17ª Convocatoria: La muerte

La muerte

Ilustración de Jesus Rodriguez

Dicen que, al morir, toda tu vida pasa ante tus ojos: los momentos buenos vividos y también los malos. Aquellos de los que te sientes orgulloso y aquellos que quisiste olvidar. Todos tus logros y todos tus fracasos. Todo aquello, importante o no, que te marcó en vida… Para que tú mismo rindas cuentas de tu paso por esta tierra.
Luego dicen que aparece un túnel que te atrapa y te arrastra hacia él. Y que al final de ese túnel una inmensa luz blanca te inunda… llenándote de paz.
Yo creí que vería el día de mi boda… Y el nacimiento de mi hija… Pero no. Yo sólo vi la bala venir. Y tras ella… una sonrisa. El techo desconchado de la habitación y mi propia sangre derramada por el suelo.
Luego sólo sentí un frío intenso y una sensación de vacío. Ese frío y oscuro vacío que te demuestra que, al morir, todo se acaba.

Olga Besolí
2001
Guión del cortometraje «Al morir»

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El otro lado

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Género: Humor

Rating: +16

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El otro lado.

Cuando Amalia me lo contó, me costó creerlo. Yo ya había escuchado algún comentario sobre lo del abuelo en conversaciones familiares, de esas que se tienen los domingos por la tarde mientras uno hace la digestión de la paella. Y me había llamado la atención, claro. El abuelo de Amalia era todo un personaje, de esos que a uno le hubiera gustado conocer personalmente. Un tipo singular. Pero nunca se me hubiera podido ocurrir que llegara a pasar lo que pasó.

Nuestro noviazgo, si es que se lo puede llamar así, era muy reciente, y todavía estábamos recorriendo esa fase de la pareja en la que uno intenta descubrir los secretos del otro. Esa etapa maravillosa en la que  todo, absolutamente todo, es una novedad que enriquece la relación. Sin ir más lejos, la semana anterior ella se había decidido a contarme lo de su prótesis dental y sus implantes mamarios, cosa sobre la que yo aún estaba reflexionando. Pero la historia del abuelo superó mis expectativas.

Conocí a Amalia en una de esas reuniones del grupo de asistencia psicológica en el que me había apuntado para superar mi adicción a las redes sociales.  Amalia iba allí para intentar resolver el tema de su bulimia. Al principio su avance era muy lento, porque se obstinaba en sentarse al fondo, en una zona alejada y sombría de la sala, para entregarse a la ingesta de sándwiches de mortadela que llevaba ocultos en un bolso Louis Vuitton, de piel de leopardo y generosas dimensiones. Luego, poco a poco, y gracias a la insistencia de los coordinadores, se fue aproximando al resto, conectando más con el grupo, acercándose al núcleo del debate. Aún así, en los breves momentos en los que, venciendo su timidez, se decidía a hablar, era difícil entenderla, dado que normalmente lo hacía con la boca llena.

Pero a pesar de esa barrera aparente, de ese obstáculo que su interés por los alimentos significaba para nuestra relación, haciéndome sentir siempre en un segundo plano, ella me fue cautivando poco a poco. Con cosas sencillas, pequeños detalles, como cuando  me regaló el Rolex. Indudablemente era una gran mujer, y no sólo por sus 154 kilos de peso. Con el tiempo aprendí a valorarla, a quererla, y gradualmente fui entrando en su vida. Y en la de su familia, claro.

Amalia tenía una hermana: Aurora, la mayor de las dos, una mujer ya madura, bella pero pérfida. De un egoísmo  a toda prueba, pero que, a pesar de todo, parecía mantener una buena relación con su hermana.

Y claro, además estaba el abuelo…, don Atanasio Górgoles, un hombre de origen humilde, que había amasado una enorme fortuna a partir del reciclaje de residuos. Ata, como familiarmente lo llamaban sus nietas, era el dueño de una próspera empresa, mezcla de chatarrería y vertedero, en las afueras de la ciudad. Un auténtico self-made man, autodidacta, y de una gran capacidad de trabajo.

El abuelo había acogido en su casa a sus nietas años atrás, luego del lamentable accidente en el que murieron los padres, Arturo y Ana, debido a una terrible explosión en el yate “Fimosis II” (que recientemente había comprado don Ata al multimillonario armador griego Aristóteles Eroskis), mientras disfrutaban de unos días de descanso en la costa del Peloponeso. Todo un dracma familiar del que les costó mucho reponerse. El abuelo se convirtió en el tutor y apoderado de Aurora y Amalia, y supo brindarles un buen pasar.

Más adelante, al involucrarme más en la familia, y durante charlas íntimas con Amalia, me enteraría de que en realidad el inicio de su fortuna se debió al hallazgo, tan afortunado como macabro, de un bolso deportivo con cinco millones de euros en billetes de quinientos, en el maletero de un BMW serie 5, de color negro, a punto de desguazarse. En un segundo bolso estaba el cuerpo descuartizado de un hombre corpulento y de raza caucásica. “Ajuste de cuentas”, pensó don Ata que, con la discreción propia de la gente sencilla y el sentido práctico de todo hombre de negocios, guardó el dinero, quemó y enterró el cadáver, compró el silencio de un par de empleados que habían presenciado la escena, y a partir de ese momento se dedicó a blanquear y multiplicar ese patrimonio hasta límites insospechados.

Las nietas se criaron, por lo tanto, a la sombra del abuelo, que aunque mantenía con ellas una actitud fría y distante, totalmente exenta de cariño, les brindó una infancia y juventud doradas, rodeadas de lujo y glamour, en la finca “La Marbellesa”, en plena Costa del Sol.

Todo parecía transcurrir con cierta calma en la finca de los Górgoles, en la que las nietas vivían de fiesta en fiesta, del golf al spa, con la tranquilidad propia de los millonarios. Y yo, discretamente, trataba de sumarme al grupo y disfrutar de ciertas prerrogativas que mi humilde origen jamás me había permitido. Consciente en todo momento de que, en el fondo, lo que realmente me impulsaba a ello era el cariño profundo y sincero que profesaba por Amalia.

Hasta que una noche, una fatídica noche de tormenta, la desgracia golpeó a su puerta.

Un SMS, lacónico y brutal, llegó al móvil de Aurora, enviado desde el “Luxury & Tropical Inn”, un carísimo hotel del Caribe: “Terrible accidente. Abuelo muerto. Sentido pésame”.

Tras el shock brutal por la noticia, y el caos familiar que lo sucedió, se consiguió aclarar algo la situación. El abuelo había muerto en circunstancias extrañas. Una muerte horrible, según parece, al ser atacado por un cocodrilo americano, o cocodrilo narigudo (cocodrilus acutus), de más de siete metros de largo, mientras recorría los manglares de Chiriquí, durante un viaje turístico a Panamá. Pero no terminaba allí la cosa, claro, además de la necesidad de  superar el dolor, quedaban algunos trámites pendientes. Aurora tuvo que viajar de urgencia al istmo, para asumir la infausta tarea de reconocer el cadáver. Y al presentarse allí, en el Instituto Anatómico Forense “Ocaso”, la recibió el mismísimo director del centro, el doctor Renzo Lambrusco della Emilia.

—¿La señora Aurora? La hermosa nieta del brillante empresario don Atanasio Górgoles, supongo.

—Sí. la misma.

—¿La descendiente del creador del sistema “Vertical Bullshit” que triplicó la capacidad de almacenamiento de los vertederos de todo el mundo?

—Sí, sí…

—¿Del ganador de la Medalla de Oro del “American Rotten Club” a la excelencia empresarial?

—Sí, hombre, sí.

—¿Del mismísimo autor del libro…?

—¡Basta ya, por favor! —gruñó Aurora—, no tengo tiempo que perder. Debo volver a casa a consolar a mi hermana. Además, el avión privado que me trajo, y me está esperando para la vuelta, cobra 1.500 euros la hora.

—Lo siento mucho. Deberá usted estar preparada para lo peor. Su abuelo está… un tanto cambiado.

—Soy una mujer fuerte. No se preocupe.

—Adelante, señora.

Aurora entra entonces en una sala fría y oscura, apenas iluminada por una solitaria lámpara que cuelga del techo. El penetrante olor a formol la golpea en la cara como un cachetazo, pero sigue andando. Sabe que no puede permitirse el más mínimo desfallecimiento. En el centro, justo debajo de la lámpara, hay una camilla en la que yace un bulto cubierto por una sábana. Aurora avanza hacia ella, mientras el doctor la sigue en silencio, unos pasos por detrás. Al llegar, duda un segundo. Aunque lleva horas preparándose mentalmente para este momento, ahora toca lo peor: enfrentarse a la cruda realidad. Levanta la sábana de un tirón y ve un zapato. Sólo un zapato. O más bien una bota, una bota deportiva color camel, de caña alta, marca “Cumberland”, modelo Skorpio, de la talla 42, manchada de barro. Aurora se acerca y entonces ve que la bota tiene un pie dentro, cortado al ras a la altura del borde superior del calcetín blanco de algodón natural 100 %. Un corte limpio, más propio de un escualo que de un cocodrilo, pero vaya usted a saber…

Ilustración de Daniel Camargo

—¿Es él? —preguntó el doctor.

—Sin ninguna duda —respondió Aurora—. Estas botas eran sus favoritas y aún conservan en la punta las marcas de los colmillos que nuestro perro Sultán le hiciera el día que las estrenó, empecinado como estaba en confundir las botas con Emilse, la antipática gata de Angora de mi hermana. Además, se puede apreciar en su pantorrilla…, bueno, en lo que queda de ella, un fragmento del tatuaje de un lince Ibérico, que mi abuelo se hiciera el día que cumplió los ochenta años.

A partir de ese momento, nada volvió a ser igual. La muerte del abuelo tuvo un gran impacto sobre las nietas. Se las veía desorientadas, como ausentes, y con el gesto adusto. Mantenían reuniones secretas entre ellas, o cuchicheaban por los rincones. Era evidente que corrían días difíciles en la La Marbellesa.

Un mediodía, Amalia, mientras trinchaba una pierna de cerdo de considerables dimensiones en la amplia cocina de la mansión, a modo de aperitivo, me dice que habían quedado muy impactadas por la muerte del abuelo, que les estaba costando mucho superarlo, y que necesitaban contactar con él, del modo que fuera. Algo así como una última charla…, una despedida, o como se la quiera llamar. Habían pensado en contratar para ello a una médium: Etérea, una mujer exótica que tenía un cierto prestigio en la zona por haber resuelto algunos casos difíciles.

Etérea (o Fidedigna Rojas, que ése era su nombre real) siempre había tenido dotes para lo espiritual, para lo esotérico, pero a partir de la huída de su marido se vio obligada a buscar algún modo de sustento. Y decidió dedicarse al estudio de fenómenos paranormales, y al espiritismo. Cobraba una módica suma y, al parecer, obtenía buenos resultados.

Finalmente, las hermanas organizaron la sesión en la casa de Etérea para un viernes por la noche, y decidieron invitarnos tanto a mí, como al abogado que, a la sazón, era la pareja de Aurora, el Negro Etcheverry, conocido en ciertos círculos como “Black Berry”. Un hombre de pasado oscuro y físico exuberante, que probablemente estaba allí no sólo como asesor legal, sino también a modo de guardaespaldas familiar, por si las cosas se torcían y era necesario pasar a la acción, (incluso con algún espíritu).

La casa de Etérea, en un pueblo cercano, era humilde pero digna y no evidenciaba para nada el tipo de actividad que se realizaba dentro. Al llegar, golpeamos la puerta de madera, ante la ausencia de timbre. En un par de minutos la puerta se abrió.

—Hola —dijo una mujer alta y delgada, vestida con una túnica dorada que tenía la figura de un ave Fénix estampada en el pecho—. Pasen, pasen…, los estaba esperando.

