El calendario del fin del mundo

Autor@: Ángeles Mora

Ilustrador@:  Jesús Prieto

Corrector/a: Carme Sanchis

Género: Microrrelato

Este relato es propiedad de Ángeles Mora, y sus ilustraciones son propiedad de Jesús Prieto. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El calendario del fin del mundo.

Dedicó toda su vida al fin del mundo, a crear un calendario que predijese el momento exacto en el que todo dejaría de ser.

Se alejó de la sociedad que le había visto nacer para abstraerse de cualquier cosa que no fuera la soledad de su aislamiento, de cualquier voz que le alejara de la suya propia, de cualquier motivo que pudiera distraer su mente del objetivo que había impuesto a su voluntad.

Se rodeó de ausencias para concentrarse sólo en su tarea. Pasó años tomándole el pulso a las estrellas, transcribiendo el latido de las constelaciones; descifrando la crecida de las mareas, interpretando la danza de los mares bajo el influjo de la luna llena. Traduciendo el susurro cambiante de los vientos, anotando cada soplo, cada tempestad; trasladando el silencio estático de las rocas, desentrañando el lenguaje de la madre tierra.

Se volvió sabio en el transcurso de aquellas décadas pero malgastó cada minuto de su presente en pronosticar los minutos futuros… cada segundo de su vida en vaticinar el segundo del fin.

Cuando sus ojos repararon en la visión de la obra completada, el peso de una certeza se hundió sobre sus hombros. Nunca vería su ciencia convertida en verdad y, por muy obvio que esto pudiera parecer a ojos ajenos, era la certeza más dolorosa que había adquirido nunca.

Su tiempo se acababa y después de toda una vida dedicada al fin del mundo, no lo vería porque su propio mundo, ese del que había llegado a olvidarse, alcanzaba su fin y comenzaba a dejar de respirar.

Por primera vez se paró a pensar en él, en todo lo que había sido… en todo lo que no había sido… en todo lo que ya no podría ser.

Fue consciente de que las generaciones venideras olvidarían su nombre y la Historia no recordaría al sabio que, tras averiguar en qué fecha acabaría el mundo, murió siendo consciente de que se lo perdería.

Su último parpadeo de despedida le llegó con la idea de que el polvo de sus huesos se mezclaría con la duda eterna de si su ciencia llegaría a convertirse en certeza.

Ilustración de Jesús Prieto

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Tiempo de revancha.

Autora: Esperanza Tejera Viera

Ilustrador: Jesús Prieto Revuelta

Género: Relato

Este relato es propiedad de Esperanza Tejera Viera, y su ilustración es propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Tiempo de revancha.

Avanza en silencio por el camino en penumbra. La lluvia hace que de las hojas de los árboles se deslicen gotas, por lo que la tierra está húmeda y fragante.

En una esquina, su silla de ruedas choca con una piedra. Comienza a maniobrar con la poca destreza que le permiten estos tres meses de invalidez.

Fija su mirada en una sombra enfrente y reconoce enseguida a uno de los jóvenes que compartían con él la partida de caza, donde recibió una bala que se incrustó en su espalda.

Ese grupo, compañeros desde la niñez, pasaba los meses de verano entre juegos de cartas, correrías en los coches familiares, búsqueda de conejos o armadillos en el bosque cercano. También tenían tiempo para perseguir jóvenes deslumbradas por sus historias de la ciudad. Creía que conocía sus debilidades, sus preocupaciones y todo los que les rodeaba. Siempre seguido por ese aliado caprichoso que es la juventud, se había sentido bien con esos amigos.

 Hasta ese día maldito, en que su grito perforó el silencio del anochecer, cuando la sangre saltó como lluvia entre el pasto. Todos corrieron a ayudarlo, tirando las escopetas para no sentir la culpa de ser el responsable. Llegaron con aire preocupado como asistiendo a un acto cercano a sus vidas. La sangre y las lágrimas se mezclaron sin pudor, mientras lo llevaban al pueblo en busca de ayuda.

 A los pocos días se separaron, después de dar muchas explicaciones confusas que hicieron más oscuro un accidente de caza.

Sólo él quedó allí, con silenciosos pensamientos buscando al culpable de su parálisis manchada de rojo. Conoce cuál es su realidad. Recibe ayudas para poder seguir adelante, abrazos temblorosos, sonrisas indecisas de quienes saben que nunca encontrarán la forma de consolarlo frente a la devastadora hazaña del pecado conocido.

 A cada instante siente el vacío, el frío y el enfado que no le permiten olvidar.

