35ª convocatoria: Eclipse de luna

Eclipse de luna.

Ilustración de Rafa Mir

Saludos desde el espacio exterior

—Dulces sueños. Sed buenos. Ja, ja, ja.

Ni a Irina ni a David les hacía la más mínima gracia la despedida de cada noche, aunque tampoco podían mandar a la mierda a McBrown, no dejaba de ser su superior.

—Voy a desconectar el audio —dijo David como cada final de jornada.
—¿Otra vez? Me gustaría oír lo que pasa ahí alguna noche.
—Estática es lo que pasa. Intenta dormir con el zumbido de estática algún día y nos comprenderás.
—Está bien, desconecta. Oye, mañana es el eclipse, miles de millones de ojos estarán mirando hacia vosotros. Descansad, chicos.

David desconectó el audio. Fueron al aseo, se quitaron el uniforme y después se dirigieron a las cápsulas de descanso, sin hablarse. Después de decirse un hasta mañana se metieron en cada cápsula, Irina en la inferior y David en la superior, con un pequeño impulso, con la facilidad que da la gravedad cero.

La intensidad de la luz fue bajando y dejando ver por las dos ventanas redondas de la nave la silueta de la Tierra. Si la nave cambiase su orientación, la luz de la Luna prácticamente llena iluminaría la cápsula como si estuvieran encendidas un millón de bombillas.

Mientras la luz artificial desaparecía el silencio lo invadía todo y casi se podía escuchar la respiración del otro.

—Odio a McBrown —dijo Irina cuando la luz se apagó del todo. Girada dentro de su cápsula hacia la pared interior para evitar que ninguna cámara detectara el movimiento de sus labios y pudieran leer sus palabras.

—Yo también —dijo David en la misma postura.—Todas las noches con la misma broma. Me dan ganas de bajarle los pantalones y decirle: «No sé a qué te refieres, capullo».—Eso estaría bien.
—David, no sé si voy a aguantar.
—Por Dios, Irina, no puedes hacerme una… eso aquí. Esto está lleno de cámaras.
—¡No me refiero a eso! Quiero decir que no sé si voy a aguantar sin abrazarte, sin besarte, sin ni siquiera rozarte.
—Hoy lo has hecho.
—Solo ha sido un roce de nada en la mano al darte la probeta. Estoy segura de que no han notado que era una caricia.
—A mí me ha gustado.
—No puedo más. Estamos solos a miles de kilómetros de cualquier ser humano y lo único que quiero es subir ahí arriba contigo.
—Y vigilados y grabados veinticuatro horas por el observatorio. Me echarían de la NASA y a ti de Roscosmos.
—Pues a la mierda la Roscosmos y la NASA, yo subo.
—¡Irina, para! Además está tu marido, lo iba a ver.
—¡Menudo gilipollas es mi marido!
—Mujer, es un astronauta brillante.
—Tan brillante que se dejó caer una pesa antes de venir a esta misión. El muy imbécil dijo que pensaba que estaba en gravedad cero.
—Pues menos mal, si no, no habría venido yo, y no te habría conocido.
—Algo bueno tenía que hacer en su vida.
—Pues cuando hablas con él pareces superenamorada.
—Qué quieres que haga. No voy a decirle que se puede ir a la mierda, que me enamorado de ti, que me muero de ganas de abrazarte, de besarte, de bajarte los pantalones, de acostarme contigo…
—¿Lo dices de verdad?
—Hazme hueco y verás.
—Me refiero a lo de que te has enamorado de mí.
—¿Tú no?
—A lo mejor estás confundida, como soy el único hombre en trescientos mil kilómetros a la redonda.
—No me has respondido.
—Te quiero tanto que estoy planteándome dejar la NASA.
—Qué ganas tengo de acabar la misión y besarte cuando lleguemos a la Tierra. ¿Te imaginas que no nos gusta?
—¿Por qué? A mí siempre me ha gustado la Tierra.
—No me tomes el pelo. Si no nos gusta besarnos.
—¿Qué pasa, no sabes hacerlo?
—Allí será diferente, no será la misma situación que aquí.
—Bueno, a mí siempre me quedará mi marido.

Se callaron un instante.

—Menudo gilipollas, el eclipse dice —dijo David—. Que nos van a estar mirando. Como si fuesen capaces de distinguir la nave a esa distancia.

—Por mí ya se podían ir todos a tomar por culo, McBrown, mi marido y los miles de millones de terrícolas mirándonos. Los odio a todos. Podíamos desnudarnos y hacerlo. ¿Nunca te ha dado morbo hacerlo delante de miles de millones de personas?
—Pero solo lo verían McBrown, el observatorio y el comité de disciplina. Pero se me está ocurriendo algo que podemos hacer y que solo se vea desde fuera, que no alcance a las cámaras.
—Cuéntamelo.

El día siguiente todo el planeta miraba al cielo, extasiado por el espectáculo de la luna de sangre provocado por el eclipse de Luna.

En la isla de La Palma, en el telescopio instalado en el Roque de los Muchachos se seguía con mucha excitación.

—Este telescopio es espectacular. ¿Habéis visto cómo se ve la parte iluminada? Es increíble el detalle. Se podría ver hasta el lunar de un selenita.
—Pues busca la nave que está en órbita, a ver si se ve.
—¡Ahí está! —dijo después de un rato—. ¡Qué definición! Sería capaz de ver a los astronautas por la ventana.
—Pues la mujer está bien buena, prueba a ver.
—Ahí están las ventanas. A ver… ¡Pero qué cabrones!
—¿Qué pasa?
—¡Nos están haciendo un calvo a todo el planeta!

Jorge Moreno

No me dejes sola

Autor@: 
Ilustrador@: Rosa García
Corrector@: 
Género: Suspense
Rating: + 16 años
Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

No me dejes sola.

Estar solo puede provocar un miedo atroz,
pero hay un miedo peor:
estar siempre acompañado.

La música salía de los altavoces del coche. Un coche demasiado nuevo y demasiado caro como para ser propiedad de su conductor. Aunque en aquel momento ni siquiera estaba sentado en el asiento del piloto.

—Para, Rubén —dijo la chica, estirando de su falda y sacando la mano del chico.

—Venga, Sofía, vamos a hacerlo —dijo el chico acariciándole la pierna hasta el borde de la falda.

—Que no, que todavía no. Vamos a seguir con lo que hacíamos.

—Venga, mi vida, ya llevamos saliendo un montón, no puedo más, te deseo.

A ella le gustaba oírle decirlo, incluso la excitaba y hacía que deseara decirle que sí, que no parara, pero una parte de ella, que todavía coqueteaba con la infancia, oponía resistencia.

—Esto está muy bien, venga, bésame —dijo ella poniéndole la mano en su pecho—. ¿Es que no te gustan?

—¡Me vuelven loco! Toda tú me vuelves loco. Por eso quiero… más y estoy seguro de que tú también. Venga, mi amor…

—Nooooo —dijo y volvió a subirle la mano y le besó intentando no escucharle.

—Te quiero, Sofi —le susurró él al oído cuando separó los labios de su boca.

Ella sintió que su corazón iba a estallar. Era la primera vez que le decía te quiero. Se sintió la chica más afortunada del mundo. No había parado de sentirse así desde que empezaron a salir, tres meses antes. Rubén era guapísimo y tenía un cuerpo perfecto. Todas las chicas estaban por él. Sus padres estaban forrados, lo que se notaba no solo en el BMW que estrenaban esa noche y que le acababan de regalar nada más sacarse el carnet a los dieciocho. Aunque eso a ella no le importaba demasiado, ni que todas la envidiaran, sobre todo después del mal rato que le hizo pasar la ex de Rubén cuando se enteró de que salían. Ella también era muy guapa y lo sabía, a pesar de la modestia que intentaba aparentar ante los demás, y solo tenía dos años menos que él, pero se sentía a veces demasiado niña como para que ese chico estuviese por ella y para hacer todo lo que estaban haciendo.

—Yo también te quiero —le susurró ella, muriéndose de vergüenza.

Se volvieron a besar hasta que él separó de nuevo los labios de su boca, pero esa vez no los llevó a decirle algo al oído. Los bajó por el cuello. No se paró y siguió bajando.

Sofía no supo si iba a tener fuerzas para decirle que parase. Abrió los ojos y lo vio.

Gritó.

—¡¿Qué pasa?! —gritó Rubén sorprendido.

—Ahí fuera. Hay alguien —dijo ella temblando y tirando de la camiseta para taparse los pechos.

—¿Fuera? ¿Quién es? ¿Le conoces?

—No, no. No le he visto bien. Llevaba puesta una capucha, como de una sudadera y tenía algo pegado al cristal, parecía un móvil.

—¡Será cerdo! ¡Nos estaba grabando! Se va a enterar.

Rubén abrió la puerta para salir.

—¡No! No salgas. ¿Y si te hace algo?

—¿Hacerme algo? Le voy a partir la cara.

—No, por favor, no salgas. Me da miedo. Vámonos de aquí.

Le hizo caso y no salió. Se pasó al asiento del conductor y arrancó. Ella se sentó su lado y él la acarició la pierna y la miró.

—¿Estás bien?

—Estoy muy asustada. No dejo de ver la silueta, mirándonos.

—No lo pienses más, era solo un mirón. Tenías que haberme dejado salir.

—Me daba miedo, no quiero que te pase nada… y no quería quedarme sola.

Se besaron y él dudó entre apretar el acelerador o parar el motor.

—Vámonos —dijo ella, todavía algo temblorosa.

El chico puso el coche en movimiento.

—Te quiero —dijo él mirándola.

—Te quiero —respondió ella mirándole.

Y si no se hubieran mirado mutuamente durante ese instante, quizá habrían visto junto a la señal del límite de velocidad una figura con la cabeza tapada por la capucha de una sudadera, mirándoles.

Aquella noche Sofía no durmió bien. En sus sueños se aparecía constantemente la figura del encapuchado y ella se despertaba alterada. Se pasó toda la mañana inquieta, mandando mensajes a Rubén, sin ser capaz de atender en clase. A la salida habían quedado para comer en un burguer. Cuando llegó se abalanzó sobre él y le abrazó.

—Vaya mala cara tienes, Sofía. ¿No has dormido bien? No creo que haya sido por Rubén —dijo Fran, uno de los amigos de Rubén.

Estaba tan deseosa de verle que no se había dado cuenta de que estaba con él.

—Cállate, imbécil —dijo Rubén y le dio un puñetazo en el hombro.

A Sofía no le caía muy bien Fran, ni tampoco el resto de sus amigos. Eran muy prepotentes, todo el día presumiendo de lo que tenían y con comentarios hacia las chicas, y echándoles unas miradas asquerosas. Todo lo contrario a Rubén. No entendía cómo podía ser amigo de ellos.

—Es que he estado estudiando toda la noche —mintió ella.

—Ya, claro. Oye, Sofía, que yo saco muy buenas notas, cuando quieras estudio contigo, que Rubén es muy torpe.

—Largo —dijo Rubén.

Fran se fue riendo.

—Lo siento, Sofi. Fran es gilipollas.

—¡Cuántas ganas tenía de verte! —le abrazó de nuevo.

—Venga, vamos a pedir. Estoy hambriento, ¿tú no?

—No tengo ni hambre. Solo quería estar contigo.

Se abrazaron de nuevo y se besaron.

—Yo también te he echado de menos.

—No puedo estar sin ti. Es como si yo fuera la Luna y tú la Tierra, no puedo dejar de dar vueltas alrededor de ti, te necesito.

—¿Yo soy la Tierra? Vale, me mola.

Pidieron y se sentaron, y cuando estaban sumidos en un nuevo beso alguien les interrumpió.

—Por favor, ¿por qué no os vais a un motel? Dais asco.

Sofía se sobresaltó, aunque sintió cierto alivio al ver que era Elena, la ex de Rubén.

—Déjanos en paz, Elena —dijo Rubén.

—Si yo os dejo en paz, a mí qué más me da lo que hagáis, pero aquí la gente viene a comer, y sois de potar. Aquí, la mosquita muerta es toda una guarrilla, ¿eh?

—¡Ni se te ocurra insultar a Sofía! —le gritó Rubén.

—¿O qué? ¿Qué me vas a hacer? Y no la insulto, solo que para ser menor de edad se la ve muy experta. Recuerdas que es menor, ¿verdad?

—Sí, es menor, pero mucho más madura que tú.

—Claro, ese tipo de madurez es lo que te gusta a ti.

Elena se fue.

—¡Vaya tarde! Espero no encontrarnos a ningún gilipollas más —dijo Rubén.

—Elena sigue estando por ti, por eso lo ha hecho.

—Pero decir lo que ha dicho de ti… eso es pasarse.

—Venga, nadie nos puede estropear la tarde. Somos la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Nos movemos juntos.

—¿Has oído lo del eclipse?

—No, ¿cuándo es?

—El domingo. Han dicho que hay eclipse de luna, y que se verá de un color rojo impresionante. Podríamos verlo juntos.

—¡Claro!

Siguieron comiendo, entre besos y caricias. Cuando fueron a recoger, Sofía se dio cuenta de que había algo debajo del mantel de su bandeja.

—Rubén, mira —dijo temblorosa.

Le mostraba un papel blanco en el que había cuatro letras escritas en rojo y en mayúsculas: “PUTA”.

—Pero qué… —dijo Rubén arrugando el papel y tirándolo al suelo—. ¿Quién ha puesto esto aquí? ¡Mira!

