La maldición de la luna roja

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Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La maldición de la luna roja.

I
Luna Wald seguía cosechando éxitos con sus novelas de aventuras en las que imprimía su característico sello autobiográfico en algunos detalles.

Rusty 7464 era su fiel ayudante y su dedicado consejero en cuestiones editoriales. Luna había decidido prescindir de los servicios de su literary coach porque no le hacía falta Ya quetenía a Rusty que se había empapado de sabiduría informativa sobre lo que un buen literary coach debe de hacer ─profesionalmente hablando─ cuando entra al servicio de un exitoso novelista.

La editorial por la que Luna había fichado era Voxplanet, al principio, una firma modesta pero que a Luna le vino de perlas porque le abrió el fascinante mundo de la publicación de novelas y la fascinación de los oropeles cuando las cosas machan viento en popa.

Luna no había ganado ningún premio pintón. Pero eso a ella no le preocupaba demasiado porque sabía que más tarde o más temprano, más bien temprano que tarde, lo conseguiría.

Así que se preparó para escribir su nueva novela, esta vez, ambientada en una antiquísima mansión victoriana en la que habitaba una extraña familia con aficiones…digamos algo peculiares.

Daba la casualidad de que en esos momentos, las cadenas de noticias de la Telegalaxy informaban de la inminente aparición de  un alucinante eclipse de luna, sólo que esta vez, la luna no se tornaría negra como el alma de un vil traidor o traidora sino roja como la sangre.

Luna pensó que eso le vendría de maravilla para  dar un misterioso, inquietante y espeluznante marco a su nueva historia: una casa perdida en unos páramos, paisajes tenebrosos, muy poca luz y muchas sombras y una luna roja enorme sobre la jodida casa victoriana.

En cuanto a los habitantes de la mansión, a instancias de un antiguo conocido suyo, un tal Joseph Vincent Saint Mary le había propuesto que la llenara de hombres lobo, vampiros y otros seres de la noche. A Luna le pareció bien. ¿Por qué no? A fin de cuentas la imaginación es la imaginación y una luna roja ofrece muchas posibilidades.

Luna se preparó para documentarse sobre Los hijos de la noche.

II
El eclipse se  veía perfectamente desde el gran ventanal de Luna en el piso 69 del impresionante edificio de 100  plantas.

Casi podía rozar con las yemas de los dedos el borde de la gran luna roja, la gran luna de sangre que lucía portentosamente sobrecogedora en el firmamento.

―Los hijos de la noche era una frase que dijo un viejo ridículo y patético que era conde y que volaba como los murciélagos por la noche. Esa historia me ha parecido siempre una gilipollez.

Rusty captó la atención de Luna mientras estaba ante su potente ordenador escribiendo sobre los habitantes de la mansión siniestra.

―Hay que leer a los clásicos, Rusty. El conde Drácula es un clásico por si no lo sabías.

―Sí, y también hay que leer el  megaladrillo de “Frankenstein” y no puedo con él.

Sobre la  mesa del ordenador había unos cuantos libros desperdigados con ilustraciones y algunos con nobles tapas de cuero que brillaban a la luz de las velas que Rusty había colocado en la habitación para dar más ambiente. Estos libros eran verdaderas joyas entre las reliquias de la literatura fantástica y de terror.

―La historia del hombre lobo es espeluznante, Rusty. Tengo que incluir a un inquilino de esa casa que cada vez que haya luna llena se transforme en un sanguinario lobo devorador y destrozador.
Rusty se puso una mano de hojalata rematada con brillantes tornillos de acero en el cuello.
―Prefiero a los vampiros que a los hombres-lobo. Más que nada porque hacen menos destrozo.

“Era una noche de luna llena roja. Una luna roja y abundante que reinaba en el firmamento y que parecía abarcar el universo entero. La mansión se recortaba contra la luz extraña, fantasmagórica e inquietante de esa luna que bañaba la tierra de destellos rojos infernales. Las  esbeltas agujas de las torres anunciaban que la mansión seguía en pie a pesar de su dejadez y estado de abandono. Una minúscula luz amarilla parpadeaba en una de las ventanas. Y un humo serpenteante salía de la boca de una de las chimeneas. Sin duda, alguien vivía en esa vieja casona. Era una casa habitada,pero…¿quién podría vivir en un lugar tan solitario y apartado de cualquier atisbo de civilización?

Los campesinos y las gentes de la comarca aseguraban que una extraña familia a la que nunca habían visto de día, pero sabían que habitaban en la mansión a juzgar por las luces de las ventanas y el humo de las chimeneas, era la dueña de la gran casa.  

