No me dejes sola

Autor@: 
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Suspense
Rating: + 16 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me dejes sola.

Estar solo puede provocar un miedo atroz,
pero hay un miedo peor:
estar siempre acompañado.

La música salía de los altavoces del coche. Un coche demasiado nuevo y demasiado caro como para ser propiedad de su conductor. Aunque en aquel momento ni siquiera estaba sentado en el asiento del piloto.

—Para, Rubén —dijo la chica, estirando de su falda y sacando la mano del chico.

—Venga, Sofía, vamos a hacerlo —dijo el chico acariciándole la pierna hasta el borde de la falda.

—Que no, que todavía no. Vamos a seguir con lo que hacíamos.

—Venga, mi vida, ya llevamos saliendo un montón, no puedo más, te deseo.

A ella le gustaba oírle decirlo, incluso la excitaba y hacía que deseara decirle que sí, que no parara, pero una parte de ella, que todavía coqueteaba con la infancia, oponía resistencia.

—Esto está muy bien, venga, bésame —dijo ella poniéndole la mano en su pecho—. ¿Es que no te gustan?

—¡Me vuelven loco! Toda tú me vuelves loco. Por eso quiero… más y estoy seguro de que tú también. Venga, mi amor…

—Nooooo —dijo y volvió a subirle la mano y le besó intentando no escucharle.

—Te quiero, Sofi —le susurró él al oído cuando separó los labios de su boca.

Ella sintió que su corazón iba a estallar. Era la primera vez que le decía te quiero. Se sintió la chica más afortunada del mundo. No había parado de sentirse así desde que empezaron a salir, tres meses antes. Rubén era guapísimo y tenía un cuerpo perfecto. Todas las chicas estaban por él. Sus padres estaban forrados, lo que se notaba no solo en el BMW que estrenaban esa noche y que le acababan de regalar nada más sacarse el carnet a los dieciocho. Aunque eso a ella no le importaba demasiado, ni que todas la envidiaran, sobre todo después del mal rato que le hizo pasar la ex de Rubén cuando se enteró de que salían. Ella también era muy guapa y lo sabía, a pesar de la modestia que intentaba aparentar ante los demás, y solo tenía dos años menos que él, pero se sentía a veces demasiado niña como para que ese chico estuviese por ella y para hacer todo lo que estaban haciendo.

—Yo también te quiero —le susurró ella, muriéndose de vergüenza.

Se volvieron a besar hasta que él separó de nuevo los labios de su boca, pero esa vez no los llevó a decirle algo al oído. Los bajó por el cuello. No se paró y siguió bajando.

Sofía no supo si iba a tener fuerzas para decirle que parase. Abrió los ojos y lo vio.

Gritó.

—¡¿Qué pasa?! —gritó Rubén sorprendido.

—Ahí fuera. Hay alguien —dijo ella temblando y tirando de la camiseta para taparse los pechos.

—¿Fuera? ¿Quién es? ¿Le conoces?

—No, no. No le he visto bien. Llevaba puesta una capucha, como de una sudadera y tenía algo pegado al cristal, parecía un móvil.

—¡Será cerdo! ¡Nos estaba grabando! Se va a enterar.

Rubén abrió la puerta para salir.

—¡No! No salgas. ¿Y si te hace algo?

—¿Hacerme algo? Le voy a partir la cara.

—No, por favor, no salgas. Me da miedo. Vámonos de aquí.

Le hizo caso y no salió. Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Ella se sentó su lado y él la acarició la pierna y la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy muy asustada. No dejo de ver la silueta, mirándonos.

—No lo pienses más, era solo un mirón. Tenías que haberme dejado salir.

—Me daba miedo, no quiero que te pase nada… y no quería quedarme sola.

Se besaron y él dudó entre apretar el acelerador o parar el motor.

—Vámonos —dijo ella, todavía algo temblorosa.

El chico puso el coche en movimiento.

—Te quiero —dijo él mirándola.

—Te quiero —respondió ella mirándole.

Y si no se hubieran mirado mutuamente durante ese instante, quizá habrían visto junto a la señal del límite de velocidad una figura con la cabeza tapada por la capucha de una sudadera, mirándoles.

Aquella noche Sofía no durmió bien. En sus sueños se aparecía constantemente la figura del encapuchado y ella se despertaba alterada. Se pasó toda la mañana inquieta, mandando mensajes a Rubén, sin ser capaz de atender en clase. A la salida habían quedado para comer en un burguer. Cuando llegó se abalanzó sobre él y le abrazó.

—Vaya mala cara tienes, Sofía. ¿No has dormido bien? No creo que haya sido por Rubén —dijo Fran, uno de los amigos de Rubén.

Estaba tan deseosa de verle que no se había dado cuenta de que estaba con él.

—Cállate, imbécil —dijo Rubén y le dio un puñetazo en el hombro.

A Sofía no le caía muy bien Fran, ni tampoco el resto de sus amigos. Eran muy prepotentes, todo el día presumiendo de lo que tenían y con comentarios hacia las chicas, y echándoles unas miradas asquerosas. Todo lo contrario a Rubén. No entendía cómo podía ser amigo de ellos.

—Es que he estado estudiando toda la noche —mintió ella.

—Ya, claro. Oye, Sofía, que yo saco muy buenas notas, cuando quieras estudio contigo, que Rubén es muy torpe.

—Largo —dijo Rubén.

Fran se fue riendo.

—Lo siento, Sofi. Fran es gilipollas.

—¡Cuántas ganas tenía de verte! —le abrazó de nuevo.

—Venga, vamos a pedir. Estoy hambriento, ¿tú no?

—No tengo ni hambre. Solo quería estar contigo.

Se abrazaron de nuevo y se besaron.

—Yo también te he echado de menos.

—No puedo estar sin ti. Es como si yo fuera la Luna y tú la Tierra, no puedo dejar de dar vueltas alrededor de ti, te necesito.

—¿Yo soy la Tierra? Vale, me mola.

Pidieron y se sentaron, y cuando estaban sumidos en un nuevo beso alguien les interrumpió.

—Por favor, ¿por qué no os vais a un motel? Dais asco.

Sofía se sobresaltó, aunque sintió cierto alivio al ver que era Elena, la ex de Rubén.

—Déjanos en paz, Elena —dijo Rubén.

—Si yo os dejo en paz, a mí qué más me da lo que hagáis, pero aquí la gente viene a comer, y sois de potar. Aquí, la mosquita muerta es toda una guarrilla, ¿eh?

—¡Ni se te ocurra insultar a Sofía! —le gritó Rubén.

—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer? Y no la insulto, solo que para ser menor de edad se la ve muy experta. Recuerdas que es menor, ¿verdad?

—Sí, es menor, pero mucho más madura que tú.

—Claro, ese tipo de madurez es lo que te gusta a ti.

Elena se fue.

—¡Vaya tarde! Espero no encontrarnos a ningún gilipollas más —dijo Rubén.

—Elena sigue estando por ti, por eso lo ha hecho.

—Pero decir lo que ha dicho de ti… eso es pasarse.

—Venga, nadie nos puede estropear la tarde. Somos la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Nos movemos juntos.

—¿Has oído lo del eclipse?

—No, ¿cuándo es?

—El domingo. Han dicho que hay eclipse de luna, y que se verá de un color rojo impresionante. Podríamos verlo juntos.

—¡Claro!

Siguieron comiendo, entre besos y caricias. Cuando fueron a recoger, Sofía se dio cuenta de que había algo debajo del mantel de su bandeja.

—Rubén, mira —dijo temblorosa.

Le mostraba un papel blanco en el que había cuatro letras escritas en rojo y en mayúsculas: “PUTA”.

—Pero qué… —dijo Rubén arrugando el papel y tirándolo al suelo—. ¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Mira!

Rubén señaló hacia la calle. Al otro lado de la cristalera un chico con una sudadera con la capucha tapándole la cabeza los miraba.

—¡Es él otra vez! ¡Lo ha puesto él! —gritó Rubén, llamando la atención de todo el mundo—. Se va a enterar.

Salió corriendo sin hacer caso a Sofía, que le pedía que no fuera. Cuando llegó al otro lado el chico había desaparecido.

Cuando volvió al lado de Sofía ella estaba temblando, sujetando el papel que había arrugado Rubén.

—¿Por qué? —preguntó sollozando.

—Ese tío está pirado, la próxima vez no se me escapa. La pena es que no he podido verle bien la cara. Tira ese papel.

—Yo sí.

—¿Sí? —dijo Rubén sorprendido.

—Sí, yo le conozco.

—¿Que le conoces? ¿Estás segura? Desde aquí está un poco lejos.

—Sí, sí. Le conozco. Se llama Marco, le conozco desde pequeña, era amigo mío. Cuando fuimos creciendo nos separamos un poco. Siempre pensé que estaba por mí.

—¿Y por eso te está asustando ahora?

—Me cuesta creer que haya sido él. Sí que puede que esté un poco obsesionado conmigo, pero es muy bueno. Un poco raro, sí, pero siempre me ha tratado muy bien. No puede haber sido él.

—Pues todo cuadra. Sudadera con capucha, como el tío de anoche, ahora la nota en tu comida y él está aquí.

—No creo que me hiciese daño. ¿Y cómo va a haber puesto la nota aquí sin darnos cuenta?

—No lo sé. Tampoco hemos estado muy pendientes de nada, yo estaba entretenido con la luna.

Sofía sonrió.

—Si ese chico está por ti, vernos anoche quizá le ha trastornado. Hasta que nos ha interrumpido Elena, podía haber estallado aquí mismo una guerra y no me habría enterado.

—¡Elena! ¿A lo mejor fue ella? Ha estado a nuestro lado, seguro que dejó ella la nota.

—¿Y la capucha del tío de anoche?

—Quizá fue ella.

—¿No decías que era un chico?

—Supuse que era un chico, pero no se le veía bien, podía ser una chica con una sudadera tapándose la cabeza.

—¿Elena? No creo.

—¿Y no te parece raro que diga que soy una guarra y una experta? Seguro que nos vio.

—O ese tío lo grabó y ha subido el vídeo y ella lo ha visto.

Sofía se puso pálida.

—No puede ser, no puede verme todo el mundo… así.

—Tampoco es para tanto, solo nos enrollamos.

—¿Solo? Recuerda que me quitaste… ya sabes. Y Fran también ha hecho un comentario, como suponiendo que hicimos algo…

—Fran es gilipollas.

—¿Y si él también ha visto el vídeo?

—No creo, me lo habría dicho.

—¿Seguro?

—Se lo preguntaré, si lo ha visto me lo dirá. Pero no te preocupes, Sofi, no hay vídeo. Estaba oscuro y los cristales empañados. Si grabó algo, no se verá nada. Elena está celosa y Fran es imbécil. En cuanto a tu amigo… como vuelva a aparecer, le parto la cara.

—Tengo miedo, Rubén.

—No te preocupes, Luna, la Tierra no dejará que te pase nada. Venga, deja la nota en la bandeja, voy a tirarla.

Sofía dudó en quedársela, pero finalmente Rubén la cogió y la tiró con el resto de sobras.

Esa misma tarde estaban los dos en la comisaría con el padre de Sofía. Ella no aguantó más y se lo dijo, aunque no con todos los detalles, y su padre insistió en que había que denunciarlo, que ese chico podría hacerle algo. Rubén se opuso, dijo que él se bastaba para defenderla, pero no le convenció.

En la comisaría les atendieron enseguida. Una mujer policía se llevó aparte a Sofía para hablar con ella.

Una hora más tarde llegó el chico con la misma sudadera con capucha que llevaba en la comida y le pasaron a una sala. Minutos más tarde llegaron dos hombres. A uno de ellos le conocían Sofía y su padre: era el padre de Marco. Cuando pasó a su lado apartó la mirada.

Una hora después salieron junto al chico.

—¡Qué! ¿Le van a soltar? —gritó Rubén.

El padre de Sofía se acercó a la policía que había estado con su hija.

—¿Le soltáis?

—No podemos hacer otra cosa.

—¿Cómo que no podéis hacer otra cosa? Mi hija corre peligro.

—Lo siento. No podemos hacer nada más. No tenemos nada.

—¿Nada? ¿Y la nota? ¿Y la capucha?

