El color del dinero.

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Fernando Halcón

Género: Relato

Este relato es propiedad de  Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El color del dinero.

Un billete de quinientos era todo lo que me quedaba en este mundo. Tan reluciente y tan planito. Tan lila o tan malva o como quiera que se llame el color que se gastan los billetes de quinientos; me refiero al que tienen, claro; que gastarse, ya se gastan solos. Leí en una ocasión que España concentra el cuarenta y cinco por ciento de los billetes de quinientos emitidos por el Banco Central Europeo. Seguramente lo escuché, porque yo no leo. Soy más de escribir, porque soy poeta. En España no son lilas, que aquí, tierra de listillos y picaruelos, negro es el color del dinero. Y de entre todos los billetes de cinco centenas que campaban por España, aquél era mío. Reluciente y planito y lila o malva. Mas no negro. También calentito, por estar recién sacado del cajero. Visa Loro mediante, cuyas cuotas de crédito no tenía previsión alguna de cumplir, por supuesto, también. Porque aquel billete, abrigo último de mi pobreza, no me pertenecía. Y es que nada es completamente nuestro excepto el tiempo. El de cada uno. Y esto que afirmo, a pesar de ser yo muy poeta y creativo, lo he debido oír por ahí, porque suelo leer más bien poco.

No debemos encariñarnos demasiado con los bienes terrenales, especialmente con el parné. Porque el parné no es tiempo; es sólo parné y normalmente no nos pertenece. El billete de quinientos, siendo estrictos, era propiedad del presidente de la entidad financiera que, pese a querer ser mi banco, seguía cobrándome las comisiones de manera inmisericorde. Aurelio Motín, un picaruelo, también capitán del acorazado «rojo Ferrari», cuya orgullosa estampa puede contemplarse salvar la bravura del océano económico mundial. Un barco que es un banco, el Lucifer. Un banco pirata que, pese contarme entre sus clientes desde hacía quince años, continuaba empecinado en cobrarme las comisiones. Reparar en aquel detalle aumentaba la concentración de bromuro en mi estómago. El júbilo de saber que mi banco, el Lucifer, cerraba ejercicio, año tras año, declarando ingentes beneficios, no  me aliviaba. De vez en cuando pensaba en ello y sí, qué ganas de ¡¡aagudsfskka dsl kañs!! que me entraban.

La numeración de aquel billete estaba libre de toda sospecha. Sin mácula; como mi bienaventurada y augusta madre: la señora Inmaculada, en cuyo delantal jamás advirtiera nadie mancha o lamparón de salsa de tomate. ¡Qué poco orgullosa estaría de mí si pudiera verme así, tan acabado! Y lo peor es que no era de esos acabados «tipo» que vienen proliferando por la crisis económica: gente hecha de honra y esfuerzo que lo ha ido perdiendo todo porque cada vez queda menos que ganar, menos que conservar, en este país de billetes de quinientos reconcentrados. Sí, qué país. De oportunidades para los polvorillas. De pelotazos, patadones y reventones del sistema. No. Ellos, los acabados «tipo», han jugado limpio y nada cabe reprocharles. A mí, en cambio, dedicada la existencia a amar lo ajeno, se me puede acusar de haber fracasado entonces. De no haberme sabido manejar en la elección de compañías y negocios. Yo, Antón Pirulero, como todo ladrón de raza, debiera haber comprado el cielo. Ser rico y ser libre; y aplaudido por la masa, o por la parte más gregaria y miméticamente entusiasta de ésta. Ser gente guapa. Chula. Molona. Como lo era el mismo presidente Motín, del Lucifer, el banco de las comisiones pese a todo. O como Chicho Campos y Fajardo Playa, dueños de una simpática fortuna cultivada con esmero y mentirijillas de nada, allá en los arrozales de la corrompida –que no corrupta– Comunidad de Venecia. ¡Oh, Venecia! y sus calles anegadas. Inundadas.  Ahogadas estaban allí las gentes. Las más. Porque también la habitaban reductos autoprotegidos de una fauna resistente al encharcamiento. Un número majo de eminencias de exquisitez moral sin parangón y engordadas cuentas corrientes, capaces de flotar y navegar las turbulentas aguas venecianas. Sí, como Campos y Playa. O como Rica Barrabás, su alcalina alcaldesa, que además del paseo en góndola, gustaba de depositar sus lindos piececillos en tierra firme cada día al caer la tarde. Pisar fuerte. Enterrar los nobles pinreles en el frescor de los terrenos no inundados, expropiar, confundir valor con precio como haría todo necio. O como Sandro Cabra, rampante presidente de la Sobreputación de la Comunidad Veneciana, que es más de tener la cabeza en las nubes. En el cielo azul. Mientras sueña con cómo llenarlo de luces aromáticas y brillantes amapolas. En esta relación, no puedo dejar de mentar a Soberbio Crispo, expresidente de Camperra australiana, cuyo liderazgo se vio forzado a dejar por escasez de pobreza. Triste devenir. Afortunadamente, este hecho luctuoso acaeció allí, en Australia, país y continente de prestaciones generosas para con los ciudadanos imbricados en los tejidos sociales más débiles, más desfavorecidos. Gracias al cielo –ése azul soñado por Cabra–, sobrevive con una pensioncita de quinientos mil que, por supuesto, le viene del sector privado. Algo más del mínimo interprofesional, porque, no nos engañemos, hablemos de justicia laboral y plusvalía marxista: la complejidad de su trabajo en la Camperra era tal, que sin un cociente intelectual de nueve mil hubiera resultado imposible acometerla. Por no hablar de la responsabilidad inherente al cargo de Presidente Superchachi, que  hubiera echado atrás  al mismísimo Atlas. Un esfuerzo ingente se compensa con generosa recompensa. Con reconocimiento. Reconozcámoslo, pues: gracias a los madrugones y a su fuerza de trabajo, cada día amaneció un día más en España. Lástima, por eso –y no por ser puntilloso, sino por comentarlo un poco, ya que estamos–, que la Camperra terminase por quebrar. Mas no menos guapo entre todos estos guapos, a pesar de no ser veneciano, es Fénix Deumilmilet, catalán de buen oído y hombre capaz de fabricarse un negocio próspero con poco más que un par de violines y algún coleguita. Qué nómina de cracks. De catacrakcs. Todos tan listillos. Tan picaruelos. Todos tan todo y yo más nadie que ninguno. Qué bien.

Dos han sido las vocaciones de mi vida: poesía y hurto. Pero la dedicación que exige éste, me ha dejado sin tiempo para perfeccionarme en aquélla. Así que, en lo que ha poesía se refiere no soy más que un diletante. Como manguirulo, en cambio, me considero un profesional de largo recorrido. Empecé a los once años con sisas de poca monta, como robar a manos llenas los paquetes de Celtas sin boquilla en el estanco del barrio. Recuerdo la tarde en que mi emérita madre (no sabría decir emérita en qué, yo leo poco) me pilló. Después de haberme metido la preceptiva bronca, porque mira que traerlos sin boquilla, adán, que pareces un adán, se los fumó todos mientras daba buena cuenta de un pack de birras. Qué mona que era. El calor ebrio de su mirar me reconforta aún hoy. Ésa fue mi fortaleza. Sus palabras recriminatorias las que me instaron a seguir. A mejorar. Dios la tenga en su gloria. Y que en su gloria tenga también Dios alguna tabernilla para que pueda fumar la mujer. Me gusta imaginarla borracha perdida, allá en el cielo, ciega de todo; llenos los bolsillos de cartones de Winston y de güisqui on the rocks el vaso, y que así no sea testigo lúcido del hombre en que me he ido convirtiendo. Insulso. Lechuzo. Sin recursos. Insatisfecho con sus versos, que no riman bien pues mal riman. Mi segunda naturaleza, que tal vez debiera haber sido la primera, es una naturaleza muerta. Y eso me atormenta.

Un billete de quinientos y mi vieja petaca de güisqui sin güisqui; la había olvidado. Eso era cuanto me quedaba en este mundo. El billete. La petaca. Algunos versos malos. Y aquel pasado plagado de recuerdos que allí, a la vera de un cajero del Lucifer, me asaltaban. Para qué oponer resistencia. Me dispuse a evocar y evoqué. Toda mi biografía. Cada renglón añadido al descuidado currículo laboral.

En su día fui una joven promesa. Mi ascensión, meteórica. No lo digo yo, que lo decía mi arremolinada madre: «¡Hay que ver qué dedos más largos tiene el niño, será pianista o mangante!» . A una edad demasiado tierna y en menos de un año, pasé de los Celtas sin boquilla a controlar el tráfico de Winston que llegaba de Andorra. Así, me granjeé el respeto de los más chungos. Luego, llegó la comodidad. La vida sedentaria. El aburrimiento. La apatía. Me había apalancado. Es lo malo de dormirse en los laureles durante nueve años: termina uno fumándoselos. Y perdí la reputación. Qué reputada. Perdí los contactos, los buenos contactos. Alguno ya me había tentado con ofertas interesantes. Pero, tonto de mí, yo había seguido a lo mío. A lo más cómodo. Preferir siempre el tejano roto a la corbata prieta. El hurto rápido a la estafa fina. El trabajo físico al esfuerzo intelectual. El niño, al hombre. Concluyendo: los cuatro duros a la pasta gansa. En mi descargo, diré que era joven; que estaba lleno de ilusiones y bla bla y etcétera y toda la recámara de frases hechas de que se nutre la retórica juvenil de cada generación. O se nutría. Sentía tener el mundo a mis pies y las cosas del mundo, todas, en mis manos. Miraba Fama, bailaba como Coco y quería vivir para siempre. Porque estaba cargado de futuro. Yo era futuro en esencia. Los que teníamos veinte, entonces, pudimos ser así. Hoy el cuento es otro. Es peor.

Después del tabaco, aspirando ya el rebufo de los ochenta, resurgí convertido en un gurú de la techné tecnológica: radiocasetes extraíbles, consolas Atari 2600, teles en color sin Thomp ni Son, calculadoras Casio de fósforo verde, el cubo del Rubik, la leche Pascual… Sí, trabajé todos los artículos. Todos los robé. No había contenedor en el puerto que resistiera más de cinco minutos los encantos de mi ganzúa. Fueron tiempos de abundancia. De innovaciones y revoluciones electrodomésticas. Como la irrupción del vídeo: sistemas Beta, VHS, Beta 2000 colonizaron los hogares. Gracias a las ventanas, alivié cuanto pude aquella invasión doméstica. Qué buen cine se hacía en los ochenta, por cierto. Los albóndigas en remojo, la saga completa de Parchís o Red Scorpion de Dolph Lundgren, por citar algunos ejemplos representativos. Fue ese tipo de cine de culto el que hizo de mí un cinéfilo. Y un culto. Pero mis poemas seguían estando compuestos de versos que no lograba hacer rimar. Mi poesía era inorgánica. ¿Qué peor desdicha que la susodicha?

