53ª Convocatoria: La noche

La noche.

Ilustración de Paloma Muñoz

Dicen de la noche que es ese período que transcurre desde que se pone el Sol hasta que vuelve salir, opuesto al día, período que suele dedicarse a dormir… Pero ¿acaso la noche no oculta muchas otras realidades?

A veces la noche se llena de vida.

Vidas recién nacidas, que llegan en mitad de la noche, que tal vez se han gestado también gracias esos encuentros a los que invita la madrugada.

Otras veces la noche se llena de voces, que se oyen más fuerte en medio de los silencios. O voces que dicen verdades, que desvelan secretos, animadas por el alcohol de las barras de algún bar, resonando sobre la música de alguna sala de baile, donde dos desconocidos se acaban de conocer.

La noche también oculta sombras, entre los pliegues de las cortinas, bajo las camas, tras las puertas entreabiertas… Sombras reflejo de temores ocultos en nuestra memoria y que, aprovechando el despiste de nuestra consciencia, afloran con toda su fuerza e impiden conciliar ese sueño que dicen que debería ocupar nuestras noches.

Pero lo que sí tiene la noche son infinitas posibilidades, interpretaciones, motivos y matices.

Puede ser final o comienzo, pero siempre habrá la posibilidad de, en mitad de la oscuridad, encender la noche. De que, cuando se apaguen las luces de las casas, se prenda el brillo de las estrellas, los sueños de los dormidos, las miradas de los despiertos.

Hay muchos tipos de noches…Y muy variados habitantes en ellas.

Tal vez, si eres de los que duermen mucho, aún no lo sepas.

Raquel Esteban

Nyx

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Poema
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Nyx.

Ilustración de Rosa García

La noche está hecha para los amantes

Los de ahora, los de siempre, los de antes

La noche envuelve nuestras almas y nuestros corazones dentro de caparazones de estrellas, de luna, de rayos y de sensaciones.

La noche nos lleva al mundo de los sueños, al mundo de Morfeo, a la ensoñación y al deseo.

La noche nos llama. La noche nos mueve. La noche nos cubre. La noche nos mece

La noche es música

La noche es única

La noche despierta los instintos. La noche forja los suspiros. La noche mueve los hilos. La noche susurra en nuestros oídos.

La noche es la verdad

La noche es curiosidad

La noche es engañosa como los ojos negros de una mujer hermosa.

La noche es sublime

La noche redime

La noche es pecado. La noche se engulle como un rico bocado.

La noche apetece. La noche anochece

La noche es vivencia. La noche es consciencia

La noche se vive. La noche se ríe. La noche nos abraza. La noche nos rechaza.

La noche es Nyx, la diosa de la noche.

Su manto de oscuridad cubre nuestra humanidad

Un manto de estrellas que nos asombra y nos fascina y nos ilumina como centellas.

Vivo la noche. Amo la noche. Todo puede suceder en la noche.

La noche es misterio

La noche es sacrilegio

La noche es maleficio

La noche es sacrificio

La noche es clandestina. La noche puede ser tu ruina

La noche se apaga. La noche se indaga

La noche es belleza.

La noche es torpeza

La noche es caverna

La noche es eterna

Paloma Muñoz
2 de agosto de 2022

La bailarina y el piano

Autor@:
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Micro relato
Rating: + 12 años
Este relato es propiedad de Pilar Leandro. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La bailarina y el piano. 

Sólo sombra. Me perturba la esencia de algo que no culmina en pupila alguna, que se mece sobre mis pensamientos para hundirme en su profundo entierro. Cada noche la oigo. Me pide aplausos. Es ella, sin duda, no es él. No podría ser él pues su voz es más que aguda, una daga; cálculo exacto de notas y silencios. Cada noche me retuerce en mi lecho de agujas mal enhebradas. Entiendo que me requiere, son sus perfiles en mis esquinas y su sombra en mis rincones su semblante.

Su sueño era ser bailarina, pero se quebró en mil pedacitos de calcio y se le escapó el alma.

Veo como danza con las velas, un trance sublime, mas no hay vela que no apague; recelosa y amargada culmina su danza con llanto fúnebre y rompe en soplo la llama.

Haré la melodía más hermosa que haya existido nunca para que ella baile.

También al viento con las cortinas se estremece en románticos pliegues azules y ella de golpe enturbia su risa con un cierre violento de ventana y cristales rotos.

Se presta a mí en las esferas somnolientas para que la meza con silbidos de respiración plácida.

Tengo las notas y el compás de mi sinfonía para ella, la bailarina.

A golpe de tecla convenzo al piano para que cante. Mi bella sinfonía está sonando y ella viene enfadada a tronar sobre el teclado, me cierra la tapa, y arde la partitura. Vuelvo a deslizar mis dedos por el piano; ambos, viejos amigos, invadimos la casa de acordes. Todos los muebles gimen, todo se derrumba; mis libros, los cristales, los cajones… Un silencio largo. Se me erizan los pelillos de la nuca. El ventanal fue abierto, entra la luna y las cortinas se retuercen de frío. Entonces, cuando mis dedos exhaustos comenzaban a desafinar, su figura más que bella, inaudita, divina, atraviesa sin pudor de un lado a otro de la luna y danza como nunca danza se vio antes. No hay límites en su vuelo pues es etéreo y se funde con las paredes. Mirarla, es embrujo y es poesía, y toda una melodía de notas no alcanza a cubrir de lleno sus pasos volantes ni sus brazos infinitos. Su cabello, es plata y añil.

