¿Quién querría unas piernas?

Autor:Virginia Wollstein

IlustradorJessica Sánchez

Corrector: Mary Esther Campusano

Género: relato

Este cuento es propiedad de Virginia Wollstein, y su ilustración es propiedad de Jessica Sánchez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¿Quién querría unas piernas?

Penélopez odiaba casi con todas sus fuerzas el brillo de Felipez cuando llegaban los rayos de sol desde la superficie. Y pensar que estaba destinada a estar con él. Si no fuera por esa insignificante circunstancia seguramente no le odiaría, o al menos no tanto. Las ondas que aquel jurel le dedicaba cuando pasaba junto a ella le molestaban casi tanto como las melosas poesías que le recitaba al lado de la anémona naranja que había cerca de su casa.

La pez decidió que aquella tarde iría a su lugar favorito en el mundo, el coral rojo del arrecife. Se podía ver la superficie tan bien que uno juraría que desde ahí el aire fuera transparente, y el agua que respiraba no estaba tan viciada como las de otras playas de arrecife atestadas de turistas. Los niños siempre molestaban con sus cubos de agua dispuestos a capturar cualquier pez desprevenido, un pez que los humanos transformarían en pescado, y esa era la muerte más horrible del mundo, todo ser con aletas podría jurarlo.

Pero el coral rojo era un lugar seguro, al menos hasta que Felipez se acercaba por detrás. Penélopez sabía que aquella tarde no la molestaría. El pez con el cual su madre quería que se casara tenía una clase magistral que impartir en el internado peciférico que se encontraba a aletadas de distancia, así que no había de qué preocuparse.

Había más razones por las cuales ese rincón era su favorito. Algunos días en el momento en que el sol se ponía por el horizonte y las luces naranjas y rosas relampagueaban también bajo el agua. Ese era el momento en que alguien bajaba desde la superficie. Era un ser de tamaño enorme con cuatro aletas de forma extraña y alargada que no le ayudaban para nada a impulsarse en el agua y unos ojos extraños que se quedaban mirándola atentamente.

La primera vez que Penélopez le vio, huyó como una pececilla ante un tiburón, pero se dio cuenta de que no quería comerla ni matarla, ni siquiera molestarla. Solo observaba el arrecife y después la observaba a ella. Su forma de moverse, su forma de acercarse a él…

Durante la últimas semanas se habían visto casi a diario, y la pez ya se acercaba a rodearle y ondearle el agua cuando nadaba cerca. No es como si aquel extraño comprendiera las formas de acercamiento tradicionales de los peces, pero de algún modo ya no era ningún extraño. Ambos habían adquirido su peculiar forma de comunicarse y ella solía llevar al humano de aletas extrañas a arrecifes más escondidos, pero más hermosos. A veces Penélopez tenía miedo de que Felipez apareciera por allí, ya que él tenía un miedo espantoso a todo lo que venía de la superficie. La primera vez que Felipez siguió a su prometida hasta allí y vio a la criatura nadó tan rápido de vuelta que se olvidó hacer las aletadas de cortejo de despedida.

Ella no paraba de preguntarse si aquella tarde llegaría su amigo, pero el tiempo pasaba nadando y nada sucedía.

—¿A quién estás esperado?

Penélopez se dio la vuelta para ver quién hablaba. Eran Cintia y Vela las dos morenas del arrecife. Vela era quien había hablado, con su característica voz fina como el plancton. De hecho sus voces era lo único que tenían diferente, incluso la mancha blanca debajo de su aleta izquierda la tenían repetida. Y por supuesto ambas eran igual de sibilinas, nada de fiar.

—Es broma, sé a quién estás esperando, no hace falta que contestes —prosiguió Cintia.

—Es el monstruos del arrecife —completó Vela.

—No es ningún monstruo y además no estoy esperando a nadie —dijo Penélopez intentando defenderse.

Lo que sí tenía claro la pez es que las morenas sabían algo que ella no sabía. Aún así no les satisfizo su interés y se dedicó a esperar con más intimidad tras una anémona cercana. Cintia y Vela la siguieron y la rodearon.

—Tienes razón en que ya no es un monstruo —dijo Cintia misteriosa.

—Ahora solo se queda a la mitad —completó su hermana.

—¿De qué estáis hablado? —preguntó Penélopez sin poder contenerse.

Las dos alargadas peces se rieron sonoramente dejando escapar una gran cantidad de burbujas hacia el aire.

—Pronto descubrirás qué ha pasado —dijo la primera.

—Ah —dijo Vela levantando la vista mirando detrás de la jurel—, ahí viene tu amigo, pero no seguro que no es tan caballeroso como tu pretendiente. Él no te cantará serenatas para que tengas dulces sueños.

