Surcando ediciona: Bienvenidos

Surcando Ediciona es un ezine de publicación bimestral que presenta el trabajo en colaboración de los escritores y artistas gráficos reunidos en la plataforma Ediciona.

Aquí tienen cabida todo tipo de textos e ilustraciones, para todos los gustos y de todas las temáticas, con un elemento en común: la idea que los enlaza. En esta primera edición, este concepto es el VIAJE, y todo lo que representa para cada uno de los colaboradores de este proyecto único del que os invitamos a disfrutar.

Ilustración de presentación a cargo de Virgina Berrocal, todos los derechos reservados.

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Mpya wa dunia

Autor: Begoña Callejón

Ilustradores: Laura López y Laura Vazval

Corrección: Federico G Witt

Género: relato surrealista (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Begoña Callejón y sus ilustraciones pertenecen a  Laura López y Laura Vazval. Todos los derechos reservados.

Mpya wa dunia

Lo cierto es que la micronación se encuentra en un 3º piso de la Quinta Avenida. Si vamos hacia el oeste nos encontramos con la avenida de las Américas donde en los postes de la luz resaltan los escudos de todas las naciones del Nuevo Mundo. Pero todo esto nos da igual. Estamos, como he dicho, en un 3º piso de la Quinta Avenida, dejando al sur a Central Park. Un padre, una hija y un gato claman por su soberanía. Ni países imaginarios, ni sectas, únicamente una micronación donde los pasaportes están junto al teléfono, los sellos en la cocina y las monedas sobre los zapatos de los domingos. Saben que Bonaparte se exilió a la isla de Elba y lucho por conseguirlo, ellos sólo necesitan perfeccionar el idioma.

Los vecinos de la comunidad están asustados porque piensan que esa necesidad de crear una declaración de independencia les va a causar problemas. El padre, Thomas, le recuerda vagamente a Thomas Jefferson aunque no entienden muy bien cuales han sido las razones que les han llevado a semejante planteamiento. Deciden convocar una reunión esa misma tarde a las 19,45h. Para llamar a la policía, temen que vengan los cascos azules de la ONU y que esto se complique aún más. Aunque saben que la Ley de Propiedad Horizontal de la comunidad no estaría de su parte porque sólo regula los espacios comunes y la verdad, ellos nunca han intentado asaltar el parque infantil ni atrincherarse detrás de los rosales, aún así, los estatutos internos les dan derecho a mediar en caso de un conflicto de intereses y en esta ocasión ya están cansados de los maullidos del gato, de que les hagan perder el tiempo a través de los visillos de sus ventanas y de que cuando se ponen a hablar padre e hija no entiendan absolutamente nada de lo que dicen.

Laura_Vazval

–         ¿Y qué podemos hacer? Cómo esto continúe así nos vamos a tener que marchar de aquí. Comienzan con su piso y vete tú a saber hasta donde quieren llegar. Yo estoy horrorizada. Tengo miedo. No sé que decir.

–         Yo opino igual, esto se nos puede ir de las manos si no tomamos algún tipo de media. No me fío de ellos. Thomas siempre mira de reojo y la niña hacia el suelo, estos comportamientos no son normales. Y el gato, por muy gato que sea está gordo y no sabemos de que se alimenta, o de quien. No puedo seguir hablando.

–         ¡Calmaos! Tal vez estemos exagerando. Tenéis que tranquilizaros, quizá veamos lo que no es, simplemente es una familia que ha decidido no salir a la calle, ¿qué tiene eso de malo?

–         Yo, como el presidente que soy, pienso que si actúan así puede ser porque estén locos, no sabemos si alguno de ellos tiene algún tipo de enfermedad mental. Pueden ser bastante peligrosos. ¿Con qué tranquilidad vamos a dejar que nuestros hijos paseen libremente por el edificio? Los pueden secuestrar y no sé de que pueden ser capaces. Vosotros mismos.

–         Porque tengan un problema psicológico no significa que sean malos, hasta ahí podíamos llegar, ¿en qué nos vamos a convertir nosotros?

–         La policía es la mejor solución. ¿Estáis todos conmigo?

La niña se encarga, como han podido comprobar los vecinos a través de esos visillos de la ventana, de vigilar los tres pasaportes; los abre, sonríe y los vuelve a cerrar. Un viaje imposible. Nunca podrían acceder a ningún aeropuerto, Mpya wa dunia, no existe. El tiempo pasa y nos descomponemos, piensa mientras los acaricia.

El piso está preparado. Balas de corto alcance para un posible ataque ofensivo. Primero: Insertar el cargador lleno de balas. Segundo: Fijarse en que se retrae la corredera hasta insertar un cartucho en la recámara. Tercero: Sólo con apretar el gatillo con el dedo índice se libera el diente de escape, el percutor retorna a su posición y golpea una aguja retráctil, que golpea el fulminante del culote, provocando la ignición del combustible y el posterior disparo. Cuarto: Conseguir que retroceda la corredera para expulsar el casquillo. Quinto: Estar preparado porque se puede disparar de nuevo.

Thomas dejó el trabajo hace dos meses, Zelma dejó el instituto hace uno y medio y Faber, la verdad siempre estuvo ahí, en el 3º piso de la Quinta Avenida. Zelma todos los días se sienta en una silla delante del teléfono como si esperase algún tipo de llamada, de 7 a.m. a 7:50 a.m. Cuando el teléfono suena a otra hora diferente ninguno de ellos cesa la actividad que estén realizando, simplemente han aprendido a no escucharlo. Su padre esconde sus manuscritos debajo de la cama y mira a ambos lados, teme que alguien pueda estar observándolo. Lleva escribiéndolos desde hace más de un año, en ellos se explica porqué han llegado hasta ahí, pero nosotros como lectores, no tenemos acceso a ellos.

Faber es el más tranquilo, se sienta en el sofá después del desayuno y no vuelve a levantarse hasta la hora de la cena, no entiende esa angustia que a veces se apodera del ser humano.

Los vecinos ya han avisado a la policía, en una hora, si no hay mucho tráfico, estarán ahí. Se reúnen en casa del presidente para tomar un café y que así el tiempo se les pase algo más rápido.

Thomas y Zelma deciden formar con las piezas de lego un aeropuerto imaginario en el salón de su casa, donde puedan ensayar el momento en el que entregan el pasaporte, la azafata sonríe y ellos dan las gracias, diolch.

–         Buenas tardes, ¿Cómo están? ¿Me dejan sus pasaportes?

–         Aquí están.

–         Gracias, vaya, vienen de Mpya wa dunia, me han hablado muy bien de este lugar.

–         Gracias, si.

–         Aquí los tienen. Buen viaje.

Golpean la puerta con violencia, permanecen en silencio, no, no es la señora que trae la comida, ella viene a las 10:30 los miércoles y hoy es lunes. Oyen amenazas. Más voces al otro lado. Fuera. Donde todo es distinto, peligroso, donde muere la gente, donde el cielo no es azul, donde mirar a alguien te puede costar la vida. ¡El arma! ¿Dónde está? La puerta cae. La chica coge con fuerza el arma. Se acercan a ella. Un disparo.

Daturas

Autor: Mariola Díaz-Cano Arévalo

Ilustrador: Lidia Kalibatas

Corrección: Clara Sánchez

Género: relato romántico

Este relato es propiedad de Mariola Díaz-Cano Arévalo y su ilustración pertenece a Lidia Kalibatas. Todos los derechos reservados.

Daturas

−¿Me dejas conducir? Eres tú el que debe ver todo y disfrutar.

−¿No será que todavía tengo que practicar más y no te fías de mí?

−¡Eso también!

Su risa me iluminó, me encendió, casi me dolió el placer de oírsela.

Claro que la dejé, claro que no debía fiarse de mí, pero no me odia. La salvé de un padre borracho en el que luego me convertí, pero no me odia. Ahora nos debemos esto: la bruma matinal, el sol inusitado, el azul oscuro del agua, el verde infinito de esta tierra que nos vio nacer pero que yo apenas conozco. Tendré que robarle esa risa y laminarle la piel cuando lleguemos: ahí sí que están todos los mapas de mi única tierra.

−Mira −me indicó al frente cuando se vio la ría−. A la próxima cruzaremos en el transbordador. ¿Sabes todos los delfines que hay? Pues todas las veces que los veo, siento la misma emoción. Es infantil pero no puedo evitarlo.

¿Infantil? No hay nada infantil en ti, nunca lo hubo.

−Porque no te mareas, ¿verdad? Ya eres más que mayor y no creo que hayas perdido la costumbre a las curvas.

