15ª Convocatoria: Cuentos para adultos

Cuentos para adultos

Ilustración de Jordi Ponce

Es curioso como la mayoría de los cuentos tienen un final feliz. Los creamos así para explicarlos y considerarnos optimistas, para aprender de las moralejas que nos cuentan, para sentir el caluroso abrazo de la alegría, para saborear las perdices y vivir felices por siempre jamás. Pero todos sabemos que la vida no es tan bonita, que algunas veces nos golpea con fuerza, que no siempre es de color de rosa sino de tonos desteñidos, y que a veces no huele a jazmín, sino a miedo. Tampoco es necesario describir la vida como un tormento, que a pesar de todo lo malo, es un camino lleno de experiencias agradables, pero debemos admitir y asumir que no puede salirnos siempre bien.
Qué bonito sería vivir rodeado de animales que conviven en perfecta harmonía, flores que nos canten nanas, invitados en una fiesta sin fin… No, no, esas historias no terminan bien. ¿Recordáis a Alicia? La niña de cabellos dorados y vestidito azul, aquella que perseguía un conejo blanco. Ay, pobre de ella. Suerte que la historia decidió explicar aquel final tan plácido, la verdad fue mucho más amarga. Todavía se deja ver de vez en cuando, tirada en algún callejón, viajando al País de las Maravillas en alguno de sus sueños psicotrópicos. En el mundo de las drogas, el conejo blanco es uno de los más caros y buscados.
Pero no es la única. La Bella y la Bestia es una historia muy bonita pero, ¿de verdad os creísteis el final? Ahora estaréis todos diciendo: “Claro que no. ¿Cómo va a querer una chica tan guapa a una bestia?”. Pues no, eso sí pasó. El caso es que el príncipe, más conocido como la Bestia, utilizó a Bella para recuperar su forma humana. Cuando Bella quiso casarse con él, este le desveló que era gay y que mantenía una relación con Lumiére, el sirviente francés, desde mucho antes de que el castillo recibiese el horrible hechizo de la hermosa bruja.
La Cenicienta se casó con el príncipe, gracias al zapatito de cristal. Qué bonita historia, pero no explicaron el final. La pobre mujer, lejos de convertirse en una princesita consentida, siguió ejerciendo de criada, ahora para el príncipe anticuado. Y la Bella durmiente, pinchada por la rueca de la malvada Maléfica, se pudrió esperando a que llegase su príncipe azul. La leyenda dice que permaneció bella, acostada en su cama acolchada. Por favor, todo el mundo sabe que si una persona se queda en cama durante demasiado tiempo, además de morir de hambre, le salen llagas en la piel… En fin, tampoco hace falta describir este final, ha quedado claro.
Y, ¿quién no conoce la historia de Blancanieves y los siete enanitos? La manzana roja, el beso de amor verdadero. Todo mentiras. La cruda realidad es que la jovencita de piel blanquecina se enamoró de uno de sus compañeros de piso, Mudito, el más tierno de ellos. Pero el resto, rabiosos de celos, mataron a su amado y la llevaron a rastras a la mina, cambiando significativamente su final feliz.
Caperucita Roja es un cuento precioso, con una buena moraleja. Hay muchas versiones de lo sucedido, de hecho, se podría decir que en cada pueblo cercano a un bosque existe una Caperucita. Una historia perfecta para enseñar a las niñas que deben ser educadas y no fiarse de los desconocidos. Pero, la verdad es que su madre debería haberle explicado el cuento antes de mandarla al bosque sola, porque confiada como era, se puso a hablar con un cazador. Este hombre desquiciado, raptó a la jovencita y se la llevó a su casa de campo, donde la encerró durante años para convertirla en la madre de sus hijos. No te fíes del lobo, mucho de menos del hombre. Ese debería ser el consejo de esta historia.
Cuando los cuentos están protagonizados por animales la cosa suele acabar mal… Los tres cerditos terminaron en el matadero, para ser más tarde convertidos en ricas salchichas; aprovecharon cada parte de su cuerpo, hasta sus tiernos hocicos. El patito feo nunca llegó a convertirse en un precioso cisne, lo cazaron en el río y lo prepararon con unas rodajas de naranja. La hormiga y la cigarra fueron convertidas en un plato tailandés. Y hablando de comida, Jack, el de las judías mágicas, jamás llegó a plantarlas; al llegar a casa se las preparó con un poco de jamón.
Hansel y Gretel llegaron a la casita de chocolate, engañados por una vieja bruja. Pero la casa no era de chocolate, evidentemente, de ser así el sol de agosto la hubiese derretido. En realidad, la señora tenía allí montada una red clandestina de tráfico humano. Vendieron a los niños al mejor postor, y la policía, que se creyó el cuento, nunca inició su búsqueda. Pero la justicia sí funcionaba en Agrabah, al menos la del Sultán. Aladdin fue castigado por todos sus años de hurtos, perdiendo así una de sus manos. Su historial le impidió acercarse a la princesa. ¿Qué otro final le quedaba más que la mendicidad?
La lechera, la joven que siempre nos han dicho que fantaseaba demasiado, consiguió hacer su sueño realidad. Abrió una pequeña tienda en su pueblo, ganó lo suficiente como para iniciar una vida más lujosa. Pero justo cuando empezaba a adaptarse a tan espléndida existencia, la crisis llegó sin pedir cita previa, y pronto no conseguía suficiente para llegar a fin de mes. Los beneficios se reducían y los gastos aumentaban; y por si fuera poco, al ser autónoma, no tenía derecho ni a ponerse enferma.
Hablemos ahora del pequeño Pinocho. Lo conocéis, ¿verdad? El pobre Gepetto lo talló para tener un poco de compañía, no había conseguido tener mujer, pero nadie le quitaría la ilusión de tener un hijo. Cuando llegó el hada azul, cansada de escuchar sus plegarias, le concedió vida a su obra, convirtiéndolo en una especie de niño astillado. Como es evidente, en la escuela nadie lo aceptaba; si se meten con un niño porque lleva gafas, ¿cómo no se van a meter con una marioneta que habla? De regreso a casa, se quedó remoloneando, deslumbrado por todas las novedades que encontraba. Se sentó junto a un puente, y un pobre mendigo lo cogió sin miramientos y lo echó dentro de un barril, para alimentar su fuego. El pequeño grillo no supo comunicarse con el hombre, y a Pinocho no le dio tiempo a decir que era un niño. Menudo disgusto se llevó el carpintero, de nuevo solo y con la conciencia turbada por no haber ido a recoger a su hijo al colegio.
En fin, los finales felices nos ayudan a mantener tranquila nuestra mente. Si los verdaderos finales, los que ahora conocéis, se transmitiesen de generación en generación, nuestros hijos y nietos vivirían atormentados. Es mucho mejor contarles las versiones felices, tiempo tendrán para experimentar por ellos mismos, los otros tipos de finales que nos guarda la vida.

Carme Sanchis

Aquella casita de chocolate

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Género: Relato

Rating: + 16

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Paloma Muñoz. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Aquella casita de chocolate.

UNO

Podríamos comenzar esta historia diciendo que resulta imposible jubilarnos de nuestro pasado y que todo lo enterrado termina finalmente buscando la luz.

Otra forma de comenzar sería describiendo una lánguida tarde de otoño en Aburronia, con un sol tibio y lejano, y hojas amarillas y rojas tapizando los caminos  de piedras blancas.

Aburronia era en aquellas épocas un reino como casi todos los otros, en el que el tiempo transcurría de forma plácida y monótona. Un gran castillo junto al río, donde vivía el Rey con su lujosa Corte, rodeado por un foso muy profundo,  y un grupo de casas humildes en las que vivían las familias que a duras penas conseguían mantener al Rey con sus impuestos. Y en el centro, justo en el centro, un bosque muy denso en el que pocos se aventuraban a entrar. Muchas historias, cuya veracidad nunca pudo ser demostrada, se contaban sobre el bosque y las desventuras sufridas por los que alguna vez osaron atravesarlo.

En una de esas casas junto al bosque, algo mayor que las otras,  vivían dos hermanos, María José y José María, lista ella y curioso él, rubia y moreno, soñadora y práctico, doce y nueve.

Su padre, estricto y trabajador, pensaba que la infancia era una pérdida de tiempo y que ese período debía servir, al menos, para iniciar a los niños en sus futuras obligaciones y responsabilidades como mayores. Contaba con sus hijos para regentar su próspera tienda en un futuro. No sin esfuerzo había conseguido tener como clientes a varios miembros de la Corte Real, y eso le generaba ciertos recursos presentes y muchas expectativas futuras. Por eso, poco después  de enviudar, contrató a una institutriz para que “enderezara” a sus hijos, enseñándoles el camino recto de la responsabilidad y el sacrificio.

DOS

Heraclio Van Persie había sido designado fiscal general del reino sólo unos meses después de la revolución que derrocó al Rey, aunque ya llevaba muchos años como ayudante y mano derecha del anterior Fiscal. Durante todo ese tiempo fue un funcionario ejemplar y responsable. Por sus manos habían pasado prácticamente todas las investigaciones de los delitos y crímenes ocurridos en Aburronia.

Los años, y algunas decepciones, lo habían convertido en un viejo escéptico y desconfiado y ahora era más fácil verlo desnudo que sonriente. Había visto de todo y había decidido callar. Si algo había aprendido en su trabajo es que la realidad pende de un hilo muy delgado. Y que la Señora Justicia no es tan ciega como dicen y la mayoría de las veces se termina acostando con el más poderoso.

Ahora, ya mayor y cercano a su retiro, cansado y algo frustrado, dedicaba sus noches a ajustar cuentas con su pasado, a rememorar antiguos casos y a veces (sólo a veces), a estudiarlos de nuevo a la luz de su experiencia actual. En muchas oportunidades lo invadía la amargura de comprender que tal vez no se había hecho todo lo posible y que algunos errores habían causado mucho daño.

Pero había un tema, sobre todo uno, que desde hace muchos años le rondaba por la cabeza, como una mosca inoportuna y cargosa a la que no conseguía espantar… Al fin y al cabo, todos tenemos alguna asignatura pendiente.

TRES

Una tarde, castigados en la buhardilla después de una discusión con su padre, los hermanos MJ y JM deciden darle un escarmiento y escapan por una ventana entreabierta, descolgándose hasta el suelo mediante un par de sábanas atadas entre sí. Una vez en el suelo corren hacia el bosque cercano para ocultarse allí y esperar que su padre, angustiado al comprobar su desaparición, salga en su búsqueda.

El plan les parecía perfecto, pero una vez en el bosque algo los distrae. Descubren maravillados un nuevo mundo que jamás habían imaginado. Coloridas mariposas, animales  juguetones y plantas exóticas los cautivan y hacen que, olvidando el plan inicial, se adentren cada vez más en ese espacio desconocido y seductor.

Así pasan la tarde, recogiendo hermosas flores o alimentando con bayas a las ardillas hasta que, de pronto, María José se da cuenta de que han avanzado demasiado y ya no tienen referencias para volver a casa. Están perdidos. El bosque es demasiado denso y oscurece rápidamente, por lo que la situación se agrava cada vez más.

—Marijo, tú sabes cómo volver a casa, ¿no? —preguntó el niño.

—Sí, Josema, no te preocupes, yo controlo… —mintió su hermana.

Pero era demasiado tarde ya y la noche en el bosque es oscura y profunda, lo que hace casi imposible la orientación. Los sonidos de todo tipo de animales tomaban otra dimensión en la oscuridad y los niños estaban aterrados. No se animaban a caminar, aunque quedarse quietos tampoco les parecía una buena idea. La temperatura había bajado mucho y se mantenían juntos para darse calor.

De pronto, a Marijo le pareció ver una luz a lo lejos, algo así como un resplandor difuso, que se reflejaba en las copas de los árboles más distantes.

Comenzaron a caminar hacia la luz, muy despacio, tanteando en la oscuridad. Con mucho miedo, pero también algo de esperanza…

CUATRO

Esa noche, Heraclio se había quedado solo en su despacho ordenando papeles.  La claridad de una débil luz que colgaba del techo no era suficiente para desnudar tanto desorden. En un alarde de responsabilidad para con su futuro sucesor, trataba de mitigar algo el caos habitual de una oficina que había funcionado siempre a golpe de intuición y decisiones personales, pero que carecía de toda organización.

Necesitaba irse de allí, cambiar de aire, pero también sabía cuánto le iba a costar adaptarse a una nueva vida. Hombre solitario, amaba su trabajo y se aferraba a él como quien  abraza a un oso.

Fuera, la lluvia castigaba a Aburronia como si fuera la última vez.

Miró la amplia estantería de madera de boj. Demasiadas carpetas, demasiados recuerdos. Toda una vida encapsulada en estuches de cartón.

En eso estaba cuando ocurrió lo que era de esperar. Su vista se dirigió hacia la caja negra del estante más alto. En medio del silencio, podía escuchar cómo la caja le gritaba: ¡Estoy aquí! ¿Es que acaso no me ves? ¿Por qué sigues disimulando?

Finalmente, de un modo mecánico, como si alguien controlara sus movimientos, arrimó una pesada silla negra a la estantería y bajó la caja. Estaba llena de papeles, pero lo que le pesaba era otra cosa.

CINCO

Cuando los niños, cansados ya por la caminata, pero sobre todo por la tensión y el miedo, lograron superar la última ondulación la vieron. Estaba en un montículo que asomaba en un claro del bosque. Era una casa extraña, su forma y sus proporciones no tenían nada que ver con la casa en la que ellos vivían, o con las de sus amigos. Sus paredes oscuras tenían un extraño brillo satinado y sus techos agudos como pirámides les recordaban a una cordillera.

Ilustración de Paloma Muñoz

A lo lejos, brillaba una extraña luna rojiza.

Los niños comprobaron, mientras se acercaban, el tenue resplandor que escapaba por las ventanas, que era el origen de la luminosidad que los había llevado hacia allí. Pero ahora, ya mucho más cerca, lo que más atraía a sus sentidos era el aroma que provenía de la casa, un perfume dulzón e hipnótico.

—Marijo, ¿las casas pueden ser buenas o malas?

—No creo, las casas son normales, ¿por?

—No sé, me parece que esa casa es mala…

—No digas tonterías, Josema. Necesitamos un sitio donde pasar la noche.

Se acercaron más, sigilosamente, y cuando estaban a escasos cinco metros de la entrada, y sin que ellos hubieran tocado nada, se abrió la puerta…

SEIS

Estaba a punto de amanecer y aún continuaba dando vueltas en la cama, sin haber conseguido pegar un ojo. Los tenía demasiado abiertos, como un dos de oros, y los segundos pasaban lentos, pidiendo permiso. Su mente seguía recordando los documentos que sólo unas horas antes había devuelto a la vida, al abrir la caja.

Sabía que en su momento, muchos años atrás, no había hecho lo suficiente. Algunas presiones lo habían obligado a cerrar el caso, a archivarlo.

La desaparición de aquellos niños nunca fue explicada y pesaba sobre su conciencia como una losa de granito. Tampoco el padre pareció en su momento demasiado interesado en aclararlo. Le pareció notarlo sospechosamente tranquilo, liberado, como si se hubiera sacado una responsabilidad de encima.

Lo más sencillo fue entonces vincular todo al incendio que se produjo en aquellos días. El incendio de una casa que nadie conocía, junto en el centro del bosque, y en la que la leyenda contaba que, alguna vez, había vivido una bruja.

Un accidente, se dijo. Los niños, después de varios días perdidos, encontraron a la casa abandonada y, ateridos de frío, entraron y trataron de hacer un fuego para calentarse. Su inexperiencia hizo el resto. Era evidente para todos, menos para él. Caso cerrado.

Los pasquines de la época se habían encargado de difundir convenientemente esa versión. Y a él, por si aún le quedaba alguna duda y pretendía seguir investigando, decidieron darle unas vacaciones, las vacaciones que llevaba años acumulando.

SIETE

Los niños se asomaron hacia el interior donde una señora  de cabello blanco y túnica dorada parecía esperarlos.

—¡Bienvenidos a mi casa! —les dijo.

El miedo y el frío desaparecieron al instante. El lugar era asombroso…, nunca habían visto nada igual. Todo, absolutamente todo, era de chocolate. Desde el suelo de brillantes losetas marrones hasta los sofás de donuts, desde las paredes forradas de Lacasitos hasta las escaleras de Toblerone.

Estuvieron un buen rato observando en silencio. Chocolate negro y con leche. Chocolate blanco… Todo tipo de dulces y galletas. No podían creer que ese bosque frío y oscuro pudiera albergar tal paraíso.

—¿Os gusta? Es todo vuestro. Podéis daros un atracón —dijo la señora.

Y tanto MJ como JM, que venían de una casa incómoda y austera, en la que lo habitual era irse a la cama sin postre, se lanzaron a engullir todo lo que pudieron. Sin límites.

Parecía el sitio ideal para unos niños, pero como usted, amigo lector, ya estará imaginando, encerraba una sorpresa.

OCHO

Ahora que Van Persie se había dado permiso para romper el dique que muchos años atrás había impuesto a sus recuerdos, éstos se agolpaban en su mente, como los obreros en una huelga general. Se sentó en su silla favorita y encendió su pipa para fumar lentamente mientras las neuronas, las pocas que aún estaban a su servicio, se encargaban de organizar esa extraña manifestación.

Nunca había estado de acuerdo con el enfoque que el entonces Fiscal de la Corte había dado al caso. Pura rutina que no llegó siquiera a rasgar la superficie de los hechos. Tampoco entendía las prisas para darlo por cerrado.

Había muchas cosas oscuras circulando por allí abajo, como un mar de fondo lleno de pulpos o calamares gigantes.

El caso había tenido bastante repercusión popular, lo cual tenía cierta lógica: incendio en una casa abandonada, cadáveres de niños calcinados, y el bosque, el mismo al que todos rehuían, como protagonista.

Se comentaba que el lugar estaba maldito, que todo el bosque era un sitio peligroso y que mejor no meterse en problemas… Y de pronto se acabó. Un buen día ya nadie volvió a hablar del tema. ¿Superstición popular?

No. Él sabía que la orden había venido de arriba, de muy arriba. Era evidente. Pero ¿por qué? ¿Qué interés podían tener en ocultar algo así?

Lo de las presiones políticas podía llegar a imaginarlo, aunque no lo entendiera, pero aun para él, que no tenía hijos, lo más incomprensible era que el mismísimo padre le hubiera insinuado que no era buena idea seguir removiendo las cosas. Que él ya había asimilado la pérdida y que ahora estaba muy ocupado y, al fin y al cabo, con la ausencia de los niños tenía una cosa menos de qué preocuparse.

Tantas veces había rumiado su teoría al respecto. Pero nunca había encontrado el momento para defenderla adecuadamente. Ni el lugar. Ni el interlocutor. Y se le había pasado el arroz. Ya estaba a punto de jubilarse.

NUEVE

Varias horas más tarde del atracón, Marijo y Josema aún vomitaban por los rincones. La señora del pelo blanco ya no se preocupaba por ellos. Había bajado al sótano de la casa y parecía ocupada con otras actividades. Aprovechando su ausencia los niños, que ya deseaban regresar a su casa, intentaron abrir la puerta para escapar. Pero estaba cerrada y no se veía la llave por ninguna parte.

Cuando la señora subió, su carácter había cambiado. Ya no era la amable anfitriona de la noche anterior. Sus rasgos se había endurecido y también el tono de su voz. Ahora las invitaciones habían sido reemplazadas por órdenes. Los obligó a limpiar sus propios vómitos y, de paso, el resto de la casa.

Ese fue el final de la dulzura y el comienzo de la pesadilla.