Esa noche, cuando sus miradas se cruzan, la suerte que da la oscuridad no permite ver los sentimientos. Con lentitud, una escena se ilumina en la pantalla de sus recuerdos que piden ser rescatados de ese silencio envenenado.

Pronto ve la figura alejarse con pasos rápidos, que son interceptados al instante por un ladrón oportunista, que lo golpea pidiéndole dinero. Lo mira cuando cae y pega la cabeza en el bordillo de la acera que sirve de almohada a su cuerpo sin vida.

Él, desde su punto de observación, no está en condiciones de ayudarlo. Y tampoco lo quiere hacer.

Está la ley y está la verdad. El corazón administra justicia ante ese acto inesperado que llegó a su vida. Se siente sereno.

La miseria, la pasión y la desgracia en que vive su existencia, constituyen la verdadera razón de la misma.

Hoy, sin mover una mano, en la cadena perpetua del rencor, cae el primer eslabón.

Comienza ahora su tiempo de revancha.


Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Poema de Navidad

Autora: Raquel Bonilla

Ilustración: Jesús Prieto Revuelta.

Corrección: Elsa Martinez

Este cuento es propiedad de Raquel Bonilla, y su ilustración es propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

POEMA DE NAVIDAD INFANTIL

Blanda, blanca y esponjosa,

llega suave y silenciosa.

Llena montañas de blanco

¡maravilloso el campo!.

Emoción por la mañana,

salen todos de la cama.

Con caritas de ilusión

contemplan esta estación.

Sueñan con volar montados

en grandes copos dorados

y hacer en sus jardines

muñecos de colorines.

Botas, gorros y bufandas

para no quedar heladas,

vaso de leche caliente

y un turroncito crujiente.

El niño en el pesebre,

nos espera muy alegre.

Los Reyes de camino,

decorado está  ya el pino.

Villancicos entonando,

las zambombas ya sonando.

Viene un hombre muy gordito,

con trineo y un gorrito.

Es tiempo de panderetas

y en familia hacer cenas,

disfrutar de vacaciones,

cambiar libros por canciones.

En el cielo resplandece

una estrella desde oriente,

guía  a tres Reyes Magos

por puentes, montes y lagos.

Los niños la magia viven,

bonitas historias oyen,

es tiempo de dulces sueños

para grandes y pequeños.

Hay postales navideñas

grandes y también pequeñas,

llenan nuestros corazones

de preciosas ilusiones.

Preparar la chimenea

siempre es nuestra tarea

y poner bien los detalles,

hasta en los delantales.

Deseo felicidad

a toda la humanidad,

el uso de la bondad

en tiempo de Navidad.

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Laberinto

Autora: Montse Augé

Ilustrador: Jesús Prieto Revuelta

Correctora: Mary Esther Campusano

Género: relato, fantasía

Este cuento es propiedad de Montse Augé, y su ilustración es propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

LABERINTO

Se quedó solo. Resistió, contra aquel ejército enfurecido, ardiente. Presenció cómo desaparecía todo a su alrededor, devorado por un infierno del cual era imposible escapar. Sólo el hombre fue capaz de liberarlo, justo cuando estaba a punto de ser devorado por las llamas. Era irónico: un hombre lo salvaba cuando apenas hacía unos instantes otro hombre ejercía de verdugo de aquel bosque. Sintió como aquel calor insoportable iba cediendo lentamente por el efecto del agua que caía sobre él. La fuerza del agua azotaba sus ramas, algunas de sus hojas cayeron, incapaces de soportar aquellas salvajes sacudidas. Sentía la humedad recorriendo su tronco, empapando la tierra, sus raíces. Podían haber sido sus lágrimas, lágrimas derramadas en memoria de aquellos que habían perecido, que estaban pereciendo, por el insoportable crepitar de las ramas atacadas por el fuego, lágrimas de dolor, de soledad, de impotencia…

***

Una eternidad. Tenía que haber pasado una eternidad. Ese tenía que haber sido el tiempo necesario para que el paisaje que lo rodeaba hubiese vuelto a la vida. Pero el tiempo no logró borrar la imagen de aquél que, erigiéndose en Dios, desafió a la naturaleza, borró todos los colores de aquel maravilloso cuadro en el que se veían árboles majestuosos, flores voluptuosas de colores tan maravillosos como indescriptibles y un manto verde protector de la vida que se ocultaba bajo tierra. La venganza. Había contado también con toda la eternidad para que los recuerdos dolorosos alimentases sus ansias de venganza. Los humanos también se vengaban: había asistido en silencio a las maquinaciones más perversas engendradas por la mente perturbada de algún humano enloquecido por los celos, el dolor, la ambición…Él se erigió en patriarca de aquel bosque renacido en el que convivían la sabiduría de lo antiguo y la frescura de lo nuevo. No fue difícil convencer al resto, bastó con recordarles que aquel incendio podía volver a repetirse, que podrían ser ellos las víctimas y desaparecer sufriendo la agonía de sus antecesores. Todo estaba preparado. Sólo tenían que esperar el momento propicio. Esperar. Ellos no iban a moverse de allí. Los pájaros, mariposas, luciérnagas…también esperaban, sin el bosque ellos tampoco eran nada. Serían soldados en aquella cruzada… a muerte, si era necesario.

