Puta niebla

Autor@: 

Ilustrador@: 

Corrector@: 

Género: Relato

Rating: + 16 años

Este relato es propiedad de Daniel Camargo. La ilustración es propiedad de Jordi Ponce. Quedan reservados todos los derechos de autor.

 

Puta niebla.

Rigamonti estaba sentado junto a la ventana, mirando hacia fuera con la mirada perdida, como hipnotizado. Los brazos cruzados sobre la mesa, el traje gris, gastado y bastante arrugado pero limpio, los hombros caídos.

Había pedido un café a las ocho y cuarto y ya eran las diez.

Ilustración de Jordi Ponce

Manolo llevaba un rato largo pendiente de él, era un martes flojo y no había muchas mesas que atender.

De pronto recordó que el domingo había leído en internet un artículo sobre cómo mejorar el nivel de satisfacción de los clientes mediante la empatía personal. «Vamos a intentarlo», pensó, «total… no perdemos nada», y movido a partes iguales por el márketing y el aburrimiento, se acercó al viejo.

—Qué niebla, ¿no? Impresionante. Para cortarla con un cuchillo, no se llega a ver ni la acera de enfrente… Los que saben dicen que si hay niebla después el día será bueno. Lo raro es que cuando amanece así suele levantar a eso de las nueve, nueve y cuarto, pero parece que hoy va a ir para largo.

—Nunca se sabe —dijo Rigamonti sin quitar los ojos de la ventana—, nunca se sabe, Manolo. La niebla…, la niebla es muy traicionera… No, no —se corrigió—, traicionera no, lo que es la niebla es muy hija de puta.

—Bueno, hombre, no se ponga así, tampoco es para tanto.

Rigamonti frunció la nariz y miró al camarero durante unos segundos como midiéndolo. Parecía haberse despertado de su letargo y ahora evaluaba si Manolo se merecía profundizar en el tema. Finalmente decidió que sí.

—Yo sé por qué lo digo. Tengo mis razones…, poderosas razones, para pensar así —le dijo—. Uno ha vivido tanto que… ¿Nunca te conté lo que me pasó en el Congo?

—¿En el Congo? Je, je… ¿Usted? ¿Estuvo en el Congo? ¿Cuándo?

Sin saberlo, Manolo acababa de abrir una compuerta en la cabeza de Rigamonti. Una que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Sí, estuve, aquí donde me ves. En el Congo estuve. Hace mucho tiempo, una eternidad. Estuve cuando viajar al Congo era una aventura y un riesgo, y no la mariconada de los viajes de ahora. ¿Te cuento?

Manolo echó una visual al resto de las mesas confirmando lo flojo de la mañana, apoyó el repasador sobre la mesa y se sentó junto a Rigamonti, dispuesto a escuchar la historia.

—Dele, dele, Riga, soy todo oídos.

—Manolo, tú sabes que además de trabajar en el banco yo siempre fui fotógrafo, ¿no?

El camarero asintió con la cabeza.

—Algo me han contado…

—Te hablo de la década de los setenta, cuando era joven y tenía ciertas pretensiones artísticas. Lo normal, paisajes, algún retrato…, bodas y comuniones los fines de semana para sacar algún dinero. Pero además de eso, esporádicamente, trabajaba para el National Geographic. Trabajos sueltos, reportajes puntuales, pero que me venían muy bien para tener un dinero extra. Y me daban un cierto prestigio entre los colegas.

»Bueno, resulta que un día me llama a su oficina el jefe de redacción nacional y me dice que le tengo que hacer un favor. Me cuenta que Sidney Somerville, el australiano, uno de los fotógrafos estrella de la revista, había caído con paludismo después de hacer un reportaje sobre el mosquito tigre en los basurales de Bangalore. Que el tío estaba mal de salud y había un tema urgente en el que lo tenía que reemplazar.

»Entonces va y me cuenta algo extraordinario. Me habla del Congo y de un proyecto que me va a llevar a la fama. «Te va a tocar fotografiar una de las aves más bellas e indescifrables que hayan existido nunca», me dijo. Y también me dijo que en un valle perdido de las montañas Rwenzori, bastante cerca del nacimiento del río Nilo, en un ámbito paradisíaco, existía un pájaro casi desconocido que sólo habían visto unos pocos aborígenes del lugar, los Binga, una tribu de pigmeos enanos que…

—¿Pigmeos enanos? —Se sorprendió Manolo.