-Sigue cantando, amigo, nuestra bella dama no quiere dejar de bailar, son sus sueños cumplidos hoy entre tu tecla y mi palma fría. Canta amigo que es mi amor lo que te brindo para que seas mi fiel celestina. ¿Ha de besarme ahora? ¿Lo hará? Son sus labios gélidos silbidos que yo ansío para calmar mi músculo insano latente. Dile que me bese. Noto de pronto mis labios sellados por un aura invencible de hielo gris. Devuélvele el beso, amigo, devuélveselo con un la menor y un silencio prolongado. Ahora dile que la amo. ¿Qué es brillante que cae de su rostro pulido? ¿Es llanto? Es llanto mi amigo, ¿acaso ella no me ama? ¿Es por amor su triste balanceo? Dile que no llore, que cese su llanto tu hábil susurro.

Está detrás de mí, su figura ha pintado forma en el espejo que me enfrenta, esta detrás de mí su sutil presencia y me abraza el cuello con sus manos.

-No calles, amigo, sigue cantando, no dejes que mis dedos cansados te silencien, no dejes que mi muerte sea la tuya.

Sobre mis teclas yace el músico, muerto de amor, rígido y gélido. Mas mis teclas aun se hunden en alaridos y ella sonríe porque al fin estamos solos. 

Pilar Leandro

Ilustraciòn de Paloma Muñoz

 

Saboreando la lluvia

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Saboreando la lluvia. 

Desde una ventana una joven contemplaba el cielo oscuro preparado para descargar el agua tan deseada ya que hacía mucha falta para los campos iban a agradecer que lloviera durante unos cuantos días.

El sentimiento de alivio era generalizado entre los habitantes de la aldea que miraban al cielo implorando el momento mágico de la bendición de los campos por medio de la lluvia que iba a devolver el frescor y la vitalidad a los árboles, las viñas, los huertos y la tierra.

La chica tomaba una taza de café y seguía con la vista fija en las nubes que se acumulaban y que eran de un color gris azulado oscuro amenazante pero muy prometedor.

Los lejanos ecos del trueno, el aire que se volvía más húmedo y la sensación de frescor hizo que se emocionaba. Su deseo de lluvia era muy intenso. Había esperado mucho para el momento en el que comenzaran a caer las primeras gotas.

Desde pequeña había sentido una especial fascinación por la lluvia y por lo que significaba, no sólo para ella sino para su familia, vecinos y para los habitantes de la comarca.

La muchacha fue a buscar un chal y lo colocó sobre los hombros.

 Un pequeño gatito negro estaba junto a ella y observaba. Era curioso. Deseaba asomarse a la ventana.

La chica acarició al animalito y besó la frente en forma de perfecto antifaz. El minino subió a la repisa y se acurrucó entre los brazos de ella.

Conformaban una bella estampa de la tranquilidad, la dulzura y la felicidad. Eran inseparables.

Los truenos y relámpagos se hicieron más y más persistentes y el gatito se aferró a los brazos de la joven. Ella acarició la carita y colocó el chal sobre el cuerpecillo.

La deseada lluvia comenzó a caer. Los vecinos abrieron las puertas y ventanas para contemplar el espectáculo maravilloso que aparecía ante sus ojos y que proporcionaba una sensación sinigual de vitalidad, de alegría y de esperanza.

La chica continuaba extasiada observando el cielo e inundando sus sentidos de frescor y de olor a tierra mojada, el olor más maravilloso que existe para un ser humano.

Así permaneció la joven abrazada al gatito durante un buen rato.

La intensidad de la luz fue desapareciendo. La chica se acercó a encender unas velas y candiles y a prepararse una taza de café. El pequeño gato se aferraba entre sus brazos. Después volvió a la ventana a seguir disfrutando de la lluvia y el aroma inconfundible de la tierra que se moja y se siente bendecida por el milagro de la lluvia.

Algunos aldeanos que estaban acostumbrados a rogar por la lluvia a los santos y as vírgenes encendían velas en la entrada de las casas. También colocaban pequeños altares con flores y platitos en los que habían depositado hojas y ramitas.

Era un homenaje o un reconocimiento al dios cristiano o a los dioses del cielo que habían escuchado las súplicas de las buenas gentes que tanto deseaban la lluvia y ahora veían como caía generosamente haciendo respirar a los árboles, los campos, los huertos y las plantas.

La tierra estaba preparada para que en las próximas semanas ofreciera el ansiado fruto y el sustento en la comarca.

 La primavera era una bendición antes de la llegada del sofocante calor.

Las cosechas se beneficiaban del agua que caía sin ruido ni estorbo.  Generosa y limpia.