Rubén señaló hacia la calle. Al otro lado de la cristalera un chico con una sudadera con la capucha tapándole la cabeza los miraba.

—¡Es él otra vez! ¡Lo ha puesto él! —gritó Rubén, llamando la atención de todo el mundo—. Se va a enterar.

Salió corriendo sin hacer caso a Sofía, que le pedía que no fuera. Cuando llegó al otro lado el chico había desaparecido.

Cuando volvió al lado de Sofía ella estaba temblando, sujetando el papel que había arrugado Rubén.

—¿Por qué? —preguntó sollozando.

—Ese tío está pirado, la próxima vez no se me escapa. La pena es que no he podido verle bien la cara. Tira ese papel.

—Yo sí.

—¿Sí? —dijo Rubén sorprendido.

—Sí, yo le conozco.

—¿Que le conoces? ¿Estás segura? Desde aquí está un poco lejos.

—Sí, sí. Le conozco. Se llama Marco, le conozco desde pequeña, era amigo mío. Cuando fuimos creciendo nos separamos un poco. Siempre pensé que estaba por mí.

—¿Y por eso te está asustando ahora?

—Me cuesta creer que haya sido él. Sí que puede que esté un poco obsesionado conmigo, pero es muy bueno. Un poco raro, sí, pero siempre me ha tratado muy bien. No puede haber sido él.

—Pues todo cuadra. Sudadera con capucha, como el tío de anoche, ahora la nota en tu comida y él está aquí.

—No creo que me hiciese daño. ¿Y cómo va a haber puesto la nota aquí sin darnos cuenta?

—No lo sé. Tampoco hemos estado muy pendientes de nada, yo estaba entretenido con la luna.

Sofía sonrió.

—Si ese chico está por ti, vernos anoche quizá le ha trastornado. Hasta que nos ha interrumpido Elena, podía haber estallado aquí mismo una guerra y no me habría enterado.

—¡Elena! ¿A lo mejor fue ella? Ha estado a nuestro lado, seguro que dejó ella la nota.

—¿Y la capucha del tío de anoche?

—Quizá fue ella.

—¿No decías que era un chico?

—Supuse que era un chico, pero no se le veía bien, podía ser una chica con una sudadera tapándose la cabeza.

—¿Elena? No creo.

—¿Y no te parece raro que diga que soy una guarra y una experta? Seguro que nos vio.

—O ese tío lo grabó y ha subido el vídeo y ella lo ha visto.

Sofía se puso pálida.

—No puede ser, no puede verme todo el mundo… así.

—Tampoco es para tanto, solo nos enrollamos.

—¿Solo? Recuerda que me quitaste… ya sabes. Y Fran también ha hecho un comentario, como suponiendo que hicimos algo…

—Fran es gilipollas.

—¿Y si él también ha visto el vídeo?

—No creo, me lo habría dicho.

—¿Seguro?

—Se lo preguntaré, si lo ha visto me lo dirá. Pero no te preocupes, Sofi, no hay vídeo. Estaba oscuro y los cristales empañados. Si grabó algo, no se verá nada. Elena está celosa y Fran es imbécil. En cuanto a tu amigo… como vuelva a aparecer, le parto la cara.

—Tengo miedo, Rubén.

—No te preocupes, Luna, la Tierra no dejará que te pase nada. Venga, deja la nota en la bandeja, voy a tirarla.

Sofía dudó en quedársela, pero finalmente Rubén la cogió y la tiró con el resto de sobras.

Esa misma tarde estaban los dos en la comisaría con el padre de Sofía. Ella no aguantó más y se lo dijo, aunque no con todos los detalles, y su padre insistió en que había que denunciarlo, que ese chico podría hacerle algo. Rubén se opuso, dijo que él se bastaba para defenderla, pero no le convenció.

En la comisaría les atendieron enseguida. Una mujer policía se llevó aparte a Sofía para hablar con ella.

Una hora más tarde llegó el chico con la misma sudadera con capucha que llevaba en la comida y le pasaron a una sala. Minutos más tarde llegaron dos hombres. A uno de ellos le conocían Sofía y su padre: era el padre de Marco. Cuando pasó a su lado apartó la mirada.

Una hora después salieron junto al chico.

—¡Qué! ¿Le van a soltar? —gritó Rubén.

El padre de Sofía se acercó a la policía que había estado con su hija.

—¿Le soltáis?

—No podemos hacer otra cosa.

—¿Cómo que no podéis hacer otra cosa? Mi hija corre peligro.

—Lo siento. No podemos hacer nada más. No tenemos nada.

—¿Nada? ¿Y la nota? ¿Y la capucha?

—Pero nada demuestra que fuera él. La nota ni la tenemos para analizar las huellas. Y lo de por la noche… tiene una coartada: estaba en su casa, su padre lo ha confirmado.

—¡Miente!

—Probablemente. Pero no tenemos pruebas y además es menor y su abogado muy bueno, no hemos podido presionarle nada para que cometiera un error. Sofía, ven. Mira, este es mi número. Si alguna vez te sientes en peligro, por cualquier cosa, llámame. Hazlo, Sofía, por cualquier cosa.

—Gracias, Berta.

Al salir de la comisaría Sofía todavía temblaba.

—No me lo puedo creer —dijo Rubén—. Ese cabrón está ahí.

Salió corriendo hacia un chico con una capucha que, al verle, intentó huir. Rubén, mucho más en forma que él, le alcanzó y le dio un puñetazo en la cara.

—¡Me has roto la nariz! —dijo Marco sangrando abundantemente.

—Y más que te voy a romper como sigas detrás de Sofía.

—¡Eres tú el que tiene que alejarse de ella! —gritó el chico.

Rubén iba a golpearle de nuevo cuando le sujetaron varios policías.

—Para, te vas a meter en un lío, chaval —dijo Berta.

Los policías se llevaron al chico justo cuando Sofía llegó hasta Rubén.

—¿Qué te ha hecho? ¡Estás lleno de sangre!

—No te asustes, no es mía. Es de ese capullo. Estoy seguro de que no te va a molestar más.

Tuvieron que volver a entrar a la comisaría y salieron más tarde con una denuncia contra Rubén por agresión, aunque a él no le importó.

Al día siguiente Sofía seguía nerviosa. Se asustaba con cada ruido y con cada aparición inesperada. Rubén intentaba calmarla, convencerla de que después del susto que le dio, Marcos no volvería a molestarla, que lo mejor era distraerse y pasárselo bien. Le dijo que podían salir esa misma noche. Sofía no estaba muy convencida, pero al final aceptó. No podía pasarse la vida con miedo.

Fueron a un pub que estaba repleto. Se encontraron con algún amigo de él, lo que no le hizo mucha gracia a Sofía, y también con alguna amiga de ella. Se alegró de haberse dejado convencer. Allí bailando y besando a Rubén, pareció olvidarse de todo.

Después de su canción se fundieron en un largo beso.

—Ahora vengo —dijo Rubén.

—¡No! No te vayas. Voy contigo. La Luna va adonde vaya la Tierra.

—Menos cuando la Tierra se está meando. No tardo nada.

Ella hubiera preferido ir con él, pero se quedó hablando con una chica de su clase.

Rubén tardaba. Había dicho que volvía enseguida, pero hacía más de diez minutos que se había ido. Pensó que quizá habría mucha cola, pero lo descartó. En el servicio de tíos nunca había cola. Quizá no solo tuviera ganas de hacer pis. Apartó esa imagen de su cabeza. No paraba de mirar hacia los aseos, pero Rubén no salía.

Estaba inquietándose, aquello no era normal. Tenía que haberle pasado algo. Tenía que ir a buscarle.

Fue hacia el baño, intentando convencerse de que Rubén estaba bien. Cuando fue a empujar la puerta se dio cuenta de que le temblaba la mano. La puerta se abrió rápidamente y alguien chocó contra ella.

—Perdona, no te había visto —se disculpó un chico que le sonaba que conocía a Rubén—. ¿Estás bien?

—Sí, sí. ¿Has visto a Rubén?

—¿Rubén? Ah, sí, le vi hace un rato.

Entró y fue hacia la puerta del servicio de chicos. Gritó su nombre. No obtuvo respuesta. Gritó más fuerte, golpeando la puerta con los nudillos, como si fuese posible que Rubén no oyese su voz pero sí los golpes.

Nadie contestó.

Seguro que le había pasado algo y estaba dentro. Tenía que entrar. Empujó la puerta intentando no fijarse en el temblor de los dedos.

Entró. Volvió a pronunciar su nombre, más bajo, como si supiese que no podría oírla. Todas las puertas de los retretes estaban abiertas, menos la última. Fue hacia ella, despacio, mirando en cada uno de los cubículos vacíos.

Se detuvo ante la última puerta y le llamó de nuevo, muy bajo, sollozando, esperando poder oírle. Pero no le oyó.

Empujó la puerta, muy flojo. Buscó alguna de las fuerzas que la habían abandonado y empujó más fuerte.

Nada.

Sintió alivio, que fue interrumpido por un portazo en la entrada del baño. Gritó.

Alguien la había estado observando. Se sintió atrapada, a merced de su acosador en el baño de los tíos. Corrió hacia la puerta, empujando con fuerza, perdiendo el equilibro al salir. Al levantarse miró hacia la puerta del servicio de las chicas. Había una silueta, la misma que forma una sudadera con la capucha puesta.

Gritó y se arrastró hacia la salida intentando levantarse para correr. Él estaba allí, pero ¿dónde estaba Rubén? ¿Qué le había hecho? Era mucho más fuerte que él, tenía que haberle pillado desprevenido… o con algún arma. Quiso detenerse y enfrentarse a él, encontrar a Rubén, pero el pánico la superaba.

Abrió la puerta y la música del pub inundó la entrada de los baños. Con la música a ese volumen era imposible que nadie la hubiera oído gritar. Y a Rubén tampoco.

Corrió mirando hacia atrás, viendo cómo la puerta se abría y aparecía el chico. Se chocó con alguien.

—¡Eh, cuidado! —dijo Fran.

—¡Me persigue, quiere hacerme daño, como a Rubén! —dijo histérica.

—¿Quién?

—¡El chico de la capucha! ¡Allí! —señaló hacia los baños.

—Ahí no hay ningún chico con capucha.

Miró. Era cierto, no estaba. Miró hacia la izquierda y luego a la derecha y le vio junto a la barra.

—Allí en la barra.

Fran miró.

—Allí tampoco está.

Sofía volvió a mirar y tampoco le vio. Miró rápidamente hacia todas partes.

—Allí, en la pista.

—No hay nadie con capucha, Sofía. ¿Qué te has tomado? Vamos a buscar a Rubén. ¿Dónde está?

—¡No lo sé! ¡Él le ha hecho algo!

Volvió a mirar a todas partes como poseída y volvió a verle, pero esta vez no estaba quieto, iba hacia ella.

—¡Viene a por mí! —gritó y corrió en sentido contrario.

—¡Espera, Sofía! ¡No hay nadie!

Pero no se detuvo. Fue hacia la salida. Miraba hacia atrás y le veía, siguiéndola, con paso firme, alimentando su miedo.

Salió a la calle. Gritó pidiendo ayuda, pero no le dio tiempo a que nadie lo hiciera. La puerta del local se abrió y salió el chico. Echó a correr. Miraba hacia atrás. El chico la seguía andando, lo que le permitía aumentar la distancia. Giró en una calle. Le ardían los gemelos y le faltaba el aire. No podía correr más. Giró de nuevo en la siguiente calle, mirando hacia atrás. No le vio. Quizá le hubiera despistado, si había dejado de verla, no sabría hacia dónde había ido, pero no podía quedarse en medio de la calle. Vio unos cubos de basura y se escondió detrás. Esperaría allí escondida, hasta asegurarse de que no la seguía.

Tenía miedo, tenía que apretar los dientes para que no le castañetearan. Deseaba que Rubén estuviera con ella, pero no sabía si él estaba… ¡Podía llamarle! ¿Por qué no se le había ocurrido? Sacó el móvil y se le cayó al suelo. Lo recuperó. Lo estaba desbloqueando cuando oyó pasos. ¡No le había despistado!

No se atrevía a moverse. Los pasos sonaban cada vez más fuertes. Estaba muy cerca. Le sentía. Oía su respiración.

—¿Sofi? ¿Estás ahí?

El sobresalto inicial se tornó en un llanto al reconocerle. Miró y salió de su escondite.

—¡Rubén, estás vivo! —Salió de su escondite y le abrazó.

—Pues claro que estoy vivo. ¿Pero qué haces aquí? Te vi salir corriendo y vine detrás de ti.

—Él, él. Estaba dentro, en el baño… te había… y luego iba a por mí… y me perseguía… ¡Puede aparecer! Tenemos que escondernos…

—Tranquilízate, Sofi. No hay nadie. Estamos solos.

—¿Estás seguro?

—Sí, he venido detrás de ti y no te seguía nadie. Cuéntame qué ha pasado. ¿Estaba Marco?

—Sí. Como tardabas en salir me asusté y fui a buscarte. Pensé que te había pasado algo. ¿Por qué no saliste? ¿Dónde estabas?

—Salí enseguida, pero justo me llamaron. Mi padre. Como no le oía con la música salí fuera. Vi que estabas hablando con la chica esa de tu instituto y no te dije nada.

—¡Tenías que habérmelo dicho! ¡Pensaba que te había pasado algo!

—Perdóname, tienes razón. Es que mi padre me agobia mucho. No suele llamarme… a estas horas.

—¿Era importante?

—No, que se había ido el fin de semana con una amiga, no sé dónde, a ver el eclipse. Pero eso da igual. ¿Dónde le viste?

—En el baño. Fui a buscarte y no estabas, pero él apareció en la puerta. Salí corriendo y él fue detrás. Me choqué con Fran y el chico estaba por todas partes.

—¿Fran? ¿Y no te ayudó?

—Decía que no le veía, pero vino hacia a mí. Salí corriendo. Él me seguía, pero no paré hasta esconderme aquí.

—¿Y estás segura de que te seguía?

—¡Claro que sí! ¿Cómo no iba a estarlo?

—Es que cuando saliste te vi y fui detrás de ti, y no vi a nadie.

—Pero estaba, te lo juro. Iba a por mí. No estoy loca, de verdad.

—Claro que no lo estás, Sofi. Pero has tenido mucha presión, es normal que estés asustada y a lo mejor has pensado lo que no era.

—Pero estaba, de verdad.

—Seguro que sí, pero has dicho que Fran tampoco le vio.

Ella se calló. Estaba segura de que le había visto. Iba a por ella. Pero ¿y si no estuviera? ¿Y si se lo hubiese imaginado todo? Era tan real…

Lloró y abrazó a Rubén.

—Vámonos, te llevo a casa. Lo mejor es que descanses. Quizá no era tan buena idea salir esta noche.

Caminaron hasta el coche. Él abrió la puerta para ayudarla a subir, pero nada más hacerlo se quedó parado mirando hacia el interior.

—¡Qué hijo de puta! Tenías razón, Sofi. Él estaba aquí.

No pasaron ni diez minutos desde que Sofía llamó a Berta hasta que llegó a donde estaban.

—¿Lo ha tocado alguien más? —preguntó, sujetando con unos guantes la hoja de papel que encontraron en el coche, sobre el asiento del acompañante.

—Solo nosotros —dijo Rubén—. Y ese chico, claro.

—Bien, así podremos identificar las huellas. Necesito que vengáis a la comisaría para tomaros vuestras huellas y poder aislar las del que lo ha hecho. ¿Podrás, Sofía?

Ella asintió con la cabeza.

—Entonces ahora le podéis detener, ¿no? —dijo Rubén.

—Si conseguimos una huella suya y está aquí, podremos acusarle de amenazas, pero no va a ser fácil, su abogado no nos dejó tomarle huellas y no será fácil ahora tampoco.

—¿Y la sangre? —preguntó Rubén.

—Eso sería determinante para denunciarle y vigilarle, pero conseguir una muestra del chico va a ser todavía más difícil.

—¿Y si os la diera yo?

—¿Y qué vas a hacer? ¿Sacársela?

—Ya lo hice. Cuando le pegué me llenó la camiseta de sangre. Todavía no la he tirado.

—Si la sangre de esa camiseta es la misma que la de este papel, ni su abogado podrá hacer nada. —Berta se quedó mirando la hoja—. Hay que estar muy enfermo para hacer esto.

Y la metió en una carpeta de plástico, sin poder olvidar el dibujo, con un círculo negro, rodeado por un aro coloreado con sangre y una leyenda inferior en la que, también escrita con sangre, se leía:

PUTA

EL ECLIPSE TE RODEARÁ DE SANGRE

Ilustración de Rosa García

Fueron a la comisaría a que les tomaran las huellas. Después fueron al hospital, aconsejados por la policía. Allí a Sofía le mandaron unas pastillas para relajarse y poder dormir. Rubén insistió en quedarse en casa de Sofía, pero su padre se opuso.

Después, Rubén volvió a la comisaría a llevarles su camiseta llena de sangre.

—Mañana es el eclipse —le dijo Berta—. Intentaré acelerar el análisis y haré todo lo posible para que ese chico no pueda acercarse a ella.

A primera hora de la mañana siguiente Rubén fue a casa de Sofía. Era el día del eclipse y no tenía la intención de separarse de ella ni un segundo. Cuando llegó, los relajantes habían hecho su función y Sofía seguía durmiendo. Su padre le invitó a que esperara con él a que ella se despertara. Si bien desde que supo que su pequeña salía con aquel chico decidió odiarle el resto de su vida, la preocupación que mostraba por ella había hecho que empezara a simpatizar con él.

Estaban tomando un café cuando sonó el móvil del chico.

—Es la policía..

—Hola, Rubén —dijo Berta—. He llamado a Sofía, pero su móvil está apagado. Está bien, ¿verdad?

—Sí, sí. Está durmiendo. ¿Qué pasa?

—Presioné un poco para acelerar los análisis. En el papel solo han encontrado vuestras huellas. Debió de usar guantes. Aparece otro tejido en los análisis, pero tu idea de la camiseta ha funcionado: la sangre que hay en ella y la del dibujo son de la misma persona.

—¡Lo sabía! ¿Le habéis detenido ya?

—No. Pedí la orden de detención y en cuanto llegó iba a salir a por él, pero se han presentado sus padres en la comisaría..

—¿Sus padres?

—Han venido a denunciar su desaparición. Ayer no volvió a su casa.

Dos horas después la mujer policía estaba en casa de Sofía intentando tranquilizarla. Había sufrido un ataque de ansiedad cuando Rubén le contó la confirmación del análisis y que no habían podido encontrar al chico.

—No te preocupes, Sofía. No te va a poder hacer nada. Habrá un coche patrulla todo el día abajo y no se podrá acercar a ti. Si lo hace, le detendremos.

—Estoy pensando… —dijo Rubén—… que aquí corre peligro. Ese chico está loco y no se va a asustar por un coche patrulla.

—Pero no puedo traer más, uno de vigilancia y yo puedo quedarme en mis horas libres.

—Pero podemos tenderle una trampa —siguió Rubén—. Que piense que ella está aquí y cuando se acerque, detenerle. Pero ella no puede ser el cebo, no permitiré que corra ningún peligro. En el chalet de mi padre tenemos un sótano, es como un pequeño búnker, está acondicionado para ocio, pero lo concibieron como refugio si estamos en peligro, por si entra alguien a robar o lo que sea. Sofía y yo podemos escondernos allí hasta que le detengáis aquí.

—Yo voy también —dijo el padre de Sofía.

—A lo mejor ese chico está vigilando el edificio y si te ve salir se mosquea y no vendrá y esto no acabará nunca. Puedo meter el coche en el garaje del edificio, bajar con Sofía, que se esconda en el maletero e irnos sin que él la vea, por si está vigilando.

A las seis de la tarde, tres horas antes del eclipse, habían ejecutado el plan y Sofía y Rubén se encerraron en el sótano del chalet mientras Berta y el padre de Sofía esperaban en la casa a que apareciera Marco.

—Tranquila, Sofi —dijo Rubén, haciendo girar la llave en la cerradura de la puerta del sótano—. Esta puerta es acorazada, la única manera de entrar aquí es estar ya dentro. Aquí estás a salvo.

Vieron la tele un rato y comieron algo. Sofía era feliz, en aquel pequeño mundo, con él, sin nadie de quien preocuparse, ni chicos encapuchados, ni ex celosas, ni amigos estúpidos.

Al terminar el capítulo de una serie, cambiaron de canal y aparecieron las noticias en las que hablaban del eclipse que sucedería en menos de una hora.

Sofía se alteró, le faltó el aire.

—Va a venir… va a venir… quiere hacerme daño…

—Tranquila, Sofi. Aquí estás a salvo. Yo te protejo, la Tierra y la Luna, ¿recuerdas? Aquí no puede entrar el Sol, aquí no va a haber ningún eclipse. Quizá… deberías tomarte las pastillas. Así te relajas y descansas hasta que pase todo.

Sofía le hizo caso, necesitaba liberarse de esa angustia. Al poco rato empezó a sentir la calma y se tumbó en el sofá junto a él.

—Te quiero —le susurró él al oído.

Ella le besó.

Mientras, en casa de Sofía, su padre y Berta esperaban.

—¿Crees que ese chico vendrá? —preguntó el padre.

—Sinceramente… no creo que llegue aquí arriba. Ese chico está perturbado, pero se asustará al ver el coche patrulla. Es un crío. No creo que pueda despistarles y subir hasta aquí, pero está obsesionado con Sofía y hará todo lo posible por estar cerca de ella durante el eclipse. Cometerá algún error, le verán abajo y le detendrán.

En ese momento sonó su móvil.

—Seguro que ya ha picado. —Descolgó—. Ah, eres tú. ¿Qué pasa?

Se quedó en silencio, frunciendo el ceño a cada palabra que oía a través del teléfono.

—¿Qué pasa? ¿Sofía está bien? —preguntó el padre alterado.

La mujer asintió. Y colgó.

—Ese chico es un perturbado, pero ha cometido un error. Vamos a por él —dijo mientras marcaba un número—. ¿Vicente? Apunta esta dirección. Manda a todos los que puedas.

Rubén prosiguió los besos que le dio Sofía. Le acarició el pelo, el cuello, deslizó la mano por debajo de su camiseta. Ella le acompañaba, temblando a cada movimiento de él. Pero de repente tembló algo más.

—¿Qué ha sido eso? —dijo Sofía.

—Nada, será mi corazón. Sigue besándome.

Ella volvió a hacerlo, aunque ya no tenía la misma pasión.

—Para, para, no puedo —dijo sacándole la mano de la camiseta.

—Lo siento, mi vida, perdona.

Él se sentó y la miró. Ella le miró. Cuánto le amaba.

Sin que ella supiese cómo, Rubén movió rápidamente el brazo y la golpeó en la cara.

Sofía se quedó inmóvil. Debía haberse quedado dormida y era una pesadilla… de no ser por el dolor que sentía en la mejilla y el fluido que notaba que la recorría.

—¡Puta de mierda! —le gritó Rubén y volvió a golpearla.

—Qué.. qué… —balbuceó llorando.

—¿Un ruido? ¿Has oído un ruido? ¿Sabes qué es? Tu amiguito.

Se levantó y abrió el armario que estaba frente a ellos, apareciendo atado y amordazado el chico con la capucha, sangrando por la nariz, intentando gritar.

—¡Marco! ¿Pero qué…? ¿Qué pasa, Rubén? —lloraba—. Estoy dormida, ¿verdad?

El mareo y la somnolencia que le comenzaron a provocar las pastillas la empezaron a sumir en una bruma irreal.

—¿Qué pasa? Te voy a decir lo que pasa: mil euros.

—No te entiendo…

—Mil putos euros me hiciste perder. ¿Te acuerdas de la noche en mi coche cuando casi follamos? Sí, ¿verdad? Pues me hiciste perder mil euros. Los que me aposté con mis colegas cuando te conocí en la fiesta esa. Mil euros a que te follaba en menos de tres meses. Y sí, hacía tres meses. Ah, el tío que miraba desde fuera no era este gilipollas, era Fran, que tenía que grabarlo como prueba de que lo había conseguido.

Ella lloraba.

—No… no… quiero despertarme, esto no es real.

—No, no estás dormida. ¿Creías que todo iba a quedar así? Primero pensé en asustarte, con la nota de “PUTA” debajo de tu hamburguesa. ¿En serio pensaste que fue Elena? La pobre llevó fatal que cortase con ella, pero necesitaba hacerlo para salir contigo. Ah, por cierto, hemos vuelto. Precisamente ahora piensa que estoy cortando contigo. De hecho lo estoy haciendo —rio.

Sofía no paraba de llorar. Todo le daba vueltas.

—¡Lo que me costó que tiraras el papel! Lo reconozco, fui muy cutre y no me esmeré mucho, ese papel me hubiera delatado si llega a la policía. Soy un tío con suerte. Cuando vi a este friki fuera con la sudadera, igual que Fran, se me ocurrió darte un buen susto de verdad. ¡Encima le conocías y estaba enamorado de ti! Por cierto, siento lo de tu nariz —dijo mirando a Marco—. No era nada personal, pero tenía que quedar bien. Y la sangre en mi camiseta me sirvió para hacer la nota del eclipse. Ahí estuve colosal. Se fastidió un poco cuando este se presentó ayer por la tarde en mi casa para decirme que te dejara en paz. Me mosqueó, la verdad. ¿Quién se creía que era para venir a mi casa a darme órdenes? Total, que le zurré de nuevo y se me ocurrió lo del dibujo y encerrarle aquí. Así conseguiría darte tu merecido y encima cargaba él con el muerto. Menos mal que vino, no me quedaba sangre para las letras. En la discoteca me fui al baño y luego salí al coche a dejar el dibujo sobre el asiento. Me puse la sudadera y volví al local. Lo demás ya lo sabes. ¡Estabas tan graciosa cuando Fran te decía que no me veía! Y ya corriendo, ni te cuento.

—¿Qué quieres? ¿Qué vas a hacer? —gimió Sofía.

—Follarte, por supuesto. Vale que he perdido la apuesta, pero, joder, estás muy buena.

Se acercó y le rompió la camiseta y le bajo las mallas, dejándola desnuda. Ella intentó taparse torpemente, pero él cogió una cintas y le ató las manos y las piernas a las barras del sofá.

—Está buena, ¿eh? —dijo mirando al chico, que intentaba gritar y se revolvía—. Qué coño, cuando termine yo te dejo que te la tires, por todo lo que hemos vividos juntos.

—No, por favor, no. No lo hagas —sollozaba Sofía—. Te descubrirán, irás a la cárcel.