Cuando Penélopez se giró las morenas huyeron y al mismo tiempo descubrió a su amigo, pero diferente. Le habían desaparecido sus extrañas aletas posteriores para tener una cola larga y hermosa, muy escamosa. Aunque la mitad superior de su cuerpo seguía siendo extraña para ella. La pez se acercó a él despacio ¿podría ser de verdad ese su amigo? Definitivamente tenía la misma cara, pero no era el mismo.

—Eres Penélopez, ¿verdad? —dijo amigo con un brillo especial en los ojos y oyéndole por primera vez su voz bajo el mar—. Con este cuerpo te veo diferente, pero sigues siendo la misma.

—¿Qué te ha pasado? —preguntó la pececilla.

—Tenía ganas de conocerte —y su sonrisa inundó todo el arrecife.

Aquella tarde la pasaron toda juntos. Se dijeron todo lo que no pudieron haber dicho antes. Víctor, que era así como se llamaba el humano, le contó cosas inimaginables de la superficie, y Penélopez por su parte relató algunas de las costumbres marinas. Parecía como si se conocieran de toda la vida, y sin embargo no sabía nada el uno del otro; pero de algún modo había adquirido mucha confianza todo el tiempo que habían estado juntos antes, sin decirse una palabra.

Antes de caer la noche Víctor expresó su deseo de encontrar un sitio donde dormir de aguas más frescas y la jurel le llevó hasta una zona de mayor profundidad que solían frecuentarla peces de mucho mayor tamaño que ella, pero nada comparado con su amigo recién aleteado.

Penélopez no sabía que era lo que se comía arriba en la superficie, pero por suerte se dio cuenta de que Víctor se alimetaba de plancton como ella, así como de pequeñas algas marinas. Cuando ya no quedó un rayo de luz y ambos se hubieron saciado Penélopez volvió a su casa siguiendo el camino que se sabía de memoria.

—¿Tarde llegas, amada mía? —entonó Felipez cantarinamente.

—Felipez —respondió la pez a modo de respuesta. En un momento se puso nerviosa y aleteó fuerte, como queriendo escapar de allí, pero medio paralizada—. ¿Qué tal el día?

—El mío ha ido tal y como yo esperaba. En cambio parece que tú has hecho planes especiales, ¿no?

—Me encontré con Cintia y Vela y me entretuve por el camino —respondió Penélopez sintiéndose un poco estúpida por tener que justificarse. De todas formas no había dicho una sola mentira.

Felipez no dijo más, solo se apartó de camino de su prometida dejándola pasar. Ella fue directa a la cama, aunque aquella noche apenas pudo dormir.

A la mañana siguiente no perdió el tiempo en nada, desayunó tan rauda como una corriente oceánica y nadó hasta donde se encontraba Víctor. Él la sorprendió por detrás y le trajo un ramo de albas de colores. Era el más bonito que había visto nunca. Nadó por entre las algas para darle las gracias y se posó en su mano finalmente, admirando lo que él había llamado “manos”. Eran totalmente fantásticas. Lo que su amigo le había contado que servían para moverse sobre la superficie, los “pies”, no les veía demasiada utilidad, pero las “manos” eran fascinantes.

Felipez apareció por encima del hombro de Víctor como un torbellino.

—¡Felipez! ¿Qué haces aquí? —dijo Penélopez abriendo mucho los ojos.

—Yo también me contré con Cintia y Vela ayer, y me dijeron dónde te encontrabas.

Víctor creyó prudente apartarse de allí y se alejó un poco de la escena. Los dos jureles comenzaron a hablar rápido y enfadados. Víctor se apartó lo suficiente como para que las ondas del sonido en el agua no llegarán a sus oídos mejorados después de la transformación.

Fue nadando hasta el arrecife dónde había conocido a Penélopez. Él también se había encontrado con las morenas, ya las había visto antes, pero no eran ni la mitad de interesantes que su amiga, y una vez que pudo hablar con ellas sus sospechas se confirmaron. De cualquier modo el arrecife desde la perspectiva piscífora era muchísimo más hermoso. Los colores, las formas e incluso los olores eran diferentes, con las gafas de buzo nunca habría conseguido percibir tantos detalles.

Estuvo admirando el paisaje y se le pasó el tiempo volando hasta que se reunió con Penélopez. El medio día había quedado atrás hacía tiempo y había llenado su estómado con algas frescas y plancton. La jurel se acercó a donde estaba Víctor y se quedó en silencio todavía pensando en la pelea que había tenido con Felipez.

¿De verdad será capaz Felipez de hacerme eso?, pensó Penélopez. Seguramente sí sea capaz, le conozco demasiado bien. El medio pez rompió el silencio después de algunos minutos.

—Me encanta ser medio-pez —dijo Víctor—. Uno siente tanta libertad en el mar. Puede ir y hacer lo que uno quiera.

