El último superviviente

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Género: Fantasía urbana

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Este relato es propiedad de Olga Besolí. La ilustración es propiedad de Rafa Mir. Quedan reservados todos los derechos de autor.

El último superviviente.

 El último superviviente de su especie proyectaba una sombra oscura sobre el blanco impoluto a medida que avanzaba hacia las sempiternas tierras nevadas del sur. No era casualidad que se dirigiese en dirección contraria a donde apunta la aguja de la brújula. Huía. Lejos, muy lejos, todo lo lejos que le llevaran sus miembros doloridos y su cuerpo lacerado. Y en su huida había cruzado tierras y mares en busca del único continente que su enemigo nunca dominaría. Nunca traería sus pertenencias a un lugar yermo como ese, ni establecería sus castillos, ni sus poblados. Allí no había pastos donde sembrar, ganados que criar o territorios que defender, solamente el infinito y llano horizonte salpicado por unas pocas montañas cubiertas de nieves eternas. El constante frío glaciar y la ventisca acabarían con cualquier persona que se atreviese a poner un pie sobre aquellas tierras inhóspitas, atravesando sin dificultad la barrera de su fina piel lampiña para convertirlo en una estatua de hielo en cuestión de horas. Eso si los icebergs de las aguas heladas no destrozaban sus embarcaciones de madera unas cuantas leguas antes de tocar tierra y las armaduras que portaban no los hundían hasta el fondo oceánico.
Desde el aire, y con el sol a la cola, el blanco del suelo resplandecía y ofrecía la visión de un paraje ideal y bucólico, idóneo para morir. Quizás por eso nadie le seguía ya su rastro. O tal vez fuera por aquel pavor ancestral que dominaba tanto a reyes como vasallos frente a lo desconocido y que los llevaba a destruirlo todo. Generación tras generación los humanos habían atacado a los suyos, persiguiéndolos, masacrándolos, extinguiéndolos.
Por eso se habían inventado una montaña de leyendas y fábulas sobre tierras nevadas como aquellas y sus monstruosos habitantes. Por el miedo. Un miedo irrefrenable que se apoderaba de ellos y los obligaba a matarse, también, entre ellos: por temor a los robos, a la hambruna, a la pérdida de poder. Un miedo que heredaban de sus ancestros y transmitían a sus descendientes, insólito y poderoso que dominaba sus vidas. Nunca se aventurarían hasta allí, ni siquiera para perseguirlo a él, al que odiaban a muerte y achacaban todas sus desgracias y males. No, no lo harían ni aunque no estuviese herido de muerte.
Miró de soslayo la lanza que llevaba clavada en el costado y con ese imperceptible vaivén su vuelo se volvió inestable. Tuvo que esforzarse por equilibrar sus alas. La herida sangraba abundantemente y la punta de la lanza le provocaba pequeños desgarros a cada movimiento de batida de alas, acompañados de un dolor punzante y agudo, en una especie de quemazón totalmente diferente a la del fuego, que siempre acostumbraba a ser un picor agradable y placentero que le nacía en el fondo la garganta.