Esa generosidad es lo que necesitaban. Una generosidad de la naturaleza que riega el campo y renace la vida sin destrozos, sin esterilidad. Todo lo contrario: produce el milagro que ha continuado a través de los siglos y de las épocas para mantener el equilibrio necesario que produce la vida y el bienestar en humanos y animales.

La muchacha y su gatito, juntos, disfrutando de la lluvia, saboreándola, sintiendo la fuerza de la vida y de la naturaleza. Una sensación perdurable y única.

La primavera es lo que tiene. Es una estación que anima el espíritu antes de la llegada del pesado y constante calor. Por eso tiene que llover.

Tiene que llover mucho. Todos dependemos de esa lluvia tan ansiada. Todos nos alegramos del milagro de la vida, del milagro de la naturaleza.

Esperemos que sea así por siempre.

Paloma Muñoz

18 de mayo 2022

Ilustración de Rafa Mir

 

 

 

 

Llueve

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Drama
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. Las ilustraciones son propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Llueve.

Llueve.

No, diluvia.

Parece que alguien desde el cielo está echando jarros de agua sin parar. Uno tras otro. Sin descanso.

Por un momento piensa que es su padre llorando desde allí, porque hoy no está con él.

Ilustración de Paloma Muñoz

Se protege con un paraguas que no impide que sus ojos estén nublados, borrosos por el agua de sus propias lágrimas.

Cada vez que intenta pronunciar una palabra a la lápida del nicho, le llegan más lágrimas y se le cierra la garganta.

Pensaba que le costaría menos. Hace tiempo que su padre se fue. No. Hace tiempo que dejaron allí su cuerpo, marcando unas coordenadas a las que acudir de vez en cuando a llorar y a hablarle al silencio y a su ausencia.

Sí, hace tiempo, aunque no es capaz de medir en una escala ese vacío. Sabe que hace menos de un año, porque es el primer 19 de marzo que él no está, que no puede decirle «Felicidades, papá», ni darle un beso, ni abrazarle, ni tomarse unos pasteles con él.

Intenta hablar de nuevo, pero vuelve a llorar. Sabe que no podrá decirle todo lo que había pensado soltarle ese día. Quizá otro día, más sereno, un día que no estuviera marcado en su calendario con ese color invisible de los días más dolorosos. Sabe que cuando salga de allí se le pasará. Montará en el coche, pondrá la canción, la de siempre, no porque sea un ritual escucharla cada vez que va a verle, sino porque es la que le apetece oír después de hablarle, y entonces le dirá mentalmente todo lo que había pensado, sin llantos, con lágrimas en el alma.

«Felicidades, papá», logra pronunciar al fin, con la otra voz, no la suya, esa bajita, sin fuerza, la que no reconoce como suya.

Aprieta los ojos y los labios. «Te quiero, papá». Otra vez con esa voz.

Sabe que no va a decir más.

Mira a su derecha y ve que hay un hombre. ¿Cuánto tiempo lleva allí? Podría ser que estuviera incluso cuando él llegó. No lo recuerda. El camino al nicho de su padre lo tiene grabado, como algo mecánico, como el que va al trabajo sin recordar el camino que ha recorrido ni lo que se ha encontrado en el trayecto.

Se seca las lágrimas para verle mejor.

Aquel hombre no tiene paraguas. El agua le cae encima, calándole por completo. Podría haber salido vestido del mar y no se notaría la diferencia. Tiene la camisa pegada al cuerpo y el brazo derecho extendido, tocando la lápida. Mira al frente, sin moverse. Imagina que está llorando, aunque no podría diferenciar si son las lágrimas o las gotas de lluvia.

Por la cercanía al nicho de su padre deduce que él también perdería al suyo por las mismas fechas y que también sería su primer día del padre sin su padre. Siente tentación de ir a su lado, posarle una mano en el hombro para hacerle sentir que no está solo, que le entiende, que su dolor es el mismo que el suyo, aunque sabe que no lo hará. El dolor es privado.

Sube más el paraguas para ver la lápida que toca el hombre.

Ve que no está quieto del todo, que sus dedos acarician el perfil grabado en la piedra de una jirafa de dibujos animados.

Llora, fuerte, con su propia voz.

Y esta vez no es por su padre.

Jorge Moreno

 

R’ Iyeh

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato poético
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

R’Iyeh.

Hace mucho tiempo leí una historia de horror que me perturbó y que aún me perturba.

Este relato llegó hasta mí a través de un cómic que encontré en una vieja tienda cercana a la Gran Vía de Madrid. Este establecimiento ya no existe, por desgracia.

Me hubiera gustado ser la dueña de la tienda de comics y de libros curiosos y extraños.

El mundo de los libros especiales como son los de autores considerados malditos siempre me ha fascinado. Y es el caso del libro que compré mientras curioseaba y me perdía en las cubiertas, las hojas amarillentas y en su olor especial y característico.

Mi aproximación al aberrante mundo de Lovecraft es de antiguo.

No es un autor muy popular como otros que venden libros constantemente.