—¿Descubrirme? ¿Quién se lo va a decir? Ah, perdonadme, se me olvidaba deciros que os voy a matar. Bueno, yo no. Bueno, sí. A ver, la versión oficial es que tú y yo hicimos el amor, tengo que justificar mi semen en tu vagina, pero este se había colado aquí antes de que llegáramos y me golpeó y quedé inconsciente, luego te violó y te mató, creo que con un cuchillo. Lo de su semen en tu vagina, no te preocupes, ya lo tengo solucionado. No preguntes, no ha sido agradable. Yo recuperé la consciencia y le disparé con una pistola de mi padre y le maté. Por desgracia no llegué a tiempo de salvarte la vida. Oh, Sofía, te voy a echar tanto de menos.

Lloraba histérica.

—Pero vale ya de hablar, que el eclipse está llegando a su punto álgido. Mira, qué curioso. Tú la Luna, yo la Tierra y este el Sol. ¿Sabías que sin la Tierra el sol no podría dar ese tono rojizo a la Luna?

Se desnudó, estaba excitado, más que nunca en su vida.

—Mira el lado positivo, no vas a morir virgen.

Se acercó a ella y volvió a golpearla en la cara. No sabía si iba a aguantar a penetrarla o se correría antes.

Le mordió un pecho y ella gritó. Pensó en arrancarle los pezones a mordiscos, pero no podría justificar la sangre en la boca.

—¡No, no, no! —gritó ella.

—Esto es mejor que haber ganado mil euros.

En ese instante sonó una explosión. La puerta cayó y la habitación se llenó de humo y de policías. Rubén sintió que le derribaban y algo frío le apretaba los genitales.

—Muévete y te vuelo las pelotas, cabrón —le gritó Berta.

Diez minutos antes, en el coche patrulla, Berta y el padre de Sofía volaban por la autovía a mucha mayor velocidad que la permitida.

—El eclipse ya ha empezado, tenemos poco tiempo —dijo la mujer mirando hacia la luna.

—¿Pero cómo sabes dónde está Marco? —preguntó el padre.

—No tengo ni idea.

—Entonces, ¿a dónde vamos?

—A casa de Rubén. ¿Recuerdas que en el análisis de la sangre del dibujo había restos de un tejido? Me han llamado para decirme que era el mismo que el de la camiseta que Rubén me llevó para analizar la sangre de Marco. Fue él quien hizo el dibujo con la sangre de Marco.

Jorge Moreno

El dilema

Autor@: 

Ilustrador@: Rosa García

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Rosa García. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El dilema.

—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años… No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

No sabía cómo salir de ese embrollo, bueno, sí, era fácil salir, la situación era demencial y bastaba con decir no, pero en cuarenta años de vida nunca había dejado de cumplir una promesa, pero aquello…

Cinco minutos antes recibí una llamada en el móvil de un número desconocido. No suelo contestar, la verdad, casi siempre son llamadas comerciales, pero en ese momento pensé que podía ser importante, no sé, un sorteo que había ganado, en algún momento tendría que ganar alguno, y me dio por contestar. En mala hora. Mejor si hubiese pasado y entonces tendría un dilema menos.

La cosa es que contesté y por el auricular me llegó la voz de una mujer.
—¿Fran? ¿Eres tú, Fran?

Eso descartaba que fuese un comercial. Normalmente decían: «¿Don Francisco Álvarez?». Pero también descartaba la posibilidad de que hubiera ganado algo en un sorteo.
—Sí, soy yo.

Debí haber dicho que no era yo, que se había equivocado y colgar, pero no, tuve que decir que era yo
—No sabes quién soy, ¿verdad?

No tenía ni idea, pero tampoco podía reconocerlo. Yo no era de esa clase de hombres que no recuerdan a una mujer, aunque la realidad era que no la recordaba. Ni siquiera pensaba que tuviera que recordar a ninguna.
—Soy Lucía.

—¡Lucía, qué sorpresa! Así de golpe no había reconocido tu voz —dije, haciendo un rápido recorrido mental por todas las Lucías que conocía.
—No tienes ni idea de quién soy.
—No, mujer, claro que me acuerdo, pero es que llevo mucho rato al sol… y la cabeza…
—Lucía Jiménez.

Lucía Jiménez. Mi Lucía Jiménez. ¿Cómo iba a reconocer la voz si hacía más de veinte años que no sabía nada de ella?
—Lu… Lu… Luci… Lucía. ¿Eres tú de verdad? ¿Pero cómo has conseguido mi teléfono? Después de cuánto tiempo, ¿veinte años?
—Veintiséis.

Claro, veintiséis años, era verdad, teníamos catorce cuando terminamos en el cole, antes de ir al instituto.
—¡Veintiséis! Me parece increíble que seas tú, pero cuéntame, qué ha sido de tu vida, dónde vives, cómo me has encontrado…

—Es fácil, hoy en día puedes encontrar a cualquiera. Pero mira, Fran, yo te llamaba por una cosa.
¿Por una cosa? ¿Después de veinticinco años alguien te llama por una cosa? ¿Por qué? ¿Porque no le devolví el casete de los ACDC?

—¿Dónde vives? Si eso, quedamos y nos tomamos un café y me lo cuentas.
Sí, vale, tenía curiosidad por verla después de tantos años.
—Sí, de eso habrá tiempo, pero yo te quería pedir una cosa.
¿Dónde podría conseguir un casete de ACDC? Seguro que me iba a pedir que se lo devolviese.

—Hace veintiséis años, poco antes de que no volviésemos a vernos, me prometiste una cosa, ¿lo recuerdas?
¿Cómo iba a olvidarlo?
—Claro que lo recuerdo, Lucía.
—Pues quería pedirte que cumplieras tu promesa.
—¿Cómo?
—Pues eso, Pablo, que quiero que cumplas lo que me prometiste.

No podía ser, no tenía lógica.

—Pero, Lucía… eran otras circunstancias, otra situación, hemos cambiado mucho.
—Pero me lo prometiste.
—Mujer, ya sé que te lo prometí, pero de eso hace muchos años.
—Vamos, que no lo sentías, tú solo querías conseguir lo que conseguiste y ya está.

—No, no, no quiero decir que no lo sentía, pero éramos unos críos, no sé… llamarme ahora para que cumpla esa promesa…

—Pensé que tú eras diferente, que siempre cumplías lo que prometías, o al menos era lo que decías cuando éramos pequeños. Al menos te creí cuando éramos novios y me lo prometiste.
—Mujer, novios, lo que se dice novios, nunca lo fuimos…
—¿Ah, no? No te reconozco, Fran. Pensé que eras sincero, pero solo querías lo que querías.

—Que no, que no, en serio… Yo cumplo lo que prometo… y si te lo prometí… lo intentaré…

—¿En serio? ¿De verdad? Ya sabía yo que podía confiar en ti.

—Lo intentaré, he dicho que lo intentaré. Haré todo lo posible por cumplir mi promesa, pero no es fácil, estoy casado… tengo un hijo…

—Yo sé que lo cumplirás.

Quedamos una semana más tarde para darle mi respuesta definitiva.

Fue una semana horrible. Estaba lleno de dudas, atormentado por el dilema que se me había planteado. Siempre había pensado que las promesas son para cumplirlas y que no se debe prometer nada que no se esté seguro de que se va a cumplir. Cuando se lo prometí a Lucía no cumplí esa regla, lo reconozco, no pensaba con claridad y la promesa fue motivada por el deseo de conseguir lo que conseguí. Pero había sido una promesa y debería cumplirla, más aún cuando la hice por interés, saltándome mis propias convicciones. Fui un canalla, lo reconozco.

No me atreví a hablarlo con mi mujer, ella no lo entendería, le parecería mal, por supuesto. Tampoco le dije nada a mi hijo, era muy pequeño y no comprendería que lo hiciera. Cuando fuese más mayor seguro que sí, los hombres somos diferentes y seguro que haría lo mismo en mi situación.

Un día antes de la cita con Lucía me encontré con Alejandro, mi mejor amigo. Me conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo me atormentaba y se lo conté todo.

—Hombre, Fran, yo creo que es algo absurdo, no puede pretender que mantengas esa promesa ahora. Cualquiera te diría que es ilógico.
—Ya, pero se lo prometí.
—Pero moralmente no estás obligado.
—Si estoy obligado en algo, sobre todo es moralmente.
—Venga, hombre. ¿Y qué opina tu mujer?
—¡Nada! No se lo he dicho.
—¿Que no se lo has dicho?
—Por supuesto que no, ya sabes cómo es, no lo entendería. Y luego está el niño… no quiero que sufra.
—Y si al final lo haces, ¿qué le vas a decir?
—Nada, no se lo voy a decir.
—Pero lo descubrirá.
—Quizá no.
—Seguro que sí, ellas se dan cuenta de esas cosas.
—Pues no sé, algo me inventaré.

—Fran, en serio, no lo hagas. Ya sé que es difícil, no nos surgen oportunidades así a menudo, más bien, nunca nos surgen, pero te arruinarás la vida. Puede salir mal, tu mujer lo descubrirá, tu hijo lo sabrá. ¿Y si decide dejarte?

—¿Dejarme?

—Sí, puede pensar que es una traición, una pérdida de confianza. Las mujeres son diferentes a nosotros. Para ti es cumplir una promesa y para ella puede ser una traición. Lucía no tiene derecho a aparecer veintiséis años después y exigirte que cumplas una promesa que hiciste con catorce años, llevado por las hormonas para conseguir lo que querías.

Alejandro tenía razón. No podía hacerme sentir culpable. No podía pretender que me jugase mi familia por aquello.

Al día siguiente vería a Lucía y le diría que no. Incumpliría mi promesa, sí, pero hay cosas que un hombre debe hacer. Probablemente me insultaría y tendría razón en todo ello, pero no podía llegar tan lejos.

Habíamos quedado en una cafetería del centro. Yo llegué con mucha antelación, estaba deseando acabar con todo aquello, decirle que no iba a hacerlo y volver a mi vida.

Ya iba por el tercer café cuando entró. La reconocí al instante. En veintiséis años su cara había cambiado, pero mantenía ciertos rasgos de la adolescencia. Al verla recordé por qué hice aquella promesa tan desesperada. Entonces era preciosa y ahora lo era todavía más, con la misma nariz, los mismos ojos, la misma sonrisa y, además, un cuerpo de mujer. Estaba impresionante. No entendía por qué tenía que recurrir a mí para lo que quería.

Me levanté y al verme me sonrió, pero no con la boca, sino con los ojos. Aceleró el paso hasta llegar a mí y me abrazó. Iba a ser muy difícil.

Ella pidió un café y yo una tila.

Empezamos a hablar de lo que habíamos hecho en los últimos veintiséis años y luego de recuerdos de nuestra infancia y adolescencia. ¿Por qué dejé de verla? Vale que fuimos a institutos diferentes y que nos separamos, pero podía haberme esforzado en mantener el contacto, ¿no? Si lo hubiera hecho entonces en lugar de en esa cafetería, estaríamos en nuestra casa, con nuestros hijos, sin tener que romper mi promesa. Lo había estado alargando, buscando razones más poderosas para decir que no que las que tenía para decir que sí. Era la hora.

—Lucía, sobre lo de la promesa, quería decirte…
—¡Ay, Fran! Qué feliz me hiciste. Te juro que pensaba que me ibas a decir que no, pero cuando accediste a quedar para concretarlo me dije que por qué había dudado, que tú siempre fuiste un chico de palabra, y eras muy bueno, Fran, el mejor que he conocido en mi vida.
Y lo dijo con esa sonrisa en la boca y en los ojos.
La cosa no iba bien.
—Pero ¿por qué yo? ¿Y tu marido?
—Él… no puede.
—¿Y cualquier otro…?

—He buscado mucho, ni te imaginas cuánto. Bases de datos, historiales médicos. Un día me acordé de ti y de lo que me prometiste. Al instante supe que debías ser tú, pero sobre todo quería que fueses tú.

Era hombre muerto.
—¿Y… cuándo tendría que…?
—Lo he preparado todo para esta tarde.
—¡Esta tarde!
—No puedo esperar más.
No pude negarme. No opuse resistencia, o quizá no quise oponerla. Cuando quise darme cuenta estaba entrando en el hospital y en un suspiro estaba desnudo.
Pensé que aquello sería más íntimo, pero había mucha gente.
—Doctor, ¿me va a doler? —pregunté.
El médico hizo una mueca que me pareció una sonrisa.
—No.

Ilustración de Rosa García

 

Veintiséis años antes

—Lucía, dame un beso.
—¡Un beso! ¿Por qué tendría que dártelo?
—Porque estás deseándolo.
—¡Ja!
—Porque estoy muy enfermo y solo se cura con un beso.
—Ni de broma.
—¿Vas a dejarme morir? Llevarás ese peso sobre tu conciencia toda la vida.
—Que te lo dé tu madre, o tu hermana.
—No pueden ser familiares.
—Pues que te lo dé Piluca.
—¡No! Agh.
—¿Y por qué tengo que ser yo?
—Pues…
—Dime la verdad.
—Porque te quiero.
—¿Y por qué he de creerte?
—Te lo prometo.
—No te creo.
—En serio, bastante corte me ha dado decirlo.
—¿Qué serías capaz de hacer por mí?
—Lo que tú quieras.
—¿Harías cualquier cosa que te pidiera?
—Cualquier cosa.
—Promételo.
—Te lo prometo.
—¿Cualquier cosa? ¿Hasta darme un riñón?
—Hasta un riñón, te lo prometo.