***

Cuando asomaron sus cabecitas por la ventana sonrieron. Era un día ideal para una excursión al bosque. Era el primer verano que pasaban conviviendo tan cerca con la naturaleza. Sus padres, amigos de toda la vida, decidieron alquilar aquella casa rural tan estupenda. Era un lugar fantástico para vivir en libertad, sin coches, aire puro, olores nunca antes percibidos y aquel bosque espléndido que veían desde la ventana de sus habitaciones. Los cuatro niños se miraron con la complicidad dibujada en sus ojos: día en plena libertad, los cuatro, en el bosque, mochilas con bocadillos, agua…todo lo indispensable para convertirse en intrépidos exploradores.
– A las siete de vuelta, recordad.

Ellos asintieron, se despidieron y ya no volvieron más la vista atrás, sólo tenían ojos para contemplar la aventura que les esperaba entre aquellos árboles. Emprendieron la marcha por un sendero que poco a poco iba adentrándose en el bosque. Poco a poco también empezaron a notar el cambio de luz. Y también el silencio. Sólo el canto de algún pájaro. Aquel sendero poco a poco se fue estrechado obligándolos a caminar uno detrás de otro, en fila india. El último iba girando la cabeza, no quería confesar que empezaba a sentir algo parecido al miedo. ¡Tonterías! ¿Qué mal podía albergar aquel bosque maravilloso? Estaban tan acostumbrados a los incesantes ruidos de la ciudad que el silencio les podía llegar a impresionar. No era el único impresionado. Sus compañeros pensaban que había demasiado silencio. Y oscuridad. De lejos no parecía tan frondoso. Y poco espacio. Los árboles estaban prácticamente pegados los unos a los otros. Parecía como si les estuviesen marcando el camino:
– ¡Esto es un laberinto!
Las palabras del niño fueron una mezcla de sorpresa y terror. Efectivamente, se habían introducido sin darse cuenta en un laberinto. El bosque los había obligado a seguir el camino marcado por las filas de los árboles, filas siniestramente perfectas.
– ¿Vosotros lo sabíais? ¡Es estupendo! ¿No?
No. No lo era porque aquel laberinto era infinito, era una trampa. Las raíces, asomando furtivamente sobre la tierra, se enredaban en sus pies para hacerlos caer. Las hojas, afiladas e hirientes, intentaban rozar sus cuerpos para lastimarlos. El viento soplaba entonando una tenebrosa melodía, enviándoles ráfagas de un frío sobrecogedor. Aquel laberinto parecía que cada vez iba estrechándose más. Perdieron la noción del tiempo recorriéndolo, intentando escapar del ataque incomprensible pero real de aquella naturaleza que había cobrado vida, desatando su violencia sobre ellos. Intentaron retroceder pero fue inútil. Exhaustos y al borde del llanto se detuvieron derrotados. Se miraban entre ellos, impotentes, con las lágrimas nublándoles la vista. Habían perdido el habla, la ilusión, la esperanza. Estaban atrapados en una cárcel, prisioneros esperando a ser sentenciados. De pronto empezaron a notar como las hojas de los árboles empezaron a moverse al unísono, entonando casi una melodía de misteriosos susurros. Otra vez el silencio. Y a los lejos otra vez murmullo de hojas. La venganza de la naturaleza iba dirigida al hombre. Pero no pensaron en que sus primeras víctimas iban a ser precisamente unos niños, seguramente incapaces todavía de imaginar cualquier atrocidad o maltrato contra ellos. Los árboles más jóvenes no querían seguir. El gran árbol sí. Ése era el diálogo que escuchaban los niños, el susurro de las hojas mecidas por el viento.
Cayó la noche, tenebrosa como nunca, cómplice también en aquella conspiración. Y seguía la lucha entre el sí y el no, todo el bosque intentaba convencer al gran árbol. Éste apenas observaba a los niños aterrorizados, sentados sobre la tierra que intentaba asemejarse a un mullido cojín, apoyándose los unos en los otros, reclinados sobre los árboles del laberinto que intentaban esbozar con sus ramas abrazos maternales. No los observaba porque era sabio y sabía que aquellos inocentes estaban convirtiéndose en cabeza de turco de su venganza. ¿Pero cuántos inocentes sufrieron aquel terrible incendio? ¿Ya nadie lo recordaba? Él sí, nunca lo olvidaría, parecía como si sus raíces hubiesen absorbido aquella agonía y dolor y la hubiesen transmitido para siempre a su tronco, a sus ramas, a sus hojas.