—No existe tanta libertad como a mí me gustaría —comentó Penélopez confesándole por primera vez quién estaba destinado a ser el padre de sus huevos, le habló de Felipez y de su horrible forma de ser y de exhibirse por todas partes—. Mi padre es el jurel rey de nuestro banco, y mi madre no tolera que salga con cualquier pez. En cuanto lleguen las aguas cálidas de la primavera Felipez y yo procrearemos juntos, uno de nuestros pececillos sustituirá a mi padre algún día.

—Suena horrible el no poder elegir tu pareja —respondió Víctor congraciándose con su amiga.

—A menos que… —dijo Penélopez pensando en algo.

—¿A menos que qué?

—A menos que me haga medio humana como tú.

Por un instante su cara se iluminó, quizá por el rayo del sol que se reflejó en sus escamas o quizá por la maravillosa idea que había tenido. Si no era pez cuando llegara la primavera podría librarse de tener que aguantar a Felipez.

—¿Cómo te convertiste en medio pez? —preguntó—. En realidad mi transformación es mucho más fácil, solo tengo que añadirme las manos esas y hacerme un poco más grande, no saldré del medio acuoso.

Ilustración de Jessica Sánchez

Ilustración de Jessica Sánchez

Nadaban a toda velocidad dirigiéndose al otro lado del atolón. Sortearon toda clase de obstáculos, bancos de peces en las zonas de mayor profundidad y corales y anémonas en los lugares donde el arrecife se extendía casi rozando la superficie. Víctor nadaba mucho más rápido que ella, pero en ningún momento quiso invitar a Penélopez a subir a su mano. Esas cosas no las hacían los peces, y ahora que tenía escamas podía entenderlo. Así que le tocaba nadar a su ritmo ligeramente más lento, pero no menos feroz.

—Esta es la roca luna —explicó Víctor al llegar a una roca de forma circular que se elevaba hacia la superficie.

—Ahora que lo pienso —dijo Penélopez— todavía no es luna lleva, ¿habrá algún problema?

—Pues que te convertirás tan solo en medio-humana, es decir medio-pez, como yo. Yo tendría que haber esperado hasta la luna llena para haber sido como tú, pero no podía esperar más.

Estuvieron recogiendo un tipo de algas marinas fosforescentes, Penélopez no lo vio al principio ya que llegaba la luz del sol y le costaba distinguir las algas normales de las luminosas mágicas durante el día, conforme el sol iba bajando podían apreciar mejor los tonos irisados. Víctor los iba cogiendo e iba haciendo un montón encima de una roca.

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Penélopez vio de refilón a Cintia y a Vela, permanecían escondidas tras una roca cubierta de musgo bajo el agua, pero sus colores vivos no podían pasar desapercibidos en ese ambiente. Tardó un tiempo más hasta que Felipez apareció en el jardín de algas con cara de enfadado y gritando a los cuatro mares.

—¡Penélopez!

La jurel se acercó a Felipez molesta por la interrupción.

—Estoy ocupada ahora.

—Creí que había dejado claro que no te quería cerca de ese… —titubeó mirando a Víctor— de ese tritón.

—Resulta que yo no soy de tu propiedad. Ve a procrear jureles con otra pez más interesante que yo, o más estúpida.

Felipez se puso rojo de furia por esa contestación y intentó contenerse sin éxito. Fue nadando hasta embestir a Víctor en su recién estrenada cola. Penélopez se sintió más molesta que enfadada, pero enfocó su ira, tenía un solo objetivo ya que la luna comenzaba a alzarse alta y aunque no llena sí esplendorosa en el cielo.

Nadó con todas sus fuerzas no a salvar a su amigo, sino a saltar a la superficie seca de la roca-luna. Las algas pararon su caída como un almohadón y se metió rápidamente entre ellas aguantando la respiración tanto tiempo como pudo.

El primer minuto fue el peor, pues veía que no podía respirar y sentía una agonía en su interior. Pasó el primer minuto, y luego pasó el segundo, y después de cinco minutos así se dio cuenta que ya no le costaba tanto respirar, ya no le ardían las branquias, sino que metía aire por su boca y la respiraban sus pulmones y poco a poco se dio cuenta de que no utilizaba la boca, sino la nariz.

Penélopez se llevo la mano a su nariz y se extrañó de tener una mano. Estiró dedo a dedo y se dio cuenta de que los veía bien. No veía tan borroso como cuando miraba a la superficie desde debajo del agua.

Ha funcionado, pensó emocionada. Estiró la cola y se impulsó para volver otra vez al mar, tan fresco después de su agonía que sus pulmones y el agua respirada con sus branquias fue la respiración más saludable del mundo. Y todo parecía tan pequeño ahora. O quizá fuera que ahora ella era más grande.

Sus problemas también parecían más pequeño. No hay nada como un cambio de perspectiva, siguió pensando. Durante toda la transformación las cosas no se habían parado abajo. Cintia y Vela retenían a Felipez que se había quedado petrificado al verla como al

—Eres una sirena—dijo en un susurro cuando al fin pudo articular palabra.