Sí, yo sí que debía ser el niño a su lado. Y no, las curvas son lo mío: una casi me mató pero después no se me quedó el respeto y las seguí dibujando, ciegas, hechas de vapor y frío, de nuestro demonio, hasta que me desperté en aquel colector. Y las de ella, aun habiendo querido borrarlas, fueron imposibles de olvidar. ¿Cómo serán ahora? Apenas puedo esperar.

Le haré caso, me concentraré en mi alrededor pasando rápidamente, en la frescura de los altos helechos, en los grises eucaliptos abigarrados en las laderas, en los castaños, en los plátanos, en el mantillo espeso y negro bajo ellos del que me llega el aroma húmedo.

Ni una nube en el cielo ahora. Es tan extraño. Apenas salíamos, nos envolvía la bruma. Sólo unos kilómetros más al sur y ni una brizna. ¿Extraño? Todavía no sabes dónde estás, ¿verdad? Aquí la luz siempre la trae el océano, choca en los cabos y entra en las rías, que la expanden. La jugosa naturaleza la filtra y los pequeños pero múltiples cogollos de casas y poblaciones la reciben con alborozo, tan escondidas y empinadas entre el verdor. Sólo la piedra de las iglesias y ermitas que aparecen entre recodos atrae esa luz y la acoge a sagrado, para que les caliente los muros, las vidrieras y a los santiños, los únicos siempre a resguardo de la lluvia que nos ha dado esta vida de agua.

Entonces la visión del puente me sobresaltó. Ya lo había distinguido antes desde lejos pero ahora, tan cerca, su grandiosa estructura, los inmensos pilares… Casi dos kilómetros del mayor estrechamiento de la ría, dos extremos unidos en unos pocos minutos suspendidos en el aire cuando, desde que Dios arañó aquellas costas para afilar el mundo, se habían cruzado navegando.

Nos metimos en el tráfico más denso que se dirigía a la ciudad. Y a mí los coches circulando me parecieron diminutos, opacos, engullidos por aquel reluciente firme, atrapados en la red de cables de grueso acero que nos sostenían, expuestos a que el Atlántico soplara en cualquier momento en un día de los nuestros y cayeran al agua sin mayor resistencia.

−Impresiona, ¿eh?

−Mucho.

−Sí, la primera vez que pasé casi sentí vértigo, pero quizás todavía es más imponente cuando cruzas por debajo. Vinimos algunos días cuando lo estaban construyendo y Rafa desembarcaba en el Berbés o tenían que descargar en Rande. Y todas las veces le gustaba recrear la batalla.

Lo dijo sin tristeza pero perdiendo la mirada tres segundos.

Rafa.

Eso, recuérdalo. En mí sólo se quedó el amigo siendo un muchacho que ya había abierto su existencia al mar.

De pronto, la ría me pareció demasiado oscura. Vi las baterías dispuestas, las mayores desplegadas del Royal Sovereign acercándose, los cientos de gallardetes ondeando, el bloqueo de Chateau−Renault en su Le Fort, el desconcierto de los defensores en la costa, las órdenes en grito del almirante Velasco. Después escuché los cañonazos incesantes desde uno y otro lado desgarrando velas, destruyendo muros, desarbolando navíos y galeones; vi las astillas y el fuego, el negro humo más espeso que cualquier bruma.

Creo que he recreado esa escena millones de veces, ya lo hacía con Rafa siendo los dos rapaces, que él sí que se la sabía de memoria porque le fascinaba; pero después, en todos los vapores en los que me sumergí bebiendo, sé que la he visto desde el castillo del Jesús, María y José y desde la garita de la costa, incluso bajo el agua. Sí, puedo jurar que es ahí abajo donde mejor la he visto. Con la mirada empañada de alcohol la perspectiva no puede ser más extraordinaria y terrible.

Ese gotoso de Rooke y su jauría inglesa y holandesa saquearon estas aguas como antes Drake y otros piratas de su calaña, que no tuvieron otras cosas mejores que hacer. Deberíamos haber escarmentado ya de esos hijos de San Jorge cuando hay oro, ambición y guerras de por medio. Pero no.

Rafa también descansa de una batalla que jamás debió librar porque ya lo tenía todo, porque todo es ella aquí a mi lado, porque además la multiplicó en la preciosa hija que le engendró en las entrañas que yo le amé antes más que a nada. Así que ya nunca habrá respuesta a por qué quiso embarcarse en aquella travesía de la que no regresó. Y yo nunca quise tener que ver con eso por más que lo pude sentir.

−Te quedaste muy callado.

Los hijos del Dragón y los tulipanes se largaron a todo trapo con las bodegas rebosando de rapiña. Ella seguía conduciendo, atenta, atravesando el laberinto de intrincados desvíos en cuestas y giros hacia todas las direcciones y puntos de la ciudad.

−Sí −contesté−, me distraje, perdona. ¿Me dijiste algo?

−No, sólo que estabas muy serio.

−¿Pero no vas mirando hacia delante?

−No me hace falta mirarte para verte.

−Eso es verdad −sonreí.

Ella me imitó. Media hora después sí la tenía de frente. Nos habíamos detenido en los aparcamientos del puerto deportivo y yo contemplaba la muralla del que fuera el castillo de Monterreal, rodeando lo que ahora era un exquisito y espectacular parador de turismo. Después me tiraba de la mano y caminábamos hacia los muelles, y yo descubría otro trozo de tiempo entre los mástiles de pequeños veleros y los motores de fuerabordas.

Terminó de esfumarse cualquier rastro de navíos dieciochescos ante aquella carabela. Era una réplica de la historia pero su nombre, y el de su capitán, Martín Alonso Pinzón, ya siempre sería Historia. También hubiera podido ser de juguete, una construcción de piezas de madera que hubiese armado cualquier niño para echarla después a navegar en un riachuelo.

La Pinta dormía al sol su sueño inmortal en un suave vaivén de brillos y me conmovió por su anacronía con todo lo que nos rodeaba. Velas como manteles, gallardetes como pañuelos de bolsillo, cuadernas y baos como mis dedos. Se mecía tranquila, ufana. Regresó trayendo noticias de una tierra nueva de la que yo tal vez todavía no he vuelto aunque me fui sin querer.

Otra vez ella tiró de mí.

−Venga, sigamos. Queda la mejor parte.

Tuvo razón porque vi dónde había ido Dios a afilarse esas uñas: la rocosa costa, descarnada y desnuda al mar abierto, desde el cabo Silleiro hasta la desembocadura del padre Miño en La Guardia. En mitad del camino, un monasterio casi lamido por los embates de las olas, el de Santa María de Oia.

Hubiéramos ido aquel domingo de mayo de hace algo más de treinta años, yo a punto de los dieciséis, tú con catorce. Encuentro de corales de toda la provincia. Tú con tu mejor voz, yo con mi flauta de boj. También nos subirían a los castros de Santa Tegra y veríamos la inmensidad que se divisaba desde su cima. El desvencijado autocar tenía previstas dos paradas: una ya la habíamos hecho, otra sería allí, en aquel monasterio. Para empezar a afinar. Si hasta pasaríamos la primera noche fuera de casa, en un albergue del minúsculo pueblo que lo rodeaba.

El sol quiso brillar menos a nuestra espalda, tras las alturas de las montañas, con la espuma de las olas resonando aunque pareciera que rompieran tan lejos. Sentí un poco de frío al bajar y volví a traer recuerdos de fuego.

Algunas veces los ensayos del coro eran en la sacristía y también en la iglesia donde fuéramos a cantar. Algunas veces habíamos llegado antes sólo nosotros. Algunas veces nos habíamos marchado los últimos. Una vez hasta perdimos los papeles, literal y figuradamente.

Comuniones de junio en Cela. La antiquísima y pequeña iglesia románica del siglo XII. Su coro en alto frente al altar desde donde casi podía tocarse el rico artesonado de madera del techo. La tarima crujiente al pisar. Algunos bancos. Las peanas para los pasos de la  Semana Santa al fondo.

La acústica de las voces se impregnó del eco de las piedras y fue muy suave. Tu voz sonó como gotas de lluvia tintineando en cristal, y más dulce que nunca. El bueno de Melo Feijoó había templado su gaita al mínimo y yo apenas me atreví a respirar para dar aire a la flauta. Don Agustín no alzó ni una vez los brazos para dirigirte y, cuando acabaste, se extendió un largo silencio hasta que el párroco pareció recordar que debía continuar la celebración.

Era un día para los niños pero fue tu día.

Los nervios, la emoción y unas felicitaciones de prácticamente la parroquia entera te hicieron olvidar la carpeta con las partituras y un pañuelito bordado que te había regalado tu abuela y siempre llevabas dentro a modo de amuleto. Y cuando ya se había cerrado la iglesia pero aún andábamos por los alrededores, tuvimos que buscar al párroco para que nos diera las llaves.

Fue sólo un momento y te acompañé. Subí tras de ti por la estrecha escalera de altos peldaños pero me adelanté para recoger la carpeta olvidada en el extremo del banco. Antes de dártela y bajar, no me pensé ni un segundo el beso que te di. El siguiente me lo pensé dos porque fue en la boca. El tercero tuvo la respiración tan excitada por el peligro y el sofoco de la caricia. En el cuarto, te había apoyado contra el muro y la piel del cuello te palpitaba.

Nos van a venir a buscar, nos verán, me dijiste sin pararme.

Sólo uno más. Cantaste tan bien… Cada día lo haces mejor y eres más guapa y me gustas más y…

Estuviste a punto de olvidar la carpeta de nuevo.

−Eh… ven aquí, vuelve.

Pero me empezaron a temblar las manos. Ella me las agarró con fuerza.

−Mírame, mírame. Eso es. Mira al frente, al mar, a mí, a mi alma. Se pasará. Todo se pasa aunque no nos lo creamos.

Le hice caso. Siempre se lo hice.

−Estamos en casa −siguió diciéndome apretándome los dedos contra su cintura−. No marchaste. El alma no pone distancias.

La abracé, me hundí en su cuello, me embistieron sus olas, su luz y mis batallas. Me recreé en mi tierra y en sus curvas y círculos perfectos. A nuestra espalda aquel enorme magnolio y, mecidas por el viento, tantas daturas blancas que nos intoxicaron. Cuánto las había echado de menos.

Mariola

Febrero 2011
Por haber invertido un poquito de su tiempo y tantísimo talento en plasmar las imágenes que ha visto en este relato en su magnífica ilustración , mi agradecimiento y admiración por LIDIA KALIBATAS.

Un Avión y un Gallego Bueniño

Autor: Ana Marí Madrid

Ilustradores: Susana Rosique y Rosa García

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: relato

Este relato es propiedad de Ana Marí Madrid y sus ilustraciones pertenecen a  Susana Rosique y Rosa García. Todos los derechos reservados.

Un Avión y un Gallego Bueniño


Llovía a mares en la pequeña aldea, de un simple chirimiri se desató una verdadera tempestad. A través de su ventana, Cristian, veía la sacudida de los árboles, por unos segundos se asustó, pero al momento infló su pequeño pecho abrochándose el último botón de su camisa nueva. Sus amigos le llamaban EL GUERRERO DE LA PANTALLA, estaba preparado y dispuesto a completar su examen cardiológico enfrentándose a la ira de la naturaleza, si era preciso. Sus válvulas, demasiado pequeñas para su edad, debían ser operadas cuanto antes. A veces las soñaba como estrechos túneles que le absorbían atrapándolo en su interior, no podía escapar, le comprimían hasta hacerle chiquitito y… desaparecer devorado por sus débiles anticuerpos como una minúscula bacteria. Cuando le entraban los ahogos del asma, imaginaba estar buceando con una botella de oxigeno casi acabada, relajaba su mente con su respiración para que le durase hasta salir a la superficie, siempre conseguía llegar a tiempo, solo tenía que sacar de su bolsillo el inhalador, pero, disfrutaba asustando a sus compañeros mientras se retaba apurando el tiempo. El pequeño guerrero ya no le temía a los viajes que le daban su salud. Se dejaba llevar de la mano de mamá, mentalizado de que no debía alterar los pronósticos del destino, aunque jugara con ellos no los podía cambiar, no podía escapar a la intervención quirúrgica que llevaban meses preparando. El viaje no podía aplazarse.

El camión del primo Suso les acercó a la entrada de la ciudad de los peregrinos, la odisea del gallego bueniño comenzó en el mismo momento en que subió su gran peldaño, enganchándose con el freno de mano. El gran armatoste corrió unos metros derribando el único árbol que había frente a su casa. No hubo daños personales, pero si materiales y un gran susto con algún que otro coscorrón. Nada más llegar ya le esperaban en el taller de reparaciones. Cristian y su madre tenían el tiempo justo, no les quedó más remedio que buscar un taxi que les llevase al aeropuerto de Lavacoa. No fue nada fácil. Era año santo, los peregrinos invadían la ciudad complicando la circulación y el encuentro de taxis, las paradas estaban vacías, no había ninguno disponible. Pero Suso no dejaría a su prima Maruchi y a su pequeño diablillo a las buenas de Dios, con semejante monstruito corrían el riesgo de que el gran ser supremo se lavase las manos.

Al técnico del camión no le importó dejarle las llaves de su pequeña chatarrilla maqueada con piezas sueltas de lo que pillaba. Lo que había sido un Clío parecía un puzzle remendado. Los recogió, desesperados ya, en la acera de la parada de taxis.  Nada más llegar, daban por el interfono, el último aviso a los pasajeros. Empapados de agua, resbalando en su carrera y al borde de la asfixia, Maruchi entregó las reservas y corrieron a la puerta de embarque. La mala suerte no había terminado. Maruchi pasó la puerta de seguridad sin problemas pero Cristian… el escándalo fue total. Se negaba a darle al guardia su navaja de empuñadura de hueso. Desde que se la trajeran los reyes magos para talar sus figurillas de las ramas caídas de los árboles… nunca se separaba de ella. Mamá Maruchi no tuvo más remedio que meterla en su mochila y bajar a facturarla. Casi despegan sin ellos. Por fin subieron al avión, destino Santiago de Compostela-Madrid. Era la primera vez, lo más cerca que había estado de uno de esos bichos con alas fue… cuando un helicóptero aterrizó en el campo de Suso para transportar a una accidentada que sacaron los bomberos del amasijo de hierros del coche que se empotró con la vaca que se le cruzó, contra el muro de la tapia de la finca de Ceferino. No, no pudo despegar por más que se escondió en la pequeña cabina, lo sacaron de los pelos arrastrándolo a su casa. La abuela Blandigna a veces se pasaba al no quitarle los ojos de encima y pillarle en el último momento, ¿qué rabia le daba!  Esta vez era distinto, tenía su asiento reservado; fila C asiento 13. Quién piensa en la mala suerte si ya nació con ella. Era sietemesino en un embarazo tan sorprendente que su madre no se dio cuenta hasta que lo parió. Y es que la menopausia puede llegar a dar sus sorpresas. Cris era… como el gran quijote, con espada en alto para luchar contra… esta vez…los rayos. Nada más sentarse la cortina de agua de su ventanilla y el ligero barullo, casi un susurro convertido en silencio al iniciar el vuelo… lo adormeció, por más que batalló por tener los ojos muy abiertos y sentir esa emoción que le subía como un gusanillo por el estomago, provocándole… la sensación de volar sobre un avión de papel, tan frágil y a la vez… apasionante. Pero su cansancio y el vaivén semejado a una cuna de bebé, le dejaron KO. No habían salido del espacio aéreo gallego cuando unas fuertes turbulencias y el estruendo de un rayo, partió, el cielo en dos. Ni la borrachera de sueño impidió su sobresalto, disparándole el corazón; Estaba solo, al final del pasillo su madre desaparecía con el último pasajero, absorbidos por un remolino de espeso humo. El ala que veía desde su ventana, iluminaba la oscuridad que les envolvía, con su escandaloso fuego. Cristian corrió a engancharse a la saya de su madre. Al instante todo desapareció, cayendo en una dimensión de carreras donde eran dirigidos por mandos. Estaba dentro de uno de sus juegos de la playstation. El era ese guerrero de la pantalla de que tanto presumía. El máximo ganador debía combatir por regresar a la vida. Corría, saltaba, combatía, volaba, conducía, navegaba, siendo perseguido y atacado sin descanso. Esquivaba Balas, monstruos, lanzas, espadas, saltaba de una partida a otra, de un juego a otro, ganando piedras de colores, rubíes, esmeraldas, zafiros, corales, con el oro del ámbar liberaba su propia batalla. Allí no habían desmayos, dolores, ni ataques de asma, era libre, pero como cualquier ser o guerrero espacial, notaba el cansancio. Agotado se dejó caer en cama placentera, sin intuir su peligro. Se sintió sumergido en una nube de algodón de azúcar; -¡que bueno, además de cómoda, dulce y sabrosa. Me protege, me esconde y me acurruca para echar una cabezadilla! …OHOH… ¿y eso que es…?-  Una enorme boca llena de dientes se acercaba a toda velocidad y… se lo zampó sin darle tiempo a ninguna reacción. En su lucha por escapar… un manotazo un saltó y… golpeó la cabeza de una azafata, desparramando la bolsita de nubes de gominolas. Sus esmeraldas, zafiros, rubíes, corales y demás piedrecillas rodaban por el estrecho pasillo. Era el regalo de la compañía a todos los niños por tener un feliz aterrizaje, la joven azafata se  la daba con una de sus más amplias sonrisas y…

Despertó de su pesadilla.

Cristian aterrizó pero su viaje… no terminó. Las aventuras de un gallego bueniño empezaron en cuanto puso un pie en tierra.

El Viaje de su Vida

Autor: Carmen Sanjuán

Ilustrador: Gabriel Fabricio Antille

Corrección: Federico G Witt

Género: microrrelato

Este relato es propiedad de Carmen Sanjuán y sus ilustraciones pertenecen a  Gabriel Fabricio Antille. Todos los derechos reservados.

El Viaje de su Vida


Enderezó la espalda, levantó la cabeza y respiró profundo empapándose de la primera hora de la mañana y su libertad mientras se dirigía a la estación cercana. Siempre había viajado en el Mégane pero por una vez quería empezar la aventura desde el principio.

Sacar el billete en el expendedor automático fue fácil, elegir trayecto – el más largo –, también, pero encontrar un asiento disponible y en hora punta iba a ser que no, así que tiró la mochila donde pudo y se sentó apoyándose en la puerta que no solía abrirse.

La primera media hora disfrutó del vaivén del vagón entre las piernas, mientras trataba de adivinar la edad de los pasajeros por la forma de sus zapatos. Siete pares que entraban, otros tantos que salían…, de todos los colores y tamaños, de plataforma, cuadrados, acerados, de aguja, de goma como las deportivas…, no eran tan distintos a los suyos – pensó –, y echó la vista atrás.

Se había preparado a fondo para lo que creyó la cosa más importante de su vida, o al menos hasta la presente circunstancia, y el motivo por el cual había pasado varios meses acumulando sueños y guardando un piquito de los euros que le venían sobrados de tanto en tanto. Luego, la elección minuciosa del vestuario porque no podía ir de cualquier modo. Le daba pánico parecerse a uno de esos extravagantes guiris que solían patear las calles enfundados en larguísimos calcetines negros sobre las chanclas de goma, por muy Same ni Nike que fueran. Y la valija – claro –, que no podía ser ni muy grande, ni muy chica, ni friky, ni cutre, ni en exceso pija, por eso ni la Samsonite de su hermana, ni la vieja Thunder del armario de los trastos pudieron superar a su mochila de siempre, la de tonos verdes de camuflaje que solía llevar en las acampadas; esa que tanto odiaba  Susana, su mejor amiga, porque – decía –, le hacía recordar a un soldadito de expositor como los que guardaba el abuelo tras la vitrina.

Ni siquiera esperó a despedirse. No pudo hacerlo, entre otras cosas porque odiaba las increpancias de última hora, tanto que le hacía sentir que el pensamiento le chorreaba blando y viscoso. Porque era eso, seguro, y no la música del MP3 – como trataban de hacerle creer –, que colgaba de sus orejas de forma permanente para evadir el mundo. Pero el mundo estaba allí, corriendo veloz tras la ventanilla del tren y él, rozándolo con los dedos.

Alguien le cogió del brazo un poco antes de llegar al destino y se dejó hacer bajando juntos al andén casi vacío. Tal vez quisiera certificar el pasaje – pensó –, y lo acompañó a una sala de cubierta metálica e interior acristalado. Tras hacerlo sentar en la única silla existente aquel desconocido se le plantó delante mirándole fijo.

— ¿Algo que decir?

Apretó contra sí la mochila de camuflaje verde y centrando la vista en sus deportivas  supo que allí terminaba todo. Pero mañana sería distinto. Mañana dejaría a todos con el sabor del asombro en los labios. Mañana, sí, cuando contara la gran aventura de sus seis, recién cumplidos, años.

Marinada

Autor: Carmen Sanjuán

Ilustrador: Fernando Halcón

Corrección: Federico G Witt

Género: poesía

Este relato es propiedad de Carmen Sanjuán y sus ilustraciones pertenecen a  Fernando Halcón. Todos los derechos reservados.

Marinada


Mirábamos el mar. Se nos caía
la tarde entre los brazos
como si fuera abril que derramara
la fiebre de sus ramos,
entonces, lentamente se vistieron
de arena nuestros labios
heridos por la sal de la costumbre
y el agua de los años,
y no sé por qué- o así me pareciste-,
más triste y pensativo,
más ido y desolado.
¡Cuánto creímos ver en los azules,
cogidas nuestras manos,
aquellos corazones predecibles
de sueños incontrados!

Bebimos del silencio
ya como entonces, cuando
remontaban alegres las gaviotas
sus vuelos milenarios
y una ola se venía,
y otra,
y otra
y otras tantas, dispersas, que escaparon
llevándose la huella de un vestigio.
Pero el tiempo, como la mar, retorna
el ansia del ahogado,
y las huellas creídas transitorias,
y los pies soterrados,
y en cada espuma blanca y caracola
se avivan los aromas de lo antaño.
¡Ah, cómo aquel entonces te veía,
hermoso corazón, si entre sargazos
tal que pez, sucedía que nadabas
directo a los abrazos!

Bien supimos que no era
toda orilla de esteros remansados,
que vendrían momentos,
y mañanas, y lunas,
y escamas, y vaivenes, y aletazos,
que tal vez, tantas nubes de tormenta
vistieran su naufragio
y todo lo anhelado se perdiera.
Por eso, morador de la rutina
– carey abrocalado-,
dejabas de latir una mañana.

¡oh!, verte así tan impreciso, tan
sin pulso, extremo y cabo.
¿Y si… y si roca sucedía…y sí…?
Mirábamos el mar-nos trajo un beso-,
y caía caía
y caía la tarde
entre los brazos.

El Último Viaje en Tren

Autor: Ernesto Lovera Pascual

Ilustradores: Ernesto Lovera Pascual y Adriana Magaldí

Corrección: Clara Sánchez

Género: relato terror

Este relato es propiedad de Ernesto Lovera Pascual y sus ilustraciones pertenecen a  Ernesto Lovera Pascual y Adriana Magaldí. Todos los derechos reservados.

El Último Viaje en Tren

Estaba atardeciendo, el rojizo sol empezaba a ocultarse en las montañas. Tras un rato perdido en ese maravilloso paisaje noté un insistente manotazo en mi brazo. Era mi nietecita Irene, un encantador ser de cinco años en la flor de la vida. Sin embargo yo estaba comenzando a marchitarme.

—Abuelito, ¿cuándo vamos a llegar?

—Pronto, pequeña, pronto.

—¡Yo quiero llegar ya!

Tenía la impaciencia propia de la edad, sólo pensaba en jugar y volver a jugar. Traté de disuadirla contando una historia pasada, justo cuando iba viajando en ese mismo tren.

—¿Sabes que tu papá tenía la misma edad que tú una vez que viajamos con la abuela? Aún recuerdo cómo se chupaba el dedo porque no se había acostumbrado todavía a quitarse el chupete.

Al pasar por un túnel, aparecieron ante mí los recuerdos pasados, y vi claramente en el asiento frontal la escena que le contaba a mi nieta. No podría explicar aquel momento, pero sentía alegría pero a la vez tristeza. Allí estaba mi hijo pequeño chupándose el dedo delante de su hija de su misma edad, que me volvía a llamar por verme en ese estado.

—¡Abuelo! ¿Qué miras?

—Veo a tu abuela, cariño.

—¿Pero no estaba en el cielo?

No hice caso de su comentario, y quise tocarla para ver si realmente estaba allí. Hacía tanto que no la veía, tenía tanto que decirle, que preguntarle. Ya nadie me comprendía como ella lo hacía, la echaba de menos. Cuando le toqué la cara ella no se inmutó, parecía que vivía su escena cotidiana sin vernos a nosotros, aunque creí escuchar que decía a mi otro yo más joven que acababa de notar algo en la cara. Recordé que eso pasó hace muchos años, pero fue un comentario tan banal y ridículo que siguió la conversación sobre el pequeño Raulito y su fea costumbre del dedo.

Al mirar al fondo del tren observé unas siluetas que pasaban por el corredor del tren. No lo podía creer, eran mis padres allá por el año 1946, y yo estaba en brazos de mi madre llorando. Justo cuando llegaron a donde yo estaba se sentaron en el lado derecho del tren. Ahora el tren parecía una escena familiar con tres generaciones sentadas paralelamente.