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Ilustración de Jesús Prieto Revuelta

Pero el bosque era ante todo hermoso, poblado de seres bellísimos. Las luciérnagas, estrellas de aquel frondoso bosque, divertidas y traviesas, aprovechando aquella confusión, se acercaron a los niños. Eran cuatro también y se presentaron ante ellos como un regalo. “Seguidnos”. Así hicieron los niños que, sin darse cuenta y como hipnotizados, llegaron finalmente a un claro del bosque. Allí, las hojas, cómplices en aquella inesperada sublevación, se convirtieron en improvisados lechos que los cobijaron y los cubrieron, consiguiendo que sus ojos se cerraran y se abandonasen al sueño del olvido.
La ofensiva había empezado. Y él lo sabía. Pero no su orgullo que lucharía hasta el final. El resto de los árboles abandonaron filas, deshaciendo aquel laberinto infernal. Era el turno de las más fuertes, las profundas raíces, dueñas de una fuerza infinita, asentadas bajo tierra, inamovibles. Poco a poco desplegaron sus tentáculos sobre la tierra, deslizándose lentamente hasta llegar a él, al gran árbol. Él también había puesto en pie de guerra a sus raíces, pero éstas fueron incapaces de resistir el asalto del resto del bosque, de aquella fuerza renovada y joven, de aquellos brazos que las aprisionaron, a ellas y a todo el árbol, enredándose en su tronco, asfixiándolo…
A la mañana siguiente el sol volvió a brillar con toda su fuerza. Encontraron a los cuatro niños durmiendo plácidamente. Fue imposible penetrar en el bosque durante la noche, toparon con una muralla de árboles indestructible. Todos juntos regresaron. Pero en el fondo del bosque había un enorme y viejo árbol extendido sobre el suelo, arrancado violentamente de sus raíces. Agonizante todavía, observaba desde aquella nueva perspectiva el bosque, su bosque. Era sólo una tregua, alguna de sus raíces resistieron el combate y, escondidas bajo tierra, prometieron cumplir algún día su venganza contra el hombre.

Una joven paseaba junto a la orilla del mar

Autor: María Paloma Muñoz Léndez

Ilustrador: Jesús Prieto Revuelta

Género: relato

Este cuento es propiedad de María Paloma Muñoz Léndez, y sus ilustraciones correspondientes son propiedad de Jesús Prieto Revuelta. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Una joven paseaba junto a la orilla del mar

UNA JOVEN PASEABA JUNTO A LA ORILLA DEL MAR. SUS CABELLOS ONDULABAN POR EL VIENTO QUE SOPLABA CON FUERZA EN ESE RECODO DE LA PLAYA. SUCUERPO SE ESTREMECÍA CON SUAVES ESPASMOS QUE NO PARECÍAN PROLONGARSE MÁS ALLÁ DEL MISMO MOMENTO EN EL QUE SE PRODUCÍAN Y SU MIRADA OSCURA Y PROFUNDA COMO ESE MAR QUE CONTEMPLABA SE FIJABA ENLA LEJANÍA DELHORIZONTE EN EL QUE TAL VEZ LEJOS YA DE  SU INALCANZABLE LÍNEA HABITARAN ESPELUZNATES MONSTRUOS O HERMOSÍSIMAS Y HECHIZADORAS DONCELLAS.

ELLA ERA UNA DONCELLA HERMOSA E INALCANZABLE. SU FAMA SE EXTENDÍA A TRAVÉS DEL TERRITORIO EN EL QUE GOBERNABA SU PODEROSO Y TEMIDO PADRE HACIA LOS REINOS MÁS ALLÁ DE LAS MONTAÑAS, DE LAS COLINAS, DE LOS VASTOS CAMPOS Y DE ESE MAR QUE ELLA CONTEMPLABA EMBELESADA Y ALGO TURBADA POR NO SABÍA QUÉ EXTRAÑA SENSACIÓN DE PLENITUD, DE EMBRIAGANTE OBSESIÓN POR CONOCER, POR ADENTRARSE EN LO INSONDABLE Y DESCONOCIDO DEL MAR.