—Sí, sí, no me interrumpas, eran chiquitos, muy chiquititos. Algo así —Y Rigamonti extendió la palma de su mano paralela al suelo, un poco por debajo de la rodilla, como acariciando un perro, para dar una idea de tamaño. —¿Viste los muñecos de Playmobil? Bueno, un poco más grandes, solo un poco, y bastante más negros.

»Los pigmeos esos eran los únicos que habían visto al bicho, pero estaban en medio de la selva, totalmente aislados de la civilización. Y mi jefe me comentó que un explorador alemán perdido, un científico, también lo había visto, pero que nadie le había creído.  Entonces, Manolo, el tipo me miró a los ojos y puso sobre la mesa un ejemplar de la revista Cats & Birds, en la que, en tono burlón, se habla de este pájaro como de una leyenda urbana, una patraña, mofándose de Nat Geo, que había mencionado al ave en un ejemplar de 1972.

—¡Gilipollas! —me dice el jefe, visiblemente alterado—. ¡Existe! Nosotros sabemos que existe, pero necesitamos una foto. Y la necesitamos ya.

»Y sacó un sobre del cajón de su escritorio, lo abrió y me mostró su contenido: una pluma, una plumita chiquita, como de un pichón, de varios colores y muy brillante.

—¿Ves? —me dice—, pruebas tenemos, pero necesito una foto del pájaro vivo lo antes posible. Y se nos enfermó el australiano.

—¿Cómo se llama?

—¿El australiano?

—¡No, no! El ave…

—Ah, sí, claro, no te lo dije. Marabú, se llama marabú alicorto tornasolado.

»Salí de la reunión nervioso, ansioso, y me fui directamente a una biblioteca a investigar sobre el bicho ese. Toda la noche…

Después de mucho buscar descubrí que el renombrado etólogo alemán Franz Beckenbücher había sacado a la luz la existencia del ave años atrás, en una conferencia en el aula magna de la famosa Ecole des Oiseaux de Estrasburgo, en la que describió su colorido y variado plumaje como una mezcla entre el rojo intenso de la casaca del Bayern Leverkussen y el azul profundo del Hertha de Berlín, con toques aurinegros en las alas propios del Borussia Dormunt, y un degradado hacia el verde en la cola idéntico a la tercera equipación del Schalke 04. Esta exuberante policromía sólo se daba en el macho, ya que la hembra, mucho más pequeña y discreta, era de color negro, como la vestimenta de los árbitros de la Bundesliga.

—Los árbitros van de colores —terció Manolo, deseoso de aportar algo.

—Eso es ahora, y yo te estoy hablando de los años 70, Manolo, ¡no interrumpas!

»Lamentablemente, por la prolongada huelga de los trabajadores de la empresa Agfa, el científico teutón no contaba con fotos y sólo pudo aportar unos toscos dibujos realizados por su hija Greta, a la sazón en segundo de la Grundschule, que no hacían justicia al exótico animal.

»Pero más allá de su sorprendente colorido, el marabú se caracterizaba por un llamativo y sofisticado ritual de apareamiento, que sólo ejecutaba durante un breve lapso en el amanecer posterior a la séptima luna llena de los años bisiestos. Tan escasa actividad sexual, que el científico atribuía a la muy limitada belleza de la hembra, hacía que este pájaro estuviera a punto de extinguirse, lo que ponía, si eso fuera posible, una mayor carga de responsabilidad y urgencia a mi misión.

»Según se comentaba, este ritual combinaba la acrobacia aérea y la cadencia rítmica de la danza dodecafónica con el desenfreno sexual más desinhibido.

»Entonces, a medida que iba leyendo ese artículo, caí en la cuenta de la urgencia real y absoluta de mi misión. Estábamos a fines de junio de 1976, año bisiesto, y la séptima luna nueva sería en julio, ¡el once de julio!

»No podía perder tiempo, así que me puse manos a la obra, solicité un permiso sin goce de sueldo en el banco y comencé a gestionar el tema del viaje, con ansiedad y una gran expectativa ante el desafío. No podía imaginar en ese momento cómo se iban a desarrollar los acontecimientos.  El primer golpe fue enterarme de que tenía que pagar yo los gastos del viaje y que ya luego, más adelante, la revista me los reembolsaría.

—Qué ratas los del Geografic ese, ¿no?

—Bueno, Manolo, para mí fue un palo muy duro, pero tenía cierta lógica. No era un momento fácil, piensa en el contexto, los años 70, crisis del capitalismo, despidos masivos, subida de los combustibles, tensión en Oriente Próximo, corrupción política…

—¡Igual que ahora!

—Y además, National Geographic venía de un revés importante por la denuncia que Caring Mums, una asociación de madres solteras de Texas había hecho contra la revista por sacar animales desnudos en las portadas. Tú sabes, Manolo, lo de siempre, los rednecks, la América profunda. Las ventas habían bajado  mucho, y ellos debían afrontar los gastos de un largo proceso judicial.  En fin, que el gerente de Nat Geo había decidido no adelantar dinero de gastos para expediciones, sino reembolsarlos meses después de la presentación de las facturas, por lo que tuve que destinar mis escasos ahorros a hacer frente al billete de avión.

»Para ahorrar, le pedí su tienda de campaña a un buen amigo mío, compañero del banco, el  portugués Joâo Couto, que la había utilizado por última vez en la una cacería en la frontera entre Évora y Badajoz.

»La tienda, pequeña y antigua, no era fácil de montar, pero lo peor era que tenía unos cuantos agujeros debidos a que en aquella cacería un jabalí, perseguido por la partida, tuvo la desafortunada idea de tratar de ocultarse en la carpa de Joâo, donde fue acribillado. La verdad es que no era gran cosa, pero la necesidad y lo inminente de mi partida no me dejaron otra opción.

»El viaje fue complicado. Para abaratar había elegido a Ubuntu Airways, una línea oriunda de Tanzania cuyos aviones eran pequeños y de escasa autonomía, por lo que terminé haciendo escala en Argel, Trípoli, Niamey, Uagadugú, Abuya, Yaoundé, Bangui, y Brazzaville, antes de llegar a Kinshasa.

»Una vez allí, aún quedaba un largo e incómodo recorrido por tierra hasta llegar al valle de Kwala, hábitat natural del marabú. Afortunadamente los Binga, avisados de mi llegada, habían enviado al aeropuerto a Yomvi Obembe, aborigen nativo, para recibirme y acompañarme hasta la tribu. Aunque contaba con su llegada me llevó horas dar con él, ya que su escasa estatura y su color negro intenso hacían que se mimetizara perfectamente con el suelo de granito negro Zimbabwe del aeropuerto.  Cuando finalmente conseguí encontrarlo, comprobé  que, si bien Yomvi hablaba español con fluidez (lo había aprendido durante su estancia lavando copas en el restaurante de comida española Paquito, en Lubango), a veces me resultaba difícil entenderlo, por su bajo tono de voz, la velocidad con la que hablaba y su fuerte acento bantú. Para facilitar las cosas, y evitar tener que agacharme todo el tiempo para oírlo, opté por cogerlo en brazos durante el tiempo que duraban nuestras conversaciones, lo que terminó dando un cierto tinte paterno-filial a nuestra relación.

»El recorrido hasta la tribu fue, digamos, incómodo. Mis medios eran escasos y los de los Binga directamente inexistentes, por lo que hicimos dedo desde Kinshasa, siguiendo aproximadamente el recorrido del río Congo hasta las proximidades de los montes Mitumba, en el otro extremo del país. Unos 1 600 km en los que recurrimos a coches destartalados, camiones, furgonetas, motos, patinetes, hasta llegar a un punto en el que lo denso de la selva nos obligó a seguir andando. A partir de allí las dificultades crecieron exponencialmente. Un recorrido abrupto y  escarpado, en el que a las propias dificultades que planteaba el sinuoso y empinado camino de montaña y lo intrincado del follaje se sumaban la presencia de mosquitos y otros coleópteros, así como de todo tipo de alimañas, insectos y reptiles que salían a nuestro encuentro y que, ignorando totalmente la presencia de Yomvi, se concentraban en atacarme a mí.

»Como la dificultad en descifrar el sendero correcto aumentaba, y dado mi cansancio, lo  cerrado de la vegetación y la gran velocidad de movimientos de mi guía, muchas veces perdía su rastro, así que opté por cargar a Yomvi en mi mochila para que me fuera dando las instrucciones al oído.

»Finalmente llegamos a nuestro destino. Lo supe inmediatamente por la actitud de Yomvi, a quien la alegría por finalizar el trayecto y, probablemente, la emoción por llegar a lo que para los Binga era un reducto sagrado, lo hizo mearse en mi mochila.

»Habíamos llegado al valle de Kuala. A pesar del enorme esfuerzo, lo indescriptible del paisaje me hizo comprender que todos los sacrificios estaban justificados.

»El paisaje era alucinante. Un amplio valle formado por dos muros de piedra de fuerte pendiente que formaban una profunda V y se asemejaban en mi imaginación, alterada por el agotamiento y el calor, y excitada por la emoción del descubrimiento, a las piernas semiabiertas de una mujer. Y al fondo, en la confluencia de ambas laderas, precisamente allí en el extremo, se encontraba la oscura cueva en la que habitaba el marabú de la que solo salía excepcionalmente para su danza de apareamiento y, a veces, para mear.

»Como el tiempo era escaso, a pesar de mi enorme cansancio, y mientras Yomvi se dedicaba a torturar algunas lagartijas, me puse a montar la tienda, que sería mi centro de operaciones. »Analizadas las diferentes vistas y perspectivas posibles, me decidí por establecer mi punto de observación en un sector elevado, cerca del camino por el que habíamos llegado y sobre un promontorio que sobresalía de la ladera, asomándose directamente sobre el vacío.

El montaje no fue fácil, ya que faltaban algunas piezas: postes que debí reemplazar con pequeñas ramas rectas y alguna cuerda que cambié por lianas. Con eso y todo la dificultad radicaba en tener que hacer todas estas maniobras asomado al vacío con la rodilla apoyada en una piedra y aferrándome con la mano izquierda a unas ramitas de garcinia.

»Finalmente, hacia la puesta del sol, luego de horas de esfuerzo, conseguí dar por montada la tienda. La camuflé adecuadamente con hojas de helecho gigante y diversas ramas amalgamadas mediante excrementos de okapi y entonces, sólo entonces, comenzó la espera.

»Había terminado un largo y difícil recorrido, durante el cual no había podido sacarme de la cabeza al maldito marabú, obsesionado, imaginándolo sin conocerlo, como si del comandante Kurtz se tratara. Pero todo eso ya había acabado. Estaba en el lugar sagrado y en poco tiempo, tal vez sólo unas horas, estaríamos frente a frente.

—¿Sabes cuál es la principal virtud de un fotógrafo, Manolo?  —espetó Rigamonti al camarero. Una pregunta retórica sin duda, que solo buscaba lograr un énfasis en la narración.

Manolo no parecía saberlo, y como toda respuesta enarcó las cejas subiendo a la vez los hombros en señal de la más absoluta ignorancia. El viejo entonces continuó el relato con un cierto tono de superioridad.

—La principal virtud de un fotógrafo, querido Manolo, no es tener una vista aguzada como un águila, ni un pulso de acero, ni tampoco una extrema percepción del color. Ni siquiera una depurada comprensión espacial o una gran inteligencia. No, señor, no. La principal virtud de un buen fotógrafo es la paciencia. Porque es la paciencia la que te permite esperar y esperar hasta que la imagen definitiva aparezca ante tus ojos.

»Y entonces me dispuse a acechar hasta que el marabú decidiera aparecer.

»Me acomodé en la carpa y comprobé inmediatamente lo incómodo de mi hábitat. El calor era brutal y el riesgo de deshidratación aumentaba continuamente. Y el pestilente olor del estiércol de okapi ponía, si cabe, las cosas aún más difíciles. Además, los animales de la zona, que llevaban un tiempo mirándome, parecían haber perdido su timidez natural, reconociéndome como parte del paisaje, lo que hizo que sapos, culebras, alacranes, escarabajos y todo tipo de arañas pugnaran por entrar en mi limitado refugio, lo que me obligaba a hacer grandes esfuerzos para ahuyentarlos.

»Mientras preparaba el trípode, hambriento, alargué el brazo para tomar algunas provisiones de mi mochila y entonces comprobé que Yomvi había dado buena cuenta de ellas durante nuestro recorrido. Y yo, que había pensado ingenuamente que su silencio se debía, tal vez, a momentos de introspección religiosa, tan habituales entre los binga, adoradores del dios Bangú, personificado en un enorme gorila dorado. Pero no, ¡estaba masticando!

»Además, los pocos restos que Yomvi había dejado en el fondo de la mochila estaban impregnados de su orín, por lo que decidí arrojar la mochila al vacío. Y comenzó mi espera…

»Horas y horas quieto, en silencio, escudriñando hacia la boca de la cueva por un pequeño agujero de la carpa, que tenía varios. Esperando algo, un mínimo movimiento, un reflejo iridiscente que me demostrara que el marabú estaba dispuesto a empezar su vuelo de apareamiento. El calor era insoportable y hacía que se intensificara el olor de la boñiga de okapi. Yo tenía el cuerpo cubierto de picaduras de las distintas variedades de insectos que rondaban mi carpa. Mi cansancio y malestar iban en aumento, pero tenía clara mi misión y no podía desfallecer. Es en los momentos difíciles donde se ven los hombres, pensé, y eso me hizo redoblar el esfuerzo. Durante la noche utilizaba mi filtro infrarrojo intentando atisbar alguna señal de su presencia, pero nada, absolutamente nada. Hasta que, en un amanecer, en el que una extraña luz amarilla teñía el cielo y el aire parecía más fresco, miro a lo lejos, hacia una de las laderas y noto algo extraño.

