37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

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Gato lunero, cascabelero

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Poema corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato lunero, cascabelero.

Ilustración de Rosa García

Gato lunero, cascabelero
Gato lunero en el alero
Gato calado en el teclado
Gato que gatea en la azotea
Gato mojado en el tejado
Gato que huele una azalea, el pobre se marea
Gato callado sobre el vallado
Gato caliente mira a poniente
Gato amarrado en un emparrado
Gato travieso, color de hueso
Gato mentiroso, gato supersticioso
Gato tramposo, gato oloroso
Gato fiel que sabe a miel
Gato tenebroso, gato portentoso
Gato que lucha y rompe la hucha
Gato escaldado no está acorralado
Gato travieso me lanza un beso
Gato sonriente, gato convincente
Gato divino eres más que un minino.
Gato amoroso, gato sabroso, gato saleroso y gato charloso.
Quiero tener un gato para divertirme un rato.
Quiero abrazar a un gato para sentir su tacto.
Quiero su compañía porque sé que me da alegría.
Te quiero gato, mi amor, te quiero con devoción.
Pon un gato en tu vida y serás más feliz que una perdiz.
Y de paso le puedes dar a tu gato un poco de regaliz.

Paloma Muñoz

El espíritu familiar

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019

36ª convocatoria: El Futuro

El futuro.

Ilustración de Paloma Muñoz

Futuro es…

Había noches en las que no dormíamos del ansia que teníamos de escucharnos y sentirnos. En la cama, o en el sofá, imaginábamos millones de historias. Esta fue una de ellas.

—¿Qué te sugiere la palabra futuro? —me preguntó.

—No sé, es algo que no me preocupa mucho. He aprendido a vivir el presente —respondí.

—¿Pero no tienes metas, no te interesa trabajar para llegar a algún sitio?

—Yo ya estoy en el mejor de los paraísos posibles cuando estoy en tus brazos, me sobran todos los futuros.

—Venga, va, tesoro, hablemos en serio…

—¿Te vendrías a vivir conmigo, querrías que nos casáramos, que tuviéramos hijos y formásemos una familia maravillosa?

—Pues no sé… A veces creo que todo eso está tan valorado y estereotipado que me da mucho vértigo no estar a la altura de lo que se espera y me parece más cómodo ni siquiera intentarlo.

—¿Pero a la altura de qué? No arriesgar, no ganar… Resignarse con lo que tienes es un sentimiento de cobardes o de víctimas del sistema.

—No, simplemente me salgo de los moldes, de lo que la sociedad espera de nosotros.

—Bueno, en realidad somos seres libres, no casarse es una opción como otra cualquiera, no tener hijos es otra opción. Dicen que las personas más inteligentes ni se casan ni tienen hijos. A mí la verdad es que me hacía ilusión… —dijo resignado.

—Anda, pon algo de música y tráeme un gin-tonic. ¡Esto no lo podríamos hacer si tuviéramos hijos!, o tendríamos que esperar a que estuvieran dormiditos —le animé sonriente—. Oye, de todos modos, ahora que lo pienso, tú no estás feliz, ¿no estás bien, así, conmigo, ahora?, me sorprende un poco tu pregunta.

—Me sorprende también tu respuesta. No te creas. Creía que me amabas.

—Y te amo, solo que no quiero casarme, me sentiría atada, como en una cárcel.

—No es atadura ni cárcel. Es compartir con respeto un compromiso de querernos y cuidarnos. Siento que todo lo nuestro es un castillo en el aire. Me gustaría crear una cimentación dura, sobre roca, donde edificarnos juntos. Solo eso, tampoco pido tanto, creo. ¿Sabes, cariño?, he soñado una cosa. De ahí la pregunta del futuro. He soñado que si hubiera un nuevo desastre natural, Noé nos metería en su gran arca como ejemplo del mejor hombre y la más inteligente mujer para ser los fundadores de la nueva Humanidad. Pero ahora entiendo que no estaríamos preparados para una empresa así.

—No creo que haya nadie preparado para algo así. Anda, ven, abrázame, tú eres mi mejor invento y el único recreo posible de mi inmensa humanidad.

—Ya… sí… pero estamos hablando idiomas diferentes. nena. Y creo que no estoy para perder el tiempo.  Me gustaría que te marchases.

Así que se despidieron como dos absolutos desconocidos y se abrazaron por última vez.

Enseguida él abrió su ordenador y se puso  buscar otro amor en una página de contactos. Todo ahora es muy fácil. El amor se encuentra a golpe de clic. Y no sirve porque la gente no se cuida, ni se compromete, ni se valora.

Ese es nuestro futuro: un clic adecuado en el momento correcto.

Olga Ruiz

Las cartas nunca mienten

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Relato
Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las cartas nunca mienten.

Lo que dice el título de esta nueva historia es cierto.

Puedo prometerlo y lo prometo.

Hace mucho tiempo una vidente  me dijo que encontraría a un hombre bueno y amable, trabajador y cariñoso con el que formaría una estupenda pareja.

