el muchacho parecía haber entrado en una especie de coma. Se había pasado toda la noche cara a la pared sin hablar con nadie.

Froy no estaba dispuesto a dejarlo así, con lo que fue a hablar con la policía. Lo único que pudieron decirle es que en la habitación del muchacho habían encontrado todo tipo de libros sobre brujería y hechizos. E incluso un diario en el que se quejaba del trato de sus padres, que estaba cansado de ellos y que algún día lo pagarían caro.

— No hay mucho más que estudiar sobre el caso— le dijo el policía. — ese muchacho está como una cabra.

— Puede que tenga razón. Solo una cosa más. Me comentó algo sobre un libro, El martillo de las brujas o algo así.

— ¡Ah, sí! No lo encontramos por ningún lado. Aunque si sabemos que existe realmente. Está claro que Billy estaba obsesionado con esos temas.

Aunque todo parecía indicar que realmente Billy estaba enfermo. El doctor sentía cierta curiosidad. Antes de volver al hospital, pasó por la biblioteca y empezó a buscar en una zona donde había libros sobre brujería.

Ya estaba a punto de irse cuando encontró un viejo libro en el fondo de una de las estanterías. Era como si aquel libro le hubiera llamado para que lo encontrara.

Entre sus manos tenía el libro al que había hecho referencia Billy, Malleus Maleficarum.

Lo primero que vio, fue el mismo dibujo que había visto escrito con sangre en la foto de la habitación donde los padres del muchacho habían sido asesinados.

Estaba claro que era de ese libro de donde había sacado todo. Cerró el libro con la idea de que no había nada más que hacer. Pero al intentar devolverlo a su sitio, se le escurrió y cayó al suelo.

Al recogerlo, se dio cuenta que se había abierto por una página que hablaba de una bruja tan poderosa que podía volver de entre los muertos para llevarse a los vivos. Y su nombre no era otro que Linda.

Froy respiró hondo, paso la página y ante sus ojos vio el dibujo de la supuesta bruja. Se dio cuenta enseguida que era igual que la descripción que Billy había hecho de su vecina.

No podía ser. Froy no creía en esas cosas. La única explicación posible, era que Billy hubiera visto también aquel dibujo y se lo hubiera inventado todo.

De pronto, alguien golpeó en la espalda del doctor. Se dio la vuelta con el libro entre las manos y la vio…

— ¡¡¡TÚ¡¡¡ ¿cómo es posible?

———————–

Diez minutos tardó la policía en llegar, alertados por la bibliotecaria, que asustada les había llamado diciendo que había un cadáver en la biblioteca.

Froy se encontraba en el suelo, con los ojos abiertos como si lo último que hubiera visto fuera un fantasma.

Según la autopsia, había tenido un infarto. Todos sabían que hacía años que sufría del corazón.

— Seguro que quería buscar algo relacionado con ese paciente suyo que mató a sus padres.

Dijo uno de los policías al reconocer al doctor, que poco antes había estado en comisaría.

Nunca nadie pudo encontrar ese libro que les mostraría toda la verdad de lo que había pasado, si es que realmente había ocurrido… Y Billy nunca volvió a hablar. Tan solo era un loco más, como decía el hijo de Froy.

Hay quienes cuentan en el pueblo, que han visto en alguna ocasión a una joven morena merodeando por el hospital, como si buscara a alguien. Quién sabe si Billy no está tan loco. Pero eso, es otra historia.

Jesús Cernuda.

Resurrección

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. Las ilustraciones son propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Resurrección.

En un último y desesperado intento por liberar a la mujer del abrazo mortal del zombi, Lohmú saltó sobre la espalda del monstruo y tiró de su cabeza hacia atrás con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. A primera vista, Lohmú no parecía más que un viejo deforme que se movía con dificultad y arrastraba una pierna debido a una tara de nacimiento, pero la realidad era que aquel cuerpo torpe en apariencia escondía una musculatura de fuerza sobrehumana y que la naturaleza, para equilibrar un poco más la balanza, también le había dotado de un organismo incapaz de sentir dolor. Lohmú hubiese podido destrozar a cualquier hombre en un combate cuerpo a cuerpo, pero nunca había tenido la más mínima posibilidad en aquella lucha desigual. No había fuerza en el mundo que pudiese rivalizar con el hambre de la criatura. La pelea apenas duró un instante, justo el tiempo que el zombi tardó en sacudírselo de encima. A partir de ese momento, el jorobado quedó a su merced. Aplastado contra la tarima por aquella fuerza sobrenatural, sentía con impotencia cómo la bestia desgarraba su carne y podía oír los chasquidos de los huesos al desencajarse. Ya no le quedaba más que esperar el fin. Sin dolor no habría agonía, y el daño apagaría su cuerpo poco a poco, hasta que la bestia llegase a un órgano vital. Hasta entonces sería el testigo mudo de su desmembramiento, como cuando alcanzó a ver sobre el suelo, y sin ningún tipo de emoción, la pequeña y sanguinolenta esfera que antes había sido su ojo derecho.

Ella, que había sido la dueña de un poder sin igual y había llegado a pactar con el mismísimo rey de los demonios, yacía solo a unos pasos de distancia, con el cuerpo roto y la cara cubierta por su melena roja como el fuego. Enormes manchas de color escarlata manchaban la piel de su espalda, desgarrada allí donde el monstruo había clavado los dientes. Lohmú rogó a los antiguos dioses a los que tan bien había servido que fuesen misericordiosos y permitiesen que esa fuese la última imagen que pudiese llevarse en su último viaje al infierno. Pero entonces, cuando todo parecía perdido, el monstruo perdió el interés en ellos.

De repente la criatura elevó la cabeza como si hubiese podido escuchar una invisible nota musical, como si la brisa del pantano hubiese susurrado su nombre. El muerto viviente caminó con determinación hacia a la ventana y comenzó a arrancar con violencia las maderas de la pared. Lo siguiente que Lohmú alcanzó a oír fue el sonido de un cuerpo al arrojarse al agua. Entonces el jorobado se arrastró hasta el cuerpo de la mujer y tocó la suave piel del cuello con sus dedos encallecidos. Todavía estaba caliente. Aún podía salvarla.

Lohmú se levantó con dificultad y evaluó los daños que había sufrido. Lo que peor aspecto presentaba era el brazo izquierdo, que colgaba inerte al costado, pero por lo menos no parecía que estuviese roto. El resto de las heridas eran más o menos profundas y le hacían perder bastante sangre, pero eso no lo mataría. Por lo menos no de momento. Así que buscó un apoyo entre los escasos muebles donde poder encajar el brazo y, con un certero y rápido movimiento, lo volvió de nuevo a su sitio. Solo se demoró un instante para abrir y cerrar la mano y comprobar que de nuevo funcionaba como debiera. Tenía que darse prisa, no había tiempo que perder.

Barrió con la mano todo lo que había sobre la mesa y arrojó frascos y redomas al suelo sin importarle lo valioso que pudiese ser el contenido. Ninguno de aquellos compuestos que se mezclaban y se filtraban entre las maderas del suelo y que acabarían cayendo a las pútridas aguas del pantano le servían por ahora. Lohmú tomó a la mujer y la depositó con delicadeza sobre la mesa. Por un instante contempló aquel hermoso cuerpo desnudo sin bajar avergonzado la vista, como cuando ella reparaba en su mirada. Con mucho cuidado para no tocar las profundas heridas que habían acabado con su vida, recorrió su piel tibia desde los tobillos hasta el cuello y apartó con devoción el pelo enmarañado y tieso por la sangre seca para dejar a la vista unos ojos negros como la pez. Nunca habría osado tocar a la mujer en vida, solo ahora que estaba muerta se atrevía a expresar todo el amor que sentía por ella.

Ilustración de Sonia del Sol

Algo lo despertó de su ensueño e hizo que apartase rápidamente la mano de la mujer. Le parecía haber oído a alguien susurrar. Miró a su alrededor. ¿Había sombras que intentaban alcanzarlo, o era solo el temblor de la luz de las velas? Aquel cuerpo podía estar muerto, pero estaba seguro de que su espíritu aún no se había ido. Podía sentir su presencia vagando por el pantano. Si todo salía bien, ella seguramente lo castigaría por haber osado tocarla, pero no le importaba. Siempre lo castigaba.

