Chicas, sangre y dulce de membrillo

Autor@: Juan Ramón Lorenzana

Ilustrador@: Verónica López

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: Negro

Rating: +18

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 Chicas, sangre y dulce de membrillo.

¡Estoy harta, muy harta! El espantoso frío parece pretender colarse en mis huesos y masticarlos como si estos fueran de madera y aquel, maldita carcoma. La impenitente lluvia no cesa de mojar las ya encharcadas aceras. El impertinente viento intenta permanentemente levantarme la falda. Y no hay nadie en la calle a quién poder hincarle el diente. ¡Estoy harta, muy harta!

Había salido a la calle a primera hora de la mañana con la mayor de las ilusiones. El día amanecía espléndido, el sol de otoño acariciaba cuanto tocaba cubriéndolo con un liviano y dorado resplandor que presagiaba un precioso día, quizá el último, antes del largo invierno. Me puse un monísimo vestido de Desigual que me había comprado en las rebajas de agosto y que, no sé por qué, no me había puesto todavía, lo que supuse que significaba que se había estado reservando para este día, que yo presumía especial, como si el vestido poseyera conciencia de sí mismo y yo no tuviera voluntad ni control sobre él. Una fina chaqueta negra con una enorme flor roja en el costado izquierdo fue lo único que pensé que podía hacerme falta por si al atardecer le daba al tiempo por refrescar. Para terminar la visión ideal que me devolvía el espejo, me puse en los pies unas preciosas sabrinas plateadas con la lengüeta en color rosa coral.

No refrescó, creo que eso ya está claro, simplemente llegó el desagradable y odioso invierno en el intervalo de tiempo que transcurrió entre que crucé la puerta de la confitería de Manuel, (si algún día se me pasan las ganas de mujer, al primero que me tiraré será a Manuel; tiene unas manos bonitas y huele a dulce de membrillo) y me tomé un café con leche y una tostada con mermelada de mandarina. Al salir estaba cayendo el diluvio universal. La temperatura había caído…, se había suicidado, y un viento huracanado procedente, seguramente, de las estepas siberianas hacía que la lluvia no cayera, como presupone el verbo, verticalmente, sino que era cruelmente paralela al suelo con el peligro que suponía de ahogamiento si se te ocurría caminar con la boca abierta. Llegué a mi casa empapada, helada y muy muy cabreada, lo que, aunque no justifique lo que hice a continuación, sí que hace más comprensible, al menos ante mis ojos, lo cruel y desagradable de mi comportamiento con Raquel. Y es que soy una vampira, y no existe en el mundo nada más peligroso que una vampira cabreada.

Me gustan las chicas delgadas y deportista de esas que la piel cubre unos torneados músculos alimentados por grandes y elásticas venas. También me gustan las escuálidas esas que ya sea por aflicción o por afición, no se echan bocado a la boca y sus finas y delicadas pieles parecen quedar holgadas con lo poco que tienen que tapar, tan poco que se puede ver a través de ellas unas finas y azuladas venillas que parecen suplicar que alguien les quite un mucho del amor que a raudales recorre su cuerpo llenando de pasión su corazón.

Me gustan las chicas gorditas y graciosas porque es una dulzura arrancarles la ropa y retozar entre sus adorables carnes en busca del tesoro que esconden entre sus rechonchos brazos y piernas, entre pliegues y blandas redondeces que beso y aprieto, que palpo y lamo hasta encontrar ese lugar perfecto donde clavar los incisivos y extraer la savia de su vida que me da la mía.

Me gustan las chicas tristes porque se entregan sin reparos esperando una muerte rápida que yo no les doy porque prefiero jugar con ellas hasta que una luz de esperanza aparece en su mirada y, entonces, no dudo en robarles hasta la última gota de su nueva y dulce sangre, dejándolas después adormecidas para siempre como a melancólicas hojas secas.

Me gustan las chicas malas porque creen que me pueden ganar, que están de vuelta de todo, que nadie ni nada las va a sorprender y que pueden pasar por encima de cualquiera. Qué gusto me da morderles la lengua justo en ese momento en que su soberbia y engreimiento se encuentran y se saludan en la cumbre de su ignorancia. Cuando su boca se llena de sangre, algunas intentan clavar uñas, intentan dar patadas, intentan resistirse, pero eso solo dura unos segundos; después, como todas, se entregan sin más señales de su miedo y desconcierto que las lágrimas y los mocos que también me como, pues son el mejor final para una noche de amor y sangre.

Me gustan las morenas y las pelirrojas, las rubias me gustan también. Me gustan las bajitas y las universitarias o amas de casa. Me gustan las dependientas de mis tiendas favoritas, las maestras de escuela y las que conducen autobuses. Me gustan mis vecinas, sobre todo la zorra del tercero B, que va por su quinto novio en los tres meses que lleva viviendo aquí. Me gustan las Frikis, las Góticas, las Hipsters, las Pijas, las Mods y las Canis. Me gustan las tontas del culo, las solamente tontas y sobre todo, las tontas que se creen listas. Me gustan las chicas que llevan sus libros apretados contra el pecho camino de la biblioteca, las que con la tabla de surf bajo el brazo avanzan en dirección al mar por el paseo de la playa de San Lorenzo; las que patinan, las que comen helados y las que subidas en impresionantes zapatos de tacón y embutidas en elegantes y ajustados trajes llaman un taxi levantando enérgicamente la mano. Me gustan las chicas de pechos inabarcables para mis pequeñas manos y las que tienen los ojos verdes, o azules, o de color como la miel. Me gustan las chicas y por eso todavía no me he tirado a Manuel, que es muy simpático, tiene el culo prieto, huele a dulce de membrillo y tiene unos ojos donde una podría perderse para siempre olvidando lo que de verdad le gusta.

Me gustan todas las chicas… Todas menos Raquel. Por eso, cuando llegué a casa tan empapada, tan cabreada y con tanta hambre, no pude evitar tirar mi otrora bonito vestido a la basura, y como me conozco y no quiero hacer una locura que haga sospechar a nadie lo que soy en realidad, intenté calmar mi rabia con una ducha caliente y luego con un ardiente chocolate con magdalenas. Pero nada conseguía calmarme los nervios ni la insoportable sed de sangre, una sed incomprensible para las personas normales porque no nace del estómago o de alguna específica zona del cerebro que te indica que debes beber algo para no deshidratarte y morir, sino de un lugar oscuro y ya muerto que reclama inmediata y vorazmente un sacrificio de sangre, un lugar al que es mejor escuchar y hacer caso si una no quiere convertirse en un ridículo montoncito de polvo.

No podía más, así que subí saltando de terraza en terraza hasta la casa de Raquel, situada en el último piso del edificio de siete plantas contiguo al mío. La muy puta no era muy precavida o no tenía la más mínima sospecha de que una vampira tuviera tantas ganas de romperle el cuello y saciar su rabia chupando hasta la última gota de su sangre. Probablemente eran ambas cosas y por eso le agradecí en silencio que tuviera abierta la puerta corredera que daba al salón. Pude perfectamente oír su estúpida risa, sus espantosos ruidos guturales, sus obscenas súplicas y el rítmico golpeteo de dos cuerpos fornicando como vulgares perros.

Yo ya sabía lo que me iba a encontrar cuando cruzara el dintel de la puerta del dormitorio de Raquel, la única duda era si vería primero la cara de esa zorra o el culo del jefe de Manuel. No lo he dicho antes, pero Manuel tiene un contrato de media jornada en la confitería, aunque es él el que sube la persiana a primera hora de la mañana y es él el que la baja no antes de las once o doce de la noche. Su jefe es un degenerado que tiene varios negocios de hostelería por toda la ciudad, un tipo grandote, grosero y sucio cuya única habilidad en la vida es saber ganar dinero, que al parecer es también la única destreza digna de admiración para mucha gente, incluida Raquel. Manuel, sin embargo, es educado, amable y culto, todas ellas cualidades absurdas según Raquel, que no duda en echarle en cara su manía de leer poesía y de cuidar los geranios y sus peces de colores.

Fue el peludo culo del jefe de Manuel lo primero que vi. Y él fue su corazón lo último que vio porque se lo enseñé antes de aplastarlo contra su asombrada cara. La puta de Raquel seguía fingiendo y gemía como si estuviera sumida en un permanente orgasmo, aunque hacía ya varios segundos que el jefe de Manuel había dejado de moverse y su flácido pene había eyaculado sobre el colchón. Pero la muy guarra parecía no percatarse de nada, quizá porque el jefe de Manuel permanecía de rodillas tras ella sin caerse debido a que su abultada barriga reposaba sobre la espalda de ella logrando con ello un equilibrio raramente estable. Pero la muy guarra seguía moviendo el culo y gimiendo, lo que provocó un corrimiento catastrófico de masa abdominal y, por ende, que el jefe de Manuel se cayera sobre la cama y después rodara hasta estrellarse contra el suelo. Ahora sí la puta de Raquel despertó de su trance y, justo antes de empezar a gritar, la agarré por la garganta y la aplasté contra la pared.

Tengo que reconocer que, al final, la vida de Raquel tuvo algún sentido, al menos para mí. La hice sufrir mucho, lo reconozco, pero era necesario, no porque además de vampira sea una sádica y me guste torturar a la gente, pero es que, de vez en cuando, es muy agradable beber sangre amarga, sangre que solo se consigue si el portador de la misma padece durante horas los más insoportables sufrimientos. Raquel los padeció durante tres largas horas, y su sangre me gustó y me sació.

Fue Manuel el que descubrió la dantesca escena cuando llegó a su casa, y fue Manuel al que detuvo la policía como sospechoso del brutal asesinato de su mujer y del amante de esta. Pero eso no me preocupó. Yo sabía que la policía, por norma, es tonta del culo y van a lo fácil. Pronto lo dejarían en libertad porque multitud de personas declararían que lo vieron trabajando en la confitería en el momento que se cometían los crímenes.

Pronto Manuel estaría en libertad, sin la zorra de su mujer y sin el degenerado cabrón de su jefe.

Pronto me tiraré a Manuel, que tiene los ojos del color de la miel, el culo prieto, las manos pequeñas y huele a dulce de membrillo.

Ilustración de Verónica R. López

Juan Ramón Lorenzana

Anuncios

La máscara nocturna

Autor@: Carolina Cohen

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poema

Rating: +18

Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco. La ilustración es propiedad de Verónica R. López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La máscara nocturna.

Dejaba entrever sus ojos,

la máscara nocturna,

                ausencias marcadas como cicatrices,

                              soledades,

                                           el ensueño de los años abatido.

Expoliada la noche,

                  el sentir,

la ebullición violenta,

el hombre intentando expiar sus remotas penas.

Un refugio de reivindicación aunada.

                Venganza.

Ligero el andar en el caos de la constancia.

             De los retos tóxicos, el ácido y el diluir el rostro de la risa,

             entre infamia y débiles agravios, la mano puesta sobre el Jocker y el volante.

La doble vida.

             Entre polos relativos:

                            La verdad y la justicia.

                            Lo bueno y lo malo.

                            Lo oculto y lo mostrado.

            La digresión de la línea de secuencia entre el amor y el odio.

El disfraz se deslíe y persiste el hombre,

               apesadumbrado,

                            derruido en su intensión malsana.

               La admiración que corroe en la ambivalencia,

                           el espasmo y el orden,

                                 La fábula de quien sacrifica su intencionada realidad por el bien común.

                                 La franca esencia transformada,

                                                de la búsqueda reiterativa que cae sobre el punto, obsesionado.

Dejaba entrever su boca,

              de sonrisas, comentarios, el alimento que recorre el tracto,

              el discurso leve que convence y aminora,

el sentido del innumerable recuento, de la vida, la persecución y el ánimo,

             la búsqueda incontrolada por el cierre definitivo de la historia.

Carolina Cohen Polanco

Ilustración de Verónica Lopez

Nunca jamás

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Corto

Rating:+13

Este relato es propiedad de Mª Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nunca jamás.

Ilustración de Verónica Lopez

Como cada mañana, Clarisse se levantaba temprano y preparaba el desayuno para los tres, el suyo, el de su marido, Mark, y el de su hijo, James.

Se frotaba las manos en el blanco delantal y se recolocaba el escote de su vestido de cuadros rojos y blancos de vichy. Tenía que estar preciosa para su marido.

Él hacía lo mismo todas las mañanas. Se peinaba, se afeitaba y suspiraba justo antes de entrar a la cocina.

–¿Vamos a tener la misma escena todos los días? –Preguntaba Mark, con el semblante asqueado frente a los huevos fritos con beicon–. ¿Cada día lo mismo?

–Querido, tienes que coger fuerzas. Hoy va a ser un duro día en la oficina, tienes que comer bien.

Él volvía a suspirar, boqueaba, intentando decir algo que siempre moría en el camino entre sus pensamientos y sus labios. Cada día lo mismo.

Y como siempre, después de suspirar, cogía las llaves de su flamante automóvil y se marchaba al trabajo.

Mientras canturreaba una canción, Clarisse despertaba al niño.

–Buenos días cielo, ¿cómo has dormido? –le besaba la frente y le ayudaba a incorporarse.

–Hoy he viajado al país de los cuentos otra vez, mamá. Ese que aparece en el libro que me lees antes de ir a dormir; el de los niños perdidos y los piratas.

–¿Nunca Jamás? –preguntó ella, divertida–. Así, ¡has estado con Peter Pan!

–¡Cómo todas las noches, mamá!

Lo ayudaba a vestirse y a acicalarse. Le encantaba sentir como sus tiernos bracitos se escurrían por las mangas de la camiseta interior y ese olor a niño, siempre tan dulce. Le peinaba y fijaba el pelo, le abotonaba la camisa y le ponía los zapatitos.

Cuando el niño llegaba al comedor tenía el aún humeante desayuno servido, y comía con voracidad bajo la atenta mirada de su amante madre.

Después salía a jugar al jardín. Nunca le habían obligado a ir al colegio, por lo que disfrutaba del canto de los pájaros y el olor de las flores bajo la suave brisa estival.

Después que ella acabara sus quehaceres matutinos, salían a comprar al mercado, siempre productos frescos, pues su marido no toleraba otros. El pequeño, siempre atento a los cuchicheos de aburridas amas de casa, era el perfecto confidente con el que tener charlas chismosas de camino de vuelta al hogar.

–He oído que los O’Neil están pasando por una mala situación –comentaba él, esperando la aprobación de su madre.

–Esos siempre están pasando apuros, jamás creas nada de lo que dicen –sonreía ella–. Sin embargo, los Davidson tienen problemas con su asistenta…

Y así discurrían las mañanas, con ambos cuchicheando en la cocina mientras ella preparaba el suculento almuerzo.

La hora de la comida era una delicia, aunque no estaba establecida como un festín, sino más bien un tentempié, ella vivía, a partes iguales, para cocinar y cuidar de su familia.

A su hijo le encantaba el pollo al horno y por eso era lo que cocinaba prácticamente a diario, variando un poco las recetas.

Por la tarde ella le dejaba dormir la siesta y lo observaba embelesada, sintiendo dentro de sí esa mezcla de inocencia y propiedad que le producía un gran sosiego. Su hijo, su pequeño, por tanto tiempo deseado, dormía con la tranquilidad de los ángeles.

En cuanto despertaba merendaban leche con galletas y se preparaban para salir a dar una vuelta por el parque.

El sitio era enorme y contaba con infinidad de distracciones para los pequeños. Siempre se acercaban al lago, donde unos solícitos patos les saludaban cuál perritos, esperando su ración diaria de pan duro. Notaba las miradas de soslayo de los paseantes al escuchar el tintineo de la risa infantil de su pequeño, y ella se erguía con el orgullo que le proporcionaba el ser la mejor madre del mundo.

Pasaban juntos todo el día, era su pequeño, su tesoro, su ángel.

A menudo, al volver a casa y si aún era temprano para el regreso de Mark, preparaban tartas o galletas para el postre. Posteriormente, había que empezar a cocinar la cena, intentaba hacer menús variados y equilibrados, de modo que no repetía casi nunca.

El pequeño no solía estar despierto cuando su padre llegaba, no podía permitir que se acostara tan tarde. Así que sobre las 6 de la tarde, las 7 como muy tarde, le daba la cena y el postre, lo bañaba con agua caliente y le ponía el pijama limpio con sus iniciales. Le abría la cama, siempre con la temperatura perfecta, y le leía un libro para que se durmiera, siempre el mismo; Peter Pan.

–Mamá, ¿dónde está exactamente Nunca Jamás? –preguntaba James, bostezando, justo antes de dormirse.

–La segunda estrella a la derecha, y luego recto hasta el alba.

–¿Podré ir algún día? –murmuraba en sus sueños.

–Ya estás allí.