Nos condujo hacia el salón a través de un pasillo. El interior era, como mínimo, raro. Una extraña mezcla entre las cosas cotidianas, habituales en una casa, y ciertos objetos  esotéricos, probablemente puestos allí para otorgarle un cierto carácter ante los clientes. Los cuadros estaban tapados con telas blancas, y también algunos sillones. Y había poca luz, muy poca. Y entramos al salón, con una mesa redonda estilo Luis XV en el centro, bajo una antigua lámpara con  brazos de bronce y tulipas de cristal.

—¿Eso que hay junto a las paredes son bolsas de basura?  —preguntó Aurora.

—Bueno…, sí y no —contestó Etérea, ambigua—. A usted pueden parecerle las típicas bolsas negras de residuos, pero en realidad son estímulos, disparadores…, es una escenografía. Necesitamos que, de algún modo, el espíritu convocado se sienta cómodo y se anime a manifestarse. Y en el caso de vuestro abuelo, después de estudiar cuidadosamente sus antecedentes empresariales, hemos pensado que esto era lo mejor. Encontrarán en la mesa pañuelos impregnados en perfume para atenuar el olor.

En una esquina oscura, un loro enorme nos miraba sin decir nada, desde su jaula dorada.

Etérea nos distribuyó en torno a la mesa, explicando que debíamos tomarnos de las manos.

—Hacedlo con naturalidad —nos dijo— sin demasiada presión. Relájense. Lo importante ahora es ser receptivos.

Así, sentados en torno a la mesa, tomados de las manos y en silencio, estuvimos los cinco durante un rato. Se podía escuchar el parloteo de una radio, a lo lejos, seguramente en uno de los dormitorios. Amalia hizo un amago de soltarme la mano, con la clara intención de buscar algo de comida en su bolso, que había dejado disimuladamente en el suelo junto a su silla, pero la retuve con firmeza.

Poco a poco, el escepticismo inicial fue dejando paso a una cierta intranquilidad, una sensación de respeto, o tal vez temor ante lo desconocido. La médium murmuraba algo incomprensible, que poco a poco se fue convirtiendo en una letanía. Monótona e inquietante.

De pronto Etérea, que había bajado la cabeza como para aislarse del entorno y mejorar su concentración, la levantó bruscamente y fijó la vista en Aurora, que estaba sentada justo frente a ella.  Aurora le devolvió la mirada, esperando alguna clase de instrucciones.

Fue entonces cuando se escuchó la voz de don Ata. Su tono aguardentoso y su dicción pastosa eran inconfundibles.

—¿Qué pasa…? ¿Qué pasa, Aurora?

—¿Cómo qué pasa?

—Sí, ¿qué pasa?,  ¿para qué me buscan? ¿Qué significa todo esto?

—Bueno, abuelo…, cómo explicártelo. Lo tuyo fue tan inesperado, tan brutal, que nos quedamos todos descolocados. Y queríamos… no sé, despedirnos de ti, hacer un último contacto, saber cómo estás.

—Saber cómo estoy…

—Sí, claro, cómo estás, qué es lo que pasa allí, donde tú estás ahora. Si estás bien, sin sufrimiento. Si te duele el pie…

—Ajá… Saber cómo estoy… ¿Ustedes quieren ahora saber como estoy? —La voz del anciano sonaba  escéptica, como con sorna—. Qué bien, qué bien… Pues no estoy mal, aquí hay una cierta… tranquilidad. Y el pie no me duele nada, ya no. Aquí no hay prisas, no hay presiones, uno sabe que tiene toda la eternidad por delante.

—O sea, que tienes paz —recalcó Aurora.

—Sí, sí…, digamos que sí. Que tengo cierta paz. Bueno, hasta luego y gracias por vuestra preocupación.

—Espera, espera, no te vayas…, hay otra cosa. Como comprenderás, ahora a nosotras nos ha quedado un problema de… digamos mantenimiento. Tú sabes perfectamente lo grande que es la casa y podrás imaginarte los gastos que tenemos que afrontar ahora. Una verdadera barbaridad.

—¿Y?

—Bueno, no sé. Cuando fuimos al banco la semana pasada, no quedaba casi dinero en la cuenta. Es raro, ¿no?

—No, raro no es. Me lo gasté.

—¿Cómo que te lo gastaste? —El gesto de Aurora se tensó.

—Sí. Con Lucy…, viajando. Bueno, también le hice algunos regalos.

—Lucy, ¿qué Lucy? ¿La cubana que te iba a poner las inyecciones?

—Sí, Lucy. Un encanto de chica. Y ya es española, ¿eh? Le dieron la nacionalidad hace dos meses.

—Perdón, no entiendo. ¿Me estás diciendo que le diste todo el dinero de la familia a esa tipa?

—No la llames tipa. Era mi novia, la única que se ocupaba de mí en los últimos tiempos. Y el dinero era mío, no de la familia.

—¡Cómo que tu novia! ¿Cómo se te ocurre llamar novia a la negra esa? —Aurora, muy nerviosa, ya estaba levantando el tono de su voz.

—¡Eh, eh, un momentito! Más respeto con ella.  Lucy era una muchacha maravillosa.

—¡Por favor! Novia la llama… A esa buscavidas, a esa reventada, la llama novia —Aurora miraba a su alrededor buscando complicidades en el enfrentamiento—. Si te escuchara la abuela…

—No metas a Dolores en esto, por favor.

—Una mulata que se dedicaba a pasearlo por las discotecas mientras se fumaba su fortuna. ¡Novia!

—Aurora, te pido un poco de respeto, al fin y al cabo era mi vida…

—¡Claro, ahora con el Viagra, los señores de cierta edad se vuelven locos por buscar una jovencita, por buscar un sitio donde ponerla!

—¡Y tú, precisamente tú, me vas a criticar! —estalló finalmente el abuelo—. Tú, que te liaste con aquel senegalés en Santillana del Mar y se terminó escapando con el Mini que yo te había regalado.

—¡Eso no es comparable a esto! ¡Para nada!

—Perdón, Ata, perdón —terció Amalia que, desbordada por la ansiedad del momento, ya le había metido mano a una empanadilla de atún que sacó del bolso—. ¿ Tú estás diciendo que ya no queda más dinero? ¿Que te lo gastaste todo?

—Efectivamente. Aunque yo no usaría el término gastar, yo diría que lo invertí en mi propia persona. Con Lucy aprendí muchas cosas. A su lado entendí que era mejor vivir intensamente, disfrutar el momento. Carpe Diem, me decía siempre…

—No puede ser que estemos escuchando esto, no puede ser —Aurora, de pronto, se giró hacia Etérea—. Esto es una broma, ¿no? ¿Dónde está la cámara oculta?

Etérea, desconcertada, levantó los hombros en señal de impotencia.

—Por favor, señora, no dude de mi profesionalidad… A veces pasan estas cosas. Hay espíritus rebeldes, gente que no asimila bien la transición hacia el otro lado. En estos casos solemos…

—¡Que se calle esa charlatana! —terció el abuelo que parecía haber perdido ya definitivamente la paciencia—. No les alcanzó con haber vivido a mi costa toda su vida, no, qué va. Después de muerto tienen que juntarse y contratar a esa para convocarme y tratar de rascar lo que queda. ¡Hay que joderse!

Un silencio incómodo invadió el salón. Aurora, crispada, apretaba los puños sobre la mesa hasta poner blancos los nudillos. Y Amalia, para tratar de calmar su ansiedad, consumía compulsivamente unas croquetas de espinaca y bechamel, que sacaba del bolsillo derecho de su chaqueta de terciopelo gris, marca “Herpes Boyantes”.

—¡Cállate, borracho! —se escuchó con claridad—. Cierra el pico. Y a ver si sueltas la botella de una vez…

—¿Cómo? —exclamó el abuelo—. ¿Pero se puede saber quién es el maleducado que…?

—No, no, no. Disculpe, don Ata… Ése fue Ludovico, el loro —aclaró Etérea—. Usted sabrá comprender, estos bichos repiten las cosas que oyen. No es fácil controlarlo, es su hora de la cena y lleva ya demasiado tiempo aquí dentro y en silencio…

—Pero vamos a ver, don Atanasio —interrumpió Etcheverry que, como yo, había permanecido callado hasta ese momento, tratando de volver a introducir un argumento racional—. El concepto de herencia está muy extendido en el Derecho Occidental, y además…

—Tú cállate. Yo no estoy hablando contigo. Tú limítate a vegetar, y a vivir de mi nieta, ¿eh? ¿O acaso me has dirigido la palabra alguna vez para otra cosa que para pedirme dinero? Se fue a buscar un abogado Aurorita, seguro que para que la asesorara cuando llegara este momento.

—Pero, Ata, abuelito querido —trató de tranquilizarlo Amalia—. ¿Y el dinero B? ¿Y la cuenta de Suiza?

Detrás de la pregunta de Amalia hubo un silencio significativo, como si el abuelo estuviera calibrando exactamente lo que quería decir.

—Quiero que sepan que lo de Suiza está en otro lado, con una clave diferente… Y que hay un testamento. —Esa última frase de don Ata, cargada de significado, congeló la discusión—. Ustedes no están incluidas —remató—. He repartido mis bienes entre Lucy, el Atlético Marbellí y las Hermanitas de la Caridad. Mi abogado ya os llamará. Y entiendan que les estoy haciendo un favor, es hora de que se pongan a trabajar de una vez. Adiós, adiós para siempre —concluyó Ata.

El silencio invadió el salón. Un silencio incómodo, de derrota, de oportunidad perdida. Y el final de la discusión entre Ata y sus nietas, que me había mantenido en tensión durante un rato, hizo que notara, por primera vez, el espantoso hedor reinante, debido a las bolsas de basura que nos rodeaban.

Aurora, con la mirada perdida, se secaba la frente con un pañuelo, mientras Amalia masticaba algo que no alcancé a identificar. Etcheverry miraba el suelo, abatido.

—¿Quieren que intentemos un nuevo contacto? —preguntó Etérea—. No digo ahora, claro,  sino… no sé, ¿tal vez la semana próxima?

—No, no,  gracias, no vale la pena. Y en cuanto a su factura…

—No, déjelo por ahora. No se preocupe, ya buscaremos una forma. Entiendo perfectamente vuestras circunstancias actuales.

—Parece mentira, parece mentira… —reiteraba Aurora, como ida, mientras salíamos de la casa—. Que nos haya hecho esto a nosotras. ¡Sus propias nietas!

Al poco tiempo rompí con Amalia, por una discusión de esas típicas que tienen las parejas, nada importante. La verdad es que para mí, ya no era la misma. Se había vuelto muy pesada…

Ahora estoy saliendo con una enfermera, cubana para más datos. Una tal Lucy…

Daniel Camargo 2013

Romance anónimo

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Género: Relato corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Romance anónimo.

La lluvia que había empezado a mediados de octubre aún no había parado. Helena se sentía entumecida, le dolían los huesos y era incapaz de abrir los ojos para enfrentarse a la vida con la avidez que ésta merecía.

La dura crisis económica que vivía el país la había dejado sin trabajo, por lo que todos los días sucedían de la misma manera. Se levantaba tarde, bajaba a la cocina a desayunar y se sentaba en el sofá a escuchar música en el viejo tocadiscos a manivela, puesto que un rayo caído al inicio de la tempestad había cortado todas las comunicaciones. Comía, mal y escaso al no poder salir a comprar. Por la tarde, practicaba con el piano y el violín indistintamente, hasta que el estómago le reclamaba la cena y la pesadez del día, la cama.

Había perdido la noción del tiempo, y se sentía enloquecer, encerrada en esa casa lúgubre y silenciosa, sin más compañía que las notas de viejos compases escritas por personas a las que jamás había conocido.

Cuando el tiempo se lo permitía y aparecía algún rayo de sol despistado, aprovechaba para leer. Nunca había leído tanto. Tenía la cabeza llena de aventuras, venganzas y romances perdidos. Y sin embargo, hacía tiempo que no se sentía la protagonista de su propia historia.