—Un monstruo de las profundidades… —dijo Vela.

—Ya hay dos por estos lares —completó Cintia—. Ves, Felipez, nosotras también sabemos rimar.

—No somos monstruos de las profundidades. Mi nombre es Tritón. A partir de ahora me conoceréis así, y a ella la conoceréis por Penélope, pues ya no es un jurel.

El jurel siguió sin moverse mientras observaba cómo Penélopez miraba a su nuevo semejante. Ahora le miraba diferente, le veía diferente. Ahora podía comprenderle mejor. Extendió su mano, estrenando por primera vez el sentido del tacto, y acarició el pelo sedoso de Víctor que dibujaba ondas en el agua. Él extendió su mano para tocar el pelo de ella. Sí ella también tenía pelo, para ser exactos una melena larga y castaña que tan pronto le rozaba los hombros como molestaba a pececillos desprevenidos que se ocultaban en él como si fueran algas.

El primer sireno y la primera sirena se miraron y se vieron diferentes a todos los seres, pero unidos hasta el final.

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Un vampiro novato

Autor: Virginia Wollstein

Ilustradores: Rafa Mir y Verónica López

Corrección: Mary Esther Campusano

Género: Paranormal, comedia

Este cuento es propiedad de Virginia Wollstein, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Rafa Mir y Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un vampiro novato

Talia suspiró otra vez con un tono de desesperación. Volvió a retomar el tema.

—Los vampiros no se dedican a dormir en ataúdes, nosotros no dormimos, Gaspar, ni siquiera por el día.

— ¿Nunca has tenido sueño? —preguntó Gaspar interrumpiendo por duodécima vez su clase.

Talia negó con la cabeza. En aquellos momentos no recordaba porqué había decidido comprometerse con un novato. Siempre les cuesta entender las cosas más simples, no digamos ya las difíciles. Les cuesta adaptarse, se supone que no tendría que ser así pero es cómo si fueran bebés de nuevo.

Ilustración de Verónica López

Ilustración de Verónica López

—Concéntrate. Vamos a intentarlo una vez más —dijo la vampiresa.

El ambiente debería ser de gran ayuda, ella siempre se sentía más inspirada en la oscuridad, cuando la luna estaba más alta pero apenas podía ver su brillo entre los edificios. Los callejones eran sus lugares favoritos para transformarse y alimentarse. Gaspar respiró hondo haciendo unos extraños movimientos con los brazos como si estuviera haciendo yoga y mientras cerraba los ojos, Talia negó con la cabeza como si aquel chico no tuviera remedio y después cerró también los ojos. Él abrió uno para comprobar que Talia también se concentraba y vio como poco a poco se iba transformando en murciélago.

—¡Wow! Es alucinante —dijo Gaspar por quinta vez en aquella noche.

Talia revoloteó delante de sus narices un rato, mientras él intentaba tocarla. Cuando se cansó de aguantar así se volvió a transformar y reapareció Talia en su forma vampírica estirándose poco a poco.

—No has hecho lo que te he pedido —dijo Talia enfadada—. Repíteme los pasos para la transformación.

Gaspar fue contando uno a uno con sus dedos como un buen estudiante.

—Uno, concentrarse. Dos, tener la imagen mental del murciélago y mantenerla…

—¿Y qué tienes que saber para ello? —le cortó la vampira.

—Pues como es un murciélago —respondió el novato—. Pero eso ya lo tengo controlado, lo prometo —Talia asintió y el chico continuó—. Tres, meterme mentalmente dentro de esa imagen mientras mantengo la concentración. Y en el número cuatro ya deberían estar volando, ¿no?

—Bueno transformarte instantáneamente volando es algo que requiere mucha práctica, ¿sabes? Confórmate con tener hocico, alas y estar casi ciego —explicó Talia haciéndose la sabihonda—. Inténtalo otra vez.

Gaspar asintió y cerró los ojos intentando atraer a su mente la imagen del animalillo alado en el que se convertía su maestra. Un par de gotas de sudor cayeron por su frente, pero no ocurrió nada.

—Esto sigue sin funcionar. ¿No podemos descansar un poco? No sé, quizá podemos tomar algo para reponer fuerzas.

Talia soltó algunos improperios en ruso donde parecía que se trababa la lengua en cada palabra. Cuando terminó se dirigió al chico, el cual tenía cara de sorprendido por lo repentino de su ataque de histeria

—Se me había olvidado lo más importante. Tienes que beber sangre para poder transformarte.

—¿Sangre? —Dijo Gaspar con cara de asco—. ¿Estás segura?

—Pues claro. Mírate esos dientes, eres vampiro.

—En realidad no tengo demasiada hambre, ¿sabes? ¿Por qué no dejamos lo de los murciélagos para otro día? ¿Qué me dices?

