40ª convocatoria: La igualdad

La igualdad.

Ilustración de Rosa García

Igualdad, palabra hermosa
Igualdad, palabra generosa
Igualdad, palabra ferviente
Igualdad, palabra hiriente
Igualdad abriendo caminos
Igualdad cumpliendo destinos
Igualdad, un gran mensaje
Igualdad, un buen viaje
Igualdad, palabra con historia
Igualdad, palabra con memoria
Igualdad, siempre desde niños
Igualdad, peleando por ella hasta con los piños
Igualdad, divino tesoro
Igualdad, el mundo es de oro
Igualdad por la que se lucha
Igualdad siempre se escucha
Igualdad desde la Revolución Francesa
Igualdad, chúpate ésa
La igualdad es una llave que abre la puerta de la justicia
La igualdad es la clave para desterrar la mediocridad y la estulticia
Hay que luchar por ella
Hay que vivir en ella
Hay que preservar la igualdad
Hay que proteger la equidad
La educación es un bien común
La Igualdad no puede ser manejada al tuntún
Sin la igualdad no hay justicia y si no hay justicia los corazones se llenan de malicia

Paloma Muñoz
23 de marzo de 2020

El concierto

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Paloma Muñoz
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Cuento clásico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor

El concierto.

¡Qué mala suerte!

A mi padre le habían regalado dos entradas para el concierto de Harry Styles.

¿Mala suerte? Pues sí. Somos tres hermanos. Así que tocaba sorteo. No hubiera hecho falta, la verdad, porque yo creo que a Nieves no le gusta nada Harry, pero así es ella, que si me muero de ganas de ir, que si por qué tienen que ir ellos y yo no, que qué pasaba, que si era porque ella era blanca. Total, que mis padres lo resolvieron como siempre: sorteo. Para disgusto de Chen y mío, que podríamos haber matado por ver a Harry en directo.

César, el más alto de mis padres, escribió nuestros nombres en unos papelitos, los dobló y los encerró entre sus manos. Luego hizo la gracia de siempre, que pediría una mano inocente, pero que como no veía ninguna allí, que cogiera un papel Luis, mi otro padre, el más bajo de los dos.

Luis revolvió, agarró un papel y lo desplegó delante de nosotros:

Nieves.

Se puso como loca. Saltando y gritando. Un gesto bastante feo hacia nosotros, la verdad, sobre todo sabiendo que ella pasaba de Harry.

Luis revolvió de nuevo, esta vez con parsimonia. Cogió uno. Empezó a desdoblarlo lentamente. Era mi padre y le quería, pero en ese momento podría haberle matado. ¡Venga!

Nyala, Nyala. Por favor, que ponga Nyala.

Chen.

A la mierda. Ya lo sabía yo, que nunca he tenido suerte en los sorteos. Solo gané uno cuando tenía diecisiete años. Chen y yo nos estábamos riendo de Nieves por algo que había hecho y nos dijo que se estaba rifando una hostia.

Chen también empezó a saltar, a chocar con Nieves y a bailar. Ya le valía, que aunque fuese el más pequeño de los tres, ya tenía veinte añazos y quedaba ridículo.

César me revolvió el pelo y me dijo que ya habría otros conciertos. Me molestó, no por lo del pelo, que era imposible de despeinar, sino por que banalizase la situación de esa manera. ¿Otros conciertos? ¡Por Dios, que era Harry Styles!

Ilustración de Paloma Muñoz

Eso no podía quedar así. Tenía que ir a ese concierto. ¡Por la memoria de todas mis antepasadas, todas esas mujeres etíopes que lucharon por su libertad! Vale, un poco melodramática, siempre me lo han dicho. Tenía que ir por mí y punto.

Intenté chantajear a Nieves. No funcionó. Ni prestarle toda la ropa que quisiera, ni presentarle al nuevo becario de mi trabajo, el que es tan simpático (y está buenísimo), ni siquiera el darle una opción preferente de por vida para elegir primero a quién entrar cuando saliésemos juntas. Nada, cuando Nieves se pone cabrona… se pone cabrona.

Con Chen no lo intenté. Le hacía tanta ilusión como a mí y no hubiera sido justo.

Tenía que conseguir otra entrada. Estaban agotadas, lo sabía. Intenté comprar una al segundo día de ponerlas a la venta y ya no quedaban. En la reventa tampoco. Busqué a la desesperada por internet y… ¡Bingo!

Un tío había puesto en Instagram una foto de dos entradas y regalaba una. Un tío guapo, algo mayor, debía de estar cerca de los cuarenta. Nunca habría hecho algo así, pero… ¡era por una buena causa!

Le escribí. Me empezó a preguntar por qué debería dármela a mí, que si qué me gustaba a hacer, qué me gustaba comer, que si tenía novio. De potar, la verdad. Le hubiera mandado a la mierda, pero era o seguirle el rollo o quedarme en casa viendo los videos que me mandase Nieves.

En cinco minutos conseguí mi entrada.

Fuimos en mi coche. Un rollo lo de aparcar, pero así luego me daba menos pereza volver. Nieves quiso llevar el suyo, pero como no era eléctrico fue fácil ganar.

Tuvimos suerte y había un sitio muy cerca del estadio. Allí nos bajamos los tres hermanos, la española, el chino y la negra. Parecía un chiste.

Quedamos en vernos en el coche nada más terminar el concierto, sin entretenernos, que al día siguiente nos tocaba limpieza general y César nos levantaría muy temprano. Me despedí de Nieves y Chen y me fui a mi puerta de acceso. Junto al letrero de “PASE VIP” estaba el tío de Instagram. Era inconfundible, igualito que en su perfil, aunque en él aparentaba ser mucho más alto que en persona. ¿Qué llevaba en la mano?

También me reconoció y se acercó, tendiéndome la mano con una rosa. Cojonudo para mi alergia a las flores. Se lo agradecí y se la di a un chico que pasó por allí en ese momento.

Le di dos besos, qué remedio, y luego le di los cien euros. Se sorprendió y me preguntó que qué era eso. Qué iba a ser, el precio de la entrada. Vale que la entrada VIP sería mucho más cara, pero eso no me lo había dicho él, yo pensaba que era de las normalitas.

Que si no podía ser, que si era un regalo, que no podía permitirlo. Le dije que era lo justo y que siempre podía hacer lo mismo que había hecho yo con la rosa. Se los guardó en la cartera.

El concierto fue una pasada. Las entradas, mejores imposible. Lástima que Ricardo, que así se llamaba el tío de Instagram, fuese bastante pesado. Que si quería una copa, que si toma esta copa que no le había pedido, que si diosa de ébano, que qué hacía para tener una piel tan bonita. ¡Tomar el sol, no te jode!

Luego pasó a que si tenía dos exmujeres, tres casas y cuatro coches. «¡Y cinco hostias!», pensé.