DIEZ

Había dejado de llover y por la ventana entraba aún una claridad sucia. Casi sin darse cuenta se le había escurrido el día libre, inmerso en sus cavilaciones. Ni desayuno ni almuerzo. Volvió a meter los papeles en la caja, de a uno, como quien guarda una pistola sin haber llegado a disparar.

El veterano estaba decidido, iba a retomar al caso. Por su cuenta, en los ratos libres, como pudiera. Le daba igual todo, ya era casi un hombre libre.

Pero necesitaba saber la verdad.

Cogió su chaqueta, de un color gris indefinido, y casi tan gastada como su espíritu, y salió. Esto no estaba terminado, de ningún modo. Esto empezaba ahora.

Salió rumbo al bosque y cerró la puerta tras de sí, como quien corre el telón a una etapa de su vida.

ONCE

La época de los dulces había terminado y los niños ya llevaban mucho tiempo bajo la tutela de la Bruja, obligados a ejecutar “tareas” infames.  Vivían inmersos en una rutina de lo anormal. Cosas terribles que difícilmente entraban en la mente de un niño, pero que una vez dentro, ya no podrían salir. Nunca. Escapar de un padre excesivamente estricto para caer en manos de la “bruja”, eso sí que era mala suerte.

Al menos comían razonablemente bien, no por sensibilidad o comprensión, sino porque a la propia bruja  le interesaba que estuvieran fuertes y saludables para sus propios fines.

Sólo ahora llegaban a comprender la magnitud de su error. Experiencia llaman a esto los mayores. Un peine que te dan cuando ya estás calvo.

Y como la tensión crecía, los roces con la bruja eran cada vez más frecuentes. A medida que pasaba el tiempo y los niños crecían, las amenazas surtían menos efecto. Ya no era tan fácil controlarlos. Y un día Marijo, harta ya de tanta humillación, se enfrentó a su carcelera. La discusión entre ambas fue muy fuerte.  Josemari  nunca había visto a su hermana tan enfadada y temió lo peor. Pero se quedó corto.

DOCE

Dejó su coche de caballos a unos cuantos metros de distancia y se acercó andando al claro en el que había vivido la “bruja”. La noche había caído sin oposición, aunque había luna llena.

La casa no se había derrumbado completamente, algunas columnas y vigas de la estructura original de madera aún permanecían en su sitio, luchando contra la ley de la gravedad. A Van Persie la tétrica silueta que se recortaba contra el cielo le recordó al esqueleto de un dinosaurio maligno que se disponía a atacarlo. La hierba crecida y húmeda, después de la lluvia, llenaba el aire de olores fuertes y ruido de bichos.

Estuvo un tiempo dando vueltas a su alrededor, tratando de aclarar sus ideas. Era un impulso lo que lo había llevado allí más que una decisión meditada y racional. Y a esas horas, sin luz, difícilmente podría recoger ninguna prueba ni aclarar alguna duda. Por eso dejó vagar su mente, dándole espacio al inconsciente para que se explayase. Y en eso estaba cuando de pronto notó un movimiento entre las sombras. Un bulto agazapado entre la maleza.

Van Persie sintió miedo, para qué negarlo, pero conservó una cierta dignidad. O tal vez fuera una  mezcla del cansancio que sentía con la rigidez que se había impuesto.

El extraño volvió a moverse. Con rapidez. Y cuando Heraclio giró para seguir su trayectoria metió el pie en un pozo, cayendo al suelo. Desde allí, vencido y desorientado, vio cómo el extraño se le acercaba, girando a su alrededor como un obstinado dentista a punto de hacer una extracción. Entonces le gritó: _

—¡José María! ¿Eres tú?

La silueta se quedó paralizada. La luz de la luna le daba en la cara y, a pesar de la oscuridad, el veterano pudo verlo bien. Tenía aún la cara de un niño, pero su mirada era la de un viejo. Su cabello era una pincelada oscura. Se mantuvo unos segundos frente a Van Persie, amenazante, como dispuesto a combatir. Al final bajó los brazos, se sentó en el suelo y se puso a llorar.

Cuando se tranquilizó, comenzó la charla.

TRECE

—La vieja, la supuesta bruja, no era otra cosa que la encargada de un antro dedicado a la pedofilia… Trata de niños, ¿me entiende? Pederastia, chulería, proxenetismo, alcahuetería…

—Sí, ya vale, te entendí. No necesito más sinónimos.

—Lo del chocolate en la casa era más bien una metáfora que una forma de atraernos. Lo nuestro fue un caso aislado, pero no era lo habitual. En esos momentos nadie se aventuraba a hacer una excursión por el bosque. Tenía muy mala fama.

»De todos modos, se llegaron a juntar allí más de una docena de niños. No sé cómo llegaban, tal vez los secuestraban, o sus padres los vendían. Nunca me lo dijeron. Teníamos prohibido hablar entre nosotros. Y los clientes venían todos de muy arriba. Gente poderosa, cercana al Rey, ¿me entiende? Y pagaban muy bien. A la “bruja”, claro. A nosotros sólo nos daban a veces algunos dulces, como propina.

»Todo funcionaba en los sótanos de la casa, a los que se entraba por una rampa que había detrás. Allí había unas habitaciones pequeñitas, decoradas con dibujos infantiles. Parece que a estos tipos eso los “motivaba”. Además, en esas fiestas corría la droga. La propia vieja se encargaba de preparar los “after eight”, en los que la almacenaba y distribuía con el mismo chocolate con el que decoraba la casa.

»Aunque nosotros éramos chicos, enseguida nos dimos cuenta de todo. Pero no podíamos hacer nada. Hasta que una noche mi hermana se rebeló y se enfrentó a la vieja. Discutieron junto a la chimenea y Marijo la empujó, haciendo que cayera dentro, justo sobre la leña encendida. Salió inmediatamente, aullando de furia y de dolor, como una loba, pero con sus ropas ardiendo. No hizo más que esparcir el fuego por toda la casa. Abrazó a mi hermana y ambas rodaron por el suelo, convertidas en una enorme bola de fuego… Pobre Marijo.

»En pocos segundos la casa entera ardía y cuando el calor hizo estallar los cristales, logré saltar por una ventana. Los otros no tuvieron tanta suerte, la escalera de bajada al sótano, que era de madera, se derrumbó y quedaron atrapados. Todavía tengo grabados en la memoria sus gritos de dolor.

»Me mantuve escondido en la espesura y desde allí pude ver todo, desde la llegada tardía de los grupos de vecinos para tratar de apagar el fuego hasta la visita de los investigadores, con usted a la cabeza. Duró muy poco, una o dos semanas, y ya no volvió a pasar nadie por aquí.

»Yo decidí no volver con mi padre, al que odiaba, y me instalé en la pequeña cabaña donde se guardaba la leña, a unos veinte metros por detrás de la casa. Me alimenté exclusivamente de bayas y raíces durante bastante tiempo hasta que, poco a poco, conseguí rehacer mi vida.

—¿Rehacer tu vida? ¿Cómo?

—Hice llegar unos mensajes a la Corte proponiendo la “continuidad del negocio”. Ellos fueron receptivos y desde entonces lo manejo yo. Obviamente no le voy a decir dónde, pero es por aquí, en el bosque.

—Pero la Corte ya no existe… Al Rey lo decapitaron hace tiempo.

—Es verdad, pero ahora tenemos un Consejo de Ministros. El nombre ha cambiado. Y algunas caras. Pero le sorprendería saber lo parecidas que son las costumbres… Precisamente la semana que viene tengo un encargo de su jefe, el Ministro de Justicia.

El fiscal vaciló. Podría haber dicho algo definitivo, pero no dijo nada. Miró a José María y esbozó una sonrisa cansada y sucia.

Se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el sitio en el que había dejado su carruaje. Cuando llegó, los caballos estaban tranquilos. Le pareció que lo miraban con condescendencia, como perdonándole la vida. Sabiduría equina lo llaman.

Decidió dejarlos allí y volver caminando. Tenía toda la noche por delante. Tenía toda la vida por delante…, al menos la poca que le quedaba. Ya sabía todo, o casi todo. Adiós incertidumbre, hola decepción. Finalmente, si uno insiste, descubre cuanta verdad es capaz de soportar.

Miró a su alrededor. Bajo la luz de la luna el bosque le parecía una reunión de fantasmas.

Daniel Camargo  2013

La reina Blancanieves

Autor@: 

Ilustrador@: 

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Género: Relato fantástico-erótico

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Verónica López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La reina Blancanieves.

El viento aullaba con las voces de mil demonios. Parecía que una manada de lobos hambrientos persiguiese a los dos jinetes por las callejuelas de la ciudad. En aquella noche sin luna, negra como la pez, apenas se veía un palmo más allá de la luz de las antorchas, pero el sentido de la orientación del hombre que iba en cabeza era extraordinario y llegaron a la casa del magistrado sin ningún contratiempo.

Tomwats, el más joven, temblaba como una hoja. Y no era únicamente por el viento frío, que acuchillaba sin piedad la piel de su rostro; también tenía miedo. Acudir a la casa del gran magistrado a esas horas de la noche, en plena tormenta, era un desafío solo a la altura de aquellos a los que lo tenía acostumbrado el maestro Locksher.

Ambos descendieron de sus monturas. Locksher se echó la capucha hacia atrás para dejar al descubierto su rostro enjuto y descargó tres golpes con la cabeza de bronce de su bastón sobre la pesada puerta de madera. Estaba a punto de golpear de nuevo cuando ambos pudieron ver la luz de una vela que iluminaba las ventanas superiores y comenzaba poco después a moverse hacia la planta baja.

Después de varias vueltas de llaves y ruidos chirriantes de metal al descorrer los cerrojos, la puerta se entreabrió para dejar ver la cara oronda y contrariada de una mujer envuelta en una manta.

—Solo los rufianes con intención de robar, o los sacerdotes a los que se les ha pedido la extremaunción salen de sus cobijos a estas horas, maestro Locksher.

—Pues no somos ni lo uno ni lo otro —bramó él—. Y ahora apartaos, buena mujer, que el asunto que venimos a tratar con el alto magistrado es de vital importancia para el destino del reino y no admite demora.

El ama de llaves hubiese podido impedir con facilidad que los dos hombres entrasen en la casa, pues duplicaba a ambos en peso, pero la firmeza con la que le había hablado el hombre y su fama de investigador infalible hicieron que se apartase.

—Dígale al magistrado Hollymoor que lo esperaremos sentados en la biblioteca.

—Por supuesto que se lo diré. Y Dios los coja confesados si el asunto que les trae hasta aquí a estas horas de la noche no es tan importante como para despertarlo…

La mujer encendió varias velas que iluminaron de forma tímida la sala y arrojó un tronco a las llamas de la chimenea, que comenzaron a revivir con brío. Después desapareció escaleras arriba.

Locksher guiñó un ojo al chico para infundirle tranquilidad. El caso que tenían entre manos era, sin lugar a dudas, el más difícil de su carrera. La estrategia que había ideado para llegar hasta el criminal más peligroso e inteligente de todos aquellos con los que se había enfrentado, requería de una puesta en escena perfecta. En su mente había escrito una obra de teatro magistral cuyo argumento solo conocía él. Y precisaba convencer a cada uno de los actores para que ejecutasen su papel sin cuestionarlo y le permitiesen así levantar el telón del siguiente acto.

Ambos pudieron oír cómo, en el piso de arriba, el magistrado maldecía en voz alta  cuando el ama de llaves lo despertó para sacarlo de la cama.

Un buen rato después apareció por la puerta el grueso cuerpo del magistrado que, sin saludar a los recién llegados y visiblemente malhumorado, escogió un sillón de orejas frente a la chimenea e invitó al investigador a sentarse frente a él.

—Matilda, tráiganos un par de copas de coñac. Este hombre parece congelado.

Locksher se dio cuenta al instante de qué era lo que pretendía aquel hombre. Estaba castigándolos. Por motivos del cargo que ostentaba, no podía desoír a un investigador si este requería su atención, y la hospitalidad le obligaba a ser amable con él. Pero al ignorar a Tomwats dejaba muy claro que nada más que haría aquello a lo que estuviese obligado, y eso no era en absoluto conveniente para los intereses de la investigación, no si lo que Locksher buscaba era un poco de cooperación. Sabía del magistrado Hollymoor que era un hombre muy ambicioso y que, a pesar de su edad, todavía aspiraba a llegar aún más arriba en su carrera. Locksher decidió jugar sus cartas, así que se acercó hasta el hombre y le susurró al oído:

—Debido a la urgencia de nuestro caso, no he tenido tiempo de presentar adecuadamente al chico, pero, ahí donde lo veis, tenéis delante al sobrino del gobernador —y se alejó un palmo para comprobar el impacto que había tenido la noticia en la cara del magistrado, que lo miraba con los ojos abiertos como platos—. Además, se trata de un joven muy bien relacionado en la corte. Hay quien me ha dicho que incluso le están buscando alguna embajada…

Locksher había mentido, por supuesto. Tomwats, su aprendiz, era huérfano, y el único contacto que había tenido con la corte había sido el día en que el príncipe Henry los habían convocado para investigar la muerte su padre, el rey Edward, que había fallecido aplastado por un enorme colmillo de elefante. Justicia poética, dirían algunos, si se tenía en cuenta que aquel colmillo había pertenecido a un animal al que antes había asesinado el monarca. Accidente sospechoso, había concluido entonces la investigación, pero sin pruebas para que Locksher pudiese demostrar nada más o acusar a alguien en firme.

—¡Por el buen Dios, Matilda! ¿Dónde están esas tres copas? —gritó el magistrado para corregir el desplante inicial—. Estos buenos hombres están medio congelados. Por favor, chico, acércate a la lumbre para calentar un poco tus huesos.

Locksher no pudo evitar que las comisuras de sus labios dibujasen una pequeña sonrisa. ¡Qué manejables podían llegar a ser los hombres si se accionaba el resorte adecuado! Ahora estaba seguro de que el magistrado sería mucho más receptivo a su teoría de la conspiración.

Después de una intranscendente charla sobre la crudeza del invierno, que tuvo lugar mientras Matilda servía las copas, el magistrado preguntó por el motivo de la visita. El tono era mucho más amable.

Locksher extrajo una carta de una bandolera de cuero y, después de comprobar que era la correcta, se la acercó al hombre, que se puso los anteojos y la entornó para examinarla a la luz del fuego de la chimenea.

—Y bien, ¿qué es lo que se supone que estoy leyendo?

—¡Oh!, el texto es irrelevante, señor. Se trata de la típica carta que los suicidas dejan para explicar los motivos que lo llevaron a tomar tal decisión.

—Pues si el texto es irrelevante, no veo… —la voz del magistrado denotaba un poco de impaciencia.

—Ahora observe esta otra. Hace unos cuantos años, investigué el caso de la hechicera real y Blancanieves. Esta es la carta en la que uno de los señores enanos solicita la ayuda del príncipe para detener a la hechicera por haber envenenado a Blancanieves. Lo demás es de sobra conocido: nuestro noble príncipe Henry, al que Dios tenga en su gloria, encandilado por la belleza de Blancanieves, la besa y la casualidad hace que ella despierte de su trance en ese mismo momento. La leyenda atribuyó al beso un poder que no tenía, porque luego se descubriría que la dosis de veneno administrada en la manzana no había sido letal, pero fue el oportuno milagro que hizo que el pueblo aceptase a una plebeya como la nueva princesa.

Después de echar un vistazo a la nueva carta, Hollymoor lo miró por encima de los anteojos.

—Esta carta parece la auténtica, pero todos sabemos que no puedes tener en tu poder las pruebas de un caso, aunque este haya sido resuelto, ¿verdad, hijo?

Al oír eso Tomwats sufrió un nuevo escalofrío. Los métodos se investigación de su maestro eran, por decirlo de un modo suave, poco convencionales. Muy a menudo incluían mentir o manipular pruebas. Y era bien cierto que nunca había quedado un caso por resolver, incluso los más difíciles, pero el chico se sentía como si siempre estuviese dando saltos sin red. El día en el que algo fallase ambos se verían obligados a responder ante la justicia, por muy bien que la hubiesen servido hasta entonces. El maestro Locksher le decía a menudo que los malos siempre iban un paso por delante y, en la mayoría de los casos, era imposible atraparlos sin romper unas cuantas reglas.

Locksher estaba decepcionado. Desgraciadamente volvía a ser verdad que cuando el sabio señalaba a las estrellas, los necios miraban al dedo. Pero no era problema, estaba acostumbrado a tratar con necios. Se pondría a la altura del hombre y lo guiaría hacia la solución del problema como si estuviese tratando con un niño. ¿Acaso no lo hacía siempre?

—No, magistrado, no son las auténticas, por supuesto —mintió sin titubear—. Pero se trata de unas réplicas exactas, realizadas mediante técnicas secretas que nos enseñaron los amables monjes de un monasterio cuyo nombre nos ha sido prohibido revelar, ¿verdad, Tomwats?

—A… Así es, señor —corroboró el chico con un deje de inseguridad y abrumado por la inventiva de su maestro—. ¡Menuda cerveza la de aquellos monjes! —añadió de su propia cosecha el muchacho, lo que sorprendió positivamente a Locksher.

—¡Matilda! Deje de espiar entre las sombras y sírvale otro trago a nuestros invitados. Este muchacho todavía tiembla de frío como un pajarillo. Tartamudea y casi no puede ni hablar…

La mujer dejó que transcurriesen unos segundos y entró en la sala con la cabeza bien alta y toda la dignidad que fue capaz de reunir para cumplir con los deseos de su señor. Cuando estaba a punto de retirarse, el magistrado dijo:

—Déjenos la botella y acuéstese, que ya le contaré por la mañana aquellos detalles de la conversación que sean de su interés.

Una vez que se quedaron solos, el magistrado retomó intrigado la conversación.

—Veo las cartas, pero necesito que me diga sin más rodeos qué es lo que les ha traído hasta mi casa esta noche.

—Entiendo, señor, que a plena luz del día no se habría escapado a su sagaz vista que ambas cartas están escritas por la misma persona. —El magistrado comenzó a comparar ambas cartas entre sí a la luz de la vela y ahora sí detectó ciertas similitudes entre ellas—. No hay duda al respecto. He hecho que ambas sean examinadas por varios maestros calígrafos de excelente reputación y todos ellos han llegado a las mismas conclusiones: la caligrafía, el tipo de tinta e incluso el papel son idénticos en ambos casos.

—Veamos… Lo que ustedes están tratando de decirme es que uno de los señores enanos, concretamente el que escribió esta carta de auxilio, la que salvó a nuestra hermosa reina Blancanieves de aquella muerte aparente, se ha suicidado.

Locksher debía ser muy cuidadoso a la hora de expresar su teoría de la conspiración. Tenía que serlo cuando era preciso apuntar su flecha tan alto. Había sido muy hábil al aludir a la inteligencia del magistrado y ahora necesitaba presentar poco a poco las pruebas para que pareciese que todo encajaba de forma natural, sin ningún tipo de estridencias.

Tomwats, por su parte, estaba desconcertado, pero eso era algo habitual. Su maestro en rara ocasión le hacía partícipe de las investigaciones. Decía, seguramente con acierto, que aquello que no sabía no podía matarlo. Aun así su fe en el maestro investigador era inquebrantable. Locksher nunca había fallado a la hora de señalar el culpable de un crimen, y había aprendido más con él en un año que en la academia de investigadores en diez.

—Bueno —continuó Locksher—, lo cierto es que esa carta de suicidio es la que se encontró en la habitación del rey Henry, justo después de que el ayuda de cámara hallase su cuerpo sin vida.

Hollymoor ya no tenía sueño. Si lo que insinuaba aquel investigador era cierto, el rey podía haber sido asesinado.

—¿Y cómo os explicáis esa coincidencia?