Esto no ocurrió en una galaxia lejana sino en una visita que hice con una antigua compañera de trabajo a una vidente de cartas de tarot. También me desveló que pasta, lo que se dice pasta, no iba a tener nunca. Que viviría más o menos holgadamente pero sin engrosar las filas de los grandes rentistas y tipos con dinero de este gran país llamado España.

Me dijo algunas cosas más, y recuerdo que le comenté a mi compañera que una vez, una gitana  en el  Parque del Oeste de Madrid me paró e insistió en leerme las rayas de la mano.

Yo acepté no muy divertida, pero sí algo curiosa.

Me dijo prácticamente lo mismo aunque añadiendo que mi “hombre” sería rubio y guapo.

Bueno, pues aquí estoy un montón de años después recordando esas anécdotas.

Pero lo más curioso es que yo siempre he tenido interés por la lectura de las cartas del tarot.

Mi abuela materna poseía una antigua baraja de cartas envuelta en un pañuelo de seda.

No quiso regalármelas. Era un poco tacaña y desconfiada.

A mi abuelo no le hacía mucha gracia hablar de ese tema y siempre decía que eso eran gilipolleces de supersticiosos ignorantes.

Total que cuando comencé a trabajar me compré una baraja del tarot de Marsella que es el más conocido o usado por los iniciados.

Y no se me dio mal. Tanto es así que me dijeron y aconsejaron que me dedicara a la lectura de cartas en mi casa o poniendo un puesto en el Estanque del Retiro.

En mi casa recibí a algunas personas. Después de casarme recibí a otras pero algún tiempo después me cansé y mandé a las cartas al carajo.

Bueno, no exactamente.

Aún conservo la cajita de madera labrada en la que  envuelvo  la baraja en un pañuelo de seda.

Hace mucho que ni las saco, ni las miro, ni las leo.

A veces recuerdo aquellos años y me parece divertido e incluso osado porque  daba en el clavo con los aciertos y, por no meterme mucho en camisa de once varas,  no profundizaba demasiado en los asuntos que el interesado me preguntaba.

Supongo que se trataba de una regla de oro del quiromante o quiromántico que es el nombre común.

Conocía las reglas generales de la quiromancia y hasta donde podía llegar.

Había distintas formas de echar las cartas sobre la mesa en un tapete de seda con la orientación adecuada y el ambiente preparado para una lectura tranquila, sosegada y sin interrupciones externas.

Ilustración de Olga Ruiz

Una vez le eché las cartas a un chico que quería salir conmigo. Coincidíamos  en una biblioteca cercana a mi domicilio. Era muy agradable y guapete.

Se llamaba Oscar.

Siempre recordaré su expresión cuando le dije que veía un problema importante tirando a grave en su familia y que estaba relacionado con alguien de la misma.

Le dije que veía preocupación, ansiedad, nerviosismo.

No quería asustar al muchacho pero veía algo malo, muy malo.

Después de aquello no volví a coincidir con  Oscar hasta después de unos cuantos meses, entonces me contó que su madre había fallecido de cáncer.

Me quedé helada y me asusté un poco. Además, me comentó lo de aquella sesión de tarot en la que le dije lo del  problema importante de alguien de su familia.

Me confesó que su madre ya estaba haciéndose pruebas en los días de nuestras quedadas en la biblioteca.

Francamente, no supe que contestarle.

Anécdotas de  mi época de quiromántica tengo algunas más pero  hace ya mucho tiempo de eso.

Tal vez algún día me anime y vuelva a recuperar aquel curioso e intrigante espacio de las cartas de tarot como puro entretenimiento.

No me gustaría dar una imagen frívola de las cartas y de los echadores de cartas, ni tampoco de aquellos que se acercan para que  adivines su futuro.

Hay algo misterioso  en el rito y certero en las predicciones porque las cartas nunca mienten.

Paloma Muñoz
Madrid, 2 de mayo de 2019

La maldición de la luna roja

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Corrector@: 
Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición de la luna roja.

I
Luna Wald seguía cosechando éxitos con sus novelas de aventuras en las que imprimía su característico sello autobiográfico en algunos detalles.

Rusty 7464 era su fiel ayudante y su dedicado consejero en cuestiones editoriales. Luna había decidido prescindir de los servicios de su literary coach porque no le hacía falta Ya quetenía a Rusty que se había empapado de sabiduría informativa sobre lo que un buen literary coach debe de hacer ─profesionalmente hablando─ cuando entra al servicio de un exitoso novelista.

La editorial por la que Luna había fichado era Voxplanet, al principio, una firma modesta pero que a Luna le vino de perlas porque le abrió el fascinante mundo de la publicación de novelas y la fascinación de los oropeles cuando las cosas machan viento en popa.

Luna no había ganado ningún premio pintón. Pero eso a ella no le preocupaba demasiado porque sabía que más tarde o más temprano, más bien temprano que tarde, lo conseguiría.

Así que se preparó para escribir su nueva novela, esta vez, ambientada en una antiquísima mansión victoriana en la que habitaba una extraña familia con aficiones…digamos algo peculiares.

Daba la casualidad de que en esos momentos, las cadenas de noticias de la Telegalaxy informaban de la inminente aparición de  un alucinante eclipse de luna, sólo que esta vez, la luna no se tornaría negra como el alma de un vil traidor o traidora sino roja como la sangre.