—Pero nada demuestra que fuera él. La nota ni la tenemos para analizar las huellas. Y lo de por la noche… tiene una coartada: estaba en su casa, su padre lo ha confirmado.

—¡Miente!

—Probablemente. Pero no tenemos pruebas y además es menor y su abogado muy bueno, no hemos podido presionarle nada para que cometiera un error. Sofía, ven. Mira, este es mi número. Si alguna vez te sientes en peligro, por cualquier cosa, llámame. Hazlo, Sofía, por cualquier cosa.

—Gracias, Berta.

Al salir de la comisaría Sofía todavía temblaba.

—No me lo puedo creer —dijo Rubén—. Ese cabrón está ahí.

Salió corriendo hacia un chico con una capucha que, al verle, intentó huir. Rubén, mucho más en forma que él, le alcanzó y le dio un puñetazo en la cara.

—¡Me has roto la nariz! —dijo Marco sangrando abundantemente.

—Y más que te voy a romper como sigas detrás de Sofía.

—¡Eres tú el que tiene que alejarse de ella! —gritó el chico.

Rubén iba a golpearle de nuevo cuando le sujetaron varios policías.

—Para, te vas a meter en un lío, chaval —dijo Berta.

Los policías se llevaron al chico justo cuando Sofía llegó hasta Rubén.

—¿Qué te ha hecho? ¡Estás lleno de sangre!

—No te asustes, no es mía. Es de ese capullo. Estoy seguro de que no te va a molestar más.

Tuvieron que volver a entrar a la comisaría y salieron más tarde con una denuncia contra Rubén por agresión, aunque a él no le importó.

Al día siguiente Sofía seguía nerviosa. Se asustaba con cada ruido y con cada aparición inesperada. Rubén intentaba calmarla, convencerla de que después del susto que le dio, Marcos no volvería a molestarla, que lo mejor era distraerse y pasárselo bien. Le dijo que podían salir esa misma noche. Sofía no estaba muy convencida, pero al final aceptó. No podía pasarse la vida con miedo.

Fueron a un pub que estaba repleto. Se encontraron con algún amigo de él, lo que no le hizo mucha gracia a Sofía, y también con alguna amiga de ella. Se alegró de haberse dejado convencer. Allí bailando y besando a Rubén, pareció olvidarse de todo.

Después de su canción se fundieron en un largo beso.

—Ahora vengo —dijo Rubén.

—¡No! No te vayas. Voy contigo. La Luna va adonde vaya la Tierra.

—Menos cuando la Tierra se está meando. No tardo nada.

Ella hubiera preferido ir con él, pero se quedó hablando con una chica de su clase.

Rubén tardaba. Había dicho que volvía enseguida, pero hacía más de diez minutos que se había ido. Pensó que quizá habría mucha cola, pero lo descartó. En el servicio de tíos nunca había cola. Quizá no solo tuviera ganas de hacer pis. Apartó esa imagen de su cabeza. No paraba de mirar hacia los aseos, pero Rubén no salía.

Estaba inquietándose, aquello no era normal. Tenía que haberle pasado algo. Tenía que ir a buscarle.

Fue hacia el baño, intentando convencerse de que Rubén estaba bien. Cuando fue a empujar la puerta se dio cuenta de que le temblaba la mano. La puerta se abrió rápidamente y alguien chocó contra ella.

—Perdona, no te había visto —se disculpó un chico que le sonaba que conocía a Rubén—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Has visto a Rubén?

—¿Rubén? Ah, sí, le vi hace un rato.

Entró y fue hacia la puerta del servicio de chicos. Gritó su nombre. No obtuvo respuesta. Gritó más fuerte, golpeando la puerta con los nudillos, como si fuese posible que Rubén no oyese su voz pero sí los golpes.

Nadie contestó.

Seguro que le había pasado algo y estaba dentro. Tenía que entrar. Empujó la puerta intentando no fijarse en el temblor de los dedos.

Entró. Volvió a pronunciar su nombre, más bajo, como si supiese que no podría oírla. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas, menos la última. Fue hacia ella, despacio, mirando en cada uno de los cubículos vacíos.

Se detuvo ante la última puerta y le llamó de nuevo, muy bajo, sollozando, esperando poder oírle. Pero no le oyó.

Empujó la puerta, muy flojo. Buscó alguna de las fuerzas que la habían abandonado y empujó más fuerte.

Nada.

Sintió alivio, que fue interrumpido por un portazo en la entrada del baño. Gritó.

Alguien la había estado observando. Se sintió atrapada, a merced de su acosador en el baño de los tíos. Corrió hacia la puerta, empujando con fuerza, perdiendo el equilibro al salir. Al levantarse miró hacia la puerta del servicio de las chicas. Había una silueta, la misma que forma una sudadera con la capucha puesta.

Gritó y se arrastró hacia la salida intentando levantarse para correr. Él estaba allí, pero ¿dónde estaba Rubén? ¿Qué le había hecho? Era mucho más fuerte que él, tenía que haberle pillado desprevenido… o con algún arma. Quiso detenerse y enfrentarse a él, encontrar a Rubén, pero el pánico la superaba.

Abrió la puerta y la música del pub inundó la entrada de los baños. Con la música a ese volumen era imposible que nadie la hubiera oído gritar. Y a Rubén tampoco.

Corrió mirando hacia atrás, viendo cómo la puerta se abría y aparecía el chico. Se chocó con alguien.

—¡Eh, cuidado! —dijo Fran.

—¡Me persigue, quiere hacerme daño, como a Rubén! —dijo histérica.

—¿Quién?

—¡El chico de la capucha! ¡Allí! —señaló hacia los baños.

—Ahí no hay ningún chico con capucha.

Miró. Era cierto, no estaba. Miró hacia la izquierda y luego a la derecha y le vio junto a la barra.

—Allí en la barra.

Fran miró.

—Allí tampoco está.

Sofía volvió a mirar y tampoco le vio. Miró rápidamente hacia todas partes.

—Allí, en la pista.

—No hay nadie con capucha, Sofía. ¿Qué te has tomado? Vamos a buscar a Rubén. ¿Dónde está?

—¡No lo sé! ¡Él le ha hecho algo!

Volvió a mirar a todas partes como poseída y volvió a verle, pero esta vez no estaba quieto, iba hacia ella.

—¡Viene a por mí! —gritó y corrió en sentido contrario.

—¡Espera, Sofía! ¡No hay nadie!

Pero no se detuvo. Fue hacia la salida. Miraba hacia atrás y le veía, siguiéndola, con paso firme, alimentando su miedo.

Salió a la calle. Gritó pidiendo ayuda, pero no le dio tiempo a que nadie lo hiciera. La puerta del local se abrió y salió el chico. Echó a correr. Miraba hacia atrás. El chico la seguía andando, lo que le permitía aumentar la distancia. Giró en una calle. Le ardían los gemelos y le faltaba el aire. No podía correr más. Giró de nuevo en la siguiente calle, mirando hacia atrás. No le vio. Quizá le hubiera despistado, si había dejado de verla, no sabría hacia dónde había ido, pero no podía quedarse en medio de la calle. Vio unos cubos de basura y se escondió detrás. Esperaría allí escondida, hasta asegurarse de que no la seguía.

Tenía miedo, tenía que apretar los dientes para que no le castañetearan. Deseaba que Rubén estuviera con ella, pero no sabía si él estaba… ¡Podía llamarle! ¿Por qué no se le había ocurrido? Sacó el móvil y se le cayó al suelo. Lo recuperó. Lo estaba desbloqueando cuando oyó pasos. ¡No le había despistado!

No se atrevía a moverse. Los pasos sonaban cada vez más fuertes. Estaba muy cerca. Le sentía. Oía su respiración.

—¿Sofi? ¿Estás ahí?

El sobresalto inicial se tornó en un llanto al reconocerle. Miró y salió de su escondite.

—¡Rubén, estás vivo! —Salió de su escondite y le abrazó.

—Pues claro que estoy vivo. ¿Pero qué haces aquí? Te vi salir corriendo y vine detrás de ti.

—Él, él. Estaba dentro, en el baño… te había… y luego iba a por mí… y me perseguía… ¡Puede aparecer! Tenemos que escondernos…

—Tranquilízate, Sofi. No hay nadie. Estamos solos.

—¿Estás seguro?

—Sí, he venido detrás de ti y no te seguía nadie. Cuéntame qué ha pasado. ¿Estaba Marco?

—Sí. Como tardabas en salir me asusté y fui a buscarte. Pensé que te había pasado algo. ¿Por qué no saliste? ¿Dónde estabas?

—Salí enseguida, pero justo me llamaron. Mi padre. Como no le oía con la música salí fuera. Vi que estabas hablando con la chica esa de tu instituto y no te dije nada.

—¡Tenías que habérmelo dicho! ¡Pensaba que te había pasado algo!

—Perdóname, tienes razón. Es que mi padre me agobia mucho. No suele llamarme… a estas horas.

—¿Era importante?

—No, que se había ido el fin de semana con una amiga, no sé dónde, a ver el eclipse. Pero eso da igual. ¿Dónde le viste?

—En el baño. Fui a buscarte y no estabas, pero él apareció en la puerta. Salí corriendo y él fue detrás. Me choqué con Fran y el chico estaba por todas partes.

—¿Fran? ¿Y no te ayudó?

—Decía que no le veía, pero vino hacia a mí. Salí corriendo. Él me seguía, pero no paré hasta esconderme aquí.

—¿Y estás segura de que te seguía?

—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a estarlo?

—Es que cuando saliste te vi y fui detrás de ti, y no vi a nadie.

—Pero estaba, te lo juro. Iba a por mí. No estoy loca, de verdad.

—Claro que no lo estás, Sofi. Pero has tenido mucha presión, es normal que estés asustada y a lo mejor has pensado lo que no era.

—Pero estaba, de verdad.

—Seguro que sí, pero has dicho que Fran tampoco le vio.

Ella se calló. Estaba segura de que le había visto. Iba a por ella. Pero ¿y si no estuviera? ¿Y si se lo hubiese imaginado todo? Era tan real…

Lloró y abrazó a Rubén.

—Vámonos, te llevo a casa. Lo mejor es que descanses. Quizá no era tan buena idea salir esta noche.

Caminaron hasta el coche. Él abrió la puerta para ayudarla a subir, pero nada más hacerlo se quedó parado mirando hacia el interior.

—¡Qué hijo de puta! Tenías razón, Sofi. Él estaba aquí.

No pasaron ni diez minutos desde que Sofía llamó a Berta hasta que llegó a donde estaban.

—¿Lo ha tocado alguien más? —preguntó, sujetando con unos guantes la hoja de papel que encontraron en el coche, sobre el asiento del acompañante.

—Solo nosotros —dijo Rubén—. Y ese chico, claro.

—Bien, así podremos identificar las huellas. Necesito que vengáis a la comisaría para tomaros vuestras huellas y poder aislar las del que lo ha hecho. ¿Podrás, Sofía?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces ahora le podéis detener, ¿no? —dijo Rubén.

—Si conseguimos una huella suya y está aquí, podremos acusarle de amenazas, pero no va a ser fácil, su abogado no nos dejó tomarle huellas y no será fácil ahora tampoco.

—¿Y la sangre? —preguntó Rubén.

—Eso sería determinante para denunciarle y vigilarle, pero conseguir una muestra del chico va a ser todavía más difícil.

—¿Y si os la diera yo?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sacársela?

—Ya lo hice. Cuando le pegué me llenó la camiseta de sangre. Todavía no la he tirado.

—Si la sangre de esa camiseta es la misma que la de este papel, ni su abogado podrá hacer nada. —Berta se quedó mirando la hoja—. Hay que estar muy enfermo para hacer esto.

Y la metió en una carpeta de plástico, sin poder olvidar el dibujo, con un círculo negro, rodeado por un aro coloreado con sangre y una leyenda inferior en la que, también escrita con sangre, se leía:

PUTA

EL ECLIPSE TE RODEARÁ DE SANGRE

Ilustración de Rosa García

Fueron a la comisaría a que les tomaran las huellas. Después fueron al hospital, aconsejados por la policía. Allí a Sofía le mandaron unas pastillas para relajarse y poder dormir. Rubén insistió en quedarse en casa de Sofía, pero su padre se opuso.