Ilustración de José Vicente Santamaría

En esa noche de luna roja se podían escuchar extraños ruidos, algo similar a gruñidos, repelentes jadeos y risas diabólicas.
Tal vez los habitantes de la mansión estaban de juerga, una juerga que ─probablemente─ nada tenía que ver con las humildes juergas que se corrían los campesinos cuando llegaba la festividad de su santo patrón.
Pero en las noches de luna llena había que resguardarse en las casas; cerrar bien puertas y ventanas y tener un buen rifle, palo o garrote a mano. Y un crucifijo, por si acaso.
Los habitantes podían salir y visitar las poblaciones más cercanas aunque estuvieran apartadas de la mansión.
En esta noche de luna roja todo podía ocurrir si no se estaba preparado.”

― ¡Que miedo me da! No puedo con la vida. Estoy yo viviendo en esa comarca con esa casa horripilante y esos vecinos que de seguro serán hombres-lobo y vampiros y me da un ataque de hojalatosis que me quedo muerto y enterrado.
―No exageres, Rusty. Es una novela, sencillamente. Pero el inicio promete. ¿A qué sí?
―Sí. Promete meter mucho miedo a tus lectores.
―Las emociones fuertes es lo que tienen. Y lo que queda después de la lectura. Hay que sobrecoger, amedrentar, subyugar, entretener, aterrorizar, perturbar.
―Y ganar pasta. No lo olvides. Es muy importante.
―A mí me basta con ser inmortal.
― ¡Joder! Te conformas con poco.
―Menos no es nada.
―Por cierto, ¿cómo se va a titular la novela?
―La maldición de la luna roja
―Con ese título, triunfas. Me apuesto mis tornillos de hojalata.

Madrid, 25 de febrero 2019
Paloma Muñoz

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Eclipsado

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Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

Un cambio siempre viene bien

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Ilustrador@: 

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Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


			

Promesas

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Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

Y ellos querían ir a Viena

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Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz

Navidad de maldad

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Navidad de maldad.

Navidad de maldad, navidad asquerosa. Es el mensaje infeliz de La Muñeca Apestosa.

Sí, la Muñeca Apestosa.

Una invención de mi calenturienta mente que no deja de trajinar como joder la navidad al personal.

Pero no creáis que le deseo una navidad maldita y desagradable a toda la Humanidad.

No.

Deseo una navidad catastróficamente chunga a ciertos seres que caminan a dos patas y que se han dedicado durante todo el año a hacer que este mundo sea cada vez más abyecto y pernicioso.

Ilustración de Rosa García

La Muñeca Apestosa es mi último recurso. Un recurso literario y metafórico. Es una muñeca como Pandora, pero en horrible, en nauseabundo, en repelente.

Todo  aquello que deseamos que le ocurra al alguien que te cae como una patada en el culo, te ha puteado, y sabes que lo ha hecho con otras personas a las que aprecias, todo aquel que está –cada día─ haciendo que este mundo sea más indeseable para vivir y que se apoya sobre una tarima o un atril; habla en público para soltar espumarajos de mierda y que se revuelca en su ignorancia y en su ignominia, tiene que sentir el repelente contacto de la Muñeca Apestosa. Oler su podrido aliento. Seguro que muchos de esos mequetrefes que viven en el mundo público (y de lo público) son halitósicos. Por lo tanto se sentirán en familia y bien acompañados.

Pandora era una bella creación hecha para la destrucción y la desgracia de los hombres y, por extensión, del género humano. La Muñeca Apestosa es fea y repelente y está hecha para construir, en vez de destruir, para arreglar en vez de destrozar, y ─sobre todo─ para  borrar el mal gusto y la iniquidad de los que se creen impunes e intocables.

Es una Pandora pero en el sentido contrario en fondo y en forma.

No tiene nombre. Es la Muñeca Apestosa que desea unas infeliz y maldita navidad a todos aquellos que no se la merecen.

A todos esos malditos roedores  y malditas roedoras que no hacen otra cosa que levantarse y maquinar a quién le va a tocar la tómbola del infortunio  aportando su granito de arena de hiena  para ver quién va tener un mal día, una desgracia, un susto.

A  todos ellos, la vengativa Muñeca  Apestosa se encargará de hacerles pasar unas navidades nefastas. Las peores de sus miserables vidas.

No lo dudéis. Compradla. Llevadla a vuestras casas. Regaladla de mil amores.

Es el mejor regalo para tan señaladas fiestas.

Qué paséis unas felices navidades.

Paloma Muñoz

4 de noviembre 2018

 

Navidad de miedo

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Género: Poema

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Navidad de miedo.

Ilustración de Paloma Muñoz

Ya nadie sabe lo que celebra:

Lo más importante es coger

una buena borrachera.

 

Todo se limita a eso:

“La fiesta del alcohol”

Hay que vivir el momento

y  el  “Portal” es una historia

muy lejana en el tiempo.

 

Lo que se lleva ya no son villancicos

sino beber mojitos.

 

Lo pasaremos de miedo en Navidad.

Milagros Morales

Invisible

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Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Invisible.