Jorge Moreno.

18ª Convocatoria: Fobias

Fobias

Ilustración de Vicente Mateo Serra

Racional

—¡Uf, aparta eso de aquí! —digo poniendo cara de asco y apartando la cara—. Ya sabes que no soporto las aceitunas. Debe de ser una fobia o algo así.
—No, no es una fobia —dice Rodrigo con ese aire de superior tan suyo—. No las soportas porque de pequeña casi te ahogas comiéndote una. Te dan terror, pero no es una fobia.
—Qué más da, no las aguanto, les tengo fobia.
—No, no es una fobia, hay una causa, no es algo irracional.
No sé por qué quedo con Rodrigo, siempre termina sacándome de quicio. Bueno, sí lo sé. Es mi hermano mayor, es Navidad y me da pena. Él siempre lo pasa mal en estas fechas. Nunca celebra nada, ni quiere venir con la familia, aunque no sé por qué, nunca me lo ha dicho. Debe de ser que tiene fobia a la Navidad.
—¿Y tú no tienes ninguna fobia? —pregunto.
—Ninguna —me responde muy seco.
—¿Seguro?
—Sí, seguro, y vámonos de este centro comercial. No lo soporto, no sé por qué me he dejado convencer para quedar contigo. Casi mejor que nos vemos después de las fiestas. Mira ahí está el ascensor.
—Pues yo creo que sí que tienes alguna fobia. —Sigo picándole mientras vamos al ascensor.
—Pues yo estoy seguro de que no, ni siquiera a ti, que ya me tienes harto, pero es algo racional, hay un motivo, eres una pesada.
Entramos en el ascensor y sonrío con intención de darme por vencida. Ya sé cómo es Rodrigo, desde pequeña siempre me llevaba la contraria, e incluso, en cierta medida, siempre pensé que me odiaba, me imagino que porque fui la intrusa que le quitó el protagonismo en casa cuando nací, pero yo le quiero.
La puerta se cierra, pero antes de que lo haga del todo, un brazo vestido con una túnica colorida emerge en el habitáculo, haciendo que vuelva a abrirse. Tres hombres vestidos de Reyes Magos entran. Empiezo a oír una respiración entrecortada, un extraño intento de hablar. Miro a Rodrigo. Está pálido. Se lleva la mano a la garganta. Parece reaccionar. Grita. Empuja a los Reyes y sale corriendo. Yo también salgo, disculpándome.
—Pero, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
—Nada, nada. Estoy bien.
—¿Tienes claustrofobia?
—Que no, que yo no tengo fobias, solo es que no los aguanto. Vamos por la escalera —dice Rodrigo, mientras sus ojos miran de reojo al ascensor, apartándose con temor.
—¿Los Reyes? ¿Es eso? ¿Te asustan los Reyes Magos?
—¡Cómo voy a tenerles miedo! Solo es que no me gustan, son algo absurdo, no los soporto.
Recuerdo que cuando éramos pequeños nunca venía conmigo cuando íbamos a la cabalgata, pero su reacción era excesiva.
—¿Que no te gustan? Pero si casi te ahogas. Tú…, ¡tú tienes fobia a los Reyes Magos!
—¡Yo no tengo fobias! —grita y noto cómo la gente nos mira—. No me gustan, los odio, no soporto estar en el mismo sitio en que estén ellos.
—Pues eso, una fobia.
—No es una fobia. No es irracional.
—A ver Rodrigo, eres incapaz de estar en un sitio con alguien disfrazado de Rey Mago sin ahogarte. ¿Eso es racional?
—No es irracional. Hay un motivo.
—¿Cuál?
—Olvídalo.
—Es una fobia.
—¡Que no es una maldita fobia!
—¿Y entonces?
Veo que se pone rojo de furia. Pienso que quizá me he pasado y no tenía que haberle presionado tanto. Ya sé cómo es, qué más me da que no reconozca lo obvio. Parece que va a estallar. Se acerca a mí y empieza a gritar.
—Sabes, no es irracional, hay un motivo. Ellos… ellos… ¡Se tiraron a mamá! Para ti es fácil, son tus padres.
Me quedo en silencio. La gente nos mira. Ya no sé de qué color estoy.
—Es irracional. Es una fobia —me apresuro a decir antes de salir corriendo.

Veinticinco años atrás….

—Cariño. Se lo deberíamos decir ya.
—¿Ya?¿Tú crees que es necesario? Todavía es pequeño, no lo va a entender.
—Pero ya sabes que es muy listo y se va a dar cuenta y lo va a soltar por ahí, y ya verás qué lío.
—Pero si se lo decimos lo dirá igual.
—Le diremos que es un secreto, ya sabes que nunca dice nada si le decimos que es nuestro secreto.
—Vale. Pero se lo digo yo, que tú eres muy ñoña.
—¡A ver qué le vas a decir!
—Pues la verdad, que como papá y mamá se quieren mucho se han dado muchos besitos…
—¿Y yo soy la ñoña?
—…hasta que papá no ha aguantado más y se ha subido encima de mamá.
—¡Serás bruto!
—Pues si quieres le cuento lo de la semillita.
—Mejor aprovechamos que es Navidad.
—Tú misma.
—¡Corazón, ven un momento!
—Mi oferta sigue en pie, le contamos mi versión y matamos dos pájaros de un tiro.
—Calla. Hola, corazón. ¡Pero que guapo es mi niño! Mira, mi vida, mamá ha ido esta mañana a echar la carta a los Reyes Magos, la que escribimos juntos pidiendo un camión y un tren, y además también les he pedido que este año te traigan una hermanita. ¿Estás contento, Rodri?

JMM
7/1/2014

Equivocados

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Humor

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración es propiedad de Marta Herguedas. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Equivocados.

—Lo siento, tengo senofobia.

Y va y me lo dice así, tan tranquilo, como el que dice que tiene conjuntivitis. Después de estar saliendo casi un año juntos ya intuía yo que había algo raro. Mucho “mi Diosa de ébano”, pero su comportamiento no era normal. A mí estas cosas ya me tienen un poco frita, así que estallo.

—¡Racista de mierda! Yo te…

Seno, cariño, seno, con ese, no con equis —me dice corrigiéndome, como si no supiera lo que me molesta ese tonito que utiliza cada vez que quiere remarcar que las cosas no son como yo las digo.

—¡Pues con ese, racista de mierda!

—Que no, cariño, que no, y tápate las tetas, por favor. A mí me encanta tu raza, la adoro. Eres exuberante, me encanta acariciar tu piel. Y tu país, desearía vivir allí. —Esto también me molesta y mucho, estoy cansada de decirle que nací en Talavera y que por mucho que mis padres sean de muy lejos me siento tan española o más que él que no para de meterse con todos, bien porque sean vascos, catalanes o andaluces. Pero la discusión me está desconcertando y solo atino a cubrirme el pecho con la camisa.

—Las tetas.

—¡Pero si ya me las he tapado!, ¿Qué pasa, que ahora te has hecho ultra religioso? —Que para otras cosas no lo parece.

—No, no, mi amor. Las tetas. Tengo fobia a las tetas. Senofobia.

—Esa palabra no existe.

—Sí existe.

—¡Que no!

—Bueno, me da igual, la cuestión es que no puedo con ellas.

—¡Mis tetas! —exclamo indignada—. ¿Qué les pasa a mis tetas? —interrogo, a la vez que las saco de la camisa y las sopeso en mis manos. Este tío es un majadero, pero si son perfectas. Grandes y redondas. Si en el gimnasio los tíos no paran de mirarme y las tías cuchichean que tienen que ser operadas.

¡Ahg! Tápate, por Dios —dice con cara de asco—. No son las tuyas, son las tetas, en general. No las soporto. Es verlas y se me reseca la boca, me pongo nervioso, me falta el aire y tengo que huir. —Me tapo y parece serenarse.

—Tú estás de coña. Me tomas el pelo.

—Que no, cari. No puedo evitarlo. Es ver unas y creo que me van a dar arcadas.

No puede ser. Llevamos casi un año juntos y el sexo no ha sido una anécdota, desde el primer día ya estábamos dándole. Pero ahora que lo pienso, siempre me había parecido rara su preocupación por que no cogiera frío.

—Por eso insistías en que no me desnudara.

—Sí, lo reconozco.

—¿Y en verano? En verano siempre me decías que me diera la vuelta. ¡Y yo que me pensaba que te gustaba así porque eras un poco flojito!

—¿Cómo un poco flojito?

—Ya sabes, flojito, que me ponías de espaldas para buscar “otras rutas” y fantasear que lo hacías con un tío.

—¡Pero qué dices, si yo soy muy macho!

—Muy macho, muy macho… Acabas de confesar que te dan asco las tetas.

—¡Fobia, es una fobia! Y no tiene nada que ver.

—Bueno, ya, pero reconoce que tu insistencia en hacerlo por ahí atrás era un poco sospechosa.

—¡Una vez! ¡Fue solo una vez! Siempre con lo mismo. Ya te dije que me equivoqué, que tenéis eso que es un lío.

—Sí, ya, una vez —digo conteniendo la risa. Pues debía de ser que todas las demás no le daba para llegar más lejos.

—Bueno, da igual, corazón —continua templando el ánimo—. Lo que quería decirte con esto, amor mío…

—¿Con qué?

—Cómo que con qué.

—Con qué querías decírmelo.

—Con esto, con lo de la fobia a tus tetas.

—¡Ah, no ves! Lo reconoces. Son mis tetas

—¡Que no! Las… las tetas. Déjame continuar. Pues, mi vida, quería decirte que ya llevamos un tiempo juntos y siento cosas por ti. —Sí, eso me ha quedado claro, básicamente asco a mis tetas—. Y quería sincerarme contigo y no podía pasar más tiempo sin confesarte mi fobia.

—Pues, hala, ya está confesado y al lío, yo me abrocho la camisa y al tema, que aunque estamos en verano casi que lo prefiero. —A veces me arrepiento de ser tan sincera, pero es que las discusiones me ponen brutísima.

—Pero hay algo más. Te quería pedir algo. —Creo que no me libro de morder la almohada.

—Dispara —respondo, dudando entre terminar de abotonar la camisa o quitármela.

—Te quería pedir que hicieras algo por mí. —Entendido, toca quitarse la camisa y girarse—. Es algo de tu físico, algo que querría que cambiaras. —¡A que me pide que me deje barba!—. Tú ¿te reducirías las mamas por mí?

Juro que al principio no le entendí con eso de mamas, pero en cuanto lo asimilé me salió espontáneo.

—Sí, claro.

—¿Sí? De verdad, mi amor.

—Claro, siempre que tú te agrandes la polla.

—¿Qué tiene de malo mi polla? Es grande, ¿no?

—Enorme —ironizo, pero creo que no lo pilla. ¿Acaso se cree que si no fuese tan pequeña, le iba a dejar todo el verano la puerta trasera?

—Ah. Pero entonces, ¿te las reduces o no?

—Ni de coña, hombre elefante.

Parece disgustado. Pobre. Me muero de calor. Me quito la camisa y me tumbo boca abajo. Enseguida parece olvidar su pena y se acuesta sobre mí.

Casi que prefería que tuviera xenofobia.

Esta mañana he oído un programa en la radio sobre fobias raras y me he acordado de un chico con el que salí que decía que tenía fobia a mis tetas y me pidió que me las quitara. Era muy majo, pero no tuve más remedio que cortar. Me fue fácil, le dije que yo tenía gilipollofobia y que no soportaba estar en el mismo planeta que él. En la radio decían que las fobias influyen muchísimo a las persona que rodean a los que las sufren y que, incluso, les dejan secuelas de por vida. Por suerte, yo no me encariñé mucho con él y lo superé fácilmente. Ahora que lo pienso no he vuelto a tener ninguna relación con un chico desde entonces, pero es porque la madurez me ha hecho más selectiva.

Ahora mismo voy a una cita con el primo de una amiga mía.

Ahí está. Vaya, sí que está bueno, no le recordaba tan guapo. Esto promete.

—Hola.

¡Qué voz! Me he enamorado. Y además creo que tiene un puestazo. Y mira cómo se le caen los ojos hacia mi escote. Sí, pequeño, no llevo sujetador. Este es mío. Pero no puedo arriesgarme, estoy harta de tarados, todos los hombres son iguales. He hecho bien en no ponerme sostén, me facilitará la maniobra. Cojo las solapas de mi camisa y tiro con fuerza, descubriendo los senos.

—¿Pero qué haces? ¡Tápate! —grita, para mi desolación, con el pánico reflejado en su rostro.

—¡Serás senófobo, cabrón!

—Pero… pero… si yo también soy negro.

—¡Con ese, senófobo de mierda!

Jorge Moreno

Ilustración de Marta Herguedas

La habitación

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Thriller

Rating: +14

Este relato es propiedad de Jorge Moreno. La ilustración con propiedad de Sonia del Sol. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 La habitación.

Siempre soñé con morir en una habitación de hotel, tendido boca arriba sobre la cama sin deshacer, con un libro abierto de Stephen King sobre la colcha, con la cubierta hacia arriba. En una mesilla, un pequeño frasco blanco abierto y a su lado unas pastillas derramadas y un vaso con restos de un líquido amarillento, procedente de una botella de Jack Daniels, que reposaría en el suelo, sobre la alfombra, que se mancha poco a poco por el goteo de su boca. En la cama, junto al libro, unas balas que no cupieron en el cargador del revólver que reposaría en mi mano, de cuyo cañón saldría un ligero humo que ascendería hacia el techo, ondulado por el efecto del aire que entrase por una ventana entreabierta, con una cortina a medio correr, que oscila por el viento de los primeros días de otoño, a través de la que solo se ve la oscuridad de la noche, rota por un relámpago que anuncia la tormenta que se acerca y que ilumina la habitación para dibujar la foto perfecta. El forense tendría que dilucidar la causa de la muerte. Pero no morí así. Y lo intenté. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere.

