Pulp Fogtion

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Corrector@: 

Género: Negro

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Pulp Fogtion.

EL ENCARGO

No fue buena idea hacer caso a aquel fulano. Su olfato de perdedor se lo decía y aun así aceptó el encargo. ¿Qué podía hacer? Llevaba la soga al cuello de por vida debido a diversas deudas, y aquella parecía una buena oportunidad para salir del atolladero. Hacía un año se había involucrado en un asunto feo que resultó ser un fracaso, uno más en su largo expediente. Desde entonces la desesperación le iba consumiendo, y se dejaba caer por los garitos de más baja estofa en busca de trabajillos de poca monta que le permitieran ir saliendo del paso; pero estaba siempre contra las cuerdas y a ese ritmo jamás bajaría del ring. Habituado a perder, siempre puesto hasta las cejas, bien de alcohol, bien de drogas; siempre en estado febril, sudoroso, como si ardiese en el infierno. Ese sería su final si seguía así.

Una noche, en uno de esos locales donde las luces brillan por su ausencia salvo las rojas que alumbran sinuosas curvas bailarinas sobre una barra, un fulano vestido con traje negro barato, corbata estrecha a juego y camisa blanca, se le acercó y le calzó, sin más, un pitillo en uno de los huecos de la nariz. El pobre diablo salió de su trance dando un brinco y no entabló de inmediato una pelea contra aquel tipo porque vio que el pitillo eran mil pavos mal enrollados, cosa que captó su atención más que el cuerpo de la muchacha que andaba (o bailaba) (o se desnudaba) justo a la altura de sus cabezas.

Aquello olía a dinero fácil, así que acabó aceptando el encargo que aquel tipo le propuso en aquel ambiente embriagado de cerveza, entre rayas de coca y rodeado de sensuales mujeres. Pero aquel primer contacto dio pie a todo un embrollo del que Jimmy salió mal parado. Y sabe que actuó mal, que metió la pata, y que se excedió de los límites aunque los límites ya venían sobrepasados, porque aquel asunto olía a mierda de las gordas desde el principio. A pesar de eso Jimmy jamás hubiera pensado que fuese a tomar tales proporciones y es que hay terrenos donde no hay que pisar salvo si eres el Diablo o si has pactado con él, y en todo caso, si se quiere cruzar la delgada línea, hay que hacerlo con cautela, pisando siempre sobre las baldosas amarillas hasta llegar a Oz para pedir, arrepentido, un deseo: abandonar, rechazar aquel encargo (o pacto) maldito. Pero eso ya parecía imposible, aunque él pensó que tendría la última palabra. Y no sólo no pisó sobre las baldosas amarillas, sino que también meó fuera del tiesto. Lo que ocurrió es que él mismo puso un petardo en la mierda y, al explotar, sólo le salpicó a él. Quizá se lo tenía merecido.

Y por esa razón, ahora se encontraba huyendo a toda la velocidad que aquel taxi que había robado le permitía, sin más acompañamiento que los chirridos de la carrocería, el ruido del motor y los remordimientos de su conciencia además del cuerpo que había dejado inconsciente en el maletero junto al maletín que se había agenciado, motivo por el cual se hallaba en esa situación. Su contenido era tan valioso que era un crimen esconderlo allí porque sería el primer sitio donde miraría, pero la huida fue precipitada y no tuvo tiempo de pensar nada mejor. Y no era algo que pudiese llevar puesto porque no le pertenecía, ya no. Así que lo dejó atrás y se puso al volante como un loco.

Usar un taxi para huir no es la mejor idea para salir de la ciudad tras un robo, ya que su típico color amarillo le delataría en cualquier localidad que fuese. Era una más de las calamitosas decisiones de Jimmy, aunque tampoco tuvo muchas más opciones. Ahora mismo no pensaba en eso sino en acelerar.

El calor era sofocante. Era extraño pero siempre le acompañaba ese calor que le empapaba la ropa de sudor y le producía agobios, y esa vez, cómo no, ocurría lo mismo. Eso, junto a las drogas que le consumían por dentro día a día, era una combinación explosiva.

Tenía los ojos desorbitados, puestos más sobre el retrovisor que hacia adelante, y por más que mirase no conseguía alcanzar a ver ningún coche tras él debido al espeso manto de niebla que se había extendido sobre la carretera, pero estaba seguro que aquel tipo no se iba a quedar parado y le perseguiría.

ESMERALDA

Esmeralda Villalobos salió del taxi por la puerta de atrás, es decir, por el maletero. Le costó lo suyo ya que tenía los huesos entumecidos. Se hallaba desconcertada, en medio del bosque y con un manto de niebla que la rodeaba. Además, hacía frío y para una latina como ella eso era algo que no llevaba nada bien. Se preguntó cómo había llegado hasta allí, y para colmo dentro de un maletero. ¿La habían secuestrado? ¿Por qué a ella si sólo era una humilde taxista que intentaba ganarse la vida honradamente? Bien es cierto que en ocasiones hacía sus triquiñuelas con el taxímetro y en otras servía de plan de escape para boxeadores de tres al cuarto que no cumplían con su parte del trato en combates amañados, pero eso no era motivo suficiente para un secuestro. Eso pensaba.

Pero esa duda se desvaneció en segundos porque sus ideas fueron aclarándose poco a poco y al instante recordó a su agresor, aquel enclenque cabronazo yonki (ahora lo recordaba bien, colocado hasta arriba) que la había golpeado en la cabeza con algo lo suficientemente duro como para dejarla inconsciente. Acertó a pensar que no había sido un secuestro sino una huida; lo dedujo porque recordó también que ya había despertado una primera vez dentro del maletero pero con el coche en marcha, y por el ajetreo y los golpes que iba recibiendo justo donde se encontraba ella, en la parte trasera, recibidos seguramente por otro coche, adivinó que se trataba de una persecución y que viajaban a gran velocidad. Hasta que de repente notó un golpe brusco. Seguramente en ese momento volvió a perder el sentido porque a partir de ahí ya no recordó nada más.

Y ahora veía su taxi, de típico color amarillo, lleno de arañazos y abolladuras; estaba golpeado por todas partes y estampado contra un árbol con una fea cicatriz en el morro. Eso la convenció de que estaba en lo cierto. Por fortuna para ella, debido al accidente y los golpes contra los árboles se abrió una pequeña rendija en la puerta del maletero por la cual pudo hacer palanca y salir.

Vio las huellas de los neumáticos que se perdían en la niebla, si las seguía llegaría a la carretera y sólo sería cuestión de tiempo que pasara alguien que la llevase a algún lugar civilizado, donde pondría una denuncia y volvería a casa dando gracias a Dios por salir airosa de aquel percance. Ahora Esmeralda era una persona creyente y no quería complicaciones. Había tenido un pasado turbulento antes de que el reverendo Samuel la encauzase por “el  camino del hombre recto”. Y cuando vio el reguero de sangre que se adentraba en el bosque se dio cuenta de que pertenecía al cobarde que la había agredido y abandonado en el maletero durante horas, casi a la intemperie, perdida en aquel bosque; así que decidió coger la dirección opuesta: el camino hecho por los neumáticos que la llevaría a la carretera.

Puesto que hacía frío volvió al maletero en busca de su abrigo, donde también vio un maletín que había viajado con ella pero que no le pertenecía. ¿Qué contendría? Trató de abrirlo pero no pudo. No era momento de perder el tiempo con eso, ya lo abriría en otra ocasión. Pensó que a lo mejor, después de todo, iba a salir ganando.

Volvió a la parte delantera del taxi para coger su revólver que guardaba en la guantera. Para abrirla tuvo que extraer las llaves del contacto, y al hacerlo se apagaron las luces del coche. Le costó un rato adaptarse a la oscuridad, pero cuando lo hizo cogió el revólver y comenzó su marcha hacia la carretera.

LA PERSECUCIÓN

La niebla era intensa y no dejaba atisbar más allá de dos o tres metros. Tan sólo árboles y alrededor de ellos sólo el gris en la noche que se confundía con el humo del motor del taxi empotrado contra uno de los árboles del bosque. Aquello no parecía un accidente como otro cualquiera, ya que el vehículo se encontraba a unos cuatrocientos metros de la carretera. Demasiado lejos. Por la ladera que discurría hasta la zona del accidente se apreciaban los surcos dejados por los neumáticos mezclados con los restos de arbustos aplastados, y cortezas arrancadas de los troncos de los árboles.

El olor a gasolina que impregnaba el ambiente le despertó recordando cómo empezó todo, aquella noche en la que el mismísimo Satanás vestido con un arrugado traje negro, corbata a juego y camisa blanca le hizo oler el dinero en un pitillo enrollado. Despertó sumido en esa pesadilla, empapado en sudor  (como era habitual), y también en sangre (no tan habitual). Dedujo que había sufrido un accidente, de ahí la sangre que manaba de su cabeza y que además alcanzaba el volante y había puesto perdido el interior del coche y el parabrisas, que ahora veía también hecho añicos. Poco a poco iba haciéndose cargo de la situación y el tremendo dolor de cabeza se lo confirmó. Pero no sabría decir cuánto tiempo estuvo inconsciente ni cuánto tiempo había estado huyendo, quizá dos o tres horas en total porque ya había anochecido. Le alivió verse en ese estado, ya que peor hubiese sido que le cazase aquel tipo. Aquello no era nada, comparado con lo que podía haber llegado a sufrir. Y es que jamás nadie daría crédito a su historia si conseguía escapar y contársela a alguien.

Consiguió salir del coche tras comprobar que, milagrosamente, no tenía nada roto salvo la brecha en la cabeza de la que manaba sangre sin cesar; quizá Dios se había puesto de su parte por una vez en la vida, justo en el momento más oportuno. Quiso pensar en cómo había ocurrido el accidente. No estaba seguro de si se había salido de la carretera al quedarse inconsciente debido a las drogas que había consumido y que ahora necesitaba más que nunca, o se quedó dormido fruto del cansancio. O quizá fue algo peor. Sí, fue eso, algo peor.

Al ver los faros encendidos le vino a la mente el momento en el que, tras largo tiempo conduciendo por aquella carretera solitaria, vio acercarse, progresivamente, lo que en principio eran dos faros y que conforme iba estando más próximo comprobó que se trataba de un coche tuerto con una sola luz encendida y la otra a medias. ¡Vaya imagen!, como un pirata con parche en el ojo presto al abordaje, o como un sádico en esa noche gris de niebla, guiñándole el ojo con el faro roto mientras decía: “Ya estoy aquí…”.

Desde que salió a la carretera no se había cruzado con ningún alma al volante, cosa que, con el transcurrir de las horas, le había dado cierta tranquilidad. Dejó de pensar que le perseguían, se olvidó, y cayó en cierto sopor, en el que no andaba dormido ni tampoco despierto del todo, sino que se hallaba en un duermevela que absorbía sus pensamientos, de los cuales muchos no quería recordar. Tampoco podía escapar de ellos, ahí estaban, repiqueteando como campanadas a media noche… en la hora de las brujas y también de los fantasmas… como aquel que iba tras él, con un ojo encendido y otro no, a gran velocidad y acercándose cada vez más.

Jimmy se puso en alerta de un brinco, como un resorte se reincorporó en el asiento y apretó el acelerador todo lo que daba de sí aquel trasto.

La carretera atravesaba un frondoso bosque del cual escapaban hileras de árboles de robusta envergadura que escoltaban a la carretera por ambos lados, y era interrumpida de vez en cuando por algún camino secundario que llevaba a granjas abandonadas o semiabandonadas pero ocupadas por gentes fuera de la ley que habían encontrado amparo en aquellos parajes donde nadie los buscaba ni ellos se dejaban encontrar. Vivían de pequeños saqueos y a las autoridades locales les era más fácil tenerlos controlados en esas zonas que ir tras ellos, por lo que hacían la vista gorda. No tenían buena fama, ni unos ni otros, así que lo mejor era ignorarse mutuamente y todos tan felices. O al menos eso es lo que pensaba la gente.

Los dos automóviles cada vez estaban más cerca, el del ojo tuerto acosaba al taxi, y Jimmy apenas podía controlar su coche. Habían alcanzado gran velocidad, los neumáticos echaban chispas y la carretera comenzaba a serpentear, lo cual complicaba la conducción.

El coche fantasma se aproximaba y embestía con su morro contra el parachoques trasero del primero. Las sacudidas eran cada vez más virulentas. A Jimmy le faltaba tiempo para reaccionar con cada golpe, hasta que llegaron a un punto donde la carretera tomaba una curva cerrada y Jimmy no pudo verla debido a la espesa niebla. Quitando los dos escasos metros de claridad delante de él, el resto era noche gris y confusión. La curva llegó de repente y fue como una atracción de feria: el coche salió volando alrededor de cinco metros ladera abajo hasta dar contra el suelo, momento en que Jimmy recuperó la respiración. A partir de ahí fue una carrera frenética sin control por enderezar el rumbo, pero el automóvil había tomado demasiada velocidad y fue misión imposible, se había adentrado en el bosque atravesando arbustos, plantas y cualquier cosa en su camino. Tras chocar lateralmente con varios árboles fue a parar bruscamente contra el que lo frenó frontalmente. Y entonces todo quedó en calma.

EL JUEGO

Los dos hombres viajaban con las luces apagadas, conocían el terreno y no les causaba ningún problema. Sabían muy bien lo que hacían y lo que hacían era un juego perverso del gato y el ratón. Ellos eran el gato, o el lobo en ocasiones, y andaban por la carretera durante kilómetros en busca de caperucitas: otros vehículos que circulaban por la misma carretera. Cuando los veían encendían las luces y los perseguían a gran velocidad. Uno de los faros fallaba, lo cual daba al asunto un punto más aterrador, y eso es lo que pretendían: asustar a los otros conductores, divertirse un rato y después, ya verían.

Algunas noches se reunían para beber y echar unas partidas: la cosa iba a más y cuando eso ocurría, ciegos de alcohol, salían de caza. Primero era el juego: la búsqueda, la persecución… Los acosaban, los embestían, golpeaban sus vehículos y los aterrorizaban. Después, o bien les robaban o bien lo otro.

Aquella noche era propicia ya que la niebla era un ingrediente muy oportuno en su macabro juego, pero no todo había ido bien hasta ese momento: se les había escapado una presa y eso no solía ocurrir y si ocurría era un problema porque estaba la posibilidad de que los denunciasen y eso los pondría en un aprieto.

Entre latas de cerveza y cajas de pizza iban conduciendo mientras discutían, aunque el tarado no hablaba, sólo lloraba bajo la careta de cuero que le escondía la cara. Era Zed quien se cagaba en sus muertos e insistía una y otra vez en que se callase o le dejaría tirado en la cuneta. Se les había complicado la noche, insistieron tanto con aquel taxi que el juego se les fue de las manos.

El tarado no dejaba de llorar y gemir y Zed estaba cada vez más nervioso. La tensión iba en aumento al igual que la velocidad, así que cuando apareció el cuerpo de una mujer en la carretera agitando los brazos pidiendo auxilio a punto estuvo de llevársela por delante. La niebla no le dejaba ver mucho, por eso la mujer apareció de improviso. Esmeralda tuvo que echarse a un lado rápidamente y rodar por el suelo para no ser atropellada.

Cuando se levantó vio cómo el coche frenaba y daba la vuelta. Estaba de suerte, la habían visto y volvían a por ella. Pero se equivocaba, en parte.

Zed estaba como loco: desquiciado por culpa del tarado y fustrado porque se le había escapado una víctima, además de borracho. Así que quiso pagar sus fustraciones con aquella mujer que se le apareció como caída del cielo: dio la vuelta, encendió las luces, aceleró y fue a por ella.

Esmeralda se vio deslumbrada por el único faro del coche tuerto y vio cómo este se abalanzaba sobre ella, pero pasó de largo aunque lo suficientemente cerca como para tirarla al suelo. El coche derrapó detrás de ella mientras rugía el motor y rechinaban las ruedas sobre el asfalto.

De nuevo se repitió la situación, el coche volvió a hacer una pasada veloz muy cerca de Esmeralda, que volvió a caer al suelo. No comprendía la actitud de aquel coche de policía, o mejor dicho, de su conductor. Cuando lo vio se sintió aliviada porque pensó que había encontrado la ayuda que necesitaba, pero aquello se había convertido en una pesadilla. Intentó levantarse como pudo para huir pero el coche patrulla había reaccionado rápidamente y le cortó el paso frenando bruscamente, lo que hizo que el tarado se golpeara la cabeza y quedara inconsciente. Esmeralda se sintió acorralada, Zed salió del coche… Ya sólo quedaban Caperucita y el lobo, pero Caperucita llevaba un revólver y no le tembló el pulso a la hora de usarlo, y con un disparo certero en la cabeza de Zed se acabó la amenaza.

Cuando Esmeralda se recuperó se dio cuenta de lo que había hecho: había disparado a un policía. No les resultaría difícil atar cabos en las investigaciones, con su taxi de por medio y la bala del calibre de su revólver. Y nadie creería su historia porque ella era una chica latina y el otro no dejaba de ser un policía… muerto.

Además, estaba el maletín con el que pensaba huir. No sabía lo que contenía, ya lo averiguaría más tarde, pero algo gordo debía de ser para formarse aquel revuelo. A fin de cuentas puede que hasta saliese ganando… o no.

EL BOSQUE

Y ahora, ¿dónde iría? ¡Qué más daba! Comenzó a caminar alejándose de la claridad que le proporcionaban los faros del coche. La luna poco podía hacer por alumbrarle, ya que era una pequeña grieta blanca en la noche, casi imperceptible debido a la niebla, al igual que los árboles a su alrededor, a los que iba descubriendo conforme caminaba. Además, los encontraba todos iguales, y es que así eran: un bosque de coníferas cortadas por el mismo patrón. Había que ser un experto en el terreno para guiarse por allí y Jimmy no lo era, por lo que el panorama que tenía ante él no era muy alentador, pero menos lo era el que había dejado atrás, así que continuó su marcha pensando en que, tarde o temprano, encontraría algo, no sabía muy bien qué pero le aliviaba pensarlo. Seguro que algo que le ayudaría a salvar esa noche y ponerse a resguardo.

Cuando ya había andado un buen rato se dio cuenta de que los faros encendidos del coche podrían desvelar a su perseguidor el lugar del accidente. No cayó antes en ese detalle ya que estaba bastante alterado debido al impacto, con una brecha que sangraba en la cabeza y sumido bajo los efectos de las drogas. ¡Qué idiota! Aquello le iba a pesar durante la caminata. Aunque a decir verdad, no sabía qué había sido del pirata tuerto, si había corrido la misma suerte y se encontraba accidentado en otra parte del bosque o incluso en la carretera, o si le había perdido la pista y se había largado; pero no pensaba retroceder para comprobarlo ni volver para apagar las luces. Correría ese riesgo.

Del remolino de pensamientos que azotaba su mente el que destacaba entre todos era el de salir de allí y alejarse cuanto más mejor.

Anduvo durante bastante tiempo, no sabría decir cuánto, pero todo le parecía igual: los mismos árboles por todas partes, y esa niebla espesa que los difuminaba. Por fin llegó a un punto en el que los árboles parecían estar más distanciados y donde cambiaba ligeramente la pendiente del terreno. Empezaba a animarse, quizá encontraría algo diferente: un camino, una casa… Pero la ilusión duró poco porque de nuevo los árboles empezaron a rodearle y volvía a estar en la misma situación. Ya no sabía qué hacer más que andar para entrar en calor. Si paraba a descansar sería peor porque la noche era fría y no lo iba a pasar muy bien.

Ya habían pasado al menos dos horas. A esas alturas ya no pensaba en su perseguidor, ahora tenía otro objetivo que era el de salir de ese bosque. Empezó a calmarse pensando en que si no lo hacía pronto siempre podría esperar a que amaneciese y entonces le sería más fácil orientarse.

Pero para eso aún quedaba mucho, así que de momento no le quedaba más remedio que buscar una salida a ese laberinto y para ello no tenía otra más que andar, andar, andar…

De repente tropezó con algo metálico que le hizo perder equilibrio y caer al suelo. Cuando vio el objeto detenidamente un mal presentimiento le abatió… ¡No se lo podía creer! Miró a su alrededor y entre la niebla logró distinguir el color amarillo del taxi con el que había huido empotrado contra un tronco. El objeto metálico era parte del parachoques que se desprendió por los impactos contra los árboles. ¡Había vuelto al punto de partida! La desdicha le perseguía. Había andado desorientado durante horas, soportando el frío y la niebla, para volver al mismo sitio. Cosa inútil. Y para colmo las luces del coche estaban apagadas. Pensó que se habría agotado la batería, pero cuando vio que las llaves tampoco estaban se puso en alerta.

Fue entonces cuando escuchó el disparo que rasgó su alma ya de por sí quebrantada. Inmediatamente le vino a la mente el fulano del traje barato. Probablemente habría estado allí hace poco, habría encontrado el coche y ahora estaría en su búsqueda. Seguramente escuchó el ruido al tropezar con el parachoques, lo cual indicaba que no andaba muy lejos.

Presa del pánico salió corriendo de allí, sin saber hacia dónde. No importaba, todo era lo mismo: niebla y árboles. Corrió todo lo que pudo y más, hasta que el corazón le pidió un respiro. Entonces se apoyó en un árbol, jadeante, esperando no sabía muy bien qué mientras recobraba el aliento: esperando escuchar otro disparo, seguramente. Pero ya no se escuchó nada más.

LA CASA

La noche estaba llegando a su fin y se vislumbraban los primeros albores del amanecer. Había transcurrido una hora desde que se produjo el disparo y ahora parecía como si nada hubiera ocurrido en aquel frondoso bosque.

Aunque la niebla ya no era tan espesa como antes, aquella casa apareció ante él sin previo aviso: ni un vallado, ni una señal de propiedad privada, ni un camino que le llevará hasta allí. Apareció sin más de la nada. Era gris o así la tintaba la niebla, y era una construcción de madera de dos pisos, con porche en la entrada y tejado a dos aguas. Se quedó un rato parado contemplándola. Tenía un aspecto siniestro. Seguro que de día sería otra cosa.

A pesar del aspecto era una buena noticia para Jimmy porque esperaba encontrar alguien dentro que le pudiese ayudar aunque, a decir verdad, no había ni una luz encendida ni se oía nada en el interior. Algo comprensible a esas horas de la noche. Si vivía alguien dentro en esos momentos estaría durmiendo. Jimmy esperaba que quien fuese no se tomase a mal que le despertara tan tarde. No sabía lo que se iba a encontrar, pero seguro no sería tan malo como lo que le perseguía.

Los efectos de las drogas ya se habían evaporado y el pánico que antes le alteraba había desaparecido al ver su posible salvación frente a él.

Pero quien nace perdedor lo es para toda su vida, hasta el final, y Jimmy lo era y su final estaba cerca.

Lo que ocurrió fue que al caminar hacia la casa pisó una de las trampas para osos que los dueños habían colocado estratégicamente para protegerse y no de los osos precisamente, sino de los hombres. Eran marginados, proscritos, gente fuera de la ley y del sistema. Ese era su mundo y renegaban de la sociedad porque la sociedad los había expulsado. Habían formado su propia comunidad y rechazaban las visitas, por eso habían rodeado la casa de trampas como aquella.