No se trata de que una mujer se haga invisible ante los ojos de los otros.
No se trata de que una mujer o unas mujeres desaparezcan del panorama cotidiano de otro o de otros.
No se trata de que una mujer o mujeres no den ninguna señal de que están vivas, escondidas, apartadas, desorientadas, encerradas, enclaustradas.
No.
Se trata de una mujer que se desvanece ante los ojos de otra y―en la mayoría de los casos― se aleja desapareciendo de su horizonte para siempre.
Esto suele suceder más a menudo de lo que creemos.
En cierta ocasión escuché una historia sobre celos.
Alguien estaba celoso de otro alguien porque ese alguien acaparaba la atención de la persona por la que sentía una fijación sospechosa. Bastante sospechosa. Muy sospechosa.
Ese alguien era una mujer. La fijación la sentía por otra mujer. Y esa mujer mantenía  una estupenda y enriquecedora relación amistosa con otra mujer.
Esta historia que escuché hace tiempo es una historia muy sencilla.
Los celos hacen daño. Claro que hacen daño. Mucho daño.
Los celos van unidos a la envidia y a la impotencia. Pero sobre todo a las ganas de joder  a la persona  que supone una amenaza.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Cuando me contaron esta historia me hablaron de celos y de maquinaciones.
Las maquinaciones de  una mujer obsesionada con otra que va cavilando, diseñando, preparando un plan para acabar con esa relación que la estorba.
¿Problema de competitividad? Pudiera ser según lo que deduje  después.
Pero había otras cuestiones más complejas.
Tal vez problemas de identidad sexual.
Por la pinta de los hechos tiene mayor posibilidad de que fuera un asunto de enamoramiento lésbico.
Me comentaron que era un asunto de celos amorosos.
Pregunté por las características de esas dos personas y de la tercera en discordia y me hice una composición de lugar.
Lo vi claro.
La celosa era como una araña que iba tejiendo su red poco a poco a lo largo de los años y con una inteligencia, astucia y falsedad magistrales fue haciendo que esa relación se intoxicara poco a poco.
Intervino en voluntades ajenas.
Se hizo la comprensiva, la amistosa, la generosa y la bondadosa.
Sabía muy bien  que al final lo conseguiría. Conseguiría separar a las dos mujeres. Acabar con su amistad.
Claro que según me contaron intervinieron más factores.
Suele suceder así casi siempre.
La amenaza había que hacerla desaparecer y para ello se necesita ser paciente, perseverante, astuta. Una excelente manipuladora en definitiva.
Hay que conocer muy los puntos débiles de las personas. Estudiar el carácter o temperamento  de los actores del drama y seguir maquinando la mejor forma de acabar con esa relación preocupante que odias.
La celosa patológica que sólo quiere compartir con el objeto de su fijación todo lo que se puede compartir no va a tolerar que alguien le haga sombra.
Esto suena a toxicidad porque la conclusión es que esa celosa patológica y aduladora hasta la náusea podría engañar a cualquiera excepto a la persona a la que quería fastidiar.
Y eso es el retrato de una persona tóxica.
Ese término me lo repitieron y yo estuve totalmente de acuerdo.
Y así llegamos al quid de la cuestión.
Mientras me lo contaban,  comprendía el porqué de ciertos comportamientos  y las reacciones hacia alguien que está de más en una relación: dos son pareja y tres, multitud.
Al final todo se fue al carajo.
La imagen de la amistad y la complicidad desapareció para siempre.
Se hizo invisible.
Quien me contó esta historia terminó añadiendo:
No hay lealtad entre las mujeres como no la hay en una manada de lobos.
Eso creo que lo dijo Conan, el bárbaro en una de sus momentos filosóficos.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de mayo  2018

Supernovas

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Corrector@: 

Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Supernovas.

Ilustración de Paloma Muñoz

Nos educaron
para que nuestra vida fuera un lienzo
lleno de luces, sombras y matices
pero que no pudiera salirse de un marco.
Nos educaron para ser pintura
en manos de pinceles,
para ser carboncillo
que se difumina con los dedos.
Pero la obra que resultó
al modelar nuestra terneza
transcendió al ser contemplada
y salió a la vida.
Nuestros brazos acunaron el futuro.
Hoy somos supernovas.

Milagros Morales

¡Ya llegó el circo!

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Ya llegó el circo!

Los habitantes de la pequeña ciudad de Statonsville no cabían en sí de gozo. En esta pequeña comunidad creyente y creciente, afincada en tierras otrora salvajes, nunca solía ocurrir nada especial, aunque era indudable que se había convertido en un lugar próspero.

Fundada por un antiguo misionero cuyo apellido no podía ser otro que Staton, la ciudad fue construida sobre una zona semidesértica, limitada al oeste con un valle coronado por escarpadas montañas, cuyo deshielo en primavera constituía la única provisión de agua anual, y al este por un vasto horizonte de polvo y tierra yerma que no parecía tener límites, y donde era mejor no adentrarse si no querías morir.