Después, Rubén volvió a la comisaría a llevarles su camiseta llena de sangre.

—Mañana es el eclipse —le dijo Berta—. Intentaré acelerar el análisis y haré todo lo posible para que ese chico no pueda acercarse a ella.

A primera hora de la mañana siguiente Rubén fue a casa de Sofía. Era el día del eclipse y no tenía la intención de separarse de ella ni un segundo. Cuando llegó, los relajantes habían hecho su función y Sofía seguía durmiendo. Su padre le invitó a que esperara con él a que ella se despertara. Si bien desde que supo que su pequeña salía con aquel chico decidió odiarle el resto de su vida, la preocupación que mostraba por ella había hecho que empezara a simpatizar con él.

Estaban tomando un café cuando sonó el móvil del chico.

—Es la policía..

—Hola, Rubén —dijo Berta—. He llamado a Sofía, pero su móvil está apagado. Está bien, ¿verdad?

—Sí, sí. Está durmiendo. ¿Qué pasa?

—Presioné un poco para acelerar los análisis. En el papel solo han encontrado vuestras huellas. Debió de usar guantes. Aparece otro tejido en los análisis, pero tu idea de la camiseta ha funcionado: la sangre que hay en ella y la del dibujo son de la misma persona.

—¡Lo sabía! ¿Le habéis detenido ya?

—No. Pedí la orden de detención y en cuanto llegó iba a salir a por él, pero se han presentado sus padres en la comisaría..

—¿Sus padres?

—Han venido a denunciar su desaparición. Ayer no volvió a su casa.

Dos horas después la mujer policía estaba en casa de Sofía intentando tranquilizarla. Había sufrido un ataque de ansiedad cuando Rubén le contó la confirmación del análisis y que no habían podido encontrar al chico.

—No te preocupes, Sofía. No te va a poder hacer nada. Habrá un coche patrulla todo el día abajo y no se podrá acercar a ti. Si lo hace, le detendremos.

—Estoy pensando… —dijo Rubén—… que aquí corre peligro. Ese chico está loco y no se va a asustar por un coche patrulla.

—Pero no puedo traer más, uno de vigilancia y yo puedo quedarme en mis horas libres.

—Pero podemos tenderle una trampa —siguió Rubén—. Que piense que ella está aquí y cuando se acerque, detenerle. Pero ella no puede ser el cebo, no permitiré que corra ningún peligro. En el chalet de mi padre tenemos un sótano, es como un pequeño búnker, está acondicionado para ocio, pero lo concibieron como refugio si estamos en peligro, por si entra alguien a robar o lo que sea. Sofía y yo podemos escondernos allí hasta que le detengáis aquí.

—Yo voy también —dijo el padre de Sofía.

—A lo mejor ese chico está vigilando el edificio y si te ve salir se mosquea y no vendrá y esto no acabará nunca. Puedo meter el coche en el garaje del edificio, bajar con Sofía, que se esconda en el maletero e irnos sin que él la vea, por si está vigilando.

A las seis de la tarde, tres horas antes del eclipse, habían ejecutado el plan y Sofía y Rubén se encerraron en el sótano del chalet mientras Berta y el padre de Sofía esperaban en la casa a que apareciera Marco.

—Tranquila, Sofi —dijo Rubén, haciendo girar la llave en la cerradura de la puerta del sótano—. Esta puerta es acorazada, la única manera de entrar aquí es estar ya dentro. Aquí estás a salvo.

Vieron la tele un rato y comieron algo. Sofía era feliz, en aquel pequeño mundo, con él, sin nadie de quien preocuparse, ni chicos encapuchados, ni ex celosas, ni amigos estúpidos.

Al terminar el capítulo de una serie, cambiaron de canal y aparecieron las noticias en las que hablaban del eclipse que sucedería en menos de una hora.

Sofía se alteró, le faltó el aire.

—Va a venir… va a venir… quiere hacerme daño…

—Tranquila, Sofi. Aquí estás a salvo. Yo te protejo, la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Aquí no puede entrar el Sol, aquí no va a haber ningún eclipse. Quizá… deberías tomarte las pastillas. Así te relajas y descansas hasta que pase todo.

Sofía le hizo caso, necesitaba liberarse de esa angustia. Al poco rato empezó a sentir la calma y se tumbó en el sofá junto a él.

—Te quiero —le susurró él al oído.

Ella le besó.

Mientras, en casa de Sofía, su padre y Berta esperaban.

—¿Crees que ese chico vendrá? —preguntó el padre.

—Sinceramente… no creo que llegue aquí arriba. Ese chico está perturbado, pero se asustará al ver el coche patrulla. Es un crío. No creo que pueda despistarles y subir hasta aquí, pero está obsesionado con Sofía y hará todo lo posible por estar cerca de ella durante el eclipse. Cometerá algún error, le verán abajo y le detendrán.

En ese momento sonó su móvil.

—Seguro que ya ha picado. —Descolgó—. Ah, eres tú. ¿Qué pasa?

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño a cada palabra que oía a través del teléfono.

—¿Qué pasa? ¿Sofía está bien? —preguntó el padre alterado.

La mujer asintió. Y colgó.

—Ese chico es un perturbado, pero ha cometido un error. Vamos a por él —dijo mientras marcaba un número—. ¿Vicente? Apunta esta dirección. Manda a todos los que puedas.

Rubén prosiguió los besos que le dio Sofía. Le acarició el pelo, el cuello, deslizó la mano por debajo de su camiseta. Ella le acompañaba, temblando a cada movimiento de él. Pero de repente tembló algo más.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Sofía.

—Nada, será mi corazón. Sigue besándome.

Ella volvió a hacerlo, aunque ya no tenía la misma pasión.

—Para, para, no puedo —dijo sacándole la mano de la camiseta.

—Lo siento, mi vida, perdona.

Él se sentó y la miró. Ella le miró. Cuánto le amaba.

Sin que ella supiese cómo, Rubén movió rápidamente el brazo y la golpeó en la cara.

Sofía se quedó inmóvil. Debía haberse quedado dormida y era una pesadilla… de no ser por el dolor que sentía en la mejilla y el fluido que notaba que la recorría.

—¡Puta de mierda! —le gritó Rubén y volvió a golpearla.

—Qué.. qué… —balbuceó llorando.

—¿Un ruido? ¿Has oído un ruido? ¿Sabes qué es? Tu amiguito.

Se levantó y abrió el armario que estaba frente a ellos, apareciendo atado y amordazado el chico con la capucha, sangrando por la nariz, intentando gritar.

—¡Marco! ¿Pero qué…? ¿Qué pasa, Rubén? —lloraba—. Estoy dormida, ¿verdad?

El mareo y la somnolencia que le comenzaron a provocar las pastillas la empezaron a sumir en una bruma irreal.

—¿Qué pasa? Te voy a decir lo que pasa: mil euros.

—No te entiendo…

—Mil putos euros me hiciste perder. ¿Te acuerdas de la noche en mi coche cuando casi follamos? Sí, ¿verdad? Pues me hiciste perder mil euros. Los que me aposté con mis colegas cuando te conocí en la fiesta esa. Mil euros a que te follaba en menos de tres meses. Y sí, hacía tres meses. Ah, el tío que miraba desde fuera no era este gilipollas, era Fran, que tenía que grabarlo como prueba de que lo había conseguido.

Ella lloraba.

—No… no… quiero despertarme, esto no es real.

—No, no estás dormida. ¿Creías que todo iba a quedar así? Primero pensé en asustarte, con la nota de “PUTA” debajo de tu hamburguesa. ¿En serio pensaste que fue Elena? La pobre llevó fatal que cortase con ella, pero necesitaba hacerlo para salir contigo. Ah, por cierto, hemos vuelto. Precisamente ahora piensa que estoy cortando contigo. De hecho lo estoy haciendo —rio.

Sofía no paraba de llorar. Todo le daba vueltas.

—¡Lo que me costó que tiraras el papel! Lo reconozco, fui muy cutre y no me esmeré mucho, ese papel me hubiera delatado si llega a la policía. Soy un tío con suerte. Cuando vi a este friki fuera con la sudadera, igual que Fran, se me ocurrió darte un buen susto de verdad. ¡Encima le conocías y estaba enamorado de ti! Por cierto, siento lo de tu nariz —dijo mirando a Marco—. No era nada personal, pero tenía que quedar bien. Y la sangre en mi camiseta me sirvió para hacer la nota del eclipse. Ahí estuve colosal. Se fastidió un poco cuando este se presentó ayer por la tarde en mi casa para decirme que te dejara en paz. Me mosqueó, la verdad. ¿Quién se creía que era para venir a mi casa a darme órdenes? Total, que le zurré de nuevo y se me ocurrió lo del dibujo y encerrarle aquí. Así conseguiría darte tu merecido y encima cargaba él con el muerto. Menos mal que vino, no me quedaba sangre para las letras. En la discoteca me fui al baño y luego salí al coche a dejar el dibujo sobre el asiento. Me puse la sudadera y volví al local. Lo demás ya lo sabes. ¡Estabas tan graciosa cuando Fran te decía que no me veía! Y ya corriendo, ni te cuento.

—¿Qué quieres? ¿Qué vas a hacer? —gimió Sofía.

—Follarte, por supuesto. Vale que he perdido la apuesta, pero, joder, estás muy buena.

Se acercó y le rompió la camiseta y le bajo las mallas, dejándola desnuda. Ella intentó taparse torpemente, pero él cogió una cintas y le ató las manos y las piernas a las barras del sofá.

—Está buena, ¿eh? —dijo mirando al chico, que intentaba gritar y se revolvía—. Qué coño, cuando termine yo te dejo que te la tires, por todo lo que hemos vividos juntos.

—No, por favor, no. No lo hagas —sollozaba Sofía—. Te descubrirán, irás a la cárcel.

—¿Descubrirme? ¿Quién se lo va a decir? Ah, perdonadme, se me olvidaba deciros que os voy a matar. Bueno, yo no. Bueno, sí. A ver, la versión oficial es que tú y yo hicimos el amor, tengo que justificar mi semen en tu vagina, pero este se había colado aquí antes de que llegáramos y me golpeó y quedé inconsciente, luego te violó y te mató, creo que con un cuchillo. Lo de su semen en tu vagina, no te preocupes, ya lo tengo solucionado. No preguntes, no ha sido agradable. Yo recuperé la consciencia y le disparé con una pistola de mi padre y le maté. Por desgracia no llegué a tiempo de salvarte la vida. Oh, Sofía, te voy a echar tanto de menos.

Lloraba histérica.

—Pero vale ya de hablar, que el eclipse está llegando a su punto álgido. Mira, qué curioso. Tú la Luna, yo la Tierra y este el Sol. ¿Sabías que sin la Tierra el sol no podría dar ese tono rojizo a la Luna?

Se desnudó, estaba excitado, más que nunca en su vida.

—Mira el lado positivo, no vas a morir virgen.

Se acercó a ella y volvió a golpearla en la cara. No sabía si iba a aguantar a penetrarla o se correría antes.

Le mordió un pecho y ella gritó. Pensó en arrancarle los pezones a mordiscos, pero no podría justificar la sangre en la boca.

—¡No, no, no! —gritó ella.

—Esto es mejor que haber ganado mil euros.

En ese instante sonó una explosión. La puerta cayó y la habitación se llenó de humo y de policías. Rubén sintió que le derribaban y algo frío le apretaba los genitales.

—Muévete y te vuelo las pelotas, cabrón —le gritó Berta.

Diez minutos antes, en el coche patrulla, Berta y el padre de Sofía volaban por la autovía a mucha mayor velocidad que la permitida.

—El eclipse ya ha empezado, tenemos poco tiempo —dijo la mujer mirando hacia la luna.

—¿Pero cómo sabes dónde está Marco? —preguntó el padre.

—No tengo ni idea.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—A casa de Rubén. ¿Recuerdas que en el análisis de la sangre del dibujo había restos de un tejido? Me han llamado para decirme que era el mismo que el de la camiseta que Rubén me llevó para analizar la sangre de Marco. Fue él quien hizo el dibujo con la sangre de Marco.