Luna pensó que eso le vendría de maravilla para  dar un misterioso, inquietante y espeluznante marco a su nueva historia: una casa perdida en unos páramos, paisajes tenebrosos, muy poca luz y muchas sombras y una luna roja enorme sobre la jodida casa victoriana.

En cuanto a los habitantes de la mansión, a instancias de un antiguo conocido suyo, un tal Joseph Vincent Saint Mary le había propuesto que la llenara de hombres lobo, vampiros y otros seres de la noche. A Luna le pareció bien. ¿Por qué no? A fin de cuentas la imaginación es la imaginación y una luna roja ofrece muchas posibilidades.

Luna se preparó para documentarse sobre Los hijos de la noche.

II
El eclipse se  veía perfectamente desde el gran ventanal de Luna en el piso 69 del impresionante edificio de 100  plantas.

Casi podía rozar con las yemas de los dedos el borde de la gran luna roja, la gran luna de sangre que lucía portentosamente sobrecogedora en el firmamento.

―Los hijos de la noche era una frase que dijo un viejo ridículo y patético que era conde y que volaba como los murciélagos por la noche. Esa historia me ha parecido siempre una gilipollez.

Rusty captó la atención de Luna mientras estaba ante su potente ordenador escribiendo sobre los habitantes de la mansión siniestra.

―Hay que leer a los clásicos, Rusty. El conde Drácula es un clásico por si no lo sabías.

―Sí, y también hay que leer el  megaladrillo de “Frankenstein” y no puedo con él.

Sobre la  mesa del ordenador había unos cuantos libros desperdigados con ilustraciones y algunos con nobles tapas de cuero que brillaban a la luz de las velas que Rusty había colocado en la habitación para dar más ambiente. Estos libros eran verdaderas joyas entre las reliquias de la literatura fantástica y de terror.

―La historia del hombre lobo es espeluznante, Rusty. Tengo que incluir a un inquilino de esa casa que cada vez que haya luna llena se transforme en un sanguinario lobo devorador y destrozador.
Rusty se puso una mano de hojalata rematada con brillantes tornillos de acero en el cuello.
―Prefiero a los vampiros que a los hombres-lobo. Más que nada porque hacen menos destrozo.

“Era una noche de luna llena roja. Una luna roja y abundante que reinaba en el firmamento y que parecía abarcar el universo entero. La mansión se recortaba contra la luz extraña, fantasmagórica e inquietante de esa luna que bañaba la tierra de destellos rojos infernales. Las  esbeltas agujas de las torres anunciaban que la mansión seguía en pie a pesar de su dejadez y estado de abandono. Una minúscula luz amarilla parpadeaba en una de las ventanas. Y un humo serpenteante salía de la boca de una de las chimeneas. Sin duda, alguien vivía en esa vieja casona. Era una casa habitada,pero…¿quién podría vivir en un lugar tan solitario y apartado de cualquier atisbo de civilización?

Los campesinos y las gentes de la comarca aseguraban que una extraña familia a la que nunca habían visto de día, pero sabían que habitaban en la mansión a juzgar por las luces de las ventanas y el humo de las chimeneas, era la dueña de la gran casa.  

Ilustración de José Vicente Santamaría

En esa noche de luna roja se podían escuchar extraños ruidos, algo similar a gruñidos, repelentes jadeos y risas diabólicas.
Tal vez los habitantes de la mansión estaban de juerga, una juerga que ─probablemente─ nada tenía que ver con las humildes juergas que se corrían los campesinos cuando llegaba la festividad de su santo patrón.
Pero en las noches de luna llena había que resguardarse en las casas; cerrar bien puertas y ventanas y tener un buen rifle, palo o garrote a mano. Y un crucifijo, por si acaso.
Los habitantes podían salir y visitar las poblaciones más cercanas aunque estuvieran apartadas de la mansión.
En esta noche de luna roja todo podía ocurrir si no se estaba preparado.”

― ¡Que miedo me da! No puedo con la vida. Estoy yo viviendo en esa comarca con esa casa horripilante y esos vecinos que de seguro serán hombres-lobo y vampiros y me da un ataque de hojalatosis que me quedo muerto y enterrado.
―No exageres, Rusty. Es una novela, sencillamente. Pero el inicio promete. ¿A qué sí?
―Sí. Promete meter mucho miedo a tus lectores.
―Las emociones fuertes es lo que tienen. Y lo que queda después de la lectura. Hay que sobrecoger, amedrentar, subyugar, entretener, aterrorizar, perturbar.
―Y ganar pasta. No lo olvides. Es muy importante.
―A mí me basta con ser inmortal.
― ¡Joder! Te conformas con poco.
―Menos no es nada.
―Por cierto, ¿cómo se va a titular la novela?
―La maldición de la luna roja
―Con ese título, triunfas. Me apuesto mis tornillos de hojalata.

Madrid, 25 de febrero 2019
Paloma Muñoz

Eclipsado

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

Un cambio siempre viene bien

Autor@:  

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


			

Promesas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

Y ellos querían ir a Viena

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz