El guardian

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Género: Fantasía

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Rosy Martínez. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El guardian.

Era el día.

Lo podía oler en el aire, tantos años pasando por esto me hacían un experto en la materia. Suspiré agotado, habían sido tantas veces que no estaba seguro de si sentirme aliviado o comenzar con la nostalgia. Hoy cogería el relevo otro y sería mi última andadura.

Esperaba que el elegido para el trabajo no sufriera lo mismo que yo, y en mi fuero interno deseaba que quien sufriera fuese alguien más. Era egoísta, incluso malvado desearle semejante mal, pero mi dolor había sido tal que el resentimiento había matado el amor que un día nació en mi interior.

Para ser justos, el dolor que sufrí no solo fue culpa de la otra parte, también tuvo mucho que ver mi miedo, el que me impidió traspasar los límites y aventurarme a descubrir más allá de lo que mis ojos veían.

Me levanté del escritorio con esfuerzo, el paso del tiempo había hecho mella en mí y no me sentía tan ágil como antaño. Me aventuré a bajar a la cocina, donde se encontraban mi hijo, mi nuera y mi nieto.

Mi esposa hacía años que me abandonó dejándome solo en este mundo y siempre lamenté el no haberla amado tanto como ella hubiese merecido.

Habían decidido cenar conmigo y después se marcharían:

—Ten mucho cuidado, hijo. Esta noche habrá niebla y sabes lo peligrosa que es.

Mi nieto, que estaba más pendiente del móvil, me miró con curiosidad:

—¿Por qué dices que es peligrosa, abuelo? —Sus ojos negros, idénticos a los míos, reflejaban curiosidad. Tenía dieciséis años y siempre parecía en las nubes.

—No tenemos tiempo para viejas historias. Tienes que ir a comprar, Ízan, y no te tardes dos horas. —Mi nuera siempre creyó que era un viejo senil al que debía ignorar, nunca le había dado importancia a las historias que contaba.

Me acerqué al perchero y cogí mi abrigo, le guiñé un ojo a Ízan y abrí la puerta:

—Te acompaño y te cuento. —Mi nieto cambió su semblante molesto y sonrió. De un salto se puso en pie y cogió su chaqueta, le quitó a su padre el dinero de las manos y se reunió conmigo en la entrada.

—No tardéis demasiado —escuché gritar a mi hijo antes de cerrar la puerta.

Una vez fuera nos miramos y nos enfrentamos al frío y al aire que decidió despeinar el pelo castaño de Ízan, quien se colocó un gorro para protegerse del frío.

—Es mejor darnos prisa, parece que no está dispuesta a esperar —le dije empezando a caminar.

—¿Quién no está dispuesta a esperar?

—No es quién, sino qué. —Ízan me miró sin comprender y yo sonreí y empecé el relato—: Existe una barrera, se alimenta de sangre, no le importa que sea de este lado o del otro, solo le interesa reforzarse cada cierto tiempo. Con el paso de los años se ha debilitado tanto que su necesidad ha aumentado considerablemente, por eso la niebla es cada vez más frecuente. Para alimentarse tiene unos cuantos secuaces que manda a ambos lados para conseguir su sustento.

—¿A ambos lados? —me interrumpió curioso. Yo asentí mirando a nuestro alrededor.

La niebla estaba volviéndose más espesa antes de tiempo, algo irracional. En todo el tiempo que llevaba en mi puesto, no había aparecido con semejante velocidad. Metí ambas manos en los bolsillos y agarré con fuerza mis armas favoritas, un par de cuchillas con mango circulares, y retomé la palabra intentando parecer normal, pero sin dejar de estar alerta:

—Así es. La barrera existe por un propósito, impedir que los habitantes de un lado pasen hacia el otro. Pero en los días de niebla, cuando necesita reforzarse, el límite se rompe y existen unos guardianes que deben proteger su lado y a sus habitantes hasta que la barrera se restablezca.

—Pero si los guardianes protegen sus lados con eficacia, ¿con qué sangre se nutre la barrera? Tu historia tiene lagunas, abuelo. —Ízan sonrió como alguien que ha descubierto un error—. Mi profesora de Lengua te diría que no has tenido en cuenta la regla fundamental de una historia: el principio, el nudo y el desenlace.

—La sangre con la que se alimenta la barrera es la sangre de los guardianes, Ízan, y la de sus esbirros. Cada guardián debe proteger su lado matando a las criaturas y después, además de entregar la sangre de las bestias, ha de dar un poco de la suya propia para reforzar la barrera.

Ízan asintió y yo me detuve en seco. Era imposible que ya hubiese terminado de extenderse por completo. Detuve el avance de Ízan, porque si daba un paso más no podría verlo. ¿Qué estaba pasando con exactitud? Se suponía que la niebla no se presentaba con inocentes cerca. E Ízan entraba en esa categoría.

—¿Cómo se llaman los guardianes de tu historia, abuelo? —preguntó Ízan sin terminar de darse cuenta de la espesura que nos rodeaba. Abrí la boca para responder su pregunta, pero alguien más se me adelantó.

—Wilian, Éria, y ahora Ízan.

Cerré los ojos al escuchar su melodiosa voz por dos razones: la había añorado como un loco y acababa de clavarme el peor puñal que puedes clavarle a alguien. Había condenado a lo más preciado que tenía en mi vida a sufrir mi condena.

Al abrir los ojos, la vi exactamente igual que el primer día, sus ojos ámbar, su luminosa sonrisa, ese cabello castaño y enmarañado y con la espada fuertemente sujeta. Seguía teniendo la apariencia de dieciséis años, haciendo que me preguntara cuántos tendría en realidad y a cuántos guardianes había conocido antes que a mí.

Miré a Ízan y maldije entre dientes por la cara de mi nieto. Era evidente que mi deseo no se había cumplido y que sería testigo de cómo Éria destrozaría a otro miembro de mi familia.

—¿Estáis listos para comenzar a divertirnos?

La misma frase con la que me recibió años atrás, la misma sonrisa, el mismo efecto.

Rosy Martínez

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