‹‹Esto no puede ser verdad››, pensé acaloradamente. Detrás de mí escuché unas voces de chicos jóvenes que venían metiendo prisa a otros pasajeros y corrían hacia mí. Al girarme me vi a mí mismo con mis primeros granos adolescentes, mi primer bigote y mi primera melena. Me traspasaron como si mi cuerpo hubiera dejado de existir, era como un viento etéreo en ese antiguo tren. Al mirar a mi Irene tampoco estaba. Empecé a preocuparme, esto ya era demasiado para mí. ¿Estaba muerto y no me había dado cuenta? ¿Por eso recordaba toda mi vida en ese tren? A lo lejos pude escuchar la voz de mi nieta preocupadísima, llamándome y llorando desconsolada.

Ante todo ese caos sin sentido, una flauta sonó a lo lejos y el sonido se fue acercando poco a poco. La puerta del vagón se abrió y un hombre encapuchado que tocaba la flauta se acercó. De repente se paró de golpe en la mitad del vagón. Todos mis yo pasados se quedaron quietos al instante en el que oyeron aquella misteriosa melodía. Dejaron sus quehaceres cotidianos y al levantarse de sus asientos, se dirigieron como autómatas hacia el hombre oscuro.

El chico adolescente llegó primero, y la extraña figura dejó de tocar la flauta y se tambaleó hacia él como un péndulo. De la capucha apareció una gran boca con alargados colmillos y se lo comió de un bocado. Algo en mi interior empezó a dolerme, ¿cómo podía ser, si ya estaba muerto? ¿O a lo mejor era esa cosa la que me estaba matando, comiéndose partes de mi ser?

Cuando mi otro yo de treinta y tantos años llegaba para la maldita figura oscura, fui hacia allí para que no cayera en la trampa mortal. Al fin y al cabo era a mí a quien estaban haciendo el mal y no podía permitirlo. Me llamé por mi nombre pero él no podía escucharme, así que continuó hacia el encapuchado, que de nuevo lo devoró al abrir su capucha.

—No puedes detenerme, pronto dejarás de existir—dijo el flautista de ultratumba con un sonido gutural.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Corrí hacia él y le pegué en su asquerosa boca llena de feos colmillos. La bestia agonizó y cayó de bruces en el suelo del vagón. Una voz lejana decía que estaba reaccionando a las descargas. Yo seguía pegando a ese ser en todo su cuerpo oculto tras la capa. Seguía chillando y pataleando hasta que de sus mangas salieron unas serpientes que saltaron hacia mí y me apresaron los brazos, dejándome atado.

Cuando mi otro yo de un año llegó gateando, el hombre encapuchado ya se había recuperado. Se lamió con su repugnante lengua de serpiente y se lo comió. Otro dolor punzante vino a mi corazón. La cosa se rió malvadamente y se fue por donde había venido. Las serpientes de mis brazos desaparecieron y me desvanecí en un profundo y oscuro sueño.

Todo era oscuridad, parecía estar en un túnel o algo parecido. Y había una pequeña luz al final. Aunque tenía una sensación de pesadez y de estar hundido en el más profundo pozo, había una leve esperanza para salir de ahí. Intenté dar impulso con mis brazos y sentí que flotaba lentamente hacia la luz. Mis brazos aleteaban y yo llegaba poco a poco hacia la salida luminosa, hasta que una sensación de caída hizo que despertara.

—¡Abuelito! ¡Por fin has despertado! ¡Estaba muy preocupada!

—Señor, ¿está bien?, su nieta nos dijo que le dio un ataque y cayó al suelo.

—¿Mi nieta? Yo no tengo nieta.

—¡Abuelo, soy yo, Irene! ¡Mis padres estarán esperándonos en la próxima parada!

—No sé de quién me hablas, creo que se están confundiendo con otra persona, si me permiten tengo que irme—dije confundido.

—¿Seguro que es tu abuelo, pequeña?

—Sí, pero nos ha olvidado.

No sé qué querían ese hombre y su pequeña hija, pero ya no pienso viajar más en ese tren. Ese ha sido mi último viaje.

Llamado Telúrico

Autor: Rosina Peixoto

Ilustradores: Laura Vazval y David Hernando

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: relato (a partir de 9 años)

Este relato es propiedad de Rosina Peixoto y sus ilustraciones pertenecen a  Laura Vazval y David Hernando. Todos los derechos reservados.

Llamado Telúrico

Viajar es uno de los placeres de la vida y si tenemos la suerte de elegir un buen destino, ese placer se multiplica. Las opciones son variadas: viajes a lugares lejanos, a sitios históricos, a parajes recónditos, a ciudades glamorosas, a pueblitos desconocidos, expediciones, safaris, viajes en crucero, en avión o por tierra.

En esa oportunidad tuvimos ansias de estar en contacto con la tierra y saber de nuestras raíces latinoamericanas; fue un modo de apreciar otras culturas y formas de vida. Pudimos optar entre un viaje en avión a una de las capitales elegidas y seguir el paseo en ómnibus a las otras capitales o viajar en ómnibus desde nuestro país, haciendo todo el trayecto por tierra. Elegimos la segunda propuesta y no nos equivocamos. Los paisajes que vimos, los aromas que sentimos y la gente con la que compartimos la excursión fueron inmejorables.

Decidimos visitar el noroeste argentino: las provincias de Tucumán, Salta y Jujuy, en setiembre. El viaje fue diferente a lo que se hace habitualmente, empezamos en Jujuy y fuimos bajando hasta Tucumán. El clima, en esa época del año (primavera en el hemisferio sur), era caluroso excepto en las alturas y en la noche.

Durante todo el trayecto quedamos extasiados con la diversidad de colores, el cielo azul-celeste límpido, sin nubes. Es un lugar de grandes contrastes: hay montañas, desiertos, quebradas y valles. Los cerros y las montañas se engalanaban con vestidos de distintos tonos por la riqueza de sus minerales. La aridez del paisaje, en la mayor parte del viaje, le daba un color marrón tierra veteado con amarillo y con gris. Habíamos llegado a ese lugar tan mencionado: la Puna, una gran meseta situada a 3.800 m de altura que llega hasta Bolivia y Chile. Es una zona escarpada y árida en la Cordillera de los Andes con vegetación escasa, casi inexistente; sólo crecen pastos duros y cardones. No se ve ganado ni caballos, los animales típicos de la región son las llamas, los guanacos y las alpacas. La vicuña, que estuvo en vías de extinción, ahora se está recuperando por la creación de áreas protegidas.

A pesar de que el noroeste argentino tuvo un aumento de las precipitaciones medias por año durante varias décadas, con un incremento del caudal de sus ríos y las consiguientes inundaciones, lo que vimos fue todo lo contrario. Los ríos que tienen origen en la Cordillera de los Andes estaban secos, algo que no me hubiera imaginado. Esos ríos, caudalosos en su momento, podían cruzarse a pie porque no existían, era una simple franja de tierra seca. Según nos contó el guía las lluvias comienzan en octubre y se prolongan hasta abril, durante el resto del año esa zona se seca.

La Quebrada de Humahuaca, lugar donde se instalaron los primeros pueblos cazadores de la zona hace 10.000 años, es un valle de un atractivo increíble. La UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 2003. El pueblo “Humahuaca” se caracteriza por tener calles empedradas y estrechas, casas de adobe y una Catedral en cuyo interior se pueden ver pinturas cuzqueñas. Paseamos a pie por sus calles angostas desde donde pudimos observar las casas con faroles de hierro y acercarnos a los artesanos que vendían sus tejidos, collares y pulseras al aire libre. Me sorprendió ver tanta gente amuchada en la plaza arbolada, frente a la iglesia. Todos esperaban la aparición de San Francisco Solano en el balcón, para que los saludara. Es una imagen mecánica del santo que da tres saludos a la multitud cada mediodía y luego desaparece. Subimos una escalinata muy empinada que nos condujo al Monumento a los Héroes de la Independencia; desde esa altura tuvimos una vista inmejorable del poblado. La tranquilidad del lugar se ve convulsionada por los cientos de turistas que visitan este sitio.

A un kilómetro de Tilcara, en plena Quebrada de Humahuaca, visitamos un sitio histórico donde los omaguacas construyeron viviendas, corrales, sepulcros y un templo. Esta población, Pucará de Tilcara, fue construida en un cerro a 2.500 m sobre el nivel del mar, y gracias al hallazgo de etnógrafos y arqueólogos, las edificaciones pudieron reconstruirse. Los aborígenes custodiaban el lugar desde las alturas de esa fortaleza, hace ya cientos de años. La subida a pie por un camino estrecho y serpenteante requirió mucho tiempo y energía. El paisaje desde ese lugar es hermoso y el color de las montañas es digno de ser pintado. Vimos el Cerro la Paleta del Pintor, un cerro multicolor debido a diversos plegamientos de la tierra en varios períodos distintos, que se encuentra en Maimará, un pueblo en la Quebrada de Humahuaca. En realidad son varios cerros con vetas de distintos colores que conforman la paleta. Nos quedamos embelesados mirando esa belleza; la naturaleza es pródiga y siempre nos sorprende con sus tonalidades diversas.

Purmamarca, (Pueblo de la Tierra Virgen en aimara) es un pueblo que se encuentra cerca de la capital de Jujuy, ubicado al lado del Cerro de los Siete Colores. Es muy chico, pero pintoresco; su urbanización se realizó alrededor de la iglesia, como en todas las ciudades hispánicas. Esta iglesia muy modesta, construida en 1648 con techo de cardón, paredes de barro y adobe, fue declarada Monumento Histórico Nacional en el siglo pasado. Su patrona es Santa Rosa de Lima. Pegado a la iglesia hay un viejo algarrobo, testigo fiel de la historia. La gente del lugar vive de las artesanías que se venden en la plaza, se pueden encontrar prendas de lana de alpaca y de cabra; los tejidos en vicuña son más caros por su escasez. Los tapices, las bufandas, los sacos tejidos, las medias, los gorros y los manteles son de una mezcla de colores tan vívidos que contrastan con el marrón y las tonalidades ocres del lugar. Purmamarca tiene el orgullo de tener como fondo de paisaje el cerro antes mencionado que es de una belleza increíble con sus tonos rojo y púrpura.

En Jujuy, casi en el límite con Salta, visitamos un lugar increíble que tiene doce mil hectáreas de extensión: las Grandes Salinas. El ómnibus nos dejó en un terreno resquebrajado e iniciamos el trayecto a pie sobre una masa blanca, lisa y compacta. Parecía un paraje nevado, con la única diferencia que no era nieve sino sal que refractaba el sol de tal manera que nos enceguecía. Las lentes de sol y el bloqueador fueron imprescindibles para poder soportar el resplandor y los rayos ultravioletas. Los obreros que extraen la sal de forma artesanal nos contaron como lo hacían y las precauciones que debían tomar por el sol. A pesar del calor usaban gorros de lana tejida para proteger su cabeza y su rostro.

Salta es la capital de la provincia homónima, le llaman la Linda. Está ubicada al este de la Cordillera de los Andes, en el valle del Lerma. La ciudad tiene una apariencia colonial, muchos de sus edificios datan de los siglos XVIII y XIX aunque se pueden ver algunos edificios modernos. Su plaza, cuya Catedral tiene como patrona a la Virgen del Milagro, es encantadora.

En el Museo Arqueológico de la Alta Montaña (MAAM), que está ubicado frente a la plaza principal de la ciudad, se exhiben las momias de los niños de Llullaillaco (son los cuerpos momificados que fueron encontrados congelados en las altas cumbres; debido al frío y a la sequedad del aire estaban en perfecto estado de conservación).

A principios de 1900 varios investigadores hallaron momias en las provincias de Salta y Jujuy que son las que se exhiben en distintos museos de Argentina. Algunas tumbas fueron profanadas o dinamitadas por buscadores de oro y sus momias vendidas. A fines del siglo XX, investigadores y científicos encontraron tres niños momificados en la cima del volcán Llullaillaco. Estaban ataviados con sus mejores vestidos para el funeral y posiblemente fueron los “elegidos” como ofrenda para el dios Inca; se supone que eran de origen noble porque sus cráneos estaban ligeramente deformados. Fue tal la impresión al ver sus caras que me sentí indispuesta y tuve que salir a respirar aire.

Subimos al Cerro San Bernardo en un teleférico desde donde la vista panorámica de la ciudad es excepcional. Los turistas pueden ubicarse en los miradores que están colocados en la cima, en un lugar muy arbolado donde hay una cascada artificial rodeada de helechos y plantas tropicales. Con el golpeteo del agua resonando en mis oídos me podía imaginar el recorrido de los peregrinos en el día de la Cruz pasando por las catorce estaciones del Vía Crucis. Además de la cruz pudimos ver al Cristo Redentor.

Fue imposible hacer el paseo en el Tren a las Nubes porque sólo funciona un día a la semana y no fue el día que elegimos, lo que lamentamos. Este tren, que es una excelente obra de ingeniería, parte de Salta, atraviesa el Valle de Lerma y llega a la Puna en un recorrido de más de 400 km ida y vuelta.

Para vivir la típica noche salteña nos llevaron al Boliche Balderrama, un restaurante y peña. En sus comienzos fue un almacén de ramos generales que luego se convirtió en bodegón: punto de encuentro de poetas y cantantes que se quedaban hasta altas horas de la madrugada tocando sus guitarras y que llegó a ser el templo del folclore argentino. Mercedes Sosa hizo conocer esta casona dentro y fuera de las fronteras con su zamba Lo de Balderrama. Si el canto de los artistas me hizo vibrar, el baile del malambo fue espectacular. Comenzó con un zapateo moderado que se fue acelerando hasta que casi no veíamos las botas del bailarín, con un fondo musical de tambores. El súmmum del show lo realizó otro artista folclórico que bailaba malambo mientras revoleaba las boleadoras. La precisión de sus movimientos, el golpeteo de las boleadoras sobre la madera del escenario y el ritmo in crescendo de los tambores nos puso la piel de gallina y nos dejó boquiabiertos. Fue una noche inolvidable degustando los platos típicos de zona y escuchando canciones folclóricas de distintos grupos de músicos.

La noche siguiente fuimos a La Panadería del Chuña, un restaurante familiar donde presentan un show de cantantes y bailarines folclóricos. Como anécdota jocosa, una de las integrantes del grupo de viaje fue invitada a subir al escenario para bailar una chacarera con unos de los bailarines de la peña. Como vestía pantalones, le tocó hacer el zapateo mientras que el bailarín se colocaba un mantel a modo de falda para hacer el zarandeo. Entre “primera”, “segunda” y el grito de “a la voz de aura” nos hicieron reír muchísimo. Pasamos un lindo rato rodeados de gente divertida y disfrutando de platos autóctonos.

El Parque Nacional Los Cardones es un lugar muy solitario y árido donde el cardón (cactus gigante con espinas) es la planta característica. Se pueden ver en las laderas de los cerros y cuentan las leyendas que se los confundía con los indios del Valle Calchaquí. El cardón tiene agua en su interior, a pesar de su apariencia seca sirve para aplacar la sed, y sus espinas vuelcan gotas que son absorbidas por las raíces ubicadas en la superficie. La tierra marrón rojiza, el verde de los cardones y sus flores blancas, el cielo celeste y los yuyos marrón verdosos crean una imagen digna de ser pintada.

San Antonio de los Cobres es un pueblo minero que le debe su nombre al mineral que se encuentra en sus sierras. Tiene pocos habitantes, pero es muy visitado por turistas especialmente el 1º de agosto de cada año, fecha en la que se celebra la Fiesta Nacional de la Pachamama. La gente va en procesión, cava un pozo en la tierra y comienzan a arrojar comida autóctona y bebidas espirituosas lo que le llaman corpachar o dar de comer a la tierra. Esta creencia en la Pachamama, que es la Madre Tierra, es prehispánica, se remonta al tiempo de los incas. Ella hace crecer los cultivos, mejora las cosechas, multiplica el ganado, cuida los animales y bendice a los artesanos.