El concierto terminó. Ricardo me propuso ir a cenar a un restaurante que estaba allí al lado, que había reservado una mesa para los dos. Le dije que no, que ya eran… ¡las doce! Ya veréis el madrugón del día siguiente. Me dijo que al menos me llevaba a casa. Le dije que había ido en mi coche y agité las llaves en su cara, pero que si quería, le acercaba yo, que él había bebido mucho. ¿Bebido? Eso no era beber para él. Tenía que haberle visto en la mili. Salí corriendo, tirando un beso al aire, mientras él gritaba que esperara, con algo en la mano. ¡Más regalos no, por favor!

Tuve que esperar a que llegaran Chen y Nieves, cómo no. Chen emocionado y Nieves diciendo que no era para tanto, que lo llegaba a saber y no iba. Para matarla.

Llegamos tarde y unas horas después pensé que no debía retrasar más lo de independizarme cuando César entró en mi habitación, encendió la luz y subió la persiana.

Odiaba las limpiezas generales. ¿Por qué? ¿Es necesario responder?

A eso de las once sonó el timbre. Fue Nieves. Cómo no, con tal de escaquearse, cualquier cosa. Volvió riéndose, diciéndome que estaba allí un tío que preguntaba por mí, que apareció detrás de ella.

¡Ricardo! ¿Tú qué haces aquí?

Preguntaba por Nyala, que si era mi hermana… o mi prima. ¡Sería gilipollas!

Estuve tentada de decirle que sí, que era mi prima, y que se había fugado con Harry Styles, pero le pregunté que qué hacía allí, y cómo sabía que era mi casa.

Dudó, entornó los ojos para mirarme. Le dije que si no me reconocía, era porque no me había dado tiempo a tomar el sol, y que así, la piel perdía. Creo que le convenció.

Extendió la mano. ¿Otra flor? Normal, siendo tan capullo. Pero, no, no era una flor. Era… ¿un DNI?

Que se me había caído al sacar las llaves del coche y que salí corriendo cuando me lo iba a devolver, y que ahí venía la dirección.

Ah, pues vale, gracias. Hasta otro día (era un formalismo, por supuesto).

Que si podía hablar conmigo a solas. Cuando salen brasas… Acepté por no prolongar el numerito delante de toda mi familia.

Que si no había dormido, que si no podía dejar de pensar en mí, que si quería sacarme de allí y de tener que dedicarme a limpiar, que si él tenía mucho dinero. Ya, ya y dos exmujeres, tres pisos y cuatro coches, pero no. ¿Que por qué? Quizá es que tengo otros planes en mi vida, Ricardo. ¿Que qué mejor plan que vivir contigo, con todo lo que pueda imaginar? Pues no sé, quizá seguir ganándome la vida con mi trabajo. Lo sé, no me va a retirar en dos años, pero me da para gastarme cien euros en un concierto, siempre que haya entradas, claro. Y no te lo vas a creer, ¡me gusta mi trabajo! Siempre te encuentras algún gilipollas, como en la vida misma. Y también me gustaría compartir mi vida con alguien que, al menos, me caiga bien.

Me dio lástima. Oye, pero que a lo mejor, a Nieves, mi hermana, le interesa. Vale, lo reconozco, fui mala.

¿Que qué Nieves? La del salón, la blanquita que te ha abierto la puerta, que a ella le van más los bajitos.

Jorge Moreno.

 

La anciana

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La anciana.

La anciana arrastra los pies por la calzada deteriorada. Sus ropas están viejas, harapientas. Su rostro ajado es de piel blanquecina, demacrada, que contrasta con la suciedad de su vestimenta. La única nota color la ponen esos dos círculos violáceos que rodean unos ojos empequeñecidos, acostumbrados a moverse en la oscuridad y esas venas oscuras que parecen querer atravesar la piel frágil.

Hoy el día está gris, nublado. Hace fresco ya. El atardecer está asomando su cara y el sol ha decidido ocultarse tras unos nubarrones que parecen presagiar una tormenta que seguramente estallará en plena noche.

Desde que ocurrió lo que ocurrió, en los años veinte, el tiempo volvió a su cauce; ahora los inviernos son más inclementes y en verano el sol amenaza seriamente con quemar la piel de la anciana, que ya no soporta sus rayos.

Es por eso que hoy ha salido a la calle, una calle que ya no sabe lo que son los atascos de tráfico, ni las acumulaciones de gente, las colas de cine o las manifestaciones. Todo eso forma parte del pasado. Ahora esa calle está transitada por pequeños grupos de personas, que se mueven inquietas, rápido,  siempre con una dirección determinada. Ya no se hace camino al andar, sino que lo importante es la meta, dejar atrás el mal trago de ver cómo las plantas se están apoderando del asfalto, sembrado por aquí y por allá de desechos humanos como la anciana, los únicos merodeadores que parecen no tener un rumbo ni una dirección fijos y que son ahora los verdaderos habitantes de la capital.

Pero la anciana sí que tiene un rumbo fijo hoy, pues va a intentarlo de nuevo. Ya conoce la respuesta, se la han dado un millón de veces, pero tampoco se rindió de joven, cuando a principios del siglo XX era toda una feminista que luchaba por la igualdad de géneros. ¿Para qué se pasó la vida peleando, debatiendo, manifestándose? ¿A quién le importan hoy en día los géneros en esta ciudad vacía y en decadencia?  No le importan al jabalí  que se cruza en su camino y se para a unos metros de ella, y que con sus colmillos intenta quebrar un fragmento de asfalto medio suelto, para remover la tierra de debajo luego, en busca de algo que echarse a la boca. Tampoco le importan a la nube de pájaros que trinan continuamente en el cielo ahora azul de la ciudad. Ni a ese lobo que dicen que merodea por la noche entre los montones de basura que nadie recoge, y que atacó y devoró a un niño, arrancándolo de los brazos de su madre.

A nadie le importa, tampoco, lo que les suceda a los merodeadores como la anciana. Para los demás, ellos solamente representan un recuerdo que es mejor olvidar, un incidente desastroso que pasó hace cincuenta años y que cambió la configuración del mundo y la sociedad. Por eso los viajantes los ignoran en su paso rápido hacia alguna parte; nunca se acercan a ellos ni los miran a la cara. No quieren verlos. Los evitan a toda costa, como antaño hacía la gente de bien con los vagabundos que yacían en las esquinas pidiendo limosna, porque para ellos representaban el fallo del sistema y reconocerlos hubiera significado aceptar que el estado del bienestar en el que vivían era solamente una falacia.

De igual forma, los viajantes solamente ven, en gente como la anciana, a cadáveres vivientes, focos de infección, basura. Y en cierto modo tienen razón. Ellos son el efecto colateral, los restos de una sociedad extinta que persiste en lo que antes fue la capital y que no se supo adaptar a los nuevos tiempos. Pero la anciana se resiste a morir; ni siquiera es capaz de aceptar su condición de descastada.

Lentamente, arrastrando los pies llagados y maltrechos, se acerca a la garita de control.