Lovecraft sigue siendo un autor minoritario, aunque el comic, los juegos de rol, series de televisión, películas, comics, y artistas de la ilustración han hecho mucho por difundir sus terroríficas historias que nos llevan a mundos de pesadilla.

El libro que compré entonces estaba desgastado y la cubierta un poco estropeada, pero me gustó su tamaño adecuado para llevarlo en el bolsillo de un abrigo y cuya tapa estaba decorada con un símbolo extraño, similar a un símbolo satánico.

Además, me llamaba la atención el color verde de la tapa dura. Era un verde muy parecido al color y la textura del lomo de un cocodrilo.

El relato trataba de la investigación de un profesor universitario sobre una extraña secta que adoraba a un ser extraterrestre de aspecto horripilante y que vivía en el fondo del océano Pacífico en una ciudad sumergida   llamada   R´Iyeh.

Confieso que desde el principio me subyugó esta historia de horror cósmico como se conoce a este tipo de narraciones.

La descripción de la criatura era algo que sobre pasaba los límites de la cordura tal y como los protagonistas del relato afirmaban.

Cthulhu era el monstruoso ser considerado un dios que dormitaba en la ciudad hundida y que nadie, excepto los tripulantes de una embarcación, habían visto cara a cara.

Me sentí sugestionada. Las notas del cuaderno de bitácora del capitán de a nave daban cuenta detallada de la espantosa y espeluznante aberración que surgió del abismo del mar.

No podía dejar de leer. Estaba muy enganchada al ser surgido de la imaginación de un tipo tan peculiar como Lovecraft.

El estor de la ventana estaba subido. Llovía ligeramente y una niebla muy espesa cubría toda la vista de las calles, los edificios, los coches estacionados.

Me quedé dormida. Al cabo de un buen rato escuché una especie de siseo, unos pasos pesados que resonaban en el pasillo. Los pasos se acercaban a mi habitación.

En medio de mi profundo sueño me vi en un barco. No había nadie más que yo.

 La tripulación no aparecía por ninguna parte. Un viento fuerte me envolvió. Sentí un viento gélido en todo el cuerpo y escuché un estruendo terrible debido al enorme  oleaje  que rodeaba un círculo negro formado por un remolino monstruoso.

Una garra emergió, una garra casi humana de color verde, el mismo color que decoraba la portada del libro que compré en la antigua librería de libros extraños y curiosos.

Ilustración de Rosa García

Junto a la horripilante garra emergió una gran cabeza pulposa y ahuevada con unos ojos amarillos como dos soles demoníacos. Unos largos tentáculos salían de lo que se supone era la boca o las fauces. El cuerpo era semi humano, si consideraba los brazos como algo similar a los brazos humanos que terminaban en unas afiladas garras que podrían partir en dos el barco de un solo zarpazo.

Aún, en medio del horror que presenciaba, pude ver un colgante que brillaba de entre sus tentáculos verdes. Era un medallón con unos símbolos indefinibles.

La gigantesca criatura acercó la cabeza hacia mí, y grité de la forma más espantosa que cualquier mujer hubiera podido gritar. Creo que hubiera dejado a Fay Wray   en una dudosa posición a la hora de evaluar su chillido al encontrarse frente a frente con King Kong.

La espeluznante criatura permaneció apenas sin moverse. Me observaba. Yo estaba petrificada.

Sentí la asquerosa viscosidad de los tentáculos muy cerca de mi cara.

Alzó una garra y pensé en que mi vida sobre la tierra había llegado a su fin.

Pero la criatura empujó la embarcación fuera del remolino para evitar que fuera engullida por el océano.

Perdí el conocimiento y cuando abrí los ojos salté sobre la cama.

 La lluvia caía con más fuerza   y la ventana estaba abierta.

Me apresuré a encender la lamparilla de noche.

 Unos instantes después con la mano temblando conseguí atinar con el piloto y constaté con estupefacción e incredulidad que sobre el libro viejo de portada verde estaba el colgante que llevaba la monstruosa criatura que me salvó del remolino mortífero.

El medallón estaba mojado.

Era el medallón de Cthulhu.

Paloma Muñoz
12 de marzo 2022

 

El descampado

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El descampado. 

Más allá de la ciudad hay un descampado, un antiguo solar que antaño fue un huerto de coles y árboles fruteros, bien cuidados por un payés del que poco se sabe salvo que, de un día al otro, desapareció como si se lo hubiera tragado la tierra.

Los obreros contratados por el Ayuntamiento para arrancar los árboles y adecentar la zona para la construcción de la nueva carretera, cuando entraron en la casucha en la que malvivía el payés, solamente encontraron dos señales de que el hombre había habitado el lugar hasta hacía bien poco: el documento con la orden de expropiación arrugado y manchado sobre la pequeña mesa de madera carcomida y una taza rebosante de café frío y mohoso.

Porque todo lo demás —los aperos agrícolas, limpios y engrasados, puestos en orden en un rincón, el camastro perfectamente hecho como si nunca hubiera dormido nadie, el diminuto lavabo bien limpio y con la pastilla de jabón intacta— no dio ni pistas ni señales de vida.