Le besaba la frente y le acariciaba el pelo, después lo arropaba y bajaba al comedor, oyendo la suave respiración de su hijo aun cuando estaba demasiado lejos para hacerlo.

Cuando su marido llegaba ya le tenía el baño preparado. Él aparcaba el automóvil, entraba en casa suspirando, se quitaba los zapatos y se metía en el cuarto de baño.

Ella aprovechaba ese rato que le quedaba libre para ensimismarse en sus pensamientos mientras arreglaba la colada y planchaba la ropa para el día siguiente.

Cuando él salía del baño cenaban entre suspiros. Él boqueaba, siempre al borde de decir algo, pero ella no le dejaba hablar, concentrada como estaba en contarle su fantástico día con el pequeño, que cada día se parecía más a él.

–Clarisse –decía él de vez en cuando, para pedir turno de palabra.

–¡Deberías haber visto los patos, desesperados por un trozo de pan! –reía ella–. Las carcajadas de James han atraído las miradas de todos los que estaban por allí.

–Clarisse…

–Y después, ese que está más gordo, el marrón, se ha subido encima de uno de los pequeños, ¡y lo ha hundido!

–¡Clarisse! –gritó finalmente.

–¡Dime, Mark! –respondió ella, irritada.

–Ya está bien, Clarisse… Esto que estás haciendo con el niño no es normal.

–¿Por qué no es normal? –estalló – ¿Ya estamos otra vez con que no puede pasar tanto tiempo conmigo? ¿Me vas a decir que tiene que ir a la escuela? ¿Me quieres decir que lo estoy malcriando?

–No es eso…

–Entonces, ¿qué es? ¡Maldita sea! ¿Qué pasa? –lloró.

–Clarisse, tienes que aceptarlo…

–¿Aceptar el qué?

–Ya no está aquí.

El silencio cayó sobre ellos más pesado que una losa. Ya no estaba allí. Su pequeñito ya no estaba con ella.

Lo recordaba. Recordaba que un día habían ido a pasear, que habían estado jugando con los patos y habían estado cocinando. Recordaba que lo había bañado y que lo había acostado, y que después ella y su marido habían cenado. Recordaba que había apagado todas las luces de la casa y se había acercado a la habitación de James a verlo dormir. Recordaba que se había acercado a él y lo había oído respirar. Recordaba que había pensado en la fragilidad de la vida y en cómo de delgado era el hilo del destino. Recordaba que había querido comprobarlo, que, como ya había hecho otras veces, había sentido la necesidad de cuidar de su tesoro más preciado. Recordó cómo le había acercado las manos a la garganta y había apretado, sin ninguna mala intención, solamente para comprobar como de delgados eran esos huesecitos. Y apretó, y oyó que el aire dejaba de salir por la boca y la naricita de su pequeño querubín. Recordó que pensó en dejarlo y notó que el pequeño convulsionaba, pero seguía con las dudas. Ella era la mejor madre del mundo, debía serlo y, por eso, siguió apretando hasta que el pequeño dejó de moverse y la miró, con su profundo azul, que se había ido apagando a medida que dejaba este mundo para viajar, para siempre, a Nunca Jamás.

–¿Por qué, Clarisse? ¿Por qué? –preguntó él, mirándola fijamente por primera vez en mucho tiempo.

–Porque soy la mejor madre del mundo, Mark –sonrió ella, secándose una solitaria lágrima silenciosa que le recorría la mejilla.

Se levantó y recogió la mesa, lavó los platos y fue a acostarse.

Antes de apagar la luz, ambos tumbados en la cama, Clarisse dijo, después de un profundo suspiro:

–James aún está esperando que le des su beso de buenas noches.

María Cristina Salvans

E07-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

E07-El fantasma de los libros.

Cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe. Eso dicen. No es una leyenda, no es un cuento. Es un hecho totalmente real, completamente cierto. Sólo que muchas veces es intangible. Suele tratarse de pequeños fragmentos de ánima de los que el escritor se desprende, de forma indolora, sin ser apenas consciente de ello. El autor sólo siente un pequeño vacío existencial después de cada pérdida, de cada texto finalizado, y la necesidad imperiosa de volver a llenar ese ínfimo agujero del alma de cualquier manera y lo más rápidamente posible, ya sea mediante altas dosis de belleza o de fealdad, de experiencias o de conocimientos; empeño del que no cesará hasta que se sienta renovado y completo.

Pero si el escritor deja demasiado de sí mismo en una obra; si pone sus cinco sentidos y entrega su corazón a aquello que escribe; si evoca todo su ser y conjura toda su ánima en la pluma que graba su testimonio; entonces, y sólo entonces, una parte importante de su alma quedará incrustada en ese pliego de papeles, en los pequeños garabatos que forman la grafía de su trabajo, conjurada en las palabras y grabada en el papel, dejando una herida de vacío perenne e incurable en su creador. Por eso dicen que sólo se puede alcanzar a escribir una única obra maestra en vida, una gran obra literaria, aquella en la que uno se vació en cuerpo y alma. Esas suelen ser las grandes obras de la historia.

Y a veces, sólo a veces, ocurre que esa alma transmitida al papel es tan fuerte, tan poderosa, tan enérgica y dominante, que adquiere identidad propia con una fuerza fantasmagórica que, ni aún perteneciendo al mundo de los vivos ni tampoco al de los muertos, puede actuar sobre la vida y la muerte. Lo sé, porque aunque yo nunca creí en fantasmas, ni en lo paranormal, sí creo firmemente en lo que ven mis ojos.

He sido testigo de todo lo que explico a continuación, con letra temblorosa e inestable, me temo, porque mi mano aún se agita de espanto cuando pienso en todo lo sucedido. Pero he aquí mi relato, mi testamento y único legado de lo que en realidad ocurrió la pasada noche y que no me he atrevido explicar en el informe policial, por miedo a ser tomado por loco. Y con este texto pretendo purgar mi propia alma, en un intento de deshacerme de la inquietud que la invade.

Todo empezó en la madrugada del jueves, cuando tuvimos que atender un caso de una muerte en extrañas circunstancias que ocurrió en la sala de archivo y clasificación de la antigua biblioteca estatal de Turingia, una de las pocas supervivientes a la guerra, y a la que habían sido trasladados todos los volúmenes rescatados de otras bibliotecas que no tuvieron tanta suerte, resultando dañadas unas, medio derruidas otras o incendiadas hasta los cimientos las más desafortunadas.

Aunque ya han pasado más de quince años desde que terminó el conflicto, las calles y los edificios de Berlín siguen recordándonos todos y cada uno de los horrores vividos. Las brechas de sus fachadas son cicatrices que nos acechan y sus sombras maltrechas nos persiguen. El muro que parte la ciudad en dos, erigido hace escasos días, divide también los corazones de las gentes, y separa familias, amigos y parejas. Ha sido construido en una sola noche, como recordatorio eterno de que perdimos la guerra y como humillante castigo al pueblo que depositamos primero nuestros votos en las urnas, y después nuestra fe, en un carismático líder que se descubrió ante el mundo entero como el loco que quiso dominarlo. Un muro que nos parte en dos. Para evitar el avance del fascismo, han proclamado. Yo creo que más bien para acabar con la poca dignidad que nos queda tras la derrota que nos puso en el punto de mira de todos. El mundo todavía nos señala con dedo acusador y nos observa con desdén. No entienden que nosotros también somos víctimas de la guerra. Los civiles nunca sospecharon que se estaba creando el holocausto bajo la apariencia de un nuevo orden. Otros, como yo, sólo éramos unos adolescentes llamados a filas que no estábamos preparados para lo que íbamos a presenciar. Han pasado más de quince años y muchos de nosotros todavía tenemos pesadillas. Nos despertamos en plena noche, después de dar infinitas vueltas en la cama, sudorosos y agitados, creyendo oír la alarma que precede a los bombardeos, el estruendo de los tanques soviéticos cercando Berlín, el sonido de los disparos y los gritos de los heridos que acompañan el olor ferroso de la sangre derramada. O peor, nos recordamos concentrando a los civiles, ajusticiando a los rebeldes e insumisos, limpiando los guetos. Muchos, para acallar el sonido infernal del interior de la cabeza y aligerar la presión de las sienes se medican: con pastillas, psicopax, pacium, somacina… o se inyectan morfina. Lo que sea para no revivir las imágenes y ruidos de la guerra, del horror, de la muerte. Yo no. Soy policía y necesito moverme con la mente despejada y fría. Yo combato mis terrores nocturnos levantándome de la cama de un salto y encendiéndome un pitillo, es lo único que logra sosegarme y no me hace perder la cabeza.

Durante la noche del miércoles me removía inquieto e inmerso en una de mis pesadillas recurrentes. Yo, ataviado con mi uniforme de soldado raso, me apuntaba a mi mismo ante una fosa repleta de cadáveres putrefactos. Pero los muertos no estaban muertos y se reían de mí, mostrándome sus bocas de encías desprovistas de dientes. Disparé y sentí el disparo en la nuca y, mientras me caía y rodaba foso abajo sobre la montaña de despojos, las manos de los muertos me agarraban y tiraban de mis ropas. Entonces empezó a sonar el aullido de la alarma.

Pero la alarma que me hizo despertar con el corazón en un puño no era más que el insistente timbre del teléfono. Aún sobresaltado, descolgué el auricular mientras me liaba un pitillo, como tantas otras madrugadas.

Media hora después me hallaba en el edificio de la biblioteca, en la estancia más desordenada, oscura y lúgubre que haya visto en mi vida, con parcelas del suelo ocupadas por montañas desordenadas de libros polvorientos haciendo equilibrios. Las partes libres del piso estaban invadidas por documentos y hojas sueltas, de forma que uno tenía que avanzar a saltitos y en diagonal, como la pieza del caballo en un tablero de ajedrez viviente. Las estanterías que se levantaban a cada cuantos metros tenían los estantes combados bajo el peso de innumerables y voluminosos tomos dispuestos unos sobre otros sin orden ni concierto. Y allí, escondido en medio de ese desastre archivístico, refugiado tras una voluminosa librería y medio sepultado por algunos libros que debieron caérsele encima, con el rostro ceniciento, los ojos abiertos y la mandíbula desencajada, se hallaba el cuerpo sin vida de Leib Meyer, el joven que, según la declaración de Hans Schmidt, el enorme encargado de pelo rubio y ojos claros, era el nuevo en el grupo de los trabajadores del turno de noche.

Ilustración de Veronica Lopez

Por lo visto hacía cinco años que en la biblioteca, para doblar los esfuerzos y ayudar a agilizar los trámites de la clasificación de todos los ejemplares requisados y acumulados, se había creado ese turno y, aún así, según explicó Schmidt, les llevaría otros quince años más, como mínimo, arreglar, recomponer, distribuir y clasificar la totalidad de volúmenes, libros y obras que encerraba aquella gran sala de ventanales tapiados y cuyo ambiente olía a moho, a podredumbre y a cuero chamuscado.

—Es por los libros quemados —me dijo el encargado—. Muchos de los documentos llegaron completamente empapados y otros medio calcinados. Algunos ejemplares aún tienen salvación y los podemos restaurar; otros no correrán la misma suerte y se descompondrán antes de que logremos clasificarlos.

—¿Y saben qué es todo lo que tienen aquí? —pregunté, más por costumbre policial que por curiosidad, mientras de forma casi automática iba tomando notas en mi pequeña libretita.

—No tenemos ni idea —me respondió—. Vamos viendo según abrimos las cajas, según vamos ojeando cada ejemplar. Hay de todo, obras maestras y libros sin importancia, textos antiguos y otros editados cuando estalló la guerra. Hay mapas y grabados, libros manuscritos e impresos, documentos y folios sueltos. De todo y procedente de todas partes de Alemania, Polonia e Austria. También hay muchos libros del régimen. Esos los apartamos y se los llevan, supongo que para quemarlos o encerrarlos bajo llave.

Eso fue la información más completa que recibí de Hans. Sabía todo lo que hay que saber en cuanto a literatura se refiere. Por lo que respecta al muerto, ignoraba qué le sucedió y cómo. Ni él ni los otros vieron nada ni oyeron ningún ruido delator o que ofreciera una pista. Tendríamos que esperar al médico forense.

El médico era un pobre anciano que, para proceder al levantamiento de cadáver, tuvo que apartar él solo la pesada montaña de libros y papeles que cubrían al muerto. Por si fuera poco, al coger uno de los volúmenes, un libro de tamaño mediano, arrugado y con la cubierta totalmente chamuscada, se lastimó una mano.

El viejo forense contó que había sentido una fuerte punzada en la palma, como si le hubieran clavado un cuchillo, por lo que dejó caer el libro al suelo de golpe y provocando un gran estruendo que reverberó por toda la enorme sala. Él decía la verdad, aunque en ese momento todos los agentes lo miramos con desconcierto, preguntándonos si el pobre anciano mostraba indicios de senilidad.

Alguien dijo una vez que la pluma es más mortífera que la espada. Quien fuera que lo dijese estaba en lo cierto, aunque entonces ninguno de nosotros acertábamos a comprender hasta qué punto. Yo, ahora, sí que lo comprendo. El corte de la mano del forense no paraba de sangrar y aunque él mismo se hizo un buen vendaje, le dolía tanto que no dejó de soltar improperios en polaco, su lengua natal, durante el resto de la jornada. No pudimos hacer nada por ayudarle, ni aligerar su trabajo. Nadie más podía tocar nada dentro del cerco policial o contaminaríamos la escena del crimen.

Con el médico forense lesionando, el levantamiento del cadáver llevó toda la mañana y hasta media tarde no llegaron a comisaría, provenientes del depósito, los sorprendentes resultados de la autopsia. Al muerto alguien le había practicado una quemadura en el pecho, justo sobre la zona del corazón, con forma de estrella de seis puntas. Y aunque la quemadura parecía haber sido realizada hacía solamente unas horas y estando aún vivo, no se había encontrado marca alguna de quemaduras en su ropa. Por lo demás, había muerto a causa de un shock que le provocó una parada cardio-respiratoria. Hablando claro, se había muerto de miedo. Y eso eliminaba la intervención directa de la mano de un asesino, aunque este caso tomaba connotaciones que me erizaron el vello de la nuca.

Todos y cada uno de nosotros sabemos perfectamente qué significa ese dibujo grabado a fuego sobre el pecho del muerto. Es la Estrella de David. Recuerdo perfectamente haberla visto cosida sobre las ropas de aquellos a los que sacábamos de sus casas y conducíamos hasta los guetos. ¡Cómo no olvidarlo, no ha pasado suficiente tiempo! Y tras un par de horas de investigaciones y de interrogar a su familia, mis sospechas fueron confirmadas. El muerto era de ascendencia judía. Y eso significaba problemas. Y grandes. De un caso de asesinato habíamos pasado a un caso de tortura por racismo.

Tuvimos que paralizar la investigación y cerrar la biblioteca a cal y canto hasta nuevo aviso. Se nos instó a acallar todo lo que sabíamos del caso y nuestro capitán se vio obligado a llamar a la policía judicial europea por tratarse de un ataque contra un judío. El recuerdo del nazismo aún sigue vivo entre nosotros. Los alemanes estamos permanentemente vigilados, atados de pies y manos, supongo que hasta que no paguemos con creces la deuda impuesta por Europa. Y eso llevará muchos, muchísimos años, más de los que yo viviré.

Ya avanzada la tarde del viernes, llegó a comisaría el agente de Interpol destinado a husmear en nuestro caso, a hacerse con el caso. Su llegada suscitó miradas de oprobio en la comisaría. Era un irlandés de procedencia claramente afro-americana, seguramente hijo o nieto de esclavos, de piel tiznada como el carbón, labios carnosos y ojos resplandecientemente blancos. Hablaba nuestro idioma con soltura, pero había algo rudo y autoritario en su manera de expresarse que no me despertó ninguna simpatía. Pensé que veinte años atrás no se hubiera atrevido ni a poner su pie en este país y que resultaba extraño que ahora tomase el mando y nos diese órdenes por doquier. También pensé que veinte años atrás era la Gestapo la que tenía el control de la Interpol y que ahora es la Interpol quien tiene el control sobre todos nosotros. Con respecto a John, que así se llamaba el agente, era de aquellos hombres a los que les gusta hablar pero no escuchar.

Hizo oídos sordos a mis quejas cuando se empeñó en ir inmediatamente a la biblioteca para ver con sus propios ojos la escena del crimen. Las luces del día se habían extinguido ya y yo insistí en que era mucho mejor ir a la mañana siguiente, con las primeras luces del alba. Pero él no quiso escuchar. Me pidió que le acompañara. Yo insistí en que había pasado un par de malas noches, que no había logrado conciliar el sueño, y que no era buena idea que le acompañara en su visita nocturna. Tampoco quiso escucharme. Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió por la puerta esperando que fuese tras él.

