39ª convocatoria: La naturaleza

La naturaleza.

Ilustración de Rosa García

Vuelta a los orígenes.

Busco entre vuestras ramas,
amigos, guías, centinelas
el abrazo que me enseñe
a mirar dentro de mí,
que me ayude a recordar
que yo también
soy hija de la tierra,
el lugar donde sangre, fuego y savia
se funden en sintonía eterna.
se funden en sintonía eterna.

Ainhoa Ollero Naval

Ella, ellos y un bebé

Autor@: Jorge Moreno
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Relato narrativo
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor

Ella, ellos y un bebé.

Yo nunca fui un fan de la naturaleza. Lo ocultaba, obviamente. Siempre me mostraba a favor de los animales, de reciclar y de cuidar el planeta y todas esas mierdas. Tanto que a veces me lo creía.

Pero no, a mí nunca me han gustado los animales, ni las plantas, ni el aire puro ni nada de eso. Era pensar en ir al campo y me autogeneraba una alergia antes incluso de estar allí, un sarpullido que empezaba en el pecho y subía hasta el cuello.

Y a pesar de eso, allí estaba yo, en medio de aquel bosque, sujetando en brazos al bebé y rascándome el pecho. El bebé no era mío, por supuesto, ni tenía ninguna relación directa con sus padres. Mis sentimientos hacia los bebés eran básicamente iguales a mis sentimientos hacia la naturaleza, incluida la alergia, que en aquel momento creo que ya no era autogenerada.

El bebé lloraba y olía mal porque se había cagado. Es lo que hacen los bebés, ¿no? Tampoco cabía esperar otra cosa. El picor iba en aumento y yo estaba seguro de que tarde o temprano sufriría un shock y moriría, o algo peor. Pensé en dejar al crío en el suelo y salir corriendo, y fantaseé con que crecería allí, criándose en la naturaleza. Seguro que a algún sector de la población le parecería bien.

Pero no podía hacerlo.

Delante de mí, Gustavo y Clara discutían. Ellos aparentaban que no, pero realmente estaban discutiendo. Gustavo y Clara son los padres del bebé, de cuya existencia yo no había tenido la menor constancia hasta esa mañana, y de la cual podía haber seguido siendo ignorante sin que me hubiese afectado lo más mínimo.

Discutían, como he dicho, aunque no quisieran aparentarlo. Son de esa clase de personas que piensan que no se debe discutir, que hay que hablarlo todo y que no hay que decir una palabra más alta que otra. Pero sí, discutían.

Clara lloraba. Mientras, Gustavo parecía consolarla poniéndole la mano en el hombro y diciéndole que no se preocupara, que realmente no era culpa suya haberse olvidado los pañales del bebé, que bastante lío tenía ella con todos los productos para el pelo que había llevado sin que se le olvidase ninguno, aunque tampoco sabía si allí, en el bosque, iba a tener ocasión de utilizarlos. Eso sí, en un tono comedido, tranquilo y yo diría que incluso cariñoso.

Ella gimoteaba y decía que sí, y que era una lástima que no pudieran utilizar el móvil de quinta generación para buscar una tienda que los vendiera, porque allí no había cobertura. Y que también era una pena que en cuanto se le acabara la batería no podrían ver ninguna de las cuatrocientas películas que había estado grabando durante todo el día anterior, porque allí no había un puto enchufe para cargarlo. Sí, dijo puto, eso sí, en un tono tan cariñoso y dulce que podía haberle dicho que si el masaje lo quería en la espalda o en los pies.

Él le dijo que quizá con la crema reacondicionadora que había llevado ella podrían limpiarle el culo al bebé y ella se quejó de que no hubiera cobertura para buscar en YouTube un tutorial de cómo hacerlo. Y que le había hecho mucha ilusión que la llevara allí como sorpresa, sin decirle ni una pista, aunque probablemente se le rompieran los tacones de los zapatos que le habían costado doscientos euros, aunque merecía la pena por estar allí juntos, con el bebé y nosotros.

Yo miré mis zapatos y pensé que tiraría a la basura el doble que ella.

No avanzábamos. El bebé seguía llorando y allí olía cada vez peor. Yo seguía rascándome sin parar y creí que ya había llegado al hueso cuando pasó.

El bebé se calló.

Me asusté, la verdad. No estaba preparado para que se callase, así sin ton ni son, tanto que casi se me cayó al suelo.

Elvira me miró con dulzura y dijo que qué mono, que yo le gustaba al bebé y que por eso había dejado de llorar.

Me gustó su comentario, tanto que incluso dejé de rascarme. No por la posibilidad de que yo le gustase al bebé, que no me importaba lo más mínimo, ni tampoco creía que tuviera razón, sino por la cara de Elvira, que me dio esperanzas de que aquella excursión mejorase notablemente a mi favor.

A Elvira sí la conocía antes de estar en el bosque. De hecho, si estaba allí era por ella. Nos conocimos unas semanas antes, en un súper en el que entré por casualidad de vuelta a casa, con un hambre atroz, en un barrio que dejaba bastante que desear. Yo estaba cogiendo una pizza en la cámara, al lado de las ensaladas que vienen envasadas y tiré una sin querer. No pensaba recogerla, por supuesto, pero sentí que alguien se acercaba y temí que podría haberme visto, así que me vi obligado a agacharme y cogerla. Cuando la tuve en la mano oí una voz de mujer que me preguntaba que si era la última, que si qué rabia, que si lo que le gustaba esa variedad en concreto. En cualquier otra circunstancia probablemente yo hubiera dicho que era la última y me la hubiera llevado para después dejarla en la caja, pero no era cualquier circunstancia. La voz de mujer tenía cara y cuerpo que tampoco eran habituales al menos en ese supermercado. Iba muy bien vestida, probablemente la mejor vestida que haya entrado allí jamás. Le dije que se la llevara ella, ella dijo que no, que la había cogido yo primero. Insistí en que si no podía permitirlo. Yo que sí y ella que no. Le dije que si hacíamos un trato, que se la llevara ella y que, a cambio, yo la invitaba a cenar. Que si risitas, que si no, que si sí.

Total, que por una lechuga asquerosa conseguí una cita con un pibón.

Cenamos varias veces. Elvira era una mujer impresionante, incluso creo que inteligente. Lo cierto es que tampoco pude prestarle mucha atención a lo que decía, ni siquiera a lo que comía, porque me pasaba las citas imaginando la noche que pasaría en la cama con ella.

Pero siempre ocurría algo. Cuando no la llamaban del trabajo, era una amiga superagobiada por algo o un amigo a punto de suicidarse. En fin, que por cualquier tontería nunca terminábamos pasando la noche juntos.

Ya había pensado desistir y deshacerme de ella cuando me llamó y me preguntó que si me gustaba el campo. Pues claro, le dije, pensando que se refería al estadio Bernabéu. Y después me dijo que había preparado un fin de semana de lujo para los dos, que sería una experiencia increíble y así podía compensarme un poco por todas las veces que nuestras citas habían acabado precipitadamente.

Tendría que haber sido muy imbécil para no aceptar. Iba a pasarme un fin de semana haciendo todo lo imaginable y lo inimaginable.

Cuando pasé a recogerla debí mosquearme, hacerme el despistado, acelerar y desaparecer. Podría haberlo hecho si no fuese porque me acerqué a ella a preguntarle si conocía la dirección que buscaba, sin saber que era ella. Bajé la ventanilla y me sonrió y entonces me di cuenta de que la chica en chándal y un mochilón en la espalda era ella.

De camino hacia el bosque me explicó que íbamos a pasar el fin de semana en el campo, rodeados de naturaleza, respirando naturaleza, viviendo naturaleza. En ese momento empezó a picarme el pecho. Traté de imaginarme a los dos en pelotas por el campo, practicando sexo desaforadamente, y cuando termináramos aduciría que me encontraba fatal por la alergia y me iría a casa a dormir. Entonces me dijo que también iban Gustavo, un amigo suyo supermajo, y su mujer, Clara, que no lo estaban pasando un poco mal últimamente desde que nació el bebé y que les iba a venir bien pasar el fin de semana en la naturaleza. ¿Desde cuándo la Madre Teresa de Calcuta tenía ese cuerpazo? Eso era engañar.

Total, que por eso estaba yo sujetando a ese bebé cagado que se había callado de repente.

Me ofrecí a ir a la civilización a buscar pañales y así tener una excusa para salir de allí y no volver.

Pero entonces va Elvira y me dice que si qué majo, que si era un sol, y empezó que si me acaricia la cara, que si me da un beso, que si que no tarde en volver. Total, que fui por los pañales y no me fugué. A fin de cuentas solo tenía que aguantar esa noche. Nos meteríamos en una tienda de campaña y todo mi sacrificio habría merecido la pena.

Cuando volví el crío berreaba y sus padres seguían con su diálogo de no discutir. Elvira vino muy contenta hacia mí, me dio un beso en la mejilla y cogió los pañales.

Parecía que todo iba según lo previsto, pero había algo que me inquietaba, aunque no sabía qué era.

Cambiaron al bebé, algo realmente asqueroso, por cierto. Luego Gustavo dijo que fuésemos a hacer una ruta, lo cual fue recibido con alegría por Elvira y con la excusa de Clara de que ella mejor se quedaba con el bebé, que no podían llevarle por el campo en brazos. Elvira sacó de su mochila otra más pequeña, que era para transportar al bebé. Las gracias que le dio Clara intuí que no eran del todo sinceras y que había cierto rechazo, y no creo que fuese por que su marido fuese amigo de una tía tan buena.

Lo de hacer una ruta consistía en andar por el bosque, rozándote con todo, tragándote mosquitos, apartándote bichos, para ir a ninguna parte y volver a donde habíamos salido. Clara se rompió los tacones y tres uñas, y yo arañé los zapatos y rasgué la camisa de tanto rascarme.

Pero al fin llegó la noche. Fingí sueño y bostecé varias veces con intención de contagiárselo a los demás y lo conseguí, aunque fue fácil con Clara, que llevaba tiempo insistiendo para irse a dormir.

Cuando vi que Clara y el bebé entraban en la tienda me di cuenta de lo que me inquietaba.

Solo había una tienda.

Le pregunté a Elvira que dónde estaba la nuestra. Me dijo que solo había una. Que nos estábamos fusionando con la naturaleza, que allí éramos solo uno y que compartiríamos los cinco la tienda.

Creo que nunca antes en mi vida había tenido tantas ganas de llorar.

Ilustración de Rosa García

Me metí en la tienda con Elvira pegada a mí en un lado y al otro el bebé, que decían que conmigo se calmaba y no lloraba, y a su lado Clara y luego Gustavo. Estaba tenso, sin moverme, preocupado por la proximidad del bebé, no por miedo a dormirme y aplastarlo, sino a que se cagase y me manchara.

Aunque hubiese querido moverme, tampoco había mucho espacio. Una hora después seguía sin dormirme, escuchando los ronquidos de Gustavo y de Elvira, que para entonces ya había perdido cualquier atractivo para mí. Si no me hubiese preocupado perderme por la noche, me habría ido de allí. Lo mejor sería esperar al día siguiente y desaparecer.

Se me estaba durmiendo el brazo, así que lo estiré por encima del bebe. Al apoyarlo noté algo blando. Apreté los dedos varias veces y me di cuenta de que era una teta, y tenía que ser de Clara. Ella se movió. Le pedí perdón, que se me había dormido el brazo, y ella me dijo que no me preocupara, que pensaba que había sido el bebé, que siempre la estaba buscando. Imaginé que para una madre estresada era difícil distinguir entre una mano de bebé y de adulto. Separé la mano y me dijo que no pasaba nada, que la dejara ahí, que había poco espacio, así que le hice caso. Luego me dijo que si se me había dormido, a lo mejor me venía bien mover los dedos. La mano no la tenía dormida, pero los moví.

Luego ella también movió su mano y yo la mía. Total, que salimos de la tienda y nos pusimos a hacerlo allí, fusionándonos con la naturaleza.

Cuando empezaba a cogerle el encanto a eso de la naturaleza, el bebé empezó a llorar y al instante salieron Gustavo y Elvira.

Gustavo le decía algo a Clara, que, por esa manía suya de no gritar, no pude escuchar porque su voz quedó apagada por los gritos de Elvira.

Que si era un cerdo, que cómo había sido capaz, que si no esperaba eso de mí, que si pensaba que yo era diferente, que si con las ilusiones que se había hecho.

Yo le dije que no sabía qué me había pasado, que sería cosa de la naturaleza.

De mi naturaleza.

Por cierto, de la alergia ya voy mejor.

Jorge Moreno.

Escapada al castillo

Autor@:
Ilustrador@: Rafa Mir
Corrector@:
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Escapada al castillo.

Un día, el matrimonio formado por Joe Polished y su mujer Mary Dove decidieron dejar su hogar, un piso de dos habitaciones en un suburbio de Londres, y viajar hacia el norte de Francia con sus dos hijos de corta edad para vivir en un castillo.

Un castillo de cuento de hadas.

Esta intrépida pareja tenía muy claro que quería vivir en Francia porque les molaba cantidad la forma de vida de sus vecinos franceses.

Les entusiasmaba su gastronomía, sus costumbres, sus fiestas, sus detalles a la hora de crear un ambiente agradable, confortable, encantador y ese toque de glamour, de sofisticación y de Grandeur que tanto les pone a los ingleses.

Así que con un importante ahorro de dinero decidieron comparar un castillo.

Así, como quien se va a comprar una bolsa de castañas.

El castillo, al que echaron la primera vista a través de un catálogo de propiedades  que estaban a la venta en la bella y fascinante región de la Normandía, era una imponente  construcción de la segunda mitad del siglo XIX y cuya propiedad había pasado de padres a hijos hasta hacía aproximadamente unos  cuarenta años.

Ilustración de Rafa Mir

Desde entonces, el castillo fue abandonado el pobre.

Pero el matrimonio Polished cuando  vio el castillo supo que su destino llamaba a la puerta y que su vida iba a cambiar por completo.

La vida de Joe y de  Mary Dove y, por supuesto, la de sus dos pequeños hijos  Anthony  y  Deirdre iba a ser una continua explosión de vitalidad, alegría y bienestar.

El lugar era maravilloso y cambiante porque las estaciones del año transformaban el paisaje y la luz en los campos de esa preciosa región de Francia.

Mary Dove deseaba tranquilidad y un continuado contacto con la naturaleza para ella y su familia y el castillo y sus alrededores proporcionaban una fascinante sucesión de paisajes  difíciles de olvidar.

Joe era ingeniero y sabía lo que se hacía cuando compró el castillo.

Un descendiente de la familia Boncroissant, propietaria del castillo y de las propiedades adyacentes,  el abogado Yves Delaroche hizo entrega de las llaves a Joe y Mary Dove y les aclaró que todo cuanto había en el castillo y de las demás propiedades que habían adquirido les pertenecía por completo.

Pero claro, detrás de todo cuento de hadas, como comentó una vez Mary Dove, siempre hay un pero. Y ese pero no era una pera sino una restauración completa del castillo abandonado durante décadas y de las propiedades que estaban hechas una mierda.

Así que Joe y Mary Dove con la ayuda de unos amigos ingleses que también habían decidido ir a vivir a la dulce Francia pusieron manos a la obra y comenzaron la restauración y rehabilitación del castillo y de las demás propiedades.

Pero a pesar del  gran trabajo que hacer, tanto Joe  como su mujer, que era una estupenda diseñadora y decoradora con una imaginación y disciplina excepcionales, a parte de su perfeccionismo y su obsesión por el trabajo bien hecho y bien acabado, estaban encantadísimos con su nueva vida en el castillo.

La naturaleza estaba presente en todos y cada uno de los detalles del día y de la noche.

Si el castillo y sus alrededores eran bellos y fascinantes en verano, lo eran en primavera cuando la explosión de los colores de las flores creaba un ambiente embriagador de olores y de sabores, ya que recogían ciertas flores para elaborar sofisticados platos de cocina francesa.

Y no digamos en otoño con los colores de los árboles, la niebla que desprendía el foso que rodeaba el castillo y el misterio de la luz  otoñal, la lluvia y  la nieve.

Así que poco a poco fueron transformando ese lugar mágico de ensoñación perpetua y fueron haciéndose con las costumbres francesas y sus ricas frutas y verduras que recolectaban del huerto, las carnes, quesos que adquirían en los mercados de la región y por supuesto, los  vinos y licores que con el tiempo llegaron  elaborar.

Poseían una extensa bodega en la que almacenaban botellas de vino y champán que compraban en establecimientos recomendados y Joe destilaba licor de frutas y elaboraba riquísimas compotas y mermeladas que hacían las delicias y la ilusión de los niños en sus merendolas.

Pero tenían que vivir de algo y decidieron  alquilar unas cuantas habitaciones cuando estuvieran completamente transformadas para huéspedes con pasta y para invitados especiales.

Organización de eventos como bodas, bautizos, comuniones y funerales.

Funerales, sí.

Porque tenían amigos irlandeses y ya conocemos la predilección  de los hijos de Irlanda por el jolgorio y el bebercio  cuando un señor o señora  irlandés estiraba la pata.

Mary Dove, siempre tan creativa y emprendedora ,había propuesto a su enamorado marido el negocio de alquilar el castillo y los jardines para organizar bodas,  Tea Party semanal y otras fiestas que dejaran una buena cantidad de dinero para seguir con el tren de vida que llevaban en el castillo.

Los niños iban al colegio local y eso dejaba a Mary Dove tiempo para explorar nuevas posibilidades de negocio utilizando las dependencias del castillo y las demás propiedades compradas como un invernadero, un jardín enorme amurallado, unas antiguas caballerizas y otras construcciones de época.

La naturaleza era la verdadera protagonista de este lugar maravilloso y único ya que cambiaba y fascinaba por igual a la familia Polished y a sus invitados y clientes.

Vivir así no es morir de amor.  Es vivir en constante estado de fascinación.

Y eso lo consiguieron Joe y Mary Dove Polished y sus dos hijos.

La naturaleza es la verdadera protagonista de esta curiosa y encantadora historia.

Hay que comprarse un castillo en el norte de Francia para comprobarlo y para disfrutarlo.

Paloma Muñoz
Madrid, 30 de noviembre de 2019

Naturaleza muerta

Autor@: Olga Besolí
Ilustrador@:
Corrector@: Mariola Díaz-Cano Arévalo
Género: Fantasía urbana
Rating: + de 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Naturaleza muerta.

Ella siempre se decía a sí misma que no estaba en su naturaleza, que ella no fue hecha para devolver los golpes, sino para achicarse ante los problemas e inmovilizarse en las agresiones. Y allí estaba, hecha un ovillo,  rezando hasta que el escarnio se diluyera, los gritos se apagaran y esos puños se aflojaran. Y todo porque la tortilla se había enfriado y estaba demasiado jugosa.

—Eres débil —le escupía él—. Como todas. Todas sois unas putas inútiles que no valéis para una mierda. La naturaleza os ha hecho así, y la naturaleza es sabia ¿A qué venís ahora con esa mierda del feminismo? ¿Qué pasa, os vais a volver todas bolleras? ¡Ja! Ya me gustaría ver hasta dónde llegas sin mí. ¡Si no eres capaz ni de hacer bien una puta tortilla! Pero, claro, como la señora ha estado tan ocupada toda la santa mañana yendo de acá para allá…Que me pregunto yo si se puede tardar tanto en comprar una docena de huevos y cuatro patatas. ¿O es que has estado otra vez perdiendo el tiempo pintando esa mierda de bodegones que no sirven para nada? ¿Es este el cuenco de fruta que has pintado hoy? ¿Es este? ¡Pues toma cuenco!

Varias piezas de fruta rodaron a su lado a la vez que ella sintió el golpe de la cerámica sobre su espalda, rompiéndose en mil pedazos y soltando unas astillas que traspasarían la ropa y se clavarían en su piel como pequeños alfileres, mientras la lluvia de restos se precipitaba sobre el suelo como meteoritos.

—¿O te has estado viendo con algún hombre, so puta? Y claro, con todo eso, no te ha dado tiempo para preparar la comida que me merezco. ¿Qué es lo que me merezco, según tú? Porque yo creo que trabajando lo que trabajo en la oficina, y aguantando lo que tengo que aguantar del puto jefe de contabilidad que me tiene hasta los huevos, y trayendo el dinero que traigo a casa para que tú puedas ir a comprar la puta comida, me merezco mucho más que esta jodida bazofia, ¿no crees? Uy, ¿estás llorando? ¿De verdad te esperabas que me iba a tragar esta mierda? ¿De verdad crees que yo me merezco esta mierda? ¡Contesta!

Ella sabía que, en un momento así, replicar se convertía en un sinónimo de suicidarse, porque una sola mirada desafiante a los ojos o cualquier pequeño movimiento que él tomara como gesto de repulsa sería el detonante que hiciera estallar un nuevo alud de patadas y puñetazos. Y no creía que su espalda, maltrecha y dolorida, pudiera soportar ni un golpe más. Por eso seguía inmóvil a pesar del calambre que le subía por la pantorrilla y se mantenía replegada sobre sí misma, con las rodillas protegiéndole el pecho, la cabeza gacha sobre ellas, los ojos cerrados para no contemplar la baldosa manchada con su propia sangre y las manos cubriéndole la nuca para evitar que un siguiente golpe en la cabeza fuera el último y definitivo, el golpe de gracia que acabara con su miserable vida.

Pero ese golpe no llegó, porque al igual que un perro de presa cuando, después de desgarrar y zarandear a su víctima, ve que esta permanece inmóvil, pronto su verdugo perdió el interés y se alejó lo suficiente como para que la densidad a su alrededor fuera menor, el aire se tornara más liviano y ella pudiese inhalar un poco, que dolió como fuego dentro de sus pulmones y le hizo emitir un gemido amortiguado, casi imperceptible.

Pero está en la naturaleza del depredador el percibir cualquier atisbo de vida en su víctima, y el fino oído de perro de presa de su agresor lo captó. En un par de segundos una mano la agarró tan fuerte del pelo que le levantó la cabezay le hizo crujir las cervicales.

—¿Decías algo? ¿Me hablabas a mí?

No hubo más respuesta que un par de lágrimas deslizándose por el rabillo de los ojos cerrados y una cara de angustia ante lo que iba a venir. Pero otra vez el perro de presa perdió el interés.

—Bah… Ni siquiera vale la pena discutir contigo.

Y la mano soltó la cabeza con tal fuerza que esta se golpeó contra sus propias rodillas. El dolor fue punzante, pero esta vez ella no dejó escapar ningún gemido. Luego, el eco de un par de pasos, el sonido del cajón abriéndose, un chasquido y una aspiración profunda precedieron al olor inconfundible del tabaco en plena combustión. Era el pitillo de la victoria, el que se fumaba después de cada humillación y de cada paliza.

Ella volvió a respirar, pero esta vez suavemente, imperceptiblemente, con la cabeza aún embotada. Si se mantenía así el tiempo suficiente, si aguantaba un poco más sin moverse ignorando el entumecimiento y el dolor que se apoderaba de su pierna, ya todo acabaría en unos minutos, en cuanto él apagase el cigarrillo en el suelo o, si todavía le quedaba hiel por sacar, se lo apagase encima del cuerpo, probablemente en el mismo brazo en el que ella ya lucía un par de cicatrices de quemaduras anteriores, y diese el gran portazo final y definitivo.

Esperó pacientemente a su suerte, y la diosa Fortuna le sonrió esta vez. Oyó el refregar de la suela del zapato sobre el suelo y el repiquetear de las llaves en su mano.

—Y no te olvides de fregar todo esto, que tienes la casa como una pocilga. Y aunque tú seas una cerda, yo no lo soy.

Tras ese último insulto llegó el portazo que significaba la salvación. Y tras el portazo pudo permitirse aflojar los músculos y se dejó caer en el suelo, en posición fetal. Dejó que el dolor la invadiese, como otras veces. Pero las lágrimas no brotaron como solían hacerlo siempre en ese momento. No pudo dar rienda suelta al dolor, empaparse de él, liberarse. Esta vez se le enquistó dentro, atenazando el pecho, oprimiéndole la respiración, quemándola por dentro y despertando un fuego que no sabía que tenía.

Se levantó, como pudo y sin lamentos, sin sentir lástima de sí misma y sin dejarse corroer por la culpabilidad de pensar que era ella la que provocaba esa situación, siendo tan patosa e inepta, como llevaba años haciéndole creer él. Esta vez no se autocompadeció por ser de naturaleza débil y no saber cómo actuar, cómo responder, o cómo salir de esa situación en bucle, de la que no parecía haber escapatoria.

Porque no la había; por fin había captado el mensaje. Si bien ella era de naturaleza débil, él era un monstruo, un maldito monstruo de naturaleza agresiva y destructora. Así que, maltrecha y como pudo, goteando sangre por el pasillo, llegó hasta la cocina y sacó el filetero del taco de madera. Se sintió poderosa con él en la mano. Era perfecto, afilado, ancho de hoja y con una punta fina, de forma que una vez clavado, con un simple giro de mano bastaría para causar grandes destrozos. Además, su empuñadura era ergonómica y se adaptaba perfectamente. No había duda alguna de que había sido una buena compra: bien había valido la pena la paliza que se ganó cuando decidió llamar a la teletienda y se hizo con ese set de cuchillos usando la tarjeta de crédito que él tenía guardada en su escondrijo. Una sonrisa fugaz escapó de su cara, aunque, emborronada por la sangre y afectada por el dolor, parecía más una mueca que otra cosa. Pero ella no era consciente de ello. Solamente de su nueva naturaleza recién adquirida.

Tampoco fue consciente del rato que pasó antes de que lo oyera subir la escalera, detenerse ante la puerta, buscar las llaves, probablemente en el bolsillo, e introducir una en la cerradura. Tampoco sería plenamente consciente de todo lo que ocurrió luego. Solamente que, minutos después, él yacía agonizando en el suelo del salón, con una mano en el cuello que intentaba frenar los chorretones de sangre que salían como una fuente a cada latido del corazón, espaciándose cada vez más.

Ella, con un lienzo en la mano, recogía la sangre del suelo con el pincel y con ella plasmaba, en tonos rojizos, los restos del cuenco de cerámica hecho añicos, las manzanas pisoteadas y golpeadas, el cuchillo ensangrentado y las llaves, todo en medio de un gran charco de sangre que seguía aumentando de tamaño.

—¿Qué te parece? —le preguntó mientras se lo mostraba.

Él, en un último esfuerzo, le tiró el cuadro al suelo de un manotazo que se llevó sus últimas fuerzas y su última exhalación.

—Está bien —respondió ella—, acepto que no te guste, pero no vuelvas a llamarlo bodegón. Se llama Naturaleza muerta.

Ilustración de Paloma Muñoz

 

Olga Besolí
Octubre 2019

Medicina del bosque

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Poesía
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Ainhoa Ollero Naval. La ilustración es propiedad de Bárbara González de Murillo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Medicina del bosque.

Ilustración de Bárbara González

Ilustración de Bárbara González

Murmullos entre las hojas:
soy yo, y también vosotros,
y toda esta paz donde puedo
abandonarme a las horas
que, normalmente,
me persiguen con culpa,
demasiado lentas,
demasiado rápidas,
con tantísimas exigencias…
Falta tiempo
y sobran pruebas,
y yo, que me he bajado
del tren en marcha,
circulo por la cañada
de las ovejitas negras.

Pájaros que me responden
cuando silbo esa canción
antigua y misteriosa
que recordé por casualidad,
y que siempre me acompaña
cuando me abandono
en estas tierras.
Batir de alas en el cielo,
las plumas que me encuentro
en medio del sendero de arena
y que atesoro en secreto
para construir altares,
telarañas mágicas,
monumentos a la desnudez,
a la caída de las máscaras,
al aquí y al ahora,
que es lo único que me mantiene
con los pies medio en el suelo,
el corazón encendido
y la risa, alerta.

Encuentros fortuitos
con el zorro, el jabalí, el corzo,
la nutria, la jineta.
Todos los gatos
que he malacostumbrado,
y los que todavía
me miran con extrañeza.
Los cangrejos extranjeros
que he de devolver al agua
para que no se pierdan.
El cuervo, el gorrión, la cigüeña
y, ahí arriba, las rapaces
que todo lo ven
y, si les preguntas,
te lo cuentan.

El sendero alternativo
que a veces me sirve de puerta
a dimensiones paralelas,
a la ruta de los elefantes,
a la fuente de fuego del dragón,
a los cantos dulces de las sirenas,
a la ninfa de las margaritas en el pelo,
a todos los que pueblan estos parajes
y nos tienden una mano,
y celebran con nosotros
nuestras ganas de volar libres,
de soltar lastre
y tocar, como nos corresponde,
las estrellas,
de vaciar de penas el corazón
y de miedo, la cabeza.

Mis árboles,
que me abrazan en silencio
y que hablan entre ellos
entrecruzando sus raíces,
nos cobijan a todos
como amorosas madres de madera.
Tiran de nosotros hacia el suelo
ayudándonos a llegar
al núcleo del planeta,
a construir nuestra casa,
a dejar de flotar sin rumbo
cuando volar demasiado
nos desconcierta.

La vuelta a casa, desperezándome,
a la vez en el aire y en la tierra,
con la mente en silencio
y una sonrisa que me guardo,
porque me he concedido
el derecho a la pausa y a la tregua,
aunque las vecinas no me entiendan,
y hablen de mí cuando piensan
que no me doy cuenta.
Su cháchara me recuerda, cada vez más,
a la cantinela de las gallinitas cluecas.

Ainhoa Ollero Naval

38ª convocatoria: El karma

El Karma.

Ilustración de Rafa Mir

El Karma.

El karma se mueve en dos direcciones. Si actuamos de forma virtuosa, la semilla que plantamos resultará en nuestra felicidad. Si actuamos de forma no virtuosa, sufriremos resultados.

 Sakyong Mipham Rinpoche

 

Dicen que todos estamos sujetos a la ley del karma, y que cosechamos en esta vida lo que sembramos en las anteriores, al igual que recogeremos en las futuras el fruto de lo que cultivamos en la presente.

Y me pregunto qué será de nuestro futuro si en vidas posteriores vamos a tener que tragar con las consecuencias de nuestro comportamiento actual.

¿Qué recogerá ese joven que a media mañana deambula absorto en su pantalla, que ni trabaja ni estudia, y cuya única ambición es llegar algún día a amasar dinero sin pegar palo al agua como hacen los influencers o los tronistas, pero que, como de momento va seco y su vieja es del puño cerrado, intenta chupar del wifi abierto del edificio del ayuntamiento?  ¿Y ese político que, maletín en mano, saluda a los transeúntes antes de entrar sonriente por el portalón del ayuntamiento a sabiendas de que en su próximo proyecto despilfarrará el dinero de los impuestos de la comunidad en una obra amañada de la que, por supuesto, cobrará una suculenta comisión? ¿Y esa señora que, tras cruzarse con el regidor de urbanismo, al que encuentra encantador porque la acaba de saludar, vuelve del mercado, carrito en mano, y se mete en el bar a jugarse a las tragaperras todo el dinero que ha escatimado de la compra, y que para encubrirlo pondrá a su marido en contra del frutero de toda la vida con la mentira flagrante de que es un usurero que pone los precios por las nubes? ¿Y el amo del bar en el que la mujer le pide cambio en monedas de un billete de cincuenta, que además de monedas lleva un tiempo cambiando el contenido de las botellas de las bebidas alcohólicas de marca por puro garrafón del que te destroza el estómago, alegando que los jóvenes que beben cubatas no se enteran, lo cual es cierto, y que la culpa es del ayuntamiento, que no deja margen de negocio con tanto impuesto, y de los clientes, que se pasan media mañana en el bar sin consumir nada más que un café, que casi no le reportan ningún beneficio? ¿Y de ese cliente que sentado solo ocupando una mesa de cuatro ni se inmuta ni se mueve cuando los que entran se quedan de pie por falta de mesas libres, o van a parar a la barra porque él está allí desde primera hora de la mañana, como todos los días, con su café, el único que tomará, trabajando en su ordenador aprovechando su conexión a la wifi del bar y que, además, se cree con derecho de tratar al barman como a un criado y de menospreciar con la mirada al pobre hombre que, de pie en la barra, pide su segundo tequila después de beberse el primero de un solo trago hace menos de un minuto? ¿Y de aquel cliente que sale del bar con dos tequilas de garrafón en su estómago, que ha disimulado no conocer de nada a la mujer de la tragaperras, y que esconde su alcoholismo y sus infidelidades en horario laboral utilizando el tiempo de reparto a domicilio, alegando mucho tráfico y continuas demoras, mientras su esposa lo cubre en su puesto de frutas del mercado? ¿Y qué hay de esa chica, que está con medio cuerpo dentro del contenedor de ropa para los pobres que la ONG ha dispuesto en el mercado, con las risitas de sus amigas de comparsa, y que acaba de sacar de ahí unos vaqueros que se supone que son para los necesitados, por el puro placer de robar, cuando en casa tiene todo lo que necesita? ¿Y de los mandamases de la ONG que han dispuesto los puntos de recogida de ropa en los mercados aunque que saben que el único destino que les espera a estas ropas donadas es el de ser vendidas por kilos a las mafias que luego las distribuyen a los puestos del mercadillo que ofrecerán a los consumidores increíbles precios a dos y tres euros la pieza? ¿Y qué será del banquero, en cuya institución se ocultan y protegen las cuentas millonarias de varias ONG, muchas de ellas en paraísos fiscales, y que encima sabe que su banco cobra una buena comisión por cada ingreso monetario en forma de donativo para el tercer mundo, dinero que se supone destinado a salvar la vida de pobres niños hambrientos que nos hacen saltarlas lágrimas en los anuncios de televisión y que, por otro lado, no tiene ninguna consideración en embargar el pisito en el que vive una pobre familia que intenta sobrevivir? ¿Y qué será de esa madre de familia que intenta sobrevivir porque tiene un aviso de embargo del banco y no llega de ninguna forma a fin de mes, ni aun cobrando de manera fraudulenta la pensión de su padre, que en paz descanse, y que lleva fallecido más de cinco años, porque además tiene un hijo nini que mantener, que ni trabaja ni estudia pero que sí es dado a los gastos de peluquería, gimnasio y telefonía porque dice que ahí está su futuro, en convertirse en tronista o influencer y que el trabajo duro pero honrado es para los pringaos?

Olga Besolí
Agosto 2019

Cazador

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cazador.

De niño empezó por torturar bichos y pequeños animalillos. Una de sus aficiones era quemar con un mechero a las hormigas y observar con gusto cómo se retorcían mientras se abrasaban. También le dio por arrancarles las alas a las moscas y otros seres voladores, como las mariposas y a las libélulas, que atrapaba con su cazamariposas cada vez que la familia iba al completo a celebrar un pícnic campestre. Inmediatamente después de cortarles las alas soltaba a los pobres insectos y esperaba a ver cómo, indefensos en el suelo, eran devorados por sus depredadores naturales.

—¿Qué haces, Jordan?

—Nada, mamá. Disfrutando de la naturaleza.

En una de esas excursiones familiares al campo, un día soleado, encontró a una cría de ardilla herida en el suelo, entre unos hierbajos. Probablemente se había caído en algún vuelo fallido entre árboles. Se acercó y la observó. Al parecer, tenía una pata dislocada y no podía moverse. Inmediatamente pensó que lo mejor sería terminar con su sufrimiento, así que cogió un pedrusco y le aplastó el cráneo con él. La sangre le salpicó la camiseta y le manchó las manos. Por aquel entonces tenía la tierna edad de diez años. Cuando llegó hasta su madre, sin camiseta y con el pelo sucio de tierra, ella no supo adivinar el motivo por el que una sonrisa le cruzaba la cara de oreja a oreja. Tampoco se fijó en sus manos ensangrentadas.

Luego, empezó a experimentar en casa. Su mascota Jimbo fue la siguiente víctima de sus prácticas sádicas. El pobre hámster murió, sin saber nadie el porqué, y tuvo un pequeño enterramiento en el jardín. Fue entonces cuando su atención se desvió al perrito de su madre, Tori. Tori era un caniche dócil, hasta que, sin razón aparente, se volvió agresivo. No dejaba que nadie se le acercara e intentaba morder a todos, Jordan incluido. Nadie en la casa sospechó que este se divertía provocándole descargas con un par de cables pelados y una pila, transformados en un aparato de tortura que había inventado él mismo, ni que se divertía golpeándolo, tirándole de las orejas y pegándole patadas. Al cabo de unos meses Tori fue sacrificado con gran pesar de su familia, especialmente de su madre, que lloró varios días seguidos. Jordan contaba con doce años y un historial de asesinatos que incluían varios gatos callejeros hallados muertos, uno abierto en canal con una hacha,  y un par de gallinas del gallinero del señor Turner, el vecino, encontradas destrozadas. El vecindario empezó a sospechar de una manada de lobos, o de algo similar. Pero lo cierto es que todos murieron a manos de Jordan.