Y llegaron los noventa al son de Public Enemy. Y del Tractor Amarillo. Pronto eclosionó una crisis económica no pequeña que ya anticipaba lo que se escondía al doblar la centuria. Trabajadores honrados y raterillos de baja estopa fuimos las principales víctimas. La clase media y media baja, vamos. No así los verdaderos sabios  –Jurel de la Prosa, Mari O’Conde Mor, José Luís Coltán, Mariano Moreno Conmechas de Rubio (Cantinflas)–, que a pesar de ser pillados, procesados y condenados, supieron lo bastante de magia financiera como para preservar el botín. A día de hoy, alguno hasta tiene un librito publicado y todo, o habla de cosas «guays» en Interlobotomía. Fue una primera lección, para mí y para el Dioni y para tantos otros.  Entretanto, yo sólo me dediqué a sobrevivir. A ir trampeando. Una huida hacia delante hecha de trabajos pésimos, como el arranque o sustracción, destornillador mediante, de chapas de BMWs, Saabs y Mercedes; o la venta de un crecepelo que yo mismo fabricaba agitando (no mezclando) en un bote de fairy y a proporción 2-1-1-2: harina de garbanzo, musgo, miel y tirillas de hilo bien cortitas. Encontrar harina de garbanzo era complejo.

Aquel gobierno valeroso, con Graznar a la cabeza, no tardó en ventilar la crisis. Qué ingeniería económica más fina. Maquinaria suiza. Cremosa. De chocolate. Qué recalificaciones del suelo más convenientes. Todo muy goloso. De nuevo, la esperanza en el horizonte para los emprendedores como yo, pero sobre todo para los skyliners de la costa, como Rica y compañía.

Aprovechando que el siglo ya abrazaba su crepúsculo, y siendo como era un hombre informado de las necesidades de su tiempo, lancé al mercado un software para proteger a las empresas del efecto Y2K. Reconozco que fue una buena idea. Porque no era robar, sino perpetrar un fraude desde un nicho de negocio floreciente. Engañar en vez de sustraer, ésa era la auténtica clave. Y no es que supiese mucho de programación. Lo que yo sabía, en verdad, era que los demás no tenían ni papa. Así que se me ocurrió hacer un copy and paste en el Word de una novela de Frenando Achánchez Dragón que después puse en Webdings. El resto, puro marketing: «Esto, ejecutao, te protege hasta el tres mil. Si usas otro o ninguno, la empresa explotará», le decía yo a la peña. Y la peña flipaba. Compraban licencias como locos. Me las quitan de las manos, oiga, canturreaba por la calle. Hice con ello un buen dinerín. Hasta que se pinchó la burbuja tecnológica. Pluf.

Había que reinventarse. ¡Cuántas empresas tienen que hacerlo! La llegada de Internet trajo consigo el correo electrónico. Qué invento. Con él, renací. Hay que ver la cantidad de incautos que creyeron ser herederos del equivalente moldavo del príncipe Queflipe, e ingresaron en mi cuenta caimana el primer emolumento en euros. Los contactaba en estos términos: «Su graciosa majestad, Don Paco Pépez de Borbónez: tras el reciente fallecimiento por reventón del príncipe Silvester Estallón, y dándose la triste circunstancia de que no ha dejado herederos, se le comunica que es usted el primero en la línea de sucesión de la Corona Moldava. Le esperamos el jueves, entre doce y una, por aquí, en el aeropuerto de la capital de Moldavia. Quedamos a mano izquierda, verá usted muchos aviones. Nos distinguirá por nuestras ropas nobles. No por otra cosa pues somos muy de fenotipo “moldavo medio”. Por temor a posibles atentados, no le vamos a decir cuál es la capital, mírelo usted mismo en Yahoo! –Google Maps no existía–, o en algún atlas, no vaya a ser que intercepten el correo y le sigan. Y le maten, claro, lo que sería realmente inconveniente para todos. La Corona no soportaría su pérdida. En cuanto esté usted aquí, organizaremos todo lo referente a su seguridad. Ah, importantísimo, el importe del billete de avión se le abonará también a su llegada, no le quepa la menor duda, amigo majestad, pero ingrese entre tanto milquini en el número de cuenta adjunto, a fin de ahorrarle la molesta gestión de la compra». Pura mimesis aristotélica. Me lo curraba, para algo tengo alma lírica, que aunque no leo, escribo un montón. Hubo unos cuantos de Borbónez que accedieron, pero enseguida empezó a dejarse sentir la desconfianza de la gente en los mercados, el desánimo, la caída progresiva e imparable del consumo. Y cuando la miseria se aproxima, se afina la suspicacia. Pronto dejaron de creerme. Una pena, porque me sentía creativo con aquel proyecto.

El euro había hecho poca ilusión y mucho daño. Un café pasó a costar lo que antes nos costaban dos. Por tanto, habría que trabajar el doble para ganar lo mismo. Mala cosa. Ya entonces sabía que nos empezábamos a ir a la porra, pero me dejé arrastrar por la inercia de la empanadilla; por la esperanza de que no permitirían un retroceso en el estado del bienestar. ¿Quiénes? El gobierno, por supuesto. Confiaba en él. En ellos. Encontrarían algo que privatizar, algún parque de atracciones chorra que levantar o, ya nos dejaría dinero algún banco de algún país. Si total, España iba bien. O había ido. Y me arrellané en la confortable certeza de que si empeorábamos, como en los noventa, ya llegaría la providencia dispuesta a graznar y arreglarlo todo. Como graznan los cuervos, los grajos y los gansos. Absorto en todo ello estaba cuando sonó el móvil.

– Dígame –dije lógicamente.

Una voz bella y grave, rutilante y firme, capaz de infundir tranquilidad al cimbreo gelatinoso de un fideo chino, me dijo:

– Señor Antón Pirulero, ¿es usted?

– De los Pirulero de toda la vida, a mandar. ¿Quién le requiere?

– Mi nombre es Ñakañaki Unpoquitín. Represento a la oenejéaserejé «¿Nóosjode?», y soy el hijo de Dios.

– ¡Coño! –exclamé yo en mi pobreza de espíritu–. ¿En serio?

– Del todo.

Era firme. Era seductor.

– Pues qué quiere que le diga, oiga. Qué honor. Y qué se le ofrece, hijo de Zeus, deidad entre deidades.

– Bien tú hablas, Antón Pirulero, hijo de Ulises, héroe de Troya, por Polifemo temido y respetado por Aquiles, el bañado en Estigia, sobrino de tus tíos y llegado al fin de la Odisea hasta las tierras de Ítaca.

Me quedé flipando porque yo era hijo de doña Inmaculada, de quien nadie en su delantal jamás apreciara churrete o borrón de salsa de tomate.

– Caballero, –contesté– mi entendimiento no alcanza a comprender las palabras que escapan del vallar de su boca, mas creo no ser yo ése que dice. A ver, centrémonos un poquitín.

– Claro. Verá, señor Pirulero…

– Antón, por favor, llámeme Antón.

– Eres campechano, Antón, me gusta. Pero te informo que no me pilla de nuevas. Sé mucho sobre ti. ¿Sorprendido? – con la mente dije que sí y él pareció escucharlo a través del auricular– Es natural, hombre. Mira, no me andaré con misterios, te llamo porque he recibido un sms cuyo contenido te atañe.

Me dejó parado. Por fortuna soy un tipo sincero y lo reconocí.

– Me deja usted parado, sinceramente, lo reconozco.

– Normal –dijo, ampliamente–. Y por cierto, de tú, Antón, llámame de tú, que hay confianza. Y si no la hay, la va a haber. Pues sí, ya ves, estamos muy tecnificados para los asuntos importantes.

– ¿Estamos? ¿Quiénes?

– La paciencia es la madre de la ciencia, Antón, seguro que lo has leído en algún sitio. Según parece, acabas de sacar un billete de quinientos con tu Visa Loro, ¿cierto?  –esta vez traté de dejar la mente en blanco, pero aquel hombre era capaz de oír incluso aquello que yo había dejado de pensar–. No te dé vergüenza, Antón, ábrete a nóosotros, todos hemos sido pobres alguna vez. Te diré algo, tu billete es el último de quinientos libre, limpio e inocente de España. ¡Ea! ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?

– ¡Caramba carambola carambita olé!, –grité sin ambages a la par que hacía palmas– no salgo de mi asombro, Ñakañaki.

–Me hago cargo, estas cosas impresionan. Sobre todo a los pobres. Es ver veinte euros y arrancar por bulerías. Cómo es esta chusmilla proletaria, madre mía. Pero tranquilo, lo tuyo está a punto de cambiar. Canta, canta, Antón, desahógate. –Y yo cantaba. Bulerías, por cierto. Unas muy bonitas–. Te he llamado porque tengo algo grande que explicarte. Verás, no es una casualidad que lo hayas sacado tú.

– ¿Mande? –me interesé con audacia.

– El billete, me refiero al billete. Lo hemos puesto en el cajero para ti –hubiese dicho algo, en plan «jolín» o «jobar», pero por algún extraño hechizo no podía dejar de tararear los éxitos de Bordón Cuatro–. Ole, ole, ahí, ahí –animóme Unpoquitín–. Somos un grupo de empresarios más o menos honestos y más que menos destacados. Ricos todos, eso sí. Algo exagerado. Y estamos muy orgullosos de ello, claro. Porque para nosotros, el poder no sólo es poder. Es un fetiche. Nuestra comunidad trata de preservar esos valores que trascienden en mucho lo meramente económico. No nos mueve la ambición, como al lumpen.

– Qué bonito es todo esto, Ñakañaki. Cuánta pureza hay en vosotros.

– Pues sí. Te voy a confesar una intimidad: nos gusta designarnos como la Comunidad del Dinerillo. Siempre en petit comité. Qué graciosa inocencia. En el fondo somos como niños.

– Entrañable –afirmé abortando un estribillo de Isabel Pantera.

– Claro que esto es alto secreto, no lo cuentes o tendremos que matarte. Bueno, a lo que íbamos: ¿qué pintas tú en todo esto?, te preguntarás –lo hacía–. Llevamos quince años observándote. Estudiando cada movimiento. Cada estrategia. Tratando de predecir el siguiente paso. Siempre a una distancia prudencial, sin injerencias. Como en los reportajes sobre hienas de la Dos, ¿sabes? –claro que sabía, toda España ve la Dos–. Necesitamos sangre nueva, Antón, y debe ser la tuya. Porque tienes lo que hay que tener para ser de los nuestros. Algo que está a medio camino entre la escasa dotación intelectiva y la inhibición sistemática de los escrúpulos. Yo le llamo el duende. –¿escasa qué? A ver qué me has llamado, mamón, pensé y él no lo escuchó. Sí, Antón, tienes duende, amigo. Sé que  la suerte te ha sido esquiva hasta hoy. No imaginas los sacrificios que he tenido que hacer yo. Glups –dijo tragando saliva y recuerdos–. Pero tu desgracia ya es historia. La cúpula quiere formarte y hacer de ti un fetichista sanguinario.

– Ah, está bien esto.

– Te voy a tener que dejar, pero antes, escúchame, no lo repetiré: en menos de veinticuatro horas, debes realizar una donación de doscientos mil euros a la oeneejéaserejé que represento, «¿Nóosjode?». Es tu pase al Olimpo.

– ¡Doscientos mil euros! Yo no tengo tanto dinero –dije cantando y girando sobre mí mismo al compás del tema de María Montaña, Qué majo es el olivo.

– Lo sabemos, Pirulero. Utiliza el duende.

Ñakañaki colgó antes de que pudiera preguntarle si los Reyes son los padres. Creo que habría dicho que sí, que son los padres políticos. Qué cándido. Tanto incluso como para creer que yo iba a picar un anzuelo tan estúpido, robar doscientos mil euros para meterlos en «¿Nóosjode?». Estaba todo muy claro. Necesitaban un cabeza de turco; algún panoli con más narices que cerebro a quien colgar todas sus estafas. Ese panoli era yo. Ñakañaki no lo sabía aún, pero había cometido un fatal error de cálculo. No ha nacido hombre que le haga pirulas a Antón Pirulero.

Decidí seguirles el juego. A falta de nada mejor en qué ocuparme, probaría suerte. Entré en la Copistería Lucas y pedí seiscientas fotocopias de mi billete de quinientos. A doble cara. Perfectamente colocadas. Trecientos mil euros. No tardó ni veinte minutos. A tres billetes por página, viento en popa a toda vela, aquella fortuna con olor a tóner apenas ocupaba doscientos folios. Le pedí al encargado unas tijeritas y me entretuve recortándolos. Le pagué con los quinientos que había sacado de la Visa Loro y hasta luego, Lucas.

Observé el dinero. Era negro. Podía haberlas pedido a color. Pero eso no me arredró, sabía cómo blanquearlo o lilearlo o lo que sea que hiciese falta para colocar aquella pasta en el torrente del curso legal. En los telediarios no se decía, pero todos sabíamos qué país estaba comprando a España. Así que, chinochano, me fui a los chinos a por unas maletas y deuda española. Y le dije al chino de allí:

– ¿A cómo sale el bono?

Al cinco. Glacia. Bono bueno hoy. ¿Vale? Mañana lecalifica deuda pañola. Hoy paña paga meno. ¿Vale? Mañana tú vende tú hace dinelo. Paña paga má el bono. Glacia.

Me quedé mudis. En la vida, todo es tan dar and purs, pensé. Será porque yo no leo. En fin. La fortuna fotocopiada que obraba en mi poder me acababa de proporcionar información privilegiada de manera inopinada. Con las fotocopias, compré cuanta deuda me alcanzó y me retiré a descansar a un parque. Había olvidado llenar mi vieja petaca de güisqui, así que pasé la noche embriagado sólo por mis propias emociones y la contemplación de las estrellas.

La petaca de güisqui sin güisqui era todo lo que me quedaba en este mundo. La petaca, las maletas, algunos versos infaustos y los papelitos que me hacían acreedor de un ínfimo porcentaje de la deuda del país. Un pastón si se rebajaba su calificación, tal y como me había dicho mi confidente, Pah Lan Chin. Pensando en él me dormí, en las últimas palabras que había pronunciado cuando ya salía por la puerta y él rectificaba a boli la numeración idéntica de los billetes falsos: «mmm, dinelo neglo, tú tibulón, amigo».

Al día siguiente, el país se fue a la mierda. Mi cuenta corriente, en cambio, se había constelado de brotes verdes, azules, lilas.  Era asquerosamente rico. Unos cuantos miles de millones más rico. Me pasé a ver a Lucas. Ei Lucas, qué tal. Y fotocopié otros tantos miles de millones; no podría concretar. La mente humana no está preparada para ponderar grandes cifras: la edad del universo, las distancias interestelares, las fortunas obscenas del capitalismo neoliberal… Lo guardé todo en las maletas y llamé de nuevo a mi confidente chino. «Compla esto, vende aquello, quielo porcentaje, ah vale, glacia», decía el tío máquina. Aquella misma mañana puse en marcha diversas empresas y negocios a golpe de teléfono y talonario. Un par de aeropuertos en la cara sur del Mulhacén, muy convenientes para los oriundos de allí. El levantamiento de un puente de feldespato y zanahoria sobre la Sagrada Familia para que los niños pudieran jugar a fútbol encima y encima merendar. Llevar el mar a Puertollano. Lo típico.

El plazo dado por Unpoquitín y su cuadrilla estaba a punto de expirar. Qué poco esperaban que les hubiese salido tan listillo. Tan picaruelo. Como ellos. Me sentía bien; orgulloso de mí; y seguro de que el orgullo invadiría también las resacas celestiales de mi tornasolada madre. Tal era el bienestar, que me convertí en poesía misma y, espontáneamente, compuse estos versos de belleza sin par:

Al pasar la banca,

le dije al banquero,

soy un pobre hombre

y no tengo dinero.

 

Al volver la banca,

le volví a decir,

que mis moneditas

no son para ti.

 

Yo no soy un rico,

ni lo quiero ser,

y tan sólo espero

que con comisiones

me dejéis de joder.

 

Y si, aun así, siguen,

no las pagaré,

y que le den y mucho

al pirata Lucifer.

Así como estaba, imbuido de lirismo, atendí al señor de correos que se me había aproximado con unos paquetes. Los abrí. Dos trajes. De Zara. Una tarjeta. De Campos y de Playa. Rezaba: «Confiando en un futuro lleno de colaboraciones, le ruego acepte estos presentes que a nosotros no nos vienen». Qué generosidad. Pero, para mi sorpresa, los actos obsequiosos con mi persona acababan de empezar.

Me llegó un sms. De Rica Barrabás. Esta gente era así, muy de sms. Encabezaba con un saludo cariñoso y protocolario, «Apreciado amigo Antón Pirulero». Después me informaba de que había a mi nombre varias propiedades en la Comunidad de Venecia, porque a los hombres así, como yo –léase: y mi dinero–,  había que hacerlos sentir en Venecia como en casa. Vaya, pensé. Ya era uno de ellos. Inmediatamente recibí otro. De Sandro Cabra. Con él, su bienvenida y la noticia de que me convertía en socio de una promotora. Él y yo. Codo a codo. Pastón con pastón. Al parecer, íbamos a construir una lanzadera espacial en la Costa del Azafrahán, en la provincia de Caslimón de Naranja. Si todo salía bien, enviaríamos cohetes a Neptuno llenos de turistas. Cabra me contaba que estaba entusiasmado; «y si las naves no volan, pos ya quedan pa los nietos». Eso decía. Vaya, recuerdo que pensé. En el bolsillo guardaba el teléfono cuando el mismo empleado de correos acercóseme una vez más portando un sobre certificado. Era de Soberbio Crispo, el de la Camperra. Me hacía llegar otro afectuoso y encorsetado saludo y, con él, unos papelitos que leí y firmé al instante. Vaya, diría que exclamé. Y nada más estampar el autógrafo, mi cuenta bancaria acogió el primer pago de su regalito: una pensión vitalicia de siete millones de euros anuales y otros ochocientos mil en concepto de dietas. Me iba a poner tibio. Pero de entre todas aquellas generosidades, con la que casi me atraganto de veras fue con la exhibida por Aurelio Motín: mms mediante, pues era un tipo potentado, me hizo llegar una participación del 25% en el Lucifer. No tardé ni un segundo en recibir otro ingresito en cuenta, un avance de los beneficios del año en curso: mil trescientos milloncetes. A la saca. «Vaya, vaya, vaya», pensé por una y dos y tres veces más.

Pero, a pesar de mi fortuna, jamás iba a renunciar a lo que por encima de todo me constituía: mis principios de trabajador. Mangante, pero esforzado. Dicen que todo el mundo tiene un precio. Yo no. Yo soy sólo valor. Antón Pirulero no ha estado jamás en venta. No podía dejar de pensar que la auténtica función de la literatura es poner de manifiesto la injusticia. Alzar la voz ante la voz que acalla. Acortar las distancias entre clases. La literatura: un arma social. Esa misma concepción tenía Sartre. No sé por qué lo sé, porque yo no leo y un aserto semejante es raro de oír; pero lo sé, ése el caso. Y en esto estaba cuando llamó Pah Lan Chin, mi consejero. Compra. Construye. Destruye. Roba. Dispendia. Vilipendia. De acuerdo. Sí. Bien. Ahá. Okey. Le dije. Y colgué. Y todavía borracho de versos, entré en poética erupción. Era mi mente un volcán en cuya lava, rebelión y fuego se fundían. De mi aliento, irrespirable y pirolítico, manó esta maravilla:

Se alzó el proletariado

cuando el bono fue a la baja.

Y con el bono, el abono,

la faja y la caja

En aquel horizonte que la explosión de mi poética había teñido de añil, pude distinguir la figurilla del funcionario de correos cuyas nuevas me estaban cambiando la vida. Sonreí. Él, solemne, me entregó una carta certificada. Una vida tan honrada tenía que ser insoportable. Me fijé en su rostro. Rutinario. Gris. Firmé. Le di mil eurillos. Dos lilas o malvas o el que sea que tienen como color los billetes de marras. Se hizo luz. La cara lila o malva y roja. Me estrechó la mano. Nadie nunca había tenido gesto semejante con él. En el colegio lo inflaban a collejas por mendrugo. Así le llamaban; «¡fíjese, mendrugo me llamaban!», me contaba con audacia. Pero sucedió que, en algún momento, había dejado de escucharle. Sólo podía mirar aquella carta. ¿De qué se trataba? ¿Derechos de explotación de alguna mina de coltán? ¿Un cachito de Facebook cotizando en bolsa? ¡Cuánta intensidad! No cabía en mí de gozo. Abrí. Leí. Y cuando comprendí, maldije las muelas de unos cuantos. Y aquél –el gozo que queda cuatro frases atrás– cayó en un pozo. Profundo. Más negro que el dinero que de mis orejas brotaba. Era una denuncia por malversación que iba además acompañada por una citación de la Audiencia Irracional.

¿Malversación? Me negaba a aceptar tal cargo. Mis versos no rimaban, de acuerdo, pero yo, como poeta, era puro fulgor. En mis coplas podía apreciarse una  caleidoscópica visión del cosmos así como una sensibilidad exacerbada. Modestia aparte, era yo un rapsoda fuera de lo común. El mejor poeta en potencia desde Baudelarie. Ponle el segundo, lo más estirar. Por eso, yo no malversaba. Versaba estupendamente. No había duda, en este país nunca se ha soportado que talento y éxito vayan de la mano. Alguien me estaba haciendo la cama y creía saber quién. En la eñe de ñoquis encontré su número. Marqué y esperé que descolgara.

– Ñakañaki Unpoquitín, soy Antón Pirulero.

– ¡Ei, Antón! hijo de Ulises y todo. Zeus, el de larga mirada, está que flipa contigo. Con la boca abierta dejadonóos has. Ya formas parte de la Comunidad del Dinerillo. El patriarca Don Aurelio tiene muchas ganas de abrazarte. Eres como un hijo para él –dijo con aladas palabas.

Sabía ser dulce como una garrapiñada y zalamero como el hombre que sabe ser dulce cual garrapiñada. Pero tanto azúcar no era más que una cortina de humo. Azucarado.

– Te voy a hablar clarito, Ñakañaki –respondí–. ¿Qué sabes de la denuncia por malversación que me ha interpuesto Vafaltar Razón?

De repente, su voz rota. Un crujido de dolor la atravesaba cada tres palabras. Por ejemplo,  de haber dicho: «Caminante no hay camino…», un observador en reposo habría escuchado: «Catacrackminante no hay catacrackmino…». Ñakañaki se preocupó como sólo mi epistemológica (¡pffrr!) madre, blanca y pura de tomate,  lo había hecho a lo largo de mi existencia:

– ¿Razón? ¡Oh, no!  –lamentóse profundamente–. Lo lamento profundamente, Antón, jamás pensamos que llegaría a molestarte. ¿Cómo estás? Bueno, vamos a lo que interesa, desde que tengo memoria, Razón me persigue. Nos persigue a todos  respirando su aliento en nuestras nucas.

 – Un asco, sí.

– Ya sabes lo que dicen, todos tenemos un precio. Habrá que sacar al honorable juez del tablero de juego. El dinero es poder, Antón. Podemos callar a Razón. Extirpemos las injusticias que la Justicia comete.

Cuanta equidad supuraban aquellas palabras. Aun así, ya tanto me daba si me querían o no, si me acogían en su seno o tampoco. Tenía dinero y quería más. Qué fetiche ni qué ñiñiñí ñiñiñí. Dinero. Sólo dinero.

– ¿Sigues ahí, Antón?

Naturalmente que seguía ahí. Era uno de ellos y sabría aprovecharlo. Estaba decidido. Los iba a matar a todos.

– Ñaka, debemos reunirnos y decidir cómo sacar de en medio a Razón.

– Esa es la actitud que nos gusta de ti, Pirulero. Siempre dispuesto a entrar en acción.

No sabía bien cuánto. Habíamos quedado en la sede central del Lucifer. Fui en AVE y llegué volando a la capital. Aparecí a primera hora de la tarde con las maletas llenas de dinero fotocopiado. Ñakañaki ya estaba allí. Era igual que en las revistas. Tal que un titán. Sostenía una Fanta, hablaba por teléfono y tenía el semblante cruzado por una honda preocupación. Se explicaba: «A ver, llamo hoy para demostrar mi inocencia. Durante este ratito, he tomado decisiones de manera correcta y con total transparencia… No sé. No estoy al corriente. Que no lo sé. De eso yo no se nada. Sí. No. Eso, mi socio. A mi chati ni tocarla. Sólo sé que nada sé». Me preocupaba que Razón hubiese estrechado el círculo. Antes de deshacerme de ellos, los utilizaría para borrarlo del mapa. Además de rico, quería ser poeta, era necesario despejar cualquier bruma de malversación sobre mis composiciones. «¿Va todo bien, Ñaka?», le pregunté en voz bajita. «Sí, sí, tranquilo Antón –respondió tapando el auricular del móvil con su mano de oro anillada–, son los de la máquina de Fantas. He metido dos euros y no me ha devuelto los veinte céntimos del cambio. Cuando vas de bueno intentan engañarte. Y encima, dicen que es culpa mía. Anda, pasa, pasa, que tomaremos té con pastas. Yo voy enseguida».

Pasé. El despacho era tan grande como el universo conocido. El umbral de la puerta, un horizonte de sucesos. En el centro del despacho, el agujero negro más gordo de la galaxia económica: Don Aurelio Motín. Era igual que en las noticias. Se aproximó con la mano tendida.

– Hijo, eres como un hijo para mí. Anda, pasa, pasa, que tomaremos té con pastas.

– ¿Soy el primero?

– No, Pirulero. Hace un momento ha llegado Fénix Deumilmilet. Pasa, pasa, que os presentaré. Y tomaremos té con pastas.

Deumilmilet estaba afinando una bandarra, que es un híbrido entre bandurria y guitarra. Se decía de él que tenía muy buen oído.

– El viaje ha ido muy bien, Antón, muchas gracias. A usted también espero –me dijo, así, de sopetón. Y, claro, flipé.

– Encantado, señor Deumilmilet. Soy Antón Pirulero y pretendía llegar aquí el primero. Ojalá el viaje haya sido de su agrado –dije después de que él ya me hubiese respondido.

– Sí. Es que tengo un problema de sonido. Lo llaman así: «un problema de sonido», tiene gracia, ¿no es cierto? Y es que el sonido se me adelanta. Nada, no hay cuidado –dijo en respuesta a algo que yo empezaba a exclamar.

– ¡Coño! –exclamé en referencia a su presentación previa– Pero ¿cómo ha podido saber qué le iba a decir? Disculpe el taco, son los nervios.

Había pillado la copla. Decidí no volver a hablarle. Entonces, de repente, se escuchó un tumulto. Agitación. Aplausos. Vivas y vítores. Algún petardo. Llegaba una estrella. Las puertas se abrieron. Envuelto en luz y Armani, se hizo corpóreo Campos. Playa le seguía sonriente. Me llamó la atención la perfección de su peinado. A Fajardo, aquel hombre noble, no le importaba cuánta gomina o brillantina u horas de secador hiciesen falta para erigir aquel tocado hecho de éter. Realmente era gente de dinero.

 – ¿Has visto a esos dos de la camiseta del Levante, Playa? –preguntó Campos.

– Sí, Campos. He percibido que no aplaudían con suficiente entusiasmo–respondió Playa.

– Eso mismo me ha parecido a mí, Playa. Asegúrate de que  no vuelvan a trabajar en toda Venecia. Ni de gondoleros. ¡A mí se me apoya, no hay más! –Sin perturbar aquella elegancia innata que había comprado el dinero, dijo:–. Caballeros, buenas tardes. Siento el retraso.

Un poquitín entro al momento. Tras él, de cerca, Soberbio Crispo, Sandro Cabra y Rica Barrabás, cuchicheaban. A un gesto de Motín, nos sentamos a la elíptica órbita de la mesa de reuniones.

– Señores –introdujo Motín, autoritario–, hay asuntos muy graves que requieren nuestra atención, pero antes, quisiera dar la bienvenida a Antón Pirulero, nuevo miembro de nuestra pequeña e inmodesta Comunidad.

«Te queremos Antón, básicamente por el pastón», entonaron al unísono. Acogí la bienvenida con una sonrisa bajo la que ocultaba mis verdaderas intenciones.

– Bien, dicho lo cual, revisemos el único punto del orden del día: el Juez Vafaltar Razón. Sois ya unos cuantos los que estáis hasta los mismísimos de tanta impertinencia. Su última lindeza ha sido imputar al pobre Pirulero por malversación. Este hombre no tiene ningún recato. Así que, a callarle la boca tocan. Venga, ¡brainstorming!.

– Yo le concedería una pensión –propuso Soberbio Crispo.

 – Bien pensado, Sober. Vaya, me acaba de tocar la lotería. Van nueve veces hoy. Seguimos blanqueando –informó Sandro Cabra.

– Si me permiten, don Aurelio, audiencia –intervino Campos–, me he encargado de todo. Ha sido ridículamente sencillo. Mucha gentecilla me debe favores en Venecia. Promesas, regalos, extorsiones… Preferiría no entrar en detalles, digamos que sé aprovechar mis encantos. En este momento se está celebrando un juicio. Se le acusa de juez. No sale de ésta –y sonó un Nokia Tune –. Mira, un sms –y lo miró–. Es de la Audiencia Irracional. Lo han declarado culpable. Inhabilitado. Listo. Un problema menos. Qué, ¿tomamos té con pastas?

Aquello era eficiencia. Campos era un superhéroe. Hasta me supo mal tener que matarlo. Trataría de parecerme en el futuro, un referente sólido hace mucho bien. Todos le aplaudíamos rabiosamente. Empezamos a llorar. Luego, nos fundimos en empalagosos abrazos. ¡Bravo!, se decía. ¡Viva!, se comentaba.

Era el momento. En mitad del ensueño de aquella explosión catártica, me acerqué a las maletas chinas con disimulo. Las abrí con gracia. Extraje los fajos de billetitos con salero. Y, dando paseítos circulares por el despacho, los fui esparciendo como si se tratase de alpiste. Titas, titas, dije después.

Ante la estampa de los billetes, la caterva de pajarracos comenzó a inflar el pecho, a encrespar el plumaje, a levantar una pata.  A hacer pío. Miradas de soslayo, sonrisas de codicia; No me gustaba ese ambiente. Salí del corro que habían formado, por lo que pudiera ser. Arremolinados alrededor del dinero falso, comenzaron a mujir, a croar y graznar. Llenaron el suelo de babas  y se tumbaron encima. Haciendo comando alcanzaron el montón de pasta. Cada uno de ellos comenzó a chupar su respectivo flanco. El proceso fue un asquito: salivas deshaciendo papel; la masticación triturándolo;  la deglución posterior de un bolo poco alimenticio, pues no sé, asquerosa también. Conforme el dinero se terminaba, se acercaban unos a otros. Hubo empujones. Mordiscos. Puñetazos. Navajas con hambre de riñón.

Terminado el festín, empezaron a alucinar, a perder la cabeza. Sangraban. Playa se despeinó un poco. Unpoquitín preguntaba «¿Nóosgusta? ¿Todo esto es Real?»; Fénix Deumilmilet agitaba las piernas mientras hacía solos de air guitar; Soberbio Crispo gritaba «¡La pensión! ¡No me bajen la pensión!»; Cabra, añorado de Duchamp, propuso: «Deconstruyamos algo, va». Y más apartados, disueltos en un abrazo latino, íntimo, Chicho y Rica entonaron un temita de jazz.

Luego, la digestión. Pesada. El desangramiento. Eterno. El roncar y el eructar y el bostezar. Y al fin, alcanzar la paz eterna. Habían fallecido por comer fotocopias de dinero. Qué cutre todo.

Saludé a las cámaras de seguridad y comencé a hacer llamadas. Y unté a todo quisqui mientras daba cuenta del té con pastas: guardias de seguridad, Gobierno, Justicia, los medios y hasta a los del Olimpo. Motín se había empeñado en ser un padre para mí, por lo que recibí una herencia infinita. ¡Era tan rico!

No fue un crimen limpio. Ni perfecto. Pero era hipermillonario y era libre. Salí a la calle. «¡Pirulero presidente!», berreaba mi prole. Era un superhéroe. Aprendí a sonreír, a vestir Armanis, compré Quetefónica y me puse a graznar de consejero. Como colofón, compuse el mejor de todos los poemas:

 Liba, corticóidea madre.

Liba tomate frito como no libaste en vida. 

 

Te recuerdo mamando a todas horas,

Con tu níveo delantal.

Cerveza, qüisqui  o calimocho

Que sólo el vodka

te sentaba mal.

 

Y no entendí tu halo bendito,

Que entre tantas cosas bellas

Decidió

comprar otro abrebotellas,

y ahorrar tomate frito.

 

Espero, oh madre estupenda,

que a tu ser todo celeste

mi idiotez no le moleste

y perdones a este menda.

La vieja petaca de güisqui sin güisqui es cuanto me queda en este mundo. Bueno, la petaca, una cantidad indecente de billetes de colores, algunas empresas fraudulentas y una multinacional de salsa de tomate que he dado en sacrificio a mi ignota madre. Es inmejorable. No por el dinero o la petaca vacía; no por mis rentas y negocios ni por los avances de mi psicoanalista en el trauma edíptico que vengo arrastrando. No. Es algo mucho más esencial. He concluido el poemario. Disipado toda duda de malversación. Hoy hago versos como churros y, al fin, lo he logrado: ¡que rimen perfecto!

NOTA DEL AUTOR:

Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia. Vamos, hombre.


Ilustración de Fernando Halcón

Anuncios

La noche perfecta

Autora: Chus Díaz

Ilustrador: Fernando Halcón

Correctora: Mariola Díaz-Cano

Género: microrrelato

Este cuento es propiedad de Chus Díaz, y su ilustración es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 LA NOCHE PERFECTA

Cada 24 de diciembre, subo a mi vieja furgoneta y recorro las calles del barrio residencial. Llevo un traje de Papá Noel que me va algo grande, pero que aun así permite que me mueva con bastante agilidad. Una larga barba postiza y un saco marrón completan mi disfraz.

No soy el único que circula esa noche por las calles con la parte trasera de su vehículo repleta de juguetes. Ni siquiera soy el único que aprovecha las sombras para entrar en las casas sigilosas con su saco cargado al hombro. Pero sí soy el único que, al salir de cada casa, lleva el saco más lleno que cuando entró. Y es que yo aprovechola Nochebuenapara colarme en hogares ajenos y llevarme todo lo que encuentro bajo el árbol.

Escojo las casas con especial cuidado. Vigilo que todas las luces estén ya apagadas. Me aseguro de que no tengan alarma de seguridad ni haya perros cerca. Busco una ventana accesible a pie de jardín e intento abrirla; si cede fácilmente, me cuelo dentro. Localizo el árbol de Navidad y voy directamente hasta él: por norma general, encuentro allí todos los regalos. Entonces lleno mi saco y salgo de la casa, dejando el resto como lo encontré.

En mi furgoneta se apilan cada vez más paquetes. Soy precavido, y por eso nunca vacío el saco por completo después de cada trabajo. Si alguien me sorprende rondando una casa, podría sospechar de un saco vacío; pero un saco en el que se intuyen regalos y un guiño de ojos cómplice le harán creer que soy el mismísimo Papá Noel en acto de servicio.

Esta noche, he entrado ya en tres hogares sin problema. Pero la casa en la que estoy ahora me desconcierta: no he encontrado regalos. Ni siquiera he podido localizar el árbol de Navidad. Extrañado, recorro el salón con un sigilo extremo. Busco detrás del sofá, entre las cortinas, incluso en el armario que hay bajo el televisor. No aparece ni un solo regalo.

Estoy tan concentrado buscando mi botín que no le oigo llegar:

—Mamá dijo que este año no vendrías por culpa de la crisis.

Alzo la cabeza para descubrir a un niño en pijama. Sus ojos me observan con ilusión. Reacciono con rapidez, antes de que se dé cuenta de que no soy quien cree y grite.

—¡Claro que he venido! ¿Cómo no iba a hacerlo?

El niño sonríe.

—Deberías estar durmiendo —le regaño, esperando que esas palabras le convenzan. Y parece que surten efecto, porque se gira lentamente hacia el pasillo. Decido jugar mi última carta—. No le digas a nadie que me has visto, ¿de acuerdo? Será nuestro secreto.

Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

El niño asiente y se aleja pasillo adelante. Espero sin moverme hasta que sus pisaditas se vuelven imperceptibles. Confío en que haya vuelto a su cuarto, que no le haya parecido mejor idea avisar a sus padres de que Papá Noel está en el salón. Entonces avanzo con rapidez hacia la ventana, temiendo escuchar en cualquier momento un grito de alarma.

Algo me hace detener en plena huida. Abro mi saco, elijo tres paquetes al azar y los dejo junto a la ventana. Después abandono la casa algo confundido.

El Paisajista

Ilustrador: Fernando Halcón

Correctora: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género:  fantasía, terror

Este cuento es propiedad de Vicente Mateo Serra, y su ilustración es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EL PAISAJISTA
Habiendo vivido en los últimos días una serie de extraños acontecimientos, y con el pleno convencimiento de que ocurrieron, a pesar de que la razón, si es razón lo que mueve los hilos de mi cerebro, me dicta lo contrario; habiendo vivido, como digo, tales acontecimientos y con la incertidumbre de los que aún están por llegar, he decidido dejar por escrito mi historia para que sea el lector quien, tras su lectura, juzgue por sí mismo y extraiga sus propias conclusiones acerca de los hechos acaecidos en este lugar cuyo nombre no revelaré, con el fin de determinar si tales sucesos se encuentran o no más allá de aquello que se conoce como entendimiento del ser humano y del que yo dudo poseer en este momento.
En esos menesteres me hallo, escribiendo con letra gruesa y pulso vibrado esta historia ajena a lo cabal sobre el reverso de un mural inmenso, con el único utensilio del que dispongo para la escritura: una brocha hecha con pelos de castor, algo ruda pero eficaz para esta labor. Escribiendo con el miedo y la convicción de que pronto vendrán a por mí los del pueblo; por eso he de ser breve y acabar mi historia antes de que me encuentren y se me lleven.
La historia comenzó, y digo comenzó pues es preciso establecer un punto de partida, hallándome yo encaramado a lo alto de un olmo, hecho éste que no se debía a una elección propia, ya que de otro modo no se explicaría tal coyuntura. Aquella era una situación insólita para mí, pues jamás me había aupado hasta semejante altura excepto cuando, siendo niño, hacía sonar las campanas del monasterio; pero entonces el bosque distaba mucho de la torre y lo único que se veía desde allí era el trasiego de los monjes, aunque de eso hace ya mucho tiempo y es otra historia. Allí en el bosque, desde ese ángulo inusual, podía disfrutar de aquel paisaje puesto allí al servicio de la belleza. Toda una gama de verdes y amarillos bañaba las hojas de los árboles a mi alrededor vistiéndolas con sus mejores galas cuando el sol las acariciaba. Algunos árboles cercanos al mío se elevaban paralelos hasta mi altura, otros la sobrepasaban más allá lanzando un puente entre la tierra y el cielo, pero mi vista no podía alcanzarlos debido a las molestias de mi cuello.

A gran distancia bajo mis pies, un sendero serpenteaba flanqueado a ambos lados por densos arbustos hasta llegar al pueblo, del que como he dicho antes no revelaré su nombre, y se bifurcaba en otros dos más estrechos. Uno de ellos llegaba hasta un pequeño claro donde discurría el cauce de lo que en otra época fue un río y que deslucía el bosque como un cráter, pues ahora yacía seco y vacío. El otro sendero era más difícil de encontrar. En algún lugar se mostraba y en otros se mantenía oculto bajo la hojarasca, y era necesario seguirlo con la intuición para comprobar que no conducía a ninguna parte, sino que quedaba sepultado por una mole de piedra aparentemente desubicada a la vista del lienzo que pintaba la naturaleza para mí, repleto de tonos y matices de colores aún no explorados por mis ojos.

No se puede describir con palabras, y por tanto no lo haré, los sentimientos y emociones que transmitía el bosque, ambientado por el coro armonioso de multitud de aves ocultas tras la frondosidad de los árboles, que dejaban escapar entre las ramas su lírico cantar, impregnando la zona de un rico surtido de armónicos presentes. Quise cerrar los ojos, como si este hecho potenciase el sentido del oído y encauzase hacia allí, aquel torrente de sonidos melódicos y timbrados que musicaban el lugar. Quise cerrar los ojos para aspirar con más intensidad aún si cabe los aromas de color verde que desprendía aquel ambiente que alteraba los sentidos. Quise cerrar los ojos pero no pude, ya que los párpados se hallaban colapsados por mis ojos lluviosos y precipitados hacia delante, y los reducían a membranas amorfas que no respondían a las órdenes que marcaba mi cerebro; así que no los cerré, pero seguí escuchando, concentrado en los malabares y piruetas musicales que un gorrión parado sobre mi hombro —quizás tratando de entablar una conversación amistosa conmigo— se preguntaba qué clase de animal era yo y me invitaba a compartir su rama y así también su hogar.

Por eso al principio no reparé en ello, y tuvieron que pasar unos segundos para darme cuenta de que aquella mole de piedra desubicada al final del sendero que se mostraba y escondía bajo la hojarasca, hermano gemelo del que iba a parar al río, ambos bifurcados del sendero principal que serpenteaba a gran distancia bajo mis pies y que conducía al pueblo cuyo nombre no revelaré… aquella mole de piedra se había movido. Y no lo hizo una sino varias veces. Y tras ella aparecieron unas manos y después otras, que precedieron los cuerpos de dos figuras imponentes que, sin esfuerzo, retiraron la roca, bajo la cual apareció un foso escavado en el terreno y del que surgió un tercer personaje. Lo único que podía hacer era observarlos y asombrarme ante tales criaturas cuyo aspecto difería de los seres que pueblan las leyendas y canciones del lugar. No eran duendes ni eran trolls, más bien parecían ogros por la fuerza descomunal que poseían, pero no por su aspecto. Caminaron hacia mí con la seguridad de saber lo que buscaban y no les causó impresión verme allí arriba, colgado de una rama, con el rostro lívido, ojos y lengua proyectados hacia delante, gesto grotesco y mueca burlona, producto de la asfixia. Ni siquiera tomaron en cuenta el peso y rigidez de mi cuerpo cuando uno de ellos trepó y cortó la cuerda que me mantenía ingrávido, y los otros dos alzaron mi cuerpo con la ligereza con la que se sostiene una pluma y me transportaron hacia la fosa de la que habían aparecido.

Me preguntaba si serían seres enviados del más allá o entelequias de ultratumba con el encargo piadoso de darme sepultura, una vez desposeído de toda existencia terrenal, y soterrar así los actos más miserables y de más baja moral que cometí en vida; otorgando al fin a mi cuerpo el descanso eterno que merece todo ser que vive o muere bajo el mismo cielo.

Esos eran mis pensamientos conforme nos acercábamos a la fosa mortuoria, pero una vez allí ante ella, pude comprobar que no era como la vi a gran distancia desde lo alto de mi árbol, sino mucho más grande de lo que pensé en un principio, y que no se trataba de una fosa sino de algo más profundo e inquietante. Era una gran abertura de la que descendía una escalera hecha de peldaños construidos sobre el terreno y en cuyas paredes laterales había dos antorchas que apenas iluminaban la entrada, por lo que era difícil adivinar la profundidad de la negrura. Una vez dentro, dos de mis acompañantes cerraron la abertura colocando de nuevo la mole de piedra desubicada en su lugar.

Cogieron las antorchas de la entrada y se pusieron delante y detrás del que me portaba, escoltándonos en el descenso de tal forma que la escalera sólo quedaba iluminada a nuestro paso mientras bajábamos. A veces, la escalera giraba a uno y otro lado, no giros bruscos, sino suaves, y siempre descendiendo.

Llevábamos horas bajando y seguíamos haciéndolo, y por fin llegamos a un espacio más amplio en el que habían tres huecos en la pared donde desembocaban tres escaleras como la nuestra. Fuimos hacia una de ellas y continuamos descendiendo. El escenario se repetía una y otra vez: galerías angostas y húmedas, fruto de la lluvia del exterior que el terreno drenaba y rociaba en los túneles por donde discurrían las escaleras, repletas de peldaños incontables, al final de los cuales siempre hallábamos lo mismo. Y cuanto más descendíamos estos espacios eran más amplios y mayor el número de escaleras que partían de ellos, y también éstas se volvían más anchas, y por ellas corría hasta nosotros una sinfonía de alaridos y quebrantos proveniente de las entrañas de aquel antro. Llegamos a una zona donde la oscuridad no era tan espesa y un fulgor anaranjado, débil aunque lo suficientemente claro para iluminar nuestro paso, nos mostraba el camino, y aquí fue donde mis acompañantes se deshicieron de las antorchas y anduvieron hasta una escalera, y continuamos bajando.

No sé cuánto tiempo transcurrió cuando por fin descendimos hasta lo que supuse sería el nivel inferior, pues ya no volvimos a hacerlo, y la fría temperatura de fuera, que nos siguió en los primeros pasadizos, se templó a mitad de camino y ahora era un sofocante bochorno.

Lo que allí vieron mis ojos me llenó de asombro pues su belleza era tan hipnótica como siniestra. Ante mí se extendía un mar subterráneo, no un mar corriente, sino un mar de lava, como las brasas de una gran hoguera, y su resplandor era tal que refulgía contra las paredes de la caverna; y en ellas se entretejían las sombras de tétricas ramas que no eran sino las raíces de los árboles del exterior plantados del revés formando un espeluznante bosque invertido que dotaba al lugar de un aspecto terrorífico.

