Tras la niebla

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Género: Drama

Rating: + 18 años

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tras la niebla.

• ¿Alguna vez se ha sentido sola, sumida en unos pensamientos que sabe que no la llevarán a ningún sitio, dejando pasar el tiempo, sin que el tiempo le importe lo más mínimo? Así me siento yo todas las mañanas cuando me despierto, rodeada de la oscuridad en la que se ha convertido mi vida, con el único deseo de no despertar jamás, pero con la extraña esperanza de que el nuevo día traiga con él buenas noticias.

Silvia se recostaba en el cómodo sillón mientras, sin mirar a ningún sitio, le hablaba a aquella mujer, hasta hace unos meses una total desconocida, pero que se había convertido en la única persona a la que poderle confiar todos sus más íntimos secretos.

•Aún recuerdo la primera vez que entré a tu consulta: Me miraste a los ojos y me sonreíste. En ese momento supe que estaba haciendo lo correcto, que aunque nunca pudiera dejar de sentir miedo, ese miedo me mantendría con vida.

•Perdóname, Silvia. Hace ya un par de meses que vienes todos los jueves a hablar conmigo. Hoy te has presentado sin avisar. Sabes que es martes, que mi secretaria no viene a la consulta, y me pides que te escuche por última vez. Empiezo a creer que no fue casualidad que vinieras a verme, que tal vez me conocías de algo, y empiezo a estar un poco cansada de todo.

•Hay quienes dicen que todo en la vida sucede por casualidad — Silvia se levantó del sillón recorriendo despacio la sala—, como esa persona que deja pasar a otra en la cola del supermercado, sin saber que esos pocos segundos que ha retrasado su rutina, harán que alguien no vuelva a ver salir el sol, o que con una simple búsqueda en Internet, fueras tú quien apareciera…

•¿Pero qué dices? Realmente me asustas. Como bien has dicho, ésta será la última vez que te atienda. No tengo tiempo para tonterías, que empiezo a darme cuenta de que no nos llevarán a ningún lado. Así que ya puedes aprovechar esta hora que tengo libre.

•Shhhhhhhhhhh— dijo Silvia haciéndole un gesto para que se callara, acercándose a la foto en la que la doctora parecía posar feliz con su marido—. ¿Le quieres? Estoy segura que sí, que muchas noches te has acostado viendo cómo duerme, sintiendo que sin él tu rumbo no tendría un norte, que despertarte sin el tacto de su piel no tendría sentido, y aun así… aun así, seguro que no sabes apreciar lo que tienes. Ojalá nunca te acuestes sintiendo que no es más que un desconocido para ti, con miedo a no volver a tenerle a tu lado porque alguna, más guapa y delgada que tú, decidiera ser su putita…

•No voy a aguantar más tus estupideces. Estos dos meses lo he hecho porque realmente pensaba que necesitabas ayuda. ¿Pero sabes?, lo que necesitas es darte cuenta de una vez de que tu matrimonio no funciona, y que posiblemente lo mejor que puedes hacer es pasar página y olvidarte de él.

•Y tú… ¿serías capaz de hacerlo, de olvidarte de él para siempre? No me hagas reír— Silvia se volvió a sentar en el sillón, contemplando el viejo parque que podía ver a través de la ventana—. Todas las mañanas me despierto con el mismo miedo, la soledad. Es esa niebla, esa maldita niebla que cubre mi casa, la que me atormenta una y otra vez. Apenas puedo dormir, y cuando lo hago, no dejo de verla, ahogándome por momentos. Creo que incluso me habla, que me dice lo que tengo que hacer. Me susurra al oído con una voz esquiva que yo no merezco morir, que no soy la culpable de todo, pero no puedo evitar llorar. He estado a punto de cometer una locura, pero no, no merece la pena darles esa satisfacción.

•Silvia, de verdad, ¿no has pensado en dejar a tu marido? Por todo lo que me has contado, no creo que ni siquiera le quieras, sólo te aferras a esa vida cómoda que él te da. No debes tener miedo. Esa niebla no es más que tu subconsciente que se niega a dejarlo todo atrás, que trata de hacer que no veas con claridad tu vida, o mejor dicho, lo que podría ser si tuvieras el valor suficiente de afrontarla. Si te soy sincera, no creo que sea conmigo con quien tengas que hablar.

•Qué equivocada estás. Si algo sé, es que quiero a mi marido con toda mi alma, y que estoy dispuesta a hacer todo lo que esté en mi mano para que siga a mi lado, por seguir despertándome con su olor entre las sábanas. Eres la única persona con quien quiero hablar, y la única que podrá ayudarme. No te quepa la menor duda que en estos sesenta minutos te darás cuenta de que tengo razón. Pero no es de ti de quien quiero hablar — poco a poco empezó a respirar más fuerte, mientras se tocaba la frente y se daba pequeños golpes—. Este dolor de cabeza me va a matar. Siento como si algo taladrara mi mente, y no puedo dejar de pensar que es esa puta niebla, que vino esa tarde para quedarse en mi vida atormentándome con aquella imagen, pero para enseñarme a la vez lo que tengo que hacer. Por fin voy a dejar de tener miedo, por fin he visto con claridad lo que hay tras esa niebla, y sé de verdad que no le va a gustar.

•Mira, ya está bien. Lo mejor es que te vayas.

•Esta mañana, cuando esa niebla me ha vuelto a visitar, no he sentido miedo, ni dolor. Por un instante me he sentido mejor que nunca, sabía que hoy era el día, el día en que el viento soplaría lo suficientemente fuerte como para quitármela de encima. No lo he podido evitar y me he masturbado, me he tocado hasta correrme pensando en ti…

•Estás mal de la cabeza, Silvia. Está mal que yo lo diga, pero es así…

•¿Alguna vez te has masturbado pensando en alguien que no fuera tu marido? ¿No te has sorprendido a ti misma, tocándote mientras piensas en otra persona, en lugar de Marco, al que seguro le dices que estás muy cansada para tener sexo con él?

•Un momento, ¿cómo sabes…?

•Seguro que sí. Seguro que muchas veces has dejado que tu imaginación te lleve a la intimidad de otras personas, o quizá lo has hecho, engañando así a tu marido. ¿Alguna vez te has follado a alguien en este sillón?— Silvia dejó escapar una pequeña sonrisa—. Esa cara, ese mirar a todo lo que nos rodea para acabar posando tu vista en el sofá. Te gustó hacerlo en él, ¿verdad? Y sin embargo, soy yo la que está mal de la cabeza… ¡Dios!, mi cabeza, no sé si podré aguantarlo más. Creía que esta mañana se había acabado todo, pero al entrar aquí… al entrar he vuelto a notar cómo esa niebla me rodeaba sin dejarme apenas respirar, y he recordado aquella tarde, escondida tras ella por casualidad. Ya ves, de nuevo esa maldita casualidad, justo después de que aquella muchacha me dejara pasar en la cola del supermercado, tres simples minutos que fueron suficientes para permitirme coger el autobús que todos los días perdía en el último segundo.

•¡Qué cojones estás diciendo! Vete de mi consulta ahora mismo. Si no lo haces, llamaré a la policía, y espero que sepas explicarles por qué conoces el nombre de mi marido.

•Mmmmmmmm, Marco, pobre inocente. Ajeno a todos tus momentos de lujuria, acariciándote cada noche antes de dormir, y susurrando al oído cuánto te quiere antes de despertarte. No puedo evitar verle arrodillado frente a mí, llorando mientras me suplicaba que te perdonara.

La doctora sacó el móvil de su bolsillo, buscó el nombre de Marco y, nerviosa, se dispuso a llamar. De pronto, el tono del teléfono de su marido sonó dentro del bolso de Silvia.

•No insistas— dijo tirando el móvil en el sillón— Marco no te lo va a coger.

•¿Pero qué has hecho? ¡Estás loca!

•Seguro que ahora te arrepientes de haber discutido con él antes de venir a trabajar, pero sobre todo, de haberlo hecho en la puerta de la casa donde todos tus vecinos lo vieron. Me gustaría ver cómo le dicen a la policía que os despedisteis con un sonoro: “Será lo último que hagas”. ¡Joder!, menuda satisfacción sentí al escuchar eso, al ver cómo vosotros mismos poníais sobre la mesa el motivo perfecto. Yo no lo quería hacer, pero esa niebla estaba acabando conmigo, igual que tú quisiste acabar con mi vida.

•Pero… yo no te conozco de nada. Estás confundida por algo, y yo no tengo nada que ver— dijo la doctora al ver que Silvia parecía culparla de algo.

•Nunca he estado tan segura de mí como lo estoy en este momento. El día que nos conocimos, me dijiste que tú podrías ayudarme. De eso hacen ya dos meses y no has hecho nada por remediarlo. Tan sólo te has sentado ahí, haciendo que me escuchabas, pero de haberlo hecho, te habrías dado cuenta de muchas cosas. Puede que hasta te hubiera perdonado, pero no, seguías con tu actitud de médico prepotente que todo lo sabe, intentando ayudarle con la vida a otras personas sin mirar la tuya, sin ver lo jodidamente perdida que estabas. No has hecho desaparecer la niebla, esa que se apartó mostrándome tu cara sonriente, o este dolor de cabeza que me hace gritar todas las mañanas. Ni siquiera me has reconocido, porque no me has mirado a la cara. Para ti sólo era una paciente más, anotaciones en una libreta que pronto olvidarías. Pero no voy a dejar que lo hagas.

Quiero que me mires a los ojos y veas esa niebla, que sientas todo ese dolor que provocó en mí, que mi mirada sea lo último que recuerdes antes de morir.

La doctora se acercó despacio a Silvia y le miró a los ojos. Durante unos segundos, sus recuerdos olvidados pasaron por su mente, y llegaron a aquella tarde, esa en la que, con una sonrisa y un beso en los labios, se despedía de Luis.

•¡Dios mío, eras tú, la chica que se bajó de aquel autobús!

•Ahora lo entenderás todo. Recuerdo que miraste hacia mí, sin ni siquiera verme, sin saber que con esos besos estabas robando mi vida. ¡Parecías tan feliz, tanto como yo debería serlo! Cómo me gustaría poder sonreír de esa manera, sentirme querida sin ninguna otra preocupación. Tú quisiste serlo, pero no pensaste en las consecuencias que traería a los demás.

•Marco… ¡No puede ser, él no tiene culpa de nada; yo le quiero, tienes que creerme!— dijo antes de ponerse a llorar.

•Claro que te creo, tanto como tú deberías creerme a mí cuando te digo que quiero a Luis, que no lo voy a perder, que voy a dejar de tener miedo y que, aunque por un instante lo pensé, yo no quiero morir. Te veo llorar y me das pena. Siento lástima por ti, porque lo tenías todo pero quisiste lo de los demás. Estoy aquí sentada y siento el olor de Luis en el sillón— Silvia se levantó despacio, acercándose a la doctora para susurrarle al oído—. ¿Tanto te gustaba follarte a mi marido?

•De verdad estás loca. No sé lo que has hecho pero le contaré todo a la policía. Me da igual eso del secreto profesional; que me retiren la licencia o que hagan lo que quieran. Eres una psicópata y no vas a poder escapar de esto.

•De nuevo sigues sin escuchar. Llevas dos meses hablando conmigo y ya te he dicho que hoy será el último día— Silvia sacó una pistola de su bolso—. ¿La reconoces? Seguro que sí. Es la de Marco, tu maridito. Tenías que ver lo fácil que me resultó que se la metiera en la boca, y más aún, que apretara el gatillo después de prometerle que te dejaría en paz… ¡Joder!, de verdad que te quería. En cierto modo, hasta te envidio. Supongo que él te quería tanto como yo a mi marido. Estoy segura de que te hubiera perdonado, de que hubiera olvidado que te follabas a otro. Yo también perdonaré a Luis… pero no a ti.

•No podrás huir. La policía te encontrará y sabrá lo que hiciste. Verán que contactaste conmigo y has estado viéndome dos meses. Está claro que se darán cuenta.

•En algo tienes razón: Se darán cuenta de que una tal Silvia ha estado viéndote todos los jueves de los últimos dos meses. ¿No pensarás que ese es mi nombre? De todos modos, tú lo has dicho antes: Hoy es martes, tu secretaria no está, y por esta consulta no ha pasado absolutamente nadie. Bueno, sí, Marco, que después de discutir esta mañana al enterarse de que le estabas engañando, ha venido para matarte justo antes de suicidarse en vuestra casa. Y Luis, hablará con la policía, lo confesará todo y me pedirá que le perdone. Follaremos como locos, y puedes estar contenta, creo que los dos pensaremos en ti.

•No, por favor, no lo hagas— gritó la doctora.

•Ya lo has hecho tú hace tiempo, sólo que no te habías dado cuenta todavía.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

El sonido del disparo retumbó en todo el edificio. El humo que salía del cañón de la pistola llenó la habitación al momento. De nuevo una niebla espesa rodeó a Silvia que, a pesar de todo, no pudo dejar de sentir ese horrible dolor de cabeza que le golpeaba una y otra vez. Al menos, ahora, sería ella quien sonreiría.

………………………………………………………….

Tres días después de aquello, Luis recibió una visita en su casa.