A la herida de la cabeza se le unía la herida en la pierna. Si no abría la trampa y conseguía frenar la hemorragia moriría desangrado, pero él era un yonki enclenque y estaba agotado. No tenía fuerzas para abrirla por lo que empezó a dar voces desesperadamente con la idea de que alguien de la casa le escuchase y saliese para ayudarle.

Era imposible que alguien oyera sus gritos en esa casa porque estaban todos muertos. Los había matado el tarado uno a uno, pero con delicadeza, porque eran su familia. Y aun así cuidaba de ellos: los sentaba a la mesa, afeitaba a su padre todas las mañanas, los acostaba a la hora de dormir incluso los aseaba y les lavaba la ropa. Pero esto Jimmy no lo podía imaginar, ni conocía al tarado, hasta que se presentó ante él. Y entonces Jimmy gritó más que nunca. Porque la presencia del tarado imponía: era un gigante de dos metros con mentalidad de un niño de dos años, vestido con traje de servidumbre sadomasoquista y careta de cuero.

Cuando el tarado recobró la consciencia debido al golpe en la cabeza, contempló el panorama que tenía frente a él: el coche de policía atravesado en mitad de la carretera donde se veían las marcas de los neumáticos desgastados por los derrapes, y junto al coche el cuerpo sin vida de Zed, que se desangraba formando un gran charco. Lloró y huyó despavorido de allí en busca de su familia y cuando estaba llegando a su hogar fue cuando escuchó los gritos de auxilio de Jimmy, que estaba tirado en el suelo sin poder moverse, con una pierna inservible.

El tarado se agachó frente a él y lo alzó en el aire como quien levanta una pluma, se lo cargó al hombro, y se dirigió al interior de la casa.

Jimmy no daba crédito a lo que estaba ocurriendo: había conseguido engañar al mismísimo Diablo para nada; para terminar víctima de aquel gigante retrasado. Le dolía en el alma cómo su vida había sido una desdicha constante, repleta de infortunios y calamidades: un perdedor.

El tarado cerró la puerta tras él, y durante un rato continuaron escuchándose los gritos desesperados de Jimmy.

Vicente Mateo Serra

Maldita la suerte

Autor@: 

Ilustrador@: David Aguilar Parque

Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Microrrelato

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Vicente mateo Serra. La ilustración es propiedad de David Aguilar Parque. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Maldita la suerte.

Si por él fuera hubiera querido seguir tranquilo, con los suyos, a su aire, pisando hierba y no pisando arena y mucho menos sangrando, y no invitado forzoso a aquella fiesta que no va con él. De ahí su sorpresa y desconcierto por ver que sangra, o le hacen sangrar, por verse herido en cualquier caso. Por verse preso y condenado en aquel recinto sucio de charcos que manchan de su sangre el suelo, acosado por los cientos de miradas del tendido, clavadas o tendidas sobre él, igual que los dos pares de palitroques sobre su lomo, ejecutados en una suerte de suertes, de mala suerte más bien, o más mal, que sirven para reanimarle sin restarle fuerza y que llaman banderillas, o avivadores, pero que paradójicamente le acercan a la muerte.

Ilustración de David Aguilar

El dolor en sus vértebras no augura nada bueno y sus oponentes, que no son uno sino varios, a pie o a lomos de un caballo, van armados y lo lastiman. El primero es de los últimos: un picador que porta vara larga rematada en una puya que clava con ahínco sobre la cervical de Virtuoso, que le destroza los músculos e impide que pueda alzar la cabeza. Humillación, según los matadores. Pero los puyazos son excesivos y profundos, y también alcanzan los pulmones y los perforan. Virtuoso se desangra por fuera y por dentro. Y se ahoga.

Y es entonces cuando el matador principal, vestido estrafalariamente, al que llaman diestro por su destreza en su arte pese a ser un arte ejecutado de forma siniestra, se presenta ante la mirada del animal sabiendo que cometer un error le costará un serio disgusto. Peor suerte correrá Virtuoso. Todavía no lo sabe aunque lo intuye. Aun así, el matador se muestra soberbio, con aires de grandeza y prepotencia. Retando la mirada del animal coge distancia y ayudándose del capote templa los nervios templando la embestida del toro. Se confunden los rojos: la sangre y la tela. Al matador sólo le queda culminar su crimen imperfecto: arma el brazo con el estoque en prolongación y espera a que arranque el toro. Virtuoso comienza la carrera que le resta tiempo y cuando está a la altura de su matador, este ejecuta un quiebro de muleta que engaña y burla a Virtuoso por última vez al tiempo que le clava el estoque en lo alto y penetra hasta el fondo.

Y ahora Virtuoso ya no lo intuye, lo vive, vive que se le va la vida.

Vicente Mateo Serra

18ª Convocatoria: Fobias

Fobias

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Racional

—¡Uf, aparta eso de aquí! —digo poniendo cara de asco y apartando la cara—. Ya sabes que no soporto las aceitunas. Debe de ser una fobia o algo así.
—No, no es una fobia —dice Rodrigo con ese aire de superior tan suyo—. No las soportas porque de pequeña casi te ahogas comiéndote una. Te dan terror, pero no es una fobia.
—Qué más da, no las aguanto, les tengo fobia.
—No, no es una fobia, hay una causa, no es algo irracional.
No sé por qué quedo con Rodrigo, siempre termina sacándome de quicio. Bueno, sí lo sé. Es mi hermano mayor, es Navidad y me da pena. Él siempre lo pasa mal en estas fechas. Nunca celebra nada, ni quiere venir con la familia, aunque no sé por qué, nunca me lo ha dicho. Debe de ser que tiene fobia a la Navidad.
—¿Y tú no tienes ninguna fobia? —pregunto.
—Ninguna —me responde muy seco.
—¿Seguro?
—Sí, seguro, y vámonos de este centro comercial. No lo soporto, no sé por qué me he dejado convencer para quedar contigo. Casi mejor que nos vemos después de las fiestas. Mira ahí está el ascensor.
—Pues yo creo que sí que tienes alguna fobia. —Sigo picándole mientras vamos al ascensor.
—Pues yo estoy seguro de que no, ni siquiera a ti, que ya me tienes harto, pero es algo racional, hay un motivo, eres una pesada.
Entramos en el ascensor y sonrío con intención de darme por vencida. Ya sé cómo es Rodrigo, desde pequeña siempre me llevaba la contraria, e incluso, en cierta medida, siempre pensé que me odiaba, me imagino que porque fui la intrusa que le quitó el protagonismo en casa cuando nací, pero yo le quiero.
La puerta se cierra, pero antes de que lo haga del todo, un brazo vestido con una túnica colorida emerge en el habitáculo, haciendo que vuelva a abrirse. Tres hombres vestidos de Reyes Magos entran. Empiezo a oír una respiración entrecortada, un extraño intento de hablar. Miro a Rodrigo. Está pálido. Se lleva la mano a la garganta. Parece reaccionar. Grita. Empuja a los Reyes y sale corriendo. Yo también salgo, disculpándome.
—Pero, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
—Nada, nada. Estoy bien.
—¿Tienes claustrofobia?
—Que no, que yo no tengo fobias, solo es que no los aguanto. Vamos por la escalera —dice Rodrigo, mientras sus ojos miran de reojo al ascensor, apartándose con temor.
—¿Los Reyes? ¿Es eso? ¿Te asustan los Reyes Magos?
—¡Cómo voy a tenerles miedo! Solo es que no me gustan, son algo absurdo, no los soporto.
Recuerdo que cuando éramos pequeños nunca venía conmigo cuando íbamos a la cabalgata, pero su reacción era excesiva.
—¿Que no te gustan? Pero si casi te ahogas. Tú…, ¡tú tienes fobia a los Reyes Magos!
—¡Yo no tengo fobias! —grita y noto cómo la gente nos mira—. No me gustan, los odio, no soporto estar en el mismo sitio en que estén ellos.
—Pues eso, una fobia.
—No es una fobia. No es irracional.
—A ver Rodrigo, eres incapaz de estar en un sitio con alguien disfrazado de Rey Mago sin ahogarte. ¿Eso es racional?
—No es irracional. Hay un motivo.
—¿Cuál?
—Olvídalo.
—Es una fobia.
—¡Que no es una maldita fobia!
—¿Y entonces?
Veo que se pone rojo de furia. Pienso que quizá me he pasado y no tenía que haberle presionado tanto. Ya sé cómo es, qué más me da que no reconozca lo obvio. Parece que va a estallar. Se acerca a mí y empieza a gritar.
—Sabes, no es irracional, hay un motivo. Ellos… ellos… ¡Se tiraron a mamá! Para ti es fácil, son tus padres.
Me quedo en silencio. La gente nos mira. Ya no sé de qué color estoy.
—Es irracional. Es una fobia —me apresuro a decir antes de salir corriendo.

Veinticinco años atrás….

—Cariño. Se lo deberíamos decir ya.
—¿Ya?¿Tú crees que es necesario? Todavía es pequeño, no lo va a entender.
—Pero ya sabes que es muy listo y se va a dar cuenta y lo va a soltar por ahí, y ya verás qué lío.
—Pero si se lo decimos lo dirá igual.
—Le diremos que es un secreto, ya sabes que nunca dice nada si le decimos que es nuestro secreto.
—Vale. Pero se lo digo yo, que tú eres muy ñoña.
—¡A ver qué le vas a decir!
—Pues la verdad, que como papá y mamá se quieren mucho se han dado muchos besitos…
—¿Y yo soy la ñoña?
—…hasta que papá no ha aguantado más y se ha subido encima de mamá.
—¡Serás bruto!
—Pues si quieres le cuento lo de la semillita.
—Mejor aprovechamos que es Navidad.
—Tú misma.
—¡Corazón, ven un momento!
—Mi oferta sigue en pie, le contamos mi versión y matamos dos pájaros de un tiro.
—Calla. Hola, corazón. ¡Pero que guapo es mi niño! Mira, mi vida, mamá ha ido esta mañana a echar la carta a los Reyes Magos, la que escribimos juntos pidiendo un camión y un tren, y además también les he pedido que este año te traigan una hermanita. ¿Estás contento, Rodri?

JMM
7/1/2014

Un sitio para Gala

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Cuento

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de  Yolanda Aller. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Un sitio para Gala.

Gala tenía miedo a los ladrones… Y a la oscuridad…. Y a quedarse sola….

La pequeña Gala era racional para sus pocos años. El pelo rubio, a la par que oscuro, para pasar desapercibida. El habla silenciosa para poder observar. La mente, brillante. Hacía las cosas de su edad. Habilidosa con sus manos, tenaz en sus intentos, reflexiva, lista, muy lista. Aprendía y cogía del mundo lo que éste le enseñaba. Apenas lo veía, lo interiorizaba. Y los números se metían a operar en su cabeza, las letras a crear, y la música a viajar en violines por territorios ya conocidos.

 Pero, a veces, tenía miedo. Su cabecita se arriesgaba tanto que la llevaba de aquí para allá en nubarrones negros, corcheas que corrían descontroladas, hadas perdidas y cientos de vidas con principio y fin. Gala sufría sus pensamientos enroscándolos y alimentándolos de oscuridad. Se asía, de puro miedo, a una pequeña lamparita a fin de buscar un poco de luz que le dijera que lo que sus ojos veían era cierto. Pero, al final, su alma se imponía y la llevaba consigo a un libre albedrío de sustos y temores.

 Gala tenía miedo a los ladrones. A que vinieran a buscarla.

 Por la noche, dentro de su cama, los esperaba pacientemente. Nunca fallaban. Generalmente, la pequeña solía dormirse antes. Luego, siempre había algún ruido inesperado que la avisaba de que ya habían llegado y que deambulaban en su paseo diario por la casa. Acechándola y acompañándola. Pero ellos nunca la veían…

 Afinaba el oído y no respiraba para alcanzar a escucharlo todo.

 Sentía su presencia en la cocina. A veces, gritaban, y otras sentía un ligero murmullo. Oía música y un tintineo de cubiertos. Arrastraban las sillas y andaban con pasos irregulares. Los pasos que Gala lograba acompasar con el latido de su corazón: primero dos corcheas, luego una negra y otra negra, dos corcheas…, negra y negra… Gala se tapaba los oídos para no quedarse enganchada al ritmo que se repetía y se repetía.

 Por las noches se preguntaba qué hacían allí. Estaba convencida de que, en algún momento, llegarían a por ella. Pero, para eso… tenían que verla.

 Los oía en su habitación. Sobre la estantería de su cama colocaban sus manos, hacían crujir la madera y pasaban las hojas de los libros. Proyectaban los personajes de los cuentos y relatos sobre la pared en destellos intermitentes. Un cinemaxín de imágenes equívocas que hacían a Gala estremecer. Por debajo de las sábanas era capaz de percibir los colores como luces luminosas. A veces, incluso le llegaban olores de otros tiempos: olores a otoño mojado, a agua, a madera. Las imágenes la cautivaban en la pared pistacho. Privada de voluntad, se lanzaba hacia ellas para fundirse con los personajes.

 Y, mientras tanto, tenía miedo, miedo a los ladrones.

 Ellos estaban allí y Gala era capaz de sentirlos. Giraban alrededor de su atrapasueños. Lo atravesaban sin miramiento alguno y rompían su protección. Gala decía que eso ocurría porque no estaba colgado del cabecero de la cama, como debía ser. La red nunca lograba atrapar sus pesadillas y al final se deslizaban, sutilmente, como los grandes sueños buenos, por el centro del círculo. Y por el círculo con diferentes acrobacias se colaban también los ladrones.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Los ladrones, a veces, osaban llegar más allá y ella parecía sentir que llegaban a tocarle la cara. Su cara plácida. Con un pequeño roce, apenas una caricia, Gala sentía el contacto de unas manos suaves sobre su piel temprana. La sensación era tan real y sutil a la vez que la llevaba a caer, poco a poco, en un sollozo tembloroso al que siempre seguían el llanto y los gritos de una realidad que no entendía. Llamaba a su madre, a su padre, y para que la creyéramos se dormía reteniendo con su mano el roce de aquella otra suave mano, con la tranquilidad de que no la habían visto.

 Gala temía ir hacia otras vidas. Que los ladrones se la llevaran a una vida distinta y con otra familia, en otro lugar. Conocía la lección.

 Cada noche acudíamos cuando nos llamaba. Nos metíamos en su cama y la abrazábamos hasta que ni ella ni nosotros podíamos respirar. Era incapaz de levantar la vista. Temía que la vieran ver… Nunca oímos nada, nunca vimos nada. Pero resultaba imposible no creerla.

 Allí debían de estar. No había forma de terminar con el desfile de imágenes que Gala describía sobre la pared. Con la luz encendida la proyección finalizaba pero, en plena oscuridad, era Gala la que narraba los relatos de todo lo que iba viendo. Sin conexión. Una cabalgata de seres y personas que parecían provenir de libros y de fuera de ellos, de antes y de ahora.

 Yo estaba cerca pero en vano. Me levantaba, nerviosa, encendía la luz de la lamparita para ver con los ojos. Abría y cerraba los libros con fuerza a fin de aplastarles, de encerrarlos a todos ellos y de que no pudieran salir. Sacudía una y otra vez el atrapasueños haciendo correr el aire por sus hilos para que, con el polvo, se fueran ellos.

 Y Gala me miraba hacer, como si me equivocara, con la convicción de que no estaban allí, cautivos en los libros o liberados de las redes.

 La acompañaba a la cocina, cuando los oía allí, la colgaba a mis espaldas como a un pequeño cachorro y bien sujeta, la llevaba por el pasillo. Al llegar, siempre se imponía el silencio.

 —Cariño, ¿no ves? No hay nadie.

 Ella abría los ojos levemente y buscaba el desorden que en su mente habían causado. Todo estaba en su lugar. Nada se había movido. Y entonces lloraba y gritaba, convenciéndose de que no se podía equivocar tanto.

 —¡Me van a llevar! ¡Me van a llevar! ¡Es que todavía no me han visto!

 La acercaba a mí, al calor de mi cuerpo, la arropaba para no perderla, sintiendo el miedo de que me la fueran a arrancar, de que las palabras fueran capaces de provocar que se la llevaran.

 —No están, cariño, ya no están.

 Se confundía. Podía casi leer sus pensamientos que me decían que tal vez se hubieran ido. Y los míos que decían que tal vez nunca habían estado.

 Con firmeza le rogaba:

 —Ya, Gala, suéltalos, mi niña.

 —Pero… ¡sí que entran, mamá!. Los ladrones entran en cualquier sitio.

Pero ellos quieren cosas, tesoro, cosas para ellos. Quieren las cosas que quitan a los demás.

 Y Gala seguía queriendo entender. Pero había oído que podían romper cristales, que podían tirar puertas, y que además todo podía pasar sin que nadie hiciera nada. Los ladrones actuaban con total impunidad. Dentro de su mundo y en el nuestro no encontrábamos razones para convencerla. Era vulnerable, porque tal vez lo fuera, como todos nosotros. Y si la vieran…

 Gala tenía miedo a los ladrones.

 En ocasiones su miedo afloraba también durante los días, en escenas cotidianas. Paseaba por la calle y se aferraba férreamente a mi mano. Miraba hacia los lados. Y si veía a alguien acercarse, le observaba detenidamente, trataba de averiguar si se adecuaba a su perfil de ladrón. Paralizada, esperaba hasta que finalmente se cruzaban con nosotras y se iban. Yo la oía respirar. Y también yo lograba acompañar mi corazón al suyo. Al ritmo acelerado.

 II

 Un noche decidí pasarla entera con ella. Me dormí hasta que un ruido inesperado me avisó. Y las dos nos despertamos. La cogí de la mano y nos fuimos a la cocina. La senté en su silla alta y empezó a contarme.

 Érase que se era una niña con muchas vidas. Había sido, campesina, náufraga, violinista, y no sé cuántas cosas más, y había vivido ahora, hace mil años, hace cien y hace cincuenta. Pero siempre la robaban… Gala se veía, como alguien robado que estaba de paso y trataba de contar, con sus palabras, lo que sabía.

 —Mamá, es que me llevan… —sollozaba.

 Su madre le calentaba un vaso de leche con cacao y ponía sobre un plato dos galletas. Trataba de traerla al presente. Revolvía con la cucharilla el cacao sin parar para que Gala no se desprendiera de ese momento a su lado.

 —¿Quién te lleva, Gala? ¿Dónde te llevan?

 —Con otras mamás a veces, y otras veces yo soy la mamá…

Y me contó de sus mañanas de campesina. Sus manitas rotas y resquebrajadas en las heladas. Sin pan. Vivía en una casa de adobe, arena y cañas, con una única habitación. Su mamá tejía sus ropas cada año. A su padre sólo le veía por la noche. En esa vida perdió el apetito para siempre. Se puso malita y le subió la fiebre. Entonces se la llevaron.

 Y me contó de cuando ya no pudo respirar más. De cómo llegó la tormenta y las olas desorientadas la mareaban y la sobrepasaban. Recordaba un mundo blanco y azulado alrededor, neblinoso y difuminado, y que se hundía y se hundía. Y que no tenía aire. A su alrededor agua, agua turbulenta, agua con arena, agua encima y agua debajo. Y tomó el agua como quien respira. Y se la volvieron a llevar. Con ello se quedó la angustia, los infinitos catarros… y el miedo al agua. Pero no alcanzaba a decir más. No podía comprobar nada.

 Y cuando fue mamá junto a un papá. Y vivía en una enorme casa con un gran jardín. Vestía largos vestidos y sombreros. A veces llevaba paraguas para el sol. Era capaz de verla como en un cuadro impresionista. Tuvo dos niños. Pero con el tercero, vinieron y se la llevaron.

 La escuchaba aturdida, maravillada y angustiada, con su lenguaje infantil y su narración desordenada, llena de saltos en el tiempo.

 —Así que volverán ahora también —reafirmaba.

 Ahora estaba conmigo, con su mamá de ahora. La que la había engendrado. De la que tenía su forma de cara, su pelo, su espíritu enérgico y triste. Esta vida era para nosotras. No dejaría que nadie entrara. Ella era mi Gala. Y esta vida era nuestra. Esta vida era nuestra, me repetía. ¿Dónde estaban ellos?

Y Gala se zambullía en sus historias mágicas que adornaba con tal realismo que lograba atraparme y absorberme en ellas. En cada historia me dejaba caer para estar a su lado, para que no estuviera sola en esos mundos, que empezaban y acababan.

Totalmente imbuida en cada nueva realidad, contaba que incluso tuvo vida de hada. Cantarina entre los árboles, cantarina sobre las hojas de los ríos, cantarina en los cantos rodados. Le encantaban los arándanos y el trigo, y la música, y tenía un violín. Y adivinaba melodías que nunca había escuchado. Sus dedos se movían rápidos salpicando las cuerdas. Y esa vida de hada terminó un día que se alejó y llegó a la ciudad. Con luces como estrellas y farolas como lunas. Cautiva entre cemento y cristal se perdió y alguien se la llevó.

Tu voz, niña Gala, tu violín —comprendía su madre, reticente a aceptar que todas las vidas contenían partes de su pequeña.

¿A que un día me verán? ¿A que me van a encontrar? ¿A que sí? —insistía nerviosa—. Y me llevarán a otro lado durante mucho tiempo. Y luego otra vez. ¡Y yo no quiero que me lleven más! ¡No quiero que me lleven más!

Ahora estás conmigo, Gala, no hay nadie. No es cierto que sean ellos. No son ellos… son ruidos… sólo ruidos…ruidos de casa, ruidos de ciudad.

 —¿Dónde me van a llevar, mamá?

Al final el sueño la podía. Derrotada sobre la mesa, con el vaso de cacao sin beber y las galletas intactas, se abrazaba y se colgaba nuevamente de mi cuello.

 —¿Puedo dormir contigo?

 Su madre se la llevaba consigo, como quien portaba una parte más de su cuerpo.

En la cama, su padre dormía. Gala se hacía un hueco entre los dos. Y, atada a ellos, con brazos y piernas, se ataba a la vida que tenía.

Ellos vendrían otra vez, y otra más. Hubo muchas más noches en las que Gala siguió recordando otros sitios a los que la habían llevado y lo que había hecho.

Resultaba difícil ir entendiendo y situando cada una de las vidas que muchas noches me describía. Pero siempre fuimos de capaz de localizarla en un mundo que cabía en la historia, y que había sido. De cada una de sus existencias se había quedado con algo.

III

Y un día los ladrones la vieron. Tal vez esa noche no se había tapado. Tal vez nadie vino cuando llamó. Tal vez la luz de la lamparita se apagó. Tal vez el tiempo había pasado.

IV

Gala ya llevaba una larga temporada sin despertarse por las noches. Habían pasado meses. Dormía en su habitación pistacho de siempre, con sus cosas de siempre. Nada había cambiado: su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa, su mente brillante. Seguía tocando el violín cada vez con mejor sonido. Aprendía rápido. Era capaz de reproducir las melodías apenas las escuchaba. Decía que tenía un maestro, por dentro, que la enseñaba.

Y su madre empezó a buscar al maestro.

Gala veía su atrapasueños y sonreía. Lo hacía girar mientras le cantaba. Soplaba sus plumas. Ya no lo quería en el cabecero de la cama. Le gustaba colgado de la lámpara de su habitación porque decía que así el aire corría mucho mejor y todos podían pasar por él.

Y su madre empezó a buscar a los que atravesaban el círculo.