También se oía por doquier una pieza macabra compuesta por incisivos y afilados graznidos, capaces de contraer el corazón y helar el aliento. Cuando mis ojos se hicieron a la oscuridad, vi cómo dos hileras de alternas llamaradas formaban un pasaje que nos condujo ante la base de unos gigantescos muros esculpidos en la roca, donde se hallaban incrustados dos inmensos y pesados portones de color negro —cuya altura se perdía en la penumbra—, construidos con algún material duro y brillante similar al basalto. Solamente en su superficie pude ver reflejado a la luz de las tinieblas un sinfín de espectros alados sobrevolando nuestras cabezas, dueños de aquel gorjeo fantasmal, y a nuestro alrededor, figuras difusas que vagaban erráticas en aquella oquedad lúgubre, como espíritus sin cobijo a las puertas del infierno.

Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Y las puertas del infierno se abrieron y tras ellas surgió una bocanada de fuego cuyas lágrimas ardientes salpicaron mi rostro. Y las llamas se alzaron ante mí desafiantes, prendiendo los resquicios de mi arrojo, y subyugado por su dominio, me dejé arrastrar por ellas. Entonces el fuego penetró en mí y se hizo la sombra en mi interior.
Obviaré relatar lo que allí ocurrió por no contagiar al lector la amargura de mis palabras al describir el escenario de aquella guarida macabra. No hablaré de los seres que allí habitan como aquellos que transportaron mi cuerpo, esos seres y otros muchos como ellos y peores. No mencionaré las serpientes sin cabeza, ni los horrendos engendros de la naturaleza, ni esas formas retorcidas lamiendo sus propias formas. No hablaré de los cuerpos raídos vacíos de espíritu. No lo haré. Sólo diré que al despertar de nuevo en el bosque, pensé haber salido de un sueño y aún hoy lo creo cuando busco y no hallo el surco que la soga dejó en mi cuello. Y por eso me siento un hombre nuevo pero vencido, porque mi alma permanecerá allí prisionera si no cumplo lo prometido.

Han pasado seis días desde aquello y el desánimo me abate. Percibo en mi interior el recuerdo de un acuerdo con lo oscuro, y la resignación por un destino que estoy obligado a cumplir. Y aquí me encuentro, con una brocha hecha con pelos de castor, algo ruda pero eficaz para esta labor, mezclando aceites con pigmentos para formar una pintura, con la idea de plasmar sobre el lienzo de un mural inmenso la pura esencia de la natura y borrar así de un brochazo el bosque que tengo ante mis ojos.

Podría parecer una ilusión o quizás un delirio, pero ya advertí al principio que estos hechos escapaban a toda lógica. Lo cierto es que lo oscuro tenía las siniestras intenciones de sembrar el fuego en la tierra, pero debía hacerlo sin destruir los bosques pues los reservaba para otros fines que no me fueron revelados; y cuando supo de mi oficio, que era el de paisajista, puso a mi alcance un mural maldito que abarcaba más allá de lo que puede alcanzar la vista, con el embrujo de hacer desaparecer cuanto se pintase sobre él. Así pues, yo debía plasmar en aquel lienzo el bosque entero, y cuando acabase con aquél empezar por el siguiente, convirtiendo la tierra en un páramo yermo.

Así fue cómo los designios del destino me convirtieron en un peón al servicio del rey negro, en un soldado sin voluntad en la vastedad de su ejército. Tenía el poder de reclutar a cualquiera que pudiera serme útil, pero preferí no adentrarme en el pueblo y evitar a sus habitantes. No hallaba respuestas para explicar el extraño sortilegio por el que había vuelto a la vida, más aún cuando fueron ellos los que acabaron con ella en lo alto de un árbol al considerar que mis actos eran obra del demonio, aquellos en los que yo y otros como yo conseguimos secar los ríos y transportar su agua hasta el cielo en odres y corambres de cuero.

Viendo la ardua tarea que tenía por delante me puse manos a la obra de inmediato y empecé a pintar, y elegí borrar primero el olmo del que estuve colgado, y desapareció. Después otro árbol y otro y así sucesivamente.
El frío entumecía mis dedos por las noches mientras pintaba con el débil resplandor de una vela para no atraer a las fieras del bosque, pero el anochecer del tercer día trajo consigo a los lobos, que ya habían advertido mi presencia. Sus sobrecogedores aullidos marcaban el ritmo de mis trazos y sus ojos acechantes me asediaban en las infatigables vigilias. Se protegían en la oscuridad, esperando verme desfallecer o prestos a lanzarme su ataque voraz en cualquier instante. Y conforme pasaban las noches notaba su presencia más cerca. Tan amenazante era que los grillos guardaban silencio.

Una de las noches, estando ya tan a su alcance y sintiéndome ser su presa, uno de los lobos rompió el cerco formado por el resplandor de la vela y se presentó ante mí mostrándome sus fauces, pero ocurrió que otro lobo, el que parecía jefe de la manada, se abalanzó con un enorme salto y descargó su cuerpo contra el primero, clavando sus afilados colmillos en el cuello y desgarrando la carne a dentelladas. Pensé que le hacía pagar caro el atrevimiento de intentar ser el primero en probar bocado. Entonces abandonó el cuerpo del que yacía muerto y se me acercó tanto que pude notar en mi piel su aliento, clavó sus ojos en mí y lanzó a la noche el aullido más desgarrador que jamás oí. Cuando ya me tenía a su merced sucedió algo inesperado porque el lobo retrocedió, dio media vuelta y se adentró en el bosque llevándose consigo al resto de la manada.

Esas eran mis noches. Por el día el sol me alentaba a continuar mientras el bosque dejaba de existir con cada una de mis pinceladas. A medida que pintaba, la magia del bosque se evaporaba hasta desaparecer. Era triste ver cómo aquel paisaje de colores y aromas desaparecía abruptamente en un determinado lugar y continuaba en un espacio, tan inquietante por su vacío como por su silencio. La desolación se palpaba allí. Los animales que penetraban en él salían desconcertados y claramente alterados. A cada minuto más cantidad de ellos se reunía en torno a mí, sin saber dónde ir ni qué hacer, pero conocedores de que yo era el culpable.

Casi podría decir que fui obligado por sus miradas acusadoras a adentrarme en esa zona muerta y comprobar por mí mismo el embrujo del lugar. Lo hice, y lo que allí sentí fue la privación de los sentidos. La nada absoluta. Como la presión de algo no definido que embute el cerebro aplastando cualquier ápice de sensibilidad. Un vacío carente de todo.

Me flaquearon las fuerzas pero ni siquiera lo noté. Lo hice cuando regresé al bosque, y me sorprendí dando tumbos mientras corría, porque allí dentro no sé cuándo empecé a hacerlo, ya que no oí el sonido de mis pasos sobre un suelo que mis ojos no vieron. El tiempo pasó imperceptible para mi, y una vez fuera se me vino el mundo encima y fui presa del remordimiento ante el terror de un futuro baldío. Eso es lo que me llevó a escribir esta historia y dejarla plasmada en el reverso de este mural inmenso.

Y mientras escribo veo cómo un manto de nubes va cubriendo el cielo y apaga el sol. Y veo cómo llega la tormenta y desata su ira y arrecia su cólera. Ruge el viento y moja la lluvia, que borra todo mi lienzo. Y los árboles vuelven a su sitio y maldigo al causante de aquello. Y pienso. Pienso en aquél que me devolvió la vida por un pacto. Y pienso en aquel que nunca escuchó mis oraciones. Pienso, y aun así rezo. Y es entonces cuando ocurre, que las nubes que ocultan el cielo se agitan y no lo hacen una sino varias veces, y tras ellas aparece un fulgurante resplandor cuyo haz luminoso me baña por entero y marca el camino a los cuerpos ligeros de tres poderosas figuras aladas que vuelan veloces hasta mí. Parecen estar tocadas de una gracia especial y lo único que puedo hacer cuando me llevan es observar y asombrarme ante tales criaturas cuyo aspecto difiere de los seres que pueblan las leyendas y canciones del lugar.

Vicente Mateo Serra – tico

Del azul al negro

Autor: Miguel Ángel Rodrigo

Ilustrador: Fernando Halcón

Corrector: Elsa Martínez

Género: Relato

Este cuento es propiedad de Miguel Ángel Rodrigo, y su ilustración correspondiente es propiedad de Fernando Halcón. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Bajo la tierra que sirve de suelo al mar hay enterrado un océano.

Del azul al negro.

Leí en algún libro la historia de aquellos jóvenes. O eso creo. Chico y chica. Él todavía niño y ella ya adolescente. Se divertían jugando en el agua de alguna playa de no sé dónde; tampoco sé a qué jugaban. Lo que sí sé es que el chico, tras golpearse la cabeza contra una roca del fondo, perdió el conocimiento. Un desgraciado y fortuito lance. Entonces su cuerpo liviano comenzó a aflojarse; a hundirse ante la mirada de ella. Atónita y desesperada. Lo hizo muy despacio, tragado por una cadencia tan irreal como inexorable.  Sé también que la chica ya adolescente reaccionó a tiempo y se lanzó bajo las olas decidida a dar con él. Los nervios la atenazaban. Estaba rígida y se movía torpemente bajo el agua. Por eso, en el fondo del mar de aquella playa de no sé dónde, el cuerpo del chico todavía niño le pareció tan pesado como el de un hombre adulto. Iba a necesitar más que un esfuerzo para remontarlo hasta la superficie. Aun así, lo logró. Y lo llevó hasta la arena donde, a salvo de olas y corrientes, trató de reanimarlo. El niño entregó su boca y confió su alma al aliento de ella. Y llegó la tos y volvió la vida. Después de un par de estertores de agua con sal, un torrente de oxígeno alcanzó hasta el último de los alveolos de él. Ella lloró de alegría. Besó aquellas mejillas de niño que recobraban por momentos su color. Él lloró de desconcierto y de miedo ante la certeza de que algo grave había estado a punto de suceder. Se abrazaron en mitad de la sorda quietud que les envolvía. Un silencio sólo roto por el murmullo de las olas. Casi completo. Aún tardarían un tiempo en comprender que, durante su accidentada inmersión, por alguna causa inexplicable, toda la gente en todo el planeta había muerto. A partir de entonces, estarían solos los dos en el mundo.

He olvidado el título del libro y también el nombre de su autor. Pero esta historia ha pasado a ser esencial para mí. Tanto que desde hace tres días o, mejor dicho, dos noches, he decidido no volver a dormir más. Nunca. Sé que a priori esta vigilia autoimpuesta no parece guardar relación alguna con el hilo de la novela. Lo sé. Pero es que hay más. Es también desde hace tres días que el argumento de esa ficción es mi único recuerdo. El resto está en blanco.

Vago por esta ciudad que he olvidado o que quizá ni conozco; pero  ya no me desespero. Tampoco hoy he visto u oído a nadie. A nada que tuviera la vocación del movimiento. Ha sido mi tercer día aquí. Muy parecido a  los dos primeros: solitario; polvoriento. Aunque ciertamente, más tranquilo. Más reposado. Quizá porque ya he asumido esta nueva realidad. Nueva y también única para mí porque es la que conozco. Pánico y desconcierto al principio. Ni siquiera hubo un despertar, un primer instante. De repente, estaba ahí. Arrojado. Deambulando por una gran avenida desierta. Examinaba las calles nerviosamente; andaba escudriñando  a conciencia las esquinas y hasta los rincones de las esquinas, los bajos de los edificios y el espacio íntimo entre los coches quietos y el asfalto seco. Y  sólo un recuerdo en la memoria: dos chavales, un chico aún niño y una niña ya adolecente, descubriendo un mundo aniquilado que se olvidó de aniquilarlos también a ellos; el recuerdo huérfano de una lectura. Y sólo una intuición certera en el alma: ‘no te duermas’. Así se fue quemando el primer día y su correlativa noche y la subsiguiente mañana del segundo día: sin tiempo siquiera de hacerme preguntas. Sólo ocupándome y preocupándome de dar con otras presencias. Preguntándole al vacío si había alguien más allí. Y como sola respuesta el vacío mismo.