Tomó un libro del estante y lo hojeó en busca de un pasaje concreto. Lohmú era consciente del peligro que corría al intentar invocar aquellas fuerzas demoníacas, pero estaba desesperado y eso le impedía tener miedo. No tenía nada que perder. Su alma, si es que había llegado a tenerla alguna vez, hacía mucho tiempo que estaba condenada. Y la vida ya no le pertenecía. No desde que ella lo había liberado de la soga la noche en la que lo habían dejado por muerto, colgando de un roble en un cruce de caminos. Desde aquel momento él le había prometido obediencia para siempre, y no pensaba faltar a su palabra le costase lo que le costase.

Sabía que no poseía el don y que su cerebro simple y primitivo era incapaz de comprender cosas complejas, como los misteriosos conjuros que ella manejaba con soltura, pero la había visto traer a tantos hombres de regreso de la muerte que conocía las palabras casi de memoria. Si solo se trataba de eso, si las palabras por sí solas tenían el poder, todavía tenía una oportunidad.

Colocó el libro allí donde pudiese consultarlo y comenzó a recitar el salmo de la protección. Después tomó la arcilla ceremonial y empezó a cubrir el hermoso cuerpo de la mujer con los signos que alguien había dibujado en aquellas páginas hacía más de doscientos años. Cuando terminó, se arrodilló y comenzó a canturrear mientras se mecía levemente adelante y atrás.

Según ella, las fuerzas sobrenaturales fluían por el mundo como las aguas de un río y no todos podían verlas, pero había personas especiales que habían nacido con el don de poder manejarlas a su antojo. A Lohmú no le cabía duda alguna de que la mujer que reposaba sobre aquella mesa era una de ellas. La mujer también le había dicho que había lugares mágicos en los que esas fuerzas se manifestaban con más intensidad, portales en los que la frontera entre este mundo y el infierno era más frágil. Por eso se habían establecido en aquella vieja cabaña, en el corazón del pantano. Lohmú estaba seguro de que oirían sus plegarias, y había demonios ancestrales que les debían favores, criaturas innombrables que no los dejarían abandonados a su suerte.

En el pantano, el calor húmedo y pegajoso era algo tan natural e inevitable como la muerte. Por eso Lohmú se sorprendió cuando comenzó a sentir frío. Pero no dejó de cantar ni cuando una brisa helada como la mano de la muerte apagó las velas y dejó la habitación iluminada únicamente por la luz de la luna, que se filtraba entre las maderas de la techumbre. Casi al instante comenzó a escuchar susurros que acompañaban su cántico. Ya no estaba solo. Sombras más oscuras que la noche rodearon el cuerpo roto de la mujer y dibujaron siluetas de pesadilla en las paredes de la cabaña. Lohmú cerró los ojos y empezó a cantar con más fervor. En aquel momento juró que no se detendría hasta que ella lo llamase de nuevo por su nombre.

El rugido de un trueno todavía lejano lo sacó de su éxtasis y lo devolvió al mundo real, y abrió los ojos solo para comprobar que una luminosidad sobrenatural bañaba el cuarto. No era consciente de haberse dormido y sin embargo le daba la impresión de haber vivido una pesadilla tan nítida que todavía tenía la piel perlada por el sudor del miedo. Estaba confundido, lo mismo podría haber pasado un suspiro que toda una eternidad. El cuerpo de la mujer ya no reposaba sobre la mesa, sino que flotaba un palmo por encima de ella, con los brazos colgando a los costados, como si algo o alguien que no alcanzaba a ver la estuviese sosteniendo en el aire. Una enorme criatura sin forma definida que parecía haber salido del más profundo pozo del infierno recorría con cientos de tentáculos su cuerpo y ella parecía responder a los estímulos. Lohmú se asustó cuando reparó en que un líquido oscuro y denso como la sangre salía de las heridas y se derramaba sobre la mesa, pero se tranquilizó cuando se dio cuenta de que no era más que una ilusión óptica, en realidad era la savia del pantano la que nutría el cuerpo de ella mientras cerraba las heridas abiertas.

Ilustración de Sonia del Sol

Y de repente todo terminó.

Un suspiro sobrenatural hizo que la cabaña temblase. Lohmú vio cómo aquellas fuerzas invisibles volvían a depositar con delicadeza el cuerpo de la mujer sobre la mesa y la criatura infernal que se retiraba deslizándose con pereza sobre el suelo de madera hacia la seguridad de las aguas del pantano.

Algo había salido mal. No cabía duda de que el vínculo se había roto, pero era imposible que todo acabase tan rápido. Todavía se estaba preguntando en qué había fallado cuando oyó los primeros gritos.

¡Sal de tu guarida, bruja! ¡Esta vez has llegado demasiado lejos!

Lohmú se asomó a la destrozada ventana para ver con asombro que la orilla del pantano estaba iluminada por un río de antorchas que se acercaba a la cabaña. Una veintena de hombres del pueblo gritaban enardecidos con el valor de la multitud y quizás también animados por el calor del alcohol. Algo muy grave tenía que haber sucedido para que se atreviesen a llegar hasta aquellos parajes en plena noche.

Ilustración de Sonia del Sol

El sheriff Gordon encabezaba la comitiva y parecía que le estaba costando mucho trabajo mantener a aquellos hombres bajo control.

¡Esta noche una criatura que no estaba ni viva ni muerta acabó con la familia Monatrie! —gritó por encima de las voces de la multitud—, y otros cinco buenos hombres cayeron antes de que pudiésemos detenerlo. Queremos saber qué es esto y si habéis tenido algo que ver con ello.

Y el hombre de la ley levantó una cabeza que mantenía sujeta por la cabellera para que todos pudiesen verla. No había duda, se trataba del zombi que esa misma noche ella había traído de vuelta de la muerte.

¡Marchaos de aquí! —La voz de Lohmú salió de entre las sombras de la cabaña—. ¡Ella está a punto de regresar y os matará a todos! ¡Si os vais ahora, puede que todavía salvéis vuestra vida y la de vuestras familias!

Lohmú había mencionado a propósito a los que habían dejado en casa. El alcohol podía hacer que uno arriesgase la vida por una causa que considerase justa, pero era algo muy diferente poner en peligro a los seres que amaban. Un murmullo de temor recorrió las filas de los hombres, que retrocedieron unos pasos pero, cuando el miedo a la venganza de la bruja parecía que comenzaba a hacer mella en el ánimo de la gente, el sonido seco de un disparo hizo que todos se encogiesen.

La bala arrancó un trozo de astilla de la ventana.

¡Alto! ¿Quién ha disparado? —preguntó el sheriff—. Las cosas han de hacerse de acuerdo a la ley. No somos bestias. Todo el mundo tiene derecho a un juicio justo.

Un hombre alto que llevaba un rifle apartó a los hombres que estaban en primera fila y se enfrentó al sheriff.

Tú viste lo que quedó de aquellos chicos. ¿Qué habrías hecho si se tratase de tu Luci, Gordon? Esta noche tendremos justicia, lo quieras tú o no, así que puedes echar una mano o mirar hacia otra parte, pero no te metas en medio.

Parecía evidente que aquel hombre había asumido el papel de líder de la manada. El rugido de la gente dejó al sheriff con la boca abierta y sin respuesta. Esa noche la estrella que colgaba en su pecho no le daría la autoridad que necesitaba para detenerlos.

Dentro de la cabaña, Lohmú apretó los dientes en un gesto de rabia e impotencia. Eran demasiados. No solo habían roto el pacto, sino que además habían interrumpido el ritual sin que estuviese acabado. Presa de la desesperación, cogió el cuerpo inerte con sus fuertes brazos y salió con ella al hombro por una trampilla que daba a la parte de atrás de la cabaña. Con un poco de suerte, el agua oscura que le llegaba por las rodillas confundiría a los sabuesos si se atrevían a perseguirlo.

Mientras tanto, la tormenta crecía en intensidad a medida que avanzaba sobre el corazón del pantano. Los relámpagos rasgaban la noche con mayor frecuencia y el ruido de los truenos ahogaba cualquier otro. El viento agitaba las ramas de los árboles como si un titiritero loco tirase de las cuerdas. Las más secas se desgajaban del tronco y se convertían en peligrosos proyectiles difíciles de esquivar. El sheriff hizo un último intento por controlar a aquellos hombres, pero era incapaz de hacerse oír por encima del creciente estruendo de la tormenta. Algunos habían emprendido el camino de vuelta, quizás convencidos de que las cosas no podían hacerse de ese modo, quizás asustados por lo que pudiera suceder a sus familias o avergonzados por lo que creían que estaba a punto de ocurrir. Pero uno de los más atrevidos, quizás temeroso de que los ánimos de la gente se enfriasen y todo se quedase solo en un aviso, arrojó una antorcha que nada más tocar el tejado de la cabaña convirtió la construcción en una bola de fuego.

Cuando Lohmú echó la vista atrás, la cabaña no era más que una pira de fuego que crepitaba e iluminaba el paraje con una luz infernal. Enormes y grotescas sombras jugaban al escondite entre los árboles del manglar. Los hombres que se habían quedado lanzaban enfervorecidos vítores con los que festejaban el final del reinado de terror de la bruja. Estaban sedientos de venganza y no se detendrían ante nadie. De repente los perros comenzaron a ladrar y a tirar de las correas de una forma salvaje.

«Huelen mi sangre», pensó el jorobado.

Todavía les llevaba una importante ventaja y nadie conocía aquellas aguas mejor que él, y quizás no tardasen en perder su rastro o los hombres no se atreviesen a internarse en el pantano sin la seguridad de la luz del día, pero no podía confiarse.

La tormenta estaba casi encima de ellos y las primeras gotas gruesas rompieron la superficie del pantano.

A la luz intermitente de los relámpagos, Lohmú alcanzó el árbol milenario que crecía deforme en el corazón de la ciénaga y lo rodeó para buscar la entrada escondida entre las retorcidas ramas. Protegido en la oscuridad del escondite, dejó a la mujer con delicadeza sobre una especie de altar natural y se dispuso a rezar a demonios más antiguos que la humanidad. Solo pedía un poco más de tiempo para ella, para que pudiese completar el ritual. Pero sus esperanzas se desvanecieron cuando, tras el fragor de un trueno, pudo oír con claridad la voz de un hombre:

¡Salid de vuestro escondite, monstruos! Ni siquiera esta mierda de tormenta va a impedir que os demos vuestro merecido. Es hora de que paguéis por vuestros pecados.

Se acabó. Era el fin. El cualquier otro momento se hubiese enfrentado a ellos y hasta hubiese podido salir victorioso, pero no esa noche. Aunque las heridas no le dolían, había perdido demasiada sangre y eso le había robado todas las fuerzas. ¡Qué podía importar la forma de morir! Todo estaba perdido. Tomó por última vez la mano de la mujer entre las suyas y se levantó para hacer frente a su destino.

Cuando Lohmú salió del escondite, una cortina de lluvia lo empapó por completo. Podía imaginar lo que representaba para aquellos hombres, pues su sola presencia, aún herido, era suficiente para que casi todos retrocediesen unos pasos. Pero eran demasiados. El viento soplaba y agitaba la superficie del pantano y los bañaba a todos en agua putrefacta hasta la cintura.

Los perros entrenados para matar tiraban de las correas con sed de sangre. De su sangre. Lohmú vio a cámara lenta cómo el hombre reía de forma demencial mientras abría la mano que sujetaba las correas y permitía que las tres bestias se abalanzasen sobre él. También pudo ver su cara de sorpresa ante lo que sucedió después. La tormenta había crecido en intensidad, pero ya no los alcanzaba. Era como si estuviesen protegidos por una burbuja que la tempestad no podía atravesar. Los perros frenaron su alocada carrera a escasos metros de donde se encontraba el jorobado y regresaron a toda prisa para esconderse entre las piernas de su amo, aullando y gimiendo de terror. Los mismos hombres que un instante antes se habían mostrado tan valientes comenzaron a retroceder. Sus caras de pavor lo decían todo.

Lohmú se volvió y lo que vio hizo que se arrodillase en aquellas aguas cenagosas. Una niña caminaba lentamente hacia ellos sobre el agua. Apenas podía ver sus rasgos, porque detrás de ella los relámpagos solo recortaban la silueta, pero no podría olvidar jamás el fuego infernal que iluminaba sus ojos.

Ilustración de Sonia del Sol

¡Ama Mohana! —gritó al tiempo que bajaba la mirada en señal de obediencia.

Aparta, fiel Lohmú. Deja que estos hombres y sus bestias puedan acercarse a mí. Quiero escuchar sus exigencias.

El agua cenagosa borboteaba a su alrededor, y Lohmú pudo ver el lomo de las bestias infernales cortando el agua rápidamente en dirección a los aterrorizados hombres.

Ninguna de las personas que componían aquella partida de caza volvió a sus casas. Aunque, de haber podido hacerlo, tampoco hubiesen salvado la vida. La tempestad que azotó el pantano con una violencia que nadie recordaba en siglos, pronto se convirtió en un huracán que se tragó varios pueblos de los alrededores. Cientos de hombres, mujeres y niños perecieron aquella noche y nunca se pudo recuperar sus cuerpos. Los viejos dicen que la bruja se los llevó, que visitó cada una de las casas para robar sus almas y enterrar sus cuerpos aún con vida en el pantano. Y que los hará regresar de la muerte cuando el oscuro demonio al que sirve los necesite.

Martin Wormwood guardó silencio durante un instante para que la historia que acababa de contar calase hasta los huesos de aquellos jóvenes como una ducha de agua fría.

Y eso es todo lo que mi padre me contó sobre la leyenda de la bruja, muchachos.

El anciano envolvió con parsimonia la caja de cebo vivo en papel de periódico amarillento y colocó el paquete en la bolsa de papel, junto al resto de las compras. No tenía prisa, porque por aquellas tierras nadie la tenía. Cuando uno se adentraba en el condado de Ponniegough, tenía que olvidarse del reloj, esa era la primera norma.

Los había dejado impresionados. No había más que mirar sus caras. Llevaba sesenta años contando una historia que conocía mejor que la suya propia, y ponía tal pasión al hacerlo que pocos de los que salían de la pequeña tienda se tomaban el asunto a broma. Algunos incluso llegaban a cancelar la excursión por el pantano para volver a la seguridad de sus casas en la ciudad. Pero aquellos chicos eran diferentes. Podía ver el veneno de la adicción al peligro en sus miradas. A aquellos lobos de ciudad, con sus enormes y brillantes todoterrenos y sus caros relojes, les encantaba presumir de quién la tenía más larga. Martin sabía que, cuando acabasen con la mitad de la provisión de cervezas que habían comprado y fumasen un poco de aquello a lo que olían, necesitarían emociones más fuertes que los siluros que decían que habían venido a pescar. Les dijese lo que les dijese.

Por si todavía os queda alguna duda, chicos, nadie ha vuelto a ver a la bruja después de aquella noche y, si hablas con alguno de los lugareños que volvieron a establecerse en el pantano atraídos por la abundancia de langostas, se reirán en tu cara si les mencionas lo de la leyenda, pero ninguno se ofrecerá a llevarte hasta el corazón del pantano, donde las aguas cambian de color y se vuelven más oscuras. Todos se encogerán de hombros mientras te dicen que allí no se les ha perdido nada.

Pero todas esas personas perdidas… —dijo el que parecía más preocupado mientras el resto se burlaba de su gesto serio.

Sí, es cierto, hay bastantes desaparecidos. Pero si tenéis la oportunidad de preguntar al sheriff por esos casos, se limitará a contar la versión oficial y te dirá que ese porcentaje no es mayor que el de cualquier otro estado y que es difícil hacer de ángel de la guarda de todos los tontos que se acercan hasta el pantano atraídos por esa absurda leyenda. También te dirá que aquellas aguas son realmente peligrosas y que hace falta conocerlas muy bien para poder moverse por ellas por la noche. Y si lo invitas a un trago en el local de Mou, puede que incluso te cuente lo que él piensa, que a veces, los curiosos se encuentran por casualidad con los alambiques de los lugareños, y que a los de allí no les gusta que nadie se meta en sus asuntos. Pero nunca te contará lo que mi amigo de la infancia, el viejo Virgil Hankock, al que tuvimos que ingresar en el sanatorio mental de Mountreux, dice que vio. Tan solo te advertirá de que, de una forma u otra, si te pierdes en el manglar lo más probable será que nadie te encuentre, porque todo el mundo por allí sabe que hay caimanes de cien años y del tamaño de varios hombres que ya han probado la carne humana; y esas bestias, créeme, amigo, no dejarán de ti ni un solo hueso al que poder dar sagrada sepultura.

Roberto del Sol