Nadie hacía incursiones a las montañas por miedo a perder su cabellera, pues allí fue donde se refugiaron los indios salvajes que huyeron de la masacre llevada a cabo en la conquista de las tierras, aunque hacía ya más de un siglo que no se divisaba ningún piel roja sobre su montura en la loma de la montaña, o eso aseguraban los viejos del lugar en sus historias contadas a la luz de la lumbre. Según ellos, hacía ya mucho que deberían haber fallecido los descendientes de los pocos indios que quedaron con vida, quién sabe si de inanición, de frío o de alguna otra enfermedad, y sus almas ya estarían a buen recaudo ardiendo por siempre en el fuego eterno del infierno por sus fechorías, robos, raptos y otros acercamientos e intentos de acabar con la civilización que este poblado improvisado sufrió durante los primeros años de asentamiento, mucho antes de convertirse en una ciudad próspera, en un burdo intento de vengarse y recuperar las tierras y convertirlas de nuevo en un salvaje paraje donde practicar los ritos paganos de sus ancestros.

Al atardecer, cada vez que uno de los ancianos se acercaba al calor una de las múltiples hogueras a encender su pipa, se encontraba con varios ojillos curiosos y muchos oídos dispuestos a escuchar sus relatos. Y uno de esos ancianos era el viejo Joe, que cruzaba la ciudad renqueante con un enorme saco de paja en las espaldas, seguido de cerca por un grupo de muchachitos.

—¿Nos contarás esta noche una historia de cuando eras pequeño, Joe?

—No, niños. Hoy es sábado y mañana hay misa. Si queremos que Dios escuche nuestras plegarias y nos mande esa lluvia que tanto nos hace falta, debemos recogernos en nuestras casas y rezar para despertarnos al alba.

—¡Bah! ¡Qué fastidio! —contestó uno de ellos con indignación.

—Tú eres el primero que debería saberlo, Lewis —replicó el viejo.

Lewis era un niño precioso, rubio y con una sonrisa angelical con la que conseguía todo aquello que deseaba. Eran pocos los que se resistían a su encanto, que nunca hizo mella en el áspero y rudo Joe.

—O quizás no puedes contarnos una porque te empieza a fallar la memoria —contestó rápidamente. Los demás niños soltaron una risita.

Lewis lo tenía claro: lo que no conseguía por las buenas, lo hacía por las malas. Ya a sus ocho años se veía a la legua que había heredado la determinación de su padre, el pastor, que no era otro que el mismísimo tataranieto de Staton. Y eso, en Statonsville, en donde se vivía en paz y acorde con las leyes del mundo civilizado y los mandamientos del Señor, significaba mucho. Por eso eran pocos los ciudadanos que se atrevían a llevarle la contraria. No era así en el caso de Joe.

—¿Qué modo es ese de hablarle a un viejo? ¡Vete a casa, mocoso, antes de que te envíe yo de una patada en el culo!

La mirada furtiva que Lewis le dirigió destilaba un odio fulminante, pero enseguida entornó los ojos y la transformó en la más dulce de sus sonrisas. El pastor se acercaba.

—¡Ah! Aquí estás, Lewis. Tu madre te busca, dice que hoy toca baño.

—Pero, papá…

Lewis no soportaba a su madre. Sólo tenía carácter para obligarle a lavarse y a comer esas gachas de maíz apestosas que le hacía por la mañana. Aparte de eso, era una completa idiota durante la mayor parte del tiempo, o una pusilánime (como la llamaba su padre) que hacía todo cuanto se le ordenaba, temerosa de recibir una paliza de las buenas en caso de oponerse. Si fuera por Lewis, esa misma tarde la habría ahogado dentro de la tina de agua jabonosa y le hubiera metido el cepillo garganta adentro. Pero, por desgracia, eso tampoco ocurrió.

Fue al amanecer del día siguiente, cuando todos los feligreses, limpios y con ropas nuevas, se dirigían a la iglesia, que vieron la nube de polvo que se levantaba en el desierto, en la lejanía, bajo los rayos del sol naciente, y el gozo anidó en sus corazones.

En poco ya se vislumbraba un hilo negro serpenteante sobre las arenas desérticas medio tapado por las oleadas de polvo ascendente, que parecía acercarse a toda velocidad. Pero entonces la campanada que anunciaba el inicio de la misa les recordó que tenían obligaciones que hacer, y la mitad de los habitantes que se habían detenido a contemplar el acercamiento tuvieron que echar a correr hacia la iglesia, engalanados como estaban con sus mejores vestiduras.

Esa mañana casi nadie atendió a las palabras del pastor, plagadas de retórica y de las acostumbradas amenazas para los impíos, intrigados como estaban todos por descubrir quién o qué se dirigía a la ciudad desde las llanuras del desierto. Todos excepto Rolan, el alcalde, que con su soberbia habitual yacía repantigado sobre el banco, ocupando dos plazas debido a su enorme panza y a su gran trasero, con la cabeza echada para atrás y el sombrero hacia adelante ocultándole los ojos, para disimular lo que todos ya sabían. Se estaba echando la siestecita habitual en plena misa. Nunca el pastor le dijo nada, pues si él representaba la ley de Dios, el otro representaba la ley de los hombres, pero le odiaba con toda su alma (todo lo que le está permitido odiar a un hombre de Dios, por supuesto).

Tras más de dos horas de sermón, que a la mayoría le pareció dos años de tortura (muchos pensaban que estaba alargando el sermón a posta) y que el alcalde vivió como cinco minutos en los que había cerrado los ojos, sonó el “id en paz” que los liberó a todos del yugo de la palabra de Dios.

Muchos salieron en avalancha de la iglesia y como el pastor desaprobó totalmente esa espantada, corrió tras ellos para ver qué ocurría y por qué esa mañana su rebaño parecía tan desbocado.

Y allí estaban, once carromatos pintados con vivos colores, detenidos a las mismas puertas de la ciudad y con unas personas ataviadas con ropas extrañas y coloridas sujetando las bridas de unos caballos sudados.

—No seréis forajidos, ¿verdad? —preguntó el alcalde con su gran capacidad de deducción.

—¿Tenemos acaso pinta de pistoleros? ¿Nos veis acaso portar armas? ¿O es que no sabéis leer lo que pone en el carro, señor? —contestó el hombre de espaldas anchas y bigote fino en tono irónico.

—No le haga caso —dijo un hombre menudo que salió de detrás del anterior—. Mi amigo es todo fuerza y bravuconería. Por eso le llaman el hombre forzudo. No, no somos delincuentes, y no nos escondemos de la justicia. Somos artistas. Artistas de circo. Y nos gustaría establecernos, y por supuesto actuar, en esta ciudad durante unos días, ya que hemos atravesado todo un desierto para llegar hasta aquí.

Un ¡ohhh! de asombro a muchas voces se oyó proveniente de la muchedumbre. Incluso hubo quien aplaudió de alegría. Era el pequeño Lewis, repeinado y embutido en un traje oscuro que picaba un montón y unos zapatos que le venían estrechos.

—Pero hoy es domingo —se quejó repentinamente el pastor, cortando toda esperanza—. Hoy no puede haber ni actuaciones, ni bailes, ni nada pecaminoso. Hoy es el día del Señor. Un día de recogimiento y arrepentimiento.

—No se preocupe, buen hombre —dijo el bajito—. Tenemos que montar nuestro campamento y no estaremos listos hasta mañana.

—Pero es que esta buena gente vive en paz, y no queremos que foráneos ruidosos se entrometan…

—¡Sed bienvenidos a nuestra comunidad! —de pronto la voz gruesa del alcalde que, jadeante, se abría paso entre la gente cortó el discurso del pastor—. Yo, Rolan Edmund, alcalde de la próspera ciudad de Statonsville, os invito a quedaros.

El pastor, apretando los dientes, hizo una reverencia y, tirando del brazo de Lewis, se retiró en silencio, llevándose el niño a empujones mientras el alcalde se giraba hacia los ciudadanos y, recuperado ya el resuello, gritaba con todas sus fuerzas:

—Habitantes de Statonsville, ¡el circo ha llegado a la ciudad!

Una gran ovación siguió a las palabras del alcalde.

Ilustración de Paloma Muñoz

El domingo transcurrió como cualquier otro domingo normal, salvo el ruido de fondo de los martillazos y las divertidas canciones que los habitantes escuchaban desde sus casas y que los distraían de sus rezos y plegarias.

Joe era el único que vio cómo se armaban la gran tienda de circo, la de las actuaciones, seguida de otras dos más pequeñas, una totalmente oscura, la de la galería de los monstruos y otra que haría las veces de camerino y de vivienda. También era el único que no iba a misa nunca, y que trabajaba los domingos, a pesar de las muchas recriminaciones que le hacía el pastor.

“No eres un buen cristiano, Joe, y ya estás muy mayor. Deberías pensar en el futuro y hacer un acto de contrición si quieres que el Señor te reciba en su seno celestial cuando mueras. Y deberías empezar por acudir a los servicios los domingos”, le había dicho la última vez que se encontraron en plena calle. A lo que Joe le contestó después de escupir al suelo: “Cuando muera no quiero ir al cielo; está plagado de beatos como tú”. Después de eso el pastor decidió dejarle en paz, pero solamente por un tiempo antes de encontrar una nueva ocasión para restregarle la Biblia y los Mandamientos (siempre lo hacía).