—Me temo que vos ya os habréis hecho una teoría al respecto. De todos es conocido el rencor que sienten hacia los hombres los señores enanos por haberlos desterrado a los bosques. —Locksher vio que eso no impresionaba al magistrado, así que decidió dar una vuelta de tuerca más al argumento—. Mis informadores me han dicho que esta misma noche, quizás mientras estamos manteniendo esta misma conversación, los enanos tratarán de asesinar a la reina Blancanieves mientras duerme. Créame si le digo que no tenemos tiempo que perder, magistrado Hollymoor.

—¿Y qué podemos hacer entonces? O vuestra fama es inmerecida, o si os conozco un poco juraría que ya tenéis algo planeado…

—Cierto, magistrado. Todo lo sucedido hasta ahora me hace sospechar que hay más implicados en esta trama que los señores enanos. No sabemos cuántos de los de palacio pueden estar alentando la conspiración y no podemos permitirnos el más mínimo error, así que me he puesto en contacto con el conde de Faithfulrock, que nos ha enviado a doscientos de sus más leales hombres.

—Pero Faithfulrock es conocido por su oposición a Blancanieves. Nunca aceptó que una plebeya accediese al trono…

—Precisamente por eso, señor. Fue su inquebrantable lealtad a la monarquía la que le hizo tomar esa decisión. Por un lado, el conde goza de mi más absoluta confianza, y no se me ocurriría mejor persona para confiarle el destino del reino y de la corona. Y por otro, estoy seguro de que a nadie en su sano juicio se le ocurriría introducir insurgentes entre sus hombres, porque no le servirían de ayuda ya que ninguno de ellos está en palacio. Todo el mundo sabe que el rey Henry lo desterró a él y a los suyos después de su pública renuncia a aceptar a  Blancanieves como reina.

—¿Y puedo saber dónde están ahora esos hombres?

—A las puertas del castillo, señor. A la espera de que lleguemos con una orden suya para que los soldados de palacio bajen el puente y podamos abortar así la conspiración.

—Pues no perdamos más tiempo hablando entonces. ¡Matilda, despierte a esos haraganes de las cuadras y haga que ensillen inmediatamente mi caballo! ¡Partimos hacia palacio!

Apenas una hora después, y tras un penoso viaje bajo la tormenta, el pequeño ejército llegó a las puertas de palacio. Tal y como había supuesto Locksher, la orden firmada por el magistrado les abrió las puertas del castillo y permitió que los hombres del conde se desplegasen en una aparente formación defensiva y corriesen escaleras arriba hasta los aposentos de la reina.

—Ahora, magistrado Hollymoor, necesito ejecutar un pequeño cambio de planes para el cual preciso que estéis lo más atento posible —comentó Locksher ante las puertas de la alcoba real—. Si mi teoría es correcta, esta noche caerá una de las mayores amenazas para nuestro reino, y restituiremos el honor de una persona juzgada y encarcelada injustamente. Si me equivoco, responderé de mis actos ante los tribunales de justicia. Conde, por favor, haga los honores, que nunca se me dio bien derribar una puerta.

A un gesto del conde, diez de sus hombres redujeron a los confundidos miembros de la guardia real que custodiaban los aposentos de la reina, mientras que otros cinco derribaban la puerta.

Tras el estrépito que se produjo cuando la puerta cayó al suelo, los hombres del conde entraron en tromba en la habitación. La sorpresa de todos, los recién llegados y los que estaban dentro de la habitación, fue mayúscula y así se reflejó en sus desconcertados rostros.

Al ver lo que se escondía tras las puertas de los aposentos reales, Tomwats palideció. Tal y como el maestro había predicho, en la habitación de la reina había siete enanos, pero no parecía que estuviesen asesinándola. O por lo menos no en el modo en el que el muchacho se lo imaginaría. Todos estaban desnudos, y los cuerpos fuertes y peludos de los enanos contrastaban con la delicada y blanca piel de la reina. Ellos estaban dispuestos alrededor de Blancanieves en posturas poco menos que acrobáticas, y realizaban cosas que él jamás hubiese imaginado que pudiesen hacerse. Cosas que, con seguridad y según el ministro de su parroquia, serían objeto de inmediata excomunión. Por decirlo de una forma suave, y en palabras de su tío, capitán de fragata retirado, lo que aquellos enanos le hacían a la reina interesaba tanto a la proa como a la popa, y todo ello a diferentes alturas de la línea de flotación.

—¡Cómo os atrevéis, Locksher! —gritó la reina mientras intentaba taparse con un salto de cama transparente, y recuperaba una verticalidad que le otorgaba un poco más de dignidad—. Sin duda habéis cometido atrocidades mayúsculas en vuestra carrera como investigador, pero esta las supera a todas. ¡Me encargaré personalmente de que os retiren la licencia y de que vuestros huesos acaben en el más húmedo de los calabozos!

Mientras la reina gritaba fuera de sí, los enanos comenzaron a correr de un sitio a otro como pollos sin cabeza. Alguno de ellos intentó enfrentarse desnudo a los recién llegados, otros comenzaron a buscar entre el montón de ropa del suelo sus vestimentas, y otros intentaron escapar descolgándose por la enredadera del balcón, pero todos fueron rápidamente reducidos por los hombres del conde y sacados a rastras de la habitación.

Locksher sabía que ese era el momento más delicado de la representación. Había engañado a Hollymoor para que firmase la orden contra los señores enanos, pero sólo él sabía que era necesario ir todavía más allá. El magistrado estaba desconcertado, pero no tardaría en salir de su asombro. Locksher necesitaba de forma urgente una confesión.

—Buenas noches, majestad —saludó con tono solemne Locksher—. Me alegro de que recordéis mi nombre. ¿Por qué conformarse con uno, aunque sea el rey, si se puede tener a siete, verdad? —comentó con cierta ironía mientras avanzaba unos pasos hacia la cama y mostraba las cartas—. Me imagino que os preguntaréis cómo hemos llegado hasta vos. Me temo que alguien muy tenaz y con la suficiente perspicacia reparó en que la carta de un hombre muerto y la de una acusación de hace años estaban escritas por la misma persona.

Hollymoor estaba a punto de pedir explicaciones, pero guardó silencio al oír la dulce voz de la reina.

—Me imagino que no hay nada como hacer las cosas una misma.

—Una vez que nos dimos cuenta de lo de las cartas, investigamos un poco en su pasado, majestad. Por un lado tenemos a un leñador desaparecido de forma misteriosa, cuya esposa asegura que usted es la persona que convivió durante varios años en la casa de los señores enanos, en lo más profundo del bosque, la misma persona a la que el leñador acusó de brujería en al menos tres ocasiones. También tenemos un análisis exhaustivo del cuerpo del rey Henry, su fallecido esposo, en el que los galenos afirman que en el organismo había la cantidad suficiente de una droga extraída de la dodecágona como para producirle parálisis muscular. Una vez inmovilizado, simular un suicidio sería un juego de niños. También tenemos la confesión de la hechicera real, una anciana que lleva encerrada en la torre condenada por intento de asesinato, de “su” asesinato, majestad, demasiados años. A esa mujer a la que usted acusó de brujería, tan solo la libró de la horca toda una vida de fiel servicio a la corona. Después de ejecutar su maquiavélico plan, usted sabía que ningún tribunal dudaría de la inocente confesión de una hermosa dama, que además había regresado de la muerte de forma tan milagrosa. Solo me falta por demostrar cómo lo organizó todo para que el padre del rey falleciese de forma tan oportuna en aquel desgraciado accidente, pero me imagino que los verdugos no tardarán en arrancar la verdad a alguno de sus cómplices.

—Por lo menos lo he intentado, Locksher. No es fácil, para una chica de pueblo como yo, llegar a lo más alto —dijo Blancanieves mientras tomaba una manzana roja como la sangre de un gran frutero de cristal tallado que había al lado de la cama—. La noche ha sido muy larga y estoy bastante cansada. Esta fruta que ven en mi mano acabara por pudrirse del mismo modo que el tiempo arrugará esta piel joven y tersa —comentó con una voz dulce como la miel, mientras deslizaba la punta del dedo por el hombro y, con un movimiento sutil, dejaba al descubierto un pecho perfecto—. ¿No sería una pena que permitiésemos que eso sucediese sin disfrutar de este momento? Vamos, señores, acérquense y tomen una de estas sabrosas manzanas…

Ilustración de Verónica López

Tomwats estaba mareado. Estaba seguro de que Blancanieves utilizaba alguna técnica de brujería para intentar encantarlos y, a pesar de saberlo, sentía que el cuerpo no le obedecía. Algo que no podría explicar lo empujó a aceptar el ofrecimiento. Aquella mujer que mantenía una pose de fingida inocencia, y que enseñaba un pecho de alabastro en el que se dibujaba un pezón como una moneda de cobre, era la reina, su reina, la mujer poderosa e inalcanzable que dirigía los designios del reino y la que el pueblo había jurado obedecer. La mezcla de poder y sensualidad lo desarmó y avanzó unos tímidos pasos en dirección a la cama.

—¡Detente, Tomwats! —gritó con firmeza el maestro—. Es mucho más inteligente de lo que imaginas. Alguien como ella no deja cabos sueltos. Si no me equivoco, cuando revises el frutero encontrarás otras siete manzanas; tantas como señores enanos había en esta sala. Justo las únicas personas que habrían podido delatarla. Después de esta noche, nadie habría podido testificar en su contra.

En un arranque de rabia, el dulce rostro de Blancanieves se transformó en una máscara terrorífica de ira y, en un gesto inútil, arrojó la manzana con todas sus fuerzas hacia Locksher, que la esquivó sin apenas moverse.

—¡Te odio, Locksher! ¡Nadie más habría podido descubrirme! ¡Te prometo que me vengaré!

—¡Lleváosla acusada de asesinato y alta traición! —gritó el magistrado a los hombres que aguardaban una orden suya al otro lado de la puerta—. He visto y oído suficiente por esta noche.

—Cubríos, señora. La tormenta ha dejado los pasillos fríos y las corrientes de aire son muy traicioneras. No me gustaría que os resfriarais —le dijo Locksher al pasar a su lado.

—Gracias por vuestra preocupación, Locksher, pero quizás todavía quede, en algún sitio de este castillo, un hombre de verdad con el que pueda utilizar mis encantos.

Locksher estaba satisfecho. Las teorías, según su propia definición, eran tan solo eso, teorías, y para que fuesen válidas había que demostrarlas. Esa noche se había arriesgado demasiado, seguramente más allá de lo necesario pero, después de que su cabeza encajase las piezas del puzzle, había sido necesario organizarlo todo rápidamente y rezar para que todo saliese según lo previsto. Y había tenido mucha suerte.

Hollymoor se acercó a él.

—Esta noche nos has manejado a tu antojo, Locksher, y las cosas te han salido bien. Pero no me gustan tus métodos, del mismo modo que no me gusta que jueguen conmigo. No te tomes esto como una amenaza pero, si sigues saltando sin red, el día que pierdas pie nadie tenderá una mano para impedir que te caigas. Tus métodos de investigación te están granjeando enemigos poderosos… Ten cuidado.

Y el magistrado se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta, pero antes de irse todavía tuvo que escuchar las últimas palabras del investigador.

—El favor que os voy a pedir ahora no es para mí, magistrado Hollymoor. —Al oír su nombre, el hombre detuvo su caminar sin volverse para escuchar qué era lo que tenía que decirle Locksher—. Recordad que todavía está encerrada una inocente en la torre. No demoréis su puesta en libertad, que bastante ha sufrido ya esa buena mujer.

—Se hará lo que deba hacerse, no os preocupéis. Y se hará sin demora —respondió el hombre, y después se fue.

Locksher se quedó pensativo tan solo un segundo, justo el tiempo en el que repasó mentalmente todo lo que había sucedido. Las palabras del magistrado no habían hecho mella en él, del mismo modo que las gotas de lluvia no calaban la piedra. Había asumido cada riesgo que corría desde que había comenzado a investigar el primero de sus casos. No se podía cocinar sin romper algún plato.

—Vámonos, Tomwats. Aquí ya no tenemos nada que hacer.

Y así fue como el sagaz Locksher y su inseparable Tomwats resolvieron uno de los casos más difíciles de su carrera.

Roberto del Sol

La cerillera

Autor@: Carme Sanchis

Ilustrador@: 

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Negro

Rating: + 14

Este relato es propiedad de Carme Sanchis. La ilustración con propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La cerillera.

El calor era asfixiante en el centro de la ciudad. Los vecinos habían iniciado un progresivo cambio de sus ropas de invierno por las ligeras ropas de verano. Cada vez se veía menos gente por la calle, lo que era bastante irónico, porque las fábricas habían cerrado por vacaciones y la gente tenía más tiempo libre.

Paseando por las calles, se podían ver las puertas abiertas de las casas, implorando una brisa que entrase con su caricia fresca en el hogar. Y a pesar de ello, los hurtos y los allanamientos no habían aumentado. Al parecer, los ladrones también pasaban calor.

En la comisaria apenas había trabajo. La mayoría de los agentes tenían vacaciones, y los que se habían quedado se apelotonaba en la sala de estar, frente a un ventilador. Vincent estaba en su despacho, junto a la ventana, como era típico en él. Había aprovechado la inactividad delictiva para poner en orden todos los casos anteriores. El comisario estaba que echaba humo, desconfiaba de todo el mundo; sabía que había un topo cerca de él, y se sentía acorralado.

–Ese maldito lunático desconfía hasta de su reflejo en el espejo –murmuró Vincent. Sobre la mesa tenía una jarra repleta de agua con hielo, hacía tanto calor que necesitaba hidratarse constantemente–. Agente Tejeda –convocó desde el marco de la puerta.

Al instante, Javier apareció con un montón de carpetas marchando hacia su despacho. Llevaba la camisa manchada, y por la frente le desfilaban ríos de sudor. Depositó las carpetas sobre la mesa, y se dejó caer en una de las sillas.

–Estoy muy cansado, señor –susurró, mientras Vincent cerraba la puerta.

–No deberías trabajar tanto. En verano apenas hay crímenes por esta zona, y las pocas investigaciones que hay abiertas no parecen llevar a ningún sitio.

–Quiero dejarlo todo listo, para que no se amontonen con los próximos casos.

Vincent soltó un bufido, dio un trago a su bebida y mordisqueó uno de los cubitos de su vaso.

–Como quieras, pero te aseguro que en una comisaría siempre hay papeles –se acercó hasta el ventilador, para sentir las ráfagas de viento golpeándole la piel–. ¿Algún caso nuevo? Me han dicho que ha desaparecido un niño cerca del río, supongo que los padres estarían distraídos y les cayó al agua… Estoy harto de ese tipo de descuidos.

–Sí, señor. Mandó unos agentes a buscar por la orilla, río abajo, pero de momento no han encontrado nada.

–Sí, espero que esté a salvo cerca de allí. ¿Se sabe algo más de la disputa del edificio de la calle de los robles? Vi llegar ayer por la noche a una mujer con el ojo hinchado, un hombre con el labio partido y otro con la ceja abierta.

–Han estado interrogando a todos los vecinos, y al parecer todo empezó en una reunión. Estaban organizándose para preparar una barbacoa, pero no se ponían de acuerdo en qué carne llevar.

–Disputas vecinales por comida, lo que me faltaba por oír.

–Al menos el resto los paró a tiempo.

–Sí, ¿algo más? –pregunto Vincent.

–Bueno, han encontrado el cuerpo de Nacho “El Seco”.

–¿Qué? ¡Maldita sea! –Golpeó la mesa con su mano, produciendo un violento estruendo– ¿Cuándo lo han encontrado?

–Justo antes de que me llamara, acababan de enviarnos la noticia. Estaba en uno de los almacenes del área industrial. Todavía no se ha confirmado si es él, no lleva ningún tipo de identificación. Pero bueno, esa cara es inconfundible.

–¿Por qué los contrabandistas aparecen muertos justo cuando estás a punto de cogerlos?

–Buena pregunta. Han encontrado junto al cuerpo una especie de maletín, repleto de documentos. Si quieres podemos acercarnos hasta allí.

–¿Para ver su careto por última vez? No, prefiero investigar esos papeles. Que los manden inmediatamente a mi despacho.

–Sí, Inspector.

Javier salió atropelladamente del despacho y gritó un par de órdenes a los agentes que charlaban en la sala de estar. Cuatro de ellos partieron de inmediato hacia su destino, y media hora más tarde, dos llegaron con todo lo que Vincent había pedido. El maletín estaba totalmente deshilachado, parecía estar cubierto de mugre, y a aquello olía. En cambio, los papeles de su interior estaban totalmente impolutos, y ni tan solo mostraban dobleces.

–Resulta difícil creer que estos papeles sean de “El Seco”. ¿Por qué guardaría pruebas de su culpabilidad?

–Puede que los llevase encima para esconderlos.

–Y justo se golpeó la cabeza de camino a su escondite… Demasiadas coincidencias.

–Tampoco podemos descartarlo. Pero de todos modos, dos de los agentes se han quedado allí, para mantenernos informados.

–Está bien, veamos estos papeles qué nos cuentan. He leído en uno de ellos una dirección, la plaza de la Natividad. Allí está una de sus clientas, una tal María Luisa Poveda. Deberíamos ir a hablar con ella.

–Juraría que en esa plaza solo hay un estanco, el del señor José Miguel Habano.

–No lo conozco. Yo siempre voy al mismo estanco.

–Deben alegrarse mucho al verlo –bromeó Javi.

–Qué graciosillo…

~***~

La plaza de la Natividad, rodeada por arcadas que ofrecían un respiro con su sombra, estaba llena de vecinos sentados en las terrazas de los diferentes establecimientos; todos sacaban un par de sillas, incluso la pequeña mercería.

El Inspector y su ayudante sentían los fuertes guantazos del sol. Vincent había decidido vestir camisas blancas de manga corta, con pantalones de traje color gris claro y corbatas a juego, para evitar el calor de la ropa negra. Algunos dirían que no era la ropa más apropiada para un Inspector, pero él tenía calor y más inapropiado le parecía el sudor.

–Hace demasiado calor para estar en la calle –gruñó Javier, secándose la frente con su pañuelo.

–Cada año es peor, dentro de poco no se podrá ni respirar.

–Seguro que en el estanco hay un ventilador, vayamos para allá, no quiero derretirme.

Caminaron junto a la gente, entre los arcos. La mayoría les miraba, les saludaba o les daba las gracias por su trabajo. A Vincent no le gustaba todo aquello, le hacía sentir extraño, no conocía a casi ninguna de las personas que le saludaban, pero todos parecían saber de él. Observó a la multitud que lo rodeaba, gente de calle que parecía estar de vacaciones, intentando desesperadamente encontrar un poco de frescor. Bebían limonadas, jugaban al cinquillo, al dominó, al parchís…

«¿Por qué no va más gente a pasear junto al río? –Pensaba el Inspector–. Tal vez porque hace poco más de un mes, apareció el cadáver de la pobre Lucía Vera».

–¿Será posible? –Exclamó Vincent– ¡Esa mujer lleva un maldito abrigo encima!

Cerca de la puerta del estanco, una mujer de unos 70 años esperaba sentada frente a una mesa repleta de cajitas de cartón. Ir abrigada no era algo muy frecuente en pleno agosto, pero la gente pasaba por su lado sin hacerle el menor caso.

»Será mejor que nos acerquemos, puede que necesite atención médica.

La mujer les ofreció una sonrisa en cuanto se percató de que iban hacia ella. Le caían goteras de sudor por la frente y el cuello, y se le perdían poco después por el pecho. Desprendía un olor tan cargado que el agente Tejeda no pudo evitar una mueca de aversión.

–Acercaos, preciosos, compradme una cajita de cerillas, por favor –cogió una de las cajas y se la acercó–. Ayudad a una pobre cerillera…

–Bueno días, soy el Inspector Vincent Barrett, y este es mi ayudante, el agente Tejeda.