»Una masa informe y blancuzca, bajaba lentamente por la falda del monte. Lenta pero inexorable, como un animal deforme y herido, aplastado contra el suelo, pero vivo, de movimientos lentos pero persistentes. Como una serpiente de doble ancho que venía hacia mí.

»Vi a Yomvi correr a lo lejos. Huía, sin duda. Lo oí gritar, por lo bajo, claro. Y como en tantas otras oportunidades, no lo entendí. Pero comprendí que a partir de ese momento estaba solo, en manos de la providencia, y supe en ese instante que iba a ocurrir algo ominoso. A propósito, Manolo, ¿tú sabes qué coño quiere decir ominoso?

Manolo estaba absorto en el relato y le hizo a Rigamonti una señal inequívoca para que continuara.

—Entonces, justo entonces, noto un movimiento en la boca de la cueva. Enfoco el teleobjetivo de la Hasselblad hacia allí y veo aparecer al pájaro. El magnificente marabú… No parece demasiado grande, y todavía lo tengo muy lejos, pero incluso a esa distancia se distingue su belleza y colorido. Se lo ve nervioso, inquieto, entiendo que es la clara señal de que va a comenzar su histórico vuelo nupcial.

»Giro la cabeza y por el hueco de entrada a la tienda noto cómo un pequeño pájaro negro se acerca desde atrás, en dirección a la cueva. Es la hembra, que va a su encuentro.

»El marabú despliega sus alas y entonces es cuando puedo apreciar su indescriptible colorido. Salta al vacío, bueno, en realidad se deja caer replegando las alas y empieza a dar vueltas en tirabuzón. Cuando está por llegar al fondo del valle aletea enérgicamente dos o tres veces para recuperar altura y comienza a ascender en dirección a la hembra, que mientras tanto vuela en círculos. Yo estoy extasiado ante el espectáculo, pero mi sentido del deber me empuja, así que apunto el objetivo en su dirección y acerco el ojo al visor de la cámara, para hacer foco, llevando mi índice al disparador.

»Y entonces, en ese preciso momento, veo todo blanco. De un blanco lechoso. Instintivamente paso la mano por el objetivo, sin quitar el ojo del visor, por si se hubiera empañado con el frescor matinal, pero nada. Me retiro de la cámara y miro por el reducido hueco de avistamiento de mi carpa. Nada. No veo absolutamente nada. Todo blanco, como si de pronto hubieran desaparecido los colores.

»Asomo la cabeza fuera de la tienda, y es entonces cuando comprendo todo.

Niebla. Lo que bajaba por la montaña era niebla. Blanca y espesa. Y ha llegado hasta el fondo del valle ocupándolo todo. Justo en este momento…

»Intento, desesperado, buscar con la cámara un punto de visibilidad, pero nada. Por un momento creo ver una sombra que se mueve zigzagueante, pero no estoy seguro de si es el marabú o tan sólo mi imaginación. Mi desesperación me impulsa a buscar una solución, pero la impotencia triunfa. No, es imposible, no se ve nada. Estoy jodido.

»No lo puedo asimilar. No puedo creer que la niebla, la puta niebla, haya tirado por tierra todo mi esfuerzo. Como le pasa a los que van a morir veo pasar ante mí a toda velocidad imágenes de los últimos días, el dinero gastado, las peripecias del viaje, los bichos… Y lloro, lloro como un niño, lloro como hace tiempo no lloraba.

»Luego de un rato, derrotado, salgo de la tienda con sumo cuidado, para no caer en el vacío. No se ve nada, absolutamente nada. Tanteando meto las cámaras en el bolso, doy por perdida la tienda, y emprendo la retirada, mecánicamente, como hipnotizado. Pienso que la misteriosa conducta del marabú alicorto tornasolado seguirá sumida en el misterio por varias generaciones y que los Binga continuarán custodiando su leyenda, como una guardia imperial.

»Un poco más adelante, en un recodo del sendero encuentro a Yomvi, meando en el lomo de una tortuga sulcata. Me mira y me habla.

«Ukuthi inkungu ngakho isindindwa», me dice en su lengua materna, y no le falta razón…

THE END

Daniel Camargo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: