38ª convocatoria: El karma

El Karma.

Ilustración de Rafa Mir

El Karma.

El karma se mueve en dos direcciones. Si actuamos de forma virtuosa, la semilla que plantamos resultará en nuestra felicidad. Si actuamos de forma no virtuosa, sufriremos resultados.

 Sakyong Mipham Rinpoche

 

Dicen que todos estamos sujetos a la ley del karma, y que cosechamos en esta vida lo que sembramos en las anteriores, al igual que recogeremos en las futuras el fruto de lo que cultivamos en la presente.

Y me pregunto qué será de nuestro futuro si en vidas posteriores vamos a tener que tragar con las consecuencias de nuestro comportamiento actual.

¿Qué recogerá ese joven que a media mañana deambula absorto en su pantalla, que ni trabaja ni estudia, y cuya única ambición es llegar algún día a amasar dinero sin pegar palo al agua como hacen los influencers o los tronistas, pero que, como de momento va seco y su vieja es del puño cerrado, intenta chupar del wifi abierto del edificio del ayuntamiento?  ¿Y ese político que, maletín en mano, saluda a los transeúntes antes de entrar sonriente por el portalón del ayuntamiento a sabiendas de que en su próximo proyecto despilfarrará el dinero de los impuestos de la comunidad en una obra amañada de la que, por supuesto, cobrará una suculenta comisión? ¿Y esa señora que, tras cruzarse con el regidor de urbanismo, al que encuentra encantador porque la acaba de saludar, vuelve del mercado, carrito en mano, y se mete en el bar a jugarse a las tragaperras todo el dinero que ha escatimado de la compra, y que para encubrirlo pondrá a su marido en contra del frutero de toda la vida con la mentira flagrante de que es un usurero que pone los precios por las nubes? ¿Y el amo del bar en el que la mujer le pide cambio en monedas de un billete de cincuenta, que además de monedas lleva un tiempo cambiando el contenido de las botellas de las bebidas alcohólicas de marca por puro garrafón del que te destroza el estómago, alegando que los jóvenes que beben cubatas no se enteran, lo cual es cierto, y que la culpa es del ayuntamiento, que no deja margen de negocio con tanto impuesto, y de los clientes, que se pasan media mañana en el bar sin consumir nada más que un café, que casi no le reportan ningún beneficio? ¿Y de ese cliente que sentado solo ocupando una mesa de cuatro ni se inmuta ni se mueve cuando los que entran se quedan de pie por falta de mesas libres, o van a parar a la barra porque él está allí desde primera hora de la mañana, como todos los días, con su café, el único que tomará, trabajando en su ordenador aprovechando su conexión a la wifi del bar y que, además, se cree con derecho de tratar al barman como a un criado y de menospreciar con la mirada al pobre hombre que, de pie en la barra, pide su segundo tequila después de beberse el primero de un solo trago hace menos de un minuto? ¿Y de aquel cliente que sale del bar con dos tequilas de garrafón en su estómago, que ha disimulado no conocer de nada a la mujer de la tragaperras, y que esconde su alcoholismo y sus infidelidades en horario laboral utilizando el tiempo de reparto a domicilio, alegando mucho tráfico y continuas demoras, mientras su esposa lo cubre en su puesto de frutas del mercado? ¿Y qué hay de esa chica, que está con medio cuerpo dentro del contenedor de ropa para los pobres que la ONG ha dispuesto en el mercado, con las risitas de sus amigas de comparsa, y que acaba de sacar de ahí unos vaqueros que se supone que son para los necesitados, por el puro placer de robar, cuando en casa tiene todo lo que necesita? ¿Y de los mandamases de la ONG que han dispuesto los puntos de recogida de ropa en los mercados aunque que saben que el único destino que les espera a estas ropas donadas es el de ser vendidas por kilos a las mafias que luego las distribuyen a los puestos del mercadillo que ofrecerán a los consumidores increíbles precios a dos y tres euros la pieza? ¿Y qué será del banquero, en cuya institución se ocultan y protegen las cuentas millonarias de varias ONG, muchas de ellas en paraísos fiscales, y que encima sabe que su banco cobra una buena comisión por cada ingreso monetario en forma de donativo para el tercer mundo, dinero que se supone destinado a salvar la vida de pobres niños hambrientos que nos hacen saltarlas lágrimas en los anuncios de televisión y que, por otro lado, no tiene ninguna consideración en embargar el pisito en el que vive una pobre familia que intenta sobrevivir? ¿Y qué será de esa madre de familia que intenta sobrevivir porque tiene un aviso de embargo del banco y no llega de ninguna forma a fin de mes, ni aun cobrando de manera fraudulenta la pensión de su padre, que en paz descanse, y que lleva fallecido más de cinco años, porque además tiene un hijo nini que mantener, que ni trabaja ni estudia pero que sí es dado a los gastos de peluquería, gimnasio y telefonía porque dice que ahí está su futuro, en convertirse en tronista o influencer y que el trabajo duro pero honrado es para los pringaos?

Olga Besolí
Agosto 2019

Anuncios

Cazador

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Cazador.

De niño empezó por torturar bichos y pequeños animalillos. Una de sus aficiones era quemar con un mechero a las hormigas y observar con gusto cómo se retorcían mientras se abrasaban. También le dio por arrancarles las alas a las moscas y otros seres voladores, como las mariposas y a las libélulas, que atrapaba con su cazamariposas cada vez que la familia iba al completo a celebrar un pícnic campestre. Inmediatamente después de cortarles las alas soltaba a los pobres insectos y esperaba a ver cómo, indefensos en el suelo, eran devorados por sus depredadores naturales.

—¿Qué haces, Jordan?

—Nada, mamá. Disfrutando de la naturaleza.

En una de esas excursiones familiares al campo, un día soleado, encontró a una cría de ardilla herida en el suelo, entre unos hierbajos. Probablemente se había caído en algún vuelo fallido entre árboles. Se acercó y la observó. Al parecer, tenía una pata dislocada y no podía moverse. Inmediatamente pensó que lo mejor sería terminar con su sufrimiento, así que cogió un pedrusco y le aplastó el cráneo con él. La sangre le salpicó la camiseta y le manchó las manos. Por aquel entonces tenía la tierna edad de diez años. Cuando llegó hasta su madre, sin camiseta y con el pelo sucio de tierra, ella no supo adivinar el motivo por el que una sonrisa le cruzaba la cara de oreja a oreja. Tampoco se fijó en sus manos ensangrentadas.

Luego, empezó a experimentar en casa. Su mascota Jimbo fue la siguiente víctima de sus prácticas sádicas. El pobre hámster murió, sin saber nadie el porqué, y tuvo un pequeño enterramiento en el jardín. Fue entonces cuando su atención se desvió al perrito de su madre, Tori. Tori era un caniche dócil, hasta que, sin razón aparente, se volvió agresivo. No dejaba que nadie se le acercara e intentaba morder a todos, Jordan incluido. Nadie en la casa sospechó que este se divertía provocándole descargas con un par de cables pelados y una pila, transformados en un aparato de tortura que había inventado él mismo, ni que se divertía golpeándolo, tirándole de las orejas y pegándole patadas. Al cabo de unos meses Tori fue sacrificado con gran pesar de su familia, especialmente de su madre, que lloró varios días seguidos. Jordan contaba con doce años y un historial de asesinatos que incluían varios gatos callejeros hallados muertos, uno abierto en canal con una hacha,  y un par de gallinas del gallinero del señor Turner, el vecino, encontradas destrozadas. El vecindario empezó a sospechar de una manada de lobos, o de algo similar. Pero lo cierto es que todos murieron a manos de Jordan.

A los dieciséis, su padre le regaló su primera escopeta de caza. Era una pequeña escopeta de balines, con la que salir juntos a por pequeñas presas. Con ella cazó pequeños conejos silvestres y alguna codorniz, y enseguida mostró buena puntería y suficiente sangre fría como para abatir a las presas de un solo disparo. Para Jordan era una diversión sencilla y poco placentera, y le pidió a su padre su segunda escopeta, un poco más grande y de cartuchos. No le satisfizo del todo hasta el día en que, con ella, abatió un jabalí que les salió de improviso de entre los matorrales y que casi se les echa encima. Jordan, con las piernas atrapadas bajo el cuerpo muerto del animal, y con la sangre manando sobre él, descubrió su verdadera vocación: cazador. Pero no un cazador común, como su padre, de los que abundan por las montañas, con su licencia para matar faisanes, tordos y alguna liebre suelta. No. A él ese tipo de piezas no le interesaba; eran demasiado pequeñas y no le satisfacía matarlas. Y no quería ser el tipo de cazador que va una vez en su vida de cacería en un safari y paga una gran suma de dinero por cobrarse una gran pieza africana que le sirva de trofeo, porque ese único instante no le satisfaría para siempre y no era precisamente rico. Pero tampoco quería convertirse en uno de aquellos hombres de las montañas, que cazan asiduamente las piezas justas para su supervivencia, para poder alimentarse y por la piel del animal. No, no quería cazar por necesidad, ni por trofeos. Él sentía esa llamada salvaje, ese impulso depredador: necesitaba disparar y oler la sangre borboteante y espesa que mana de la víctima, cercana y de forma asidua. Necesitaba mirar a los ojos de la presa para ver cómo la vida abandona su cuerpo, cómo el corazón deja de latir.

—Quiero aprender a disparar.

—Bueno, hijo, ya sabes disparar. De hecho, no eres un mal cazador. ¿De dónde crees que salen estas piezas colgadas de tu cinturón, si no?

—No, papá. Esto es una simple escopeta de cartuchos. Quiero aprender a disparar bien, con armas de verdad, rifles de gran calibre y de largo alcance.

—¿Y a qué vas a disparar con eso? Por aquí no hay caza mayor.

—A personas.

—¿Cómo dices?

—Quiero ser soldado.

Y lo fue.

Años más tarde volvió de permiso a casa, convertido en un soldado experto en armas y entusiasmado porque, por fin, se iba a la guerra, a matar terroristas en Oriente Medio. Había quedado el primero de su promoción, y su superior quiso convencerlo de que se alistase como francotirador, por su gran puntería, pero él lo rechazó sin pensárselo. Prefería estar en primera línea de fuego y abatir al enemigo cara a cara, no a una distancia de mil quinientos metros.

La visita al hogar fue corta, y a la semana ya volaba rumbo a Oriente Medio, junto a decenas de compañeros llorosos y acobardados. Él era el único que sonreía en el avión. Y no perdería la sonrisa mientras estuvo en la primera línea de fuego.

Tras dos años de lucha fue ascendido de soldado raso a cabo, porque no había mostrado miedo a nada, ni al dolor, ni al cansancio, ni a morir, más bien al contrario, cuanto más sangrienta era una batalla, más entero parecía estar, mientras sus compañeros de desmoronaban: algunos vomitaban, otros no podían parar de llorar y otros echaban a correr. Esos eran los peores y alguien tenía que pararles los pies para que la deserción no se convirtiera en una plaga. Bajo el mando de su superior él fue el encargado de abatirlos uno por uno antes de que llegaran a líneas enemigas o encontraran refugio.

Sirvió muy bien a sus superiores, incluso en aquellas tareas que nadie quiso realizar como el traslado de los cuerpos de los compañeros muertos, a menudo desmembrados por acción de una bomba, hasta una zona asegurada para preparar la repatriación.

Como consecuencia, en unos meses fue ascendido a sargento, porque era él el que mantenía el espíritu combativo en los momentos más sombríos, cuando una granada alcanzaba la trinchera y mutilaba a unos cuantos soldados, o cuando los compañeros caían como moscas bajo el incesante fuego enemigo. La sonrisa le acompañó durante esos años de guerra. Pero la metralla de una bomba que se le incrustó en la pierna derecha terminó con su diversión y lo llevó al hospital militar, y de ahí a casa.

Allí, contra todo pronóstico, empezó verdaderamente su carrera militar, que le llevó de ascenso a ascenso hasta la cumbre. Fue nombrado general y solamente entonces pudo decidir el destino de sus sueños: Guantánamo.

Allí pudo torturar y vejar a terroristas y talibanes, espías y otros reos, además de hacer desaparecer más de un cuerpo que no resistió los cortes y heridas producidos, o la intensidad de las descargas eléctricas. Daba lo mismo, nadie los echaría de menos. Y allí no estaba solo; había muchos más como él, otros soldados sádicos y asesinos bajo sus órdenes, que sonreían y se hacían selfis junto con los pobres torturados y que exhibían las fotos como quien exhibe un trofeo de caza mayor. Y lo mejor de todo era que, lejos de recriminar su comportamiento, el mundo lo toleraba porque así se sentía a salvo, sentía que sus vidas estaban protegidas, porque había un grupo de indeseables que hacían el trabajo sucio de sacar toda la información posible a unos malnacidos extremistas islámicos para evitar futuros atentados. El mundo entero dormía tranquilo y, cuando alguna filtración periodística denunciaba la transgresión sistemática de los derechos humanos más básicos dentro de ese complejo militar,  miraba para otro lado. Era la forma que tenía de no perder el sueño. También Jordan tenía un plácido dormir.

La vida le sonreía y él le devolvía la sonrisa a la vida. Tenía todo lo que necesitaba para cumplir sus más oscuros y siniestros deseos: dinero, poder, inmunidad y armas de todo tipo a su alcance. A cambio solo le había dejado como secuela una ligera cojera. Pero la muerte no es tan benévola como la vida, y se lo llevó por delante de la forma más impensable: un noche de tormenta y lluvia, cuando se dirigía al barracón de tortura llevando su cuchillo especial serrado, inspirado en el de Rambo en la película, un rayo le cayó encima, entrando por la punta de la hoja y atravesando su cuerpo por completo. Cayó fulminado.

Ilustración de Rosa García

Cuando despertó, solamente sintió la fría humedad del suelo embarrado bajo sus patas, ahora tan livianas que casi ni podía controlarlas. Y notó algo a su espalda, algo que se movía y lo inquietaba. Cuando miró a su alrededor, solamente vio un millón de enormes moscas a su lado, agitando unas alas que parecían de cristal. Ajeno a su propia existencia, desplegó sus alas y las batió fuertemente. Salió volando de ahí, con tan mala suerte que cayó en una red  para mariposas. Unos enormes dedazos lo sujetaron. La punzada de dolor que sintió cuando le arrancaron las alas hizo que casi se desmayara, pero no tuvo ni tiempo para eso. Lo tiraron al aire y cayó pesadamente sobre el suelo. Allí, un enorme escarabajo lo partió en dos con sus pinzas y se lo comió, empezando por las entrañas.

La oscuridad se cernió de nuevo sobre él, y en esos segundos entre una vida y otra, un atisbo de su propio ser destelló en su conciencia y lo supo: eso era solamente el principio de lo que le esperaba. Los mecanismos del cosmos se habían puesto en marcha y la ley del karma le haría vivir desde el otro lado todas las atrocidades perpetradas. ¿Era un modo de aprendizaje? ¿Era un castigo? ¡A quien le importaba! El destello de consciencia desapareció y una luz húmeda se abrió paso en la semioscuridad. Avanzó a saltitos hacia la luz y salió del nido. Estaba en lo alto de una rama y enfrente había otro gran árbol, frondoso, con un montón de nueces. Otras ardillas le mostraban el camino. Solamente tenía que correr hasta el extremo de esa rama, tomar impulso y saltar hacia la más cercana del otro árbol. Igual que lo hacían las demás. Allí le esperaba el banquete. Era fácil; si otras lo habían logrado, él también podía hacerlo. Así que se afiló los bigotitos con sus manitas y se preparó para dar el gran salto.

 

Olga Besolí
Agosto 2019

Bien por el karma, mi arma

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@:
Género: Relato Ficción
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bien por el karma, mi arma.

El karma es esa energía que se crea por medio de los actos de las personas.

El karma nos puede jugar una mala pasada a todos.

Las personas que conocemos tienen  su propio karma.

Nosotros también lo tenemos.

Según el karma, las acciones que realizamos sean buenas o malas hacen efecto de bumerang. Y si hemos hecho cosas buenas obtendremos una justa recompensa y si hacemos cosas malas, pues sucederá lo mismo.

Esto le sucedió a Yago, un tipo muy pintoresco que defendía valores considerados tradicionales como las corridas de toros, la caza, la misa de los domingos, el aperitivo de media mañana, el partido de futbol de la Liga con los amigos, las capeas, las becerradas; fiestas populares de los pueblos como su expresión aclara.

A yago le molaba el salir detrás de un toro para tocarle los cojones constantemente y reírse como un poseso delante de sus colegas demostrando lo macho y  hombre que era.

Pero un día, Yago tuvo la mala suerte de tropezar con Cabreado, un toro con muy mala hostia como su nombre indica, que  le metió el pitón izquierdo en un lugar de su anatomía blando, pegajoso y caliente; caliente porque se había meado del supertembleque que le había entrado al ver al torito hacerle una faena sin capote ni estoque sólo con su pitón del catorce.

Yago estuvo en el hospital bastante tiempo.

Los médicos no daban un euro por su virilidad.

La novia de Yago, una chica con memos luces que una carbonera y con una querencia a parecer una furcia de polígono poligonero, estaba desolada.

No era para menos.

La Jessica como era llamada por su familia, novio,  amigos y vecinos estaba desesperada porque su Yago era muy macho, muy hombre y ahora, el cabrón del toro había dejado a Yago para el arrastre y casi a puntito para el descabello.

Después de una cirugía fina, Yago pudo orinar sin necesidad de pajita. Hombre, algo era algo y los colegas de Yago y la Jessica animaban a la pareja porque por lo menos podía mear.

Pero de lo otro, nada de nada. Bueno, podía colocarse una prótesis que costaba un ojo de la cara. Pero no era muy buena idea porque, por lo visto, podía sufrir efectos secundarios.

A Yago eso no le importaba porque incluso lisiado y medio capado podía seguir demostrando a su chica lo hombre que era.

La vanidad masculina, aunque provenga de un cabestro como Yago, no tiene límites.

Los colegas de Yago estaban consternados porque pensaron que lo mismo que le había ocurrido a él podía ocurrirles a ellos y se tocaban instintivamente los bajos como para protegerlos de elementos externos.

Las próximas fiestas del pueblo se preparaban.

Cabreado seguían vivo y Yago lo odiaba. Deseaba que le pasara todo lo peor del mundo.

Cabreado murió en una plaza de toros.

Después de un tiempo, más restablecido, Yago se fue a comer al campo con la Jessi y sus colegas.

Sirvieron un delicioso rabo de toro en la fonda donde pararon para almorzar.

Todos sabemos que el rabo de toro es una comida fuerte y más si va aderezada con salsas picantes y todo eso.

Ilustración de Rafa Mir

El caso es que Yago se puso malo, malo de la muerte porque tuvo una diarrea monumental como la plaza de toros de las Ventas, precisamente.

Rabo de toro, diarrea, mal rollo.

Los pensamientos volaron y se posaron en el pequeño cerebro de primate de Yago.

Le dio por pensar si el rabo de toro era de algún toro conocido.

Quiso saber la identidad del toro cuyo rabo se había papeado.

Alguien se lo dijo.

Probablemente fue el mayoral de una finca cuya dehesa suministraba a los nobles animales para que un tarado como Yago se divirtiera a costa de torturarlos y humillarlos.

Yago le preguntó que si el rabo ―y otras partes del cuerpo― del toro eran del desdichado Cabreado y el mayoral llamado José María le contestó que no, que non eran de Cabreado sino de Mosqueado, su hermano.

Ese es el karma, amigos.

El karma te devuelve lo que mereces.

 

Dedicado a todos los toros del mundo y en especial a los españoles.
Paloma Muñoz
Madrid, 21 de agosto 2019

 

37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

Gato lunero, cascabelero

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@:
Género: Poema corto
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de Rosa García . Quedan reservados todos los derechos de autor.

Gato lunero, cascabelero.

Ilustración de Rosa García

Gato lunero, cascabelero
Gato lunero en el alero
Gato calado en el teclado
Gato que gatea en la azotea
Gato mojado en el tejado
Gato que huele una azalea, el pobre se marea
Gato callado sobre el vallado
Gato caliente mira a poniente
Gato amarrado en un emparrado
Gato travieso, color de hueso
Gato mentiroso, gato supersticioso
Gato tramposo, gato oloroso
Gato fiel que sabe a miel
Gato tenebroso, gato portentoso
Gato que lucha y rompe la hucha
Gato escaldado no está acorralado
Gato travieso me lanza un beso
Gato sonriente, gato convincente
Gato divino eres más que un minino.
Gato amoroso, gato sabroso, gato saleroso y gato charloso.
Quiero tener un gato para divertirme un rato.
Quiero abrazar a un gato para sentir su tacto.
Quiero su compañía porque sé que me da alegría.
Te quiero gato, mi amor, te quiero con devoción.
Pon un gato en tu vida y serás más feliz que una perdiz.
Y de paso le puedes dar a tu gato un poco de regaliz.

Paloma Muñoz

El gato

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Cuento
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El gato.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

—¡Apártate de ahí, so mema!
—¡De eso nada, no voy a consentir que le hagáis más daño! ¿Os gustaría que os apedrearan por diversión? ¡Pues a él tampoco!
—Es solo un bicho. ¡Quítate de ahí!
—¡No!
El muchacho se giró entonces buscando la mirada de su líder, este ladeó la cabeza en un gesto cómplice, y entonces el chico, mostrando una cínica sonrisa, lanzó la piedra con todas sus fuerzas. La chica cayó al suelo dolorida, le había alcanzado el hueso del hombro, y el impacto había sido tan fuerte que la había hecho caer, pero se levantó aguantando las lágrimas, y cogiéndose con la mano el hombro herido se volvió a plantar delante del gato y los miró desafiante.
El muchacho lanzó de nuevo y, esta vez, la piedra fue directa a la cabeza. A la muchacha solo le dio tiempo a alzar el brazo, pero de nuevo el dolor la hizo estremecerse y caer, esta vez incluso se le escapó un gemido mientras un hilo de sangre corría por su piel desnuda.
«¡La piedra tenía punta!», se sorprendió la chica. Y de nuevo se levantó y se interpuso entre el felino y la panda de salvajes. Tenía muchas ganas de llorar, pero no les iba a dar la satisfacción de verlo.
El lanzador miró de nuevo a su jefe con cara divertida. Este negó con la cabeza y observó atentamente a la muchacha que, jadeante, los miraba con furia sin apenas pestañear. Finalmente se adelantó hacia ella manteniéndole la mirada. Normalmente cuando hacía esto la gente solía bajar los ojos hacia el suelo, pero la chica no, esa chica lo miraba entre furiosa y aterrorizada, una mala combinación para iniciar una pelea, aunque en este caso ella estuviera en desventaja. Y además ahora se agachó para coger el gato y lo apretujó contra su pecho. El chico no supo por qué, pero algo en la tenacidad y el coraje de la muchacha hizo que sintiera admiración por aquel diminuto y delgaducho cuerpo. Así que acercándose de forma intimidatoria le dijo dando fin a la tortura:
—Esto no va a quedar así, enana. —Y dicho esto, hizo una seña a sus secuaces y todos se apiñaron a su alrededor. Mientras le daba la espalda el chico sonrió, desde luego que no tenía intención de hacerle daño, pero debía mantener su reputación frente al resto si quería que lo siguieran respetando. Y la pantomima funcionó, pues los chicos lo siguieron mientras dirigían a la chica carcajadas socarronas y miradas de superioridad.
Una vez desaparecida la banda del patio Clara se desplomó en el suelo con el gato aún aferrado a su pecho.
—Tranquilo, bonito, mientras yo esté aquí nada te pasará —le dijo, y por primera vez lo observó con atención.
El gato tenía una gran brecha en la cabeza, exactamente al lado de la oreja derecha, así que ella no se lo pensó y se lo llevó corriendo al único lugar en donde lo podrían aliviar. Al cabo de dos horas llegó a casa. Cuando su madre le abrió la puerta, Clara ni siquiera se molestó en esconder al gato.
—¿Tenemos un nuevo miembro en la familia?
—Solo hasta que mejore.
—Bueno, ya que hemos pagado la factura deberíamos quedárnoslo, ¿no crees? Para que salga rentable la inversión y eso —le dijo su madre señalando la inconfundible venda con dibujitos de peces de la cabeza del animal.
—La factura la pagaré con mis ahorros, no te preocupes.
—No lo dudaba. No obstante… —comenzó a decir su madre dando una significativa vuelta con su dedo anular.
—¡Ni hablar! ¡Es un gato callejero, no está acostumbrado a…!
—Ni aunque fuera de Katmandú y alérgico a la humedad se libraría de esta, es la regla.
—No te conoce, podría arañarte —insistió Clara en un intento de disuadirla. Su madre era una maniática de la limpieza y su Copo, que en paz descansase, lo sufrió una vez al mes durante todos los años de su corta vida.
—Creo que voy a correr el riesgo —le dijo arrebatándole el gato de las manos y después se dirigió al cuarto de baño.
—Entonces, ¿estás segura de que no quieres que desempolve nada de Copo? ¿No se quedará?
La chica negó con la cabeza.
Este es un gato libre. En cuanto pasen los tres días que me dijo la doctora Laura lo soltaré de nuevo.
—¿Estas segura? —le preguntó entonces su madre—. Parece que le caes bien —volvió a decirle mientras miraba al gato que, acurrucado en su regazo, dormía plácidamente—. Si no quieres otro gato es porque no quieres volver a sufrir…
—No, no es eso. A Copo lo cogimos cuando era un cachorro de apenas semanas, era hijo de una gata doméstica. No es lo mismo que este, que es un gato que se ha criado en la calle. No me parecería justo quitarle su libertad. Él debe seguir siendo libre, ya no es un gatito, parece adulto, así que no debemos ser egoístas. El gato, que hacía medio segundo acababa de levantar la oreja derecha, de repente abrió los ojos y se la quedó mirando de forma intensa durante unos segundos, como si hubiese comprendido cada palabra que la muchacha decía, y después se volvió a acurrucar.
—Me parece una buena respuesta —le dijo entonces su madre con una sonrisa de orgullo en su cara—. Así será, pero hasta que lleguen esos tres días le buscaremos una cama blandita en donde dormir, y el arenero también. Además, creo que me quedó un paquete entero de comida, así que lo abriré y lo que sobre lo donaremos a la clínica de Laura, ¿te parece?
Clara aceptó satisfecha y no hubo más que decir. Los tres días pasaron volando, y aunque Clara sabía que echaría de menos aquellas miradas que escondían una inteligencia especial cada vez que ella le hablaba de alguna cosa, no podía echarse atrás. El gato era libre, así que, con todo su pesar, lo devolvió a la calle no sin darle una prolongada caricia y advertirle:
—No te metas en más líos, ¿vale, chaval?
Y después se alejó del parque en donde lo había dejado con un sentimiento contradictorio, pues a la misma vez sentía pena y felicidad. Así pasaron varias semanas en las que Clara no supo nada más del gato, pero un buen día se lo volvió a topar en el callejón de atrás de la pizzería Luigi’s. Estaba encarándose con dos perros de tamaño mediano peleando por unos restos de comida. Los perros lo tenían rodeado, pero él no iba a ceder. Clara no sabía si admirar su valentía o decepcionarse por lo insensato que era. No habría hecho nada si un tercer perro, que estaba escondido y a traición, no hubiese intentado saltar por detrás.
—¡Cuidado! —gritó.
Y entonces el gato, dando un giro veloz, dibujó con sus zarpas un enorme surco en el hocico del can mientras le bufaba de forma salvaje. El resto de perros pareció entender la lección, ya que ninguno se le acercó y huyeron despavoridos. El gato se zampó su botín.
—Sabes que has tenido suerte, ¿verdad? —le dijo Clara—. Si no llega a ser por mí, ese perrazo te hubiese hecho chichina.
El gato la miró algo airado y empezó a lamerse las patas. Estaba más delgado que la última vez que lo vio.
—En fin, me ha encantado verte, pero ten más cuidado, no seas tan temerario y ve a la comida sobre seguro. Luisina suele sacar basura fresca al mediodía y esos tres con los que te has enfrentado a esa hora no suelen estar por aquí, así que tú mismo. —Y diciéndole esto al atento gato, Clara se marchó dirección al parque para merendar. Siempre hacía un alto en el jardín de los rosales antes de regresar a casa. Le encantaba el perfume que desprendían aquellas preciosas y maravillosas flores rojas. Clara se sentó en su banco de siempre, sacó todos sus enseres de merienda, botella de agua, bocadillo y servilletas, cuando de repente el gato apareció y de un salto se colocó a su lado mirándola con ojos suplicantes.
—¿Quieres un poquito de esto? —le ofreció Clara mostrándole su bocadillo de atún. El gato ronroneó primero y luego maulló como si le contestase afirmativamente.
—Está bien, lo comparto contigo, pero no me vayas a marcar como a ese chucho pulposo, ¿eh? — bromeó. El gato soltó un bufido disgustado y le dio la espalda. Clara pudo ver divertida su lomo anaranjado a rayas amarillas—. Era una broma —le dijo entonces, y deshizo en pequeñas porciones un trozo de su bocadillo del que el gato dio cuenta gustoso.
Desde entonces el merendar juntos en el parque se convirtió en una agradable tradición y Clara además podía desahogarse de sus problemas diarios mientras acariciaba el aterciopelado lomo de su amigo.
—Como sigamos así, te voy a tener que poner un nombre, no me gusta no poder identificar a mi mejor amigo.
Y tal vez aquel día fuese el más raro de todos los que Clara compartió con el animalito, ya que de improviso el gato saltó al suelo, la miró, le maulló intentando llamar su atención y se puso en movimiento. Al cabo de unos instantes y al ver que Clara no lo seguía, el gato se paró, volvió a mirarla y maulló desesperado.
—Está bien, ya te sigo.
Y así la llevó hasta la librería en donde se volvió a parar y ya no se movió.
—¿Por qué me has traído aquí?
El gato la miró directamente a los ojos y luego hacia arriba. Parecía que observaba fijamente el cartel de la tienda mientras maullaba.
—Oliver… —leyó la muchacha—. ¿Oliver? ¿Quieres que te llame Oliver? —le preguntó entonces, y el gato hizo algo que a Clara le resultó muy extraño, incluso llegó a pensar que había sido producto de su imaginación, pero lo cierto era que Clara hubiera jurado que el gato asentía.
—Está bien, Oliver pues. Bueno, me tengo que ir ya, supongo que nos veremos.
El gato le dirigió entonces un maullido satisfecho y se marchó calle abajo.
Hubo más encuentros entre Clara y Oliver. Concretamente quedaban cada tarde de los viernes en el que se había convertido su lugar, compartían bocadillo y conversación, y aunque era solo Clara la que hablaba, el gato parecía escucharla siempre con atención, e incluso a veces se permitía hacer algún gesto extraño como de aprobación. Y así pasaron los meses, y el gato iba mejorando su aspecto, estaba más fuerte, más ágil y Clara más feliz. La mutua compañía parecía ser beneficiosa para ambos y lo más importante era que ambos respetaban el espacio del otro, ambos eran libres a su manera.
Un día Clara llegaba tarde a su cita con Oliver, la habían castigado por pegarle a un chico de segundo de bachiller, pero es que este estaba molestando a un chico de su clase que tenía problemas de aprendizaje y ella lo defendió. En fin, el castigo había merecido la pena sobre todo si aquel chico lo dejaba en paz desde ese momento. Lo malo era que Oliver seguro que estaba preocupado, así que Clara pensó en coger un atajo para llegar lo antes posible y cuál fue su mala suerte que, al atravesar el parque de la fuente, los acosadores de Oliver estaban allí, y como era costumbre en los últimos meses, el que parecía el jefe se le acercó para intentar conversar con ella o decirle alguna estupidez, tal como que le gustaría que fuesen amigos y todo ese tipo de sandeces, pero ella siempre tendría la misma respuesta hacia él. Oliver y ella habían conversado muchas veces sobre el extraño interés que ese tipejo parecía tener en ella, pero Clara no podría ser jamás amiga de una persona tan cruel como él. Lo conocía de vista y por desgracia Oliver no había sido su única víctima. Cuando el muchacho se acercó a ella esta vez no habló, pues lo primero que hizo fue cogerla por la cintura y atraerla hacia él.
—Es la hora de mi beso, guapa —le dijo, y se giró con una sonrisa socarrona a los del grupo.
Clara lo miró con odio comprendiendo su cobarde forma de actuar. Cuando estaba solo se comportaba de una manera más respetuosa dentro de su línea, pero cuando se encontraba con los idiotas de sus amigos… Clara lo empujó con fuerza haciendo que este cayera hacia atrás de culo.
—¡Eres idiota o qué! —le espetó.
Y eso no pareció sentarle muy bien a él, pues apretando los dientes se levantó furioso y cogiéndola de la muñeca la zarandeó fuertemente. A un gesto de su líder, el resto de chicos se acercó rodeándola mientras la increpaban, la empujaban e incluso alguno se atrevió a tocarle el trasero sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo. Y aquello iría a más, ya que, al parecer, al resto del equipo les había parecido gracioso este acto y empezaron a acercarse a ella peligrosamente.

Clara cerró los ojos aterrorizada, maldiciendo su estúpida decisión de atravesar por aquel lugar. ¡Y todo ¡por ver a un gato!, ¡no se podía creer lo estúpido que sonaba!. Aunque, en el fondo, solo ella sabía ese vínculo tan especial que se había creado, esa complicidad, esa necesidad mutua, esa sensación de tranquilidad y bienestar que sentía cuando estaban juntos, ni siquiera con su mejor amiga había sentido algo así. Pero ahora se le venía encima probablemente el peor momento de toda su vida. Intentó escapar, pero el muchacho la aferraba fuertemente, apretó los dientes y se resignó a esperar, aunque seguía intentando propinar alguna que otra patada en su espera. Y entonces pasó sin apenas poder evitarlo. Clara sintió el dolor aplastante en sus pulmones, en su espalda. El golpe fue brutal. Cayó al suelo como un peso muerto, aunque cuando abrió los ojos el peso muerto era el muchacho que tenía encima. Y entonces entendió. No la habían golpeado a ella. El hecho de haber caído era que su opresor había recibido un fuerte puñetazo que lo había hecho caer y arrastrarla a ella. Lo que Clara no se explicaba era cómo había acabado en aquella postura si hacía un segundo lo tenía frente a ella,  pero no le importó. Lo que imperaba era saber qué demonios estaba pasando. Así que con una fuerza sobrehumana se quitó a ese tiparraco de encima. Lo primero que nuestra amiga vio fue una masa de gente arremolinada en lo que parecía una pelea callejera; y en segundo lugar, a un muchacho de pelo anaranjado entrando y saliendo de ella a una velocidad de vértigo mientras los de la banda iban cayendo como moscas a sus pies. En cuestión de unos minutos todo acabó y el muchacho se abrió paso entre el amasijo de quejumbrosos heridos, acercándose a ella como a cámara lenta.
—¿Estás bien? —le preguntó entonces tendiéndole la mano.
Clara seguía paralizada, aunque pudo asentir mientras el muchacho le cogía la mano y la hacía moverse pacientemente hacia él. Ahora Clara pudo ver que su pelo no era del todo naranja, tenía unos preciosos reflejos dorados que parecían naturales. Lucía despeinado, aunque no le quedaba extraño a su cara, y sus ojos rasgados eran dos centelleantes esmeraldas verdes que la miraban con preocupación.
Clara, sin saber por qué, se dejó abrazar por aquel desconocido e incluso ser llevada de la mano por él hacia otro lugar.
—Creo que debería llevarte a tu casa, no creo que el veterinario tenga un arreglo para ti —le dijo entonces en un intento de hacer una broma. Clara lo miró desconcertada y entonces algo en su cara, en sus gestos y en un no sé qué hizo que todo cobrara sentido como en una mala narración.
—¡¿Oliver?! —balbuceó aún incrédula.
El muchacho hizo un grácil salto felino hacia atrás y después una reverencia, y asintió.
La chica cayó a plomo en el banco que tenía más cerca con la boca abierta de par en par.
—Tenemos mucho de qué hablar —le contestó él con una amplia sonrisa.

Inmaculada Ostos

El espíritu familiar

Autor@: 
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz . Quedan reservados todos los derechos de autor.

El espíritu familiar.

Soy el espíritu familiar de una bruja, aunque muchos de vosotros solamente vean en mí un simple gato. Un gato viejo y ajado ya, de ojos amarillos y pelaje atigrado, de comportamiento hostil y movimientos sinuosos. Pero soy mucho más que eso y los más intuitivos se dan cuenta de ello. Por ejemplo, el doctor. Hay una verdadera conexión entre el buen doctor y yo, quizás debido a que él ha visto en contadas ocasiones el umbral de la muerte que abre paso a la otra vida demasiado de cerca, y yo, como familiar que soy, tengo siempre abierta la puerta de ese umbral.

Veo en sus ojos que, pese a que a él le inquieta mi mirada, me respeta, casi tanto como yo a él y a su trabajo. Es el único de aquí que no se dirige a mí como soléis hablarme todos los demás, con la boca pequeñita y la voz gutural, como si fuera uno de vuestros cachorros. No, él sabe que le comprendo, y me explica lo ocurrido, de por qué estoy aquí, de una manera simple y llana, sin vocecitas ni carantoñas, al igual que se lo ha explicado a Belladona. Por supuesto que él sabe que no entiendo vuestras palabras, pero él me habla desde el corazón, y ese lenguaje sí que es mi especialidad.

Tampoco veréis nada especial en mi ama, esa viejecita adorable de cuerpo enjuto y reseco que ahora duerme, y que cuando abre los ojos es por un segundo para volver a perder la conciencia. Esa misma anciana despistada que hace unos meses andaba perdida por los pasillos de otro hospital, y que hace unos días se perdió en este. La misma que cuando eso sucede se enfada sobremanera, alborotando al personal que trata de calmarla con agasajos.

Si nadie os lo cuenta, no imaginaríais nunca que ella fue en sus tiempos la reina de las brujas, dirigiendo los aquelarres mundiales bajo el sello del secretismo. Claro que eso ocurrió hace una eternidad, y en esos momentos de grandeza la acompañaba uno de mis predecesores, un gato negro enorme llamado Lucius III, que aparece en algunos retratos de su antigua casa.

Yo llegué hasta ella mucho después de sus años de gloria, cuando era una mujer ya muy entrada en años y con el pelo cano. Entonces ya sufría algún que otro episodio de despiste, en el que se confundía de repente, pero aun así, aquella noche de tormenta oí la llamada. Abandoné a mis hermanos de camada y corrí desesperado en dirección al reclamo, sin saber lo que me encontraría tras esa puerta oscura, en la noche lluviosa. Y antes de que un escalofrío me recorriera la columna, el quejido de la puerta al abrirse me sorprendió. Y allí estaba ella, una mujer pequeña, con el largo pelo blanco de rizos sueltos, en bata y zapatillas, diciéndome:

—Por fin estás aquí, Lucius VII. Te esperaba y eres más bonito de lo que creía. Y más pequeño.

Esa noche ella estaba lúcida, y su magia estaba completa. No volvería a repetirse. En los siguientes días me cuidó como solo una bruja puede cuidar a su acompañante, con respeto y cariño, sin lacitos, sin vestiditos, sin selfis ni todas esas tonterías que los humanos soléis hacer para quitarles la dignidad a vuestras mascotas.

La nuestra es una relación sana y duradera, de varios años, aunque yo me moría por ver un ritual de esa magnífica bruja, o un levantamiento de energías o, aunque solamente fuera durante unos instantes, un breve contacto con los espíritus de bajo astral que acechan al otro lado. Pero nada.

A ella le costaba concentrarse y siempre usaba la excusa del cansancio. Yo me acurrucaba en su regazo y dejaba que me acariciase levemente la espalda, ronroneando alegremente. A fin de cuentas, aunque no practicase, seguía siendo mi ama y una bruja excepcional.

Y lo digo por decir. Tengo pruebas de ello, porque cuando realmente afloraba toda su magia era cuando se sumía en el mundo de los sueños. Entonces los cuadros se movían de las paredes, los entes aparecían llamados por su reclamo inconsciente, y los colores de la energía brillaban dentro de la estancia, formando bolas que se desvanecían en el aire, y ráfagas multicolores. Mientras dormía ella se liberaba de su atadura terrenal. Yo, impasible a los pies de su cama, era el único testigo del festival de magia improvisada. Luna tras luna.

Pero luego, por la mañana, no solía acordarse de nada y me reprochaba:

—¡Gato malo! ¿Por qué has descolgado el cuadro de mi abuela mientras dormía? ¿Por qué has arañado la alfombra y has tirado al suelo el pentagrama?

Y mientras la Tierra daba sus giros al Sol, sus sueños empezaron a vaciarse de magia, al igual que sus vigilias se volvieron erráticas. De pronto se obsesionó con los huevos fritos. Los pintaba, los comía, me los daba a mí…

Ilustración de Paloma Muñoz

Ilustración de Paloma Muñoz

En cierto modo era divertido, pero siempre llegaba un día en que sus ojos se entristecían y mirando las paredes me decía:

—¡Ay, Lucius! ¿Eso lo he pintado yo? O la casa se ha cargado de duendecillos que me han jugado una mala pasada, o creo que algo no funciona bien aquí arriba  —y se señalaba la cabeza.

¡Cuánta razón tenía! El doctor, no este, sino otro mucho más rudo y menos simpático, se lo confirmó con una palabra: alzhéimer.

Esa palabra supuso un cambio radical para nosotros, que tuvimos que ponernos a vivir con su hija, una mujer simpática y trabajadora, pero tan sensible como una roca o un trozo de esparto, y su marido, un pobre hombre incapaz de entender siquiera la propia vida, y para el que el más allá es un cuento chino para hacer películas de terror.

Ellos dos, con toda su ignorancia y buena fe, quisieron separarnos, pero mi ama se puso a gritar, como nunca la había oído antes, con un grito desgarrador que le salió del alma y con una fuerza que levantó ráfagas de viento repentino. Se asustaron tanto que no volvieron a intentarlo jamás. A partir de ese momento viviríamos todos juntos sin entendernos lo más mínimo.

A Manuel, que así se llama el yerno de mi ama, los gatos le dan alergia, y en cuanto yo pasaba por su lado empezaba a estornudar. Y en cuanto a Belladona, su hija, por mucho que tenga el nombre de una planta mágica, no ha heredado ni una pizca del don de su madre, y encima le tiene pavor a todo tipo de felinos:

—¡Mierda! ¡Jesús! ¡Es que nunca sé dónde voy a encontrarte! ¡Eres tan silencioso…! ¡Y no me mires con esa cara, gato apestoso! —me gritaba cada vez que tenía un sobresalto al cruzarse conmigo.

Incluso una vez me pisó la cola, aunque prefiero creer que fue sin querer. Por otro lado, ella y su marido llevaban una época que se hablaban más bien poco, o casi nada, creo que por culpa de nuestra presencia o, al menos, así lo expresaba Manuel cuando creía que nadie le veía ni oía, aunque Belladona le pillara una vez, porque si no había heredado el don de la magia, sí tenía el don de la oportunidad.

Y mi ama casi nunca se acordaba de su hija, ni reconocía a ese hombre barrigón y refunfuñón que pululaba por la casa, y se preguntaba qué hacía en su casa, aunque esa casa no era suya en absoluto. Sí que tenía días en los que me reconocía a mí, y eso provocaba el llanto de Belladona. Pero no eran lágrimas tristes, sino de amargura por creer que yo le importaba más que ella.

La situación era irremediable. Aunque yo tuviera el don de hablar, no podría haberle explicado que ella me reconocía a través de los chacras y reconocía mi energía, ya que sus ojos y su mente estaban ciegas y perdidas, porque no me hubiera entendido ni una palabra.

Mientras, los huevos de la despensa desaparecían y aparecían huevos fritos en las alacenas, en los cajones de la ropa, o tendidos junto a la ropa mojada. Eso hizo que Manuel pusiera el grito en el cielo y le plantara un ultimátum a Belladona:

—Estoy hasta los huevos. O se va ella y ese horrible gato viejo, o me voy yo.

Pero no hizo falta que nadie se largara. Justo cuando una maleta vacía permanecía paciente bajo la cama de Belladona, y unos cuantos dípticos de residencias para ancianos descansaban manoseados en la mesita, el frío de noviembre se apoderó de los huesos frágiles de mi ama y tuvo que ser llevada al hospital de urgencia. Allí la esperaba el doctor rudo y maleducado, que me cogió sin miramientos y me tiró a los brazos de Belladona:

—Lléveselo de aquí. Esto es un hospital y no se permiten animales.

Por suerte, la estancia en el hospital y nuestra separación duraron solamente unos días, y como su salud no empeoró, pero tampoco mejoró, la trasladaron al hospital geriátrico, en donde se quedaría. Allí, según parece, un buen doctor oyó un día las quejas de mi ama entre toses:

—¿Dónde está Lucius? Lo necesito.

—Cálmese, señora Puig.

—No. No lo entiende… ¡quiero a mi gato! ¡Tráiganmelo! —Tosió un rato antes de coger aire de nuevo—. ¡Tiene que estar… junto a mí!

Mi ama, en uno de esos extraños días en que la niebla de su mente se esfumaba, veía su propio futuro, aun cuando el doctor, por petición expresa de Belladona, le había ocultado su devenir:

—Mire, doctor, sé que me voy a morir… y sé que va a ser hoy o mañana… y ese gato… —más toses— El umbral… Usted… usted no lo entiende…

Pero el doctor, que había mirado a la muerte a la cara muchas veces cuando esta le arrebataba los pacientes, sí lo entendió y vio la mano alargada de la Parca junto a la camilla de esa mujer enjuta. Inmediatamente llamó a su familiar más cercano, Belladona, y la convenció de que era indispensable que trajera su gato al hospital.

Lo sé porque yo estaba allí. Vi cómo a Belladona se le caía la plancha de la mano, quemando el parquet del suelo, y cómo agarraba fuertemente el auricular con la otra.

—Pero ¿para qué quiere ese dichoso gato?… ¿Cómo?… ¿Dos días? ¿Que se va a morir? ¿Ya? ¡No puede ser!

Hoy es el día. El segundo día. Belladona ya ha venido y se ha despedido de su madre, aunque mi ama no la ha reconocido. Tampoco parece acordarse de mí, pero me ha aceptado sobre su regazo. Y aunque nadie vea lo que soy en realidad, y crean que solamente soy una vieja mascota encima de la camilla de su ama moribunda, soy mucho más que eso. Soy la guía que la llevará de la mano en su paso entre este mundo y el otro. Ella lo sabe y yo también, y por eso se ha dormido en un sueño plácido, posando su mano esquelética sobre mí.

Y aunque el doctor bueno y sensible no lo sabe a ciencia cierta, lo intuye, porque aparece de repente cuando un primer estertor me alerta de que la Parca ya empieza a estrujar la vida de mi ama y a sacarla de su cuerpo. El doctor llega corriendo y cierra la puerta tras de sí. No hay enfermeras ni visitantes, solamente nosotros tres y la presencia gélida de la muerte. La persiana está abierta y la luz del atardecer se cuela por la ventana. No va a ser una muerte agónica, sino una muerte plácida. Mi ama despierta para caer en una semiinconsciencia, su mano sigue descansando sobre mí. El doctor le acaricia el pelo escaso y le dice al oído:

—Señora Puig, ha llegado la hora. Deje que Lucius la lleve. Relájese. No intente luchar. Todo está bien. Estará bien.

—Luciusss…

Con mi nombre se escapa el último aliento de mi ama. Se aleja de su cuerpo y se queda de pie, junto a mí, que he saltado de la camilla, de forma más ágil de lo que recuerdo. Ya no es la vieja decrépita que yo conozco, sino la imponente pelirroja de ojos verdes que hechizó al mundo. Ella es mi dueña y señora en todo su esplendor, la reina de las brujas.

Me hace un gesto para que la siga y me sorprendo. ¡Ella es mi guía y no yo la suya! Y cuando miro atrás, no veo sino el cuerpo inerte de un gato viejo junto al cadáver de una anciana.

Esos ya no somos nosotros. Nosotros somos esos dos entes incorpóreos que se dirigen a la luz, a los destellos anaranjados de un atardecer reinado por un sol grande y amarillo que graciosamente brilla rodeado de una nube blanca y que parece un huevo frito.

Olga Besolí
Junio 2019

36ª convocatoria: El Futuro

El futuro.

Ilustración de Paloma Muñoz

Futuro es…

Había noches en las que no dormíamos del ansia que teníamos de escucharnos y sentirnos. En la cama, o en el sofá, imaginábamos millones de historias. Esta fue una de ellas.

—¿Qué te sugiere la palabra futuro? —me preguntó.

—No sé, es algo que no me preocupa mucho. He aprendido a vivir el presente —respondí.

—¿Pero no tienes metas, no te interesa trabajar para llegar a algún sitio?

—Yo ya estoy en el mejor de los paraísos posibles cuando estoy en tus brazos, me sobran todos los futuros.

—Venga, va, tesoro, hablemos en serio…

—¿Te vendrías a vivir conmigo, querrías que nos casáramos, que tuviéramos hijos y formásemos una familia maravillosa?

—Pues no sé… A veces creo que todo eso está tan valorado y estereotipado que me da mucho vértigo no estar a la altura de lo que se espera y me parece más cómodo ni siquiera intentarlo.

—¿Pero a la altura de qué? No arriesgar, no ganar… Resignarse con lo que tienes es un sentimiento de cobardes o de víctimas del sistema.

—No, simplemente me salgo de los moldes, de lo que la sociedad espera de nosotros.

—Bueno, en realidad somos seres libres, no casarse es una opción como otra cualquiera, no tener hijos es otra opción. Dicen que las personas más inteligentes ni se casan ni tienen hijos. A mí la verdad es que me hacía ilusión… —dijo resignado.

—Anda, pon algo de música y tráeme un gin-tonic. ¡Esto no lo podríamos hacer si tuviéramos hijos!, o tendríamos que esperar a que estuvieran dormiditos —le animé sonriente—. Oye, de todos modos, ahora que lo pienso, tú no estás feliz, ¿no estás bien, así, conmigo, ahora?, me sorprende un poco tu pregunta.

—Me sorprende también tu respuesta. No te creas. Creía que me amabas.

—Y te amo, solo que no quiero casarme, me sentiría atada, como en una cárcel.

—No es atadura ni cárcel. Es compartir con respeto un compromiso de querernos y cuidarnos. Siento que todo lo nuestro es un castillo en el aire. Me gustaría crear una cimentación dura, sobre roca, donde edificarnos juntos. Solo eso, tampoco pido tanto, creo. ¿Sabes, cariño?, he soñado una cosa. De ahí la pregunta del futuro. He soñado que si hubiera un nuevo desastre natural, Noé nos metería en su gran arca como ejemplo del mejor hombre y la más inteligente mujer para ser los fundadores de la nueva Humanidad. Pero ahora entiendo que no estaríamos preparados para una empresa así.

—No creo que haya nadie preparado para algo así. Anda, ven, abrázame, tú eres mi mejor invento y el único recreo posible de mi inmensa humanidad.

—Ya… sí… pero estamos hablando idiomas diferentes. nena. Y creo que no estoy para perder el tiempo.  Me gustaría que te marchases.

Así que se despidieron como dos absolutos desconocidos y se abrazaron por última vez.

Enseguida él abrió su ordenador y se puso  buscar otro amor en una página de contactos. Todo ahora es muy fácil. El amor se encuentra a golpe de clic. Y no sirve porque la gente no se cuida, ni se compromete, ni se valora.

Ese es nuestro futuro: un clic adecuado en el momento correcto.

Olga Ruiz

Vidas cruzadas

Autor@:
Ilustrador@:
Corrector@: 
Género: Relato
Rating: Todos los públicos
Este relato es propiedad de Olga Ruiz. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Vidas cruzadas.

Ilustración de Rafa Mir

Ilustración de Rafa Mir

Cuando tenía veinte años me dijeron que escribía como Raymond Carver, y ni siquiera sabía parte de mi verdad en aquel momento cuando leí su libro Vidas Cruzadas.

Pues hoy estoy precisamente aquí. En ese punto de intersección donde se cruzan dos rectas, dos vidas, dos almas. Son las siete de la tarde, la cafetería Rojas está esperándome con sus sillones de terciopelo y sus mesas de mármol del siglo pasado. El camarero que tantas veces me ha visto hoy se va a encontrar la sorpresa de ver cómo mi hermana gemela llegará diez minutos antes y se dirigirá a ella como si fuera yo, y se producirá un absurdo debate entre la confusión de ella y la confusión de él. Bueno, estas y otras cosas siguen formando parte de mi estupidez existencial, para que me vayáis conociendo.

Hace veinte años que busco a mi hermana. Yo siempre había pensado que era hija única, pero cuando falleció mi madre me dijo que no. Que ella dio a luz a dos niñas, que incluso tenía una foto de recién parida con las dos en brazos y que me enseñó. Pero que en un momento determinado una de ellas falleció dentro de la maternidad y se supone que la quemaron porque mi madre solo recibió un bote pequeño con sus cenizas que metió en el panteón familiar de Cáceres en una ceremonia íntima muy triste. Nunca se habló de este tema porque nunca nadie conoció a la pequeña. Solo sus padres y ahora su hermana. Y no se quiso dar información a los demás, qué importaba, un ser humano menos en el mundo, nadie la había visto y nadie la echaría en falta. Y querían vivir la alegría de la que sí vivía, o sea, yo, y no convertir su vida  en un escaparate deprimente de culpa andante, como si ella hubiera hecho algo para merecer aquel castigo. Cosas de los pueblos, supongo. Sea como sea, ambos progenitores eligieron el silencio.

Pero yo, que siempre fui una persona inquieta, en el momento que supe de esta situación  decidí buscarme la vida. Coloqué en internet, en la portada de mi Facebook, una composición fotográfica con un evolutivo de mi vida: una foto de cuando tenía siete años con mi primera bicicleta, una a los nueve cuando hice la comunión, otra más a los catorce cuando terminé la EGB, otra a los dieciocho cuando comencé a estudiar en la facultad de Medicina, otra a los veinticinco cuando por fin conseguí tener un novio y estaba yo muy lozana y hermosa, otra a los treinta cuando me casé. Y acompañé las fotos con este texto: “Busco a mi hermana gemela. Contáctame”. Y añadí mi teléfono móvil, evidentemente.

Después me di de alta en varios perfiles de Google+, Instagram, Linkelind, Pinterest, Twitter,  etc. Todo me parecía poco. Usé esos perfiles solo para colgar y distribuir las fotos de mi vida y los mensajes de amor para mi hermana. Reconozco que llevo un año pegando las fotos por todos los grupos que he podido, compartiendo contenidos en todas las asociaciones de víctimas, niños robados, desaparecidos, etc. Ha sido una búsqueda agotadora. Pero ayer, después de todo ese tiempo, una mujer contactó conmigo. Solo descolgar el teléfono fue emocionante. Estaba tan nerviosa, lloraba tanto que ni siquiera la entendía. Me envió una foto por Whatsapp y realmente esa foto me hizo llorar a mí. Después de unos minutos de llanto conjunto me contó que su madre adoptiva, ya muy enferma de cáncer, le reveló toda la verdad justo antes de fallecer hacía unos meses. Supuestamente había nacido en Madrid, de una familia muy pobre que no podía hacerse cargo de ella, y terminó siendo adoptada por un matrimonio de Burgos. Toda su vida había sido lujo y alegría porque esta familia era muy pudiente, ya que eran dueños de una bodega y de una empresa constructora. Pero ahora, al fallecer ambos progenitores ya, se sabía muy sola en el mundo y había sido maravilloso encontrar que la estaban buscando.

Ambas queríamos conocernos. Así que, sin dudarlo, quedamos para vernos al día siguiente.

Y ese era el día, la hora, el lugar, donde dos almitas volverían a coincidir. Quizás para no separarse nunca más, quizás para ser vidas cruzadas. Quién lo sabe.

Allá voy.

Olga Ruiz

The hope future

Autor@:
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Fantasía urbana
Rating: + 13 años
Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones  son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

The hope future.

Hace calor, mucho, probablemente demasiado para tratarse de mediados de noviembre. El sol brilla alto y Maruja ha tenido que untar a los niños con protector solar factor cien, el que suelen usar para ir a la playa en pleno verano, para evitar que sus caritas se achicharren.

Manolo, su marido, suda a chorros delante de la barbacoa, bajo el impenitente sol sevillano y el zumbido de los mosquitos, refrescándose como puede gracias al botellín de cerveza biotransgénica que sostiene en la mano y al que da pequeños sorbos. Pero el sabor, según dice su padre, no tiene nada que ver con las cervezas que él tomaba en sus tiempos. En eso, como en otras muchas cosas, coincide plenamente con los demás abueletes del pueblo, que cuentan que darían su vida por una buena lata de cerveza de doble malta. ¿Qué será eso de la malta?

Por un instante Manolo se queda absorto mirando la pequeña botella de vidrio con tapón de quita y pon. ¿Cuántos rellenados habrá soportado? Por los arañazos diría que muchos. Volver a los inicios, eso es lo que ha ocurrido. El gran cambio prometido ha sido, en realidad, un retroceso al tiempo de nuestros abuelos, un retorno a la austeridad y al silencio, a luz de las velas y los quinqués, a los trabajos manuales y a las artesanías, a los trueques de materiales e intercambios de servicios entre la gente de oficio. Aunque con pequeñas diferencias. Su abuelo, que en paz descanse, gastaba los mismos envases retornables de ahora, u otros parecidos, con la misma cantinela de tener que ir y cambiar los botellines vacíos por otros llenos en la pequeña tienda del barrio. Esa es otra. El pequeño comercio, que había desaparecido porque nunca pudo competir ni con precios ni con la cantidad de producto contra las grandes superficies que se multiplicaban como champiñones cuando su padre era apenas un adolescente, rebrotó tras la catástrofe y se instaló para quedarse tras la prohibición de las grandes corporaciones que fabricaban en masa. Lo mismo que ocurrió con los viejos botellines de vidrio reusables, que resurgieron en pos de la desaparición de las latas desechables que inundaron aquellos años turbios, de consumo exacerbado y despilfarro, que vivió la generación de su padre.

Nada de multinacionales ni de superproducción, ese es el nuevo lema que implantaron los foráneos tras la Gran Limpieza. Nada de derrochar recursos para que se pudran en estantes, y de intentar reciclar después, porque el sistema no funciona en absoluto. Así que a partir de la instalación del Nuevo Sistema, llamado por los propios foráneos como «The Hope Future», hubo que volver a las largas colas en las pequeñas tiendas para conseguir cosas tan simples como huevos o verdura, cuando unas pocas décadas antes uno solamente tenía que alargar la mano y escoger un pack de entre el millón de huevos de tamaños, colores y marcas diferentes del hipermercado. O, al menos, eso cuentan todos los viejos del pueblo.

Ahora, para tener comida, hay que despertarse pronto todos los días y estar al acecho. Y Maruja, que es muy de dormirse, llegó tarde a la tienda de suministros. La cola de los sábados es la peor, y ya no quedaba prácticamente nada más que cebollas. Ni alcachofas, ni patatas, ni pan, solamente unas pocas cebollas pochas. Así que ese es el acompañamiento de las hamburguesas que está asando Manolo. Hamburguesas con cebolla no suena mal, aunque no hay pan que las sostenga, así que habrá que comerlas con cuchillo y tenedor.

Manolo les da la vuelta a las hamburguesas sintéticas bajo el sol abrasador. ¡Quién hubiera podido conocer una vaca de verdad, de las que mugían y pastaban! Su padre las vio una vez, cuando niño. La aparición de Maruja rompe el hilo de pensamientos. Se ha plantado ante él, seria y  sudorosa, con ese garbo andaluz que siempre la caracteriza y con un cesto lleno de ropa mojada.

—¿Y er viejo?

—Joer, ziempre faenando, gordi. ¿Po qué no te zientaz aquí, jursto a mi lao, y disfruta dezta precioza mañana de domingo, hija?

—Na, Manolo, que ja zabez que tengo muxo que hacé. O zi no, ¿Quién me va a tendé toa la ropa? ¿Va a zer tú, quillo? Po yastá. ¿Onde stá er viejo, tu pare, que no lo veo de hace rato?

—No zé. Stará en el jardín datraz, con los xiquilloz, digo yo.

—Los xiquilloz stán entro la caza, jugando a las trez piedraz.

—Poz stará con loz vecinoz, loz foraneoz ezoz. Tendrá que í a buzcalo, poque sto yastá.

Cuando Maruja desaparece con su canasto chorreante y su gracia, Manolo se queda de nuevo absorto mirando su barbacoa fabricada por él mismo con un bidón oxidado, que seguramente en otros tiempos contenía petróleo.

¡En otros tiempos todo era tan diferente! Para empezar nadie habría movido un solo dedo para ir a buscar a nadie. La gente casi que no usaba las piernas, y por eso la gran población mundial (que era mucha más que la actual) estaba gorda y aletargada, con los músculos fofos y blandos. La ostentosa barriga de su padre y los problemas de rodilla que siempre ha tenido son un buen recordatorio de ese estilo de vida malsana. La gente no caminaba, ni se movía. Utilizaban vehículos con motor para ir a todas partes, incluso para ir a por el pan o acercar los niños al colegio. ¡Qué desperdicio de combustible! Y los primeros autos funcionaban con derivados del petróleo, pero cuando este se agotó, se las ingeniaron para que fueran con electricidad. ¡La maldita electricidad que todo lo arruinó! Pero, aparte de vehículos que los transportaban, contaban con un montón de dispositivos para comunicarse y llamarse a distancia… ¡Todo para no tener que ir a buscarse! Y luego, según cuenta el viejo, se pasaban las horas alelados, mirando pantallas de tabletas, de móviles, de televisiones y de ordenadores, sentados y sin hacer nada más. De hecho, la sociedad de todo un siglo se fundamentó en crear y fabricar aparatos que sustituían al trabajo humano. Incluso muchos perdían el propio trabajo porque eran reemplazados por máquinas. De ahí la montaña de aparatos y cachivaches que llena los vertederos y los barrancos de todo el mundo, y que ahora se han convertido en chatarra electrónica inservible.

Eso fue lo que llevó a la ruina al planeta, la electricidad. Millones y millones de líneas de red eléctrica abastecida por centrales nucleares que, en su funcionamiento diario y en las combustiones continuas, expulsaban gases que poco a poco iban consumiendo esa capa de atmósfera que nos protege del calor y de los rayos del sol mientras, a su vez, contaminaban las aguas. Una erupción solar traspasó sin dificultad esa capa debilitada y calentó tanto el planeta, por dentro y por fuera, que hizo que todos los volcanes entraran en erupción casi al unísono. Y la Tierra se convulsionó. Una cadena de terremotos se produjo en consecuencia y eso derivó en la Gran Catástrofe que terminó con todo.

La lava se llevó por delante cultivos y animales, enterró pueblos enteros y destruyó todo lo que encontró a su paso. Los terremotos destrozaron ciudades y aniquilaron el sistema de vida antiguo, el modo de vida de nuestros abuelos y nuestros padres. Pero la Gran Aniquilación se desencadenó cuando las centrales nucleares, que no resistieron el calor extremo y los movimientos sísmicos, cayeron. Los reactores se fusionaron, creando grandes explosiones radioactivas y añadiendo caos y muerte a lo que quedaba del planeta.

Pero la vida siempre se abre paso y lo hizo a través de las estrellas, con la llegada de los foráneos y su plan de salvamento llamado «The hope future».

Ilustración de Rosa García

Maruja ha regresado. Viene con el viejo y con, tal como se temía Manolo, los vecinos. Era de esperar. Los sienta a la mesa y les pone cubiertos educadamente, mientras lo mira con una mirada cómplice, que no admite negativa. Él no entiende por qué Maruja los admira, por qué siempre les dice a los niños que hay que tomarlos como ejemplo.

A Manolo no le gustan los foráneos. Son raros, altos y espigados, sin un solo pelo en el cuerpo, con esa tonalidad gris que a Manolo le pone de los nervios… y no digamos ya esa falta de temple, de emoción, como si no tuvieran sangre en las venas. Bueno, quizás no tienen sangre, ni tampoco venas, ¿quién sabe?

Manolo, que es muy suyo y le desagradan profundamente sus invitados a la mesa, se ríe para adentro mientras pone una hamburguesa en cada plato, sabiendo que ya no va a poder repetir y pensando en que antes, en la época del viejo, la gente se negaba a compartir vecindario con personas de otro color, de otra raza, o de otra religión. ¡Con otras personas! ¿Qué dirían todos aquellos si tuviesen que aguantar a unos vecinos que ni siquiera son humanos?

Pero los foráneos vinieron para quedarse y hay que aguantarse. A menudo, Manolo intenta mostrar cordialidad, preguntándoles a sus vecinos de dónde vinieron, cuál es verdaderamente su procedencia, pero parece ser que el cosmos es demasiado complejo para su entendimiento, así que se conforma con la versión oficial establecida: vienen del otro lado del universo conocido, de un pequeño planeta similar a la Tierra que es un vergel de aguas limpias y vegetación, de tecnología avanzada aplicada correctamente y con sabiduría. A él esta historia no termina de convencerlo. Si él estuviese viviendo en el paraíso, ¿lo abandonaría para irse a un mundo que se va al carajo? ¡Ni en broma!

Ilustración de Rosa García

—Vaya, que zoiz como unos superhombrez de cohones —les dice Manolo masticando su única hamburguesa con la boca abierta, en respuesta al comentario de lo bien que va el mundo desde que la Confederación Foránea está al mando.

—Bueno, cuando llegamos a vuestro planeta y lo limpiamos de radiación, os dimos una esperanza de futuro y un código de sostenibilidad,  por lo que se podría decir que sí, que somos unos superseres, comparados siempre con la especie humana. En comparación con otras especies más evolucionadas del universo, nosotros seríamos como simples insectos.

Si los foráneos son las cucarachas del universo… entonces ¿en qué lugar están las personas? Eso es lo que no le gusta a Manolo de sus vecinos: esa soberbia escondida tras su falsa humildad, esa forma de hablar tan culta y ese aire de importancia, que sin insultarte te deja en lo más bajo, aun a sabiendas de todo lo que dicen suele ser la pura verdad. Pero precisamente eso, el hecho de no mentir, los hace a sus ojos tan… irritantemente perfectos y… ¡tan poco humanos!

Manolo, como todas las personas, es un tipo normal, del montón, con sus defectillos y sus costumbres, entre las que entra soltar alguna mentirijilla de vez en cuando, como todo quisqui:

—Manolo, Manolo, no me tientez que… ya stamo. Ya stá molestando al personá. ¿No stará piripi? ¿Cuánta cerveza tas tomao ya, pixa?

—Na, mujer, que sta e la primera —dice a sabiendas de que ha escondido dos botellines vacíos detrás de la barbacoa.

—A mí me guztaba la televisió. Staba toel día mirándola, que zi partíos de fúrbol, que zi penícula, que zi pograma de cotilleo… To ezo sa perdío ya. —Esa es la queja del viejo de todos los días.

—Pero a cambio de todo eso, de todos los aparatos electromagnéticos y su uso continuado, sufríais mutaciones a nivel celular que os provocaban todo tipo de cánceres. Y vosotros, la especie humana, os estabais convirtiendo en el cáncer del planeta, destruyéndolo, porque vivíais de él como parásitos, en vez de hacerlo en comunión con él, en la armonía y el respeto, en una simbiosis beneficiosa para ambos.

—Ush, xiquilla, qué bien que habla tu marío, o compañero, o lo que zea que zeaiz vozotro dos, zi é que zoiz algo, que a mí me da lo mizmo, zi parese un porfesó i to. ¿Ha vizto, Manolo, lo que é la gente de zabé stá?

—¿Pa qué? —responde Manolo un tanto mosca. De un manotazo aplasta al mosquito que está picándole en el cogote—. Ar meno nozotro eztamo en nuestro planeta, que vozotro, mira ónde habeí acabao, al laíto de la caza de Manolo y Maruja, dos zevillanoz de toa la vía con un niño medio atontolao y…

—¡Papáaaa!

—Que na, hijo, que no te queje, carajo, que yo zé que tú vale pa muxo, pero na de na  pa lo ztudio. Como dezía, con unoz niño aquí ma bien normalillo. Entonze, digo yo, ¿pa qué tanta hermosura y tanto planeta y tanto zabé stá?

Manolo bebe un gran trago de cerveza, acabando su tercer botellín. No ha visto nunca partidos de fútbol por la tele, ni siquiera sabe exactamente cómo se jugaba a este deporte, pero está convencido de que le acaba de meterle un gol en toda la jeta a su vecino, don uy-mira-lo-perfecto-que-soy-y-lo-bien-que-hablo. El viejo le hace un guiño de complicidad.

Pero lo que no se espera Manolo es la respuesta que, con toda sinceridad y calma del mundo, le da su flagrante vecino, el mismo que se ha zampado aquella hamburguesa que debería haber sido suya, que está sentado a su mesa bebiéndose una de sus cervezas, que tiene a su mujer embelesada con su forma de hablar y que representa, hoy en día, a la especie dominante del planeta, por encima del hombre:

—Quizás terminamos aquí, vecino, en vuestro planeta, sacrificando nuestro propio bienestar y las delicias de nuestro propio mundo, para evitar un mal mayor. ¿No habías pensado en ello? Quizás no pretendíamos salvaros a vosotros y a vuestro mundo, sino salvar a los demás de vosotros. En el momento del cataclismo, las miras de vuestros líderes llevaban tiempo puestas sobre otros planetas habitables, con la intención de colonizarlos, de forma urgente y a gran escala y no, como debería haber sido, en la salvación del planeta agonizante que os estabais cargando. Porque los humanos destruisteis, literalmente, vuestro propio planeta. La prueba de ello es que más de las tres cuartas partes de las especies que habitaban la tierra, tanto animales como vegetales, se han extinguido gracias a vuestra acción.

—¿Vé, pixa? To explicao. No hase falta zeguí con er tema. Peo poztre no tenemo. Niño, iro a jugá, que la zobremeza e pa lo mayore. ¿Quisá alguien quiere una axicoria?

Los niños se levantan de la mesa y el viejo entra en la casa; es hora de su habitual siesta.

—¡Que no, gordi! Que no paza ná. Zi yo zolo quiero sabé y aprendé. Zi ezo e la cantinela de toa la vía. Que yo zé que ya no hay vacaz, ni na que noz dé un buen filetito. Pero bixo zí, tenemo to loz que quiera y máz. Y mozquito, que loz muy hijoputa no hay quien loz mate.

—Ojú, Manolo, ya stamo otra vé, y dale con lo mizmo de ziempre. No pue dejá al dezte tranquilo, hijo, que no va a arruiná la comía y tó.

—Yo no arruino ná, que yo zolo quiero zabé.

Maruja no le contesta. Solamente niega con la cabeza y se dirige, con su salero habitual, al interior de la casa.

—Por eso exactamente que te decía, Manolo, venimos y tomamos el mando. Para eso reconstruimos el planeta, lo saneamos y lo habilitamos: para que pudierais seguir viviendo felices en vuestra Tierra y os olvidarais vuestros planes de expansión a otros planetas.

—A ve, a ve… —dice Manolo visiblemente enfadado. El tiro le está saliendo por la culata, y su mujer, que vuelve ajetreada con la bandeja, las tazas y la cafetera, lo mira con reprobación—. Que yo me aclare… entonze, ¿vozotro no oz viniztei pa zalvá aquí ar personá, a la humanidá?

—Solamente en parte. Gracias por la bebida, Maruja.

—De na, lo que no tenemo ez azuca. Pero dicen que e mu malo para la salú. Y ve con cuidao, ezte, que quema un montó.

—Y, zi pue zaberze —continúa Manolo, imparable—, ¿pa qué carajo oz vinizte? ¿pa qué tanta faena?

—Muy fácil… ¿Dejarías vosotros que un parásito, un virus o un cáncer se extendiese por todo el cuerpo? No, ¿verdad? Vuestros médicos, para mantener la población sana, tratarían de contenerlo, de aislarlo y mantenerlo a raya, ¿verdad?

—Zupongo, o de eliminalo, como intento yo aqyí hazé con loz jodio mozquito ¿Peo ezo que tié que ve con nozotro?

—Bueno, ¿crees que los seres evolucionados nos arriesgaríamos a que os expandierais por el cosmos, infectándolo entero? ¡No! ¡Debíamos darle una esperanza de futuro al Universo!

Olga Besolí
Abril 2019

Ilustración de Rosa García