A los dieciséis, su padre le regaló su primera escopeta de caza. Era una pequeña escopeta de balines, con la que salir juntos a por pequeñas presas. Con ella cazó pequeños conejos silvestres y alguna codorniz, y enseguida mostró buena puntería y suficiente sangre fría como para abatir a las presas de un solo disparo. Para Jordan era una diversión sencilla y poco placentera, y le pidió a su padre su segunda escopeta, un poco más grande y de cartuchos. No le satisfizo del todo hasta el día en que, con ella, abatió un jabalí que les salió de improviso de entre los matorrales y que casi se les echa encima. Jordan, con las piernas atrapadas bajo el cuerpo muerto del animal, y con la sangre manando sobre él, descubrió su verdadera vocación: cazador. Pero no un cazador común, como su padre, de los que abundan por las montañas, con su licencia para matar faisanes, tordos y alguna liebre suelta. No. A él ese tipo de piezas no le interesaba; eran demasiado pequeñas y no le satisfacía matarlas. Y no quería ser el tipo de cazador que va una vez en su vida de cacería en un safari y paga una gran suma de dinero por cobrarse una gran pieza africana que le sirva de trofeo, porque ese único instante no le satisfaría para siempre y no era precisamente rico. Pero tampoco quería convertirse en uno de aquellos hombres de las montañas, que cazan asiduamente las piezas justas para su supervivencia, para poder alimentarse y por la piel del animal. No, no quería cazar por necesidad, ni por trofeos. Él sentía esa llamada salvaje, ese impulso depredador: necesitaba disparar y oler la sangre borboteante y espesa que mana de la víctima, cercana y de forma asidua. Necesitaba mirar a los ojos de la presa para ver cómo la vida abandona su cuerpo, cómo el corazón deja de latir.

—Quiero aprender a disparar.

—Bueno, hijo, ya sabes disparar. De hecho, no eres un mal cazador. ¿De dónde crees que salen estas piezas colgadas de tu cinturón, si no?

—No, papá. Esto es una simple escopeta de cartuchos. Quiero aprender a disparar bien, con armas de verdad, rifles de gran calibre y de largo alcance.

—¿Y a qué vas a disparar con eso? Por aquí no hay caza mayor.

—A personas.

—¿Cómo dices?

—Quiero ser soldado.

Y lo fue.

Años más tarde volvió de permiso a casa, convertido en un soldado experto en armas y entusiasmado porque, por fin, se iba a la guerra, a matar terroristas en Oriente Medio. Había quedado el primero de su promoción, y su superior quiso convencerlo de que se alistase como francotirador, por su gran puntería, pero él lo rechazó sin pensárselo. Prefería estar en primera línea de fuego y abatir al enemigo cara a cara, no a una distancia de mil quinientos metros.

La visita al hogar fue corta, y a la semana ya volaba rumbo a Oriente Medio, junto a decenas de compañeros llorosos y acobardados. Él era el único que sonreía en el avión. Y no perdería la sonrisa mientras estuvo en la primera línea de fuego.

Tras dos años de lucha fue ascendido de soldado raso a cabo, porque no había mostrado miedo a nada, ni al dolor, ni al cansancio, ni a morir, más bien al contrario, cuanto más sangrienta era una batalla, más entero parecía estar, mientras sus compañeros de desmoronaban: algunos vomitaban, otros no podían parar de llorar y otros echaban a correr. Esos eran los peores y alguien tenía que pararles los pies para que la deserción no se convirtiera en una plaga. Bajo el mando de su superior él fue el encargado de abatirlos uno por uno antes de que llegaran a líneas enemigas o encontraran refugio.

Sirvió muy bien a sus superiores, incluso en aquellas tareas que nadie quiso realizar como el traslado de los cuerpos de los compañeros muertos, a menudo desmembrados por acción de una bomba, hasta una zona asegurada para preparar la repatriación.

Como consecuencia, en unos meses fue ascendido a sargento, porque era él el que mantenía el espíritu combativo en los momentos más sombríos, cuando una granada alcanzaba la trinchera y mutilaba a unos cuantos soldados, o cuando los compañeros caían como moscas bajo el incesante fuego enemigo. La sonrisa le acompañó durante esos años de guerra. Pero la metralla de una bomba que se le incrustó en la pierna derecha terminó con su diversión y lo llevó al hospital militar, y de ahí a casa.

Allí, contra todo pronóstico, empezó verdaderamente su carrera militar, que le llevó de ascenso a ascenso hasta la cumbre. Fue nombrado general y solamente entonces pudo decidir el destino de sus sueños: Guantánamo.

Allí pudo torturar y vejar a terroristas y talibanes, espías y otros reos, además de hacer desaparecer más de un cuerpo que no resistió los cortes y heridas producidos, o la intensidad de las descargas eléctricas. Daba lo mismo, nadie los echaría de menos. Y allí no estaba solo; había muchos más como él, otros soldados sádicos y asesinos bajo sus órdenes, que sonreían y se hacían selfis junto con los pobres torturados y que exhibían las fotos como quien exhibe un trofeo de caza mayor. Y lo mejor de todo era que, lejos de recriminar su comportamiento, el mundo lo toleraba porque así se sentía a salvo, sentía que sus vidas estaban protegidas, porque había un grupo de indeseables que hacían el trabajo sucio de sacar toda la información posible a unos malnacidos extremistas islámicos para evitar futuros atentados. El mundo entero dormía tranquilo y, cuando alguna filtración periodística denunciaba la transgresión sistemática de los derechos humanos más básicos dentro de ese complejo militar,  miraba para otro lado. Era la forma que tenía de no perder el sueño. También Jordan tenía un plácido dormir.

La vida le sonreía y él le devolvía la sonrisa a la vida. Tenía todo lo que necesitaba para cumplir sus más oscuros y siniestros deseos: dinero, poder, inmunidad y armas de todo tipo a su alcance. A cambio solo le había dejado como secuela una ligera cojera. Pero la muerte no es tan benévola como la vida, y se lo llevó por delante de la forma más impensable: un noche de tormenta y lluvia, cuando se dirigía al barracón de tortura llevando su cuchillo especial serrado, inspirado en el de Rambo en la película, un rayo le cayó encima, entrando por la punta de la hoja y atravesando su cuerpo por completo. Cayó fulminado.

Ilustración de Rosa García

Cuando despertó, solamente sintió la fría humedad del suelo embarrado bajo sus patas, ahora tan livianas que casi ni podía controlarlas. Y notó algo a su espalda, algo que se movía y lo inquietaba. Cuando miró a su alrededor, solamente vio un millón de enormes moscas a su lado, agitando unas alas que parecían de cristal. Ajeno a su propia existencia, desplegó sus alas y las batió fuertemente. Salió volando de ahí, con tan mala suerte que cayó en una red  para mariposas. Unos enormes dedazos lo sujetaron. La punzada de dolor que sintió cuando le arrancaron las alas hizo que casi se desmayara, pero no tuvo ni tiempo para eso. Lo tiraron al aire y cayó pesadamente sobre el suelo. Allí, un enorme escarabajo lo partió en dos con sus pinzas y se lo comió, empezando por las entrañas.

La oscuridad se cernió de nuevo sobre él, y en esos segundos entre una vida y otra, un atisbo de su propio ser destelló en su conciencia y lo supo: eso era solamente el principio de lo que le esperaba. Los mecanismos del cosmos se habían puesto en marcha y la ley del karma le haría vivir desde el otro lado todas las atrocidades perpetradas. ¿Era un modo de aprendizaje? ¿Era un castigo? ¡A quien le importaba! El destello de consciencia desapareció y una luz húmeda se abrió paso en la semioscuridad. Avanzó a saltitos hacia la luz y salió del nido. Estaba en lo alto de una rama y enfrente había otro gran árbol, frondoso, con un montón de nueces. Otras ardillas le mostraban el camino. Solamente tenía que correr hasta el extremo de esa rama, tomar impulso y saltar hacia la más cercana del otro árbol. Igual que lo hacían las demás. Allí le esperaba el banquete. Era fácil; si otras lo habían logrado, él también podía hacerlo. Así que se afiló los bigotitos con sus manitas y se preparó para dar el gran salto.

 

Olga Besolí
Agosto 2019

Bien por el karma, mi arma

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bien por el karma, mi arma.

El karma es esa energía que se crea por medio de los actos de las personas.

El karma nos puede jugar una mala pasada a todos.

Las personas que conocemos tienen  su propio karma.

Nosotros también lo tenemos.

Según el karma, las acciones que realizamos sean buenas o malas hacen efecto de bumerang. Y si hemos hecho cosas buenas obtendremos una justa recompensa y si hacemos cosas malas, pues sucederá lo mismo.

Esto le sucedió a Yago, un tipo muy pintoresco que defendía valores considerados tradicionales como las corridas de toros, la caza, la misa de los domingos, el aperitivo de media mañana, el partido de futbol de la Liga con los amigos, las capeas, las becerradas; fiestas populares de los pueblos como su expresión aclara.

A yago le molaba el salir detrás de un toro para tocarle los cojones constantemente y reírse como un poseso delante de sus colegas demostrando lo macho y  hombre que era.

Pero un día, Yago tuvo la mala suerte de tropezar con Cabreado, un toro con muy mala hostia como su nombre indica, que  le metió el pitón izquierdo en un lugar de su anatomía blando, pegajoso y caliente; caliente porque se había meado del supertembleque que le había entrado al ver al torito hacerle una faena sin capote ni estoque sólo con su pitón del catorce.

Yago estuvo en el hospital bastante tiempo.

Los médicos no daban un euro por su virilidad.

La novia de Yago, una chica con memos luces que una carbonera y con una querencia a parecer una furcia de polígono poligonero, estaba desolada.

No era para menos.

La Jessica como era llamada por su familia, novio,  amigos y vecinos estaba desesperada porque su Yago era muy macho, muy hombre y ahora, el cabrón del toro había dejado a Yago para el arrastre y casi a puntito para el descabello.

Después de una cirugía fina, Yago pudo orinar sin necesidad de pajita. Hombre, algo era algo y los colegas de Yago y la Jessica animaban a la pareja porque por lo menos podía mear.

Pero de lo otro, nada de nada. Bueno, podía colocarse una prótesis que costaba un ojo de la cara. Pero no era muy buena idea porque, por lo visto, podía sufrir efectos secundarios.

A Yago eso no le importaba porque incluso lisiado y medio capado podía seguir demostrando a su chica lo hombre que era.

La vanidad masculina, aunque provenga de un cabestro como Yago, no tiene límites.

Los colegas de Yago estaban consternados porque pensaron que lo mismo que le había ocurrido a él podía ocurrirles a ellos y se tocaban instintivamente los bajos como para protegerlos de elementos externos.

Las próximas fiestas del pueblo se preparaban.

Cabreado seguían vivo y Yago lo odiaba. Deseaba que le pasara todo lo peor del mundo.

Cabreado murió en una plaza de toros.

Después de un tiempo, más restablecido, Yago se fue a comer al campo con la Jessi y sus colegas.

Sirvieron un delicioso rabo de toro en la fonda donde pararon para almorzar.

Todos sabemos que el rabo de toro es una comida fuerte y más si va aderezada con salsas picantes y todo eso.

Ilustración de Rafa Mir

El caso es que Yago se puso malo, malo de la muerte porque tuvo una diarrea monumental como la plaza de toros de las Ventas, precisamente.

Rabo de toro, diarrea, mal rollo.

Los pensamientos volaron y se posaron en el pequeño cerebro de primate de Yago.

Le dio por pensar si el rabo de toro era de algún toro conocido.

Quiso saber la identidad del toro cuyo rabo se había papeado.

Alguien se lo dijo.

Probablemente fue el mayoral de una finca cuya dehesa suministraba a los nobles animales para que un tarado como Yago se divirtiera a costa de torturarlos y humillarlos.

Yago le preguntó que si el rabo ―y otras partes del cuerpo― del toro eran del desdichado Cabreado y el mayoral llamado José María le contestó que no, que non eran de Cabreado sino de Mosqueado, su hermano.

Ese es el karma, amigos.

El karma te devuelve lo que mereces.

 

Dedicado a todos los toros del mundo y en especial a los españoles.
Paloma Muñoz
Madrid, 21 de agosto 2019

 

37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

Gato lunero, cascabelero

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Poema corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato lunero, cascabelero.

Ilustración de Rosa García

Gato lunero, cascabelero
Gato lunero en el alero
Gato calado en el teclado
Gato que gatea en la azotea
Gato mojado en el tejado
Gato que huele una azalea, el pobre se marea
Gato callado sobre el vallado
Gato caliente mira a poniente
Gato amarrado en un emparrado
Gato travieso, color de hueso
Gato mentiroso, gato supersticioso
Gato tramposo, gato oloroso
Gato fiel que sabe a miel
Gato tenebroso, gato portentoso
Gato que lucha y rompe la hucha
Gato escaldado no está acorralado
Gato travieso me lanza un beso
Gato sonriente, gato convincente
Gato divino eres más que un minino.
Gato amoroso, gato sabroso, gato saleroso y gato charloso.
Quiero tener un gato para divertirme un rato.
Quiero abrazar a un gato para sentir su tacto.
Quiero su compañía porque sé que me da alegría.
Te quiero gato, mi amor, te quiero con devoción.
Pon un gato en tu vida y serás más feliz que una perdiz.
Y de paso le puedes dar a tu gato un poco de regaliz.

Paloma Muñoz