Un cambio siempre viene bien

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Género: Relato Ficción

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Un cambio siempre viene bien.

I

Luna Wald se había aficionado a escribir a ratos porque le relajaba. Su historial como consejera adjunta del C S I no podía ser más profesional y solvente.

Luna era una mujer práctica y trabajadora. Ya no pilotaba naves interestelares. Había dejado a Astrea a buen recaudo en un maravilloso museo de naves que habían logrado protagonizar grandes hazañas en el pasado y en el presente y que ─tal vez─ lograran volver a protagonizar algún episodio glorioso por esas galaxias ingentes y eternas en un futuro no muy lejano.

Así que aparcó los mandos de Astrea y tomó el teclado de su ordenador personal para escribir historias y publicarlas en las redes socioplanetarias a las que estaba adscrita.

Su robot, Rusty 7464, seguía con ella porque era imposible que pudiera vivir y servir como ayudante personal a alguien que no fuera Luna. Estaban hechos el uno para el otro. Era como un matrimonio avenido, muy bien avenido, y Rusty disfrutaba de cada momento con Luna. Ahora, en su nueva faceta de escritora por entregas interplanetaria, había descubierto que la joven heroína era una consumada contadora de historias y cuentos.

Tal es así, que ya había resultado finalista en un concurso novelístico de una humilde y poco conocida editorial de nombre Voxplanet.

Luna estaba muy mosqueada porque no había salido ganadora del certamen, pero Rusty estaba más cabreado todavía porque Luna había decidido dejar sus asuntos literarios en manos de una agente personal o literary coach que era muy eficiente.

Total, que el bueno de Rusty no soportaba a la literary coach porque la consideraba una grimosa y una patosa que se metía en todo y que aparecía cuando menos lo esperaba haciéndose la simpática y con una sonrisita babosa forzada a todas horas.

Luna había escrito unas palabras de agradecimiento en su página personal para todas aquellas personas que de una u otra forma habían colaborado en esta nueva faceta de  su vida.

Luna era realista. A pesar de la mala hostia que se le había puesto y ─sobre todo─ del careto que se le había quedado cuando el presentador del evento literario leyó el nombre del ganador procuró guardar la compostura y, junto con Rusty y la literary coach, sonrió a todo el mundo con la mejor de sus sonrisas aunque en el fondo estuviera ciscándose en los muertos más frescos de los miembros del jurado, del ganador y del presentador que era un poco gilipollas, todo hay que decirlo.

Rusty se dedicó a animarla.

Constantemente reforzaba el ego de Luna para que siguiera intentando ganar algún certamen literario.

La especialidad de la chica era la aventura. Normal.

Una aventurera como ella tenía que contar sus experiencias en aquellas lejanas galaxias en la que podía encontrar cualquier peligro acechante con formas indescriptiblemente lovecraftianas.

Una vez superada la decepción de haberse quedado a las puertas de la gloria, Luna se repuso y, cual Ave Fénix que renace de sus cenizas, se dispuso a escribir un relato que dejase alucinados a todos los gurús del mundillo literario y para ello contaba con la inestimable ayuda de su querido Rusty y de su literary coach que se aplicó al cien por cien en su cometido.

II

El motivo de inspiración para la nueva meganovela de Luna Wald era su relación con el comandante Carter, una relación corta pero intensa, muy intensa, que había marcado a Luna durante un tiempo. El título de la novela era “Luna y las estrellas”. Romántico.

Ilustración de José Vicente Santamaría

Cierto es que no había podido olvidar a Carter, pero era agua pasada aunque recordara los momentos íntimos que pasaron  juntos en los descansos de sus largas travesías intergalácticas.

Carter, al final, se había enrollado con una becaria de una importante fundación que colaboraba con el C S I, precisamente, la organización científica para la que trabajaba Luna.

Por supuesto que utilizó nombres ficticios  para el relato.

Así, el comandante Carter era el Capitán Gartner y Luna era Selene. Tal elección de nombres le hizo sonreír a Rusty.

No había que ser un Gil Grissom para saber la identidad verdadera de los personajes que estaban detrás de esos sonoros nombres.

Rusty le comentó a Luna que esa historia estaría ubicada en un apartado propio de novelas de amor. Luna lo confirmó, y la literary coach comenzó a hacer su labor de documentalista para cubrir los detalles de la historia.

Esta vez, Rusty, estaba seguro de que iba a ganar el próximo certamen literario porque cuando se trata de los propios sentimientos, nadie como el que escribe a cerca de su experiencia puede hacerlo mejor.

Luna le prometió a Rusty una sonora victoria en el certamen literario. Iba a por todas. No iba a arrugarse. Eso no arregla las cosas. Luna en acción.

Esta vez no pilotaba su nave Astrea, sino que llevaba los mandos de su ordenador personal e intransferible mientras daba rienda suelta a sus sentimientos y emociones.

Rusty le servía una tacita de café y la literary coach le contaba las últimas novedades editoriales, nombres de contacto y direcciones.

Las promesas se cumplen. Más tarde o más temprano lo sabremos.

 

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de diciembre de 2018


		
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Promesas

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Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

Y ellos querían ir a Viena

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Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz

Navidad de maldad

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Navidad de maldad.

Navidad de maldad, navidad asquerosa. Es el mensaje infeliz de La Muñeca Apestosa.

Sí, la Muñeca Apestosa.

Una invención de mi calenturienta mente que no deja de trajinar como joder la navidad al personal.

Pero no creáis que le deseo una navidad maldita y desagradable a toda la Humanidad.

No.

Deseo una navidad catastróficamente chunga a ciertos seres que caminan a dos patas y que se han dedicado durante todo el año a hacer que este mundo sea cada vez más abyecto y pernicioso.

Ilustración de Rosa García

La Muñeca Apestosa es mi último recurso. Un recurso literario y metafórico. Es una muñeca como Pandora, pero en horrible, en nauseabundo, en repelente.

Todo  aquello que deseamos que le ocurra al alguien que te cae como una patada en el culo, te ha puteado, y sabes que lo ha hecho con otras personas a las que aprecias, todo aquel que está –cada día─ haciendo que este mundo sea más indeseable para vivir y que se apoya sobre una tarima o un atril; habla en público para soltar espumarajos de mierda y que se revuelca en su ignorancia y en su ignominia, tiene que sentir el repelente contacto de la Muñeca Apestosa. Oler su podrido aliento. Seguro que muchos de esos mequetrefes que viven en el mundo público (y de lo público) son halitósicos. Por lo tanto se sentirán en familia y bien acompañados.

Pandora era una bella creación hecha para la destrucción y la desgracia de los hombres y, por extensión, del género humano. La Muñeca Apestosa es fea y repelente y está hecha para construir, en vez de destruir, para arreglar en vez de destrozar, y ─sobre todo─ para  borrar el mal gusto y la iniquidad de los que se creen impunes e intocables.

Es una Pandora pero en el sentido contrario en fondo y en forma.

No tiene nombre. Es la Muñeca Apestosa que desea unas infeliz y maldita navidad a todos aquellos que no se la merecen.

A todos esos malditos roedores  y malditas roedoras que no hacen otra cosa que levantarse y maquinar a quién le va a tocar la tómbola del infortunio  aportando su granito de arena de hiena  para ver quién va tener un mal día, una desgracia, un susto.

A  todos ellos, la vengativa Muñeca  Apestosa se encargará de hacerles pasar unas navidades nefastas. Las peores de sus miserables vidas.

No lo dudéis. Compradla. Llevadla a vuestras casas. Regaladla de mil amores.

Es el mejor regalo para tan señaladas fiestas.

Qué paséis unas felices navidades.

Paloma Muñoz

4 de noviembre 2018

 

Navidad de miedo

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Género: Poema

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Navidad de miedo.

Ilustración de Paloma Muñoz

Ya nadie sabe lo que celebra:

Lo más importante es coger

una buena borrachera.

 

Todo se limita a eso:

“La fiesta del alcohol”

Hay que vivir el momento

y  el  “Portal” es una historia

muy lejana en el tiempo.

 

Lo que se lleva ya no son villancicos

sino beber mojitos.

 

Lo pasaremos de miedo en Navidad.

Milagros Morales

Invisible

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Invisible.

No se trata de que una mujer se haga invisible ante los ojos de los otros.
No se trata de que una mujer o unas mujeres desaparezcan del panorama cotidiano de otro o de otros.
No se trata de que una mujer o mujeres no den ninguna señal de que están vivas, escondidas, apartadas, desorientadas, encerradas, enclaustradas.
No.
Se trata de una mujer que se desvanece ante los ojos de otra y―en la mayoría de los casos― se aleja desapareciendo de su horizonte para siempre.
Esto suele suceder más a menudo de lo que creemos.
En cierta ocasión escuché una historia sobre celos.
Alguien estaba celoso de otro alguien porque ese alguien acaparaba la atención de la persona por la que sentía una fijación sospechosa. Bastante sospechosa. Muy sospechosa.
Ese alguien era una mujer. La fijación la sentía por otra mujer. Y esa mujer mantenía  una estupenda y enriquecedora relación amistosa con otra mujer.
Esta historia que escuché hace tiempo es una historia muy sencilla.
Los celos hacen daño. Claro que hacen daño. Mucho daño.
Los celos van unidos a la envidia y a la impotencia. Pero sobre todo a las ganas de joder  a la persona  que supone una amenaza.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Cuando me contaron esta historia me hablaron de celos y de maquinaciones.
Las maquinaciones de  una mujer obsesionada con otra que va cavilando, diseñando, preparando un plan para acabar con esa relación que la estorba.
¿Problema de competitividad? Pudiera ser según lo que deduje  después.
Pero había otras cuestiones más complejas.
Tal vez problemas de identidad sexual.
Por la pinta de los hechos tiene mayor posibilidad de que fuera un asunto de enamoramiento lésbico.
Me comentaron que era un asunto de celos amorosos.
Pregunté por las características de esas dos personas y de la tercera en discordia y me hice una composición de lugar.
Lo vi claro.
La celosa era como una araña que iba tejiendo su red poco a poco a lo largo de los años y con una inteligencia, astucia y falsedad magistrales fue haciendo que esa relación se intoxicara poco a poco.
Intervino en voluntades ajenas.
Se hizo la comprensiva, la amistosa, la generosa y la bondadosa.
Sabía muy bien  que al final lo conseguiría. Conseguiría separar a las dos mujeres. Acabar con su amistad.
Claro que según me contaron intervinieron más factores.
Suele suceder así casi siempre.
La amenaza había que hacerla desaparecer y para ello se necesita ser paciente, perseverante, astuta. Una excelente manipuladora en definitiva.
Hay que conocer muy los puntos débiles de las personas. Estudiar el carácter o temperamento  de los actores del drama y seguir maquinando la mejor forma de acabar con esa relación preocupante que odias.
La celosa patológica que sólo quiere compartir con el objeto de su fijación todo lo que se puede compartir no va a tolerar que alguien le haga sombra.
Esto suena a toxicidad porque la conclusión es que esa celosa patológica y aduladora hasta la náusea podría engañar a cualquiera excepto a la persona a la que quería fastidiar.
Y eso es el retrato de una persona tóxica.
Ese término me lo repitieron y yo estuve totalmente de acuerdo.
Y así llegamos al quid de la cuestión.
Mientras me lo contaban,  comprendía el porqué de ciertos comportamientos  y las reacciones hacia alguien que está de más en una relación: dos son pareja y tres, multitud.
Al final todo se fue al carajo.
La imagen de la amistad y la complicidad desapareció para siempre.
Se hizo invisible.
Quien me contó esta historia terminó añadiendo:
No hay lealtad entre las mujeres como no la hay en una manada de lobos.
Eso creo que lo dijo Conan, el bárbaro en una de sus momentos filosóficos.

Paloma Muñoz
Madrid, 27 de mayo  2018

Supernovas

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Género: Poesía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Milagros Morales. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Supernovas.

Ilustración de Paloma Muñoz

Nos educaron
para que nuestra vida fuera un lienzo
lleno de luces, sombras y matices
pero que no pudiera salirse de un marco.
Nos educaron para ser pintura
en manos de pinceles,
para ser carboncillo
que se difumina con los dedos.
Pero la obra que resultó
al modelar nuestra terneza
transcendió al ser contemplada
y salió a la vida.
Nuestros brazos acunaron el futuro.
Hoy somos supernovas.

Milagros Morales

¡Ya llegó el circo!

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Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

¡Ya llegó el circo!

Los habitantes de la pequeña ciudad de Statonsville no cabían en sí de gozo. En esta pequeña comunidad creyente y creciente, afincada en tierras otrora salvajes, nunca solía ocurrir nada especial, aunque era indudable que se había convertido en un lugar próspero.

Fundada por un antiguo misionero cuyo apellido no podía ser otro que Staton, la ciudad fue construida sobre una zona semidesértica, limitada al oeste con un valle coronado por escarpadas montañas, cuyo deshielo en primavera constituía la única provisión de agua anual, y al este por un vasto horizonte de polvo y tierra yerma que no parecía tener límites, y donde era mejor no adentrarse si no querías morir.

Nadie hacía incursiones a las montañas por miedo a perder su cabellera, pues allí fue donde se refugiaron los indios salvajes que huyeron de la masacre llevada a cabo en la conquista de las tierras, aunque hacía ya más de un siglo que no se divisaba ningún piel roja sobre su montura en la loma de la montaña, o eso aseguraban los viejos del lugar en sus historias contadas a la luz de la lumbre. Según ellos, hacía ya mucho que deberían haber fallecido los descendientes de los pocos indios que quedaron con vida, quién sabe si de inanición, de frío o de alguna otra enfermedad, y sus almas ya estarían a buen recaudo ardiendo por siempre en el fuego eterno del infierno por sus fechorías, robos, raptos y otros acercamientos e intentos de acabar con la civilización que este poblado improvisado sufrió durante los primeros años de asentamiento, mucho antes de convertirse en una ciudad próspera, en un burdo intento de vengarse y recuperar las tierras y convertirlas de nuevo en un salvaje paraje donde practicar los ritos paganos de sus ancestros.

Al atardecer, cada vez que uno de los ancianos se acercaba al calor una de las múltiples hogueras a encender su pipa, se encontraba con varios ojillos curiosos y muchos oídos dispuestos a escuchar sus relatos. Y uno de esos ancianos era el viejo Joe, que cruzaba la ciudad renqueante con un enorme saco de paja en las espaldas, seguido de cerca por un grupo de muchachitos.

—¿Nos contarás esta noche una historia de cuando eras pequeño, Joe?

—No, niños. Hoy es sábado y mañana hay misa. Si queremos que Dios escuche nuestras plegarias y nos mande esa lluvia que tanto nos hace falta, debemos recogernos en nuestras casas y rezar para despertarnos al alba.

—¡Bah! ¡Qué fastidio! —contestó uno de ellos con indignación.

—Tú eres el primero que debería saberlo, Lewis —replicó el viejo.

Lewis era un niño precioso, rubio y con una sonrisa angelical con la que conseguía todo aquello que deseaba. Eran pocos los que se resistían a su encanto, que nunca hizo mella en el áspero y rudo Joe.

—O quizás no puedes contarnos una porque te empieza a fallar la memoria —contestó rápidamente. Los demás niños soltaron una risita.

Lewis lo tenía claro: lo que no conseguía por las buenas, lo hacía por las malas. Ya a sus ocho años se veía a la legua que había heredado la determinación de su padre, el pastor, que no era otro que el mismísimo tataranieto de Staton. Y eso, en Statonsville, en donde se vivía en paz y acorde con las leyes del mundo civilizado y los mandamientos del Señor, significaba mucho. Por eso eran pocos los ciudadanos que se atrevían a llevarle la contraria. No era así en el caso de Joe.

—¿Qué modo es ese de hablarle a un viejo? ¡Vete a casa, mocoso, antes de que te envíe yo de una patada en el culo!

La mirada furtiva que Lewis le dirigió destilaba un odio fulminante, pero enseguida entornó los ojos y la transformó en la más dulce de sus sonrisas. El pastor se acercaba.

—¡Ah! Aquí estás, Lewis. Tu madre te busca, dice que hoy toca baño.

—Pero, papá…

Lewis no soportaba a su madre. Sólo tenía carácter para obligarle a lavarse y a comer esas gachas de maíz apestosas que le hacía por la mañana. Aparte de eso, era una completa idiota durante la mayor parte del tiempo, o una pusilánime (como la llamaba su padre) que hacía todo cuanto se le ordenaba, temerosa de recibir una paliza de las buenas en caso de oponerse. Si fuera por Lewis, esa misma tarde la habría ahogado dentro de la tina de agua jabonosa y le hubiera metido el cepillo garganta adentro. Pero, por desgracia, eso tampoco ocurrió.

Fue al amanecer del día siguiente, cuando todos los feligreses, limpios y con ropas nuevas, se dirigían a la iglesia, que vieron la nube de polvo que se levantaba en el desierto, en la lejanía, bajo los rayos del sol naciente, y el gozo anidó en sus corazones.

En poco ya se vislumbraba un hilo negro serpenteante sobre las arenas desérticas medio tapado por las oleadas de polvo ascendente, que parecía acercarse a toda velocidad. Pero entonces la campanada que anunciaba el inicio de la misa les recordó que tenían obligaciones que hacer, y la mitad de los habitantes que se habían detenido a contemplar el acercamiento tuvieron que echar a correr hacia la iglesia, engalanados como estaban con sus mejores vestiduras.

Esa mañana casi nadie atendió a las palabras del pastor, plagadas de retórica y de las acostumbradas amenazas para los impíos, intrigados como estaban todos por descubrir quién o qué se dirigía a la ciudad desde las llanuras del desierto. Todos excepto Rolan, el alcalde, que con su soberbia habitual yacía repantigado sobre el banco, ocupando dos plazas debido a su enorme panza y a su gran trasero, con la cabeza echada para atrás y el sombrero hacia adelante ocultándole los ojos, para disimular lo que todos ya sabían. Se estaba echando la siestecita habitual en plena misa. Nunca el pastor le dijo nada, pues si él representaba la ley de Dios, el otro representaba la ley de los hombres, pero le odiaba con toda su alma (todo lo que le está permitido odiar a un hombre de Dios, por supuesto).

Tras más de dos horas de sermón, que a la mayoría le pareció dos años de tortura (muchos pensaban que estaba alargando el sermón a posta) y que el alcalde vivió como cinco minutos en los que había cerrado los ojos, sonó el “id en paz” que los liberó a todos del yugo de la palabra de Dios.

Muchos salieron en avalancha de la iglesia y como el pastor desaprobó totalmente esa espantada, corrió tras ellos para ver qué ocurría y por qué esa mañana su rebaño parecía tan desbocado.

Y allí estaban, once carromatos pintados con vivos colores, detenidos a las mismas puertas de la ciudad y con unas personas ataviadas con ropas extrañas y coloridas sujetando las bridas de unos caballos sudados.

—No seréis forajidos, ¿verdad? —preguntó el alcalde con su gran capacidad de deducción.

—¿Tenemos acaso pinta de pistoleros? ¿Nos veis acaso portar armas? ¿O es que no sabéis leer lo que pone en el carro, señor? —contestó el hombre de espaldas anchas y bigote fino en tono irónico.

—No le haga caso —dijo un hombre menudo que salió de detrás del anterior—. Mi amigo es todo fuerza y bravuconería. Por eso le llaman el hombre forzudo. No, no somos delincuentes, y no nos escondemos de la justicia. Somos artistas. Artistas de circo. Y nos gustaría establecernos, y por supuesto actuar, en esta ciudad durante unos días, ya que hemos atravesado todo un desierto para llegar hasta aquí.

Un ¡ohhh! de asombro a muchas voces se oyó proveniente de la muchedumbre. Incluso hubo quien aplaudió de alegría. Era el pequeño Lewis, repeinado y embutido en un traje oscuro que picaba un montón y unos zapatos que le venían estrechos.

—Pero hoy es domingo —se quejó repentinamente el pastor, cortando toda esperanza—. Hoy no puede haber ni actuaciones, ni bailes, ni nada pecaminoso. Hoy es el día del Señor. Un día de recogimiento y arrepentimiento.

—No se preocupe, buen hombre —dijo el bajito—. Tenemos que montar nuestro campamento y no estaremos listos hasta mañana.

—Pero es que esta buena gente vive en paz, y no queremos que foráneos ruidosos se entrometan…

—¡Sed bienvenidos a nuestra comunidad! —de pronto la voz gruesa del alcalde que, jadeante, se abría paso entre la gente cortó el discurso del pastor—. Yo, Rolan Edmund, alcalde de la próspera ciudad de Statonsville, os invito a quedaros.

El pastor, apretando los dientes, hizo una reverencia y, tirando del brazo de Lewis, se retiró en silencio, llevándose el niño a empujones mientras el alcalde se giraba hacia los ciudadanos y, recuperado ya el resuello, gritaba con todas sus fuerzas:

—Habitantes de Statonsville, ¡el circo ha llegado a la ciudad!

Una gran ovación siguió a las palabras del alcalde.

Ilustración de Paloma Muñoz

El domingo transcurrió como cualquier otro domingo normal, salvo el ruido de fondo de los martillazos y las divertidas canciones que los habitantes escuchaban desde sus casas y que los distraían de sus rezos y plegarias.

Joe era el único que vio cómo se armaban la gran tienda de circo, la de las actuaciones, seguida de otras dos más pequeñas, una totalmente oscura, la de la galería de los monstruos y otra que haría las veces de camerino y de vivienda. También era el único que no iba a misa nunca, y que trabajaba los domingos, a pesar de las muchas recriminaciones que le hacía el pastor.

“No eres un buen cristiano, Joe, y ya estás muy mayor. Deberías pensar en el futuro y hacer un acto de contrición si quieres que el Señor te reciba en su seno celestial cuando mueras. Y deberías empezar por acudir a los servicios los domingos”, le había dicho la última vez que se encontraron en plena calle. A lo que Joe le contestó después de escupir al suelo: “Cuando muera no quiero ir al cielo; está plagado de beatos como tú”. Después de eso el pastor decidió dejarle en paz, pero solamente por un tiempo antes de encontrar una nueva ocasión para restregarle la Biblia y los Mandamientos (siempre lo hacía).

Ese día Joe gozaba de ese breve espacio de tiempo en el que el reverendo lo dejaba en paz, así que ese día se lo pasó colaborando con los artistas y ayudándoles en el montaje de sus tiendas sin más preocupación. Mientras lo hacía, se imaginaba qué cara pondría el pastor si lo pillaba de acá para allá, hablando con un equilibrista que negaba la existencia de Dios, o con la mujer barbuda, que era la prueba viviente de los errores de su plan divino. Pero eso no ocurriría, porque el pastor no saldría de su casa en domingo, tal como exigen las Escrituras, ni aunque ésta estuviera ardiendo.

En cambio, el lunes a primera hora de la mañana la ciudad ya bullía de movimiento y una larga cola se apostaba a la puerta de la carpa principal con las entradas en las manos. Algunos decían haber estado ahí desde el alba, otros contaban que habían pasado la noche entera a la intemperie, porque querían tener un buen asiento. Y uno de ellos, el primero de la fila, aseguró que tuvo que llamar a todas las puertas, carromato a carromato, para encontrar al que le vendiera el primer tique. La historia debía de ser cierta, porque el pobre hombre de las entradas estaba sentado en una silla al lado de la puerta, custodiándola, y bostezando sin parar. Solamente parecía despejarse cuando tenía que convencer a los más rezagados de que la actuación del día ya estaba completa, que ya no le quedaban entradas y debían intentarlo al día siguiente.

Casi al mediodía, cuando solamente faltaban cinco minutos para que se abrieran las cortinas y el público pudiera acceder al recinto, llegó el alcalde con su esposa, tan oronda como él. Avanzaban sin miramientos ni pudor por el lado izquierdo de la cola, saludando y sonriendo a los ciudadanos, que veían con indignación (y las piernas cansadas de tanta espera) cómo se colaban. Llegaron hasta la puerta sonrientes y pagados de sí mismos, y el hombre de las entradas, tras hacerles una reverencia, les dejó pasar sin más, cerrando de nuevo el cortinaje ante las quejas del público impaciente.

Media hora más tarde, cuando por fin la gente pudo entrar, se encontró con el alcalde sentado en la parte central de la primera fila, justo delante de la tarima cuadrada que hacía las veces de escenario, ocupando dos asientos. Otros dos más los ocupaba su esposa. Así que los primeros de la fila fueron sentándose a su alrededor, por considerar que si esos asientos eran buenos para el alcalde también lo serían para ellos.

Cuando el circo se hubo llenado, antes de empezar la actuación, el alcalde miró alrededor en busca de su archienemigo. No había ni rastro del pastor, que ni se interesó por el espectáculo ni permitió que su hijo Lewis se acercara a él. Tampoco había rastro del viejo Joe.

Lo cierto es que mientras el pastor se recogió en su iglesia y, a modo de autosacrificio, se dedicaba a orar por las almas de todos los que habían acudido a ver el inmundo espectáculo pagano e inspirado por el mismísimo demonio, su hijo Lewis aprovechaba el momento en que la ingenua de su madre salió a lavar la colada al río para abrir el tarro de las monedas y coger prestadas unas cuantas (y unas cuantas más por si acaso), antes de escabullirse en dirección al circo.

—No puedes entrar. La actuación ha empezado y podrías provocar un accidente.

—Pero mira —le dijo Lewis al hombre de las entradas—. Tengo todo este dinero.

—Si quieres, puedes pagar la entrada para ver la galería de los monstruos. Son tres peniques solamente, y ya hay unos cuantos críos como tú dentro.

—¿Pero son monstruos de verdad?

—Niño, en el circo todo lo que ves es verdad —le contestó el hombre de forma suspicaz.

—Pues entonces dame una entrada.

En la oscuridad de la tienda, alumbrada solamente por unas pocas luces, un farolillo por acá, una vela por allá, Lewis fue siguiendo en la penumbra el pasillo creado con una empalizada de madera hasta llegar a un pequeño recinto circular en el que se podía ver a un hombre acostado de piel escamosa y piernas deformes, como a medio hacer. “El hombre serpiente” rezaba el cartel.

—Joer, ¡pero mira que eres feo! —gritó el niño sin pudor. Al instante se oyeron unas risitas lejanas.

—Lewis, ¿eres tú? —dijo una voz infantil.

—Sí, chicos, ¿dónde estáis?

—Aquí, con la mujer barbuda. ¿Y tú?

—Yo estoy con el hombre serpiente, que más que el hombre serpiente debería llamarse el hombre moco, porque da asco. —Tras esas palabras se oyeron un par de carcajadas claras entre un murmullo de risitas.

—Vente para acá, sigue el camino, para por delante del gigante y el enano y sigue adelante. En la siguiente parada estamos nosotros.

Lewis corrió por el pasillo serpenteante. Tal como le habían anunciado, pasó por delante de un hombre al que despreció por no ser mucho más alto que su padre y luego, a unos metros de allí, por delante de un enano deforme al que le pidió que hiciera el mono y al que le ofreció el trabajo de ser su mascota personal. Enseguida llegó a donde estaban sus amigos y pudo echar su mirada a la horrorosa mujer barbuda, una vieja gorda a la que le faltaban algunos dientes y que lucía una prominente barba gris que le llegaba hasta el vestido de flores. Evidentemente, Lewis no escatimo en los insultos y desprecios:

—¡Pareces un hombre con vestido! ¡Vaya adefesio! No me extraña que estés en un circo… ¡eres un monstruo! ¡Un verdadero monstruo! Seguro que tu madre te abandonó al nacer porque… ¡Ay!

De pronto, desde la oscuridad remota de la tienda había aparecido una mano vieja y nudosa que había atrapado la oreja de Lewis y tiraba de ella con ganas. Era la mano del viejo Joe.

—Lo siento, Betty. ¿Quieres que los eche a patadas?

—No, tranquilo, Joe —le contestó la mujer barbuda—. Estoy más que acostumbrada a todo tipo de comentarios, no me hacen daño. Acércame al muchacho, que lo vea bien.

Joe, tirando de la oreja del niño, abrió una pequeña portezuela disimulada en la pequeña valla y lo llevó hasta ella. Cuando se levantó de su silla resultaba que era una mujer enorme, mucho más corpulenta de lo que parecía en un principio.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó.

—Lewis —contestó el niño.

—¿Dónde te has dejado la educación? —le preguntó Joe mientras le daba otro tirón de oreja.

—¡Ay! Lewis. Me llamo Lewis, señor… digo señora.

—Bien, puedes soltarlo, Joe. Y tú, rubito, acércate y mírame bien. ¿Ves bien mi barba? ¿Ves bien mi talla? ¿Ves mi cara? ¡Mírame bien! Porque de entre los dos yo no soy el monstruo, el monstruo eres tú. —Lewis no cabía de asombro y no supo cómo reaccionar, así que se limitó a mirar al suelo—. Sí, tú, con tu pelito rubio y con tu carita de no haber roto nunca un plato. Porque tú eres precioso por fuera, pero feo por dentro. Pero a mí el envoltorio no me engaña. He conocido a demasiados niñatos malcriados como tú, que sois pura maldad e ignorancia. Y ¿sabes qué? Que dais pena. Tú das pena, porque eres un monstruo y ni siquiera lo sabes. Así que lárgate de mi vista, ¡largo! ¡Y llévate a tus patéticos amigos!

Lewis corrió tan rápido que ni siquiera vio si sus amigos le seguían o no. Y mientras corría las lágrimas empezaron a brotar y no pararon hasta que llegó a la iglesia, en donde encontró a su padre de rodillas ante el crucifijo.

—¡Papá, papá!

—Por Dios, ¿qué pasa, hijo?

—Lo siento, he ido al circo y allí… allí una mujer gorda y barbuda me… me ha llamado monstruo… a mí.

—¡Lo sabía! ¡Sabía que el circo sólo traería problemas a esta ciudad! Pero voy a solucionarlo enseguida.

—¿Qué harás? —preguntó Lewis entre lágrimas.

—Lo que debería haber hecho desde un principio.

Una sonrisa se dibujó en la cara empañada de lágrimas mientras su padre, en un acto de furia (que posteriormente él calificaría de justicia divina), salió corriendo de la iglesia.

Cuando llegó delante de la carpa estaba tan enfurecido que sin mediar palabra le propinó un guantazo al hombre de las entradas cuando éste intentó impedirle el paso. Abrió el pesado cortinaje que hacía las veces de puerta y vociferó a la sala repleta de gente:

—¡Basura! ¿Qué demonios le habéis hecho a mi hijo, malditos hijos de Satanás?

Con tan mala suerte que sus palabras despistaron al equilibrista que se mantenía sobre un solo pie en la cuerda floja que en todo lo alto cruzaba de la carpa de lado a lado y que, por muchos aspavientos que hizo con los brazos para recuperar el equilibrio, no lo consiguió. Su pie se resbaló hacia su derecha saliendo del apoyo de la cuerda. Un grito a muchas voces sonó mientras el hombre se precipitaba al vacío desde una altura considerable hasta los asientos centrales de la carpa. Muchas personas del público reaccionaron levantándose de sus asientos de inmediato, entre ellos la mujer del alcalde. No lo hizo así el señor alcalde, que dormía placenteramente en otra de sus siestas matutinas. Por fortuna, su gran cuerpo amorfo amortiguó la caída del artista, que salió ileso del accidente. No le ocurrió lo mismo al alcalde que, según el diagnóstico del doctor (que estaba presente en la sala y disfrutando del espectáculo como un niño con zapatos nuevos) casi muere por aplastamiento.

La noticia voló por la ciudad como la pólvora y en cuestión de horas todas las esquinas estaban atestadas de gente comentando el suceso. “Es culpa del circo”, afirmaba uno. “Nunca debieron venir”, contestaba otro. Y acto seguido se santiguaban y alzaban sus miradas al cielo.

Aquella misma tarde todo el mundo encontró algún recado por hacer que le servía como excusa para salir a la calle y averiguar más detalles de lo ocurrido, con una curiosidad morbosa. Algunos merodeaban disimuladamente y se hacían los encontradizos con aquellos de los que pensaban que habían asistido al espectáculo; otros directamente iban preguntando: “¿Sabes algo? ¿Estabas allí? ¿Sabes qué ocurrió?”; e incluso hubo algunos que se encontraron indispuestos y aprovecharon su visita al doctor para que les contara de primera mano lo sucedido. Pero ni un solo feligrés acudió a la iglesia, en donde les esperaba el pastor con las puertas y las manos abiertas, y que terminó cerrándolas de un golpetazo.

Al día siguiente el alcalde malherido y el pastor herido en su orgullo se miraron a los ojos y asintieron a la vez. No hacían falta las palabras. Acababan de establecer una tregua silenciosa.

Todo el mundo fue convocado a las puertas de la iglesia y allí, con el pastor a su diestra, el alcalde les habló:

—Ciudadanos de Statonsville, ya habéis visto lo que ha ocurrido. Nos hemos equivocado. Yo me he equivocado. Debimos hacer caso del pastor, que en su buen hacer por la comunidad ya sospechaba que la mano del Demonio se escondía tras las gentes paganas del circo. Él, de forma juiciosa, e inspirado por el Altísimo, intentó avisarnos, pero no le escuchamos. Pero ahora sí le vamos a oír.

La muchedumbre empezó a ovacionar al pastor que, con las palmas de la mano en alto, como símbolo de una humildad mal disimulada, se dirigió a su comunidad.

—Hermanos, el Maligno se esconde tras muchas formas y colores para deslumbrarnos. Y esas gentes paganas del circo son su instrumento. Y nos han deslumbrado con sus acrobacias y sus aires paganos. Pero yo os digo que son unos monstruos —al oír esa palabra el pequeño Lewis aplaudió con ganas y su aplauso fue seguido por muchos otros—, unos engendros de la Naturaleza que hay que echar del reino de Dios. Así que os digo ¡alcémonos y echémoslos de de nuestra comunidad! ¡Que se vayan al infierno del que provienen!

La multitud exaltada estalló en gritos que proferían a los cuatro vientos:

—¡Sí, sí, que se vayan!

—¡Quememos sus carpas!

—¡Hagámosles…!

—No, hermanos, no. ¡Silencio! ¿Somos o no somos buenos cristianos? ¿Somos o no somos gente de bien? ¡Dejémosles irse en paz! ¡Démosles un día para recoger sus cosas y que se vayan!

Mientras todo esto ocurría, el viejo Joe, en una esquina de la plaza, se limitó a escupir al suelo y a murmurar entre dientes:

—Menuda panda de catetos.

Nadie le oyó, ocupados como estaban en vitorear tanto al alcalde como al pastor, antiguos enemigos acérrimos y ahora estrechamente unidos por una misma causa.

El martes se llenó de ruidos de martillazos, de tablones al caer y de las mismas canciones divertidas que se habían escuchado la tarde del domingo. El viejo Joe se despidió de los feriantes uno por uno, dándoles un cálido abrazo a cada uno de ellos. Ningún habitante de Stantonsville lo vio, porque los que no estaban recluidos en sus casas lo estaban en la iglesia, con las rodillas hincadas en el duro suelo y pidiéndole clemencia a Dios todopoderoso, para regocijo del pastor, que había recuperado el control sobre su rebaño.

Pero el control duró solamente hasta que, por la tarde, el crujir de muchas carretas a la vez y el relinchar de varios caballos se unieron a los “arres”, en un signo claro de que el circo emprendía su marcha. Entonces los ciudadanos abandonaron sus escondrijos a todo correr, dejando los hogares y la iglesia vacíos. Querían ver cómo el culpable de todos sus males desaparecía de sus vidas. Por supuesto el pastor, que encontró este comportamiento indigno de buenos cristianos, corrió tras ellos, no para ver qué ocurría, sino para abochornarles por increpar y escupir a los feriantes (aunque a él, en el fondo, esa situación lo convirtió en el hombre más feliz sobre la tierra).

Por supuesto, el alcalde fue el último que se unió al grupo y lo hizo cuando el circo ya había emprendido su marcha. El pobre estaba sin resuello, cojeando y maltrecho, y se apoyaba en el hombro de su rolliza mujer.

Nadie vio ni rastro del viejo Joe, que estaba desaparecido y que seguiría desaparecido por mucho tiempo más.

Cuando el día tocaba ya a su fin y la retahíla de carretas coloradas se alejaba al galope de la ciudad dejando tras de sí una estela de polvo rojizo a la luz del sol crepuscular los corazones de las buenas y cristianas gentes de Statonsville por fin se sintieron liberados y en paz. Cuando ya sólo eran un hilo negro zigzagueante bajo una nube de polvo que desaparecía en el horizonte desértico para no volver, no cabían en sí de gozo.

Olga Besolí
Marzo 2018

No me gusta el circo

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

No me gusta el circo.

Nunca me ha gustado el circo.

Siempre me ha parecido un lugar triste y desdichado.

Desde pequeña he tenido la sensación de que los que trabajaban en el circo eran desgraciados, y no podían sobrellevar su tristeza en otro lugar que no fuera el jodido circo.

Porque ―al fin y al cabo― en el circo, los artistas adoptaban un personaje, una ficción, una máscara.

Cuando veía una película ambientada en el circo siempre me encontraba con una tragedia griega, con una historia tremebunda, con unas vidas desesperadas.

En la película “El mayor espectáculo del mundo” del año 1952 hay una historia muy triste, la de un payaso encantador y muy risueño que esconde tras su maquillaje el inmenso dolor de tener que abandonar a su queridísima madre para esconderse de la justicia ya que antes de payaso fue un reputado médico que por una negligencia causó la muerte de un paciente y la policía lo busca para enchironarlo.

James Stewart daba vida al payaso-médico o al médico-payaso que salía haciendo sus gracias entre número y número circense.

Pero lo que verdaderamente me hacía llorar y que se me saltaran las lágrimas era cuando el pobre payaso se acercaba a las gradas y se sentaba junto a una encantadora ancianita con sombrerito y la abrazaba y besaba con gran ternura mientras  la señora se secaba las lágrimas.

Claro, era su madre que  seguía al circo  de ciudad en ciudad para poder  ver a su querido hijo  y estar junto a él aunque sólo fuera unos momentos.

James Stewart estaba sublime en esa película.

Y más sublime aún estaba cuando durante  un terrible accidente de tren  el circo queda destrozado,  y  tiene que atender a los heridos viéndose su pericia como cirujano descubriéndose el pastel.

Los amores contrariados y trágicos y los “menage a trois”, en esa película también ofrecen su espectáculo de tristeza y lágrimas.

Total, que la película es maravillosa pero sigo pensando que el circo me resulta detestable.

Un circo en plena meseta castellana con la trágica historia de amor entre Puck, el payaso, y Cecilia, guapa y ambiciosa también me hizo llorar mucho.

No por las artimañas de la zorra de Cecilia que le tiene al pobre Puck al borde del colapso mental y del otro sino por el papelón de la pobre Lina, la buena muchacha, que siempre ha amado a Puck y ve como Cecilia intenta arrebatárselo.

Se trata de la célebre zarzuela Las golondrinas.

De nuevo a llorar y a acordarme de los ancestros de los que inventaron el circo.

Es muy posible que exagere.

El circo tiene sus cosas buenas también.

Pero los payasos siempre me han dado pavor. Y no hablo de los payasos psicópatas y asesinos que tan de moda están ahora, sino por las trazas de los susodichos.

Cuando era  muy niña, mi padre me llevaba al famoso Circo Price a una gala de Reyes y me hacían fotografías con los payasos ― que serían muy buenas personas― pero a mí me daban mucho miedo.

Precisamente, tengo una fotografía en la que se me ve pequeña, muy mona, con una carita de susto impresionante junto a un payaso sonriente y paciente que está intentando hacerme reír pero que no lo consigue del todo.

Ilustración de Olga Ruiz

Volviendo a la actualidad de mi vida, los célebres Payasos de la tele me caían bastante mal.

Las canciones que cantaban como La gallina Turuleta, Susanita tiene un ratón, Mi barba tiene tres pelos, Feliz, feliz en tu día, etc, se me atragantaban.

Bueno, tal vez las canciones, no, pero ellos sí.

Ni Fofó, ni Miliki, ni Milikito, ni Gaby,  ni ninguno.

No era una niña porque ya tenía más años que el hilo negro cuando televisaban a los dichosos payasos, pero  no los tragaba. ¡Qué le vamos a hacer!

Cuando escuchaba a Fofó preguntar  ¿cómo están ustedes? me piraba.

Hay otras películas, historias, novelas y cuentos.

Uno de ellos era Martita en el circo, uno de mis preferidos.

Siempre que iba con mi padre a la biblioteca de la Telefónica en  el Centro Cultural Deportivo que la Compañía poseía en la Gran Vía de Madrid pasaba las horas muertas leyendo los libros de la colección de la cursi de Martita.

Entonces, tal vez, no odiaba tanto el circo, jajajajajaja.

En el fascinante y “espeso” mundo de la ópera, Pagliacci se lleva mi aplauso soberano porque es un dramón muy mediterráneo.

El lugar de la acción es un pueblecito de la Calabria italiana durante una fiesta religiosa, La Asunción, y a mediados del siglo XIX.

Total, drama asegurado por celos y cuernos.

No voy a contar la historia de celos, pasión y muerte de esta afamada ópera porque parece algo repetitivo pero el momento, momentazo del tenor lírico cantando y llorando Vesti la giubba es algo sublime y llorar se llora como un descosido.

Yo siempre he llorado al escuchar esta aria tan trágica.

Un pobre payaso que sólo sirven para que se rían de él como su mujer, Nedda, que se la pega con Silvio.

En fin que  aparte de los dramas, las tragedias, las lágrimas, y las emociones que despierta el circo y las alegrías de los payasos, los malabaristas, trapecistas y domadores, a pesar de que los circos con animales están en el entredicho y están empezando a prohibirlos, el circo es el mayor espectáculo del mundo.