La lamparita, que en otro tiempo iluminaba sutilmente la cama de la niña, no se había vuelto a encender. Gala confesó que un día le había ordenado a la bombilla que se durmiera y se tapara bien.

No volvió a sentir ningún roce en su cara. Pero a veces todavía se despertaba con sus manos sobre su cara como si intentara retener algo.

Y su madre se las abría para comprobar qué no retenían nada.

Gala pasaba las hojas de los libros. Sus estanterías de madera ya no crujían. Tampoco oía el tintineo de cubiertos ni ruidos en la cocina. Cuando oía pasos sonreía pícaramente mientras aclaraba que era el vecino de arriba. Ya no acompasaba su corazón a ellos, sino que jugaba a adivinar qué ritmos hacían y marcaba con sus palmas el compás.

Y su madre descifraba: corchea, silencio, corchea…

Las proyecciones sobre la pared dieron paso a un buen uso de lápices de colores con los que Gala creaba dibujos fantásticos a los que ponía nombres.

Empezó a tener un gran apetito. Desayunaba su vaso de leche con cacao y algunas galletas, pero lo que más le gustaba era el pan con mermelada de arándanos que tomaba en la merienda. Ya hacía mucho que no se ponía malita con sus catarros.

Y su madre decía que era por lo bien que comía.

Gala ya no se enroscaba en la oscuridad. Jugaba a lo hábil que era en no chocar con juguetes ni muebles cuando ya no había luz. Había también dejado de tener miedo al agua. Nadaba sin ayuda y le encantaba deslizarse por los aros sumergidos de la piscina.

Su madre iba hilando el cambio que veía. La observaba feliz,…pero empezó a cerrar la puerta de casa por las noches con llave. Poco a poco empezó a inquietarse. Empezó a oír ruidos. Y detrás de los ruidos intuía presencias. Se despertaba y cogía las manos de su marido para agarrarse.

Gala no tenía miedo, pero su madre empezó a esperarlos. Escondía sus cosas en cajones porque llegarían a por ellas. Bajaba las persianas apenas anochecía. Cerraba los armarios. Y los libros.

Salía a la calle con Gala agarrada de la mano. La pequeña notaba cómo su madre la cogía con fuerza cuando se cruzaban con alguien. El bolso bien asido.

Gala la miraba hacer y una noche que estaba encendida la lamparita de su madre se levantó. Y, con su pelo rubio oscuro, su habla silenciosa y su mente brillante la abrazó y le dijo:

No van a venir, mamá.

¿Quién, Gala, quién no va a venir? —dijo su madre, aturdida.

Los ladrones, mami, ya no van a volver.

¿Volver adónde? ¿Dónde están, Gala?

La madre se sentó en la cama, alarmada, para escucharla otra vez más. Temía que volvieran los cuentos.

Un día me vieron, mami. Seguro que no me tapé o que la lamparita se apagó. Eran muchos, pero eran buenos. Yo ya los conocía de otras veces, cuando estuve con ellos. También estabas tú. Pero no eras mi mamá. Ellos me han dicho que ahora tengo que aprender mucho, como cuando tengo que hacer deberes. —Entre risitas añadió—. Voy a estar muy ocupada. —Adivinó la cara confundida de su madre—. Pero mamá ¿tú no te acuerdas? —insistía.

¿De qué, Gala? ¿De qué me tengo que acordar?

De cuando fuiste otra mamá y eso… de los otros sitios. Los ladrones se han quedado allí.

No, cariño…, yo no he sido más mamá que ahora.

Gala se hizo la interesante y sonrió como si fuera a desvelar un secreto.

Eso te crees tú. En una vida hay muchas vidas.

Los ladrones se quedaban en algún lugar, a la espera.

Gala reía con su risa cantarina, su pelo rubio, a la par que oscuro, y su mente brillante.

No puedes montar dos veces en el mismo tiovivo, mami —bromeó.

 Pero yo me quedo aquí.

Toda esta vida.

Contigo.

 Gala se acercó a su madre y le dio un sonoro beso y un abrazo de esos que dan los niños cuando aprietan.

Yolanda Aller

Diciembre 2013

Viaje a destiempo

Autor@: 

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra

Corrector@: 

Género: Relato de Ciencia Ficción

Rating: +14

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Viaje a destiempo.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

 “… no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros”… “Un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas”.

JOHN STEINBECK – VIAJES CON CHARLEY

Aquella mañana, Juan de Montepío, joven promesa de la arqueología nacional, se hallaba en casa preparando su artículo habitual para Horadando, la revista mensual de la Asociación de Arqueólogos, cuando el pitido de la agenda de su móvil le recordó que en menos de media hora tenía una reunión clave con el editor de su  primer libro: Túmulos Nimbus, una apasionante investigación sobre enterramientos arcaicos. Lo había olvidado completamente.

Buscando impactar en ese primer encuentro, Juan elige su traje de alpaca gris, el mejor que tiene, recoge el maletín con el original del libro y sale a toda velocidad rumbo al centro.

Después de un trayecto caótico en medio de un tráfico inusual para esa hora, seguido de diez minutos de búsqueda infructuosa de un hueco, consigue aparcar bastante lejos de la editorial y, al bajarse del coche, nota un leve escalofrío recorriendo todo su cuerpo, seguido de una presión creciente en el vientre. Un típico apretón. Trastornos digestivos, piensa, y no le da mayor importancia. Trata de recordar la cena de la noche anterior… Fabada.

Juan sigue caminando muy rápido, ya que iba con retraso, y comprueba cómo el acompasado movimiento de sus piernas hace que la presión inicial se relaje.  Falsa alarma, deduce, esto está controlado. Pero unos metros más adelante, al pararse en el semáforo esperando luz verde para cruzar la avenida, la sensación vuelve. Renovada. Inquietante.

Parece que la cosa va en serio, y Juan nota que el hecho de estar quieto resulta contraproducente. Por eso cuando finalmente hay luz verde se alegra doblemente, porque además llega tarde. Muy tarde.

Retoma sus rápidas zancadas durante un tramo y, al mirar el reloj para comprobar el retraso, llega el tercer embate. Contundente e inexorable. Ya no es molestia ni presión, ya podríamos hablar de dolor, lisa y llanamente. Algo comparable a una apendicitis, una hernia inguinal, a un clavo al rojo vivo en el vientre al punto que casi le obliga a flexionarse en plena calle.

Juan comprende que tiene que buscar un cuarto de baño. Aunque definitivamente llegue tarde a la reunión. Aunque incluso, tal vez, se la pierda. No tiene otra opción.

Joven de una alta capacidad de concentración, trata de aislarse mentalmente para soportar mejor los embates que se repiten cíclicamente, cual insistente oleaje. Recurre a la tabla del seis, a los reyes godos, a la lista de la compra…, pero nada resulta efectivo. La situación es realmente desesperada, necesita un lugar donde dar rienda suelta a su caos interno. Gira la cabeza a ambos lados buscando un bar o restaurante cercano. Algún sitio donde exista un aseo o algo parecido.

Bancos, sólo ve bancos. A un lado y a otro. En ambas aceras. La maldita burbuja financiera vuelve a cebarse en su persona. Siente las gotas de sudor, un sudor helado, cayendo por su frente. Trata de apurar el paso, pero dentro de ciertos límites. No debe arriesgarse a tener una eclosión en la vía pública.

De pronto divisa un cartel lejano, pequeñito, de color rojo. Una publicidad de Coca Cola, seguramente. O al menos eso parece. Un bar, piensa Juan, tiene que tener un aseo. Necesita llegar hasta allí como sea.

Armándose de valor, recorre esos doscientos metros en el límite de sus posibilidades.  Cada paso es un desafío. Emulando a algunos faquires, busca poner su cuerpo bajo el control total de su mente, anulando el dolor. Pero no puede. Trata al menos de pensar en otra cosa, algo relajante como puestas de sol en playas paradisíacas.  Imposible. Su mente, esquiva y juguetona, se centra en recordar riadas, tsunamis, erupciones volcánicas, la rotura del dique de Yakarta en el año 2009, o el estallido de la Central de Chernóbyl…

Pero lo consigue, a pesar de todo logra aguantar hasta llegar al cartelito. Se trata de un sitio indefinido llamado Cronos. No está claro que sea un bar, es más bien un tugurio, tal vez una antigua discoteca, quizás un puticlub, con una pinta infame. Sucio y maloliente, parece salido de un cuento de Bukowsky. En condiciones normales no entraría allí ni loco, pero en algunos momentos no se puede elegir.

Entra buscando los aseos pero no ve ningún cartel indicador, ni encuentra a nadie a quien preguntar. Está en un lugar sombrío, con paredes desconchadas y un solitario mostrador de madera que se cae a pedazos. Al fondo, una estantería de espejos rotos, botellas semivacías y una máquina de café oxidada. Pero no puede detenerse a pensar. Como si estuviera desactivando una bomba de tiempo, el reloj corre en su contra. Debe tomar decisiones rápidas y no puede equivocarse. A la izquierda una escalera parece llamarlo. Es abajo, se dice, seguro que es abajo.

Un nuevo apretón lo precipita escaleras abajo, donde encuentra un vestíbulo y en él  una puerta negra con una letra “T” de color rojo. Claro, toilette, piensa Juan, que intenta abrirla pero no puede. Alguien la bloquea por dentro. Ocupado. Acerca la oreja y escucha ruidos indescifrables. Tanto que prefiere alejarse un poco para no oír. Y así trata de aguantar un rato más, juntando las piernas, respirando hondo, flexionando todo lo flexionable. Juan no sabe si podrá lograrlo, en estas condiciones unos segundos de espera parecen siglos.

Finalmente la puerta se abre y se lanza desesperado llegando casi a derribar a la persona que sale.

Una vez dentro, comprueba que el espacio es mínimo y el suelo está totalmente cubierto por un líquido indefinido. No hay un miserable gancho donde colgar la chaqueta, por lo que se la debe levantar, recogiéndola a modo de acordeón entre los codos, cuidando que al hacerlo no caigan la multitud de tonterías que lleva en los bolsillos. Como no se anima a apoyar el maletín en el suelo, decide ponerlo también debajo del brazo izquierdo, mientras con la mano derecha se suelta el cinturón y se baja los pantalones, sosteniéndolos  a media altura.

Es entonces cuando flexiona las piernas y procede a resolver su problema, evitando tocar la taza del inodoro con alguna parte de su anatomía, so pena de contagiarse instantáneamente de alguna de las más temibles enfermedades.

En ese momento, en ese preciso momento de máxima concentración mental e intestinal, alguien pretende entrar al asqueroso cubículo. Claro, tampoco hay pestillo. Juan grita “¡ocupado!” sin efecto aparente, ya que la puerta se sigue abriendo, e instintivamente trata de bloquearla con la mano derecha, lo que hace que sus pantalones caigan al suelo húmedo e infecto (¡su querido traje gris!). Tras un breve forcejeo, el intruso cede y aparentemente se retira.

Juan trata de retomar la tarea donde la había dejado, y es entonces cuando nota cómo las piernas comienzan a temblarle. Lo incómodo de la posición, con el trasero suspendido en el aire, las rodillas flexionadas, los codos apretados contra los costados para sostener la chaqueta, y un maletín de unos ocho kilos de papeles (el maldito borrador del libro) sostenido por el antebrazo izquierdo, hacen que ese equilibrio inestable resulte difícil de mantener para un ser escuálido, sin entrenamiento, en definitiva, una rata de biblioteca como él.

La tentación de sentarse, de relajarse dejándose caer sobre la taza, es enorme, pero es en circunstancias como ésta en las que los grandes hombres ponen a prueba sus convicciones, y decide resistir. Contra viento y diarrea. Por eso aguanta, y como nunca hay B sin A, Juan va notando cómo un chorro muy fino le moja las piernas,  debido a una endiablada combinatoria entre el ángulo de flexión de sus articulaciones, el ángulo de incidencia del líquido y, probablemente, los vientos dominantes.

Instantes después, cuando el proceso ha concluido y la tensión se ha aliviado, habiéndose relajado, y asumiendo que lo peor ya pasó, Juan recupera la tranquilidad mental necesaria para tomar conciencia del sitio en el que está. Entonces descubre algo que lo sorprende y lo impresiona. Algo que, por la escasa luz y los problemas sobrevenidos, no había llegado a advertir hasta ese momento.

Sobre las cuatro paredes de ese inmundo lugar, se acumulan una serie de inscripciones que cubren casi todo el espacio disponible. Esto no es para él ninguna novedad, ya había leído en algún baño público pintadas del cariz de “mee feliz, mee contento, pero por favor, mee adentro”, y mil tonterías semejantes. Pero las inscripciones que Juan tiene ahora delante son absolutamente diferentes, y mucho más interesantes, al menos desde su punto de vista. Hay textos en latín, griego antiguo, en arameo, frases escritas en caracteres cuneiformes, algunas runas, jeroglíficos (tanto egipcios como mayas). Hasta existe un sector pequeño cubierto por pictogramas rupestres. Sí, rupestres, como los de la cueva de Altamira. Todos ellos prolijamente pintados en el alicatado de las paredes.

Sus conocimientos arqueológicos no son suficientes para descifrar los textos completos, pero sí le permiten comprender ciertos fragmentos, o algunos conceptos, y comprobar que todos, absolutamente todos, tienen un idéntico hilo conductor. Se refieren a un acontecimiento extraordinario, a un evento inusual ocurrido a sus protagonistas, a una jornada, a un tipo de viaje muy especial. Un viaje en el tiempo. ¿Podría acaso ser que en ese sitio hubieran conseguido…?

En eso está Juan, abstraído en la lectura, cuando cae en la cuenta de la hora que es, y el retraso que lleva acumulado. Se incorpora para solventar la última parte del trámite y comprueba con azoramiento y preocupación que… no hay papel.  Miles de textos escritos frente a sus ojos y ni un trozo de papel. El portarrollo, ubicado casi frente a su cara, permanece vacío, exhausto, como un símbolo de las carencias de la sociedad actual y, por qué no decirlo, del triunfo de los grupos ecologistas en su lucha por evitar la tala de bosques destinada a la producción de celulosa.

Juan trata de tantear los bolsillos buscando un kleenex, una servilleta, un ticket de aparcamiento. Algo que lo ayude a terminar de una vez con esa agonía. Pero no hay NADA que le resulte útil para ese fin. Y enfrentado a una situación límite, como hombre de amplios recursos que es, toma una decisión drástica. Abre el maletín y saca unas cuantas hojas del original del libro (concretamente el Capítulo 8, sobre las víctimas del Vesubio), y procede a resolver el problema, hecho lo cual, exhausto, sucio, arrugado, mojado…, cierra el maletín de un golpe, se sube los pantalones y sale sin mirar atrás.

Unos días después, ya en la tranquilidad del hogar, las imágenes y los textos vistos en ese extraño retrete, no dejan de darle vueltas en la cabeza. Un observador externo  podría creer que Juan está obsesionado, abducido, pero él está convencido de haber descubierto una pista de algo muy gordo, y sabe que lo que lo mueve es una fuerte intuición. Una voz en su interior le dice que la casualidad lo ha guiado hasta encontrar un vórtice, un punto singular de confluencia entre dos universos paralelos. Lo que en física se denomina “agujero de gusano”, y que no es otra cosa que un atajo a través del espacio/tiempo. Tal vez eso sea lo que había permitido a gentes de otras épocas y otras culturas pasar por allí y dejar los mensajes que él ha visto. Juan está convencido de que, por disparatado que parezca, tal vez exista una red de extraños retretes en distintos puntos del universo que actúan como portales y permiten este tipo de viajes, como si se tratara de una red de metro. Y, lo más interesante para él: tal vez pueda volver a ese sitio, e intentar hacer él mismo un viaje en el tiempo. Fascinante.

Una vez que esta idea le cruza por la cabeza, ya no puede pensar en otra cosa. Dedica todo su tiempo a estudiar sobre el tema, y a analizar posibles riesgos y ventajas. Deja de dar clases. Visita bibliotecas, consulta a científicos y amigos. Suspende sus colaboraciones con la revista. Abandona la escritura del libro. También a su novia. Descuida su aseo personal. Casi deja de comer, literalmente. Y finalmente toma la decisión.

Una mañana, bien temprano, armado de valor, Juan se viste con su chándal favorito, el de su equipo de toda la vida, el Rayo, y se dirige a Cronos, el tugurio infame.  Baja las escaleras y abre la puerta con la letra “T” roja dispuesto, esta vez sí, a cumplir dos requisitos que no había concretado en la oportunidad anterior: sentarse en la taza y tirar de la cadena. Sus detallados análisis daban como resultado que estos factores eran los que probablemente habían impedido que se activara el dispositivo, y que él mismo hubiera viajado en el tiempo en la ocasión anterior.

Una vez dentro, cierra la puerta, desinfecta convenientemente el WC (esta vez llevaba un kit de limpieza) y se sienta, eso sí, con los pantalones bajados. Aunque su imagen en esas circunstancias no sea tal vez la que querría conservar para la posteridad, se trata de un momento histórico, y Juan reconoce que se halla algo nervioso. Un pequeño alivio para un hombre, pero un gran salto para la humanidad.

Plenamente consciente de la decisión que toma, y de sus posibles consecuencias, levanta lentamente la mano izquierda hasta asir la argolla que pende en el extremo de la cadena (es un WC de los antiguos, con depósito elevado), cierra los ojos y jala hacia abajo con fuerza. Entonces escucha “fssssshhhhh…” y siente como si el remolino de agua originado en el inodoro se hubiera magnificado en una reacción en “cadena”, arrastrando tras de sí los átomos vecinos hasta absorber todo lo que había en ese pequeño cuarto, incluido él.

Lo que sigue a ese momento es difícil de explicar. Parece que todas sus moléculas se han separado y giran en forma de espiral vertiginosamente.  Es como si en realidad el inodoro lo hubiera succionado y estuviera cayendo por una tubería infinita, cada vez a mayor velocidad. Una sensación nada agradable, sumada a la incógnita del desenlace final.

Juan no puede evaluar si se trata de segundos o minutos. De pronto, parece que la montaña rusa se ha detenido. Él aún está acurrucado con los ojos cerrados pero ya no siente nada. O sí…, siente miedo. Sabe que el “viaje” se ha acabado finalmente y que ha llegado a alguna parte. ¿Dónde?

Cuando abre los ojos ve todo negro, pero sabe que está sentado en otro retrete. Y mientras se acostumbran a la oscuridad, trata de recurrir a los otros sentidos para decodificar información. Al estirar la mano toca el suelo que está húmedo y frío. El olor…, el olor le resulta levemente familiar y lo retrotrae a la infancia. Concretamente a las contadas oportunidades en las que su padre, su querido padre,  lo llevaba al zoológico. Más específicamente le recuerda a la jaula de los osos.

Pero las pupilas avanzan en su proceso de dilatación (inversamente proporcional al del esfínter, que se contrae por el miedo a lo desconocido), y Juan ya va viendo algo frente a él: una pared de bloques de piedra a poco más de un metro de distancia. Abajo, en una esquina, una bola negra, peluda, se mueve. Dirige la mano hacia ella y la muy hija de puta intenta morderlo. Era una rata.

Gira la cabeza a su derecha y comprende todo. Está en una celda, no muy grande, de unos tres metros de ancho y aproximadamente cinco de fondo. Es como en las películas. El retrete en el que está aún sentado ocupa uno de los ángulos del fondo, semioculto tras un pequeño pretil. El frente, que da a la galería que comunica a todas las celdas, lo forma la típica reja corrida de suelo a techo, y junto a ella, de un lado un catre y del otro una pequeña mesita y un taburete.

Aunque no hay ventanas Juan sabe que es de noche. Lo puede deducir por la escasa iluminación general, por el ambiente de calma reinante y, sobre todo, porque en el catre duerme un preso del tamaño de un ropero de dos cuerpos cuyos ronquidos le recuerdan al despegue de un Airbus A380.

Se pone de pie subiéndose los pantalones y camina sigilosamente hacia la reja tratando de descubrir algo que le permita saber la fecha, o al menos la época aproximada a la que ha viajado. Ve múltiples anotaciones en la pared, la mayoría procaces, y un póster de Bettie Page pegado justo sobre la mesa. “Playmate del mes de enero – 1955”.

Como cree notar que el preso se ha movido, se gira y lo ve desde cerca. Es un oso, una auténtica bestia. Duerme de cara a la pared y sólo tiene puestos los típicos pantalones de rayas, por lo que Juan puede apreciar su espalda, que es verdaderamente impresionante. Músculos y más músculos formando cordilleras, como en esos mapas de Eurasia de plástico con relieve que se pusieron de moda en los ochenta. Y además tiene todo tipo de tatuajes: los nombres de varias mujeres, un corazón atravesado por una flecha, cuatro hachas formando una esvástica, la palabra mamá, algún tipo de enredadera con espinas que trepa por los brazos, un triángulo con un ojo dentro en la nuca, e imágenes de unos cuantos animales mitológicos. A Juan le recuerda a un suplemento del National Geographic.

Está atrapado en una celda apestosa con un delincuente peligroso que lo triplica en tamaño y no ve una escapatoria posible. Esta no es la imagen romántica que tenía sobre experimentos relativos a viajes en el tiempo. Tampoco esperaba en sus sueños llegar a entrevistar a Napoleón, o presenciar la construcción de las pirámides, pero esto…

Se hubiera quedado horas mirando los tatuajes, pero de pronto siente un dolor agudo en la pantorrilla. El artero roedor, del que se había olvidado completamente, le ha clavado los dientes y Juan, instintivamente, mueve la pierna, volteando el taburete que cae al suelo haciendo el ruido suficiente para despertar a “su” preso. Éste primero mueve la cabeza, una cabeza del tamaño de una olla exprés de las grandes, luego se gira y lo mira, aparentemente sin comprender lo que ocurre. Duda un segundo…, varios. O está saliendo de un profundo letargo, o su cerebro no es precisamente su punto fuerte. Pero poco a poco comienza a levantarse.

Juan, mientras tanto, retrocede instintivamente hacia el fondo de la celda. Su cabeza va a mil, pero no tiene muchas opciones. Y, una vez más, tampoco tiene tiempo para pensar. Descartados el diálogo disuasorio, el enfrentamiento directo y el suicidio, recorre desesperado el par de metros que lo separa del retrete y en un único movimiento inusual y acrobático se deja caer en él, mientras con la mano derecha tira de la cadena.

Justo antes de que el torbellino desintegre nuevamente sus moléculas, llega a ver cómo el oso se acerca a él, amenazante, mientras se va desabrochando la bragueta.

Luego…, la oscuridad, otra vez. Esa incómoda sensación de expandirte, girar, y caer. Y la duda, la enorme duda sobre el dónde y el cuándo.

Finalmente todo acaba. El carrusel se detiene y Juan se quita las manos de la cabeza y se queda un rato acurrucado esperando lo peor. No sabe con qué se va a encontrar. Repasa mentalmente las posibilidades: puede que haya vuelto al sucio retrete del primer viaje, o que aún esté en la celda, a punto de ser violado, o… Comprende que las posibilidades son infinitas. Como siempre. Como en la vida. La duda y el temor lo paralizan y permanece quieto, impávido, como un perro al que lo están bañando, sin animarse a abrir los ojos.