Jorge Moreno

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Eclipsado

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato Romántico
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Eclipsado.

Ilustración de Paloma Muñoz

Llegó a trompicones hasta su sitio preferido, pero justo cuando le quedaban unos pocos metros para llegar hasta la piedra que, peligrosa, se asomaba hacia el precipicio, y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad, se dio cuenta de que no estaba solo. Allí de espaldas al camino por donde él había llegado había una blanca figura que contrarrestaba la oscuridad que poco a poco iba haciéndose dueña del entorno. Parecía ser una mujer, pues su largo cabello blanco ondeaba al compás de la brisa estival que recientemente se había levantado y, además, los contornos que, graciosos, perfilaban la especie de kimono blanco que vestía se ajustaban como un guante a una silueta que solo podía ser femenina. Él se adelantó un poco más para tener un mayor campo de visión de la extraña mujer que allí había, y al hacerlo pisó unos pequeños restos de ramas rotas que había esparcidos por la roca. La mujer entonces se sobresaltó y se giró apenas lo justo para que su perfil se dibujara tras la escasa iluminación de las estrellas, pero solo como una sombra oscura, sus rasgos no se distinguían aún desde aquella distancia.

—¡Lo siento! —se disculpó él con lengua de trapo—. Pensé que estaba solo y he entrado como un elefante en una cacharrería —añadió.

—Parece que tenías ganas de llegar —se limitó a decirle la mujer con una voz atemporal.

—Bueno, la verdad es que sí, he de reconocer que este es mi lugar secreto, suelo venir aquí cuando las cosas van mal…—empezó a parlotear de nuevo él desinhibidamente. Y al darse cuenta de que la lengua se le estaba soltando demasiado en compañía de una extraña, cosa tal vez producida por el alcohol ingerido, se sintió algo avergonzado, así que intentando justificarse antes de que la mujer interviniera añadió:

—…O cuando… como en este caso, hay un evento tan espectacular como el de la luna de sangre de lobo.

La mujer no contestó, se limitó a mantener su postura semigirada aunque, cosa extraña, a él le pareció oírla reír en su cabeza.

—¿Te importa que me quede? —le dijo entonces sentándose a escasos metros de ella—. Te… te prometo que no te molestaré, y si no quieres, tampoco tienes por qué hablarme… No soy ningún tipo raro ni voy a hacerte nada malo, no te preocupes, es que no he tenido un día demasiado bueno, ¿sabes?, y me gustaría quedarme aquí y… bueno, a ti eso no te importa, claro… Yo… —empezó a parlotear nervioso.

Ahora sí que pudo escuchar claramente su risa tintineando como las campánulas de verano. Tenía una risa preciosa y extraña a la vez, pues amortiguada parecía esconderse una risa mucho más vieja o profunda.

—No me hagas mucho caso. Debe de ser el alcohol, que me hace parecer más idiota de lo que suelo ser normalmente.

—Quédate, a mí no me importa, siempre que no te tires por el precipicio y me hagas ir a buscarte.

—¿Tirarme yo por el precipicio? ¡Para nada! No, yo…

—Era broma —se apresuró a decir la mujer cortando sus, de nuevo, atropelladas alegaciones.

—¡Ahhh! —arrastró este las palabras comprendiendo en su enturbiada mente.

—Lo decía porque como dijiste que estabas bebido y que venías cuando algo iba mal… —se justificó— quería darle un poco de humor a la cosa.

—Pero también dije que venía por lo del eclipse.

La mujer quedó entonces en silencio.

—Vale, me has pillado, el eclipse era una excusa, necesitaba llegar a este lugar.

—Siento haberte molestado.

—¡No!, para nada, ¡de verdad!, es solo que no sé si será la borrachera o las vibraciones de este eclipse lunar lo que me impulsa irresistiblemente a sincerarme contigo. Y por supuesto a darte la chapa.

—Tranquilo, no me importa, me gusta escuchar. Y además no tengo nada mejor que hacer hasta que se produzca el eclipse, así que…

—Bueno, la verdad es que, pensándolo mejor ahora, me parece una tontería…

Ella se acomodó en su posición y con un gesto de la cabeza, que movió de forma grácil su melena, le instó a que continuará.

—Verás, todo ha empezado por una gilipollez, pero es que yo ya estoy harto, y hoy no he podido más y he hecho la mayor estupidez de mi vida: beberme de un solo trago, y te juro que ha sido así, una litrona de cerveza, cuando yo de normal nunca bebo. Que aunque me veas aquí con mis diecisiete años, no soy muy amigo de esas cosas, no me llaman, raras veces me he emborrachado, pero hoy… mi hermano se ha pasado tres pueblos y me he tenido que largar de casa como alma que lleva el diablo. Y es que estábamos en una comida familiar charlando y pasándolo tan bien que se me ocurrió la idea de hacer un juego de karaoke, ¿sabes?, para animar la fiesta y jugar los chicos contra las chicas enlazando canciones. Y entonces mi hermano en mitad del juego se ha puesto burro y ha empezado a decir que ya estaba yo con mis gilipolleces de nuevo para llamar la atención, que como siempre quería ser el centro de atención y que aquella reunión no se había hecho por mí, sino porque mi prima se tenía que ir a estudiar fuera e íbamos a tardar en verla mucho tiempo. Y entonces todos se han callado y veía a mi madre tan apurada que, por no discutir, he cogido y me he largado. Mi hermano siempre me está haciendo la puñeta, siempre se mete conmigo y no logro entender por qué me odia tanto. ¿A que es una gilipollez?

Ella negó con la cabeza.

—No, para nada, te entiendo perfectamente, todos tenemos hermanos mayores en algún sentido. Y lo peor es que los necesitamos.

—Tú no pareces necesitar a nadie. Sumida en ese aura de misterio y belleza que te envuelve, pareces… hasta sobrenatural.

Entonces ella se giró del todo poniéndose frente a él, pero aun así, él no pudo ver su rostro probablemente a causa de la sombra que proyectaba su propia figura a contraluz con la luna, que ahora, magnífica, brillaba intensamente en el cielo.

—¡Belleza dices! Ahora sí que empiezo a pensar que estás borracho. ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera puedes verme? —le contestó con amargura.

—Pues muéstrate.

—¿Seguro que quieres verme?

Él la observó extrañado, la conversación había tomado un rumbo extraño que no supo muy bien cómo definir. Y entonces, la mujer, acercándose a él y al rayo de luz que ahora inesperadamente se ponía en medio de ellos, se apartó el pelo que hasta ahora le cubría la cara y le enseñó su rostro. Ahora entendió el porqué de aquel malestar que había mostrado ella, aunque aun así seguía pareciéndole preciosa. Él mismo se asombraba de cómo habían aparecido esos extraños y anhelantes sentimientos por una desconocida. Era como si alguien hubiese obrado una extraña magia, pero tampoco se quería plantear el porqué de lo que sucedía, así que, como llevado por un extraño instinto, le contestó:

—Preciosa, como yo decía.

Después de esto la misteriosa mujer se volvió a girar y quedaron sumidos en un profundo silencio que duró unos minutos eternos. Y mientras esto ocurría, él sentía cómo se ahogaba en un pozo de desesperada tristeza por no poder seguir escuchando su voz, y lo peor de todo era que no podía evitar esos encantados sentimientos. Hasta entonces la conversación había fluido entre ambos sin necesidad de forzar la situación —pensó—, aunque en realidad había sido él el que hasta entonces la estaba guiando, y ella se limitaba a contestar como si ya supiera las respuestas o esperara justamente lo que él iba a decir en cada momento. Daba la sensación de ser como un diálogo pactado, como ese tipo de diálogo que te aprendes cuando vas a realizar una obra de teatro. «Pero claro… —se volvió a decir a sí mismo—, probablemente lo que me está hablando en este momento no sea la sensatez, sino el alcohol». Y fue entonces cuando también descartó esa incesante sensación de pensar que en el fondo la extraña mujer y él no eran del todo desconocidos.

—Va a empezar el eclipse. Creo que deberías ponerte cerca de mí, ya sabes que cuando observas esta maravilla sueles quedarte dormido —dijo entonces ella rompiendo el silencio.

Y de repente, y como si fuera una especie de autómata, su cuerpo reaccionó levantándose y acudiendo al lugar donde ella le llamaba, se sentó a su lado y puso la cabeza en su regazo, justo donde ella lo guiaba, y entonces sintió que estaba irremediablemente enamorado y que era el día más feliz de toda su vida. Después se durmió.

Cuando ella abrió los ojos se encontraba en la cama de la residencia, de nuevo el maravilloso sueño había acabado, y además esta sería la última vez. Su hijo pequeño, postrado en la cabecera de la cama, la miraba dulcemente entre preocupado y aliviado.

—Por fin despiertas, mamá, es la una del mediodía. Siento no haber podido acompañarte anoche en tu… misión, hubo una cancelación de última hora y el vuelo se retrasó.

La mujer le dio un par de palmaditas tranquilizadoras en la mano mientras le decía:

—Tal vez fue mejor así. Al menos, de esta manera me he podido despedir.

—¿Cómo que despedir, mamá? ¿Qué quieres decir?

—Carlos, ya no me queda mucho tiempo…

—Chssss, no digas eso, mamá, por favor… —la cortó el muchacho mientras sus ojos se inundaban de lágrimas—. Estás cansada por el esfuerzo que hiciste anoche, es solo eso.

La mujer le puso un dedo en los labios para silenciarlo.

—Créeme, hijo mío, lo sé y es mejor así. No sé cuánto tiempo podría haber soportado más ver a tu padre en ese estado, me estaba destrozando por dentro, de verdad. Llámame egoísta pero que mi mal se haya extendido tan rápido ha sido una bendición. ¿Entiendes ahora por qué decía que el que no hubieras venido anoche era mejor?

—Creo que en cierto modo sí.

—Verás, como sabes, la enfermedad de papá es un extraño caso de demencia senil que además empezó a una edad temprana. Fue un caso inusual, y haciendo honor a esa inusualidad, su cerebro decidió escoger el día que tal vez fuera el más feliz de su vida para recordarle de vez en cuando quién es él. Y para mí, que ese día sea el mismo que nos conocimos con diecisiete años tiene un valor muy especial. Por eso este último esfuerzo por recrear ese momento del eclipse lunar es el único momento en que mi marido vuelve a ser él, aunque sea en una pequeña muestra. Ya sabes que el resto del tiempo solo sufre y yo sufro con él, es por eso que esta es una buena despedida.

—Mamá, yo…

—Lo sé, amor, yo también te amo más que a mi vida y nunca te voy a dejar de querer aunque este último episodio de mi vida me lleve a un lugar de donde no podré regresar. Lo único que me pesa es dejarte solo con esta carga, pero me gustaría que en los peores momentos de la enfermedad de tu padre no te olvides de quién es él, y que le ayudes todo lo que puedas sin destrozar o malgastar tu vida, porque, hijo, en el fondo sabes que tu padre pocas veces está ya aquí. No quiero que te sientas culpable, en ningún momento de tu vida, aquí es donde tenemos que estar porque los profesionales son los únicos que nos pueden atender en esta etapa de nuestra vida, y tú bastante hiciste ya con entregarnos tu amor incondicional. Y solo me gustaría pedirte una última cosa, amor. Dile a tu padre que siempre lo quise, cuéntale todo lo que hemos hecho por ese amor que le profesamos y dile que me ha hecho la mujer más feliz que ha existido en la tierra y que siempre le querré. Aunque a lo mejor eso nunca llegue a racionalizarlo…

—Claro que lo hará, mamá, recuerda que eres su pensamiento alegre y también el mío. ¿Recuerdas cuando nos leías a ambos Peter Pan?¿Y qué era lo que nos decía entonces papá y luego corroboraba yo? —le dijo el muchacho inundado en lágrimas sin poder contener más la emoción.

—Cómo olvidarlo. Era mi momento preferido del día, sobre todo cuando te veía dormir tan dulce, tan tranquilo… mi niño precioso… Pero ahora creo que el que va a tener que dormirme vas a ser tú. ¿Lo harás, mi príncipe?

El chico asintió y apretó sus manos con más fuerza y las besó, después se puso a relatarle su cuento preferido mientras la madre cerraba los ojos y su respiración se tornaba regular. Y poco a poco, como cuando exhalas el aire que antes has recogido, la luz se apagó, la voz se alejó y los sueños siguieron su curso interminable.

Inmaculada Ostos Sobrino

34º Convocatoria: Promesas

Promesas.

Ilustración de Olga Ruiz

¿Qué son las promesas?

Las promesas son frágiles como las flores y volátiles como el polen que se lleva el viento, decepcionantes, mentirosas compulsivas, aterradoras cuando te das cuenta de que te enfrentas a la nada, volubles como la vida, solubles como el mal café, inalcanzables…

Las promesas son excusas baratas que se utilizan para no enfrentarse a los errores cometidos, son un aplazamiento a tiempo perdido, la frustración, la angustia, el miedo al fracaso, el yugo, el dominio, la hostilidad, el ansia de mejora, esos niños perdidos que no encuentran el regreso a casa. La represión del capitán Garfio, la deformidad de su mano perdida.

Pero también son nunca jamás, idílicas, maravillosas, insinuantes, efímeras e intensas como la carcajada que provoca el nacimiento de sus hadas. Manifiesto de fe y esperanza, el rebelde cacareo de Peter y sus pensamientos alegres. Aquello que nos mantiene despiertos cuando todo está dormido, nuestro sino, nuestro locus amoenus cuando andamos necesitados.

Esta convocatoria está llena de mil y una noches de mágicas promesas que pueden hacer que alcances heroicamente el cielo o que te estrelles estrepitosamente contra la tierra. Os invito a descubrirlas, atesorarlas y alcanzar con ellas vuestros sueños.

                                                                                                                                Inma Ostos Sobrino

Promesas

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Poesia

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Promesas.

Y nos prometimos primaveras
con flores, colores,
risas, ilusión y vida.

Pero era verano…
Todo estaba seco.
Sentíamos sed
en las siestas de las cinco…
en nuestros encuentros.
Sudábamos sal…
Solo la noche nos traía algo
de frescor a la voz…

Después llegó el otoño
y se deslizaron
todas nuestras caricias
cuerpo abajo,
buscando los mejores versos.
Nunca viví otoños más bellos.

Y llegó el invierno…
Y un vendaval de nieve
lo arrastró todo.
El agua helada dejó nuestros cuerpos
mojados y paralizados,
congelado el esqueleto.

Y comprendimos que solo es primavera una vez al año.
Y que el ciclo de la vida se completa solo así.
Y que existe muerte en cada vida.
Y vida tras la muerte…
Y nos dejamos llevar por el destino.

Te amaré todas las estaciones de mi vida,
me dijo sonriente.
Te amaré todos los siglos de mis vidas,
respondí, prometiéndome.

Amén.

Olga Ruiz.

Ilustración de Paloma Muñoz

La promesa

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Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Fantasía urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

La promesa.

«Nunca te abandonaré, pase lo que pase», le prometió.

Él nunca ha roto una promesa, y esta no iba a ser una excepción. Siempre ha sido un hombre fuera de su tiempo, como chapado a la antigua, de los que ofrecen su brazo como punto de apoyo, de los que creen en el poder de la palabra dada y de los que muestran una voluntad férrea e inquebrantable, ajena a las inclemencias del tiempo. Un hombre de los que ya no hay.

Por eso sigue allí, a su lado, a pesar de todo.

No lo tuvo nada fácil desde el principio. Luchó para convencer a sus futuros suegros —en contra desde el primer instante, nada más saber la noticia— de que él sería bueno para ella, de que no intentaría cambiarla y de que la ayudaría a lograr sus deseos. Pero ellos insistían en que su hija era demasiado joven e inocente para casarse con un divorciado como él y padre de dos adolescentes. El hecho de que ella tuviera solamente siete años más que el mayor de ellos no ayudó en convencerlos de que su amor era genuino, verdadero y entregado, capaz de traspasar todas las barreras y sortear todos los obstáculos que se presentasen en el camino.

Y su amor por ella ya ha cruzado todas las fronteras inimaginables.

La diferencia de edad no consiguió separarlos, ni la de razas ni la económica, ni la social, ni siquiera la ideológica. Convivieron transformando todo aquello que los distinguía en un motivo de admiración, y todo aquello que podía separarlos se convirtió en un juego cariñoso. Mientras sus triunfos deportivos subían el montante de sus cuentas bancarias, ella distribuía el dinero que podía en ayudas humanitarias; mientras ella lo llamaba «mi bombón» con mirada golosa, él se divertía agasajándola con regalos lujosos que sabía que ella cambiaría por mantas o bolsas de comida que repartir. No necesitaban más el uno del otro, porque les era suficiente con su amor y su compañía.

Una compañía que ahora ella ya no aprecia tanto.

Es diferente cuando las ausencias te hacen desear el regreso del ser amado. Y al ser un entrenador profesional, él tuvo que pasar largos periodos de tiempo lejos de su pequeño nido. Ella tampoco tuvo nunca la intención de acompañarlo a los partidos, excusándose de que la aburrían soberanamente y que su labor era vital para la organización, ya que continuamente llegaban nuevos refugiados a los que atender. Ella… tan humana y solidaria como siempre.

Es por eso que todavía le permite que siga a su lado.

Él es consciente de que ella ya no siente lo mismo que antes. Ahora que ya no hay ausencias, que todas las noches vuelve junto a ella, nota el distanciamiento, las miradas huidizas, la tirantez en las comisuras de los labios que convierten una sonrisa fingida en una mueca forzada. Aunque lo peor de todo son sus ojos. Ya no brillan con la chispa de la admiración, ni esos párpados se contornean mostrando ternura o deseo. Ahora hay un poso de compasión en su fondo, mezclada con algo de tristeza y melancolía. Lo mira como uno esperaría que mirase a uno de sus refugiados, a uno de los enfermos, o de los que están al borde de la muerte. Y últimamente sus ojos están llorosos, como si mirara a uno que acaba de morir en sus brazos.

Ella es su último refugio, si la pierde se queda sin nada.

Pero él sigue allí, enganchado a ella, aunque no tenga un hálito de vida ni pueda tomarla entre sus brazos, aunque enfríe la atmósfera con su presencia e infeste el aire con su cuerpo en descomposición. Su nido de amor ahora se convierte en un nido de insectos que lo siguen cuando él, cada noche, arrastra los pies fuera de su tumba y deja un reguero de tierra oscura y húmeda en el suelo del salón; allí donde ella lleva esperando de pie un sinfín de eternidades, que han ido minando su amor incondicional hasta reducirlo a pura compasión. Una compasión que la hace sufrir. Los sollozos y los gemidos lastimeros son una prueba de ello.

Él desearía no volver a verla sufrir.

Ya pasó demasiado con el incidente, cuando el infarto en pleno partido lo embarcó dentro de un ataúd rumbo a casa. Eran dos corazones a juego: el de él se detuvo, el de ella se rompió. Recuerda cómo se deshacía en lágrimas frente a su tumba, cómo se ahogaba y cómo el líquido salado penetró de alguna manera en la madera y humedeció sus miembros hasta entonces inertes. Fue su desgarrador reproche por la promesa incumplida, emitido con tanto dolor ante su féretro, el que lo obligó a regresar aquella misma noche, para apaciguarla, para decirle que todo iría bien a partir de entonces porque él seguiría a su lado, con ella.

Pero ahora es su compañía la que la hace llorar.

Hace ya demasiado que vive de pie, en el salón, su regreso cada noche. Que lo refugia, que lo compadece. En todo este tiempo él ha visto cómo sus carnes han ido cambiando, cómo algunas canas han asomado entre las antiguas mechas rojizas y cómo las curvas de su cuerpo han ido tomando redondez. Ya son demasiadas vueltas del reloj, demasiadas hojas de calendario arrancadas. Frente a él ya no se yergue la inocente jovencita que quería cambiar el mundo y con la que compartió el espacio más breve y feliz de su vida, sino una mujer madura y fuerte, independiente y dispuesta a ayudar a los demás, que lleva el propio mundo sobre las espaldas. Pero ante todo, frente a él está una mujer espléndida que tiene derecho a vivir. Que se merece rehacer su vida.

Ilustración de Olga Ruiz

Él no tiene derecho a estar entre los vivos.

Lo sabe. Ni tampoco pertenece al mundo de los muertos. Se ha quedado atrapado en una especie de limbo entre los dos mundos, moviéndose dentro de la fina línea que los separa, desterrado en tierra de nadie. Demasiado vivo para estar muerto, pero demasiado muerto para estar vivo. Es como un zombi que se arrastra por el lodo del cementerio todas las noches y que reposa en su tumba bajo la luz del sol, con el alma pegada a un cuerpo que se deshace lentamente. Sabe el camino de casa, pero ya no es su nido. Pero no puede aferrarse. No puede ser un eterno refugiado. No debe.

En la muerte debe tomar la decisión más dura de su vida.

No puede mantenerse atado a una simple promesa hecha en la plenitud de una vida que ya no le pertenece. Ni arrastrarla a ella al borde del abismo para contemplar la muerte, noche tras noche. ¿Qué vida hay en eso? «Nunca te abandonaré, pase lo que pase». Esas palabras otrora reconfortantes hoy tienen ecos de condena. Y la condena recae sobre ella, injustamente, egoístamente. Él debe liberarse de esa cadena perpetua y liberarla, aflojar el nudo que los ata y soltar los lazos que los unen, aunque eso signifique aceptar que no se puede luchar eternamente contra el tiempo, que no todos los obstáculos son salvables, y que hay fronteras que uno nunca debería traspasar.

Mañana, él romperá su promesa.

Olga Besolí
Diciembre 2018

El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

 

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

33ª Convocatoria: navidad de miedo

Navidad de miedo.

Ilustración de Rosa García

No comprendo tanto consumismo
Algunas personas nada tienen
Vivimos ajenos a la vida
Imaginamos libertades
Damos poco o lo que no queremos
Amamos cada vez menos
Divulgamos intimidades vacías

Desoímos  el caos
Estampamos nuestra firma en muros abandonados

Mentimos sobre nuestra felicidad
Inventamos excusas  para no arrimar el hombro
Exigimos lo que no damos
Despertamos tempestades
Oímos lo que no nos compromete

 

 

Milagros Morales

El súcubo

Autor@: Inmaculada Ostos Sobrino

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Olga Ruiz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El súcubo.

Hacía algo de frío en la cabaña, pero no me apetecía encender la chimenea, así que me arrebujé un poquito más en el chal de pashmina que me hubiesen regalado aquella misma noche si no me hubiesen dejado tirada una vez más. Aunque no sé de qué me sorprendía, eran las segundas navidades que me quedaba sola, sobre todo, desde que el grifo se había cerrado y ya no invitaba a mis hijos y a sus respectivas familias a pasar las vacaciones de Navidad viajando por el mundo. Y a pesar de que la excusa seguía siendo la misma año tras año, me negaba a aceptar la cruda realidad, que hacía tiempo que no me querían, que hacía tiempo que nadie se preocupaban por mí, y eso me hacía sentirme bastante triste. Pegué un sorbo de mi gran copa de vino, intentando tragar con el ácido líquido parte de la pena que me corroía por dentro mientras intentaba recordar lo que había hecho mal para merecer aquel castigo divino.

 

Ilustración de Olga Ruiz

Así que, con la mirada fija en la pared de la cocina, y una mano descansando en la repisa de la isla que formaba la misma, intenté retroceder en el tiempo a través de mi memoria para recuperar el momento en el que se habían rotos nuestros lazos y comprobar si hubiese podido hacer las cosas de diferente manera para poder evitarlo. Pero los recuerdos que venían a mi mente eran muy duros, y siempre salía perdiendo en cada retazo que los componían. Tal vez mi historia, aquella historia que se había grabado en mi mente como un puñado de afilados e hirientes cristales rotos, solo fuera una parte distorsionada de un todo que podría ser observado desde distintos prismas, pero seguía siendo mi parte; esa parte angustiosa que me había destrozado una y mil veces por dentro, aquella parte en la que mi marido me reducía a la nada; aquella parte en la que una y mil veces me dije a mí misma, a modo de consuelo, que al menos no me pegaba, que al menos no bebía ni tenía vicios poco recomendables y que, además, a su manera, me quería.

Pero todo aquello no eran más que falacias que intentaban convencerme de que llevaba una vida digna. La realidad era que no me valoraba, que conforme nuestro matrimonio fue creciendo me quitaba autoridad delante de los niños, yo nunca hacía bien nada, si discutía con los chicos siempre era a mí a la que le reprochaba que se hubiese iniciado la pelea, independientemente de que los niños hubiesen hecho algo mal y yo solo les regañara. Además, siempre discutíamos por terceras personas, y lo peor de todo era que siempre estaba relegada a un segundo plano en cualquier ámbito de su vida, no importaba si era su trabajo, sus amigos o nuestro propio entorno familiar. Me había hecho creer que era un ser inservible, dependiente, que no iba a ser capaz de realizar nada por mí misma en toda mi vida. Y aquí estaba yo, fuerte, reveladora, liberada, con un trabajo que me permitía pagar mis gastos y los desmesurados gastos de mis hijos adultos. Pero lo más gracioso de todo esto no era que mis hijos solo se acordasen de mí cuando necesitaban dinero, no.

Lo más gracioso era que me echaban en cara que hubiese decidido poner fin a la amargura en la que se había convertido mi vida. Bastante aguanté hasta que ellos fueron autosuficientes para poner en orden mi vida y dejar de ser tan solo la chacha que les limpiaba y les servía.

Me puse a estudiar con los pocos ahorros que conservaba de lo que había heredado de mis padres, para poder labrarme un futuro y una profesión y poder ofrecerles una vida mejor, esa vida desahogada y sin preocupaciones que yo nunca tuve. Durante años yo había renunciado a mí misma sin pensar en nada más que no fueran ellos, dilapidé mi juventud cambiando pañales y atendiendo todas y cada una de las necesidades que los bebés requerían, mientras su padre se dedicaba a estudiar lo que a él le gustaba y yo a trabajar cuando podía. Cuando por fin terminó su carrera se puso a trabajar, y esa fue la excusa para delegar en mí también la casa y todas las responsabilidades que esto conllevaba. Después, y cuando las cosas se estabilizaron, me negó el derecho a trabajar, pues alguien tenía que quedarse con los niños y él no podía porque después de estar trabajando arduamente durante la semana necesitaba su tiempo de relax, su espacio, así que se iba a correr, o a tomar cervezas con sus amigos, mientras yo me tragaba las quejas de los niños porque no podían ver nunca a papá. Y con el tiempo todo empeoró, los escasos momentos en que la familia pasaba el día juntos llegaron a su fin cuando empezó a frecuentar reuniones y eventos que se hacían después del trabajo, a los que no era necesario ir, pero a los que él acudía religiosamente, empleando el  poco tiempo que hasta ahora nos pertenecía. ¡Y el sexo hacía años que ya no existía! Yo creo que se terminó en el mismo momento en que nació nuestro segundo hijo. De todas formas entre las peleas y las recriminaciones tampoco había demasiado tiempo para la reconciliación.

Aun así, la mala seguía siendo yo, a pesar de que el hecho de haber acabado mi carrera les hubiese ofrecido la cómoda vida que hasta ahora poseían. Y cuando decidí divorciarme, porque ya no aguantaba más, me llamaron histérica, exagerada, e incluso feminazi por el simple hecho de defender mis derechos y pedir la igualdad que me correspondía. Y eso fue lo que no les gustó, el hecho de que tuvieran que desenvolverse sin mí, el hecho de que se tuviese que delegar en los cuatro miembros de la familia todo el peso de lo que hasta ahora yo había llevado.

Y aquí estaba yo, en el único día del año en que, por obligación, me dejaban ver a mis nietos y podía pasar algún tiempo con mis hijos, completamente SOLA, olvidada, arrastrando un pesar que apenas me dejaba respirar.

De repente un cambio, al principio inapreciable, se apoderó de la estancia, fue como si el aire se tornase más pesado o como si de repente el tiempo se paralizara. Parecía que el silencio se había adueñado de la casa, pues ni siquiera pude apreciar el insistente y monótono canturreo de las manecillas del reloj de pared que estaba en la sala. Solo se escuchaba el mismo vacío que sentía en mi alma. Sonreí en mi mente ante esta irónica percepción cuando, de repente, un ruido apenas perceptible llamó mi atención. Era como si algo o alguien se estuviese arrastrando por algún lugar arenoso que pudiese desprender algún tipo de material así.

El ruido se hizo cada vez más fuerte y repetitivo, así que sin dejar la copa que estaba bebiendo y que llevaba ya por la mitad, me acerqué al lugar de donde parecía proceder el sonido. Venía del salón y más concretamente… ¡del hueco de la chimenea! Di un paso hacia atrás asustada ante aquella nueva revelación mientras un torbellino de ideas revoloteaban en mi mente: no tenía vecinos en un kilómetro a la redonda, las llaves de mi coche se encontraban en el piso superior, el teléfono solo tenía cobertura en el baño de la parte de atrás de la casa, y ni siquiera tenía un arma con la que defenderme.

El ruido se hizo más intenso para finalmente acallar su voz con un estruendoso golpe final, como si alguien o algo hubiese saltado desde una altura considerable y hubiese aterrizado en la base de la chimenea con su consiguiente nube de polvo y ceniza inundando el salón. Ahora temí más por una mala caída como consecuencia de un accidente que por una agresión, así que dejé la copa de vino encima de la mesita de sobremesa que tenía frente al sofá y me dirigí hacia lo que quiera que fuese que produjera aquel sonido.

Cuando la polvareda se dispersó, apenas pude ver dos botas negras y un traje rojo salir del hogar de la chimenea.

—Sorpresa —exclamó una voz, pero sin ningún tipo de cadencia o entonación en su materialización.

Tosí un poco antes de contestar intentando recuperar la limpidez que hasta ahora existía en mi garganta.

—Perdona, ¿quién eres tú y qué haces en mi casa?

La persona que tenía ante mí era un joven de aproximadamente unos treinta años, la misma edad que tenía en la actualidad el mayor de mis hijos. Iba vestido de Papá Noel y me miraba con gesto desconcertado a través de unos inquietantes ojos azules.

—¿Tu casa? ¿Desde cuándo…? Quiero decir… creo que no me he equivocado de dirección… ¿Y Rosalin? —me preguntó algo nervioso.

Entonces organicé en mi cabeza la situación y comprendí el absurdo de aquella incidencia.

—Ah… ¡vale, vale! Creo que puedo explicártelo, ya veo a quién buscas. Rosalin es la hija de mi mejor amiga y ella, como ves, no está, quiero decir que ya no vendrán nunca más aquí a no ser que las invite…, bueno, que quiero decir que me han vendido la cabaña.

—Justo hace dos años‚ ¿verdad? —me preguntó entonces entendiendo.

—Imagino que fue la última vez que la viste —sentencié—. ¿Eres un amigo del trabajo u os conocíais del grupo de escalada que tenía aquí?

El muchacho me dirigió una mirada perdida, se le veía bastante afectado, igual era un rollo de la chiquilla que esta no había sabido cómo gestionar o algo así. Por eso intentaría no comentarle que se había casado hacía dos meses con su novio de toda la vida.

—Ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué te vendieron la casa a ti?

—Pues porque estoy sola y necesitaba un lugar en donde esconderme del mundo y olvidar todas mis  miserias —le dije sinceramente sin saber por qué. El muchacho cambió entonces su expresión por completo y me dirigió una extraña sonrisa mientras se erguía y su figura, que sería aproximadamente de un metro ochenta, pareció inundar la habitación.

—Espera un momento, como que ni lo uno ni lo otro —hablé de nuevo turbada intentando distraerle, ya que la incesante mirada que ahora me manifestaba me ponía muy nerviosa y no supe por qué.

—Que no conozco a Rosalin de la universidad ni tampoco de su grupo de escalada. De hecho, no creo que Rosalin, a pesar de la agilidad que demuestra, pudiese escalar en estos momentos.

Le miré realmente desconcertada ante aquellas declaraciones. El chico se permitió soltar una carcajada bastante divertido.

—Creo que te has confundido de Rosalin al aseverar que era mi… podríamos llamarlo ¿fuente de interés?

—No puede ser… ¿Es Rose tu… tu… amiga? —le pregunté entonces entendiendo la complejidad del asunto. Mi amiga Rosalin, Rose para mí, tenía una hija a la que le puso su mismo nombre por tradición familiar.

El muchacho enarcó una ceja de forma irónica antes de contestar:

—Me gustan mayores, y tú también me sirves.

—¿Cómo que te sirvo? —le pregunté indignada.

—Pues que me pareces muy atractiva —me contestó con picardía mientras se quitaba los restos de ceniza que ensuciaban su oscuro pelo.

—¿No estarás insinuando que … tú y yo…?

—¿Por qué no?, los dos estamos solos, no hay nada que nos ate y es obvio que nos sentimos atraídos. ¿O acaso no te parezco atractivo?

Esta atrevida parrafada me dejó descolocada, sin saber muy bien qué decir, pero el chico me seguía mirando con un extraño destello febril en los ojos.

—No estoy loco, si es lo que estás pensando, lo que pasa es que mi sinceridad suele causar este efecto, no me gusta ir con rodeos. Es por eso que he de reconocer que cuando no he visto a tu Rose, mi Rosalin, me había decepcionado un poco. Llevábamos algún tiempo viéndonos así, me había acostumbrado, pero…

—¿Quieres decir que Rose y tú quedáis para…? —le pregunté entonces escandalizada. Él se limitó a sonreírme de nuevo y a encogerse de hombros mientras se quitaba la parte de arriba del disfraz ante mi estupefacta mirada. Seguidamente se quitó el resto y se quedó con la ropa que llevaba debajo, que eran unos vaqueros y una camisa negra que resaltaba aún más el azul de sus ojos.

—Veo que eres de las que piensan como antaño, por lo tanto antes de continuar te lo volveré a preguntar. ¿Acaso no soy de tu agrado?

Lo miré boquiabierta, estaba totalmente traumatizada, no sabía qué pensar de aquel muchacho que en principio me había parecido coherente en su historia y que ahora parecía ser bastante anormal, aunque por otro lado sí era cierto que hacía tiempo que me había fijado en sus atractivas facciones e incluso me había tomado la libertad de fantasear. ¡Hay que ver cómo se comporta la mente humana en algunas extrañas situaciones como esta! Así que al recalcarme de nuevo su pregunta no pude hacer otra cosa que ruborizarme y ponerme a divagar:

—Yo no pienso nada… ¡Y dices que no estás loco! De verdad, deberías marcharte. Yo…

—Aún no has contestado a mi pregunta. Sé que te gusto, pero necesito que me lo digas tú de verdad, si no, no podré actuar.

—¿Actuar? ¿Tú… qué pretendes? Bueno, da igual, creo que voy a llamar a la policía.

—Sabes que solo tienes cobertura en el cuarto de baño de atrás y encima tu móvil está en el piso de arriba. Además, tardarían demasiado en llegar. Para cuando lo hicieran podría haberte matado.

Lo miré indignada, había olvidado que él conocía esta casa mucho mejor que yo, sobre todo si llevaba tanto tiempo manteniendo una relación con Rose. ¡Maldita Rose! ¿Por qué no me había contado nada? ¡Claro, por eso la veía últimamente tan animada! ¡Pájara! Ahora entendía el porqué.

—– Disculpa, te estoy asustando, solo bromeaba, no tengo intención alguna de dañarte, pero sí que es cierto que no me importaría pasar esta noche contigo si tú también lo deseases. Pero como veo que te estoy incomodando, me iré, al fin y al cabo tan solo somos dos extraños. —–me dijo entonces el muchacho remarcando de una forma inusual esta palabra mientras me miraba fijamente a los ojos.

Y, entonces, un excitante hormigueo recorrió todo mi ser, sensación que desde hacía décadas creía tener extinta. El chico se dirigió a la puerta y cuando la abrió el paisaje que se reveló en el exterior fue desolador. Una tremenda tormenta estaba cayendo en esos momentos y yo apenas me había dado cuenta.

—¡Espera! —le dije—¡No puedes irte así!