•Buenos días. Supongo que ya sabrá por qué estoy aquí.

•La verdad que puedo imaginármelo. Mi mujer y yo hemos visto las noticias. Aún no puedo creérmelo. Pero no entiendo qué hace usted aquí. Yo no sé nada, más allá de lo que he leído en los periódicos.

•Ya. No se preocupe, entra dentro de la rutina. Simplemente hemos visto en el teléfono de la doctora que le llamaba a usted con cierta frecuencia. No nos ha sido difícil descubrir que ella y usted… bueno, ya sabe. ¿Se lo ha dicho a su mujer?

•¡Joder!, no me siento orgulloso de ello. Mi mujer ya lo sabe, lo hemos hablado. La quiero demasiado como para perderla, y lo ha entendido. Sé que le costará pero me ha perdonado. Ahora mismo está tumbada en la cama. Siento si no sale a hablar con usted. Lleva varios días con migraña. La pobre está que no se aguanta de dolores.

•No pasa nada. Déjela descansar. Espero que entienda que era mi obligación hablar con usted, después de enterarnos que mantenía una relación con la víctima. Sólo hay algo que quería preguntarle, y es si usted conocía al presunto culpable del crimen, el marido de la doctora.

•En persona, no. Pude verlo alguna vez con ella, pero es evidente que no nos conocíamos. Ha dicho presunto, y no lo entiendo. Por lo que han dicho las noticias, se sabe que fue él quien lo hizo.

Bueno, parece bastante claro que fue un crimen pasional, llevado por los celos al enterarse de que su esposa le estaba engañando. Pero si algo me han enseñado los años de experiencia es que las cosas no siempre son como parecen. En el escenario del crimen, encontramos el móvil de Marco. No acabo de comprender muy bien por qué lo tenía su mujer, y menos aún por qué, minutos antes de que la matara, ella utilizó el suyo para llamarle. Un poco extraño, si ella tenía su teléfono. Pero en fin, seguro que tarde o temprano habrá una explicación para eso.

No le entretengo más. Si en algún momento usted o su mujer se dan cuenta de algo que pudiera servirnos de ayuda, no dude en contactar conmigo. Sólo tiene que llamar a Comisaría.

•Puede estar segura de que lo haremos, aunque dudo que mi mujer quiera saber nada de todo esto. De todos modos, si puede usted decirme su nombre, estaré encantado de llamarla si sé algo.

•Por supuesto. Sólo tiene que llamar y que le pongan con el Departamento de Homicidios; y preguntar por mí. Soy la detective Carlota.   

Jesús Cernuda

                        

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Izaskun

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Negro

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Carolina Cohen. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Izaskun.

El silencio de la noche aún reinaba en el parque tecnológico de Zamudio. Era una pequeña ciudad fantasma cercana  de Bilbao esperando a que los primeros rayos de sol la hicieran ponerse en funcionamiento.

Aquella paz relativa solo se veía rota por un grupo de personas vestidas con la típica bata blanca, que hacían un corrillo en la puerta de uno de los edificios; cada uno de ellos llevaba una chapita en el pecho con su nombre y el extraño logotipo de la empresa donde trabajaban, DNA BLOOD.

Cuchicheaban entre ellos con cara de asombro o, incluso, más bien de miedo.

—Joder, dos infartos en quince días…Vosotros decís que no, pero es para preocuparse.

No hacía ni dos semanas que habían ido al funeral de una de sus compañeras y aquella misma mañana otra había aparecido muerta en su puesto de trabajo. Dos cadáveres en tan poco tiempo habían hecho que se pusieran en contacto con la policía y allí estaban, muertos de frío, esperando.

Justo cuando el sol empezaba a calentar la mañana, un fuerte ruido hizo que todos callaran. Una moto que parecía haber salido de la nada, paró frente a la entrada.

Una enorme Yamaha R6, de un negro mate adornado con letras doradas, apagó el motor. Cuando su dueño bajó de ella, todos quedaron sorprendidos al ver que aquella silueta pertenecía a una mujer.

Se acercó sin quitar el casco, vestida con unos vaqueros ajustados a las piernas, unas enormes botas de cuero y una cazadora de piel. Pasó entre ellos sin decir nada, como si ni siquiera estuvieran ahí y se quitó el casco para dejar ver una enorme melena cobriza y unos ojos verdes que de una pasada miraron a todos por igual.

Se paró un instante, colocó el casco bajo el brazo y se puso unas gafas de sol que sacó de su bolsillo.

—Soy la detective Carlota y no he venido a que me hagáis perder el tiempo.

Siguió caminando como si esperara que todos la siguieran.

—Por un momento pensé que iba a decirnos que buscaba a Jacqs—. Se escuchó entre risas en el grupo de empleados.

Dentro del edificio, un hombre vestido de traje, se acercó a la detective para darle la bienvenida.

—Egunon  —dijo alargando su mano hacia ella—. Siento que haya tenido que venir para nada, pero los jefes de Barcelona lo han creído apropiado, ya les he dicho que ha sido otro infarto. Supongo que son cosas que pasan.

—Si alguien tiene que decir si merece la pena o no, soy yo  —dijo Carlota mientras lo dejaba ahí con el brazo estirado.

—Yo solo quiero ayudar —contestó él con cierto enfado, dándose cuenta de que la atractiva detective desprendía un olor extraño—. Seguro que preferiría usted seguir tomándose un whisky, pero como ya le he dicho, si fuera por mí, ni siquiera tendría que haberla conocido.

Carlota dejó escapar una sonrisa que no parecía ir acorde a lo que su imagen transmitía.

—Pues deje de hacer el gilipollas y empieza por enseñarme el lugar donde ha aparecido el cadáver —hizo una pausa para mirarle directamente a los ojos—. Y sí, preferiría estar tomándome un bourbon, que es lo que estaba haciendo cuando tú decidiste molestarme.

                                           ……………………………………………….

A pesar de estar de vacaciones, Izaskun llevaba un par de horas levantada cuando  sonó el teléfono.

—A ver Patri, son las ocho de la mañana y sabes que estoy de vacaciones, espero que sea para algo importante.

—Ya sé que es temprano Izas, pero no te vas a creer lo que ha pasado. Es Monika —hizo una breve pausa—.  La han encontrado muerta en el laboratorio.

—¡Pero qué dices, no puede ser! —exclamó Izaskun, que parecía no creer lo que le estaba diciendo su amiga.

—Como lo oyes. Dicen que ha sido otro infarto, igual que Ana. He querido ser yo quien te avisara; se lo bien que te llevabas con Monika.

—Joder, Patri, ¿qué cojones está pasando? … ayer mismo hablé con ella.

—Lo sé, es todo muy raro. Incluso han mandado una detective para investigar lo que ha pasado. Deberías de verla, menudo pibón, más bien parece una modelo.

— ¿Una detective? ¿Pero qué quieren investigar si se sabe que fue un infarto?

—Supongo que es solo rutina, no te preocupes, aunque seguro que tendrás que venir, porque al parecer quiere vernos a todos.

— ¿Preocupada? Ni que tuviera que estarlo. Tengo cosas que hacer, cuando acabe me pasaré por ahí. Gracias por avisarme —. Izas colgó sin dar tiempo a que Patricia se despidiera.

                                         …………………………………………………

Hacía más de media hora que Carlota permanecía sentada en la silla en la que habían encontrado a Ana, la primera en sufrir el infarto.

Durante todo ese tiempo, Íñigo, con su traje impoluto y su cara de pocos amigos, había intentado hablar con ella sin encontrar ninguna respuesta, ni una simple mirada que pareciera indicar que la detective estaba escuchándole.

—Me gustaría ver a los trabajadores de la empresa  —dijo Carlota rompiendo el incómodo silencio—. Estaría más que encantada de que me dijeras quiénes estaban aquí cuando ocurrió todo.

Íñigo, al igual que ella, se dio la vuelta sin decir nada, se acercó a su despacho y regresó con una hoja en la mano.

—Aquí tiene el nombre de todos los que trabajan en este departamento, si necesita algo sobre otra gente de la empresa, deberá hablar con mis jefes.

En la parte superior de la hoja se podía leer: Departamento de I+D-Desarrollo de nuevos fármacos a través del estudio genético de grupos sanguíneos.

Durante la siguiente hora, Carlota se paseó por el laboratorio sin hablar con nadie, tan solo hacía alguna anotación en la misma hoja que Íñigo le había dado. Poco después se acercó a su despacho y entró sin llamar.

Carlota se disponía a decir algo justo cuando él la cortó —. Pase. Pase, sin problema.

Ella, por primera vez, se quitó la cazadora dejando al descubierto una camiseta más ceñida aún que el pantalón. Se sentó en la silla que había frente a él y, posando sus manos sobre la mesa, susurró.

—Espero que entiendas que, si alguien puede tener algún problema aquí, eres tú. Y que por llevar un traje más caro aún de lo que puedes pagar, no vas a intimidarme. Dicho esto, me gustaría saber quién encontró los cuerpos, y porque aquí, donde pone Jefe de Departamento, se ha tachado el nombre de Ana para escribir a boli el de Izaskun. Una chica que, además, no he visto por aquí hoy.

—Pues mire. Ana, nuestra anterior jefa de departamento, falleció hace quince días, cosa que usted ya debería saber, e Izaskun fue quien ocupó su lugar y quien casualmente la encontró sin vida. Si no está por aquí es porque pocos días después de aquello y como exigencia de su nuevo puesto, tuvo que irse a Colombia al congreso anual de hematólogos durante una semana. Por detrás de la hoja tiene los datos de ese congreso.

—Entiendo —dijo Carlota—, pero si eso fue hace quince días, ¿por qué Izaskun aún no se ha reincorporado al trabajo?

—No sé si conoce usted el término “vacaciones” —dijo él, guiñándole un ojo—. Quizá debería hacer uso de él, la noto cansada. Y, como ya sabrá, hoy mismo Ainhoa encontró sin vida a Monika. Por extraño que parezca, el segundo infarto en la empresa en quince días.

Carlota hizo alguna anotación en la hoja.

—Y esa tal Izaskun, ¿has sabido algo de ella?

—La verdad  es que no acostumbro a llamar a los trabajadores cuando están de vacaciones. Pero sí le puedo decir que hace unos minutos, una de sus compañeras me comentó que había hablado con ella e Izaskun le ha dicho que vendrá por aquí esta mañana. Supongo que tiene que estar bastante afectada: Monika era una de sus mejores amigas por aquí.

Carlota dio vuelta a la hoja, sacó su teléfono y se dispuso a marcar justo cuando Íñigo le avisó de que Izaskun era la que acababa de entrar al laboratorio. La detective esperó a que sus miradas se cruzasen y le hizo un gesto para que se acercara mientras contestaba al teléfono.

—Joder Íñigo, me ha dicho Patricia lo que ha pasado. He venido en cuanto he podido — dijo Izas al entrar por la puerta.

—Ya, ninguno lo podemos creer. Esta es la detective Carlota, creo que quiere hablar contigo.

Izas se acercó, pero la detective le hizo un gesto con la mano para que se detuviera, se dio la vuelta y se le pudo escuchar:

— ¿Dice que era la misma de siempre? Muchas gracias, si necesito algo más, volveré a llamar.

Carlota guardó su teléfono y se acercó a Izaskun.

—Tengo entendido que está usted de vacaciones. Qué oportuno… justo ahora cuando dos de sus compañeras han fallecido —. La detective parecía querer intimidarla.

—Pues la verdad es que aún no me lo creo, cuando me ha llamado Patricia y me ha dicho que Monika también había muerto, me he quedado de piedra. Pobre, tan joven y que le diera un infarto…

—Eso si es que fue un infarto —insinuó Carlota, pasando su mano por la espalda de la chica.

—Bueno, a mí es lo que me han dicho que, al igual que Ana, había tenido un paro cardiaco. ¿Cree usted que no ha sido así?

—Lo que crea yo no es de su incumbencia. De todos modos, seguramente el forense no tardará en llamar y sacarnos de dudas. Ya me han dicho que ha estado en Colombia por un congreso, ¿qué tal lo ha pasado? —preguntó la detective.

—Hombre, teniendo en cuenta que no he tenido tiempo de nada al estar todos los días en charlas o reuniones, qué quiere que le diga.

—Bueno, algo de tiempo habrá tenido para conocer aquello.

Íñigo se metió en la conversación.

—A ver… era un viaje por trabajo, no de placer. Lo más fácil es que no solo no tuviera tiempo de nada, sino que acabara agotada. No se imagina como son esos congresos.

—Sé perfectamente como son. Yo también he viajado por trabajo y no veas lo bien que me lo he pasado, así que déjate de tonterías. Siempre se encuentra tiempo para ir a tomar algo por ahí. No me diga que no, Izaskun—. Carlota la miró esperando que le dijera que sí.

—¡Qué va! No hice más que dedicarme a cosas de la empresa.

—Seguro que en otros viajes a Colombia sí pudo disfrutar un poco más.

—Ya quisiera, pero era la primera vez que iba.

Carlota volvió a hacer una anotación en la hoja, mientras negaba con la cabeza.

—Supongo que estará usted encantada de haber podido ocupar el puesto de Ana. Ascender en la empresa, mejor sueldo, viajecitos a Colombia… vaya, lo que cualquier empleada hubiera querido.