Y esa picazón era mucho más placentera cuando se trataba de escupir fuego ardiente para arrasar ese maldito reino empeñado en destruirlos a todos. ¡Cómo había disfrutado con aquello! Verlos a todos esos hombres diminutos e indefensos, que hacía un segundo estaban armando esos artilugios de madera y metal construidos expresamente para matarlo a él y a sus semejantes, convertidos en una pira ardiente, fue un alivio. No es que fuera especialmente cruel, pero la muerte en sus manos de toda su prole le dio la fuerza suficiente para entender que no había escapatoria a la muerte, que era su vida o la de ellos, hasta que sintió esa punzada fría en su costado y se dio cuenta de que el precio a pagar sería la vida de todos. Mientras su aliento ardiente arrasaba a todos los humanos del frente y sus artilugios, otro grupo de hombres que había permanecido oculto lo atacó desde el flanco derecho, y aunque los destripó con sus garras en un giro de vuelo rasante, al sentir la lanzada, tuvo que alzar el vuelo y emprender la huida, no de la muerte, sino de aquel lugar maldito.
No moriría allí, en medio de los pastos bajo el castillo, para que su cuerpo yaciese entre un puñado de hombres malheridos y una multitud de cadáveres humanos. O para que un rey cobarde, como todos los reyes, que había enviado a todos sus hombres a luchar contra una muerte segura mientras él se refugiaba bajo la seguridad de las paredes de palacio, saliera de su escondrijo ahora que ya no había peligro alguno y se hiciera un trofeo con su cabeza, como un cazador diestro. No permitiría que sus juglares inventaran gestas de cómo ese rey venció al dragón y creó un reino próspero. Nunca dejaría que eso sucediese. Antes preferiría morir en solitario, lejos de su depredador, y que las nieves vírgenes que nunca fueron pisadas por un humano engullesen su cuerpo sin vida.
Un pequeño vahído le nubló la vista. Temió perder el sentido antes de tocar suelo y en una grácil maniobra posó sus garras afiladas sobre el terreno frío. El reflejo de la luz del sol sobre su piel escamosa avivaba sus colores: azul cobalto, amarillo ocre y verde botella. Pero pronto la paleta blanca sobre la que se asentaba se volvió rojo carmesí; la sangre salía a borbotones de su herida abierta. Tras unos latidos acelerados, su corazón empezó a palpitar más lentamente, ralentizándose. Una sensación de sopor se apoderó de él. Supo que había llegado el momento, su momento. Le fallaron las patas y su cuerpo quedó tendido sobre la nieve, con la cola espinada enroscada a su alrededor. Le empezó a faltar el aliento y, con lo que le quedaba de resuello, abrió sus fauces para escupir fuego una vez más, en círculo, alrededor de sí mismo. La nieve que lo rodeaba se fundió en agua y poco a poco su cuerpo moribundo fue descendiendo hasta las capas más profundas del hielo azulado que cubría el continente de la Antártida.
Su último pensamiento antes de perecer fue que los humanos lo habían conseguido, habían exterminado a la raza de los dragones. Y los maldijo, deseando su propia extinción. Casi inmediatamente unos nubarrones negros y espesos cubrieron el cielo y taparon el sol. La nieve que cayó durante ese día, y durante los muchos que le siguieron, llenó por completo el foso donde yacía el cuerpo muerto del último dragón sobre la tierra, ocultando su existencia durante milenios.