La segunda noche experimenté el horror de rendirme al sueño. Conforme el cansancio aumentaba, iba menguando mi conciencia de alarma. Empecé a caminar más despacio, a relajar mis sentidos, a sentirme en exceso relajado. Mi percepción del riesgo se volvió brumosa. Diluida entre bostezos. Terminé por sentarme en el suelo, junto a una cabina de teléfono en la que recosté la espalda. Necesitaba detenerme. Estaba roto. Extenuados el ánimo y la conciencia. Y, poco a poco, me abatió el agotamiento y mis ojos se cerraron. La pesadilla arrancó de inmediato. No podía respirar. Lo intenté con toda mis fuerzas, pero una dificultad insólita me impedía llenar los pulmones de aire, como si estos estuviesen anegados de cemento líquido. Después, el mareo y la náusea. Desperté al límite. De haberse prolongado un segundo más aquella asfixia, habría muerto. Estaba seguro de eso. Abrí cuanto pude boca y pulmones y cogí aire aspirando todo a mi alrededor. Tomé oxígeno y tragué polvo de alquitrán. Sentí lágrimas resbalar por las mejillas, probablemente, fruto del prurito que hacía arder mis ojos. Mi piel estaba seca y el pensamiento algo embotado. Tal y como me había aconsejado la intuición, no me volvería a dormir. Nunca.

Es ya la tercera noche que no duermo y que no sé responder a nada. Quién, qué, por qué. Cómo. Sólo y solo camino. Y oigo algo. Son pasos que me siguen lo que escucho. Sin duda. Pasos de alguien. Alguien al fin. Pero estoy tan reventado como contento, y por eso, de momento, no me giro. Prefiero no saber aún. Temo la desilusión de un espejismo. Andaré un poco más. Un rato sabiendo o creyendo que no estoy solo aquí. La ciudad desierta y los pasos que me siguen todavía siguen tras de mí. Me arrulla el ritmo de sus pisadas. Por primera vez desde que empecé a ser en esta irrealidad, recupero la agradable sensación de estar acompañado. La recuerdo en abstracto; algo es algo. No hay viento ni luna ni hace frío o calor. Sólo es de noche y no tengo sueño. Porque sé que no ando solo sino en compañía de unos pasos que son mi sombra. De repente una voz surge y deja de ser sólo pasos: ‘¡Eh, tú!’. Voz de niño o de niña. Me vuelvo. Es una niña. No es la misma niña de mi recuerdo. No se le parece. No la conozco pero ella me mira con fastidio, igual que lo hace quien guarda un reproche para el pariente o el amigo. ‘Ya era hora’, dice como si le molestase el tiempo que ha invertido en seguirme o el que haya podido pasar buscándome. ‘¿Te conozco?’, le digo yo. La pregunta es estúpida. Sé la respuesta: no la conozco porque no la reconozco ni la recuerdo. Más bien debería haberle preguntado si ella me conoce a mí. ‘Pues claro que no,  idiota. Aquí no conoces a nadie.’ Su seguridad me hiela. Parece que sí me conociera o conociera al menos mi situación o el entorno árido en el que vengo habitando. No es el tipo de ayuda que esperaba encontrar pero  es la ayuda que he encontrado. Me aventuro: ‘¿Sabes quién soy?, ¿tú me conoces a mí?’. Sonríe ahora como la niña que es. ‘Que sí, tonto. Tengo sed. ¿Me compras algo?’.

‘¡Eh!, despierta. No debes dormirte.’ Siento la rigidez fría de la muerte y siento después la vida volver en el último instante. Aspiro, tomo, devoro bocanadas de aire como si acabara de nacer. De nuevo las lágrimas y los ojos irritados. También de nuevo seca la piel y la razón desperezándose. La niña me mira y sonríe como si yo fuera el niño y ella la adulta. ‘¿Mejor?’, pregunta. Afirmo con un movimiento de cabeza. Pero estoy hecho polvo. Me doy cuenta de que habría muerto de no ser por ella. Estamos en la terraza de algún bar. Frente a mí una cerveza helada que nadie ha servido. Ella bebe sin interés un refresco de color imposible. Estamos solos. Le pregunto que qué ciudad es ésta. ‘Cualquiera.’, responde también sin interés ni misticismo. No voy a sacar nada de ella. Da otro traguito. ‘Vamos, bebe. No tenemos toda la noche.’, dice.

–No tengo sed.

No me apetece preguntarle nada más. No es por la ambigüedad de sus respuestas, ni por la poca fe que tengo en lo que una niña friki pueda aclararme sobre mi presencia en este lugar absurdo. No, nada de eso. Es más bien desgana. Desidia. Una suerte de indolencia me impide averiguar nada porque no sabré después qué hacer con ello. Ni al lado de qué ubicarlo. Porque para qué descubrir mi nombre si ni siquiera sé quién soy. Para qué; si aunque averigüe mi edad o estado civil seguiré sin conocer mi color favorito o en qué gasto el tiempo libre o si amo a alguien. Para qué si siempre seguiré incompleto. Son demasiadas las cosas que hay que saber para vivir la propia vida. Me aturde la inmensidad de lo que ignoro. Es más fácil seguir sin identidad. Y es que la identidad se sustenta en los recuerdos. Las vivencias, la nostalgia o el amor; todo son recuerdos. Incluso la esperanza y el deseo se basan en ellos. Sobre ellos calculamos, planeamos y finalmente edificamos las hipótesis sensibles del porvenir. Los recuerdos son las fotografías de verdades y mentiras que nos han atrapado a lo largo de nuestros días. Las retocamos según conveniencia y así certezas y falsedades se adecuan a nuestras necesidades. Éstas, a su vez, son condición sine qua non para estar vivo. La condición de posibilidad de la existencia. Y es que la vida, en definitiva, es un repertorio más o menos ordenado de recuerdos. Un álbum de fotografías retocadas. No sé quién soy ni sé nada, pero eso sí lo sé. He dejado de sentir mi vida en riesgo porque mi vida no es nada que yo quiera. Que yo añore. Porque no la conozco ni la echo de menos ni extraño a nadie en ella. Mi vida es poco más que un azar fisiológico.

–¿Hay algo que quieras saber?

–No.

No quiero. Me basta con saber que debo estar despierto para evitar el sufrimiento. Miro el  asfalto pero presiento su sonrisa condescendiente. Compasiva. ‘¿Cuánto crees que podrás resistir despierto?’. Sabe en qué pienso. ‘¡¿Qué?!’, grito. Estoy harto de este todo. De ella. ‘A ver, sí, explícame una cosa: ¿quién narices se supone que eres, niña?: ¿Un espécimen reducido de Cicerón? ¿Eres acaso el mesías? ¿El que ha de venir?  ¿Me vas a leer la mano o a echarme las cartas a ver qué pasa? ¿O sólo eres una niñita entrometida que ha venido aquí a tocarme…’, respiro profundamente y recuerdo que tiene menos años que yo dedos en las manos, ’…a tocarme la moral?  Bien, dime: ¿quién?’.

–Soy tú. Una parte tuya que no conoces. No tengo conciencia. No sé que existo; coincidimos en eso. Pero sí sé dónde estás tú en realidad.

Siento entonces la ropa pesada y húmeda; y aligerarse el cuerpo. La visión se hace borrosa igual que si estuviese mirando a través de unas lentes inadecuadas. La niña se difumina. La ciudad vacía se disuelve. Yo me desvanezco.

–Ya no puedes más. Tranquilo, esto tenía que llegar.

Mis brazos se mecen. Livianos. Ingrávidos. Los distingo elevarse sobre mi rostro. Con un movimiento suave los devuelvo a su reposo. Balbuceo un ‘por qué’.

–Ahora sí: duérmete. Déjate llevar y hasta resultará agradable. Me refiero al tránsito. Vamos, cierra los ojos, no te opongas. Yo te explico. No han pasado tres días desde que empezaras a vagar por esta ciudad: han sido apenas un par de minutos. No te lo ha parecido porque te estás ahogando. Te mueres. Ya sabes lo que se dice, que es un final dulce; un alivio con que obsequia la privación de oxígeno. Así que duérmete. No temas. Porque en realidad, cuando duermes, despiertas. Cierras tus ojos aquí y los abres en la vida que sí es tuya. La que está extinguiéndose. Tu cuerpo, el  de verdad, está bajo el mar, sentado al volante de un coche que nunca debería haber dejado el asfalto. La asfixia, el fuego en los ojos, los pulmones llenos de líquido, la tirantez de la piel o el embotamiento… Todas las sensaciones que te sacudían al dormirte eran reales. Terribles. Las primeras que provoca el ahogamiento. Y las sentías aquí, bajo el mar. Al poco, tu cerebro ha dejado de recibir oxígeno. Es un tiempo breve el que se resiste, pero suficiente para a alucinar y evadirte. Has moldeado el tiempo a placer. Lo has estirado como si  fuera un chicle y construido este mundo vacío. Y te has ido a él. Supongo que por eso recuerdas ese libro. O quizás recuerdas el libro a causa del mundo sin nadie que has recreado. No puedo saberlo. Sólo sé aquello que tú me permites saber. Ah, por cierto, el recuerdo que conservas se basa es una novela de Manuel de Pedrolo. El título te lo llevarás contigo. Igual que todo lo que no he podido contestar. Te vas con quién eres; con todo ese equipaje, pero sin conocerlo.

Recuerdo caer del azul al negro. Siento el agua inundando las fosas, la garganta, los pulmones y el estómago. Dulcemente me abandono. Me alejo. Frente a mí, caminan un chico todavía niño y una chica ya adolescente. Pasean bajo el mar. Hago un gesto con la mano. Quizá el último. Y saludo.

 Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Miguel Ángel Rodrigo Jiménez.

Navàs, 29 de julio de 2011.

En la penumbra

Autora: Olga Besolí

Ilustradores: Fernando Halcón y Julio Roig

Corrector: Elsa Martínez

Género: terror (a partir de 13 años)

Este cuento es propiedad de Olga Besolí, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Fernando Halcón y Julio Roig. Quedan reservados todos los derechos de autor.

EN LA PENUMBRA

Solo puede existir la luz allí donde antes hubo oscuridad. El mundo se compone de luces y sombras, aunque nadie ose proyectar su mirada hacia la penumbra. Por miedo unos, por respeto los otros, todos somos seres que buscan permanentemente la luz. Invadimos de neones, focos, farolas, semáforos, lámparas y bombillas nuestra existencia nocturna, en un intento desesperado de convertir en un falso día, mediante la electricidad, nuestras horas más oscuras y frías. Hasta la llegada de un nuevo amanecer. Entonces la ciudad despierta ruidosa y atareada, bajo los primeros y mortecinos rayos solares que traspasan la espesa neblina de gases y contaminación que flota sobre nuestras cabezas. El tráfico ensordecedor impone ritmo al paso ajetreado de los transeúntes que, como hormigas dentro del hormiguero, dan movimiento al engranaje de este inmenso cementerio de argamasa y cristal. Tan intenso es el tráfico que ni un aparatoso accidente mortal detiene ese goteo ininterrumpido de idas y venidas, de miradas ausentes, de rostros inexpresivos, de zapatos que sortean sin ningún recato los adoquines incrustados de sangre fresca y fragmentos de huesos. En esta gran urbe, la gente padece ceguera ante todo lo que le rodea, ante la fealdad o la belleza, ante la maravilla o el horror. No existe el pánico, tampoco la felicidad. Todos tienen prisa, pasan, te adelantan, te golpean, te ignoran. No son nadie. Tú no eres nadie para ellos. Transparente como el cristal de los ventanales. No te ven. No se arriman. No se asoman.