Ese día Joe gozaba de ese breve espacio de tiempo en el que el reverendo lo dejaba en paz, así que ese día se lo pasó colaborando con los artistas y ayudándoles en el montaje de sus tiendas sin más preocupación. Mientras lo hacía, se imaginaba qué cara pondría el pastor si lo pillaba de acá para allá, hablando con un equilibrista que negaba la existencia de Dios, o con la mujer barbuda, que era la prueba viviente de los errores de su plan divino. Pero eso no ocurriría, porque el pastor no saldría de su casa en domingo, tal como exigen las Escrituras, ni aunque ésta estuviera ardiendo.

En cambio, el lunes a primera hora de la mañana la ciudad ya bullía de movimiento y una larga cola se apostaba a la puerta de la carpa principal con las entradas en las manos. Algunos decían haber estado ahí desde el alba, otros contaban que habían pasado la noche entera a la intemperie, porque querían tener un buen asiento. Y uno de ellos, el primero de la fila, aseguró que tuvo que llamar a todas las puertas, carromato a carromato, para encontrar al que le vendiera el primer tique. La historia debía de ser cierta, porque el pobre hombre de las entradas estaba sentado en una silla al lado de la puerta, custodiándola, y bostezando sin parar. Solamente parecía despejarse cuando tenía que convencer a los más rezagados de que la actuación del día ya estaba completa, que ya no le quedaban entradas y debían intentarlo al día siguiente.

Casi al mediodía, cuando solamente faltaban cinco minutos para que se abrieran las cortinas y el público pudiera acceder al recinto, llegó el alcalde con su esposa, tan oronda como él. Avanzaban sin miramientos ni pudor por el lado izquierdo de la cola, saludando y sonriendo a los ciudadanos, que veían con indignación (y las piernas cansadas de tanta espera) cómo se colaban. Llegaron hasta la puerta sonrientes y pagados de sí mismos, y el hombre de las entradas, tras hacerles una reverencia, les dejó pasar sin más, cerrando de nuevo el cortinaje ante las quejas del público impaciente.

Media hora más tarde, cuando por fin la gente pudo entrar, se encontró con el alcalde sentado en la parte central de la primera fila, justo delante de la tarima cuadrada que hacía las veces de escenario, ocupando dos asientos. Otros dos más los ocupaba su esposa. Así que los primeros de la fila fueron sentándose a su alrededor, por considerar que si esos asientos eran buenos para el alcalde también lo serían para ellos.

Cuando el circo se hubo llenado, antes de empezar la actuación, el alcalde miró alrededor en busca de su archienemigo. No había ni rastro del pastor, que ni se interesó por el espectáculo ni permitió que su hijo Lewis se acercara a él. Tampoco había rastro del viejo Joe.

Lo cierto es que mientras el pastor se recogió en su iglesia y, a modo de autosacrificio, se dedicaba a orar por las almas de todos los que habían acudido a ver el inmundo espectáculo pagano e inspirado por el mismísimo demonio, su hijo Lewis aprovechaba el momento en que la ingenua de su madre salió a lavar la colada al río para abrir el tarro de las monedas y coger prestadas unas cuantas (y unas cuantas más por si acaso), antes de escabullirse en dirección al circo.

—No puedes entrar. La actuación ha empezado y podrías provocar un accidente.

—Pero mira —le dijo Lewis al hombre de las entradas—. Tengo todo este dinero.

—Si quieres, puedes pagar la entrada para ver la galería de los monstruos. Son tres peniques solamente, y ya hay unos cuantos críos como tú dentro.

—¿Pero son monstruos de verdad?

—Niño, en el circo todo lo que ves es verdad —le contestó el hombre de forma suspicaz.

—Pues entonces dame una entrada.

En la oscuridad de la tienda, alumbrada solamente por unas pocas luces, un farolillo por acá, una vela por allá, Lewis fue siguiendo en la penumbra el pasillo creado con una empalizada de madera hasta llegar a un pequeño recinto circular en el que se podía ver a un hombre acostado de piel escamosa y piernas deformes, como a medio hacer. “El hombre serpiente” rezaba el cartel.

—Joer, ¡pero mira que eres feo! —gritó el niño sin pudor. Al instante se oyeron unas risitas lejanas.

—Lewis, ¿eres tú? —dijo una voz infantil.

—Sí, chicos, ¿dónde estáis?

—Aquí, con la mujer barbuda. ¿Y tú?

—Yo estoy con el hombre serpiente, que más que el hombre serpiente debería llamarse el hombre moco, porque da asco. —Tras esas palabras se oyeron un par de carcajadas claras entre un murmullo de risitas.

—Vente para acá, sigue el camino, para por delante del gigante y el enano y sigue adelante. En la siguiente parada estamos nosotros.

Lewis corrió por el pasillo serpenteante. Tal como le habían anunciado, pasó por delante de un hombre al que despreció por no ser mucho más alto que su padre y luego, a unos metros de allí, por delante de un enano deforme al que le pidió que hiciera el mono y al que le ofreció el trabajo de ser su mascota personal. Enseguida llegó a donde estaban sus amigos y pudo echar su mirada a la horrorosa mujer barbuda, una vieja gorda a la que le faltaban algunos dientes y que lucía una prominente barba gris que le llegaba hasta el vestido de flores. Evidentemente, Lewis no escatimo en los insultos y desprecios:

—¡Pareces un hombre con vestido! ¡Vaya adefesio! No me extraña que estés en un circo… ¡eres un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! Seguro que tu madre te abandonó al nacer porque… ¡Ay!