Emprendimos el camino a Cafayate e hicimos una parada en el Anfiteatro que es un grupo de formaciones rocosas imponentes que están ubicadas en forma semicircular con un hueco en el medio. Te sientes una hormiga entre montañas y llega un momento en que está casi oscuro porque el hilito de luz que entra por algún pliegue de las montañas es mínimo. Al costado del camino, lugar donde estaban estacionados los ómnibus de excursiones de distintos países, se encontraba un artesano lugareño, un señor muy mayor que había desparramado sus artesanías sobre una mesa rudimentaria. La expresión de ese hombre, las arrugas de su cara por las inclemencias climáticas y por la edad, quedaron grabadas en mi retina. Tenía una llama que era la admiración de todos los turistas que querían ser fotografiados con ella. No presté atención a la llama, sino a la figura de ese hombre, sus manos y su cara resecas por la falta de hidratación y su mirada perdida en el horizonte

Cafayate es una ciudad en los Valles Calchaquíes que se destaca por su vino torrontés. Visitamos una bodega llamada Vasija Secreta; fue una visita guiada con explicación de su producción y con degustación. Quedamos gratamente impresionados por el lugar, por los conocimientos del enólogo y por la variedad de vinos. Un dicho local reza “Si vino a Cafayate y no tomó vino, ¿a qué vino?”, por lo tanto probamos el cabernet y el torrontés que nos parecieron deliciosos. El primero presenta un color rojo rubí fuerte con fondo negro profundo y un aroma complejo especiado mezcla de frutas secas, ciruelas, aceitunas negras y toques de chocolate y pimiento. El torrontés despliega un tono amarillo verdoso con reflejos acerados o leves tonos dorados. Su aroma es fresco, frutado y floral, con una mezcla de pera, ananá, durazno, naranja y pomelo, flores de tilo, orégano y miel.

San Miguel de Tucumán fue la última ciudad que visitamos; nos hospedamos en un hotel céntrico y pudimos ver el movimiento diurno y nocturno. Ciudad de gran importancia para los argentinos porque ahí se declaró la independencia de su país el 9 de julio de 1816. La Catedral es magnífica, pero me encantó una iglesia que lucía frescos de batallas sobre sus paredes, en vez de las típicas imágenes religiosas. Además pude ver por primera vez una figura de una virgen embarazada: la Virgen de la Dulce Espera.

Mi compañero de viaje (y de vida) prefiere observar y grabar todo en su retina y en su memoria; yo quiero hacer todo a la vez, observar, sacar fotos, filmar y escribir notas del viaje. Me encantaría volver, pero eligiendo menos lugares para poder quedarme más tiempo. Hay destinos que son lugares de ensueño que vale la pena repetir.

Viaje a las Estrellas

Autor: Anna Morgana Alabau

Ilustradores: Benjamín Llanos y Jesús Prieto Revuelta

Corrección: Clara Sánchez

Género: cuento fantástico

Este relato es propiedad de Anna Morgana Alabau y sus ilustraciones pertenecen a  Benjamín Llanos y Jesús Prieto Revuelta. Todos los derechos reservados.

Viaje a las Estrellas

Le llamó nada más apagarse las luces. Sabía que, fuera, aún brillaban los últimos rayos de sol, pero las enfermeras habían bajado las persianas para que no les estorbaran en su sueño. Sólo que casi ninguno podía dormir.

Lena había esperado a que las enfermeras de ronda se congregasen en la sala común, para tomarse el primer café de los muchos que desfilaban por sus manos durante el turno de noche, y a que la mayoría de padres bajasen a cenar alguna cosa, o a tomar un poco el aire en el aparcamiento del hospital, donde todos intentaban dar alguna que otra calada a sus respectivos cigarrillos, con más o menos disimulo.

Una de las madres se había quedado a vigilarles y había echado la cortina que separaba las dos mitades de la habitación, pensando que, así, los niños no iban a intentar despertarse los unos a los otros. Pero tan pronto como el padre de Marcos hubo salido para ir al baño, Lena se había levantado furtivamente de su cama y deslizado cual sombra hasta la de Javi, justo en frente de la de ella.

—Psst, psst… —le llamó, zarandeándole por el hombro—. Es hora de irse, Javi.

—De acuerdo —contestó él, con mucho menos aplomo del que su voz dejaba adivinar—. Hay que avisar a Marcos.

—Vale —susurró Lena, decidida, y volvió a deslizarse de la cama hasta la contigua, donde la esperaba Marcos, con oído atento.

Lena era la niña más valiente, decidida, sorprendente y graciosa que Javi había conocido nunca, y también la que llevaba más tiempo en el hospital. Conocía a todas las enfermeras, y se tuteaba con todos los médicos del ala infantil. Incluso los bedeles le daban a escondidas las chocolatinas que se quedaban dentro de las máquinas, y ella las compartía con todos los niños de su habitación. Lena era alguien realmente excepcional, pensaba Javi, grande de espíritu; tan grande, de hecho, que aquel hospital de barrio se le había empezado a quedar pequeño, comparado con todo el mundo de aventuras y emociones que le esperaba fuera. De modo que, aquella mañana, Javi, Marcos y ella habían decidido escabullirse del hospital e irse de viaje bien lejos de allí.

—¿Ya es la hora? —A Marcos le había costado horrores aguantar el secreto hasta que llegara el momento, ¡horrores! Pero la noche había llegado, o al menos lo que las enfermeras consideraban que era la hora de dormir y, por fin, podían empezar su aventura.

Lena asintió, la sonrisa cruzando su cara pecosa y pálida.

—Sí —susurró, a punto de ponerse a gritar de pura excitación, y volvió a escabullirse hasta el suelo, donde la esperaba Javi, con la funda de la almohada llena de provisiones—. ¿Preparado? —le preguntó.

Javi asintió y, juntos, esperaron a que Marcos sacara también la funda de su almohada y la llenara, con sumo silencio, de lo más imprescindible: piezas de Lego, chocolatinas, caramelos, un libro de cuentos, el collar que su madre había dejado en la mesilla…

Una vez estuvieron los tres en el suelo, Lena se ajustó el gorro de algodón y les lanzó aquella mirada que sabían que siempre precedía sus increíbles aventuras.

—¡En marcha! —se esforzó por susurrar, a pesar de su voz chillona.

Los tres amigos se agacharon y anduvieron a hurtadillas hasta la cortina separadora. Lena la separó sólo unos centímetros y echó una ojeada. No tenían que pasar hacia allí, pero no iba a arriesgarse a que la madre, que estaba al otro lado, o el padre de Marcos les sorprendieran en plena huida. Cuando estuvo segura de que no había moros en la costa, les hizo una señal con la cabeza y los tres echaron a correr, tan sigilosamente como su entusiasmo les permitió, hasta la puerta de la habitación.

Cuando Javi tocó el pomo, sintió su corazón a punto de estallar.

—¿Oís esa música? —preguntó Lena, enseñando dos filas de dientes blancos contenidos en una sonrisa imposible—. ¡Son los tambores de nuestra fiesta de bienvenida!

Javi había pensado que era el sonido de su propio corazón, la sangre y la falta de aire martilleándole en los oídos, pero lo que decía Lena tenía mucho más sentido: hacía un par de semanas, los tres habían visto un documental de viajes sobre los países tropicales. Cuando la gente llegaba a Hawai, la Polinesia o Bali, les recibían poniéndoles collares de flores y haciéndoles fiestas con música, tambores y bailes. Y con comida, ¡un montón de comida riquísima, con salsas oscuras en las que se podía mojar pan hasta quedarse harto!

—¿Vamos a ir a Hawai? —preguntó, casi pudiendo saborear todos aquellos manjares, pero Lena negó con la cabeza.

—Vamos a ir a un sitio mejor —susurró, abriendo una rendija en la puerta de la habitación para mirar afuera—. Nos vamos a ir a las estrellas… —dijo justo antes de salir como una exhalación hacia el pasillo del ala infantil del hospital.

Marcos y Javi se apresuraron a seguirla, cargados con las fundas de almohada cual ladrones de película.

—¿A las estrellas? —jadeó Marcos, intentando seguirle el paso.

Lena se volvió hacia ellos y les arrastró hasta la pared del mostrador de recepción, donde estuvieron escondidos durante un buen rato.

—¿Cómo vamos a ir hasta allí? —preguntó Javi cuando empezó a notar que, a pesar de su excitación, el sueño y el cansancio comenzaban a vencerle.

—Con esto —respondió Lena, sacándose del gorro tres lagartijas de juguete.

Durante un instante, su cabeza quedó al descubierto y Javi se dio cuenta de cuantísimo cambiaba al quitarse el gorro que siempre llevaba puesto. No era que le impresionara, al fin y al cabo, allí casi ninguno conservaba el pelo; lo que le parecía sorprendente era que, aun sin el gorro, Lena seguía pareciéndole la niña más bonita que había visto jamás.

—Cuando salgamos a la calle, la luz de las estrellas las hará crecer —decía, sosteniendo los reptiles de plástico a la altura de sus ojos—, y podremos montar en ellas, ¡y nos llevarán volando hasta la luna!

—Genial… —dijo Marcos entre bostezos, apoyando la cabeza un poco más sobre su incómoda almohada—. ¿Y qué hay allí?