—¡Alto ahí! ¡No se acerque!

Hoy el agente de seguridad no es el mismo, confirmando los rumores que decían que el anterior fue arañado por un infeccioso y retirado del servicio. La anciana se lo imagina arrastrado y llevado a golpes por los suyos, por otros guardias ataviados con trajes de protección, armados con porras y pistolas, cuyas caras no pueda reconocer a través de las mascarillas, y sonríe ante la imagen. Se lo merecía. Y tanto. Era una mala bestia de manos sangrientas enfundadas en guantes, que no dudaba en atizar a todo aquel que no tuviera su documentación reglamentaria.

En cambio, este guardia parece joven. Tras las gafas protectoras se adivinan unos ojos claros libres de ojeras y arrugas, que combinan con su frente tersa. Bajo la máscara se puede adivinar una barbilla suave, quizás libre de pelo, y el cuello se le ve bien rasurado, confirmando la primera impresión. También su cuerpo es delgado, y atlético. No debe de tener más de veintipocos años. Será más fácil convencerle.

—Antes, la temperatura.

La anciana sabe exactamente qué hacer. Dirige sus pasos a la marca del suelo y acerca la cara a la luz naranja, que emite una especie de flash que se refleja en su rostro. Esa misma luz que, según le contaron, ayer se volvió roja un segundo antes de que el antiguo guarda fuera atacado. Esa misma luz que ahora se torna verde para alivio de la anciana.

—Está bien, no hay fiebre —dice el guardia exhalando. Parece que él también se siente aliviado—. Ahora, enséñeme el carnet de inmunidad.

—Es que no lo tengo… Lo perdí. Pero tengo un certificado médico de negativo en PDR. Tome, aquí tiene.

La anciana le enseña el certificado falsificado, esperando que le dé buenos resultados. Se lo ha firmado y realizado con esmero uno de sus vecinos de infortunio, un doctor retirado que tuvo que dejar que ejercer porque no se atrevió a enfermar, asmático como es, por miedo a perder la vida, esa vida irónica que hizo que la misma persona que de joven luchó contra la infección y recibió aplausos por ello ahora se vea desplazada y apartada por esa misma enfermedad, por el temor a enfrentarse a ella.

Dicen que las oportunidades pasan solamente una vez, y la suya voló aquel día en que, en el hospital en el que trabajaba, y que ahora es otro montón inestable de piedras a punto de derrumbarse, le dieron el ultimátum: o se inyectaba el virus como habían hecho todos los demás, y se arriesgaba con ello a morir, o bien se quedaría atrás, y no podría desplazarse con el resto del personal a la zona limpia, que era como llamaron al principio a la próspera ciudad de Sarsania.

No tuvo lo que hay que tener para conseguir su pasaje y su carnet, aunque de vez en cuando le alivia pensar que uno de cada diez de los que sí lo tuvieron acabó sepultado bajo tierra.

El caso de la anciana fue distinto. Ella procrastinó el momento con un «mañana acudiré al Centro de Infección. Mañana lo haré». Un día siguió al otro, un mes al siguiente, un año tras otro, hasta el punto de que cuando decidió que era el momento, su juventud y su fortaleza ya se habían esfumado, dejando tras ella a una anciana frágil que no entraba en la lista de población merecedora de la oportunidad. Ya no tuvo opción alguna.

Y sin aviso previo, de un día al otro, se fueron todos. Un día la vieja capital amaneció en silencio, vacía, como si sus habitantes se hubieran evaporado. Solo unas pocas cabezas asomaban por aquí y por allá, en una terraza, en un balcón, en un portal. Y los que se atrevieron a bajar a la calle se encontraron garitos de control custodiados con los guardias perpetrados con mascarillas y armas, con trajes y gafas de protección, como el joven que escudriña el documento falso de la anciana.

—Señora, este documento no es válido. No tiene el nuevo sello del gobierno, sino el antiguo. No es una inmune. Así que aparte y vuelva por donde ha venido.

—¡No! Soy una inmune. Déjeme pasar. Tengo a toda mi familia en Sarsania. Ellos lo confirmarán.

La anciana, que ha luchado en mil guerras y se ha manifestado en mil ocasiones por todo tipo de igualdades, de género, de clases, de libertad sexual, de oportunidades, enfrentándose siempre al sistema que oprime al pueblo, a la presión de soldados, a las detenciones policiales y a las cargas de los antidisturbios, no puede aguantar ese viejo ímpetu que pugna por salir de sus entrañas y que le quema por dentro, ni evitar esa inercia que la lleva a acercarse más al joven, cada vez más, presionando, reivindicando, reclamando, hasta que él se pone en guardia.

—¡He dicho que se aparte!

El guardia, al sentir el contacto de la vieja sobre su traje, se asusta hasta tal punto que la empuja y le golpea la cara con la culata de su rifle.

Ilustración de Rosa García

La anciana cae al suelo con la boca ensangrentada.

—¡No ez… juzto! —balbucea desde el suelo.

El guarda, que iba a abalanzarse sobre ella con la porra en mano y estaba a punto de descargar toda su furia, miedo e impotencia sobre ella, al verla tan indefensa, decide que no vale la pena manchar su equipo con su sangre infecta, ni tampoco lo vale el tiempo que deberá perder luego para desinfectarlo.

Se limita a mirarla desde su posición superior y decirle algo que ambos saben:

—El mundo no es justo, nunca lo ha sido.

Olga Besolí

Abril 2020

 

39ª convocatoria: La naturaleza

La naturaleza.

Ilustración de Rosa García

Vuelta a los orígenes.

Busco entre vuestras ramas,
amigos, guías, centinelas
el abrazo que me enseñe
a mirar dentro de mí,
que me ayude a recordar
que yo también
soy hija de la tierra,
el lugar donde sangre, fuego y savia
se funden en sintonía eterna.
se funden en sintonía eterna.

Ainhoa Ollero Naval

Ella, ellos y un bebé

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato narrativo
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Ella, ellos y un bebé.

Yo nunca fui un fan de la naturaleza. Lo ocultaba, obviamente. Siempre me mostraba a favor de los animales, de reciclar y de cuidar el planeta y todas esas mierdas. Tanto que a veces me lo creía.

Pero no, a mí nunca me han gustado los animales, ni las plantas, ni el aire puro ni nada de eso. Era pensar en ir al campo y me autogeneraba una alergia antes incluso de estar allí, un sarpullido que empezaba en el pecho y subía hasta el cuello.

Y a pesar de eso, allí estaba yo, en medio de aquel bosque, sujetando en brazos al bebé y rascándome el pecho. El bebé no era mío, por supuesto, ni tenía ninguna relación directa con sus padres. Mis sentimientos hacia los bebés eran básicamente iguales a mis sentimientos hacia la naturaleza, incluida la alergia, que en aquel momento creo que ya no era autogenerada.

El bebé lloraba y olía mal porque se había cagado. Es lo que hacen los bebés, ¿no? Tampoco cabía esperar otra cosa. El picor iba en aumento y yo estaba seguro de que tarde o temprano sufriría un shock y moriría, o algo peor. Pensé en dejar al crío en el suelo y salir corriendo, y fantaseé con que crecería allí, criándose en la naturaleza. Seguro que a algún sector de la población le parecería bien.

Pero no podía hacerlo.

Delante de mí, Gustavo y Clara discutían. Ellos aparentaban que no, pero realmente estaban discutiendo. Gustavo y Clara son los padres del bebé, de cuya existencia yo no había tenido la menor constancia hasta esa mañana, y de la cual podía haber seguido siendo ignorante sin que me hubiese afectado lo más mínimo.

Discutían, como he dicho, aunque no quisieran aparentarlo. Son de esa clase de personas que piensan que no se debe discutir, que hay que hablarlo todo y que no hay que decir una palabra más alta que otra. Pero sí, discutían.

Clara lloraba. Mientras, Gustavo parecía consolarla poniéndole la mano en el hombro y diciéndole que no se preocupara, que realmente no era culpa suya haberse olvidado los pañales del bebé, que bastante lío tenía ella con todos los productos para el pelo que había llevado sin que se le olvidase ninguno, aunque tampoco sabía si allí, en el bosque, iba a tener ocasión de utilizarlos. Eso sí, en un tono comedido, tranquilo y yo diría que incluso cariñoso.

Ella gimoteaba y decía que sí, y que era una lástima que no pudieran utilizar el móvil de quinta generación para buscar una tienda que los vendiera, porque allí no había cobertura. Y que también era una pena que en cuanto se le acabara la batería no podrían ver ninguna de las cuatrocientas películas que había estado grabando durante todo el día anterior, porque allí no había un puto enchufe para cargarlo. Sí, dijo puto, eso sí, en un tono tan cariñoso y dulce que podía haberle dicho que si el masaje lo quería en la espalda o en los pies.

Él le dijo que quizá con la crema reacondicionadora que había llevado ella podrían limpiarle el culo al bebé y ella se quejó de que no hubiera cobertura para buscar en YouTube un tutorial de cómo hacerlo. Y que le había hecho mucha ilusión que la llevara allí como sorpresa, sin decirle ni una pista, aunque probablemente se le rompieran los tacones de los zapatos que le habían costado doscientos euros, aunque merecía la pena por estar allí juntos, con el bebé y nosotros.

Yo miré mis zapatos y pensé que tiraría a la basura el doble que ella.

No avanzábamos. El bebé seguía llorando y allí olía cada vez peor. Yo seguía rascándome sin parar y creí que ya había llegado al hueso cuando pasó.

El bebé se calló.

Me asusté, la verdad. No estaba preparado para que se callase, así sin ton ni son, tanto que casi se me cayó al suelo.

Elvira me miró con dulzura y dijo que qué mono, que yo le gustaba al bebé y que por eso había dejado de llorar.

Me gustó su comentario, tanto que incluso dejé de rascarme. No por la posibilidad de que yo le gustase al bebé, que no me importaba lo más mínimo, ni tampoco creía que tuviera razón, sino por la cara de Elvira, que me dio esperanzas de que aquella excursión mejorase notablemente a mi favor.

A Elvira sí la conocía antes de estar en el bosque. De hecho, si estaba allí era por ella. Nos conocimos unas semanas antes, en un súper en el que entré por casualidad de vuelta a casa, con un hambre atroz, en un barrio que dejaba bastante que desear. Yo estaba cogiendo una pizza en la cámara, al lado de las ensaladas que vienen envasadas y tiré una sin querer. No pensaba recogerla, por supuesto, pero sentí que alguien se acercaba y temí que podría haberme visto, así que me vi obligado a agacharme y cogerla. Cuando la tuve en la mano oí una voz de mujer que me preguntaba que si era la última, que si qué rabia, que si lo que le gustaba esa variedad en concreto. En cualquier otra circunstancia probablemente yo hubiera dicho que era la última y me la hubiera llevado para después dejarla en la caja, pero no era cualquier circunstancia. La voz de mujer tenía cara y cuerpo que tampoco eran habituales al menos en ese supermercado. Iba muy bien vestida, probablemente la mejor vestida que haya entrado allí jamás. Le dije que se la llevara ella, ella dijo que no, que la había cogido yo primero. Insistí en que si no podía permitirlo. Yo que sí y ella que no. Le dije que si hacíamos un trato, que se la llevara ella y que, a cambio, yo la invitaba a cenar. Que si risitas, que si no, que si sí.

Total, que por una lechuga asquerosa conseguí una cita con un pibón.

Cenamos varias veces. Elvira era una mujer impresionante, incluso creo que inteligente. Lo cierto es que tampoco pude prestarle mucha atención a lo que decía, ni siquiera a lo que comía, porque me pasaba las citas imaginando la noche que pasaría en la cama con ella.

Pero siempre ocurría algo. Cuando no la llamaban del trabajo, era una amiga superagobiada por algo o un amigo a punto de suicidarse. En fin, que por cualquier tontería nunca terminábamos pasando la noche juntos.

Ya había pensado desistir y deshacerme de ella cuando me llamó y me preguntó que si me gustaba el campo. Pues claro, le dije, pensando que se refería al estadio Bernabéu. Y después me dijo que había preparado un fin de semana de lujo para los dos, que sería una experiencia increíble y así podía compensarme un poco por todas las veces que nuestras citas habían acabado precipitadamente.

Tendría que haber sido muy imbécil para no aceptar. Iba a pasarme un fin de semana haciendo todo lo imaginable y lo inimaginable.

Cuando pasé a recogerla debí mosquearme, hacerme el despistado, acelerar y desaparecer. Podría haberlo hecho si no fuese porque me acerqué a ella a preguntarle si conocía la dirección que buscaba, sin saber que era ella. Bajé la ventanilla y me sonrió y entonces me di cuenta de que la chica en chándal y un mochilón en la espalda era ella.

De camino hacia el bosque me explicó que íbamos a pasar el fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, respirando naturaleza, viviendo naturaleza. En ese momento empezó a picarme el pecho. Traté de imaginarme a los dos en pelotas por el campo, practicando sexo desaforadamente, y cuando termináramos aduciría que me encontraba fatal por la alergia y me iría a casa a dormir. Entonces me dijo que también iban Gustavo, un amigo suyo supermajo, y su mujer, Clara, que no lo estaban pasando un poco mal últimamente desde que nació el bebé y que les iba a venir bien pasar el fin de semana en la naturaleza. ¿Desde cuándo la Madre Teresa de Calcuta tenía ese cuerpazo? Eso era engañar.

Total, que por eso estaba yo sujetando a ese bebé cagado que se había callado de repente.

Me ofrecí a ir a la civilización a buscar pañales y así tener una excusa para salir de allí y no volver.