Una orden es una orden, sobre todo cuando viene de un superior. Y John Seymour se convirtió en superior de mi superior en el momento en que cruzó el umbral de la comisaría. Así que le acompañé a la biblioteca, contra mi voluntad y con un dolor de cabeza tan espantoso que ni el cigarrillo que me estaba fumando logró apaciguar.

Y allí, de vuelta en esa misma sala de archivos y clasificaciones, delante del cerco blanco de tiza que marcaba la silueta del cuerpo que ahora descansaba en el depósito de cadáveres, presencié anoche lo que ningún ser humano debería ver en vida.

Vi como John husmeaba entre los libros que el forense había apartado tan cuidadosamente, como los manoseaba, como los cogía. Le avisé que no debíamos tocarlos, pero no me escuchó. También vi como recogía el libro de tapas chamuscadas mientras me decía:

—Lleva grabada el águila sobre la esvástica en la cubierta. Según la convención europea, este libro no debería estar aquí, debería ser requisado.

—Si no recuerdo mal, el encargado del turno de noche, un tal Hans Schmidt, dijo que este tipo de libros eran apartados —le contesté leyendo directamente de mi libretita— así que creo que es mejor dejarlo donde está.

Pero, aparte de no escucharme, John hizo lo que no debía hacer. Abrió el libro.

—No pienso hacerlo —respondió—.. Este libro va a venir conmigo a la sede central de la Interpol en París. Parece un diario claramente nazi. Está manuscrito —dijo hojeando las primeras páginas—. Sólo si puedo ver quién lo ha escrito… A ver, esa parte está totalmente quemada, pero aquí se lee… mein Kamf. Espera, ese no es el libro que Adolf…

Entonces vi como un rayo fulgurante salió de las páginas del libro para impactar sobre el cráneo del agente negro, traspasándolo limpiamente y disparando fragmentos de sesos sobre el estante de atrás, como si de un balazo en la cabeza se tratase. Antes de que el cuerpo se desplomase, una mano de fuego lamió su cara que empezó a arder con llamas que parecían salirse del mismo infierno. Impulsado por una fuerza invisible. el libro cayó al suelo, lejos del fuego, y se cerró solo, mientras John Seymour se consumía convertido en una antorcha humana ya sin vida que se desmoronaba.

No sé lo que pasó por mi cabeza en ese momento. Pero agarré el libro fuertemente con las dos manos, con el ansia de quien captura a un asesino que se está dando a la fuga. Por una razón que no entendí al momento, pero que ahora comprendo, el mal que anidaba en él no me dañó. Fue por mi sangre y mi semblante arios. Soy rubio y de ojos azules, y estos rasgos, junto con un pedigrí puramente germano que se remonta a varias generaciones, fue el salvoconducto que me llevó al reclutamiento en las juventudes de la SS en la adolescencia, a los horrores de sus filas de soldados luego, y a poder sostener el manuscrito entre mis manos el tiempo suficiente para echarlo al mismo fuego que él había provocado y que ahora se extendía por el suelo de la biblioteca, consumiendo todo el saber allí acumulado.

Vi con mis propios ojos como la silueta espectral de un Adolf Hitler hecho de humo salía de entre las páginas del manuscrito intentando evitar las llamas que lo devoraban, como habían consumido en tiempos del dominio nazi los miles de volúmenes del saber universal que los comandantes de la Gestapo echaban a la pira ante nuestros ojos atónitos. Vi a ese ser inmundo e incorpóreo sufrir y gritar como lo hacen todas las víctimas de este mundo. Pero vi finalmente como el libro, y el ser espectral que lo habitaba, se convertían en ceniza ante mis ojos.

También presencié como ese fuego que se expandía extrañamente se retrajo, repentinamente y como si se ahogara a sí mismo, dejando solamente una gran mancha negra sobre el suelo, donde no quedó nada más que polvo y ceniza.

En ese mismo instante el ambiente enrarecido y asfixiante de la biblioteca se diluyó, como si algo terrible y opresor se hubiera desvanecido, mientras que por la rendija de la ventana tapiada más cercana se colaban los primeros rayos del amanecer de un nuevo día, este día de hoy, que ahora ya toca a su fin y en el que he tenido que dar muchas explicaciones, demasiadas, la mayoría falsas, sobre las causas del pequeño incendio de la biblioteca probablemente provocada por el agente John Seymour para disimular su robo, sobre su supuesta desaparición llevándose algunos documentos valiosos, sobre porqué volví a la biblioteca al amanecer siguiendo mi instinto policial, sobre porqué considero que el caso está cerrado si no se ha encontrado criminal alguno. ¿Qué quieren que les diga, que yo acabé con el fantasma de un libro? ¿Qué era él quien cometió esos terribles asesinatos? ¿Que todo fue culpa de un manuscrito maldito?

No soy ni un loco ni un necio. Y sé que si dijese la verdad nadie me creería. Por eso he decidido poner todo esto por escrito. En cuanto acabé, meteré esta declaración en un sobre sellado que encerraré en un cofre que no ha de ser abierto jamás y cuya llave tiraré al río. Porque no hago esta confesión para que nadie la lea, ni crea en mis palabras, sino para acallar las voces de mi conciencia y plasmarlas en el papel. Sólo así podré desprenderme de esta parte de mi alma aquejada por la angustia. No en vano dicen que cada autor deja parte de su alma en aquello que escribe.

Pero terminada esta labor expiatoria del alma, todavía me quedará una duda. Una gran y terrible duda que me corroe, pues habiendo vivido el horror que he experimentado estos últimos días, mucho más terrible que los horrores que sufrí durante mi juventud y, sabiendo lo que ahora sé, no puedo parar de preguntarme qué fantasmagóricas y cruentas batallas se librarán en las dependencias secretas de la Biblioteca Vaticana, cuna del saber prohibido, donde descansan los libros salvados del incendio de Alejandría que recogen toda la sabiduría de los Dioses del Antiguo Egipto; donde los libros originales que componen la biblia y los libros Apócrifos que fueron desechados comparten lecho; donde se conservan las copias franciscanas de los libros profanos, herejes y supuestamente perdidos de Aristóteles y Galileo; donde todos los anteriores comparten espacio con los terribles tratados medievales de brujería y magia negra, inspirados por el mismo demonio y redactados por poderosas brujas y nigromantes; y donde se custodian los tomos completos de todos los procesos, interrogatorios y sistemas de tortura llevados a cabo durante siglos por la Santa Inquisición Española contra todos los enemigos de la fe católica, uno de ellos escrito a puño y letra por el mismísimo Tomás de Torquemada.

¿Es esa la razón por la que el archivo secreto de la Biblioteca Vaticana se encuentra inaccesible, sellado y bajo tierra?

Olga Besolí

Abril 2014

Colette

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: +13

Este relato es propiedad de Sandra Cuervo. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Colette.

Mientras se llevaba la taza de café bien cargado a los labios, M. ojeó el calendario. Pronto se cumplirían tres meses desde su llegada a la ciudad. Recordó su alegría cuando encontró aquel pequeño local a pie de calle, frente al puerto, rodeado de tiendas, restaurantes para turistas y bares de mala muerte.

La anterior inquilina, una joven pintora, había arreglado la trastienda como si de un diminuto apartamento se tratara. Según el dueño, la chica, alegre y despreocupada, había llegado con el firme propósito de quedarse, y rápidamente se había ganado el afecto de los lugareños, a los que a menudo retrataba en sus cuadros.

Pero algo, posiblemente que el negocio no fuera bien como aparentaba, había hecho que la joven se fuera de forma repentina, sin pagar, dejando allí los cuadros y sus propios enseres. El propietario intentó localizarla, sin éxito; así que repartió algunos cuadros entre el vecindario. Los retratos en los que aparecían personas que no conocía, los dejó apilados en la trastienda, no fuera que algún día se los pudieran reclamar.

Es entonces cuando M. aparece en escena. Después de muchos años siguiendo a su madre por varias ciudades, con mejor o peor fortuna, de aprender de ella primero y de cuidarla y enterrarla después, se dio cuenta de que lo único que le apetecía era partir de cero en una pequeña ciudad costera, dedicándose a lo que mejor sabía: predecir el futuro.

M., la hija de la nigromante, la echadora de cartas, la bruja, la adivina, la vidente. La hija de una mujer que se había atrevido a cambiar el futuro de sus clientes y que, a cambio, parecía haber absorbido el mal que había desviado de los otros. La misma mujer que durante sus últimos años había encadenado una enfermedad tras otra, aparentemente sin relación entre sí, acabando sus días entre desvaríos y haciendo prometer a su hija, en sus escasos momentos de lucidez, que jamás recurriría a la magia negra para cambiar el destino de nadie. Eso, y que nunca consultaría su propio futuro, para evitar la tentación de querer cambiarlo. A M., que había asistido desde bien pequeña a los rituales de su madre, aterradores y atrayentes por igual, no le costó en absoluto cumplir su promesa.

Tres meses que se le habían hecho largos…, infinitos. Adaptarse a una vida tranquila y ordenada en ocasiones puede ser difícil, sobre todo en soledad. Pero M. estaba decidida, y aunque las primeras semanas no hablaba con nadie y notaba el recelo de sus vecinos, poco a poco iban llegando los primeros saludos y presentaciones, las conversaciones sobre el tiempo y hasta algún chismorreo.

No tenía amigos y hasta entonces tampoco los había echado en falta. La presencia de su madre lo había llenado todo. Pero ahora, que ya no estaba, se daba cuenta de que quizás, solo quizás, el mundo exterior y algunas de las personas que lo poblaban, despertaban en ella una curiosidad hasta entonces desconocida.

Como toda médium, era plenamente consciente del estado de sus facultades desde que se levantaba. Por supuesto, no podía decírselo a nadie. Se trataba de sacar adelante un negocio, y de paso, su vida.

Desde hacía unos días, venía notando una falta de sensibilidad y concentración como pocas veces había sentido. El don de la clarividencia, como le había explicado su madre y, mucho antes, su abuela, era caprichoso: se debilitaba, desaparecía… o volvía de forma abrupta en el momento más impredecible. Ellas le habían enseñado que, en esos momentos de ceguera, lo mejor que podía hacer era seguir con su vida, con sus clientes, sacando su parte más observadora y amable, para ganarse la confianza del consultante y así obtener un poquito de información que le ayudara a dar forma a ese tan anhelado futuro. No le resultaba difícil, pero prefería las imágenes claras y precisas que acudían a su mente con la sola visión de una carta cuando estaba en plenas facultades.

La mañana discurría tranquila, con el calor sofocante de julio abriéndose paso, inexorable, minuto a minuto. A la tienda sólo se habían acercado tres mujeres: dos, para consulta, y otra para comprar hojas secas de damiana y bayas de enebro. M. le sugirió no dejarlas hervir, enfriar y servirlas mezcladas con un poquito de vino tinto. La mujer, una cincuentona de buen ver, entrada en carnes y embutida en un vestido floreado, esgrimió entonces una sonrisilla entre cómplice y avergonzada, le dio las gracias y salió por la puerta con paso firme y decidido.

M. empezó entonces a alinear las velas. Estaban dispuestas según su finalidad, en una estantería alejada del escaparate. Al primer vistazo parecían un alegre decorado de manchas grandes de todos los colores, pero al acercarse llamaban más la atención las formas sugerentes de algunas de ellas. Apenas trabajaba con ellas, ni con las pócimas, hierbas y aceites que llenaban su escaparate, pero le daban un aire de misterio a la tienda que a la gente le gustaba, y a menudo, ganaba más vendiéndolas que con las cartas.

Se hallaba ensimismada en sus pensamientos cuando la puerta se abrió. Lo hizo tan rápido que la campanilla apenas tuvo tiempo a tintinear. Se trataba de un hombre alto, de unos cuarenta años, limpio y bien vestido. Cada vez que un hombre acudía a ella, debía agudizar especialmente su capacidad de observación. Solían ser más parcos en palabras que las mujeres y aun cuando las cartas, a veces, hablaban de más, M. se quedaba a menudo con la sensación de no saber realmente qué habían ido a buscar allí.

—Buenos días, señorita… —dijo el hombre, irrumpiendo en los pensamientos de M.

—Buenos días. ¿Qué desea? —contestó M. echándole un segundo vistazo para seguir obteniendo información. Tenía sus dudas.

—En realidad…, he venido por curiosidad. Conocía a Colette, la pintora. Y me ha llamado la atención ver en qué se ha convertido su tienda. No es que yo crea en estas cosas, nada de eso. Pero ya que estoy aquí, me gustaría que, si fuera posible, me contara cosas de mi futuro. ¡Le prometo que si acierta, empezaré a creer! — comentó el desconocido con una sonrisa.

—Muy bien. Pues si le parece acompáñeme y siéntese —le indicó M. mientras caminaba hacia un rincón en una esquina de la tienda. Una mesa con dos sillas. Sobre la mesa, un tapete de seda roja, y a su derecha, un porta incienso con tres varillas humeantes que, unido a su aroma, conferían un ambiente ligeramente hipnótico a la estancia.

Ilustración de Veronica Lopez

Se sentaron uno enfrente del otro. M. abrió el cajón y observó las barajas. Tenía varias, cuidadosamente ordenadas. Pensó durante unos segundos y finalmente se decidió por una en concreto. Antigua, con los bordes desgastados, pero su favorita. A su lado, dentro del cajón, también guardaba un abrecartas de su madre, que conservaba a modo de talismán.

—Usaremos el Tarot de Marsella. Ahora le ruego silencio, voy a barajar. Empezaremos con una tirada general. A partir de ahí, nos centraremos en lo que a usted más le preocupe.

Mientras barajaba y mezclaba las cartas, se fijó en el hombre con más detalle. Llevaba una camisa blanca impoluta, bien planchada, con el primer botón desabrochado. Estaba bastante bronceado, así que se fijó en las marcas más claras de un anillo y de un reloj que en ese momento no estaban. El hombre pareció darse cuenta y le sonrió. Sus dientes eran blancos, bien alineados. Al gesticular, pequeñas arrugas se asentaban alrededor de sus ojos claros.

Posó las cartas sobre la mesa en una pila y le pidió a su cliente que la dividiera en tres montones con la mano izquierda. Le dio a elegir uno. Él eligió el del centro.

M. empezó a repartir las cartas boca arriba sobre la mesa. Dieciséis cartas: cuatro filas por cuatro columnas. Se tomó un momento para interpretarlas. Era una tirada extraña, con muchas cartas invertidas. Intentó tranquilizarse, mostrarse serena. Que el consultante no apreciara su nerviosismo. No estaba segura de conseguirlo.

—¿Por qué aparece la muerte, señorita? ¿Voy a morirme? —preguntó el hombre, abriendo más los ojos. Estaba claro que aunque no creyera, la sola visión de esa carta le incomodaba.

—No. Tranquilo —se apresuró a responder M. en tono templado—. El arcano XIII, la Muerte, aparece muchas veces como un símbolo de cambio, de renovación. Ese es su caso. Si le parece, comenzaré hablándole de su presente. Así podrá comprobar si voy por el buen camino…

—Me parece… bien.

—Veamos —prosiguió M. sin siquiera mirarle. Estaba notando que las cartas volvían a revelarle sus secretos—. La Luna indica que es un navegante, el Rey de Copas, que es conocedor de leyes y comercio. Carismático, ambicioso…

—Si sigue así conseguirá que me sonroje —interrumpió el desconocido.

—No, hay más. Aparecen dos mujeres: una es su esposa; la otra, una joven desgraciada. Debe tener cuidado si desea salir airoso de la situación. La carta de la joven aparece invertida. Eso indica desolación por promesas incumplidas. Un punto de no retorno… Al final aparece un breve encuentro con una tercera mujer…

— ¡Basta ya! ¡Suficiente! No quiero saber más. Ha sido una mala idea venir aquí —volvió a interrumpir él, esta vez visiblemente contrariado.

M. notó cómo el hombre hacía esfuerzos por controlarse. ¿Ira? ¿Nerviosismo? Aún no lo tenía claro.

Rápidamente, el desconocido sacó un par de billetes del bolsillo de su pantalón y los arrastró encima de las cartas, moviéndolas. Al segundo ya se había ido, dejando a M. tan descolocada como su baraja.

La tranquilidad de la mañana se había visto interrumpida en apenas unos minutos. M. se levantó, le vio alejarse y volvió a su mesa. Las cartas mezcladas hacían imposible que pudiera seguir leyéndolas. Sin embargo, sabía que una tirada jamás debe quedar inconclusa. Así que volvió a barajar mientras la imagen de la mujer joven acudía a su mente cada vez con mayor claridad.

Esta vez la tirada era aún más reveladora: la carta de la joven, la Sota de Copas, aparecía rodeada de cartas fatales, todas ellas invertidas. El Mago, los Enamorados, la Torre, el As de Espadas, la Muerte… Nunca en su vida se había encontrado con una combinación semejante.

