Separados

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Género: Fantasía urbana

Rating: Todos los públicos

Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Ana Carmen Kummerow. Quedan reservados todos los derechos de autor.

Separados.

Hubo una época, hace mucho, tanto que su recuerdo se pierde en la niebla de los tiempos, en que nuestros mundos estaban únicamente separados por un fino velo invisible, pero fácil de cruzar en ambos sentidos para aquellos caminantes que no temían adentrarse en lo desconocido y que cumplían con los tres requisitos indispensables: tener un corazón valiente, una mente abierta y unos ojos que supieran ver.

Un corazón valiente porque quien teme a los peligros no desea, en el fondo, adentrarse en lo desconocido y sin deseo no hay camino que lleve a ninguna parte. Una mente abierta porque una mente cerrada rechaza todo aquello que no forme parte ya de ella y aunque tuviese delante las puertas que le abren paso a otro mundo, negaría lo evidente y se excusaría en una insolación o el producto de una alucinación. Y unos ojos que supieran ver porque el velo invisible que nos separaba solamente se levantaba ante aquellos ojos que lo reconocen, que ven más allá de esas pequeñas ondulaciones en el aire que indican el lugar exacto donde se halla el punto de conexión entre ambos mundos.

Ni falta hace decir que hace mucho, muchísimo tiempo, seres de ambos mundos transitaban libremente en ambos sentidos. De vuestro mundo aparecían todo tipo de gentes, de alto rango y gentes comunes. Todos por igual cumplían con los tres requisitos. Nobles y plebeyos, damas y caballeros, reyes, reinas o mendigos, todos tuvieron su oportunidad de viajar. Del mío, todo tipo de seres elementales, mágicos y mitológicos, de la luz y de la oscuridad, tanto aéreos como terrestres, acuáticos e ígneos.

Podéis imaginaros la cantidad de tráfico que había entre nuestros mundos; una marabunta de transeúntes que iban de un mundo al otro con la misma facilidad con la que hoy un humano de Occidente se sube al metro o espera su tren en el andén de la estación. Claro que por aquel entonces no existían aún los trenes ni los metros. Hablo de hace mucho, muchísimo tiempo atrás. Hablo de caminantes que se desplazaban por sus propios medios o en carretas tiradas por animales o entes mágicos, según la procedencia. Hablo de seres con curiosidad y sin prisas que establecían contacto, hablaban entre sí con interés y aprendían los unos de los otros. Hablo de respeto, tolerancia y conocimiento, de saber escuchar y de hablar con sentido. Hablo de un tiempo lejano en el que existía una comunicación real y veraz. ¡Qué tiempos aquellos!

Fueron buenos tiempos para las mentes creativas, los corazones apasionados y las almas curiosas; para el arte y la imaginación, las leyendas y las fábulas; para los cuentos de hadas y sus encuentros con humanos, los tapices de doncellas abrazando unicornios y los retratos de caballeros galopando en búsqueda de gestas. Fueron tiempos en los que lo mágico y lo terrenal se integraban y fundían creando objetos híbridos que pertenecen a ambos mundos, como el pentáculo, el grial, la varita mágica o la piedra filosofal. Buenos tiempos para el conocimiento de las artes y el aprendizaje de las artes ocultas; para la música, el teatro y la alquimia; para las ciencias, la sabiduría y las artes curativas. Para los seres de luz, los seres oscuros y, por supuesto, los humanos.

¿Que cómo lo sé? Yo estaba allí y lo vi todo. Es mi trabajo. Observar. Vigilar. Soy el guardián que, desde tiempos inmemorables, ha impedido el paso a todo aquel intruso que pretendiera destruir vuestro mundo, el mío o ambos. No han sido pocos los que lo han intentado en el transcurso de la historia. Y la única razón por la que no sabéis de su existencia es porque yo los detuve a tiempo.

¡El tiempo! A veces pensamos que lo que tenemos durará para siempre, que todo es inmutable e inamovible. Pero no lo es. Todo es cambiante con el paso del tiempo. Hasta nosotros, los seres eternos, somos finitos. Pero el desgaste que sufrimos, comparado con el vuestro, es tan lento, tanto que para vosotros supone una eternidad. ¡El tiempo! El tiempo es un compañero de viaje cruel e incompasivo que arrasa inexorablemente con todo aquello que se cruza en su camino.

Y el tiempo a vosotros, seres volubles por naturaleza, os ha doblegado con su paso firme. He visto cómo a través de los siglos la humanidad ha ido degenerando. Muchos ojos se han ido cerrando, muchas mentes se han ido obcecando, muchos corazones se han adormecido. Habéis ido perdiendo capacidades y la intuición, los sentidos y las sensaciones han sido sustituidas por el sopor.