Pero entonces va Elvira y me dice que si qué majo, que si era un sol, y empezó que si me acaricia la cara, que si me da un beso, que si que no tarde en volver. Total, que fui por los pañales y no me fugué. A fin de cuentas solo tenía que aguantar esa noche. Nos meteríamos en una tienda de campaña y todo mi sacrificio habría merecido la pena.

Cuando volví el crío berreaba y sus padres seguían con su diálogo de no discutir. Elvira vino muy contenta hacia mí, me dio un beso en la mejilla y cogió los pañales.

Parecía que todo iba según lo previsto, pero había algo que me inquietaba, aunque no sabía qué era.

Cambiaron al bebé, algo realmente asqueroso, por cierto. Luego Gustavo dijo que fuésemos a hacer una ruta, lo cual fue recibido con alegría por Elvira y con la excusa de Clara de que ella mejor se quedaba con el bebé, que no podían llevarle por el campo en brazos. Elvira sacó de su mochila otra más pequeña, que era para transportar al bebé. Las gracias que le dio Clara intuí que no eran del todo sinceras y que había cierto rechazo, y no creo que fuese por que su marido fuese amigo de una tía tan buena.

Lo de hacer una ruta consistía en andar por el bosque, rozándote con todo, tragándote mosquitos, apartándote bichos, para ir a ninguna parte y volver a donde habíamos salido. Clara se rompió los tacones y tres uñas, y yo arañé los zapatos y rasgué la camisa de tanto rascarme.

Pero al fin llegó la noche. Fingí sueño y bostecé varias veces con intención de contagiárselo a los demás y lo conseguí, aunque fue fácil con Clara, que llevaba tiempo insistiendo para irse a dormir.

Cuando vi que Clara y el bebé entraban en la tienda me di cuenta de lo que me inquietaba.

Solo había una tienda.

Le pregunté a Elvira que dónde estaba la nuestra. Me dijo que solo había una. Que nos estábamos fusionando con la naturaleza, que allí éramos solo uno y que compartiríamos los cinco la tienda.

Creo que nunca antes en mi vida había tenido tantas ganas de llorar.

Ilustración de Rosa García

Me metí en la tienda con Elvira pegada a mí en un lado y al otro el bebé, que decían que conmigo se calmaba y no lloraba, y a su lado Clara y luego Gustavo. Estaba tenso, sin moverme, preocupado por la proximidad del bebé, no por miedo a dormirme y aplastarlo, sino a que se cagase y me manchara.

Aunque hubiese querido moverme, tampoco había mucho espacio. Una hora después seguía sin dormirme, escuchando los ronquidos de Gustavo y de Elvira, que para entonces ya había perdido cualquier atractivo para mí. Si no me hubiese preocupado perderme por la noche, me habría ido de allí. Lo mejor sería esperar al día siguiente y desaparecer.

Se me estaba durmiendo el brazo, así que lo estiré por encima del bebe. Al apoyarlo noté algo blando. Apreté los dedos varias veces y me di cuenta de que era una teta, y tenía que ser de Clara. Ella se movió. Le pedí perdón, que se me había dormido el brazo, y ella me dijo que no me preocupara, que pensaba que había sido el bebé, que siempre la estaba buscando. Imaginé que para una madre estresada era difícil distinguir entre una mano de bebé y de adulto. Separé la mano y me dijo que no pasaba nada, que la dejara ahí, que había poco espacio, así que le hice caso. Luego me dijo que si se me había dormido, a lo mejor me venía bien mover los dedos. La mano no la tenía dormida, pero los moví.

Luego ella también movió su mano y yo la mía. Total, que salimos de la tienda y nos pusimos a hacerlo allí, fusionándonos con la naturaleza.

Cuando empezaba a cogerle el encanto a eso de la naturaleza, el bebé empezó a llorar y al instante salieron Gustavo y Elvira.

Gustavo le decía algo a Clara, que, por esa manía suya de no gritar, no pude escuchar porque su voz quedó apagada por los gritos de Elvira.

Que si era un cerdo, que cómo había sido capaz, que si no esperaba eso de mí, que si pensaba que yo era diferente, que si con las ilusiones que se había hecho.

Yo le dije que no sabía qué me había pasado, que sería cosa de la naturaleza.

De mi naturaleza.

Por cierto, de la alergia ya voy mejor.

Jorge Moreno.

Naturaleza muerta

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Naturaleza muerta.

Ella siempre se decía a sí misma que no estaba en su naturaleza, que ella no fue hecha para devolver los golpes, sino para achicarse ante los problemas e inmovilizarse en las agresiones. Y allí estaba, hecha un ovillo,  rezando hasta que el escarnio se diluyera, los gritos se apagaran y esos puños se aflojaran. Y todo porque la tortilla se había enfriado y estaba demasiado jugosa.

—Eres débil —le escupía él—. Como todas. Todas sois unas putas inútiles que no valéis para una mierda. La naturaleza os ha hecho así, y la naturaleza es sabia ¿A qué venís ahora con esa mierda del feminismo? ¿Qué pasa, os vais a volver todas bolleras? ¡Ja! Ya me gustaría ver hasta dónde llegas sin mí. ¡Si no eres capaz ni de hacer bien una puta tortilla! Pero, claro, como la señora ha estado tan ocupada toda la santa mañana yendo de acá para allá…Que me pregunto yo si se puede tardar tanto en comprar una docena de huevos y cuatro patatas. ¿O es que has estado otra vez perdiendo el tiempo pintando esa mierda de bodegones que no sirven para nada? ¿Es este el cuenco de fruta que has pintado hoy? ¿Es este? ¡Pues toma cuenco!

Varias piezas de fruta rodaron a su lado a la vez que ella sintió el golpe de la cerámica sobre su espalda, rompiéndose en mil pedazos y soltando unas astillas que traspasarían la ropa y se clavarían en su piel como pequeños alfileres, mientras la lluvia de restos se precipitaba sobre el suelo como meteoritos.

—¿O te has estado viendo con algún hombre, so puta? Y claro, con todo eso, no te ha dado tiempo para preparar la comida que me merezco. ¿Qué es lo que me merezco, según tú? Porque yo creo que trabajando lo que trabajo en la oficina, y aguantando lo que tengo que aguantar del puto jefe de contabilidad que me tiene hasta los huevos, y trayendo el dinero que traigo a casa para que tú puedas ir a comprar la puta comida, me merezco mucho más que esta jodida bazofia, ¿no crees? Uy, ¿estás llorando? ¿De verdad te esperabas que me iba a tragar esta mierda? ¿De verdad crees que yo me merezco esta mierda? ¡Contesta!

Ella sabía que, en un momento así, replicar se convertía en un sinónimo de suicidarse, porque una sola mirada desafiante a los ojos o cualquier pequeño movimiento que él tomara como gesto de repulsa sería el detonante que hiciera estallar un nuevo alud de patadas y puñetazos. Y no creía que su espalda, maltrecha y dolorida, pudiera soportar ni un golpe más. Por eso seguía inmóvil a pesar del calambre que le subía por la pantorrilla y se mantenía replegada sobre sí misma, con las rodillas protegiéndole el pecho, la cabeza gacha sobre ellas, los ojos cerrados para no contemplar la baldosa manchada con su propia sangre y las manos cubriéndole la nuca para evitar que un siguiente golpe en la cabeza fuera el último y definitivo, el golpe de gracia que acabara con su miserable vida.