Y no porque lo diga Cecil B. De Mille, es que lo digo yo aunque no me guste.

Paloma Muñoz
Dedicado al Circo Price
Madrid, 9 de abril 2018

La torre de los monstruos

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Corrector@: 

Género: Narración

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La torre de los monstruos.

Toc, toc…

—¿Viven aquí los monstruos?

—¿Quién va? Decid vuestra contraseña.

—Frankenstein.

Silencio tras la poterna de la altiva Torre de Sola, aislada tras el puente levadizo que la selló hace ya mucho, mucho tiempo…

¡Sshhhhrrisshhhh! Los goznes oxidados de la recia poterna chirrían al ser abierta por el jorobado portero de la Torre.

—¿Quién sois, señora?

—La creadora de una historia de mucho mucho miedo, récord Guiness de horrores y pesadillas.

—¡Bah! No será para tanto, noble dama.

—¡Sí, sí!  Gané con mi criatura monstruosa un reto de miedo y terror en un importante grupo de escritores, con una historia que no solo daba miedo, sino mucho mucho miedo.

—¿Sois entonces Mary Shelley, la creadora de Frankenstein, hecho con retales de cadáveres?

—Sí, y busco lugar adecuado para que mi hijo se sienta bien acompañado, pues su aspecto es monstruoso, pero su corazón es reflejo del mÍo, bondadoso y un poco hippy.

Mientras atraviesan el recinto de zonas amuralladas, una voz en off va relatando la historia de la abandonada Torre de Sola.

Se cuenta que una bella dama vivió aquí hace muchos años y que el viento susurra al atardecer poemas de antiguos guerreros que la custodiaron.

La dama, con su cucurucho medieval rematado por velos azules y fucsias, bordó junto a sus damas de honor gualdrapas y estandartes para sus paladines, que lucieron en batalla, en justas y palenques, con los escudos de la Torre de Sola sobre sedas, terciopelos y brocados refulgentes al sol.

Un día los caballeros tuvieron que marchar a la batalla. Ella los despidió desde lo alto de las almenas de la torre, pero jamás volvieron.

Allí quedó la dama silenciosa y triste, en su torre cercada por los fosos, perdida en el horizonte malva, cerrado el puente levadizo para siempre.

Cuentan que, a veces, desde lejos se ven los velos del cucurucho de la dama asomar por las almenas , y el ulular del viento trae sonidos extraños, como de música estruendosa, risas y gritos. Sobre las almenas aparecen monstruosas figuras de jorobados, demonios  y momias rodeando una gran marmita negra fuegos fatuos.

—¡Vale! Cortad el rollo y avisad a vuestra dama.

—¡Voy! ¡Quasimodo!, anda a pedir permiso a nuestra dama a ver si hay sitio para un monstruo más, aunque sea en las mazmorras.

La figura de una brujita surca el cielo acercándose a dar la bienvenida a la visitante. Monta una escoba-vaporetta y va vestida con pantaloncito corto, botines rojos y un gran gorro de copa picuda, dejando en el cielo una estela donde se lee «La Torre de Sola».

Ilustración de Paloma Muñoz

—Venid conmigo, noble señora. Os guiaré al comedor de la torre donde se reúnen los habitantes para cenar. Nuestro cocinero, Momia Desvendá, prepara deliciosos menús franceses en su gran marmita negra. Hoy toca sopa de gusarapos y chuleta de diplodocus. Es un poco desgarbado, con las vendas que le cuelgan rotas por el paso de los siglos, pero en Francia no hubo otro mejor y su alma destila belleza, rara, pero belleza.

Llegan al gran comedor de muros de piedra, en cuyo centro hay una antigua mesa redonda donde doce monstruos dan cuenta del menú.

En la presidencia, la dama de la Torre de Sola, con su singular cucurucho, recibe cordialmente a la visitante.

—¡Atención, queridos caballeros monstruitos! Os presento a la «mamá» de Frankenstein, que busca alojamiento entre nosotros para su «criatura».

Aquí, gentil señora Mary Shelley, todos volcarán sus nobles corazones para acoger a vuestro Frankenstein. Y si necesitáis más piezas de recambio para él, las encontrareis en nuestras mazmorras, donde se almacenan enemigos vencidos en otras épocas. Compartid nuestra cena y brindemos por vuestro gran éxito en el reto de crear el personaje de más miedo y horror que venció a tantos ilustres literatos de vuestro grupo.

»¡Alcemos nuestras copas con la mejor sangre Gran Reserva! y luego danzaremos todos en una gran Rueda Chospona.

Aquí todo el mundo baila, ríe y se divierte, muy al contrario de lo que pasa al otro lado de la poterna de esta Torre. Nuestros monstruos tienen todos pedigrí.

»A vuestro lado está Satancillo, un demonio caballeroso y muy ligón, que cuida de que ningún humano farsante y buscapleitos traspase esa puerta. Como veis, luce falda plisada escocesa, por su origen, y un gran espadón por si alguien se sobrepasa.

»Al otro lado Quasimodo, Quasi para los amigos, cuya sola apariencia es capaz de hacer desistir al más pintado de venir a incordiar con agresiones mundanales. Es jorobado, feo y con voz de trueno, pero vigila y cuida de todos nosotros como el mejor guerrero. Incluso mantiene a raya a los dragones del foso, cuyo fuego usamos para encender los leños de las hogueras que circundan las almenas y que tanto miedo dan a los tontos de allá fuera.

»La gente desconoce todo de los monstruos, pero realmente están en el interior de cada humano, y toman de este apariencias según las circunstancias. Rara vez afloran aspectos feroces, aunque ocurre, pero siempre hay corazones luminosos en todo humano que se encierran dentro de cada apariencia monstruosa. Y aquí las pueden exhibir con toda libertad y alegría.

»Esperaremos encantados a vuestra criatura, cuyo corazón tierno ya conocemos. Aquí se sentirá como en casa porque, noble señora, ¡AQUÍ VIVEN LOS MONSTRUOS!

Conchita Ferrando (Jaloque)