—¡Pero qué narices está diciendo! —contestó, mirando a su jefe, que agachaba la cabeza mientras negaba, sin dar crédito a lo que la detective podría estar insinuando—. Cualquiera diría que me alegro de la muerte de alguien…

—No solo alguien, una compañera, y por lo que he visto esta mañana parece que todos se llevan muy bien aquí… porque es así, ¿no?

—Pues claro que sí, no tenemos por qué llevarnos mal.

Lo que Izaskun no sabía, era que en el poco tiempo que Carlota había estado en el laboratorio, había podido hablar con los trabajadores, y todos coincidían en que Izaskun y Ana no se llevaban muy bien, que era bastante habitual que discutieran por asuntos de trabajo y que, además, la anterior jefa de departamento siempre se salía con la suya, esgrimiendo que allí era ella la que mandaba.

—Ya , entiendo que diga eso. ¿ Por qué iba a admitir que Ana y usted no se caían bien? Incluso he visto en sus fichas que llevaba mucho más tiempo que ella en la empresa. Seguro que siempre ha creído que era usted la que debería estar en su puesto…  Perdón, ahora ya lo está.

Izaskun se acercó a la detective de forma desafiante.

—No, no lo voy a negar, Ana y yo no se puede decir que fuéramos precisamente amigas. Y que incluso haya pensado siempre que se equivocaba en muchas cosas, pero de ahí a insinuar que me alegré de su muerte…usted está loca, menuda tontería.

—Yo no he insinuado que te alegraras, al menos no solo eso.

—Esto es lo que me faltaba por oír —dijo Izaskun mirando a su jefe—, no voy a consentir que …

—Si necesito algo más la llamaré — le cortó Carlota impidiendo que dijera nada más

—No me queda más remedio, así que cuando quiera, si puedo ayudarle en algo estaré encantada.

Izas se estaba despidiendo ya de Íñigo cuando Carlota volvió a dirigirse a ella.

—Una última cosa, ¿cuándo habló por última vez con Monika?

Ilustración de Carolina Cohen

—Pues la verdad es que ayer me llamó para preguntarme cosas del trabajo y para saber si era ella la que tenía que venir a abrir — contestó—.  Monika y yo sí somos muy buenas amigas, puedo decir que más que compañeras.

— ¿Notó algo raro en ella?

—Que va, estaba igual que siempre.

Izaskun ya se había ido cuando sonó el teléfono de Carlota. Estuvo hablando varios minutos mientras Íñigo esperaba.

—He visto en la entrada del laboratorio un panel en la pared con el horario y los trabajos a realizar esta semana—.  La detective señaló hacia fuera, justo donde se encontraba el panel.

—Sí, siempre tenemos todo muy organizado. Los lunes hacemos una reunión en la que designamos el trabajo que tiene que hacer cada uno esa semana, es el mejor modo de que todo funcione correctamente y todos sepan lo que tienen que hacer.

—Entiendo. De ese modo nadie tiene que preguntar nada ni molestarte por tonterías.

—Sí, más o menos es para eso.

—Si no te importa, antes de irme, voy a echar un vistazo al lugar de trabajo de Izaskun—.

Carlota se puso de nuevo la cazadora.

—No hay ningún problema. He notado que se ha extrañado usted de algo que le han dicho por teléfono, ¿ya sabe algo de Monika?

—Parece ser que su empleada ha muerto de un paro cardiaco — dijo, mientras se ponía de nuevo las gafas de sol.

—Ya se lo decía yo — Íñigo sonrió con cierta ironía.

—Ya, veo que es usted un lumbreras — por primera vez, Carlota, lo había tratado de usted.

La cara de satisfacción de Íñigo mientras la detective salía por la puerta de su despacho, lo decía todo.

Durante poco más de media hora, Carlota estuvo sentada en la mesa de Izaskun. Revisó todos los papeles que había en los cajones y miró el ordenador, pero no hizo ninguna anotación.

Íñigo se acercó cuando vio que la detective se disponía a irse.

—Déjeme que la acompañe a la puerta, al menos que se vaya con una buena imagen de nosotros, ya que ha tenido que venir para nada —sonrió de nuevo, sintiéndose en cierta manera superior a la detective—.  En fin, seguro que nunca ha tenido usted un caso tan fácil de resolver.

—Es curioso, es la única vez en toda la mañana que ha tenido usted razón, puede que haya venido para nada.

Carlota, que estaba considerada una de las mejores detectives del país, parecía no llevar bien todo aquello; el hecho de que alguien pareciera reírse de ella le hacía sentirse inferior, algo que en muy contadas ocasiones le había pasado.

—Aunque supongo que no se puede decir que haya resuelto nada, porque ni siquiera había caso —comentó ella dirigiéndose ya a su moto—. Eso sí, yo que tú, tendría cuidado, no sea que un día de estos le dé un infarto y la nueva jefa de departamento ocupe su puesto.

—No tema por mí, me cuidaré —contestó Íñigo a la vez que ella arrancaba su moto.

Si algo tenía Carlota, era que en poco tiempo se olvidaba de los casos en los que trabajaba. En cuanto a los dos infartos de DNA BLOOD, había necesitado solo de unas horas para quitárselo de la cabeza. Eso y un par de bourbon  mientras se fumaba uno de esos cigarros con mezcla que la ayudaban a dormir.

Dos semanas después de aquello, Carlota entraba en el mismo bar al que iba todas las noches, se sentaba en la misma esquina de la barra que todos los días y le hacía un gesto al camarero para que le sirviera lo de siempre.

— ¿Sabes Carlota? —le dijo el joven camarero mientras llenaba un vaso de Fourour Roses—. No entiendo cómo puedes meterte este veneno todas las noches y seguir igual de guapa.

—Iker—sonrió ella — ¿cuándo dejarás de intentar ligar conmigo? nunca vas a conseguir llevarme a la cama.

—Que equivocada estás, serás tú quien se muera por llevarme a mí — los dos se rieron, mientras él se daba la vuelta para atender a otra persona.

—Además —continuó Carlota—. Esto no es ningún veneno.

Cuando Iker volvió a dirigirse a la detective, tan solo vio su vaso lleno y cómo ella salía por la puerta.

                                             …………………………………………..

Era la una de la mañana: Izaskun cerraba la ventana de su pequeño apartamento con vistas al Guggenheim dispuesta a irse a dormir cuando alguien llamó a la puerta. Se acercó despacio pensando que se habrían equivocado, echó un vistazo por la mirilla y no se creía lo que veía. Enfadada, abrió la puerta.

—Pero qué cojones haces tú aquí, en mi casa. Tengo mejores cosas que hacer que aguantarte a ti. Justo ahora me iba a la cama y no tengo nada que hablar contigo.

Carlota la miró de arriba abajo, hizo un gesto de afirmación con la cabeza y entró en casa de Izas apartándola con la mano.

—Veo que nunca tienes nada que decir, tan callada y modosita ella. La nueva jefa de departamento, ahí es nada. Eso sí, sin lugar a dudas, por méritos propios.

—No creo haberte invitado a entrar — pero la detective no parecía escucharla.

—No te preocupes, voy a ser rápida. Sólo quiero saber por qué mentiste y no dijiste que sí habías estado anteriormente en Colombia, aunque es una pregunta bastante absurda, teniendo en cuenta que de nuevo me volverás a contar alguna milonga extraña, así que te ahorro la tontería. El otro día, cuando llegaste al despacho de Íñigo, justo estaba hablando con el hotel que la empresa había escogido para la conferencia. Hotel que supongo que tú misma recomendarías, algo estúpido por tu parte, sabiendo que allí podrían reconocerte.

—No sé de qué me estás hablando — exclamó Izaskun.

—Ya. Su dueño me dijo algo que, tonta de mí, interpreté mal. Según él, en otros viajes ya habían escogido su hotel. Mi error fue creer que se refería a la empresa, pero esta noche he llamado a Íñigo, que no veas cómo se ha puesto por despertarlo, y me ha dicho que este es el primer año que la empresa asiste a esa conferencia. Es curioso que su dueño me dijera que tenías asignada la misma habitación de siempre.

—A ver… es verdad, ya había estado en Colombia, pero no quería que Íñigo lo supiera. He ido varias veces para estudiar la fauna, por un posible trabajo al que podría acceder. Soy bióloga y estoy ya cansada de estar todo el santo día analizando muestras de sangre; si hay algo que me encanta son los animales y, en concreto, los de esa zona. Tienes que entender que no quisiera que él lo supiera. De todos modos, es una tontería, ¡qué más dará que yo hubiera estado ya o no en Colombia! Yo no pedí que me mandaran. No me quedaba más remedio al ser la nueva jefa de departamento.

—Gracias a la muerte de Ana, no lo olvides —le recordó la detective— y sí, ya comprobé al echar un vistazo a tu ordenador, que te encantan los animalitos raros. En el historial de búsqueda, había varias páginas sobre insectos, arañas… ranas, algo que tampoco tendría importancia siendo bióloga como dices.

—Exacto, si puedo ser culpable de algo es de estudiar esos animalitos raros, como tú los llamas. Nada más.

—Tengo que decir que de tonta no tienes nada, todo lo contrario. Incluso a mí me parecía todo muy lógico, hasta que hoy, mi buen amigo Iker, me sirvió un vaso de ese veneno que él dice que me tomo todos los días. Eso fue lo que me hizo pensar… veneno.

—Y eso qué tiene que ver con que yo sea bióloga o haya estado en Colombia —hizo un gesto como si invitara a la detective a irse de su casa—.  Mira de verdad, no tengo ganas de tonterías. Hace un par de semanas que he enterrado a una de mis mejores amigas, Monika, por si no lo recuerdas. Ya está bien.

— ¿Sabes? Eso me despistó más aún. Podría llegar a pensar que fueras tan ingenua de envenenar a Ana para poder quedarte con su puesto y quitarte de encima a esa jefa que no aguantabas, pero a Monika, que de verdad era tu amiga, no tenía sentido. Recordé entonces ese panel donde dejáis anotado el trabajo que tenéis que realizar toda la semana. Y lo estúpido que sería entonces que tu amiga te llamara para preguntarte algo que estaba allí escrito. Dime una cosa… Monika te había descubierto, ¿verdad?

—No sé qué quieres decir con eso pero, o te vas o acabaré llamando a la policía —Izaskun parecía estar poniéndose nerviosa.

—No mujer, no hace falta. Primero porque yo soy la policía y segundo, porque ya he llamado yo; no creo que tarden en llegar.

—Yo no he hecho nada, no tienes pruebas, así que no intentes tirarte un farol conmigo.

Justo en ese momento, dos policías de uniforme entraron en la casa de Izaskun. Se acercaron a ella y sin mediar palabra le dijeron:

—Señorita Izaskun, queda usted arrestada por el asesinato de Ana y Monika.

—¡Pero qué están diciendo! No le hagan caso a esta loca. La ha tomado conmigo y ahora les hará creer que soy una asesina.

—Más bien lo demostraré. Deberías saber que no existe el crimen perfecto, guapa — dijo la detective guiñando un ojo—. Mejor que estés calladita. Ya sabes eso de que todo lo que digas bla bla bla. No hace falta que diga más.

                                             …………………………………………………………..

A la mañana siguiente, en DNA BLOOD, nadie sabía aún lo que había pasado, cuando pudieron escuchar de nuevo el ruido de la moto de Carlota parándose frente al edificio. Todos vieron como entraba al laboratorio con unas hojas en la mano y, sin decir nada, entraba al despacho de Íñigo.

—Pero bueno… no sé qué hace usted aquí, pero va siendo hora de que aprenda a llamar antes de entrar.

—Así es como se resuelve un asesinato por infarto — dijo irónicamente tirándole unos papeles sobre la mesa.

Durante varios minutos Íñigo miró los papeles sin creerse lo que estaba leyendo. En ellos venían todos los detalles de lo que había ocurrido: los anteriores viajes de Izaskun a Colombia, su llamada a Monika el día antes de su muerte, todo su interés por esos animales exóticos, y una captura de pantalla de una de las búsquedas que ella había hecho en el ordenador. La página de una rana típica de Colombia, la Phyllobates terribilis, más conocida como la rana dardo dorado, de la que se podía extraer un fuerte veneno llamado batracotoxina.

—Como puede leer ahí, esa especie de rana no genera el veneno si es criada en cautividad, y solo se puede conseguir en las que se encuentran en la propia selva. No lo hemos comprobado aún, pero estoy segura de que, en ese viaje a Colombia, cuando investiguemos un poco, veremos que su querida Izaskun hizo algún viajecito a la selva para poder traer más de ese veneno, que como sabrá, ya que es tan listo, puede producir la muerte por paro cardiaco a quien lo ingiera en una mínima dosis.

La cara de Íñigo era todo un poema. Se reclinó en la silla dejando caer las hojas sobre sus piernas, frotándose la cara con las manos antes de mirar a Carlota.

—La verdad,  que no sé qué decir.

—Con esa cara ya lo ha dicho todo — dijo la detective dándose la vuelta y abriendo la puerta de su despacho para irse y asegurándose que todos los que estaban en el laboratorio pudieran escucharla—. Ya puede decirles a todos por qué su gran compañera no ha venido hoy a trabajar, ni lo hará por mucho tiempo.

                                              …………………………………………….

Aquella noche, Carlota se bebió un par de bourbon más de lo habitual, charlando con Iker como solía hacer.

—Hoy pareces más animada que ayer —dijo sirviéndose una copa para él—. Hasta te voy a acompañar tomándome un veneno de estos. De todos modos, ya es tarde y tengo que cerrar , no pasa nada porque me tome uno y le haga compañía a la detective más guapa de la ciudad.

—Iker, Iker. Nunca vas a cambiar.

Carlota bebió lo que le quedaba de un trago, sacó un bolígrafo del bolso y agarró una servilleta de la barra para escribir algo y se fue mirando al camarero a los ojos.

El camarero giro la servilleta justo en el momento que ella salía por la puerta, escrito con una perfecta caligrafía, pudo leer una dirección y dos palabras que jamás pensó que escucharía decir a la detective: “No tardes”.

Al final tenía razón, y sería ella quien lo llevaría a la cama.

Jesús Cernuda

23ª Convocatoria: Vampiros

Vampiros 

Ilustración de Rafa Mir

Caminando entre cuervos (I)

Domingo, Madrid 16 de Abril de 1921.

Han pasado ya cinco años desde el día en que mi madre me habló de mi padre por primera vez. Ese al que, por una maldita enfermedad, decidió abandonar aún sabiendo el gran dolor que le supondría.

—Es mejor que lo dejes pasar hijo, él no sabe de tu existencia —dijo entregándome un diario con fotos de París que él le había regalado.

Quiso el destino, que pocas horas después de aquello, ocurriera algo que marcó mi camino. Justo al anochecer alguien, que no supe quién era, se adentró en nuestra casa y sin mediar palabra nos atacó.

Aquel hombre, si es que se puede llamar así, demostró tener una gran fuerza y rapidez pero, lo que más me llamó la atención, fueron unos colmillos afilados como espadas que pude ver como se clavaban en el cuello de mi madre. Yo, por suerte o por desgracia, conseguí sobrevivir.

Desde aquel día juré venganza, no habría rincón en el mundo donde aquel ser pudiera esconderse. Y, así es como he llegado al lugar donde me encuentro.

Sobre mis brazos descansa uno de esos seres, con el corazón atravesado por una estaca y, en mis manos, una carta que él llevaba. Siento como su sangre se mezcla con mis lágrimas, formando un único sentimiento.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y quiero compartir con vosotros esa carta. La historia de una maldición que, aunque el destino quiso que no me acompañara, me hizo tener la mía propia.

Jesús Cernuda

Caminando entre cuervos (III)

Autor@: Jesús Cernuda

Ilustrador@: Paloma Muñoz

Correctora: Elsa Martínez Gómez

Género: Terror / suspense

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Caminando entre cuervos (lll).

Así fue como descubrí quien era mi padre y la terrible maldición que pesaba sobre su familia desde hacía siglos. Como ya os he dicho, la fortuna hizo que «la maldición de la sangre» como la llamaban, no me afectara. Ahora, con este hombre en mis brazos, sintiendo su sangre resbalar por mis piernas, creo que si no me visitó la Reina de la Noche fue para llenar mis días de algo más terrible aún que esa maldición, algo con lo que no todo ser humano podría convivir. Esta es por tanto mi historia.

…………………………………….

Recuerdo como ya desde que era un niño, fueron muchas las veces que le pregunté a mi madre por mi padre, veía a los demás ir de paseo con los suyos y no entendía por qué él no estaba con nosotros. No fue hasta los quince años cuando ella decidió que era el momento de saber la verdad.

A mis ojos, Paulina, mi madre, era una persona como cualquier otra: cariñosa, siempre atenta a lo que necesitara pero con un aire de tristeza que, por algún motivo, no se separaba de ella. Supongo que para mí esas cicatrices que desfiguraban su cara no eran nada, creo que incluso había dejado de verlas. Lo que era inevitable es que, las pocas veces que salía de casa, viera como la gente se quedaba mirando y la señalaran. Siempre pensé que aquello era por lo que estaba continuamente triste. Ahora sé que fue el amor, ese tan profundo que poca gente llega a conocer, lo que la hizo vivir así.

Fue una noche de invierno, acurrucados al calor de la chimenea, cuando a pesar de no tener más que 9 años, me atreví a preguntarle por aquellas cicatrices. Me contó entonces como poco antes de nacer yo, había pasado la difteria, una enfermedad que en aquella época se había cobrado la vida de muchas personas.

—Supongo que debo decir que yo tuve suerte —me dijo con media sonrisa en la boca —. Esa maldita enfermedad no consiguió acabar conmigo, al menos no del todo, pero sí me dejó marcada de por vida.

Se levantó despacio y se acercó al armario, después de buscar dentro de una carpeta que tenía, sacó una foto y me la enseñó.

Ilustración de Paloma Muñoz

—Esta soy yo de joven.

Me pareció increíble lo guapa que fue. Ahora lo entendía, sufrir aquello a una edad tan temprana no tenía que haber sido fácil.

—Mamá, no estés triste, para mí sigues siendo la más guapa del mundo.

Ella acarició mi cara y me habló del momento en que supo que estaba enferma. Fue la primera vez que nombró a mi padre sin que yo le preguntara nada. Me explicó que él, dos semanas antes de que se casaran, se fue de viaje por negocios y que ella no se atrevió a enfrentarse al momento de tener que decírselo.

Los médicos le dijeron que se preparara para lo peor, como ya he dicho, por aquel entonces la difteria era casi un billete seguro al otro barrio. Ella, sin fuerzas para decirle a su gran amor que la muerte estaba cerca, prefirió marcharse dejándole una nota donde se lo explicaba todo.

Se fue tan lejos como pudo a esperar que la muerte la alcanzara, pero nunca llegó. Consiguió superar la enfermedad, aunque el resultado fuera esa cara irreconocible.

—Puede que sea lo más duro que he hecho en mi vida. Pensé que lo mejor era dejar que él siguiera creyendo que estaba muerta, ¿cómo iba a querer a alguien con esta cara?

Al decir eso rompió a llorar, sus manos temblaban mientras intentaba secar las lágrimas que cubrían su rostro arrugado. Apenas podía respirar y menos aún seguir hablando, de su garganta salió un fino hilo de voz del que pude distinguir un: ¡Dios, cuánto le quiero!

Seis años después, cuando yo no pensaba que me fuera a contar nunca nada más, como si ella supiera que algo iba a suceder, volvió a sacar de nuevo el tema de mi padre.

Me enseñó un diario con unas fotos extrañas de París que él le había regalado, intentó explicarme cuanto se querían desde que eran niños y como ella siempre pensó que estarían toda la vida juntos. Pero lo más importante:

—David Alaistair Markus, así se llama tu padre.

Aquella misma noche, mientras dormíamos, alguien entró en casa y nos atacó. Nunca olvidaré esos pocos minutos, suficientes para acabar con la vida de mi madre. Tenía tan solo 15 años, pero juré que no pararía hasta dar con quien había sido su verdugo, alguien o algo que yo no pensaba que pudiera ser de este mundo.

Durante mucho tiempo, me dediqué a viajar preguntando por esos seres con colmillos y fuerza descomunal, pero nadie sabía nada, hubo quienes se rieron de mí, incluso quienes decían que estaba loco o simplemente quienes no me hacían caso por ver que no era más que un jovencito preguntón. Hasta que, en un pueblo pequeño al norte de España, donde me encontraba, una persona que parecía ajena a mis preguntas llamó mi atención.

—Muchacho, creo que no sabes dónde te estás metiendo. Nadie querrá hablarte de vampiros y menos aún reconocer que existen — dijo aquello poniéndome una nota en las manos. Nunca más volví a ver a aquel hombre, el que sin duda me puso en la pista de lo que ahora sabía que eran vampiros.

En el papel que me dio, pude leer: «Lord Albert Wishaw». No sabía quién era ni donde debía buscar pero, al menos, tenía un nombre.

Durante años viaje por toda Europa preguntando en cada sitio por esa persona. Llegué incluso a pensar que aquel hombre me había engañado y que se había reído de mí haciéndome buscar a alguien que no existía.

Creo que fue pensando en mi madre, a la que alguna vez había escuchado hablar de Escocia, por lo que me fui allí. Ni siquiera lo hice pensando en Lord Albert, cuando una noche, agotado de tanto viajar, decidí parar en un pequeño pueblo a descansar. Fue toda una sorpresa ver que me encontraba en Wishaw, una villa cercana a Glasgow, que había rodeado en otras ocasiones sin ver su nombre. Quizá no tuviera nada que ver, pero me negaba a pensar que solo fuera una casualidad.

No me hizo falta buscar mucho, la segunda persona a la que pregunté ya me dijo que lo conocía, que era bastante popular por la zona, aunque pocos lo habían visto. Según creían, trabajaba en una destilería de whisky y solo algunas noches se acercaba al pueblo a beber algo en la cantina. Me habló de la iglesia de San Nethan donde, tal vez, el párroco pudiera decirme dónde encontrarlo. Estaba ansioso por ir, pero demasiado cansado, con lo que decidí pasar la noche e ir al día siguiente.

Apenas había amanecido cuando llegué al lugar. Comprobé que la puerta estaba abierta así que entré. No se parecía en nada a otras iglesias a las que había ido, estaba todo en penumbra y no veía ninguna estatua o representación religiosa. Lo único que vi fue un mural antiguo en el que se veía un hombre a caballo, al fijarme bien pude ver que tenía colmillos.

Ilustración de Paloma Muñoz

— ¿Quién anda ahí? — Gritaron de repente a mi espalda — ¿puedo ayudarle en algo?

Me di la vuelta y por su vestimenta supe que era el párroco, le hice gestos para que se acercara, pero no lo hizo.

—Hola buen hombre —le dije intentando no parecer una amenaza —estoy buscando a Lord Albert y me han dicho que tal vez usted pueda ayudarme.

Hablamos durante un rato y lo único que conseguí fue que me dijera que en ocasiones iba a Madrid por algo de negocios. Estaba claro que tenía que volver a España, después de tantos años tenía una nueva pista.

Antes de irme le pregunté quién era el hombre del mural. Empezó a reírse de forma estridente.

—Muchacho, ¡qué más quisiera yo que poder verlo!

Fue entonces cuando me di cuenta. Más de media hora hablando con él y no me había fijado.

— ¿Es usted ciego?

— ¿Ciego dices? solo es ciego, aquel que no quiere ver —dicho eso, empezó a caminar entre unas columnas y, no sé cómo, desapareció.

Puse rumbo a Madrid, parando solo lo necesario para descansar. Algo me decía que por fin lo encontraría.

Tras varios días en la ciudad, una mujer me dijo que Lord Albert vivía en una pequeña casa a las afueras. Fui allí pensando que al fin llevaría a cabo mi venganza.

Era una casa vieja, parecía incluso que nadie vivía allí. Entré despacio con la intención de, si se encontraba en la casa, poder sorprenderle. Pronto vi a un hombre, agachado en el suelo con un animal muerto entre sus manos. Me miró, pude ver su boca ensangrentada y esos colmillos que mi mente había grabado en la memoria.

No lo dudé y salté sobre él, pero de un golpe me hizo volar por la habitación cayendo sobre una mesa de madera que se partió en pedazos. Los colmillos, esa fuerza…lo había encontrado. Vi como se abalanzaba sobre mí, conseguí agarrar la pata de la mesa y sujetarla fuerte con mis manos. Él no se dio cuenta hasta que notó como se clavaba en ella.

—Sabía que era solo cuestión de tiempo Albert —le dije —. No pensarías que ibas a escapar.

Me miró a los ojos y su rostro cambió por completo.

—Albert no está, solo soy un amigo al que ha dejado pasar aquí unos días —tragó saliva antes de continuar—. Esos ojos…nunca podré olvidar esos ojos…Paulina…

Esas fueron sus últimas palabras. No entendía nada, como aquel hombre podía haber visto en mis ojos los de mi madre, de que podían conocerse. Busqué entre su ropa y encontré la carta, esa en la que contaba la maldición de su familia y el miedo de tener que contárselo a su futura esposa, Paulina. Empecé a llorar, al darme cuenta de lo que acababa de hacer.

Unida a esa carta había otra hoja, ya arrugada por el tiempo en la que pude leer:

Querido David.

Te quiero tanto. Has sido mi razón de ser, no quiero que me llores porque ahí donde vaya, siempre te esperaré. Ojalá esta enfermedad no hubiera roto nuestros sueños.

Espero que puedas perdonarme y sepas entender que mi amor es demasiado grande para poder mirarte a los ojos sabiendo que voy a morir. Tuya por siempre.

Paulina.

Y así fue como conocí a mi padre, en el momento de verlo morir entre mis brazos. Mi maldición será vivir sabiendo lo que hice. Recordar cada día como aquel hombre mató a mi madre y por ello yo hice lo propio con mi padre. Me levanté lanzando un grito al cielo, maldiciendo a un Dios que no sé si existe, pero seguía teniendo una cosa clara.