¿Por qué un hombre joven, atractivo, inteligente, decide morir? Por tener un bonito cadáver, sería la respuesta fácil, pero no es el caso.

Me atormentaba la muerte, no por dejar de existir y lo que conlleva, sino porque temía que me defraudara, que no fuera lo que yo esperaba de ella. No quería morir de cualquier forma, víctima del colesterol, en un accidente de tráfico o acribillado a balazos por un marido celoso, aunque reconozco que esta opción nunca me pareció mala del todo. No podía soportar la idea de tener una muerte cutre, en un aseo público, en un mercado haciendo la compra o mientras dormía con el televisor encendido sintonizando la teletienda. Llegué a la conclusión de que para empezar bien con la muerte y que fuese lo que yo esperaba, no tenía más remedio que forzarla, provocarla, inducirla. Suicidarme. Era la única garantía de que fuese como yo quería.

Dediqué mi vida, o lo que quedaba de ella, a planearlo. Abandoné mi trabajo, si iba a morir tampoco lo necesitaba. Visité hoteles y habitaciones hasta encontrar la perfecta, con su ventana perfecta y las cortinas y la colcha creada por mi imaginación. Compré el revolver ideal y la munición, busqué la caja de pastillas y el libro de Stephen King. Solo cabía esperar el día, el día perfecto de otoño con un ligero viento y la previsión de tormenta al anochecer.

Los preparativos se llevaron mi tiempo y, sobre todo, mi dinero. Mis expectativas de no necesitar un trabajo habían sido demasiado optimistas y tras dos años de preparativos, mi cuenta corriente languidecía. No podría aguantar un año más, debería ser este.

El cambio climático jugaba en mi contra y el otoño tardaba en llegar. Estábamos a punto de abandonar octubre, y miraba con ojitos los rabillos de unas peras que había guardado en previsión de que mi espera para encontrar la muerte idónea se dilatara aún más y los necesitase como alimento, cuando el pronóstico del tiempo iluminó de vida mi esperanza de conseguir la muerte perfecta: esa noche, al fin, una tormenta se acercaba a la ciudad.

Dudé, porque no sería la primera vez que el pronóstico del tiempo erraba. En alguna ocasión me precipité al hotel esperando la tormenta anunciada que nunca llegó. En otras ocasiones las previsiones de sol se tornaron en falsas mientras estaba en la playa, sin tiempo de acudir al hogar de mi fallecimiento. Pero mi tiempo espiraba y no podía dejar pasar la oportunidad.

Cogí el set de suicidio y el billete de autobús. Llegué al hotel y miré al cielo. Todavía era de día, pero a lo lejos ya se vislumbraban unas nubes grises de evolución que se convertirían en tormenta en unas horas. Al fin, por fin, tendría aquella noche mi muerte perfecta.

En recepción me saludaron por mi nombre y con cara de fastidio me informaron de que la habitación que siempre pedía estaba ocupada. Esa noche había una fiesta y estaba el hotel repleto. Inmediatamente cambió su estúpida cara compungida por otra de felicidad, no menos estúpida, para informarme de que tenían otra mucho mejor y que me dejaban al mismo precio. Me negué. Necesitaba esa habitación. Mi habitación. Poco me importaba el precio de una o de otra, al día siguiente las deudas no serían un problema para mí, pero necesitaba morir en aquella habitación.

Sondeé la posibilidad de alguna otra contigua, o en una planta inferior o superior, pero nada, todo ocupado.

Finalmente acepté la habitación que me proponía. Me dijo que no me arrepentiría, que era preciosa, en la décima planta, con salón, jacuzzi, minibar de cortesía. Cogí la tarjeta y me dirigí al ascensor. Pulsé la sexta planta y fui directo a “mi” habitación. Golpeé con los nudillos la puerta.

Tras unos segundos en los que aproveché para perfeccionar mi plan, la puerta se abrió. Pensé que había muerto y por error había llegado al cielo. Me sentí contrariado, porque de ser cierto, mi plan se habría ido al traste a punto de hacerse realidad. Una mujer rubia, con ojos claros y con una cara perfecta me sonreía. Bajé la mirada buscando unas alas y me encontré con un top blanco de tirantes que tapaba unos senos que se antojaban en el límite de la realidad. Sin rastro de las alas, seguí bajando para ver unos pantalones vaqueros que se ceñían cual segunda piel y terminaban en unos zapatos de tacón alto. Empecé a notar unos instintos en mí que me hicieron pensar que si estaba muerto quizá era la puerta del infierno y me estaba tentando el mismo diablo. Mi insistencia por morirme me había hecho descuidar en los últimos años ciertas necesidades, que afloraban en ese momento y me estaban desviando de mis propósitos. Moví los ojos sin saber dónde detenerlos y por un momento visualicé la habitación, con su cama, su cortina y su ventana y recordé para qué había tocado esa puerta y empecé a hablar. Le conté que necesitaba esa habitación por un motivo afectivo pero que le ofrecía a cambio una mucho mejor.

—Pero, un momento. ¿Dónde está el truco? No querrás algo a cambio. ¿Sexo quizá? —dijo luciendo una pícara sonrisa.

—Sí —respondí involuntariamente. Lo juro, fue como un resorte, un instinto que me hizo pronunciar el monosílabo a la vez que mis manos soltaban la bolsa con mi kit-suicidio y golpeaba el suelo.

El sonido de la bolsa contra la moqueta me recordó todo lo que había en su interior y por qué estábamos ambos allí.

—Digo no… bueno, sí, pero no —acerté a decir titubeando mientras me agachaba y cogía la bolsa con fuerza—. Se trata de una historia trágica. Mi primer amor, aquí… ella… yo… Murió —sollocé culminando la mentira.

—¡Ay, pobre! —exclamó antes de abrazarme y apretarme contra su cuerpo.

La bolsa volvió a deslizarse entre los dedos y chocó contra el suelo, ahuyentando mi libido.

Ella accedió al trueque. La ayudé a transportar su equipaje hasta la habitación de la décima planta. El recepcionista tenía razón, el cambio era mucho mejor. Sentí ganas de quedarme, disfrutando, del jacuzzi, el minibar, las vistas, las de la terraza y las del interior, de aquella mujer, de la que no conocía el nombre ni quería preguntárselo, por miedo a que al saberlo la hiciese real y quisiera abandonar mi propósito. Este pensamiento me hizo apretar con más fuerza la bolsa con todos mis fetiches de suicidio, que había mantenido junto a mí por miedo a perderlos. Los apreté contra mi pecho, con fuerza, mirando a esa mujer, intentando sentirlos y que me transmitieran que hacía lo correcto.

—Pobrecito. Ay, que tengas que pasar la noche solo. ¿Por qué no te unes a la fiesta? Ya se nos ocurrirá algo…

Y empezó a correr hacia mí con los brazos abiertos. Arriba y abajo. Abajo y arriba.

No recuerdo los detalles. Solo sé que corrí, cerré puertas tras de mí y terminé con la espalda contra la de mi habitación de la sexta planta. Todavía notaba las taquicardias en el corazón, pero sabía que había hecho lo correcto. No podía arriesgarme a seguir las ofertas de esa mujer y terminar muriendo de cualquier manera, jamás me lo perdonaría a mí mismo. Cualquiera sabe cómo encontraría mi fin, borracho, drogado o por un ataque cardíaco en una maratón de sexo. No era mala opción, a fin de cuentas esa habitación tampoco era tan estupenda. La miré. Sí, sí que lo era, era perfecta y ese era el día.

Todavía no había anochecido y tenía algo de tiempo para prepararme. Decidí darme una ducha. No soportaba la idea de ser un cadáver maloliente. Entré en el baño y me desnudé. Me miré al espejo. Hacía mucho tiempo que no me miraba más que para afeitarme. Había adelgazado mucho desde la última vez que lo hice. No estaba mal, pero me faltaba músculo, así es poco probable que ninguna mujer me encontrara atractivo. Sin saber cómo, me sorprendí a mí mismo haciendo flexiones en el suelo. A la tercera, los brazos no pudieron más y caí sobre el suelo del frío azulejo. ¿Qué estaba haciendo? Debería tener más cuidado, en cualquier tontería como esa podía tener un accidente más serio o un fallo cardiaco y echarlo todo al traste. Entré en la ducha y me deleité con el agua deslizándose por mi cuerpo, disfrutando de mi último baño.

No sé cuánto tiempo estuve, pero al salir ya anochecía. La tormenta estaba más cerca. Me sequé y me vestí. Era la hora de preparar el atrezo. Fui a por la bolsa.

¡La bolsa! ¿Dónde estaba? ¿Qué había hecho con ella? Miré en el suelo, bajo la cama, en los armarios. Ni rastro. ¿Cómo había desaparecido? Intenté recordar la última vez que la había visto. La había cogido con fuerza en la habitación de la décima planta, justo antes de que la muchacha y sus pechos corrieran hacia mí. Mierda. Debí de soltarla en mi huida. Tenía que recuperarla. Abrí la puerta y me lancé al pasillo. Corrí al ascensor y pulsé el botón. La puerta se abrió con pasajeros en su interior. Grité y salté hacia atrás. Un hombre con un hacha en la cabeza bordeada de sangre iba acompañado por una mujer con la cara llena de cicatrices supurantes.

—¿Bajas? —preguntó el hombre con cara de sorpresa, mientras yo me asía el corazón—. Abajo, a la fiesta, que si bajas.

—Casi me matáis del susto. No, no, subo.

El peligro estaba en cualquier sitio, no podía esperar más tiempo y subí corriendo por las escaleras. Cuando fui a golpear la puerta, se abrió. Yo grité, ella gritó. Sin duda era ella, la muchacha, no tenía el mismo aspecto, pero era ella. Tenía el pelo recogido y coronado por unos pequeños cuernos rojos. Sus labios estaban cubiertos de un color rojo intenso y sus ojos claros destacaban aún más con unas líneas y una sombra de ojos oscuras. Su top y sus vaqueros habían dejado paso a un vestido negro, ceñido, con un escote que terminaba en el ombligo.

—¡Eres tú, qué susto! Precisamente iba a devolverte esto.

Miré su mano, que era la única parte de su cuerpo que había olvidado revisar, y en ella sujetaba una bolsa. Mi bolsa.

—Ah, mi bolsa, sí, sí, venía a por ella. Dame.

Cogí la bolsa y me giré.

—Espera —dijo—. Tengo que confesarte algo. He abierto tu bolsa.

Me paralicé.

—Lo siento —continuó—, me da miedo lo que puedas hacer, aunque lo entendería.

Me había pillado y era comprensiva, se había tragado la historia de mi exnovia.

—Es que soy muy cotilla y no puedo estarme quieta. Me pasa siempre. Es ver a alguien con una bolsa y no paro hasta ver lo que hay dentro y bueno, es que me dolía la cabeza y… ya sé que no debería haberlo hecho, pero…

No entendía nada, pero esperaba que no intentara convencerme de que no me suicidara ni que avisara a nadie para impedirlo. Quizá debía adelantarme y meterla en la habitación y atarla, esos tobillos tan blancos y esas muñecas tan suaves, y amordazarla, cubrir esos labios rojos, quizá con un beso o dos.

Casi se me cae de nuevo la bolsa si no llego a reaccionar a tiempo.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras.

—¿Perdón? —interrogué.

—Pues que como eres policía…

—¿Policía?

—Sí, policía, te has dejado la pistola en la bolsa.

—¿Eh? Ah, sí, sí, policía, eso es, soy policía.

—Pues eso, que entendería que me detuvieras. Pero te juro, que solo he cogido dos pastillitas, es que me dolía horrores la cabeza y solo he dado un chupito de la botella, es que se me había quedado muy mal sabor, bueno, quizá dos chupitos y se me cayó un poco al suelo, es que me asusté un poco cuando vi la portada del libro que llevas. ¡Qué miedo!

—Nada, nada, no pasa nada. No es un delito grave. Estás absuelta.

—¡Gracias! Eres un sol.

Se abalanzó sobre mí, me apretó y me besó. La bolsa cayó al suelo y decidí no resistir más, ya moriría otro día, de otra forma.

—¡Ven conmigo a la fiesta!

Sí, iría, sin lugar a dudas y volveríamos a esa habitación y haría unas flexiones antes de hacer el amor en el jacuzzi.

—Venga, por favor, pasa, yo te maquillo para que no desentones en Halloween. Aunque si te llevas ese libro en la mano, ya das miedo sin tener que disfrazarte. Por cierto, como he pensado que te gusta leer, te he metido en la bolsa otro libro, yo no lo he leído, pero siempre lo llevo para ver si encuentro un hueco. Le tengo mucho cariño, pero te lo dejo, es que me lo regaló un exnovio…

¿Por qué no se callaba? ¿Era mi vista o a medida que hablaba parecía que el escote era cada vez más pequeño?

—…más majo, el mismo día que rompimos me lo regaló. Un chico estupendo, pero algo despistado, te puedes creer que me dijo que me lo regalaba porque me llamaba igual que el autor, pero qué va, ojeé las letras de detrás y me llamo igual que la protagonista, pero estupendo de verdad. Y tú, ¿cómo te llamas?