Ilustración de Rafa Mir

Dos mil quinientos años después el último hombre superviviente de la tierra caminaba sin rumbo sobre las eternas nieves que cubrían completamente el planeta. Visto desde la estación espacial, el antiguo planeta azul ahora era totalmente blanco, de un blanco impoluto sin manchas, sin sombras, sin mares y sin tierra. Pero hacía ya siglos que ningunos ojos vigilaban desde la MIR. El proyecto espacial fue uno de los primeros abandonados cuando se produjo la quinta glaciación en la Tierra cientos de años atrás. Por aquel entonces los humanos dejaron de mirar hacia el cielo, demasiado ocupados en intentar salvar su propio planeta y devolver el clima destruido por las emisiones de CO2, la contaminación y el cambio climático provocado por la sociedad de aquel entonces —según decían unos—, o por los caprichos de la naturaleza y los ciclos normales atmosféricos —según decían otros.
Fuera cual fuera la verdadera causa, la civilización que se autodenominaba avanzada, pese a toda su tecnología, había sucumbido al frío extremo que se inició un día y que perduró durante años de interminables nevadas que acabaron por sepultar ciudades y pueblos enteros, montañas y valles, desiertos y mares. Las urbes y poblaciones se convirtieron en cementerios subterráneos de hierro, piedra, madera y cristal donde quedaron atrapados sus habitantes bajo metros y metros de nieve en cuestión de poco tiempo.
Y aunque millones de personas no sucumbieron a la catástrofe, la población se redujo rápidamente en los años siguientes, pues había poco que comer, nada con lo que construir y un frío que calaba hasta los huesos y del que no había escapatoria posible. La enfermedad y el asesinato se llevaron a la mayor parte de los supervivientes. Los pocos que pervivieron, aislados unos de otros por miedo a ser atacados, se convirtieron en vagabundos que avanzaban sin rumbo por la nieve desde hacía siglos y que se resistían a morir, al igual que hicieron los pequeños animales que pronto se acostumbraron a las condiciones extremas. Los humanos no. La esperanza de vida media de un caminante era de unos quince años, tiempo suficiente para crecer, procrear y tener un único hijo, por lo que la población quedaba reducida a la mitad a cada generación que pasaba.
La civilización había desaparecido por completo. Y con ella la costumbre de enterrar a los muertos, que yacían expuestos a la intemperie, eternamente convertidos en pequeñas estatuas de hielo que destacaban sobre la nieve por aquí y por allá, como muñecos de cera de poses y facciones grotescas.
Y con la civilización se perdió también todo atisbo de humanidad. La comunicación dejó de tener sentido y, con la soledad, los humanos perdieron la capacidad del habla. Los conocimientos adquiridos durante milenios fueron quedando olvidados. La única capacidad que quedó intacta y que diferenciaba a los hombres de las bestias era la de caminar erguido, sobre dos piernas, recorriendo milla tras milla, siempre en una única dirección, marcada por las estrellas.
Los hijos seguían la dirección de los padres, que estos habían seguido de sus abuelos. Así, los ancestros del último superviviente habían tomado la Cruz del Sur como guía y, tras quinientos años de generaciones, su último descendiente llegó a un lugar recóndito donde sorprendentemente la capa de nieve era delgada y quebradiza. Nunca había visto un hielo así, frágil y cristalino, que se deshacía en las manos, y dudaba que algún humano lo hubiese visto nunca. Llevaba años andando sin que ninguna estatua humana flanqueara su camino, y hacía ya mucho —no sabía exactamente cuánto, porque la concepción del tiempo se perdió junto con los otros conocimientos— que se había topado con una enorme mole animal de hielo cuyo pelaje blanco se confundía con la nieve. Estaba pisando terreno virgen. Y aunque él no entendía nada, si hubiera tenido una brújula en la mano —o hubiese sabido lo que es una brújula— la aguja se hubiese vuelto loca, pues estaba en el polo sur magnético de la tierra.
Solamente se le ocurrió cavar con sus manos de uñas rotas. Pronto sus dedos ensangrentados tocaron tierra a unos veinte centímetros de profundidad. Cuando sacó un puñado de barro marrón se asustó. Entonces unas nubes que cubrían el cielo se desplazaron y apareció un claro por el que el sol emitía débiles haces de luz que traspasaban la niebla. Él acercó la mano a la luz y su calidez le resultó agradable y diferente a todo lo que había sentido en su vida.
Soltó un gruñido de satisfacción y corrió hacia lo que parecía una montaña escamosa y cuya cobertura de hielo se resquebrajaba por momentos, bajo los rayos solares recién nacidos. Parecía que no llegaba nunca a ella, y se apresuraba más y más. Empezó a notar el calor y a sudar. Se sintió mareado, pero aun así siguió adelante.
Colores que no había visto nunca, un azul intenso manchado de verde y amarillo, cubrían esa forma desconocida y maravillosa que, cuando por fin la tuvo delante, quiso abarcar con su propio cuerpo jadeante y sin resuello, y con los brazos extendidos en un gesto espontáneo. En ese instante el cansancio por el esfuerzo realizado y la inanición durante semanas hicieron mella en su corazón castigado, que fue apagándose y espaciando sus latidos, en un dulce abrazo que le aletargaba los sentidos. Había llegado la hora, su hora. No hubo dolor, sino una calma placentera, como quien ajusta cuentas con sus deudores. Y de ese modo el último superviviente humano sobre la faz de la tierra se durmió en el sueño del que no es posible despertar.

Olga Besolí
Noviembre 2017

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