Después de un par de minutos, cuando finalmente los abre, aún con miedo, descubre que está en el medio de un campo, de una hermosa pradera, que le recuerda a los Teletubbies. Mira hacia atrás para confirmar que el oso tatuado no lo ha seguido en este extraño viaje. No, no está, definitivamente no está. Menos mal.

La imagen es idílica y Juan se relaja. Completamente, incluido el esfínter. Ve el sol en lo alto y colinas a lo lejos. Ve nubes muy blancas recortándose en el cielo azul. Ve unos cipreses movidos por el viento, que también mueve la hierba, muy alta, que lo rodea.

¿Viento? A pesar de su confusión (la típica confusión de alguien que acaba de viajar en el tiempo), llega a notar algo extraño. Ve el viento, ve sus consecuencias (las hojas y las nubes moviéndose), pero no lo siente. Tampoco siente el calor del sol. No hay viento, ni calor, ni nada…, esta intemperie es muy rara. ¿Dónde carajo está?

Mira hacia abajo y comprueba que, en lugar de estar sentado en el inodoro original, su culo, que sigue sumando experiencias,  se apoya ahora en una especie de anillo metálico, del grosor de una botella de vino y color dorado, sólido, muy sólido, pero que parece flotar en el aire. Se levanta, subiéndose los pantalones una vez más, y se aleja algo para apreciarlo mejor. Escupe dentro del anillo y el líquido es instantáneamente succionado hacia los bordes hasta desaparecer. ¿Magia? ¿Tecnología? Lo intenta otra vez. Efectivamente, no se equivocó, es un “inodonut”, pero… ¿dónde carajo está?

Comienza a buscar detalles a su alrededor. Cualquier tontería que le permita comprender. Y descubre una pequeña bola luminosa a un metro de distancia, una especie de botón que parece flotar en medio del paisaje. ¿Lo toca o no lo toca? Sí, lo toca, claro.

Y de pronto, el paisaje que lo rodeaba desaparece y descubre la realidad. Está en una habitación pequeña y rectangular, otro cuarto de baño, y la maravillosa pradera no era más que una proyección en las paredes, que son gigantescas pantallas de leds. Todo era virtual. Verdaderamente impresionante. Los hermanos Lumiére se cagarían si visitaran este baño y vieran esto, piensa Juan.

A cada toque de la bola la imagen vuelve y se va. Ahora está, ahora no. Juega así un rato hasta que intenta girarla y entonces se desplaza un panel, y surge un hueco, una puerta, que da a algo parecido a un espacio mayor. Un salón.

El lugar es alargado, muy profundo, y completamente blanco, casi sin muebles. Delante un piano de cola, también blanco. Un poco más allá, un sofá que “flota” a unos treinta centímetros del suelo. Juan no ve a nadie, ni escucha nada. Hay una extraña calma, pero no se siente cómodo. Hay luz, mucha, pero no llega a entender de dónde sale.

Al fondo, el extremo opuesto del salón remata en una especie de caja de cristal. Paredes, suelo y techo se continúan en una superficie transparente continua, sin perfiles ni divisiones. Juan piensa en la pobre persona a la que le toque limpiar eso, y se queda un rato como paralizado, mirándolo todo, escudriñando ese extraño espacio ajeno. Pero poco a poco la curiosidad se va imponiendo al miedo y avanza hacia el cristal.

A medida que lo hace va percibiendo lo que existe “fuera” de esta habitación. Ve a lo lejos un cielo oscuro de tormenta y un perfil de rascacielos destruidos, como ruinas futuristas. Camina un poco más y contempla estupefacto las imágenes de una ciudad muy avanzada, pero decadente, deteriorada y abandonada. No llega a identificar en qué ciudad está, y aunque hay carteles en inglés, sabe que eso hoy en día tampoco significa nada. Modernidad y destrucción. Óxido y cristales rotos.

No sabe el año en el que está, pero le resulta evidente que se trata del futuro, un futuro indeterminado. Un futuro de mierda. A medida que se sigue acercando al cristal, se amplía su ángulo de visión y puede ver cómo abajo, muy abajo, hordas de zombies siembran la destrucción. Atacan todo, absolutamente todo, con una densidad de violencia excesiva, indiscriminadamente.

El comportamiento desaforado de estos grupos le resulta a Juan vagamente familiar. A medio camino entre una despedida de soltero y una hinchada de fútbol. Se queda un rato abstraído observando, cautivado por esa extraña fascinación que tiene el caos, cuando está a una distancia prudencial.  Algunos del grupo miran hacia arriba, hacia la caja acristalada y señalan con los dedos. Juan nota una gran efervescencia. Saltan y, aparentemente, gritan. Lo han visto. Y salen corriendo hacia la zona donde aparentemente debe de estar la entrada del edificio. Van a subir…, van a por él. Tardarán en subir, pero es inexorable…, y son miles.

Juan comprende que debe huir una vez más. Piensa hasta cuándo se verá obligado a seguir rebotando en el tiempo. En esta sucesión de carambolas sin sentido. Retrocede hasta el aseo, ese extraño aseo minimalista, se baja los pantalones y duda… duda sobre cómo accionarlo. No hay cadena, ni botón, ni dispositivo visible alguno, aparentemente es automático y virtual y se acciona cuando alguna sustancia lo atraviesa. Juan reflexiona y se sienta, sin conectar la pantalla de leds. Cierra los ojos, y con un pequeño esfuerzo pone otra vez en funcionamiento el torbellino. Sus moléculas ya están viajando otra vez. ¿Pasado o futuro?

Esta vez le parece más corto el trayecto, tal vez sea que se está acostumbrando. Cuando todo acaba está de nuevo en un retrete, como era de esperar. Pero no ve a nadie a su alrededor. Se levanta y sale a un espacio indeterminado, amplio pero muy oscuro. Juan no sabe si sus limitaciones de visión se deben al normal proceso de adaptación, tras el esfuerzo que implica el viaje, o a que realmente falta luz. El ambiente es denso, muy denso, y el olor penetrante. Una mezcla de sudor acre y algún tipo de producto químico que no llega a reconocer. Le cuesta respirar. Al pisar nota algo blando que se le enreda en los pies pero prefiere no averiguar, al contrario, acelera el paso hacia un hueco que ha visto en la pared. Y mientras camina nota un rumor sordo que viene desde fuera, como si fuera el rugido de un extraño animal.

El hueco da a un túnel, estrecho y ascendente, del cual no se llega a ver el final. Juan duda, hasta ahora no ha tenido mucha suerte y, sobre todo, es consciente de que en este viaje no controla absolutamente nada. Finalmente decide seguir avanzando.

El túnel parece estrecharse por momentos y el ruido, ese extraño sonido, va aumentando, cada vez más, a medida que avanza. Se resbala, nota que el suelo está encharcado, pero Juan está decidido a seguir adelante, a pesar de todo. Ahora nota que le cuesta más caminar, aparentemente porque la pendiente del suelo ha aumentado y la tenue luz casi ha desaparecido. Avanza tanteando, con el lógico temor a lo desconocido, mientras el rugido se hace insoportable. Juan busca un pañuelo que lleva en el bolsillo del chándal, lo rasga en dos trozos y los usa para improvisar un par de tapones para los oídos.

De pronto, ve algo diferente, una tenue luminosidad hacia al final que le insinúa una posible salida. ¿Una salida o una trampa? Como las polillas, Juan avanza hacia la luz, sin prever las consecuencias y a pesar del cansancio apura el paso más y más, hasta llegar a correr con desesperación. Sólo tiene un objetivo, llegar, aunque no sabe dónde. A medida que acelera, la luz del final se va agigantando y su tamaño crece y crece. A pesar de los tapones, Juan cree oír el sonido. Más bien nota cómo una vibración de baja frecuencia lo envuelve y le hace vibrar la osamenta al unísono con todo lo que le rodea, como si fuera un diapasón. Esa misma vibración es la que hace que algunas piedras se desprendan del techo del túnel. Pero Juan no se detiene, avanza, y mientras avanza, comprueba cómo la pendiente aumenta cada vez más, al igual que el ancho del túnel. Ya puede ver la salida, pero no llega a descifrar lo que hay fuera porque la luminosidad exterior lo enceguece.

En un último impulso, en un sprint final, Juan sale al exterior. La combinación del ruido ensordecedor y la luz deslumbrante le impiden comprender exactamente dónde se halla, pero ya está lanzado y no para de correr. Cuando, unos segundos después, relaja un poco el ritmo y su cerebro consigue descodificar algo de la información que le ofrecen sus sentidos, ve una corona de luces a su alrededor y un rectángulo blanco, vacío, delante. Precisamente ubicado en el sitio al que, aleatoriamente, ha dirigido su carrera. También ve seres que lo rodean y corren como él, y comienza a sospechar que, por algún extraño accidente, los zombies lo hayan acompañado en su viaje.

De pronto, en medio de la bacanal de luces, imágenes y sensaciones que lo envuelven, observa con el rabillo del ojo cómo se le aproxima un objeto blanco, esférico, luminoso, perfecto. Juan se siente magnéticamente atraído por él, pero ya casi lo tiene encima y no puede evitar que le golpee la cabeza y salga en dirección al rectángulo blanco. Luego tropieza y cae. Y muchos de esos seres que lo seguían caen sobre él. Extrañamente no lo atacan, parecen felices, lo abrazan, lo besan.

Es la noche del sábado 22 de mayo de 2032 en el estadio Atatürk de Estambul, y Juan de Montepío acaba de marcar, en el último minuto de la prórroga, el gol que da la victoria al Rayo Vallecano frente al Celtic de Glasgow, en la final de la Champions League. Ya no regresará jamás a nuestra época.

Daniel Camargo 2013

Sangre de Rock and Roll

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Género: Relato

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Jesús Rodríguez Redondo y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sangre de Rock and Roll.

Querida amiga: el rock está en mi sangre y solo con sus letras puedo hablar, de otra forma, no me sabría expresar.

Ya estás harta de tantas dudas, de tantas preguntas sin respuesta. Yo ya me canso de hacer las preguntas buscando las opiniones del viento. Tú me preguntas dónde conocí a la luna, mientras yo me pregunto en qué coño estoy ocupando el tiempo.

Insistes en hacerme cambiar y yo no quiero olvidar el viejo rock and roll.

Ahora sí, parece que ya empiezo a entender. Las cosas importantes son las que están detrás de la piel y todo lo demás empieza donde acaban mis pies. Mucho tiempo pasé sin entender, muchos días dudando por ti, pero después aprendí que hay muchas cosas que no quiero saber.

Fui de colegio en colegio, pero de ellos nada bueno saqué. En esos libros no se aprende a coger el cielo con las manos, coser el alma rota; reír y llorar al sentir lo que canto, o a perder el miedo a quedar como un idiota. Soy de los que comienzan la casa por el tejado, dejando los cimientos a un lado. No me importa que me digan que vivo en la casa del pecado.

Menos mal que fui un poco granuja, todo lo que se me lo enseñó una bruja.

El rock lo siento dentro de mi cuerpo, es una llama que no se puede apagar. Me hace saltar, desmadrarme y vibrar. Estoy listo para resistir todos sus mordiscos y preparado para todos sus pecados. Tú me habías dejado el corazón adormecido y separado del pecado y con tus besos, el paladar anestesiado. Me rebelo y no cambio, soy un hijo del rock and roll. La locura nunca tuvo maestro para los que vamos a bogar sin rumbo en cualquier dirección. Nunca dejaré que nadie dome los caballos de mi exaltación.

Puedo ver el rock escondido entre las luces y los focos, mezclado con anuncios comerciales. Hay quien lo repudia como a un virus contagioso, lo manchan con rumores infundados, lo olvidan como a un viejo en un asilo, lo chupan sanguijuelas de otros ritmos buscando poseer sus dominios. Se pierde como el humo de los bares tras las normas de los nuevos comensales. Mi rock and roll no muere, vuelve a despertarse, aún recién dormido.

Pongo esos discos viejos. ¿Qué hay ahí que me hace sentirme bien? No encuentro el alma en la música de hoy, me gusta el buen y viejo rock and roll. Tú quieres que vaya a una disco y que a la pista salga a bailar. Estoy diez minutos, no más, y ya me tengo que marchar. Me parte en dos el pensar que hubo un pasado mejor, con ese buen rock and roll. No quiero verlos tocar tango; prefiero el blues, el funky o el viejo soul… ¿No hay un sitio donde ir a escuchar un buen rock and roll? Llámame anticuado, fuera de onda o lo que quieras, pero yo no encuentro el alma en tu música, me gusta el viejo y buen rock and roll.

Escucha bien, mi querida amiga. No sé si recordarás aquellos tiempos ahora perdidos por las calles de esta ciudad. Leímos juntos libros prohibidos, creímos que nada nos haría cambiar, vivimos siempre esperando una señal entre el límite del bien y del mal. Al principio fue solo bailar, todos alrededor de un reloj. Nadie pudo adivinar que sería el mejor idioma. Cuando oigo tocar rock and roll, me olvido del mundo exterior. Siento todo, todo es mejor, la energía se va al corazón. Cuando quiero decir rebelión, en nombre de mi generación, grito: ¡LARGA VIDA AL ROCK AND ROLL!

Piensas que ya se acabó, manifiestas un claro desprecio por lo que representa el rock and roll. Escuchas comentar a las gentes del lugar:

—Los rockeros no son buenos. Si no te portas bien, te echarás a perder y caerás en el infierno. Si vas a vivir en el rollo del rock, te alcanzará la maldición, nunca tendrás reputación.

<<¿Qué más da? Mi rollo es el rock>>.

Me hice amigo de cuatro que aman el rock. Nos llaman tipos raros, melenudos… ¡Qué sé yo! De mil formas tú lo intentas, pero nada cambiará.

Todos los genios buscaron la felicidad con música y sueños de paz. Los Beatles fueron gente muy especial. Los Rolling Stones, macarras de su actualidad. Hendrix fue un espíritu irreal y yo soy un rockero actual. ¡¡LOS ROCKERS SOMOS LOS DIOSES DE LA CIUDAD!! Somos locos que queremos vibrar.

Seguiré en mi mundo hasta que la artrosis de los dedos me impida tocar. Quiero estar contigo. Tú decides. Ya sabes el camino que he decidido tomar.

Es sólo rock and roll pero me gusta.

 Jesús Rodríguez

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Rock and Blood

Autor@: 

Ilustrador@:  

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Rock and Blood.

Cuando vi por primera vez a Larry, no me pareció un tipo demasiado llamativo, aunque tenía algo que logró captar mi atención. Tal vez fuera que la combinación de ropa que llevaba no era la habitual para alguien de su edad. Vaqueros muy gastados combinados con una chaqueta gris de rayas que caía con la elegancia de una toalla húmeda olvidada en un vestuario. Debajo asomaban unos tirantes rojos y una camiseta de algún grupo de heavy metal (no recuerdo si Iron Maiden o Black Sabbath). Las All Stars negras completaban el cuadro, como la aceituna completa un martini.  Un friki de libro. Su larga melena trasera contrastaba con su calvicie frontal. Era ya bastante mayorcito y se le notaba, pero usaba el desaliño como camuflaje, y trataba de moverse entre la gente con una estudiada espontaneidad.

Nos habíamos cruzado casualmente en el lobby del “Heartbreak Hotel”, donde yo llevaba un par de días aburriéndome a la espera de que me avisaran que el coche estaba listo para seguir el viaje. En realidad, me encontraba allí por una combinación de capricho y mala suerte. Una vez enviados a la editorial los originales de mi último cómic de 2012, y como celebración de cumpleaños, me entusiasmé con la idea de volar a Estados Unidos y cobrarlo directamente en metálico, en lugar de esperar como siempre la transferencia bancaria, con el añadido de poder alquilar luego un coche y viajar por carretera hasta Nueva York.

Desde Houston hasta Nueva York. Unos dos mil seiscientos kilómetros, mi road movie personal. Un viaje tranquilo, en cuatro o cinco días, parando en sitios exóticos, disfrutando el paisaje, para después pasarme una semanita en Manhattan viendo exposiciones y comprando libros. No parecía un mal plan.

Pero a veces la tentación se hace presente. Contundente. Sensual. Y la mejor manera de librarse de una tentación es caer en ella. Estaba yo buscando un coche de alquiler en Houston, cuando un Ford Thunderbird del 56 color rojo me miró desafiante, insistentemente. Y ya sabemos cómo son estas cuestiones, la carne es débil y no me pude resistir. Fue amor a primera vista. El rojo es el color de la pasión y ya no pude pensar en otra cosa. Ni en las ventajas de los coches japoneses, ni en los kilómetros que el pobre tenía acumulados, ni en el consumo…, simplemente me monté y me lo llevé.

Y en eso estábamos, amándonos por la interestatal 59 cuando, llegando a Tuscaloosa, el maldito embrague empezó a dar problemas. Sí, Tuscaloosa (Alabama)… Ni sabía que existía un sitio así.  Con el coche chillando de dolor empecé a dar vueltas buscando un taller mecánico y finalmente encontré uno: una antigua nave en las afueras, en una zona bastante deprimente, rodeada de desguaces y vertederos. Estaba pintada de un brillante color amarillo y tenía la puerta abierta. Al entrar lentamente en medio del caos de piezas, restos de motores y torres de neumáticos, el mecánico (un negro enorme de mucho músculo y pocas palabras que me esperaba al fondo de la nave) me miró desde su metro noventa y pico y señaló el coche.

Dis car is kaput —le dije. Y después de usar el viejo recurso de la onomatopeya, tratando de imitar el ruido que hacía el embrague, y de tocar la palanca de cambios con la mano, me quedé tan tranquilo, esperando su reacción, como quien acaba de revelar la verdad a sus discípulos.

El muchacho estuvo un rato dando vueltas alrededor del coche en silencio, luego lo puso en marcha, lo miró por debajo. Finalmente dijo, imperturbable:

Fucking bad luck, brother… The clutch is broken.

Me arriesgué a preguntarle en mi limitado inglés:

Jaulón gonabí the car hier?

Me miró fijamente, parecía que me había entendido, pero no hablaba. Sus pobladas cejas eran su único instrumento expresivo. Las elevó al máximo desprotegiendo unos ojitos negros y redondos como perdigones, mientras levantaba los enormes hombros de quarterback y ofrecía las rosadas palmas de sus manos hacia mí.

Como lo mío es la imagen entendí inmediatamente su mensaje implícito: ”Ni puta idea. Ya veremos cuánto tardo. No me jodas, brother”.

OK,  man,  siyiuleiter… —le dije, y me fui silbando bajito.

Ante la adversidad, me vi obligado a buscar un hotel. Mis pobres neuronas eran las de siempre, pero las incógnitas se multiplicaban: no conocía la ciudad, no sabía cuánto tiempo iba a quedarme allí… Me costaba creerlo, pero de pronto la road movie se convertía en un documental sobre Tuscaloosa. Y así fue como descubrí a Larry.

Elegí el Heartbreak Hotel por el nombre, que obviamente tiene su significado para los que ya tenemos un pasado, y por su aspecto decadente y un diner delante, que se conectaba directamente con la recepción del hotel. Me encantan los diners, más por su aspecto tan fotogénico y su presencia en toda la cultura indie americana que por su gastronomía. Por lo demás, el hotel era bastante normalito, humilde diría, de tamaño no muy grande. Las habitaciones eran estrechas y hacía bastante tiempo que no las visitaba la brocha del pintor, pero al menos estaba limpio, digamos que no desentonaba con la ciudad.

Días después, al bajar para tomar un café, me encontré a Larry en el mostrador de recepción tratando de entregar un frasco blanco con una E roja al encargado, que no parecía muy dispuesto a aceptarlo. Él, algo nervioso, pareció enojarse al principio pero luego se contuvo al ver más gente alrededor y se fue por uno de los pasillos.

A la mañana siguiente volvimos a coincidir desayunando y me sorprendió que, al verme con un ejemplar de El País en la mano, se dirigiera a mí y me preguntara, en un muy correcto español:

—¿Eres del Real Madrid? Qué mala leche que tiene Mourinho, ¿eh?

Curioso comentario. No sólo hablaba español, sino que manejaba ciertas claves cotidianas que uno supone que el americano medio no controla. Allí nos presentamos y tuvimos una charla intrascendente (y sumamente breve) sobre los atractivos turísticos de Tuscaloosa.

Así se sucedían los días, lentos como una manada de elefantes, y sin novedades. Yo me sentía atrapado en el tiempo y cada tarde me pasaba por el taller esperando una alegría, deseando que ese armario de dos cuerpos de color negro hubiera puesto el huevo y yo pudiera seguir viaje. A falta de otra opción me tiraba horas haciendo croquis de rincones de la ciudad con vistas a alguna futura historieta.

Volviendo al hotel de una de esos paseos, ya muy tarde, derrotado, el diner era una pecera iluminada en medio de la noche. De pronto, pensé en la posibilidad de pasar un rato “dentro” de un cuadro de Hopper, y esa imagen le ganó el pulso al cansancio acumulado. Decidí entrar, y apenas lo hice vi a Larry. Estaba de espaldas, pero su melena era inconfundible. Acodado en la barra, la cantidad de vasos usados y la cara de fastidio del camarero me demostraban que llevaba un rato muy largo allí.

Esta vez, Larry había reemplazado la camiseta de heavy metal por una camisa de calaveras igual de elegante y arrugada que la chaqueta de rayas que, por otra parte, era la misma que llevaba puesta mañana, tarde y noche.

Al girarse y verme pareció alegrarse.

— ¡Mi amigo español! —dijo.

Se sirvió otro whisky, le pidió uno para mí y más hielo al camarero y se levantó de la barra para invitarme a compartir una mesa con él. Se le veía bastante cargado, pero comunicativo.  Se notaba que tenía muchas historias para contar…

Ante su interés, en dos palabras le resumí el porqué de mi estancia en esa extraña ciudad. Me contó que él tampoco era de allí, que también estaba de paso.

—¿Y se puede saber cómo es que hablas tan bien el español? —le pregunté.

—Porque estuve una temporada viviendo en Madrid, hace ya unos cuantos años…

—¿Por  turismo? ¿Trabajo?

—Trabajo, en realidad por trabajo… raro, pero trabajo. No suelo hablar de eso, pero te lo voy a contar porque pareces alguien en quien se puede confiar  —dijo en medio de un tufo insoportable a alcohol—. Total, ya pasó tanto tiempo que no creo que pueda afectar a nadie. Estuve organizando un secuestro en Madrid.

—¿Secuestro? ¿De un político? ¿Eras terrorista?

—No, no. El secuestro de un rockero…, de Rosendo, el de Leño.

—¿De Rosendo? Perdona pero no entiendo nada. ¿Para qué ibas a querer secuestrar a Rosendo?

—Sí, mira… Yo pertenezco a la FARO.

—¿Cómo la FARO? ¿Qué es la FARO?

—Sí, la FARO: Fight Against Rock Office. Una agencia creada en su momento por la CIA para realizar labores de espionaje e “inteligencia” contra las principales figuras del rock internacional.

—¿Cómo? No me lo puedo creer. ¿Qué has estado tomando?

—Comprendo que te cueste creerlo, pero es totalmente cierto. Y te lo puedo demostrar.

—Dame más datos.