—Juan —contesté por dejar de oírla un instante.

—Venga, vente, por fi, por fi.

En ese momento deseé morirme más que nunca en mi vida. Me disculpé y salí de allí asegurándome de llevarme la bolsa, bajé por las escaleras y sorteé en los pasillos zombis, momias, brujas y vampiresas.

Llegué a mi habitación de la sexta planta, cerré la puerta y miré por la ventana. Perfecto. No todo estaba perdido. Era noche cerrada y se veía algún que otro relámpago en la lejanía. Vacié  la bolsa y lancé el libro de la muchacha a un lado de la cama. Abrí el bote de pastillas. Me tomé una para aliviar el dolor de cabeza que se me había puesto, aunque luego pensé en lo absurdo de mi acto. Vacié el frasco. Solo quedaban otras tres. No sabía si serían suficientes, además debía dejar alguna en la mesilla, así era en mi imaginación. Las mezclaría con el bourbon. Desenrosqué el tapón y giré la botella sobre un vaso. Apenas un hilillo salió de ella. Esa loca borracha se había cepillado casi toda. No podía tomarme todas las pastillas y beberme todo lo que quedaba. Necesitaba píldoras en la mesilla y alcohol en el vaso y en la moqueta. ¡Tenía que ser así!

Dejé caer unas gotas y coloqué la botella vacía al lado. No era perfecto, pero podría servir. Me metí en la boca otra pastilla y dejé dos en la mesilla. Bebí un chupito del Jack Daniels. No sería suficiente, con eso no conseguiría matarme. La pistola era mi única opción. Pero pegarme un tiro…

Intenté convencerme de que no podía ser, en mi imagen soñada del cañón salía humo y si me disparaba no podría verla o al menos sentirla. Una luz iluminó la habitación. Era el momento. Tres segundos más tarde el trueno me indicó que la tormenta estaba muy cerca.

Cogí las balas. Tan solo había cuatro. Recordaba que había comprado más. ¿Qué habría hecho aquella desgraciada con las balas? No tenía tiempo de pararme a pensar. Al menos necesitaba dejar un par de ellas sobre la colcha para mantener el escenario de mínimos que me estaba quedando. Puse dos balas en el cargador. Dispararía una al aire, vería el humo, el siguiente relámpago iluminaría la habitación y entonces con la siguiente bala me dispararía en la sien. Nunca pensé en ver sangre en el cuadro, pero si todo iba bien, ya no podría verla.

Sí, era el momento. Me temblaba la mano. El relámpago debía de estar a punto de llegar. Apreté el dedo con fuerza, el estruendo invadió la habitación y el retroceso del revólver lanzó mi mano hacia atrás. No había tomado la precaución de practicar un disparo y la reacción me pilló por sorpresa. Del susto apreté de nuevo con fuerza, lanzando un segundo disparo.

No podía pararme a pensar en ese desastre, así que me tumbé rápidamente en la cama, miré el cañón y vi el humo. Al instante un relámpago inundó la habitación y lo vi. Vi la imagen: era perfecta, casi perfecta, un poco escasa pero casi perfecta, aunque fallaba un detalle: estaba vivo. Pensé que deseándolo muy fuerte, tal vez muriera, pero no funcionó. No podía utilizar otra bala, las necesitaba sobre la colcha.

Intenté no perder los nervios y pensé en qué haría MacGyver en una situación así: utilizar los recursos a mi alcance por muy absurdos que pareciesen para el fin que perseguía. Solo me quedaba el libro de Stephen King. Quizá no fuese mala idea, había oído historias de libros malditos por los que la gente moría cuando intentaba leerlos y este podía ser uno de esos.

Encendí la luz de la lamparita de la mesilla y lo cogí. En la portada ponía It, y venía una ilustración de un payaso aterrador. Hay mucha gente que odia a los payasos, pero a mí me caen simpáticos, es ver uno y me parto de la risa. Al ver la portada esbocé una sonrisa. Intenté apartarla de mi mente. Tenía que matarme leyendo. Empecé a leer. No soy fan de la lectura, pero he de reconocer que el libro no estaba mal. Iba de unos niños a los que se les aparecía en sitios muy raros un payaso con colmillos y los quería matar, o algo así, pero cada vez que salía el payaso yo no podía evitar reírme a carcajada limpia.

Aquello no funcionaba. No vi factible morirme de la risa. Tiré el libro, que cayó junto al que me había introducido en la bolsa la muchacha. No tenía muchas más opciones, así que decidí probar a ver si ese era el libro que podía acabar conmigo. Lo cogí y lo llevé a la cama. Leí la portada: Don Juan Tenorio, de José Zorrilla. Recordé lo que me dijo la chica, sobre su nombre, que coincidía con el de la protagonista, a pesar del error de su exnovio con el autor. Empecé a leer por descubrir su nombre y no pude parar. Ese libro me cambió la vida o la muerte, según se mire. No por la historia, que no me enteré muy bien: era de un playboy que se llamaba Juan que se quiere cepillar a una monja que se llamaba Inés o algo así, pero lo importante fue el conocer su nombre entre las letras de aquel libro: Inés. Ya era real. No era la muchacha de las tetas grandes, ni la loca que no deja de hablar. No, era Inés, era real. Y el azar, el destino o como quisiera llamarle, había puesto en mi noche perfecta, en la muerte ideal, un libro de dos amantes que se llamaban como nosotros. Juan e Inés, en la noche de todos los muertos, en el escenario en el que siempre quise morir.

Tenía que significar algo, o al menos a mí me lo pareció. Vale que era insoportable y no paraba de hablar, pero quizá no la había conocido lo suficiente, además estaba atiborrada de paracetamoles y bourbon. Vale que parecería que la gente pensaría que era un hombre despreciable, que solo estaba con ella por su físico, pero qué me importaba lo que pensara la gente.

Sí, iría a buscarla. Me levanté y comprobé que el sol ya entraba por la ventana. La fiesta ya habría terminado y ella descansaría en su habitación. Salí al pasillo y me dirigí al ascensor. Pulsé el botón de llamada.

Ya no quería morir en aquella habitación, rodeado de todas esas estupideces. El ascensor se abrió. En su interior iba otra persona disfrazada, con una túnica y una capucha que le cubría la cara, sin dejar verla, sujetando con la mano una enorme guadaña.

—¿A qué piso va, señor? —me preguntó una voz de ultratumba.

Miré los botones y no había ninguno pulsado.

—¿Y tú? —pregunté extrañado.

—Yo soy el ascensorista, señor —dijo de nuevo con la voz grave y señalando con la guadaña una chapita que tenía prendida en su túnica y en la que se leía “ESTEBAN REY”.

No me lo creí. Había utilizado el ascensor o al menos lo había intentado varias veces y allí no había ascensorista. Esa voz no podía corresponderse más que a un juerguista bromista.

—Al décimo, jefe —dije despreocupado.

Pensé en mi muerte perfecta que ahora se dibujaba con una mano de Inés muy arrugada, sujetando la mía. Pero las cosas no siempre salen como uno quiere. La puerta se cerró y mi acompañante lanzó una risotada espeluznante.

Ilustración de Sonia del Sol

Jorge Moreno

20 años no son nada.

Autor@: Jorge Moreno

Ilustrador@: Laura López

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Género: Humor

Este relato es propiedad de Jorge Moreno, y su ilustración es propiedad de Laura López. Quedan reservados todos los derechos de autor.

20 años no son nada.

Hay veces que la vida te sorprende. Cuando parece que has olvidado, que las heridas han curado, que los recuerdos desagradables empiezan a difuminarse en la memoria y empiezas a dudar si son reales, si son tus propios recuerdos o son de otro o, quizá, de una vida anterior, la vida pone algo ante tus ojos que te devuelve tus vivencias, en toda su crudeza y te da la oportunidad de resarcirte de ellas.

Ese día, la vida decidió ponerme delante mi trauma de toda la vida, separado únicamente por una caja registradora. Él era Manuel García, estaba segura. Había cambiado mucho desde la última vez que le vi, cuando teníamos catorce años. En todo era más que entonces. Más alto, más viejo, más calvo, más gordo. Pero estaba segura, era él. La chapita prendida en su pecho, con el nombre de “Manu”, ratificaba mi descubrimiento. Me regocijé por unos momentos en cómo aquel chico que me arruinó la adolescencia había evolucionado, en el transcurso de veinte años, de príncipe azul, de líder de la clase, el más guapo e ideal, a aquel hombre feo, patético y grasiento. Yo también había cambiado. Ya no era aquella niña gordita, con aquellas gafas horrorosas y aquel corrector dental, que no me dejaba pronunciar bien las erres, a la que el último día de clase él devolvió una carta que yo había estado escribiendo durante todo el curso y que al fin me atreví a darle, llena de corazones que sustituían los puntos de las íes. Pero antes de devolvérmela se aseguró de enseñársela a toda la clase, promoviendo sus risas y acompañando su devolución, con palabras como “vaca burra”, “foca monje” y “antes me la corto”. No, a pesar de la humillación que arrastré durante toda la etapa del instituto, salí adelante, juré odio eterno a aquel majadero, me centré en mis estudios, terminé derecho y me asocié a un bufete de prestigio. Mi fuerza de voluntad y la medicina me ayudaron a sustituir mi aparato por unos dientes perfectos, mis gafas desaparecieron gracias a una cirugía ocular. Perdí peso y mi cuerpo floreció esbelto, y el bisturí contorneó y me dotó de lo que no conseguí en mis horas de gimnasio.

Y entonces, veinte años después, convertida en la mujer perfecta y una profesional de éxito, tenía ante mí al tío más bueno del colegio, que me había humillado y despreciado, convertido en una piltrafa y uniformado con una redecilla en el pelo.

Di gracias a la vida y me dispuse a resarcirme, pero cuando iba a abrir la boca para humillarle y hundirle, se me adelantó.

—¿Qué pasa, rubia? ¿Te decides de una vez o necesitas que te ayude con la carta? Es sencillo, puedes elegir hamburguesa o hamburguesa, pero tómate el tiempo que necesites. —Todo ello sin apartar la mirada de mi escote.

¡Sería cretino! Si tenía alguna duda, se acababa de disipar. Su voz ya no era la misma, pero sin duda su estupidez era genuina.

Abrí la boca, pero mi cerebro no la dejó emitir ninguna palabra. Tanto tiempo, tanto odio y tanto daño no podía ser finiquitado de cualquier manera. Necesitaba elaborar un plan que le proporcionara la mayor de las humillaciones y derrotas y que saciara mi sed de venganza por siempre jamás. Y su insistencia en mirar mis pechos me dio la idea para poder hacerlo.

Pedí un menú normal. Y me senté a tomarlo en una mesa desde la que pudiera verle y, sobre todo, él pudiera verme a mí. Comí y le miré, urdiendo cada detalle de los pasos que seguiría.

Al día siguiente volví, elegí un modelo menos provocativo, escondiendo mi cuerpo perfecto para obligarle a mirarme a la cara. Esperé mi turno y tonteé con él. El muy majadero ni siquiera se planteó que nos conocíamos, lo cual facilitaba mis planes.

Los días siguientes investigué sus horarios y le espié para localizar dónde vivía y conocer sus costumbres. A medida que descubría cosas sobre él, disfrutaba cada vez más al saber lo triste y patética que era su vida.

Unas semanas después me hice la encontradiza dos calles antes de que llegara al club que solía visitar puntualmente cada viernes. Le saludé sorprendida y le convencí para que me invitara a tomar algo, él miró con anhelo en la dirección del club al que se dirigía, pero fue fácil disuadirle con el vestido que llevaba, que no había sido elegido al azar.

Un mes después salíamos juntos. Evidentemente yo lo ocultaba de mis conocidos y quedábamos siempre en sitios donde no pudieran encontrarnos mis amistades. El sexo con él era algo repugnante, pero la idea de consumar mi venganza y cerrar los ojos, pensar en Brad Pitt e intentar no respirar, me ayudaban a soportarlo. Incluso una vez estuve a punto de alcanzar el orgasmo con esta técnica de no haber sido por su puntual eyaculación precoz, que por otro lado, si bien ese día concreto fue un inconveniente, suponía un alivio en nuestros encuentros.

El tiempo pasó y conseguí engañarle, hasta el día de hoy en que consumaré mi venganza.

Allí está, en el altar, al final del pasillo, mirándome con cara de lerdo. Con su patética barriga y sus escasos pelos que bordean su calva, aplastados, haciéndome dudar de si ha elegido ponerse gomina para la ocasión o son sus habituales restos de las hamburguesas. Me regocijo de cómo le he engañado para convencerle de que quería casarme con él y celebrar una gran boda, con toda su familia, incluso la lejana, y todos sus amigos, incluso los que tan solo eran conocidos del ascensor de su casa.

Avanzo hacia él y noto las miradas de sus familiares y amigos y me parece oír el murmullo interrogándose sobre cómo habrá podido conseguir una mujer como yo. Y sonrío porque sé que mi venganza será perfecta, colosal, la madre de todas las venganzas. Y entre todos ellos no hay nadie que me conozca, porque me aseguré desde el primer día en crear mi personaje, huérfana de padre y madre y huérfana de amigos e incluso de mascotas, aunque tampoco se mostró preocupado por ello, parecía que mirándome el culo cualquier cosa que le dijera era lo más normal del mundo.