Eso despertaría ciertos rumores en el extrarradio de la ciudad: que si el payés solitario se había marchado a ver a su familia, que vivía en Almera, que si se había tirado al río y su cuerpo estaba enterrado en el lodo, que si había vendido el huerto por un dineral al Ayuntamiento…

Los del Ayuntamiento sabían que eso no era cierto, porque valoraron el terreno tan a la baja que el dinero que ingresaron en la cuenta del payés no le servía ni para comprar un coche. De ahí que este no pudiera desplazarse para ver a sus parientes de Almera, que nunca más le volvieron a ver. Eso ocurría mientras el alcalde, gracias a otorgar el proyecto de ese nuevo tramo de carretera a quien debía, pudo cambiarse el viejo Audi por un Jaguar. Y aunque el payés se desesperó al recibir esa orden de expropiación —que destrozaría toda su vida y todo aquello por lo que había luchado por esa carretera que pondría su ciudad en el mapa—, el impacto no fue suficiente como para tirarse al río.

El hecho es que después de que esos operarios arrasaran con todo, coles, árboles y casucha, quedó un bonito descampado que nunca llegó a asfaltarse, porque por supuesto el proyecto quedó en el aire. La razón fue simple: el alcalde de la ciudad perdió las elecciones y el nuevo, del partido político contrario, hizo lo que hace siempre la oposición cuando llega al poder: cargarse todos los proyectos del anterior. Y esa carretera era el proyecto estrella del antiguo alcalde.

Así que el descampado estuvo abandonado durante más de una década, en poder de un ayuntamiento que cambió un par de veces de alcalde y de orientación política, y en él empezaron a brotar hierbajos y algunas flores silvestres, mientras que por aquí y por allá nacían algunos brotes de coles de forma espontánea. También algunos pequeños árboles se empezaron a erguir —fruto de algún chupón o sierpe que quedara en un tocón a ras del suelo o quizás de alguna raíz mal arrancada o de alguna semilla perdida— y se las ingeniaron para crecer sin riego alguno.

Y entonces, tras unas nuevas elecciones, hubo un segundo gran proyecto para el descampado con el nuevo cambio político. Desechado ya el proyecto de la carretera —uno antiguo de su propio partido—, una constructora que casualmente era muy conocida del alcalde recién electo se interesó por ese descampado y presentó sin concurso previo un proyecto de edificación de dos torres de pisos de protección oficial. Por supuesto, el consistorio declaró inmediatamente el terreno como urbanizable y dio el visto bueno a la constructora. Casualmente, en un periodo menor de dos meses tras cerrar el trato, el alcalde cambió su pisito en el centro por una mansión en las afueras con piscina y todo. Y empezaron las obras.

La constructora llevó toda su maquinaria pesada y comenzó por limpiar y aplanar el terreno, antes de excavar para poner los cimientos. Todas las coles salvajes, los pequeños árboles y las hierbas y flores fueron arrancados de cuajo, y esta vez sí que los operarios miraron de no dejar ningún tocón ni raíz que pudiera interferir en la construcción de las nuevas viviendas para pobres.

Pero justo el viernes en el que el operario de la excavadora recibió la orden de empezar con la zanja al lunes siguiente, el presidente de todo el país anunció un confinamiento total y absoluto por una causa tan nimia como un extraño virus que se había hecho con el control del mundo.

La maquinaria pesada quedó varada en el descampado durante dos meses, a la merced de los paseantes que llevaban a sus perros a mear en sus ruedas. Tras ese periodo de tiempo, fue retirada de ahí y nunca más se supo de la constructora.

Dos años después, y sin ganar la batalla con el virus, el mundo empezaba a lidiar otras guerras. Los precios subían, los materiales escaseaban, la incertidumbre se cebaba con los ciudadanos y las empresas quebraban. La constructora perdió la batalla legal y su contrato por obra prescribió. Sin el apoyo de su amigo el alcalde —que murió a causa del virus o con el virus, quién sabe—, bajo otro nuevo cambio político debido a unas elecciones apresuradas, y con la mitad de la plantilla en ERTE y los impagos mensuales por la maquinaria acumulándose, el proyecto se deshizo rápidamente y la empresa constructora no pudo hacer frente a las deudas, por lo que terminó quebrando y desapareciendo, como muchas tantas otras que quedarían en el olvido.

De nuevo, el descampado quedó yermo, pero esta vez nada crecería ya en él, al menos por un tiempo. Porque en la actualidad es la sangre la que riega el campo, pues es la zona preferida de las bandas locales para sus batallas campales.