—¿Entonces cómo se supone que vamos a ir a Irkutsk? ¿En avión?

Gaspar se encogió de hombros como si fuera su mejor opción.

—Lo siento, soy claustrofóbica —la vampiresa giró en redondo fijándose en cada lugar del callejón—. Seguro que hay ratas en este callejón que puedas probar.

—Pero comerme una rata sería casi como comer a alguien de mi especie, ¿no? Los murciélagos son mamíferos como las ratas pero sin alas. Sería como si un humano se comiera un niño que no supiera volar.

—¡Olvídate de los humanos! —Dijo Talia un poco fuera de tono—. Las ratas son lo único que tenemos cerca ahora. ¿Quieres aprender a sobrevivir o no?

Gaspar asintió muy dispuesto, dejando atrás sus gustos alimenticios, esos ya eran cosa del pasado. Talia señaló a una esquina del callejón donde había una rata de tamaño pequeño.

—Ahí.

Ella se acercó y la cogió. La rata intentaba escapar de entre sus manos, pero la apresaban con fuerza.

—Tienes que beber su sangre mientras aún está viva, para que el corazón siga bombeando. La sangre estancada es un asco.

Gaspar cogió la rata. Con su olfato de vampiro novato podía oler la suciedad de la rata en todo su esplendor, lo cual no le abría para nada el apetito. Entre sus manos el corazoncito comenzó a latir un poco más rápido de lo normal.

—Vamos, cométela —instó Talia—. No tenemos toda la noche.

Gaspar lanzó sus colmillos hacia su presa indefensa y mordió con saña hasta dejar a la pobre criatura como un muñeco de trapo sin relleno. De alguna manera la sangre de la rata le ayudó a concentrarse con mucha más facilidad y dibujó un perfecto murciélago en su mente. Se imaginó a sí mismo metiéndose dentro, como si fuera un disfraz de carnaval y cuando abrió los ojos lo veía todo desde una perspectiva diferente.

Era la primera vez que veía a su maestra desde el suelo, aunque incluso desde ahí seguía siendo tan hermosa que quitaba la respiración con su piel como el nácar y sus labios carmesí. Ella se agachó y le miró con satisfacción.

—Al fin lo has conseguido. Aunque las colas de los murciélagos suelen ser un poco más largas, así te va a ser difícil virar cuando vueles.

Gaspar se miró a sí mismo y se vio diferente. Sus manos ya no eran tal, sino unas garritas oscuras unidas a su cuerpo por una membrana. Sintió un poco incómodas las alas, pero pensó que sería solo hasta que se acostumbrara. Podía ver su hocico alargado si ponía sus ojos bizcos y forzando mucho la vista, puesto que como todo el mundo sabe los murciélagos apenas pueden ver. Se examinó durante unos momentos y después descubrió a Talia convertida en murciélago justo a su lado.

—Ahora daremos la primera lección de vuelo —dijo la murciélago con voz de pito—. Será corta, pero necesito que aprendas rápido y bien.

Gaspar movió su cabecita rápidamente de arriba abajo.

—En realidad alzar y mantener el vuelo es bastante intuitivo, así que ahí no creo que encuentres dificultad alguna. El problema lo encontrarás al querer girar en el aire o a controlar las distancias con los objetos que te rodean. Hasta que hayas aprendido no te alejes de mí y haz exactamente lo que yo haga.

El murciélago novato asintió de nuevo está vez con más nervios. Talia comenzó a correr por el callejón, extendió sus alas y se elevó en el aire, las batió un par de veces más para llegar a la altura que quería y después se mantuvo revoloteando como una mariposa observando a su pupilo desde arriba.

Gaspar inspiró hondo y empezó a correr. Imitó a su maestra y antes de que se diera cuenta ya estaba en el aire y subiendo. Aquello era como la primera vez que uno va a la playa, nadar es facilísimo. Y así se sentía Gaspar, como pez en el agua. Quiso volver a localizar a Talia, pero no veía bien. Al final ella apareció a su lado.

—Lo has hecho bien.

Su maestra estaba contenta con sus progresos. Estuvieron toda aquella noche aprendido los rudimentos del vuelo: como girar levantando una de las patas delanteras, como controlar su cola cuando estaba planeando y mucho más. Empezó incluso a emitir sonidos y a aprender a reconocerlos cuando venían de vuelta, aunque todavía no era capaz de hacerlo mientras estaban en pleno vuelo.

Cuando ambos estuvieron exhaustos Talia le enseñó a aterrizar frenando con las alas y pisando con sus patitas traseras el sueño hasta estar completamente parada. Él repitió los movimientos, tropezó en el último momento, pero a pesar de eso se sentía muy orgulloso de sí mismo.

—Aprendes rápido, muy bien —dijo Talia—. Mañana partiremos de viaje.

—Durará varios días, ¿verdad? —dijo Gaspar que ahora tenía muchísimas ganas de volar. Talia asintió—. ¡Genial! ¿Y cómo volvemos a ser humanos?

Talia abrió los ojos como recordando algo y volvió a soltar palabrotas y juramentos en su idioma nativo. Gaspar se tomó la libertad de taparse los oídos esta vez, puesto que como los murciélagos tienen ese sentido mucho más desarrollado lo escuchaba todo tres veces más alto. Se tiró cinco minutos sin parar hablando en ruso hasta que Gaspar se enfadó y la cortó zarandeándola.

—¿Qué es lo que pasa?

—Pues… —dijo ella volviendo al español—. Pues que se me había olvidado lo más importante. Verás: para volver a transformarse en vampiro es necesario que bebas sangre humana al menos una vez.

Ilustración Rafa Mir

Ilustración Rafa Mir

Grog Viaja a la Luna

Autor: Virginia Wollstein

Ilustradora: Alicia Moreno

Corrección: Federico G Witt

Género: relato infantil (a partir de 9 años)

Este relato es propiedad de Virginia Wollstein y sus ilustraciones pertenecen a  Alicia Moreno. Todos los derechos reservados.

Grog Viaja a la Luna
—¡Grog, Grog, Grog, Grog! —decía la madre de Grog en tono cansado.

La anterior noche había vuelto a dejar la basura dentro de casa, y toda la vivienda se había llenado de mal olor. Berta había comenzado a sospechar que su hijo no era despistado, sino guarro, pero otra cosa se podía esperar de un ogro. En realidad ella era la rara de la familia. Su padre siempre se lo había dicho: «Berta, no puedes ducharte todos los días, o comenzarán a confundirte con un humano corriente»; y luego, para convencerla, le decía: «Berta, nuestra piel es muy sensible, como la de los elefantes. Tenemos que cuidarla, y el barro es nuestro mejor amigo».

Eso no se lo había enseñado a Grog. Jamás. Lo hacía él mismo por propia iniciativa.

El ogro, por su parte, se sentía raro con su madre. ¿Cómo era posible que le pidiera que se lavara los dientes después de cada comida? ¿Qué podría comer entre horas si no se podía guardar nada? Después de tantos años de soportar a Berta más de lo que cualquier ogro infante aguantaría, lo decidió: lo mejor era salir de casa.

Pero ¿a dónde? Se pasó toda la noche pensando a qué lugar del mundo viajar; ya que de eso dependía su futuro, no era bueno tomar la decisión precipitadamente. Recordó una noche, cuando aún tenía pesadillas que hacían que su madre pudiera dormir todavía menos que él, en la que ella le contaba cuentos para dormir. Uno de ellos hablaba sobre Torak, el pueblo donde vivía el tío de Grog. Entonces, el pequeño ogro preguntó a su madre:

—Mamá, ¿qué está más cerca, Torak o la Luna?

Una pregunta típica de un niño que mira por la ventana en una noche de insomnio. Su madre lo tenía claro:

—Cariño, no seas tonto —dijo con dulzura—. ¿Puedes ver Torak desde aquí?

Y así fue como decidió su destino: la Luna. En el fondo, no estaba tan lejos.

Hacerse con la nave no era tan difícil como parecía, por Dios. Tardó menos de dos meses en construir el habitáculo y solo tres semanas más en dejar a punto los motores. En aquella época, cualquiera podía conseguir la documentación necesaria para construir su propia nave espacial con pasmosa facilidad.

Cuando hubo terminado, abrazó a su madre, tomó su pequeño macuto y despegó en plena noche directo a la Luna. Así, sin más.

Aunque el viaje iba a ser corto, o eso le habían dado a entender, se llevó una manta, pues en plena oscuridad es fácil comenzar a bostezar. Aquella noche Grog no podía prácticamente ni cerrar la boca, de lo cansado que estaba. Se comió un sencillo sándwich de panceta con chorizo que su madre le había envuelto en un plástico tirante y se echó una cabezadita.

Tal fue el sueño que tenía, que al despertar y desperezarse no reconocía dónde estaba. Miraba por la ventana circular de la nave que él mismo había construido y no lograba encontrar la Tierra, perdida en algún punto del cuadrante del que venía. Tampoco se fio mucho de su vista, pues una vez incluso llegó a ver un caracol entrando en la guarida de un zorro. En aquella ocasión se convenció a sí mismo de haber tenido una alucinación, y no volvió a confiar en ese sentido.

Pero al mirar hacia donde se dirigía, lo vio: ahí estaba la Luna. El satélite daba lentas vueltas alrededor de un planeta y estaba parcialmente iluminado por la lejana luz del Sol.

Ilustración de Alicia Moreno

Grog contempló a través de la ventana el espectáculo que durante miles de millones de años se daba en aquella parte del espacio. La Vía Láctea desfilaba ante sus ojos, con sus numerosas estrellas formando la corona real. Así solía llamarlo su madre cuando por las noches le despertaban las pesadillas y el ogro infante miraba por la ventana.

Mientras alunizaba pensaba que no había nada mejor en el mundo, ni fuera de él, que una nave para él solo; un lugar donde no tuviera la oportunidad de tener que tirar la basura fuera. Al contrario: de hecho, cuantas más cosas inservibles y con tendencia a pudrirse se acumulaban en la astronave, más cómodo se sentía. Pero era el momento de salir de su refugio.

El alunizaje no ocasionó ningún problema al piloto, ni mucho menos. Había practicado veinte veces, y falló las veinte, pero eso no era algo que fuera con Grog. Él y su madre sabían que funcionaba mucho mejor bajo presión. Confió en sus predicciones y todo salió bien, aunque no estaba seguro de si iba a ser capaz de repetirlo.

A pisar la tierra, si es que se podía llamar así al suelo de la Luna, el aire fresco y sus anteriores pensamientos le hicieron echar de menos, solo por un segundo, su antiguo hogar. No lo suficiente como para querer volver, de cualquier modo, pero se prometió que en cuanto pudiera le enviaría un mensaje a su madre para asegurarle que estaba perfectamente y que podía saludarle todas las noches que tuvieran luna llena.

Al instante siguiente de sentir la morriña, se instaló en su nuevo hogar. Ahora tenía toda la Luna para él solo y su suciedad. Soltó una carcajada sonora.

Como si la propia nave fuera una tienda de campaña, extendió una lona que hacía las veces de porche y sacó una mesa y una silla de plástico para pasar los ratos de ocio.

Toda la luz que necesitaba la recibía sobre todo del reflejo del planeta orbitado por el satélite donde se había mudado; y menos mal, porque si no gastaría toda la batería de su nave en poco tiempo. Después se preguntó a sí mismo cuándo sería de noche, pues aunque el Sol seguía presente a lo lejos como una esfera la mitad del diámetro que cuando estaba en la Tierra, había otras estrellas presentes y tenía pinta de que en pocas horas tendría demasiada luz.

—Un momento —dijo Grog en voz alta—. Pero si antes no podía ver el planeta Tierra, ¿cómo es que ahora puedo verlo?

El ogro no pudo evitar decirlo casi gritando, a pesar de que no había nadie que le escuchara.

¿Nadie?

Aparecieron unas criaturitas tan pequeñas como un gran roedor, pero con la cara aplastada, el hocico respingón y pelajes de llamativos colores: amarillo mostaza; burdeos, como el vino oriundo de alló e incluso había uno del color azul cálido cómo los mares caribeños. Salían de debajo de la tierra dejando a la luz pequeños orificios escavados por sus graciosas manos.

—Es que esa no es la Tierra —dijo una criaturita de color fucsia.

—Estás en Calipso, ¿no te has dado cuenta? —añadió otra, un poco enfadada.

— ¿Calipso? ¿No estoy en la Luna? —preguntó Grog de nuevo mientras las criaturas daban vueltas alrededor suyo y él intentaba seguirlas sin mucho éxito.

—Claro que sí —espetó la de color azul cian—. En la luna de Júpiter.

—No te enfades con él —dijo la primera que había hablado—. No tiene ni idea de dónde se encuentra, no es culpa suya.

Grog se llevó las manos a la cabeza.¡Madre mía, madre mía!, pensó. He debido de quedarme dormido demasiado tiempo y me he pasado la parada. Discurrió así algún tiempo hasta darse cuenta de que realmente tampoco había mucho cambio. Al fin y al cabo estaba en un satélite y no hacía demasiado frío ni demasiado calor. No podía pedir nada mejor. Lo único que me molesta es que la señal del telecomunicador no tiene tanto alcance. Es decir, que no podría comunicarse con nadie de los que dejaba atrás. Pero tampoco pasa nada: los ogros somos solitarios por naturaleza. Este último pensamiento intentó creérselo con todas sus fuerzas.
Terminó pues de instalarse y se consoló pensando en sus nuevos amigos. No viviría tan solo allí.

No pasó ni una semana cuando las criaturas empezaron a parecerle de todo menos amistosas. Se quejaban con mucha regularidad de su mal olor y de sus basuras, y terminaron por echarle del cráter diciéndole que vivían mucho mejor antes de que él llegara.

Todo fue en vano, pues durante dos meses y medio Grog estuvo de un sitio a otro, pero siempre encontrando nuevas criaturas que se cansaban de la suciedad. Al cabo de algún tiempo, la noticia de un ogro suelto por Calipso corrió como la pólvora y nunca más le permitieron asentarse.

—Yo no soy el extraterrestre aquí; de hecho, soy intraterrestre —rugió la última vez que intentó construir su carpa al lado de la nave espacial.