Mi nombre es Esteban Markus Tremayne y juro vengar la muerte de mi madre cueste lo que me cueste, dando caza al que me ha llevado a acabar con la vida de mi padre.

 

Jesús Cernuda.

Achaques

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Achaques.

26 DE JUNIO DE 2027

Para Bruce aquel no era un día normal, era esa fecha que nunca se había podido quitar de la cabeza, la misma en la que, muchos años atrás, sus padres fueron asesinados a manos de Joe Chill. Hasta entonces nunca había faltado a su cita en el cementerio, donde seguía rezando por sus progenitores que tanto le habían dado.

Sin embargo aquella mañana…

Algo hizo que se despertara sobresaltado. La luz del sol entraba por la ventana, situación extraña ya que su despertador siempre sonaba antes del amanecer. Durante cinco minutos se quedó mirando al techo absorto en sus pensamientos, e intentó recordar lo que había hecho el día anterior, pero no había manera.

Poco a poco, se incorporó y fue posando los pies en el suelo, intentó calzarse esas zapatillas de cuadros sin apenas ya forro por el paso del tiempo, estaba seguro de que su abuelo ya había tenido el placer de llevar esas zapatillas. Un pinchazo en la espalda le hizo lanzar un grito digno de la peor de las películas de terror.

«¡Por los clavos de Cristo! este reuma está acabando conmigo»

Cuando por fin lo consiguió, se puso su batín, a juego con las zapatillas, las gafas que tenía para andar por casa y se acercó a la ventana para contemplar el nuevo día.

Alguien picó a la puerta de forma tímida y sin esperar respuesta se adentró en la habitación.

—Señor Wayne, le traigo el desayuno.

Albert, su nuevo mayordomo, traía una enorme bandeja de plata. Sobre ella lo que parecía un café con dos bollos de pan y un vaso de agua con una pastillita que poco a poco se iba consumiendo dejando unas burbujas de color rosáceo.

—Creo que mis instrucciones fueron claras, ¿por qué has tardado tanto en venir a despertarme? Está claro que el dichoso reloj no ha sonado. — le dijo intentando aparentar enfado, aunque el dolor de las lumbares apenas le dejaba hablar.

—Lo siento señor, no creí conveniente despertarlo después del mal día que tuvo usted ayer.

—Bueno, eso ahora da igual— contestó mirándole por encima de las gafas.

« ¿Qué carajo habrá pasado ayer?», pensó.

Albert ya se había dado la vuelta para irse cuando Bruce se dio cuenta de otra de esas cosas que creía haber dejado claras.

—Espera, el periódico, ¿dónde está?

—Verás…yo…

—Ni yo, ni yu, ¿no pensarás que así vas a estar mucho tiempo conmigo? Deberías darme las gracias por haberte dado el trabajo sólo porque te recomendara Bob—. Bob Kane era un buen amigo de Bruce desde la infancia y era quien le había dicho que aquel chico sería el ideal para el puesto.

—Tiene razón, pero no creí conveniente que hoy lo leyera. Por cierto, no olvide tomar el vaso con su medicación para el corazón ni las pastillas para el reuma— dicho esto se fue dando un pequeño portazo.

«Quién se habrá creído que es… esta misma tarde llamo a Bob»

Después de tomarse el café, medio bollo y la galería de pastillas de todos los días, Bruce se sentó en su viejo sillón a leer el periódico. Sentía curiosidad por saber qué era lo que Albert creyó conveniente que no leyera. Aunque llevaba poco tiempo con él, sabía perfectamente quien era, si había ocurrido algo malo debería habérselo dicho.

No le hizo falta ni abrirlo, en la primera página una foto le mostró  la fatídica noticia. Ahí estaba él, con su traje negro impoluto arrodillado en el suelo con la mano sobre la espalda mientras dos encapuchados parecían robarle el coche y, con letras bien grandes por si todavía alguien no lo leía bien:

Batman vuelve a hacer el ridículo y deja que dos ladrones se lleven el botín en su propio coche

Las gafas se le cayeron de golpe al suelo, por desgracia eso era lo que su mente no recordaba del día anterior, o quizá no quería recordar. Pero lo peor de todo era el cartelito que habían puesto como pie de foto: risasenGotham.com. No lo podía creer. Siempre lo había dicho él: estas puñeteras redes sociales acabaran con todo

Se vistió todo lo rápido que pudo para dirigirse a la batcueva, tenía que conectarse a internet para ver de qué trataba en realidad el supuesto video que le habían hecho.

No era la primera vez que ocurría algo así, en los últimos meses ya le habían cazado con las cámaras en más de una situación un tanto ridícula. Todo el mundo en Gotham empezaba a reírse de él, incluso John Gordom, el hijo del que siempre había sido su gran apoyo en la ciudad, había retirado el famoso foco con el que lo avisaba siempre que su presencia era necesaria. Se sentó delante del ordenador con la inevitable idea que hacía ya tiempo le rondaba la cabeza, «me estoy haciendo viejo para esto».

Con algo de esfuerzo, al haberse dejado las gafas en el suelo de la habitación y no llevar puestas las lentillas, aporreó el teclado:

http://www.risasenGotham.com, la página de moda por aquel entonces, donde la gente se dedicaba a colgar chorradas estúpidas que grababan por las calles de la ciudad. Y ahí estaba, como la entrada más vista del día en tan sólo nueve horas: Batman se autolesiona con su boomerang.

No sabía si reír o llorar, quince segundos fueron suficientes. Los necesarios para ver como intentaba detener a unos ladrones lanzando su boomerang justo en el momento que uno de los ya habituales pinchazos le hacían doblar la rodilla, lo que permitió que a su regreso, su hasta entonces infalible arma, le golpeara en la cabeza. No quiso ver más, echó un vistazo al fondo de la cueva y comprendió lo siguiente que se vería en el video al darse cuenta que era verdad que su batmovil no estaba.

Se recostó en su silla pensando que podría hacer, justo cuando uno de los interfonos que usaba para comunicarse con la casa empezó a sonar.

—Señor Wayne, acaban de llamar de comisaría, era John, quiere que sepa que ya no es necesario que denuncie el «robo» del batmovil— Un pequeño pero incomodo silencio era síntoma de que Albert estaba riéndose— Han atrapado a los ladrones y lo han recuperado.

Ni siquiera contestó, imaginar el momento en el que Batman tendría que presentarse en comisaría para reclamar su propio coche…

«Tengo que hacer algo enseguida, tiene que haber una solución. O eso o llegará la hora de dejar que sea otro quien luche contra el crimen».

Se acercó a un viejo mueble donde guardaba archivos de todos los maleantes que había atrapado y aquellos casos en los que participó. Los ojeaba con cierta nostalgia dándose cuenta de lo que había sido y que no sabía si podría volver a ser. Ya tenía una edad y por mucho que intentara cuidarse, su cuerpo ya no era el mismo.

Entre todos aquellos papeles encontró el día en que se había enfrentado a Drácula y los medios daban la noticia como uno de sus grandes éxitos al deshacerse de alguien tan temido. Al pie de la noticia, una nota escrita de su puño y letra:

«Después de tener al Conde empalado durante dos días, me he dado cuenta que tal vez no pueda acabar con él»

Recordó entonces como, sin que nadie se hubiera enterado, lo había soltado llegando a un acuerdo, nunca jamás se pasaría por Gotham. Drácula había aceptado temiendo tener que estar encerrado de por vida y eso, para un vampiro, es demasiado.

Bruce se recostó de nuevo en su asiento, una idea algo estúpida rondaba su cabeza. Estaba claro que el «no muerto», como lo llamaban algunos, le debía un favor. Quien sabe, tal vez…puede que fuese una locura, pero en ese momento no veía otra solución mejor.

Agarró su teléfono, buscó en esa agenda a la que sólo él tenía acceso y se dispuso a hacer una llamada.

—¿Sí? —

Una voz ronca se escuchó desde el otro lado. Se podría decir que desde su incidente, ambos eran buenos amigos, hablaban muy a menudo, pero en esta ocasión se dio cuenta que algo no iba bien, aquella voz, no era la de ultratumba que siempre ponía Drácula para intimidar a los demás.

—¿Qué pasa compadre? ¿te encuentras bien?

—Hombre, mi querido primo lejano— le gustaba decir aquello, ya que como él decía: «los dos somos un par de murciélagos algo grandes»— ¿A qué se debe esta llamada?

—Luego te cuento, pero antes dime qué te pasa, nos conocemos y te noto algo raro en la voz.

—Nada que no se pase con un poco de descanso.

—Pero bueno, ¿desde cuándo el gran Conde Drácula necesita descansar?— le dije medio sorprendido y medio riéndome de él.

—Ya ves. Digamos que me hago mayor. Desde hace varios años me he dado cuenta de que la calidad de la sangre ya no es lo que era, el que no se droga, bebe y el que no bebe fuma. Macho, van a acabar conmigo. Y encima ya no asusto ni al tato. Sin ir más lejos, el otro día tuve la suerte de encontrarme con una adolescente sola por la calle. Puedes imaginártelo, fue verla y se me pusieron los dientes largos. Me acerqué en plan seductor enseñando los colmillos…y ¡la muy capulla empezó a descojonarse de mí!— hizo una pausa, se notaba que aquel recuerdo le daba cierto reparo— Por primera vez en siglos me dejó paralizado y encima va y me dice: «tú eres de los que brilla con el sol, ¿verdad?».

—Pero bueno, y ¿qué hiciste?

—Qué querías que hiciera, me fui corriendo. Oye, espero que no le cuentes esto a nadie, si llega a oídos de otros vampiros seré el hazmerreír.

—No te preocupes, sabes que sé guardar un secreto, además qué te voy a contar yo…

Estuvimos hablando durante un buen rato y le conté lo que me pasaba.

—A ver si lo he entendido bien, ¿me estás diciendo que quieres que te transforme en un «no muerto» para tener más fuerza? A mí me da igual, pero espero que entiendas lo que eso supone. Además hace mucho tiempo que no convierto a nadie, no sé muy bien como resultará.

—Si lo dices por que tengas miedo a pasarte de la raya y llegar a matarme, yo confío en ti— Si algo sabía es que la palabra de un Conde iba a misa y puesto que me debía un favor, estaba seguro que no intentaría acabar conmigo.

He de reconocer que me daba cierta preocupación, antes de colgar me dijo que de lo que no estaba seguro era de si me daría más fuerza o por el contrario, me trasladaría todos sus problemas, al parecer, desde que no encontraba víctimas de calidad, se había ido debilitando. Ya no salía todas las noches por culpa del lumbago y encima uno de sus colmillos empezaba a moverse. No quiero imaginarme lo que sería Drácula sin uno de sus dientes.

30 DE JUNIO DE 2027

Ayer fue el gran día. Mi buen amigo me hizo la visita que esperaba para pasarme al lado de los «no muertos». No fue necesario decirle que si algún día necesita algo me tiene a su total disposición.

Reconozco que no le he visto buena cara, creo que sus tiempos de ser el gran Conde Drácula, ese al que incluso los de su misma especie temían, han acabado. Incluso me ha dicho que ha notado la presencia de uno de los suyos rondándole y que tenía cierto miedo a que pudiera encontrarlo e intentara acabar con él sólo por la reputación de haber sido quien dio fin al padre de todos los vampiros. Le he dicho que no se preocupe, que usaré todo lo que esté en mis manos para encontrar al «rondador» y darle caza.

Hoy me he despertado antes de que sonara la alarma y he de decir que he dormido del tirón toda la noche. Me he levantado despacio, quizás por miedo a los malditos dolores que me acompañaban todas las mañanas, sin embargo…de un salto he rodeado la cama para coger las gafas, hasta que me he dado cuenta de que no las necesito. Me he acercado a la ventana, la he abierto de par en par y no he podido evitarlo, como un niño pequeño he roto a llorar de forma desconsolada. No solo parezco el mismo de antes, si no que me encuentro cincuenta veces mejor.

He tenido que bajar de golpe las persianas al empezar a salir el sol, no os podéis imaginar lo que escuece. Me doy cuenta que esto no lo había pensado, a partir de ahora tendré que cambiar todos mis hábitos. Tengo que pensar algo para que nadie sospeche por qué Bruce Wayne no sale por el día.

Son las ocho de la tarde, he tenido que cancelar todas mis citas con la excusa de estar enfermo y he dedicado las horas a diseñar otra máscara con la que protegerme de la luz del día, al menos Batman podrá seguir saliendo en cualquier momento.

Se acerca la noche, me dispongo a ir a la cama, pero es inútil, no tengo sueño y sin embargo estoy algo cansado. Me recuerda a todas esos viajes que hago y me dejan para el arrastre por culpa de jet lag. Supongo que necesitaré de varios días para acostumbrarme.

A las cinco de la mañana he tenido que salir por un aviso de robo. Ha sido pan comido, es una pena que las cámaras no estuvieran grabando en esta ocasión. Creo que he vuelto y espero que sea para quedarme.

Ilustración de Paloma Muñoz

4 DE JULIO DE 2027

Llevo varios días sin apenas dormir. De noche parece que el cuerpo me pide marcha y por el día, que es cuando debería descansar, no hay manera. Y para colmo, llevo el mismo tiempo sin pegar bocado, mira que lo he intentado, pero todo lo que entra, sale sin previo aviso. Le he pedido a Albert que se ponga en contacto con bancos de sangre, que no se diga que no hay dinero para traer la mejor del mercado, y de verdad que lo ha hecho, por lo que cuesta mejor me alimentaba a base de Château Petrus, por lo menos el vino podría tomarlo, porque lo que es la sangre… es acercarla a la boca y se me revuelve hasta el apellido.

Por el bien de todos espero acostumbrarme pronto, sobre todo por Albert, que el pobre ya ha tenido que irse corriendo un par de veces al verme ir hacia él, con medio traje puesto y con los colmillos a punto. Esto va a resultar más complicado de lo que esperaba. Lo positivo es que sigo pareciendo un chaval de veinte años.

Hoy he recibido una llamada de John, según parece en los dos últimos días han aparecido varios cadáveres, todos sin apenas sangre en el cuerpo. Me temo que no me va a hacer falta buscar al «rondador», él solito ha venido a mí. Llega el momento de demostrarle a todo el mundo que Batman ha vuelto.

No me ha resultado difícil seguirle la pista, cualquiera diría que su intención era que nos encontráramos. No llevaba ni una hora vigilando desde el edificio más alto de la ciudad, cuando pude verlo. Esos andares y el leve olor que desprendía eran inconfundibles. Iba detrás de una chica que acababa de salir de un restaurante dispuesto a atacar en cualquier momento.

Antes de que lo hiciera me interpuse entre ellos dos y de un empujón lo aparte de su futura víctima. Al darse cuenta ella se volvió hacia mí.

— ¿Batman…?

—No tengas miedo, yo me encargo— le espeté con esa voz de superhéroe, que más bien sonó a gigoló de piscina.

Por algún motivo la muchacha se asustó al verme y sin pensarlo dos veces me dio un golpe con el bolso, sacando después un spray de pimienta con el que roció toda mi cara.

Durante unos segundos no pude ver nada, menuda gracia me hizo el spray de las narices. Por suerte él parecía más interesado en mí que en la muchacha, que pudo salir corriendo.

—Un momento— me dijo mientras se aceraba flotando en el aire— tu olor… he seguido tu rastro hasta aquí, pero era con Drácula con quien esperaba encontrarme.

—Siento mucho haberte decepcionado.

Empezó a reírse al fijarse bien en mi cara.

—Creo que ya lo entiendo, he escuchado hablar de ti muchas veces. Veo que te has pasado a nuestro bando y que tendré que acabar antes contigo. Supongo que el viejo Drácula podrá esperar.

Desde aquella vez en la que me había enfrentado al que ahora me había convertido, nunca había tenido un duelo como aquel. Por suerte, creo que se trataba de un vampiro sin mucha experiencia al igual que yo, pero con mis recientes dotes adquiridas y mis armas de siempre conseguí ponerlo a raya.

No quería que me pasara como la otra vez. Cuando por fin lo tuve bien sujeto, le pegué un mordisco en la yugular, con tanta fuerza que conseguí arrancarle la cabeza, para después quemar las dos partes de su cuerpo, tenía que estar seguro de que no volvería a revivir.

Al llegar a casa lo primero que hice fue llamar a Drácula y contarle lo sucedido. De momento podía estar tranquilo.

Me sentía eufórico, creo que empezaba a gustarme todo aquello. Incluso apreciaba ya esas copitas de «tinto» con las que me mantenía y evitaba así tener que matar a nadie para alimentarme.

Fue la primera vez que conseguí pegar ojo de día, incluso a pesar de un dolor en la pierna derecha, que supuse sería consecuencia de mi enfrentamiento con el «rondador».

5 DE JULIO DE 2027

Empiezo a acostumbrarme a mis nuevos hábitos. Hoy he despertado justo al ponerse el sol. Sobre la mesita, el periódico que seguro que Albert había dejado aquella mañana. Qué ganas tenía de abrirlo y de ver como de nuevo la gente clamaba por el regreso de su hombre murciélago particular.

Para mi asombro, no hablaban de mí en la primera página, lo cual me indignó un poco, o al menos no de Batman. Por el contrario, el titular destacado era para mi verdadera personalidad:

Aparecen los restos de Bruce Wayne

No podía creer lo que estaba leyendo, «¿cómo podían decir eso?» Busqué rápido la página donde daban la noticia y mi sorpresa fue aún mayor al ver la foto. Estaba hecha justo en el momento en el que mordía y arrancaba la cabeza del «rondador», ahora entendía aquel destello que me había parecido sentir, pero que, dada la euforia, no di importancia.

Según decían, entre las cenizas habían encontrado dos tipos de sangre, una sin identificar y la mía. Para un mísero corte que me había hecho…

Dejé de leer pensando que tal vez fuera mejor así, eso me permitía no tener que seguir dando explicaciones de por qué no aparecía en ninguno de los actos a los que se me invitaba, decir que estaba enfermo ya empezaba a sonar raro. Sin embargo, lo que no había visto era el titular de la página siguiente:

Batman se cambia de bando

Basándose en la fotografía, dejaban bien claro que ahora ya no sería el aliado que había sido hasta entonces, por el contrario, toda la policía estaba en alerta para poder darme caza. Me había convertido en el asesino del más ilustre habitante de Gotham.

Se rumoreaba con la posibilidad de que hubiera chantajeado Al señor Wayne y que este, que todos sabían que era una persona de bien, no había accedido a ello.

El mundo se me echó encima, había acabado de un golpe con Bruce Wayne y con Batman. ¿Qué sería de mí ahora que no podía dejarme ver de ningún modo?

Pasé el resto de la noche en casa, intentando localizar a Drácula para saber si se podía cambiar otra vez, pero no dio señales de vida. Y encima, no había manera de que el dolor de la pierna desapareciera, había llegado hasta la zona de la pantorrilla y empezaba a ser insoportable, no había postura en la que pudiera estar quieto más de cinco minutos.

7 DE JULIO DE 2027

Sigo sin tener noticias de Drácula y llevo dos días sin poder levantarme de la cama. Albert ha llamado a un amigo suyo que dice que es de confianza. No es más que un prepotente estudiante de medicina, pero algo es algo.

El diagnóstico ha sido claro. El reuma ha vuelto, no veo tres en un burro y la ciática conseguirá mantener inmóvil al mismísimo Batman durante un tiempo. Y encima el relajante muscular que me ha recomendado no parece hacer buenas migas con la sangre, como resultado, una «pequeña» úlcera que parece querer matarme desde dentro. Empiezo a echar de menos lo que ahora me doy cuenta de que eran leves dolores de reuma, maldito el día en que pensé que jubilarme no era la mejor opción.

10 DE JULIO DE 2027

Por fin he hablado con Drácula. Como ya me imaginaba, no hay modo de volver a la vida de antes, lo único que puedo hacer es resignarme a vivir eternamente como un «no muerto». Al menos me ha dicho que él ha encontrado un modo de hacerlo «dignamente», ha recalcado mucho la última palabra, lo que me hace pensar que tal vez no sea tan bonito como ha querido mostrármelo. He quedado con él esta noche, justo al lado de una residencia que hay a las afueras de la ciudad.

Después de media hora y con la ayuda de Albert, he conseguido ponerme el traje. Mi buen mayordomo me ha llevado a un edificio viejo al lado de la residencia, no me veía con ganas ni con fuerzas de conducir.

Drácula me esperaba en una vieja habitación, yo diría que casi tanto como él, sentado en un antiguo sillón.

—Perdona que no me levante.

—No hace falta que te disculpes— Algo me decía que sabía muy bien por lo que estaba pasando— Sigo sin entender porqué hemos quedado en este lugar.

—Verás, hace un mes que vivo aquí y cuando me contaste lo que te pasaba pensé que si querías, podías trasladarte tú también. No estaría de más un poco de compañía con quien poder conversar.

Era la primera vez que veía al Conde así, se le notaba triste, apagado. Me preguntaba donde habrían quedado aquellos días en los que solo escuchar hablar de él ya daba pánico.

Me fijé en la pequeña mesa que tenía a su lado y en un vaso que contenía…

—No lo mires tanto, sí, son mis dientes.

Me contó que una noche había visto a una joven sentada en un parque a la luz de una farola escribiendo en un cuaderno negro. Se acercó por la espalda dispuesto a atacar, pero sin saber muy bien cómo, empezaron a hablar. Por extraño que parezca, le había contado todos sus problemas, ella era dentista y se había ofrecido a ayudarle.

—Periodontitis, así lo llamó. Vaya, lo que todos conocemos por piorrea. Al menos, de momento, sólo he perdido uno de los colmillos.

¡No lo podía creer, había pedido ayuda a una humana!

—¿Estás seguro de lo que estás haciendo?

—Tranquilo, ya la conocerás, Carlota es muy buena chica.

En un principio sentí lástima por su nueva «vida». Me dijo lo mal que se encontraba y que salir de caza ya era imposible. Lo único que podía hacer era esperar en aquel lugar a que alguno de los viejecitos de la residencia pasara a mejor vida y poder alimentarse con su sangre. Sin embargo, pensándolo fríamente, tal vez era mejor eso que quedarme sólo en la casa.

No me hizo falta pensarlo mucho. Salí para decirle a Albert que se fuera, que a partir de entonces me quedaría a vivir allí. Le pedí que se encargara él de la casa y que de vez en cuando me trajera las cosas relacionadas con mis negocios, mientras pudiera, seguiría encargándome de todo. Que la gente pensara que Bruce Wayne estaba muerto no quería decir que sus empresas no pudieran seguir funcionando.

30 DE JULIO DE 2027

Al contrario de lo que había pensado, estos veinte días no han estado tan mal. Las conversaciones con el Conde son de lo más amenas. Sé que no es el final que hubiera querido, pero es lo que hay.

Sin embargo ha ocurrido algo que no hubiera imaginado. He decidido ir por casa después de leer en un periódico que Batman ha vuelto como el gran superhéroe que fue. No es que me importe si Albert tiene algo que ver, ya que al menos la leyenda del hombre murciélago seguirá viva, pero tengo cierta curiosidad.

Por lo que he visto al llegar, la decoración de la casa ha cambiado por completo, cualquiera diría que estamos en el desfile del orgullo gay.

Escucho ruido en la parte de arriba, supongo que Albert está en la habitación. No me molesto en picar a la puerta, sigue siendo mi casa, pero…

Al entrar veo a Albert, con el traje puesto a excepción del pantalón. La imagen de Batman con aquel tanga de leopardo, es algo que traumatizaría a cualquiera. Y sobre la cama un chico más joven que él con la misma ropa que llevaba al nacer…¡¡en pelotas!!

—Pero… ¡por Dios!… ¿qué es esto?

—Yo… ¿qué hace aquí, Bruce?

— ¡Encima, cómo si esta no fuera mi casa!

La úlcera puede más que el enfado del momento, tengo que sentarme o no sé si saldré de aquí por mi propio pie.

Recapacito un poco. Siempre me he considerado una persona moderna y, si bien es cierto que lo que ocurra de puertas para dentro no debería importarle a nadie. Si algo ponía la noticia que había leído es que de nuevo Batman volvía a ser el mismo y supongo que eso es lo importante. Decido que tal vez lo mejor sea pasar del tema.

—Espero que al menos no dejes que nadie te vea de esta guisa— le digo bajando un poco la voz.

—Tranquilo, nadie sabrá jamás que yo soy Batman.

¡¡JA!!, como si fuera eso lo que me preocupa, mientras no le diera por cambiar la indumentaria. No quisiera ver en el futuro a un Batman vestido de rosa por los periódicos.

—Y ¡dile a ese tío que se vista, anda!— le digo saliendo por la muerta mientras que le escucho hablar.

—No te preocupes, ya se iba. Por cierto, es Robert, un amigo.

«Sí, sí, un amigo» pienso mientras, poco a poco bajo las escaleras, a decir verdad me importa un carajo quien sea ese tío.

10 DE AGOSTO DE 2027

— ¿Has visto, Bruce?, Batman sale de nuevo en el periódico.

Me acerco al Conde para ver yo mismo la noticia. No he querido decirle nada de lo que paso en la casa, tan sólo que Albert me había suplantado.

Batman y su nuevo compañero hacen de Gotham un paraíso para vivir

Por lo visto, Albert, tenía una especie de ayudante, un atlético joven vestido con unas mallas, un chaleco rojo y una capa amarilla. Se veía bien claro en la foto que acompañaba a la noticia.

Aquella indumentaria, un chico joven y el nombre al pie de la foto, Robin, me hicieron pensar. Y, por desgracia, el cuerpo desnudo del amigo de Albert volvió a mi cabeza. ROBERT…ROBIN… ¡cielo santo, que he hecho!

—Primo…creo que es mejor que dejemos de leer las noticias…

Jesús Cernuda.

20ª Convocatoria: El Fantasma de los Libros

El Fantasma de los Libros

 

Ilustración de Rosa García

Recuerdo el primer momento en que supe cual quería que fuese mi futuro. Tenía apenas ocho años y de la mano de mi madre entrábamos en aquel edificio, subiendo unas enormes escaleras que me llevarían a otro mundo.
Para cualquier persona, no era más que una biblioteca, pero para mí era algo especial. Un lugar lleno de aventuras…
-Mamá, de mayor quiero vivir aquí- le dije de forma inocente.
Desde aquella vez, no hubo un solo día que no le hiciera una visita por el mero hecho de sentirme rodeado por todas aquellas historias.
Una noche, de regreso a casa con mis padres, pasamos frente a la biblioteca. A esas horas parecía incluso más especial. Fue cuando, en una de las ventanas, pude ver una extraña silueta que parecía mirarme fijamente a los ojos. Por más que mis padres dijeran que era imposible yo no les creí, estaba seguro de lo que había visto, alguien que para mí siempre sería “el fantasma de los libros”.
Tengo ya 40 años y como podréis imaginar, trabajo en una biblioteca. Puede que no sea un gran trabajo, pero me permite hacer lo que me gusta, estar rodeado de libros. Además, tengo la suerte de poder ir por las noches, cuando aprovecho para hacer lo que es mi gran pasión: escribir.
Recuerdo que las primeras noches recorrí la biblioteca buscando aquella silueta que vi de pequeño. Qué dirían mis padres si, a mi edad, me vieran buscando fantasmas.
Y, cuando yo mismo recordaba aquel día de mi infancia como algo salido de la imaginación de un niño, fue cuando lo vi.
Caminaba en silencio, con una linterna como único punto de luz y de pronto al girarme… ahí estaba. A varios metros de mí, reflejado en la ventana, medio desfigurado por una luna llena que intentaba colarse en el edificio. Me asusté, di un paso atrás y me di cuenta que él también lo hacía. Moví la linterna de un lado a otro y empecé a sonreír al ver que lo que tenía delante no era más que mi propio reflejo en los cristales que por tanto parecía copiar todos mis movimientos. Entendí entonces que, al igual que yo, alguien en el pasado se había acercado a aquella ventana con la linterna en la mano, quizá buscando también su fantasma.
Supongo que ya desde niños todos tenemos nuestro fantasma de los libros. De nosotros depende que se esconda o salga a la luz. El mío, me sigue fiel en mis paseos por la biblioteca.

Jesús Cernuda

E08-El fantasma de los libros

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Drama-Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Nelle Caver (Noelia de la Torre). Quedan reservados todos los derechos de autor.

E08-El fantasma de los libros.

 

Aún recuerdo aquel momento en que su sombra, como salida de la nada y en un silencio que apenas me dejaba respirar, se cruzó ante mis ojos.

Acababa de cumplir ocho años y en la oscuridad de mi habitación pude ver cómo una silueta dejaba algo a los pies de mi cama y, del mismo modo que había llegado, desaparecía tras la puerta.

Ilustración de Nelle Caver

Tengo ya demasiados años para dejar que el pasado se cuele en mi vida. Pero aquella llamada golpeó en lo más profundo de mi ser, haciendo que aquel pasado removiera todo mi presente.

Como cada día estaba  sentado en mi ya viejo despacho, rodeado de cientos de libros que formaban unas pilas que parecían sujetar el mundo o, al menos,  lo  hacían con el mío.

Desde el día en que me fui de casa, decidido a encontrar eso que me ha convertido en lo que ahora soy, no había vuelto a hablar con mi madre más de cinco minutos seguidos. Escuchar al otro lado de la línea que ya no podría hacerlo me devolvió a la triste realidad, esa en la que había acusado a mis padres de sentirme solo durante toda mi infancia, esa en la que me negaba a dejar que los recuerdos formaran parte de mis días.

No puedo decir que en mi juventud no fuera feliz, mis padres hicieron todo lo posible para darme cuanto necesitaba y más. Supongo que entonces no lo aprecié. Ahora me doy cuenta de lo egoístas que podemos ser de niños.

Es curioso cómo hay cosas que pueden grabarse en la memoria para hacerse dueña de ella y, a pesar de encerrarlas bajo una enorme llave en lo más profundo de tu mente, siguen ahí. Una de esas cosas es ese olor a carbón que mi padre dejaba al llegar todas las noches a casa, tan tarde, que tan solo en un puñado de veces conseguí mantenerme despierto  para ver en su cansado rostro cómo me dedicaba una sonrisa.

Y yo me quejo ahora, sentado en mi despacho frente al ordenador, cuando él trabajaba más de quince horas al día para volver con las manos cortadas y poder sonreírle al mundo con la cabeza bien alta.

Y otra es ese día en que aquel olor no volvió jamás. Ese mismo día que acurrucado en la cama con lágrimas en los ojos, al saber que nunca volvería a ver la sonrisa de mi padre, algo se adentró en silencio para poner el primer paso de lo que sería mi vida.

Con las arrugas que dan los años, he comprendido lo duro que tuvo que ser para mi madre, dedicada a tiempo completo a perder su vida para poder darme la mía. Nunca supe ver cuánto sacrificio hacía por ello, cuánto le hubiera gustado pasar más tiempo conmigo. En cambio, mi único modo de pagarle fue irme y dejarla sola, más aún de lo que yo me había sentido durante años.

Como ya os dije, de niños o no tan niños podemos llegar a ser muy egoístas y lo que hice fue irme en busca de aquello que me ha hecho ser quien soy.

Fueron muchas las noches en que aquella misteriosa sombra se colaba en mi habitación. Aunque pude verla un par de veces más, de lo que estoy seguro es que tan solo yo podía hacerlo. Lo supe el día en que me armé de valor y se lo conté a mi madre.

—Pero tú estás loco, no existe el fantasma de los libros —sentenció de forma tajante.

Pero yo sabía que se equivocaba, porque en cada visita aquel extraño ser dejaba un libro a los pies de mi cama y se llevaba el que días antes había dejado.

Pasé años leyendo esos libros. Viajé con ellos a lugares increíbles, conocí a gente que nunca hubiera creído que existiera y viví con ellos mil y una aventuras. Me hicieron ser un apasionado de la lectura.

Pero lo que realmente me cambió fue el día en que aquel “fantasma de los libros” dejó a los pies de la cama uno que me desconcertó. Estaba totalmente en blanco.

Esperé paciente los siguientes días a que volviera y me regalara otra de aquellas historias con las que seguir soñando, pero nada. Siguió pasando el tiempo y ni rastro de mi fantasma.

Era tan solo un niño de catorce años cuando recorrí las bibliotecas de mi ciudad buscando alguno de aquellos libros que había leído. Me daba cuenta de que ni siquiera conocía a los autores. Encontré otras muchas historias que me hicieron seguir soñando, pero jamás ninguna de las que aquella sombra me había regalado por las noches.

Varios meses después comprendí el significado de aquel último libro, ese que estaba en blanco. Todas aquellas historias habían sido posiblemente mi única compañía (al menos eso pensaba) y ahora yo escribiría esas aventuras que tal vez otros podrían vivir desde sus casas. Aquel libro en blanco sería mi primera historia.

Justo al colgar el teléfono y pensar en todo aquello, no he podido evitar mirar a uno de los libros de mi despacho, ese que un día estuvo en blanco y que ahora guardaba entre sus páginas mi primera gran aventura.

Puedo decir que he tenido suerte, he publicado varias novelas por el camino y he conseguido hacer de ello mi modo de vida. Sin embargo, aquel primero nunca lo he intentado editar. Supongo que es algo que se quedará para mí por siempre.

Intento no pensar en mi madre. No quiero llorar al darme cuenta de que no he estado ahí para despedirme. Como el día que con apenas dieciocho años me fui y  solo dejé una nota. Ella nunca me lo echó en cara, ni siquiera salió de sus labios un porqué.

Pasé años viviendo de lo que podía y buscando en cada ciudad alguno de aquellos libros que me habían hecho soñar con mis propias historias. Nadie parecía conocerlos, lo que hizo que poco a poco fuera olvidándolo, llegando incluso a creer que todo había sido producto de la imaginación de un niño, que el “fantasma de los libros” como decía mi madre, no existía.

Estoy en aquella sala, rodeado de gente que ni siquiera conozco, pero que se acercan a decirme cuánto lo sienten. Me doy cuenta de que ellos tampoco me conocen. Lo único que quiero es que acabe todo, volver a mi casa y dejar que los libros sigan sosteniendo mi mundo.

Apenas queda nadie ya cuando un hombre se acerca.

—Sé que no me conoces. Tu madre me dijo antes de morir que te diera esto.

Creo que fue la única persona que no me dio el pésame. Tan solo dejó aquella caja en el suelo, me dio la mano y se fue igual de silencioso que había llegado.

Han pasado varios días desde el entierro de mi madre. He intentado no pensar en ella encerrándome en mis pequeñas historias, esas que sé que en el fondo solo intentan igualar a aquellas otras que se guardaron en mi mente cuando solo era un niño. Cuántas veces he deseado escribir algo que me hiciera sentir lo mismo que sentí leyéndolas. Supongo que no tengo el talento que haría falta, quizá nadie lo tenga y por eso nunca más volví a ver aquellos libros.

No he vuelto a pensar en aquella caja, que apartada en un rincón, parece llamarme. Creo que el miedo a lo que pueda encontrar en ella ha hecho que intente olvidarla.

Me armo de valor, esperando alguna carta en la que mi madre me dijera todo lo que no se atrevió a decirme en vida, a pesar de no ser más que verdades.

Dentro, un sobre pequeño encima de otra caja. Pienso que ahí está la carta que tanto miedo me daba, pero…

“Ojalá hayan suplido la falta de tiempo y veas en ellos el amor que nunca te pude demostrar”.

Abro la otra caja y todo a mí alrededor se retuerce. Me veo de nuevo como aquel niño de ocho años que, llorando en la cama, vio como aquel  “fantasma” entraba en su habitación, un fantasma que desde aquel mismo día tuvo que dejar su sueño a un lado para intentar formar el mío, un fantasma que desde entonces no encontró más huecos en su vida para seguir contando historias, pero que consiguió que yo, su hijo, soñara con contar las mías.

Ahora me doy cuenta de que todos esos días en que mi madre, esperando a que mi padre llegara, tecleaba aquella vieja máquina de escribir que desde su muerte no había vuelto a escuchar.

Con todos aquellos libros de nuevo en mi mano, me doy cuenta de que si he llegado a lo que soy es gracias a ese fantasma de los libros, a mi madre, que nunca vio su sueño cumplido, por dejar que yo lo hiciera.

—Mamá, tú sí que tenías ese talento.

Jesús Cernuda

La vecina

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Terror

Rating: +15

Este relato es propiedad de Jesús Cernuda. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La vecina.

Eran las diez de la mañana cuando el doctor Froy, en su pequeño despacho, empezaba a escuchar al que sería su nuevo paciente: un joven que atendía al nombre de Billy y que hacía una semana había ingresado por orden expresa de la policía.

Había sido una semana difícil en la que el joven parecía sumido en una especie de coma; no hablaba con nadie y parecía estar continuamente asustado. Sin embargo, aquella mañana cuando Froy había ido a verle, por primera vez desde que había llegado al hospital, Billy le miró a los ojos, se abalanzó a la puerta de su improvisada celda y le gritó:

— Tiene que creerme doctor Froy, yo no los maté.

Como aquel chico podía conocer el nombre del doctor era una incógnita, ya que era la primera vez que se veían y Froy ni siquiera llevaba puesto su distintivo. Eso hizo que sin pensárselo dos veces, les pidiera a los enfermeros que lo llevaran a su despacho lo antes posible. Nadie sabía por qué, pero Billy parecía dispuesto a romper su silencio.

La luz del sol entraba por la ventana marcando más aún el pálido rostro de Billy. Tenía la cara de una persona que realmente está diciendo la verdad y esa expresión que solo el miedo puede dejar grabado. Cerró los ojos como buscando en su mente el preciso instante en que comenzó todo y, de forma pausada, empezó a hablar con la mirada fija en una figurita de mármol que adornaba la mesa del despacho.

 — — — — — — — — — — — — — —

“Hoy hace justo tres semanas que la vi por primera vez. Mis padres y yo vivíamos en una pequeña casa al lado del lago, rodeados por un bosque y, hasta aquel día, nuestra única compañía era una vieja cabaña al otro lado del lago que hacía ya muchos años que estaba deshabitada.

Recuerdo que aquel lunes me pareció ver movimiento en aquella vieja cabaña. Sin embargo no había visto ningún coche acercarse, ni nada que me indicara que teníamos vecinos nuevos. Se lo dije a mis padres pero ellos no habían visto ni oído nada raro. Supongo que tampoco me extrañó, ellos siempre estaban ocupados con su trabajo. Digamos que, la mayoría de los días, era como si viviera yo solo en la casa.

No quiero que piense que soy de esas personas que va por la vida espiando a los demás, pero por algún motivo, sentía curiosidad, así que agarré a Sultán, mi perro, un pastor alemán que hasta entonces creía el más fiero del mundo, y fui dando un paseo por el bosque hasta acercarme a la cabaña sin que nadie pudiera haberme visto.

He de reconocer que aquel sitio daba bastante miedo y eso que muchas veces, de niño, había pasado horas jugando en sus jardines. Ahora no era más que una vieja cabaña que el paso del tiempo había dejado en muy malas condiciones.

Llevaba alrededor de diez minutos jugando con Sultán en las inmediaciones de la cabaña y todo parecía indicar que mis padres tenían razón. No se apreciaba nada que me hiciera pensar que alguien podría estar viviendo allí.

Y fue justo en el momento en que decidí irme cuando Sultán se puso más nervioso de lo habitual. Daba saltitos mientras ladraba como si quisiera irse de ese lugar. De pronto, y aunque el cielo estaba totalmente despejado, una especie de trueno resonó en el cielo haciendo que Sultán saliera corriendo en dirección a casa.

Quise salir tras él, pero un ruido llamó mi atención y me di la vuelta. Toda mi sangre se heló al darme cuenta que una joven de largo cabello oscuro, me observaba a través de una de las ventanas. Reculé asustado y caí al suelo. Cuando me levanté y dirigí la mirada a la casa… nada, en aquella ventana parecía no haber nadie. Salí corriendo en busca de Sultán, que desde el interior del bosque ladraba asustado.”

El doctor interrumpió a Billy:

— Supongo que esa es la chica misteriosa que mencionaste a la policía cuando te arres… cuando te encontraron.

Froy quiso evitar la palabra arrestaron, por miedo a que eso pudiera alterar a Billy.

— Tú lo has dicho.

Dijo Billy levantando la vista y mirando a los ojos a Froy.

— Pero eso fue solo el principio…

“Cuando llegué a casa Sultán ya estaba en la puerta esperando. Miraba hacia el interior y daba vueltas sobre sí mismo, del mismo modo que hacía cuando alguien venía a visitarnos.

Entré en casa y pude escuchar que mi madre estaba hablando con alguien en el salón.

— Hombre hijo, menos mal que has venido a presentarte.

No podía creer lo que estaba viendo, sentada en el salón, con una taza de café en la mano, estaba la misma chica que había visto antes en la ventana de la vieja cabaña.

— Al final tenías razón— dijo mi madre –Esta es Linda y ha venido a pasar dos semanas al lago, a la vieja cabaña.

No sé el tiempo que estuvo en casa, para mí parecía haberse detenido en la imagen de aquella chica, que pocos minutos antes me miraba desde la ventana.

Recuerdo que durante ese tiempo no vi nada especial en ella, sin embargo, cuando se fue, pasó algo que me hizo cambiar de opinión.

Puede ver mientras se alejaba, como se daba la vuelta, me miraba fijamente y hacía un gesto con su brazo para después agacharse y escribir algo en el suelo. Justo después, cogió un puñado de tierra y lo lanzó hacia donde yo estaba.

En ese momento sentí que tenía ante mí a la mujer más hermosa que había visto jamás. Sus enormes ojos verdes y su bonita sonrisa me enamoraron de repente, algo que hasta entonces nunca me había pasado ni pensaba que me pudiera pasar jamás.

Me recordaba a toda esa gente que dice que existen los flechazos, pero en mi interior yo solo pensaba en una cosa: parecía cosa de brujería.”

Billy se quedó en completo silencio, se levantó de la silla y se despidió del doctor:

— Mañana seguiremos hablando, si usted quiere.

Y se fue guiñándole un ojo. Froy ni siquiera tuvo oportunidad de decir nada, solo pudo ver como el chico se marchaba.

Aquella mañana tenía algo de tiempo, así que decidió leer el informe de la policía para ver si podía averiguar más sobre Billy. Empezó a ojearlo sin apenas creer lo que estaba viendo.

Costaba incluso detenerse en las fotos del fatídico día. Froy no entendía como un joven de tan solo veinte años podía haber cometido aquellos crímenes tan atroces.

En las fotos se podían ver los restos de lo que parecían los padres de Billy. Estaba todo lleno de sangre y escrito en un rojo brillante, que parecía ser esa sangre, un extraño dibujo en una de las paredes, con la palabra “ella” escrita debajo.

Según el informe, había sido el propio Billy quien había llamado a la policía para informar de los crímenes, repitiendo una y otra vez que había sido su nueva vecina quien los había cometido.

Al final del informe, una nota escrita por el primer policía que había llegado a la casa:

“Asusta la frialdad del sospechoso ante el asesinato de sus padres.”

Y en un papel que parecía haberse añadido después, dejaban claro que la supuesta vecina no existía. La vieja cabaña del lago seguía tan vacía como los últimos ochenta años.

A la mañana siguiente, cuando Froy llegó a su despacho, Billy ya estaba esperándole rodeado de los dos policías que no le dejaban ni un momento solo.

— Buenos días Billy, veo que has madrugado hoy.

— Dicen que al que madruga Dios le ayuda.

Y soltó una carcajada mientras seguía al doctor por el despacho para sentarse de nuevo en la silla.

— Espero que al menos usted si me crea.

Dijo antes de empezar de nuevo con la historia que le había llevado a estar allí detenido.

“Como ya le dije ayer, aquella chica que se hacía llamar Linda, hizo con solo mirarme que me enamorara de ella.

Sé que es difícil de creer ya que en las siguientes dos semanas tan solo conseguí verla una vez más. Yo mismo no me lo creería si no lo hubiera vivido.

La misma noche en la que la conocí, empecé a tener unos sueños extraños, en los que ella se aparecía con formas de diferentes animales, llamándome sin decir nada, como si tuviera telepatía.

Al principio no le di importancia, hasta que me di cuenta, que fue desde aquel día cuando empecé a encontrarme mal. Casi no comía y los sueños eran ya pesadillas que apenas me dejaban dormir. En ellos, Linda se colaba en mi casa y hacía algo que parecían extraños rituales alrededor de la cama de mis padres, mientras yo asistía a ellos sin decir nada. Incluso, en uno de aquellos sueños, pude ver como los atacaba y los mataba en mi presencia, para después seducirme y hacerme el amor al lado de sus cuerpos.

Empecé a creer que me estaba volviendo loco. No podía dejar de pensar en ella y sufría terribles dolores de cabeza que me hacían estar enfadado con todo el mundo. Recuerdo que incluso en una discusión con mi madre, le grité deseándole que se muriera.

Ojala nunca lo hubiera hecho, tal vez ahora ella y mi padre estarían vivos.

A la semana de aquello, me di cuenta que me habían salido unas manchas rojizas por el cuerpo. Me asusté, pero no quería ir al médico. Busqué por Internet y acabé encontrando algún caso muy parecido al mío.

Gente con dolores de cabeza, extraños sueños y manchas por el cuerpo, que decían estar sufriendo algún tipo de trabajo de brujería. No quería admitirlo, pero eso mismo ya lo había pensado yo el día que conocí a Linda.

Ilustración de Paloma Muñoz

Busqué todo tipo de cosas relacionadas con el tema y fue entonces cuando encontré un libro. Al parecer era de los más conocidos y antiguos sobre el tema, se titulaba Malleus Maleficarum, pero se le conocía como El martillo de las brujas.

No encontré nada que realmente me asegurara que estaba siendo objeto de brujería o algo parecido. Pero sí un dibujo antiguo que me impactó bastante, en el que hablaban de una antigua bruja muy poderosa que se llamaba Linda. Al parecer, hacía ya varios siglos, aquella muchacha había matado a los padres de su novio por negarse a su relación. Después la habían acusado de ser una bruja y la habían quemado delante de todo el pueblo. Quedé impresionado al ver a mi vecina reflejada en aquel dibujo.”

Froy cortó al muchacho al escucharle decir eso.

— Un momento, dices que viste a Linda en un viejo libro de brujería. ¿No dijo nada la policía al respecto?

— La policía… nadie me cree, dicen que lo he imaginado todo. Por eso espero que usted sí lo haga.

El doctor no dijo nada, estaba acostumbrado a tratar con pacientes que decían ver cosas. Incluso, en una ocasión, uno le dijo que el mismísimo Jesucristo se le había aparecido pidiéndole que se suicidara, aunque, por suerte, no lo había conseguido. Si algo sabía Froy es que la mente humana puede ser capaz de muchas cosas. Como siempre le decía su hijo: “no le des más vueltas papá, simplemente están locos”. Ojala fuera todo tan fácil.

Habían pasado casi dos semanas cuando me decidí a volver a la cabaña del lago, tenía que encontrar a Linda para poder hablar con ella. No soportaba más los dolores de cabeza que estaba seguro que eran cosa suya.

La cabaña parecía vacía. Conseguí colarme por una de las ventanas, pero no pude ver nada. Estaba todo medio en ruinas.

Al asomarme a la misma ventana desde la que Linda me había mirado el primer día, me di cuenta que se podía distinguir mi casa al otro lado del lago. Y, lo peor de todo, a Linda mirando hacia mí, justo antes de entrar en mi casa.

Me fui corriendo pensando en un principio que quizá había ido a ver a mis padres para despedirse, ya que había dicho que estaría en el lago solo dos semanas.

Cuando llegué, la puerta estaba abierta. Me extrañó no ver a Sultán por ninguna parte, así que entre despacio. Estaba todo en silencio y una especie de olor a incienso cubría toda la casa.

Sin saber por qué, me dirigí directamente hacia la habitación de mis padres y justo desde el pasillo pude ver a Linda que me decía entrando en su cuarto:

— Ellos tienen la culpa.

Me acerqué despacio, con miedo. Y pude ver el cuerpo de mis padres entre toda aquella sangre. El último recuerdo que tengo es que llamé a la policía y una semana después, desperté aquí.

— Un momento, ¿y Linda?

— Linda no estaba, supongo que saltó por la ventana. Sigo soñando con ella pero no la he vuelto a ver.”

Billy sonrió y miró al doctor.

— Espero que usted me crea y pueda ayudarme.

En ese momento, Froy notó esa frialdad de la que hablaba el informe. Se podría decir que incluso sintió miedo.

— No te preocupes, todo se solucionará.

A la mañana siguiente, Froy estaba deseando volver a hablar con Billy, pero cuál fue su sorpresa cuando le dijeron que de nuevo el muchacho parecía haber entrado en una especie de coma. Se había pasado toda la noche cara a la pared sin hablar con nadie.

Froy no estaba dispuesto a dejarlo así, con lo que fue a hablar con la policía. Lo único que pudieron decirle es que en la habitación del muchacho habían encontrado todo tipo de libros sobre brujería y hechizos. E incluso un diario en el que se quejaba del trato de sus padres, que estaba cansado de ellos y que algún día lo pagarían caro.

— No hay mucho más que estudiar sobre el caso— le dijo el policía. — ese muchacho está como una cabra.

— Puede que tenga razón. Solo una cosa más. Me comentó algo sobre un libro, El martillo de las brujas o algo así.

— ¡Ah, sí! No lo encontramos por ningún lado. Aunque si sabemos que existe realmente. Está claro que Billy estaba obsesionado con esos temas.

Aunque todo parecía indicar que realmente Billy estaba enfermo. El doctor sentía cierta curiosidad. Antes de volver al hospital, pasó por la biblioteca y empezó a buscar en una zona donde había libros sobre brujería.

Ya estaba a punto de irse cuando encontró un viejo libro en el fondo de una de las estanterías. Era como si aquel libro le hubiera llamado para que lo encontrara.

Entre sus manos tenía el libro al que había hecho referencia Billy, Malleus Maleficarum.

Lo primero que vio, fue el mismo dibujo que había visto escrito con sangre en la foto de la habitación donde los padres del muchacho habían sido asesinados.

Estaba claro que era de ese libro de donde había sacado todo. Cerró el libro con la idea de que no había nada más que hacer. Pero al intentar devolverlo a su sitio, se le escurrió y cayó al suelo.

Al recogerlo, se dio cuenta que se había abierto por una página que hablaba de una bruja tan poderosa que podía volver de entre los muertos para llevarse a los vivos. Y su nombre no era otro que Linda.

Froy respiró hondo, paso la página y ante sus ojos vio el dibujo de la supuesta bruja. Se dio cuenta enseguida que era igual que la descripción que Billy había hecho de su vecina.

No podía ser. Froy no creía en esas cosas. La única explicación posible, era que Billy hubiera visto también aquel dibujo y se lo hubiera inventado todo.

De pronto, alguien golpeó en la espalda del doctor. Se dio la vuelta con el libro entre las manos y la vio…

— ¡¡¡TÚ¡¡¡ ¿cómo es posible?

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Diez minutos tardó la policía en llegar, alertados por la bibliotecaria, que asustada les había llamado diciendo que había un cadáver en la biblioteca.

Froy se encontraba en el suelo, con los ojos abiertos como si lo último que hubiera visto fuera un fantasma.

Según la autopsia, había tenido un infarto. Todos sabían que hacía años que sufría del corazón.

— Seguro que quería buscar algo relacionado con ese paciente suyo que mató a sus padres.

Dijo uno de los policías al reconocer al doctor, que poco antes había estado en comisaría.

Nunca nadie pudo encontrar ese libro que les mostraría toda la verdad de lo que había pasado, si es que realmente había ocurrido… Y Billy nunca volvió a hablar. Tan solo era un loco más, como decía el hijo de Froy.

Hay quienes cuentan en el pueblo, que han visto en alguna ocasión a una joven morena merodeando por el hospital, como si buscara a alguien. Quién sabe si Billy no está tan loco. Pero eso, es otra historia.

Jesús Cernuda.