La Sota de Copas. Quizá una artista, pero con toda seguridad una mujer joven, enamorada, que toma decisiones equivocadas, obsesiva. Seducida y arrojada a la Muerte por el Mago. Agua.

Casi sin pensar, M. se dirigió corriendo a la trastienda con el abrecartas en la mano. En una esquina, en una caja que nunca ha desprecintado, estaban apilados algunos trabajos de la anterior inquilina. Rompió la cinta con el abrecartas y sacó un par de óleos y un montón de láminas. Tal vez bocetos que nunca llegaron a convertirse en cuadros. Animales, barcos, el mar, personas en la lejanía… Una joven de pelo negro y ojos grandes y oscuros se repite. La mayoría de las veces aparecía seria; otras, acurrucada. M. se dio cuenta de que eran autorretratos. En otra, la misma mujer, esta vez abrazada a un hombre al que no se le ve la cara, solo el torso desnudo y una mano con anillo. En todos, una firma: Colette. Siguió revisando. Había también retratos de un hombre. En color, en carboncillo. No era difícil darse cuenta de que todos eran el mismo: en la playa, en un barco, sentado en una cama…, algunas veces emborronados; un hombre aún joven, de ojos claros, con unos rasgos familiares. Tanto que le había tenido enfrente hacía unos minutos.

M. se llevó la mano a la boca para ahogar el grito que se escapaba desde su garganta.

La Sota de Copas… ¡Colette!

Recordó la tercera mujer aparecida en la tirada, la Sota de Espadas que no había tenido tiempo de interpretar. Corrió hacia la mesa para averiguar más. En solo unos segundos la puerta de la tienda volvía a abrirse.

Era el mismo hombre, con la cara desencajada. Se le acercaba, pero M. no podía retroceder más; la mesa, a su espalda, se lo impedía.

—¿Qué es lo que sabes? —le pregunta acercando su rostro a escasos centímetros de M.

—Todo —responde ella, con la mirada fija en aquellos ojos verdes que habían enloquecido a Colette.

El hombre le rodea el cuello con las dos manos. Aprieta tan fuerte que M. apenas puede respirar. De repente, el hombre lanza un gemido y la suelta. Se lleva la mano al costado derecho, ensangrentado, donde M. le ha clavado el abrecartas. Da un par de pasos hacia atrás y de desploma.

M. se le acerca, inexplicablemente tranquila. Se agacha y susurra al herido, que yace en el suelo y respira cada vez con más dificultad:

—No me dejó decirle que yo soy la tercera mujer. La desconocida que irrumpirá en la vida del Mago para unirle de nuevo a Colette.

M. se levanta y gira en dirección a la nada.

—El futuro está escrito. No seré yo quien lo cambie.

Sandra Cuervo

Asesino vacante

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: +13

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Asesino vacante.

–¿Qué pasaría si el principal sospechoso de un asesinato sufriese un terror patológico que le impidiese cometerlo? –preguntó Vincent, cuando su ayudante entró en el despacho.

–¿Te refieres al caso del asesino vacante?

–Precisamente. No puedo quitármelo de la cabeza.

–Otra comisaria se encarga de resolverlo, nosotros tenemos otros casos en marcha.

–Lo sé, Javi. Pero creo que conseguiría descifrarlo si pudiese hablar con ese hombre, él es la clave de todo el misterio.

–Olvídalo, Vincent. Te traigo un caso interesante. Una mujer ha disparado a su marido con su rifle de caza…

–Seguro que se trata de alguna infidelidad, envía al agente González y algún otro compañero –se levantó de la silla estirando los brazos  hacia los lados, desperezándose después de horas de trabajo–. Aquel hombre no pudo salir de su casa. Hace un par de días concerté una cita con su terapeuta…

–¿Qué? El comisario se pondrá furioso si se entera de que volvemos a investigar por nuestra cuenta.

–No sabía que resolver un crimen fuese un crimen, señor Tejeda –respondió, arqueando una de sus cejas.

–Está bien, Vincent. Solo para que puedas explicarme lo que sabes y te quedes tranquilo, pero nada más. Refréscame la memoria.

–¡Eso quería oír! Encontraron a la víctima en el parque de las flores, muy cerca del lago, completamente desnudo. Tardaron casi dos semanas en descubrir quién era, pero finalmente la empresa para la que trabajaba denunció su desaparición. Adrián Gómez, un asistente domiciliario que iba de casa en casa ayudando a ancianos y personas enfermas. Solo tenía veinticinco años.

–¿Qué relación tenía con el principal sospechoso?

–Acudía tres veces por semana a la casa de Joaquín Viera,  un hombre que padece agorafobia, trastorno obsesivo compulsivo, misofobia y trastorno disocial.

–¿Puede alguien estar tan loco?

–Tuve la suerte de caerle bien a su terapeuta, y aunque al principio se mostró bastante reacio a explicarme el caso de su paciente, terminó soltándolo todo. Su patología principal era la agorafobia, miedo patológico a los espacios abiertos, pero a pesar de los años de tratamiento,  fue adquiriendo el resto de trastornos.

–Nuestro principal sospechoso tiene miedo a los espacios abiertos, y se supone que dejó el cadáver en medio de un parque, muy lógico.

–Mientras cursaba mis estudios universitarios, me gustaba acercarme a la facultad de psicología de vez en cuando, sé de qué van estas cosas –se encendió un cigarrillo y acercó su pitillera a Javier, que negó con la cabeza–. En el caso se presentaron dos testimonios. Las dos mujeres coincidían en que habían visto una sombra desgarbada, con el cabello largo y alborotado, que cargaba con un bulto pesado a su espalda. Ninguna de las dos supo describir con más detalle al supuesto culpable, pero remarcaron que era alto y rechoncho, y no parecía tener mucha fuerza.

–Y, ¿esa descripción puede encajar con nuestro sospechoso?

–Ahí llega el misterio. No he podido verlo con mis propios ojos, de hecho, ningún agente lo ha conseguido. Se niega totalmente a abrir las puertas de su casa, y es imposible que venga a la comisaria.

 –No sería la primera vez que un policía echa la puerta de una casa abajo, ¿por qué no lo obligan?

–Declaró desde el otro lado de la puerta. Después de hablar con su terapeuta, dieron órdenes de no molestarle innecesariamente.

–Y tú no quieres hacer otra cosa –su ayudante soltó una carcajada–. ¿Cómo piensas hablar con él?

–El hombre vive con una enfermera interna, pasan las veinticuatro horas del día juntos. Si salió en algún momento de esa casa, ella lo sabrá. Una vez esté dentro, tal vez no sea tan difícil hacerme con su confianza.

–Ten cuidado, Vincent. Si no encuentras lo que buscas, da marcha atrás, no te busques más problemas.

–No soy idiota, sé que puedo conseguirlo. Solo es cuestión de esforzarse un poco.

~***~

La casa de Joaquín Viera estaba en un barrio residencial muy tranquilo. En aquella zona, parecía que los años pasaban más rápido y que la decadencia de la dictadura que inundaba sus vidas, apretaba menos sus correas. Los niños iban limpios, las mujeres elegantes y los hombres impecables.

Cuando llegó al número veintidós de la avenida, observó la belleza del jardín del principal sospechoso, aquel que aunque quisiera, no podría salir de su casa para disfrutar de aquel día medio soleado del inicio del invierno. Todas las ventanas estaban cerradas, todas las persianas bajadas. Pero había un pequeño tragaluz abierto en la parte más alta de la casa, la única luz natural que bañaría aquel hogar.

Se había vestido con su mejor traje, aquel totalmente negro que parecía brillar con luz propia. Se presentaría como un inspector, lo que era, pero no con la intención de resolver un crimen, sino de ayudar a ese pobre hombre con problemas. Si se ganaba la confianza de la enfermera, pronto estaría hablando cara a cara con el señor Viera.

Golpeó la puerta con la aldaba de hierro con forma de mano que la adornaba, y poco después apareció una mujer tras ella.

–Bienvenido a la residencia Viera, soy la señora Silvia Martí ¿en qué puedo ayudarle?

–Buenos días, ¿podría hablar con el señor Joaquín Viera?

–Lo lamento, pero el señor no atiende visitas –respondió, por el pequeño espacio que permitía abrir el cerrojo con cadena de la puerta.

–¿Podría hablar entonces con usted?

–Yo únicamente soy su enfermera, no tomo decisiones de ningún tipo. ¿Quién es usted?

–Soy el inspector Vincent Barrett –se presentó, con el sombrero entre sus manos.

–Lo siento, pero si viene por el asesinato del pobre Adrián, no tenemos nada más que decir. Aquello fue horrible, y mi señor está intentando superarlo. Es una persona muy inestable, no puedo permitir que sufra más.

–Precisamente por eso estoy aquí. Mi intención es cerrar este caso para que puedan descansar tranquilos. Pero para conseguirlo necesito su colaboración.

–Y, ¿por qué debería fiarme de usted?

–Porque conozco el caso clínico del señor Viera, y sé que él no podría haber hecho nada fuera de estas paredes. Sé que él no dejó el cuerpo de ese chaval en el parque. Sé que es inocente, pero necesito más datos para poder demostrarlo –la mujer lo miró de arriba abajo, apretó los labios, y finalmente, abrió la puerta.

–Acompáñeme, le serviré un té.

Ilustración de Veronica Lopez

~***~

La luz amarillenta que iluminaba las habitaciones de la casa les daba un aspecto enfermizo. Todo parecía ser más antiguo de lo que era, visto a través de aquel filtro color sepia. Vincent observó con asombro la simetría de los objetos, cada uno situado en un lugar estratégico. Libros ordenados por colores y tamaños, fotografías siguiendo una jerarquía temporal, y un jarrón en el centro de cada mesa, con una rosa fresca en su interior. No había papeles sueltos, ni periódicos, nada parecía romper aquel orden tan abusivo.

Cuando llegaron a la cocina, su atención se centró en la puerta de madera cerrada que, sin duda, comunicaba con el jardín. «¿Por qué una persona tendría miedo de contemplar las flores, las nubes o la luna y sus estrellas?» pensó el inspector, mientras se sentaba en la pequeña mesa de la cocina.

–Sé lo que está pensando, esa puerta desmorona a cualquier persona. Pero con el tiempo te acostumbras a vivir así. Los familiares siempre vienen a tu casa, alguien te trae la compra semanalmente… Estás aislado del mundo, pero creas tu propia historia dentro de estas paredes.

–¿Usted tampoco sale a la calle? –preguntó Vincent con un atisbo de horror en la mirada.

–No, el señor no soporta el contacto con las personas de fuera, por los gérmenes y ese tipo de cosas. Hace años que no salgo, pero tampoco lo necesito. Estoy aquí, cuido de él, hago todo lo que me pide y soy feliz. Creo que ese es mi destino.

–Y, ¿cuándo fue la última vez que el señor Viera salió de esta casa?

–Uff, déjeme pensar –meditó, mientras llenaba las dos tazas con un té con aroma a vainilla–. Creo que hará más de seis años que fue por última vez a la consulta del doctor. Cuidado, no se queme, está muy caliente –dejó la tetera sobre la mesa y se sentó frente a él–. Desde ese momento siempre hemos establecido visitas domiciliarias.

–Pero, por lo que me ha comentado, el doctor Santana no podía ponerse en contacto directo con él, ¿verdad?

–No, yo hablaba en su nombre. Hacía todo lo que él pedía, rellenaba los cuestionarios, hacíamos juntos los test… Después el doctor lo miraba todo y me especificaba cómo seguir con el tratamiento. Venía una vez al mes o siempre que se lo pedíamos.

–¿Cuándo fue la última vez que el doctor habló personalmente con el señor Viera?

–Su fobia hacia los gérmenes empezó hace más de tres años, pero se incrementó a principios del año pasado.

–Cuando hablé con el doctor Santana me comentó que su misofobia había evolucionado rápidamente, y que de un día para otro se negó a seguir recibiéndole.

–Sí, fueron tiempos difíciles. Desde ese momento no sale jamás de su habitación. Se lava las manos en su baño cientos de veces, y cuando hace cualquier cosa, utiliza guantes. Cada vez que entro debo vestir mi uniforme saneado. Es complicado, pero ya estoy acostumbrada.

–¿Cómo es el señor Viera? –preguntó Vincent, mientras relacionaba todo lo que iba descubriendo con los datos anteriores.

–Es una persona especial, con sus muchas desventajas, pero con grandes cosas positivas que equilibran la balanza.

–Y, ¿físicamente?

–Es bastante alto, no come mucho, pero como no hace ejercicio… Bueno, de hecho no hace nada, así que tiene bastante sobrepeso.

–¿Más o menos de su misma altura?

–Sí, tenemos una talla parecida –el inspector la observó con detalle. Era una mujer de unos cincuenta años, bastante alta, muy delgada, y con el pelo corto.

–Y, ¿cómo lleva el cabello?

–Lleva el pelo largo, no quiere que nadie se lo corte. Pero se lo lava dos veces al día –se levantó y cogió una caja con pastas–. Coja una. ¿Por qué me hace esas preguntas?

–Los dos testigos vieron a una persona alta y rechoncha, con el pelo alborotado, así que la descripción concuerda bastante bien con la del señor Viera. Pero eso no significa que sea necesariamente él.

–Por supuesto que no, él sería incapaz de hacer algo así.

–Estamos de acuerdo –tenía la respuesta a todas sus dudas. Sabía que solo era una teoría, pero por algo se empezaba–. Necesito hablar con el señor Viera –soltó, y acto seguido mordió una de las galletas.

–Eso será imposible, inspector.

–No necesito verle, solo quiero hablar con él. Prometo que no hablaré sobre el joven asistente. Me haré pasar por un terapeuta, y le haré unas preguntas muy simples que me ayuden a demostrar que es inocente.

–¡No podemos engañarle!

–Es por su bien, créame.

–No puede hablar con él, olvídelo.

–Sé que no puedo hablar con él, señora Martí. Sé que sería totalmente imposible que hablase con él.

–¿A qué se refiere? –preguntó, poniéndose de pie, mientras recogía las tazas, dispuesta a lavarlas.

–Lo primero que he pensado cuando he entrado en esta casa ha sido lo curioso que era, que un hombre encerrado en una habitación se preocupase por el orden del resto de la casa…

–El señor Viera quiere tenerlo todo ordenado.

–No he terminado. Su paciente quiere tenerlo todo ordenado, pero en la entrada hay restos de barro del jardín. Qué descuido, señora, debería limpiarlo.

–Eso es imposible, nadie entra ni sale de esta casa.

–No, nadie lo hace cuando hay peligro de ser visto. No creerá que he venido hasta aquí sin haberme informado un poco de lo que estaba pasando, ¿verdad? –sacó su pequeña libreta y buscó algunas anotaciones–. He vigilado varios días esta casa, sé perfectamente que sale usted todas las noches. No era necesario ocultar algo tan simple.

–El señor no debe enterarse de eso.

–Estoy seguro de que no lo hará. Cuando encontraron el cuerpo del joven Adrián Gómez, tardaron bastante en descubrir quién era, y se consiguió gracias a la denuncia de la empresa donde trabajaba, y las reclamaciones de los clientes a los que no había visitado durante aquel tiempo. El señor Viera fue el único que no hizo ningún tipo de reclamación y, además, el último cliente que visitó. Por eso se convirtió en el principal sospechoso de este crimen.

–Pero eso no son más que simples suposiciones, no es suficiente para culparlo.

–Por supuesto que no. Pero, ¿por qué no informó usted a la empresa?

–No quería meter en líos a ese joven, supuse que tendría otros planes.

–Claro –cogió otra de las galletas y la mordisqueó, saboreando los trozos de chocolate–. Por otra parte, la descripción que dieron los testigos es muy parecida a la de Joaquín, y su incapacidad para prestar declaración mosquea a los policías. Nadie puede negarse durante mucho tiempo a la justicia.

–¿Para eso ha venido? ¿Para obligarlo a salir?

–No. He venido para conocer la verdad –pasó las páginas de la libreta–. El doctor Santana diagnosticó la misofobia del señor Viera sin verle, teniendo en cuenta lo que usted le contaba.

–El señor rellenaba todos los test, yo solo era el medio de comunicación.

–Todos los datos pasaban siempre por sus manos. Cada explicación, cada decisión. ¿Sabe por dónde voy, señora Martí?

–No, inspector, no entiendo nada de lo que sugiere.

–La primera vez que entré la decoración era diferente. Había fotos de los padres del señor Viera, los cuadros eran otros y no había ni un solo jarrón –la cara de la enfermera empalideció–. Sí, es muy diferente a como la recordaba.

–Usted nunca ha estado en esta casa, no sea mentiroso.