–Encantada, mis adorados guardianes.

–¿No estaría mejor sin ese abrigo, señora?

–Señorita, si no le importa, caballero –desabrochó uno de los botones y abrió un poco la prenda–. ¿No será usted uno de esos descarados libertinos de hoy en día?

Vincent arqueó una ceja y observó a la señora. Desde luego no era una anciana corriente. A simple vista tenía esa presencia suave y delicada, de una mujer de su edad; pero tenía fuego en sus ojos, rebosaba energía y desparpajo.

–¿Es consciente de que puede usted sufrir un golpe de calor? Podría enfermar o incluso ser hospitalizada…

–Tonterías, yo estoy bien así. ¿Acaso pretende quitarle el abrigo a un pobre anciana desamparada? ¿Para eso sirve la policía? –subió el tono de voz.

–Está bien, como usted quiera. Pero, espero que le sirva la advertencia.

–Que dios se lo pague con hijos, yo se lo pago con una cajetilla gratis –depositó una en su mano–. Ya puede decirle a sus amigos que la pobrecilla Luisilla es una buena niña.

Aquello ya no tenía sentido, aquella señora tenía edad para tener nietos, no podía describirse como una chiquilla.

–¿Es usted María Luisa Poveda? –apuntó Javier con incredulidad. Aquella trastornada mujer, era la compradora de “El Seco”, uno de los mayores contrabandista de tabaco de los últimos años.

–Así es, señor agente. Soy la pequeña cerillera que intenta sacar un poco de dinero vendiendo cerillitas para ayudar a mi familia. Pero todos pasan de largo, todos me ignoran. Caminan felices sin ver a la pobre cerillera… Es muy triste.

–¿Acaso no es ese uno de los cuento de Andersen? –añadió Vincent– ¿La pequeña cerillera?

–Pues claro, señor. Narró mi vida, y ahora todos los niños conocen mi historia. Fue toda una sorpresa descubrir que hablaba de mí, me siento orgullosa.

–Esa historia pasa en navidad, y la cerillera lleva un abrigo por el frío… ¿Por eso lo lleva usted? –preguntó el Inspector, alarmado.

–No debo correr riesgos. La historia dice que moriré de frío, por eso siempre llevo este cálido abrigo.

–Pero podría morir de calor. Póngaselo únicamente cuando haga frío.

–No, señor. No me encontraran congeladita en una esquina. No, no.

–Inspector, deberíamos seguir con la investigación… No sé si me entiende.

–Un segundo, cerillera –Vincent colocó su mano sobre el hombro de Javier y lo llevó unos pasos más allá.

»Sé perfectamente que es la mujer que buscamos –susurró el Inspector–, pero no está bien de la cabeza. Debemos seguirle el juego, y así conseguiremos sacarle toda la información. Si cree que es la maldita cerillera, la trataremos como tal.

–Bien pensado señor, lo dejo en sus manos. Seguro que sale mejor si habla usted solo.

Regresaron a la mesa, pero el agente Tejeda siguió su camino hacia el estanco. Vincent se despidió de él frente a la mujer y reanudaron la conversación.

–En fin, señorita, cuénteme más. ¿Desde cuándo vende cerillas?

–Oh, caballero, de toda la vida. Es la única manera que tengo de ayudar a mi familia. Vendo las cajitas junto al estanco, por si algún señor quiere encenderse su cigarro.

–Qué buena idea. A mí siempre me pasa lo mismo, odio perder el encendedor. En cambio, las cerillas, nunca fallan.

–¿Fuma usted, señor? Tan bien perfumado que se muestra.

–Todos tenemos algún mal hábito, y yo escogí el tabaco. Al menos, los cigarrillos no son tan malos como las apuestas o el alcohol… O eso me gusta pensar.

–Di que sí, caballero, que se merece sus pequeños placeres, los tiene bien merecidos. Lucha por todos los vecinos, para que nadie incumpla las normas.

–Exactamente. Pero es una lástima, he mandado a mi ayudante a comprarme una cajetilla nueva. Se me ha terminado, y ardo en deseo de fumarme un cigarro.

La mujer, abrió de improvisto su abrigo, extendiendo sus brazos hasta dejarlos uno a cada lado de su cuerpo. Además de mostrar su delgado torso cubierto por una camiseta sudada, dejó ver un sinfín de paquetes de tabaco de todas las marcas que había en el mercado.

–No hay problema, señor mío. Yo le invito a un dulce cigarrillo. Escoja, escoja el que más le guste.

Y ahí tenía la prueba que necesitaba, María Luisa “la Cerillera”, traficante tabacalera.

–Es usted muy amable, Luisilla. Me gustaría uno de los más rubios que tenga –la señora le tendió uno, y acto seguido raspó una cerilla contra la cajetilla para crear una pequeña llama. Vincent dio una larga calada inicial, y lanzó el humo hacia el cielo, sabía a triunfo.

–Siempre es un placer ayudar a un agente de la Ley.

–Y dígame, ¿cómo es que tiene usted todos esos cigarrillos?

–Los vendo para ganar un poco más de dinero, señor. La gente a penas compra cerillas, ya son muchos los que poseen encendedores. En cambio, los cigarrillos, cada vez más costos, son fáciles de vender a un precio tan bajo. Un señor muy amable me los trae de otros sitios, y yo los vendo por el pueblo, a gente que no puede pagar lo que piden en el estanco.

–Y, ¿por qué ese hombre se los vende más baratos?

–Los hace él, o algo parecido. Tampoco creo que sea relevante, lo importante es que él me los trae baratos y yo hago feliz a la gente.

–Es una manera de verlo, pero siento decirle que Nacho “El Seco” ha aparecido muerto en el almacén de una fábrica –confió Vincent a la anciana. Esta se quedó paralizada unos segundos, para momentos después romper a llorar sin control–. Tranquilícese, por favor, señora.

–¿A quién llamas señora, estúpido? No entiendes nada, no tienes ni idea. ¿Cómo pretendes que me gane la vida? ¿Vendiendo cerillas de mierda? No me digas que me tranquilice, chiquillo, no entiendes nada.

Lanzó la mesita por los aires mientras se levantaba de la silla, y las cajitas de cerillas cayeron al suelo. Chafó algunos mientras intentaba escapar, pero evidentemente las piernas no le respondían lo suficiente como para correr más que Vincent o Javier. La cogieron de los brazos y la llevaron hasta el coche, no sin antes recoger todas las cajitas caídas.

~***~

Ilustración de Marta Herguedas

El interrogatorio fue largo y repleto de bipolaridad. Aunque solo estaban la señora y Vincent dentro de la sala, tan pronto era una pobre niña cerillera, como una anciana afligida o una traficante de paquetes de tabaco robados.

–¿Es un delito comprar tabaco a un traficante y venderlo por las calles a precio mínimo? ¡Pues perdona por querer ganar dinero! ¡Perdona!

–Evidentemente, es un delito penado por la ley, y tendrá que pagar por su estafa.

–¿Pretendes encerrarme en un cuchitril hasta que me pudra?

–Tendrá un techo y comida caliente cada día, es más de lo que una pobre cerillera tiene, ¿no es cierto?

–No vayas de listo, muchacho. No soy ninguna niñita estúpida a la que puedas engañar. Tengo mis derechos.

–Tiene derecho a confesar su delito antes de que sea demasiado tarde. Se le condenará por el asesinato de Nacho Sanjosé, el contrabandista conocido como “El Seco”. ¿No piensa admitirlo?

–No tengo nada que admitir, estúpido. Yo no he matado a nadie. Estoy lo suficientemente loca como para vender cigarrillos ilegalmente, pero no soy ninguna asesina. Búscate a otra a quien echar las culpas.

–Si se encuentran pruebas que le incriminen, caerá sobre usted la pena máxima. Si no es culpable, más vale que empiece a contar todo lo que sabe del tema.

La conversación duró varias horas, y pocas cosas salieron en claro de allí. La anciana no parecía saber nada del asesinato, y de hecho, era difícil creer que tuviese la fuerza suficiente para golpear violentamente a aquel hombre en la cabeza hasta matarlo. Tampoco sacaba ningún beneficio de su muerte, sino más bien, la contrariedad de tener que dejar el tráfico ilegal o buscarse otro proveedor.

Vincent salió de la sala de interrogatorios, y se fue directo a su despacho releyendo las anotaciones de su libreta. Javier corría tras él haciendo preguntas, pero ninguna obtenía respuesta.

–Señor, no ha confesado el crimen. ¿Cree que realmente esa anciana asesinó a “El Seco”? No entiendo como una persona de esa edad se metió en todo este lío.

Al llegar al despacho, cerraron la puerta y se sentaron cada uno a un lado del escritorio. Llenaron dos tazas de té helado, y pusieron sus ideas en común.

–No creo que esa mujer, por muy trastornada que esté, haya asesinado a nadie. Y desde el principio toda la historia del maletín me pareció una burda estafa. Así que, creo que deberíamos buscar a otro posible culpable.

–Y, ¿quién podría ser?

–Pues, ¿a quién molestaría que una anciana vendiese tabaco de forma ilegal?

–¡A los fabricantes de tabaco!

–No creo que esto sea ningún complot de empresas multinacionales. Más bien, algo más pequeño… Un propietario de estanco, tal vez.

–¿El señor Habano? ¿Cree que él puede ser el culpable?

–Creo que es mucho más probable que sea él que esta señora.

–No sé, Vincent. José Miguel es un hombre honrado, no me lo imagino haciendo algo tan despiadado.

–Hasta los hombres más decentes pueden perder el norte en un momento de tensión. Deberíamos llamarlo, una buena entrevista hará brotar todos sus secretos.

~***~

El vendedor llegó rápidamente, y confesó el crimen incluso antes de entrar en la sala donde Vincent le esperaba. Se sentó frente a él en silencio. Le temblaban las manos, se mordía el labio con nerviosismo, quería explicarlo todo, quería decir la verdad.

–No quería hacerlo, pero lo hice –le dijo tapándose el rostro con las manos–. Soy un monstruo, merezco mi condena.

–Es posible que el juez quiera condenarlo a la pena máxima, ¿es consciente?

–Sí, señor.

–¿Por qué lo hizo?

–La gente dejó de comprarme al enterarse de aquellos precios, ¿cómo podía competir con mercancía robada? Mis hijas necesitan comer y, me sentía tan desesperado…

–Aquel hombre no era el ciudadano ejemplar, eso es cierto. Entiendo que con sus estafas estuviese afectando la vida de muchas personas, no solo de su estanco. Si lo hubiésemos cogido, ahora mismo estaría entre rejas.

–Pero no lo hicieron, y yo seguía perdiendo dinero. Me veía al borde de la mendicidad.

–No creo que la pena máxima sea mejor que eso.

–Mis hijas podrán seguir en la tienda, podrán seguir su vida, eso es lo único que me importa.

–Espero que el juez escuche sus razones, y que le juzgue correctamente.

–Salude a la anciana de mi parte, es una mujer honrada, no creo que supiese dónde se metía. Siento que la hayan creído culpable.

«Pobre iluso –pensó Vincent mientras salía de la sala–. Sabía dónde se metía perfectamente, aunque es posible que en algún momento se viese tan perdida como él».

~***~

La señora Poveda preparó todas sus cosas junto a la mesa del agente Tejeda. Vincent quería hablar con ella antes de que se fuera, para darle unos últimos consejos. No podía permitir que esa señora siguiese aquella vida.

–Luisa, ¿puedo hablar un momento con usted?

–Por supuesto, muchacho. Me gustaría disculparme.

–Venga a mi despacho.

La anciana le siguió despacio, a su ritmo, a través de las mesas de los agentes. Al llegar, se lanzó sobre el sofá para sentarse como pudo.

–¿Quiere un café o alguna bebida fresca?

–No, Inspector. Lo que quiero es disculparme. No quise en ningún momento importunarle con mis tejemanejes, pero debo ganarme la vida de alguna manera.

–Pero podría hacerlo de una manera más honrada, ¿no cree?

–¿Cómo? Soy una anciana, no puedo trabajar ya en ningún sitio. No tengo familia, y no poseo nada más que la pequeña casa donde resido. ¿De qué quiere que viva?

–Nosotros podríamos ofrecerle un empleo. Seguro que conoce a mucha gente, y nos puede ser de mucha utilidad a la hora de hacer algunos recados. Puede ser nuestros ojos en la calle, o infiltrarse cuando no queramos ser vistos. ¿Qué le parece?

–¿De verdad haría eso?

–Si usted se limita a vender cerillas y ayudarnos a nosotros. No puede volver a infringir la ley.

–Acepto, señor. Será un honor trabajar con ustedes.

–Perfecto entonces, nos vemos señora Poveda, agente secreto.

María Luisa salió de la comisaría con su abrigo en la mano, y en una bolsita de tela, un montón de cajitas de cerillas. Andaría por las calles en busca de alguien a quien vender alguna cajetilla para poder cenar aquella noche. Ya no le haría falta el abrigo, hasta el invierno siguiente, cuando las bajas temperaturas regresasen y necesitase de nuevo protegerse del frío, como la pequeña cerillera.

Carme Sanchis

El legado de la sirenita

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Cuento

Rating: + 13

 Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El legado de la sirenita.

La apesadumbrada sirenita miraba con ojos vidriosos la superficie del inmenso océano que era su hogar y que sostenía al navío. Escondida tras unas rocas, contemplaba cómo el lujoso yate se acercaba suavemente, bordeando la costa. Era todo cuanto había estado esperando.

La sirenita se aclaró la voz mientras dejaba escapar al aire unas pocas notas de su embrujado cantar que las olas y los vientos alisios esparcieron sobre el mar. Inmediatamente, unos ruidos que procedían del barco rompieron la armonía de ese momento. El joven patrón y su capitán subían atropelladamente a la cubierta del barco, a trompicones, empujándose el uno al otro en una carrera sin escrúpulos en dirección a la proa. Allí, se pelearon por pegarse a la barandilla que les separaba del mar, con las cabezas apuntando hacia las rocas del arrecife, allí donde permanecía oculta la sirenita. Uno arremetió contra la barra metálica que le impedía acercarse a aquella voz que les atrapaba, que les aturdía los sentidos, golpeándola con las manos desnudas. El otro levantó la pierna dispuesto a saltar por encima de cualquier barrera y tirarse por la borda.

La sirenita selló entonces sus labios y no emitió más sonido que un silencioso llanto que se confundió con el susurro del mar. Los dos marinos, alterados, recorrían fuera de sí la cubierta en un ir y venir desesperado por escudriñar el mar en todas direcciones, por encontrar un viento favorable que les trajese de vuelta las notas de aquella melodía maravillosa que atrapaba sus almas y cuya esencia se evaporaba como lo hacen los sueños. Con las mentes todavía enturbiadas por la magia de la sirenita y los oídos hechizados por el recuerdo de aquella canción extraordinaria. Con los corazones agitados y una tristeza inmensa que de pronto les invadía.

La misma tristeza que oprimía el corazón de la sirenita. Y ni ella entendía por qué. Llevaba toda la vida esperando ese momento, que prometía ser el más feliz de toda su existencia, el que la sacase de la pobreza del fondo marino y la encumbrase en la mejor de las vidas terrestres. Con un buen par de piernas como complemento. Con una propuesta de matrimonio y un anillo de compromiso en su dedo. Con una bonita mansión, con árboles y caminos. Con sirvientes, ayudantes y criados. Con joyas relucientes, diamantes, rubíes y oro. Montones de oro y de dinero. Con un armario repleto de vestidos, complementos y zapatos. Con todas esas pequeñas delicias que la vida humana concede y que ella pronto iba a descubrir. ¡Había esperado tanto tiempo a tener su oportunidad! Y, en cambio, ahora que lo tenía todo al alcance de su mano, no pudo evitar sentirse tremendamente desdichada.

Se sentía tan infeliz como la sirenita de la historia que tantas veces le contó su madre para apaciguar sus miedos de niña, cuando la oscuridad del océano nocturno la asustaba tanto que la hacía soñar con tiburones hambrientos y medusas urticantes. “Voy a contarte un cuento—oía mientras la arropaban en su camita de nácar—de la primera sirenita que logró salir del océano. Ella estuvo triste hasta que se casó con un humano y consiguió un par de piernas. “¿Entonces fue feliz, madre?” —preguntó la sirenita con su voz de pececillo la primera vez que escuchó el cuento—. “Claro, hija, ¡quien no va a ser dichosa teniendo todas esas cosas! Ariel, que así se llamaba la sirenita, consiguió toda la felicidad del mundo. ¿Quieres que te cuente toda la historia?”. 

La sirenita creció escuchando atentamente el relato, noche tras noche, con los ojos abiertos como platos, agarrada fuertemente a su esponja de mar conforma de pez payaso. “Y dentro de unos años, —le decía su madre— cuando seas mayor, tú también podrás conseguir tu marinero que te saque del mar y que te ofrezca todo cuanto puedas desear. Y por eso debes cuidarte. ¿Te has lavado ya los dientes y cepillado el pelo?”

Y lo había hecho. Millones de veces. Su esplendorosa melena rubia resplandecía brillante y espesa desde sus cinco años. Jamás se la cortaría. Sus manos lucían suaves y sus dedos cuidados. Sus dientes eran blancos como las perlas y su piel fina y pálida, casi cristalina, como el cuerpo de una medusa; su cuerpo esbelto y proporcionado como el de una gamba, su rostro redondo y agraciado como el pez luna. Se había esforzado tanto en cuidarse que casi no había tenido tiempo de hacer otra cosa en su vida. Y con ello había desaprovechado la posibilidad de experimentar un millón de vivencias bajo el mar, en espera de escapar de sus lindes.

La sirenita había pasado la infancia entera apartada de los rayos solares que tanto manchan y afean la piel, mientras otros disfrutaban de su calidez; se había mantenido alejada de los cortantes arrecifes donde otros jugaban al escondite por no rasguñarse las escamas y había evitado merodear por el lugar donde yacía el viejo barco hundido, por temor a herirse con algún hierro sobresaliente, mientras algunos compañeros le contaban las aventuras emocionantes que allí les habían sucedido.

Su adolescencia pasó entre acicalamientos y desidia. Esperando que llegara la edad que le permitiera salir a la superficie en busca de su futuro amado, se mataba de hambre para conservar la hermosa silueta que dejaría prendado al primer marinero que le echara los ojos encima. Su dieta, básicamente, había consistido en montones de algas y unos pocos puñados de pepinos de mar. No se llevó jamás a la boca ninguna de las otras delicias que el mar ofrecía, aunque alguna vez se había permitido el lujo de zamparse algún que otro pequeño crustáceo a escondidas. Pero era preferible no comer el pescado grasiento a tener que introducirse los dedos en el gaznate para vomitarlo tras cada ingesta, como hacían muchas otras sirenitas, comida tras comida, festín tras festín, hasta que les dolía la garganta y se les quebraba la voz.

La voz de una sirena es como el sable del guerrero, o el oro del banquero. Es su todo, el lugar donde reside su belleza y su magia ancestrales. Ninguna precaución era exagerada si se trataba de proteger la voz. Así que la sirenita hablaba muy poco y muy bajito, casi en susurros. Había desterrado de su vida los griteríos de júbilo y las exclamaciones de sorpresa, los cantos con colegas y las conversaciones de amigas a altas horas de la madrugada, las risas contundentes y los llantos desmesurados.

Pero todo sacrificio era válido por pagarse el viaje de ascenso a tierra seca. Un viaje que no todas las sirenas podían permitirse. Solo las mejores alcanzarían su objetivo. El pasaporte era su belleza, su cuerpo, su voz. En definitiva, su capacidad de enamorar a un marinero, a poder ser el capitán o, si era verdaderamente afortunada, un patrón de barco joven y apuesto como aquel que observaba en la lejanía.

