37ª convocatoria: Gatos

Gatos.

Ilustración de Rafa Mir

Pipi.

Mi Pipi era una gatita encantadora a la que le gustaba curiosear y jugar.
Mi amor por ella era infinito.
Cuando llegaba del trabajo, lo dejaba todo e iba a buscarla a su rincón favorito aunque ella siempre sabía a la hora que llegaba a casa.
Su historia es la de tantos pequeños cachorritos abandonados con sus hermanillos.
Cuando era bastante más joven, una amiga mía, y vecina,  paseábamos por la Glorieta de Embajadores de Madrid y se nos acercó un señor con una niña y nos preguntó si queríamos quedarnos con los dos gatitos que estaban acurrucaditos en una caja de zapatos.
Cuando vi a Pipi me enamoré completamente de ella.
El hermanito era un macho con mucho pelaje.
Pipi era especialmente bonita.
Poseía un antifaz perfecto y sus ojos eran grandes y ambarinos.
Pensé en lo linda que era y en lo acompañada que me sentiría teniéndola a mi lado.
Yo acepté y mi amiga, también.
Ella se llevó a Negrito y yo a Pipi.
En casa estuvo durante un tiempo.
La vi crecer, saltar, jugar, correr; ganar a mi hermano a las chapas, trastear, enredar, despertarme cuando tenía que levantarme para ir al trabajo.
Le preparé una cestita para que durmiese y una mantita calentita para el frío del invierno.
Comía bien y bebía leche.
Era muy limpia y aseada.
Mi madre le ponía en la cabecita unas gotitas de agua de colonia y ella iba por el comedor con el rabo levantado, altiva.
Con mucha tristeza tuve que dejarla al cuidado de una señora que tenía una casa de campo en la localidad de Móstoles.
Siempre la recuerdo.
La llevo guardada dentro de mi corazón, mi querida Pipi.

Paloma Muñoz
Madrid, 24 de junio 2019
Dedicado a todos los gatos del mundo

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34º Convocatoria: Promesas

Promesas.

Ilustración de Olga Ruiz

¿Qué son las promesas?

Las promesas son frágiles como las flores y volátiles como el polen que se lleva el viento, decepcionantes, mentirosas compulsivas, aterradoras cuando te das cuenta de que te enfrentas a la nada, volubles como la vida, solubles como el mal café, inalcanzables…

Las promesas son excusas baratas que se utilizan para no enfrentarse a los errores cometidos, son un aplazamiento a tiempo perdido, la frustración, la angustia, el miedo al fracaso, el yugo, el dominio, la hostilidad, el ansia de mejora, esos niños perdidos que no encuentran el regreso a casa. La represión del capitán Garfio, la deformidad de su mano perdida.

Pero también son nunca jamás, idílicas, maravillosas, insinuantes, efímeras e intensas como la carcajada que provoca el nacimiento de sus hadas. Manifiesto de fe y esperanza, el rebelde cacareo de Peter y sus pensamientos alegres. Aquello que nos mantiene despiertos cuando todo está dormido, nuestro sino, nuestro locus amoenus cuando andamos necesitados.

Esta convocatoria está llena de mil y una noches de mágicas promesas que pueden hacer que alcances heroicamente el cielo o que te estrelles estrepitosamente contra la tierra. Os invito a descubrirlas, atesorarlas y alcanzar con ellas vuestros sueños.

                                                                                                                                Inma Ostos Sobrino

33ª Convocatoria: navidad de miedo

Navidad de miedo.

Ilustración de Rosa García

No comprendo tanto consumismo
Algunas personas nada tienen
Vivimos ajenos a la vida
Imaginamos libertades
Damos poco o lo que no queremos
Amamos cada vez menos
Divulgamos intimidades vacías

Desoímos  el caos
Estampamos nuestra firma en muros abandonados

Mentimos sobre nuestra felicidad
Inventamos excusas  para no arrimar el hombro
Exigimos lo que no damos
Despertamos tempestades
Oímos lo que no nos compromete

 

 

Milagros Morales

32ª Convocatoria: Mujeres

Mujeres.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Al principio de los tiempos fui venerada como una diosa. Mis pechos caídos, mi vientre abultado y mi capacidad de dar la vida me hicieron poderosa y admirada a ojos de los hombres. Durante siglos permanecí en el panteón de los dioses y fui musa e inspiración de poetas, artistas y cazadores, y se me otorgó el poder de ser la dueña de la noche y la luna. Pero la noche inspira miedo y empecé a ser temida por aquellos que me enaltecían. La oscuridad se convirtió en un símbolo del diablo y la luz en el símbolo divino de un dios masculino que condenaba mi sabiduría ancestral. Fui recelada y señalada con el dedo. El recelo se tornó obsesión y fui perseguida y acusada de bruja por matasanos ignorantes que no entendían mis conocimientos. Me arrestaron bajo el mandato de un dios misógino que permitió que me torturaran y condenaran a morir quemada viva y ahogada. Fueron tiempos oscuros aquellos, que tuvieron un amanecer humanista en el que, bajo los auspicios de la ciencia, fui relegada a un discreto segundo plano, menoscabada y subestimada. Pasé a ser una propiedad, un bien con el que comerciar, una moneda de cambio entre un padre a un esposo concertado, mientras el mundo avanzaba y se industrializaba. No tuve ni voz ni voto. A nadie le importó mi opinión, y tuve que morir para que mis quejas fueran escuchadas. Me llamaron sufragista como palabra peyorativa, aunque yo la llevé con dignidad y agrado. Luego vinieron tiempos modernos que olían a libertad y fui tolerada con resignación, como un mal necesario, pero profundamente desdeñada e ignorada. Los historiadores se esforzaron en borrar mis huellas, en esconder mis logros, mis avances científicos, mis obras literarias. Cuando decidí pisar tan fuerte que dejé una impronta ineludible, me cosificaron y clasificaron como elemento decorativo. Me  convertí en musa de modistos y sex symbol, con la belleza como mi mejor mérito y mi única aliada. Fui tratada de comparsa, de florero, de animadora, de entregadora de premios, de eterna acompañante. Siempre sonriente y preciosa. Siempre con los labios sellados. Porque cuando abrí la boca el mundo me miró con cara de asco mientras me llamaba feminista. Mi valor como persona desde entonces ha consistido en ser hija de, madre de, esposa de, hermana de… como si mi ser fuera la extensión o el aplique de otra persona, siempre más importante que yo. Y he sido manipulada, física y mentalmente, no digamos ya sentimentalmente. Se me ha dicho que debo casarme y tener hijos, porque se supone que yo sola, por mí misma, no puedo sentirme realizada. Y a pesar de todo, me he abierto paso en un mundo laboral de hombres mientras me dicen cómo tengo que ser, qué aspecto debo tener, cómo tengo que actuar, cómo debería pensar, cómo se supone que tengo que sentir y, por supuesto, cómo he de vivir, qué aspiraciones debo tener, y con qué me debo conformar. Me han tenido tan ocupada con todos esos requisitos que ni siquiera he tenido tiempo para ver cómo mis compañeros, muchas veces menos cualificados, son promocionados y ascendidos en sus carreras mientras que yo nunca prospero. Como resultado me he estancado. Me he vuelto indecisa, sumisa y obediente, reflejando sus propios deseos de verme sometida y calificada como sexo débil. Hasta ahora. Hoy me he dado cuenta de que todavía nadie me ha preguntado qué es lo que yo quiero y cuando me he atrevido a explicarlo sin pedir permiso me han llamado feminazi. No importa. He cargado con orgullo con todos y cada uno de los nombres que me han impuesto sobre las espaldas desde que el mundo es mundo; el peso de uno más no me doblegará. Y aunque algunos oídos todavía no están preparados para lo que está por venir, yo les he gritado que basta.

Hoy me he lanzado a la calle para hacer oír mi voz de mujer, y decirle alto y fuerte a todos los hombres de este mundo: “Llamadme como queráis, pero ya no sois mis dueños. Hoy no tenéis ningún derecho sobre mí. Mi vida, mi mente y mi cuerpo son solamente míos y voy a hacer con ellos lo que a mí me dé la gana”.

Olga Besolí
Mayo 2018

30ª Convocatoria: ¿Donde viven los monstruos?

Amigo Monstruo.

 

Ilustración de Sergio Retamero

Andaba degustando mi bocadillo de chorizo a la salida del colegio y como siempre corriendo tras mamá a toda prisa porque llegábamos tarde a por mi hermano Iker a la guardería.

Al cruzar el paso de cebra… ¡plof! Adiós bocadillo. Quedó abierto y aplastado en medio del asfalto.

—Mamá, mamá, mi bocadillo…

—No hay tiempo que perder, Hugo. ¡Corre, corre!

Al agacharme a despedirme de mi bocadillo, allí estaba, mirándome tras los barrotes de la alcantarilla.

Siempre pensé que si alguna vez viera un monstruo gritaría, gritaría tan fuerte que me oirían hasta en Rusia. Y correría, correría tan rápido que quizá llegara también junto a mi grito.

Pero… no fue así. Vi sus ojos, sus ojos grandes tristes mirándome como dos luceros. Era raro, no se parecía en nada a mis amigos y su olor era apestoso, pero no me dio miedo, no grité, no corrí, me quedé allí mirando sin saber qué hacer.

—¡Corre, Hugo! ¡No llegamos a la guardería!

Levanté la vista para intentar decir a mi madre lo que estaba viendo, pero ninguna palabra salió de mi boca. Al volver la vista a la alcantarilla, estaba vacía. Aquel ser extraño que había provocado en mí una extrema ternura se había ido.

Esa noche no conseguí pegar ojo, no podía dormir, no podía dejar de pensar en mi monstruo, en su mirada, en su existencia.

Pasaron los días, y cada vez que pasaba por la alcantarilla me quedaba allí unos instantes esperando volver a verlo, pero nada, la alcantarilla estaba oscura y vacía.

Llegó el viernes y era día de parque. Todos los amigos quedábamos allí tras la salida del colegio para jugar con nuestro balón.

Cuando iba a marcar el golazo de la tarde mi tobillo me jugó una mala pasada y se dobló igual que un chicle.

Me senté en el césped y me puse a llorar. De repente sentí que una mano tocaba mi tobillo. El susto fue monumental cuando comprobé que aquella mano era verde y de unas dimensiones muy grandes.

Pero no grité, no corrí, no me asusté. Sabía que era él, mi monstruo. Allí estaba bajo la alcantarilla del parque. No hablaba, pero usaba gestos. Pronto comprendí que estaba atrapado bajo la ciudad y no sabía cómo salir. El parque me parecía un lugar demasiado concurrido y le indiqué la alcantarilla del final de la calle. Le esperé allí y ayudándome de un palo pude sacarlo.

Pasamos toda la tarde juntos, comiendo gusanitos. Su historia era muy triste. Viajaba con su familia bajo el asfalto y tras un ruido muy fuerte se asustó y se desorientó quedándose solo.

Le prometí que le ayudaría y él me pidió que fuera nuestro gran secreto. Todas las mañanas cogía de casa galletas y panecillos de leche y los echaba disimuladamente a la alcantarilla camino al colegio.

Por las tardes juntos conseguimos dibujar los planos de la ciudad bajo tierra y así mi amigo podía recorrerlas durante el día.

Al cabo de unas semana, al llegar del colegio mi alegría fue inmensa, mi amigo no estaba solo, allí estaba su familia. Estaban contentos .

No quería perder a mi nuevo amigo, pero él se tenía que marchar al bosque, a su casa, en la ciudad corría mucho peligro.

Subí corriendo a mi casa a por la cámara de fotos y juntos nos hicimos una foto que guardo con mucho cariño en mi caja fuerte. Es uno de mis mayores tesoros.

Raquel Bonilla Santander

28ª Convocatoria: Miedo

Mami, ¿que es el miedo?

 

Ilustración de Rosa García

Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un trueno suena en el cielo y un escalofrío de punta te deja el pelo.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche al despertar, sola crees estar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando un susto te das y tu cuerpo no para de temblar.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando crees que de la pantalla va a salir un payaso vestido con un feo pijama de rayas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando el aire sopla fuerte y si no te agarras puedes caerte.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando alrededor revolotea una abeja y crees que te va a picar en la oreja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando por la noche una pesadilla, hace que se te escapen las lagrimillas.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en un cuento ves una bruja piruja con una enorme nariz de aguja.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando en carnaval un vampiro te enseña sus blancos y puntiagudos colmillos.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando la puerta hace un crujido y tú pegas un fuerte chillido.
Cuando una araña gigante nos parece un elefante.
Mami, ¿qué es el miedo?
Cuando al oír una explosión, muy rápido empieza a latir tu corazón.
Mami, ¿tu tienes miedo?
¿Miedo? Con un valiente como tú a mi lado solo tengo amor en mi corazoncito guardado.

Raquel Bonilla

27ª Convocatoria: Animales imaginarios

Animales imaginarios.


Ilustración  de Ana Carmen Kummerow

Vuelo nocturno.

Leyendo  el libro de Jorge Luis Borges “Manual de zoología fantástica” podemos hacernos una idea de la cantidad de seres extraños y criaturas ideadas por nuestra imaginación.
Este manual nos cuenta que, en  ocasiones,  ciertas culturas comparten ideas muy similares sobre seres imaginarios, algunos de ellos, muy conocidos, admirados y temidos.
Precisamente de los miedos, los sueños y pesadillas, y los deseos surgen estas criaturas que pueblan nuestro universo interior.
El animalito que contemplo se posa en el alféizar de mi ventana.
Es feo, pero curioso. Es tímido, pero observador. Es cauteloso, pero simpático.
Su vuelo nocturno lo hace desde el profundo azul oscuro del cielo hacia mi ventana.
Tengo que intentar entablar una relación con él.
Es mi compañero nocturno.

Paloma Muñoz
Madrid, 21 agosto 2017

26ª Convocatoria: Rojo

Rojo.

Ilustración de Rafa Mir

Mar rojo

No se abrió como el mar Rojo
y dejó pasar a los que huían de la opresión.
El Mediterráneo se tragó sus vidas
y con ellas la esperanza.
Pero no era culpable
-solo los mares abren sus aguas
si al pueblo un Moisés lo guía-
Aun así su agua mezclada
con las lágrimas se evaporó
y llovió en la tierra prometida
llenándola de amapolas.

Milagros Morales

25ª Convocatoria: La Niebla

La niebla.

Ilustración de Rosa García

 

Niebla baja

La incertidumbre me envuelve
como una niebla baja que desdibuja
el horizonte.
Mi miedo es cencellada,
aún así, río,
no quiero que lo note.
Él es un joven arroyo
de ondulada vertiente,
y yo bebo en su danza.
Imposible que la risa no sea un salvavidas.

Texto de Milagros Morales

24ª Convocatoria: Crimen Imperfecto

Crimen Imperfecto.

Ilustración de José Vicente Santamaría

 

Errare humanum est, dijeron los clásicos.

Durante años he compartido tertulias durante las comidas con un investigador de la Guardia Civil.  Siempre me ha sorprendido la serenidad con la que hablaba de las cosas hasta el punto donde el secreto sumarial le permitía. Había días que llegaba especialmente contento. Imposible no intuir que  habrían cerrado un caso. Entonces,  se sentaba a la mesa satisfecho y nos narraba el hecho criminal de forma sencilla y la reconstrucción del o de los posibles escenarios. A mí los crímenes sexuales me producían especial interés, por ser mujer, supongo: dónde la raptó, donde la torturó, dónde la mató y donde la escondió. Cómo entrevistaba a las personas para valorar su fiabilidad y veracidad. La psicología de la investigación criminal al servicio de la justicia… —yo ni parpadeaba,  me producía interés y admiración—. Pero también pensaba: «¡Para esto hay que valer!». Es como lo de ser cirujano. En nuestro país hay gente que hace cosas tan extraordinarias…