Había amado y había perdido. Sus padres murieron siendo ella adolescente, de modo que se quedó a vivir en esa vieja mansión junto a sus abuelos, que también habían muerto a causa de la edad. Pero la perdida que más había lamentado era la de su prometido, Roger, que había fallecido recientemente en un accidente de tráfico.

Sumida en una inmensa depresión dejaba pasar los días. A fin de cuentas, ya no tenía nada que perder salvo la vida.

Así que seguía inmersa en su rutina entre las arcaicas paredes de la mansión, calentándose frente a la chimenea de la sala del piano mientras releía cualquier libro.

Lo que más echaba de menos de su vida era a Roger, sin ninguna duda.

Se había enamorado de él nada más verlo, en el conservatorio. Pelirrojo de ojos verdes, con la piel blanca y el cuerpo sorprendentemente fuerte pese a su delgadez. Ella tocaba el piano mientras él la acompañaba con la guitarra. Y hacían música, de esa en mayúsculas. Se atrevían con todo.

Extrañaba esa música y también el modo en el que se quedaba dormido después de hacer el amor; cerraba los ojos, tumbado en la cama, con la respiración acompasada de los ángeles mientras dejaba salir de su cuerpo ese aire caliente distintivo de los que aún están vivos.

Porque la última vez que lo vio languidecer con los ojos cerrados no emitía respiración alguna. Su maltrecha cara aún la perseguía en sus nocturnas pesadillas, cuando asustada y sudorosa despertaba al recordarlo muerto.

Y eso la torturaba.

Si en vez de haberse quedado en casa ese día, hubiese ido con él al conservatorio, ambos se habrían despeñado en esa curva y ahora descansarían juntos y en paz.

Lo que más la atormentaba, sin embargo, era el no haberle dicho que dentro llevaba el fruto de su amor; un bebé crecía en su vientre.

Y eso era lo que hacía que siguiera luchando por mantenerse viva, aunque lo único que quería era reunirse con su amor.

Le narraba al pequeño las mismas historias que ella leía y le tocaba todas las canciones que se sabía, y las que no, las inventaba para él.

Si sus cuentas no eran equivocadas, estaba cerca del sexto mes de embarazo, aunque no lo sabía con seguridad al no haber podido ver a un especialista; la mansión estaba lejos y Roger se había llevado el coche al Más Allá.

Un día como cualquier otro, ni más especial ni menos, dejó de llover y el sol asomó en el firmamento, tímidamente escondido entre las nubes.

Sorprendida por el roce contra su suave piel, de los cálidos rayos del sol que se escondía tras las cortinas, abrió los ojos muy despacio.

Tuvo la sensación de que en la casa había movimiento, le llegó un sonido extrañamente conocido que la llenó por dentro con el calor del amor, y sintió que el pequeño en su vientre se movía.

Prestó atención y escuchó la música de una guitarra, pero no de una cualquiera; era la de su guitarra, la de Roger. Podía distinguir los acordes y el suave gemido de los dedos acariciando las cuerdas, mientras sonaba, por toda la casa, la melodía de “Romance Anónimo”.

Persiguió el sonido, con el corazón latiéndole en la garganta, jugando al escondite con las notas que procedían de un lugar que no podía encontrar.

Hastiada y respirando trabajosamente, se encontró en lo alto de las escaleras del ala este del último piso de la enorme mansión. El pasillo se encontraba reciamente iluminado. Se frotó los ojos al no poder acostumbrarse al dolor de tanta luz estrellándose contra sus maltrechas pupilas.

Entre la neblina que lo rodeaba todo, lo único que era capaz de ver era que, al final del pasillo, a contraluz, bajo el iluminado ventanal, estaba Roger, sentado en el suelo, acariciando con infinito amor su guitarra.

La miraba desde el suelo, con esos hermosos ojos verdes y misteriosos que sonreían de un modo cálido y sincero. Esa mirada se posó en sus ojos, en su rostro, en sus senos y en su vientre, y supo que él había notado su embarazo y que, precisamente por eso, había venido a verla ese día en que el sol por fin había salido para hacerla emerger de las tinieblas.

Oyó como se acomodaba la ropa al cuerpo de su prometido cuándo se levantó, como con frías manos se acercaba y con delicado sigilo se oían sus pasos por la madera pulida del suelo del pasillo.

Y en ese momento supo que había venido a por ella y que por fin, los tres iban a ser una familia.

Ilustración de Paloma Muñoz

Empezaba a llover en Colinsbourg, un pequeño pueblo pesquero que se encontraba a más de treinta kilómetros de la antigua mansión, después de un otoño inusualmente cálido y soleado. En el viejo hospital lleno a rebosar, el calor era sofocante.

En la habitación 704, Helena, una joven embarazada de larga cabellera castaña y ojos azules,  se encontraba en estado de coma profundo.

Había ingresado después de que el coche en el que viajaban ella y su prometido,  se despeñara por un acantilado, en un mortal accidente que había acabado con la vida del joven.

Con el primer rayo que restalló más allá de los dobles cristales de la habitación, el cuerpo que languidecía sobre la cama empezó a sufrir fuertes contracciones. Una alarmada compañera de habitación fue la que avisó a las enfermeras; la joven en coma estaba de parto.

Le practicaron una cesárea y esa misma tarde nació el pequeño, a quien los médicos llamaron Roger, un bebé prematuro con unas sorprendentes ganas de vivir.

Esa misma noche, Helena falleció; el rojo de la sangre que emanaba de su vientre, manchaba las blancas sábanas de la oxidada cama. Sin embargo, las enfermeras que la encontraron al día siguiente dicen que, bajo la mortecina luz del alba empañada por la niebla, su rostro mostraba la sonrisa de felicidad más sincera jamás vista.

Y hay quien cuenta que en la antigua mansión familiar, todavía resuena por diáfanas salas y vastos pasillos la dulce melodía jamás escrita, interpretada por las almas de dos amantes, una guitarra española y un piano de cola.

María Cristina Salvans 

La muerte sí avisó

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato de misterio

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la Lama. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La muerte si avisó.

El tiempo “de la melonera” siempre fue soleado, cálido y bonancible en casi todas las zonas de España. Tras el final de un verano un poco revuelto, para preparar la llegada del otoño, “la melonera” solía ser un remanso de días soleados en el mes de octubre que estimulaban la alegría de salir y disfrutar de buenas temperaturas.

 Ese verano hubo una climatología estupenda, en un lugar donde el calor no solía apretar ni en pleno agosto, y las salidas habían sido muy bien aprovechadas por Santiago y Lorena, que veían su vida bastante limitada por las circunstancias de la enfermedad de Santi y apenas podían ya salir de vacaciones como antes.

Lo más sensato, a juicio de los médicos, era no alterar las costumbres de Santi con el cansancio de los viajes y mantenerse en el lugar más confortable y seguro de su casa, donde tenía todo lo que necesitaba, además disfrutaba de una situación óptima cerca de la asistencia médica que pudiera necesitar. Su casa era fresquita en verano y cálida en invierno, rodeada de zonas ajardinadas, sin ruido y con mucho arbolado que refrescaba su vista, al no poder ir mucho más lejos como en otras épocas.

 Santi se sentía mucho mejor ese verano. Iban a la piscina para que Lorena se bañase e hiciese sus ejercicios de natación y aquaeróbic; tomaban allí su aperitivo, bajo los árboles y, a veces, comían también allí, con algunos amigos o simplemente solos, entre charlas y comentarios de las cosas agradables de su vida.

 Habían podido aceptar nuevamente la invitación a las “cenas de grupo” que se rotaban en las casas de los amigos que componían el grupo, para participar y pasar buenos ratos cada cierto tiempo en cenas informales que siempre resultaban alegres y gratas.

Tuvieron que limitar su asistencia cuando Santi pasó por largos periodos muy enfermo, con hospitalizaciones graves y continuas, pero ese verano incluso se había animado a volver a asistir a las cenas de amigos, con el compromiso de celebrar la que les correspondía en su casa.

 Lorena estaba contenta y celebraron la cena en su casa en julio, con una renovada alegría al ver que Santi estaba tan animado. Todo fue perfecto: un bufete en el salón de su casa con bandejas de canapés de todas clases, que Lorena preparó con tiempo. Todo sencillo pero abundante y bien presentado en una mesa alargada desplegada en el salón, ante el gran ventanal desde donde se podía ver la pinada que daba paz y verdor frente a su casa.

Santi adoraba aquel montecillo de abetos y pinos que para él simbolizaban siempre la cercanía de la paz en su casa y que añoraba tanto cuando tenía que estar lejos en alguna hospitalización.

Ilustración de Rafa Mir

Aquel mes de octubre tan soleado, al que Lorena tantas veces nombraba como “el tiempo de la melonera”, que siempre es luminoso y caluroso, todo respiraba tonos de sol.

Esa noche Lorena se acostó tranquila y con todo bien organizado, como siempre, para que su marido tuviese a su alrededor lo necesario en perfectas condiciones para descansar.

Al acostarse, como siempre hacía, alargó su mano para tocar a Santi que ya dormía tranquilo. Era algo instintivo, pues tantos sustos anteriores le hacían comprobar que todo estaba bien antes de dormirse.

El sueño llegó suavemente y fue soltando despacio la mano de Santi para colocar su almohada y quedar dormida. La casa entera respiraba en silencio y parecía que nada podría interrumpir aquella paz.

Unos gritos desgarradores rompieron la oscuridad de la noche, espantados, aterrorizados. 

Lorena se despertó empapada en sudor y pálida del terror.

Santi la retuvo para que no se cayese de la cama, sobresaltado. Ella temblaba como una hoja y no podía apenas ni respirar ni hablar.

“¡Por dios cariño!— preguntaba Santi— ¿Qué te pasa? Tranquila, tranquila, estás conmigo. Despierta. Dime qué te pasa. Tienes una pesadilla; por favor tranquilízate que te va a dar un infarto.”

Lorena no dejaba de temblar y se abrazó a Santi buscando su protección, pero sin dejar de mirar hacia la puerta del dormitorio con terror.

“Había alguien en la puerta, había alguien espantoso en la puerta. Era una figura negra que venía a algo malo. Era alguien que nos quería hacer daño — repetía Lorena una y otra vez sin dejar de temblar.

“Mira, no hay nadie. He encendido la luz y ya ves que era una pesadilla. No hay NADIE —Santi abrazaba con dulzura a Lorena y le intentaba hacer comprender que todo había sido producto de un mal sueño. Todo estaba bien y nadie había intentado entrar en la habitación.

Seguramente Lorena esa noche se habría acostado un poco nerviosa y había tenido una pesadilla que le había asustado, pero nada tenía que temer de ella.

Lorena se iba calmando poco a poco y miraba hacia la puerta de la habitación como si no reconociese la misma que había visto en su sueño.

“Ya veo, ya. No hay nadie, lo sé, pero yo he visto perfectamente a alguien allí. Estaba oscuro, pero yo veía la puerta abierta. Era real. Alguien entraba. Era espantoso, todo de negro, y yo sabía que venía a hacernos algún mal. LO SÉ.”

Poco a poco Lorena volvió a tumbarse, sin soltar para nada la mano de Santi, y se acurrucó fuertemente apoyada en su pecho.

Su respiración se hizo más acompasada poco a poco y dejó de temblar.

Santi mantuvo su mano cogida toda la noche y la cuidó para que se tranquilizase hasta que se quedó de nuevo dormida, aunque no relajada y serena como siempre, sino con pequeños estrechones que indicaban que seguía con la impresión de algo tan terrible como había visto en su pesadilla.

Por la mañana todo pareció volver a la normalidad y Lorena se levantó la primera, como siempre, para preparar lo necesario y ayudar a Santi para que se levantara y fuese al baño a asearse.

El día era tan soleado que Santi le gastó una broma:

“Mira cariño, otro día “de la melonera” como tu dices”, y todo está perfectamente.