De pronto, desde la oscuridad remota de la tienda había aparecido una mano vieja y nudosa que había atrapado la oreja de Lewis y tiraba de ella con ganas. Era la mano del viejo Joe.

—Lo siento, Betty. ¿Quieres que los eche a patadas?

—No, tranquilo, Joe —le contestó la mujer barbuda—. Estoy más que acostumbrada a todo tipo de comentarios, no me hacen daño. Acércame al muchacho, que lo vea bien.

Joe, tirando de la oreja del niño, abrió una pequeña portezuela disimulada en la pequeña valla y lo llevó hasta ella. Cuando se levantó de su silla resultaba que era una mujer enorme, mucho más corpulenta de lo que parecía en un principio.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lewis —contestó el niño.

—¿Dónde te has dejado la educación? —le preguntó Joe mientras le daba otro tirón de oreja.

—¡Ay! Lewis. Me llamo Lewis, señor… digo señora.

—Bien, puedes soltarlo, Joe. Y tú, rubito, acércate y mírame bien. ¿Ves bien mi barba? ¿Ves bien mi talla? ¿Ves mi cara? ¡Mírame bien! Porque de entre los dos yo no soy el monstruo, el monstruo eres tú. —Lewis no cabía de asombro y no supo cómo reaccionar, así que se limitó a mirar al suelo—. Sí, tú, con tu pelito rubio y con tu carita de no haber roto nunca un plato. Porque tú eres precioso por fuera, pero feo por dentro. Pero a mí el envoltorio no me engaña. He conocido a demasiados niñatos malcriados como tú, que sois pura maldad e ignorancia. Y ¿sabes qué? Que dais pena. Tú das pena, porque eres un monstruo y ni siquiera lo sabes. Así que lárgate de mi vista, ¡largo! ¡Y llévate a tus patéticos amigos!

Lewis corrió tan rápido que ni siquiera vio si sus amigos le seguían o no. Y mientras corría las lágrimas empezaron a brotar y no pararon hasta que llegó a la iglesia, en donde encontró a su padre de rodillas ante el crucifijo.

—¡Papá, papá!

—Por Dios, ¿qué pasa, hijo?

—Lo siento, he ido al circo y allí… allí una mujer gorda y barbuda me… me ha llamado monstruo… a mí.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el circo sólo traería problemas a esta ciudad! Pero voy a solucionarlo enseguida.

—¿Qué harás? —preguntó Lewis entre lágrimas.

—Lo que debería haber hecho desde un principio.

Una sonrisa se dibujó en la cara empañada de lágrimas mientras su padre, en un acto de furia (que posteriormente él calificaría de justicia divina), salió corriendo de la iglesia.

Cuando llegó delante de la carpa estaba tan enfurecido que sin mediar palabra le propinó un guantazo al hombre de las entradas cuando éste intentó impedirle el paso. Abrió el pesado cortinaje que hacía las veces de puerta y vociferó a la sala repleta de gente:

—¡Basura! ¿Qué demonios le habéis hecho a mi hijo, malditos hijos de Satanás?

Con tan mala suerte que sus palabras despistaron al equilibrista que se mantenía sobre un solo pie en la cuerda floja que en todo lo alto cruzaba de la carpa de lado a lado y que, por muchos aspavientos que hizo con los brazos para recuperar el equilibrio, no lo consiguió. Su pie se resbaló hacia su derecha saliendo del apoyo de la cuerda. Un grito a muchas voces sonó mientras el hombre se precipitaba al vacío desde una altura considerable hasta los asientos centrales de la carpa. Muchas personas del público reaccionaron levantándose de sus asientos de inmediato, entre ellos la mujer del alcalde. No lo hizo así el señor alcalde, que dormía placenteramente en otra de sus siestas matutinas. Por fortuna, su gran cuerpo amorfo amortiguó la caída del artista, que salió ileso del accidente. No le ocurrió lo mismo al alcalde que, según el diagnóstico del doctor (que estaba presente en la sala y disfrutando del espectáculo como un niño con zapatos nuevos) casi muere por aplastamiento.

La noticia voló por la ciudad como la pólvora y en cuestión de horas todas las esquinas estaban atestadas de gente comentando el suceso. “Es culpa del circo”, afirmaba uno. “Nunca debieron venir”, contestaba otro. Y acto seguido se santiguaban y alzaban sus miradas al cielo.

Aquella misma tarde todo el mundo encontró algún recado por hacer que le servía como excusa para salir a la calle y averiguar más detalles de lo ocurrido, con una curiosidad morbosa. Algunos merodeaban disimuladamente y se hacían los encontradizos con aquellos de los que pensaban que habían asistido al espectáculo; otros directamente iban preguntando: “¿Sabes algo? ¿Estabas allí? ¿Sabes qué ocurrió?”; e incluso hubo algunos que se encontraron indispuestos y aprovecharon su visita al doctor para que les contara de primera mano lo sucedido. Pero ni un solo feligrés acudió a la iglesia, en donde les esperaba el pastor con las puertas y las manos abiertas, y que terminó cerrándolas de un golpetazo.

Al día siguiente el alcalde malherido y el pastor herido en su orgullo se miraron a los ojos y asintieron a la vez. No hacían falta las palabras. Acababan de establecer una tregua silenciosa.

Todo el mundo fue convocado a las puertas de la iglesia y allí, con el pastor a su diestra, el alcalde les habló:

—Ciudadanos de Statonsville, ya habéis visto lo que ha ocurrido. Nos hemos equivocado. Yo me he equivocado. Debimos hacer caso del pastor, que en su buen hacer por la comunidad ya sospechaba que la mano del Demonio se escondía tras las gentes paganas del circo. Él, de forma juiciosa, e inspirado por el Altísimo, intentó avisarnos, pero no le escuchamos. Pero ahora sí le vamos a oír.

La muchedumbre empezó a ovacionar al pastor que, con las palmas de la mano en alto, como símbolo de una humildad mal disimulada, se dirigió a su comunidad.

—Hermanos, el Maligno se esconde tras muchas formas y colores para deslumbrarnos. Y esas gentes paganas del circo son su instrumento. Y nos han deslumbrado con sus acrobacias y sus aires paganos. Pero yo os digo que son unos monstruos —al oír esa palabra el pequeño Lewis aplaudió con ganas y su aplauso fue seguido por muchos otros—, unos engendros de la Naturaleza que hay que echar del reino de Dios. Así que os digo ¡alcémonos y echémoslos de de nuestra comunidad! ¡Que se vayan al infierno del que provienen!

La multitud exaltada estalló en gritos que proferían a los cuatro vientos:

—¡Sí, sí, que se vayan!

—¡Quememos sus carpas!

—¡Hagámosles…!

—No, hermanos, no. ¡Silencio! ¿Somos o no somos buenos cristianos? ¿Somos o no somos gente de bien? ¡Dejémosles irse en paz! ¡Démosles un día para recoger sus cosas y que se vayan!

Mientras todo esto ocurría, el viejo Joe, en una esquina de la plaza, se limitó a escupir al suelo y a murmurar entre dientes:

—Menuda panda de catetos.

Nadie le oyó, ocupados como estaban en vitorear tanto al alcalde como al pastor, antiguos enemigos acérrimos y ahora estrechamente unidos por una misma causa.

El martes se llenó de ruidos de martillazos, de tablones al caer y de las mismas canciones divertidas que se habían escuchado la tarde del domingo. El viejo Joe se despidió de los feriantes uno por uno, dándoles un cálido abrazo a cada uno de ellos. Ningún habitante de Stantonsville lo vio, porque los que no estaban recluidos en sus casas lo estaban en la iglesia, con las rodillas hincadas en el duro suelo y pidiéndole clemencia a Dios todopoderoso, para regocijo del pastor, que había recuperado el control sobre su rebaño.

Pero el control duró solamente hasta que, por la tarde, el crujir de muchas carretas a la vez y el relinchar de varios caballos se unieron a los “arres”, en un signo claro de que el circo emprendía su marcha. Entonces los ciudadanos abandonaron sus escondrijos a todo correr, dejando los hogares y la iglesia vacíos. Querían ver cómo el culpable de todos sus males desaparecía de sus vidas. Por supuesto el pastor, que encontró este comportamiento indigno de buenos cristianos, corrió tras ellos, no para ver qué ocurría, sino para abochornarles por increpar y escupir a los feriantes (aunque a él, en el fondo, esa situación lo convirtió en el hombre más feliz sobre la tierra).

Por supuesto, el alcalde fue el último que se unió al grupo y lo hizo cuando el circo ya había emprendido su marcha. El pobre estaba sin resuello, cojeando y maltrecho, y se apoyaba en el hombro de su rolliza mujer.

Nadie vio ni rastro del viejo Joe, que estaba desaparecido y que seguiría desaparecido por mucho tiempo más.

Cuando el día tocaba ya a su fin y la retahíla de carretas coloradas se alejaba al galope de la ciudad dejando tras de sí una estela de polvo rojizo a la luz del sol crepuscular los corazones de las buenas y cristianas gentes de Statonsville por fin se sintieron liberados y en paz. Cuando ya sólo eran un hilo negro zigzagueante bajo una nube de polvo que desaparecía en el horizonte desértico para no volver, no cabían en sí de gozo.

Olga Besolí
Marzo 2018