ELLA ERA UNA MUCHACHA CALLADA DE POCAS PALABRAS Y MUCHOS SUEÑOS Y EMBELESOS, DE IMAGINACIÓN EXTRAORDINARIA Y DE EXQUISITO TRATO. TODOS CUANTOLA CONOCÍAN LAPONDERABAN DE TAL MANERA QUE PARECÍA QUE NO HUBIERA EN TODO EL MUNDO SER MÁS PERFECTO Y MARAVILLOSO QUE ELLA.

Y ERA VERDAD,LA JOVEN QUEPASEABA JUNTO ALA ORILLA DELMAR ERA ALGO MÁS QUE UNA MUJER EN UNA EDAD LLENA DE ENCANTO. UNA CARIÁTIDE SALIDA DE UN FLORIDO PRADO CORONADA DE VIOLETAS Y PENSATIVA CON SUS GRANDES OJOS BORDEADOS DE FRONDOSAS PESTAÑAS QUE ASEMEJABAN A DOS LAGOS RODEADOS DE ALARGADOS ALAMOS Y UNOS PUNTOS DE LUZ EN LOS QUE SE CONDENSABA TODO EL MISTERIO DELA VIDA YDE LOS SUEÑOS.

EL MAR…LA JOVEN QUEPASEABA JUNTO ALA ORILLA. UNDÍA CUALQUIERA ELLA DIO UNOS PEQUEÑOS PASOS  HACIA LAS TÍMIDAS OLAS QUE MOJABAN SUS PIES. SINTIÓ QUE ALGO  HACÍA QUE CONTINUARA HACIALA LÍNEA DELA PLAYA PERFILADACON UNA ARENA BLANCA Y FINÍSIMA. CONTINUÓ, CONTINUÓ AVANZANDO COMO SI ACUDIERA ALA LLAMADA DEUN SONIDO PROCEDENTE DEL OTRO LADO DEL MAR DONDE LOS MONSTRUOS Y LAS DONCELLAS PODÍAN BAILAR  UNA DANZA EXTRAÑA Y SALVAJE.

POCO A POCO AVANZANDO, SINTIENDO CADA VEZ MÁS FUERTELA ASPEREZA DELAGUA EN SUS TOBILLOS, SUS PANTORRILLAS, SUBIENDO, SUBIENDO HASTA SU OMBLIGO. SUS VAPOROSOS VELOS HINCHADOS SOBRELA SUPERFICIE. SUSPECHOS ENCOGIDOS POR EL INTENSO FRÍO QUE SENTÍA EN SUS CALIENTES VENAS.

CERRÓ LOS OJOS. SE APARTÓ EL MOJADO CABELLO SUELTO LARGO QUE UNOS INSTANTES ANTES ERA SUAVE Y QUE SE HABÍA CONVERTIDO EN UNA PESADA CARGA QUE APLASTABA SUS HOMBROS. CUANDO SUS OJOS SE ABRIERON  VIO QUE FLOTABA, QUE TODO LO QUELA RODEABA ERAUN MUNDO AZUL, VERDE, CON FOGONAZOS DE AMARILLO, DE NARANJA, DE ROJO, DE AÑIL, DE VIOLETA. DE PRONTO SINTIÓ UN FUERTE DESGARRO ENTRE SUS PIERNAS. LAS DOS DELICADAS PIERNAS, MODELADAS COMO UNA ESCULTURA DELA PROPIA AFRODITASE IBAN CONVIRTIENDO EN UNA ESPANTOSA VISIÓN DE TENTÁCULOS DE PULPO CON LAS VENTOSAS MORADAS Y PURPÚREAS Y TERRIBLES MOVIMIENTOS ONDULANTES QUE CONVERTÍAN  ESA PARTE DE SU CUERPO TRANSFORMADO EN UN ESPASMO CONTINUO DE REPUGNANTE MEZCLA DE MUJER Y CEFALÓPODO.

Ilustración de Jesús Prieto

Ilustración de Jesús Prieto

ATERRADA SIN SABER CÓMO HABÍA SUCEDIDO AQUELLO SE MOVIÓ FRENÉTICAMENTE EN EL AGUA. SE SENTÍA TRANSPORTADA POR LOS TENTÁCULOS QUELA EMPUJABAN HACIAABAJO HACIA EL FONDO A UNA VELOCIDAD DEMENCIAL.LA JOVEN MÁSATERRORIZADA AÚN POR CREER QUE ERA ESE ASQUEROSO ANIMAL MARINO EL QUELA ARRASTRABA, TRATÓ CON TODAS SUS FUERZAS Y DESESPERACIÓN DE ARRANCARSE LOS TENTÁCULOS Y SUS UÑAS SE CLAVABAN EN ESA CARNE ROSÁCEA Y TEMBLOROSA. A UNA VELOCIDAD DE VÉRTIGO CAYÓ HACIA EL FONDO, UN FONDO ARENOSO CON PIEDRAS MUY DIFERENTE AL QUE ELLA HABÍA IMAGINADO EN SUS SUEÑOS DE NIÑA Y DE ADOLESCENTE.

ELLA IMAGINABA EL FONDO MARINO CUBIERTO DE GRACIOSAS ESTRELLITAS DE MAR, DE CABALLITOS FLOTANTES Y SONRIENTES, DE COFRES CON PRECIOSAS JOYAS DE MUCHOS COLORES Y PERLAS BRILLANTEMENTE BLANCAS. LO IMAGINABA –O LO SOÑABA- CUANDO ERA NIÑA.

AL PASAR LOS AÑOS, YA CONVERTIDA EN TODA UNA BELLEZA PREPARADA PARA SER PROMETIDA A UN ARROGANTE, ATRACTIVO Y ENAMORADO PRÍNCIPE, SOÑABA CON OTROS SERES QUE HABITABAN EL FONDO MARINO, LAS PROFUNDIDADES. MONSTRUOS ABISALES Y SIRENAS, PERO ESE MONSTRUO QUELA HABÍA EMPUJADOHACIA EL LUGAR SOLITARIO Y PAVOROSO EN EL QUE ESTABA ERA REAL, NO ERA UN SUEÑO.

ESE MONSTRUO FORMABA PARTE DE ELLA COMOLA DESDICHADA ESCILACUYA PARTE INFERIOR DEL CUERPO ESTABA PLAGADA DE CABEZAS DE HORRIBLES PERROS FURIOSOS Y AMENAZADORES.  AHORA ELLA SE REVOLVÍA Y LOS TENTÁCULOS CON ELLA. SE ACERCABA A UNA ROCA PARA ASISRSE Y LOS TENTÁCULOS RODEABANLA ROCA COMOSI IMITARAN SUS DESESPERADOS GESTOS.

ASQUEADA, HORRORIZADA, DESESPERADA, CERRÓ LOS OJOS. SINTIÓ COMO EL FONDO ARENOSO SE ABRÍA ABSORBIÉNDOLA COMO UN GRAN EMBUDO SURGIDO POR ARTE DE MAGIA.  ELLA SE VIO A SÍ MISMA ATRAPADA ENLA ARENA CUBRIENDOSU MONSTRUOSO CUERPO.

ABRIÓ LOS OJOS.  ENTONCES VIO TODO EL INMENSO CIELO AZUL SOBRE SU CABEZA, LAS VERDES LADERAS QUE CAÍAN GENEROSAS SOBRE LAS BLANCAS ARENAS DELA PLAYA, EL SOL QUE LANZABA SUS RAYOS INMPETUOSAMENTE. SE TOCÓ. SE PALPÓ. COMPROBÓ QUE SUS PIERNAS ESTABAN INTACTAS, TAL VEZ ALGO ENROJECIDAS POR EL CALOR DEL SOL.

¿CUÁNTO TIEMPO HACÍA QUE ESTABA TUMBADA SOBRELA ARENA?  NO LO SABÍA. NO ERA CONSCIENTE DEL TIEMPO TRANSCURRIDO. COMO TAMPOCO ERA CONSCIENTE DE QUELA ESPANTOSA EXPERIENCIAQUE HABÍA VIVIDO HABÍA SIDOLA PESADILLA MÁSTREMENDA QUE HABÍA SOÑADO.

ELLA PASEABA JUNTO A LA ORILLA DELMAR: “JAMÁS VOLVERÉ A QUEDARME DORMIDA MIENTRAS PASEO JUNTO A LA ORILLA DEL MAR”.

MARÍA PALOMA MUÑOZ LÉNDEZ

26 JULIO 2011

Draco Custos

Autor: Begoña Callejón
Ilustradores: Jesús Prieto y Ester Salguero
Corrector: Elsa Martínez
Género: Prosa poética
Este poema en prosa es propiedad de Begoña Callejón y sus ilustraciones pertenecen a Jesús Prieto y Ester Salguero.DRACO CUSTOS
Golpean las puertas del Inframundo. Tierra. Mar. Aire. Las raíces de Yggdrasil en sus estómagos. La proa de la nave te esculpe. Una constelación asume tu nombre. No tengas miedo, escupe a los espíritus. Tierra. Mar. Aire. Bajo los pies de los santos, de los mártires. Me unto con tu sangre. ¿Protección? No. Me acerco al mal. Tierra. Mar. Aire. Obstáculo del héroe. Princesas en sus castillos. Es necesario volver al hogar. Dragón de fuego. Vuela. El viento lanza dardos. Verde turquesa. Un tocado de plumas. Tierra. Mar. Aire. Un guardián que devora plumas, que asusta a los barcos enemigos. Cierra los ojos y llévame con los vikingos, rasga mi alma. Mi corazón se desliza por el filo de tu párpado. Tierra. Mar. Aire. Me hundo en la canción de esta plaga. Me renuncio, me silencio, me recuerdo. Me corto de raíz. Naufragando en mi misma. Juegas a los acertijos, hablas en latín, tus escamas son fuertes y brillantes, articulas palabras y acumulas tesoros. Tierra. Mar. Aire. Autofertilización a través de tu vientre de molusco, tus alas de pez y garras de águila. Nos tumbamos al sol y descubro que tienes tantas costillas como días tiene el año. Tierra. Mar. Aire. Mudas la piel y rejuveneces.

Viaje a las Estrellas

Autor: Anna Morgana Alabau

Ilustradores: Benjamín Llanos y Jesús Prieto Revuelta

Corrección: Clara Sánchez

Género: cuento fantástico

Este relato es propiedad de Anna Morgana Alabau y sus ilustraciones pertenecen a  Benjamín Llanos y Jesús Prieto Revuelta. Todos los derechos reservados.

Viaje a las Estrellas

Le llamó nada más apagarse las luces. Sabía que, fuera, aún brillaban los últimos rayos de sol, pero las enfermeras habían bajado las persianas para que no les estorbaran en su sueño. Sólo que casi ninguno podía dormir.

Lena había esperado a que las enfermeras de ronda se congregasen en la sala común, para tomarse el primer café de los muchos que desfilaban por sus manos durante el turno de noche, y a que la mayoría de padres bajasen a cenar alguna cosa, o a tomar un poco el aire en el aparcamiento del hospital, donde todos intentaban dar alguna que otra calada a sus respectivos cigarrillos, con más o menos disimulo.

Una de las madres se había quedado a vigilarles y había echado la cortina que separaba las dos mitades de la habitación, pensando que, así, los niños no iban a intentar despertarse los unos a los otros. Pero tan pronto como el padre de Marcos hubo salido para ir al baño, Lena se había levantado furtivamente de su cama y deslizado cual sombra hasta la de Javi, justo en frente de la de ella.

—Psst, psst… —le llamó, zarandeándole por el hombro—. Es hora de irse, Javi.

—De acuerdo —contestó él, con mucho menos aplomo del que su voz dejaba adivinar—. Hay que avisar a Marcos.

—Vale —susurró Lena, decidida, y volvió a deslizarse de la cama hasta la contigua, donde la esperaba Marcos, con oído atento.

Lena era la niña más valiente, decidida, sorprendente y graciosa que Javi había conocido nunca, y también la que llevaba más tiempo en el hospital. Conocía a todas las enfermeras, y se tuteaba con todos los médicos del ala infantil. Incluso los bedeles le daban a escondidas las chocolatinas que se quedaban dentro de las máquinas, y ella las compartía con todos los niños de su habitación. Lena era alguien realmente excepcional, pensaba Javi, grande de espíritu; tan grande, de hecho, que aquel hospital de barrio se le había empezado a quedar pequeño, comparado con todo el mundo de aventuras y emociones que le esperaba fuera. De modo que, aquella mañana, Javi, Marcos y ella habían decidido escabullirse del hospital e irse de viaje bien lejos de allí.

—¿Ya es la hora? —A Marcos le había costado horrores aguantar el secreto hasta que llegara el momento, ¡horrores! Pero la noche había llegado, o al menos lo que las enfermeras consideraban que era la hora de dormir y, por fin, podían empezar su aventura.

Lena asintió, la sonrisa cruzando su cara pecosa y pálida.

—Sí —susurró, a punto de ponerse a gritar de pura excitación, y volvió a escabullirse hasta el suelo, donde la esperaba Javi, con la funda de la almohada llena de provisiones—. ¿Preparado? —le preguntó.

Javi asintió y, juntos, esperaron a que Marcos sacara también la funda de su almohada y la llenara, con sumo silencio, de lo más imprescindible: piezas de Lego, chocolatinas, caramelos, un libro de cuentos, el collar que su madre había dejado en la mesilla…

Una vez estuvieron los tres en el suelo, Lena se ajustó el gorro de algodón y les lanzó aquella mirada que sabían que siempre precedía sus increíbles aventuras.

—¡En marcha! —se esforzó por susurrar, a pesar de su voz chillona.