Quiero verte alegre y contenta como siempre ¿vale? Todo está bien y yo estoy a tu lado para cuidarte. No pasa nada.”

Pasados un par de días desde aquel maldito sueño, Lorena casi lo había logrado olvidar. Santi le contaba constantemente cosas bonitas de sus viajes, de las veces que habían ido a sitios que les gustaron, de lo maravillosa que había sido su vida juntos.

Lorena se sentía cada vez mejor de ánimo y se entretenía colocando en el salón unos silloncitos nuevos que había comprado para tener más sitios cuando celebrasen la siguiente cena del grupo de amigos. Estaba ilusionada porque le encantaba su casa, mejorar cosas, adornarla, y esos nuevos silloncitos que había comprado en un anticuario le parecían perfectos. Así estarían más cómodos todos sus amigos en la siguiente cena, porque en la anterior habían faltado sillas y tuvo que añadir unas que estaban ya retiradas.

Lorena se sentía feliz con la idea de poder salir a más sitios, aunque solo fuesen cercanos y con todas las precauciones necesarias con Santi.

“Cariño ¿recuerdas qué día es mañana? —Santi le preguntaba con una enorme sonrisa.

“¡Claro que me acuerdo! Mañana es nuestro aniversario. Un día precioso, seguro, con sol y buen tiempo para celebrarlo”

“Así es Lorena. ¿Qué te parece si invitamos a los amigos a un aperitivo por el centro, y después nos vamos tú y yo a comer a un sitio romántico?”

Lorena se quedó sorprendida por tanta vitalidad y por la ilusión que transmitían las palabras de su marido. Se sintió totalmente feliz. Sería un aniversario inolvidable, aunque no pudiesen ir de viaje como en los buenos momentos, pero una comida los dos juntos en un sitio bonito tenía, en ese momento, un significado muy importante.

El día del aniversario de Santi y Lorena amaneció con un cielo azul como el cristal. Hacía un poco de vientecillo, pero todo estaba precioso.

En el desayuno Santi fue a por algo.

Lorena sabía que su marido había estado “conspirando” por teléfono, y se esperaba cualquier sorpresa. Él era así. Siempre tenía unos detalles preciosos con ella incluso aunque ahora ya no pudiera salir el día anterior a recorrer tiendas para traerle algo bonito.

Llamaron a la puerta y Lorena salió a abrir. Sus ojos se llenaron de luz al recibir un enorme y precioso centro de flores con una tarjeta. Era de Santi y, como siempre, su dedicatoria era tierna y cariñosa.

Cuando llegó al comedor donde él esperaba con una enorme sonrisa, casi se le saltaron las lágrimas. ¡Qué lejana quedaba ya la pesadilla de la otra noche! Todo iba perfectamente y ese aniversario iba a ser uno de los mejores de los últimos años, en los que siempre surgía algún problema médico y apenas podían celebrar nada.

Santi cogió las manos de Lorena y le miró a los ojos con una expresión de ternura enorme.

“Sabes que eres la mujer más bonita del mundo para mí, que siempre he vivido para ti y que por mucho que lo intente no podré darte suficientemente las gracias por lo maravillosa que has sido y que eres conmigo” —Santi besaba una y otra vez las manos de Lorena, que estaba tan sorprendida por aquel arranque que casi se sentía avergonzada por aquella lluvia de besos en sus manos.

“¡Quita loco! ¡no me beses las manos como si yo fuese un obispo! —Lorena incluso se ruborizaba al decir esto.

“¡Bueno, faltaría que después de tantos años de casados te vaya a dar vergüenza que te bese las manos! —replicó él, muerto de risa —Si quieres te puedo besar otros muchos sitios ¡ehhh!, jajaja.”

Lorena terminó de arreglarse y salieron a tomar el aperitivo con sus amigos, que les felicitaron por su aniversario.

A la hora de comer ya tenían reservada mesa en un pequeño restaurante que les gustaba, de modo que se prepararon para ir a coger el coche que estaba aparcado al otro lado del paseo donde ellos se encontraban.

El día tan soleado había invitado a salir sin de ropa de abrigo, pues hacía muy buena temperatura, pero al salir para cruzar el paseo, un viento más bien frío sorprendió al matrimonio. No esperaban ese cambio de tiempo, con un cielo tan azul, pero el viento se había levantado de repente y daba escalofríos.

No estaban lejos del coche, pero Lorena sintió no haber traído algún pañuelo de cuello para Santi, dado su estado de salud tan delicado.

Llegaron al coche y fueron a comer al restaurante donde habían reservado mesa.

Algo preocupaba a Lorena que no dejaba de mirar con disimulo a Santi por si hubiese cogido frío.

Él disfrutó de la comida y estuvo recordando un montón de viajes en los que comieron en sitios preciosos. Se notaba que era un buen gourmet pues relataba detalles que Lorena no hubiese recordado en absoluto.

Volvieron a casa pronto para que Santi descansara y tomaron un té a media tarde que entonó bastante a ambos.

A la hora de acostarse ya todo parecía en orden y Lorena se quedó un buen rato poniendo al día los correos que no había podido atender.

El sueño la vencía, junto al cansancio por un día lleno de actividad y novedades.

Necesitaba dormir y descansar con todo relax para reponer la actividad y las emociones de ese día tan bonito de su aniversario.

Se quedó profundamente dormida sin darse cuenta. Profundamente dormida….

Entre sueños empezó a escuchar una tos. Se repetía a ratitos y se fue despertando. Santi tosía con fuerza y no dejaba de toser. Lorena se levantó rápidamente y le trajo una pastilla suavizante para la garganta. Eso le calmaría la tos.

Respiraba con cierta dificultad y eso alarmó a Lorena. Le puso la mascarilla de oxígeno que siempre tenía cerca pero no mejoraba. En menos de quince minutos Lorena le tomó todas las constantes y, aunque no tenía fiebre alta, aparecían unas décimas, aparte de un nivel bajo de oxígeno. No esperó más y llamó al servicio de emergencias que ya conocía tan bien de otras muchas veces.

Santi le pedía que subiera el oxígeno, que no podía respirar bien. Lo hizo, poco a poco, con precaución, después de tomar los niveles con el aparato que tenían.

Llegó la ambulancia con un médico y una enfermera. Tomaron todas las constantes a Santi y decidieron el traslado urgente al hospital.

Lorena ya sabía que ella no podría ir en esa ambulancia de emergencias y le dijo al conductor que subiría a casa, después de instalar a Santi en la ambulancia, a cerrar la puerta, apagar las luces, coger las llaves y que llamaría un taxi para ir al hospital. Eran las 4 de la mañana. Siempre las emergencias parecían elegir esas horas y ella lo sabía.

Santi había estado hospitalizado muchas veces y muchas veces había llegado en muy malas condiciones a Urgencias, pero ella sabía que, dijeran lo que dijeran los médicos, él era una roca y lo superaría todo. Llevaban así ya mucho tiempo y siempre había logrado salir adelante y “burlar a lo inexorable”.

Esta vez sería una más, pensó Lorena.

El médico le dijo que cogiera las llaves de casa y una chaqueta pero que viajase en la ambulancia con ellos.

Eso no era lo habitual y ella se quedó algo sorprendida.

Cogió rápidamente una chaqueta, las llaves y subió al lado del conductor.

En Urgencias estaban esperando ya varios médicos a los que el de emergencias había informado del traslado.

En el box principal ya estaba preparada una cama, en lugar de una camilla, rodeada de aparatos. Conectaron de inmediato el oxígeno con la mascarilla y subieron la cabecera para dejar al enfermo casi sentado y que respirase.

Lorena se quedó fuera, sola, esperando.

Pensó que, como siempre, en poco rato recuperaría la respiración y que, si había que ingresarle como otras veces, sería cuestión de unos días con antibióticos.

Los médicos entraban y salían sin apenas hacerle caso, y sin comentarios.

Ella estaba acostumbrada a verles tantas veces con caras largas y pesimistas pero Santi siempre superaba las crisis más graves y salía adelante.

Pasado un tiempo, uno de los médicos salió y se acercó para informarle de que Santi tenía una neumonía bilateral y que eso era muy grave.

Lorena dio un paso atrás y se quedó paralizada. No podía ser tanto. Seguro que Santi superaría esta neumonía como ya había superado en otros momentos neumonías víricas de hospital y había salido de ellas. Los médicos siempre exageran. Santi es una roca. Esto se repetía Lorena una y otra vez, mientras trasladaban a Santi a ingresar y le comunicaban que tendrían que hacer algunas cosas de inmediato para intentar salvarle.

Lorena le acompañó, sin quitar su mano del brazo de su marido, cuando se lo llevaron a una sala de diálisis para intentar salvarle. Sus ojos se cruzaron unos segundos con angustia.

“Santi, estaré aquí, como siempre. No te preocupes, estaré cerca, tranquilo. Estaré cerca. Te quiero.”

A las dos horas una doctora comunicó a Lorena que ya no había nada que hacer, que habían luchado todo lo posible y que a Santi no le quedaban más que un par de horas de vida.

Lorena no lo podía creer. Era imposible. Todo estaba bien hacía unas horas… ¿Y ahora qué? No podía ser. Él siempre vencía a la muerte. Siempre vencía a la muerte….

Ante sus ojos, Santi, ya dormido, se fue yendo, poco a poco, en un par de horas, sin un gesto de dolor… solo dejando poco a poco de respirar.

Lorena mantuvo todo el tiempo la mano sobre su brazo, suavemente para no sobresaltarle, pero, sabiendo que se moría, que se moría sin remedio…

Ella luchaba contra la razón… luchaba contra no sabía qué… ¿contra la muerte?

Recordó la pesadilla de solo dos días antes… Ahora estaba segura de que realmente había visto a La Muerte. Estaba segura. Sin embargo La Muerte sí que había avisado y les había permitido tener esos días felices para despedirse. Seguramente se lo merecían, por eso la muerte les había avisado.

(Basado en hechos reales)

 Original de Conchita Ferrando de la Lama

La vuelta a casa

Autor@: 

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Corrector@: 

Género: Terror

Rating: + 13

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Roberto del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La vuelta a casa.

Entre curva y curva Alberto dirigió los ojos al espejo retrovisor. El pequeño dormía con placidez en la parte de atrás del coche mientras Elisa hablaba a su lado de temas banales para evitar que le venciese el sueño.

Era noche cerrada. Alberto se echaba la culpa por haberse demorado demasiado con las despedidas en casa de los abuelos. Que si el niño quería llevarse la cabritilla a casa, que si probad un poco de este chorizo que tiene el punto justo de picante. Lo cierto es que estaba haciendo lo que una y otra vez  se dijo a sí mismo que nunca haría, conducir de noche por una carretera de montaña en pleno invierno. Por supuesto que conocía de memoria el camino a  casa de sus padres, pero con la helada que estaba cayendo toda precaución era poca. Había curvas a las que casi nunca se asomaba el sol y que se convertían en una pista deslizante si se tomaban sin el debido cuidado. Alberto interrumpió a su mujer.

—Gracias por no decirles nada a mis padres.

Elisa guardó silencio por un instante.

—No tienes por qué dármelas. Los aprecio y no quiero que se disgusten. Son buena gente.

Había muy pocas cosas en las que Alberto estaba tan seguro de haber acertado en su vida como la de proponer matrimonio a Elisa. La crisis se había llevado por delante la empresa familiar y ahora los bancos amenazaban con dejarlos sin casa, pero ella siempre encontraba una palabra de ánimo y comprensión.

—Además —continuó ella—, estoy segura de que todo esto pasará muy pronto y las cosas volverán a ser como antes.