—Mira, si lo analizas bien, tiene una lógica aplastante. A ti te gusta el rock y lo disfrutas, ¿no? Y por lo tanto, sabes que un buen rock es capaz de llegar a lo más profundo, de disparar tus más bajos instintos, ¿no? Pues mira, está demostrado que el poder del rock como fuerza movilizadora de las masas no debe ser subestimado. Sus principales figuras siempre han sido contraculturales y muy reivindicativas. Y han amenazado al poder establecido de un modo que es absolutamente inadmisible. De hecho, si no se hubiera actuado en su momento, vete a saber cómo estaría el mundo ahora. No quiero ni pensarlo.

—¿Cómo que si no se hubiera actuado en su momento? ¿Qué me quieres decir?

—Que nosotros, desde la FARO, hemos realizado acciones “quirúrgicas” de carácter preventivo para proteger a la sociedad occidental y cristiana. Si no hubiera…

—¿Cómo? ¿Proteger? ¿A qué te refieres exactamente?

—Sí, hombre, desapariciones, ahogamientos, sobredosis, suicidios… ya sabes. Gente joven y despreocupada. Viven al límite. Cometen errores y…

—No entiendo.

—Mira, te contaré mi historia. Yo era muy joven y estaba destinado en Vietnam, ya sabes, plena década de los 60. Hacía un calor del demonio y esos chinos sólo querían matarnos. Al poco tiempo fui herido en una emboscada de los malditos “charlies” y dejé de combatir. Me pasaron a la retaguardia, a Inteligencia, y una vez allí un coronel con el que hice amistad me preguntó si me interesaba involucrarme en proyectos “culturales” y me empezó a hablar de FARO, que en ese momento era sólo una idea. Poco a poco la idea fue creciendo y…  —Mientras contaba su historia, Larry, entusiasmado, seguía sirviéndose un whisky tras otro y tenía la cara cada vez más enrojecida—. Durante un tiempo funcionamos en el Pentágono, en una oficinita del subsuelo. Luego nos trasladaron al Área 51, ¿la conoces?, en Nevada, cerca de Las Vegas. Puro desierto, bah.

»Mi madre seguramente hubiera preferido que me dedicara a otra cosa. —Su mirada se entristeció de pronto—. Le ilusionaba que yo condujera un yellow cab, como lo hizo mi padre hasta lo de la explosión de la gasolinera. Pero yo no tengo pasta para eso, es muy duro, no valgo para autónomo…

—Pero… ¿es verdad todo esto que me estás diciendo?

—Absolutamente. ¿Te crees que se puede inventar algo así?

—¿Entonces eres militar?

—Claro.

_-¿Y la ropa? ¿Cómo es que vas vestido de medio rockero?

—Es un uniforme, nada más, como cualquier otro. Un medio para lograr un fin. Puro camuflaje. Si me tengo que mezclar con ellos, lo normal es tratar de pasar desapercibido. Ahora ya me he acostumbrado. Al principio me jodía un poco, pero ya pasó. Ni lo noto.

—Pero… ¿has atacado o matado a rockeros?

—Sólo he cumplido una misión. Prefiero que lo veas así. Si no lo hubiera hecho yo, lo habría hecho otro. Y siempre ha sido por el bien común. ¿Te acuerdas de Jim Morrison ahogándose en la bañera de su hotel de París? ¿Y de Brian Jones ahogado en la piscina? Pues eso… Mi especialidad en esa época eran los ahogamientos. Y no creas que fue fácil. El maldito Jim tenía un pico de oro y estuvo a punto de convencerme para que no lo hiciera.

—¿Cómo? Joder, tío, no lo puedo creer. Yo era fan de los Doors. Y también de los Rolling. Cómo se puede ser tan hijo de…

—Bueno, tampoco es para tanto. Piensa que así le dimos la oportunidad de destacar a Jagger, que era mucho más simpático e inofensivo que el otro.

—¡Nooo! Pero entonces, todos los demás… Jimi…

—Sí, Hendrix también, y Joplin. Con ellos fue sencillo, se les cambió el proveedor habitual y listo.  Con  Bob Marley, en cambio, fue algo más complicado, porque hubo que sobornar a algunos médicos de Jamaica para que le recomendaran tratamientos no convencionales. Allí fue cuando empezamos a envenenar con isótopos radiactivos.

—No sé, estoy aturdido, me cuesta muchísimo creer que eso pueda ser verdad, que yo pueda estar en este momento sentado frente a la persona que asesinó a la mayoría de los ídolos de mi juventud. Es demasiado fuerte. Eres un verdadero…

—No lo tomes a mal, trata de ver el lado positivo. ¿Recuerdas la frase “vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”? Pues eso. Ellos de algún modo lo estaban buscando.

—¿Cómo puedes ser tan cínico?

—Soy práctico. Un rockstar de estos es, al fin y al cabo, un predicador, un líder de masas, que arenga a miles de descerebrados que no sólo lo adoran  y se aprenden todas sus letras de memoria, sino que además se suelen drogar, por lo que su capacidad de autocontrol queda completamente anulada. Son sólo herramientas en sus manos esperando recibir la orden adecuada en el momento justo, ¿lo captas? Bombas de tiempo, células durmientes… Ríete de Al Qaeda. Pero, increíblemente, muy poca gente es consciente de ese peligro. Por eso nuestro trabajo nunca será valorado y, siendo tan necesario, debe mantenerse en secreto.

—No sé, no sé. En este momento mi cabeza da vueltas pensando en todos los nombres… Lennon, Elvis…

—¡Claro! Con Lennon usamos algo parecido al vudú para… digamos hipnotizar a Chapman. Con Elvis… con Elvis fue distinto. Él era especial. Todo con él era distinto. Él negoció un pacto a último momento y se salvó. En realidad, todos los de FARO lo respetábamos mucho y aunque la orden venía de arriba y era clara, clarísima, con él buscamos una salida “alternativa”.

—¿Se salvó? ¿Cómo se salvó? ¿Elvis está vivo?

—No, hombre, no te pongas ansioso que te subirá la tensión. Déjame que te cuente: a Elvis lo “secuestramos” al final de un concierto en Indianápolis. Nos lo llevamos en una limusina al aeropuerto y de allí tomó un vuelo directo a Buenos Aires, donde le hicieron una serie de operaciones de cirugía plástica. Luego vivió muy tranquilo en la ciudad de Venado Tuerto hasta los setenta y siete años, cuando murió de un infarto. Incluso llegó a formar un grupo llamado Hound Dogs en la década de los noventa con el que… ¡imitaba a Elvis Prestley!

—Es… es… No, no lo puedo creer. Se ha escrito tanto sobre…

—La realidad siempre supera la ficción.

—Espera… ¿Dices que murió a los setenta y siete años? Pero Elvis había nacido en el  treinta y pico, ¿no?

—Sí, amigo, en el treinta y cinco. Sé lo que quieres decir… Lo has pillado. Elvis murió la semana pasada. Y yo precisamente soy el portador de sus cenizas. Estoy aquí de camino a Memphis desde Miami… Fue su última voluntad que las lleváramos allí. Y me viste con el bote blanco con la letra “E” en la recepción. Los muy cabrones no me dejaron guardarlas en la caja fuerte del hotel.

—Es… es… abrumador. Las… las cenizas de Elvis aquí, hoy, en esta ciudad de mierda. No sé. No puedo creerlo. Me supera tanta información.

—Te comprendo, por eso no suelo contarlo. Además, la coincidencia…, tu ruta hacia Nueva York y la mía de Miami a Memphis…, y Tuscaloosa como crossroads. Entiendo que estés desorientado, je, je. Pero hoy estaba aburrido y me he relajado charlando con el camarero. Luego llegaste tú y… ya sabes.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Y se quedó mirándome a los ojos, como esperando mi reacción, con su sonrisa tan americana, tan llena de dientes… Tenía los ojos completamente enrojecidos y la cara hinchada. No había parado de beber durante toda la conversación, y yo tenía la sensación de que era el alcohol acumulado en la parte baja de su cuerpo lo que lo mantenía estable y vertical, como si se tratara de un muñeco hinchable de esos que regalan en las tómbolas y sirven como punching ball. Y no estaba dispuesto a parar su confesión.

—Hubo también algunos fakes, je, je. Y en tu tierra sin ir más lejos. Me reí mucho cuando por un error tipográfico en un telegrama un compañero mío secuestró y “suicidó” a Camilo Sesto, je, je. Obviamente, él no tenía nada que ver con eso. Menos mal que luego se pudo corregir.

—¿Corregir? ¿Cómo se corrige un asesinato?

—Muy sencillo, lo reemplazamos por su hermana. Lo que no entiendo es cómo nadie lo nota…

—Joder, tío, pues ya voy empezando a creerte.

—Y lo de Kurt. Bueno, tal como se comenta por allí el suicidio fue inducido, lo volvimos loco con la ayuda de…, supongo que ya sabes quién. En realidad, ella tenía más ganas que nosotros, no costó mucho convencerla.

—¿Pero aún ahora seguís actuando?

—Sí. Todavía funcionamos. Lo último fue lo de Amy… Ella no tenía capacidad de liderazgo, pero estaba dando un ejemplo terrible a la juventud y había que hacer algo. Me dio algo de pena, se ve que estoy poniendo viejo y sensible. No parecía mala chica, pero se había ido al carajo… muy mal… Una vida completamente desenfocada. En fin, lo primero es el deber, querido amigo.

Y Larry cruzó los dedos sobre la mesa. Diez salchichas. En ese momento, algo en él me recordó a un cura. Sacudí la cabeza para quitarme esa imagen. Pero él seguía con el discurso.

—Aunque ya son casos aislados. Ahora, en estos días que corren, con la decadencia que ha habido, ya no surgen rockeros con verdadera garra. Los viejos dinosaurios se ven obligados a volver a la escena (generalmente a buscar dólares) y ya no pueden con su alma. Y los nuevos… los nuevos dan ganas de llorar. Ya cualquiera saca un disco. Son nenas de mamá, y es una pena porque desde nuestra posición sería mucho mejor enfrentarnos a un rival de fuste. Ya no sale un Lou Reed o un Iggy Pop. ¿Tú serías capaz de comparar a los hermanos Gallagher con los Ramones, por poner un ejemplo?

—Bueno, creo que en eso te voy a tener que dar la razón.

—Pero eso no es todo, amigo. Hay algo más, y muy importante. Sobre todo hay un motivo, una razón última y fundamental para que no podamos desmontar aún la FARO… Pero me estoy meando. Espérame un poco que voy al aseo y te lo cuento. No te vayas.

Y levantándose de la silla, se sacudió la chaqueta como si se la hubiera cagado una paloma, y se fue para los aseos, tambaleándose, con paso vacilante y acomodándose torpemente  los faldones de la camisa por dentro del pantalón.

Yo, mientras tanto, me quedé aturdido, alucinado, con una sensación que oscilaba entre el descreimiento y la bronca, tratando a la vez de recomponer mentalmente todo lo que Larry me había contado, de evaluar su verosimilitud, de comprender su alcance exacto y de imaginar cuál era la revelación que aún estaba pendiente de escuchar.

Así estuve un rato, no sé, cinco minutos, diez… Cuando noté que tardaba mucho, empecé a preocuparme pensando que tal vez había tenido un desmayo, dado su estado de embriaguez.

En el diner hacía ya un rato largo que no quedaba nadie, salvo el camarero que, detrás de la barra, hojeaba una revista sin prestar demasiada atención.

Después de mirar varias veces hacia la puerta que daba a los baños sin novedad, y ya muy impaciente, me levanté y fui hacia la barra, y en mi torpe inglés le comenté al camarero que Larry había ido al baño y que me temía que pudiera haberle pasado algo. El camarero se acercó a mirar. Lo lógico era que fuera él, ya que mi relación con Larry era superficial, y tampoco iba a rebajarme yo a entrar para atender a semejante personaje.

Un rato después volvió el camarero y me explicó, mitad con palabras y mitad con gestos, que en el aseo no había nadie. Le indiqué, también con gestos, que Larry estaba bastante borracho y que podía haber entrado por error al aseo de señoras (“leidis bassrum” le dije, orgulloso).

Yes, yes, I also checked that possibility —me contestó.

Nada, no estaba… Y sin decir una palabra más, el camarero se giró y volvió a la barra.

Yo me quedé absolutamente desconcertado. Volví a mi asiento, con la cabeza trabajando a mil revoluciones por minuto tratando de descubrir qué había pasado. Quizás Larry había subido a su habitación para buscar algo o para recuperarse de la borrachera… Estuve unos veinte minutos así, sin saber qué hacer, mientras sentía en mi espalda la mirada del camarero, como si fueran dos rayos láser. Yo era en ese momento, a las tres de la madrugada, la única persona que quedaba en el diner (y probablemente en todo Alabama) y ese muchacho esperaba que me fuera a dormir para poder hacer lo mismo. A las tres y cuarto me levanto, pensé, pero a las tres y cinco fue él el que se acercó a mi mesa y depositó la cuenta junto a mi mano.

We need to close, sir… I’m very sorry —me dijo, y entonces comprobé algo en lo cual no había caído hasta el momento. Entonces y sólo entonces miré la cuenta, fijé mis ojos —ya cansados por lo avanzado de la hora, los vapores del alcohol y el humo del tabaco— en ese diminuto papelito amarillo que se extendía junto a mi mano… ¡Doscientos veinticinco dólares!

—¡Coño! —grité—. ¿Cómo pueden ser más de doscientos dólares?

El camarero me miraba atónito y me señalaba con el dedo botellas vacías y tickets acumulados en la barra que evidentemente Larry había consumido a lo largo de la tarde, antes de mi llegada.

—¡Pero esto lo bebió él, no yo!

He’s your friend, isn’t it?… Friends are forever —me dijo el muy cabrón, ya con sorna.

Al mismo tiempo que crecía mi cabreo, iba comprendiendo que, en realidad, no sabía nada de ese hombre con el que había estado conversando durante horas. Ni su apellido, ni el número de su habitación, ni nada de nada…  En medio de mi desesperación, traté de explicarle al camarero que quería hablar con el director del hotel, y él me señaló el reloj y juntó las palmas de las manos llevándolas debajo de una de sus mejillas, como para indicarme que ese buen señor estaba durmiendo.

We have a police station six blocks from here, in case you want to file a police report.

Me ofrecía la posibilidad de hacer una denuncia policial. Me quedé unos segundos mirando por la ventana hacia la negrura de la noche americana, desolado, sin llegar a creer  que eso me pudiera estar pasando a mí, precisamente a mí. Y finalmente me di por vencido… Saqué mi tarjeta VISA y se la entregué al camarero.

Al día siguiente, por la tarde, me entregaron el coche y seguí mi camino hacia Nueva York. Por supuesto, no volví a coincidir con Larry en el tiempo previo a mi salida en el que aún estuve en el hotel, aunque fue imposible quitarlo un segundo de mis pensamientos.

La carretera, la bendita carretera, me dio la oportunidad de poner la mente en blanco y muchas millas de distancia entre mi persona y ese nefasto lugar y hoy, ya mucho más tranquilo y casi llegando a Nueva York, disfruto de un atardecer espectacular por el enorme espejo retrovisor del Thunderbird. Alguien dijo alguna vez que el atardecer es la única cursilería que se permite la naturaleza, y probablemente sea así. Pero  la combinación de este marco incomparable y la soledad del coche durante kilómetros y kilómetros me han permitido reflexionar sobre lo ocurrido con Larry.

Tal vez el golpe que este hombre ha dado a mi credulidad sea tan brutal que me haya convertido en un escéptico para el resto del camino. Tal vez sea razonable pensar que, al hacer desaparecer a nuestros ídolos de juventud, la FARO conseguía un objetivo práctico, pero a su vez, como un efecto colateral, lograba agigantar su dimensión, volviéndolos inmortales para nosotros, sus fans, que de ese modo evitamos ser testigos de su decadencia. Tal vez sea cierto que sólo poseemos de verdad aquello que hemos perdido para siempre, porque de ese modo vive eternamente en nuestro recuerdo.

Y tal vez la FARO haya optado por adaptar su estrategia a la crisis, y esos doscientos veinticinco dólares sean un golpe más, y seguramente no el último, a la cultura del rock.

Daniel Camargo 2013

Lluvia.

Autor@: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador@: Vicente Mateo Serra

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Aventuras

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo, y su ilustración es propiedad de  Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Lluvia.

—Debe acompañarnos, señor. Tenemos una orden de detención contra usted —dijo uno de los dos circunspectos hombres vestidos con traje y abrigo. Habían aparecido de la nada a una señal del funcionario de aduanas que había examinado nuestros pasaportes. Yo me asusté pero James sonrió irónicamente.

            —¿Y quiénes son ustedes?, ¿pueden identificarse?

            —Acompáñenos, por favor. Ella se quedará en…

            —Ella viene conmigo donde sea.

            —Me temo que no —intervino el otro hombre antes de mirarme de soslayo—. ¿Habla inglés?

            —Seguramente mejor que usted, agente.

            La voz desconocida sonó a sus espaldas seguida de unos pasos firmes. Se giraron y todos vimos a otro hombre alto y delgado, de ojos castaños y pelo con entradas cenicientas. Vestía uniforme con abrigo de la Armada y llevaba una gorra bajo un brazo izquierdo mutilado desde el codo. Tendría la edad de James y, al verlo, su mirada pareció agrandarse pero al llegar hasta nosotros se mostró impasible.

            —Alistair… —Oí el murmullo de James, y en sus ojos empezó otro viaje mucho más largo que el que acabábamos de hacer: el del tiempo. Cuántas veces le vería esa emoción en los días que siguieron.

            El hombre miró a los otros dos con gesto serio y levantó una pequeña cartera negra que abrió antes de volver a hablar:

            —Teniente Alistair West. Me encargo de estas personas.

            —Señor, esta orden atañe a…

            —Sé de esa orden perfectamente, pero de la gente de la Armada se ocupa la Armada, no la policía aeroportuaria, y no perderé el tiempo en una discusión sobre nuestras respectivas jerarquías y competencias. —Y guardándose la cartera, se puso la gorra y miró a James. Tanto la expresión como la voz le cambiaron al instante—. Sea bienvenido a casa, señor Bates. Cojan su documentación y síganme.

            —Nuestro equipaje… —dijo él débilmente.

            —No se preocupe, creo que ya lo habrán recogido. Por aquí, por favor.

            Y sin admitir más réplica, olvidó a los agentes y al funcionario y nos indicó otra puerta al fondo tras aquel control de pasaportes y solo accesible para el personal autorizado. Al entrar en un estrecho corredor se adelantó para guiarnos durante un buen rato hasta una salida, también de uso restringido, a un hangar donde había bimotores en reparación. No dijo más que aquel aeropuerto de Heathrow llevaba funcionando cuatro años para el tráfico aéreo civil y ya era una pesadilla moverse por él, y que veníamos adecuadamente vestidos para el acostumbrado mal tiempo londinense. Yo recordé a Alice Constable ayudándome a abultar más las ya cargadas maletas y lo chocante que me pareció hacernos con aquella ropa en el asfixiante clima tropical de la India. Pero cómo lo agradecí ahora cuando el exterior nos recibió con una fría lluvia cayendo mansamente sobre la gran extensión grisácea de pistas. Al momento llegaba un Bentley negro y un joven cadete muy diligente se apeaba, saludaba cuadrándose y abría el maletero donde estaba nuestro equipaje colocado al milímetro. Después requería amablemente el bolso de viaje de James y mi neceser, los guardaba también y nos abría las puertas. Pero entonces el teniente West se puso frente a James y transformó el tenso gesto en una gran sonrisa:

            —Santo Dios, así que es verdad…

            —Sí, eso parece —respondió James igual de sorprendido—. ¿Cómo estás, Alistair?

            —Ya ves, también vivo.

            Por un instante siguieron mirándose hasta que, a la vez, daban un paso y se abrazaban.

            —Maldita sea, te buscamos mucho tiempo, Jamie —dijo West, despojado de la seguridad y autoridad anteriores—. ¿Entonces ocurrió así? ¡Ese miserable de Highmore nos engañó a todos! ¿Pero por qué no contactaste cuando…?

            —Es una historia muy larga —murmuró James.

            —Sí, sí, y ahora hay que irse. —West rompió el abrazo—. Me envía el vicealmirante Constable, pero, oh, soy un descortés, me contagio tratando con energúmenos. Ella es tu…

            —Soy Yi. Encantada de conocerlo, teniente. Muchas gracias por venir a recogernos —sonreí extendiéndole la mano que él me cogió inclinando la cabeza.

            —De nada. Esto es algo más que extraordinario, señorita. Vaya, Jamie, es fabulosa. Vamos, subid al coche.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

El teniente de corbeta West trabajaba en inteligencia naval y también era licenciado en derecho gracias a una mente portentosa, aunque sentía haber tenido que quedarse en tierra después de su mutilación. James quiso lamentarla también pero él no le dio importancia. «En el 41 estuve en el Illustrious, en un convoy a Malta, y unos Stukas nos hicieron saltar por los aires pero logramos entrar en puerto. Casi redujeron la ciudad a polvo en la guerra, pero yo creo que es indestructible además de maravillosa. Si los jenízaros de Solimán no pudieron con ella, no lo iban a hacer esos boches. Seguro que el espíritu de La Valette seguirá ahí siempre para evitar que ocurra. Y esto solo fue medio brazo. Mi padre, tory furibundo, no se alegró, claro, pero comentó que al menos había sido el izquierdo». Había sonreído ante el tinte de humor negro para borrarlo inmediatamente: «Hay millones que ya no lo cuentan». Pero mucho antes West había sido amigo de James Bates y Anthony Highmore.

            Fue la bisagra entre la arrolladora e influyente personalidad de Highmore y la más sensata pero ingenua de Bates. Con ellos compartió momentos que recordaba con agrado y nostalgia por la especial juventud que tuvieron pese a las obligaciones, el estudio y la disciplina. A mitad del servicio en China se separaron porque a él lo trasladaron a otro barco y ya apenas coincidieron en los permisos. Poco después James desapareció sin dejar rastro y su infructuosa búsqueda se prolongó durante meses, encabezada siempre por un pesaroso Highmore. Con el tiempo, West terminó aceptando, como todos, que posiblemente aquel amigo estaba muerto y nunca se sabría la causa. Y lo lamentó también mucho porque todos apreciaban al tranquilo Bates. Después, la vida siguió.

            Entonces, apenas hacía unos meses, cuando Francis Constable regresó de China tras encontrar a su hija perdida e informó de quién le había ayudado, West, a su servicio desde hacía tres años, se había asombrado tanto como él. Constable había mantenido en secreto sus pesquisas previas sobre un marino llamado Lung y al confirmar que era en realidad James Thomas Bates, también se lo calló. West se intrigó cuando Constable, antes de marcharse, le pidió que siguiera la investigación sobre la muerte violenta de Anthony Highmore en Hong Kong, pero nunca se hubiera imaginado el verdadero motivo hasta que desde Bombay avisaron de que el barco de Lung tocaba la India y el vicealmirante comunicó oficialmente su descubrimiento. Constable había previsto y comentado con James la acusación de deserción que podría hacer el alto mando, pero en su informe precisó que Bates aclararía las razones para haber ocultado su existencia.

            La reacción de los Highmore fue inmediata. Patrick y Arthur, padre y tío respectivamente de Anthony, y sobre todo su suegro, el poderoso Lord Richard Walton, pidieron la detención de Bates: al parecer, se había confirmado la presencia de un tal James Lung en el lugar donde se vio a Anthony y sus escoltas por última vez antes de encontrarlos muertos. La orden mostrada por los agentes del aeropuerto fue el modo de los Highmore para que Bates se presentara en el Almirantazgo nada más llegar. Y ahí había entrado Alistair West, en nombre del vicealmirante Constable, que se responsabilizaba personalmente de James y su caso.

            —De momento solo tendrás que hacer una declaración —terminó—, pero creo que hay bastantes posibilidades de que tu expediente sí que acabe desaparecido para siempre.

            —La verdad es que ahora mismo solo me preocupa lo cansados que estamos —dijo James simplemente al tiempo que me soltaba la mano que me había cogido al subir al coche y me rodeaba los hombros con el brazo para estrecharme contra él.

            —Sin duda, y yo no he hecho más que hablar cuando eres tú el que tiene tanto que contar. Os llevo a casa de Constable. Hubiese ido también al aeropuerto pero tenía un compromiso ineludible. Sin embargo, he querido que antes diéramos una vuelta por Londres y creo que a Yi Ze le está gustando.

            James sonrió. Recordó que la primera y única vez que había estado allí tenía quince años.

Londres todavía mostraba muchas huellas de los terribles bombardeos sufridos en la guerra, pero aun así, la primera palabra que me vino a la mente sobre ella fue elegancia. Los daños en sus calles, monumentos, plazas o jardines se disimulaban bajo aquella fina lluvia que intensificaba sus líneas y los colores de sus edificios, tantos extraordinariamente majestuosos. Todo me resultó tan nuevo y distinto que, durante el trayecto, fui escuchando al teniente West con la misma atención que miraba por la ventanilla o a James, mi único puente —como yo el suyo— entre los mundos que acabábamos de juntar.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            Habíamos entrado por la margen suroeste del Támesis y yo no había podido evitar superponer una imagen del inmenso estuario del Yangtsé en Shanghai, pero sabía que era imposible comparar nada. Después, las fotografías de mis libros se hacían reales: el Parlamento, la abadía de Westminster, el palacio real, Trafalgar Square, las exquisitas Haymarket y Regent Street… Y seguimos subiendo hacia el norte tras llegar a Russell Square y enfilar la larga Haverstock Hill, que cruzaba Camdem Town hasta el muy tranquilo barrio de Belsize. Por fin el coche se detuvo en el número 40 de una calle llamada Belsize Park Gardens, de casas blancas y grandes ventanales a los lados de sus puertas principales a las que se accedía por un tramo de escaleras.

            —Ya hemos llegado —dijo Alistair—. Morris, acompañe a la señorita. Nosotros vamos sacando el equipaje.

            Enseguida el diligente Morris llamaba a la puerta conmigo bajo un enorme paraguas. Para mi sorpresa, nos abrió una sonriente Sarah Constable que rápidamente me cogió las manos.

            —¡Yi, por fin! ¡Qué alegría! —exclamó mientras entramos en un amplio y cálido vestíbulo.

            Entonces se abrió una puerta al fondo del mismo y salieron dos hombres. Cuando lo hizo el segundo, me quedé muda. Vestía traje y chaleco marrones, corbata granate y zapatos negros, y no vi el bastón, ni las arrugas de la piel, ni el pelo escarchado. Sencillamente era James en un reflejo del tiempo. Su cuerpo, sus brazos y manos, su cara y, sobre todo, sus limpios ojos claros. «Es usted igual que su padre, ya lo verá», había dicho Francis Constable al despedirse en Shanghai. Mi incredulidad aumentó cuando el hombre se paró, me miró y dibujó una sonrisa exacta a las que yo consideraba las más hermosas del mundo. Sentí vértigo cuando James entró seguido del teniente West y dejaba caer parte del equipaje en el suelo al ver a su padre.

            ¡Cuánto me había hablado de aquel momento, cuánto lo había imaginado y cómo lo había desechado, atormentado por culpa y miedo al mismo tiempo! Pero ahora ocurría. No era ninguno de sus muchos sueños, ni una visión que también yo sabía que le había producido el alcohol alguna vez; pero sin duda, al hacerse aquel silencio general de asombro, todo desapareció alrededor. Solo Francis Constable medio sonreía y Alistair West musitó un «santo Dios».

            James dio dos pasos antes de quedarse paralizado frente a su espejo. Después, sus mismos ojos le devolvían el mismo brillo que se empañó con la misma rapidez e intensidad. Entonces, la voz de John Bates pareció bronce licuado:

            —James, hijo…

El bastón se cayó y el doble espejo se hizo uno partiéndose en mil pedazos.

            —Perdóname… —suplicó James con la cara hundida sobre su hombro, asfixiado por el llanto.

            —¿Perdonarte? ¿Qué dices? —John siguió sonando sorprendentemente sereno.

            —No tuve valor, pero debí… ¿Cómo pude? Tantos años, la guerra…  Por favor, perdóname…

            —Hijo, ¿perdonar que estás vivo y te estoy abrazando? Mírame.

            —No puedo… No sé si te veo…

            Entonces John lo apartó para ponerle las manos en la cara. Luego rozó suavemente la rugosidad del dragón tatuado y cerraba los ojos en un rictus de intenso dolor, como si él también lo hubiera sentido igual, pero enseguida los abrió, sonrió con la luz de James y su voz siguió siendo firme:

            —Yo sí te veo, Jamie… El señor Constable nos contó todo. Sobreviviste y te protegiste, nos protegiste. No habrá reproches ni excusas, y mucho menos perdones. Tampoco ha pasado el tiempo. Solo te has hecho un hombre y has vuelto. Eso es lo único importante.

            Entonces James pareció angustiarse mucho de pronto y miró ansiosamente alrededor:

            —¿Dónde…? ¿Está bien?

            —Sí, no te preocupes, pero ya sabes, no puede parar quieta cuando está nerviosa. Ha salido con la señora Constable. —Antes de que James replicara, John añadió—: Siempre ha sido más fuerte y mantuvo la fe, y el milagro ha ocurrido.

            Todos, muy conmovidos, seguimos viendo el emocionado abrazo hasta que John me miró directamente. Me sentí traspasada. Así que aquella era la energía de James.

            —Eh, estamos asustando mucho a esa joven tan preciosa.

            Enseguida James se giró hacia mí y yo, ante aquellas miradas idénticas casi irreales, no sé cómo logré acercarme. Él me cogió la mano y dijo serenándose:

            —Ella es Yi, padre. Mi vida.

            John me tomó la cara con las mismas grandes y templadas manos para besarme en la mejilla, que me secó con los dedos.

            —Pues también eres la nuestra, Yi. El señor Constable no exageró, pero aún eres más hermosa y me siento muy feliz por conocerte.

            —No… yo soy quien lo está y no se imagina cuánto, señor Bates…

—¿Señor Bates? Soy John, por favor…

            Entonces Francis Constable recogió el bastón de John para dárselo.

            —Verdaderamente el parecido es increíble —dijo sin poder dejar de mirarlos—. Yi, James, ¿cómo están?, agotados, imagino, y estas emociones…

James le estrechó la mano fuertemente.

            —No sé cómo les agradeceré todo a su hermano y a usted.

            —No, no, ya hablaremos. Para mí, como para sus padres, también esto es un milagro. West, le dije que se sorprendería, ¿verdad?, quédese también. Vamos, por favor, entremos. Después nos ocuparemos de todo. Sarah, pero ¿dónde dijo tu madre que iban?

Rose Bates no vio al hombre que se levantó cuando ella entró en la acogedora salita, acompañada de Margaret Constable. Tampoco a su marido. Lo que vio fue a una única razón que significaba el amor y el dolor más grandes de su vida. Yo vi a una mujer de una belleza muy serena, mirada de color turquesa y labios finos, y el pelo gris en una media melena ondulada bajo un casquete beis, como su abrigo. Al cuello llevaba un fular verde oscuro y sujetaba un bolso de igual tono que se le cayó cuando las piernas le fallaron al sentir los brazos de aquella visión. Al abrir los ojos, se encontró sentada en un sillón junto al ventanal y no había nadie alrededor más que la visión, que se había duplicado y le cogía una mano al tiempo que estaba arrodillada frente a ella.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            —Dios mío… James… —musitó con una voz dulcísima y la mirada hundida en unos ojos de mar tan añorados—. Hijo… Sí… Eres tú, mi amor… Yo lo sabía, te sentía, no podías estar…, tú no, tú también no… Dios mío… ¡Qué hombre te has hecho! —Y le acarició las mejillas con la barba de días de James, que sonrió asombrándola aún más. Ella buscó el brazo de su marido—. ¿John? ¡Eres tú también!

            —Vamos, Rose, bebe agua —le dijo él acercándole el vaso que me había traído Sarah, quien, como los demás, nos habían dejado solos ante aquel momento tan especial.

            —Por favor, bebe, madre…

            Ese sonido volvió a conmocionarla y ya no pudo contener el llanto más feliz cuando se abrazó a James. Pasó mucho tiempo llenándolo de besos y oyendo sus susurros para que se tranquilizara hasta que por fin obedeció los ruegos y bebió agua. Entonces, cuando quise darme cuenta, James me había acercado a ella y Rose, como había dicho John, demostró su fuerza y se puso de pie. Yo solo acerté a hacer un gesto con las manos para que no se levantara, pero ella me las cogió, apretándomelas.

            —Tú eres Yi —dijo con la voz húmeda—. ¡Qué bonita es, James! Sé muy bienvenida, hija. —Y también me besó cariñosamente acariciándome la cara para exclamar enseguida—: Pero ¡mira qué pálida! ¡Qué cansados estaréis y yo haciendo que…! ¡Y seguro que vendréis hambrientos también! ¡Ya estoy bien! ¡Voy con la señora Constable para ayudarla con la cena! ¡Están siendo tan amables y…! ¡Dios mío, James, James…!

            Él la abrazó nuevamente y se rió como nunca.

Los Bates habían llegado el día anterior invitados por Francis Constable, que no había admitido una negativa. Primero, porque la ocasión era única y segundo, porque John Bates sería la razón fundamental para corroborar la identidad de su hijo. Constable comentó que pese a explicar el atentado contra la vida de James y sus razones de precaución para no dar parte de él, era el tiempo pasado sin haberse presentado ante las autoridades lo que más pesaba para la posible acusación de deserción. Sin embargo, la maquinaria oficial todavía no se había puesto en funcionamiento y había una primera vista privada en dos días a petición de todos los implicados, por lo que Constable había querido que nos quedáramos en Londres.

            —Hay novedades en la investigación de la muerte de Anthony Highmore —nos contó—. Y es curioso porque las recibimos en un informe remitido por uno de nuestros hombres en China poco después de llegar de allí. Patrick Highmore está muy afectado, pero Arthur, su hermano, tiene aún mucho poder para procurar que la suciedad de su sobrino quede tapada sin escándalos porque es amigo del primer lord del Almirantazgo, Sir Bruce Fraser; sin embargo, yo también conozco a Fraser y es un hombre ecuánime. Pero quien más interesado está en que se aclare esto es Richard Walton, como le habrá dicho West. Es miembro de la Cámara de los Lores y hará todo lo posible por no verse asociado con este turbio asunto. La viudez de su hija ha sido el colmo después de lo que ya había supuesto la falta de descendencia en su matrimonio. Pero olvidemos esto ahora porque lo principal es que descansen estos días. Ya le dije a su padre que su ayuda para encontrar a Sarah nunca estará lo suficientemente pagada, así que cenemos y hablemos de su viaje.

            Y eso hicimos. Hubiera sido imposible contar nada más con tantas emociones a flor de piel.

Conocimos a Margaret Constable, una distinguida mujer de atentísimas maneras, muy conmovida con la historia de sus invitados, y, como su marido, muy agradecida por nuestra ayuda. Nosotros dijimos que todo estaba ya más que compensado y Sarah y Walter Staton, que llegó más tarde, reiteraron que contásemos con ellos para lo que necesitáramos. Cuando nos dimos cuenta, y después de una cena en la que sé que apenas comí, era más de medianoche y el vicealmirante nos pidió que nos retirásemos. Estábamos agotados, pero yo me sentía tan abrumada y emocionada por el reencuentro de James con sus padres que no deseaba que terminara el día. Por fin, nos despedimos de Alistair West y de Sarah y Walter, y los Constable nos acompañaron al piso superior.

            Cuando Sarah se casó y se marchó, habilitaron su dormitorio para invitados, además del que ya había y en el que estaban los Bates, porque tenía un cuarto de baño propio también. Había dos camas y un ventanal que daba a un jardín trasero. John nos obligó a acostarnos y Rose no podía moverse del lado de James creyendo que el sueño se desvanecería como tantos otros. Él le prometió que ya no sería así. Entonces, tras un baño que tampoco pude creer, supe lo que quería que ocurriera y cuando James salió después y se dejó caer en una de las camas, me acerqué.

            —Debes enseñarles la carta —dije sin rodeos.

            Él esbozó una sonrisa triste y muy cargada aún de emoción.

            —Sí, pero sabes lo que significa.

            —Significa la verdad, la única que hay. —Entonces me acerqué más y él tiró de mí abriendo las piernas para abrazarme por la cintura y frotarme la cara sobre el vientre, como tanto le gustaba hacer. Yo lo acaricié—. Escucha, seguramente hoy ha sido el día más feliz de tu vida, para mí lo es, y tus padres solo podían ser como tú. Habla con ellos primero.

            —Te dije que las cosas podrían complicarse, ¿verdad?

            —Sí, y también que no dejarías de quererme.

            Cuando desperté por la mañana, el calor de su cuerpo seguí arropándome. Al bajar, lo encontré con su padre. John leía la carta. Las lágrimas casi lo ahogaron.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

El lujoso despacho de Sir Bruce Fraser daba a Whitehall, con vistas al Támesis y el Parlamento. Excepcionalmente, y por ser quienes eran los protagonistas de aquel espinoso asunto, accedió a tratarlo de manera privada porque pensó que quizás fuera lo mejor. Pero para darle cierta pátina oficial, Alistair West estaría presente en su calidad de abogado.

            Solamente vi una vez a los Highmore cuando llegaron al tiempo que nosotros. Patrick era tan alto como lo fue su hijo e igual de altivo y elegante, pero en su rostro de también ojos castaños había una expresión de hastío y, sobre todo, de una tristeza que parecía auténtica. Yo jamás había considerado llevar su sangre, pero lo cierto es que era mi abuelo. La afortunada ausencia de sentimientos por aquel apellido era otra cosa de tanto como agradecía a la mentira de James, porque me evitó rencor, sufrimiento o deseo de venganza que no tuve ni al ver al hombre que me engendró y su fin en aquella aciaga noche en Hong Kong, ni en ese momento en que Patrick Highmore me dirigió una fugaz mirada. El que sí me produjo gran rechazo fue su hermano mayor Arthur, de gesto más soberbio, y que, pese a su edad, caminaba impaciente y malhumorado delante de él. El último fue un hombre con una presencia que llenaba el espacio alrededor; tenía fulgurantes ojos grises y pelo plateado y emanaba una clase innata. Era Richard Walton y durante todo el tiempo se mantuvo como mero observador.

            Sarah y Margaret Constable nos acompañaron a Rose y a mí y no nos movimos de la sala donde nos condujo un ujier. Rose, aún más conmocionada tras conocer la verdad, no se había separado de mí ni dejaba de preguntarse los porqués y yo solamente quise que pensara que ya no importaban. Si alguna vez pude haber dudado de cómo me aceptarían los Bates, lo olvidé, y el amor que me dieron después fue tan único como el de James.

            Y en aquel despacho James vivió su día más largo.

            Lo primero que nadie pudo discutir fue su identidad cuando lo vieron entrar con su padre. Hasta el flemático primer lord se quedó perplejo ante el parecido y Francis Constable y Alistair West la corroboraron con sus testimonios. Inmediatamente Arthur Highmore le exigió que demostrara la infamia de que su sobrino hubiera atentado contra él pero que, de haber sucedido así, entonces no dudaba de que, por venganza, seguramente él sería responsable de su muerte, ya que lo habían visto abandonar poco después el lugar donde ocurrió.

            —Creo que sus testigos solo señalarían a alguien llamado Lung —dijo James fríamente.

            —¡Pero es usted también! ¡Ese tatuaje es la prueba! —exclamó Arthur Highmore.

            —¿Sí? Entonces ¿quién soy realmente? —Y James sonrió con ironía.

            —Si tienen pruebas, apórtenlas, señores, y mantengamos las formas. Me pidieron esta excepción precisamente para evitar un escándalo —terció el almirante Fraser.

            Entonces James se acercó a Patrick Highmore y por un instante se estremeció. No fue miedo ni resentimiento, sino una sorprendente compasión por una mirada que no ocultaba el desconcierto pero tampoco la certeza de haber sabido quién y cómo había sido su hijo. Y antes de entregarle la carta le habló:

            —Puedo decirle cómo la recibí y quién mató a su hijo, y esa sería mi venganza porque ellos lo sabrían pero ustedes jamás podrán demostrarlo. Y en caso de intentar detenerlos, les aseguro que se encontrarían con represalias inimaginables.

            —¿Cómo se atreve? ¿Un chantaje? —exclamó Arthur Highmore.

            —Continúe —dijo Patrick sin dejar de mirar a James. Y entonces este vio difuminarse a todos los fantasmas definitivamente.

            —También puedo enseñarle las cicatrices de mi cuerpo, que son las que se ven, pero si cree que esta carta puedo haberla escrito yo, entonces sí entenderé qué clase de sangre me las hizo. Sin embargo, ya no necesito ninguna venganza y pienso que usted sabe que su hijo se buscó el fin que tuvo.

            Todos esperaron en silencio mientras Patrick Highmore leyó; al terminar, se dejó caer en un sillón, completamente abatido. Su hermano le quitó los papeles de las manos pero su reacción fue muy distinta.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

            —¿Cómo…? ¡Claro que esto es una venganza! ¿Cuánto quiere? ¿Es eso? ¡Por supuesto! ¡Este hombre se convirtió en un mercenario, un pirata! ¡Y ahora traer a esa muchacha aquí, una bastarda mestiza de cualquier furcia, y pretender que…!

            Alistair y Francis tuvieron que detener a James que, en un segundo, había agarrado por las solapas del traje al exaltado hombre. Solo John logró que lo soltara.

            —¡Basta, señores! —exclamó Sir Bruce Fraser severamente.

            —¡Se acabó, Arthur! —gritó Patrick a su hermano—. Almirante Fraser, le pido disculpas.

            —Yo también —dijo James jadeando pero calmándose.

            —Lo lamento, Bruce, pero me niego a…

            —Comodoro, guarde el tratamiento debido —replicó Fraser lanzándole una mirada más que elocuente—. Denme esa carta. —Al acabar, dejó pasar unos segundos antes de dirigirse a Patrick Highmore—. ¿Puede afirmar que esta letra y rúbrica es la de su hijo?

            Patrick, con los ojos brillantes, asintió en un grave silencio que se prolongó hasta que Richard Walton dejó los folios sobre la mesa de Fraser y dijo con un tono tan tranquilo como gélido:

            —Yo no he leído nada ni conozco a este hombre. Ni siquiera he estado aquí. En realidad, creo que ninguno hemos estado.

            Hasta el colérico Arthur Highmore siguió mudo durante unos momentos más. Entonces habló Fraser dirigiéndose a James:

            —Debió denunciar esto, Bates. Ya sabemos por qué no lo hizo, pero aun así faltó a su deber. Sin embargo, ha pasado mucho tiempo y desde finales de la guerra hay demasiados procesos como para abrir uno tan confuso como sería el suyo. Por tanto, no lo habrá. Se le restablecerá su nombre y grado y pasará a la reserva o decidirá un servicio en tierra, como tengo entendido que ocurrió con su padre —y miró a John brevemente para añadir—: siempre y cuando quiera volver a la Armada.

            —¿Cómo? ¿Pero qué…? —se recuperó Arthur.

            —Si los Highmore quieren actuar contra usted, será por la vía civil —señaló Fraser.

            —No haremos nada —dijo Patrick entonces levantándose— y esta reunión ha terminado, almirante. Le agradezco su tiempo.

            —¿Qué dices, Patrick? ¡Esto no puede quedarse así! ¡Este hombre sabe quién mató a Anthony y…!

            —¡Basta, se acabó! —Patrick Highmore se volvió hacia su hermano fulminándolo con los ojos llameantes y profundamente cansados—. ¡También lo sabemos nosotros! ¡Y Anthony era mi hijo, pero siempre le permití todo y miré a otro lado sin querer detenerlo por no sé qué estúpida y maldita razón! ¡Ahora se acabó, y para ti también! —Y calmándose un poco, se giró hacia Richard Walton—. Lamento mucho todo esto, Richard, te lo dije.

             —Y yo he dicho que aquí no ha ocurrido nada —respondió él categórico, mirando a todos y acabando en Sir Bruce Fraser, quien suspiró:

            —Bien, entonces si nadie tiene nada más que añadir…

            Por un momento Francis Constable apretó una carpeta en sus manos. James sabía qué contenía: el informe remitido que destapaba casi todas las actividades ilegales de Anthony en Hong Kong durante más de diez años y sus conexiones con la mafia china. Y lo que lo hizo temblar por la impresión fue ver quién lo firmaba, algo que creyó verdaderamente porque también era un mensaje para él: Cheng Mo Keung. Así que aquel imberbe joven que me abordó, petulante, en el oscuro fumadero de opio de su padre en Kowloon jugaba a dos bandas y quizá ninguna de ellas sabía de la otra. O sí. Pero ya nunca se nos ocurrió comentarlo ni asegurarlo. James solo cruzó una mirada de un segundo con su antiguo instructor y este no se movió.

            Cuando salieron era más de mediodía. Arthur Highmore se marchó sin despedirse de nadie, sin duda más malhumorado que al llegar. Tampoco hizo nada ya, como le espetó su hermano. Fue inteligente, lo había sido siempre igual que su sobrino había heredado su peor naturaleza, que, solo con que James hubiera querido que Francis Constable enseñara aquella carpeta, lo habría descubierto como beneficiario también de buena parte de aquellos negocios ilícitos.

            Para Lord Richard Walton efectivamente aquella reunión no ocurrió nunca, pero cortó toda relación con la familia Highmore, llevándose a su hija Eleanor —gravemente enferma tras enviudar— fuera de Londres, a donde ya no regresó.

            Patrick Highmore quiso pararse frente a James y su padre antes de salir. Ellos esperaron casi un minuto antes de que se decidiera a hablar.

            —Sé que no sirve de nada intentar disculparme o compensarles de alguna manera a usted o a esa muchacha…

            —Hay una manera —dijo James tajante pero sin acritud, y ante la sinceramente esperanzada mirada del hombre, continuó impasible aunque sin poder evitar aquella extraña compasión—. Ella es mía y ambos seguimos muertos para ustedes. Olvídennos. Eso es todo.

            Sin más, salió tras su padre y caminaron despacio hacia la sala donde esperábamos. Lo siguiente fue el abrazo a su madre y un beso a mí, que alargó rozándome las mejillas con los labios y susurrándome el más dulce “te quiero” que me dijo alguna vez. Después, su verdadera venganza fue que yo ya nunca pude dejar de quererlo a él.

Mariola Díaz-Cano Arévalo

Octubre, 2012

Una luz en el laberinto.