Pero yo si puedo verlos a ellos. Sé que son personas de ojos ciegos y vidas vacías. Caminan siguiendo las luces que ellos mismos han construido. Verde, rojo, naranja. Caminar, parar, caminar. Son cáscaras huecas con forma humana que siguen su propia inercia. Por no sentir, no sienten ni la vida misma, de la que ni siquiera son dueños. Andan como muertos por dentro, dormidos. Son Zombis de alma ausente. Y no quieren despertar. Prefieren permanecer embobados en ese sueño de la existencia simple, dónde hay que correr mucho para llegar a ninguna parte; donde impera la mediocridad rutinaria.

Por eso temen tanto la oscuridad. Porque aviva los sentimientos que permanecen dormidos bajo la amarillenta luz del día, y resucita los otros sentidos, aquellos que no tienen nombre; los que te permiten observar sin ver, escuchar sin estar cerca, prever sin deducir, conocer sin haber estudiado. Los que yo domino. Desde siempre. Pero no soy una excepción ni un monstruo. Soy tan humana como los demás, aunque, por razones que todavía no entiendo, nací con los sentidos abiertos, todos.

Yo me muevo bien entre las sombras. Ellas me muestran a los verdaderos seres que habitan en esta ciudad. Aquellos que realmente están vivos. Y los puedo escuchar dentro del silencio que acalla todas las voces. Gruñen. Gritan. Se desplazan con destreza. Controlan a los humanos en cuanto entran en contacto con ellos.

Ilustración de Fernando Halcón

Ilustración de Fernando Halcón

Los llamo “los gatos negros”. Aunque no maúllen. Pero tienen su mismo tamaño y color. Son seres de forma cambiante, indefinida. Aparecen repentinamente de la nada, como nubes oscuras de gases comprimidos que se deslizan a ras del suelo. Atacan con garras, uñas y dientes inexistentes aquello que encuentran a su paso, pues son seres malignos y de bajo astral. Provocan heridas que tardan en cicatrizar. Y duelen. También se infectan fácilmente, pues la maldad es contagiosa. Hay que tener mucho cuidado con ellos, son peligrosos. Se pueden vislumbrar de reojo, mientras se meten en los bajos de una escalera por la que un niño empujará a otro; o colándose por una ventana de la que, segundos después, saldrá un televisor volando que terminará estrellándose contra el suelo; o entrando en aquel portal desde donde, de repente, se oirán golpes y gritos. Las noches de luna de sangre ofrecen el escenario perfecto para su aquelarre particular. Entonces los seres humanos caen por doquier bajo su dominio.

Luego,  al día siguiente, todos los noticiarios coincidirán en que “la locura se apoderó ayer noche de los ciudadanos, debido a la influencia magnética de la esplendorosa luna llena, provocando un grave aumento de los asesinatos, atracos, violaciones y actos vandálicos perpetrados contra la propiedad urbana, con un número total de víctimas que asciende a….”. No fue la locura, fueron los “gatos”. Llenan con su energía maléfica todo aquello que esté vacío. Y todos los habitantes de esta ciudad están huecos por dentro. Todos salvo unos pocos privilegiados. Como nosotros. Por eso hemos formado nuestro pequeño escuadrón nocturno. Durante el día no somos nadie, solo unos más entre la muchedumbre, pero al entrar la noche mostramos nuestra verdadera identidad. Somos cazadores de “gatos”.

Hoy la luna se ha vuelto a teñir de rojo. Significa que toca batida. Habrá un exterminio entre las sombras. Y los habitantes diurnos no se enterarán de nada. Como siempre. Seguirán dormidos; ciegos y sordos a todo cuanto les rodea. Hasta el día de su muerte. O quizás incluso mucho después…

Ilustración de Julio Roig

Ilustración de Julio Roig

Mientras corro al encuentro de mi grupo, pues ya está avanzada la noche, me cruzo con el atropellado de esta mañana. Sigue en la calzada, de pie, sobre el paso de peatones donde fue arrollado, pisando sus propios restos de sangre seca. Él, como otros, permanece enganchado a los eternos neones de la metrópolis. Parece confundido. En los próximos días vagará perdido por las calles de esta ciudad, a no ser que alguien lo encuentre y lo guíe. Es poco probable que eso ocurra. Seguramente terminará como los demás, como los miles de fantasmas que transitan por las calles de la urbe a la noche. Se chocará con los otros, se entrecruzaran, pero no se darán ni cuenta. Los espíritus perdidos en la oscuridad son muchos, demasiados, pero se creen entes solitarios, pues no pueden verse entre ellos. No cambian tanto de cuando estaban vivos, cuando eran ciudadanos diurnos, salvo que la palidez ha anidado en sus rostros y ya no siguen un rumbo fijo. Su paso ya no es acelerado. Ahora son conscientes que no saben adonde van. De vez en cuando alguno se acerca a una esquina y pregunta sin voz a una prostituta como volver a casa. Pobre hombre, no sabe que ahora es más invisible que cuando estaba vivo. Ni siquiera pertenece ya a este lado de la existencia. Aunque gesticule, no tiene un cuerpo físico con el que cortar el aire. Ya no puede mover las cosas, sino traspasarlas. Ahora no es más que un holograma desdibujado, porque él no debería de estar en este plano de existencia. Pero se ha quedado enganchado. Suele suceder. Después de toda una vida siguiendo focos y bombillas ya no es capaz de distinguir la luz más importante de su vida. O de su muerte. La que le lleva al túnel de salida. Aquella que lo sacará de la oscuridad en la que se ve inmerso. Pero ese no es mi campo, sino el del grupo de los médiums. Ellos son los especialistas en guiarlos hacia la luz, aunque no den abasto. Además, yo no tengo tiempo para él. Llego tarde y los “gatos negros” merodean por los inmuebles. Pero esta mañana lo vi morir y fui la única que lloró por su alma desconocida. Quizás con él haga una excepción. Quizás vuelva y le ayude personalmente a cruzar el umbral. Mañana, en cuanto el sol se ponga.

Durante el transcurso del día volveré a intentar aparentar ser una chica normal, aunque no podré evitar observar de nuevo los millones de transeúntes que, como autómatas, pueblan las calles y avenidas de nuestra ciudad condal. Tampoco podré evitar pensar, mientras pasee por las Ramblas y me compre un ramillete de flores frescas, que las noches serían mucho más tranquilas si todas esas personas que me rodean rellenaran ese vacío que tienen adentro con una mezcla de sentimientos, deseos, pasiones y pensamientos. También ayudaría si, aunque solo fuese por un minuto, detuvieran ese andar enloquecido y se pararan a pensar hacia dónde quieren realmente dirigir sus pasos.

Pero eso no va a ocurrir nunca.

Por cierto, no he dicho cuál es mi nombre. Mis compañeros nocturnos me conocen como Coraluna, aunque mi nombre real es Montse. Sí, un nombre común para una persona de aspecto común. Pero, dentro del mundo diurno no logro pasar desapercibida. Será la sonrisa perenne que se adivina en mis labios, o la tranquilidad con la que paseo por las calles y avenidas, o la capacidad de sorprenderme ante la belleza de esta ciudad. Por eso, casi nunca nadie me llama por mi verdadero nombre. Dentro del mundo de las luces, unos se refieren a mí con la palabra “bruja” y otros simplemente prefieren llamarme “loca”. Pero todos y cada uno de ellos, aún sin saberlo, nos deben mucho a los que velamos por ellos desde la penumbra. Al menos mientras ellos sigan estando ciegos bajo la luz del cielo diurno.

Olga Besolí

Draco Paper

Autor: Begoña Callejón
Ilustradores: Fernando Halcón y Pilar Puyana
Corrección: Elsa Martínez
Género: Poema en Prosa (a partir de 9 años)
Este poema es propiedad de Begoña Callejón, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Fernando Halcón y Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

DRACO PAPER

No son reptiles, no son de sangre fría, ni dulces, ni perversos, ni todos arrojan fuego. Cabeza de lobo y cola de serpiente. Un pulso entre el intelecto y la fuerza. No sé si pasan años sin comer ni si yacen en el fango los sábados. No veo ni cuernos ni espinazo que se erice, pero hablan. Hablan. Hablan. A veces son de papel, lentos e inmóviles como los cocodrilos. Cállate. Sé que hace tiempo que no los veo. Si volvieran los dragones a poblar las avenidas de un planeta que se suicida. Si volvieran los dragones. Si volvieran. Dicen que se ocultan en volcanes submarinos. Se alían y hacen contratos de paz. Observo los huesos en el suelo que marcan la antigüedad, los ritos, la arrogancia del hombre, las visiones colectivas, los relatos inventados. La luna escupe balas. Las esquivas. Vuelas. Un emblema militar para los griegos, un símbolo de destrucción para los hebreos, garras con cuatro uñas para los cazadores, escamas para mí. Buscaré sus colillas tras los géiseres. He soñado que en el cuello de un dragón está la piedra de los deseos. Yo tengo una perla en la garganta. O un huevo. Una última petición: Qué nadie lo compruebe.

Marinada

Autor: Carmen Sanjuán

Ilustrador: Fernando Halcón

Corrección: Federico G Witt

Género: poesía

Este relato es propiedad de Carmen Sanjuán y sus ilustraciones pertenecen a  Fernando Halcón. Todos los derechos reservados.

Marinada


Mirábamos el mar. Se nos caía
la tarde entre los brazos
como si fuera abril que derramara
la fiebre de sus ramos,
entonces, lentamente se vistieron
de arena nuestros labios
heridos por la sal de la costumbre
y el agua de los años,
y no sé por qué- o así me pareciste-,
más triste y pensativo,
más ido y desolado.
¡Cuánto creímos ver en los azules,
cogidas nuestras manos,
aquellos corazones predecibles
de sueños incontrados!

Bebimos del silencio
ya como entonces, cuando
remontaban alegres las gaviotas
sus vuelos milenarios
y una ola se venía,
y otra,
y otra
y otras tantas, dispersas, que escaparon
llevándose la huella de un vestigio.
Pero el tiempo, como la mar, retorna
el ansia del ahogado,
y las huellas creídas transitorias,
y los pies soterrados,
y en cada espuma blanca y caracola
se avivan los aromas de lo antaño.
¡Ah, cómo aquel entonces te veía,
hermoso corazón, si entre sargazos
tal que pez, sucedía que nadabas
directo a los abrazos!

Bien supimos que no era
toda orilla de esteros remansados,
que vendrían momentos,
y mañanas, y lunas,
y escamas, y vaivenes, y aletazos,
que tal vez, tantas nubes de tormenta
vistieran su naufragio
y todo lo anhelado se perdiera.
Por eso, morador de la rutina
– carey abrocalado-,
dejabas de latir una mañana.

¡oh!, verte así tan impreciso, tan
sin pulso, extremo y cabo.
¿Y si… y si roca sucedía…y sí…?
Mirábamos el mar-nos trajo un beso-,
y caía caía
y caía la tarde
entre los brazos.