La seguridad con la que Elisa había pronunciado aquella frase tranquilizó a Alberto, que distrajo su atención de la carretera durante un segundo para dirigirle una mirada cariñosa. Y ese instante fue suficiente para cambiar sus vidas para siempre. Algo apareció repentinamente de la nada en el límite de su campo de visión y comenzó a cruzar la carretera, y los reflejos hicieron el resto del trabajo de forma involuntaria. Alberto giró el volante bruscamente para intentar evitar aquello que lo había sorprendido y pisó el freno a fondo, entonces sus peores temores se hicieron realidad. El coche comenzó a patinar en el firme helado y se deslizó sin control hacia la cuneta. El susto disparó un torrente de adrenalina en la sangre de Alberto y sus cinco sentidos, un poco embotados por el vino de la cena y adormilados por la noche, se pusieron en alerta en un instante. Los siguientes segundos transcurrieron a cámara lenta. Mientras las luces del coche mostraban en un baile loco un escenario plagado de obstáculos cada vez más difíciles de esquivar, Alberto fue consciente de que el frenazo había despertado al pequeño, que lloraba de forma desconsolada, y de que Elisa gritaba mientras extendía las manos hacia delante y se preparaba para lo inevitable.

La fuerza del impacto les sacudió los huesos como si se los quisiera arrancar de la carne; luego el silencio.

Después de una eternidad comenzó a ser consciente de que alguien lo zarandeaba y lo llamaba por su nombre.

Alberto intentó abrir los ojos, pero los párpados pesaban demasiado. Estaba molesto porque la voz lo había arrancado de un sueño hermoso y profundo.

Hacía frío. El aire de la noche entraba a través del parabrisas roto y hacía que su cuerpo temblase involuntariamente. Sintió dolor en el cuello y una quemazón en la cara. Poco a poco fue enfocando la vista y los recuerdos comenzaron a ocupar el lugar que les correspondía en la cabeza. Elisa lo llamaba con una voz temblorosa que casi se mezclaba con el llanto mientras lo empujaba una y otra vez. De repente, Alberto abrió los ojos muy asustado.

—¡Andrés! —gritó mientras echaba la vista atrás y un dolor agudo estallaba en su cuello.

—Tranquilo, cariño. El pequeño está bien. Lloró mucho porque quería que te despertases y porque le asusta la oscuridad, pero en cuanto lo cogí en mi regazo se quedó dormido.

—Dios mío. ¿Qué fue lo que nos sacó de la carretera? ¿Pudiste ver algo? —preguntó Alberto mientras revolvía con cariño el pelo de su hijo.

—No, pero de lo que estoy segura es que, fuese lo que fuese, no lo golpeamos.

—Voy a echar un ojo afuera, a ver qué pinta tiene el coche.

—Ten cuidado, por favor.

Alberto abrió la puerta con un par de empujones de hombro y dio una vuelta alrededor del coche. Parecía que lo hubiesen golpeado con una bola de demolición. Habían tenido mucha suerte. El vehículo se había detenido sobre un pequeño talud que los había salvado de ir más allá, probablemente hacia una caída segura. La carretera rodeaba una montaña y, aunque la oscuridad escondiese el paisaje, estaba seguro de que allí sólo había barrancos más o menos profundos hasta el cauce del río. El frío comenzó a entumecer su cuerpo. Alberto se sentó de nuevo tras el volante.

—Es un verdadero milagro que todos estemos bien —comentó—, pero tenemos que salir de aquí cuanto antes.

Probó el contacto. Nada. Esperó un instante y volvió a girar la llave mientras rogaba que todavía le quedase una pizca más de suerte esa noche. El motor arrancó con un sonido lastimero y enseguida comenzó a ronronear con regularidad. Pero la alegría inicial se convirtió en decepción en cuanto se dio cuenta de que el motor no era capaz de transmitir movimiento a las ruedas.

—Hemos debido de romper la transmisión… No nos podemos mover.

Alberto recorrió con la mirada el oscuro paisaje que los rodeaba. A través de los cristales rotos del coche alcanzó a ver, frente a él, una luz a medio camino de la cima de la escarpada ladera que rodeaba la carretera. La luz parpadeaba cuando el viento movía los árboles sin hojas que la rodeaban.

—Mira, Elisa —señaló con la misma emoción con la que lo haría un náufrago  al ver la sombra de una vela en el horizonte—. Aquello tiene que ser una casa.  Tengo que acercarme hasta allí.

—¡Papi, tengo miedo! Todo está muy oscuro. No te vayas.

El pequeño había despertado y su voz de súplica hizo que a Alberto se le formase un nudo en la garganta.

—Tengo que hacerlo, cariño. Lo mejor será que me esperéis en el coche. El depósito está lleno y tendremos luz y calefacción aunque estemos toda la noche con el motor en marcha.

—Por favor —le rogó Elisa—, date prisa.

Alberto puso sus labios sobre los de ella con suavidad y después tapó a ambos con su abrigo.

—Ahora eres el hombre de la casa. Cuida de mamá hasta que yo vuelva, ¿vale?

—Vale, papi —contestó el pequeño con la voz entrecortada por los hipidos.

El viento frío lo traspasó nada más abrir la puerta del coche y le costó respirar el aire gélido de la noche. Las estrellas brillaban con una nitidez que sólo se podía ver lejos de las luces de la ciudad.

Alberto giró la cabeza a ambos lados para intentar ver un hueco entre la espesura que le permitiese llegar hasta la luz. A un lado la curva oscura que los había hecho derrapar, al otro la carretera descendía hacia la seguridad de la civilización, de la que todavía estaban muy lejos. No había hueco en la vegetación, o por lo menos no lo veía, así que hizo de tripas corazón y saltó al monte. Las zarzas de los matorrales se engancharon en su ropa e hicieron que cayese lacerándose manos y cara. Alberto peleó con todas sus fuerzas para liberarse de aquel abrazo de espinas y, una vez que lo consiguió, comenzó a avanzar lentamente, casi a ciegas, con las manos extendidas por delante para proteger la cara de las huesudas ramas de los árboles que intentaban arañarlo.

De repente, oyó un ruido que lo hizo detenerse. Algo o alguien se acercaba. En ese momento se dio cuenta de que quizás había sido muy imprudente al saltar al monte sin más. Su padre le había dicho que habían vuelto a autorizar las batidas de lobos porque ese invierno se habían acercado demasiado a los pueblos y estaban atacando al ganado. Contuvo la respiración. El crujir de ramas se aproximaba en su dirección y no había ningún sitio donde esconderse. Alberto se agachó detrás de un árbol y tanteó el suelo a su alrededor en busca de alguna rama o piedra con la que poder defenderse. Había crecido en aquellas montañas y conocía de primera mano las historias de hombres que se habían cruzado alguna vez con una manada de lobos o incluso con un oso. Pero esta vez no tenía nada que temer. La tensión desapareció en cuanto se dio cuenta de que sólo se trataba de un pequeño zorro que escudriñaba la oscuridad en busca de comida. Era increíble que aquel animal tan esquivo se acercase tanto a un hombre. Parecía no dar muestra alguna de haberlo visto. Alberto estaba tan maravillado por lo que estaba sucediendo que no reparó en la luz sobrenatural que comenzó a bañar el lugar. Pero el pequeño zorro sí. Levantó la cabeza para mirar a través de él, como si Alberto no estuviese allí, y desapareció en la espesura con rapidez. Alberto giró la cabeza y lo que vio le heló la sangre en las venas. Unas figuras cubiertas con unos mantos raídos lo observaban en silencio. De sus manos esqueléticas pendían faroles de los que emanaba una luz mágica, que de vez en cuando se agitaba como si fuese agua turbia y dejaba entrever algo en su interior que pugnaba por escapar. Las negras túnicas de aquellos seres no tocaban el suelo, pero todavía había algo más aterrador. Mientras Alberto podía ver su cálido aliento dibujando volutas frente a él en el gélido aire de la noche al ritmo de su respiración desbocada, de la profunda oscuridad que encerraban aquellas capuchas, donde se suponía que tendrían que estar las cabezas de aquellos seres, no se escapaba nada.

Ilustración de Roberto del Sol

Alberto echó a correr. Un par de veces miró hacia atrás, sólo para comprobar que el séquito lo seguía a mucha distancia. Avanzaban sin prisa y no emitían ruido alguno, pero se movían con una facilidad insultante por aquel terreno lleno de obstáculos, como si flotasen.

El miedo espoleó a Alberto, que reanudó la ascensión con más brío. Había acertado al suponer que aquella luz provenía de una casa. Ahora estaba tan cerca que podía verla perfectamente entre el ramaje de los árboles. Pero no estaba en forma, y comenzó a sentir que no podía dar a los pulmones todo el aire que necesitaban. Cuando estaba a punto de rendirse, se dio cuenta de que la pendiente se había vuelto menos pronunciada y la vegetación casi había desaparecido. De repente se encontró corriendo y trastabillando por una pista de tierra que conducía hacia la casa. En ese terreno volvió a ganar distancia, pero sabía que de nada serviría si el propietario no abría la puerta antes de que lo alcanzasen, así que comenzó a gritar.

La suerte volvió a sonreírle. A unos cinco metros de la casa pudo ver el rostro de un anciano observándolo detrás de una de las ventanas.

—¡Abra, por favor!

—¡Vete! No deberías estar aquí.

—Hemos sufrido un accidente. Mi familia necesita ayuda y unos extraños me persiguen…

—¡Vete! Nadie puede ayudarte ya. Vendrán por ti y no quiero que me encuentren.

—¿Cómo dice? —Alberto estaba desconcertado—. ¿Sabe quién me persigue?

—¿Quién? —El hombre soltó una carcajada demencial que hizo que Alberto retrocediese un paso—. ¿Acaso no has oído hablar de la güestia?

La güestia, el séquito que según la leyenda acompañaba el alma de los muertos en su último viaje. Definitivamente aquel hombre había perdido la cabeza.

—Por favor, señor, se lo suplico.

—¡Largaos de mis tierras o lo pagaréis muy caro!

Desesperado y preso de un arranque de ira, Alberto empezó a golpear con las manos desnudas la pared de la casa y, para su sorpresa, los muros comenzaron a resquebrajarse y a volverse polvo. Todo a su alrededor se deshacía como un castillo de arena seca.

—¡Detente, estás destruyendo mi casa! Sabía que seríais un problema desde que os vi en la curva…

Esas palabras hicieron que Alberto recordase la imagen de lo que lo había sacado de la carretera.

—Usted… Fue usted el que ocasionó el accidente.

—Nunca debieron construir esa maldita carretera en mis tierras. Les dije que defendería mis propiedades a cualquier precio. Tarde o temprano los coches dejarán de pasar por esta carretera y las tierras volverán a ser mías. Y puedo esperar toda la eternidad.

—Viejo chiflado, ¡casi nos mata!

—¿¡Que casi os mato!? Eso sí que tiene gracia…

El anciano comenzó a reírse de nuevo, pero su risa se truncó en cuanto la misma luz antinatural que Alberto había visto en el bosque bañó la habitación a sus espaldas. El hombre se giró y extendió las manos para intentar evitar lo inevitable, pero su silueta comenzó a estirarse hacia la luz mientras un grito agónico quedaba colgado en el aire.

El anciano desapareció engullido por la luz. Alberto retrocedió unos pasos. La casa ahora no era más que un montón de ruinas, como si al desaparecer el viejo se hubiese deshecho la ilusión.

Los encapuchados salieron de entre los restos de la casa y Alberto echó a correr de nuevo.

Bajar no fue más fácil que subir, porque en la oscuridad cualquier obstáculo lo hacía tropezar y caer, pero se las arregló para llegar hasta el coche rápidamente. No podía más, estaba exhausto. Al llegar a la carretera se hincó de rodillas mientras recuperaba el resuello. Miró atrás y respiró aliviado al no poder ver aquellas extrañas luces. Entonces se levantó y se sorprendió al ver a su esposa esperándolo fuera del coche. El pequeño Andrés estaba con ella, de pie a su lado. Las caras de ambos irradiaban una paz que no parecía de este mundo. Era la serenidad de aquellos que conocían todas las respuestas, de los que ya no tenían miedo. Alberto comenzó a entender lo que sucedía en cuanto los componentes de la güestia salieron de entre las sombras e iluminaron el claro con la luz de sus faroles.