Autor@: Rosina Peixoto

Ilustrador@: Vicente Mateo Serra

Corrector/a: Mariola Díaz Cano

Género: Narrativa

Este relato es propiedad de Rosina Peixoto, y su ilustración es propiedad de  Vicente Mateo Serra. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Una luz en el laberinto.

No sabe cómo entró. Una infancia humilde, pero sin conocer el hambre. Un barrio tranquilo donde jugaban en la calle, sin problema. Padres mayores  y muchos hermanos, cada uno en lo suyo. En la adolescencia, le empezó a molestar el estilo de vida que llevaba. ¿Por qué otras podían vivir holgadamente, comprar ropa moderna y disfrutar la vida?

     Pensaba que la suya no era vida, era un transcurrir día tras día en una monotonía que la mataba. No podía entender cómo sus padres y hermanos se habían acostumbrado a vegetar, a conformarse con poco, con lo mínimo. Ella no lo toleraría.

     Bella, morena de piel blanca, ojos rasgados, parecida a una geisha (no podía negar su sangre japonesa por línea materna). Sus curvas empezaron a hacerse visibles, sentía la mirada de los jóvenes de su edad, pero también se daba cuenta de que los hombres mayores la miraban con deseo.  Podría sacar provecho de eso y tener una vida mejor.

Ilustración de Vicente Mateo Serra

     Juan, alias el Cui, era una persona de dudosa reputación en el pueblo. Había sido tan pobre como la familia de Amanda, pero de un día para el otro apareció con un auto de marca y compró una casa que no combinaba con su estilo.

     Cada vez que Amanda pasaba por su casa, él salía a la puerta y le daba conversación. La primera vez le dijo que era de una belleza sin igual y que podía probar suerte como modelo. Tenía conocidos en la ciudad y podía ponerla en contacto con “personajes importantes” en ese ambiente.

     Poco a poco fue ganando su confianza, hasta había conocido a sus padres y les había hablado de la fama que su hija podría alcanzar si se mudaba a la capital. Firmaron un permiso, ya que le faltaban dos años para la mayoría, y emprendió rumbo, llena de sueños, a ese lugar desconocido.

     No tenía que preocuparse por el techo, la comida ni la ropa; tenía todo pagado, pero estaba claro que si ella decidía abandonarlo o trabajar para otra persona, se quedaba sin nada.

     La idea de dedicarse a la moda no tuvo éxito, había muchas modelos más altas, delgadas y con más experiencia que ella. Empezó a trabajar en un bar, como camarera, atendiendo mesas. Lo que le pagaban era ínfimo, pero se dio cuenta de que si era simpática con los clientes, recibía buena propina.

     Amanda y otras compañeras que trabajaban en el mismo bar vivían bien, no les faltaba lo esencial, pero estaban disconformes. No era lo que habían soñado. Un día el Cui les dijo que tenía un trabajo estupendo para todas, pero un poco más lejos, en Europa. Permiso de menor, documentos, pasaporte y la añoranza de una vida mejor y de poder mandar dinero para ayudar a sus familias, que como en el caso de la de Amanda, todas eran modestas.

     El país elegido fue uno donde se hablaba en otro idioma del cual las chicas no tenían la más mínima idea. Luego, la historia ya conocida. Tenían que trabajar prestando servicios sexuales y quedándose con una pequeña parte de lo recaudado durante todo el día. Mientras tanto, el Cui incrementaba su fortuna y compraba propiedades, autos y hasta caballos de carrera,  en su país.

     Salir de ese laberinto, de ese infierno donde Amanda estaba incomunicada, no era tarea fácil. Había viajado con documentos falsos y usaba un nombre fantasía: Mitsuko (“niña de luz”). No se le permitía hablar con su familia, y a sus compañeras les habían asignado trabajos en otros países.

     El Cui la rehuía, pero no faltaba ocasión para recordarle que si no trabajaba, no comería y se quedaría sin un lugar para vivir. Estaba amenazada de muerte si llegaba a entablar diálogo con algún cliente y le contaba su triste historia. Cada día que pasaba se internaba en los pasajes de ese laberinto que se tornaba más rebuscado. No encontraba la salida.

     Dios le tendió una mano. Federico era asiduo visitante de ese burdel. Con el correr del tiempo se encariñó con Amanda y quiso sacarla del pozo en el que había caído. No era fácil, pero tenía contactos en el gobierno y podía pedir la clausura del lugar, por promiscuo, por evasión de impuestos y por empleo de menores y de inmigrantes indocumentados.

      El milagro se dio. Amanda volvió a su país, esta vez acompañada de Federico. Un final feliz para una historia confusa y enredada, un laberinto al que no supo cómo entró, pero del que pudo salir.

La noche vacía.

Autor@: David Gambero

Ilustrador@:  Vicente Mateo Serra – tico

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Fantástico

Este relato es propiedad de David Gambero, y su ilustración es propiedad de Vicente Mateo Serra – tico. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La noche vacía.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Matthew alzó la mirada en busca de unas velas que los siglos y el progreso se habían tragado. El viento ya no impulsaba a las naves en la mar sino el sucio ruido de un motor diesel del tamaño de un cobertizo. Un suspiro supo hacerse hueco entre sus sentimientos y fue a unirse con la tenue bruma que pronto engulliría toda la cubierta del barco. Se caló el abrigo y el gorro en busca de un vano abrigo contra el frío ártico, pues hacía horas que habían sobrepasado la última línea marítima donde verían el sol. El cielo de Svalbard ya se había saciado con la claridad y tardaría meses en digerirlo y volver a deglutirlo.

-Me voy a perder la aurora boreal, ¿verdad?

Aquella pregunta susurrada entre la tristeza y la añoranza hizo conjurar a Matthew una leve sonrisa. Temblorosa, frágil y sobrecogedora, se encontraba a su espalda Helen. El enorme abrigo de piel con el que se cubría apenas la convertían en una pequeña hada de ojos negros y profundos. Unos que brillaban con fuerza a través de las gruesas gafas de esquiar con las que se protegía de las corrientes heladas.

-¿Cómo se encuentra? –preguntó directo al grano Matthew.

Helen se arrebujó a su lado y dejó descansar su cabeza sobre el hombro de este que apenas sintió el peso de la chica. Y nada tenía que ver la cantidad de abrigo con la que se defendía del frío: su toque siempre era así, suave, casi irreal…

-¿Mk? –Contestó ella con otra pregunta-. Debe ser de los pocos de este cascarón que tiembla más por miedo que por frío. Creo que se está dando cuenta de dónde se está metiendo… Tarde, como todos por otra parte.

-¿Crees que se rajará?

-¿A estas alturas… o latitudes? –Helen sonrió con ganas-. No. Es de los que va hasta el final.

Matthew masculló por lo bajo algo que Helen no llegó a oír. Su atención había sido robada por la densa neblina que convertía el azul en blanco. Alzó su mano enguantada y dejó que la condensación pasase a través de esta como si fuese un fantasma. Uno muy frío. Uno necesario.

-Entonces ya casi estamos a punto –sentenció Matthew sacando su teléfono móvil del bolsillo y comprobando la posición por satélite-. Se acerca la calma.

-Odio cuando dices eso…

-¿Por qué suele significar todo lo contrario? –la abrazó él de repente tratando de confortarla.

Helen no contestó. Simplemente se dejó engullir por el abrazo y la chispa de calidez que este desprendía. Para su desgracia el momento fue sesgado de raíz cuando una voz ruda, y en un noruego nada académico, ordenó encender las luces del barco. Tres potentes proyectores crearon un aura de blancura destinada a combatir contra aquella bruma. Un combate perdido de antemano. Pero, aún así, un combate ineludible. Uno como el que estaban a punto de afrontar. Y aquella vez le tocaba a Matthew.

-¿Interrumpo?

A su espalda la figura enjuta de Mk les sorprendió. Apenas iba abrigado contra lo que el tiempo y la cordura aconsejaban y su cabello negro como la misma noche ondeaba desordenado al capricho del viento.

-Os dejo solos –le dijo Helen a Matthew en un susurro-. Voy a comprobar que está todo preparado en la habitación y nuestros amigos listos.

Matthew asintió al tiempo que esta se alejó tras intercambiar un breve saludo con un Mk que se acercó tímidamente a la borda.

-Todo esto tiene un sentido, ¿verdad? –preguntó este nada más encontró la seguridad de la barandilla.

-Lo crea o no, lo tiene –le aseguró Matthew.

-¿Por eso hemos tenido que venir hasta aquí? ¿Qué tiene este lugar de especial?

-Verá… Digamos que existen latitudes específicas en la Tierra donde el velo entre la realidad y el sueño es más sencillo de atravesar –explicó Matthew de la manera más resumida y eficaz que supo-. Ahora mismo vamos derechitos a uno.

Mk asintió lentamente comprendiendo a duras penas lo que aquel hombre le contaba, mientras sus pulmones se alimentaban de una densa y húmeda niebla que casi podría masticar más que respirar.

-Así que este lugar es como el Triángulo de las Bermudas…

-El Triángulo de las Bermudas es como Disneylandia en comparación con esto. Créame, los sitios desconocidos son así porque pocos quieren visitarlos más de dos veces.

-¿Y ustedes han estado aquí ya?

Matthew no pudo contestar. Un silencio tan grave como su semblante lo hizo por él ante el que Mk no pudo quedar ajeno aunque lo respetó uniéndose al mismo. Dos olas furiosas tuvieron que sacudir el barco para que nuevas palabras llenaran la noche.

-Soñar está sobrevalorado –dijo de pronto Matthew.

-No lo diría si no soñase en absoluto.

-Lo digo precisamente porque lo hago demasiado a menudo –replicó este mientras comprobaba de nuevo en su teléfono móvil dónde se encontraban-. Aún está a tiempo de echarse atrás.

-No podría vivir una vida arrepintiéndome de esa decisión, Matthew.

-Al menos podría vivir una vida. Espero que tenga sueño… Es hora de la siesta.

-¡Matthew! -gritó su nombre la lejanía.

Ambos hombres se adentraban en las entrañas de la Temperley cuando aquella voz les salió al paso deteniéndoles bajo la tenue luz de dos bombillas que colgaban como telarañas del techo reflejando la fantasmagórica visión que eran a la vista los intrincados jeroglíficos que adornaban las paredes de todo el barco. Matthew tenía por norma tratar de no fijarse demasiado en ellos. Le ponían los pelos de punta por más que fueran tan necesarios como él mismo para lo que estaban a punto de hacer. Al fondo, guardando esperanzas y la sala estanca se encontraba la grácil figura de Alba que les esperaba con impaciencia. Inmediatamente les hizo pasar a la enorme cámara frigorífica que había sido convertida en algo que rallaba lo irreal. Por doquier colgaban centenares de despertadores totalmente sincronizados cuyo tic tac rebotaba prisionero por los ojos de buey cerrados a cal y canto. Las paredes también habían sido decoradas con intrincados y numerosos símbolos arcanos y, en el centro de la estancia cinco camas dispuestas en círculo rodeaban a un gran jergón de paja.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Los amigos de Matthew, tornados en un completo equipo de jugadores a su servicio tras numerosas incursiones en el mundo onírico, completaban el cuadro al borde de los lechos. Miradas de rutinas y sonrisas de compromiso desfilaron mientras la figura de Mk les observaba claramente fuera de lugar. Dos parejas completaban aquella misión. Robert y Alba como navegantes del sueño y John y Montse como arquitectos. El resto era cosa suya y de una Helen que parecía tan ansiosa como preocupada.

-¿Un somnífero? –ofreció solícita Helen a Matthew nada más llegar a su lado.

-Creo que él lo necesita más que yo –dijo este señalando con la cabeza a Mk-. ¿Ha echado el ancla el capitán?

-Hace diez minutos –respondió Robert calándose un curioso gorro de dormir pero dejando sus orejas fuera del mismo-. Y le reconozco al barbas que lo ha clavado. Justo en el punto exacto.

-Algo que reconocer, ya que dudo que ese burro sepa lo que es el GPS siquiera –agregó Montse mientras le colocaba bien el gorro a su amigo que lo había dejado levemente ladeado-. Me gusta cuando un marino sabe manejarse.

-Y a mí saber que no hemos pagado sólo por un nombre sino por un hombre de verdad –terció Alba que alisaba frenéticamente las sábanas de su cama-. Hasta ahora lo había estado dudando.

John, por su parte, se acercó hasta Mk y le puso la mano en el hombro con amabilidad. Al momento el hombre se tensó como una cuerda de piano dejando claro cuan incómoda le resultaba la situación.

-Tranquilo. Algunos de los de aquí no creíamos en nada de todo esto, hasta que… Bueno, hasta que duermes rodeado de extraños.

-Ustedes no parecen demasiado extraños entre sí…

-¿Se refiere a…? -preguntó John señalándose a sí mismo y luego a Montse-. ¿Lo ha notado? Verá, esto es mucho más sencillo si hay unos vínculos en común entre los que lo llevan a cabo.

-Y los afectivos son los más poderosos –musitó Helen antes de dar un beso en los labios a Matthew que le pilló por sorpresa-. Es más sencillo compartir un sueño de esta manera…

Mk asintió aunque su reticencia no disminuyó un ápice. Sin embargo se dejó llevar por John que, con suavidad, le encaminó hacia el lecho de paja en mitad de la estancia. Su mirada no paraba de encontrarse con los relojes que colgaban por doquier y las claraboyas, ahora cerradas, donde la niebla se agolpaba deseosa de poder inundar la habitación.

-¿Listo?

La pregunta de Matthew recibió un escueto asentimiento por parte de Mk que parecía hacerse más insignificante a cada momento que su miedo le azotaba.

-¿Y si no me gusta lo que sueño? –preguntó este, algo que parecía haber estado guardando mucho tiempo.

-Todos tenemos pesadillas, Mk –dijo Helen al tiempo que le tendía el somnífero que había rechazado Matthew-. Sin nuestros miedos no somos nada. Pero tampoco sin nuestros sueños. Por eso ha llegado tan lejos, ¿no?

-Estoy cansado de la oscuridad.

-Y yo cansado de verdad. Y helado –refunfuñó Robert al tiempo que sacaba un walkie talkie del interior del bolsillo de su chaqueta-. Dormilones a puente de mando, ¿me recibe? Claro que me recibe, si el canal está siempre abierto… Bueno, a lo que iba. Solskaer, a partir de ahora que la Temperley no se mueva ni un milímetro ¿entendido?

Un “de acuerdo” mezclado con estática fue la escueta respuesta que recibió. Todos se encontraban ya en posición. Cada uno ocupando su lugar en el círculo de lechos presidido por la enorme cama al pie de la cual esperaba Matthew. Besos rápidos y nerviosas buenas noches fueron repartidas antes de que Mk se tragara el somnífero. La claridad de sus ojos azules se tornó vidriosa nada más hacer efecto la pastilla.

-El camino de siempre. La rutina de siempre –le advirtió entonces Alba alzando la mirada hacia los relojes-. Ni improvisaciones ni heroicidades. Construye y apuntala, pero nada más. Este sitio es demasiado… frágil para nada más.

-Aguantará. Sólo tendré que sumergirme más de la cuenta, pero aguantará. Con todo lo que has preparado no me quedaré dormido.

-Más te vale –terció Helen con un guiño-. No quiero despertar sin ti.

-¡Buscaos una habitación! –gritó en broma Robert.

-En una habitación estamos –respondió con media sonrisa Matthew.

-Bueno, pues una en la que no esté yo. O que sí esté pero con una cámara y un disfraz de conejo…

Alba le dio un coscorrón a Robert antes de lanzarle un pequeño mando a distancia a Matthew, que este cogió al vuelo. Al minuto todos estaban en sus camas, cada uno descansando relajadamente en ellas con las manos en el pecho y la mente totalmente despejada. Matthew le hizo un gesto a Mk para que ocupase su lugar en el centro, a lo que este accedió al momento.

-Espero que no te importe compartir cama –le dijo Matthew antes de tumbarse junto a este.

-Espero que no asuste por lo que pueda encontrar en mi subconsciente.

-Sea lo que sea he visto cosas peores, créame.

Matthew lo decía totalmente en serio. Un hombre sin sueños no es lo peor que había afrontado. Aquello solo sería un bloqueo. Una pieza mal encajada en su cabeza. Entraría y lo restauraría. Sería difícil pero no sería la primera vez que lo hiciera.

-Te soñaremos guapo, Matthew –dijo en tono de broma Robert antes de cerrar los ojos completamente.

-Felices sueños a todos –dijo Montse a modo de señal.

Todo está listo para comenzar. Mk era evidente que no podía mantenerse mucho más despierto por como sus párpados caían y se alzaban por impulso. Matthew sacó entonces su móvil, comprobó una vez más sus coordenadas y, de pronto y fuera de toda su rutina, pulsó un par de comandos antes de guardarlo en su bolsillo. Entonces apretó el botón del mando a distancia y las claraboyas de la habitación se abrieron de par en par. Con tétrica lentitud la niebla del exterior comenzó a invadir la estancia. Una blancura gélida y casi irreal les envolvió al minuto. A su lado, Matthew sabía ya dormido a Mk. Su respiración se había normalizado y ya no se removía en el lecho. Respiró hondo y se concentró en la blancura circundante. Sintió el sueño llegar hasta él. Y lo recibió con todo su ser. Dejó que le atrapara y le confortara. Que le llevase lejos de aquel lugar. Tan lejos como a la persona que dormía a su lado. A Mk. Sintió las consciencias de sus amigos flotar a su alrededor como luces de navidad. Brillar iridiscentes y danzar mostrándole un camino seguro. Lo siguió sin prisa. Dándoles tiempo para construir y a él para asentarse. Había mucho que armar antes de poder andar. Mucha rutina que repetir. Mucha nada que disipar hasta que aquel mundo de irreal éter se tornara sólido. Y entonces lo sitió. Le estaban soñando. Le estaban creando. Hacedores ajenos de lo conocido. Era una sensación inenarrable. Un cosquilleo que bailaba entre el dolor y el placer. Uno que acabó, como siempre, de golpe. Sus pies de pronto se afianzaron en el suelo. Cerró el puño varias veces sincronizando sensaciones y comandos nerviosos hasta que todo fue perfecto. Respiró por costumbre un aire que no existía y miró en derredor. Se encontraba en un espacio totalmente blanco. Blanco hasta el infinito. Era tan claro que dañaba ojos y cordura. Aún así no se asustó. No estaba sólo ni en un lugar desconocido. Estaba donde se suponía debía estar.

-Bonita sala de espera, Mk. Eso sí, un poco minimalista –se dijo a sí mismo para reconocer su propia voz.

Pateó el sólido blanco sobre el que se mantenía en pié y descubrió con sorpresa que calzaba unas playeras moradas donde bailaban en libertad sus dedos.

-Muy gracioso, Robert –gruñó este antes de que estas se convirtieran al momento en sus zapatos de siempre.

Entonces Matthew buscó en el interior del bolsillo de su chaqueta. Justo donde debía estar soñado había un grueso lápiz negro que extrajo y contempló a un palmo de sus narices. El cincel perfecto para un creador. Se agachó entonces a sus pies y dibujó un enorme rectángulo ante sí de un solo trazo. Comprobó que fuese perfecto antes de afrontar la parte más difícil. Se alejó tres pasos del rectángulo y cerró los ojos. Se estaba forzando a soñar. A crear. Y aquel proceso requería todo de él. Buscó los pedazos que conocía y rellenó los que no con las pertinentes singularidades. Tuvo ayuda, como siempre, pues no estaba sólo. Y aún así era demasiado lo que el soñador debía efectuar.

-¿Matthew? -Este abrió los ojos súbitamente al escuchar su nombre al tiempo que sus músculos se soltaban de un doloroso tirón. Ante sí se encontraba un Mk que no comprendía como había llegado allí.

-Tranquilo, es usted –le respondió inmediatamente Matthew como si le leyese el pensamiento-. O más bien una imagen filtrada por mí de usted mismo. Es algo complicado de explicar pero, digamos que usted es usted, o casi.

-¿Soy o no soy? –inquirió este algo alterado.

-Ahora mismo estamos dentro de su propia mente, Mk. O más bien, a las puertas de su subconsciente. Aquí es donde sus sueños se entretejen… O deberían –Matthew miró en derredor la blancura cegadora que les rodeaba-. Y digamos que es casi imposible soñar una imagen fidedigna de uno mismo dentro de la propia cabeza. Por eso es que… le estoy soñando a usted.

-¿Y quién le esta soñando a usted?

Matthew sonrió. De pronto una sensación cálida y conocida le inundó por respuesta muda a aquella pregunta de Mk. Una suave música comenzó a sonar a su alrededor.

Ambos hombres miraron a su alrededor buscando un origen a aquella tonada que no provenía de ninguna parte pero que Mk no tardó en reconocer.

¿Where the streets have no name?

-A Helen le encanta U2… Dios sabe por qué razón –Se encogió de hombros Matthew al tiempo que hacía un gesto en el aire y la música se disipaba-. ¿No se preguntaba por qué se necesitaban tantas personas para ocuparse de su problema?

Este no pudo más que asentir ante la respuesta de Matthew, aunque aún había demasiado que preguntar y comprender.

-Entonces… ¿Sus compañeros nos están soñando? ¿Están soñando todo esto?

-No. No todos. Entrar en el subconsciente de una persona, en la zona de los sueños, es algo increíblemente complicado que necesita de magia y habilidad natural para ello. Muy pocas personas la tienen, por eso es tan complicado manejarse conscientemente dentro de un sueño. Pero aquellos que podemos, y si tenemos las herramientas adecuadas y los lugares propicios, podemos adentrarnos no sólo en nuestros propios sueños, sino también en los de los demás. Es un proceso bastante complejo para poder resumirlo correctamente, pero digamos que la mente a tratar debe ser filtrada a través de los sueños de otros y, a partir de ese punto, poder ahondar en cualquiera que sea el problema que la aqueja.

-Entonces, ¿todo esto es lo que sueño o lo que no sueño?

-No… Esto es usted resistiéndose inconscientemente a proporcionar algo con lo que trabajar al resto de soñadores. Cosa que, por cierto, suele cabrear bastante a Montse. Pero no se preocupe, siempre se abre camino…

-¿Camino hacia dónde?

-Hacia el lado correcto de la puerta donde estamos detenidos.

-¿Qué puerta? –buscó con la mirada Mk aquello que no había.

-Sobre la que está detenido, Mk…

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

Ambos hombres miraron a los pies del hombre encerrado en el rectángulo y, de pronto, el interior del mismo comenzó a brillar con un resplandor carmesí. Mk sintió cómo sus pies comenzaron a despegarse del suelo, alzándole a medio metro del mismo. Matthew alzó la mirada para ver como el hombre, absolutamente fuera de lugar, pedía con mirada suplicante una explicación.

-Usted sueña, Mk. Todos lo hacemos. Sólo que, por alguna razón, su mente le ha colocado en el lado opuesto a los sueños. No tengo ni la menor idea de lo que le ha podido pasar o lo que nos ha estado ocultando. Ya le dije cuando aceptamos el trabajo que no nos importaba. Todo el mundo oculta cosas. Muchas veces de manera inconsciente. Pero estoy… estamos aquí para averiguarlo y ponerle a usted y sus sueños en su sitio. Ahora necesito que decida si de verdad quiere seguir adelante.

No era la primera vez que recitaba aquel discurso. Y había recibido respuestas de toda clase al mismo. En el borde de los sueños un hombre encontraba o perdía el valor o la cordura con facilidad. Ahora sólo quedaba saber qué tipo de hombre era Mk.

-Hágalo –contestó de pronto Mk con resolución.

-¡Alba! –gritó entonces Matthew y se preparó.

Todo fue muy rápido. Mk cayó dentro de aquel foso escarlata y Matthew se vio arrastrado por el mismo. Todo se volvió negro, pesado y opresivo. Una sensación de soledad y vacío le golpeó, sin nada a lo que poder aferrarse o que hacer para evitarla.

Resistencia. Mucha. Demasiada. Pero esperada. Matthew desplegó entonces su propia mente para atrapar el sueño de un Mk que quería escapar. Era la segunda vez que alguien trataba aquello y estaba preparado para tal eventualidad. Aunque no para aquella fuerza desmedida. Aquella desesperación. La oscuridad se hizo sólida y amenazó con engullirlo y borrarlo de la existencia. Y entonces Matthew no pudo más que luchar por su vida. Sólo y con la improvisación como arma abrió aún más su mente. Creando un paso en la negrura. Pero esta destrozaba todo lo que este trataba. Y la consternación le hizo mella y dueña de su ser. No sabía que estaba sucediendo pero sentía cómo se desgajaba. Cómo su mente se desmoronaba por completo en un salto demasiado largo y demasiado difícil. Entonces la música sonó. U2. Helen. Soñó que miraba a través de la oscuridad. Que había luz ante sí. Y allí la encontró. Una farola antigua cuya tenue llama iluminaba un camino. Una realidad. Pugnó por alcanzarla. Con la desesperación por fuerza. Con la vida por premio. Y la alcanzó. Y justo cuando estuvo bajo su fulgor la oscuridad desapareció de golpe. Y como si hubiese sido arrojado sin piedad aterrizó en una realidad. En los sueños de Mk.

-¿Dónde estabas?

Matthew miró a sus pies. Allí, una pequeña gata negra se frotaba contra su pierna. Este, inmediatamente miró a su alrededor para descubrir que se encontraba en mitad de la enorme calle de una ciudad que le resultaba vagamente familiar. Enormes edificios de impolutos cristales desviaban el fulgor de una enorme luna llena, mientras la carretera estaba tomada por un sinfín de coches inmóviles y sin conductor. Matthew entornó los ojos hacia el cielo tratando de clarificar las estrellas que en este pendían. Pero no eran estrellas. Eran los relojes que colgaban en la habitación donde sus cuerpos descansaban. Asintió satisfecho por el cambio. Al menos aquello iba bien, cosa que no podía decir de los habitantes del sueño pues, nadie más había allí descontando a la gata que ahora le arañaba el pantalón con la zarpa delantera derecha.

-No lo sé… -masculló Matthew aún presa del miedo-. Algo ha ido mal con el salto.

-Te habrás distraído porque aquí todo está bien. De hecho está demasiado bien –habló de nuevo la gata con la inconfundible voz de Alba-. Por más que me gusten los trabajos simples Montse y John han ido demasiado lejos soñando una ciudad entera.

-¿Qué?

-Esto es lo único con lo que sueña… Si su consciencia estuviese en el lugar adecuado, claro.

Aquello era algo más a incluir en la extrañeza de la situación. Normalmente cada vez que se llegaba a los sueños de una persona se debía escoger algún escenario predominante sobre el que comenzar a trabajar. Pero siempre había más de uno. Y la palabra siempre se hizo demasiado grande como para que Matthew pudiese obviarla.

-¿Tienes su rastro? –le preguntó Matthew a la gata mientras se agachaba y le rascaba detrás de las orejas.

-Pues claro… -se quejó el animal-. Y ni está lejos ni se mueve…

-Así que está en el centro del problema –concluyó Matthew.

Aquello al menos sí era lo habitual. Cada vez que el soñado entraba en sus sueños guiado por lo soñadores y estos apuntalados por los arquitectos, su imagen siempre iba directa al problema que le aquejaba. Lo que sólo dejaba encontrarlo y solucionarlo, cosa que Matthew rezaba por que fuese más sencillo que lo acontecido hasta entonces.

-Mierda… -se quejó Alba entonces y, comenzó a rascarse frenéticamente contra Matthew-. Alguno de vosotros ha estado aquí antes.

-¿Aquí? ¿Dónde?

-En este sitio… No sé si ha sido uno o todos. Pero, los detalles se me están clavando en el alma.

Matthew lo comprobó rápidamente. Se acercó a un quiosco de prensa que había en la acera y tomó un periódico del mismo. Nombre de la gaceta, titular y fecha eran tan claras como la luz de la luna. Boston Herald. 15 de diciembre de 1999. Y el titular…

-La noche más larga del milenio… -leyó con rotunda claridad Matthew.

-No me jodas –maldijo Alba erizándole hasta el último pelo de su cuerpo gatuno.

En los sueños no hay fechas ni titulares. Hay tiempo, pero no definido. Hay peligro, pero no real. Y, sin embargo, en ese había todo lo que no debía haber. Matthew cogió otro periódico y pudo leerlo de principio a fin. Todo aparecía aterradoramente claro.

-No puede ser… -musitó aterrado Matthew-. No podemos estar soñando con esa noche.

-Eso explicaría porque Mk no puede soñar –agregó Alba destrozando con sus garras el periódico que había caído ante ella-. ¿También estabas aquí cuando pasó?

-Todos estábamos aquí… Fue cuando conocí a John, de hecho. Vagaba por la ciudad entre el sueño y la realidad y, casi no consigo despertarlo.

-Hay que seguir, Matthew… -le urgió el animal-. Mk está en aquella dirección.

La gata señaló un enorme cartel que indicaba “Arnold Arboretum”. Distaban 3 kilómetros de su posición hasta el mismo según este.

-Busca una manera de salir de aquí, Alba.

-¿Qué? –Saltó la gata de pronto ante las palabras de su amigo – Matthew… esto es solo un sueño.

-Tengo un mal presentimiento. Uno realmente malo. Así que busca una salida.

-¿Y Mk? No podemos dejarle abandonado aquí. Si no despierta a su debido tiempo…

Una mirada sombría emponzoñó el alma de Matthew. Sabía perfectamente lo que significaba romper la sincronía del sueño: seguir durmiendo. Por y para siempre. Si rompían el sueño de Mk lo atraparían dentro. Prácticamente lo asesinarían. Y lo peor es que estaba dispuesto a hacerlo. No quería seguir allí ni un segundo más.

-¡Ni de broma! –Le encaró Alba -¡No voy a ser cómplice de esto!

-No estabas aquí. No tienes ni idea de lo que pasó.

-¿Y tú? ¿Acaso tú lo sabes?

-Sé que consecuencias tuvo. Y que no estamos soñando esto por casualidad, porque… porque nos juramos no volver a soñar con este día jamás.

-No puede ser que borraseis este sueño… Eso no está permitido.

-Hay reglas que hay que saltarse para sobrevivir, Alba. El día que una situación te sobrepase lo entenderás.

-Ese día haré lo que deba, Matthew –le reprochó ella-. Pero no me traicionaré a mí misma.

-Ese día sabrás todo lo que eres capaz de traicionar. Y que no te sorprenda si la primera a la que defraudas es a ti misma.

En ese momento, algo en el cielo les llamó la atención. Una de las luces de las estrellas, o mejor dicho de las esferas de los relojes que formaban las estrellas, se apagó de repente. Matthew apretó los dientes mientras Alba comenzaba a temblar sin control.

-No… No es posible.

-Más vale que me creas ahora. Algo nos quería en este sueño y ahora lo está consumiendo. Y vamos a ser los siguientes a menos que salgamos de aquí. Así que ya puedes estar soñando una respuesta porque puede que sea lo último que hagas.

Repentinamente los ojos felinos de Alba se tornaron de un verde muy humano. Un verde inundado de miedo y dudas.

-No puedo abandonar a Mk.

-Yo tampoco, pero es precisamente lo que voy a hacer –aseguró Matthew con frialdad-. Este sueño se tiene que acabar antes de que se haga realidad.

-Nunca encontrarás la salida sin mí –le amenazó con toda la razón Alba-. Si te pierdes…

-Ya he abandonado sueños antes sin un navegador. Míos y ajenos. Puedo hacerlo.

-¿Y puedes vivir luego con ello?

Matthew abrió los brazos mientras todo a su alrededor comenzaba a tornarse más y más oscuro e irreal. La pátina onírica se debilitaba y pronto quedaría al descubierto donde estaban en realidad.

-A veces hay que vivir con una parte de nosotros mismos que no nos gusta. La cuestión es no alimentarla demasiado.

-¡Eres un cobarde! –Maulló la gata al tiempo que le daba la espalda y encaraba el camino hacia aquel parque-. Esto no lo olvidaré, Matthew.

Alba arrancó una veloz carrera sin esperar siquiera una respuesta de un abatido Matthew que hacía frente a un torrente de sentimientos encontrados. No quería comenzar a odiarse a sí mismo demasiado pronto. Ya tendría toda la vida cuando despertase. Ya tendría toda la eternidad cuando soñase.

-Yo tampoco, Alba… -susurró este antes de tomar el camino que su razón le indicaba seguro.

Apretó el paso y comenzó a correr por aquella ciudad hueca. Poco a poco los edificios comenzaban a vibrar y a desaparecer a sus espaldas a medida que los dejaba atrás. Mas no tenía tiempo para detenerse y tratar de racionalizar aquello. El miedo era una guía poderosa y hacía rato que se había abandonado a la misma. Vivir era su prioridad y despertar su necesidad. Por eso necesitaba un punto seguro. Todos los sueños lo tienen y se cimientan sobre los mismos.  Podría ser una acera concreta, un coche o una tienda. Algo imposible de pasar por alto. Aquel era un mecanismo de seguridad de los soñadores. Una puerta trasera que usar cuando no hay nada más que poder hacer. De pronto un susurro rompió su propio silencio de jadeos y pasos acelerados.

She moves in mysterious ways… -reconoció.

Sonrió de pleno. Helen y su U2. Dios bendiga al maldito Bono, pensó para sí antes que seguirlo cual llamada del flautista de Hamelín. Torció una esquina y se vio envuelto en un enorme mercado urbano. Miles de puestos dispuestos a cada lado de la calzada ofrecían todo tipo de productos. Se detuvo antes de afrontarlo. Pateó el suelo para comprobar la integridad del lugar. Un eco sordo de su pisada y un leve dolor le hicieron saber que las había visto peores, aunque también mejores, pues el mal presentimiento que amenazaba con ahogarlo se había acrecentado mucho. Con sumo cuidado fue a poner el pie en aquella avenida cuando un desgarrador maullido le hizo volverse a su espalda. Fue un grito de dolor y desesperación. Un grito de derrota. El grito de Alba.

-Dime que te han hecho despertar… -musitó usando todo el aire que no había huido de sus pulmones.

En aquel momento sus ojos fueron robados por el cielo para descubrir aterrado que las luces que lo iluminaban se iban apagando una por una rápidamente. Pudo oír como los tic tac se detenían en seco cada vez que una de aquellas esferas se extinguía. No le quedaba tiempo. No le quedaba sueño. Pero aunque su cuerpo le pedía salir corriendo no pudo hacerlo, pues cuando volvió a la senda que le había marcado la música se quedó petrificado. De pronto, aquel mercado estaba atestado de gente. Personas que habían sido reales. Personas que hacía un minuto no estaban allí. Y todas estaban inmóviles. Todas mirando su propio infinito. Todas dormidas. Una suerte de sombra fría atravesó a Matthew de parte a parte. Luego otra. Y otra más. Poco a poco aquellos jirones de pesadilla comenzaron a caminar entre aquella gente que parecía congelada en el tiempo para ir a colocarse a su lado. Rápidamente hubo tantas sombras como personas y, de pronto, de estas surgieron miles de brazos fantasmagóricos que comenzaron a rodearlos. Matthew alzó un brazo en aquella dirección pero nada podía hacer. Sabía lo que estaba pasando, y sabía que no podía detenerlo. La noche más larga del milenio se estaba repitiendo. Él la estaba reviviendo. Y para su desgracia ahora sí que podía ver lo que había pasado en realidad. Ahora sí estaba despierto.

-No es un día agradable para revivir, ¿verdad?

Matthew se volvió hacia el lugar de donde había provenido aquella pregunta. Todo en él temblaba. Todo en él quería despertar y salir de allí. Y todo él sabía que no era posible. Igual que el Mk que ahora tenía ante sí. Un Mk al que rodeaba una suerte de aquellas sombras que danzaban a su alrededor creando formas siniestras a cada paso que daba. Parecía como si su ser fuese parte de aquel torrente de oscuridad que no paraba de transformarse. Un espectáculo horrible. Uno que sólo podía suceder en un sueño.

-¿Qué diablos eres tú? –preguntó lleno de rabia Matthew, que vigilaba con el rabillo del ojo lo que pasaba tras de sí.

-Un mal sueño. Uno que Mk pudo esconder en lo más profundo de su alma –rió aquel ser que a momentos era Mk y a momentos no-. Me sorprende que alguien tenga la capacidad de suprimir la esencia de los sueños de esta manera, aunque sea de manera inconsciente.

Matthew retrocedió un paso y aquel gesto detuvo el avance de aquel engendro. Instantáneamente buscó en su bolsillo y sacó el lápiz que había usado para trazar la puerta a aquel sueño. Esgrimiéndolo ante él como si fuese un arma se encaró contra aquel engendro que vestía la piel de Mk.

-Fuisteis vosotros… ¡Vosotros causasteis la noche vacía! ¡Vaciasteis una ciudad de sueños! –le acusó lo que había sospechado y ya sabía como cierto -¿Por qué? ¿Qué es lo que sois? ¿Qué es lo que queréis?

Las sombras se arremolinaron en torno al rostro de Mk y formaron una suerte de mueca escalofriante. Una sonrisa dura y burlona. Una que hizo temblar a Matthew hasta lo más profundo de su alma.

-Lo mismo que tú, soñador. Queremos un sueño. Uno que se pueda convertir en realidad. Por eso lo tomamos de vosotros. Tenéis tantos… y todos los acabáis desperdiciando. Malgastados entre vuestro egoísmo y debilidad –explicó este al tiempo que alzaba un puño hacia el cielo y una porción del mismo se apagaba de golpe-. Somos anhelos de realidad, soñador. Somos vosotros mismos. Sólo que a nosotros nos tocó vivir en el lado equivocado de la realidad. Pero eso va a cambiar. Comenzó aquella noche… esta noche. La noche más larga del milenio, la llamasteis. Pero pronto descubriréis que fue corta en comparación a lo que está por venir. Descubriréis la desesperanza de la oscuridad….

Alzó el otro puño y lo apretó con furia. El cielo se apagó por completo a excepción de una pequeña luz. Un destello resistía en la lejanía. Aquello puso furioso a aquel ser que de pronto dijo algo que Matthew no pudo entender y, todas las sombras que habían estado robando los sueños de aquellas personas se alzaron hacia el cielo para rodear a aquella luz. Para extinguirla. Para crear la más completa oscuridad. Matthew actuó entonces. Presa de la desesperación, se abalanzó contra aquel ser usando su lápiz como si fuese un puñal. Pero su punta no llegó a tocar nada. Se quedó paralizada a escasos centímetros de aquel escalofriante rostro de un Mk que hacía mucho no había sido él mismo.

-¡Maldito bastardo! –Bramó un Matthew paralizado ante la fuerza de un titán -¿Qué cojones has hecho con Alba?

-Nada aún. Pero lo haré. Reconozco que nunca nos habíamos encontrado con una navegante tan… interesante. Ni siquiera sabe el potencial que tiene. Es una lástima que no hubiese estado aquí aquella noche. Tal vez así no hubiésemos necesitado escondernos dentro de alguien como Mk para que alguien nos soñara. Pero ahora nos soñaran…

La rabia espoleó a un Matthew que comenzaba a comprender la magnitud de la situación en la que se encontraba.

-Tú… ¡Aquel día te detuvimos!

Súbitamente aquel ser alzó en vilo a Matthew que se vio forzado a soltar el lápiz, cayendo a sus pies. Una suerte de brazos le agarró de las extremidades y comenzaron a tirar de él como si quisieran desencajarlo por completo. Un grito de profundo dolor escapó de boca y alma de Matthew, cuya mente comenzaba a ceder al castigo.

-Sí. Nos detuvisteis. Aunque no sabíais ni a qué os enfrentabais, forzasteis a despertar a toda la ciudad tú y todos aquellos soñadores. Os subestimamos. Creímos que nadie sabría caminar por el filo de la realidad. Pero no volveremos a equivocarnos. Esta vez sabemos qué debemos robar. Y no serán sueños…

Y de pronto, lo comprendió todo. Y quiso llorar de terror, pero no podía. Su mente únicamente podía conformar lo horrible que eran las intenciones de aquella oscuridad. Lo había dicho bien claro: ya no quería sueños, quería una realidad. Su realidad.

-¡Helen! –Gritó en un último y desesperado intento Matthew-. ¡Helen, escúchame! ¡Despierta! ¡Despiértales a todos y sal de aquí!

Las miradas de ambos se volvieron al cielo donde un intenso fulgor devoró a las sombras que circundaban aquel único y desesperado orbe de luz. Aquel reloj que todavía tenía hora que mostrar y sueño que cimentar. Alguien seguía luchando. Alguien seguía soñando con él. Alguien que se negaba a rendirse. Y aquel fue su error.

-Gracias Matthew –dijo de pronto Mk con una mirada de plena satisfacción-. Muchísimas gracias.

Todo aquel ser se volvió oscuro y denso. Las manos que sujetaban a Matthew se retrajeron, no sin antes lanzarlo por los aires. Este fue a aterrizar contra el puesto más cercano destrozando los cristales del mismo con el impacto. Con una pátina de sangre manándole de numerosas heridas comprobó cómo aquella oscuridad se lanzó en pos de la luz. Y en lugar de verse extinguida esta se hizo fina como una lanza y atravesó el centro mismo del fulgor. El dolor más intenso que había sufrido Matthew en toda su vida le alanceó derrotándolo por completo. Se dobló y retorció en el suelo al tiempo que toda la realidad de su alrededor cambiaba. Centenares de escenarios aparecían y desaparecían sin control. Miles de sueños y situaciones nacían y morían. Sueños que conocía y otros que no. Sueños de sus amigos. Y sus propios sueños. Alzó la mirada en busca de un cielo bajo el que luchar. Uno bajo el que sobrevivir. Pero la oscuridad había sustituido el arriba y el abajo. Aquella misma oscuridad que casi no había podido atravesar para llegar allí le iba a consumir.

-Canta… -susurró mientras la sangre se mezclaba con sus lágrimas-. Canta, por favor…

Algo. Necesitaba sólo algo para poder creer que aquel sueño no se había acabado del todo. Que Helen había resistido. Que aquel mal sueño no la había consumido. Que aún había esperanza para él. Esperó mientras sus manos se hundían en los cristales rotos que aún le rodeaban. Pero ya sabía que nadie más cantaría para él. Lo sentía en lo más hondo de su ser. Todo contacto con el exterior se había roto. Aquellos relojes destinados a poner fin al sueño en un momento concreto se habían extinguido. Por eso odiaba la magia. Tan frágil como poderosa. Y ahora que se había consumido no había con que huir. Ni alegría ni dolor. Nada le sacaría de allí. Y por más que luchaba y su interior pataleaba y trataba de alejar aquella negrura, nada le quedaba por hacer. Sólo cerrar los ojos y desaparecer. Su sueño debía acabar.

-No debía ser así –se quejó amargamente a sí mismo Matthew-. No debía acabar de este modo… No es como lo había soñado…

Pero sus deseos ya no mandaban ni sus sueños se sostenían. La oscuridad les había vencido a todos y sólo Dios sabía qué estaba por atacar un mundo que desconocía por completo aquel peligro.

-Pip, pip –comenzó a soñar en su bolsillo interior-. Pip, pip.

Sorprendido, rebuscó el origen de aquel ruido y sacó su móvil. Rió al descubrir que la alarma para despertar había incluso funcionado en el sueño. Un truco desesperado. El truco de un descreído de la magia. Pero ya era tarde. No podía seguir aquel hilo hasta la realidad. Solo era un eco que podía añorar, pues no había nada con la suficiente fuerza en él. Nada que pudiese lanzar en el momento propicio para que sonase al unísono con aquel trozo de realidad y le despertase. Nada…

-Lo hay… –se dijo a sí mismo.

Lo tenía en su mano. Lo llevaba apretando con rabia hacía un rato. Un trozo de vidrio. Afilado y bañado por su sangre. Podría ser. Había poco que perder. Pero tal vez funcionase. Tal vez despertase…

-Esto va a doler…

Puso entonces la palma de la mano contra aquel suelo irreal y alzó el vidrio con decisión. Esperó el pitido adecuado. Sincronizó sus latidos y deseos con él y lanzó todo su valor e inconsciencia en un último y desesperado intento. Toda una vida a cara o cruz. Dudó. Y la oscuridad lo aprovechó. Se alzó contra él y le engulló justo cuando bajó su mano…

-¡Aaaaaaaaah! –gritó.

Y su grito fue real. Igual que el dolor lacerante que le cortaba la respiración. Alzó su mano izquierda ante su rostro y una realidad espeluznante se hizo patente. Su dedo corazón había desaparecido y la sangre bañaba su mano manando sin control. Aquello le hizo tambalearse y vomitar. Pero entonces su cabeza le situó. Estaba en el camarote estanco. Estaba despierto. Estaba vivo. Como un resorte se levantó de la cama, todavía ocupada por su desdichado acompañante, y se encontró con la cruda realidad. El suelo estaba bañado de relojes rotos y una claridad mortecina invadía la estancia. A su alrededor todos sus amigos dormían un sueño plácido. Un sueño eterno. Todos menos Helen y Alba. Estas habían desaparecido. No hizo ademán alguno por tratar de despertarlos. Sabía que ya no estaban allí. De hecho, no estaban en ningún lado. Pero su preocupación estaba ahora con los despiertos. Salió de allí a toda prisa. Tambaleándose por la pérdida de sangre y el dolor buscó la cubierta. En su desesperada subida se topó con los cuerpos inertes de la tripulación. Todos dormían. Hizo caso omiso y salió a afrontar una gélida mañana naciente. Un ruido de motor le alertó y se asomó por la borda. Allí, abordado uno de los botes de emergencia, una Alba con ojos tan oscuros como la más dura noche le miraba con una Helen desmayada a sus pies.

-Lo siento mucho, Matthew –susurró aquella Alba-. Pero ya no queda nada por lo que puedas soñar.

Pero aquello no era cierto y, aunque el dolor se lo desaconsejaba, Matthew se subió al borde de la barandilla de seguridad y lanzó toda su rabia a pleno pulmón.

-¡Soñaré contigo! ¿Me oyes? –Gritó Matthew sin saber exactamente a cual de las dos se lo refería-. ¡Es una promesa! ¡Cada noche soñaré hasta encontrarte!

El bote se puso en marcha entonces y se alejó con un Matthew cuyas fuerzas le abandonaron y le sumieron en un trance de debilidad. No supo si fue realidad o ensoñación pero creyó oír al viento un “felices sueños” antes de sumirse en el último sueño pacífico de su vida.

Ilustración de Vicente Mateo Serra – tico

David Gambero 2012