Tenemos el grupo de los magrebíes, asentado en el barrio antiguo de la urbe, que se ha hecho con el control del reparto y venta de hachís al por menor en esa zona ya empobrecida de por sí de la ciudad, donde la prostitución hace siglos que campa a sus anchas, y ahora también lo hacen esos pequeños narcos improvisados, nadie sabe si fruto de la necesidad o de malos hábitos adquiridos. Desde que los vecinos del casco antiguo alertaron de sus reyertas a machetazos en las calles nocturnas, y desde que la policía patrulla diariamente por el barrio, ellos se han visto abocados a tener que desplazarse en metro hasta las afueras, y de allí dirigirse al descampado para poder arreglar sus asuntillos de dominio de terreno entre los diferentes cárteles, si puede llamarse así a esos pequeños grupos del menudeo de las drogas. Por supuesto, con la vigilancia casi inexistente que hay en el metro a última hora, pueden pasar con sus machetes y cuchillos carniceros, porque es una verdadera carnicería lo que ocurre cuando estos grupos se enfrentan entre sí.

Luego están las bandas latinas, que suelen enfrentarse entre ellas. Muchos de los participantes provienen de Latino y Centroamérica, pero lo sorprendente es que hay muchos españoles, emigrantes de segunda generación, nacidos y criados en el país, que se incorporan a filas decepcionados con sus padres, sus vidas, sus vecinos, sus ciudades y su mundo. Buscan la expiación o la venganza, pero van a encontrar solamente dolor, heridas y muerte.

Otros que suelen reunirse aquí son los neonazis, que suelen proceder de la parte alta de la ciudad y que llegan en buenos coches que suelen dejar aparcados a una distancia prudencial. Utilizan el descampado para sus prácticas de tiro y de lucha, cantar sus cánticos racistas a pleno pulmón —cosa que no se atreven a hacer en su tranquilo barrio desde sus habitaciones decoradas con fotos de Hitler y esvásticas— y levantan los brazos a un sol que ya no hace crecer nada bajo sus pies, ni siquiera la mala hierba, mientras le propinan brutales palizas a cualquier incauto o merodeador que se les acerque.

A veces llegan ahí siguiendo el rastro de la bazofia mora y sudaca para enzarzarse en peleas a muerte con ellos. Por no hablar de los que ellos consideran lo peor, los maricones desviados a los que intentan volver al camino de la heterosexualidad a porrazos y que alguna vez acuden al descampado a desfogarse con demasiada antelación porque la urgencia los apremia.

Sí, porque ese descampado algunas noches se convierte en un aparcadero de amantes furtivos e hipócritas, que dejando a mujer y niños en casa con una de las dos excusas más viejas del mundo, la de ir a sacar la basura y la de fumarse un pitillo, se van a lo que consideran Gaylandia a sacar todo ese placer enquistado que llevan dentro y que no se atreven a normalizar por miedo al qué dirán. Aparecen desde todos los rincones de la ciudad, y los modelos de sus coches son de todos los niveles adquisitivos. Por decir que hasta dicen que han visto el Jaguar de uno de los exalcaldes… Por supuesto, jóvenes prostitutos de todo tipo acuden a ese rincón, a menudo a pie porque viven en el extrarradio de la ciudad en condiciones bastante penosas; otras en metro, cuando sus bolsillos se lo permite; y alguna que otra vez se acercan en el último bus, aunque la parada más cercana está a un trecho considerable.

Hoy es noche cerrada, hay luna nueva. El tiempo, en los últimos días, ha sido desapacible, y se supone que el descampado está desierto. Pero no lo está. El enorme Jaguar negro del exalcalde acaba de aparcar en el rincón más apartado del descampado, a la espera de que acuda su amante secreto, cobijado por la oscuridad.

El exalcalde no sabe si esta será ya su última cita; debería serlo. A sus sesenta y nueve años, y después de una vida opulenta de demasiado comer, demasiado beber y demasiados vicios en general, siente que ya no tiene cuerpo para estos trotes: ir copulando en un coche como un veinteañero no es lo apropiado. Aunque sigue deseando, de vez en cuando, echar su canita al aire y vivir su pequeño disfrute en compañía de ese joven treinta años menor que él, que le adora y que piensa que sigue siendo el mejor alcalde que ha tenido la ciudad. Ese joven que se está retrasando. ¿No habían quedado a las diez? Pues son y cuarto y el desdichado todavía no ha aparecido. Como no sea por una causa de fuerza mayor, se las verá…

Y ha sido por una causa de fuerza mayor. El hombre, con sus andares afeminados, ha subido al metro en la estación de Maravillas, en la zona alta de la ciudad, pues es de buena familia, y justo ha compartido tren, sin saberlo, con una parte del grupo de los neonazis que, en el siguiente vagón, han decidido seguirle para enderezar sus andares.

Camino del descampado lo han pillado desprevenido y ahora está medio muerto, tirado en una cuneta, entre bolsas de basura y restos de plástico. Por no andar como los neonazis, el pobre no volverá a andar en su vida.

El exalcalde ignora eso, como también ignora que ese mismo grupo se acerca, porque dos más dos son cuatro, y aunque ignorantes, los neonazis no son estúpidos. Así que decide salir del coche y estirar un poco las piernas, entumecidas por mantenerse demasiado tiempo sentado.

Justo al cerrar la puerta y aspirar la primera bocanada de brisa nocturna, le cae el primer golpe. Un puñetazo en toda la cara que le desencaja la mandíbula y le hace caer al suelo. A partir de ahí todo es confuso. Bajo la negrura de la noche, el exalcalde no puede distinguir a sus atacantes y estos tampoco saben a quién están machacando. Y aunque lo supieran, al menos uno de ellos, el sobrino del constructor arruinado por culpa de un alcalde de su partido, tampoco pararía.

La paliza es mortal, porque el cuerpo del exalcalde ya no está para esos trotes. Al final yace en medio del descampado, con el cráneo abierto en dos, con la sangre fluyendo como una fuente por la brecha y con el cuerpo maltrecho de haber sido zarandeado, vapuleado y sacudido como una vieja alfombra.

Cuando los neonazis se retiran, exhaustos, ensangrentados y sonrientes, en el descampado yace el cuerpo del exalcalde, y en sus últimos alientos tiene un pensamiento extraño: quizás si hubiera dejado que siguiese siendo un campo plantado de coles y árboles fruteros, su vida no habría terminado de esa forma tan abrupta. ¿Por qué tuvo que aceptar ese soborno que le propuso la constructora para crear ese tramo de carretera innecesario? ¿Por qué accedió a que pasara por en medio del huerto? Claro que la constructora se ahorraba cientos de miles de euros al desviar un tramo de la carretera general que le evitaría varias curvas y tener que agujerear una montaña, pero… ¿qué ha sacado él de todo aquello? ¿Qué van a decir de aquella muerte indigna su esposa, su hija o sus nietos? ¿Qué rumores correrán por la ciudad?

Entonces, alimentada por la sangre del exalcalde, se abre una brecha en el descampado. El suelo bajo su cuerpo se hunde, en un descenso lento, y empieza a cerrarse sobre él. Se lo está tragando la tierra. Le falta el aire y en su último suspiro nota cómo su cuerpo descansa en las entrañas húmedas de lo que fue un terreno fértil y se apoya sobre algo duro. Es un viejo esqueleto.

Llueve durante tres semanas seguidas, y ese es el tiempo en que la policía local busca al hombre extraviado. El exalcalde es declarado en paradero desconocido y nadie sabe nada, salvo un hombre que yace en el hospital —después de recibir una brutal paliza homófoba que lo dejará parapléjico— y que nunca se atreverá a contar lo sucedido.

Por supuesto, a nadie se le ocurre mirar en el descampado, es un lugar de acechadores y maleantes donde nunca iría un hombre respetable. Pero esta idea dura lo que duran las lluvias.

Con la salida del sol, un magrebí es detenido por tenencia de drogas conduciendo el Jaguar del exalcalde, aunque la policía solamente puede sonsacarle —mediante amenazas y golpes que negarán ante un juez— una mentira: que ha encontrado el coche en el descampado con las llaves puestas y que solo lo ha tomado prestado. No sabe a quién pertenecía ni por qué se lo dejó allí.

Y cuando una patrulla de la policía acude al lugar, se encuentra con un vergel. El campo está cubierto de flores silvestres y hierbas, y entre ellas se pueden distinguir unos retoños verdeazulados. Son pequeñas coles que han salido de forma espontánea. También algunos pequeños tallos arbóreos surgen de las profundidades del suelo, sin razón alguna. Pero no hay rastro de lo que buscan, una pista que los lleve a encontrar al hombre. Tampoco hay rastro alguno de violencia, ni sangre ni un cuerpo.

Ilustración de Paloma Muñoz

Aun así, como es su deber, la policía peina el herbazal de cabo a rabo sin éxito alguno antes de volver a sus casas a continuar con sus vidas. El caso permanecerá abierto durante siete años. Después, el estado del exalcalde pasará oficialmente de desaparecido a fallecido.

Pero su inexplicable desaparición será todo un misterio que alimentará la rumorología de la ciudad. Las mentes más imaginativas verán una conexión indiscutible con el extraño crecimiento repentino de la naturaleza en ese antiguo descampado, que en pocos años se llenará de nuevo de árboles que darán frutos dulces y sabrosos. Y los más viejos del lugar recordarán que hace mucho tiempo, en ese mismo campo, hubo otra desaparición, la de un payés que cultivaba coles

Olga Besolí
Marzo 2022

 

El encuentro

Autor@: Carolina Cohen
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Cuento
Rating: + 18 años
Este relato es propiedad de Carolina Cohen Polanco. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El encuentro. 

Ilustración de Paloma Muñoz

Discurre el tiempo acorralado por el olvido en un intento inútil de permitir que las imágenes y emociones se fuguen de la memoria, como agua que se deja correr entre los dedos.

Entonces una única opción se impone, una fuerza irremediable que no deja resquicio a la duda, y deja al descubierto el dominio de la imaginación al abrazarse a la expectativa. Así que decide, él se decide y le busca entre lo perdido, entre sus manos y sus uñas, entre madejas, tijeras y telares, entre sus hilos descompuestos, ilusorios, inventivos, materializando los efluvios de su mente, repleta ella de anhelos e intenciones.