Los tres amigos se agacharon y anduvieron a hurtadillas hasta la cortina separadora. Lena la separó sólo unos centímetros y echó una ojeada. No tenían que pasar hacia allí, pero no iba a arriesgarse a que la madre, que estaba al otro lado, o el padre de Marcos les sorprendieran en plena huida. Cuando estuvo segura de que no había moros en la costa, les hizo una señal con la cabeza y los tres echaron a correr, tan sigilosamente como su entusiasmo les permitió, hasta la puerta de la habitación.

Cuando Javi tocó el pomo, sintió su corazón a punto de estallar.

—¿Oís esa música? —preguntó Lena, enseñando dos filas de dientes blancos contenidos en una sonrisa imposible—. ¡Son los tambores de nuestra fiesta de bienvenida!

Javi había pensado que era el sonido de su propio corazón, la sangre y la falta de aire martilleándole en los oídos, pero lo que decía Lena tenía mucho más sentido: hacía un par de semanas, los tres habían visto un documental de viajes sobre los países tropicales. Cuando la gente llegaba a Hawai, la Polinesia o Bali, les recibían poniéndoles collares de flores y haciéndoles fiestas con música, tambores y bailes. Y con comida, ¡un montón de comida riquísima, con salsas oscuras en las que se podía mojar pan hasta quedarse harto!

—¿Vamos a ir a Hawai? —preguntó, casi pudiendo saborear todos aquellos manjares, pero Lena negó con la cabeza.

—Vamos a ir a un sitio mejor —susurró, abriendo una rendija en la puerta de la habitación para mirar afuera—. Nos vamos a ir a las estrellas… —dijo justo antes de salir como una exhalación hacia el pasillo del ala infantil del hospital.

Marcos y Javi se apresuraron a seguirla, cargados con las fundas de almohada cual ladrones de película.

—¿A las estrellas? —jadeó Marcos, intentando seguirle el paso.

Lena se volvió hacia ellos y les arrastró hasta la pared del mostrador de recepción, donde estuvieron escondidos durante un buen rato.

—¿Cómo vamos a ir hasta allí? —preguntó Javi cuando empezó a notar que, a pesar de su excitación, el sueño y el cansancio comenzaban a vencerle.

—Con esto —respondió Lena, sacándose del gorro tres lagartijas de juguete.

Durante un instante, su cabeza quedó al descubierto y Javi se dio cuenta de cuantísimo cambiaba al quitarse el gorro que siempre llevaba puesto. No era que le impresionara, al fin y al cabo, allí casi ninguno conservaba el pelo; lo que le parecía sorprendente era que, aun sin el gorro, Lena seguía pareciéndole la niña más bonita que había visto jamás.

—Cuando salgamos a la calle, la luz de las estrellas las hará crecer —decía, sosteniendo los reptiles de plástico a la altura de sus ojos—, y podremos montar en ellas, ¡y nos llevarán volando hasta la luna!

—Genial… —dijo Marcos entre bostezos, apoyando la cabeza un poco más sobre su incómoda almohada—. ¿Y qué hay allí?

—Pues allí… —comenzó Lena, a quien se le empezaba a pegar también el cansancio— hay… luces muy grandes, y está el señor de la luna… que es… uhmmu… señor… gusta mucho… queso…

—A mí también… —intervino Javi, sin saber muy bien si la Lena que tenía delante era producto de su visión o de su imaginación— mucho… el queso…

Cuando Javi volvió a abrir los ojos, la luz de la luna le iluminaba por completo; a él, a Lena, a Marcos, y a las tres lagartijas voladoras, que trazaban círculos perfectos en torno a la luna.

Fue una noche estupenda: charlaron con las estrellas, hicieron carreras por el cielo y tomaron té y pastel de queso con el hombre de la luna, que les envolvió unos trocitos para que los metieran en las fundas de las almohadas antes de volver al hospital. Todos habrían querido quedarse allí más tiempo, pero la luna tenía que marcharse a iluminar la otra mitad del mundo, y Lena no quería que los mayores se preocuparan. De modo que, tras despedirse educadamente de todos, montaron de nuevo en sus lagartijas mágicas y regresaron a su habitación del hospital, pensando que ninguno de los adultos se había dado cuenta de su ausencia. Silenciosamente, los tres amigos se dieron un abrazo y se metieron cada uno en su respectiva cama.

Había sido un viaje emocionante y, a pesar de las regañinas que recibirían de padres y enfermeras al día siguiente por haber escapado de su habitación en mitad de la noche, estaban absolutamente resueltos a repetir la experiencia.

Ilustración de Benjamín Llanos