La sirenita que lograba tomar tierra en brazos de su marinero era feliz para siempre, pues la vida terrestre está cargada de lujos. O, al menos, eso decía desde tiempos inmemoriales la tradición que transmitían las madres a sus hijas, de generación en generación, desde que esa primera sirena llamada Ariel cambiara el destino de todas con su hazaña. ¿Por qué malvivir bajo las aguas, compartiendo espacio con cangrejos y anguilas eléctricas si puedes poseer un trozo de mundo con solo enamorar a un hombre?

Tras esa reveladora verdad, el mundo bajo el mar cambió. Todas las sirenitas querían sus propias piernas, su marinero, su mansión en tierra firme. Despreciaban a los de su propia especie. Competían entre ellas. Y la competencia era muy dura, a veces cruel. Las más bellas, las más rápidas, las más despiadadas, ganaban su marinero. Las otras perdían, volvían a sus hogares con las manos vacías, obligadas a renunciar a su sueño seco. Descendían de nuevo a las profundidades de su cárcel de agua heridas y exhaustas, en cuerpo y alma, para reencontrase con aquellos compañeros de juegos y especie con los que compartían secretos de infancia. Con suerte quizá crearían junto a ellos una vida humilde en su guarida oceánica. Como su madre, cuya herida en la mejilla izquierda, causada por aquel trozo de coral que mantuvo en su mano firme la despiadada sirena que compitió con ella por ese soldado del navío de guerra, cicatrizó dejando una marca imborrable en su rostro y en su orgullo. Ambos no sanaron jamás. Como todas las demás madres, quienes después de haber vivido esclavizadas en el cuidado de sus cuerpos persiguieron una oportunidad que no obtuvieron y que empujaban a sus hijas a ser las mejores, en un intento de redimir su propio fracaso.

La madre de la sirenita se habría sentido orgullosa de ella. Hoy tenía todas las de ganar. Había apostado fuerte. Se había arriesgado a dañarse la piel nadando entre los arrecifes de coral, a sabiendas que ninguna otra sirenita se acercaría a un lugar tan peligroso como aquel. Y el riesgo tuvo su recompensa. Se encontraba sola, completamente aislada del resto de sus congéneres, cara a cara con ese navío y sus dos marineros, que seguían sobre la cubierta, dispuestos a arrojarse al mar y a competir por su amor. Lo demás sería pan comido: volver a cantar hasta que ambos se zambullesen en las aguas, elegir con tiento a cuál de los dos salvar, llevarlo a la playa, esperar a que recuperara la consciencia, embrujarlo con la mirada, ir rápidamente hasta el próspero negocio de la hechicera para cambiar la cola por un buen par de piernas, pagar el precio, estipulado y abusivo, de mil cien perlas, reaparecer ante el amado de nuevo y dejar que la belleza y la magia hicieran el resto. Todo siguiendo los pasos de Ariel, la sirena que abrió el camino a las demás en la conquista del suelo firme.

Pero algo no iba bien en el interior de la sirenita. Sentía un profundo pesar. Miró al horizonte, a la línea que separa el cielo del mar, y se preguntó qué había vivido ella de las profundidades oceánicas, qué secretos le quedaban todavía por desvelar, qué recuerdos se llevaría consigo a su nueva vida en tierra seca. Un escalofrío recorrió su cuerpo y le erizó las escamas cuando un rayo de sol se filtró entre las nubes y le acarició la piel suavemente. ¿Tan valioso era ese sueño de princesas, de castillos y de piernas para despreciar su propia vida?

Ilustración de Rafa Mir

La sirenita miró por última vez a los dos hombres sobre la cubierta del precioso yate blanco. Seguían con los ojos fijos en la lejanía, con una expresión ceñuda, buscando, añorando aquel sonido que les dejó el alma vacía. Entonces, un par de chicas en bikini aparecieron de la nada sobre la cubierta. Con sus espectaculares cuerpos, sus tintineantes risas y sus poses estudiadas trataron desesperadamente de llamar la atención de los dos hombres. Eran unas humanas muy bonitas. Sus cuerpos secos y delgados adquirían un tono dorado bajo los rayos de sol. Probablemente llevaban toda la vida sacrificándose por tener ese aspecto. Seguramente también habían tenido que competir duramente con otras humanas, peleando con uñas y dientes para estar allí, junto al dueño y el capitán de ese palacio flotante. Con toda certeza sus madres les contarían de niñas miles de historias parecidas a las que había escuchado tantas veces la sirenita: cuentos de princesas, de castillos y de piernas. La sirenita sintió una gran compasión por ellas.

Uno de los dos marineros, el joven patrón, apuntó en dirección a las rocas cuando la sirenita, dando un enorme coletazo, se hundió en las profundidades marinas que ya no le parecían una cárcel acuática sino un mundo lleno de posibilidades.

Lo primero que hizo fue calmar los rugidos de su estómago, saciando su hambre con un suculento pescado que le supo a gloria. Luego, buceó por primera vez entre los restos del Reina Isabel, aquel antiguo galeón español hundido por su propio capitán para evitar que los piratas se llevaran su botín: el enorme cargamento de oro y piedras preciosas procedente del nuevo mundo que permanecía en su bodega y que nadie había visto hasta que la sirenita posó sus ojos sobre él, pues ningún otro ser marino había reunido antes el valor suficiente para adentrarse en las mismísimas entrañas de aquel navío naufragado.

Olga Besolí

Julio 2013

La Bella y la Bestia

Autor@: 

Ilustrador@: Pilar Puyana

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Cuento para adultos

Rating: Adultos

Este relato es propiedad de Inmaculada Ostos Sobrino. Las ilustraciones son propiedad de Pilar Puyana. Quedan reservados todos los derechos de autor.

La Bella y la Bestia.

Noticia en un periódico: …Se encuentra a un bebé con cinco días dentro de una tubería, los vecinos se quejaron de los extraños maullidos que se repetían cada noche, cuando los bomberos sacaron al bebé quedaron asombrados, la madre una joven…

–¿Por qué lo hiciste? Una chica bella, joven como tú y con un brillante porvenir podría haberse apañado con el bebé.

 

Ilustración de Pilar Puyana

–La bestia despertó.
–¿Qué bestia?
–La que todos escondemos dentro, todo el mundo alardea de fijarse en el interior de las personas y no en su físico y todos ellos se engañan, pretenden ser personas que no son, se hacen los interesantes, los humildes, los buenos; creyéndose los protagonistas del cuento la bella y la bestia. ¿Me sigue? Ese cuento que predica que la belleza está en el interior. Pues bien, déjeme decirle una cosa, en el interior solo hay oscuridad y, dentro de esa oscuridad duerme una bestia que nos alcanza a todos tarde o temprano.
–Y esa bestia… ¿Es quién te dijo lo que tenías que hacer?
–¡No, por Dios! Creo, doctor, que se ha equivocado en su diagnóstico. Yo no oigo voces, solo intento ser coherente.
–¿A qué te refieres?
–A que cada uno ha de ser consciente de la bestia que lleva en su interior y, saber si será capaz de dominarla o no. Una vez lo tengas claro, aceptarlo sin más.
–Y en tu caso ganó la bestia, ¿verdad?
–Permítame que le ofrezca esta sonrisa un tanto cínica, pero la verdad es que la bestia nunca se marchó.
–Creo que está usted algo aturdida, tal vez esté viviendo en una fantasía y crea ser alguien que nunca fue; un personaje de un cuento, de una película o quizás, algún asesino del que haya oído hablar. Puede que sea un trastorno de su personalidad producido por alguna crisis durante el embarazo, o incluso una depresión post parto. .
–¿Y qué le hace pensar eso?
–Pues que jamás tuvo ningún episodio como este, su vida es intachable.
–Le vuelvo a dedicar otra de mis sonrisas, se la ha ganado otra vez, aunque esta es de simpatía. Creía que no podía haber nadie tan inocente y, mucho menos, siendo psicólogo de profesión.
–¿Qué quieres decir con ser psicólogo de profesión?
–Pues que ustedes son los peores, los más cínicos, los más reprimidos, y sus bestias son las más crueles cuando salen al exterior. He conocido muchos así. Y de nuevo se equivoca, ha habido más muertes en mi vida.
–Pero no hay ningún antecedente policial, ni consta en su vida personal ningún caso que pueda hacernos llegar a tales conclusiones.
–Digamos que he sido hábil.
–¿Y por qué decidió reconocer sin más que es usted la parricida de su bebé?
–La verdad, me sorprendió que el bebé sobreviviera. Tengo curiosidad por llegar a ver la bestia en la que se va a transformar. Ningún bebé normal hubiese soportado estar cinco días sin comer, tal vez haya heredado mi verdadera naturaleza, por eso lo admiro.
–¿Lo admiras o lo quieres?
–Solo soy capaz de querer a una persona, siempre ha sido así, si no hubiese sido de esa manera jamás hubiese llegado hasta esta situación.

Pero contestaré a su pregunta, digamos que lo admiro porque en cierta manera es como si yo fuese la misma muerte y, mi engendro, eso que llevé en mi vientre, la peor de las pesadillas que sufrirá la humanidad.

Ilustración de Pilar Puyana

–¿Se arrepiente?
–¿De lo que hice? Jamás. Disfrute con todas y cada una de las muertes que produje, aunque me da rabia no haber consumado esta última, me resultó la más dulce de todas, la verdad. Cuando lo creí muerto sentí un placer especial.
–Intento seguirla, pero no encuentro su móvil, a lo largo de la historia la belleza ha sido motivo de cuentos, leyendas y crímenes. Es obvio que su belleza es poco habitual, además usted ha insinuado que solo se quiere a sí misma, y dando por hecho que con la belleza hoy en día se puede llegar a cualquier lugar, incluso como usted muy bien apuntó, hasta el punto de esconder sus crímenes, todo esto apuntaría a que es la misma belleza la causa de toda su discapacidad funcional. Pero, me resulta increíble que la causa real pueda ser algo tan simple y tan efímero.
–Sigue siendo usted un ingenuo. Claro que podría ser, el placer es el arma más poderosa que existe y la belleza el mayor regalo que te puedan conceder; con ella alcanzas la invisibilidad, y te ofrece la oportunidad de poder vivir tu verdadero yo.
–Seguimos hablando de la bestia, ¿verdad?
–De la misma. La belleza es la fachada perfecta. Con ella eres libre, te creen tan superficial que piensan que más allá de la misma no hay nada más que te pueda interesar. No se molestan en buscar al ser real, si lo hicieran, descubrirían a esa bestia que hace y deshace a su voluntad, que es libre, que no tiene miedo y que derrocha maldad.
–Entonces, ¿se confiesa usted culpable de este y otros crímenes?
–Sabe bien que sí, ya les puede decir a los que hay detrás del espejo que vengan a por mí.
–Sigo sin comprender. ¿Por qué? ¿Por qué ahora?
–Ya le contesté, curiosidad, tal vez…
La muchacha le dedicó otra de sus maliciosas sonrisas y esta vez, al psicólogo se le heló la sangre en las venas. .
–Dígame, ¿a que conclusión le ha hecho llegar? –le preguntó uno de los detectives cuando el psicólogo abandonó la sala de interrogatorios.
–No sé cómo explicárselo, detective. Estoy tan aturdido como usted, déjeme que le exponga mis conjeturas de una manera sencilla.
>>Érase una vez una niña tan bella que era agasajada por todos aquellos que tenía alrededor. Acostumbrada a conseguir todo aquello que quería, el dulce espíritu de la niña se fue desmaterializando hasta transformarse en un negro carbón. Al no encontrar placer en nada, comenzó a torturar la mente de los desafortunados que la creyeron buena. Pero nunca tenía bastante y, empezó a experimentar hasta que finalmente emergió la bestia y la arrastró a su interior. Cuentan que un día esa misma fealdad llegó a exteriorizarse y fue repudiada por todos los que una vez la amaron. La encerraron en un castillo y esperaron a que la tierna flor de su juventud se fuera deshojando en la más oscura intimidad. Era la única manera de mantener a todo el mundo a salvo de sus atrocidades. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.
–¿Acaso me acaba de contar un cuento? ¿Piensa usted que soy estúpido?
–No, por supuesto que no. Pero, ¿lo entendió? –el detective asintió.
–No entendí muy bien la idea, pero sí el contexto.
–Justo eso es lo que nos mostraban los cuentos, la manera de captar ese ápice de maldad suficiente para poder alejarse uno a tiempo. Digamos que siempre hubo pacientes psiquiátricos a lo largo de la historia y que los diagnósticos han evolucionado. Los cuentos siempre se han usado para decir o denunciar de una manera metafórica algo que ocurría en la realidad, incluso de manera didáctica para prevenir a la gente contra el mal. Por desgracia, siempre ha habido bestias y siempre las habrá. Por eso hay cosas que no se pueden explicar y que simplemente hay que aceptar, aunque no tengan cabida en tu forma de pensar. En eso, desgraciadamente, aquella “bestia” tenía razón.

Inmaculada Ostos Sobrino

De como Caperucita se comió a su abuelita

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: Carme Sanchis

Género: Relato Terror-Erótico

Rating: + 18

Este relato es propiedad de María Cristina Salvans. Las ilustraciones son propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

De como Caperucita se comió a su abuelita.

Como en todas las versiones conocidas del cuento, Caperucita Roja salía hacia casa de su abuelita con un canasto lleno de manjares para la pobre mujer, que no salía de casa debido a una enfermedad, o tal vez, simplemente, porque con la edad se había vuelto bastante huraña y ermitaña, y por eso prefería no ir más allá del quicio de su puerta carcomida y oxidada, como ella, más o menos.

Después de las pertinentes advertencias de su madre, la joven –porque, no nos engañemos, nunca fue la niña que creímos– partió a través del oscuro bosque hasta casa de su abuela.

Pasó por entre árboles de formas siniestras y riachuelos sucios.

¿Habíamos dicho que cuando Caperucita hacía estas excursiones era siempre de noche?

Pues era noche cerrada, con unos nubarrones más negros que el hollín que tapaban el cielo. Los búhos cantaban su monótona sintonía cual coro gregoriano en plenas maitines, y allí estaba Caperucita, disfrutando del bosque en su esencia.

Era Agosto e incluso las noches eran calurosas en ese sofocante bosque.

Se acercó a un claro entre el espesor, en el que sabía que había un estanque de aguas límpidas, a pesar del agua putrefacta que bajaba por los arroyos.

Se deshizo de sus ropajes de campesina, permitiéndose el lujo de quedarse en paños menores, atrevidísimos para la época… Pero las jóvenes, ya se sabe. Decidió, en un alarde de pudor, dejarse esa caperuza roja, por si los voyeurs.

Y allí tenemos a la “inocente” Caperucita Roja bañándose felizmente en un estanque tenebroso de un bosque peligroso.

En estas estábamos cuando entró en escena un hombre muy peculiar.

Rondaría los 40 años, bien parecido, con una barba salvaje recortada y los ojos desiguales, que brillaban con intensidad.

Caperucita se sentía observada, pero cuando vio reflejado en el agua el rostro del voyeur, lejos de taparse, dejó caer la capucha y se giró con insinuante mirada al observador.

–¿Qué eso de mirar sin siquiera presentarse? –preguntó.

–Pensaba unirme al baño –contestó el hombre– pero tal vez mi presencia no sería apropiada para una joven doncella.

–Seré joven –respondió Caperucita–, pero os aseguro que no tengo nada de doncella; esa flor fue deshojada hace mucho tiempo –sonrió con picardía–. ¿Por qué no me hace compañía? Me siento sola.

¿Cómo rechazar tal invitación?

El hombre se acercó al estanque, se desnudó dejando ver su cuerpo musculoso y peludo, y entró en el agua.

Nada más hacerlo, Caperucita se acercó a él, de modo que ambos pudieron sentir el calor del cuerpo del otro.

–Oh, veo que te alegras de conocerme –dijo la chica, colocando la mano en su entrepierna, en la que palpitaba una incipiente erección.

Después de un apasionado beso, los actos de carácter erótico –cuándo no pornográfico– se sucedieron de un modo tan salvaje que la narradora se ruboriza con la sola idea de explicarlos, así que accederemos a que cierre los ojos y saltaremos un poco en el tiempo, permitiendo al lector, eso sí, imaginar lo que desee.

Cabe destacar que, en pleno acto, Caperucita sintió como los dientes de aquel hombre desconocido se abrían paso en la pálida y suave piel de su cuello, y como las gotas de sangre de su yugular teñían de rojo el agua del estanque.

El último suspiro del clímax se oyó en todo el bosque y se unieron a él todos los animales de alrededor.

–¿Has disfrutado, niña? –Preguntó extasiado el hombre.

–Como una loba –respondió Caperucita, saliendo del agua.

–No sabes qué razón tienes.

Ilustración de Rosa García

Caperucita se puso la falda y se ajustó el corpiño y la capucha.

No le dio tiempo al hombre de reaccionar y vestirse; la joven ya había desaparecido en el espesor del bosque. La noche transcurría tranquila y ella seguía su camino hacia la casa donde vivía la anciana ermitaña que era su abuela.

Mientras caminaba sentía como las ramas, pervertidas manos de un hombre sobón, le arrancaban la caperuza y la ropa.

Y, ¿puede el lector imaginar en qué condiciones se encontraba la pobre de Caperucita Roja cuándo llegó al claro frente la casita de madera de su abuela?

Pues ella se sentía maravillosamente, con la ropa oportunamente rasgada dejando entrever su cuerpo voluptuoso a todo aquel que quisiera detenerse a mirar.

Pero no era eso lo único que era diferente en la joven desde que saliera de su casa unas horas antes, aunque ella no se dio cuenta hasta que fue, digamos, demasiado tarde.

Como pudo, usó su caperuza para tapar la desnudez a ojos de su anciana abuela.

Fue todo en vano, pues un detalle del que Caperucita no se había percatado era que la luna llena esa noche estaba tapada por largos campos de algodón, que en ese preciso momento un segador inoportuno parecía estar recolectando, pues quedó expuesta cuando Caperucita cruzó el quicio de la puerta.

Lo primero que notó fue como la fisonomía de las manos cambiaba, y donde antes había visto unas manos pequeñas de pulcras uñas, aparecieron unas zarpas largas. Los rectos dientes se alargaron, y los caninos sobresalían de su boquita de fresa, que se embraveció. Los ojos de Caperucita, normalmente azules, se tornaron marrones con una pupila de desproporcionadas dimensiones. Y los pies, antes pequeños y recogidos en unos zapatos de doble lazada, se rompieron al aparecer unas patas traseras lobeznas.

Hasta este punto, nuestro bien amado lector seguramente ya ha deducido que el encuentro sexual de Caperucita Roja con ese desconocido le contagió el virus de la licantropía. Y ese, hasta día de hoy, no tiene más cura que las balas de plata.

La joven sintió un hambre feroz y aulló con ansia a la noche, ante los ojos de su asustada abuela, que apestaba a fluidos corporales por el miedo.

Al momento apareció una manada de lobos que se movían con ferocidad y cautela al mismo tiempo, para conocer al nuevo miembro del clan. Surgió de la nada un hombre lobo, más alto que cualquiera de los anteriores y al instante supo que era el voyeur desconocido con el que había estado retozando momentos antes.

Estaban famélicos, y como nuestro querido lector sabrá, los lobos cazan siempre en manada.

No necesitaron otra excusa que el hambre para irrumpir en casa de la pobre y ermitaña abuela de Caperucita, que fue devorada por su nieta en su práctica totalidad, en menor tiempo que el que emplea una meretriz en bajarse las faldas.

El cazador que apareció poco después tampoco fue problema, pues el desconocido hombre lobo le atacó la yugular antes que tuviera tiempo de recargar su escopeta y aún gritaba asustado cuando los lobos menores le devoraban las entrañas.