Alcanzo el altar y recibo con asco su beso en mi mejilla, pero con la tranquilidad de saber que será el último. Y ese pensamiento me hace sonreír, con una risa que él nunca antes había visto y noto que se siente extraño, parece nervioso y eso me gusta. Miro a sus invitados y no puedo evitar que mi cara se ilumine y alcanzar las orejas con las comisuras de mis labios. Es el momento, le miro a él y me dispongo a infringirle la mayor y más dolorosa humillación de su vida. Me tomo un segundo y abro la boca.

—¿Lucía? Eres tú, ¿verdad? —me interrumpe el cura.

Me giro enojada, molesta porque haya interrumpido mi momento de gloria y dispuesta a hacerle callar.

—Te quieres ca… Ma… Ma… ¿Manu?

—¡Te acuerdas de mí! ¡Cómo has cambiado! Estás impresionante.

En cambio él sigue igual que hace veinte años, tan guapo e ideal, solo que con casulla. Dejo caer mi cuerpo y me quedo sentada.

—Me alegro de verte, ¿sabes? Desde el colegio he pensado mucho en ti, en lo mal que me porté contigo, y he vivido con la espinita de no haberme podido disculpar.

—Pero, pero… —Esto no puede ser posible. Miro al otro Manu, al primero, al objeto de mi venganza y le grito indignada—: ¿Pero tú no eras Manuel García?

—Claro, cariñito, Manuel García Hernández de toda la vida. ¿Pero qué te pasa?

—Anda, ¡qué curioso! Si yo soy Manuel García Fernández —dice el cura—. Encantado.

Miro a mi grasiento novio y al adonis hecho cura y no les encuentro el más mínimo parecido, salvo que los odio con toda mi alma.

—Bueno, ¿qué, me perdonas? —dice el cura.

—Bueno, ¿qué, nos casamos? —dice el otro.

Guardo dentro de mí las lágrimas, recojo la cola de mi vestido y me alejo del altar corriendo, pero muy digna, bamboleando mi cuerpo y sin soltar palabra.

—Vamos, cariño, no te pongas así —grita el marido frustrado—, nos casamos y, si quieres, piensa en él mientras lo hacemos, que ya sabes que tardo poquito.

Ilustración de Laura López

Las carcajadas de los invitados se clavan en mí, al igual que sus miradas, y ya no puedo retener las lágrimas, pero me detengo y dirijo una mirada a los dos Manus, para grabar bien sus rostros en mi memoria, porque sé que, algún día, aunque pasen veinte años, la vida me sorprenderá y pondrá ante mí la oportunidad de vengarme de ellos.

En busca de la conciencia.

Autor@: Jorge Moreno

Ilustrador@: Jordi Ponce

Corrector/a: Mariola Díaz-Cano

Género: Humor

Este relato es propiedad de Jorge Moreno, y su ilustración es propiedad de  Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

En busca de la conciencia.

—No sé, quizá me he pasado, no debería haberlo hecho —le digo a Juan poniendo cara compungida—. ¡Tendría que haberlo hecho mucho antes! —continuo, cambiando radicalmente mi gesto y acompañándolo de una sonora carcajada.

—Desde luego, Pepe, no tienes remedio, me lo haces a mí y te mato. No sé cómo sigo siendo tu amigo. Es más, no sé cómo te quedan amigos. ¡Que Luis es tu compañero de trabajo!

—Venga, Juan, la culpa es vuestra, por tener unas mujeres tan macizas. Todos, menos tú. No, no, no digo que Marta no esté buena, sino que tú eres mi amigo de verdad y nunca te haría algo así.

Este chico es de lo más tonto. Si su Martita hace tiempo que le regaló unos preciosos cuernos. Pero el pobre es un poco corto.

—Más te vale, porque si no, te mato. Anda, termínate la copa y te llevo a casa.

Quizá debería llamar a Marta, hace mucho que no quedo con ella. De esta noche no pasa, aprovecharé cuando Juan me deje en casa para asegurarme de que esté sola.

Creo que he bebido demasiado. El bar se mueve a mi alrededor y esa camarera parece que se ríe de mí. No sé por qué, ya le avisé de que no era de comprometerme. ¡Uf menos mal!, ya se para, pero su imagen se desvanece.

—Juan , Juan, me caigo —intento gritarle, pero apenas me escucho.

¿Por qué no me coge? Parece que sus labios quieren dejar escapar una pequeña sonrisa. Intento extender los brazos pero todo se apaga, creo que me estoy desmayando.

¡Ah no! Estoy consciente, ¡qué susto! Tengo que beber menos. Pero, ¿por qué no veo? ¿Me he quedado ciego? Ya empiezo a acostumbrarme a la oscuridad. ¿Dónde estoy? ¿Esto qué es? ¿Y ese olor? Enciendo el mechero y puedo ver algo mejor. ¡Qué asco! Menuda masa repugnante. ¿Cómo habré llegado a esta cueva? ¿Y esa peste? Marea solo de olerlo. Espero no desmayarme de nuevo. He debido de perder el conocimiento y me han traído aquí. No puedo pensar. Estoy empezando a ponerme nervioso. Y encima esa masa… Sí, sí, se está moviendo. Viene hacia mí.

Salgo corriendo. Mis pies se hunden en el suelo viscoso y mis zancadas se ralentizan. La masa asquerosa está cada vez más cerca. Veo un agujero y no dudo, salto por él. Siento mi cuerpo caer hasta que un golpe me frena.

Enciendo de nuevo el mechero. Veo unas cúpulas y un extraño tubo. Lo tengo claro. No sé la razón, pero ahora puedo pensar mucho mejor. Todo está claro. Incluso me sale la tabla del siete sin tener que contar con los dedos. Nunca había tenido tanta facilidad para pensar, es como estar dentro de tu propio cerebro.

Pero no, no es mi cerebro. Estoy dentro de mi propio cuerpo, el sitio de la masa asquerosa era mi estómago. Dudo. Creo que estoy en un sueño, pero no sé si es temporal o si es el sueño eterno. O quizá esté en el purgatorio. Aquí lo veo claro, aquel olor del estómago era cianuro. Nunca lo he olido, pero aquí todo es tan nítido, se piensa tan bien.

Me han asesinado. O al menos lo han intentado. No estoy seguro. No sé si esta es mi condena o quizá todavía no esté muerto. Pero tengo que descubrirlo. Quizá debería salir de aquí, moverme y buscar respuestas. Pero, ¡se está tan a gusto aquí! Pero no hay otra opción, sé que en otro lugar no podré pensar con tanta claridad pero me decido, busco un orificio y abandono, con pena, mis genitales.

Me he introducido en lo que creo que es un vaso sanguíneo, por lo viscoso y lo rojo. Hay zonas que se estrechan y apenas puedo pasar. Estoy hecho un asco. Prometo que si salgo de esta, me pondré a dieta y mejoraré mi alimentación.

Al fin desemboco en un sitio diferente. Ahora pienso peor, pero ese olor es inconfundible: Alcohol. Deshecho mi idea de encender el mechero, esto podría volar por los aires. Cuando llevo un rato, mi vista se acostumbra y distingo otros olores aparte del etílico, que me recuerdan a las comidas de mi niñez. Sin lugar a dudas, estoy en mi hígado. Miro hacia arriba y veo unas zonas negras espeluznantes. Instantáneamente prometo que si salgo de esta, dejaré la bebida. Aquí tampoco tengo respuestas. Debería ir más arriba, a la boca, o a los ojos, para echar un vistazo al exterior, si es que hay exterior.

Me introduzco de nuevo en el torrente sanguíneo y me dejo llevar, hasta que llego al corazón y sin darme cuenta salgo impulsado violentamente. Echo un ojo hacia afuera y veo dos grandes masas ennegrecidas. Prometo que si salgo de esta dejaré de fumar, pero los pulmones no me interesan en este momento, así que nado contracorriente y vuelvo a introducirme en el corazón esperando mayor fortuna en el lanzamiento.

Y la tengo. Tras un tiempo indeterminado a la deriva, la claridad me invade y veo las montañas nacaradas que deben ser mis dientes. Las repaso y veo que no son tan nacaradas y prometo ir al dentista si salgo de todo esto. Pero siento frío y un viento huracanado. Miro hacia la boca y veo un tubo que lanza aire hacia el interior.

Aunque hace tiempo que no pienso con nitidez, deduzco que mi cuerpo, en el que no sé cómo me he introducido, está en un hospital, que todavía sigo con vida y que todo esto debe de ser por algo, alguien me está dando una oportunidad de vivir. Pero tengo que descubrir cómo.

El oxígeno que entra por el tubo termina lanzándome al vacío hasta que encuentro otra vena donde introducirme.

Temeroso, vuelvo a salir. Aquí parece que puedo pensar de nuevo algo mejor, pero no puedo haber llegado tan rápido hasta mis genitales. Además, no se parecen en nada. Esto parece un bosque, extraño, con tallos de los que cuelgan trozos de cuerpos, brazos, piernas, orejas. Oigo murmullos y conversaciones. He debido de llegar a la parte del cerebro que sueña. Pero tanto ruido es insoportable. Me tapo los oídos y corro, pero tropiezo una y otra vez con esos restos de cuerpos. Las voces siguen. Sentado en el suelo me desplazo de espaldas, con las manos apretando con fuerza las orejas, hasta que una pared me detiene. Me giro y lo observo. Es mi cerebro. Siempre pensé que sería algo más grande.

Allí, tan cerca de él, parece que recupero algo de lucidez, no es como cuando estaba en los testículos, pero no me puedo quejar.

Si todo esto tiene un porqué y una explicación, tiene que ser en aquel lugar. Me armo de valor y empiezo a caminar entre esos despojos, fijándome en cada uno. Los restos de cuerpo no me son desconocidos. Veo las piernas de Marisa, mi secretaria, ¿cómo no reconocerlas? Me acerco y escucho. Distingo su voz, quejándose de que no le he vuelto a hacer caso desde que me acosté con ella y que la trato con desprecio. ¿Qué quiere, que le regale rosas?

Sigo avanzando y distingo la inconfundible nariz de Paco, ese tío tan gracioso de la sexta planta que hace tanto que no veo, con su peculiar verruga. Le escucho y me enteró que se pegó un tiro hace tiempo, cuando se arruinó con unas acciones y descubrió que su mujer se la había pegado. Vale, el consejo se lo di yo, pero solo para disimular una vez que me encontró en su casa y le dije que había ido para darle un soplo seguro. ¡Nunca pensé que fuese tan tonto!

Sigo caminando y veo partes del cuerpo de amigos, conocidos y desconocidos a los que escucho y a los que, al parecer, de una manera u otra les he arruinado la vida. Me siento un poco mal.

A lo lejos veo algo diferente. Un destello me hace descubrir un óvalo. Me acerco despacio. Cuando estoy a unos cuantos metros lo veo perfectamente. Es un espejo.

Quizá sea el final de todo. Me acerco con miedo y miro. Doy un salto hacia atrás y caigo de culo. No puede ser. Me levanto y vuelvo a mirar despacio. La imagen refleja a un hombre, pero no puedo ser yo. Ese hombre es feo y repugnante, es calvo, arrugado, repulsivo, lleva por ropa un traje elástico negro, como si fuese un mimo. Yo no soy así, soy guapo, encantador, y tengo estilo, jamás me pondría esa ropa. Aparto la mirada del espejo y la dirijo a mis brazos. Allí está esa tela elástica negra. La toco para confirmarlo y me llevo las manos a la cabeza. Miro al espejo y grito. Me quiero morir, aunque quizá ya esté muerto.

El pánico me invade, las voces aumentan su volumen. Prometo que si salgo de esta, cambiaré, seré una buena persona. Prometo que no volveré a acostarme con ninguna mujer. Prometo, incluso, que echaré monedas a los mimos del parque.

Vueltas, otra vez. Todo da vueltas. Todo se desvanece.

Abro los ojos y la luz me ciega. Oigo unos pitidos y noto la boca seca. Aparece una enfermera. Una chica muy atractiva, con unas caderas preciosas que me muestra oscilantes al salir. Instantes después vuelve a entrar acompañada de un médico.

Me quitan el tubo de la boca y me miran los ojos. Me hablan y me preguntan si les oigo. Digo que sí, pero apenas escucho mi voz.

Me dejan solo. Cada vez estoy más consciente. Creo que lo he conseguido, he superado la prueba. Estoy vivo. Me asquea el olor a hospital, pero pronto podré salir y empezar una nueva vida.

Más tarde vuelve el médico y soy capaz de contestar sus preguntas. Cuando termina el interrogatorio, apoya el trasero en la cama.

—Amigo, has tenido mucha suerte, es raro que alguien pueda sobrevivir a una dosis tan elevada de cianuro. Tiene  usted enemigos que le quieren ver bien muerto.

—No se me ocurre nadie, soy una persona muy querida.

El doctor echa una ojeada por la habitación vacía y continúa.

—Ya. Bueno, eso se lo dejaremos a la policía.

Y se va dejándome a solas con la enfermera. Me mira con una mirada tierna y separa ligeramente sus sensuales labios.

—José, eres muy fuerte. Hay que ser positivo. Yo soy de la opinión de que las cosas pasan por algo y estoy segura de que si tú has pasado por esto es por algún motivo.

—Desde luego que sí. He aprendido la lección.

Le respondo mientras se gira y sale de la habitación y pienso para mí: si alguna vez piensas que has muerto, no prometas cosas que sabes que no vas cumplir.

Ilustración de Jordi Ponce