—Te estábamos esperando, papá. Ven, no tengas miedo, ahora ya podemos irnos todos juntos.

El pequeño le tendió la mano. Alberto avanzó hacia ellos con los ojos anegados en lágrimas y abrazó a su familia.

El sol todavía no había asomado por encima de las montañas y Luis, el panadero, ya llevaba una hora en la carretera. No le importaba madrugar, en el campo todo el mundo lo hacía, y era consciente de la suerte que tenía por poder continuar con el negocio familiar. Luis odiaba las tareas del campo. El olor del pan recién hecho dentro de la furgoneta era algo maravilloso y no le molestaba conducir, porque lo hacía con la seguridad de quien conocía aquellas carreteras de memoria. Por eso siempre que llegaba a la curva en la que algunos del pueblo decían haber visto el fantasma del viejo Tadeo, aquel chiflado que se había quitado la vida colgándose de una viga cuando el gobierno le había expropiado el terreno para la carretera, siempre paraba de silbar, levantaba el pie del acelerador y se santiguaba. No era bueno tomarse esas cosas a broma y nunca estaba de más un poco de precaución.

Esa mañana, en la curva maldita, Luis vio unas extrañas rodadas dibujadas en el asfalto que se salían de la carretera y se imaginó lo peor. Al asomarse al arcén y ver el coche destrozado, se santiguó de nuevo porque supo de inmediato que ya no se podía hacer nada más por aquellos desdichados.

A los bomberos les llevó toda la mañana excarcelar los cuerpos de los tres ocupantes del coche.

Roberto del Sol 

Las madres de Sara

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Género: Relato Onírico

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Yolanda Aller. La ilustración con propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Las madres de Sara.

Celia apoyó la mano encima de la sábana. Un fuerte dolor se instaló en su pecho. El de siempre. Se entregó a él como una rendición. Amanecía. En su inconsciencia prefería recibir más el calor que la luz.

 Oyó los pasos acercarse. La puerta se abrió con decisión y los pasos llegaron a su lado. Abrió los ojos y sonrió. La escena se repetía diariamente. La joven, con determinación, sustituyó la botella de calmante y le dio un sorbo de agua. Después sólo había que esperar para seguir entendiendo. Quedaban escasas horas para que todo continuara.

 Atrajo hacia sí, como una orden a su cerebro, el sueño que le entregó el testigo, cuando hacía más de veinte y cinco años, concebida y no nacida, Sara, en su vientre, empezaba a ser.

 Las imágenes se sucedieron. Había una gran montaña. Un grupo formado por mujeres se agrupaba en una de sus laderas. Podía ser algún tipo de evento. Había una gran expectación. Noche clara. Y una luna en cuarto creciente. Las mujeres celebraban algo en lo que Celia se iniciaba como muchas más jóvenes.

 En la parte baja de la montaña, entre unos arbustos, Celia se veía a sí misma, joven y fértil, agachada tomando el tesoro, algo así como una joya, tal vez un símbolo religioso que la gran maga le entregaba. Era de plata antigua y colgaba de una cinta de cuero vieja con un pequeño agujero a modo de anillo. La reliquia tenía forma de mujer con unos grandes pechos y una gran vulva. Unas amplias caderas ladeaban un acogedor abdomen. La maga venía de un cuento de hadas: era fea, desdentada y con el pelo desordenado. Pero era maga, y vieja y sabía lo que hacía. Celia estaba convencida de que la reliquia contenía un gran tesoro, algo esencial totalmente invisible que tenía que descubrir.

Ilustración de Paloma Muñoz

Con la entrega del tesoro estalló un grito, un grito largo que se quedó vibrando, que cortó ese instante y separó el futuro del pasado. Celia subió montaña arriba, confundida, con la reliquia enganchada entre sus dedos. Observaba a su alrededor para entender. Lo que iba a venir ponía fin a lo que había sido. Y la escena desapareció.

En la siguiente Celia se encontraba dentro de un edificio blanco. Parecía un antiguo hospital con enfermeras de cofias blancas que no se veían pero se intuían. Y vibrando, el grito de la entrega: recorriendo los pasillos, chocando contra las ventanas y los baldosines. Celia corría. Algo llegaba a su fin inexorablemente.

Llegó a una amplia sala completamente blanca. En el centro había una gran bañera antigua de porcelana con cuatro patas. No había nada que adornara y que pudiera acompañarla. El grito daba vueltas como un torbellino sobre el techo.

Se quedó inmóvil.

Allí estaba, con la cabeza apoyada en el borde de la bañera, su madre muerta. Descansando. Con su piel cobriza e hidratada. Con su olor a jabón y a crema. Su cuerpo suave y desnudo yacía como lo que ya no volvería. El agua la cubría arropándola. Ya no sería más.

Celia lo entendió nada más verla.

Abrió su mano. Contempló la reliquia femenina y miró a su madre.

Como una esencia de perfume inestimable respiró la figura para inhalar la sabiduría y el legado que recibía. Y recorrió mil vidas antes que ella hacia arriba, de ovario en ovario, de su madre a su abuela y de su abuela a su bisabuela…Y continuó subiendo y subiendo. Todas ellas se encontraban presentes y a través de un cordón umbilical se deslizaban hacia Celia.

Recibió los sueños no realizados de sus antepasadas y la salud de aquellas que habían sanado el espíritu. Los padecimientos y las frustraciones. Recibió la dureza de las que se impusieron y el egoísmo de las que se creyeron importantes. La fuerza de las guerreras que innovaron y la sabiduría de las cosechadoras que transmitieron las enseñanzas. Recibió el silencio de las que escuchan y concentró, en aquel pequeño objeto, el amor de todas las madres que había tenido. Y la música que se quedó sonando por debajo, uniéndolas, a la espera de continuar.

Celia cumpliría su parte. Recogió todo deprisa para después ordenarlo y se erigió en una gran Loba: nadie más feroz para defender su tesoro, ni más fiel para conservarlo, ni más madre para transmitirlo.

Sara entró en la habitación a la hora de más luz. El pelo recogido en una gran trenza y su vestido vaporoso le conferían una imagen de otra época. Se sentó al lado de su madre y le cogió la mano. Celia la acercó al vientre de su hija y giró negando con la cabeza. Aún no había vida allí, pero el cordón umbilical se extendía y se extendía a través del cuerpo de Sara desde miles de años atrás. Y allí se quedó. A la espera.

Celia retiró su mano y con la palma abierta se dio tres suaves golpes en el pecho.

—¿A que ya lo sabes? —le dijo.

Sara asintió. Así, con la voz baja y el corazón grande como la Loba la había enseñado. Ya no quedaba tiempo.

Sara permaneció con ella toda la tarde. Celia escuchaba. La oyó leer durante horas con su tono de voz musical y envolvente. Con los ojos cerrados para retener las palabras y no soltarlas. Casi inaudible, su mente y su recuerdo reprodujeron las negras, blancas y fusas de la sonata que tenía reservada en su memoria para hacerla sonar una última vez.

Sara llegó a casa de su madre. Tranquila y perdida. Entró en la habitación. Sobre su cama vio un pequeño objeto. Tenía forma de mujer con grandes pechos y una gran vulva.

Todas estaban allí, a su alrededor, como una gran manada de lobas cerrando el círculo.

Yolanda Aller

Flash forward

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato reflexivo corto

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Ruiz Trinidad. La ilustración con propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Flash forward.

La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.
Jorge Luis Borges. 1899-1986.

La muerte me ronda. A ratos creo que me va a llevar al otro lado cogiéndome de los pies y dando un tirón. A ratos se muestra sumisa: me habla bajito, al oído, y me confunde. ¡No existes, vete, vete, hoy todavía no!

Me han incoado en un procedimiento propio y único. Dicen que tengo grandes zonas calibradas de interés cultural. La enfermera me mira y sonríe. Yo sé cuánto esfuerzo hace cada día por parecer tranquila. Ella es mi mujer. Me anima, me abraza, está ahí. Sólo eso: está. No te preocupes tanto. En realidad, te mueres cada día, justo después de comer, unos quince minutos. Y esboza una sonrisa. No puedes perder el sentido del humor.

Por aquí arriba en la cabeza tengo bosques de eucaliptos bajo mis pelos. Inmensos microcosmos llenos de bacterias que sobreviven comiéndose la piel. En el pecho ha surgido la nueva reserva del Río Tinto. Fluye caliente a ratos entre sollozos sin lágrimas ya. No te preocupes, amor, hoy todavía no. Quiero decírselo, pero no puedo: no tengo lengua, no tengo boca, no tengo garganta. Quiero decir muchas cosas a mucha gente. Pero he elegido hacerlo en un momento crítico en el que mi naturaleza me ha dado la espalda.

Ahora me comunico con una pizarrita de niños en la que escribo con tiza frecuentemente: No llores. Pero todos lloran… Primero me trajeron un ordenador con una e-pizarra y vi que podía escribir y grabar mensajes que siempre repetía. Durante las visitas. Bien. Al pulsar la b, texto predefinido, automáticamente: bien.

No cabe duda de que morirse es un destino esperable, pero no hace falta marcharse de aquí con tanto dolor. Yo hubiera deseado dormirme para siempre y no sufrir. No sufrir mi dolor, que es muy grande, sino el dolor de los que me quieren.  Yo también lloro mucho, a solas. Cuando creo que nadie me escucha, me desahogo. Pero las lágrimas escuecen mi pecho y todavía siento más dolor porque no brotan para fuera, sino para dentro.

Hablo en sueños, para que sepan que todavía no he muerto. Lo potente que es el subconsciente. Palabras sueltas, algunos sinsentidos o co-razones de existencia:

Protección cautelar. La nieta.
Licencia para habitar. El testamento de mi hijo.
Efectos colaterales. ¿Qué será de mi mujer tan joven y bella?
Indemnizables los perjuicios. Yo no quiero, pero lo harán.
Suspensión de licencia. El médico se equivocó.
Mi ruina es una realidad histórica. Error tras un juicio previo.
Deber de conservación del propietario. Donaré mi cuerpo a la ciencia.
Colectividad. No quiero admitirlo.
Acto de contenido imposible.
Manifiestamente obligado a la expropiación. De mi yo, de mi materia, de mi hoy en vida.
Medidas de garantías. Ya no hay recursos suficientes.
Todos nos consideramos los indispensables en un hogar. No hay nadie insustituible. Todo pasará.
Criterio de mínima intervención y la máxima garantía. ¡Mierda para todos!
Principio de restitución. Lo único irremplazable es la vida.
Día internacional del Despojo. Instáurenlo.
Todo lo aséptico que me rodea me obliga a sentirme cobaya.
Las dobles listas, esperas en hospitales, amorales.
El fondo, la superficie está sucia. Limpia y encontrarás.
El patrimonio inmaterial. Dejaré mis libros, mis poemas, pensamientos, etc.
Expresiones culturales. No di para tanto. Ni mucho menos.
El elemento humano: el miedo. No sólo existe dentro.
El húmedo, tenebroso y resonante corazón palpita aquí, y me aprieto con la palma izquierda el pecho. Todavía…

Resplandor devoto de una luz, la luz de la candela que no pudo ser sol. Y el sol seguía existiendo fuera, ajeno a todo siguiendo su propio ritmo.

Color áureo. Faz de la luna pálida y sobrenatural. He decidido estar para crear. Volver. Despierto.

Sea como sea, me muero quince minutos al día por culpa de las pastillas justo después de comer. Es el único momento  en el que cualquiera que me viese podría pensar que ya es un hecho la presencia inerte de mi cuerpo. Pero despierto cada tarde a las cinco y cuarto.

Luego escribo, ordeno y organizo muchas cosas, en la pizarrita, porque como ya les dije, no puedo hablar. Mi secretaria lo transcribe en el ordenador. Y todo fluye con cierta coherencia… Una vez a la semana me llevan desde mi casa hasta el hospital para las revisiones. En el camino, inevitablemente, circundamos el cementerio. Hoy queda un día menos…

Cada vez estoy más resignado y tengo menos miedo. Supongo que todo este tiempo ha sido un regalo para asumirlo todo y dejar todas mis cuentas pendientes al día. La muerte, al final, siempre gana, es lo único capaz de ganarme. Pero hoy todavía no.

Ilustración de Verónica López

Olga Ruiz Trinidad

Hechos inaceptables

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Género: Drama

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Juan Ramón Lorenzana. La ilustración con propiedad de Nelle Carver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

Hechos inaceptables.

“No sé por qué lo hice”, eso le digo. “Lo recuerdo pero estaba fuera de mí, como si fuera otra persona”, de tanto repetirlo, lo digo ya con gran convicción. “No lo volveré a hacer nunca”. “Tomaré la medicación y seguiré todos sus consejos”, le repito al imbécil de mi psiquiatra mirándole fijamente con ojos tiernos. “Ya estoy bien”. Necesito convencerle para que me dé el alta y pueda salir de esta puta cárcel acolchada. “No lo volvería a hacer, ¡estaría loco! Fue un trastorno, una… ¿Cuál es el nombre ese que usted tanto dice…? Crisis psicótica, una disociación transitoria de personalidad. Nadie en su sano juicio haría eso con su propio cuerpo…”

Desde hace semanas me obliga a contar, una vez tras otra, el cómo de mi comportamiento aquel día. Él dice que así podrá decirme el por qué y, justo en ese momento, empezaré a curarme de verdad. Pero yo sí puedo ver la verdad que se esconde tras el oscuro cristalino de sus ojos. Puedo ver sus sádicas miradas escondidas tras su aparente e interesada compasión, y el gusto que le produce que le relate, minuciosamente, cada segundo, cada milímetro que recorrió el filo del cuchillo sobre mi piel:

Cogí el cuchillo con el que habitualmente pelo las patatas, uno pequeño de filo curvo y mango rojo, y situé su punta en la glabela. Es casi imposible fallar con ella porque es ese punto en el entrecejo que simplemente con colocar un dedo a un centímetro de ella se produce un efecto de atracción muy parecido al dolor. 

La sensación en ese momento fue magnífica: había empezado de una vez el largo camino para acabar con el monstruo que se escondía dentro de mí. Él tenía miedo, lo notaba, esta vez le había acertado de pleno; pero aún herido, intentaba convencerme de que dejara el cuchillo quieto y no continuara el recorrido que acabaría con él. No lo consiguió.

Continué por la ceja muy despacio y sin levantar ni por un instante el cuchillo que, sorprendentemente, cortaba con suma facilidad la carne, para luego descender por la apófisis frontal y después la temporal hasta llegar al agujero infraorbitario. De ahí, por debajo del pómulo, atravesar la complicada carnosidad que te obliga a hincar más el cuchillo y a que la mano sea firme en su intención hasta llegar a la articulación de la mandíbula. Llega ahora el camino más fácil y satisfactorio porque el cuchillo se desliza fácilmente por todo el perfil de la base mandibular hasta llegar al agujero del mentón. Y está bien que sea así de fácil porque lo que viene después te exige tomar una decisión trascendental de la que depende el éxito de toda la misión.

Mientras veía mi imagen desnuda en el espejo del aseo, el cuchillo esperaba vibrante una decisión hincado en la barbilla. Dudé un tanto por dónde seguir. De equivocarme, me desangraría rápidamente sin tiempo para terminar…

—¿Terminar qué? ¿Terminar dónde? —me pregunta mi psiquiatra cada vez que le cuento esta parte de la historia, y yo no le puedo decir la verdad.

Hay en mí algo erróneo, un defecto insoportable, tan evidente y obsceno que me parece mentira que nadie parezca verlo. ¿Estáis ciegos? Si me miraran de verdad, se darían cuenta del horror que intenta ocultarse tras una piel, unos ojos y unas manos aparentemente normales y sanas. Un poquito por debajo, tan solo con rascar un poco la blanca piel y se puede ver la horrenda superficie, la real, la del ser que soy en verdad, pulsando ahora por salir rompiendo la ridícula cascara donde se esconde, ahora por esconderse sin dejar la menor grieta y penetrar en mí como si aún quedara algo ahí dentro, libre de su putrefacción.

No soporto mirarme en los espejos, tan mentirosos ellos, pero a los que si les sostienes la mirada durante el suficiente tiempo, puedes ver reflejados los ojos del verdadero rostro del monstruo.

Tiempo atrás me había rascado, arañado y masturbado, todo con el mismo decepcionante final. También me había hecho multitud de pequeños cortes por los brazos y piernas, y unos pocos en el pecho y las nalgas; pero no conseguía revelar a la bestia y expulsarla de mí, no conseguía que la luz la iluminara por completo dejándola sin máscara e inerme a la vista del mundo entero.

Hay varias posibilidades. Todas arriesgadas. La única opción no disponible, por su demostrada ineficacia, es levantar la mano y con ella el cuchillo que aún espera ansioso en mi barbilla.

La decisión está tomada pero la mano duda y tiembla, no de miedo, sino de emoción, y al emprender de nuevo el camino la presión es excesiva y el salto de la nuez es más que suficiente para que el cuchillo atraviese la tráquea. Aun así intento acabar mi trabajo a toda prisa antes de que la inconsciencia me lo impida. Pero las prisas no son buenas, sobre todo si uno mismo está a ambos extremos del cuchillo y la sangre te impide ver con claridad el camino. Mi pulso no es el de un cirujano y la carótida está demasiado cerca. Lo inevitable sucede y un chorro de sangre salpica el espejo. Intento limpiarlo con la mano libre, pero el resultado es aún peor y… me desmayo con sabor a fracaso en la boca pero, al menos, con el consuelo de la liberadora muerte tiñendo de rojo el frio suelo, o al menos eso creí yo en ese momento.

No sorprenderá que diga que sobreviví, a cuento de qué estaría escribiendo esto si no. Un par de semanas en la unidad de cuidados intensivos y tres más recuperándome en la planta de psiquiatría del hospital atado como un animal a las cuatro esquinas de mi cama. Ya no me atan por las noches, pero las ventanas no son tales porque carecen de manillas con las que abrirlas, y la puerta solo se abre desde el control del pasillo. Así que estoy encerrado todo el día como si fuera un criminal, solo me dejan salir para ir a las sesiones con el loquero. No sé cuándo me dejaran salir de aquí, pero ya no aguanto mucho más, tengo que convencerles de que ya estoy curado, y si no, tendré que escapar de aquí como sea, el monstruo ha estado calmado últimamente pero siento que vuelve a coger confianza y empieza a llenar todo el vacío bajo mi suturada piel.

No sé por qué me pasa esto. No sé por qué hago esto. No sé por qué quiero morirme. No sé por qué me repugna el sabor de la comida en la boca, por qué la gente me da miedo y no quiero que nadie me toque. No sé, pero recuerdo que una vez no fui así… Debo sacar al monstruo que está dentro de mí y volver a sentir cosas buenas. Debo volver a escribir poemas de amor como los que una vez escribí para ti. ¡Para ti! ¿Quién eres tú? No entiendo nada de lo que me pasa, pero he robado el abrecartas del despacho de mi psiquiatra y ahora mismo voy a terminar el trabajo que empecé.

Hilillos de sangre coagulada que, 
como incandescente tela de araña,
unen mis dedos, me cuentan
que ya falta poco para estar muerto.
 
La lengua se seca
se agrietan los labios,
cruelmente cosidos por silencios obligados.
Llevo demasiado tiempo esperando.

Ilustración de Nelle Carver

FIN

Juan Ramón Lorenzana

La carta número 13

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Género: Relato

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. Las ilustraciones son propiedad de Jesus Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La carta número 13.

Cuando me dijeron que tenía un don especial, no me lo creía. Nunca me tomé en serio esa afirmación y más si venía de una mujer casi analfabeta y supersticiosa. Pero aun así me picó la curiosidad y un día en que la encontré, le pregunté en qué consistía ese supuesto don del que me hablaba. Ella me dijo que se trataba de la adivinación y que sabía lo que decía porque ella misma echaba las cartas, las cartas de tarot.
Yo, francamente no le di importancia porque no creo en esas cosas. Pero como me sentí intrigada, comencé a leer a cerca de la adivinación a través las cartas: la cartomancia. Y me empecé a interesar sobre el fascinante mundo de lo que simbolizaban.
Adquirí una baraja de tarot conocida como la baraja de Marsella y leí sobre las diversas formas de exponer las cartas sobre un tapete de seda (porque por lo visto ha de ser de seda) y lo que significaban una vez colocadas.
Confieso que lo encontré entretenido desde el principio y que las cartas que manejaba se movían en mis manos como si lo hubiera hecho desde hacía mucho tiempo.
Todas y cada una de ellas me hablaban y me decían cosas.
Así por ejemplo, La torre golpeada por el rayo me decía que, en algún momento, la ira divina podría entrar en juego, claro está, si la posición sobre el tapete así lo atestiguaba.
La torre es la ira de Dios y la Torre de Babel tan célebre por la soberbia humana. Pero también se podría tratar de una torre de marfil desde la que la persona contempla el mundo.
O bien, esa misma ira divina de la que hablaba, podría transformarse en algo positivo para que la persona pudiera afrontar cualquier tipo de inconveniente que se le pusiera por delante.
Cada una de las cartas significaba por sí sola algo bueno, apropiado, beneficioso o desconcertante y desolador.
Una carta aparentemente inquietante era la dedicada al terrible diablo.
La carta de El Diablo estaba asociada a los vicios, a la degradación moral y espiritual. Pero según lo que leía, ocurría como algunas otras cartas que podría representar la parte libre del ser humano: su alma no sujeta a los dictados de la moral y de la rectitud.
El planteamiento filosófico de las cartas debía dejarlo un tanto descartado dependiendo de a quien se las leía. No le iba a soltar un rollo filosófico a una persona que lo único que le interesaba era que satisficiera su curiosidad en forma de preguntas ante casos tan comunes, vulgares y corrientes como: ¿Cuándo me va a tocar la lotería? ¿Me aceptarán en ese nuevo trabajo? ¿Llegaré a salir con ese chico tan guapo?
Confieso que cuando salía esa carta (El Diablo), lógicamente había expectación, preocupación y mosqueo. Mucho mosqueo. Pero un buen profesional echador de cartas debe esclarecer ciertos términos y procurar un ambiente relajado y tranquilo que invite a la colaboración entre echador y escuchante.
Esto lo comento porque había decidido comenzar a echar las cartas a familiares, amigos y conocidos y así, sí veía que me iba bien, podría intentarlo a un nivel “más profesional”.
Así se inició mi aventura con las cartas del tarot y podría contar muchas anécdotas. Pero hubo una, una en concreto, que me hizo reflexionar sobre las cartas y el destino de las personas.
Una vez un chico, al que había conocido en una biblioteca (yo trabajaba como bibliotecaria), me solicitó que le echara las cartas.
Habíamos iniciado una conversación a la salida y salió el tema. Yo asentí y quedamos en mi casa para la sesión.
Por aquel entonces, había adquirido cierta destreza y soltura y el chico parecía muy emocionado mientras esperaba lo que tuviera que contarle ante la mano de tarot.
Lo hice en varias ocasiones y siempre que echaba las cartas sobre el tapete, aparecía la carta número trece en una posición que no ofrecía muchas dudas sobre lo que podría ocurrirle.
En el tarot, generalmente, la carta número trece no existe como tal debido a la superstición desatada contra dicho número, pero en el tarot marsellés, la carta número trece es La Muerte.
Y la muerte aparecía al final del ciclo, en el que veía problemas graves, conflictos y una situación negativa en general. Dicha carta siempre salía invertida.
Yo no sabía qué hacer ni cómo decirle o expresarle lo que sentía al leerle las cartas.
Creo que él lo intuyó porque me preguntaba constantemente sobre la carta. Yo le decía que normalmente, esa carta tan sólo posee mala fama porque la carta número trece que representa a la muerte no es una carta tan nefasta o la más nefasta de los arcanos mayores del tarot sino que puede significar renovación, cambio o transformación y poseer un signo positivo.
Pero lamentablemente le salía al lado de La Torre y de La luna, una carta de ambiguo significado pero que está relacionada con los enigmas, los secretos, el mundo oculto, las ensoñaciones, lo onírico. Y con lo lúgubre, en contraposición con la esplendorosa carta de El Sol.
Generalmente, aquellos que echan las cartas se conducen por un “Código Deontológico”, como ocurre con los médicos por el que si se aprecia en la lectura de las cartas, que el resultado es altamente negativo o grave, hay que tratar el asunto con discreción y cuidado.
Le previne sobre su salud y sobre las formalidades propias de su edad como el tener cuidado al volante, no hacer o cometer acciones irresponsables que le acarrearan complicaciones importantes y ese tipo de advertencias.
El chico, que se llamaba Oscar y que iba todos los viernes por la tarde a verme a la biblioteca, dejó de aparecer.
Esperé un tiempo prudencial y después comencé a preguntar y a hacer mis pesquisas para saber qué era lo que le había ocurrido.
Alguien en la biblioteca me dijo que se había puesto enfermo y que estaba ingresado en un hospital. Me quedé helada.
Pasaron unos meses y seguía sin aparecer. Me enteré de que continuaba enfermo, pero en su casa. No sabía si ir a visitarlo o no. Me decidí a hacerlo. Le dije a su madre que era una amiga de la biblioteca. Deseé que no supiera que era la que en una ocasión le había echado las cartas.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Oscar me reconoció. Su aspecto era lamentable. Estaba muy pálido y en los huesos. No quiero nombrar la enfermedad que lo estaba consumiendo. Me sonrió y le tomé de la mano. Apenas hablamos. No sabía qué hacer. Me sentía fatal: triste, compungida y muy alarmada.
Era cierto que estaba muy enfermo. Oscar falleció en menos de un mes.
Lo que había empezado como un interés de esparcimiento se había convertido en una terrible realidad a presenciar con mis propios ojos.
Fui a mi casa y llorando, profundamente afectada, quemé las cartas y me juré a mí misma que jamás volvería a sacarlas de su escondrijo.
Han pasado unos cuantos años y sigo recordando a Oscar.
Para agravio mío, volví a la lectura del tarot. Rompí mi juramento. Pero esta vez todo lo que he leído y para quienes lo he leído ha sido bueno y positivo. Me alegro.
Pero las cartas (otras que compré en un anticuario en Francia y que me costaron un ojo de la cara) las tengo en una preciosa caja de madera de sándalo, más como una reliquia que como una afición con la que una vez intuí que podía ganarme la vida, aunque no fue así.
Me han preguntado muchas veces si yo me he echado las cartas en algún momento.
Sonrío y eludo la respuesta.
Las cartas tienen su cometido. Las cartas son muy serias y no se debe acercar uno a ellas con frivolidad.
Yo lo hice al principio y ahora las guardo el mayor de los respetos.

Paloma Muñoz
Madrid, 17 de Octubre de 2013

El vecindario

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Género: Fantasía Urbana

Rating: +13

Este relato es propiedad de Olga Besolí. Las ilustraciones son propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El vecindario.

Los seres inmortales también perecemos. No morimos como los mortales, cuya alma se desprende del cuerpo y, cuyo cuerpo, tan pronto como se convierte en un cascarón vacío, entra en descomposición. No, los seres mágicos nos endurecemos. Cuando la llama que mantiene nuestro calor se extingue, todo nuestro ser se enfría y entra en un letargo infinito del que es casi imposible salir. El qué nos mantiene con vida depende de cada espíritu elemental. Mi alimento es la alegría, pues soy —o más bien dicho— en mis días felices fui un hada de los bosques. Ahora, solo soy un triste recuerdo de aquello que fui. Pero comencemos por el principio…

Todo empezó hace muchos… muchísimos años. Lo vi por primera vez en uno de los recónditos claros donde mis hermanas y yo solíamos jugar, en el corazón mismo del bosque. Nunca ningún humano se adentró tanto en la espesura de la arboleda, pero aquel excursionista, sin saber cómo, había llegado hasta mi pequeño jardín multicolor de flores. Por suerte, tuve tiempo de replegar mis alas y apagar mi luminiscencia antes de que posase su mirada tímida sobre mí. Su mano dejó caer al suelo la botella de agua que sostenía.

—Ho…hola, ¿estás… uf… perdida?

—No —respondí— ¿Y tú?

—No… yo, tampoco… Mira, llevo un GPS… Espera… ¿A dónde te diriges?

—A ninguna parte, de momento.

—Yo iba hacia… bueno, eso ya… ya no me acuerdo. No importa… ¿Te he visto… antes?

—Es posible. Puede que en alguno de tus sueños.

Él, instintivamente, bajó la mirada y una oleada de calor inundó mi cuerpo. Dicen que la risa de las hadas suena, al oído de los humanos, como el tintinear de un millar de campanillas diminutas. Puede que sea cierto porque cuando me reí, él se estremeció. Golpeaba insistentemente una rama seca del suelo con su bota, de la que no apartó la vista ni un segundo.

Su reacción confirmó mis sospechas: yo debía estar presente en sus sueños.

***** **** ****

Tras cinco meses de encuentros y visitas furtivas, siempre en el bosque o en sus lindes, conocimos el uno del otro lo necesario: cuáles eran nuestros nombres y nuestros sentimientos.

-Jordan, ¿crees que sientes algo por mí?

Él se ruborizó y miró al suelo. Cuando intentó contestar, las palabras se le encallaron en la garganta y quisieron salir todas de golpe provocándole un terrible tartamudeo. La alegría en mí se avivó y creí que nunca se apagaría.

Aún así, el día de la boda le pregunté:

—¿Estás seguro que quieres pasar el resto de tus días junto a mí?

Él se puso nervioso y me rehuyó mientras una lágrima que pretendía esconder se deslizaba por su mejilla. Esta vez se tomó su tiempo para agarrar con fuerza la respuesta y que no se le escapara. Pero no esperé. Con un dedo sellé sus labios y le susurré.

—Yo también.

Cuando nos trasladamos a nuestro nido de amor, me sentía el ser más dichoso sobre la faz de la tierra. Nuestro hogar era perfecto: una casa unifamiliar con jardín, caseta de perro y garaje —como quería él— situada en el barrio residencial más cercano al bosque —como pedí.

—¿Me quieres? —le pregunté, mirándole a los ojos.

Él fue incapaz de contestar a eso. Me abrazó como quien agoniza aterido. Era todo cuanto yo necesitaba. Su calor, la casa y mi jardín de hierbas aromáticas y flores multicolores me ofrecerían el resto.

En los años que estuve, me podría haber movido de ahí, pero no lo hice. Podría haber visitado las casitas unifamiliares —con jardín, caseta de perro y garaje— de nuestros simpáticos vecinos, pero no lo hice. Podría haberme internado en el bosque de vez en cuando para reencontrarme con mis hermanas, pero eso, tampoco lo hice.

Los años pasaron velozmente para mí. Lentamente para él. Eso es la relatividad del tiempo. Treinta años humanos son muchos, quizás demasiados, para aquellos cuerpos cuyos huesos pierden fuerza, cuyas panzas aumentan de volumen y en cuyas cabezas escasea ya el pelo. Pero para nosotros, los seres mágicos, cuya longevidad se cuenta en siglos, es un periodo tan breve que no se produce cambio alguno en nuestro cuerpo. Para mí, esos treinta años fueron un fugaz suspiro.

Después todo comenzó a ir mal.

Empecé observando pequeños cambios que se obraban en él casi imperceptibles. Apareció una nota de indiferencia en su forma de hablarme y una rotundidad en sus gestos que antes no estaba allí.

—¿Me encuentras deseable?

—Claro…

—¿Pasamos de la cena?

—Claro…

Luego, su tono empezó a adquirir una seguridad que poco a poco me fue dejando fría. Un día, cuando le pregunté si todavía me quería, me respondió sin titubear:

—Por supuesto que sí. Como siempre.

Durante el otoño de ese mismo año perdí el color. El médico ¡pobre ingenuo! explicó que mi palidez y mi baja temperatura seguramente estaban causadas por algún tipo de fiebre desconocida y que con un poco de reposo me recuperaría.

Empeoré. Soplos intensos de frío me recorrían como si el invierno hubiera anidado en mi interior. Y cuanto más débil me sentía yo, más frondoso se volvía mi jardín, que era el orgullo y envidia del vecindario. Presentí que mi final estaba cerca y accedí de buen grado a las insistentes invitaciones de la familia Hewitt-Lenson, que vivía al lado y de los Kelmer, los vecinos a los que estuve evitando durante tantos años. También acepté la de la encantadora pareja Jean y Austen, que se habían mudado a la casa de enfrente hacía siete años, cuando la señora Parcel murió. De todo eso y de mucho más me enteré en un solo día, el día en el que el destino me tenía reservado un final inesperado. ¿Dónde estaba por aquel entonces Jordan, mi marido? Trabajando, mucho y a todas horas.

El día en que visité las casas de mis vecinos más cercanos comprendí lo voluble y cambiante que es el ser humano. ¡Sus jardines eran cementerios encubiertos, adornados de césped, flores y plantas, con piedras y caminos!

Dejé resbalar las últimas horas del fatídico día con el frío instalado en las entrañas. Ya en la noche oscura, los aullidos del perro me alertaron de la llegada de Jordan. Esperé a que aparcara el coche en el garaje y se acercara al salón. Tan pronto como me vio, sin darme tiempo a preguntarle nada, me contestó:

—Te quiero mucho, vida mía. Mira lo que te he traído.

Sus palabras fueron tan aseverativas como vacías. Sentí una punzada de hielo allí donde palpita el corazón. Cuando se acercó a entregarme el ramo de flores noté el olor almizclado a hembra que lo envolvía.

—Ahora subo a la habitación —le mentí.

Ilustración de Verónica López

Sola y en silencio salí a mi pequeño fragmento de bosque particular, mi jardín. Caían los primeros copos de nieve sobre los arbustos. Sin aliento, me posé sobre el suelo helado, con la piel azulada, rígida y fría. Intenté no abandonarme a la tristeza que me acechaba; traté de levantarme, pero caí de rodillas. Demasiado tarde: mi cuerpo se petrificaba. Mis alas se desplegaron por última vez y sus membranas se cristalizaron mientras se me escapaba la vida. Cuando expire mi último soplo de calor, mi aliento hizo crecer un círculo de hermosas flores alrededor mío.

A la mañana siguiente fui testigo de cómo Jordan, tras mi desaparición, llamó a la policía. Llevaba bastante sin fijarse en mi jardín y no repararía en él aquel día. Parecía preocupado. Y lo estuvo, sin duda, un par de semanas. Pasado ese tiempo, siguió con toda normalidad con su vida.

La vida humana finaliza con la muerte, pero la existencia de los seres inmortales se acaba y, aún así, no termina. Los vecinos que yo conocí del barrio desaparecieron y otros ocuparon su lugar. Y, a estos, les sucedieron otros nuevos. Los cadáveres de mis congéneres y yo somos los únicos que permaneceremos aquí por siempre jamás. Somos eternos.

Mi llama ya hace mucho que se consumió, pero seguiré aquí, en letargo, inmutable, quieta, muda y fría. Soy el hada del jardín de una bonita casa con garaje y caseta para perro, una figura más de las que adornan el cementerio de seres mágicos de este vecindario, cómo la familia de duendes del patio de los Hewitt-Lenson, los gnomos de los Kelmer, o el ángel sobre la fuente que vi en la casa que perteneció a la señora Parcel.

Me pregunto qué fue lo que les mató a ellos.

Olga Besolí
Noviembre 2013