Grog se dirigía a una criatura de color verde pistacho que ocupaba más espacio que el resto y tenía largos mechones grises colgándole del hocico.

—Para nosotros eres un extralunático y no eres bienvenido. Ve con la otra extralunática, que anda perdida a diecisiete días de aquí.

Todas las criaturas empezaron a saltar de emoción al ver la cara de duda del ogro. Por mucho que ellas le echaran, él era mucho más fuerte y podría acabar con siete a la vez de un solo soplido.

Finalmente, Grog asintió y la vieja criatura le señaló con el dedo hacia dónde tenía que dirigirse. Tenía un poco de miedo de coger la nave, pues podía volver a quedarse dormido y pasar de largo por donde estuviera la otra extralunática. Recogió entonces todo dentro de la nave de forma descuidada y cerró la puerta antes de que la avalancha de basura cayera encima de él y de las criaturitas. Tomó prestada algo de comida, puesto que sabía que no iban a quejarse porque al fin se estaba yendo, y les dejó atrás.
No tuvo que andar más de dos días para ver a lo lejos una figura tan grande como él; era normal que una pequeña criatura de Calipso recorriera esa distancia en diecisiete días, pero el ogro tenía una gran envergadura y sus piernas daban pasos cincuenta veces más largos.

Con andares femeninos ya cansados se le iba acercando poco a poco, así como su olor. Emanaba un delicioso aroma a sucio pantano: seguro que llevaba semanas sin lavarse.

Algo se movió en el estómago de Grog, y no era el hambre. Acababa de terminarse toda la comida que le había quitado al último campamento de criaturas. La mujer que tenía delante era una ogra, pero no una como su madre, limpia y aseada, sino una ogra con carácter.

Estaba conociendo al primer ogro fuera de su familia. De entre todas las criaturas del universo, justo se había encontrado con un ogro en un satélite de Júpiter. Vaya suerte, no haber ido a la Luna como tenía planeado, pensó Grog.

Una vez estuvieron cara a cara, y antes de decir una sola palabra, se miraron y olfatearon durante un rato. Todavía no se atrevía a tocarla, por si era una ilusión, pero sus sentidos decían lo contrario.

—Me llamo Grog, el ogro —se presentó finalmente.

—¿Y a mí qué me importa? —respondió ella con rudeza.

Grog sonrió. Sí, no cabía duda de que era una ogra. Su cara grotesca reflejaba asco y decepción, con unos profundos ojos azules como el mar. El pelo le caía enmarañado en una especie de trenzas o rastas hasta los hombros y era de un castaño bañado en suciedad. Todo en ella era remarcable: sus fuertes brazos, su piel gruesa y brillante por la grasa, e incluso sus pies desnudos manchados por la tierra lunar.

—Tengo prisa, me voy de aquí —continuó ella con rudeza tras el análisis del compañero de raza.

—No, no te vayas —dijo Grog dando media vuelta para seguirla—. Bueno, vete, pero conmigo.

La ogra se paró en seco y le examinó durante unos segundos.

—Eres bastante raro, ¿lo sabías?

—Pues si conocieras a mi madre… —dijo él por lo bajo.

Ella no le escuchó. Continuó su caminar rítmico. Grog la seguía varios metros por detrás.

—¿Adónde vas?

—No te incumbe —dijo la ogra.

—Pero tendrás algún sitio donde ir.

—No, pero lo encontraré.

—Eres muy negativa, ¿verdad? —preguntó Grog, derrotado y medio desesperado por no conseguir llamar su atención.

—No.

Grog sonrió, y ella también sonrió. Después, la ogra le tendió la mano.

—Soy Faura.

Y así entablaron una amistad.
Efectivamente, en aquel momento Faura no tenía ni idea de adónde iba. Había visitado ya otras dos lunas de Júpiter, Io y Europa, pero no conseguía encajar en ningún sitio. Las criaturas de Calipso habían destruido su nave y ahora ni siquiera tenía medios para volar. Era una extralunática sin capacidad para salir de aquel lugar.

Grog no tardó ni medio segundo en ofrecerle su nave. Juntos, viajaron probando como residencia un planeta tras otro. En ningún sitio les querían, pues el hedor que emanaban solo podían soportarlo ellos dos.

Finalmente, encontraron que el mejor espacio para ellos era el propio universo. Su casa era la nave, que fue adaptándose a los nuevos ogritos que nacían y creció multiplicando al menos por cinco su tamaño original. Su hogar era la basura que iban acumulando año tras año. Y cada vez que necesitaban mantenimiento o repostar, aterrizaban en cualquier planeta, satélite o estación espacial que encontraban.

En una ocasión volvieron a Calipso. Al parecer, aún se acordaban de ellos, y fueron tratados tan mal que decidieron vaciar su nave, por primera y única vez, dejando una gran montaña de basura como regalo a las criaturas.