—¿Acaso te lo has pensado mejor? —me dijo de forma pícara.

Fui a protestar mostrándole mi indignación y decirle algo así como que no podía dejar que se aventurara con aquella tormenta porque era una locura, pero en vez de ello me sorprendí devolviéndole el coqueteo.

—No te hagas ilusiones… ¡de momento!

El chico entonces cerró teatralmente la puerta de un solo manotazo mientras me dirigía una amplia sonrisa de complicidad, después me dedicó una reverencia y me contestó:

—Tus deseos son órdenes para mí y cualquier cosa que desees me encargaré de hacerla realidad…

Y dicho esto, y tras volverme a hacer ruborizar, me acompañó hasta el salón. Después de esta última y turbadora expresión de interés, la conversación resultó más civilizada, le dejé mi teléfono para que pudiese llamar a un taxi que lo pudiera acercar hasta su casa. A los tres minutos volvió del baño de detrás de la casa con el móvil en la mano y una sonrisa. Le habían dicho que a causa de la tormenta el servicio de taxis se podría retrasar de cuatro a cinco horas como mínimo, pero que le avisarían en cuanto lo enviaran.

—El destino quiere que pasemos esta noche juntos —alegó.

Después todo vino rodado. Preparamos juntos la cena, cenamos y charlamos tomando unas copas de vino. El ambiente se había vuelto mucho más distendido y tenía que reconocer que me sentía bastante cómoda en su presencia. Era un joven encantador y el halo de misterio que lo envolvía le hacía parecer más interesante. Al principio hablamos de cosas triviales, pero luego, y dada la irresistible atracción que crecía cada vez más en mí, intenté averiguar cosas de su vida. Pero mi investigación se terminó en cuanto él me contestó de forma evasiva que si me contaba algo, aunque simplemente fuera su nombre, la magia se rompería y se perdería esa complicidad que habíamos construido. Y tenía razón, pues por otro lado yo tampoco necesitaba saber más. Lo único que tenía claro era que gracias a él esta no formaría parte de esas nefastas navidades que hasta ahora había tenido en mi vida, y eso era lo único que me importaba. Así que terminé hablándole, sin poder evitarlo, sobre mi vida, tanto de los buenos como de los malos momentos que había pasado. Y él me escuchó atento, paciente, cercano… Hubo algunos momentos de cierta tensión emotiva que él supo lidiar dándome pequeñas muestras de cariño como palabras amables o el roce de nuestras manos. Y poco a poco me fui relajando. Reímos juntos, lloré, bromeamos, nos tocamos fraternalmente, coqueteamos, y entonces comprendí que ya estaba decidida, pues me sentía tan compenetrada y en cierto modo querida que no me importaron los años que nos separaban, ni que mi cuerpo fuera una vieja reliquia, sino solo las personas que se encontraban una frente a la otra y lo que esas personas sentían. Así que, armándome de valor, apreté sus manos que ahora se entrelazaban con las mías y le dije:

—El momento ya ha llegado.

Y no hubo que explicar nada más.  Él me sonrió ampliamente mientras nuestros rostros se desdibujaban lentamente. Después, nuestros labios se encontraron y crearon cascadas de dicha que jamás pensé que sentiría mientras nuestras manos revoltosas exploraban cada centímetro de la piel de la persona que teníamos al lado. Y nos desinhibimos, y nos desatamos, expresando nuestras sentimientos con la misma ferocidad que la tormenta que nos había aislado.

Ni siquiera me di cuenta de cuántas horas habían pasado, pues cuando me desperté la tormenta había cesado, así como la pasión que hacía tan solo unas horas habíamos descargado. Me atreví a mirar su rostro mientras apartaba un mechón rebelde que le caía de lado sobre sus preciosos mares azules. Él también me miraba, y ese brillo febril que había mantenido mientras estábamos entrelazados seguía estando agazapado en el brillo de sus ojos, en la comisura de sus labios. El estómago se me encogió de dicha y le sonreí como una quinceañera le sonríe a su amor de verano. Entonces el teléfono se iluminó y él se giró para leer lo que lo había avivado.

—El taxi está aquí, será mejor que me vista —me dijo en un susurro.

—¡No te vayas! ¡Quédate, y dile que te lo has pensado! —le ronroneé como un gato, y su respuesta fue un beso apasionado.

—Al menos deja que baje a darle algo por haberse acercado —me contestó triunfante.

Y después, levantándose y poniéndose los pantalones, desapareció por la puerta del cuarto, cosa que aproveché para tumbarme de espaldas y estirar mi cuerpo aletargado. El móvil se volvió a iluminar, y no una vez sino cuatro, de una manera tan insistente que temí que hubiera pasado algo. Así que me levanté a regañadientes y lo desbloqueé esperando encontrarme como primera conversación el mensaje que el taxista había mandado, pero en vez de eso quien reclamaba mi atención febrilmente era el whatsapp de la hija de Rose, que no paraba de escribir transcribiendo lo que su madre le iba dictando.

Me preguntaba en primer lugar si todo iba bien, y luego que si podía hacer el favor de llamarla en cuanto lo leyera, que su madre estaba muy preocupada por si me había pasado algo, que le estaba diciendo no sé qué cosa sobre las navidades y que era peligroso que estuviera sin nadie, y que si mis hijos habían llegado. Iba a contestar cuando mi salvador de navidades entró de nuevo en el cuarto. Vestía los mismos pantalones con los que se había marchado, pero al cuello llevaba un medallón con una especie de piedra iridiscente que brillaba a cada paso.

—¿Se lo has dicho? —le pregunté ansiosa.

—Sabes que no. Nunca llamé a un taxi y el mensaje que sonó no era para mí, Claire.

—¿Qué quieres decir? —le pregunté un tanto aturdida.

—Dímelo tú —me respondió de una manera un tanto inquietante.

Y entonces me puse a pensar en nuestro encuentro y sobre todo en las conversaciones que habíamos mantenido los dos, en esos pequeños detalles que yo había pasado por alto como el hecho de que supiera que no había cobertura si no te ibas al baño de atrás y que mi móvil estaba en la habitación de arriba, que a mi mejor amiga yo la llamaba Rose como muy bien él apuntó, «[…] tu Rose, mi Rosalin», y sobre todo esta última revelación: ¡Sabía mi nombre cuando yo jamás se lo había dicho! «¿Qué demonios estaba pasando?», me pregunté mientras toqueteaba enloquecida el móvil en busca de las pruebas que lo delataban, y en efecto, allí estaban igual de ausentes que mi propia consciencia.

—Tenía que inventar una excusa para que me permitieras estar aquí, al fin y al cabo aún no había sido invitado.

—¿Invitado a qué? —le pregunté cada vez más asustada.

—A entrar en la casa, a quedarme aquí para poder poseer lo que ahora es mío —me dijo acercándose peligrosamente.

Intenté moverme, pero estaba paralizada, y no solo de miedo sino literalmente paralizada. No podía apartar la vista de sus ojos, que ahora brillaban con un maligno fulgor mientras venía hacia mí. Entonces sus manos se transformaron en una especie de garras con largas uñas y mientras echaba  mi rostro hacia atrás para inmovilizarlo con su mano izquierda, con su mano derecha acercó una larguísima uña meñique a mi garganta y la dejó apoyada sin más, presionando contra mi piel pero sin atravesarla.

—Te he dado esta noche todo aquello que se te negó a lo largo de tu vida, te he devuelto por unos breves instantes la juventud que se te arrebató por la maternidad. Te he dado ese protagonismo que tanto anhelabas al ser antepuesta a todo lo demás, independientemente de que hubiese más hembras de tu especie que pudieran tentarme. Te he despojado de tu pudor carnal para poder expresarte sin restricciones como el ser sensual que eres. Y sobre todo, te he liberado de tu carga emocional para que no tengas que sufrir como has estado sufriendo durante todos estos años.

—¿Qué eres? —le pregunté vislumbrando mi pronto final.

—Un súcubo, aunque soy un bicho raro en mi especie, ya que normalmente son mujeres las que ostentan este cargo. Nos alimentamos de la desesperación y de la soledad, y sobre todo de la energía de aquellas personas que están tan atormentadas y decepcionadas de la vida como tú.

—¿Y por qué Rachel se te escapó?

El súcubo chasqueó la lengua para luego contestar:

—Apareció Rosalin y se la llevó antes de que terminase mi trabajo. Tú mejor que nadie deberías saber que pasó muchos años intentando superar su duelo por la pérdida de su esposo. Tuve que estar trabajándomela dos años para que lo olvidase y empezase a confiar en mí, pero justo cuando íbamos a consumir nuestra unión su hija vino y la alejó de mí. Por eso pensé que al haber de nuevo luz en su casa ella habría vuelto.

—¿Por qué lo del traje? —pregunté intentando alargar el tiempo para ver si se me ocurría alguna forma de no morir.

—Pues eso era simplemente un jueguecito que ambos nos traíamos entre manos, aunque no creo

que te interesen mucho los detalles ya que vas a morir. Si no estuviese tan exangüe después de estos últimos dos años de ayuno, me esforzaría incluso hasta en mostrártelo o disfrutaría un poco más de ti. Pero ahora sí que ha llegado el momento.

Y dicho esto clavó su uña en mi cuello atravesando mi piel como una finísima aguja. El dolor intenso y embriagador se deslizó por mi cuerpo como un efectivo veneno, pues segundos después solo pude sentir la oscuridad…

Inmaculada Ostos

Y ellos querían ir a Viena

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: +12 años

Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Y ellos querían ir a Viena.

Ilustración de Paloma Muñoz

Paula y yo nos conocimos en el primer curso de Medicina en la Ciudad Universitaria de Madrid en el año 1998. Conectamos muy bien desde el principio. Los dos pertenecíamos a una clase media con ganas de progresar y podíamos permitirnos algunos lujos. Éramos inteligentes, jóvenes y guapos. Aunque creo que con lo de ser inteligentes habría bastado para nosotros, que nos hacíamos el amor con el cerebro en cualquier sitio.

Yo era de un pueblo de Toledo pero vivía junto con dos compañeros en un piso de alquiler en Moncloa y, algunas mañanas, ambos nos saltábamos las clases y retozábamos hasta el almuerzo en mi cama. Éramos amantes de la literatura, de la poesía, y nos emocionaba el auge social de las redes. Un día, en el puente de diciembre, se nos ocurrió organizar el primer viaje por Europa juntos. Tras duras negociaciones con nuestros padres por el tema económico, finalmente conseguimos reunir el dinero suficiente y organizarnos: ida el día quince  de diciembre y vuelta, el treinta, con la intención de pasar la navidad en Viena.

El Gran Tour: París – Bruselas – Ámsterdam – Frankfurt – Viena nos esperaba. Era fácil ir conectando destinos a través del Interrail Youth universitario. Salimos de la estación de Chamartín en Madrid y fuimos haciendo escalas en Barcelona, Carcasona, Toulouse, donde visitamos algunos palacetes del Siglo de Oro, el Capitolio y la Basílica de San Sernín, y nos hicimos muchas fotos con una cámara que tenía Paula que llevaba incorporado un disquete y tenía el tamaño de un sándwich. A mí aquello me llamaba mucho la atención porque se podían desechar en el momento, la era digital estaba entrando en nuestras vidas. Desde allí salimos a Montpellier y perdimos el tren con destino Nimes.

Si no llegábamos al siguiente destino a tiempo, ya habríamos perdido las conexiones que tan cabalísticamente habíamos hecho para que todo fuera programado. Así que, ante la adversidad, no se nos ocurrió otra cosa mejor que hacer autostop.

Eran las siete de la tarde, hacía bastante frío y caminábamos con la esperanza de que alguien nos recogiera. Un señor de unos ochenta años paró y nos animó a subir a su coche. Enseguida nos habló en español. Resultó ser un profesor universitario que había impartido clases de lengua y literatura hispana y que vivía relativamente cerca. Tras una media hora de coche en un increíble jaguar rojo de asientos de cuero blancos llegamos al sitio más inesperado donde nos invitaba a pasar la noche. Su casa era un castillo.