–No personalmente, pero alguien me lo explicó con todo lujo de detalles. Lo he estado hablado con el doctor Santana, y coincidimos bastante con la resolución del misterio. Su paciente mostró indicios de recuperación durante unos meses, y poco después recayó, sumergiéndose en un abismo absoluto.

–Fue horrible ver como cambiaba tan rápido.

–Por supuesto, para usted fue horrible ver como Joaquín Viera se recuperaba. Poco a poco empezaba a salir al jardín, pero usted no lo podía permitir. Si él recuperaba su vida, usted perdía la suya. ¿Dónde iría con su edad? ¿Quién la querría como enfermera teniendo la posibilidad de escoger a gente más joven? No le quedaba ninguna otra opción, ¿verdad? Eso es lo que pensaba. Si perdía al señor Viera, lo perdía todo. Y, ¿cuál era la manera de no perderlo jamás? Deshaciéndose de él, fingiendo que sus progresos habían fracasado, y había desarrollado nuevas fobias que le impedirían volver a comunicarse con nadie más que usted. Un plan demasiado  ambicioso. Tan cínico que suponía un riesgo desmesurado. Pero aun así lo llevó a cabo. ¿Cómo, señora Martí? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo se deshizo de él?

–Todo lo que dice son mentiras, el señor Viera está en su habitación –la mujer rompió a llorar, emitiendo un llanto desgarrador–. Váyase de aquí –gritó–. ¡Fuera de esta casa!

–Sabe mejor que yo todo lo que hizo. No se engañe a sí misma, jamás recuperará a su paciente. ¿Cómo lo hizo?

–Yo no hice nada. Yo le ayudo en todo lo que puedo y me amoldo a sus necesidades.

–El doctor Santana afirma que usted se niega siempre a intentar verle, que muestra un comportamiento atípico y que no se fía de usted.

–No puede ser, ¡está mintiendo!

–Sabemos que espantó a todos los asistentes que llegaban, hasta que ya no supo cómo controlarlo. Adrián sabía demasiado, había llegado a la misma conclusión a la que hemos llegado nosotros y, tuvo que deshacerse de él.

–No, no fue así, lo juro. No fue así.

–¿Cómo fue? –gritó Vincent, golpeando la mesa con el puño–. ¡Explíquese, señora!

–Yo no quería hacerle daño –gimoteó–. Siempre había estado a su lado, fiel ante las adversidades. Había cambiado todo mi vestuario, me había mudado a esta casa, incluso había renunciado a mi prometido por él. Y, de un día para otro, me dice que ya no le hago falta. Que avanza rápido y que pronto podrá volver a salir, en busca de alguien con quien vivir una aventura, casarse y tener hijos. Me dijo que la esperanza de encontrar el amor era más fuerte que su horror a salir, y que por eso luchaba.

–Usted quería ocupar ese lugar en su vida, ¿verdad?

–Creí haberlo ocupado –las lágrimas resbalaban por sus mejillas, cayendo sobre su uniforme blanco–. Pero aquel día me di cuenta de que todo el esfuerzo, todo el tiempo que había invertido en él, había sido en vano. No podía permitir que aquello que yo había conseguido fuese para otra. O mío o de nadie –lanzó una de las tazas al suelo–.

–¿Qué pasó, entonces?

–Preparé una cena especial poniendo como excusa que había aprobado unas oposiciones. Le dije que había encontrado otro trabajo, para ver cómo reaccionaba, pero simplemente se alegró por mí. Así que le asfixié con una almohada. Después de años encerrado, no tenía mucha fuerza, no opuso resistencia.

–¿Cuánto tiempo hace de eso?

–Seis meses y  cuatro días.

–Y, ¿dónde está el cuerpo? –preguntó Vincent, impaciente.

–Allí donde nunca quiso estar. El lugar que más lo inquietaba.

–El jardín…

–Exactamente, ese precioso jardín. Al principio pensé que los vecinos se darían cuenta, pero, ¿quién iba a interesarse por el jardín de un lunático? Fingí que construía un huerto, y planté unas cuantas verduras. De noche, por supuesto, tenía que guardar las apariencias. Por el día no salgo jamás, pero por la noche, no puedo evitarlo. Por el tragaluz del desván a penas se ve una parte del cielo, y me gusta ver la luz de la luna.

–Y, ¿por qué mató al joven asistente?

–Como bien ha dicho, sabía demasiado. Como usted.

Vincent abrió su americana negra y mostró la pistola a la mujer.

–No haga tonterías, señora, no le saldrán bien.

–¿Cree que después de contarle todo esto voy a dejar que vaya a la comisaría a soltarlo todo? No soy ninguna idiota, inspector –abrió uno de los cajones y sacó un cuquillo.

–No me gustaría hacerle daño, así que será mejor que se tranquilice. Ha asesinado usted a dos personas, no se perjudique más. Nadie ha notado la ausencia del pobre señor Viera, y tardaron en echar de menos al joven Adrián. Pero, en menos de una hora, mi ayudante saldrá a buscarme.

–No es usted tan importante.

–Nadie lo es. Por eso debemos aprender a ser sustituidos, sin por ello arrebatar la vida a nadie. Un consejo que le llega un poco tarde –se levantó con las esposas en la mano–. Haga el favor de dejar ese cuchillo sobre la mesa y después levante las manos.

–De eso nada, ¡soy más rápida que usted! –gritó, mientras lanzaba una estocada hacia el cuerpo de Vincent. Con un sencillo movimiento, el inspector esquivó el golpe y empujó a la mujer al suelo. No fue nada complicado mantenerla inmóvil, y una vez esposada solo tuvo que ponerse en contacto con la comisaria.

~***~

Como era de esperar, al comisario no le hizo ninguna gracia que el inspector Barrett hubiese investigado sin su consentimiento el caso de otra comisaria. Pero, el periódico anunciaría en portada el gran descubrimiento tras meses de arduo trabajo que los policías habían hecho, todo por el bienestar de la población.

–¿Te ha gritado mucho? –preguntó Javier, sentado en la butaca de Vincent, con una copa en su mano.

–Bah, como siempre. Ya sabes que ese tío no tiene ni idea de lo que quiere –lo observó con asombro–. ¿Se puede saber qué haces ahí sentado, bebiéndote mi licor?

–Me estaba preparando por si te echaban del cuerpo, no está nada mal este lugar –los dos rieron juntos–. Cuéntame, ¿cómo sabías que había sido ella?

–El doctor me dio todas las claves cuando hablamos en su consulta. Me dijo que ella se comportaba de una manera extraña desde que él empeoró, y que le parecía ridículo no poder ni hablar con su paciente. Evidentemente no recelaba hasta el punto de culparla de asesinato, pero yo enlacé los datos y pensé que era una buena teoría.

–Y tan buena. Pero podría haberte hecho daño, Vincent.

–Sabía que atacaría, así que estaba preparado.

–Y, ¿quién llevó el cuerpo del joven al parque? La descripción no concuerda en absoluto con la de esa mujer.

–Pues, fue ella… Encontramos en la casa una peluca y sospechamos que utilizó un relleno para parecer más gruesa. Es increíble, la enfermera matando a su paciente porque mejoraba… El mundo está loco, ¿verdad?

–Bueno, al menos la parte con la que nosotros tratamos.

–Será mejor que retomemos nuestros casos, Javi. ¿Qué ha pasado con la mujer que disparó a su marido?

–Tenías razón, fue una infidelidad. Nada más por el momento.

–En ese caso, me tomaré un trago contigo –sacó un vaso y lo lleno con el mismo licor que su compañero–. Ya era hora de tener un respiro.

–Y bien merecido, Vincent.

Carme Sanchis

Flash forward

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato reflexivo corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Flash forward.

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
Jorge Luis Borges. 1899-1986.

La muerte me ronda. A ratos creo que me va a llevar al otro lado cogiéndome de los pies y dando un tirón. A ratos se muestra sumisa: me habla bajito, al oído, y me confunde. ¡No existes, vete, vete, hoy todavía no!

Me han incoado en un procedimiento propio y único. Dicen que tengo grandes zonas calibradas de interés cultural. La enfermera me mira y sonríe. Yo sé cuánto esfuerzo hace cada día por parecer tranquila. Ella es mi mujer. Me anima, me abraza, está ahí. Sólo eso: está. No te preocupes tanto. En realidad, te mueres cada día, justo después de comer, unos quince minutos. Y esboza una sonrisa. No puedes perder el sentido del humor.

Por aquí arriba en la cabeza tengo bosques de eucaliptos bajo mis pelos. Inmensos microcosmos llenos de bacterias que sobreviven comiéndose la piel. En el pecho ha surgido la nueva reserva del Río Tinto. Fluye caliente a ratos entre sollozos sin lágrimas ya. No te preocupes, amor, hoy todavía no. Quiero decírselo, pero no puedo: no tengo lengua, no tengo boca, no tengo garganta. Quiero decir muchas cosas a mucha gente. Pero he elegido hacerlo en un momento crítico en el que mi naturaleza me ha dado la espalda.

Ahora me comunico con una pizarrita de niños en la que escribo con tiza frecuentemente: No llores. Pero todos lloran… Primero me trajeron un ordenador con una e-pizarra y vi que podía escribir y grabar mensajes que siempre repetía. Durante las visitas. Bien. Al pulsar la b, texto predefinido, automáticamente: bien.

No cabe duda de que morirse es un destino esperable, pero no hace falta marcharse de aquí con tanto dolor. Yo hubiera deseado dormirme para siempre y no sufrir. No sufrir mi dolor, que es muy grande, sino el dolor de los que me quieren.  Yo también lloro mucho, a solas. Cuando creo que nadie me escucha, me desahogo. Pero las lágrimas escuecen mi pecho y todavía siento más dolor porque no brotan para fuera, sino para dentro.

Hablo en sueños, para que sepan que todavía no he muerto. Lo potente que es el subconsciente. Palabras sueltas, algunos sinsentidos o co-razones de existencia:

Protección cautelar. La nieta.
Licencia para habitar. El testamento de mi hijo.
Efectos colaterales. ¿Qué será de mi mujer tan joven y bella?
Indemnizables los perjuicios. Yo no quiero, pero lo harán.
Suspensión de licencia. El médico se equivocó.
Mi ruina es una realidad histórica. Error tras un juicio previo.
Deber de conservación del propietario. Donaré mi cuerpo a la ciencia.
Colectividad. No quiero admitirlo.
Acto de contenido imposible.
Manifiestamente obligado a la expropiación. De mi yo, de mi materia, de mi hoy en vida.
Medidas de garantías. Ya no hay recursos suficientes.
Todos nos consideramos los indispensables en un hogar. No hay nadie insustituible. Todo pasará.
Criterio de mínima intervención y la máxima garantía. ¡Mierda para todos!
Principio de restitución. Lo único irremplazable es la vida.
Día internacional del Despojo. Instáurenlo.
Todo lo aséptico que me rodea me obliga a sentirme cobaya.
Las dobles listas, esperas en hospitales, amorales.
El fondo, la superficie está sucia. Limpia y encontrarás.
El patrimonio inmaterial. Dejaré mis libros, mis poemas, pensamientos, etc.
Expresiones culturales. No di para tanto. Ni mucho menos.
El elemento humano: el miedo. No sólo existe dentro.
El húmedo, tenebroso y resonante corazón palpita aquí, y me aprieto con la palma izquierda el pecho. Todavía…

Resplandor devoto de una luz, la luz de la candela que no pudo ser sol. Y el sol seguía existiendo fuera, ajeno a todo siguiendo su propio ritmo.

Color áureo. Faz de la luna pálida y sobrenatural. He decidido estar para crear. Volver. Despierto.

Sea como sea, me muero quince minutos al día por culpa de las pastillas justo después de comer. Es el único momento  en el que cualquiera que me viese podría pensar que ya es un hecho la presencia inerte de mi cuerpo. Pero despierto cada tarde a las cinco y cuarto.

Luego escribo, ordeno y organizo muchas cosas, en la pizarrita, porque como ya les dije, no puedo hablar. Mi secretaria lo transcribe en el ordenador. Y todo fluye con cierta coherencia… Una vez a la semana me llevan desde mi casa hasta el hospital para las revisiones. En el camino, inevitablemente, circundamos el cementerio. Hoy queda un día menos…

Cada vez estoy más resignado y tengo menos miedo. Supongo que todo este tiempo ha sido un regalo para asumirlo todo y dejar todas mis cuentas pendientes al día. La muerte, al final, siempre gana, es lo único capaz de ganarme. Pero hoy todavía no.

Ilustración de Verónica López

Olga Ruiz Trinidad

El vecindario

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía Urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El vecindario.

Los seres inmortales también perecemos. No morimos como los mortales, cuya alma se desprende del cuerpo y, cuyo cuerpo, tan pronto como se convierte en un cascarón vacío, entra en descomposición. No, los seres mágicos nos endurecemos. Cuando la llama que mantiene nuestro calor se extingue, todo nuestro ser se enfría y entra en un letargo infinito del que es casi imposible salir. El qué nos mantiene con vida depende de cada espíritu elemental. Mi alimento es la alegría, pues soy —o más bien dicho— en mis días felices fui un hada de los bosques. Ahora, solo soy un triste recuerdo de aquello que fui. Pero comencemos por el principio…

Todo empezó hace muchos… muchísimos años. Lo vi por primera vez en uno de los recónditos claros donde mis hermanas y yo solíamos jugar, en el corazón mismo del bosque. Nunca ningún humano se adentró tanto en la espesura de la arboleda, pero aquel excursionista, sin saber cómo, había llegado hasta mi pequeño jardín multicolor de flores. Por suerte, tuve tiempo de replegar mis alas y apagar mi luminiscencia antes de que posase su mirada tímida sobre mí. Su mano dejó caer al suelo la botella de agua que sostenía.

—Ho…hola, ¿estás… uf… perdida?

—No —respondí— ¿Y tú?

—No… yo, tampoco… Mira, llevo un GPS… Espera… ¿A dónde te diriges?

—A ninguna parte, de momento.

—Yo iba hacia… bueno, eso ya… ya no me acuerdo. No importa… ¿Te he visto… antes?

—Es posible. Puede que en alguno de tus sueños.

Él, instintivamente, bajó la mirada y una oleada de calor inundó mi cuerpo. Dicen que la risa de las hadas suena, al oído de los humanos, como el tintinear de un millar de campanillas diminutas. Puede que sea cierto porque cuando me reí, él se estremeció. Golpeaba insistentemente una rama seca del suelo con su bota, de la que no apartó la vista ni un segundo.

Su reacción confirmó mis sospechas: yo debía estar presente en sus sueños.

***** **** ****

Tras cinco meses de encuentros y visitas furtivas, siempre en el bosque o en sus lindes, conocimos el uno del otro lo necesario: cuáles eran nuestros nombres y nuestros sentimientos.

-Jordan, ¿crees que sientes algo por mí?

Él se ruborizó y miró al suelo. Cuando intentó contestar, las palabras se le encallaron en la garganta y quisieron salir todas de golpe provocándole un terrible tartamudeo. La alegría en mí se avivó y creí que nunca se apagaría.

Aún así, el día de la boda le pregunté:

—¿Estás seguro que quieres pasar el resto de tus días junto a mí?

Él se puso nervioso y me rehuyó mientras una lágrima que pretendía esconder se deslizaba por su mejilla. Esta vez se tomó su tiempo para agarrar con fuerza la respuesta y que no se le escapara. Pero no esperé. Con un dedo sellé sus labios y le susurré.

—Yo también.

Cuando nos trasladamos a nuestro nido de amor, me sentía el ser más dichoso sobre la faz de la tierra. Nuestro hogar era perfecto: una casa unifamiliar con jardín, caseta de perro y garaje —como quería él— situada en el barrio residencial más cercano al bosque —como pedí.

—¿Me quieres? —le pregunté, mirándole a los ojos.

Él fue incapaz de contestar a eso. Me abrazó como quien agoniza aterido. Era todo cuanto yo necesitaba. Su calor, la casa y mi jardín de hierbas aromáticas y flores multicolores me ofrecerían el resto.

En los años que estuve, me podría haber movido de ahí, pero no lo hice. Podría haber visitado las casitas unifamiliares —con jardín, caseta de perro y garaje— de nuestros simpáticos vecinos, pero no lo hice. Podría haberme internado en el bosque de vez en cuando para reencontrarme con mis hermanas, pero eso, tampoco lo hice.

Los años pasaron velozmente para mí. Lentamente para él. Eso es la relatividad del tiempo. Treinta años humanos son muchos, quizás demasiados, para aquellos cuerpos cuyos huesos pierden fuerza, cuyas panzas aumentan de volumen y en cuyas cabezas escasea ya el pelo. Pero para nosotros, los seres mágicos, cuya longevidad se cuenta en siglos, es un periodo tan breve que no se produce cambio alguno en nuestro cuerpo. Para mí, esos treinta años fueron un fugaz suspiro.

Después todo comenzó a ir mal.

Empecé observando pequeños cambios que se obraban en él casi imperceptibles. Apareció una nota de indiferencia en su forma de hablarme y una rotundidad en sus gestos que antes no estaba allí.

—¿Me encuentras deseable?

—Claro…

—¿Pasamos de la cena?

—Claro…

Luego, su tono empezó a adquirir una seguridad que poco a poco me fue dejando fría. Un día, cuando le pregunté si todavía me quería, me respondió sin titubear:

—Por supuesto que sí. Como siempre.

Durante el otoño de ese mismo año perdí el color. El médico ¡pobre ingenuo! explicó que mi palidez y mi baja temperatura seguramente estaban causadas por algún tipo de fiebre desconocida y que con un poco de reposo me recuperaría.

Empeoré. Soplos intensos de frío me recorrían como si el invierno hubiera anidado en mi interior. Y cuanto más débil me sentía yo, más frondoso se volvía mi jardín, que era el orgullo y envidia del vecindario. Presentí que mi final estaba cerca y accedí de buen grado a las insistentes invitaciones de la familia Hewitt-Lenson, que vivía al lado y de los Kelmer, los vecinos a los que estuve evitando durante tantos años. También acepté la de la encantadora pareja Jean y Austen, que se habían mudado a la casa de enfrente hacía siete años, cuando la señora Parcel murió. De todo eso y de mucho más me enteré en un solo día, el día en el que el destino me tenía reservado un final inesperado. ¿Dónde estaba por aquel entonces Jordan, mi marido? Trabajando, mucho y a todas horas.

El día en que visité las casas de mis vecinos más cercanos comprendí lo voluble y cambiante que es el ser humano. ¡Sus jardines eran cementerios encubiertos, adornados de césped, flores y plantas, con piedras y caminos!

Dejé resbalar las últimas horas del fatídico día con el frío instalado en las entrañas. Ya en la noche oscura, los aullidos del perro me alertaron de la llegada de Jordan. Esperé a que aparcara el coche en el garaje y se acercara al salón. Tan pronto como me vio, sin darme tiempo a preguntarle nada, me contestó:

—Te quiero mucho, vida mía. Mira lo que te he traído.

Sus palabras fueron tan aseverativas como vacías. Sentí una punzada de hielo allí donde palpita el corazón. Cuando se acercó a entregarme el ramo de flores noté el olor almizclado a hembra que lo envolvía.

—Ahora subo a la habitación —le mentí.

Ilustración de Verónica López

Sola y en silencio salí a mi pequeño fragmento de bosque particular, mi jardín. Caían los primeros copos de nieve sobre los arbustos. Sin aliento, me posé sobre el suelo helado, con la piel azulada, rígida y fría. Intenté no abandonarme a la tristeza que me acechaba; traté de levantarme, pero caí de rodillas. Demasiado tarde: mi cuerpo se petrificaba. Mis alas se desplegaron por última vez y sus membranas se cristalizaron mientras se me escapaba la vida. Cuando expire mi último soplo de calor, mi aliento hizo crecer un círculo de hermosas flores alrededor mío.

A la mañana siguiente fui testigo de cómo Jordan, tras mi desaparición, llamó a la policía. Llevaba bastante sin fijarse en mi jardín y no repararía en él aquel día. Parecía preocupado. Y lo estuvo, sin duda, un par de semanas. Pasado ese tiempo, siguió con toda normalidad con su vida.

La vida humana finaliza con la muerte, pero la existencia de los seres inmortales se acaba y, aún así, no termina. Los vecinos que yo conocí del barrio desaparecieron y otros ocuparon su lugar. Y, a estos, les sucedieron otros nuevos. Los cadáveres de mis congéneres y yo somos los únicos que permaneceremos aquí por siempre jamás. Somos eternos.

Mi llama ya hace mucho que se consumió, pero seguiré aquí, en letargo, inmutable, quieta, muda y fría. Soy el hada del jardín de una bonita casa con garaje y caseta para perro, una figura más de las que adornan el cementerio de seres mágicos de este vecindario, cómo la familia de duendes del patio de los Hewitt-Lenson, los gnomos de los Kelmer, o el ángel sobre la fuente que vi en la casa que perteneció a la señora Parcel.

Me pregunto qué fue lo que les mató a ellos.

Olga Besolí
Noviembre 2013

 

La casa Rosicky

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +18

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración con propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La casa Rosicky.

Cuántas veces me habré preguntado qué es lo que hace que las cosas sucedan, o si somos realmente libres para escoger nuestro destino. Si aquella tarde no hubiésemos decidido ir a la casa Rosicky, ¿el mal nos hubiese perseguido hasta encontrarnos?

De todos los recuerdos de mi infancia, solo hay uno que me gustaría borrar, pero no puedo. Solo éramos unos niños. ¿Qué clase de terrible pecado habíamos cometido?

Prefiero pensar que no fue nada personal, que nada más que estábamos en el lugar y momento equivocados. Otra cosa me volvería loco.

En la primavera de 1980 yo tenía once años y había perdido la cuenta del número de veces que nos habíamos mudado de casa. Mi padre era capitán de la guardia civil y nos trasladábamos continuamente por toda España cada vez que él cambiaba de destino. Al principio me parecía muy duro dejar atrás una y otra vez buenos amigos, pero creo que llegó un momento el que me acostumbré a aquella vida nómada. Visto desde la distancia, a veces pienso que la calidad de mis relaciones de amistad disminuía con cada cambio, quizás como una medida inconsciente de defensa por mi parte, para minimizar el daño que sin duda llegaría cuando tuviésemos que marcharnos. Por otra parte vivíamos en un cuartel, y allí todos éramos como una gran familia acostumbrada a la llegada de nuevos miembros. Gracias a eso, y a mi carácter extrovertido, nunca me costaba mucho trabajo integrarme en alguna pandilla de chicos de mi edad.

Aquella tarde hacía un buen rato que el sol se había puesto. La luna llena comenzaba a iluminar en blanco y negro las calles, y se podía ver incluso en los rincones más escondidos sin la iluminación de las farolas.

Era viernes y al día siguiente no había colegio, y eso significaba que nuestras madres todavía tardarían un buen rato en llamarnos para cenar, así que Raúl nos propuso ir hasta la casa Rosicky. A los tres nos pareció una buena idea, o por lo menos no abrimos la boca para protestar. Hacerlo hubiese podido tomarse como una muestra de miedo y ninguno quería parecer un gallina. Aunque todos teníamos la misma edad, Raúl era unos meses mayor, y esa diferencia, y una valentía que a veces rayaba en la temeridad, eran suficientes para que lo hubiésemos elegido como nuestro líder.

La casa Rosicky estaba abandonada desde hacía muchos años. Era enorme e impresionaba verla a plena luz del día. A mí me parecía que era hermosa a su manera, pero tengo que reconocer que era bastante extraña. Pasar delante de ella me ponía los pelos de punta y hacía que la mirase de reojo mientras caminaba. A mi padre no le gustaba demasiado que merodeásemos por los alrededores de la casa pues, aunque el barrio era muy tranquilo, el abandono la había deteriorado tanto que podía haberla vuelto peligrosa. Recuerdo que siempre me decía que aquella construcción destacaba tanto como una rosa en medio de un campo de ortigas.

Según me había contado Raúl, había sido construida a principios del siglo XX por un acaudalado matrimonio polaco cuyos negocios tenían algo que ver con la minería. Sus dueños apenas habían podido disfrutar de la mansión, puesto que habían muerto en un accidente de tráfico cuando viajaban a Polonia con su hija.

Después de un paseo muy corto en el que apenas hablamos entre nosotros, llegamos hasta la casa. A nuestro alrededor no había más ruidos que las voces amortiguadas por la distancia de los demás chicos que todavía jugaban en la calle. La vegetación crecía de forma salvaje y se entretejía con la oxidada reja de hierro forjado que cercaba la finca. Raúl, que conocía perfectamente el terreno, nos dirigió sin vacilar hasta la verja de la entrada, cuyas dos hojas estaban sujetas por una gruesa cadena y un candado que nadie había abierto en años.

—¡Vamos! —nos animó Raúl—. Si empujamos con fuerza, lograremos mover esta verja lo suficiente como para poder pasar.

Una de las hojas se había descolgado de las bisagras y estaba clavada en el suelo, pero la otra todavía se movía, y la longitud de la cadena permitía una holgura suficiente para que pudiésemos pasar por la abertura con un poco de esfuerzo.

Una vez dentro, la excursión dejó de parecerme divertida. Ya no podía oír a los chicos y dudaba que pudiésemos escuchar a nuestras madres en caso de que nos llamasen. Arturo debió de sentir lo mismo, porque recuerdo perfectamente su mirada al pasar a mi lado.

La luz de la luna se filtraba a través de las ramas desnudas de los árboles muertos del jardín e iluminaba de tal forma la casa que ya no me parecía hermosa. Bañada con aquella luz fantasmal, la casa parecía haberse despojado de su disfraz de lugar apacible para revelar su verdadera naturaleza maligna. Quizás incluso la guarida de algo que en ese mismo instante nos estuviese observando detrás de aquellas ventanas de vidrios rotos y lechosos, mientras extendía sus tentáculos entre la maleza del jardín para atraparnos.

Intenté pensar en cosas menos aterradoras, pero no lo conseguía.

Raúl nos reunió para contarnos el plan y, mientras hablaba, yo no podía quitar los ojos de la casa. Mi imaginación dibujaba siluetas tras los cristales sucios y veía sombras moverse allí donde no había nada.

—He traído tres petardos de los gordos —anunció Raúl presa de la excitación—. ¿Qué os parece si los tiramos en la cueva del conejo? —preguntó de forma retórica, pues sabía que la decisión estaba tomada y ninguno de nosotros se echaría atrás.

La guarida del conejo era un agujero de unos treinta centímetros de diámetro que alguien o algo había excavado en la parte de atrás del jardín, en la ladera de una pequeña loma que habíamos descubierto mientras jugábamos a exploradores, a plena luz del día.

La idea de rodear la casa de noche, hasta un lugar que quedaba tan lejos de la única salida de la finca, no me agradó demasiado, pero Raúl continuó hablando y acabó por contagiarnos su excitación. Además, y si todo salía bien, tan solo serían unos minutos. Y tirar unos petardos bien merecía el mal trago.

Una vez que nos pusimos de acuerdo, comenzamos a movernos sigilosamente de árbol en árbol detrás de Raúl.

—Cuidado con el estanque —susurró Raúl—. Pisad en las mismas piedras que yo si no queréis que vuestros padres os den unos azotes por llegar a casa con los zapatos mojados y llenos de barro.

Llegamos al jardín trasero sin más contratiempos y nos tumbamos sobre la hierba a recuperar el resuello. Sobre nuestras cabezas brillaban miles de estrellas en un cielo completamente despejado. Solo aquella imagen hacía que todo hubiese merecido la pena.

Raúl se sentó y abrió la mano para enseñarnos lo que había traído.

—Dos bombas y una traca. Vamos a pulverizar ese agujero —señaló un punto a unos metros de nuestra posición—. Yo tiraré el primero, ¡seguidme!

Reptamos por la hierba hasta que nos ordenó detenernos alrededor del agujero. Aquel círculo de profunda negrura parecía bastante más grande que a plena luz del día. Recuerdo que en ese momento pensé que quizás se tratase de la guarida de algún animal peligroso y no di un paso atrás, pero dejé que mis dos amigos se pusieran en primera fila.

—¡Guau, es genial! —exclamó Raúl con un tono demasiado alto para mi gusto en cuanto se asomó al agujero.

Ilustración de Verónica López

No entendí a qué se refería hasta que me acerqué a él. Una brisa fresca salía de la abertura y bañaba nuestras caras. Por un instante cerramos los ojos y disfrutamos del momento, olvidándonos por completo de nuestros temores y de donde estábamos.

—No me lo puedo creer —comentó Arturo—, pero si huele a chocolate…

Lo miré extrañado. Era cierto que olía bien, sin embargo, a mí me parecía que olía a ropa recién lavada.

Yo estaba desconcertado. Había algo que no encajaba en todo aquello. En el jardín no se movía ni una hoja.

—¿De dónde creéis que viene el viento? — pregunté.

—No lo sé. Quizás sea alguna especie de túnel de ventilación de una sala de máquinas…

—Pero no hay nada en la dirección en la que está excavado el túnel —repuse—, tan solo la casa. Y tú dices que está abandonada desde hace muchos años. ¿Qué clase de máquina funcionaría durante tanto tiempo?

—¡Mirad, chicos! ¿Qué es eso que brilla en el fondo del agujero?

Nos asomamos de nuevo al borde y vimos a qué se refería Arturo. Una pequeña luz bailaba en la oscuridad.

—¡Espera, espera un segundo! —exclamó Raúl—. ¿Podéis oír lo mismo que yo?

Nadie dijo nada. Aunque nos costaba entenderlo, sabíamos a qué se refería. No había duda alguna. Envuelta en la brisa llegaba la voz cristalina de una niña que tarareaba una hermosa canción.

—¡Hay alguien ahí abajo! —exclamé asustado por el significado de lo que acababa de decir.

—Quizás se haya quedado atrapada —dijo Arturo.

—Lo mejor será que vayamos a avisar a nuestros padres —comenté superado por los acontecimientos.

Ni Arturo ni yo pudimos evitar lo que sucedió a continuación.

Raúl no estaba dispuesto a volver a casa sin acabar la misión. Cuando me giré al escuchar su voz, en sus manos brillaba la chispa de la pequeña mecha del petardo.

—Está bien —dijo mientras lanzaba la traca al agujero—. Avisaremos a quienquiera que sea que esté ahí abajo para que sepa que vamos a volver con ayuda.

Todos nos retiramos hacia atrás de forma instintiva. Yo sabía que aquello no había sido una buena idea pero, al no escuchar la explosión después de un tiempo más que razonable, llegué a pensar que al final podíamos haber tenido un poco de suerte y quizás la mecha se hubiese apagado.

Sé que no deberíamos haberlo hecho, que tendríamos que haber salido corriendo de aquella casa infernal, pero la curiosidad de los niños no atiende a lógica alguna y nos parecía que no teníamos nada que temer de aquella brisa fresca y de la voz embriagadora de la niña que cantaba. Volvimos a asomarnos al agujero y nos sorprendió descubrir que el caudal de aire había aumentado hasta volverse casi molesto. Además, aquel olor agradable había sido sustituido por otro repugnante y ya no se oía la voz de la niña.

Nadie estaba preparado para lo que sucedió a continuación.

Las explosiones nos cogieron a todos por sorpresa, pero no nos asustaron tanto como lo que vimos cada vez que estallaban los pequeños petardos y la luz iluminaba la oscuridad durante un breve instante. Alguien reptaba hacia nosotros con una rapidez impropia del tamaño del agujero. Por muchos años que pasen, nunca podré olvidar aquella cara que nos miraba fijamente con unos ojos negros como el azabache y aquella sonrisa demencial.

No tuvimos tiempo a reaccionar.

El agujero nos escupió en la cara una bocanada de viento putrefacto mientras una mano blanca como la cera atrapaba a Raúl.

—¡Dios mío! —gritó cuando las uñas sucias se clavaron con fuerza en la carne de su brazo—. ¡Duele mucho, y quema…!

El viento cambió y se convirtió en una poderosa fuerza de succión que comenzó a arrastrar a nuestro amigo hacia la oscuridad, que pareció abrirse para recibirlo.

Estábamos aterrorizados, pero no dejaríamos a Raúl a merced de aquella fuerza maligna sin luchar, así que tiramos de él con todas nuestras fuerzas. Al instante nos dimos cuenta de que era un gesto inútil, que no podríamos vencer, pero no cejamos en nuestro esfuerzo hasta que por encima de nuestros gritos comenzamos a escuchar sus huesos romperse mientras el agujero se lo tragaba.

Por un instante se hizo el silencio. Arturo y yo nos quedamos allí, sentados al borde del agujero, llorando y sin saber muy bien qué hacer. Incapaces de creer lo que había sucedido.

Cuando el viento comenzó a soplar de nuevo, Arturo se levantó gritando fuera de sí.

—¿Puedes oírlo? ¡Ha dicho mi nombre! ¡Ahora viene a por mí!

Yo sabía que no había sido así, porque lo único que había oído con total claridad, y como si alguien me lo hubiese susurrado en el oído, había sido mi nombre.

No hizo falta hablar más. Comenzamos a correr como dos locos hacia la salida. Tropezamos y caímos varias veces mientras la fuerza del viento que nos envolvía crecía e intentaba entorpecer nuestra huída.