Pero ese golpe no llegó, porque al igual que un perro de presa cuando, después de desgarrar y zarandear a su víctima, ve que esta permanece inmóvil, pronto su verdugo perdió el interés y se alejó lo suficiente como para que la densidad a su alrededor fuera menor, el aire se tornara más liviano y ella pudiese inhalar un poco, que dolió como fuego dentro de sus pulmones y le hizo emitir un gemido amortiguado, casi imperceptible.

Pero está en la naturaleza del depredador el percibir cualquier atisbo de vida en su víctima, y el fino oído de perro de presa de su agresor lo captó. En un par de segundos una mano la agarró tan fuerte del pelo que le levantó la cabezay le hizo crujir las cervicales.

—¿Decías algo? ¿Me hablabas a mí?

No hubo más respuesta que un par de lágrimas deslizándose por el rabillo de los ojos cerrados y una cara de angustia ante lo que iba a venir. Pero otra vez el perro de presa perdió el interés.

—Bah… Ni siquiera vale la pena discutir contigo.

Y la mano soltó la cabeza con tal fuerza que esta se golpeó contra sus propias rodillas. El dolor fue punzante, pero esta vez ella no dejó escapar ningún gemido. Luego, el eco de un par de pasos, el sonido del cajón abriéndose, un chasquido y una aspiración profunda precedieron al olor inconfundible del tabaco en plena combustión. Era el pitillo de la victoria, el que se fumaba después de cada humillación y de cada paliza.

Ella volvió a respirar, pero esta vez suavemente, imperceptiblemente, con la cabeza aún embotada. Si se mantenía así el tiempo suficiente, si aguantaba un poco más sin moverse ignorando el entumecimiento y el dolor que se apoderaba de su pierna, ya todo acabaría en unos minutos, en cuanto él apagase el cigarrillo en el suelo o, si todavía le quedaba hiel por sacar, se lo apagase encima del cuerpo, probablemente en el mismo brazo en el que ella ya lucía un par de cicatrices de quemaduras anteriores, y diese el gran portazo final y definitivo.

Esperó pacientemente a su suerte, y la diosa Fortuna le sonrió esta vez. Oyó el refregar de la suela del zapato sobre el suelo y el repiquetear de las llaves en su mano.

—Y no te olvides de fregar todo esto, que tienes la casa como una pocilga. Y aunque tú seas una cerda, yo no lo soy.

Tras ese último insulto llegó el portazo que significaba la salvación. Y tras el portazo pudo permitirse aflojar los músculos y se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Dejó que el dolor la invadiese, como otras veces. Pero las lágrimas no brotaron como solían hacerlo siempre en ese momento. No pudo dar rienda suelta al dolor, empaparse de él, liberarse. Esta vez se le enquistó dentro, atenazando el pecho, oprimiéndole la respiración, quemándola por dentro y despertando un fuego que no sabía que tenía.

Se levantó, como pudo y sin lamentos, sin sentir lástima de sí misma y sin dejarse corroer por la culpabilidad de pensar que era ella la que provocaba esa situación, siendo tan patosa e inepta, como llevaba años haciéndole creer él. Esta vez no se autocompadeció por ser de naturaleza débil y no saber cómo actuar, cómo responder, o cómo salir de esa situación en bucle, de la que no parecía haber escapatoria.

Porque no la había; por fin había captado el mensaje. Si bien ella era de naturaleza débil, él era un monstruo, un maldito monstruo de naturaleza agresiva y destructora. Así que, maltrecha y como pudo, goteando sangre por el pasillo, llegó hasta la cocina y sacó el filetero del taco de madera. Se sintió poderosa con él en la mano. Era perfecto, afilado, ancho de hoja y con una punta fina, de forma que una vez clavado, con un simple giro de mano bastaría para causar grandes destrozos. Además, su empuñadura era ergonómica y se adaptaba perfectamente. No había duda alguna de que había sido una buena compra: bien había valido la pena la paliza que se ganó cuando decidió llamar a la teletienda y se hizo con ese set de cuchillos usando la tarjeta de crédito que él tenía guardada en su escondrijo. Una sonrisa fugaz escapó de su cara, aunque, emborronada por la sangre y afectada por el dolor, parecía más una mueca que otra cosa. Pero ella no era consciente de ello. Solamente de su nueva naturaleza recién adquirida.

Tampoco fue consciente del rato que pasó antes de que lo oyera subir la escalera, detenerse ante la puerta, buscar las llaves, probablemente en el bolsillo, e introducir una en la cerradura. Tampoco sería plenamente consciente de todo lo que ocurrió luego. Solamente que, minutos después, él yacía agonizando en el suelo del salón, con una mano en el cuello que intentaba frenar los chorretones de sangre que salían como una fuente a cada latido del corazón, espaciándose cada vez más.

Ella, con un lienzo en la mano, recogía la sangre del suelo con el pincel y con ella plasmaba, en tonos rojizos, los restos del cuenco de cerámica hecho añicos, las manzanas pisoteadas y golpeadas, el cuchillo ensangrentado y las llaves, todo en medio de un gran charco de sangre que seguía aumentando de tamaño.

—¿Qué te parece? —le preguntó mientras se lo mostraba.

Él, en un último esfuerzo, le tiró el cuadro al suelo de un manotazo que se llevó sus últimas fuerzas y su última exhalación.

—Está bien —respondió ella—, acepto que no te guste, pero no vuelvas a llamarlo bodegón. Se llama Naturaleza muerta.

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Olga Besolí
Octubre 2019

Medicina del bosque

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Poesía
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Bárbara González de Murillo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Medicina del bosque.

Ilustración de Bárbara González

Ilustración de Bárbara González

Murmullos entre las hojas:
soy yo, y también vosotros,
y toda esta paz donde puedo
abandonarme a las horas
que, normalmente,
me persiguen con culpa,
demasiado lentas,
demasiado rápidas,
con tantísimas exigencias…
Falta tiempo
y sobran pruebas,
y yo, que me he bajado
del tren en marcha,
circulo por la cañada
de las ovejitas negras.

Pájaros que me responden
cuando silbo esa canción
antigua y misteriosa
que recordé por casualidad,
y que siempre me acompaña
cuando me abandono
en estas tierras.
Batir de alas en el cielo,
las plumas que me encuentro
en medio del sendero de arena
y que atesoro en secreto
para construir altares,
telarañas mágicas,
monumentos a la desnudez,
a la caída de las máscaras,
al aquí y al ahora,
que es lo único que me mantiene
con los pies medio en el suelo,
el corazón encendido
y la risa, alerta.

Encuentros fortuitos
con el zorro, el jabalí, el corzo,
la nutria, la jineta.
Todos los gatos
que he malacostumbrado,
y los que todavía
me miran con extrañeza.
Los cangrejos extranjeros
que he de devolver al agua
para que no se pierdan.
El cuervo, el gorrión, la cigüeña
y, ahí arriba, las rapaces
que todo lo ven
y, si les preguntas,
te lo cuentan.

El sendero alternativo
que a veces me sirve de puerta
a dimensiones paralelas,
a la ruta de los elefantes,
a la fuente de fuego del dragón,
a los cantos dulces de las sirenas,
a la ninfa de las margaritas en el pelo,
a todos los que pueblan estos parajes
y nos tienden una mano,
y celebran con nosotros
nuestras ganas de volar libres,
de soltar lastre
y tocar, como nos corresponde,
las estrellas,
de vaciar de penas el corazón
y de miedo, la cabeza.

Mis árboles,
que me abrazan en silencio
y que hablan entre ellos
entrecruzando sus raíces,
nos cobijan a todos
como amorosas madres de madera.
Tiran de nosotros hacia el suelo
ayudándonos a llegar
al núcleo del planeta,
a construir nuestra casa,
a dejar de flotar sin rumbo
cuando volar demasiado
nos desconcierta.

La vuelta a casa, desperezándome,
a la vez en el aire y en la tierra,
con la mente en silencio
y una sonrisa que me guardo,
porque me he concedido
el derecho a la pausa y a la tregua,
aunque las vecinas no me entiendan,
y hablen de mí cuando piensan
que no me doy cuenta.
Su cháchara me recuerda, cada vez más,
a la cantinela de las gallinitas cluecas.

Ainhoa Ollero Naval

Cazador

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cazador.

De niño empezó por torturar bichos y pequeños animalillos. Una de sus aficiones era quemar con un mechero a las hormigas y observar con gusto cómo se retorcían mientras se abrasaban. También le dio por arrancarles las alas a las moscas y otros seres voladores, como las mariposas y a las libélulas, que atrapaba con su cazamariposas cada vez que la familia iba al completo a celebrar un pícnic campestre. Inmediatamente después de cortarles las alas soltaba a los pobres insectos y esperaba a ver cómo, indefensos en el suelo, eran devorados por sus depredadores naturales.

—¿Qué haces, Jordan?

—Nada, mamá. Disfrutando de la naturaleza.

En una de esas excursiones familiares al campo, un día soleado, encontró a una cría de ardilla herida en el suelo, entre unos hierbajos. Probablemente se había caído en algún vuelo fallido entre árboles. Se acercó y la observó. Al parecer, tenía una pata dislocada y no podía moverse. Inmediatamente pensó que lo mejor sería terminar con su sufrimiento, así que cogió un pedrusco y le aplastó el cráneo con él. La sangre le salpicó la camiseta y le manchó las manos. Por aquel entonces tenía la tierna edad de diez años. Cuando llegó hasta su madre, sin camiseta y con el pelo sucio de tierra, ella no supo adivinar el motivo por el que una sonrisa le cruzaba la cara de oreja a oreja. Tampoco se fijó en sus manos ensangrentadas.

Luego, empezó a experimentar en casa. Su mascota Jimbo fue la siguiente víctima de sus prácticas sádicas. El pobre hámster murió, sin saber nadie el porqué, y tuvo un pequeño enterramiento en el jardín. Fue entonces cuando su atención se desvió al perrito de su madre, Tori. Tori era un caniche dócil, hasta que, sin razón aparente, se volvió agresivo. No dejaba que nadie se le acercara e intentaba morder a todos, Jordan incluido. Nadie en la casa sospechó que este se divertía provocándole descargas con un par de cables pelados y una pila, transformados en un aparato de tortura que había inventado él mismo, ni que se divertía golpeándolo, tirándole de las orejas y pegándole patadas. Al cabo de unos meses Tori fue sacrificado con gran pesar de su familia, especialmente de su madre, que lloró varios días seguidos. Jordan contaba con doce años y un historial de asesinatos que incluían varios gatos callejeros hallados muertos, uno abierto en canal con una hacha,  y un par de gallinas del gallinero del señor Turner, el vecino, encontradas destrozadas. El vecindario empezó a sospechar de una manada de lobos, o de algo similar. Pero lo cierto es que todos murieron a manos de Jordan.

A los dieciséis, su padre le regaló su primera escopeta de caza. Era una pequeña escopeta de balines, con la que salir juntos a por pequeñas presas. Con ella cazó pequeños conejos silvestres y alguna codorniz, y enseguida mostró buena puntería y suficiente sangre fría como para abatir a las presas de un solo disparo. Para Jordan era una diversión sencilla y poco placentera, y le pidió a su padre su segunda escopeta, un poco más grande y de cartuchos. No le satisfizo del todo hasta el día en que, con ella, abatió un jabalí que les salió de improviso de entre los matorrales y que casi se les echa encima. Jordan, con las piernas atrapadas bajo el cuerpo muerto del animal, y con la sangre manando sobre él, descubrió su verdadera vocación: cazador. Pero no un cazador común, como su padre, de los que abundan por las montañas, con su licencia para matar faisanes, tordos y alguna liebre suelta. No. A él ese tipo de piezas no le interesaba; eran demasiado pequeñas y no le satisfacía matarlas. Y no quería ser el tipo de cazador que va una vez en su vida de cacería en un safari y paga una gran suma de dinero por cobrarse una gran pieza africana que le sirva de trofeo, porque ese único instante no le satisfaría para siempre y no era precisamente rico. Pero tampoco quería convertirse en uno de aquellos hombres de las montañas, que cazan asiduamente las piezas justas para su supervivencia, para poder alimentarse y por la piel del animal. No, no quería cazar por necesidad, ni por trofeos. Él sentía esa llamada salvaje, ese impulso depredador: necesitaba disparar y oler la sangre borboteante y espesa que mana de la víctima, cercana y de forma asidua. Necesitaba mirar a los ojos de la presa para ver cómo la vida abandona su cuerpo, cómo el corazón deja de latir.

—Quiero aprender a disparar.

—Bueno, hijo, ya sabes disparar. De hecho, no eres un mal cazador. ¿De dónde crees que salen estas piezas colgadas de tu cinturón, si no?

—No, papá. Esto es una simple escopeta de cartuchos. Quiero aprender a disparar bien, con armas de verdad, rifles de gran calibre y de largo alcance.

—¿Y a qué vas a disparar con eso? Por aquí no hay caza mayor.

—A personas.

—¿Cómo dices?

—Quiero ser soldado.

Y lo fue.

Años más tarde volvió de permiso a casa, convertido en un soldado experto en armas y entusiasmado porque, por fin, se iba a la guerra, a matar terroristas en Oriente Medio. Había quedado el primero de su promoción, y su superior quiso convencerlo de que se alistase como francotirador, por su gran puntería, pero él lo rechazó sin pensárselo. Prefería estar en primera línea de fuego y abatir al enemigo cara a cara, no a una distancia de mil quinientos metros.

La visita al hogar fue corta, y a la semana ya volaba rumbo a Oriente Medio, junto a decenas de compañeros llorosos y acobardados. Él era el único que sonreía en el avión. Y no perdería la sonrisa mientras estuvo en la primera línea de fuego.

Tras dos años de lucha fue ascendido de soldado raso a cabo, porque no había mostrado miedo a nada, ni al dolor, ni al cansancio, ni a morir, más bien al contrario, cuanto más sangrienta era una batalla, más entero parecía estar, mientras sus compañeros de desmoronaban: algunos vomitaban, otros no podían parar de llorar y otros echaban a correr. Esos eran los peores y alguien tenía que pararles los pies para que la deserción no se convirtiera en una plaga. Bajo el mando de su superior él fue el encargado de abatirlos uno por uno antes de que llegaran a líneas enemigas o encontraran refugio.

Sirvió muy bien a sus superiores, incluso en aquellas tareas que nadie quiso realizar como el traslado de los cuerpos de los compañeros muertos, a menudo desmembrados por acción de una bomba, hasta una zona asegurada para preparar la repatriación.

Como consecuencia, en unos meses fue ascendido a sargento, porque era él el que mantenía el espíritu combativo en los momentos más sombríos, cuando una granada alcanzaba la trinchera y mutilaba a unos cuantos soldados, o cuando los compañeros caían como moscas bajo el incesante fuego enemigo. La sonrisa le acompañó durante esos años de guerra. Pero la metralla de una bomba que se le incrustó en la pierna derecha terminó con su diversión y lo llevó al hospital militar, y de ahí a casa.

Allí, contra todo pronóstico, empezó verdaderamente su carrera militar, que le llevó de ascenso a ascenso hasta la cumbre. Fue nombrado general y solamente entonces pudo decidir el destino de sus sueños: Guantánamo.

Allí pudo torturar y vejar a terroristas y talibanes, espías y otros reos, además de hacer desaparecer más de un cuerpo que no resistió los cortes y heridas producidos, o la intensidad de las descargas eléctricas. Daba lo mismo, nadie los echaría de menos. Y allí no estaba solo; había muchos más como él, otros soldados sádicos y asesinos bajo sus órdenes, que sonreían y se hacían selfis junto con los pobres torturados y que exhibían las fotos como quien exhibe un trofeo de caza mayor. Y lo mejor de todo era que, lejos de recriminar su comportamiento, el mundo lo toleraba porque así se sentía a salvo, sentía que sus vidas estaban protegidas, porque había un grupo de indeseables que hacían el trabajo sucio de sacar toda la información posible a unos malnacidos extremistas islámicos para evitar futuros atentados. El mundo entero dormía tranquilo y, cuando alguna filtración periodística denunciaba la transgresión sistemática de los derechos humanos más básicos dentro de ese complejo militar,  miraba para otro lado. Era la forma que tenía de no perder el sueño. También Jordan tenía un plácido dormir.

La vida le sonreía y él le devolvía la sonrisa a la vida. Tenía todo lo que necesitaba para cumplir sus más oscuros y siniestros deseos: dinero, poder, inmunidad y armas de todo tipo a su alcance. A cambio solo le había dejado como secuela una ligera cojera. Pero la muerte no es tan benévola como la vida, y se lo llevó por delante de la forma más impensable: un noche de tormenta y lluvia, cuando se dirigía al barracón de tortura llevando su cuchillo especial serrado, inspirado en el de Rambo en la película, un rayo le cayó encima, entrando por la punta de la hoja y atravesando su cuerpo por completo. Cayó fulminado.

Ilustración de Rosa García

Cuando despertó, solamente sintió la fría humedad del suelo embarrado bajo sus patas, ahora tan livianas que casi ni podía controlarlas. Y notó algo a su espalda, algo que se movía y lo inquietaba. Cuando miró a su alrededor, solamente vio un millón de enormes moscas a su lado, agitando unas alas que parecían de cristal. Ajeno a su propia existencia, desplegó sus alas y las batió fuertemente. Salió volando de ahí, con tan mala suerte que cayó en una red  para mariposas. Unos enormes dedazos lo sujetaron. La punzada de dolor que sintió cuando le arrancaron las alas hizo que casi se desmayara, pero no tuvo ni tiempo para eso. Lo tiraron al aire y cayó pesadamente sobre el suelo. Allí, un enorme escarabajo lo partió en dos con sus pinzas y se lo comió, empezando por las entrañas.

La oscuridad se cernió de nuevo sobre él, y en esos segundos entre una vida y otra, un atisbo de su propio ser destelló en su conciencia y lo supo: eso era solamente el principio de lo que le esperaba. Los mecanismos del cosmos se habían puesto en marcha y la ley del karma le haría vivir desde el otro lado todas las atrocidades perpetradas. ¿Era un modo de aprendizaje? ¿Era un castigo? ¡A quien le importaba! El destello de consciencia desapareció y una luz húmeda se abrió paso en la semioscuridad. Avanzó a saltitos hacia la luz y salió del nido. Estaba en lo alto de una rama y enfrente había otro gran árbol, frondoso, con un montón de nueces. Otras ardillas le mostraban el camino. Solamente tenía que correr hasta el extremo de esa rama, tomar impulso y saltar hacia la más cercana del otro árbol. Igual que lo hacían las demás. Allí le esperaba el banquete. Era fácil; si otras lo habían logrado, él también podía hacerlo. Así que se afiló los bigotitos con sus manitas y se preparó para dar el gran salto.

 

Olga Besolí
Agosto 2019

Gato lunero, cascabelero

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Poema corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato lunero, cascabelero.

Ilustración de Rosa García

Gato lunero, cascabelero
Gato lunero en el alero
Gato calado en el teclado
Gato que gatea en la azotea
Gato mojado en el tejado
Gato que huele una azalea, el pobre se marea
Gato callado sobre el vallado
Gato caliente mira a poniente
Gato amarrado en un emparrado
Gato travieso, color de hueso
Gato mentiroso, gato supersticioso
Gato tramposo, gato oloroso
Gato fiel que sabe a miel
Gato tenebroso, gato portentoso
Gato que lucha y rompe la hucha
Gato escaldado no está acorralado
Gato travieso me lanza un beso
Gato sonriente, gato convincente
Gato divino eres más que un minino.
Gato amoroso, gato sabroso, gato saleroso y gato charloso.
Quiero tener un gato para divertirme un rato.
Quiero abrazar a un gato para sentir su tacto.
Quiero su compañía porque sé que me da alegría.
Te quiero gato, mi amor, te quiero con devoción.
Pon un gato en tu vida y serás más feliz que una perdiz.
Y de paso le puedes dar a tu gato un poco de regaliz.

Paloma Muñoz

El espíritu familiar

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019