Nos contó la historia de aquel lugar de ensueño. La primera parte, bastante evidente: señores, familias nobles incluso un chambelán del rey Luis XI, una etapa de auge intelectual gracias al Marqués de Chandoiseau, en 1650, incluso un poeta llamado Léonard Frizon que visitó el castillo en 1650 y que hizo una descripción preciosa en uno de sus poemas, titulado Motha Candeneria, del sitio. Luego un rico empresario parisino, François Hennecart, lo compró en 1809 y restauró el castillo y sus aledaños, donde se excavaron canales, se trazaron avenidas y se plantó un viñedo. Vamos, que urbanizó el sitio.  En 1870 se produjo una nueva reconstrucción de gusto romántico​ que terminó en un castillo rodeado de agua. A principios de 1932 se produjo un incendio inmenso cuando se estaba instalando la calefacción central. Los bomberos, venidos de toda la región, no pudieron evitar el desastre y solo se salvaron la capilla, las dependencias y el palomar. Las pérdidas fueron tales que los propietarios no pudieron reconstruirlas. La biblioteca contenía libros muy escasos, tapices de Gobelins, muebles antiguos y cuadros de gran valor que se perdieron. En 1963, después de la guerra de Argelia, el industrial retirado Jules Cavroy compró la propiedad (dos mil hectáreas de las que mil doscientas son bosque y ochocientas eran tierra agrícola) a la viuda del barón Lejeune. Repatriados de Argelia, explotan las tierras de la Mothe (quinientas hectáreas en torno a las ruinas del castillo) hasta que a principios de los años ochenta el Crédit Lyonnais compró los bosques para después venderlos en diferentes lotes a varios dueños.

Escuchamos toda la historia como pasmarotes durante la cena. Lo narró divinamente, pero nosotros teníamos bastante hambre y sueño y la verdad es que hicimos de pésimos huéspedes.

El último propietario fue nuestro hospitalario profesor, el señor Claude-Alain Demeyer.

Paula se sintió incómoda desde el primer momento. Le notaba demasiado educado, demasiado cortés, desconfiaba.

—Carlos, macho, a mí esto no me gusta… —me dijo—. ¿Por qué vive aquí solo?

—Venga, venga, no empieces…

Nos dio de cenar como si nos conociera de toda la vida, nos enseñó nuestra habitación y se retiró a dormir a eso de las ocho y media de la noche.

Cuando llegamos a la habitación Paula no quería quedarse allí. Me amenazó incluso con marcharse sola.

— ¡Paula, por Dios, no digas majaderías! ¿Estás mal de la cabeza o qué? Sé inteligente. Vamos a cerrar la puerta por dentro, vamos a amarnos un ratito y vamos a despertar mañana descansados y tranquilos para continuar nuestro viaje a Viena, ¿de acuerdo?

—No, de verdad, no puedo… estoy asustada. Se me han pasado por la cabeza mil cosas mientras cenábamos y veía cómo cortaba la carne y cómo chupaba el cuchillo. Era espantoso. Estaba disfrutando de cada bocado, del vino, y nos miraba con ojos extraterrestres.

La abracé fuerte y la besé mucho aquella noche. Hicimos el amor salvajemente, lo recuerdo, después me levanté, abrí la ventana y me fumé un cigarro. Se puso a llorar. Realmente estaba asustada. Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos.

—Nena, venga, ¿qué te pasa?

—¿No te has parado a pensar por qué tenía la mesa puesta para tres?

—No, no le he dado ninguna importancia, el hombre lo ha explicado. Siempre tiene la mesa puesta porque casi siempre tiene invitados, aunque tú estabas detrás viendo los tapices y puede que no te enterases.

—¿Y por qué no tiene servicio viviendo en un sitio tan gigantesco?

—Yo creo que no se lo puede permitir. Es mayor y es posible que esto le haya superado un poco.

—¿Y su familia, sus hijos, su gente?

—No ha dicho nada de eso. Supongo que mañana se lo podríamos preguntar en el desayuno. Ayer casi ni abrimos la boca. Estábamos demasiado impactados por el encuentro con este sitio tan increíble.

—¿Y todos esos gatos…? ¿Por qué habrá más de veinte gatos aquí en este castillo? Maúllan como bebés demandantes y enfermos. Es insoportable.

La abracé nuevamente y conseguí calmarla con cariños en la frente, tocándole el pelo y acariciándole la espalda. Dormimos poco por la noche, pero nos sorprendió un mediodía radiante y desconocido.

—Creo que es muy tarde, Paula, vamos a levantarnos —le dije besándole la mejilla. ¡Buenos días, amor!

—Sí. Efectivamente, son las dos de la tarde, lo acabo de ver en el reloj. No puede ser… ¿Y este hombre no nos ha despertado? Anda, dame un besito, tesoro. ¡Buenos días! Finalmente hemos conseguido descansar.

—Sí. Lo mismo está trabajando en la parte incendiada del castillo. Yo no he oído nada en toda la mañana. Pero dijo que tenía que ponerse en serio ya con los deshollinados de las piedras. A saber dónde estará…

—Anda, vistámonos y bajemos a despedirnos de él. Si no le parece muy mal, podría acercarnos con el coche a la estación de tren.

—De acuerdo, pero no te vayas, yo me ducho y salimos juntos.

—No hay agua caliente, ya lo he comprobado, y encima tiene un color arcilloso terrible. Estas tuberías no se han usado en años. Así que tendrás que conformarte.

—Ok. No me ducho entonces. No lo soportaría…

Nos vestimos, cogimos los abrigos y las mochilas ya preparadas para partir. Hacía mucho frío en los pasillos, pero no se veía a los gatos ni se oían sus maullidos. Buscamos al profesor por el castillo: pasillos, cocinas, salones, biblioteca… Le llamamos a grito pelado, pero no contestaba. Al menos recorrimos las tres plantas del castillo dos veces. El lugar, de día, era mucho más hermoso y cálido. Pero no había señales de él. No podíamos irnos sin despedirnos, así que decidimos esperar un poco más porque ya eran casi las tres y al menos tendría que ir a comer estuviera donde estuviera. Y también porque no sabíamos ni dónde estábamos, lo que nos devolvía una realidad poco atractiva de nuestra situación. Y no queríamos empezar a enfadarnos entre nosotros. Observamos que el coche estaba aparcado y entendimos que el profesor no andaría muy lejos. Llegadas las cuatro de la tarde, y tras haber comido un bocado de pan, chorizo y queso de camembert, decidimos entrar en su habitación, por si tuviera allí un teléfono de línea fija que no habíamos encontrado en ninguna parte y algún número de contacto que nos permitiera preguntar dónde castañas estábamos.

Llamamos a la puerta. No contestó y decidimos abrirla. Cuando entramos, una luz cenicienta se colaba por la cortina y millones de motas de polvo revoloteaban en el espacio. Allí se encontraba el profesor, tumbado en la cama. Nos acercamos cada uno por un lado y le vimos con la boca y los ojos entreabiertos en un tránsito extraño. En la mesilla había un montón de envoltorios médicos y dos frascos vacíos de pastillas. Se había suicidado clarísimamente. Sin articular palabra, le cogimos la mano y estaba ya rígida. En ella dos notas: una nota escrita en español y otra en francés —idioma que desconocíamos—. La escrita en español era para nosotros. Una carta muy larga y llena de amor y buenos consejos que guardé durante mis ocho mudanzas. En resumen explicaba lo que había aprendido durante su vida, exponía que no podía marcharse solo al otro lado y argumentaba que de morirse solo en el castillo, se lo terminarían comiendo los gatos y nadie le echaría en falta. Que lo sentía por nosotros, que lo sentía tremendamente, porque tendríamos que pasar alguna dificultad para explicar la situación. Que únicamente pedía que no le dejásemos solo, que lo enterrásemos en el jardín, bajo un chopo, y que después fuésemos a la policía con las dos notas para que les quedase muy clara la situación. Que a todos los efectos, ya éramos propietarios de su coche y que hiciésemos con él lo que quisiéramos.

Paula vomitó y yo estuve a punto de hacerlo.

Cogimos la llave del coche. Menos mal que yo me había sacado el carnet justo el verano antes de empezar la universidad, y tenía cierta destreza en conducir porque iba de Madrid a mi pueblo varias veces al mes. Nos fuimos de allí para cursar la denuncia y que fuese un juez quien levantase el cadáver. Ni Paula ni yo nos atrevíamos a un acto así que podría ser considerado como ocultamiento de pruebas.

Aquello tuvo una repercusión bestial: en menos de dos horas había un despliegue de medios atosigándonos y preguntándonos de todo. Nuestras imágenes dieron la vuelta al mundo junto con el titular: Y ellos querían ir a Viena…

Yo me había olvidado por completo de este suceso extraño que nos truncó las vacaciones de Navidad de aquel año si no hubiera sido porque el destino quiso que, justo hace un año, leyese un titular de la prensa donde se animaba a los ciudadanos a comprar un castillo por un sistema de multipropiedad. El precio de compra de salida alcanzaba la suma de quinientos mil euros y estaba en perfecta ruina. Y pensé si tal vez, por esas concordancias del azar, fuese ese el castillo…

Días después recibí un mensaje de Paula, que me había localizado a través de Facebook. Debo aclarar que Paula y yo no pasamos más que unos meses juntos tras el incidente, y que ahora era una mujer de éxito, casada y con dos hijos, que me buscó y me animó a hacer aquella locura. Su llamada me sorprendió mucho más que la compra del castillo, la verdad. Ahora, por estas cosas de la vida, somos propietarios junto a otros trescientos dos románticos gilipollas de un castillo y de las múltiples derramas que tendremos que pagar hasta que aquello se recupere. Y cómo  no, somos propietarios también de una nueva aventura. Nunca se sabe…

Olga Ruiz

Navidad de maldad

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Ilustrador@: 

Corrector@:  

Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Navidad de maldad.

Navidad de maldad, navidad asquerosa. Es el mensaje infeliz de La Muñeca Apestosa.

Sí, la Muñeca Apestosa.

Una invención de mi calenturienta mente que no deja de trajinar como joder la navidad al personal.

Pero no creáis que le deseo una navidad maldita y desagradable a toda la Humanidad.

No.

Deseo una navidad catastróficamente chunga a ciertos seres que caminan a dos patas y que se han dedicado durante todo el año a hacer que este mundo sea cada vez más abyecto y pernicioso.

Ilustración de Rosa García

La Muñeca Apestosa es mi último recurso. Un recurso literario y metafórico. Es una muñeca como Pandora, pero en horrible, en nauseabundo, en repelente.

Todo  aquello que deseamos que le ocurra al alguien que te cae como una patada en el culo, te ha puteado, y sabes que lo ha hecho con otras personas a las que aprecias, todo aquel que está –cada día─ haciendo que este mundo sea más indeseable para vivir y que se apoya sobre una tarima o un atril; habla en público para soltar espumarajos de mierda y que se revuelca en su ignorancia y en su ignominia, tiene que sentir el repelente contacto de la Muñeca Apestosa. Oler su podrido aliento. Seguro que muchos de esos mequetrefes que viven en el mundo público (y de lo público) son halitósicos. Por lo tanto se sentirán en familia y bien acompañados.

Pandora era una bella creación hecha para la destrucción y la desgracia de los hombres y, por extensión, del género humano. La Muñeca Apestosa es fea y repelente y está hecha para construir, en vez de destruir, para arreglar en vez de destrozar, y ─sobre todo─ para  borrar el mal gusto y la iniquidad de los que se creen impunes e intocables.

Es una Pandora pero en el sentido contrario en fondo y en forma.

No tiene nombre. Es la Muñeca Apestosa que desea unas infeliz y maldita navidad a todos aquellos que no se la merecen.

A todos esos malditos roedores  y malditas roedoras que no hacen otra cosa que levantarse y maquinar a quién le va a tocar la tómbola del infortunio  aportando su granito de arena de hiena  para ver quién va tener un mal día, una desgracia, un susto.

A  todos ellos, la vengativa Muñeca  Apestosa se encargará de hacerles pasar unas navidades nefastas. Las peores de sus miserables vidas.

No lo dudéis. Compradla. Llevadla a vuestras casas. Regaladla de mil amores.

Es el mejor regalo para tan señaladas fiestas.

Qué paséis unas felices navidades.

Paloma Muñoz

4 de noviembre 2018