Fuisteis olvidando quienes eráis hasta tal punto que, hace unos siglos, aquellas pocas personas que mantenían intactas sus capacidades y todavía cumplían con los tres requisitos empezaron a asustaros y los señalabais con el dedo. “Brujas, hechiceros y nigromantes”, los llamabais; “los que quedan despiertos”, eran para nosotros. Los temíais por sus dones. Y el miedo es un pésimo consejero y un peligroso compañero de viaje. Entonces empezaron las acusaciones, las persecuciones y las hogueras. No os juzgo por ello. No estoy aquí por eso. Sé que fue vuestro propio miedo a aquellos que conservaban una capacidad cuya comprensión se os escapaba quien os obligó a intentar exterminarlos. Por suerte, no lo lograsteis. Fue parte de mi trabajo impedir que destruyerais la poca humanidad que os quedaba.

En esos tiempos oscuros, como cabía esperar, las incursiones de humanos a nuestro mundo menguaron drásticamente. Muchos no podían acercarse, los otros no lo hacían por miedo. Luego, la nueva ciencia y la nueva medicina que nacían se apoderaban del nuevo mundo floreciente y negaban nuestra existencia. El delgado velo que nos separaba adquirió grosor, mientras perdíais la certeza de que alguna vez hubiera existido algo tras él. ¡Pobres humanos, tan ciegos, sordos e ignorantes!

Tras eso llegó la modernidad que cubrió el velo que nos separaba con una espesa capa de niebla impenetrable. “Contaminación”, la llamáis vosotros. “Podredumbre”, es el nombre que utilizamos nosotros. Vuestro mundo se convirtió en una vasija humeante y apestosa de ruidos, repleta de aparatos, cachivaches y utensilios fabricados por vosotros mismos a expensas de los recursos del planeta, supuestamente para facilitaros la vida, aunque sólo os la llene de complicaciones. “Necesarios”, decís vosotros; “inútiles”, pensamos nosotros. Si tienes solamente dos pies, ¿para qué necesitas veinte pares de zapatos? A mi entender os habéis rodeado de objetos porque en realidad os sentís vacíos. El hueco que antes llenaban las sensaciones, la intuición y los sentidos os deja tan fríos por dentro que tenéis la necesidad imperiosa de cubriros la piel con montones de cosas.

Ilustración de Ana Carmen Kummerow

Hace mucho, muchísimo tiempo que ningún humano traspasa nuestras puertas ni se acerca al camino. Los últimos que lo hicieron decidieron quedarse exiliados en nuestro mundo, porque ya no comprendían el vuestro. Nosotros los acogimos con tristeza, sabiendo que los demás ya no desharíais los pasos andados. Ya no podéis, ni aunque quisierais. La niebla impenetrable lo cubre todo. Pero nosotros os seguimos visitando, más a menudo de lo que creéis, aunque ya no pretendemos establecer contacto. Es inútil, ya no os entendemos. Vuestro mundo es una pocilga, el nuestro es un vergel luminoso; vuestra parte del camino se ha desdibujado, la nuestra sigue bien visible para nosotros. Por eso, a pesar de todo, yo he seguido ocupando mi lugar. Vigilando. Observando.

Después de tantos milenios observando creía haberlo visto todo, pero no es así. Últimamente vuestra situación es preocupante, muy preocupante. Y he transmitido mi preocupación a mis superiores, que me han dado la razón. He observado que, en los últimos tiempos, se han obrado en vuestro mundo cambios vertiginosamente rápidos. Y con ellos han llegado las prisas que os ahogan. Vivir, para vosotros, se ha convertido en una pura carrera, sin parada ni descanso. Correr, avanzar, llegar ¿adónde? ¿Y de qué sirve apresurarse si no puedes disfrutar del camino que te lleva a tu destino?

De todas las correrías y carreras, la tecnológica es la peor. “Conectados”, lo llamáis vosotros; “apagados”, decimos nosotros. Ciegos y sordos a lo que ocurre alrededor, ignorantes a vuestro propio mundo e insensibles a lo que os pasa por dentro, vivís, si a eso puede llamársele vida, enganchados a una pantalla que os alimenta como una sonda nutre a un enfermo. ¡La humanidad ha enfermado y como mantiene los ojos cerrados, la mente ausente y el corazón dormido, no se ha dado cuenta! ¡Pobres humanos zombificados!

Estoy aquí para comunicaros que, después de mi informe, el concilio de seres mágicos se ha reunido y ha acordado por unanimidad que, por primera vez en milenios, abandone mi puesto de trabajo para deciros que, en estos tiempos en que toda la comunicación que establecéis es a través de artefactos digitales y tanto vuestra mente como vuestro corazón y ojos ya no diferencian entre lo real y lo virtual, un fino velo invisible se ha cernido sobre todos y cada uno de vosotros, aislándoos de los de vuestra propia especie. Se trata del mismo velo que hace mucho, muchísimo, en los albores del tiempo, separaba nuestros mundos.

Y tengo el desagradable deber de anunciaros que, de seguir así, solamente es una cuestión de tiempo que este velo que ya os separa se cubra de una espesa niebla impenetrable.

Olga Besolí
Abril 2017

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