El ritmo estridente palpita como un corazón agitado en una caja vacía de madera, y el segundero deja paso a lo que ha de acontecer al momento siguiente. Entre los pasos cargados, regados, los párpados sueltos de tensión y alegría, los zapatos rotos van posándose sobre el asfalto mientras la gota de agua parece humedecer el borde de la hoja del árbol, y la lluvia cae, y la lágrima se empeña en reprimir el deslizarse, sobre los labios, en el ansia producida por aquel encuentro.

Al verle finalmente cruzar la calle, en el paso peatonal donde le había visto tantas veces, le sobrecoge la premura por acoger y comprimir ese cuerpo entre sus brazos. Tiembla de frío, de calor, de confusión y de certeza. Espera. Espera. Toma aire. Y al tenerle un poco más cerca, mientras se aproxima, como si los segundos fueran horas, entre el minutero y sus farsas, se arroja para sujetarle el pecho de la furia enfurruñada, el de la pasión, la frustración y la inocencia, el del agrado y el hastío, de la palabra y el silencio, aun cuando fuese un instante, aquel en que la huida ante la idea del amor se pierde a bocanadas.

El reloj se detiene. En mitad de una helada noche, en invierno, con las manos y la cabeza cubiertas, la boca y las orejas sin particular evidencia, la palabra cobra forma, y en esa gota de eternidad parece concentrarse el significado de las cosas, los momentos, el sentimiento, todo eso que ya se ha vivido, y lo que está por venir. Un punto de saturación se eleva a la intención e impregna los besos de promesas de cambio, de vida a la vida del momento. Y una vez más la historia se convierte en presente.

Carolina Cohen Polanco

 

Vivo en el presente y ríase la gente

Autor@: Paloma Muñoz
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Paloma Muñoz
Género: Relato poético
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vivo en el presente y ríase la gente. 

Ilustración de Rosa García

Yo quiero vivir el presente sin nadie que me controle y me moleste.
El presente es lo que cuenta y lo demás a la cesta.
Yo pienso en el futuro y me cuesta un horror imaginar lo que me espera.
Por eso pienso en el presente y me siento más terrestre y tan campestre.
El pensar en el futuro trae congoja por un tubo.
Por eso me quedo con el presente que es lo que mejor se siente.
Pasado, presente y futuro, en el tarot, te augura una sorpresa, seguro.
La cuestión es la sorpresa, la incógnita, el enigma, y el misterio, y olvidar el cementerio.
Yo siempre he vivido el presente. Es como el Carpe Diem de los romanos. El presente está en tus manos.Y el futuro tan prometedor puede irse al contenedor.
Una vez una señora anciana con panfletos religiosos en la mano me preguntó acerca de cómo veía el futuro. Le contesté que muy negro y la señora se dio la vuelta.
A veces, en este perro mundo te dan ganas no de darte una vuelta sino de lárgate con la maleta a otro planeta
Relacionar presente con corazón o con razón o con conocimiento   es como hacerlo con el futuro, y lo veo duro como un mendrugo.
Mi deseo es vivir el presente y disfrutar del ambiente. Pero no del ambiente externo, sino del ambiente del momento.
Realmente es muy sencillo: vivir la vida es lo deseable apartándose de lo que es deleznable.
Las gentes y las personas vienen y van.
Ruedan, paran, marchan, desaparecen, y vuelta a empezar.
El presente nos trae lo inmediato. Lo seguro. Lo sensato.
Bueno, tal vez exagere un rato.
Nunca hay seguridad.
Pero el Carpe Diem te puede ofrecer la posibilidad de obtener un cierta e inmediata felicidad.
Haced como yo, amigos.
Pensad en el presente y no en el futuro porque el futuro es imprevisible y a veces merecería la pena hacerse invisible.


Paloma Muñoz
3 de enero de 2022

49ª Convocatoria: Versión original

Versión original.

Ilustración de Rosa García

La versión original es fenomenal.
Es auténtica. Es poética. Es monumental. Es sensacional.
A mí dadme la versión original.
Hace mucho tiempo que veo y escucho la versión original.
Aunque tengas que leer los letreros en castellano, no importa.
Todo se pasa estupendamente con un cubata en la mano.
Creo que la versión original nos trae sensaciones que no encontramos en otras versiones.
No es lo mismo escuchar Casablanca en versión original que en versión doblada, aunque la voz de Humphrey Bogart sea una voz atiplada.
En este caso prefiero la voz del actor de doblaje. Es una voz inolvidable que te trastorna el pelaje.
Como en Casablanca, otras tantas maravillosas películas que todos conocemos y adoramos.
Escarlata O´Hara no es la misma Escarlata O´Hara en versión doblada que en versión original.
Personalmente prefiero la voz de Vivien Leigh. La actriz de doblaje española me resulta cursi e irritante. Y no digamos el doblaje de Olivia de Havilland, la inolvidable Melania es repelente y estresante.
Hay muchos motivos para elegir la versión original.
Hay que volver a las fuentes primigenias, a los auténtico y genuino.
Hay que escuchar la versión original.
Es lo verdadero.
Es lo auténtico.
Es lo primordial.
No hay nada mejor que la versión original.
Para bien o para mal.

Paloma Muñoz,
8 Noviembre 2021