¿Puede nuestro lector imaginar tal escena; tal orgía de gritos y sangre?

Falte decir, para beneplácito de quien nos lee, que los gritos de dolor se oyeron más allá de los lindes del bosque, donde una turba de aldeanos encendía fogatas, sobresaltados por los aullidos de los lobos, al ver que su avanzadilla, el cazador que siempre nos narra el cuento, no aparecía.

Y esta narradora puede decir, ya que todo lo ve, todo lo oye y todo lo siente, que la turba de aldeanos apestaba a miedo y orín, y que si no fuera por la presión social, cada hombre del pueblo estaría encerrado en su casa, con su mujer y sus hijos arrebujados junto al fuego. Pero las turbas, ya se sabe, son una forma como otra de pánico colectivo.

Más de cincuenta hombres armados partieron al bosque con las antorchas, pues la luna se había escondido de nuevo, en busca de esa manada de lobos que les devoraban a las ovejas y a las hijas. Ninguno volvió.

El motivo de su no regreso no es otro que nuestra joven amiga Caperucita Roja, que se ofrecía a cada hombre que veía, según lo que su corazón escondía y estos, siempre corruptibles, no deseaban otra cosa que poseerla con todas sus fuerzas para, en el momento de dejar correr su semilla en el vientre de la joven, ser devorados por una manada de lobos asesinos.

El primero al que engañó fue al panadero, que siempre la había mirado con ojos de lascivia y le había insinuado obscenidades con barras de pan de por medio.

El próximo fue el campesino, que era acompañado por tres de sus jornaleros y poseyeron a Caperucita a la vez y en las más variadas posturas, que pueden correr a cargo de nuestro lector.

Llegó el turno del clérigo, que acompañado por el monaguillo quisieron recorrer todos los orificios del cuerpo de la joven.

El juez y el verdugo del pueblo fueron los más salvajes, pues acabaron de arrancar la ropa de la joven que se fingía asustada y le devoraron con ansias senos y partes íntimas, mientras ella se mantenía dócilmente atada a un árbol.

El viejo alcalde, así como el alguacil, llegaron al clímax antes de empezar, al ver la firme desnudez del cuerpo de la joven.

El verdulero, el ebanista, el carnicero, el barbero, los albañiles y el tabernero… Todos sucumbieron ante Caperucita Roja; roja de sexo, roja de sangre.

Y así fue como esa noche ningún lobo tubo hambre ni ninguna mujer esposo.

Pero atención lector, pues el relato no ha acabado y queda una última advertencia.

Ilustración de Rosa García

Se rumorea que aún hoy, Caperucita Roja ronda los bosques en busca de hombres y mujeres, para saciar su sed de sangre y sexo.

Maria Cristina Salvans Martínez

17/7/2013

Zorrinieves y el espejo mágico

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Género: Humor Negro

Rating: + 16

 Este relato es propiedad de Paloma Muñoz. La ilustración es propiedad de José Vicente Santamaría. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Zorrinieves y el espejo mágico.

La gran exposición que se va a celebrar, atrae a todo el mundo. Todos quieren estar en el museo. El acontecimiento rehune a lo más granado y selecto de la sociedad.

Y para dar lustre al evento el gran pintor, ilustrador y diseñador Joseph Vincent Saint Mary asiste en calidad de invitado especial con una obra de ultimísima hora.

Todo está dispuesto. La inauguración de la exposición se ha preparado, controlando todos los detalles al milímetro.

Es sin duda, un momento especial para Saint Mary y su obra que, junto a la de otros afamados artistas, participa en una muestra antológica nunca antes vista en la ciudad.

Se trata el acontecimiento de la temporada, del año, de la década, tal vez del siglo.

Pero vamos a hablar un poco de la exposición.

Lo curioso y llamativo de esta reunión de obras es un motivo común: la visión de los artistas de una serie de afamados cuentos infantiles pero vistos por los ojos de los adultos.

Esto quiere decir que los célebres cuentos que nos contaban en la infancia y que veíamos en las películas de Disney, han cambiado su sentido y la estética.

A fin de cuentas se trata de una interpretación muy personal de los artistas.

Así por ejemplo, vamos a encontrar una versión de Caperucita roja con la famosa cestita de comida para la abuelita llena de sangre a rebosar que mana de la cabeza cortada del Lobito Feroz.

También podremos admirar a una Cenicienta que clava el tacón de su precioso zapatito de cristal en el ojo del Hada Madrina por haberle cortado el rollo a las doce de la noche.

Contemplaremos la alucinante composición de los tres cerditos asándose en la gran olla que habían preparado para el malvado lobo que destrozaba sus casitas y que, por lo que se adivina en el cuadro, había sido precisamente él quien se había adelantado a los acontecimientos y había puesto una trampa para que cayeran los gorrinitos.

Todos los cuentos infantiles que tanto amamos en nuestra niñez están representados en sus versiones más heavies o gore por decirlo de una forma más “gráfica”.

Cuando la bella durmiente del bosque se queda dormida sobre un precioso lecho de rosas rojas, rojas como la pasión más desenfrenada, a la espera de ese encantador príncipe valeroso y enamorado que acude a rescatarla y que va subiendo los escalones de la gran torre de dos en dos y de cuatro en cuatro, no va a encontrar a la bella Aurora sobre la camita no, el pobre se va a llevar la sorpresa de su vida cuando le abre de un certero tajo la cabeza en dos con un hacha (que no sabemos a ciencia cierta de donde la ha sacado la linda princesa), y le suelta:

─“¡Esto es por haberme hecho esperar tanto tiempo, mamón!”─

Naturalmente, los artistas han bebido de las fuentes clásicas y populares y conocen las historias contadas durante muchas generaciones a los pequeños. Por eso son muy fieles a las representaciones pictóricas de los personajes y, por lo tanto, el hecho de implantar el toque macabro, sangriento, violento, truculento y sexual, no hace más que añadir un interés colectivo fuera de lo común a la exposición, y un morbo estratosférico asegurado.

Es decir que la expectación se está convirtiendo en un fenómeno de masas.

Por cierto, ¿hemos dicho sexual? Bueno, ahí es donde entra la obra de Joseph Vincent Saint Mary.

Pero antes de entrar en detalles, vamos a proseguir con sendos ejemplos de las versiones de los maravillosos cuentos de los Grimm Bros, de H.C. Andersen o de Perrault, como por ejemplo Piel de asno.

En Piel de asno, una joven y hermosísima princesa huye del castillo con una piel de asno que le cubre el cuerpo para no ser reconocida.

El motivo de la huida no es otro que negarse a contraer matrimonio con su propio padre y cometer incesto. Pues bien, en una serie de tablas se recrea la versión de este ─ya de por sí─ truculento cuento y que relata lo siguiente:

Piel de asno cargándose a su propia madre. Piel de asno acicalándose para presentarse ante su afligido padre. Piel de asno intentando seducirlo. Y por último Piel de asno practicándole una felatio entre amplios cortinajes.

¿Duro, no? Me refiero al cuento, naturalmente.

En “La casita de chocolate” o “Hansel y Gretel” de los mencionados hermanos Grimm, sabemos que los dos hermanitos se pierden en el bosque y encuentran una preciosa casita toda recubierta de chocolate con el tejado de mazapán y las ventanas de caramelo. Los niños entran y se topan con una repelente bruja que se “los quiere papear” cocinados en una gran caldera hirviendo.

Bien, pues en la versión gore de uno de los artistas, los hermanitos tan ricos ellos, agarran a la bruja, le dan una buena “somanta de hostias” y la echan al caldero. En este punto, cualquier espectador esperaría encontrar la tan preciada y deseada venganza de los churumbeles, pues no.

Los niños tenían ─por lo visto─ una fijación especial por las brujas ya que después de descuartizarla, la hierven en la caldera y se la meriendan.

Eso sí, de postre utilizan parte de las ventanas de caramelo y una pared entera de chocolate ¡golosos!

Un cuento que resulta muy triste y conmovedor es el de “La Sirenita” del gran Hans Christian Andersen.

Después de todos los sacrificios que hace la dulce sirenita para estar al lado del príncipe, este se casa con otra señora y ella pierde la voz y su condición de sirena para vivir como un espíritu del aire con las hadas.

La sirenita del lienzo es una sirenita que no sólo no está dispuesta a sacrificarse por el príncipe amado, sino que lo único que quiere es tirarse a los marineros de los barcos que navegan sobre la superficie de su reino marino. Es decir, nos hallamos ante una sirenita ninfómana.

Bien, se acerca el momento de la gran obra expuesta para regocijo de todos. Pero antes una mención a la historia de la princesita Rapunzel o Verdezuela.

Más conocida en los países latinos como “Rapunzel, la de las largas trenzas”, se nos presenta a una preciosa muchachita encerrada en una torre por una celosa y obsesionada bruja que no la deja ni a sol ni a sombra.

El príncipe, cautivado por la voz de la chica que escucha desde el bosque decide saber de quién se trata y ella al verlo queda prendada de él y le lanza las enormes y kilométricas trenzas para que suba al balcón y así comenzar su rendezvous.

En la versión del artista, Verdezuela o Rapunzel es una fetichista y una sádica que utiliza la cabellera dorada para atar y amordazar al príncipe,

sacarle hasta los hígados a base de lametones; golpearle, pellizcarle, quemarle y finalmente colgarlo del techo con las dichosas trenzas.

A todo esto la bruja, dama Gothel o la señora Gothel, sin tener ni pajolera idea de que el objeto de su deseo es un monstruo.

De modo que lo de: ─“¡Verdezuela, Verdezuela! ¿Me lanzas la cabellera?─, sería más bien: − ¡Verdezuela, Verdezuela, aquí el que no corre, vuela!─

Y por fin llegamos a la pieza maestra, la obra estrella de la exposición:

“Zorrinieves y el espejo mágico”.

En la obra, contemplamos con asombro como una hermosa y exuberante Zorrinieves se ata al tobillo izquierdo la correa de unos zapatos rojos de tacón de aguja.

Por la actitud de la joven, observamos que está a punto de subirse la liga de fina lencería mientras apoya el pie izquierdo sobre un taburete.

La chica está mirado al espectador con una expresión de descaro, sabiéndose tremendamente atractiva, sexy y provocativa.

Un tanga amarillo se ciñe al contorno perfecto de las nalgas y con el cuerpo echado hacia delante, deja ver a la perfección los pechos bajo una blusa azul de gasa.

El toque más divino −de la figura de Zorrinieves− es esa diademita roja con forma de lacito que luce sobre el lustroso y sedoso cabello castaño.

Un guiño al personaje de la bella, dulce y encantadora Blancanieves. Sí, la de los siete enanitos del bosque.

Pero esta nueva Blancanieves se dispone a “vestirse para matar”, como el título de la famosa película de Brian de Palma.

La figura de la madrastra se ve reflejada en el gran espejo y la señora, que está de muy buen ver, tiene pinta de madam de burdel clásico, aunque pueda parecernos una especie de vampiresa seductora que sostiene una gran manzana roja en la mano y que parece estar diciendo:

─ ¿Qué? ¿te atreves a comer esto, o no?─

Pero lo que “rompe la armonía” (por así decirlo) en el cuadro, es la imagen de un robot. Pero no se trata de un robot cualquiera. Se trata de Rusty 7464, el famoso héroe de la nave Astrea al mando de la comandante Luna Wald*

Podemos conjeturar que a Zorrinieves le van los tíos de pecho de lata. Podemos especular sobre el voyeurismo del simpático y peculiar robot. Podemos intuir que entre Zorrinieves y Rusty hay algo más que un retrato de por medio. Podemos imaginar que se lo hacen juntos.

De nuevo, es el recurso del artista para que el espectador participe con sus elucubraciones.

Pero volvamos a Zorrinieves.

Zorrinieves, después de retocarse, bien podría ir a currar al burdel de la madrastra, o podrían irse las dos juntas a comérselo todo, o quién sabe lo que podrían hacer estas dos bigardas juntas o cada una por separado.

Ahora bien, vamos a dar una sucinta versión de una supuesta historia, teniendo como punto de partida las impresionantes y provocativas imágenes de Zorrinieves y la madrastra.

Ilustración de José Vicente Santamaría

La espectacular chica se viste o más bien se desviste para ir a trabajar al burdel de Lady Gothic. Sabemos que Lady Gothic es su querida madrastra que en el cuento original es una perra envidiosa y celosa de mucho cuidado y que en la representación de Saint Mary aparece como una madam con pinta de castigadora y de tener el cotarro muy bien controlado.

En la versión de Saint Mary, Zorrinieves abandona su clásico repertorio de candidez, inocencia, ternura, ensoñación y anhelo por encontrar a un apuesto príncipe que la saque de la lamentable situación en la que la zorra de su madrastra la ha sumido.

Esta Zorrinieves se salta a la torera todos los cánones del celebrado cuento y ni enanitos ni nada. Ella lo tiene claro.

En cuanto al papel del espejo en la obra, y aún a riesgo de ponerme intelectualmente un poco pedante, se me ocurre que, debido a que posee un doble significado simbólico: primero como la verdad y la prudencia, en relación al conocimiento que uno tiene de sí mismo, y segundo como un atributo de la lujuria y de la vanidad. Francamente, me decanto por esto último.

Por lo cual la famosa conversación que sostiene la reina convertida en madrastra con el espejo mágico no tiene mucho sentido en esta nueva situación que plantea Saint Mary:

−Espejo, espejito mágico, ¿hay en el reino alguna otra mujer más hermosa que yo?

−Sí, mi reina y señora, hay otra más bella que tú.

− ¿Y quién esa mujer?

−Blancanieves es ahora la mujer más hermosa de la tierra.

Más bien la conversación iría por estos derroteros:

−Espejo, espejito mágico, ¿sabes dónde esta mi hijastra, la princesa Zorrinieves?

−Se está acicalando para pirarse al puticlub, mi reina y señora

− ¿Y quién es la mujer más hermosa del reino, aparte de nosotras?

−No hay ni puede haber en el mundo dos mujeres más impresionantes y buenorras que vos y que la princesa Zorrinieves, vuestra majestad.

−Me gusta tu contestación. Digamos que me agrada escuchar que somos las dos tías más flipantes del universo. Por esta vez te has vuelto a librar de que te rompa en pedazos.

Bueno en fin, que este tipo de conversaciones (se pueden sugerir mil y una) a la postre pueden resultar un poco aburridas y muy vistas si no se echa un poco la carne en el asador y como ya hemos hablado de carne, explícita e implícitamente, vamos a dar por finalizado el tema.

Sin embargo, todas estas sugerencias (porque en el fondo no son más que sugerencias de quien escribe este artículo) las dejamos a la imaginación del espectador que se acerque a contemplar la impresionante, fascinante, morbosa, inquietante, truculenta y única exposición que, por cierto, se titula: “La perversión de los cuentos infantiles. Un enfoque que va más allá del bien y del mal”

Para finalizar que conste que no he revisado la obra de Betthelheim ni de Nieztche.

Muchas gracias por vuestra atención.

Paloma Muñoz

Madrid, 8 de julio de 2013

*Ver el relato “Huida de Nibiru” de la 10ª convocatoria de Surcando Ediciona. (Nota de la autora)

Scheherezade

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: Elsa Martínez

Género:  Relato de aventuras

Rating: Todos los públicos

 Este relato es propiedad de Conchita Ferrando de la lama. La ilustración es propiedad de Jesús Rodríguez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Sheherezade.

El tema de Cuentos es tan amplio que puede dar pie a tomar como ejercicio cuentos ya escritos por sus autores, que son propiedad intelectual solo suya y nadie debe cambiar ni una coma de ellos. Yo respeto tanto esos derechos, fundamentados en su tradición, calidad y autoría, que he preferido tomar y entrecomillar solo alguna frase sobradamente conocida del gran libro de cuentos que me ha inspirado este relato, pero sin tomar ningún cuento en particular. Así he creído que debía hacer y lo he hecho.

Suelen tener los cuentos para niños, además de su candor, ternura y colorido de situaciones, una finalidad “modélica” que influye mucho en ellos. A veces con advertencias envueltas en entretenidas historias, para que las recuerden; a veces mostrando lo que son el mal y el bien, para que lo tengan presente. En general todo esto marca mucho la primera conducta de los niños y es bueno cuidar muy mucho lo que se considera cuentos para niños porque son también su primera escuela.

He tomado en mis manos un libro de Cuentos para mayores, pues los cuentos de niños son solo para niños, aunque les encanten a los mayores.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Las Mil Noches y Una Noche es un antiquísimo libro de  historias tan universales que, aún sacadas de su contexto histórico de tiempo, lugar y circunstancia, siguen teniendo el valor incalculable del “poder de la palabra”, combinada con la inteligencia, discreción y saber estar de quien la utiliza, sobre todo si es para algo positivo.

Los cuentos que se narran en Las Mil Noches y Una Noche transmitidos casi únicamente por tradición oral han sido conocidos en occidente como obras sueltas e inconexas desde tiempos muy remotos.

Realmente todos ellos están unidos por el nexo común de pertenecer a un gran libro manuscrito encontrado en Siria, seguido de otros en El Cairo, Bagdad, Estambul. Túnez etc. con un fondo de leyendas, relatos y variantes de los mismos cuyo origen antiquísimo está en la tradición oral, redactados sobre ellos en árabe desde el siglo VIII al XVI.

La imaginación exuberante del Islam los ha dotado de escenarios y situaciones llenas de colorido, pero sus fuentes son mucho más antiguas, leyendas hindúes y persas narradas por los rapsodas de esas épocas.

Es indiscutible el misterio de pervivencia y hechizo de su valor humano. Son historias intemporales sobre la belleza, el amor, el misterio, el poder, el ingenio y la discreción.

Entonces, tal como ahora, el poderoso era también caprichoso y no conocía límites, pues tenía a su disposición todos los recursos, pero al igual que ahora, ni el tener todos los recursos y el mundo a sus pies, le resultaban suficientes para lograr eso tan etéreo que se llama “la felicidad”, o tal como dicen ahora “estar completamente realizado”.

El exceso de facilidades le aburre.

La repetición de sus actos de poder le agota.

Las contrariedades le irritan.

La sumisión le enerva.

En todos los tiempo de la historia, los remotos o los modernos, hay veces en que este “encefalograma plano” se rompe. Surge algo o alguien. No tiene por qué ser sublime, ni extraño, ni extraordinario.  Puede ser algo sencillamente diferente y apropiado a la situación… y provoca una revolución invisible, silenciosa  que mueve todo a su alrededor, como ocurre en Las Mil Noches y Una Noche cuando Schehrezade llega, como una doncella más, para dar compañía y disfrute a un rey poderoso, insomne por su propio aburrimiento de poder, que solo disfruta una noche de cada doncella y al llegar el día las manda matar sin que se le mueva la mínima fibra.

[..]Scheherezade sabía que el rey la reclamaba a su lado para pasar una sola noche y que su destino sería el de todas… morir de madrugada. 

Eso era lo rutinario, pero ella supo alterar esa rutina con ingenio, carisma, sencillez, prudencia y belleza.[…]

Pidió al rey que su hermana estuviese con ella cuando acabase la noche.

Cuando el rey hubo disfrutado los favores de Scheherezade, como había hecho con tantas otras, y llegó el nuevo día en que su vida se acabaría, su hermana solicitó al rey el favor de permitir a Scheherezade contar una de esas bellas historias que tan bien  sabía contar y que entretenían tanto a quienes las escuchaban.

Puso al rey ante un reto de curiosidad o novedad… y el rey aceptó y le pidió que contase una de esas historias.

La vida de Scheherezade se había salvado, al menos por una noche… y ese reto a la curiosidad del aburrido rey le valdría para salvarla durante muchas noches más… Y para ganarse al rey con su dulzura, prudencia, inteligencia y belleza.

Un coctail infalible hace siglos, hoy, mañana y dentro de otros mil años…

[…]He llegado a saber ¡Oh rey afortunado!… Que hubo una vez…

Así comienzan todos los cuentos de Las Mil Noches y Una Noche

Y siempre terminan con una lección de sabia prudencia:

[…] Scheherezade vio que llegaba el día… y guardó silencio discretamente…

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La sala de prensa del diario La Voz rebosaba actividad.

Acababa de abrir nueva delegación en una importante capital de provincia, emergente en actividades culturales, industria alimentaria, exportaciones internacionales, nudo de comunicaciones y centro estratégico.

Absorbió todas las instalaciones de un antiguo diario.  Su nuevo director, joven pero con gran experiencia, había decidido renovar todo el equipo: las instalaciones y las maquinarias, poniendo muy por delante de los demás diarios sus dotaciones técnicas y humanas.

Se descargaba sin interrupción tanto mobiliario moderno como sofisticados aparatos, o se cambiaban espacios para hacerlos más operativos y se transformaban otros para darles mayor prestancia de imagen.

Todo funcionaba como un reloj.

La radio y la televisión habían entrevistado unos días antes al nuevo director, que llegaba rodeado de una aureola de triunfos en otros medios de comunicación, acrecentados por el incidente ocurrido nada más llegar a la ciudad al escapar de modo casi milagroso de una persecución en la que todo indicó que era objetivo de terroristas para quitarle la vida…..

Su valor y la suerte evitaron que le alcanzaran y, aunque se trató de quitar importancia al hecho, casi todos los medios intuyeron que alguien tan “perseguido por lo que sabía y valía” habría de ser alguien con muchos méritos, contactos e información.

A media tarde todo estaba casi terminado de organizar y de colocar en la nueva redacción de La Voz, y el director junto al subdirector, daban los últimos toques a la labor del equipo para que funcionase sin un solo fallo.

Era muy exigente, pero el respeto de quienes le rodeaban se lo ganaba día a día, y todos se sentían privilegiados de trabajar allí con él.

Solía aislarse algunos ratos en su despacho, tras su enorme mesa nueva de madera de raíz de diseño ergonómico, con la espalda bien apoyada en el respaldo de su sillón de pura piel color cereza oscuro, mientras repasaba en su mente, con los ojos medio cerrados, todo lo que se había hecho y lo que faltaba por hacer.

La jefa de redacción le comunicó por el interfono:

—D. José Antonio, ha llegado una noticia algo extraña. Se la paso. Es sobre un posible intento de atentado en el arsenal y es muy confusa….Está ya preparada para salir mañana, pero muy escueta porque es contradictoria y hay muy poca información sobre ella.

El director se incorporó y con gran interés pidió todo el informe sobre la extraña  noticia.

En cuanto lo tuvo sobre la mesa comprendió que era de lo más inverosímil, pues una alarma de emergencia por bomba en el arsenal, supuestamente de origen terrorista, suele llevar un desarrollo con sospechas, filtraciones de confidentes… operativos de vigilancia… pero así, tan repentina, era muy rara. Habría que ser muy cautos, dada la naturaleza militar del arsenal.

Dio las órdenes en ese sentido y volvió a sus papeles sobre la mesa.

Su secretaria entró con algunos documentos y le comunicó que había llegado una señorita que, por lo visto, él había citado allí para esa tarde.

El director recordó de inmediato y pidió a la secretaria que hiciese pasar a la señorita pues la había llamado él para concretar su posible incorporación al equipo, ya que conocía su trabajo en el antiguo diario que había absorbido La Voz.

Se levantó para recibir a la recién llegada, con la que había coincidido alguna vez en su antiguo periódico y que recordaba sobre todo por su buen trabajo como especialista en entrevistas.

La recordaba delgada sin exceso, con una bonita figura aunque discreta,  pelo suelto en melena de suaves ondas color caoba oscuro, ojos muy oscuros, algo rasgados, con chispas vivaces y una sonrisa que siempre la adornaba y daba la impresión de que todo lo podía sin apenas esfuerzo y lo contagiaba a su alrededor.

Esta vez ella había cambiado un poco su aspecto, más sofisticado, y había recogido su pelo bajo una gorrita tipo francés, de punto grueso en color cereza oscuro, de la que escapaba un flequillo rebelde sobre su frente. Llevaba una falda clásica color perla y una chaquetita corta del mismo color cereza que la gorrita.

Entró sonriente, relajada y ambos se dieron la mano.

Él la invitó a sentarse en los sillones que había en el despacho, con una mesa redonda delante, en cuya pared del fondo lucía el anagrama nuevo de La Voz sobre una gruesa cristalera moderna de hormigón, vidrio y acero.

—Encantado de volver a verte, Schery, y de tenerte aquí para que formes parte de este nuevo equipo en el que espero sigas realizando el trabajo de entrevistas que ya he conocido de ti, y que quisiera que comentásemos si estás dispuesta a participar con nosotros.

—Encantada, José Antonio. He viajado al recibir tu llamada a mi casa, y he tenido que solventar algunos pequeños problemas que surgieron casi a la hora de salir para poder llegar a tiempo. Ha sido algo relacionado con el arsenal militar… y ya sabes el control que existe allí para todo lo relacionado con la seguridad, de modo que pensé que iba a tener que dejar mi viaje para mañana, pero al final todo se ha arreglado y aquí estoy, dispuesta a escuchar tus proyectos y tu propuesta.

—¡Caramba, precisamente me acaban de pasar una noticia relacionada con eso! — los ojos de José Antonio, el director, se abrieron interesados— ¿Sabes algo de esto?

Schery se acomodó con naturalidad en el sillón, miró al director un momento, se inclinó levemente hacia delante y asintió

He llegado a saber…………………

—Supe casualmente que hubo una emergencia en el arsenal. Estaba en casa de una amiga y se oyeron las sirenas de alarma. Ella vive muy cerca… ¿te interesa que te cuente lo que ha pasado?

El director se inclinó un poco hacia ella, con gran interés por escuchar lo que le podía contar de primera mano.

Ella parpadeó unos segundos, discretamente, para poner en orden sus ideas y poder resumir todo lo que había vivido aquel mismo día, que era mucho aunque por fortuna no había resultado nada grave.

—Parece ser que alguien (cuyo nombre me permitirás omitir por prudencia) entró de visita esta mañana al arsenal. Pasó por el  servicio de seguridad de la puerta, que rastrearon con el escáner por debajo de su coche, lo revisaron, le pidieron su identificación  y le dieron una tarjeta de control para acceder al interior, pues iba de visita a casa de unos amigos que viven allí. Como nunca había estado en esas instalaciones, se dirigió a casa de sus amigos, estuvo un rato y luego volvió a la puerta de salida con algo de prisa, pues tenía algo urgente que hacer.

—Delante de su coche había una furgoneta que le tapaba la vista de la puerta y de los soldados de seguridad que había en ella. La furgoneta salió directamente sin parar… por lo cual esta persona la siguió y salió también sin que le hiciesen parar.

Con la prisa no volvió a pensar más y fue a la gestión urgente que debía hacer, muy cerca de allí.

—En esa reunión estaba yo también.

—De pronto  se oyeron las sirenas de alarma dentro del arsenal y alguien comentó que aquello significaba que algo importante estaba pasando.

—Esta persona, al oír eso, se puso pálida y de pronto se dio cuenta de que llevaba todavía la tarjeta de control que le habían dado al entrar. A toda prisa llamó desde allí por teléfono a sus amigos del arsenal para decirlo. De este modo todo quedó en una alarma, falsa claro, pero provocada por la falta de dos tarjetas de control que no se entregaron al salir: la de la furgoneta de limpiezas que salió delante y la de esta persona, que no sabía que debía haber parado para entregarla al salir.

—El lío fue grande, porque parece ser que había unos submarinos allí fondeados que se sabía que podían ser “objetivos” de terroristas… y todo coincidió en pocos minutos. Incluso se avisó a los buceadores de la Armada para rastrear  alrededor de esos submarinos, por si había alguna bomba puesta… Pero al final, con la llamada que hicimos desde casa de esa amiga, todo se aclaró. Llevamos la tarjeta y yo salí de inmediato para venir aquí.

Los ojos del director demostraban una sorpresa enorme y al tiempo un gran interés por lo que la joven Schery le iba contando.

—Bueno, pues alarma lógica pero con final feliz. ¡Si que estabas en el sitio oportuno en el momento oportuno Schery! Me gusta pensar que vas a estar así de cerca de la noticia y que voy a tener la primicia siempre para nuestro periódico.

—Ahora mismo voy a pedir que rectifiquen lo que se iba a publicar, y creo que lo mejor es pasar por alto esa alarma y que el arsenal siga con su actividad de siempre sin crear preocupaciones. Ha sido muy eficaz tu explicación Schery.

—Si tienes tiempo, podemos ir a tomar un café y que redacten mientras un contrato para ti, con todas las cláusulas bajo tu conformidad. Si deseas que haya algo que se especifique, no tienes más que decírmelo y lo veremos juntos. Ya sé que en el otro periódico donde trabajaste en el tiempo en que yo también estuve allí, pediste algunos puntos especiales. No te preocupes que aquí también los tendrás y serás dueña y señora de todo lo que firmes.

—Estaré encantada de trabajar aquí contigo. Creo que eres un director muy eficaz y con mucho tacto para todo. Me parece bien que charlemos de más cosas mientras tomamos un café tranquilos y ya te comentaré la exclusiva que tengo prácticamente confirmada, que va a abrir página con seguridad…  Eso  lo hablaremos el próximo día, pues ya sabes que tengo que viajar para volver a mi casa y me gustaría poderte exponer todo con detalle… sin prisa.

—Perfecto, vamos a tomar algo. Le dejaré a mi secretaria todos tus datos. Tendremos un rato para hablar y, desde luego, te espero el próximo día con todas esas ideas y esa exclusiva que me llena de curiosidad e interés ¡vamos!

Y schehrezade vio llegar la primera luz del día, y guardó silencio discretamente…

Schery volvió a su casa sonriente y contenta de cómo había sido la entrevista de trabajo y, cómo la casualidad o tal vez su facilidad para estar siempre en el lugar adecuado en el momento adecuado, le habían puesto casi en bandeja la firma de su nuevo contrato.

Pasarían muchos días y muchas reuniones en su nuevo periódico en las que siempre era capaz de traer la primicia de la noticia adelantándose a los demás, a base de su trabajo constante en el anonimato, sin horarios y sin cansancio.

El director siempre reservaba unos momentos tranquilos cuando ella acudía con su carpeta de suave piel color cereza bajo el brazo, llena de novedades y con la “gran sorpresa” de su entrevista para abrir página, en la que tenía plena libertad para elegir, contactar y realizar, siempre a punto para entrar en rotativas con los titulares más atractivos, con fotografías bien hechas por el fotógrafo de su confianza que ella llevaba siempre y, sobre todo, con una exclusiva que era capaz de sacar al entrevistado solo para su periódico. Nadie lograba saber cómo lograba meterse dentro de la propia piel de cada personaje, ni cómo su hechizo discreto mantenía sus métodos y fuentes a salvo de quienes intentaban descubrirlos.

Hubo una vez cierta ocasión…

Con ocasión de la inauguración de la Expo de Sevilla, la avalancha de medios de comunicación y el propio desorden que superaba los acontecimientos hacía difícil coordinar la presencia del periódico La Voz de modo importante y cercano a las ceremonias de ese día…

Había nervios por parte de todos porque la fecha ya estaba encima y faltaban las acreditaciones principales.

Schery acababa de llegar de Madrid y traía varios proyectos importantes en su carpeta para ver con el director tal y como solían hacer.

Encontró a José Antonio preocupado y nervioso pero, tal como era su costumbre, calló discretamente sin dar muestras de notarlo.

Durante la conversación, ella comentó su visita al embajador de un país hispanoamericano en Madrid, pues mantenía con él una buena relación al ser los dos escritores. Fruto de esta visita había resultado el que la invitase a la ceremonia de inauguración, con una acreditación especial de la Embajada.

José Antonio se centró totalmente en sus palabras, y su gesto pasó de ser preocupado a ser de atención e interés.

Mi idea —comentó Schery — Es aprovechar esa invitación para estar cerca de tantas personalidades en la ceremonia de inauguración y cerrar algunas posibles entrevistas con ellos, pero sobre todo me interesa  hacer un trabajo sobre El Oro de América, que ya sabes que ocupará un ala del pabellón de América, aunque he oído que tienen dificultades con la seguridad por la cantidad de valiosas joyas, ídolos y arte que van a traer … pero ya veré allí cómo lograrlo.

El gesto de José Antonio se había relajado y ahora sonreía mientras escuchaba lo que Schery le contaba. Podría ser una solución a todas sus preocupaciones. Habría dos “delegaciones” de La Voz en la Expo: Una del equipo directivo, con José Antonio y Luis, el subdirector,  como representantes y otra con salvoconducto diplomático y libertad total de movimiento para Schery, que nadie sabía si podría finalmente hacer su reportaje sobre El Oro de América, pero que los hados protegerían como siempre y lo lograría…..

Llegó el gran día. Schery puso su tarjeta diplomática bien visible y acompañó durante un rato a José Antonio en los actos de apertura.

Las distancias allí eran enormes y el trenecito que el día anterior les había trasladado por el interior cómodamente, no funcionaba por seguridad ante la presencia de los Reyes.

Invitados y autoridades vagaban cansados y desorientados, pero sin perderse nada del evento.

La llegada de los Reyes fue el momento cumbre y José Antonio, el director, junto con Luis, el subdirector, se dirigieron al lugar señalado para los medios de comunicación.

Schery quedó en reunirse allí, después de algunas gestiones que quería hacer. Tendrían después tiempo de contar informar de muchas cosas interesantes que podrían ocurrir…

Cansada, con sus bonitos zapatos de tacón empolvados de la tierra seca de un día de calor sofocante, con su vestido de coctel estampado en cachemir amarillo oro sobre negro, que no le permitía correr como hubiese querido, se dirigió al pabellón de América que en ese momento estaba bastante tranquilo por la aglomeración de todos en las cercanías de los Reyes, en el pabellón de España.

Examinó el terreno y vio que la mayoría de zonas tenían  letreros de prohibición, acotados con postes y cordones con borlas para impedir el paso.

Era un contratiempo para su plan, pues el ala del Oro de América estaba en un piso alto y el ascensor de subida clausurado por seguridad de la zona.

Había guardias y nadie podía ir por libre. Tenían que ir con el guía de acompañamiento y eso era lo último que Schery quería.

En el grupo de invitados vio de pronto a uno de los profesores de historia que había conocido en la Embajada. Era muy joven y amable y vino a saludarla. Schery se había quedado un poco detrás del grupo y el guía iba delante con todos. El ascensor lateral no estaba lejos y tal vez funcionaba, pero había que traspasar la línea de cordones con borlas que impedía pasar.

Los soportes de los cordones eran fuertes y debían tener peso.

En un momento dado Schery cogió el cordón y lo bajó un poco. Sin pensarlo dos veces se apoyó en el joven profesor de historia e intentó saltar.

¡Ayyy! Su vestido de coctel tenía la falda estrecha y se enganchó. El soporte cayó al suelo y el guía volvió la cabeza por el ruido a ver qué pasaba.

Schery con cara de inocencia estaba ya lejos disimulando, guardando papeles en su bolso.

El pobre profesor, al que había cogido todo de improviso, no sabía ni qué hacer, pero el guía no se fijó en él.

El grupo siguió su camino y en ese momento el guía se puso a explicar lo que recorrían, así que Schery se apoyó de nuevo con fuerza en el brazo del profesor, y esta vez pudo saltar la línea de cordones y postes, doblando la esquina rápidamente hasta el otro ascensor que, por fortuna, estaba abierto y funcionaba…

¡Pista libre hacia el Oro de América!

Pero.¡los designios de Dios son inescrutables!

La gran Sala del Oro de América estaba a medio preparar, con todos los enormes objetos de oro cubiertos por telas blancas y, lo peor de todo, con vigilantes armados que no perdían de vista a aquellos dos intrusos que acababan de aparecer…

El joven profesor, que había seguido a Schery dispuesto a no perderse aquella loca aventura, se quedó también algo indeciso, pero Schery recompuso su atuendo, colocó su acreditación distintiva bien a la vista y entró decidida.

El vigilante no sabía bien qué hacer: ¿detener a aquella señorita con una credencial diplomática? ¿ponerse a su disposición?

Optó por preguntar qué deseaban e informar de que la sala todavía no se podía visitar.

Schery, con su gesto de máxima inocencia y desconsuelo, explicó al guarda:

—Por favor, mi  legación confía en que  haga un estudio sobre lo expuesto en El Oro de América, He dejado a mi legación camino de la comida con los Reyes y me reuniré allí con ellos.  Me va a resultar terrible no poder llevar NADA sobre El Oro de America… por favor… me voy a sentir fatal con ese fracaso.

El guarda estaba perplejo, miró a su compañero y decidió:

—Bueno señorita, solo puedo dejarle que vea un par de objetos, pero solo eso, y enseguida se tienen que marchar.

—Muchas gracias. Me salva usted este momento tan malo. Solo un par de objetos y nos vamos.

Ilustración de Jesús Rodríguez

Diciendo esto, Schery cogió el borde de una de las telas, lo levantó un poco y miró aquella maravilla.

Tomó su máquina de fotos y le hizo señas al profesor para que distrajese al guarda. Mientras hablaban, ella levanto dos o tres telas más, y disparó su máquina tan rápido como pudo…

Luego dieron las gracias a los amables guardianes y salieron.

Schery se despidió con todo el agradecimiento del mundo de aquel joven y lanzado profesor que la había acompañado y emprendió el camino hacia el pabellón de España, donde se celebraba la comida con los Reyes.

Iba radiante, con los zapatos más sucios de polvo que nunca, con el pequeño chal de adorno, a juego con su vestido, colgando y enredado en la carpeta, con el sudor pegado a la frente rizando su flequillo y medio despeinada, pero radiante.

Cerca ya de la entrada al Pabellón, dos soldados le salieron al paso. Sus armas le quedaban muy cerca de la cara.

—¿Qué ocurre, guardias? Llevo mi credencial para la comida en el pabellón de España.

—Ya, ya lo vemos señorita, pero se ha retrasado usted mucho. Se  ha hecho tarde y han mandado sellar la entrada. Lo sentimos. Usted no va a poder entrar a esa comida.

Y Scheherezade vio como el sol recorría sus últimos momentos del día… y guardó silencio discretamente…

Hubo muchas más historias reunidas por Schery para írselas contando al exigente director, que cada vez que ella llegaba con su carpeta de piel bajo el brazo, su gorrita rojo cereza y su sonrisa confiada, vivía todos esos momentos relajado e interesado y  deseaba siempre que llegase la próxima historia, exclusiva o proyecto de Schery.

¿Qué diferencia puede haber entre los cuentos que Scheherezade contaba al Rey afortunado, hace más de mil años, y estas otras?

El substrato del alma huma funciona  del mismo modo ahora que hace mil años:

El poder de la palabra combinado con la inteligencia, la cultura, la discreción y la belleza.

La información es poder, y solo hay que saber utilizarla, que no es poco. 

Las referencias bibliográficas, nombres de títulos, etc suele ir en cursiva. En ocasiones se puede utilizar la negrita, pero nunca ambos recursos.

(Muy a mi pesar) está admitido por la RAE.

Conchita Ferrando

Caperucita, el lobo y la abuelita

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato Fantástico

Rating: + 18

 Este relato es propiedad de Roberto del Sol. La ilustración es propiedad de Daniel Camargo. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Caperucita, el lobo y la abuelita.

Era la primera vez que acudía al Full Moon y, si todo sucedía tal y como había previsto,  también sería la última. El hombre extendió la mano mientras caminaba y entregó al solícito chico de la entrada la tarjeta del deslizador y una buena propina para que se lo aparcase. Lo hizo sin mirarlo a la cara; no tenía ganas de perder tiempo respondiendo al “gracias, señor” del muchacho, y tampoco le apetecía crear un efímero vínculo entre ambos ofreciéndole una sonrisa diplomática. Le desagradaban ese tipo de “obligaciones sociales” con alguien que quizás fuese a morir entre sus manos poco tiempo después.

Comenzó a sentir apetito, y no era el tipo de hambre que se podía saciar al llenar el estómago con comida. Era algo más primitivo, algo que estaba escrito a fuego en los genes de cada especie desde el principio de los tiempos: la necesidad que tenían los animales de aparearse.

Tenía que darse prisa, la luz de la luna llena tiraba de él y no tardaría en caer rendido bajo su hechizo, así que permitió que le abriesen la puerta y entró en el local dejando atrás el lacerante frío de febrero.

El Full Moon era de los locales más elegantes de la ciudad. No podía recordar quién se lo había recomendado, pero le habían dicho que merecía la pena cada dólar gastado entre aquella lujosas paredes de terciopelo. El olor no tenía nada que ver con el de esos otros antros que apestaban a sudor y a ambientador barato, y que acostumbraba a visitar cuando sus negocios lo llevaban a México. Y no era que esto último le desagradase especialmente. Al contrario, le satisfacía porque hacía del juego sexual algo diferente.

Al final, lo único importante era que las chicas no lo defraudasen. Y eso, hasta ahora, nunca había sucedido. Ni en Chicago, ni en México. Las mujeres siempre eran hermosas, cada una a su manera. Por lo menos las que le gustaban a él, que eran aquellas que no tenían muchos años más que los necesarios para no llamar la atención de la policía.

Siguió a una voluptuosa camarera a través de un pequeño laberinto y pasó por delante de una barra atendida por varias mujeres de curvas insinuantes. Todas iban vestidas con prendas ceñidas y diseñadas para enseñar aún más de los hermosos cuerpos al menor movimiento.

Cuando llegó a la sala en la que tenía lugar el espectáculo, escogió una pequeña mesa escondida en la penumbra y alejada del escenario. No precisaba verlo todo en primera fila. Su vista era excelente y deseaba disfrutar tanto de la actuación como de las reacciones del público. Además, necesitaba un poco de intimidad. El hambre aumentaba y no podría retrasar el proceso durante mucho más tiempo. Aunque todavía soportaba el dolor, sentía su piel arder con la fiebre y el sudor ya había empapado por completo la ropa. Extendió los dedos de las manos delante de él y vio cómo los pequeños espasmos musculares los hacían temblar de forma incontrolable. La bestia no estaba siendo amable con él, como en cada cambio, y pugnaba por salir al exterior para verlo todo con sus propios ojos.

En el escenario, una chica bailaba al compás de una música exótica. Tenía mucha clase. Parecía poco más que una jovencita, pero se veía a la legua que estaba acostumbrada a moverse de una forma que hacía que aflorase el lado más primitivo de cada hombre. Conocía la reacción que sus movimientos despertaban en un público ávido de sexo como el que la observaba, y disfrutaba de la situación.

El hombre sonrió ante lo oportuno que le pareció que la joven estuviese disfrazada con una pequeña capa roja que apenas cubría una pequeña parte de su cuerpo.

La camarera que lo había conducido hasta la mesa se acercó y dejó un bourbon delante de él con una sonrisa. Parecía no percatarse de la evidente transformación que estaba sufriendo aquel hombre escondido en el rincón y, si lo hizo, no dio muestra alguna de sorprenderse. Al inclinarse, la mujer acercó sus generosos pechos y hasta él llegó el dulce perfume de ella. No la burda y artificial mezcla de esencias por la que los hombres podían llegar a pagar miles de dólares, sino aquel que latía de forma casi imperceptible sobre la piel: el dulce aroma de la juventud, el de los delicados compuestos químicos que las glándulas liberaban cuando anunciaban que una hembra estaba dispuesta. Era un crimen intentar enmascarar esa fragancia, pero hacía siglos que las mujeres insistían en disfrazarlo y preferían oler como plantas en flor.

Decidió que ya no sujetaría por más tiempo a la bestia. El hambre se había convertido en algo incontrolable, en un río caudaloso que amenazaba con desbordar los cauces de la cordura. Las manos del hombre apretaron los reposabrazos de la butaca con tal fuerza que los astillaron. La fase final del proceso sucedió en un instante. No había nada en el mundo tan gratificante como el placer que sucedía al dolor de la transformación.

Sus ropas se rasgaron cuando su ADN defectuoso obligó a los músculos a multiplicarse hasta alcanzar varias veces el volumen normal. Ya no podía recordar qué lo había llevado hasta allí, o al hombre que había sido apenas unos segundos antes.

Ahora el lobo había tomado por fin el control, y tenía mucha hambre.

Ilustración de Daniel Camargo

Ninguno de los presentes pareció molestarse por los ruidos que provenían del rincón del fondo. La enorme bestia se irguió sobre sus patas traseras y arrojó con gran estrépito la mesa contra la pared. A unos pocos metros, la chica continuaba moviéndose alrededor de una barra vertical, ajena a lo que sucedía en el rincón oscuro. El lobo avanzó lentamente con sus ojos negros como un pozo sin fondo clavados en la frágil figura de la mujer. Ella pareció reparar en su presencia pero, lejos de asustarse, comenzó a deslizar las manos por su cuerpo de una forma turbadora, incitándolo, excitándolo.

Un gruñido ronco eclipsó la música por un instante y la bestia saltó sobre aquellos que estaban más próximos, derribando sillas y mesas. No tuvo piedad. El hambre era muy fuerte y lo dominaba por completo. Romperlos en mil pedazos fue tan fácil como arrebatarle el muñeco a un niño. Cuando terminó, la sala estaba cubierta de trozos de carne más o menos reconocibles. La sangre cubría los delicados dibujos con motivos eróticos de las paredes en oleaginosas manchas oscuras y el dulce olor de la muerte saturaba sus sentidos.

Lo sorprendente había sido que ninguno de los presentes había opuesto resistencia. Ni siquiera habían llegado a girar la cabeza para preguntarse qué era lo que sucedía detrás de ellos, o habían llegado a emitir un grito de sorpresa o dolor cuando había comenzado a desmembrarlos.

Y eso no le agradaba en absoluto.

Nada podía compararse con el sabor de la carne cuando estaba regada con la adrenalina que producía el miedo.

Aunque el olor de la sangre embotaba sus sentidos y le impedía razonar con claridad, el lobo se dio cuenta de que algo extraño estaba sucediendo. Mientras tanto, la muchacha seguía bailando, ahora solo para él, y los movimientos hipnóticos de sus caderas lo mantenían paralizado, como en trance. La música acabó y con ella la actuación. Ahora la mujer estaba de espaldas a él y le mostraba su hermoso cuerpo desnudo sin ningún tipo de rubor o miedo a lo que pudiese sucederle. Tras un interminable instante, ella giró la cara y le guiñó un ojo con picardía mientras humedecía los labios con la punta de la lengua en un gesto que no necesitaba traducción. Eso fue más de lo que la bestia pudo soportar. El gran lobo se abalanzó sobre el escenario dispuesto a reclamar para sí a aquella joven de carne tierna y sonrosada.

De repente todo se esfumó. La chica, el escenario, la carne, la sangre, todo.

Victor abrió los ojos desorientado, incapaz de determinar en qué lugar se encontraba. Una agradable luz de color ámbar fue creciendo en intensidad hasta que el hombre alcanzó a ver qué era lo que lo rodeaba. Entonces lo recordó todo.

La entrevista.

Intentó incorporarse, pero no pudo. Estaba suspendido ingrávido en posición horizontal, y los pies y las manos estaban sujetos por unas ligaduras invisibles. En una de las paredes se deslizó una puerta. Una enfermera entró en la sala y comenzó a retirar la delicada maquinaria que lo envolvía y con la que le habían hecho el examen. Víctor no pudo evitar sentir un poco de vergüenza cuando comprobó que mantenía una enorme erección que no podía disimilar.

—No se preocupe —comentó ella sin darle demasiada importancia al asunto, mientras tecleaba en una consola traslúcida para liberar las sujeciones—. Las fantasías son demasiado reales y la mayoría de las veces el cuerpo nos traiciona. Prácticamente veo algo así todos los días, aunque la verdad es que casi nunca de esas dimensiones —y la mujer sonrió con picardía.

—¿Y bien, Anna? ¿He pasado la prueba?— preguntó él mientras se incorporaba.

—Acompáñeme, por favor, señor Ionescu. En unos segundos conoceremos la respuesta a esa pregunta.

Él la siguió sin poder apartar los ojos de aquel cuerpo, lo que lo transportó de nuevo a aquella parte de la fantasía en la que iba tras la camarera por el pasillo de terciopelo. Mientras caminaba, Víctor hacía esfuerzos por colocar la palpitante hinchazón de su entrepierna de una forma en la que llamase menos la atención, pero todo intento era inútil. La moda que había llevado a las mujeres a vestir aquellos trajes desechables de una pieza, que se ajustaban al cuerpo como una segunda piel, eran un fastidio para un momento como aquel, en el que necesitaba con urgencia transferir sangre de sus partes bajas a otras zonas del cuerpo menos delatoras. Sobre todo si la mujer que lo llevaba puesto poseía una silueta de escándalo como la de Anna.

La mujer pulsó una luz en la pared. A su derecha se deslizó una puerta por la que entraron a una habitación amueblada con una mesa de cristal y una reliquia de estantería estilo Ikea. Víctor silbó impresionado al verla. La fabricación de ese tipo de muebles estaba prohibida desde que había entrado en vigor la Ley Mundial de Protección de la Madera, y su presencia era un símbolo de ostentación que solo las más poderosas personas o corporaciones se podían permitir. Si vendiese aquella pieza en el mercado negro, podría vivir holgadamente durante varios años.

Las delicadas manos de Anna teclearon algo en la pequeña consola y el contorno de unas sillas se dibujó en el aire. Después se sentó detrás de la mesa transparente y lo invitó a hacer lo mismo frente a ella.

—Bien —comentó mientras volvía a teclear—. Veamos cuál es el análisis de MTVac.

Al instante ambos fueron capaces de ver el resultado de la prueba en la holopantalla. En ella se podía leer el puesto de trabajo para el que se había examinado, la fecha, 25 de enero de 2152, su nombre, Víctor Ionescu, y el veredicto: RECHAZADO.

—¿Rechazado? No entiendo. ¿Qué es lo que ha salido mal esta vez?

Ella acomodó su cuerpo en la silla transparente de una forma que lo puso aún más nervioso.

—Sólo MTVac tiene acceso al archivo de la prueba, señor Ionescu. La LPD protege ese informe de la vista de cualquiera que no esté cualificado. Pero, por lo que puedo ver, se trata de algo relacionado con el sexo. Al parecer, el nivel de violencia con el que se ha desenvuelto en la prueba está dentro de unos límites aceptables según los estándares definidos en la Convención de los Derechos del Mutante, pero usted sabe tan bien como yo que todos aquellos que estamos modificados genéticamente no podemos tener relaciones sexuales con humanos. La mezcla de ADN es inaceptable. Según MTVac, ese es el motivo por el que no ha superado la prueba.

—Pero si me estaba examinando para un puesto de conductor en un transbordador.

—Le recuerdo que este no es un transbordador espacial cualquiera, señor Ionescu. Se trata de una prueba para un puesto de copiloto en el GaneMed, el vehículo que transporta en cada viaje a más de cinco mil mujeres mineras que trabajan en Fobos. Tres meses encerrado en una lata de sardinas con todas esas mujeres —la enfermera le guiñó un ojo—. Me temo que todo eso estaba perfectamente especificado en las bases de la convocatoria.

El hombre hundió su mentón, decepcionado. Era la enésima vez que lo descartaban por su tara genética. Estaba seguro de que ya nadie le daría trabajo. Él no podía evitar ser como era. No podía arrancar la bestia de su cuerpo. No sin acabar con él mismo. Quizás fuese eso precisamente lo que buscaban, que todo acabase. Sintió cómo la ira comenzaba a crecer en su interior y luchó para intentar evitar que se desbocase.

—¿Para qué demonios tenemos los chivatos entonces? —Y señaló el pequeño dispositivo que los mutantes de clase dos y tres estaban obligados a llevar en un lugar visible, y que avisaba del cambio inminente—. Se supone que este aparato protege a los “normales” de los seres como nosotros.

—Usted sabe tan bien como yo que eso no es suficiente. Eso de poco serviría en un entorno tan reducido como el del GaneMed.

No había nada que pudiese decir o alegar para tratar de rebatir la decisión. Ellos ponían las reglas y siempre tenían la sartén por el mango. Víctor se sentía víctima de una conspiración.

—No es justo. Me han manejado a su antojo desde el primer momento.

—Bueno, señor Ionescu, usted conoce el procedimiento. Cerberus estudia las debilidades del sujeto y construye una fantasía en lo que lo coloca en una situación extrema para calibrar sus reacciones. Nunca una situación de estrés es igual a otra. Sabe que puede alegar lo que desee al juicio de MTVac, pero no le servirá de mucho —contestó ella con el cansancio propio de la rutina—. Todo nuestro instrumental está perfectamente calibrado.

—¡Y una mierda! —gritó Victor fuera de sí a la vez que se levantaba y lanzaba un manotazo que arrancó de la mano el módulo de control a la enfermera—. Ahora resulta que mi tara no es aceptable en esta sociedad edulcorada, pero bien que nos fue a todos cuando yo, y otros muchos como yo, luchamos durante diez años en las Guerras del Agua y utilizamos nuestras habilidades para derrotar a los alienígenas, ¿verdad? Me imagino que lo mejor para todos hubiese sido que no sobreviviésemos…

Víctor se dio cuenta de que no tenía sentido pelear en aquella sala. Anna no tenía la culpa. La guerra, su guerra, estaba perdida. La sociedad a la que había salvado el culo en tantas ocasiones lo rechazaba. Las bestias como él no tenían cabida.

—Víctor, cálmese o me veré obligada a llamar a seguridad.

—Está bien —aceptó el derrotado mientras volvía a sentarse—. Discúlpeme, Anna, no volverá a suceder. —La enfermera le dio la espalda y se agachó para alcanzar el módulo de control, que se había colado bajo el mueble de madera. Los ojos mejorados genéticamente de Víctor se recrearon con la vista de cada pequeño pliegue de la exuberante anatomía de la mujer. Disfrutó de la vista de cada colina, de cada pequeño valle, mientras ella intentaba alcanzar el módulo, ajena al peligro—. Anna, ¿me permite preguntarle algo?

—Por supuesto —respondió ella con voz de esfuerzo.

—Antes utilizó el plural al referirse a los genéticamente modificados.

—Así es —dijo ella sin volverse. Casi podía acariciar el módulo de control con la punta los dedos.

—Podría decirme cuál es su “habilidad”. No puedo ver su chivato.

—¡Oh, sí! Por supuesto. No tengo inconveniente. No llevo chivato porque soy un mutante tipo uno. Absolutamente inofensiva. Aquí donde me ve, tengo ciento setenta y dos años. Mis genes, por suerte o por desgracia para mí, hacen que envejezca a cámara lenta.

—¡Caramba! —dijo él con voz zalamera—. Ciento setenta y dos años. Nadie lo diría.

Víctor comenzó a sentir el mismo tipo de hambre que había sentido en la prueba de la que acababa de despertar, y con un gesto premeditado se desprendió del chivato y lo dejó sobre la mesa de cristal.

«No me han dejado tener a Caperucita, pero quizás todavía pueda tener a la abuelita», pensó mientras un velo rojo sangre le nublaba la vista. Ya no era capaz de razonar, la transformación había comenzado. La sangre comenzó a acumularse de nuevo en sus músculos hipertrofiados y en la entrepierna. Era muy difícil encauzar el caudal de aquel río desbordado. Sintió cómo los brazos se convertían en gruesos postes y sus músculos palpitaban con la llegada de la adrenalina. El volumen que estaba adquiriendo su cuerpo gracias al ADN modificado hizo que se rasgase la ropa y en un instante el enorme animal quedó desnudo. De su boca colgaba un delgado hilo de saliva producto de la excitación.

La mujer se dio la vuelta muy despacio.

Lo primero que vio fue al lobo. Una bestia enorme de pelo largo y negro que brillaba bajo la luz artificial. Después vio el chivato sobre la mesa y entonces comprendió cómo Víctor había conseguido transformarse sin llamar su atención. El animal era mucho más grande de lo que hubiese podido imaginar, pero ella no se asustó. Estaba acostumbrada a manejar situaciones parecidas. En su mano apareció, como por arte de magia, una frágil varita plateada. Al verla y entender qué era lo que iba a suceder a continuación, el lobo aulló de forma lastimera. Un instante después un rayo cegador golpeó al animal con fuerza. Anna era muy buena utilizando el descargador. En un mundo tan extraño como aquel en el que vivía, en el que nada era lo que parecía, tenías que serlo para sobrevivir si ibas por la calle luciendo un cuerpo como el suyo, moldeado con innumerables sesiones de cirugía, y que además adoraba enseñar. Anna se había tomado su tiempo y había sido muy cuidadosa a la hora de escoger aquella parte de la anatomía del animal a la que aplicar el doloroso voltaje del descargador. Por eso había elegido los testículos. Casi sentía pena por aquella bestia que se retorcía en el suelo aullando de dolor, con la mitad del cuerpo debatiéndose entre permanecer como un lobo o volver a ser humano.

Anna se permitió disfrutar un instante más del sufrimiento del hombre, después llamó a seguridad. En seguida llegaron dos hombres que se lo llevaron a rastras. Ahora, además de haber sido rechazado, Víctor tendría que responder ante la justicia por haberse quitado el chivato para evitar que diese la alarma durante la transformación. Sería condenado, y sin lugar a dudas encerrado durante mucho tiempo. Todas las entrevistas se grababan por motivos de seguridad y ningún juez tendría dudas acerca de sus intenciones.

Cuando se quedó sola en la habitación, la mujer comenzó a teclear unas órdenes para cerrar de forma definitiva el expediente de Víctor Ionescu y preparar a MTVac para la siguiente entrevista, pero al instante se detuvo y levantó la cabeza a la vez que arrugaba su pequeña nariz con desagrado. A pesar del olor acre a pelo quemado, su delicado y mejorado olfato todavía podía oler el rastro de feromonas que había liberado de forma intencionada en cuanto Víctor había comenzado la prueba. De no ser por el agente inhibidor que se había inyectado esa misma mañana, a ella misma le hubiese sido muy difícil resistirse al cambio. Al principio no había estado del todo segura de que Víctor no pudiese descubrirla, porque los lobos podían olerse aún como humanos, y había estado a punto de echarlo todo a perder al reconocer que ella misma era una mutante. Pero desde el primer momento el hombre había estado más preocupado por la entrevista que por ella. Y ese había sido su gran error, pensó mientras sacaba del Ikea el chivato que la identificaba como una loba mutante de nivel tres, y se lo volvía a colocar en un lugar visible.

Él solo quería pasar la prueba y ella eliminar competencia en la manada.

Pobre Víctor, nunca había tenido la más mínima oportunidad. ¿Cómo iba aquel pobre hombre a adivinar que lo que a ella le gustaban en realidad no eran los lobos, sino las tiernas caperucitas?

Anna sonrió mientras ponía en marcha el reciclador de aire de la sala para continuar con su tarea.

Roberto del Sol