Ni siquiera pensamos en rodear el estanque. Solo cuando nuestros pies comenzaron a chapotear en un suelo pastoso que ralentizaba la carrera, caímos en la cuenta de que quizás hubiésemos cometido un error: no sabíamos cuál podía ser la profundidad de aquella charca. El viento nos zarandeó como marionetas y nos arrojó a la cara las nubes de mosquitos que flotaban sobre el agua estancada, así que nos vimos obligados a correr casi a ciegas el último tramo hasta la verja. Agotado y con el corazón a punto de estallar, alcancé la abertura y pasé dejando un jirón de ropa y algo de piel enganchados en el hierro.

Todavía a día de hoy pienso en qué hubiese sido de nosotros si hubiese dejado que Arturo intentase salir en primer lugar.

Absolutamente aterrorizado, mi amigo no se agachó lo suficiente y su pelo se enganchó en la verja, o por lo menos quiero pensar que fue la verja lo que lo atrapó.

—¡Ayúdame! —gritó desesperado mientras me tendía la mano.

No lo dudé. Estaba seguro de que allí afuera me encontraba a salvo y que aquella fuerza maligna ya no podía alcanzarme, así que le cogí la mano y tiré con unas fuerzas que ya no tenía. Durante un instante recordé nuestro intento de rescatar a Raúl y tuve miedo a fallar de nuevo, pero nada de eso sucedió. Arturo logró salir, aunque se dejó buena parte del cuero cabelludo colgando de la verja. Recuerdo que nos abrazamos y lloramos durante lo que me pareció una eternidad. Hasta que la sangre que manaba de su cabeza comenzó a empapar mi mano. Teníamos que volver a casa. Él necesitaba que un médico viese su herida y además teníamos que contar lo sucedido a nuestros padres para que volviesen a buscar a Raúl. Antes de marcharnos nos dimos cuenta de que el viento había cesado y, al levantar la vista hacia la casa por un instante, los dos pudimos ver, sobre la colina, la silueta de alguien que tenía el tamaño de una niña recortada contra la luz de la luna.

Mi padre sabía que yo nunca me inventaría una historia como esa, así que media hora después estábamos de vuelta en la casa, solo que ahora más de veinte hombres registraban el edificio y el jardín de forma exhaustiva.

Recuerdo que nos pidieron que los acompañásemos hasta el sitio en el que Raúl había desaparecido. En ese momento Arturo sufrió tal ataque de ansiedad que el doctor tuvo que sedarlo. Con el miedo en el cuerpo, avancé hasta un lugar que consideré seguro y les señalé el lugar en el que se abría el agujero de conejo.

Los hombres comenzaron a hablar entre ellos, desconcertados. Mi padre se acercó hasta donde yo estaba y se arrodilló ante mí.

—Hijo, ¿estás seguro de que es ahí? —me preguntó mientras me miraba a los ojos con preocupación—. No parece muy grande.

Me aparté de mi padre y vencí el miedo para acercarme hasta los hombres que rodeaban el agujero, que a la luz de los focos era poco más grande que una madriguera de ratón.

Yo estaba desconcertado, pero insistí en que había sido allí donde habíamos perdido a Raúl.

A pesar de lo evidente, excavaron toda la zona, pero no encontraron nada. Aquel agujero que yo les había señalado no profundizaba más de unos cinco metros en la tierra.

Otra cosa fue lo que encontraron en el sótano de la casa.

Ser pequeño tenía la ventaja de que muy a menudo pasabas desapercibido a los ojos de los mayores, y por eso nadie reparó en mí cuando me acerqué al origen de aquellos gritos desgarradores que rompían el silencio de la noche.

El padre de Raúl abrazaba a su esposa, que lloraba y gritaba desconsolada. Los hombres que habían registrado la casa salían en ese momento al exterior y entre ellos cundía el nerviosismo. Alguno incluso vomitó en el jardín. Al parecer, habían encontrado el cuerpo de Raúl, descoyuntado y con la boca y las fosas nasales llenas de tierra, como si se hubiese visto obligado a respirarla. Y lo más increíble de todo era que, para rescatarlo, se habían visto obligados a derribar una pared en el sótano que estaba cubierta de extrañas inscripciones. Decían que Raúl había aparecido abrazado al esqueleto de un niño. Alguien que parecía llevar muerto muchos años.

—Una niña —me oí decir a mí mismo—. Se trata de una niña.

Todos volvieron la vista hacia mí y luego no sé qué más pasó, porque me desmayé.

No he vuelto a ver a Arturo desde aquella noche. Su familia abandonó de forma precipitada el cuartel y, cuando intenté contactar con él, sus padres me rogaron que no lo hiciese. Me contaron que todavía necesitaba ayuda psicológica y que precisaba medicarse para poder conciliar el sueño. Los médicos les habían recomendado alejarse lo máximo posible de aquel suceso y pensaban que hablar conmigo no le haría ningún bien.

En mi casa nunca volvimos a hablar de forma abierta del incidente, me imagino que para intentar protegerme, pero no hay lugar donde puedas esconderte del pasado. Las frases a medias que terminaban de forma brusca en mi presencia, las miradas de lástima de los demás niños o las condolencias a destiempo no hacían más que reabrir una y otra vez la herida.

Nadie pudo aportar una explicación racional a lo que sucedió aquella noche y la muerte de Raúl acabó en el archivo de los casos si resolver.

Meses después, cuando mi aspecto físico comenzó a deteriorarse de forma alarmante debido a las pesadillas, mi padre aprovechó la primera oportunidad que se le presentó y aceptó una comandancia en Galicia.

Pero las pesadillas no desaparecieron.

¿Por qué me decido a contar esta historia ahora, tantos años después de aquella noche? Pues porque ha sucedido algo que, aunque sigue siendo inexplicable, arroja una nueva luz sobre aquel suceso.

Mi padre falleció hace seis meses tras padecer una larga enfermedad y, como es habitual, los compañeros enviaron sus pertenencias personales a la familia. Fue mi madre, que no tiene fuerzas para enfrentarse a los recuerdos, la que me rogó que las revisara y valorase qué debíamos tirar y qué conservar de todo aquello.

Después de mirarlas por encima, me llamaron la atención unos viejos libros que parecían una especie de diarios. Comencé a hojearlos y rápidamente me di cuenta de que allí mi padre apuntaba los aspectos más relevantes de los casos que estaban investigando. Muchas de las entradas se abrían y cerraban de forma rápida, pero había una que contenía una información más extensa.

Mi padre la había denominado “La Casa Rosicky”.

En la casa se había encontrado correspondencia del matrimonio con su familia en Polonia y, después de traducirla, los investigadores habían determinado que era necesario hablar con aquellos parientes. De aquellas conversaciones y de la correspondencia rescatada, mi padre había entresacado varias conclusiones. La primera provenía del informe de tráfico del día en el que los Rosicky habían fallecido, que relataba que un vendaval había arrancado un enorme árbol de la cuneta y lo había arrojado sobre el coche en el que viajaban. Eso había hecho que perdiesen el control y acabasen en el fondo del lago. Nadie había visto un temporal tan violento y repentino, con vientos que habían causado numerosos destrozos materiales en la zona. También resultaba curioso que se hubiesen encontrado los cuerpos de los padres, pero no así el de la hija.

En alguna de las cartas encontradas, la familia planteaba dudas acerca de las teorías de los Rosicky, que creían poder hacer que su hija, que sufría una extraña enfermedad que estaba acabando con su vida, pudiese volver a vivir como una niña normal, aunque para ello tuviesen que (y mi padre decía que citaba literalmente) romper con la Santa Iglesia Católica.

En la última de las cartas, de caligrafía mucho más apresurada, la familia rogaba al matrimonio que volviese a Polonia, lo que, a juzgar por el estado de las cosas dentro de la casa, hicieron de forma precipitada. Al parecer, algo había salido terriblemente mal.

Después de todo esto, mi padre había anotado unas preguntas sin respuesta.

Si el cuerpo que se había encontrado era el de la niña, ¿cómo había fallecido y por qué lo habían tapiado en el sótano de la casa?

¿Qué significaban todos aquellos símbolos de carácter religioso pintados en las paredes?

¿Por qué se habían llevado la silla de ruedas de la niña y una maleta con su ropa? ¿Quizás para que todo el mundo pensase que se llevaban a su hija con ellos de viaje?

Y por último, la más importante de todas: ¿Cómo había fallecido Raúl, y cómo demonios había llegado su cuerpo hasta el cuarto tapiado de aquel sótano?

Cuando pasé la página del diario de mi padre noté que mi pulso se aceleraba. Allí guardaba una fotografía de la hija del matrimonio. Estaba en el jardín, sentada en la silla de ruedas. A su alrededor había varios molinillos de viento hechos de papel, con las aspas pintadas de muchos colores, como si se tratase de sus juguetes preferidos. Debajo había una leyenda manuscrita en polaco y traducida por alguien al español: Mi cariño jugando con el viento.

Según contaban, la niña podía pasar horas y horas en el jardín siempre que el viento hiciese girar los molinillos.

En la foto la pequeña sonreía con la mirada perdida en el infinito. Yo había visto esa misma sonrisa en aquella cara desdibujada, aquel anochecer de primavera.

Hoy he regresado a la ciudad para volver a ver la casa Rosicky. Tenía que hacerlo, no he podido evitarlo. Lo he hecho de pasada y no me he bajado del coche. Ni siquiera me he detenido, pero ha sido suficiente. En el mismo lugar en el que se levantaba la casa han construido bloques de apartamentos. El barrio ha cambiado por completo y ya no están aquellos prados en los que jugábamos. Solo queda el cuartel de la Guardia Civil, y gracias a eso he podido orientarme.

Quizás me encuentre condicionado por lo que me sucedió. Quizás haber estado tan próximo al mal me haya convertido en alguien especialmente sensible, pero he vuelto a sentir aquella presencia. Estoy seguro de que, sea lo que sea lo que vimos aquella noche, todavía sigue allí, en algún sitio, esperando.

Roberto del Sol

La reina Blancanieves

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato fantástico-erótico

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina Blancanieves.

El viento aullaba con las voces de mil demonios. Parecía que una manada de lobos hambrientos persiguiese a los dos jinetes por las callejuelas de la ciudad. En aquella noche sin luna, negra como la pez, apenas se veía un palmo más allá de la luz de las antorchas, pero el sentido de la orientación del hombre que iba en cabeza era extraordinario y llegaron a la casa del magistrado sin ningún contratiempo.

Tomwats, el más joven, temblaba como una hoja. Y no era únicamente por el viento frío, que acuchillaba sin piedad la piel de su rostro; también tenía miedo. Acudir a la casa del gran magistrado a esas horas de la noche, en plena tormenta, era un desafío solo a la altura de aquellos a los que lo tenía acostumbrado el maestro Locksher.

Ambos descendieron de sus monturas. Locksher se echó la capucha hacia atrás para dejar al descubierto su rostro enjuto y descargó tres golpes con la cabeza de bronce de su bastón sobre la pesada puerta de madera. Estaba a punto de golpear de nuevo cuando ambos pudieron ver la luz de una vela que iluminaba las ventanas superiores y comenzaba poco después a moverse hacia la planta baja.

Después de varias vueltas de llaves y ruidos chirriantes de metal al descorrer los cerrojos, la puerta se entreabrió para dejar ver la cara oronda y contrariada de una mujer envuelta en una manta.

—Solo los rufianes con intención de robar, o los sacerdotes a los que se les ha pedido la extremaunción salen de sus cobijos a estas horas, maestro Locksher.

—Pues no somos ni lo uno ni lo otro —bramó él—. Y ahora apartaos, buena mujer, que el asunto que venimos a tratar con el alto magistrado es de vital importancia para el destino del reino y no admite demora.

El ama de llaves hubiese podido impedir con facilidad que los dos hombres entrasen en la casa, pues duplicaba a ambos en peso, pero la firmeza con la que le había hablado el hombre y su fama de investigador infalible hicieron que se apartase.

—Dígale al magistrado Hollymoor que lo esperaremos sentados en la biblioteca.

—Por supuesto que se lo diré. Y Dios los coja confesados si el asunto que les trae hasta aquí a estas horas de la noche no es tan importante como para despertarlo…

La mujer encendió varias velas que iluminaron de forma tímida la sala y arrojó un tronco a las llamas de la chimenea, que comenzaron a revivir con brío. Después desapareció escaleras arriba.

Locksher guiñó un ojo al chico para infundirle tranquilidad. El caso que tenían entre manos era, sin lugar a dudas, el más difícil de su carrera. La estrategia que había ideado para llegar hasta el criminal más peligroso e inteligente de todos aquellos con los que se había enfrentado, requería de una puesta en escena perfecta. En su mente había escrito una obra de teatro magistral cuyo argumento solo conocía él. Y precisaba convencer a cada uno de los actores para que ejecutasen su papel sin cuestionarlo y le permitiesen así levantar el telón del siguiente acto.

Ambos pudieron oír cómo, en el piso de arriba, el magistrado maldecía en voz alta  cuando el ama de llaves lo despertó para sacarlo de la cama.

Un buen rato después apareció por la puerta el grueso cuerpo del magistrado que, sin saludar a los recién llegados y visiblemente malhumorado, escogió un sillón de orejas frente a la chimenea e invitó al investigador a sentarse frente a él.

—Matilda, tráiganos un par de copas de coñac. Este hombre parece congelado.

Locksher se dio cuenta al instante de qué era lo que pretendía aquel hombre. Estaba castigándolos. Por motivos del cargo que ostentaba, no podía desoír a un investigador si este requería su atención, y la hospitalidad le obligaba a ser amable con él. Pero al ignorar a Tomwats dejaba muy claro que nada más que haría aquello a lo que estuviese obligado, y eso no era en absoluto conveniente para los intereses de la investigación, no si lo que Locksher buscaba era un poco de cooperación. Sabía del magistrado Hollymoor que era un hombre muy ambicioso y que, a pesar de su edad, todavía aspiraba a llegar aún más arriba en su carrera. Locksher decidió jugar sus cartas, así que se acercó hasta el hombre y le susurró al oído:

—Debido a la urgencia de nuestro caso, no he tenido tiempo de presentar adecuadamente al chico, pero, ahí donde lo veis, tenéis delante al sobrino del gobernador —y se alejó un palmo para comprobar el impacto que había tenido la noticia en la cara del magistrado, que lo miraba con los ojos abiertos como platos—. Además, se trata de un joven muy bien relacionado en la corte. Hay quien me ha dicho que incluso le están buscando alguna embajada…

Locksher había mentido, por supuesto. Tomwats, su aprendiz, era huérfano, y el único contacto que había tenido con la corte había sido el día en que el príncipe Henry los habían convocado para investigar la muerte su padre, el rey Edward, que había fallecido aplastado por un enorme colmillo de elefante. Justicia poética, dirían algunos, si se tenía en cuenta que aquel colmillo había pertenecido a un animal al que antes había asesinado el monarca. Accidente sospechoso, había concluido entonces la investigación, pero sin pruebas para que Locksher pudiese demostrar nada más o acusar a alguien en firme.

—¡Por el buen Dios, Matilda! ¿Dónde están esas tres copas? —gritó el magistrado para corregir el desplante inicial—. Estos buenos hombres están medio congelados. Por favor, chico, acércate a la lumbre para calentar un poco tus huesos.

Locksher no pudo evitar que las comisuras de sus labios dibujasen una pequeña sonrisa. ¡Qué manejables podían llegar a ser los hombres si se accionaba el resorte adecuado! Ahora estaba seguro de que el magistrado sería mucho más receptivo a su teoría de la conspiración.

Después de una intranscendente charla sobre la crudeza del invierno, que tuvo lugar mientras Matilda servía las copas, el magistrado preguntó por el motivo de la visita. El tono era mucho más amable.

Locksher extrajo una carta de una bandolera de cuero y, después de comprobar que era la correcta, se la acercó al hombre, que se puso los anteojos y la entornó para examinarla a la luz del fuego de la chimenea.

—Y bien, ¿qué es lo que se supone que estoy leyendo?

—¡Oh!, el texto es irrelevante, señor. Se trata de la típica carta que los suicidas dejan para explicar los motivos que lo llevaron a tomar tal decisión.

—Pues si el texto es irrelevante, no veo… —la voz del magistrado denotaba un poco de impaciencia.

—Ahora observe esta otra. Hace unos cuantos años, investigué el caso de la hechicera real y Blancanieves. Esta es la carta en la que uno de los señores enanos solicita la ayuda del príncipe para detener a la hechicera por haber envenenado a Blancanieves. Lo demás es de sobra conocido: nuestro noble príncipe Henry, al que Dios tenga en su gloria, encandilado por la belleza de Blancanieves, la besa y la casualidad hace que ella despierte de su trance en ese mismo momento. La leyenda atribuyó al beso un poder que no tenía, porque luego se descubriría que la dosis de veneno administrada en la manzana no había sido letal, pero fue el oportuno milagro que hizo que el pueblo aceptase a una plebeya como la nueva princesa.

Después de echar un vistazo a la nueva carta, Hollymoor lo miró por encima de los anteojos.

—Esta carta parece la auténtica, pero todos sabemos que no puedes tener en tu poder las pruebas de un caso, aunque este haya sido resuelto, ¿verdad, hijo?

Al oír eso Tomwats sufrió un nuevo escalofrío. Los métodos se investigación de su maestro eran, por decirlo de un modo suave, poco convencionales. Muy a menudo incluían mentir o manipular pruebas. Y era bien cierto que nunca había quedado un caso por resolver, incluso los más difíciles, pero el chico se sentía como si siempre estuviese dando saltos sin red. El día en el que algo fallase ambos se verían obligados a responder ante la justicia, por muy bien que la hubiesen servido hasta entonces. El maestro Locksher le decía a menudo que los malos siempre iban un paso por delante y, en la mayoría de los casos, era imposible atraparlos sin romper unas cuantas reglas.

Locksher estaba decepcionado. Desgraciadamente volvía a ser verdad que cuando el sabio señalaba a las estrellas, los necios miraban al dedo. Pero no era problema, estaba acostumbrado a tratar con necios. Se pondría a la altura del hombre y lo guiaría hacia la solución del problema como si estuviese tratando con un niño. ¿Acaso no lo hacía siempre?

—No, magistrado, no son las auténticas, por supuesto —mintió sin titubear—. Pero se trata de unas réplicas exactas, realizadas mediante técnicas secretas que nos enseñaron los amables monjes de un monasterio cuyo nombre nos ha sido prohibido revelar, ¿verdad, Tomwats?

—A… Así es, señor —corroboró el chico con un deje de inseguridad y abrumado por la inventiva de su maestro—. ¡Menuda cerveza la de aquellos monjes! —añadió de su propia cosecha el muchacho, lo que sorprendió positivamente a Locksher.

—¡Matilda! Deje de espiar entre las sombras y sírvale otro trago a nuestros invitados. Este muchacho todavía tiembla de frío como un pajarillo. Tartamudea y casi no puede ni hablar…

La mujer dejó que transcurriesen unos segundos y entró en la sala con la cabeza bien alta y toda la dignidad que fue capaz de reunir para cumplir con los deseos de su señor. Cuando estaba a punto de retirarse, el magistrado dijo:

—Déjenos la botella y acuéstese, que ya le contaré por la mañana aquellos detalles de la conversación que sean de su interés.

Una vez que se quedaron solos, el magistrado retomó intrigado la conversación.

—Veo las cartas, pero necesito que me diga sin más rodeos qué es lo que les ha traído hasta mi casa esta noche.

—Entiendo, señor, que a plena luz del día no se habría escapado a su sagaz vista que ambas cartas están escritas por la misma persona. —El magistrado comenzó a comparar ambas cartas entre sí a la luz de la vela y ahora sí detectó ciertas similitudes entre ellas—. No hay duda al respecto. He hecho que ambas sean examinadas por varios maestros calígrafos de excelente reputación y todos ellos han llegado a las mismas conclusiones: la caligrafía, el tipo de tinta e incluso el papel son idénticos en ambos casos.

—Veamos… Lo que ustedes están tratando de decirme es que uno de los señores enanos, concretamente el que escribió esta carta de auxilio, la que salvó a nuestra hermosa reina Blancanieves de aquella muerte aparente, se ha suicidado.

Locksher debía ser muy cuidadoso a la hora de expresar su teoría de la conspiración. Tenía que serlo cuando era preciso apuntar su flecha tan alto. Había sido muy hábil al aludir a la inteligencia del magistrado y ahora necesitaba presentar poco a poco las pruebas para que pareciese que todo encajaba de forma natural, sin ningún tipo de estridencias.

Tomwats, por su parte, estaba desconcertado, pero eso era algo habitual. Su maestro en rara ocasión le hacía partícipe de las investigaciones. Decía, seguramente con acierto, que aquello que no sabía no podía matarlo. Aun así su fe en el maestro investigador era inquebrantable. Locksher nunca había fallado a la hora de señalar el culpable de un crimen, y había aprendido más con él en un año que en la academia de investigadores en diez.

—Bueno —continuó Locksher—, lo cierto es que esa carta de suicidio es la que se encontró en la habitación del rey Henry, justo después de que el ayuda de cámara hallase su cuerpo sin vida.

Hollymoor ya no tenía sueño. Si lo que insinuaba aquel investigador era cierto, el rey podía haber sido asesinado.

—¿Y cómo os explicáis esa coincidencia?

—Me temo que vos ya os habréis hecho una teoría al respecto. De todos es conocido el rencor que sienten hacia los hombres los señores enanos por haberlos desterrado a los bosques. —Locksher vio que eso no impresionaba al magistrado, así que decidió dar una vuelta de tuerca más al argumento—. Mis informadores me han dicho que esta misma noche, quizás mientras estamos manteniendo esta misma conversación, los enanos tratarán de asesinar a la reina Blancanieves mientras duerme. Créame si le digo que no tenemos tiempo que perder, magistrado Hollymoor.

—¿Y qué podemos hacer entonces? O vuestra fama es inmerecida, o si os conozco un poco juraría que ya tenéis algo planeado…

—Cierto, magistrado. Todo lo sucedido hasta ahora me hace sospechar que hay más implicados en esta trama que los señores enanos. No sabemos cuántos de los de palacio pueden estar alentando la conspiración y no podemos permitirnos el más mínimo error, así que me he puesto en contacto con el conde de Faithfulrock, que nos ha enviado a doscientos de sus más leales hombres.

—Pero Faithfulrock es conocido por su oposición a Blancanieves. Nunca aceptó que una plebeya accediese al trono…

—Precisamente por eso, señor. Fue su inquebrantable lealtad a la monarquía la que le hizo tomar esa decisión. Por un lado, el conde goza de mi más absoluta confianza, y no se me ocurriría mejor persona para confiarle el destino del reino y de la corona. Y por otro, estoy seguro de que a nadie en su sano juicio se le ocurriría introducir insurgentes entre sus hombres, porque no le servirían de ayuda ya que ninguno de ellos está en palacio. Todo el mundo sabe que el rey Henry lo desterró a él y a los suyos después de su pública renuncia a aceptar a  Blancanieves como reina.

—¿Y puedo saber dónde están ahora esos hombres?

—A las puertas del castillo, señor. A la espera de que lleguemos con una orden suya para que los soldados de palacio bajen el puente y podamos abortar así la conspiración.

—Pues no perdamos más tiempo hablando entonces. ¡Matilda, despierte a esos haraganes de las cuadras y haga que ensillen inmediatamente mi caballo! ¡Partimos hacia palacio!

Apenas una hora después, y tras un penoso viaje bajo la tormenta, el pequeño ejército llegó a las puertas de palacio. Tal y como había supuesto Locksher, la orden firmada por el magistrado les abrió las puertas del castillo y permitió que los hombres del conde se desplegasen en una aparente formación defensiva y corriesen escaleras arriba hasta los aposentos de la reina.

—Ahora, magistrado Hollymoor, necesito ejecutar un pequeño cambio de planes para el cual preciso que estéis lo más atento posible —comentó Locksher ante las puertas de la alcoba real—. Si mi teoría es correcta, esta noche caerá una de las mayores amenazas para nuestro reino, y restituiremos el honor de una persona juzgada y encarcelada injustamente. Si me equivoco, responderé de mis actos ante los tribunales de justicia. Conde, por favor, haga los honores, que nunca se me dio bien derribar una puerta.

A un gesto del conde, diez de sus hombres redujeron a los confundidos miembros de la guardia real que custodiaban los aposentos de la reina, mientras que otros cinco derribaban la puerta.

Tras el estrépito que se produjo cuando la puerta cayó al suelo, los hombres del conde entraron en tromba en la habitación. La sorpresa de todos, los recién llegados y los que estaban dentro de la habitación, fue mayúscula y así se reflejó en sus desconcertados rostros.

Al ver lo que se escondía tras las puertas de los aposentos reales, Tomwats palideció. Tal y como el maestro había predicho, en la habitación de la reina había siete enanos, pero no parecía que estuviesen asesinándola. O por lo menos no en el modo en el que el muchacho se lo imaginaría. Todos estaban desnudos, y los cuerpos fuertes y peludos de los enanos contrastaban con la delicada y blanca piel de la reina. Ellos estaban dispuestos alrededor de Blancanieves en posturas poco menos que acrobáticas, y realizaban cosas que él jamás hubiese imaginado que pudiesen hacerse. Cosas que, con seguridad y según el ministro de su parroquia, serían objeto de inmediata excomunión. Por decirlo de una forma suave, y en palabras de su tío, capitán de fragata retirado, lo que aquellos enanos le hacían a la reina interesaba tanto a la proa como a la popa, y todo ello a diferentes alturas de la línea de flotación.

—¡Cómo os atrevéis, Locksher! —gritó la reina mientras intentaba taparse con un salto de cama transparente, y recuperaba una verticalidad que le otorgaba un poco más de dignidad—. Sin duda habéis cometido atrocidades mayúsculas en vuestra carrera como investigador, pero esta las supera a todas. ¡Me encargaré personalmente de que os retiren la licencia y de que vuestros huesos acaben en el más húmedo de los calabozos!

Mientras la reina gritaba fuera de sí, los enanos comenzaron a correr de un sitio a otro como pollos sin cabeza. Alguno de ellos intentó enfrentarse desnudo a los recién llegados, otros comenzaron a buscar entre el montón de ropa del suelo sus vestimentas, y otros intentaron escapar descolgándose por la enredadera del balcón, pero todos fueron rápidamente reducidos por los hombres del conde y sacados a rastras de la habitación.

Locksher sabía que ese era el momento más delicado de la representación. Había engañado a Hollymoor para que firmase la orden contra los señores enanos, pero sólo él sabía que era necesario ir todavía más allá. El magistrado estaba desconcertado, pero no tardaría en salir de su asombro. Locksher necesitaba de forma urgente una confesión.

—Buenas noches, majestad —saludó con tono solemne Locksher—. Me alegro de que recordéis mi nombre. ¿Por qué conformarse con uno, aunque sea el rey, si se puede tener a siete, verdad? —comentó con cierta ironía mientras avanzaba unos pasos hacia la cama y mostraba las cartas—. Me imagino que os preguntaréis cómo hemos llegado hasta vos. Me temo que alguien muy tenaz y con la suficiente perspicacia reparó en que la carta de un hombre muerto y la de una acusación de hace años estaban escritas por la misma persona.

Hollymoor estaba a punto de pedir explicaciones, pero guardó silencio al oír la dulce voz de la reina.

—Me imagino que no hay nada como hacer las cosas una misma.

—Una vez que nos dimos cuenta de lo de las cartas, investigamos un poco en su pasado, majestad. Por un lado tenemos a un leñador desaparecido de forma misteriosa, cuya esposa asegura que usted es la persona que convivió durante varios años en la casa de los señores enanos, en lo más profundo del bosque, la misma persona a la que el leñador acusó de brujería en al menos tres ocasiones. También tenemos un análisis exhaustivo del cuerpo del rey Henry, su fallecido esposo, en el que los galenos afirman que en el organismo había la cantidad suficiente de una droga extraída de la dodecágona como para producirle parálisis muscular. Una vez inmovilizado, simular un suicidio sería un juego de niños. También tenemos la confesión de la hechicera real, una anciana que lleva encerrada en la torre condenada por intento de asesinato, de “su” asesinato, majestad, demasiados años. A esa mujer a la que usted acusó de brujería, tan solo la libró de la horca toda una vida de fiel servicio a la corona. Después de ejecutar su maquiavélico plan, usted sabía que ningún tribunal dudaría de la inocente confesión de una hermosa dama, que además había regresado de la muerte de forma tan milagrosa. Solo me falta por demostrar cómo lo organizó todo para que el padre del rey falleciese de forma tan oportuna en aquel desgraciado accidente, pero me imagino que los verdugos no tardarán en arrancar la verdad a alguno de sus cómplices.

—Por lo menos lo he intentado, Locksher. No es fácil, para una chica de pueblo como yo, llegar a lo más alto —dijo Blancanieves mientras tomaba una manzana roja como la sangre de un gran frutero de cristal tallado que había al lado de la cama—. La noche ha sido muy larga y estoy bastante cansada. Esta fruta que ven en mi mano acabara por pudrirse del mismo modo que el tiempo arrugará esta piel joven y tersa —comentó con una voz dulce como la miel, mientras deslizaba la punta del dedo por el hombro y, con un movimiento sutil, dejaba al descubierto un pecho perfecto—. ¿No sería una pena que permitiésemos que eso sucediese sin disfrutar de este momento? Vamos, señores, acérquense y tomen una de estas sabrosas manzanas…

Ilustración de Verónica López

Tomwats estaba mareado. Estaba seguro de que Blancanieves utilizaba alguna técnica de brujería para intentar encantarlos y, a pesar de saberlo, sentía que el cuerpo no le obedecía. Algo que no podría explicar lo empujó a aceptar el ofrecimiento. Aquella mujer que mantenía una pose de fingida inocencia, y que enseñaba un pecho de alabastro en el que se dibujaba un pezón como una moneda de cobre, era la reina, su reina, la mujer poderosa e inalcanzable que dirigía los designios del reino y la que el pueblo había jurado obedecer. La mezcla de poder y sensualidad lo desarmó y avanzó unos tímidos pasos en dirección a la cama.

—¡Detente, Tomwats! —gritó con firmeza el maestro—. Es mucho más inteligente de lo que imaginas. Alguien como ella no deja cabos sueltos. Si no me equivoco, cuando revises el frutero encontrarás otras siete manzanas; tantas como señores enanos había en esta sala. Justo las únicas personas que habrían podido delatarla. Después de esta noche, nadie habría podido testificar en su contra.

En un arranque de rabia, el dulce rostro de Blancanieves se transformó en una máscara terrorífica de ira y, en un gesto inútil, arrojó la manzana con todas sus fuerzas hacia Locksher, que la esquivó sin apenas moverse.

—¡Te odio, Locksher! ¡Nadie más habría podido descubrirme! ¡Te prometo que me vengaré!

—¡Lleváosla acusada de asesinato y alta traición! —gritó el magistrado a los hombres que aguardaban una orden suya al otro lado de la puerta—. He visto y oído suficiente por esta noche.

—Cubríos, señora. La tormenta ha dejado los pasillos fríos y las corrientes de aire son muy traicioneras. No me gustaría que os resfriarais —le dijo Locksher al pasar a su lado.

—Gracias por vuestra preocupación, Locksher, pero quizás todavía quede, en algún sitio de este castillo, un hombre de verdad con el que pueda utilizar mis encantos.

Locksher estaba satisfecho. Las teorías, según su propia definición, eran tan solo eso, teorías, y para que fuesen válidas había que demostrarlas. Esa noche se había arriesgado demasiado, seguramente más allá de lo necesario pero, después de que su cabeza encajase las piezas del puzzle, había sido necesario organizarlo todo rápidamente y rezar para que todo saliese según lo previsto. Y había tenido mucha suerte.

Hollymoor se acercó a él.

—Esta noche nos has manejado a tu antojo, Locksher, y las cosas te han salido bien. Pero no me gustan tus métodos, del mismo modo que no me gusta que jueguen conmigo. No te tomes esto como una amenaza pero, si sigues saltando sin red, el día que pierdas pie nadie tenderá una mano para impedir que te caigas. Tus métodos de investigación te están granjeando enemigos poderosos… Ten cuidado.

Y el magistrado se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, pero antes de irse todavía tuvo que escuchar las últimas palabras del investigador.

—El favor que os voy a pedir ahora no es para mí, magistrado Hollymoor. —Al oír su nombre, el hombre detuvo su caminar sin volverse para escuchar qué era lo que tenía que decirle Locksher—. Recordad que todavía está encerrada una inocente en la torre. No demoréis su puesta en libertad, que bastante ha sufrido ya esa buena mujer.

—Se hará lo que deba hacerse, no os preocupéis. Y se hará sin demora —respondió el hombre, y después se fue.

Locksher se quedó pensativo tan solo un segundo, justo el tiempo en el que repasó mentalmente todo lo que había sucedido. Las palabras del magistrado no habían hecho mella en él, del mismo modo que las gotas de lluvia no calaban la piedra. Había asumido cada riesgo que corría desde que había comenzado a investigar el primero de sus casos. No se podía cocinar sin romper algún plato.

—Vámonos, Tomwats. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

Y así fue como el sagaz Locksher y su inseparable Tomwats resolvieron uno de los casos más difíciles de su carrera.

Roberto del Sol