Allí, entre ensaladillas rusas y bacalao con tomate (plato estrella de los miércoles) empecé a oír hablar de la ciencia forense, de la criminalística, de cómo se procesa una escena del crimen o delito, de las miradas panorámicas y de lo que hay detrás de las decisiones de un criminal. Entre un pásame el pan y déjame la sal se hablaba de las variedades de criminales, del estudio del modus operandi, de las huellas, del placer del sádico, de los asesinos por venganza o de los pactos de sangre como si tal cosa.

Un día le pregunté por el caso que más repulsa le había causado. «Todos los de niños», me respondió. Y concretó que un tal Alexander Pichushkin les dijo a los jueces que había perpetrado 62 asesinatos y mi amigo lo recordaba por una frase que no pudo quitarse de la cabeza: «El primer asesinato nunca se olvida, es como el primer amor». «Fíjate el desorden mental que tenía el sujeto para mezclar dos cosas tan dispares», apuntó. Pichushkin fue un asesino en serie que buscaba notoriedad. Estaba obsesionado por descubrir vislumbrar a los más inteligentes utilizando la sed de poder y control como leitmotiv de su vida.

Los asesinos en serie ahora usan las redes sociales, internet y en concreto Youtube como elemento amplificador. También cuentan con los móviles, ya al alcance de cualquiera, y se graban y envían datos de forma instantánea. Por triangulación se puede saber dónde está una persona en un determinado momento. Así es que si el asesino lleva el móvil encima y el cuerpo del delito existe, será fácil demostrar que esa persona estaba allí a una hora determinada y que, cruzada con la hora en la que murió la víctima, puede involucrarle en el asesinato. Lo malo es cuando no aparece el cuerpo.

—Asesinar no es fácil —me explicaba el guardia—. Existe lo que llamamos “Ley de transferencia”. Nadie puede cometer un crimen con la intensidad y fuerza que la acción requiere sin dejar ni llevarse nada de la escena. Eso a cualquier asesino debería ponerle los pelos de punta. Hay pruebas que permiten esclarecer todo: huellas dactilares, huellas de pisadas, vehículos, ADN localizado en sangre, residuos, cigarros, etc. Por muy limpio que quiera dejarse todo, la ciencia está al servicio de la ley. Pero la verdad siempre sale.

—¿Sabes?, hace tiempo empecé un relato diciendo que los muertos hablan…

—Sí, así es… y muy fuerte —puntualizó—. Lo curioso es que a veces llevamos tapones y obviamos cosas, y aunque lo tenemos delante no lo vemos.

—¿Qué te parece el libro de Borges titulado Morir no es para tanto?

—Literario, profundísimo. Sí, lo conozco, pero no tiene que ver con esto. Si quieres leerte un libro sobre el tema, te recomiendo cualquiera del doctor Maples, un antropólogo forense que examinando un solo cráneo es capaz de saber la edad, el género, la etnia de la persona, si murió asesinado y quién pudo ser el asesino. Increíble, ¿verdad?

Llegados a los postres, y conocedores de que se acababa el tiempo de tertulia, rotábamos el tema hacia lo cómico: de cómo se delataban los testigos, de por qué habían hecho las cosas mal, de la ignorancia, la imprudencia, o la lealtad extrema, que a veces también resultaba cómica.

Lo cierto es que querría escribir un libro con todas esas historias que fui escuchando durante tantos miércoles. Y creo que lo haré. Pero, por el momento, os presento esta edición de Surcando Ediciona, tan cargada de crímenes imperfectos que no os dejará indiferentes. Y os dejo con una reflexión final de Buda: «Solo hay  tres cosas que no se pueden ocultar por mucho tiempo: el sol, la luna y la verdad».

A disfrutar.

Olga Ruiz Trinidad