—Pues allí… —comenzó Lena, a quien se le empezaba a pegar también el cansancio— hay… luces muy grandes, y está el señor de la luna… que es… uhmmu… señor… gusta mucho… queso…

—A mí también… —intervino Javi, sin saber muy bien si la Lena que tenía delante era producto de su visión o de su imaginación— mucho… el queso…

Cuando Javi volvió a abrir los ojos, la luz de la luna le iluminaba por completo; a él, a Lena, a Marcos, y a las tres lagartijas voladoras, que trazaban círculos perfectos en torno a la luna.

Fue una noche estupenda: charlaron con las estrellas, hicieron carreras por el cielo y tomaron té y pastel de queso con el hombre de la luna, que les envolvió unos trocitos para que los metieran en las fundas de las almohadas antes de volver al hospital. Todos habrían querido quedarse allí más tiempo, pero la luna tenía que marcharse a iluminar la otra mitad del mundo, y Lena no quería que los mayores se preocuparan. De modo que, tras despedirse educadamente de todos, montaron de nuevo en sus lagartijas mágicas y regresaron a su habitación del hospital, pensando que ninguno de los adultos se había dado cuenta de su ausencia. Silenciosamente, los tres amigos se dieron un abrazo y se metieron cada uno en su respectiva cama.

Había sido un viaje emocionante y, a pesar de las regañinas que recibirían de padres y enfermeras al día siguiente por haber escapado de su habitación en mitad de la noche, estaban absolutamente resueltos a repetir la experiencia.

Ilustración de Benjamín Llanos

La Aceitera o el Nuevo Feto

Autor: Begoña Callejón

Ilustradores: José Luis Maqueira y Almudena Cockadoodledoo Yagüe

Corrección: Elsa Martínez Gómez

Género: relato surrealista (a partir de 13 años)

Este relato es propiedad de Begoña Callejón y sus ilustraciones pertenecen a  José Luis Maqueira y Almudena Cockadoodledoo Yagüe. Todos los derechos reservados.

La Aceitera o el Nuevo Feto

jose masqueira

Recordar una historia real dentro de un sueño sería dotarlo aún más de realidad. Existen fotografías que no borramos de nuestra mente. Hay quien piensa que lo que no llegamos a vivir se convierte inmediatamente en algo prescindible. Desear es malo para la salud, o al menos eso es lo que le decía su padre cada vez que la veía de niña tumbada sobre la cama pensando en cada uno de los personajes de una novela. ¿Por qué lees tanto? Su padre nunca llegó a entender esto. En ese momento pones la mano en tu pecho y te despiertas.

– La barbilla al pecho. ¿Cómo te encuentras? –

– Ahhhhh…No puedo hablar. Esto es un infierno –

– Venga, vamos, vamos…Tranquila. Ya, ya está aquí… Pronto pasará-

– Ahhhhh… No puedo, no voy a ser capaz, ¡yo no valgo para esto!-

– ¿Pero qué es esto? ¿Qué es esto? ¿Qué es?-

– ¿Un niño?, ¿una niña? Dígamelo doctor, dígamelo. Necesito saberlo. –

– No señora, es una aceitera. Pero pequeña, no se preocupe. –

– Necesito verla.-

– Aquí la tiene, cójala con cuidado puede romperse. –

– ¡Qué pequeña!, ¿tiene algo dentro? –

– Sí, parece aceite, pero de un color… diferente. –

– Túmbese, descanse, nos la llevaremos para estudiarla. –

– No, no pueden quitármela, es mía. –

– Pero señora, usted comprenderá que esto no es lo habitual. –

– Es mía. Es mía. Lárguese y déjenos en paz se lo suplico-

– Bueno, se la dejaremos un rato y después volveremos. Le repito, hay que examinarla. Quizá haya que llevarla a la incubadora aunque claro, el aceite, la forma, puede volcarse. Lo consultaré con mis compañeros. Es algo extraordinario.-

Una vez que el médico y el enfermero -que había permanecido todo el rato callado- se marchan, observas detenidamente toda la habitación de la clínica. Estás sola. Frente a ti hay una ventana bastante amplia. Te levantas como puedes y te acercas a ella. Abres las piernas, te duele tanto. Miras hacia abajo, no hay tanta altura, los bajos tienen esa ventaja, así que saltas. Llevas la aceitera sujeta a un cinturón. Temes que se caiga. Cuando viste que tu barriga comenzaba a crecer sentiste pánico pero con el paso de los días aprendiste a aceptar esa trasformación de tu cuerpo. Él te abandonó pero te dio igual, tú siempre habías conseguido salir airosa de todos los problemas.

Corres, corres, corres tan aprisa como puedes. Estás otra vez en el centro del escenario. Quizá necesites una clave para deslizarte sin ruido. Todavía no le has puesto nombre pero no lo has hecho porque en la ecografía no salía claro si sería niña o niño. No es culpa tuya. Para distraer a la enfermera del jardín le has dicho que estabas paseando, le has preguntado por su familia. Estás sudando. No sabes si lo conseguirás.

¿Cómo voy a permitir que la sangre manche mi pijama? Una inundación de aceite me resulta más interesante pero claro, esto no lo entiende la mayoría de la gente, ¡qué ignorantes! ¿Cómo se atreven a juzgarme de esa manera? ¿Es que sólo se paren seres humanos en este mundo? El doctor quería robármela, posiblemente para sacar el aceite, ese aceite no es para cocinar. Es mío, hijo, hija, qué mas da, ¿es que no lo entienden?, el sexo no importa, lo que importa es que eres madre, que hay alguien más en tu vida, que ya no te sientes sola, abandonada.

La soledad va avanzando, es difícil convertirla en pájaro.

Dejas tu voz en el interior, no quieres compartir tus pensamientos.

En ocasiones nuestro espejismo se queda en la superficie, flotando, como un último grito. La ciudad crea límites. Y, sin embargo, nos precipitamos hacia ella. Llevas un mapa en el bolsillo. Recuerdas cuando dejó de llevarte flores al trabajo, de lo peligroso que es olvidarse de algo cuando no hay ninguna evidencia de que eso fue así.

La sonrisa de tu cara refleja felicidad. Llegas a la estación del tren. Piensas que debes esconder la aceitera para que nadie te la robe, es tan pequeña. Sacas el billete. Observas que el resto de viajeros se ríen de ti, no entiendes por qué, hasta que un niño te señala el pijama azul. Te subes al vagón y vas rápidamente al baño. Te encierras allí para poder mirarla de nuevo. Te asaltan las lágrimas. Una chica joven empieza a golpear la puerta con fuerza, quizá has estado demasiado tiempo encerrada y no te has dado cuenta.

Almudena Cockadoodledoo

– ¡Salga ya maldita lunática! Esto es un tren no el baño de su casa. Necesito entrar. ¿Pero de qué va? Joder, venga ya. Esta tía está loca.

(Silencio).

Una mujer que escucha la conversación se acerca a la chica. Lleva un vestido ajustado. Parece como si fuese la primera vez que lleva zapatos de tacón o quizá simplemente sea el movimiento del vagón que hace que tenga que sujetarse a la barandilla. Mira a la chica, todo en ella en negro, su pelo, sus ojos, su ropa. Lleva los labios pintados de rojo, es lo único que destaca en ella, bueno eso y su mal carácter.

– Tranquilízate, no ves que esa mujer se encuentra mal, posiblemente esté enferma, no puedes hablar así.

– Yo lo único que sé es que quiero entrar.

– Ten calma, ahora saldrá.

– ¡Vaya viaje me espera!

– Señora, ¿se encuentra bien?, ¿necesita ayuda?

– No, no, ahora mismo salgo, no se preocupen estoy bien.

Decides salir pero cuando lo haces la chica te da un empujón para poder entrar y en ese preciso instante, la aceitera se resbala de tus manos y cae al suelo.

Ya no queda nada, sólo cristales en el suelo y el aceite pegado a las suelas de los zapatos.

La gente repite: ¡Qué asco!

– La que ha liado esta mujer. Debería bajarse voy a llamar al revisor ¡esto no se puede consentir! Ensuciar el suelo de esta manera a ver quien pasa ahora por este pasillo sin resbalarse ¡Por Dios!

– Déjenla, a lo mejor está mareada y por eso ha derramado ese bote que lleva.

– Es una aceitera, fíjate bien. ¡Quién viaja hoy en día con una aceitera en la mano!

La señora miró por una de las ventanas, disfrutó por unos segundos de ese paisaje de colores otoñales y poco después le gritó a la chica: “¿Y ahora, qué le digo yo a su padre?” Mientras se tambalea impidiendo que se derrame el aceite.